LA CENA

Madrid. 15 de abril de 1939. El teniente Santiago Medina (Mario Casas), oficial de intendencia del ejército franquista, recibe instrucciones para organizar una cena en honor a Franco y a sus generales en el Hotel Palace de Madrid, para celebrar la victoria del bando nacional a las pocas semanas del final de la Guerra Civil española. Pero Medina tiene un problema y no es solo la falta de marisco. El gran hotel es ahora un hospital de campaña y todos los cocineros y parte del personal de sala están en la cárcel, por rojos.

Basada en La cena de los generales, del dramaturgo vallisoletano José Luis Alonso de Santos, hay algo casi insolente en que una comedia comercial española como la de Manuel Gómez Pereira, escrita con Joaquín Oristrell y Yolanda García Serrano,  se atreva a situar su enredo en un momento histórico tan delicado, con Franco a punto de sentarse a cenar, y decida que lo importante no es la Historia con mayúsculas sino el caos logístico que hay detrás de servir una sopa de pescado caliente a los vencedores. La Cena parte de ese atrevimiento: convertir el final de la Guerra Civil en una comedia de intendencia, donde el problema no es ideológico sino culinario, y donde los verdaderos héroes no empuñan armas sino cucharones requisados y, en lugar de vestir uniformes, llevan delantales.

La premisa funciona porque no intenta disimular su artificio. El teniente Medina, obligado a organizar el banquete de la victoria en el Hotel Palace con sus cocineros encarcelados, se mueve en un universo que mezcla la farsa teatral, la comedia de enredo y un humor negro bastante poco acomplejado. La película no busca el chiste político directo, sino evidenciar el absurdo burocrático del régimen: oficiales que gritan órdenes imposibles, una banda de músicos femenina, marisco inexistente que aparece como por arte de magia gracias al estraperlo y presos a los que hay que vigilar para que no envenenen la comida ni intenten huir mientras salvan la velada. El franquismo aparece como una maquinaria grotesca que solo funciona cuando alguien la sabotea discretamente desde dentro.

El motor cómico de la historia está en la relación que se establece entre Medina y Genaro Palazón (Alberto San Juan), el solícito maître del Palace, dos hombres que no son exactamente disidentes, pero tampoco fanáticos del régimen, con el que colaboran cada uno a su modo, desde la obediencia castrense de Medina; a la elegante supervivencia pragmática de Genaro. Entre ambos se establece una alianza hecha de silencios cómplices, mentiras útiles, atracción sexual no resuelta y un respeto mutuo que convierte la película en algo más que un desfile de caricaturas. La comedia nace de ese equilibrio: saben que el peligro es real, pero también que la única forma de soportarlo es tomárselo con ligereza.

El reparto, en el que brillan actores y actrices de la talla de Nora Hernández, Óscar Lasarte, Elvira Mínguez, Carmen Balagué, Eva Ugarte y hasta Antonio Resines, eleva la cinta con sus apariciones. Pero eso tiene una contrapartida. En apenas hora y media, no hay margen para profundizar en todos ellos, algunos de los cuales se quedan en prometedores esbozos: por ejemplo, nos quedamos sin saber más de la rebelde Juana (Mínguez), cocinera, líder sindical y madre coraje.

La Cena nos habla de la represión que impuso Franco y también de los sentimientos de una sexualidad prohibida. En la línea de JoJo Rabbit, la película utiliza el humor para retratar un instante terrible de la historia, en el que, pese a todo, el amor, la bondad y la lealtad son capaces de abrirse paso.

San Juan convierte al maître en un aristócrata de opereta con nervios de acero, mientras Casas explota su propia imagen en una autoparodia que encaja sorprendentemente bien en el caos general. Asier Etxeandía, como antagonista hiperbólico, en el papel de José Luis Alonso Candelas, oficial de La Falange y superior de Medina, aporta a la situación una amenazante brutalidad, que es a la vez ridícula y peligrosa. Es un psicópata que no duda en sacar la pistola y asesinar a cualquiera que le contradiga. El tipo de villano que parece salido de un tebeo pero que funciona precisamente por ese exceso. Alrededor, secundarios que entran y salen como en un vodevil, manteniendo el ritmo de la chanza argumental con distintas tramas: el plan de fuga de los cocineros, la esposa dispuesta a todo con tal de medrar o la futura maternidad de la cantante… mientras se nos muestran las consecuencias de la Guerra Civil, la miseria de la ciudad y las terribles represalias del bando vencedor.

