ALMAS EN PENA EN INISHERING

No hay elementos fantásticos o sobrenaturales en el nuevo trabajo de Martin McDonagh, pese a que su título original, “The Banshees of Inisherin”, haga referencia a ciertas entidades de otros mundos. Las banshees forman parte de la leyenda y la mitología celta desde tiempo inmemorial. Son las hadas irlandesas de la muerte, espíritus de los túmulos, las colinas y las orillas por donde sus almas en pena vagan errantes anunciando que la muerte está cerca. Su apariencia es, en ocasiones, la de una joven doncella y, en otras, la de una bruja o una vieja hechicera nigromante de tez pálida y ojos enrojecidos, casi ensangrentados, por el dolor y el llanto que a veces es desgarrador y otras un sollozo que hiela la sangre, apenas audible para la persona que es advertida de la inminente visita de la parca.

Si bien es cierto que esa especie de “lloronas” brillan por su ausencia en la nueva película del cineasta y dramaturgo británico de origen irlandés, hay en ella una anciana vidente, la Señora McCormick, cuya figura espectral se asemeja a la de la muerte en el “Séptimo Sello”, que habita en la pequeña isla de Inisherin y que bien podría ser una descendiente de esas criaturas, aunque sus malos augurios no estén basados en la predestinación, sino en su gran capacidad de observación de la vida de los lugareños.

Situada en las costas de Irlanda, un territorio mítico que, como apunta el periodista Oskar Belategui, debe mucho a “El hombre tranquilo” de John Ford, “un nativo de Maine que soñaba con un país que solo residía en los recuerdos embellecidos de sus padres, emigrantes que marcharon a América huyendo del hambre”, cuya película “cimentó el imaginario de esas costas irlandesas azotadas por el viento, las tabernas en las que partirse la cara y contar chismes e historias fabulosas, los odios de clanes por unas lindes que se retrotraen a la noche de los tiempos, la melancolía con sabor a Guinness…”, la isla imaginaria de McDonagh (cuyo nombre recuerda al de tres islas ubicadas en la desembocadura de la bahía de Galway: Inishmaan, Inishmore e Inisheer) alberga una mísera aldea detenida en la edad media, de caminos con muros de piedra y rodeada de verdes prados, acantilados serpenteantes e infinitas playas, cuyos peculiares habitantes profesan la fe católica y sobreviven de la pesca y el pastoreo, como lo hacían los de “La hija de Ryan”, mientras sus días se cuecen a fuego lento en el sopor de una vida sin mayor propósito ni trascendencia.

Sabemos que estamos en los años veinte por los ecos de la cruenta guerra civil que se libra en el continente situado justo enfrente del islote (la que asoló el territorio irlandés entre 1922 y 1923, después de la Guerra de Independencia, entre el gobierno provisional y las facciones que se oponían a un tratado con el imperio británico, ligadas directa o indirectamente con el IRA). El ruido de la metralla y los cañonazos llega, de vez en cuando, por el aire hasta el pintoresco poblado sin que a sus habitantes parezca importarles demasiado ni el motivo ni el desarrollo de la contienda. Bastante tienen con lidiar con el tedio de sus propias vidas regidas por la costumbre.

Cada tarde, con puntualidad británica, Pádraic Súilleabháin (Colin Farrell y sus expresivas cejas), un hombre esencialmente bueno al que se diría que le faltan un par de hervores, se acerca a casa de su amigo Colm Doherty (Brendan Gleeson) para ir juntos al pub a tomarse unas “pintas”. Una liturgia que se repite durante años hasta que un día, sin explicación mediante, este último decide que Pádraic ya no le cae bien y le pide que no vuelva a dirigirle la palabra.

Ese simple gesto que sirve de desencadenante dramático al argumento pone la vida de Pádraic patas arriba. No entiende la razón de semejante desprecio, pero no está dispuesto a rendirse. Por todos los medios intentará que Colm vuelva a ser con él el que era o que al menos le ofrezca una explicación por su actitud. Pero su amigo se cierra en banda y se dedica a ignorarle, mientras se deja ver en compañía de nuevos conocidos y discípulos que comparten su afición por la música, lo que despierta los celos de Pádraic.

El viejo violinista se siente desolado, piensa que su vida ha sido en vano y está decidido a pasar sus últimos días en paz, sin tener que soportar las intrascendentes conversaciones de ese vecino, plasta e inocentón, capaz de hablar durante horas sobre el excremento del pequeño burro que tiene por mascota. Su intención es legar algo al mundo, componer con su violín una melodía que dé sentido a su paso por la tierra, y para ello no puede seguir perdiendo el tiempo en conversaciones triviales. Por eso no quiere seguir siendo amigo de Pádraic. “La amistad es una elección”, le dice sin temor a romperle el corazón, sugiriendo que la suya es una total pérdida de tiempo y, a medida que la película avanza, vemos cómo este hombre recio y cabezota reacciona de manera más radical a los intentos de su ex amigo de recobrar su amistad, llegando a amenazarle con cortarse un dedo de la mano cada vez que vuelva a dirigirle la palabra.

El silencio se impone entre ambos como una condena unilateral que Pádraic no es capaz de asumir. Piensa que tal vez se trate de una broma o de un enfado pasajero de su amigo y busca la compañía del joven Dominic (Barry Keoghan), el “tonto del pueblo”, hijo del oficial de policía local, para confirmar su teoría y apaciguar su ánimo.  

Hasta ese momento, creía que ser bueno era su mayor virtud, pero desde que Colm le insinuó que eso lo convertía en alguien aburrido, se cuestiona a si mismo y decide cambiar de estrategia para demostrarle a su amigo que también él puede convertirse en una persona cruel y vengativa, que le resulte quizá más interesante.

Ese es grosso modo el sencillo argumento sobre el que pivota esta inteligente tragicomedia que combina elementos del drama costumbrista y el humor negro. Un relato coral en el que se abren varias subtramas –el deseo de salir a conocer mundo de Siobhán (Kerry Condón), la hermana de Pádraic, una mujer inteligente y culta a la que los confines de la isla le resultan cada vez más asfixiantes; la relación de Dominic con su padre maltratador; los chismes de la empleada de la única tienda de abastos del pueblo; el vínculo sentimental de Pádraic con su burrito…– pero cuyo centro neurálgico es la caída en desgracia de aquello que parecía inalterable: la amistad entre esos dos hombres, testarudos y orgullosos a su manera, con el tema de la soledad y la depresión como telón de fondo. (“¿Cómo vas de la desesperación?”, le pregunta el párroco a Colm en confesión).

La relación metafórica entre el contexto histórico y el relato de ficción es evidente, como ha confesado el propio director, cuya intención era mostrar cómo una simple enemistad entre dos personas puede desencadenar una desgracia tan grande como el horror de la guerra y llevarnos a cometer actos imperdonables, como los sucedidos en Irlanda, un territorio torturado por el conflicto armado durante décadas. Un tema al que la película pretende aludir desde una posición equidistante al exponer cómo, a medida que la fractura en la relación entre estos dos “amigos” se va ensanchando, la conducta de Pádraic va evolucionando, pasando del estupor y la incomprensión inicial ante el obcecado silencio de su amigo que se niega a cualquier posibilidad de diálogo, a la tristeza y la desazón que le lleva a preguntarse qué ha hecho mal para merecer su desprecio, para dejar aflorar finalmente el orgullo que acaba convirtiéndose en encono e incluso en odio.

