LA INVITACIÓN

Olivia Wilde se propone demostrar que una pareja puede sobrevivir a casi cualquier cosa, salvo a la posibilidad de tener que explicarse a sí misma. En La invitación, la directora (y protagonista) convierte una cena entre vecinos en un duelo sentimental donde el sexo es apenas la excusa para hablar de algo bastante más complejo: el desgaste del amor, las renuncias que impone la convivencia y la facilidad con la que dos personas pueden terminar viviendo juntas sin saber muy bien por qué siguen haciéndolo. Se trata de una comedia afilada y melancólica, del estilo de los mejores titulos de Woody Allen, que encuentra en las miserias de la vida cotidiana un filón mucho más fértil que en las habituales extravagancias de las relaciones modernas.

Wilde había debutado detrás de la cámara con Empollonas, una de las comedias sobre adolescentes más inteligentes y divertidas de la última década, demostrando tener un fino oído para las inquietudes de las nuevas generaciones. Después llegó No te preocupes querida, un proyecto más ambicioso que exploraba las relaciones de poder, el control y las fantasías que sostienen determinadas vidas conyugales. La invitación conserva el ritmo, la ligereza y la precisión cómica de su debut, mientras recupera las inquietudes emocionales de su segunda película, para filmar una obra mucho más madura. Aquí no necesita construir un universo distópico para hablar de la alienación ni recurrir a las peripecias de la juventud para explorar las contradicciones humanas. Le basta un apartamento, una tabla de ibéricos para cuatro y una conversación que se va adentrando en terrenos cada vez más personales.

Adaptación de la película Sentimental de Cesc Gay que es, a la vez, la adaptación cinematográfica de su obra teatral «Los vecinos de arriba«, en la que el cineasta catalán encontraba en una cena de picoteo entre amigos el escenario ideal para poner a prueba las convenciones de la pareja burguesa, Wilde y los guionistas Rashida Jones y Will McCormack conservan la arquitectura de la obra, pero introducen en ella matices de la cultura estadounidense, desde la relación con el éxito profesional hasta la imagen que cada personaje intenta proyectar de sí mismo.

Joe (Seth Rogen) y Angela (Olivia Wilde) forman una pareja que atraviesa una crisis matrimonial. Él, antiguo músico de espíritu punk trabaja como profesor universitario. Ella estudió Bellas Artes, pero dejó de perseguir su vocación por encargarse de una casa en la que se ha volcado como su proyecto artístico personal mientras intenta sostener una relación que se ha ido vaciando de complicidad. La rutina ha ocupado el lugar del deseo y las pequeñas diferencias se han transformado en una rutina de reproches sistemática.

Pero la situación cambia cuando Angela invita a cenar a sus vecinos de arriba, Pina (Penélope Cruz) y Hawk (Edward Norton) a quienes escuchan a través de las paredes mantener sexo salvaje. La pareja lleva tiempo alterando la tranquilidad doméstica de Joe con sus ruidosos encuentros sexuales y lo que podría haber sido una conversación civilizada para resolver un problema de convivencia deriva en una propuesta que ninguno de los anfitriones esperaba: sus invitados practican el intercambio de parejas y están dispuestos a compartir esa experiencia con ellos.

La premisa tiene la eficacia de un mecanismo teatral perfectamente engrasado. Pero lo que hace interesante a La invitación no es la provocación sexual, sino la manera en que Wilde utiliza esa propuesta para desordenar las certezas de sus protagonistas. Joe y Angela pueden rechazar la invitación. Lo que no pueden hacer es fingir que no han escuchado nada. La posibilidad de que exista otra manera de vivir el deseo los obliga a examinar la suya.

Estrenada en el Festival de Cine Independiente de Sundance, la comparación con el original es inevitable aunque Wilde imprime al relato una óptica más femenina y una energía más nerviosa que acompaña el progresivo desmoronamiento de las defensas de sus personajes.

La dirección entiende que una conversación de este tipo necesita ritmo incluso cuando la cámara apenas tiene espacio para moverse. Los cambios de tono, las interrupciones y las miradas cruzadas van modificando el sentido de cada frase y lo que al principio puede parecer una broma puede convertirse, minutos después, en una acusación.

Lejos del eterno adolescente marihuanero y despreocupado que marcó buena parte de su filmografía, Joe es probablemente uno de los mejores trabajos de la carrera de Seth Rogen que interpreta aquí a un músico (todavía marihuanero) que conoció el éxito demasiado pronto y que ahora enseña a sus alumnos mientras sobrevive a sus dolores de espalda y a la sensación de haber desperdiciado parte de su talento. Pero Joe no solo está decepcionado con su vida: teme haber contribuido a que la de Angela tampoco haya sido la que esperaba.

Wilde, por su parte, construye un personaje que podría haber caído en el tópico de la esposa insatisfecha. Pero su Angela no es solo una mujer que busca recuperar el deseo ni una víctima de un matrimonio agotado, es alguien que ha participado en la construcción de una vida que ahora cuestiona y esa responsabilidad vuelve más complejo su conflicto. La directora trabaja bien los silencios y las reacciones contenidas, con esa mezcla de impaciencia, afecto y resentimiento que aparece cuando una relación acumula demasiadas conversaciones aplazadas. Su interpretación gana fuerza cuando deja de intentar mantener el control de la velada y permite que afloren las contradicciones de su personaje.

Penélope Cruz, por su parte, se desenvuelve con absoluta libertad en la piel de Pina. En su rol de sexóloga habla del tema sin solemnidad, sin pedir disculpas, pero sin tampoco convertir la desinhibición en una declaración de principios. Para ella, el deseo es una parte natural de la vida, algo que merece explorarse en lugar de administrarse de acuerdo con las convenciones sociales. Cruz encuentra una veta cómica muy eficaz en esa naturalidad, pero también introduce una dimensión más ambigua. Pina parece dominar la situación y entender mejor que nadie las reglas del juego; pero su seguridad no significa que conozca todas las respuestas. Su personaje no está ahí para impartir una lección de modernidad sexual, sino para poner en evidencia hasta qué punto los demás han confundido sus costumbres con sus convicciones.

Por último, Edward Norton aporta el contrapunto con un Hawk de encanto calculado. Bombero de profesión, seguro de sí mismo y dueño de una cordialidad que puede resultar tan seductora como desconcertante, parece disfrutar del efecto que produce sobre sus anfitriones. Nunca queda del todo claro si su personaje pretende ayudar a la pareja o divertirse a su costa. Su presencia introduce una tensión que va más allá del deseo sexual. Pero esa aparente superioridad y seguridad no lo convierte en un hombre libre de contradicciones.

La película arranca con una declaración de intenciones, una cita de otro Wilde, Oscar, de la obra teatral Una mujer sin importancia: «Uno debería estar siempre enamorado. Esa es la razón por la que uno no debería casarse» y gana fuerza cuando la propuesta de los vecinos deja de ser el centro de atención. Porque el intercambio de parejas no resuelve nada por sí mismo ni constituye una alternativa mágica a la monotonía matrimonial. Lo que importa es lo que deja al descubierto. Joe y Angela descubren que sus problemas no se deben únicamente a la desaparición del deseo, sino a una acumulación de renuncias, expectativas frustradas y reproches que han terminado por definir su convivencia. Él se siente un fracasado; ella se ha dejado parte de sí misma por el camino.

Ahí reside la inteligencia del guion de Jones y McCormack. La película no establece una oposición simplista entre una pareja convencional y otra supuestamente liberada. Porque los vecinos tampoco poseen una fórmula infalible para el amor. Su manera de relacionarse sirve como detonante, pero la aparente libertad sexual no garantiza la felicidad ni elimina las tensiones que surgen cuando dos personas comparten una vida. El filme evita así convertir la monogamia en una institución condenada o la apertura sexual en una solución universal.

Wilde aprovecha las posibilidades de rodar en 35 milímetros, un formato que recuerda al de un cine estadounidense hecho por y para adultos: el de Hannah y sus hermanas, Escenas de un matrimonio o Quién le teme a Virginia Woolf?, referencias que la directora ha reconocido abiertamente. La fotografía de Adam Newport-Berra (Euphoria, The Studio) aporta calidez y textura a los interiores, mientras el apartamento adquiere progresivamente una dimensión dramática. La cámara no necesita salir a la calle porque el verdadero viaje de los personajes transcurre hacia el interior de sus propias vidas, entre esas cuatro paredes.

También resulta decisivo el trabajo de montaje de Yorgos Mavropsaridis y Anthony Boys, que sostiene la agilidad de los diálogos sin sacrificar los momentos en que la conversación se detiene y deja que aflore algo más profundo. La música de Devonté Hynes acompaña la narración sin subrayar cada emoción, respetando el equilibrio entre la comedia de situación y el drama sentimental. Todo está al servicio de una historia que necesita ser contada con precisión.

El riesgo de una película construida sobre diálogos es terminar pareciendo una obra de teatro filmada y La invitación no siempre escapa por completo a esa limitación, algunos pasajes insisten más de la cuenta en las mismas fricciones matrimoniales. Sin embargo, Wilde conoce el valor cinematográfico de los pequeños gestos y sabe cuándo dejar que una interpretación respire. La energía de los cuatro protagonistas hace el resto.

En el fondo, La invitación habla del tiempo y de la forma en que este transforma el amor. De cómo una relación puede conservar las estructuras externas —la casa, las costumbres, los proyectos compartidos— mientras pierde el sentido que las mantenía unidas. De la tendencia a confundir estabilidad con felicidad y duración con éxito. Y de esa facilidad con la que una pareja puede seguir adelante porque separarse parece demasiado complicado, porque hay hijos, compromisos y una historia común que nadie sabe cómo abandonar.

Olivia Wilde demuestra que posee una mirada especialmente lúcida para observar las relaciones humanas desde la comedia. Su película no ofrece respuestas fáciles ni convierte a sus personajes en portavoces de una tesis sobre el matrimonio moderno. Prefiere dejarlos hablar, contradecirse y descubrir, a veces con una crueldad involuntaria, que llevan años sin formularse las preguntas adecuadas.

Al terminar la cena, la propuesta sexual habrá perdido su importancia. Lo que permanece es algo mucho más difícil de gestionar: la certeza de que una relación no se mantiene viva por inercia y de que el amor, por sí solo, tampoco garantiza nada. Hay que saber qué hacer con él cuando desaparece la novedad, cuando los proyectos se frustran y cuando la persona que tenemos enfrente deja de coincidir con la que imaginábamos.

La invitación recupera un tipo de comedia que confía en la inteligencia del espectador, en el poder de las palabras y en la capacidad de cuatro buenos actores para convertir una cena en un pequeño campo de batalla sentimental. Una película que arranca con una invitación al sexo y termina planteando una pregunta mucho más difícil: si todavía merece la pena seguir juntos.

Título original: The Invite.

