AFTERSUN

Hay películas de digestión lenta que merodean por nuestra cabeza y nuestro ánimo hasta mucho después de que las hayamos visto. “Aftersun” es una de ellas. No conozco a nadie que haya ido a verla y no haya salido del cine en trance, tan profunda e íntimamente conmovido como para requerir de un tiempo hasta poder recuperarse del guantazo emocional que la película nos asesta y poner en orden sus propios recuerdos.

En un mundo de películas de usar y tirar, es casi un milagro encontrarse con una tan natural, pero al mismo tiempo tan desoladora y triste, cuyo argumento destila una melancolía proustiana que no da tregua a que nos relajemos pues cada gesto, cada frase, cada situación se convierte en una pista que nos permite armar el puzzle de su posible argumento.

Ganadora de más de treinta galardones, entre ellos varias menciones de los British Independent Awards y el Premio del jurado en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes, la ópera prima de la cortometrajista escocesa Charlotte Wells (Edimburgo, 35 años) es una película construida sobre la memoria afectiva y filmada desde la honestidad de una modesta cámara de home video que almacena los más tiernos recuerdos de la semana de vacaciones estivales que comparten un padre treintañero divorciado y su hija preadolescente, en un hotel de la costa de Turquía. Un trabajo sencillo y luminoso que habla de sentimientos de una extrema complejidad, de la relación paterno-filial, del paso de la niñez a la adolescencia y de la llegada a la edad adulta, con todas las devastadoras secuelas psicológicas y emocionales que ese tránsito nos deja o, lo que es lo mismo, de cómo la vida real puede llegar a convertirse en algo difícil de sobrellevar para las personas más vulnerables, que acaban siendo superadas y destrozadas por las circunstancias que les han tocado en suerte.

“¿Qué imaginabas que ibas a estar haciendo ahora cuando tenías 11 años?”, le pregunta Sophie (la debutante Frankie Corio) a su padre Calum (excepcional Paul Mescal, quien se dio a conocer por la serie irlandesa «Normal People«) mientras juega a entrevistarle grabándole con la cámara de vídeo sin que lleguemos a ver el rostro oscurecido por el contraluz de éste. Ella acaba de cumplir esa edad y esas vacaciones son el preámbulo de la vuelta al cole, el último rayo de esplendor de un verano de piscineo, karaoke y buceo; pero también los últimos días compartidos con su padre, a quien no ve tan a menudo desde que se mudó a Londres. «Es bonito saber que compartimos el mismo cielo», le dice. Ella sigue viviendo con su madre en Glasgow y hay muchas cosas que desconocen el uno del otro, pero hay algo en su relación sentimental que prevalece y que se manifiesta en sutiles detalles, como la manera en la que el padre le cede el uso de la cama matrimonial a la hija, mientras él se conforma con la camita auxiliar de la habitación. Exactamente lo mismo que hace que padre y madre se sigan despidiendo con un “te quiero” cuando hablan por teléfono. Algo que a Sophie se le hace raro ahora que ya no están juntos. “¿Por qué lo hacéis?”, le pregunta. ”Porque somos familia”, le explica Calum.

En esos días de vacaciones que ambos disfrutan en un resort para turistas de clase media, padre e hija estrechan lazos de afectividad y se divierten jugando al billar, bañándose en la piscina o en la playa, cenando en terrazas al aire libre mientras disfrutan de los decadentes shows montados por el equipo de animación, navegando en barco, haciendo submarinismo, jugando a las cartas o al ajedrez, contratando tours para explorar los alrededores o practicando deportes acuáticos. Sus confidencias de tumbona se alternan con la obligada ceremonia del protector solar y las preguntas sobre el próximo curso escolar, las advertencias del padre a la hija sobre los peligros de la vida y los consejos para fomentar su autoestima. “Puedes ser lo que sueñes…”, le dice más como un deseo que por convicción, mientras acaricia su rostro con infinita ternura. “A mí siempre podrás contarme todo: si besas a alguien o si te drogas. Yo también he hecho cosas”. Gestos de cariño, de protección y de confianza mutua. Lo importante es aprovechar el tiempo que pasan juntos. Un tiempo que queda registrado para siempre por esa pequeña cámara de vídeo con la que se graban mutuamente y que servirá a la propia Sophie ya adulta (Celia Rowlson-Hall) y convertida ella también en madre de un bebé, al que no llegamos a ver pero cuyos balbuceos se escuchan de fondo, para rememorar aquellos días, en un intento de comprender, veinte años después, quién era realmente su padre.

Paula Vázquez Prieto lo contaba así en La Nación: “La memoria infantil de Sophie se asemeja a esas postales aisladas, retenidas en una polaroid, tras el vidrio de un balcón en una tarde calurosa, en el granulado del video que guarda del pasado. Una cámara analógica y su imagen sucia, vibrante, verdadera. Sus destellos asoman en el pequeño televisor de tubo de la habitación de hotel y la silueta de Calum se fragmenta en su reflejo en el espejo, apenas visible en una esquina del encuadre”.