“Es interesante ver con quién se identifica la audiencia. ¿Pueden entender la posición dura e intransigente que ha adoptado Colm o se identifican con la desesperación de la persona amable a la que rompieron el corazón?”, se preguntaba Martin McDonagh en una entrevista en la que también explicaba que este no es el único tema del que habla su «Almas en pena en Inishering». La impostura y pretenciosidad que rodea el proceso de la creación artística también está presente en su magnífico guion. “¿Decides dedicarte a ser un artista a tiempo completo y dejas de lado a amigos, amantes y familia? ¿El trabajo es lo más importante y no importa quién salga lastimado? La película también explora ese dilema”, anunciaba el cineasta de origen irlandés al momento de su estreno en el pasado Festival de Venecia, desvelando en este caso claramente su postura: “no creo que uno deba flagelarse a sí mismo o ser una persona oscura, odiosa o ensimismada para dedicarse a la creación artística”.

Si “Tres anuncios en las afueras” fue su confirmación como director y guionista, la que es su cuarta película podría ser su consagración definitiva, gracias a sus nueve nominaciones al Oscar, incluidas las de  Mejor película, Mejor director, Mejor actor (Farrell), Mejor actor de reparto (Gleeson y Keoghan), Mejor actriz de reparto (Condon) y Mejor guion original. Un merecido reconocimiento al indispensable trabajo de la pareja de actores irlandeses, Brendan Gleeson y Collin Farrell, quienes vuelven a actuar juntos a las órdenes del director, tres décadas después de “Escondidos en brujas”, en esta aparentemente sencilla producción cinematográfica, confeccionada con la suficiente astucia como para hacernos transitar de la risa al llanto y de la incomprensión al espanto ante la demente testarudez de la sinrazón y la barbarie, que deja al final un regusto amargo a destino trágico.

Título original: The Banshees of Inisherin

Año: 2022

Duración: 114 min.

País: Reino Unido

Dirección: Martin McDonagh

Guion: Martin McDonagh

Música: Carter Burwell

Fotografía: Ben Davis

Reparto: Colin Farrell, Brendan Gleeson, Kerry Condon, Barry Keoghan, Pat Shortt, David Pearse, Gary Lydon, Jon Kenny

Compañías: Coproducción Reino Unido-Irlanda-Estados Unidos; Blueprint Pictures, Film 4, Fox Searchlight, Metropolitan Films International. 
Distribuidora: Fox Searchlight, Walt Disney Pictures

Género: Drama. Comedia negra. Guerra. Amistad. Años 20

MACHOS ALFA

Decía Julio Cortázar que “el humor está pasando continuamente la guadaña por debajo de todos los pedestales, de todas las pedanterías, de todas las palabras con muchas mayúsculas”. En una palabra, que el humor desacraliza. Solo a través de él se pueden tratar determinados asuntos que de otra forma serían inabordables e intentar trascender viejos (y nuevos) mitos y dogmas, esquivando la furia y la censura de los más intransigentes y ortodoxos.

Laura y Alberto Caballero -creadores de series televisivas de gran éxito, como “La que se avecina” o “Aquí no hay quien viva”, en las que ya habían dado probadas muestras de saber conectar con la manera de pensar, de expresarse y de sentir del españolito medio traduciéndolas al esperpento costumbrista- lo intentan ahora aventurándose en terrenos más pantanosos al abordar, desde la comedia ligera, un tema tan manido, como socialmente espinoso, como es el de la «guerra de sexos» que, lejos de aburrir al personal, se diría que «le pone», a juzgar por la rapidez con la que su nueva serie, estrenada en Netflix el 30 de diciembre, se ha convertido en el gran bombazo de la temporada navideña, rompiendo al alza todas las previsiones de audiencia.

Centrada en el conflicto existencial que se le plantea al hombre de hoy -o más bien al machirulo de siempre- al sentirse despojado de su identidad y de los privilegios que tradicionalmente ha ejercido en razón de su género, «Machos Alfa» es una comedia de situación, ambientada en un entorno eminentemente urbano que, a través de un humor algo gamberro y más bien facilón, permite hacer una doble lectura acerca del debate abierto en canal en nuestra sociedad desde que la Cuarta Ola del Feminismo ha conseguido promover y posicionar como lo “políticamente correcto” el mantenimiento de una actitud vigilante destinada a identificar y denunciar todas aquellas conductas discriminatorias para con la mujer que, por nuestra cultura y educación, hemos normalizado a lo largo de los siglos.

Santi, Pedro, Luis y Raúl son cuatro amigos cuarentones en plena crisis de masculinidad que se enfrentan a las exigencias de la nueva era de la igualdad, en la que ser un macho alfa hace ya tiempo pasó de moda y donde términos como “micromachismo”, “heteropatriarcado”, “empoderamiento”, “techo de cristal” o “masculinidad tóxica” son ya expresiones de uso corriente que los millenials emplean con normalidad, mientras las generaciones que les preceden no terminan de metabolizar.

A través de una serie de flashbacks y pequeños gags al estilo de «Escenas de matrimonio«, la historia muestra la dinámica en la que se desenvuelven cada uno de estos cuatro «machos alfa» dentro de su entorno social y familiar. 

Pedro Aguilar (Fernando Gil) es un corpulento y engreído ejecutivo con un puestazo de alta dirección en una cadena de televisión y una vida de ensueño que incluye un todoterreno de lujo, un mini y una elevada hipoteca por el casoplón con asistenta inmigrante incluida que comparte con su novia pibón, Daniela Galván (María Hervás), todo lo cual ve peligrar cuando es reemplazado en su trabajo por una mujer. “El techo de cristal se ha roto y se me ha caído encima” se lamenta atribuyendo su despido fulminante a la política de “feminismwashing” que practica la empresa, procurando ocultar su situación de desempleado a amigos y familiares y mantener la fachada de profesional exitoso, mientras Daniela (una ex azafata que ha vivido como mujer-florero desde que ella y Pedro se hicieron pareja de hecho) decide, ni corta ni perezosa, volver a la vida activa, llegando a convertirse en una influencer de éxito a base de anunciar absurdos productos de estética y dietética en las redes sociales, haciéndose cargo de los gastos de ambos. Algo humillante para el ego de Pedro que no se resigna a ser un mantenido ni a figurar como el “acompañante” de una diva.

Luis (Fele Martínez), por su parte, es un policía municipal casado y con dos hijos, cuyo matrimonio con Esther (Raquel Guerrero) se resiente desde hace años por la rutina y la escasa frecuencia con la que ambos mantienen relaciones íntimas. Aunque asisten a terapia de pareja y Luis decide seguir en secreto un tratamiento de inyecciones de testosterona, Esther se siente sexualmente insatisfecha y busca consuelo en los fornidos brazos de su joven entrenador personal iniciando una apasionada relación extramatrimonial en el gimnasio al que asiste.