Año: 2026

Duración: 108 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Olivia Wilde

Guion: Rashida Jones, Will McCormack. Obra: Cesc Gay

Reparto: Seth Rogen, Olivia Wilde. Penélope Cruz y Edward Norton.

Música: Devonte Hynes

Fotografía: Adam Newport-Berra

Compañías: Filmnation Entertainment, Annapurna Pictures, Permut Productions

Género: Comedia dramática. Remake. Matrimonio. Familia. Parejas.

LA CAPTURA

Que en el asunto del narcotráfico y la violencia que es consustancial a él, la realidad supera casi siempre a la ficción es un hecho probado que el cine ha sabido reflejar con precisión en series antológicas, como Narcos, Breaking bad, La Reina del Sur, Fariña, Peaky Blinders o, más recientemente, Tierra de mafiosos. Pero juzgar el valor de una película como “La Captura”, donde se relata la rocambolesca detención de Joaquín «El Chapo» Guzmán, atendiendo a ese simple argumento -como algunos han hecho- resulta del todo injusto.

A partir de la extraordinaria peripecia que supuso la captura del narcotraficante más buscado de México, quien escapó de un cerco militar en Los Mochis, se escurrió por un túnel, atravesó el sistema de drenaje, emergió por una alcantarilla y robó dos coches en su huida, para acabar siendo detenido por un par de policías que se lanzaron en persecución de uno de esos vehículos sin saber que dentro viajaba uno de los criminales más poderosos del mundo, Chava Cartas, su director, convierte lo que podría haber sido un simple thriller de acción en algo mucho más interesante al desviar el foco del capo, para contar el dilema moral y ético de esos dos agentes de uniforme al enfrentarse a un delincuente que puede comprar su libertad o convertir su vida en un infierno.

La película toma como referencia las crónicas de Héctor de Mauleón (uno de los mejores y más valientes periodistas mexicanos) sobre la legendaria captura del narco ocurrida el 8 de enero de 2016, y se centra en los dos policías que se cruzan en su camino.

Si documentales como El día que conocí al Chapo: la historia de Kate del Castillo y Señores de la droga contribuyeron a convertir al Chapo Guzmán en una celebridad criminal, «La Captura» cambia el punto de vista pues en ella el narco no es el protagonista de su propia leyenda, sino el prisionero que pone a prueba el sentido del deber de esos dos hombres cuya identidad real permanece en secreto hasta hoy por motivos de seguridad.

Arturo Carmona (Alfonso Herrera) es un policía veterano de Sinaloa: tiene una esposa embarazada, dos hijas, un salario insuficiente y vive atormentado por el recuerdo de un operativo que terminó mal. Al enterarse de que su mujer está esperando su tercer hijo, Carmona solicita trabajar en el turno de noche para ganar algo más de dinero y le asignan a Héctor Rosales (Noé Hernández) como nuevo compañero. Juntos patrullan Los Mochis y un día, al estar a punto de acabar el turno, salen en persecución de un automóvil que ha sido declarado robado y encuentran dentro de él a Cholo Iván (Juan Pablo Cruz García) y a “El Chapo” Guzmán (Héctor Kotsifakis), quienes acaban de escapar de un operativo militar.

El dilema que les plantea el destino a estos dos agentes de la autoridad es, por desgracia, el que se le plantea a cientos de servidores públicos allá donde las redes del narcotráfico campan a sus anchas. ¿Qué hacer cuando detener al delincuente no es el final sino el principio del problema? ¿De qué sirve cumplir con el deber si el precio de hacerlo pueden pagarlo tu mujer, tus hijos o cualquiera de los tuyos? Atrapar al criminal más buscado de México debería representar el culmen de una carrera con honores. Pero, para estos hombres, es el comienzo de una noche en la que cada persona y vehículo que se cruzan puede pertenecer al cártel de Sinaloa.

El Chapo está esposado y privado, al menos en apariencia, de los recursos que lo han convertido en un hombre temible. Los policías tienen las armas, la placa y la autoridad. Sin embargo, son ellos quienes parecen prisioneros, ya que son presa del miedo al conocer la identidad del detenido. Guzmán no necesita escapar de la celda para recuperar el control: le basta con poner sobre la mesa todo su dinero y su capacidad de intimidación e influencia. El poder del narco no termina cuando se encierra a su líder bajo siete llaves, ni depende solo de los hombres armados que obedecen sus órdenes. También se manifiesta en la certeza de que ese hombre puede comprar a sus superiores y llegar hasta sus familias.

El dilema del policía que lo captura es, por eso, bastante más complejo que el clásico enfrentamiento entre el bien y el mal. No se trata de decidir si uno es honrado y el otro un delincuente. Se trata de averiguar hasta dónde llega el sentido del deber cuando la integridad profesional entra en conflicto con la obligación de proteger a los tuyos. Resistir el chantaje puede ser una decisión ejemplar desde fuera, mientras que ceder a él puede salvarles y también convertirte en rehén para siempre. No hay una salida fácil, y es precisamente esa ausencia de respuestas fáciles la que sostiene el interés de la película.

Detener al Chapo es una cosa; atreverse a hacerlo, otra. Cartas entiende que la captura de un narcotraficante de semejante calibre no pone fin a su poder. El hombre que ha perdido la libertad conserva la capacidad de imponer sus reglas a quienes lo custodian. La inversión resulta eficaz: quienes deberían tener el control empiezan a sentirse atrapados, mientras el detenido sigue calculando las debilidades ajenas. Kotsifakis sabe aprovechar esa posición de aparente vulnerabilidad y compone un Chapo que no necesita exhibir su ferocidad. Golpeado, sucio y fatigado después de la fuga, recupera el control cuando comienza a estudiar a sus captores. Enseguida descubre cuánto ganan, qué temen perder y qué necesitan. No precisa un arma: tiene dinero, oídos y ojos repartidos por todo el territorio y la certeza de que la institución policial es más frágil que su organización criminal.

La película juega en ese sentido con una paradoja fascinante: el hombre que ha conseguido burlar un dispositivo militar termina cayendo por una sucesión de casualidades y por el trabajo rutinario de unos agentes que ni siquiera conocen su identidad. No hay una operación de inteligencia infalible ni un investigador genial que resuelva el caso. Hay una alcantarilla, unos coches robados y dos policías que hacen su trabajo. La historia real contiene una ironía difícil de mejorar, la de un criminal que ha construido su leyenda alrededor de la evasión y acaba a merced de una circunstancia absurda.

Es cierto que la puesta en escena de Cartas recurre a los códigos habituales del thriller: música enfática, interiores sombríos, primeros planos y una tensión que a veces se subraya más de la cuenta. El motel donde se refugian los agentes es una ratonera, un espacio en el que cada puerta y cada ruido anuncian una amenaza. En ocasiones, la película prefiere la agitación visual a la construcción pausada del suspense. Pero sus excesos no anulan lo esencial: el enfrentamiento entre dos hombres que representan formas radicalmente distintas de ejercer el poder y que, durante unas horas, quedan unidos por una decisión que ninguno de los dos puede tomar a la ligera.

La Captura se asoma, además, a una cuestión que el cine sobre narcotraficantes no siempre sabe resolver: cómo contar la historia de un criminal legendario sin contribuir a engrandecer su leyenda. El Chapo sigue ocupando el centro de gravedad de la narración incluso cuando la cámara se aparta de él. Su dinero, su violencia y su capacidad para comprar voluntades e infundir temor determinan el comportamiento de los demás. Pero el verdadero interés está en los policías que deben enfrentarse a esa maquinaria sin disponer de sus recursos ni sus métodos.

Porque el heroísmo, en este caso, no consiste en abatir al enemigo en una espectacular persecución sino en decidir qué hacer cuando el enemigo te mira a los ojos y te ofrece una fortuna o te amenaza con destruir lo que más quieres. La captura de Guzmán fue fruto del azar; lo que viene después es una historia de conciencia, miedo y responsabilidad. Por lo demás, se trata de una producción mexicana que cumple con todos los ingredientes de un buen thriller policial, la tensión, el suspense y el entretenimiento están garantizados.

Título original: La captura

Año: 2026

Duración: 91 min.

País: México

Dirección: Chava Cartas

Guion: Bernardo Esquinca. Crónicas de Héctor de Mauleón

Reparto: Alfonso Herrera, Noé Hernández, Héctor Kotsifakis, Juan Pablo Cruz García, Paola Fernández, Gerardo Trejoluna, Antonio Fortiel, Allan Durrell...

Música: Víctor Hernández Stumphauser

Fotografía: Beto Casillas

Compañías: Draco Films. Netflix

Género: Thriller. Acción. Crimen. Narcotráfico. Policíaco. Drogas. Crimen Organizado. Basado en hechos reales

AL ESTE DEL EDÉN

En la novela de John Steinbeck, Cathy Ames es una criatura casi inhumana. La encarnación misma del mal.Una mujer manipuladora e infiel, capaz de abandonar a su marido y a sus hijos, nada más traerlos al mundo, para prostituirse y regentar un burdel. Algo que no ocurre en la nueva adaptación de Netflix, donde Florence Pugh desmonta al personaje en múltiples capas. Su Cathy sigue siendo temible, egoísta, ambiciosa y despiadada, pero la actriz se atreve a mirar al monstruo de cerca: no para absolverlo, sino para tratar de entenderlo. Lo que termina humanizándolo. Y ahí es donde reside el interés de esta nueva versión de ‘Al este del Edén’.

Adaptar un clásico siempre entraña el riesgo de que el respeto reverencial por la obra original termine llevándonos a componer una ilustración de lujo, la enésima versión de una historia que ya conocemos, con mejores medios y una sensibilidad adaptada a los tiempos. Pero esta miniserie de siete episodios encuentra una mirada propia.

Zoe Kazan, responsable del guion y nieta de Elia Kazan, el director de la primera y más célebre de sus adaptaciones cinematográficas protagonizada por James Dean en 1955, recupera la parte de la novela que su abuelo dejó fuera de su película centrada en el tramo final del libro y reconstruye la historia familiar de los Trask desde sus orígenes, a finales del siglo XIX, desviando el foco del personaje de Cathy. El resultado no es una simple ampliación del drama de Steinbeck, sino una revisión de sus preguntas fundamentales.

La historia arranca con una imagen difícil de olvidar: una mujer malherida y ensangrentada se arrastra por un campo de cultivo hasta una casa aislada, donde viven dos hermanos que reaccionan de maneras opuestas al verla. Se trata de la granja de los hermanos Adam (Christopher Abbott) y Charles Trask (Mike Faist). La serie retrocede entonces hasta la infancia de ambos, marcada por la severidad de un padre que los educa para ser soldados. Cada uno a su manera, se duelen de las heridas de esa instrucción militar, carente de muestras de afecto.