Y es que, siendo una película que habla en imágenes -en imágenes de VHS para ser exactos, antes de la llegada de la era digital- la cámara de «Aftersun» no nos lo muestra todo, solo lo bastante como para que nos hagamos una composición de lugar. Al fin y al cabo, el cine es eso: la tensión entre lo dicho y lo no dicho, lo mostrado y lo sugerido. Y lo que Wells ha decidido enseñarnos es apenas una pincelada de la relación paterno-filial, pequeños retazos naif de esa cotidianeidad aletargada que son las vacaciones de sol y playa, a las que muchos recurrimos para escapar de la rutina y tener tiempo de calidad que ofrecer a nuestros seres queridos, sin sospechar que ese parón, que se traduce en tiempo para la introspección, puede liberar peligrosamente el reservorio particular de angustia y de dolor de manera exponencial, hasta llegar a hacerse anímicamente insoportable.

Eso es lo que parece ocurrirle ese verano a Calum, un hombre tan enigmático como encantador que debe lidiar con la parte más compleja de su rol paternal: la regla no escrita que exige invisibilizar los traumas y conflictos que nos atormentan delante de nuestros hijos, aunque internamente el derrumbe anímico sea inexorable.

Bromista, cariñoso y risueño con su hija, vemos cómo en su mesilla de noche se apilan los libros de autoayuda y cómo ejercita la meditación y el tai chi de forma regular, algo de lo que Sophie hace burla. Sin embargo, su estado anímico parece cobijar ciertas tendencias autodestructivas. En uno de los tours turísticos que contratan le cuenta al instructor de buceo que le sorprende haber llegado a los 30 y una noche rompe a llorar de manera angustiosa. Atención a la escena en la que este se limpia los dientes frente al espejo del baño y su radical cambio de registro emocional ante las distraídas palabras de Sophie que actúan como detonante, sin pretenderlo, al describir la sensación de abatimiento propia de una depresión. «¿Nunca te has sentido tan agotado que las articulaciones te pesan y ya no quieres levantarte de la cama?», le pregunta a su padre. La manera en la que el plano se mantiene fijo en el escupitajo que Calum lanza a su propio reflejo hasta la mañana siguiente es cine en estado puro.

Es evidente que sufre un cuadro de ansiedad aunque la razón de su desesperación no queda clara, como tampoco la de su separación. ¿Está enfermo? ¿Añora a la madre de su hija? Nunca sabremos a ciencia cierta qué es lo que le aflige. Aunque la película ofrece ciertas pistas. La alusión a la falta de un trabajo estable y la frustración que ambos personajes manifiestan por no poder llegar a tener lo que ansían (en el caso de Sophie, una de esas pulseras de “todo incluido” y en el de Calum -que todavía es un niño en muchos sentidos- una bellísima alfombra turca, demasiado cara para su presupuesto, que años después decora la habitación de la Sophie adulta) pone el acento en las dificultades económicas que atraviesan muchos padres y madres divorciados que desearían poderles dar mucho más de lo que puede ofrecer a sus hijos.

Aunque aparentemente todo marcha bien entre ellos, la carga emotiva aumenta por momentos, como una cuenta pendiente que exige enmendar algo que queda tácito, un reproche que no termina de verbalizarse en medio de esa especie de soledad acompañada de la que ambos disfrutan.

Hay un momento especialmente tenso. Es noche de karaoke y Sophie ha apuntado sus nombres en la lista de participantes. Calum no quiere salir a cantar y ella va sola, canturreando desafinadamente Losing My Religion, de R.E.M.. Cuando regresa junto a su padre y este le sugiere en broma tomar unas clases de canto, su reacción es algo cruel e hiriente: “Los padres no deben prometer a los hijos lo que no les pueden pagar”.

Y es que «Aftersun» también es, no lo olvidemos, un filme sobre el paso de la niñez a la adolescencia, con sus vergüenzas, sus repentinos cambios de humor, su tendencia al egoísmo y su despertar a la sexualidad. Todo ello enmarcado en una década muy concreta, la de los 90, magníficamente ambientada por una banda sonora de temas que sirven de referente de aquellos años, como “La Macarena”, de Los del Río; “Tubthumping”, de Chumbawamba o “Drinking in L.A.”, de Bran Van 3000. Aunque sin duda la que se lleva la palma es “Under Pressure”, en la mítica versión a dúo cantada por Freddie Mercury y David Bowie.

La escena en la que se inserta, la de la última noche del que se presiente como el último verano que Sophie y Calum pasaron juntos es desgarradora y una absoluta maravilla narrativa. Un último baile a ritmo de Queen, con luces estroboscópicas, que se convierte en un último abrazo de despedida entre ambos. A través de su letra entendemos, aunque sea de manera abstracta, cuán grande es el amor que se profesan (ese “que te desafía a cuidar a la gente al borde de la noche y a cambiar nuestra manera de preocuparnos por nosotros mismos”) y cómo se produce la separación definitiva de esa hija y ese padre que se siente asfixiado y “bajo presión”, como el título de la canción.

Título original: Aftersun

Año: 2022

Duración: 98 min.