La película se permite bromas de mariquitas que encajan perfectamente en el contexto histórico, aunque hoy bordearían la incorrección política, y situaciones deliberadamente exageradas, pero lo hace con una falta de solemnidad que desactiva la sensación de oportunismo. No hay voluntad de aleccionar ni de sobrecargar la sátira con intención ideológica; lo que hay es una comedia de enredo que utiliza la dictadura como escenario del absurdo. El resultado recuerda que el humor sobre el franquismo puede surgir no solo del insulto al dictador, sino del retrato de su aparato como una torpe maquinaria sostenida por gente que intenta sobrevivir sin meterse en demasiados líos.

Casas demuestra que no deja de crecer como actor y Alberto San Juan está, como de costumbre, soberbio. Demostrando ser un verdadero titán del género.

La cena no pretende reinventar la comedia española, pero sí demostrar que todavía el género tiene mucho que decir. Es ligera, rápida, algo disparatada y consciente de sus propias trampas. Y, sobre todo, entiende que reírse de un momento oscuro de la historia no implica trivializarlo, sino observarlo desde el ángulo más incómodo: el de quienes, atrapados entre órdenes carentes de toda lógica, solo quieren que todo salga a pedir de boca y que nadie dispare antes del postre.

Título original: La cena

Año: 2025

Duración: 106 min.

País: España

Dirección: Manuel Gómez Pereira

Guion: Joaquín Oristrell, Yolanda García Serrano, Manuel Gómez Pereira. Obra: José Luis Alonso de Santos

Reparto: Mario Casas, Alberto San Juan, Asier Etxeandia, Nora Hernández, Óscar Lasarte, Elvira Mínguez, Carmen Balagué, Eva Ugarte, Martín Páez, Tony Agustí, Ferran Gadea, Eleazar Ortiz, Antonio Resines, Carlos Serrano, Xavi Francés, Gloria March...

Música: Anne-Sophie Versnaeyen

Fotografía: Aitor Mantxola

Compañías: Ikiru, La Terraza, Turanga , Sideral Cinema, Halley Production, RTVE, Movistar Plus+, Crea SGR

Género: Comedia. Posguerra española. Histórico. Cocina

LA GRAZIA

Paolo Sorrentino vuelve a apoyarse en su actor fetiche, Toni Servillo, con quien ha contado ya en siete ocasiones, para filmar un nuevo estudio de personaje sobre una figura de poder en Italia.

La diferencia está en que, si bien en Il Divo Servillo daba vida a un personaje de la vida real, el desacreditado primer ministro italiano Giulio Andreotti, quien ocupó siete veces el cargo y acabó siendo juzgado por su presunta vinculación con la mafia; o en Silvio (y los otros) construía una sátira feroz sobre Silvio Berlusconi, a quienes retrataba con su habitual tono grandilocuente, casi operístico, salpicado de audaces pinceladas de autor y reconocibles guiños a Fellini, Scorsese y Coppola; en La Grazia, su película más madura y menos rimbombante hasta la fecha, priman la elegancia, la sensibilidad y la moderación.

El director napolitano abandona la pirotecnia visual y el barroquismo de sus anteriores trabajos (La gran belleza y La juventud) para ensayar una puesta en escena más sobria y reflexiva, cercana a la disertación filosófica sobre la justicia, la verdad, el poder, el amor y la duda, a través de un personaje de ficción, como Mariano De Santis, presidente de la República Italiana, jurista de prestigio y democristiano como Andreotti (probablemente inspirado en el actual presidente Sergio Mattarella, voz de la conciencia europeísta y antifascista), quien encara los últimos seis meses de su mandato teniendo que enfrentarse a tres dilemas morales: firmar una ley para la legalización de la eutanasia a la que su amigo y confesor, el Papa (Rufin Doh Zeyenouin), se opone; decidir la concesión de un indulto entre dos reos que han asesinado a sus respectivos cónyuges y descubrir quién fue el amante de su esposa fallecida hace ocho años. Para ella son sus primeras palabras en la película, aunque no las pronuncie en voz alta: «Aurora, te echo de menos».