Hijos de distinta madre, Adam, el mayor, es un muchacho sin mayor aspiración que cultivar su rectitud y haría lo que fuera por proteger a su hermano pequeño, hijo de la mujer con la que su padre se casó al enviudar de forma prematura. Charles, en cambio, exhibe un carácter temperamental y colérico, y arrastra los celos de quien se sabe desplazado por el primogénito en el afecto paterno. Condenados a medirse entre ellos, como si la familia fuera un campo de batalla en el que el cariño y el rechazo siempre se reparten de manera desigual, la rivalidad entre ambos hermanos se reproduce una generación después, entre Aron (Joe Anders) y Cal (Joseph Zada), los hijos de Cathy. Mellizos gestados en distintas bolsas, fruto de una historia en la que se cruzan el deseo, la traición y los secretos familiares.

Y es que Steinbeck construyó su novela sobre el relato de Caín y Abel y sobre la idea de que los pecados de los padres terminan siendo reproducidos por sus descendientes.

Un universo bíblico en el que la mujer encarna la tentación y la perdición del hombre. Cathy lleva esa tradición hasta sus últimas consecuencias: abandona a sus hijos, engaña a su marido con su hermano, le dispara para escapar de él y acaba construyendo su propio reino sobre cimientos delictivos. Pero la serie se resiste a dejarla reducida a una figura demoníaca.

¿Qué hay detrás de su maldad? ¿Es una condición innata o una forma de defenderse de quienes pretendieron atarla en corto o abusaron de ella que ha terminado por devorarla?, se pregunta.

Zoe Kazan no pretende convertir a Cathy en una víctima de las circunstancias. Le basta con abrir una grieta en su personaje para que asome una posibilidad más perturbadora que la existencia del mal absoluto: que quien hace daño tenga también sus razones para ello y que sus actos puedan explicarse sin que por ello dejen de ser responsabilidad suya.

Florence Pugh es la actriz perfecta para el papel. Su interpretación se sostiene en la mirada ausente y en la frialdad de los gestos. No busca la redención de Cathy ni reclama indulgencia para ella. La humaniza, que es una operación bastante más compleja. Porque resulta sencillo condenar a un monstruo; lo difícil es reconocer que alguien puede conservar su condición humana y, al mismo tiempo, ser capaz de un nivel de crueldad tan extremo.

Aunque a veces adolece de un ritmo muy lento, la serie sobresale por su puesta en escena. Como observa Rosa Palo, en El Correo: “La luminosidad inicial se va transformando en una atmósfera sombría, casi gótica, en la que los rostros pálidos, los vestidos negros y las pequeñas gafas oscuras de la protagonista remiten al ‘Drácula’ de Francis Ford Coppola y el progresivo deterioro físico y psicológico de Cathy termina por convertirla en una presencia espectral, encerrada en una vida que ella misma ha convertido en una prisión” y atormentada por el fantasma de Charles, a quien supo reconocer como su alma gemela por compartir ambos las mismas cicatrices.

Pero sin duda uno de los personajes que más crece a lo largo de la historia es Lee, el mayordomo chino que interpreta Hoon Lee y que termina convirtiéndose en preceptor de Aron y Cal, que crecen entre las ausencias, los secretos y las rivalidades de sus padres. Lee representa otra forma de educación moral en una familia acostumbrada a pensar que los hijos se parecen a sus padres. Su teoría es que no todo lo que conforma nuestro carácter procede de la sangre. También lo forma el amor o el rechazo de quienes deciden despreciarnos o confiar en nosotros.

Y es ahí donde aparece la palabra fetiche que da sentido a la historia: timshel. Término hebreo extraído de la Biblia, que en la interpretación de Steinbeck significa “tú puedes” y expresa la posibilidad de elegir. Porque el ser humano no está predestinado por su naturaleza ni condenado a repetir los mismos errores de sus antepasados. La herencia condiciona, el pasado deja marcas y la familia puede determinar buena parte de lo que somos, pero nada de eso tiene por qué convertirse en un destino inapelable. La libertad empieza cuando dejamos de confundir las razones que explican nuestros actos con las excusas que pretenden justificarlos.

Que Zoe Kazan haya decidido contar esta historia no es casual pues ella misma ha tenido que lidiar con el pasado de su abuelo. Elia Kazan declaró contra antiguos compañeros del Partido Comunista ante el Comité de Actividades Antiamericanas durante el macartismo, un episodio que dejó una profunda huella en sus descendientes. «Mi país le falló a mi abuelo, y mi abuelo le falló a muchas otras personas», ha reconocido la propia guionista. Haber sufrido no concede una licencia para hacer sufrir a los demás, del mismo modo que conocer la historia de alguien no obliga a perdonarlo. Timshel. No elegimos las circunstancias que nos forman, pero sí tenemos responsabilidad sobre lo que hacemos a partir de ello.

Título original: East of Eden

Año: 2026

Duración: 58 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Zoe Kazan, Jeb Stuart, Garth Davis, Laure de Clermont-Tonnerre

Guion: Zoe Kazan. Bas.: John Steinbeck

Reparto: Florence Pugh, Christopher Abbott, Mike Faist, Joseph Zada, Joe Anders, Zoe Phillips, Hoon Lee, Martha Plimpton, Ciarán Hinds, Tracy Letts...

Música: Laura Karpman

Fotografía: Stuart Dryburgh, Sam Chiplin

Compañías: Anonymous Content, Endeavor Content, Fifth Season, Netflix.

Género: Serie de TV. Drama. S. XIX. Vida rural. Historia. Familia.

UNABOMBER

¿Puede una sociedad fabricar al monstruo que después necesita perseguir? Esa es la pregunta que sobrevuela Unabomber, la película dirigida por Janus Metz, que Netflix acaba de incluir en su catálogo. La historia de Theodore Kaczynski, el prodigio de las Matemáticas que había estudiado en Harvard y poseía un IQ superior al resto pero acabó convertido en uno de los terroristas más buscados de Estados Unidos, contiene suficientes elementos para alimentar un thriller psicológico de primer nivel. El problema es que la película parece más interesada en encontrar una explicación para el nacimiento de un asesino en serie que en enfrentarse a las revelaciones de su pensamiento.

A los 16 años, Ted Kaczynski (Jacob Tremblay) tenía un cociente intelectual de 167, más que Einstein, pero la CIA destruyó su mente. Durante tres años, lo sometieron a brutales experimentos psicológicos secretos. El terrorista que atemorizó al país durante dos décadas. se aisló en una cabaña sin luz ni agua corriente, en Montana, y durante dieciocho años envió dieciséis cartas bomba. El FBI llegó a ofrecer un millón de dólares por su cabeza. Pero al final lo cazaron por su propio ego. Su propio hermano lo desenmascaró y lo delató a las autoridades al reconocer su forma de escribir.

La película alterna dos épocas. Por un lado, la juventud de Kaczynski, su paso por Harvard y los experimentos dirigidos por el profesor Henry Murray, que sometió a un grupo de estudiantes a pruebas de estrés y confrontación intelectual. Y, por otro, la investigación del FBI que, después de años de desconcierto, acabaría conduciendo hasta el autor de una campaña de atentados que dejó tres muertos y 23 heridos.

Unamomber pretende mostrarnos cómo un adolescente superdotado, socialmente aislado y sometido a una experiencia de manipulación psicológica terminó abrazando una ideología radical y el planteamiento tiene interés en la medida en que logra demostrar que la inteligencia no inmuniza contra el resentimiento social y que el progreso científico no está necesariamente acompañado de un progreso moral. Además recupera una pregunta que sigue vigente: ¿hasta dónde puede llegar el poder cuando convierte al individuo en objeto de experimentación? Sin embargo, entre señalar los abusos de la investigación psicológica y presentar aquellos experimentos como la clave del nacimiento de un terrorista hay una distancia que el guion no siempre sabe salvar.

Y es que Kaczynski no fue únicamente el resultado de una infancia difícil o de una experiencia universitaria perturbadora. Fue un hombre que elaboró una doctrina, eligió la violencia y decidió que su causa justificaba matar. Sus ideas estaban supeditadas a las consecuencias perjudiciales que trajo el desarrollo tecnológico y recogidas en un extenso manifiesto que tituló «La sociedad industrial y su futuro» que fue publicado en 1995 en varios periódicos estadounidenses, entre ellos The Washington Post y The New York Times, el mismo día.

Ahí reside la principal debilidad de Unabomber cuyo guion termina reduciendo la complejidad de su protagonista a una sucesión de heridas que conducen, casi inevitablemente, al desastre. Comprender los mecanismos que pueden alimentar una conducta criminal no equivale a establecer una relación causal entre una experiencia traumática y el terrorismo. Mucho menos cuando el personaje real negó que aquellos experimentos explicaran sus acciones posteriores. El riesgo de este tipo de biografías es convertir la infancia en un expediente de culpabilidad y al asesino en la víctima de una historia que parece escrita de antemano por otros.

Tremblay afronta el reto de interpretar a un joven asocial que todavía no ha descubierto hasta dónde puede llevarle su desprecio por el mundo. Su personaje se construye a partir de la rigidez, el aislamiento y la dificultad para relacionarse con los demás, aunque el guion no siempre le proporciona la profundidad necesaria para que esa transformación resulte convincente. Russell Crowe, en cambio, aporta carácter a Henry Murray, un personaje que encarna la arrogancia intelectual de quienes creen que el conocimiento les concede el derecho a manipular a los demás. Shailene Woodley interpreta a la agente del FBI Joanne Miller, encargada de seguir las huellas que dejó el terrorista. Su línea narrativa introduce el suspense policial, pero también desplaza la atención hacia los mecanismos de la investigación sin conseguir que ambas historias alcancen siempre la misma intensidad.

Donde la película encuentra su material más interesante es en el enfrentamiento entre Kaczynski y la sociedad que desprecia. Su crítica a la civilización industrial emplea argumentos que cobran hoy una inusitada vigencia en la medida en que el desarrollo tecnológico transforma nuestras vidas, condiciona nuestras decisiones y crea nuevas dependencias al mismo tiempo que multiplica nuestras posibilidades. La cuestión es qué hacemos con esa constatación. Kaczynski convirtió su diagnóstico en una coartada ideológica para el asesinato. Mandaba bombas porque pensaba que era la única forma de que su mensaje llegara hasta un público masivo. Sus víctimas solían ser personas vinculadas con la tecnología, la ciencia o la industria: académicos, ejecutivos, empleados de aerolíneas, un publicista o el dueño de una tienda de computadoras. De ahí le vino el apodo de ‘Unabomber’ (por university and airline bomber). Los veía como representantes o promotores del sistema que combatía. Su manifiesto podía discutir el precio del progreso; pero sus bombas no demostraban nada sobre la superioridad de la naturaleza ni sobre la libertad del individuo. Solo imponían el terror a personas que nada tenían que ver con sus obsesiones.