País: Reino Unido

Dirección: Charlotte Wells

Guion: Charlotte Wells

Música: Oliver Coates

Fotografía: Gregory Oke

Reparto: Paul Mescal, Francesca Corio, Celia Rowlson-Hall, Kayleigh Coleman, Sally Messham, Harry Perdios, Ethan Smith

Compañías: Coproducción Reino Unido-Estados Unidos; BBC Film, Creative Scotland, AZ Celtic Films, PASTEL, Unified Theory, BFI Films. 

Productor: Barry Jenkins. Distribuidora: A24

Género: Drama. Años 90. Adolescencia

THE CROWN. QUINTA TEMPORADA

La quinta temporada de “The Crown” llegó con cierta expectativa por la muerte de Isabel II, quien lideró el reinado más largo de la historia británica. Pero lo cierto es que esta nueva entrega no ha podido ser más decepcionante para los seguidores de la serie.

Menos mal que sus guionistas (Peter Morgan, Tom Edge y James Graham) acabaron cediendo a las presiones y colocaron una advertencia que nos recuerda que lo que vamos a ver no es un documental sino una historia de ficción inspirada en hechos reales (“Esta obra dramática ficticia cuenta la historia de la reina Isabel II y los acontecimientos políticos y personales que marcaron su reinado”, reza textualmente). De lo contrario, no se entendería que, precisamente en vísperas de la coronación del rey Carlos III, el tratamiento que se le dé a este personaje no sólo sea extremadamente indulgente sino manifiestamente apologético, buscando blanquear y ensalzar su imagen y la de su reina consorte, Camila Parker Bowles, hasta extremos sonrojantes.

Y es que ha querido la fatalidad que el estreno de esta quinta temporada de la serie que, según el desarrollo de la trama, debía centrarse en el “annus horribilis” de la Corona británica (como lo definió la propia monarca tras el devastador incendio del Castillo de Windsor, bautizando así a la más polémica y turbulenta etapa de su reinado, cuando la monarquía sufrió su mayor caída de popularidad a causa de los escándalos e infidelidades protagonizados por algunos de sus miembros y la guerra abierta con Lady Diana Spencer) coincidiera con la muerte de Isabel II, a los 96 años, y el acceso al trono de su primogénito, a los 74 años, con lo que la polémica iba a estar servida.

Sin embargo sus autores parecen haber optado por el camino más fácil, pues la manera en la que se ha procurado ofrecer una imagen moderna y reformista del nuevo regente se diría que forma parte de la estrategia de comunicación diseñada por sus propios asesores y que la misma serie desvela al mostrarnos cómo, una vez se produce el divorcio entre Carlos y Diana, la pareja contrata a un “spin doctor” (“un vende humos”, en palabras de la propia Camila) para que normalice su relación y mejore la imagen pública de la duquesa de Cornualles, haciéndola aparecer como una mujer profundamente enamorada, capaz de sacrificarlo todo (desde su matrimonio hasta su reputación) por permanecer junto al futuro rey, para quien resulta ser un soporte fundamental en su poliédrico papel de amante, amiga, consejera y confidente.

Más allá de que la legión de seguidores de Lady Di no terminen de perdonarle su traición conyugal a la llamada “reina de corazones”, al ofrecer una imagen tan favorable de Carlos III, a quien se presenta como un líder moderno, reformista y resolutivo, ansioso por ocupar el trono para poner a la monarquía al cabo de la calle, normalizando lo que hasta ese momento había sido tabú (divorcios, infidelidades…) toda vez que sus vergüenzas habían salido ya a la luz, la serie no hace sino plegarse al relato que más conviene a los intereses de quien hoy se ciñe la Corona.

Pero no es sólo en eso en lo que falla esta quinta temporada de «The Crown», cuyos actores y actrices han sido sustituidos por otros cuya apariencia y desempeño en los papeles principales distan mucho de la credibilidad de quienes los han interpretado en temporadas anteriores. Lo cual es especialmente molesto en el caso del propio Carlos, encarnado por el actor Dominic West, quien no solo no guarda ningún parecido con el original, sino que ofrece una actuación plana y anodina, así como en el de la reina Elizabeth recreada por Imelda Staunton, a la que resulta difícil dejar de ver como la Dolores Umbridge de la saga de «Harry Potter«, por más que se esmere en jugar con la gestualidad mínima para extraer del personaje de la reina el máximo posible.

No ocurre lo mismo con Elizabeth Debicki, cuyo notable parecido físico, gestual y corporal con Ladi Di resulta sorprendente, haciendo un calco perfecto de la princesa Diana, principalmente de su forma de mirar, una peculiaridad de este personaje a quien se nos presenta como una mujer desequilibrada que tiene un único conflicto: su matrimonio malogrado, lo que la lleva a victimizarse en exceso, haciendo partícipe de su desgracia a todo el que se le acerca y, muy especialmente a su hijo mayor, Guillermo, a quien por momentos llega a abrumar con sus confidencias.

Esa imagen de Diana como una mujer conflictiva, dolida y vengativa, desesperadamente necesitada de apoyo y de una figura masculina que le ofreciera el amor y la atención que le habían sido negados, pasando por alto o haciendo escasa referencia a su destacada faceta humanitaria que le grajeó el cariño y admiración de miles de seguidores en todo el mundo, tampoco es inocente y, aún a riesgo de reproducir las obsesiones que atormentaban a la propia Diana, resulta casi inevitable no ver tras ello la alargada sombra de Buckingham Palace.