El caso de Raúl (Raúl Tejón) es de manual. Los celos son el rasgo dominante de su personalidad y es sin duda el más machista y controlador de los cuatro amigos. Pese a engañar en secreto a su novia Luz (Kira Miró), una guapa y eficiente abogada matrimonialista a la que le ha estado poniendo los cuernos durante años con la mujer de su socio, se niega a aceptar su propuesta de mantener una relación abierta y, cuando al fin accede a ello por miedo a perderla, es incapaz de llevarlo a cabo por la enorme carga de prejuicios que en materia sexual cultiva.

Y finalmente está Santi (Gorka Otxoa), divorciado hace diez años y aún enamorado de su exmujer que lo abandonó por un dentista, con una hija adolescente (Paula Gallego) que se instala en su casa sin previo aviso y decide por él que ha llegado el momento de que retome su vida sexual, para lo cual le abre un perfil en Tinder gestionándole una cita con una mujer distinta cada noche que resultan ser a cuál más desastrosas (y no siempre por culpa de la parte masculina). Lo que no parece tener la menor relevancia para Álex, quien vive a su vez sus primeras relaciones íntimas de acuerdo a los códigos actuales de la pansexualidad, dado que su intención no es que su padre inicie una relación sentimental con alguna de esas mujeres (a cual más piradas), sino que conozca en sentido carnal «diez cuerpos nuevos» -uno por año de separación- como quien conquista nuevas tierras, para borrar la huella de su ex mujer que sigue siendo el amor de su vida. Lo que en sentido estricto equivaldría a una «cosificación» en toda regla.

Superados por sus propias circunstancias, quizá por influencia de su hija o por una cuestión de carácter, de los cuatro amigos, es Santi el que muestra una mentalidad más abierta y el más proclive a aceptar que andan bastante perdidos y algo desfasados en esto de relacionarse con el mal llamado “sexo opuesto”, por lo que llega a una primera conclusión errónea: la de que les vendría bien tener un amigo gay que les asesorara, para al final descubrir que ser homosexual no tiene por qué estar reñido con hacer gala de algunos de los rasgos propios de un verdadero «machirulo» desmontando así uno de los estereotipos socialmente más extendidos, el del gay delicado y sensiblero. Si bien es este nuevo amigo, reclutado en las inmediaciones del arquetípico barrio de Chueca, quien les recomienda apuntarse a un curso de “deconstrucción de la masculinidad” que les ayude a entender las nuevas reglas del juego de una sociedad donde se supone que el patriarcado ya es historia y las relaciones sexuales y amorosas experimentan un cambio radical de paradigma.

El resultado de ese intento de reeducación conductual al que Santi consigue arrastrar (no sin cierta resistencia) al resto de la cuadrilla será -como cabe esperar- bastante desigual, pues no todos progresan adecuadamente en esto de poner en práctica el nuevo manual de estilo de lo que se espera del hombre moderno ahora que los tiempos son otros. Pero curiosamente sitúa el debate en una cuestión poco abordada, como es la de que también hay quien se está sabiendo aprovechar de la confusión generalizada en materia de roles de género para explorar y explotar una lucrativa oportunidad de negocio.

En definitiva que, sin ser la serie más inteligente que se ha escrito sobre el tema, los hermanos Caballero consiguen al menos con “Machos Alfa” algo de lo que andamos escasos en un momento en el que la discrepancia de criterios se traduce en un insalvable choque de trenes en este y en otros muchos asuntos, y es que nos asomemos con sentido del humor a uno de los temas más controvertidos y que más polémica y división suscita hoy en nuestra sociedad, permitiéndonos reconocer, mediante la caricatura y la exageración, que unos y otras podemos estar sacando las cosas de quicio.

Título original: Machos alfa

Año: 2022

Duración: 10 episodios de 30 min.

País: España

Dirección: Laura Caballero (Creador), Alberto Caballero (Creador)

Guion: Laura Caballero, Alberto Caballero, Daniel Decorador, Araceli Álvarez de Sotomayor

Fotografía: Juan Luis Cabellos

Reparto: Fernando Gil, Fele Martínez, Gorka Otxoa, Raúl Tejón, Kira Miró, María Hervás, Raquel Guerrero, Paula Gallego, Karol Luna


Productora: Contubernio. 

Distribuidora: Netflix

Género: Serie de TV. Comedia. Guerra de sexos

MIÉRCOLES

Quien aprecie las películas de Tim Burton, uno de los autores más personales y únicos de la historia del cine, estará al tanto de su gusto por las historias macabras, los ambientes lúgubres y tenebrosos y los personajes introvertidos, cuyo comportamiento escapa a la comprensión del común de los mortales. Todo lo cual tiene reflejo en su último trabajo para Netflix, “Miércoles”, una deliciosa y misteriosa serie juvenil de ocho capítulos, protagonizada por uno de los miembros de la loca Familia Addams, concretamente la hija mayor de Gómez (Luis Guzmán) y Morticia (Catherine Zeta-Jones), a quien encarna la joven actriz de origen mexicano Jenna Ortega, cuyo rostro se dio a conocer en películas y series de terror como “You” o “Scream”.

Aun compartiendo autoría con Miles Millar y Alfred Gough en la creación de este spin-off de la película de Barry Sonnenfeld, la mano y las obsesiones de Tim Burton -quien se encarga de dirigir los cuatro estupendos capítulos con los que arranca la serie, además de ser su productor ejecutivo- se dejan notar tanto en la estética gótica de la misma, como en la singularidad y el humor negro del que hace gala en todo momento su personaje principal interpretado por Ortega, que guarda evidentes similitudes con la Winona Ryder de ‘Bitelchús‘ o el Johnny Depp en ‘Charlie y la fábrica de chocolate‘, ‘Eduardo Manostijeras‘ o ‘Sleepy Hollow‘. Miércoles es una adolescente renegada, mordaz y algo muerta por dentro, decidida a escapar del determinismo familiar, cuyo inexpresivo rostro resulta tan elocuente como sus punzantes y sesudas reflexiones.

El denominador común de todos ellos se halla en su aislamiento interior, una constante en los personajes de las películas del director de origen californiano, quien en numerosas ocasiones ha contado cómo el hecho de crecer en una urbanización le llevó a desarrollar un instintivo rechazo hacia lo normativo, las etiquetas y la falsedad de las convenciones sociales.

Lo interesante en el caso de Miércoles Addams es que, lo que para ella es “la norma”, vendría a ser lo que para el resto del mundo resulta ser “anormal”, haciendo honor a la célebre frase del propio Burton de que «la locura de una persona es la realidad de otra».

Esta Miércoles de Tim Burton, fría, sarcástica y perversa, no proviene de la serie de televisión original, que se mantuvo al aire los años 1964 a 1966, en la cual la hija de la familia Addams, interpretada por la pequeña Lisa Loring, apenas tenía relevancia. Se basa más bien en el carácter dado al personaje por Christina Ricci, en las películas dirigidas por Barry Sonnenfeld, en los años 1991 y 1993, una niña larguirucha, de grandes ojos negros y cabello “como ala de cuervo a medianoche” que es expulsada del instituto por intento de homicidio tras defender a su hermano Pugsley (lsaac Ordonez), víctima de bullying, al soltar pirañas en la piscina donde nadaban sus agresores.