¿Era entonces Kazynski un hombre adelantado a su tiempo? Claramente sí. Recordemos que en esa época Internet recién nacía para el gran público. Las tesis principales de su manifiesto son que el avance tecnológico reduce la libertad y la autonomía de las personas, pues obliga a adaptarse a sus exigencias lo que genera angustia, alienación y problemas psicológicos y plantea que los seres humanos necesitan metas reales y esfuerzo para alcanzarlas, algo que la sociedad moderna reemplaza con actividades sustitutas. Por último, contiene una severa crítica al «izquierdismo moderno» que describe como «un producto de sentimientos de inferioridad y sobresocialización». Algo que no se menciona en la película de Metz.

Kazynski no se queda, sin embargo, en la crítica. Lanza una propuesta alternativa que desde la pandemia del Covid-19 muchos han abrazado: volver a una vida más cercana a la naturaleza.

En ese sentido, Unabomber desaprovecha parte de la potencia de una historia que permitiría cuestionar tanto la fe ciega en la tecnología como la tentación de encontrar en la violencia una respuesta definitiva a sus efectos. Janus Metz construye un relato que mantiene el interés, pero su afán por establecer una conexión entre los experimentos de Harvard y los atentados acaba estrechando el campo de reflexión. Allí donde cabía una exploración de la inteligencia, el poder, el aislamiento y la radicalización, aparece una explicación demasiado ordenada para una trayectoria tan difícil de reducir a una sola causa.

Porque el verdadero interrogante no es si la sociedad tecnológica produce individuos descontentos. Es qué lleva a uno de ellos a concluir que tiene derecho a decidir quién debe morir para que su idea de la libertad prevalezca. Unabomber se acerca a esa pregunta, pero no termina de llegar al fondo. Y en la historia de Ted Kaczynski, entender el origen de una obsesión importa; pero entender por qué alguien decide convertirla en una sentencia de muerte importa mucho más.

Título original: Unabomber

Año: 2026

Duración: 97 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Janus Metz Pedersen

Guion: Sam Chalsen, Nelson Greaves. Biografía Theodore Kaczynski

Reparto: Russell Crowe, Jacob Tremblay, Annabelle Wallis, Shailene Woodley, Alexander Ludwig, Marc Menchaca, Steven Ogg...

Música: Marco Beltrami

Fotografía: Yves Bélanger

Compañías: 2.0 Entertainment, IM Global, MRC Film. Distribuidora: Netflix

Género: Thriller. Terrorismo. Biopic. Basado en hechos reales

LA BOLA NEGRA

Lo más honesto que se puede decir después de haber visto “La bola negra” es que la película funciona bastante mejor que el discurso que se ha construido alrededor de ella. Sin la etiqueta de «la primera película gay sobre la Guerra Civil» del cine español, sin la glamourosa carrera hacia los Oscar, sin la machacona invocación a Federico García Lorca como aval de su trascendencia y toda la retórica política que ha acompañado a su presentación, el segundo largometraje de Javier Calvo y Javier Ambrossi resulta más interesante de lo que su propia promoción parece dispuesta a reconocer. El espectador no necesita que le expliquen por qué debe considerarlo importante. Basta con que la película encuentre la manera de demostrarlo. Y a ratos la encuentra, aunque no siempre.

Inspirada en una obra de teatro de Alberto Conejero, quien participó directamente en su adaptación al guion, y en la obra de teatro inacabada que el poeta granadino Federico Garcia Lorca escribió para quien fuera su amante y secretario personal, los Javis han conseguido demostrar que poseen una notable capacidad para construir imágenes de cierta belleza visual y atmósferas cargadas de emoción, pero también una tendencia algo infantil a subrayarlas hasta agotar su significado. En su empeño por convertir tres historias separadas en el tiempo —1932, 1937 y 2017— en un único relato sobre el deseo, la identidad sexual y la represión, todo parece reclamar una intensidad máxima. Cada imagen aspira a convertirse en símbolo y cada sentimiento parece necesitar una explicación adicional.

El comienzo es prometedor. En una remota aldea rural, una improvisada banda de músicos y sus pintorescos habitantes esperan con el brazo en alto la llegada de los falangistas. Hay algo (o mucho) de Bienvenido, Mister Marshall en esa estampa costumbrista, en la calma que precede a la tragedia, hasta que la violencia irrumpe desde el cielo. El bombardeo indiscriminado de la aviación italiana, aliada de Franco, convierte el pueblo en una carnicería. Solo sobrevive un joven trompetista que, tras protagonizar una rocambolesca huida ‘monte a través’, se esconde entre las ruinas de una antigua iglesia, donde trepa por el torso asaeteado por flechas de una gigantesca estatua de San Sebastián, para acabar alistándose en el ejército sublevado.

El paralelismo entre el muchacho y el santo, una de las grandes representaciones de la iconografía homoerótica, resulta tan explícito que apenas deja espacio para la interpretación. Sin embargo, la imagen tiene fuerza porque en ella se condensa esa mezcla de deseo, martirio y violencia que recorre la espina dorsal de la película.

Lo mismo sucede cuando unos presos republicanos esperan su fusilamiento antes del amanecer o cuando un prisionero y su carcelero comparten un último abrazo o sus manos se rozan levemente durante el traslado. En esos momentos, la Guerra Civil deja de ser un decorado histórico y se filtra en las relaciones, en los cuerpos malheridos y en las miradas que en esta película tienen una importancia capital. Los Javis han construido una película excesiva, ambiciosa y por momentos desbordada, pero también extraordinariamente consciente de su poder visual. Antes incluso de que uno termine de ordenar sus tres historias, quedan en la memoria algunas miradas, algunos gestos, algunos cuerpos, una canción, la sucia luz de un amanecer y la sensación de que en ella el deseo siempre está a punto de ser descubierto.

Su mejor virtud está ahí: en conseguir que la historia de unos hombres que tuvieron que esconder quiénes eran no se quede en el discurso sobre la memoria histórica o la represión política, sino que se convierta en algo que se ve, se toca y se siente. Su peor defecto: no saber entender que algunas de sus imágenes hablan por sí solas y no dejarlas respirar, ahogándolas con verborrea innecesaria o con música, para subrayar su significado y el impacto emocional que se quiere conseguir. El miedo no necesita grandes discursos; basta con saber qué puede ocurrirles a quienes se desean en un mundo que considera la homosexualidad algo sucio o pecaminoso.

Como sus propios autores han reconocido, la película está plagada de referencias cinematográficas y no todas resultan igual de felices. Aparte de la ya comentada escena inicial que recuerda deliberadamente a Berlanga. aparecen otras secuencias que nos remiten a El paciente inglés o que pretenden emular a Sorrentino. Como el trávelin en el mirador de Granada que se fija en un grupo de marines que parecen modelos de un anuncio de Martini o esa otra en la que una docena de musculosos soldados falangistas juguetean desnudos en una playa y que culmina con el escupitajo en la boca del cadáver de un prisionero republicano seguido de un derroche de fuegos artificiales. Escenas que llevan el artificio demasiado lejos, erotizan la violencia fascista y ponen a la película en un plano de frivolidad innecesario.

No se trata de exigir realismo a una obra que se mueve deliberadamente entre la historia y la ensoñación, sino de preguntarse qué aporta cada uno de esos excesos a su narrativa. La reivindicación queer es el eje central de la película y, sin duda, una de las razones de su exuberancia. Pero su insistencia termina por resultar algo redundante.

Así lo ve Carlos F. Heredero cuando escribe que “Casi nada más empezar, un joven que más tarde se descubrirá a sí mismo como homosexual, escapa de un ataque de la aviación mussoliniana durante la Guerra Civil española, escalando los musculosos contornos físicos de un gigante San Sebastián atravesado por las flechas, esculpido en mármol entre unas ruinas del lugar. El joven, claro está, se llama Sebastián. En este nivel de obviedad redundante (por no decir sonrojante) nos instala desde el comienzo un film que se reclama poético de manera hiperbólica a lo largo de todo su metraje. Atravesado de principio a fin por una voluntad bigger than life, con ampulosidad formal desaforada, todo en “La bola negra” se quiere intenso y trascendente, monumental y desbordante, en su complicado trenzado narrativo de tres tiempos (1932, 1937 y 2017) que se hacen eco entre sí con la figura de Federico García Lorca como pretexto y bandera de una hiperexplícita reivindicación queer”.

Otros han ido aún más lejos en su crítica señalando que “el universo de los Javis parece condenado a mirarse al ombligo con solemnidad: provocación de escaparate, transgresión domesticada y una estética oscilante entre lo kitsch y lo artificioso que convierte la emoción y el dolor en simple impostura y sensiblería”.

Agus Izquierdo dice por su parte que es “una película alienadoramente solipsista. Ensimismada. Borracha de sí misma. Una brillante idea enterrada bajo un maremágnum hipertrofiado de efectismo y ampulosidad”. Aunque reconoce que, dentro del caos, del ruido y el constante subrayado, aparecen momentos evocadores.

Aun compartiendo el fondo de muchas de esas opiniones, yo destacaría que la película está mejor armada narrativamente de lo que algunas de sus imágenes más aparatosas podrían hacer pensar. Los tres planos temporales en los que se desarrollan las tres historias que cuenta se enlazan con naturalidad y elegancia y la figura de Lorca funciona como una presencia ausente que permite conectar las vidas de hombres separados por varias décadas y sometidos, de distintas maneras, a la misma imposibilidad de vivir en libertad. Pero estoy de acuerdo en que hay ocasiones en que la película parece más preocupada por dejar constancia de lo que quiere denunciar que por explorar a fondo lo que sus personajes pueden sentir.

El reparto contribuye a sostener el conjunto. Se nota que los actores hacen un esfuerzo por resultar creíbles y, en general, puede decirse que lo consiguen. Salvo por pequeños detalles que tienen que ver menos con su interpretación que con cuestiones de producción, como la depilación láser integral que deja al descubierto el desnudo de la estrella de la serie juvenil Élite, al igual que sucede con el resto de jóvenes que muestran sus musculosos y lampiños torsos en la película, algo que no creo que fuese tendencia en 1937.

Pese a su inexperiencia como actor, el cantante Guitarricadelafuente (que interpreta Nieve, el tema central de la banda sonora) logra transmitir, casi sin pronunciar palabra, el miedo, la fragilidad, la inocencia y la confusión que el joven Sebastián siente respecto a los sentimientos que despierta en él el prisionero al que le toca vigilar, que no es otro que Rafael Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeu), a quien Lorca llamaba “tres erres” por sus iniciales. Un apuesto ingeniero de minas, futbolista, actor, militante socialista y secretario de La Barraca, la compañía universitaria de teatro clásico formada en La Residencia de estudiantes de Madrid durante la Segunda República.

Hay algo que despierta una gran ternura, a medida en que el jovencísimo Sebastián toma conciencia de su propio deseo ante la contemplación del cuerpo malherido del teniente republicano.