En esta nueva temporada se abordan temas que generaron un gran revuelo mediático en la década de los noventa, como la escandalosa conversación sobre el “támpax” entre Carlos y Camila, interceptada por un radioaficionado de manera fortuita y convenientemente explotada por los tabloides sensacionalistas, la entrevista de Lady Di en la BBC en medio de un duro proceso de divorcio, declarando que desde el principio en su matrimonio eran tres, la vigilancia y las escuchas a las que esta creía estar sometida y las tensiones de Carlos y su madre ante el dilema de “renovarse o morir” que en opinión del sucesor natural se le presentaba a la monarquía, ofreciéndose a sí mismo como “la gran solución”. Algo en lo que la opinión pública británica no siempre estuvo de acuerdo, levantándose numerosas voces que preferían que el trono pasara directamente de manos de la reina a las de su nieto Guillermo, ante la conducta poco ejemplar del Príncipe de Gales.

El primer episodio sugiere de hecho que, impaciente por reinar, Carlos quiso forzar a su madre a abdicar con la ayuda del ex primer ministro “tory” John Major, tras publicarse una encuesta en el Sunday Times en donde se revelaba que el pueblo británico consideraba que Elizabeth II sufría el “síndrome de la Reina Victoria”, a quien sus súbditos veían como alguien obsoleto y anticuado. Un extremo que el propio Major se apresuró en desmentir en declaraciones a The Daily Mail. Según la serie, Carlos lo intentaría de nuevo con Tony Blair, una vez que los laboristas conquistasen el poder tras diez años de gobiernos conservadores. Pero a la vista está que Isabel II reinó hasta el último de sus días, pese a que en esta nueva entrega de la serie nos la presenten ya casi como una mujer anciana y derrotada, que a menudo roza el desaliento y la extenuación y que alberga la frustrante sensación de que, a pesar de sus muchos esfuerzos y décadas de entrega al mantenimiento de la institución monárquica, la pervivencia de la casa real británica puede verse amenazada por la imprudencia de sus hijos o por el propio devenir transformador de los tiempos, cuyos cambios no llega a entender aunque se ve obligada a aceptar. Tal vez por ese motivo, una de las primeras frases que pronuncia la monarca es reflejo del peso del deber sobre sus hombros y de su conciencia de lo que la historia demanda de ella como símbolo emblemático en el organigrama de poder de su país: “No quiero romper ninguna regla”. 

La quinta temporada de «The Crown» aborda con todo lujo de detalle algunos episodios de la historia reciente que aún tenemos muy frescos en la memoria, como la forma en la que se gestó, mediante engaños, la llamada “entrevista del siglo” de la princesa Diana con Martin Bashir, periodista de la BBC, espoleada por la entrevista de Carlos de Inglaterra con Jonathan Dimbleby en la que su marido admitió el adulterio, y el enfrentamiento que su emisión generó entre el director de la radiotelevisión pública británica, cuya licencia se renueva cada año por orden real, y el presidente de su Consejo de Administración, un excombatiente monárquico cuya mujer era una de las primeras damas en la corte de la reina; o cómo llegó Mohamed Al Fayed a la vida de Diana y de la familia real británica.

Aunque sin duda una de las subtramas más interesantes y mejor resueltas es la que hace referencia al momento que atraviesa el matrimonio del Príncipe Felipe (interpretado en esta recta final por el gran actor Jonathan Pryce) y la reina Isabel, toda vez que llegados a la tercera edad ambos tienen una visión distinta de lo que esperan el uno del otro. Mientras la monarca se muestra muy enamorada de su marido, planteándose un viaje oficial de ambos a Egipto, como una segunda luna de miel, Felipe se resiente por las diferencias de carácter que los separan y hace responsable de su soledad a su mujer, reprochándole su falta de curiosidad intelectual y su escaso interés en seguirle el ritmo.

En realidad, el desencadenante de este conflicto conyugal no es otro que la aparición en la vida del duque de Edimburgo de una mujer treinta años más joven que él, Penny Knatchbull, también llamada lady Romsey o lady Babourne, esposa de su ahijado, Norton Knatchbull, tercer conde Mountbatten de Birmania.

Tras perder a su hija Leonora de cinco años debido a un cáncer de riñón, Penny se convirtió en la amiga inseparable de Felipe de Edimburgo, con quien compartía la afición por las carreras de carruajes. Ambos mantuvieron una íntima amistad durante los últimos años de vida de este. De hecho, era una visitante habitual en Wood Farm, la cabaña al borde de Sandringham en Norfolk, donde el marido de la reina pasó gran parte de su retiro de la vida pública, desde 2017 hasta su muerte en 2020, siendo la única persona que no era de la familia real que fue invitada a su funeral íntimo. Pero lady Romsey no solo tuvo una relación muy estrecha con el duque de Edimburgo (de quien se dice que fue la segunda mujer más importante en su vida), también la tuvo con la reina Isabel II a quien, según nos cuenta «The Crown», Felipe acaba imponiendo su presencia, llegando a pedirle que se deje ver con ella en público y la acoja como una de sus damas de compañía a fin de no levantar sospechas. Algo a lo que la reina accede teniendo que anteponer, una vez más, la estabilidad y reputación de la Corona a sus propios y más íntimos sentimientos como mujer. Tanto la conversación que el matrimonio mantiene en la suite real del hotel en el que se alojan en Egipto, como el encuentro entre Isabel II y Penny Knatchbull (Natascha McElhone) en la biblioteca del Castillo de Windsor, en el que la reina hace gala de la legendaria flema británica, ahogando sus celos e invitando a su rival a ser su acompañante en la misa de Acción de Gracias, se inscriben entre las escenas más antológicas de esta nueva entrega de la serie que, por lo demás, ofrece pocas novedades dignas de mención.