Miércoles es siniestra, morbosa, una chica rarita, de apariencia gótica, inadaptada, díscola y muy rebelde, dotada de una extraordinaria inteligencia e intuición y de un corrosivo sentido del humor, con grandes habilidades para la música, la escritura y la defensa personal que toca el cello, escribe novelas, resuelve misteriosos crímenes y, como todos los adolescentes a su edad, busca distanciarse de la figura paterna/materna para autoafirmarse como persona adulta e independiente. En realidad, ansía estar alejada de todo y de todos, salvo de Cosa, la mano remendada a costurones, con vida propia, que ha estado siempre con los Addams y que ejerce literalmente como la mano derecha de la protagonista, o del Tío Fétido encarnado por Fred Armisen.

Los traumas del pasado que la persiguen tienen que ver con la crueldad del mundo que la rodea y que no llega a aceptar ni a respetar su singularidad y la de los suyos, algo que la mantiene en constante alerta haciendo que desconfíe de todo y de todos e inhibiendo por completo la expresión de sus emociones. Aunque a lo largo de la serie vemos cómo el personaje evoluciona desde la insensibilidad absoluta hacia un ser que toma consciencia de sí misma, al desarrollar inesperados sentimientos de sincera amistad por su compañera de cuarto, la lobita Enid Sinclair (Emma Myers) que, muy a su pesar, llena su enlutado mundo de color (ambivalencias que, en el universo visual de Burton, sirven para crear bellas antítesis cargadas de significado); confusos y novedosos estados de atracción romántica por el guapo camarero e hijo del Sheriff, Tyler Galpin (Hunter Doohan) o por su enigmático compañero de clase Xavier Thorpe (Percy Hynes); o un profundo instinto de solidaridad con el débil, que se demuestra tanto en el instinto de protección hacia su hermano Pugsley (Isaac Ordonez) de quien cuida con devoción maternal, como en su simpatía hacia Eugene (Moosa Mostafa), un friki criador de abejas.

Y es que, al igual que ocurre con el resto de la filmografía de Burton, se trata nuevamente aquí de hacer un relato sobre el triunfo del inadaptado o, como se les llama en la propia serie, los “marginados”. Adolescentes que, como Miércoles Addams, poseen una cualidad que los distingue o una habilidad paranormal que los condena al rechazo del resto del mundo que los ve como una amenaza.

Las referencias a Edgar Allan Poe o a Mary Shelley y su criatura Frankenstein obran en este sentido y nos remiten de nuevo a las propias vivencias del director, para quien “los monstruos son malinterpretados y tienen un alma más sensible que los humanos que les rodean» (“A mí la realidad me resulta una fantasía. Yo me ponía a ver películas y me identificaba más con los monstruos por sentirme raro y diferente”, declaraba en una visita a El Hormiguero).

A semejanza del Howards End de Harry Potter, Burton, Millar y Gough crean Nevermore (Nunca Más), bautizado así por el verso de Poe. Un internado para aprendices de sirenas, vampiros, licántropos, medusas y hydes (monstruos de ojos saltones, garras afiladas y apetito insaciable al servicio de quien libere su agresividad contenida) o videntes novatas, como la hija mayor de los Addams, en el que las paredes se abren con un chasquido de dedos que suena familiar para descubrirnos el acceso a hermandades secretas y misterios añejos.

La academia, dirigida por Larissa Weems (Gwendoline Chrstie, a quien muchos recordarán como la mujer gigante de “Juego de Tronos”), en cuyo patio central hay una fuente de bronce con la escultura de la Ofelia shakesperiana ahogada y en la que “los excluidos”, personas con habilidades mágicas, se forman por expreso deseo de sus progenitores (muchos de ellos exalumnos del centro) está ubicada en un pueblo llamado Jericó, donde tuvo lugar un genocidio a manos de los primeros peregrinos o colonos «normies» que ajusticiaron y condenaron al fuego eterno a quienes consideraban brujas y hechiceros, tal y como ocurriera en 1692 en el pueblo de Salem, símbolo del violento prejuicio histórico hacia la mujer que osara actuar de forma libre y diferente.

El argumento detectivesco de la serie (en el que muchos han creído ver también semejanzas con «Stranger Things» por tratarse sus protagonistas de adolescentes con habilidad psíquicas) pivota sobre la indagación acerca de unos extraños y sanguinarios asesinatos de los que el Sheriff del condado hace responsable a los alumnos de “Nunca Más”, cuya reputación intenta a toda costa salvar su directora, dispuesta a hacer generosas donaciones a la comunidad y a la autoridad política local, para mantener la paz social.

Mientras intenta dominar el don de la videncia, Miércoles va recabando pistas que la ayuden a averiguar la autoría de los atroces crímenes que parecen provocados por una bestia feroz, al mismo tiempo que se dispone a desentrañar la causa de los conflictos que enfrentaron a algunos de los antiguos alumnos de Nevermore con los pobladores de Jericó, algunos de ellos con muchos siglos de antigüedad pero con gran impacto en la actualidad, dándole a cada episodio el suspense necesario en el proceso de averiguar quién o qué ha sido la causa de los mismos. Especialmente memorable es la escena del extravagante y arrítmico baile mientras suena el ‘Goo Goo Muck’ de The Cramps que se ha hecho viral.

En suma, una serie divertida, inteligente y original, que recupera el mejor tono y estilo de Tim Burton, con un buen background filosófico y cultural, en la que los fanáticos de “La Familia Addams” -que han visto tanto la ficción televisiva de 1964, como las míticas películas de los años 90, sus versiones de animación e incluso el musical- encontrarán múltiples referencias a la serie original, si bien “Miércoles” discurre por su propio camino creativo y argumental, como ocurre con los hijos que consiguen independizarse de sus progenitores.

Título original: Wednesday 

Año: 2022

Duración: 45 min. (8 episodios)

País: Estados Unidos

Dirección: Alfred Gough (Creador), Miles Millar (Creador), Tim Burton, James Marshall, Gandja Monteiro

Guion: Alfred Gough, Miles Millar, Kayla Alpert, April Blair, Matt Lambert.

Música: Chris Bacon, Danny Elfman

Fotografía: David Lanzenberg, Stephan Pehrsson

Reparto: Jenna Ortega, Luis Guzmán, Catherine Zeta-Jones, Riki Lindhome, Jamie McShane, Hunter Doohan, Gwendoline Christie, Emma Myers, Thora Birch, Christina Ricci...