Carlos González realiza asimismo una más que solvente interpretación como Alberto, el joven historiador que descubre sin proponérselo la vida secreta de su abuelo, custodio involuntario del guion inacabado que el malogrado escritor granadino escribió para su amante antes de ser fusilado. Su actuación es, de hecho, de las más convincentes y creíbles de la película. Junto con el de quien hace de su madre, la actriz Lola Dueñas que encarna a Teresa, una madre yonqui, consumida por los resentimientos y por el abandono que ella misma sufrió de niña de parte de su padre, cuyas razones no llega a entender hasta después de muerto.

Pero quien mejor aprovecha su tiempo en pantalla es, sin duda, Penélope Cruz metida en la piel de la deliciosa Nené, una cupletista que parece haber aprendido a sobrevivir a fuerza de descaro, consciente de que la fantasía y el arte todavía son el último reducto donde está permitido imaginar otras vidas cuando la cruda realidad se nos echa encima y nos impone sus límites. Lástima que una intuición tan sugerente quede rematada por una de esas frases redondas que los Javis parecen incapaces de ahorrarse: «El travestismo es la fantasía de la posibilidad y la guerra es todo lo contrario».

Ambos personajes femeninos introducen una humanidad que por momentos contrasta con la solemnidad del conjunto. No así el de Glenn Close, cuya fugaz aparición como una historiadora estadounidense interesada en la figura de Lorca resulta totalmente impostada, prescindible y un punto snob. Una concesión al discurso woke que parece responder más a las expectativas de la Academia de Hollywood que a las necesidades de la propia historia.

De las tres líneas narrativas, la de Carlos, el joven señorito granadino que es rechazado por “las fuerzas vivas” (curas, militares y civiles falangistas) que controlan la junta directiva del Casino de su ciudad en un sistema de votación que da su título a la película por decirse de él que anda con «rojos y maricones» es, en mi opinión, la que más flaquea. La atmósfera de lirismo onírico que los directores buscan imprimirle deriva a ratos en una estilización pretenciosa, especialmente en la escena del baile, coreografiada al milímetro, en el bar frecuentado por personajes de la peor calaña al que acude con furtiva asiduidad. El resultado es tan artificioso como absurdo. El desenlace en la nieve, sin embargo, tiene una sensibilidad poética y una belleza formal que permiten cerrar esa historia con una ambigüedad que el resto de la secuencia no siempre alcanza.

En definitiva, “La bola negra” es una película bien armada narrativamente, aunque no siempre sabe contener su afán de trascendencia. Con 159 minutazos de metraje sus directores se ven desbordados en su ambición de querer abarcar demasiadas cosas a la vez. Hay belleza y escenas que se graban en la memoria; pero también hay exceso, reiteración, metáforas de parbulario y excesiva verborrea. El propio hecho de que la película esté rodada en 35 mm. en un formato con los bordes redondeados para dar al encuadre una apariencia de postal antigua resulta es una idea bastante manida, al igual que el paso del color al blanco y negro en el flash back en donde el espíritu de Lorca se hace al fin carne mortal, a través del personaje encarnado en Alberto Cortés. No es una película fallida, pero tampoco una obra tan redonda como su aparato promocional pretende hacernos creer.

Los Javis encuentran su mejor cine cuando dejan que las imágenes respiren y los personajes existan sin convertirse en portavoces de una ideología, cuando un hombre trepa por una estatua, dos cuerpos se buscan en la oscuridad o unos presos aguardan a ser fusilados al alba. El deseo, la violencia y el miedo están ahí. Todo lo demás sobra.

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Título original: La bola negra
Año: 2026
Duración: 159 min.
País: España
Dirección: Javier Calvo y Javier Ambrossi
Guion: Javier Calvo, Javier Ambrossi, Alberto Conejero. Bas. Obra de Teatro de Alberto Conejero y drama inacabado de Federico García Lorca.
Reparto: Guitarrica de la Fuente, Miguel Bernardeau, Carlos González, Milo Quifes, Penélope Cruz, Glenn Close, Lola Dueñas, Antonio de la Torre, Alberto Cortés, Albert Pla, Lorenzo Zurzolo, Natalia de Molina…
Fotografía: Gris Jordana
Música: Raül Refree
Compañías: Suma Content, Movistar Plus+, El Deseo, Le Pacte, Atresmedia Cine. Elastica Films, Movistar Plus+
Género: Drama. Romance. Homosexualidad. Años 30. Guerra Civil Española. Literatura. Federico García Lorca.
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TIEMPO DE VICTORIA

Tiempo de victoria (‘Pressure’), de Anthony Maras, trata sobre las 72 horas previas al Dia D y el pronóstico meteorológico que condicionó la decisión de dar luz verde, o no, al desembarco de Normandía. 

Andrew Scott interpreta al meteorólogo británico James Stagg, enfrentado a las predicciones de su homólogo estadounidense, el coronel Irving Krick (Chris Messina). Cuando el destino de la mayor operación militar de la Segunda Guerra Mundial dependía de una previsión meteorológica, Stagg tiene que convencer al mando aliado de que las malas condiciones del clima no permitirán el desembarco en el día y hora inicialmente fijados. Mientras Krick maneja una previsión diametralmente opuesta y defiende que en la fecha acordada para la operación por el alto mando militar hará un día cálido y soleado. En base a dicho informe, el general Eisenhower —Brendan Fraser— deberá decidir si aplazar o no la invasión. Una decisión de la que depende la vida de miles de hombres.

Sobre el papel, se trata de un material histórico extraordinario. En la pantalla, sin embargo, el argumento no funciona tan bien. En buena medida porque el guion de la película es una adaptación de una obra teatral de David Haig, algo que se percibe bastante en su construcción.

El problema no es tanto que, pese a tratarse de una película de guerra, la película carezca de acción, sino que Maras consigue convertir una decisión que cambió el curso de la historia en algo aburrido y poco emocionante. La narración es en exceso lineal. Todo está explicado, ordenado y colocado en su sitio. Stagg hace su pronóstico, Krick lo cuestiona, Eisenhower duda, Montgomery presiona, y vuelta a empezar…

Maras parece confiar en que basta con recordarnos la magnitud de lo que está en juego para producir tensión. Pero saber que detrás de una conversación hay cientos de miles de soldados esperando no convierte automáticamente una conversación en dramática. El suspense necesita ritmo, conflicto, incertidumbre, personajes capaces de sorprendernos. Y aquí no hay nada de eso.

Originalmente pensada para el teatro, buena parte de su metraje transcurre en salas de reuniones y despachos, alrededor de personajes de los que apenas sabemos nada, que hablan sobre lo que está a punto de suceder.

Eso podría haber bastado. De hecho, hay películas memorables construidas casi exclusivamente alrededor de un solo diálogo. Pero, para que un drama de despacho tenga tensión, las palabras tienen que convertirse en armas afiladas. Y aquí los argumentos se repiten hasta que terminan perdiendo capacidad de impacto.

Andrew Scott intenta rescatar la película con su actuación. Su James Stagg es seco, obstinado, poco dado a la diplomacia y aparentemente incapaz de conceder una victoria verbal a sus adversarios. Scott trabaja magníficamente esa contención y consigue que se intuya bajo la superficie la responsabilidad que soporta. Incluso algunos críticos que han sido duros con la película coinciden en señalar que su interpretación es lo que la mantiene en pie. Pero su personaje está tan herméticamente construido que cuesta establecer una verdadera conexión emocional con él, aun cuando la película nos hace saber que su mujer embarazada podría haber muerto durante el bombardeo al hospital Saint Mary´s, cuando iba a dar a luz. Un recurso que parece colocado estratégicamente para que el personaje adquiera algo de humanidad.

Brendan Fraser, por su parte, tiene otro problema. Su Eisenhower está concebido como un hombre sometido a una presión gigantesca, pero su interpretación tiende en ocasiones a la grandilocuencia y el énfasis excesivo. Damian Lewis convierte también al general Montgomery en una figura bastante más estridente de lo que necesitaba la película, mientras Kerry Condon aporta a la teniente Kay Summersby una presencia más cálida y humana.

Paradójicamente, cuando la película abandona los despachos y llega al campo de batalla la cosa no mejora demasiado. Maras introduce imágenes del Día D que resultan demasiado convencionales y algunos lo han criticado también por ello, señalando que esas escenas bélicas debilitan aquello que hacía diferente a la película y que el verdadero combate debería estar en la batalla por los datos y en la decisión de aplazar o no el ataque.

Quizá ese sea el mayor problema de Tiempo de victoria, que no termina de decidir qué película quiere ser. Podría haber sido un apasionante thriller político y científico sobre la toma de decisiones bajo una presión insoportable. Podría haber sido un drama psicológico sobre Eisenhower y el peso de mandar a miles de hombres a la muerte. O podría haberse entregado a la paradoja de convertir al hombre del tiempo en el protagonista involuntario de una de las decisiones militares más importantes del siglo XX. Pero se queda a medio camino de las tres.

Titulo original: Pressure

Año: 2026

Duración: 101 min.

País: Reino Unido-Francia

Dirección: Anthony Maras

Guion: Anthony Maras, David Haig.

Reparto: Brendan Fraser, Andrew Scott, Kerry Condon, Chris Messina, Damian Lewis.

Música: Volker Bertelmann

Fotografía: Jamie Ramsay

Compañías: Working Title, Studiocanal, Working Title Films. Focus Features

Género: Thriller. Drama. Bélico.II Guerra Mundial. Basado en hechos reales

MONSTRUO: LA HISTORIA DE LIZZIE BORDEN

Cada temporada de la serie ‘Monstruo’, producida por Netflix, se centra en un true crime ocurrido en Estados Unidos que por su impacto y brutalidad han conseguido pasar a formar parte de la cultura popular norteamericana. La antología comenzó con La historia de Jeffrey Dahmer, conocido como el ‘Caníbal de Milwaukee’, uno de los asesinos en serie más célebres de las últimas décadas. Después llegó el turno de La historia de los hermanos Lyle y Erik Menéndez, condenados por asesinar a sus padres, José y Kitty Menéndez, en agosto de 1989, en su mansión de Beverly Hills. Su historia sirvió a Ryan Murphy, creador de la saga, para explorar los presuntos abusos físicos y psicológicos que sufrieron durante su infancia los hermanos y que fueron esgrimidos como atenuante durante el juicio.

La tercera temporada, exploró la vida y los crímenes del asesino y profanador de tumbas de Wisconsin Ed Gein, cuya historia inspiró algunos de los personajes más célebres del cine de terror, como Norman Bates, de Psicosis, o Leatherface, de La matanza de Texas.

Y ahora llega la cuarta entrega dedicada a Lizzie Andrew Borden, también conocida como la loca del hacha, a la que interpreta Ella Beatty (hija de Warren Beatty y Annette Bening). Una señorita de la alta sociedad de Massachusetts acusada de asesinar a su padre y a su madrastra, Andrew y Abby Borden, a hachazos en su casa, situada en el número 92 de Second Street en Fall River, el 4 de agosto de 1892, durante una ola de calor.