Aunque no renuncia a su particular sentido del humor, ni a sus anacrónicas gamberradas: acordes tecno, perros robots, un papa negro con rastas plateadas que recorre los jardines del Vaticano en motocicleta, o la canción del rapero Cosimo Fini, conocido como Guè, que el presidente escucha con unos cascos inalámbricos en el Palazzo del Quirinale (residencia oficial de los presidentes italianos, situada en la más alta de las siete colinas de Roma) y cuya letra subida de tono acaba recitando de memoria, el tono general de la película es trascendente, conmovedor y melancólico. La política queda en segundo plano, pues lo que interesa a Sorrentino es retratar la angustia de ese estadista, un hombre recto, culto y conservador, experto en derecho penal y sumamente inteligente, acostumbrado a la racionalidad y a la certeza más allá de toda duda razonable, cuando la verdad se vuelve esquiva.

Servillo (Copa Volpi al Mejor Actor en Venecia) despliega una actuación soberbia y compone un personaje muy contenido, que se define a sí mismo como “un hombre gris y aburrido” y reconoce haber sido, como mandatario, «muy rígido y poco valiente». Cuando arriba a su vejez aflora en él un humanismo sentimental que lo convierte, para su propia sorpresa, en un hombre atravesado por las dudas. Para resolverlas, De Santis observa, escucha, calcula, y en ese proceso su autoridad se resquebraja. La tensión entre la imagen pública de hombre honesto e íntegro que proyecta y la vulnerabilidad privada de ese otro hombre, ya entrado en años, que se duerme cuando reza y lamenta que ya no sueña, sostiene el relato.

Enternece su sorpresa al enterarse de que en la calle se le conoce con el apodo de “hormigón armado”. Casi tanto como la escena del recibimiento al presidente de Portugal, cuando pregunta a su corazziere (miembro del regimiento de caballería de élite que sirve de guardia presidencial) si él se ve igual de viejo que aquel venerable anciano mientras lo observa bajar con dificultad del coche oficial, justo antes de que el cielo se nuble y se desate una tormenta de viento y lluvia que agita, como una cinta al viento, la empapada alfombra roja, que han dispuesto para su recibimiento. La manera en la que De Santis/Servillo observa al mandatario portugués rodar por el suelo azotado por la lluvia, con una mezcla de temor y compasión hacia él y seguramente hacia sí mismo, vislumbrando el futuro que le aguarda, sobrecoge y desvela la verdadera intención de la película: la de mostrar a la autoridad enfrentada a su propia decadencia final.

En el arranque, Sorrentino alude al artículo 87 de la Constitución italiana: «El presidente de la República es el jefe del Estado y representa la unidad de la nación» y enumera los amplios poderes que tiene el presidente italiano: promulgar leyes, nombrar funcionarios estatales, presidir el Consejo Superior de la Judicatura, conceder indultos, conmutar penas y otorgar honores… Pero, a tan solo seis meses de que finalice su mandato, las obligaciones del exjuez se han reducido hasta el punto de que uno de los compromisos en su agenda sea una entrevista con el editor de Vogue Italia sobre sus elecciones de vestuario.

Sin embargo, hay tres asuntos urgentes que esperan su firma sobre su escritorio. Uno es una ley para legalizar la eutanasia, en la que ha estado trabajando su hija Dorotea (Anna Ferzetti), una formidable experta en jurisprudencia, cuya decisión viene aplazando de manera consciente. «Si no firmo, soy un torturador. Si firmo, soy un asesino», dice De Santis, anticipando la indignación pública. Y dos peticiones de indulto: para Cristiano Arpa (Vasco Mirandola), un profesor de historia de conducta aparentemente ejemplar, muy querido en su pueblo, que asesinó a su esposa cuando esta se encontraba en una fase avanzada del Alzheimer; o para Isa Rocca (Linda Messerklinger), una joven condenada por asesinar a su marido mientras dormía por ser este un maltratador.

El nombre de Rocca fue propuesto por Ugo (Massimo Venturiello), amigo de toda la vida de Mariano, quien aspira a sucederle en la presidencia. Con total sinceridad, este informa a De Santis de que se trata de la sobrina de su actual socio, lo que le plantea un conflicto de intereses.

Jurista creyente y metódico, Mariano descubre tarde que la lógica legal resulta insuficiente cuando las decisiones afectan a la vida y la muerte de las personas y reflexiona con ingenio sobre la diferencia entre la verdad percibida de cerca y la certeza observada desde la abstracción de la ley y el Derecho.