Y ello pese a que técnicamente sigue siendo una producción irreprochable y narrativamente mantiene la sobriedad y elegancia de sus entregas anteriores. Magnífica en cuanto a fotografía y exquisita en su dirección de arte. El problema está en la necesidad de estirar la trama en base a hechos que nos resultan ya demasiado conocidos o cercanos en el tiempo. Es lo que hace que esta quinta entrega sea un producto aburrido y sin alma, tan gélido como la propia corona a la que busca diseccionar.

De seguir por estos derroteros, mucho me temo que «The Crown» esté condenada a agonizar lentamente, hasta sufrir el mismo destino que su propia protagonista, tras la decisión de sus creadores de estirarla lo más posible y esta nueva actitud complaciente que busca irritar lo menos posible los ánimos del actual regente.

Título original: The Crown

Año: 2016

Duración: 60 min.

País: Reino Unido

Dirección: Peter Morgan (Creador), Stephen Daldry, Philip Martin, Julian Jarrold, Benjamin Caron, Jessica Hobbs, Alex Gabassi, May el-Toukhy

Guion: Peter Morgan, T. Edge, J. Graham

Música: Rupert Gregson-Williams, Martin Phipps, Lorne Balfe

Fotografía: Adriano Goldman, Ole Bratt 

Reparto: Imelda Staunton, Jonathan Pryce, Natascha McElhone, Dominic West, Elizabeth Debicki...  

Productora: Netflix, Left Bank Pictures, Sony Pictures Television International

Género: Serie de TV. Drama Histórico. Biográfico. Política. Corona británica

LA CASA GUCCI

Hay talentos labrados con esfuerzo, cincelados a base de sudor y lágrimas, y muchas horas de dedicación, el de aquellos a los que la inspiración les pilla siempre trabajando, intentando perfeccionar su arte. Los Salieris de la música y de otras tantas disciplinas. Pero hay también personas deslumbrantes que tienen eso que algunos llaman “duende”, un talento natural que los convierte en seres potencialmente atractivos sin un gran esfuerzo aparente y que hace que todo lo que hagan, creen o digan, su propia manera de ser o de estar en el mundo, suscite interés. Llámese personalidad o carisma, se trata de un don innato con el muy pocos seres humanos han sido agraciados.

Una de esas personas es sin duda Stefani Joanne Angelina Germanotta, más conocida como Lady Gaga, cantante, compositora, productora, bailarina y diseñadora de moda no exenta de polémica (suyo es el modelito del chuletón y otras excentricidades que habitualmente la adornan), entusiasta activista en favor de la comunidad LGTB y, últimamente, para sorpresa de muchos, una convincente, prometedora y desacomplejada actriz, capaz de compartir plano con auténticas leyendas vivas de la interpretación, como Al Pacino o Jeremy Irons, y llevarse el gato al agua en la última película de Ridley Scott, valiéndose casi exclusivamente de su instinto, su honestidad y una buena dosis de ilusión de principiante enamorada del proceso creativo.

Con tan solo un largometraje en su haber (“Ha nacido una estrella”, con la que la gran diva de «Poker Face» «Bad Romance» y «Alejandro» debutó en el cine en 2018 de la mano de su director y protagonista, Bradley Cooper, donde de alguna manera se interpretaba a sí misma en el papel de una aspirante a cantante de éxito), Lady Gaga se ha convertido en una actriz revelación y ha superado con creces las expectativas depositadas en ella por el director británico y por los productores de “La Casa Gucci”, al dar vida a la temible, ambiciosa, despechada y bastante desquiciada Patrizia Reggiani, la «viuda negra» de Maurizio Gucci (nieto del fundador de la lujosa marca de moda) tras ordenar a unos sicarios su asesinato al pedirle este el divorcio para casarse con otra mujer, con la clara intención de convertirse en heredera de lo que quedaba para entonces del emporio que entre ambos se encargaron de dilapidar, desatando una guerra entre los miembros de la dinastía (todos hombres) que a punto estuvo de acabar con la firma italiana entre finales de los ochenta y principios de los años noventa.

“Encontré los movimientos de Patrizia, su impronta física, fijándome en tres animales. Al principio de su vida imaginé que se movería como un gran gato doméstico. Después, cuando tiene objetivos que conseguir, me la imaginé como un zorro cazando y, al final, cuando se siente en peligro de perderlo todo, la vi como una seductora pantera que hipnotiza a su presa antes de abalanzarse sobre ella”.