El brutal crimen convirtió a Borden en una celebridad criminal llegando a inspirar incluso a una popular rima infantil de la época: «Lizzie Borden tomó un hacha / y le dio a su madre 40 golpes / cuando vio lo que había hecho / le dio a su padre 41».

Detenida y encarcelada como única sospechosa del doble crimen, Lizzie protagonizó uno de los procesos judiciales más célebres de su tiempo. Pero a pesar de los innumerables indicios y contradicciones de su testimonio y a que la joven tuvo un comportamiento extraño durante el juicio, un jurado popular acabó declarándola inocente por falta de pruebas y absolviéndola de los cargos. A muchos les costaba creer que una mujer de familia tan respetable pudiera llegar a cometer semejante atrocidad. Otros, en cambio, no lo tenían tan claro.

¿Fue Lizzie Borden realmente la asesina que cuenta su leyenda? Durante años, esa pregunta dio pie a toda clase de elucubraciones, indagaciones y obras artísticas, desde un famoso ballet (‘Fall River legend‘, de 1948, en el que se pintaba a Lizzie como víctima de una sociedad restrictiva) a una ópera rock (‘Lizzie the musical‘, estrenada en 2009), pasando por multitud de series y telefilmes, algunos tan populares como los protagonizados por Elizabeth Montgomery o Christina Ricci.

Pero tenía que llegar Ryan Murphy para zanjar la cuestión de la manera más burda posible.

En lugar de aprovechar el misterio sobre lo que pudo ocurrir aquella mañana de 1892, lo resuelve de inicio y, para que no quede ninguna duda sobre lo que debemos pensar, construye un panfleto moralizante, convirtiendo a Lizzie en una víctima de la crueldad de una sociedad heteropatriarcal que la oprime, la minusvalora y la desprecia, para justificar el que actuase como una peligrosa psicópata asesina.

Su padre (Charlie Hunnam) era un monstruo, su madrastra (Rebecca Hall) una arpía y los hombres son toda una recua de depredadores sexuales, un peligro para las mujeres de quienes abusan y a quienes someten a sus reglas y antojos. Toda la película está plagada de consignas de ese tipo, que resultan tan anacrónicas como alejadas de los hechos históricos en los que se inspira.

El resultado es una oscura fábula feminista de brocha gorda en la que la realidad queda subordinada a la tesis de que la presunta asesina tenía suficientes razones para hacer lo que hizo.

Y para que la cosa sea completa, Murphy nos sumerge en una atmósfera queer convirtiendo a la enésima criada de los Borden, Bridget Sullivan (Vicky Krieps) —a la que sus patrones llaman Maggie, como habían llamado a otras criadas anteriores porque les daba pereza aprenderse sus nombres—, en una especie de gurú de la emancipación femenina que lo mismo adopta un aspecto andrógino que se tiñe el pelo de colores estridentes, como muchas de las activistas del colectivo feminista y LGTBi de nuestro tiempo.

La amarga vida de Lizzie, sometida a vejaciones constantes y pretendientes desagradables, da un vuelco cuando esta mujer dotada de una especie de sabiduría ancestral, experta en toda clase de brebajes y ungüentos, llega a la casa familiar procedente de París y ambas se hacen cómplices y amigas.

La criada, que no solo deja la casa reluciente como los chorros del oro y cocina platos deliciosos, sino que ofrece sus servicios como prostituta al señor Borden y cuida de su colección de hachas a cambio de un estipendio económico adicional, parece tener las respuestas para todos los males de la jovencísima Lizzie (primera licencia narrativa, pues la Lizzie Borden original no tenía menos de 32 años cuando se sucedieron los hechos).

Es ella quien la despierta a la sexualidad, proporcionándole lo que podría ser un prototipo del actual satisfyer e incitándola a probar un artilugio para desgarrar su ímen, como si de una liturgia de liberación se tratase. Y quien le habla de Erzsébet Báthory (personaje también interpretado por Krieps) la condesa húngara del siglo XVI que, según la leyenda, bebía sangre de mujeres vírgenes y se bañaba en ella para buscar la eterna juventud. La sangre de los crímenes, la sangre menstrual, la sangre de las mujeres desvirgadas… «La sangre es poder», le dice Bridget a Lizzie desmitificando la menstruación. «Significa que ninguna semilla masculina ha sido capaz de arraigar».

Entre ambas se establece una relación lésbica que, sin embargo, no está documentada. Tampoco la implicación de Lizzie en el asesinato de Bertha Manchester, como se le atribuye en la serie. La ficción modifica también episodios de su relación con la actriz Nance O’Neil (Jessica Barden) con la que la Lizzie Borden de la vida real sí parece que mantuvo un idilio, y utiliza personajes y acontecimientos de épocas posteriores para construir una especie de genealogía femenina de la violencia, con la aparición estelar de Aileen Wuornos (a quien interpreta aquí Sarah Paulson, como ya lo hiciera Charlize Theron en la película Monster) una asesina en serie del siglo XX, que ejercía de prostituta y asesinó a varios clientes, por lo que terminó siendo condenada a la inyección letal. En la serie, Aileen es una drogadicta esquizofrénica que vive obsesionada con la figura de Lizzie, al punto de llegar a pernoctar en la casa donde tuvo lugar el asesinato de los Borden, convertida hoy en un bed and breakfast. Su presencia le sirve a Murphy para conectar al mito con una larga tradición de mujeres criminales que merecen vengarse por lo mucho que el mundo las ha maltratado y humillado.

Esa viene a ser, en resumen, la lógica de la serie. Lizzie no puede limitarse a ser una asesina. Necesita una coartada moral. Hay que explicarla, justificarla, contextualizarla, convertir su violencia en consecuencia de la violencia ajena. Murphy hace de su vida una cadena de causas y efectos: la someten, la humillan y la reprimen, hasta que despierta sexualmente, descubre su identidad y mata por derecho propio convirtiéndose en una leyenda digna de admiración.

El hacha deja de ser entonces un arma homicida y se convierte en un instrumento de emancipación.

Ocho episodios de cine gore dan para mucho y aquí hay sexo, sangre, menstruaciones, violaciones, mutilaciones, asesinatos a sangre fría, médiums, apariciones y conexiones con otros crímenes célebres. Lo que no hay es misterio.

La pregunta no era por qué mató Lizzie Borden. La pregunta era si Lizzie Borden mató. Pero Muphy ha escogido la certeza y, al hacerlo, no descubre a la figura histórica. La utiliza para intentar deslizar una moraleja sobre el patriarcado, el amor lésbico y la liberación femenina, prefabricada en el laboratorio de ingeniería social de la factoría Netflix.

Para quienes les interese saber cómo fue realmente el final de Lizzie Borden: murió de neumonía en 1927 y fue enterrada en Fall River. Su hermana mayor, Emma (Billie Lourd), con la que nunca tuvo una estrecha relación, falleció nueve días después. Después del juicio, ambas se habían mudado a una casa en el mismo pueblo que llamaron Maplecroft. Pero en 1905 las hermanas discutieron durante una fiesta que Lizzie había dado en honor a Nance O’Neil y Emma, cansada de que la reputación de su hermana hubiese lastrado su vida, abandonó la casa para siempre. Por lo que Lizzie, que ya para entonces usaba el nombre de Lizbeth A. Borden, murió atendida solo por sus criados.

Titulo original: Monster. The Lizzie Borden Story

Año: 2025

Duración: 8 episodios de 50 mins.

Dirección: Ryan Murphy, Ian Brennan, Max Winkler, Sarah Adina Smith

Guion: Ian Brennan, Ryan Murphy

Reparto: Ella Beatty, Vicky Krieps, Charlie Hunnam, Rebecca Hall, Jessica Barden, Sarah Paulson, Joey Pollari, Billie Lourd, Jayne Kimberley Bloom...

Música: Bryce Dessner

Compañías: Ryan Murphy Productions, Prospect Films.Netflix

Género: Serie de TV. Drama. Thriller. Crimen. Biográfico. Basado en hechos reales. Siglo XIX

ANEMONA

Corría el año 2017 cuando Daniel Day-Lewis anunció que se retiraba del cine. Venía de rodar El hilo invisible, de Paul Thomas Anderson, tenía 60 años, tres Oscars y una reputación que hacía que cada nueva película suya fuese un acontecimiento mundial. No parecía necesitar nada más.

Pero ocho años después ha vuelto al ruedo. Y lo ha hecho por una razón bastante más poderosa que seguir alimentando su leyenda: impulsar la carrera de su hijo Ronan.

Juntos escribieron el guion de la película que marca el debut de este como director de largometrajes (en el pasado había dirigido el cortometraje The Sheep and the Wolf).

Anémona es un intenso drama sobre los lazos familiares, la culpa y la redención, que cuenta la historia de Jem Stoker (Sean Bean), un soldado retirado del ejército de SM, de profundas convicciones católicas, que deja a su mujer Nessa (Samantha Morton) y a su hijo Brian (Samuel Bottomley) en casa, para ir en busca de su hermano Ray (Daniel Day-Lewis), también ex combatiente, quien lleva años viviendo en el bosque como un ermitaño.

Con un aspecto fuerte y atlético, la cabellera plateada rasurada al cero y un espeso bigote de morsa que podría intimidar al mismísimo Sam Elliott, el magnetismo del tres veces oscarizado Daniel Day-Lewis permanece intacto.

Interpreta a un hombre taciturno y melancólico que vive en un exilio autoimpuesto, a raíz de un suceso ocurrido dos décadas atrás que guarda relación con los atentados del IRA y que tardaremos toda la película en conocer.

La primera parte de ella es de una gran belleza visual y simbólica. La atmósfera opresiva de la cabaña que comparten ambos hermanos y la tensión del silencio que se instala entre ellos al reencontrarse tras 20 años sin verse anuncian un conflicto larvado de una enorme carga de profundidad.

Una crisis familiar obliga a Jem a ir en busca de Ray. Y en la primitiva cabaña de este, ubicada en la profundidad de los bosques de Irlanda del Norte, los hermanos se enfrentan a los fantasmas del pasado, haciendo que surjan profundos resentimientos, rencillas casi olvidadas y tragedias no contadas.

Ronan Day-Lewis filma el paisaje norirlandés como si quisiera convertirlo en un estado de ánimo: bosques húmedos, cielos grises, playas infinitas desiertas, interiores sombríos, personajes que parecen atrapados en una naturaleza, tan agreste y hostil como sus propios recuerdos.

Hay imágenes oníricas poderosas y la fotografía de Ben Fordesman sabe encontrar belleza en la desolación. Pero peca de una cierta tendencia a subrayarlo todo. La película quiere que sepamos que estamos ante personas rotas, que detrás de cada silencio existe un trauma y abusa de la metáfora visual que está hasta en la dureza climatológica.