Sorrentino introduce el contrapunto familiar y doméstico de la hija que prohíbe fumar y mantiene a dieta de pescado y quinoa a su padre -un hombre que se acerca al final de su vida, con la sensación de haber vivido de una manera demasiado rígida y anhela la ligereza de un sueño que nunca se ha podido permitir, el de flotar en un espacio ingrávido- para sugerir que la verdadera autoridad no reside en la firmeza, sino en la capacidad de flexibilizar los propios principios y aceptar la incertidumbre en la que se mueve el ser humano.

La película está salpicada de conmovedores momentos de rebeldía, en los que De Santis fuma a escondidas en la azotea del Quirinal pese a tenerlo contraindicado por tener solo un pulmón, mientras comparte confidencias con el coronel Labaro (Orlando Cinque) en las que rememora sus primeros encuentros con su amada Aurora, en el campo, a las afueras de Nápoles. Pero cualquier consuelo que pudiera encontrar en esos recuerdos o en sus afilados monólogos interiores, se ve empañado por la traición de esta cuando le fue infiel hace 40 años, una herida que claramente no ha conseguido superar. Mariano está convencido de que fue Ugo el amante de su mujer. Pero solo Coco Valori (Milvia Marigliano), su vieja amiga de la escuela y confidente de la pareja, conoce la verdad.

Con sus enormes gafas de pasta negra y sus llamativas joyas, Coco es un personaje espectacular. Una crítica de arte malhablada y lenguaraz, que procura alimentar la leyenda de que fue amante del surrealista De Chirico cuando era una jovencita de 21 años. Casi al final, protagoniza junto a Servillo una de las escenas más emotivas de la película, sin mencionar su hilarante frase final durante los créditos. Sin embargo, una de las secuencias más bellas —ejecutada con maestría por este— es la que ocurre cuando el presidente se emociona ante la transmisión en directo de un astronauta que flota en el interior de su nave espacial quien, sin saberse observado, derrama una lágrima (sin que sepamos nunca por qué) que flota igualmente en el vacío. Escena que tendrá eco después en sus responsabilidades finales y en su estado mental al abandonar el cargo, para volver dando un paseo a su residencia privada cerca de la Plaza de España, en una especie de procesión por la Via dei Condotti, la calle comercial más elegante de Roma, repleta de admiradores y turistas curiosos, con el perro policía robot encabezando el séquito de guardaespaldas que le acompañan.

Como ha señalado el propio director, Mariano De Santis es una rara avis dentro de la sociedad y la política actuales. Un mandatario de los que ya no quedan que descubre demasiado tarde que el poder no resuelve las dudas esenciales. Solo al abandonarlo, ligero de cargas, alcanza ese estado de “Grazia” al que alude el título, que le permite hacer realidad el sueño de ingravidez que tanto anhela.

Título original: La Grazia 

Año: 2025

Duración: 133 min.

País: Italia

Dirección y Guion: Paolo Sorrentino

Reparto: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque, Massimo Venturiello, Milvia Marigliano, Giuseppe Gaiani, Giovanna Guida, Alessia Giuliani, Roberto Zibetti, Vasco Mirandola, Linda Messerklinger, Rufin Doh Zeyenouin.

Fotografía: Daria D'Antonio

Compañías: Fremantle, The Apartment, Numero 10, PiperFilm

Género: Drama. Comedia. Política

GOLPE DE SUERTE

No creo que “Golpe de suerte” pueda compararse, como se ha pretendido en su promoción, a la soberbia odisea criminal de “Match Point”, en la que el genio neoyorquino se tutea con Dostoievski y remata la faena en un final inesperado: el de la pelota de tenis susceptible de caer a cualquiera de ambos lados de la red. En mi opinión, uno de los trabajos más lúcidos, críticos y filosóficos de Woody Allen, cuyo cine lleva ya varios años en franca decadencia, debido a una variedad de factores que seguramente tengan más que ver con la dificultad para no repetirse tras haber rodado 50 películas a su provecta edad (en noviembre cumplirá 88 años), que con la cancelación que ha sufrido en los Estados Unidos tras las acusaciones de abuso sexual de su hija adoptiva, Dylan, y de la madre de ésta, Mia Farrow, que le han convertido en un indeseable en su propia tierra, lo que le ha obligado a ubicar sus historias en otros escenarios distintos a su querida y confortable Nueva York.