Compañías: MGM. Distribuidora: Netflix

Género: Serie de TV. Fantástico. Comedia. Adolescencia. La familia Addams

PARÍS DISTRITO 13

De todos los vertiginosos cambios que ha experimentado la humanidad en lo que va de siglo, probablemente el más definitorio e inquietante sea la manera en la que las nuevas generaciones conciben las relaciones íntimas. Y digo definitorio, que no definitivo, puesto que si algo caracteriza la forma en la que los millennials -de veinte y hasta de treinta años- se aproximan al sexo hoy es la búsqueda constante y la necesidad de experimentarlo todo en sus propias carnes (nunca mejor dicho), de forma totalmente desprejuiciada, sin excesiva complicación o implicación emocional, para poder elegir -llegado el caso- lo que más les satisfaga con cierto conocimiento de causa, pero asumiendo que el corazón es caprichoso e impredecible, voluble y volátil, y que nada respecto a él está garantizado.

Y es que, la forma en la que los jóvenes entienden hoy en día el sexo y el amor es, en definitiva, una consecuencia lógica de la manera en la que se han visto obligados a entender y aceptar las condiciones de su propia vida, el trabajo, la vocación o las expectativas profesionales (eternamente postergadas) y hasta el sentido de pertenencia, debido a la frustración, la incertidumbre y el desarraigo a los que se han visto generacionalmente abocados por la precariedad laboral. Algo esporádico, transitorio y tremendamente inestable que, sin embargo, constituye uno de sus más apreciados alicientes y recurrentes fuentes de placer, en lo que entra de lleno la evolución tecnológica y las nuevas oportunidades que brindan las redes sociales y los portales de contactos de internet, permitiéndoles evadirse a través del sexo y obtener así una satisfacción inmediata, para una existencia sin sentido ni proyectos a largo plazo, que a menudo no lo es tanto, como queda bien reflejado en la brillante y vibrante película de Jacques Audiard, “París Distrito 13”, estrenada en el pasado Festival de Canes y que ha llegado recientemente a las pantallas comerciales.

En palabras del crítico de El Periódico, Nando Salvá, se trata de “un seductor retrato generacional” (para algunos el de una generación perdida), construido en base a los cómics del dibujante estadounidense Adrian Tomine, y en el que se describe un triángulo amoroso multirracial entre Emilie (Lucile Zhang, premio a la mejor actriz en el Festival de Sevilla), una joven de origen chino que vive apesadumbrada por no haber cumplido sus propias expectativas profesionales y las que su familia tenía depositadas en ella tras cursar los estudios de Ciencias Políticas, aceptando todo tipo de trabajos de ínfima cualificación y sueldos de miseria (como camarera o comercial de un call center) para poder llenar la nevera; Camille (Makita Samba), un profesor de instituto negro, con un prontuario de gran seductor, que huye del compromiso y acepta hacerse cargo de la inmobiliaria de un amigo sin tener ni idea del negocio, mientras prepara unas oposiciones para mejorar su posición académica; y Nora (Noémie Merlant), una enigmática treintañera con un traumático pasado sentimental, recién llegada de Burdeos para estudiar Criminología en la Sorbona, quien guarda sin saberlo un gran parecido físico con Amber Sweet (Jehnny Beth), una porno girl que ofrece sus servicios en un chat para adultos, razón por la que sus compañeros de estudios le hacen bulling, viéndose obligada a abandonar la carrera.

Tres jóvenes cuya inmadurez y desapego existencial les impide conectar con las personas por las que sienten algo,  que tienen sentimientos que rara vez saben identificar y que a duras penas sobreviven en un entorno urbano, que no está situado en Los Ángeles -como los personajes de Tomine- sino en el Distrito XIII de París, conocido también como Les Olympiades, un enjambre de rascacielos idénticos e hiperpoblados, donde cohabitan distintas etnias y que poco o nada se parece a la estampa romántica e idealizada que tenemos de la llamada “ciudad del amor”.

Precisamente la película de Audiard da inicio con una lenta aproximación de cámara a uno de esos edificios del extrarradio parisino, rastreando sigilosamente sus ventanas hasta dar con Emile, quien en ese momento practica sexo con Camille, un perfecto desconocido al que acaba de alquilarle una habitación del apartamento donde vive y que es propiedad de su abuela, interna en una residencia de ancianos.

La relación entre ambos empieza de manera natural y se complica cuando Emile empieza a demandar un mayor grado de fidelidad y de compromiso por parte de Camille, quien decide cortar por lo sano al ver que su casera se está enamorando de él. Por lo que la joven se ve abocada a buscar “nuevos alicientes” abriéndose un perfil de Tinder para obtener al menos la recompensa del sexo, toda vez que el verdadero amor le es esquivo. Y parece que funciona, pues la experimentación del placer sexual la hace levitar y abstraerse de sus problemas, en la que para mi constituye una de las mejores y más inspiradas escenas de la película, cuando Emile llega literalmente danzando a su trabajo de camarera tras haber echado un polvo ocasional de los que hacen época con uno de sus matches.

Aunque Zhang está fabulosa en su desdén y en la amargura con la que parece “vivir sin vivir en ella”, dando muestras de un gran desarraigo cultural y generacional respecto a los miembros de su propia familia con los que apenas se comunica por teléfono y a menudo parecen dejarla sola en los momentos de mayor angustia existencial, otro tanto puede decirse de Noémie Merlant, quien construye un personaje de gran atractivo y cierta frialdad, del que Camille cree haberse enamorado.

Todo el episodio del acoso del que es víctima al ser confundida con una profesional del sexo virtual, entraña una dura crítica hacia el machismo y la hipocresía imperante en nuestra sociedad, que continúa más presente que nunca en las nuevas generaciones, cuya iniciación al sexo y posterior desempeño en ese ámbito se inspira en buena medida en el consumo clandestino de pornografía y en la cosificación de la mujer que se hace en ella. Y sin embargo se atreven a lanzar la primera piedra.

Lejos de victimizarse, Nora se empodera para hacer frente a ese acoso y decide contactar con su doble a través de internet, entablando una relación de amistad que la lleva a reflexionar sobre su propia sexualidad.

En opinión de la crítica especializada, Audiard combina sabiamente elementos de la Nouvelle vague y del anime costumbrista japonés, al narrar situaciones cotidianas del día a día en episodios cortos, algo que recuerda a la narrativa de la noruega “La peor persona del mundo”, película con la que no sólo comparte cierta inspiración en el cine de Woody Allen, que se refleja en la forma que tiene Paul Guilhaume de fotografiar la ciudad de París (en el caso de Joachim Trier, Oslo) en un espléndido y rotundo blanco y negro, embelleciendo incluso sus espacios menos atractivos visualmente, sino también la temática social que ambas películas abordan centrada en la juventud contemporánea y en su manera de lidiar con el amor, la frustración y la falta de proyectos estables de futuro.

En definitiva, una película muy bien contada a nivel estético y argumental, con numerosas y apasionadas escenas de sexo explícito que le confieren cierto morbo y un planteamiento sencillo, actual y veraz, en el que muchos se verán reflejados y donde se mezclan sentimientos de ira, zozobra e inquietud, con cierta dosis de esperanza en la humanidad que hace sospechar que Audiard no lo da todo por perdido aún.

Título original: Les Olympiades  

Año: 2021

Duración: 105 min.