La familia es el elemento central del relato, una familia desestructurada, marcada por la incomunicación, la violencia y la severidad religiosa, que resiste a base de parches emocionales y mentiras. El foco está en la relación entre Ray y Jem, dos hermanos distanciados física y emocionalmente por ciertos hechos que ocurrieron en su juventud.

El problema es que los autores del guión (padre e hijo) parecen confiar tanto en la gravedad de los mismos que se olvidan de construir un argumento capaz de justificarla.

El pasado de los personajes se va revelando a cuentagotas, pero ese misterio no siempre suscita interés: a veces simplemente aplaza una información que habría resultado más eficaz si se hubiera contado desde el principio con más naturalidad.

Pero entonces aparece Daniel Day-Lewis y hace que todo cobre sentido.

Aislado, atormentado, endurecido por su pasado y refugiado en una naturaleza que funciona como prolongación de su estado de ánimo, el prodigioso intérprete no interpreta el dolor con aspavientos. Está en su nervio, en la manera en que fija su mirada, en su economía de movimientos, en esa voz que parece salir de un lugar al que el personaje lleva décadas sin permitir que nadie entre. De hecho, cuando mejor funciona su personaje es cuando no emite vocablo alguno. Hay algo extraordinariamente físico en su manera de encarnar a Ray. Y cuando finalmente la emoción estalla al enfrentarse a aquello que el personaje lleva años tratando de mantener enterrado en el pasado, el actor se rompe y emerge la bestia.

Sean Bean está a la altura del duelo interpretativo, aunque su personaje tiene menos recorrido. Su Jem es el hombre que ocupó el lugar de su hermano y ha construido una vida aparentemente normal haciéndose cargo de la mujer y del hijo de este cuando desapareció. Lo que podría ser un interesante estudio sobre el reemplazo, la comunicación y la expresión del dolor se ve lastrado, sin embargo, por unos diálogos irregulares, reiterativos y, en ciertos casos, innecesarios.

En cuanto a la dirección de Ronan Day-Lewis, posee una mirada cinematográfica mucho más madura que su experiencia podría hacer pensar. Hay talento detrás de la cámara, gusto por la composición, sensibilidad para el paisaje y una voluntad clara de hacer un cine atmosférico. Lo que todavía le falta es confianza en la historia y, sobre todo, en el espectador. De ahí que subraye en demasía.

Y, aún así, no es poco lo que ofrece Anemone. Tiene imágenes hermosas y momentos muy logrados, como el de la gran granizada con pedruscos enormes que caen del cielo como una maldición bíblica. No necesita ser una buena película. El hijo ha conseguido devolver al padre al cine, aunque el regreso de Daniel Day-Lewis termine siendo más emocionante que la película que lo ha traído de vuelta.

Su contundente interpretación aporta cierta profundidad narrativa a un drama irregular y algo impostado que, como sentencia el crítico de Hollywood reporter, David Rooney, “por lo demás, carece de ella”.

Titulo original: Anemone

Año: 2025
Duración: 125 min.
País: Reino Unido
Director: Ronan Day-Lewis
Guion: Daniel Day-Lewis, Ronan Day-Lewis

Reparto: Daniel Day-Lewis, Sean Bean , Samantha Morton , Samuel Bottomley , Safia Oakley-Green , Lewis Bray , Paul Butterworth, Karl Camilleri, JP Conway, Angus Cooper, Adam Fogerty , Richard Graham, Mark Holgate
Fotografía: Ben Fordesman
Música: The Haxan Cloak

Distribuidor: Universal Pictures International Spain
Género: Drama. Familia

EL SER QUERIDO

Imposible hablar de la última película de Rodrigo Sorogoyen (Madrid, 1981) “El Ser Querido” sin reconocer el descomunal trabajo de interpretación de Javier Bardem con un personaje creado a su medida. El de Esteban Martínez, oscarizado director de cine español, que tras consagrarse como enfant terrible en sus inicios en el mundillo, decidió poner tierra de por medio y trasladarse a Nueva York, donde hizo fama y fortuna, y se casó con una editora de libros estadounidense, con la que tiene dos hijos rubísimos que hablan en inglés.

Alcohólico rehabilitado, Esteban es un tipo con un carácter violento que intenta controlar, del que se sugiere que en el pasado coqueteó también con las drogas. Lo que hizo que saltara por los aires su anterior relación de pareja y que no conociera a su primera hija que lleva el apellido de la madre, Emilia Vera (Victoria Luengo), hasta que esta cumplió doce o trece años. Algo que le pesa profundamente.

En parte es esa culpa lo que le motiva a volver a España, con la excusa de rodar una nueva película. Desde la distancia, ha seguido los pasos de Emilia, una joven actriz que se gana la vida sirviendo copas, con la que apenas ha mantenido relación. Por lo que está decidido a darle la alternativa en una de sus superproducciones para compensar su ausencia. Pero pronto entenderá que no es suficiente.

Para superar el trauma del abandono paterno del que aún acarrea secuelas psicológicas que la llevan entre otras cosas a beber más de la cuenta, Emilia necesita escucharle reconocer que es consciente del dolor que le causó. Algo a lo que Esteban se resiste. Su personaje está lleno de contradicciones, de silencios, de episodios amargos que no sabe o no quiere recordar en voz alta.

Bardem consigue trasladar todo eso a la pantalla sin necesidad de explicarlo. Es un actor extraordinariamente creíble y aquí está soberbio. Su presencia física llena la pantalla y posee un amplio registro dramático que le permite pasar de la ternura a la ira, la incomodidad o el remordimiento con una mirada o un simple gesto, haciendo que Esteban Martínez parezca humano, aun dejando ver a ratos su naturaleza violenta.

A su lado, Victoria Luengo queda inevitablemente reducida a un segundo plano. No porque esté mal (en ese juego de miradas que hablan, las suyas no son menos elocuentes a la hora de expresar toda la rabia y el rencor hacia el padre ausente, pero también todo el orgullo y admiración hacia el cineasta consagrado, incluso los celos que siente cuando lo ve ejerciendo de padre con sus pequeños y rubísimos hermanastros), sino porque la película parece exigirle un grado de intensidad emocional que no siempre logra transmitir y porque Bardem juega definitivamente en otra liga.

Quizá sea algo intencional que casa con la posición que ambos ocupan en la historia que el director quiere contarnos. Sin embargo un reparto tan desigual (donde la veteranía se impone con tanta rotundidad) no juega a favor de la película.

La relación entre padre e hija necesita que el papel de Emilia tenga una fuerza equivalente para que el conflicto alcance la tensión e intensidad dramática que se nos anuncia en la comida del inicio, en donde se habla de recuerdos dolorosos y deudas que no han sido saldadas.

Sorogoyen construye eficazmente un relato que se mueve entre la ficción y la realidad, con una historia que recuerda bastante al argumento de Sentimental Value película que ganó el Oscar en la categoría de Mejor Película Internacional en la última edición de los premios de Hollywood (veremos cómo influye eso en la decisión de la Academia Española sobre cuál de las tres películas en liza: Los Domingos, La bola negra o El ser querido, para competir en la edición de este año sale agraciada).

Nos muestra las tripas de un rodaje que transcurre en el Sáhara, aunque la localización elegida para filmar sea la isla de Fuerteventura. Algo que le permite rodar hermosos atardeceres en el desierto y cráteres volcánicos que se asemejan a un paisaje lunar. Pero bien podría transcurrir en Krypton. En lo esencial, daría lo mismo porque esa película que rueda Esteban, de la que someramente conocemos la sinopsis, apenas dialoga con la historia que nos quiere contar el director de As bestas. Salvo un par de referencias al conflicto saharaui, el lugar, el argumento y hasta el sentido de esa historia que se está filmando resultan irrelevantes.

El rodaje sirve sobre todo para hablar de cómo entiende el propio Sorogoyen la mirada, la creación, la relación del director con el equipo (el endiosamiento del realizador y el límite entre la autoritas y el abuso) o la dirección de actores, como cuando Esteban le pide a Emilia que incorpore ese gesto que le sale natural a su personaje o cuando le recomienda que no permita que sus propios sentimientos eclipsen los de este. Pero el contenido de esa película que se rueda apenas tiene consecuencias dramáticas para la suya. No hay un verdadero diálogo entre ambas historias. El cine dentro del cine funciona como dispositivo, como escenario y como excusa para poner a los personajes frente a sus propios fantasmas, pero cuesta encontrar una necesidad narrativa en que esa película sea precisamente esa y no otra.

Por lo demás, queda claro que Sorogoyen sabe muchísimo de cine y se nota en cada plano. Sabe dónde colocar la cámara, cómo administrar la tensión y conseguir que un silencio, una mirada o una respiración digan más que mil palabras. Hay oficio, inteligencia y una voluntad evidente de no hacer una película con diálogos profundos y sesudos. Todo en su desarrollo resulta orgánico, natural como la vida misma. Pero está tan interesado en mostrar cómo se construye una película que a ratos parece olvidarse de hacer que la historia de ese padre y esa hija que se duelen de viejas heridas nos importe.

El ser querido habla de la memoria, de la culpa, de la posibilidad de reparar lo que se rompió y del propio cine como forma de mirar y de reconstruir la vida. Lo que significa que tiene todos los ingredientes para conmover. Y, sin embargo, no lo consigue. Porque el cine dentro del cine termina siendo demasiado consciente de sí mismo. Y mientras admiramos el artificio, nos alejamos de lo esencial que son esas dos personas, de lo que les ha pasado y lo que les está pasando.

El uso recurrente de primerísimos primeros planos (algunos encuadrando un solo ojo del personaje), la alternancia del color al blanco y negro dentro de una misma secuencia y la variedad de formatos (del digital a la película de celuloide de 35 mm, 16 mm y 8 mm); o la utilización de la música como recurso dramático son buen ejemplo de ello.

Hay un momento, cuando todo el equipo regresa del rodaje en el transfer y en la radio suena La noche eterna, de Él Mató a un Policía Motorizado que todos la empiezan a tararear. Emilia, que hasta entonces permanecía aislada del grupo, escuchando su propia música en los auriculares, se los quita y se incorpora a ese pequeño ritual colectivo. Es un gesto mínimo, pero significa mucho: por primera vez parece querer formar parte de algo. Su padre la observa satisfecho, como si asistiera a una pequeña conquista.

Más adelante, la partitura de Olivier Arson vuelve a adquirir un peso enorme durante la escena del desayuno. Sorogoyen nos está explicando que la música puede decir lo que los personajes no se atreven a explicar y disparar la emoción de una escena empujándola hacia dónde quiere llevarla. Y ahí está el problema. No porque la música sea excesiva o esté mal empleada, sino porque la película exhibe demasiado su propio mecanismo.