Subyugado por el viejo continente europeo, cuyo público ha resultado serle más fiel que sus desmemoriados, puritanos y censores compatriotas estadounidenses, y decidido a morir con las botas puestas, los últimos años de su actividad creativa son, como el propio Allen confiesa, una mezcla de exilio forzoso y de turismo de lujo, mezclando trabajo y placer al pasearse junto a su prole por lo más exclusivo de Londres, Roma, Barcelona o París… para filmar, no ya una película al año, como solía hacer, pero sí una cada dos o tres años, el tiempo transcurrido desde el rodaje y estreno de “Rifkin’s Festival” en el marco del Zinemaldia en San Sebastián. Lo que no siempre ha sentado bien a su cine que ha sucumbido al entusiasmo del viajero por inmortalizar los escenarios más emblemáticos de aquellas ciudades que visita, casi a modo de postal, siendo el guion a veces un mero pretexto para ello.

En “Golpe de suerte”, en cambio, Allen ha querido volver a París, una ciudad que conoce casi tan bien como Nueva York, pues es donde pasa cada Navidad y donde ya rodó antes la comedia musical “Todos dicen I Love You” o “Midnight in Paris”, otro de los mejores títulos de su filmografía reciente, para atreverse a rodar por primera vez en francés, idioma que no domina, lo que no parece haberle impedido extraer lo mejor del talentoso elenco de actrices y actores galos del que se ha rodeado en esta película, en la vuelve a contarnos una de esas historias de la alta sociedad que tanto le gustan y que le permiten mostrar el estilo de vida urbano y burgués en el que él mismo se ha movido durante toda su vida adulta, en un nuevo intento de desnudar la frivolidad y el ensimismamiento de la fauna que la habita, en la que se mezclan los llamados “ricos de cuna” con los self made man, adinerados hombres de negocios capaces de casi todo por mantener el elevado estatus social que tanto les ha costado alcanzar.

“Golpe de Suerte” es la historia de uno de ellos, Jean Fournier (Melvil Poupaud) y de su mujer Fanny (radiante Lou de Laâge), una pareja ideal, guapa, pudiente y bastante esnob que vive en un elegante y espacioso piso en un selecto barrio de París y acude a fiestas en las que corre tanto el champán como las conversaciones insustanciales. Ella trabaja como responsable de subastas de una galería de arte y disfruta de una vida acomodada gracias a su marido, algunos años mayor, de quien apenas sabe que se dedica “a hacer más ricos a los ricos”.

Ambos parecen estar tan enamorados como el día en que se conocieron, aunque Fanny, quien estuvo casada antes con un fracasado músico de jazz y conoció a Jean en un momento de gran vulnerabilidad sentimental, en pleno proceso de divorcio, se queja ahora de la rutina y de que Jean la considere “un trofeo” más en su larga lista de triunfos, por ser el prototipo de mujer —bella, inteligente y encantadora—a la que todos desean, lo que hace de él un marido patológicamente celoso y controlador que pone en ella el mismo interés posesivo que en su preciada colección de trenes eléctricos.

Un día Fanny se topa accidentalmente en la calle con Alain (Niels Schneider), uno más de sus muchos admiradores en el instituto francés de Nueva York, donde durante la adolescencia estudiaron juntos, quien le confiesa que siempre estuvo enamorado de ella, lo que sin quererlo la devuelve a una vida anterior más excitante que la que lleva ahora. Alain es un escritor de vida bohemia y está en París de paso hasta terminar el manuscrito de una novela en la que está trabajando, pues la mayor parte del tiempo vive en Londres. Quedan en verse algunos días más para comer, pero desde ese primer encuentro la llama del deseo prende entre ambos, lo que los lleva a iniciar una relación adúltera en la buhardilla parisina de alquiler de Alain, que todo escritor bohemioburgués que se precie aspira a habitar. Y es que todo en este relato obedece al cliché de una realidad idealizada.

En palabras de Marta Medina en El Confidencial, «Golpe de Suerte» es “una historia de amor parisina con personajes que visten gabardina y jersey rayado, comen bocadillos en los parques, viven en buhardillas bohemias y leen a Proust. El París que construye Allen es esa arcadia del refinamiento estético e intelectual, con personajes que no son humanos, sino estereotipos conscientes que permiten al director meterse de lleno en la comedia romántica primero, después en el suspense y por último en el enredo, al servicio de un guion en el que prima el golpe de efecto, la ironía y el humor frente a un desarrollo de personajes realista”.