País: Francia 

Dirección: Jacques Audiard

Guion: Jacques Audiard, Léa Mysius, Céline Sciamma, Nicolas Livecchi. Historias: Adrian Tomine

Música: Rone

Fotografía: Paul Guilhaume

Reparto: Lucie Zhang, Makita Samba, Noémie Merlant, Jehnny Beth, Geneviève Doang, Lumina Wang, Camille Berthomier, Line Phé, Pol White, Lily Rubens, Anaïde Rozam, Camille Léon-Fucien, Oceane Cairaty...

Productora: Page 114, France 2 Cinema, Canal+, Ciné+, France Télévision

Género: Romance. Drama | Amistad. 

EL METODO KOMINSKY

Hay una escena en el episodio 5 (“Cerca, lejos, dondequiera que estés”) de la tercera y última temporada de “El método Kominsky” que contiene tanta emotividad, sabiduría y verdad, que casi resulta hiriente. Dolorosa, como duele todo lo que es irremediable, como los peores presagios y las certezas que nos incomodan, aunque te las encuentres en mitad del guión de una sitcom de gran éxito. Aquella serie que Netflix estrenó en 2018, sobre un actor septuagenario, cuya carrera nunca llegó a funcionar del todo, por lo que se gana la vida dando clases de interpretación, y su representante, recientemente enviudado, pesimista y cascarrabias.

La escena a la que me refiero es una en la que Sandy (portentoso Michael Douglas, en su mejor versión de sí mismo pese a su avanzada edad, o quizá gracias a ello) les explica a sus alumnos, la enorme dificultad que entraña representar lo que realmente se siente cuando se está a las puertas de la muerte. 

“Os estoy pidiendo que penséis en qué ocurre de verdad en esos últimos momentos. No me estoy refiriendo a una muerte violenta. Me refiero a cuando sabes lo que viene, cuando te has rendido por completo al truco de magia final, cuando nos vamos del todo, completamente. Me he sentado junto a la cama y he cogido las manos de amigos y seres queridos exhalando su último suspiro y os aseguro que el soliloquio dramático al final de la vida es un puro y absoluto sin sentido. Si se dice algo es interno. Casi puedes oírlo. Mantienen una conversación interna llena de incredulidad y asombro, porque su vida ha llegado a su fin. Apenas se dan cuenta de que estás ahí. Para ellos los vivos son irrelevantes. Así que, si alguna vez tenéis que interpretar una escena así, enfocadla con reverencia, consideradla sagrada, aseguraros de que reciba vuestro máximo cuidado y respeto”, aconseja el viejo profesor, con lágrimas en los ojos, a los jóvenes aspirantes a actores y actrices, sin poder contener la emoción que lo embarga. Y cualquiera que haya perdido a un ser querido en circunstancias similares, a nada que haya sido un poco observador en ese trance final, puede dar fe de que lo que dice es cierto.

Es en ello donde radica la grandeza de esta serie, en su enorme acierto al abordar, con naturalidad y familiaridad, la naturaleza y la inevitabilidad de la vejez y de la muerte (dos temas espinosos, para una sociedad apuntalada en el culto a la belleza, la juventud y el hedonismo), consiguiendo un difícil y perfecto equilibrio entre el dramatismo y el sentido del humor al retratar el ocaso de la existencia humana en toda su dimensión tragicómica, gracias en buena medida al sarcasmo de sus guionistas (que trasciende con mucho los chistes de viagras y próstatas, sin renunciar a ellos) y a la maestría de un elenco encabezado por actores y actrices veteranos, quienes fueran en otro tiempo grandes celebridades de Hollywood.

No lo tenía fácil Chuck Lorre, su creador, (artífice de otros éxitos televisivos como “The Big Bang Theory” y “Dos hombres y medio”) para escribir el colofón de una ficción tan inteligente, como exigente, sin contar con la que había sido, en las dos temporadas anteriores, una de sus piezas clave. La ausencia de Alan Arkin (el malhumorado representante de actores, Norman Newlander), quien se descabalgó de la producción al finalizar la segunda temporada, amenazaba con dar al traste con la esencia de la serie, pues “El método Kominsky” descansaba sobre todo en la singular y entrañable relación de esa especie de “Extraña Pareja”, a lo Matthau y Lemmon, que componía su prestigiosa dupla protagonista, Michael Douglas y Alan Arkin. El agente y el actor reciclado en profesor. Sin Newlander no hay Kominsky.

Sin embargo, la necesidad de matar a Norman en la ficción, para justificar la ausencia de Arkin en el show, ha terminado siendo el acicate ideal para encontrar el cierre perfecto y darle un final lógico a una serie que no merecía otra cosa más que una digna despedida, después de haber obtenido dos merecidos Globos de Oro, uno de ellos a la mejor comedia en su primera temporada.

Casi inevitablemente, esta tercera y última temporada de “El Método Kominsky” va sobre la muerte. De hecho, se inicia con las palabras de Sandy durante el peculiar funeral de su inseparable amigo Norman (un judío muy poco ortodoxo) y acaba con la de su primera ex esposa, la Dra. Roz Volander (una irreconocible Kathleen Turner, otrora sex simbol del cine estadounidense, gracias a su trabajo en películas como “El cartero siempre llama dos veces”, “Fuego en el cuerpo”, con quien Douglas mantiene una química especial tras haber coprotagonizado varios éxitos a lo largo de sus respectivas carreras, como «La guerra de los Rose« o «La joya del Nilo«). Destacada activista de Médicos Sin Fronteras y madre de Mindy (Sarah Baker), Roz decide regresar junto a su ex marido y su única hija, para ayudarla a organizar su boda, sin contarle que sufre una leucemia en estado muy avanzado.

Sin dejar a un lado la comedia presente en ciertas situaciones hilarantes que tienen que ver con el papel de albacea de la cuantiosa herencia que Norman le deja a su hija Phoebe (Lisa Edelstein), una ex yonqui rehabilitada, y a su nieto (Haley Joel Osment), miembro de la Iglesia de la Cienciología, y que Sandy debe administrar con mano férrea para evitar que la malgasten; con su fortuito revolcón con una escort rusa que tiene un perro cuyo nombre (Irving) es igual al segundo nombre de su amigo, lo que interpreta como una señal de su reencarnación en perro; o con las desavenencias que surgen por la gran diferencia de edad entre Mindy y su novio Martin (Paul Reiser), sometido por una madre metomentodo y bocazas… esta tercera y última temporada de la serie que, como anteriores ocasiones en las que pudimos ver a Jay Leno o Dany Devito, incluye cameos de lujo con actores o directores que se interpretan a sí mismos, como Morgan Freeman o Barry Levinson, habla sobre todo de emociones, de reconciliaciones y despedidas, de cómo dos personas que no funcionaron como pareja pueden reencontrarse y acompañarse en el final de sus vidas, recuperando la complicidad, la admiración, la confianza y el cariño que una vez se tuvieron; y de cómo nunca es tarde para que los sueños se cumplan.