Felina, feroz, pasional y temperamental, una donna de armas tomar, capaz de cualquier cosa por retener a su macho y el estatus que el apellido de éste le proporcionaba, la Patrizia Reggiani de Lady Gaga es más bien una Lady Macbeth de sangre latina, a quien domina la ambición y para quien la familia es un medio y no un fin en sí misma, dispuesta a ganarse la confianza de los Gucci (quienes en un principio recelan de ella, intuyendo que se trata de una cazafortunas) para después traicionarla, utilizando a su marido como una marioneta para hacerse con el control del negocio familiar.

“Creo que en esa herida creada por el desprecio y la opresión sistémica que el entorno de su esposo le manifestaba estuvo la génesis de la tragedia”, ha explicado la propia Lady Gaga. “No comparto lo que hizo, pero la comprendo muy bien. Su empeño en manejar Gucci fue una forma de sobrevivir, de prosperar, de dejar atrás a la hija adoptada del dueño de una empresa de transportes con conexiones con la mafia y llegar a convertirse en alguien importante. Sentía que podía ser valiosa. Deseaba que la familia la tomase en serio. Era inteligente y pensaba que sabía lo que había que hacer para conseguir que la compañía avanzase. Pero siempre fue una intrusa en la familia, era una mujer en un mundo de hombres, por lo que, en realidad, tenía un margen de maniobra limitado. Y luego decía esas cosas: ‘Prefiero llorar en un Rolls a ser feliz en una bicicleta’. La veo como una fuerza de la naturaleza; Gucci lo tenía todo y ella lo quería todo. Viniendo de donde venía esto era lo que tenía sentido”.

Con un aspecto que evoluciona del de las grandes divas del cine de los años cincuenta, a medio camino entre Sophia Loren y Elizabeth Taylor, quizá menos guapa pero más salvaje y racial, con un fuerte componente sexual potenciado por esos planos en los que la Patrizia veinteañera contonea sus caderas frente a los camioneros que trabajan para su padre y se deshacen en piropos a su paso; a la horterada máxima de la Joan Collins de Dinastía, enfundada en pesadas pieles y enjoyada en exceso, a su alrededor gira la historia de esta película que, tal como la crítica se ha apresurado a señalar, no es que sea gran cosa, pero parte del mérito de durar más de dos horas y no aburrir, lo cual ya es de agradecer. Algo que no lograría de no llevar la firma de un director tan solvente como Ridley Scott, especialista en mantener la atención del espectador de principio a fin, y de no tener un reparto de actores tan “jodidamente buenos”, como ha puesto en valor el propio director británico durante la intensa promoción del film.

Un cartel de super lujo, encabezado por el histriónico Al Pacino, en una de sus últimas mejores interpretaciones, dando vida al Tío Aldo, hijo primogénito de Guccio Gucci (el hombre que fundó la dinastía en Florencia, en 1904), presidente y artífice de la expansión comercial de la firma italiana en los Estados Unidos, cuyo accionariado controla al 100% junto a su hermano Rodolfo (elegante Jeremy Irons), actor frustrado y coleccionista de arte (su nombre artístico era Maurizio D’Ancora. Se casó con la también intérprete, Sandra Ravel. Posteriormente dejó el cine y se dedicó a la empresa familiar); su estrafalario y algo pardillo hijo Paolo (Jared Leto) cuya inteligencia deja bastante que desear y su tímido sobrino Maurizio (Adam Driver), prometedor estudiante de Derecho, un hombre frío, castrado emocionalmente, víctima de la pasión que siente hacia su pérfida y arribista mujer que utiliza el sexo como arma de seducción y manipulación, hasta que un día abre los ojos y la abandona. «Maurizio queda atrapado en la telaraña de ambición de Patrizia y, como suele ocurrir en estos casos, empieza a desear lo inalcanzable. Una mansión más grande, un coche más potente, una mujer más glamurosa, más elegante, más joven o, simplemente, menos convencional», ha explicado el propio Driver, omnipresente en las películas de este año.

Al margen del argumento del film, de sobra conocido pues se trata de un sórdido escándalo familiar que ocupó las primeras páginas de los periódicos entre 1995 y 1997, cuando la verdadera Patrizia Reggiani fue acusada, juzgada y hallada culpable de ser la autora intelectual del asesinato de su exmarido que llevó a cabo con ayuda de quien era su vidente, Giuseppina “Pina” Auriemma (interpretada en el film por la actriz mexicana Salma Hayek) y dos mercenarios, siendo condenada a 29 años de cárcel, de los que cumplió solo 18 (podrían haber sido menos, pero se negó a salir de prisión porque una de las condiciones para su excarcelación era que buscase un empleo. “No he trabajado en mi vida y no voy a empezar ahora”, argumentó), la película del Ridley Scott (poseedora de una esmerada ambientación retro y una impecable banda sonora que recoge los mejores éxitos de la época) se centra en concepto de familia, tan presente en la tradición italiana y en general en la cultura latina, y que tantas películas y libros ha inspirado a lo largo de los siglos.