Desde ese primer encuentro fortuito Fanny se debate entre «el pragmatismo y la ambición de Jean y el romanticismo iluso de Alain» quien «le ofrece un mundo callejero, intenso y romántico». Su infidelidad es un secreto a voces de la que su marido acaba sospechando, urdiendo un plan siniestro para no perder a su mujer. A partir de lo cual la película se precipita hacia una segunda parte en la que ganan peso la intriga y el humor negro. Una mezcla de “La regla del juego” de Renoir y “Misterioso Asesinato en Manhattan”, aunque con mucho menos paciencia y suspense, en donde la madre de Fanny (Valerie Lemercier), de paso en la “ciudad de la luz” para visitar a su hija y al marido de ésta, por quien en principio siente gran estima y afinidad, se convierte en la catalizadora de un ingenioso e inesperado giro narrativo, al empeñarse en investigar la repentina desaparición del amante de Fanny, valiéndose de su experiencia como ávida lectora de novela negra.

Fiel a la icónica puesta en escena a la que nos tiene tan acostumbrados: la inconfundible tipografía Windsor de los créditos, la musica de Herbie Hancock de banda sonora (siempre el jazz) y los buenos oficios de Vittorio Storaro al iluminar con la paleta otoñal parisina una serie de localizaciones seleccionadas con esmero (en especial las soleadas escenas de la casa de campo), el viejo director y guionista neoyorquino se niega a salir de su zona de confort y se vale de este ligero divertimento argumental basado en un triángulo amoroso, en donde, como también es habitual en él, abundan las referencias artísticas y literarias (al “David con la cabeza de Goliath” de Caravaggio, a los poemas de “El Jardín de los Secretos”, a “Madame Bovary”, a la novela negra de Simenon o al cine de Chabrol), para construir un sólido drama moral en el que vuelve a hablarnos sobre las mismas cosas: el amor romántico que exonera de cualquier culpa, los celos y la forma en la que opera la mente criminal, con la tranquilidad de quien ya no tiene nada que demostrar pero aún disfruta haciendo películas, en las que intenta hacernos partícipes de lo que ha averiguado de la existencia humana, para advertirnos de cómo nuestras vidas, incluso las de aquellos que exhiben una desafiante seguridad en sí mismos y presumen de fabricar su propio destino, como Jean Fournier, dependen, a menudo fatalmente, del azar, de la inevitabilidad del absurdo y, a veces, si hay suerte, hasta de la justicia poética. Y, aunque la fórmula no sea novedosa, «Golpe de suerte» funciona, manteniendo viva la esencia de ese antiguo genio narrador de tramas enrevesadas e ingeniosas que fue -y sigue siendo- Woody Allen, antes de que una inesperada jugarreta del destino le hiciera caer a él mismo en desgracia.

Título original: Coup de chance

Año: 2023

Duración: 96 min.

País: Francia

Guion: Woody Allen

Dirección: Woody Allen

Reparto: Melvil Poupaud, Lou de Laâge, Niels Schneider, Valerie Lemercier.

Fotografía: Vittorio Storaro

Compañías: Coproducción Francia-Estados Unidos; Petite Fleur Productions, Gravier Productions, Perdido Productions, Dippermouth

Género: Romance. Drama. Thriller. Comedia romántica

LA PEOR PERSONA DEL MUNDO

Tal vez el título de la última película de Joachim Trier no deje mucho lugar a la imaginación. Pero, en realidad, “La peor persona del mundo” no hace referencia a la perversión de un solo sujeto o a su reprochable conducta. Con lo que sí se relaciona es con la necesidad de la película de hacerse preguntas acerca de cómo la confusión existencial y el equívoco inherente a nuestra propia y errática evolución personal puede generar efectos devastadores en otros y en nosotros mismos, de manera involuntaria.

Con este nuevo largometraje nominado al Oscar al mejor guion y mejor película de habla no inglesa, el director noruego completa su trilogía «sobre el dolor de un mundo sin ideales ni alicientes para sostener a los pocos que consiguen sobrevivir al desánimo», interesado en mostrar lo que se oculta bajo la piel de una sociedad “sepultada en una falsedad obligatoria”. Una sentencia demoledora teniendo en cuenta que hablamos de un realizador que durante la última década no ha dejado de explorar algunos de los aspectos más oscuros de la condición humana.