Especialmente conmovedora es la escena en la que Sandy llora frente al cartel de la película sobre “El viejo y el mar” que ha conseguido protagonizar, bajo la dirección de Barry Levinson, siendo casi un actor octogenario y que finalmente logra reflotar su carrera, detenida en el tiempo desde aquella vez en que consiguió ganar un premio Tony siendo aún una joven promesa, justo antes de la bajada final del telón.

Como era de esperar, “El método Kominsky” se despide haciendo un paralelismo entre el final de la vida del actor y el de la propia serie. Una muerte digna, en ambos casos. Una despedida elegante y discreta para una serie ocurrente, sensible y honesta, en la que se cuentan muchas verdades sobre la vida que nos espera cuando lleguemos a viejos. Si es que llegamos. Si no lo habéis hecho ya, tenéis que verla. Está en Netflix.

Título original: "The Kominsky Method" 

Año: 2018-2021

Duración: 25 min por cap.

País: Estados Unidos 

Dirección: Chuck Lorre (Creador), Andy Tennant, Beth McCarthy-Miller, Donald Petrie.

Guion: Chuck Lorre

Música: Jeff Cardoni

Fotografía: Anette Haellmigk

Reparto: Michael Douglas, Alan Arkin, Sarah Baker, Nancy Travis, Jenna Lyng, Casey Thomas Brown, Jane Seymour, Kathleen Turner, Ashleigh LaThrop, Melissa Tang, Emily Osment, Graham Rogers, Susan Sullivan, David Astone, Lisa Edelstein.  

Productora: Chuck Lorre Productions, Netflix, Warner Bros. Television. 

Género: Serie de TV. Vejez/Madurez. Amistad. Comedia dramática

“THE ASSISTANT” Y “GLORIA BELL”

Si hay un común denominador entre los cientos de libros y películas que se han dedicado al estudio de la identidad femenina a lo largo de la historia es el que define a las mujeres como seres extraordinariamente complejos, dotados de una gran intuición y sensibilidad. Lo del pensamiento matemático y el raciocinio lógico ya es otro cantar. Un espacio injustamente vetado a la mujer y reservado al género masculino, incluso en los propios tratados científicos.

A nosotras se nos concede, a cambio, el atributo de la inteligencia emocional, una mayor fluidez comunicativa (especialmente en la expresión de nuestros sentimientos) y memoria verbal, así como mayor velocidad y precisión perceptiva que nos permite, entre otras cosas, distinguir el rosa del fucsia o localizar un objeto o persona en medio del caos, como lo haríamos con una aguja en un pajar. Por no mencionar nuestra tendencia (algo “masoca”) a la introspección, la autoexigencia y la constante autocrítica, como derivada de una educación culpabilizante que nos sigue estigmatizando y haciendo creer que nuestras capacidades son limitadas, cuando en realidad no lo son más que las de cualquier ser mortal.

A consecuencia de todo ello, el cine y la literatura, más empeñados que nunca en seguir escarbando en el alma femenina, se topan constantemente con personajes poliédricos, mujeres “prisma” que absorben toda la luz del mundo para proyectarla de mil formas y colores diferentes sobre un sinfín de roles y parcelas de actividad. Personas valiosas, empeñadas en autoperfeccionarse y en darle un significado y una razón a sus vidas, a menudo confundidas, aturdidas o sobrepasadas por las exigencias, frustraciones, abusos y limitaciones que les impone la vida diaria.

Estos días (como sucede siempre que se acerca el 8 de marzo) las plataformas de streaming nos han obsequiado con algunos estrenos cuya temática responde a esa perspectiva de género, en los que pueden apreciarse todos estos matices y algunos más.

En concreto me he fijado en dos: la película “The Assistant” (Filmin) de Kitty Green, promocionada como “el thriller definitivo sobre el movimiento #MeeToo”, surgido a raíz del caso de Harvey Weinstein, uno de los productores más importantes de la industria de Hollywood acusado de abusar sexualmente de un buen número de actrices y aspirantes; y “Gloria Bell” (Netflix), un autoremake de la película “Gloria” (2013) del director chileno Sebastián Lelio, en la que somos testigos de los denodados intentos de una mujer divorciada, de mediana edad y con hijos adultos, por sentirse útil para los suyos y vivir la vida que le resta con intensidad.

Si en el primer caso, la protagonista femenina es una joven debutante en el mundo laboral, en el segundo se trata de una mujer ya próxima a la jubilación. Pero no es esa la única diferencia entre ambas historias.

En «The Assistant» estamos ante una película minimalista, con muy pocos diálogos y nada de música, rodada en el ambiente algo claustrofóbico, aséptico e impersonal de una oficina con escasa decoración, pobre iluminación y mobiliario gris, en donde todo transcurre durante un día en la jornada laboral de la también grisácea y algo triste Jane (una comedida y silenciosa Julia Garner, conocida por su trabajo en “Ozark”), quien ejerce de “chica para todo” en el despacho del gran depredador sexual (cuya presencia se intuye, omnipotente y omnipresente, pese a que jamás lleguemos a verlo en carne mortal).

Mucho más luminosa (gracias a la fotografía colorista de Natasha Braier), la Gloria que encarna la maravillosa Juliane Moore en «Gloria Bell» (versión angloparlante del personaje original que le valió un merecido Oso de Plata, en la Berlinale, a la actriz chilena Paula García) es una mujer de espíritu libre, expansiva, divertida, cálida, cantarina y risueña, empeñada en ponerle banda sonora ochentera a su vida y salir a quemar la pista de baile, sola o acompañada.

De algún modo, la distancia generacional entre estas dos mujeres enmarca un abanico infinito de posibilidades, perfiles, temores y vivencias femeninas, con los que las mujeres podemos identificarnos, al menos en parte, en la medida en que cada una de nosotras responde a su propia singularidad y momento vital.

Jane es una recién graduada universitaria y aspirante a productora cinematográfica que consigue aparentemente el trabajo perfecto como asistente de un poderoso ejecutivo de la industria del entretenimiento y se desvive por hacerlo de manera eficaz.

Como tantas y tantas asistentes, secretarias y becarias, su día a día consiste en ser la primera que llega (aún de madrugada) y la última que se marcha de la oficina, donde tiene que preparar café, cambiar el papel de la fotocopiadora, encargar el almuerzo, organizar viajes, atender a las exigencias del jefe y aguantar las impertinencias de su mujer, recibir y contestar sus mails y sus llamadas, recoger su ropa en la tintorería, ordenar su medicación… Permanentemente a prueba, sometida a un continuo examen en el que cualquier mínimo error puede suponer una humillante reprimenda o un despido fulminante.

Se podría decir que Jane es Ariadna atrapada en la cueva del minotauro, devorador de la vida y la virtud de jóvenes doncellas, a quien nadie ve, pero todos temen porque conocen de lo que es capaz.

Sin duda el principal valor de la película de Kitty Green es el de saber contárnoslo todo, sin enseñarnos nada de forma explícita.

Uno de los momentos más impactantes de “El escándalo” (Bombshell) es el que mostraba cómo Roger Ailes -el mandamás de la FOX- se propasaba con una becaria, el personaje que interpretaba Margot Robbie en la película dirigida por Jay Roach. Green huye de eso. Quizás porque no considera necesario caer en el morbo de mostrar la naturaleza obscena de unos abusos sobre los que hemos podido leer todo tipo de detalles en prensa durante los últimos años.