Si para alguien como Aldo, la familia estuvo siempre por encima de todo, al punto de perdonar a su único hijo Paolo la mayor de las traiciones que lo lleva a pasar por la cárcel y a perder cuanto poseía, con esa maravillosa y contundente frase de: “es un idiota, pero es mi idiota”; o para el propio Rodolfo, que reniega de Maurizio al saber que tiene intención de casarse con la hija de un vulgar transportista, pero finalmente le da su bendición al enterarse de que le han hecho abuelo de una niña que lleva el nombre de su difunta esposa, no puede decirse lo mismo de la siguiente generación del clan.

Ni Maurizio ni Paolo ni definitivamente Patrizia guardan la más mínima lealtad hacia los suyos. Al contrario, lo que vemos en la película de Ridley Scott es lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo con muchas de las dinastías más poderosas y de más rancio abolengo a lo largo de la Historia.

No hace falta remontarse hasta los Medici o los Borgia para buscar ejemplos de luchas consanguíneas y dentelladas fratricidas por acceder al trono, la guerra por la sucesión es una constante en las grandes empresas familiares hasta nuestros días (que se lo pregunten si no a los Murdoch, los Carnegie, los Hearst, los Redstone, los Sulzberger o los Trump, y eso solo en los EEUU) y lo que ha hecho que muchas de ellas acaben en manos de acaudalados y oportunistas fondos de inversión, capaces de inyectar capital en sus maltrechas cuentas, plagadas de agujeros negros e impuestos impagados; o de CEOS inescrupulosos dispuestos a morder la mano de quien les da de comer, como Domenico de Sole (Jack Huston), hombre de confianza de Rodolfo Gucci, quien ayudó a su hijo Maurizio con la reestructuración corporativa de la empresa durante su torpe tránsito al libre mercado, fichando a Tom Ford, su director creativo de 1994 a 2004, quien llegó a ser un peso pesado de la marca a la salida de la familia fundadora del cuerpo accionarial, instaurando una nueva visión de negocio muy alejada de los grandes (y costosos) estándares de calidad que hicieron de Gucci sinónimo de elegancia, una leyenda en el mundo de la moda, y de algunas de sus creaciones una valorada pieza de museo.

Título original: "House of Gucci"

Año: 2021

Duración: 157 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Ridley Scott

Guión: Roberto Bentivegna, Becky Johnson. Basada en el libro "House of Gucci: A sensational story of murder, madness, glamour and greed" de Sara Gay Forden 

Música: Harry Gregson-Williams

Fotografía: Dariusz Wolski

Reparto: Lady Gaga, Adam Driver, Al Pacino, Jeremy Irons, Jared Leto, Salma Hayek, Jack Huston, Alexia Murray, Vincent Riotta, Reeve Carney, Gaetano Bruno, Camille Cottin, Youssef Kerkour...

Productora: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), Scott Free Productions, Bron Studios

Género: Drama | Basado en hechos reales. Crimen. Moda. Años 70, 80 y 90.

HILLBILLY, UNA ELEGÍA RURAL

“Hillbilly”. Otra de las películas que se aloja en el catálogo de Netflix y de la que seguramente oiremos hablar en la noche de los Oscar, gracias a la eterna nominada Glenn Close, en la que sin lugar a dudas es una de las mejores interpretaciones de su carrera desde su sobreactuado debut como peligrosa psicópata en “Atracción Fatal”.

La vi hace ya algún tiempo pero, antes de escribir sobre ella, he querido distanciarme del contexto y de los motivos que llevaron a la crítica a destrozarla, por estar basada en un libro autobiográfico (“Hillbilly, una elegía rural: Memorias de una familia y una cultura en crisis”) emparentado con los esloganes de campaña de Donald Trump, al retratar la penosa degradación de una clase social en declive, la de los trabajadores blancos en muchas zonas de la América profunda, intentando al mismo tiempo rescatar la idea de redención del sueño americano que dibuja un país en el que todo es posible de lograr a base de esfuerzo y deseos de superación.

La historia en la que se inspira la película es la de JD Vance, actualmente director de una empresa de inversión en Silicon Valley, quien creció en el cinturón industrial de Middletown (Ohio), a donde su peculiar familia tuvo que mudarse desde la ciudad de Jackson (Kentucky), de donde eran originarios. De ahí el término peyorativo de “hillbillie”, con que se nombra a los habitantes de la cordillera de los Apalaches, un grupo social cada vez más empobrecido y radicalizado del país, al que pertenecen algunos de los estrafalarios especímenes a los que recientemente vimos asaltar el Capitolio de los Estados Unidos.

El resentimiento, la falta de oportunidades y una mezcla de victimismo y pesimismo autodestructivo, que los ha hecho caer en el alcoholismo y la drogadicción, así como un exagerado orgullo patrio y una fervorosa fe en Dios, han hecho de los “hillbillies” gente frustrada y agresiva, que se conforma con vivir de los subsidios del Gobierno, situándose en los márgenes de la sociedad americana.