Sorogoyen sabe exactamente qué emoción quiere provocar en el espectador y cómo hacerlo. Pero al desvelarnos el truco inhibe el efecto de la magia.

Título original: El ser querido

Año: 2026

Duración: 135 min.

País: España-Francia

Dirección: Rodrigo Sorogoyen

Guion: Isabel Peña, Rodrigo Sorogoyen

Reparto: Javier Bardem, Victoria Luengo, Melina Matthews, Raúl Arévalo, Marina Foïs, Laura Birn, Raúl Prieto, Malena Villa, Miguel Garcés, Nuria Prims, Pepa García, Mourad Ouani…

Música: Olivier Arson

Fotografía: Álex de Pablo

Compañías: Caballo Films, Movistar Plus+, Le Pacte. A Contracorriente Films.

Género: Drama. Cine dentro del cine. Familia. Alcoholismo. Paternidad.

CIEN AÑOS DE SOLEDAD. GRAN FINAL

En esta reseña no hay spoilers pues todo el mundo conoce ya el final de Cien años de soledad. El desenlace estaba escrito desde que Gabriel García Márquez escribiera las primeras líneas de su novela cuya historia es, en sí misma, una profecía que espera cien años para cumplirse.

Para cuando da inicio la serie de Netflix, millones de lectores de todo el mundo saben ya que si “el primero de la familia murió amarrado a un árbol, al último se lo comerán las hormigas” y que, en el instante en que esto suceda, a Macondo se lo llevará el viento.

Lo único que quedaba por averiguar era si el gran capítulo final conseguiría reflejar en imágenes ese instante que marca la ruina y la destrucción de una familia, de un pueblo y de un país que alguna vez fue una utopía que llegó a cumplirse. Y la respuesta es sí.

Tal y como estaba escrito en los pergaminos del gitano alquimista Melquiades, cuando Aureliano Babilonia (el hijo bastardo nacido del malogrado amor de Meme y Mauricio Babilonia que ha crecido encerrado en la casa familiar sin que el mundo llegara a saber de su existencia) consigue consumar su amor por su tía Amaranta Úrsula, al regreso de esta de París, las hormigas devoran al hijo de ambos, el último de los Buendía nacido con cola de cerdo como presagió mama Úrsula en su lecho de muerte, y Macondo se desintegra, como un pueblo fantasma reducido a cenizas.

La serie de Netflix ha conseguido en solo dos temporadas algo que parecía imposible: mostrar un Macondo que para los lectores de la novela de García Márquez fuese reconocible, habitable, tangible desde su construcción, en su desarrollo, declive y desaparición. Pero también ha tenido que pagar el inevitable precio de traducir en imágenes una novela cuya verdadera magia estaba en las palabras, en esa manera de hacer que el tiempo se doblara sobre sí mismo para que pasado, presente y futuro parecieran estar ocurriendo a la vez.

En su capítulo final Margarita Rosa de Francisco firma una de las interpretaciones más memorables y breves de la serie, al dar vida a Fernanda del Carpio en sus últimos años de vida, cuando la mujer que llegó a la casa de los Buendía con su educación aristocrática y su beata religiosidad, se ha convertido ya en una figura espectral.  

Su Fernanda no es aquella muchacha, reina de las apariencias y sacerdotisa del decoro, que llegó a Macondo presentándose como la reina de Madagascar. Pero tampoco es exactamente una anciana derrotada. Su interpretación se traduce en algo más complejo: mostrar la persistencia de una mujer recia debajo de cuya vieja capa de armiño habitan las ruinas de sí misma. La actriz colombiana encarna la descomposición de aquella soberana intrusa que se ha pasado la vida intentando imponer orden a un mundo donde las reglas nunca fueron observadas.

Su personaje conserva algo de la altivez que la caracterizaba, devastada por el deterioro físico, la soledad y una progresiva desconexión de la realidad. Habla consigo misma, escribe cartas a su hijo amado José Arcadio (Emmanuel Restrepo) al que imagina en Roma preparándose para ser Papa en Roma y vive recluida en su universo mental, contemplando cómo desaparece la familia que intentó domesticar. Podía haber quedado reducido a la caricatura de una vieja aristócrata trastornada. Pero hay algo trágico y también una cierta dignidad en su delirio. Y sobre todo hay una precisión extraordinaria en la manera en que De Francisco se encoge, se repliega y ocupa el espacio. La mujer que pretendía gobernar la casa de los Buendía acaba convertida en una presencia casi invisible dentro de ella. Su autoridad se ha convertido en una especie de residuo físico. Su trabajo es una de esas interpretaciones en las que el envejecimiento no se representa mediante maquillaje, sino mediante una transformación completa de la corporalidad.

No es casual que la propia De Francisco haya explicado que su trabajo consistió en dar coherencia al derrumbamiento interno que Fernanda arrastra desde su juventud. Fernanda ha pasado buena parte de su vida intentando mantener a raya el caos y termina entregada a la locura, mientras Macondo se extingue.

Su personaje no busca compasión. Fernanda no termina siendo una pobre anciana a la que haya que perdonar sus manías y delirios. Conserva su severidad, su displicencia y su desprecio para con su nieto bastardo hasta el final.

Pero no es la suya la única interpretación destacable. Sobre Estefanía Piñeres, como Amaranta Úrsula, y Sebastián Osorio, como Aureliano Babilonia, recae buena parte de la responsabilidad del último tramo de la serie. Ellos son los dos únicos personajes que todavía parecen capaces de imaginar que la historia puede tomar otro rumbo. Su relación introduce una última ilusión de futuro, justo cuando la novela —y la serie— sabe que ya no queda ninguno.

Y está también Emmanuel Restrepo, en el papel de José Arcadio, el hijo predilecto de Fernanda. Un vividor, homosexual, que ha estado engañando a su madre todos estos años haciéndole creer que estaba formándose para ordenarse sacerdote y llegar a ser ministro de la Iglesia católica, cuando en realidad ha estado gastándose el dinero que le enviaba en chaperos y alcohol, entregado a una vida disoluta. El día que vuelve a Macondo, se encuentra a su madre muerta y le da un entierro indigno, cobrándose en sus restos mortales el daño que en vida le hizo. Después decide buscar un tesoro del que ella le había hablado en sus cartas y acaba topándose con su destino en la misma bañera en la que su hermana Meme y Mauricio Babilonia concibieron a su sobrino Aureliano, con el que acaba confraternizando.

Por último está el actor colombiano Jornell Ariza, en el papel Gabriel García (el propio Gabo), nieto del coronel Erineldo Márquez, cuya fugaz aparición funciona como una suerte de contrapunto simbólico a ese destino familiar trágico.

El escritor no observa desde fuera una historia que los propios Buendía son incapaces de comprender, sino que se mete en la historia como un personaje más. Los guionistas se han permitido esa y algunas licencias más para hacerlo reconocible, como que entre sus amigos más íntimos se mencionen a un tal Álvaro (Cepeda Samudio), Germán (Vargas Cantillo) y Alfonso (Fuenmayor), una trasposición literaria del círculo de amigos que García Márquez frecuentaba en Barranquilla. O que Aureliano pronuncie un sentido “Los amigos son unos hijos de puta”, cuando se despide tras anunciarle que se marcha a París donde le espera una tal Mercedes (nombre de la viuda de García Márquez) en un episodio cargado de fatalidad, justo después de la muerte de José Arcadio y de Pilar Ternera, prostituta, hechicera e intérprete de los destinos ajenos, una especie de memoria viva de Macondo y el único personaje que atraviesa la historia de principio a fin.

Su muerte marca la desaparición de uno de los últimos vínculos entre el Macondo originario y el que está a punto de ser borrado del mapa y es probablemente uno de los momentos más hermosos del gran episodio final. Pilar muere haciendo aquello que ha hecho durante toda su vida: esperar, sentada en su mecedora de bejuco, a las puertas de su paraíso: el prostíbulo que regenta. Y pide ser enterrada así: en su mecedora, en el centro de la pista de baile, entre salmos y canticos aborígenes y abalorios de putas. La mujer que pasó la vida entero proporcionando placer a los Buendía y leyendo el futuro de los demás se queda sin futuro que leer. Cuando ella desaparece, desaparece también uno de los últimos testigos del Macondo que fue.  

Netflix ha conseguido llevar Cien años de soledad a la televisión sin traicionarla de manera escandalosa. Con una manufactura que a ratos se antoja un tanto naif, ha construido un Macondo de una belleza extraordinaria y ha dejado que el viento lo arrase, exactamente como estaba previsto.

Aureliano Babilonia descifra los pergaminos escritos en sánscrito y comprende que la historia de su familia estaba escrita desde antes de que él naciera. Descubre que el presente y el pasado son la misma cosa y que ya no queda futuro porque el futuro también ha sido contado. Y entonces Macondo de desintegra. No como lo hacen los lugares en una película de catástrofes, sino lentamente, como desaparecen las cosas que dejan de ser recordadas. El último de los Buendía comprende la historia justo cuando ya no puede cambiarla. Y ahí está la verdadera tragedia de Cien años de soledad: no que sus personajes estén condenados a morir, sino que están condenados a comprender demasiado tarde por qué vinieron a este mundo y vivieron como lo hicieron.

El capítulo final pertenece a quienes llevan encima las cicatrices del tiempo. Y ese es el mayor mérito de esta adaptación: haber entendido que Cien años de soledad no podía filmarse como una sucesión de acontecimientos extraordinarios. Había que filmar el desgaste. La casa que envejece arruinada por los cinco años de diluvio y acaba siendo invadida por la maleza. Los pocos supervivientes que se extinguen. Las pasiones que parecen nuevas pero que ya han ocurrido antes. La sensación que se crea es la de que esta última generación de los Buendía no está viviendo su vida, sino repitiendo la de quienes les precedieron.

Conviene juzgar la serie como lo que finalmente ha terminado siendo: no la traducción de la novela en imágenes, sino una interpretación de ella. Una obra que tiene que aceptar que nunca podrá competir con aquello que ocurre cuando un lector abre el libro y empieza a leer que “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía habrá de recordar aquel remoto día en que su padre lo llevó a conocer el hielo…”

Título original: Cien años de soledad

Año: 2026

Duración Episodio final

País: Colombia-USA

Dirección: Laura Mora

Guion: José Rivera, Natalia Santa, Camila Brugés y María Camila Arias. Bas. novela: Gabriel García Márquez.

Reparto: Margarita Rosa de Francisco, Sebastián Osorio, Emmanuel Restrepo, Estefanía Piñeres, Obeida Benavides, Jornell Ariza...

Voz en off de Jesús Chucho Reyes como el autor Gabriel García Márquez

Fotografía: James Brown y Camilo Monsalve

Musica: Camilo Sanabria y Juancho Valencia

Compañías: Netflix, Dynamo Producciones.

Género: Serie de TV. Drama. Realismo mágico. Familia