En su lugar, nos invita a construir el puzzle de los hechos por nosotros mismos, en base a una serie de indicios (el pendiente encontrado en el sofá, los medicamentos antiabortivos, la guapa becaria sin cualificación alguna, a la que “el jefe” manda a traer desde Boise y alojar en un hotel, nombrándola su segunda ayudante…) recogidos a través de la mirada de la joven Jane, lo bastante perspicaz para darse cuenta de que algo no va bien en la oficina y de que allí están pasando cosas que no deberían de pasar, hasta enfrentarse al dilema fundamental de la película: hacer algo al respecto o dejar hacer.

Como la heroína griega, la joven tira del hilo e intenta salir del laberinto, una vez toma conciencia del abuso al que está siendo sometida recibiendo a diario un trato degradante, pero es entonces cuando se topa con la gran muralla del sistema que opera como una fortaleza medieval de la que difícilmente se puede salir indemne, como deja claro su visita al responsable de Recursos Humanos, brillantemente interpretado por Matthew McFayden (“Succession”, “Orgullo y Prejuicio”) en una breve escena plagada de cínicas advertencias que, por desgracia, resulta demasiado habitual. “¿De verdad quieres seguir adelante con esto?” “¿Qué crees que vas a conseguir denunciando?”, “Tu problema es que estás celosa”, “Te irás acostumbrando…”, “Que suerte tienes de no ser su tipo…”

Como bien observa Fernando Vílchez en “Las cosas que nos hacen felices”, “a diferencia de otros trabajos donde también se abordaba la ley de silencio que durante décadas dio cobertura a hombres como Harvey Weinstein, “The Assistant” huye de nombres propios. Y lo hace, precisamente porque busca despersonalizar la figura de Weinstein. Al fin y al cabo, hay muchos jefes déspotas que abusan de su poder”.

En lugar de centrarse en él, prefiere hacerlo en los que le rodean. Los que sabían lo que pasaba y no hicieron nada para evitarlo. Aquellos que callaron para salvar su pellejo y su puesto de trabajo, sin que su conducta nos resulte, lamentablemente, desconocida o anómala.

Es así como la supuesta heroína acaba aceptando su destino y convirtiéndose en parte del problema. A juzgar por la escena final, en la que se aleja cabizbaja del lugar de los hechos a sabiendas de que el abuso está siendo consumado, con intención de regresar al día siguiente a su puesto de trabajo, intuimos que acabará siendo una empleada más, como la que en un ascensor le sugiere que no se preocupe demasiado porque “en esto, ellas ganan más que él”.

Quién sabe si la “Gloria Bell” de Sebastián Lelio fue en un tiempo pasado también esa Jane. Lo que sí conocemos es su postura respecto al problema de una compañera de trabajo obligada a prejubilarse con una pensión mísera, con la que se solidariza brindándole su incondicional amistad, sin poder evitar (tampoco en ese caso) que el abuso y la injusticia se impongan, ya que es algo que no está en su mano.

Con una situación laboral consolidada, aunque sea en un trabajo algo anodino como empleada de una empresa de seguros, divorciada hace más de diez años, dos hijos adultos, un nieto y un exmarido con quien parece guardar una relación cordial, los problemas de Gloria (Juliane Moore), a su edad, son otros. Los de una mujer que combate la soledad y el paso del tiempo, acudiendo a clases de yoga y de risoterapia, ansiosa por disfrutar de la vitalidad que aún le queda y del amor que cree haber vuelto a encontrar en un desconocido, con quien entabla conversación en la discoteca para “singles” maduros, a la que periódicamente suele acudir para hacer una de las cosas que más le gusta: bailar.

El inexpresivo Arnold (John Turturro) es un recién divorciado que ha adelgazado casi cincuenta kilos gracias a un balón gástrico, trabajó en el ejército y actualmente regenta un parque de atracciones en los que el personal se divierte disparándose con pistolas de paintball.

Ambos se enamoran bailando un tema de “Earth, Wind & Fire” y regresan a casa con algunas copas de más dando inicio a un romance que irá más allá del interés puramente sexual. Pero Arnold parece mantener una relación de dependencia algo tóxica con sus dos hijas y su exmujer, lo que le impide entregarse por completo a una nueva historia de amor. Por lo que las expectativas de Gloria pronto se ven decepcionadas.

Tras un viaje a Las Vegas que deja magulladuras literales y simbólicas, la película recurre a un par de trucos dramáticos diseñados para terminar de construir una heroína moderna, capaz de tropezar una y otra vez con las zonas erróneas propias y ajenas y, sin embargo, seguir en pie con dignidad y energías renovadas.

Julianne Moore logra en este sentido una interpretación soberbia, con momentos literalmente “gloriosos”. Su actuación libre de complejos, de pudores y prejuicios, construye un personaje sumamente seductor. El de una mujer de casi 60 años, libre de ataduras y de responsabilidades, que sólo busca ser feliz.

Y es que, más allá de la intención declarada de visibilizar a la mujer madura, con sus inquietudes e inseguridades, y darle la importancia que parece haber perdido con el creciente culto a la belleza física, lo que la película del director chileno nos recuerda es que nunca es tarde para procurar la felicidad y que, hasta la penúltima equivocación merece la pena, si en el intento hemos logrado sonreír.

FICHA TÉCNICA:


Título original: The Assistant

Año: 2019

Duración: 81 min.


País: Estados Unidos

Dirección: Kitty Green

Guión: Kitty Green

Música: Tamar-Kali Brown

Fotografía: Michael Latham


Reparto: Julia Garner, Matthew Macfadyen, Dagmara Dominczyk, Kristine Froseth, Patrick Wilson, Mackenzie Leigh, Juliana Canfield, Noah Robbins, Alexander Chaplin, Purva Bedi, Lou Martini Jr., Migs Govea, Fang Du, Daoud Heidami, Jonny Orsini, Sophie Knapp, Andrew Hsu, Devon Caraway

Productora: 3311 Productions, Cinereach, Forensic Films, Level Forward, Symbolic Exchange, Bellmer Pictures, JJ Homeward Productions (Distribuidora: Bleecker Street)

Género: Drama | Trabajo/empleo. Abusos sexuales
FICHA TÉCNICA:

Título original: Gloria Bell

Año: 2018


Duración: 102 min.


País: Estados Unidos


Dirección: Sebastián Lelio


Guión: Alice Johnson Boher (Historia: Sebastián Lelio, Gonzalo Maza)

Música: Mathew Herbert


Fotografía: Natasha Braier


Reparto: 
Julianne Moore, John Turturro, Michael Cera, Jeanne Tripplehorn, Holland Taylor, Brad Garrett, Caren Pistorius, Sean Astin, Cassi Thomson, Tyson Ritter


Productora: Co-production Estados Unidos-Chile; Filmnation Entertainment, Fabula

Género: Drama. Romance | Remake. Amistad