Vance cuenta su historia a través de la de su propia y disfuncional familia, en la que, como insiste en dejar claro, priman la lealtad y el cariño, pese a padecer un serio déficit en la expresión de sus sentimientos, imponiéndose el maltrato, los gritos y los excesos verbales entre sus miembros

Mediante el emotivo recuerdo de su áspera abuela, de su abuelo borracho, de su madre drogadicta o de su padre desconocido, retrata los anhelos, las luchas, los conflictos y valores, así como la incesante búsqueda de culpables a quienes responsabilizar de su desdicha, de una comunidad en decadencia, olvidada por el sistema, que se ha ido degradando lentamente a través del tiempo y para la que, sin embargo, nos dice, aún hay una oportunidad de salvación, poniéndose a sí mismo de ejemplo.

Todo comienza cuando, a punto de convertirse en abogado, una emergencia familiar lo obliga a volver al pueblo miserable que siempre quiso olvidar. Un viaje al pasado que le permitirá cerrar viejas heridas y comprender mejor de dónde viene y quién es realmente. El hijo de Bev (Amy Adams, excepcional), quien a los trece años quedó embarazada, por lo que toda la familia tuvo que abandonar su pueblo natal estigmatizada por la vergüenza.

Empleada como enfermera en un hospital, esta empieza a automedicarse robando ansiolíticos hasta convertirse en una adicta, pasando al consumo de otras drogas ilegales hasta caer en la heroína, lo que combina con una interminable y errática lista de amantes de mala vida y peor reputación, en busca de un marido y un padre para sus dos retoños: Lindsay (Haley Bennett) y JD (Gabriel Basso), que le proporcione al fin la estabilidad que ansía.

Es la intervención de su ruda abuela, Mawmaw (Glenn Close) -víctima, en el pasado, de maltrato a manos de un marido alcohólico- quien se hace cargo de su educación, lo que permite que JD consiga escapar de ese entorno de marginalidad, violencia e ignorancia, para convertirse en lo que el pensamiento conservador americano define como “un hombre de provecho” que, tras terminar la secundaria, se alista en el Cuerpo de Marines y sirve como soldado en Irak y, gracias a un sistema de becas, consigue finalmente graduarse por la Universidad Estatal de Ohio y por la Facultad de Derecho de Yale, dejando atrás a su familia, para emprender un futuro de éxito, coronado por un matrimonio feliz, una casa con jardín en San Francisco, un par de hijos y dos perros.

Estamos pues ante lo que podría considerarse el credo del republicanismo sociocultural estadounidense, en donde los valores familiares tradicionales, siendo pilar fundamental en el desarrollo de la personalidad, están claramente supeditados al individualismo capitalista, cuya ambición no conoce límites.

JD Vance es quien es, gracias a la impronta que dejó en él su familia, pero también gracias a haberla sabido dejar atrás, desentendiéndose de los problemas de su atormentada madre, a quien deja egoístamente al entero cuidado de su hermana Lindsay, que -por el hecho de ser mujer- obviamente no ha corrido con la misma suerte que su hermano, debiendo resignarse a una vida mucho más precaria y carente de ambición, como empleada de un polígono comercial, y sacrificada hija, esposa y madre de familia.

Bob Hutton escribía sobre ello en la revista Jacobin: «En última instancia, su libro -el de JD Vance- ilustra el oxímoron que el capitalismo y sus defensores claman: cualquier individuo trabajador puede llegar a la cima, pero, para ello, muchos más individuos deben permanecer abajo«.

Como he mencionado al principio, la crítica ha sido implacable con la película de Ron Howard a la que, más allá del reconocimiento por las estupendas actuaciones de sus dos actrices protagonistas (Close y Adams) y del notable esfuerzo del equipo de casting, maquillaje y vestuario, por el increíble parecido físico de los actores con los personajes reales de la historia, se ha acusado de excesivo sentimentalismo y escaso rigor analítico.

En cambio, el libro en el que se basa fue todo un fenómeno de ventas entre los círculos conservadores estadounidenses. No en vano, como decía Mireia Mullor en la revista Fotogramas, estamos ante “la historia definitiva para demostrar que el capitalismo y la meritocracia funcionan. Que cualquiera puede ser lo que quiera si lo desea lo suficiente, si se esfuerza, si no se deja arrastrar por malas influencias, si deja de culpar al mundo de sus fracasos o de los obstáculos que se le presentan. El poder del individuo frente a las adversidades, su valor medido en productividad”.

Un mensaje motivador que bien podría valer para una sesión de coaching, pero que poco o nada tiene que ver con la realidad en un país de enormes desigualdades sociales, raciales, de género y culturales.

Título original: Hillbilly Elegy

Año: 2020

Duración: 116 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Ron Howard

Guión: Vanessa Taylor (Biografía J.D. Vance: “Hillbilly, una elegía rural: Memorias de una familia y una cultura en crisis”).

Música: David Fleming, Hans Zimmer

Fotografía: Maryse Alberti

Reparto:
Amy Adams, Gabriel Basso, Glenn Close, Haley Bennett, Owen Asztalos, Freida Pinto, Bo Hopkins, William Mark McCullough, Jesse C. Boyd, Deja Dee, Tierney Smith, Lucy Capri, Sunny Mabrey, Stephen Kunken, Ryan Homchick, Ed Amatrudo, Holly A. Morris, Jason Davis, Keong Sim, Ethan Levy

Productora: Imagine Entertainment, Netflix (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama | Vida rural (Norteamérica). Familia. Drogas. Años 90. Basado en hechos reales