Sin embargo, si en su exitosa “Reprise” (Vivir de nuevo, 2006) analizó la rivalidad y las miserias de la avaricia y la ambición modernas en la lucha por el éxito; y en “Oslo, 31 de agosto” (2011) indagó sobre la indiferencia, la desidia y el pesimismo; en este tercer y último trabajo, Trier se muestra especialmente benévolo con sus personajes. No los juzga. Tampoco los compadece. Simplemente los expone en toda su humana imperfección, como queriendo advertirnos de que todos podemos ser la peor persona del mundo llegado el caso.

Después de todo, lo que pasa en la película no es ni más ni menos que la vida, con sus complejidades y sus incertidumbres, sus amores y desamores, sus temores y sus expectativas…  La vida de Julie (la cautivadoramente risueña Renate Reinsve). Una mujer que recién alcanza la treintena y está sumida en un mar de dudas acerca de qué hacer con su existencia porque sabido es que, a esa edad, los caminos se bifurcan en mil direcciones posibles y las personas se enfrentan a su primera gran encrucijada existencial.

¿A qué dedicarse profesionalmente? ¿A quién amar? ¿Tener hijos o no? Son tantas las decisiones trascendentales a tomar a esa edad, que la vida se nos hace bola y a veces cuesta digerirla, sin poder siquiera sospechar que no es la única ni la última crisis vital que nos queda por experimentar y que la cosa, lejos de mejorar con el paso de los años, se agrava a medida que uno va siendo consciente de tener menos futuro que pasado y de que, por consiguiente, le queda menos tiempo para equivocarse y para volver a empezar.

Compuesta de doce capítulos, un prólogo y un epílogo, más que una comedia romántica al uso, “La peor persona del mundo” es una mirada generacional a diversos temas, como las relaciones de pareja, el sentido de la identidad personal, la maternidad, la infidelidad, el compromiso, la culpa, los convencionalismos, la responsabilidad, o la corrección política asociada a nuevas narrativas sociales, como el discurso medioambientalista o el feminista… desde un punto de vista original, transgresor y muy actual.

Nada más empezar, Trier nos presenta a Julie como una estudiante modelo de medicina que pronto entiende que lo suyo no son las operaciones a corazón abierto sino la exploración del alma, por lo que decide matricularse en psicología, hasta que se da cuenta de que más que entenderla le interesa retratarla, por lo que acaba estudiando fotografía. Es llamativo el cambio físico (indumentaria, adornos, color y extensión del cabello) que experimenta el personaje con cada nueva decisión en ese tiempo y cómo el estereotipo acompaña cada caso, trazando el perfil de esa joven insatisfecha e inestable, culturalmente inquieta, al tiempo que algo pasota, que es Julie. Una voz en off femenina que va narrando sus constantes cambios de humor, de carreras universitarias y de amantes ocasionales, esboza el retrato de alguien que está en continuo movimiento y en constante búsqueda, hasta que conoce a Aksel (Danielsen Lie, un habitual en el cine de Trier), artista de cómics underground, algunos años mayor (él 44, ella 29), quien parece saber de antemano que el affaire entre ambos no terminará bien, razón por la que intenta distanciarse “a tiempo” de la caótica “millenial” quien, sin embargo, acaba robándole el corazón e instalándose en su piso.

A partir de ese momento, la convivencia de Julie con Aksel va cimentando el conflicto. Su diferencia de edad, de mentalidad (él es excesivamente analítico, ella más emocional) y de expectativas de vida (él quiere ser padre, ella no tiene claro si quiere o puede asumir la maternidad) no representan un gran problema al principio de la relación, en la que el sexo ocupa un lugar predominante y Julie (quien escribe esporádicamente acerca de él) parece alimentarse intelectualmente de las interesantes disertaciones de Aksel acerca del arte y la cultura. Pero su propia inseguridad y falta de autoestima la llevan a boicotear su relación, precisamente cuando parece estar más consolidada.

Todo ocurre a partir de una noche en la que Aksel celebra su último éxito editorial y Julie, visiblemente agobiada por la sensación de no ser la protagonista del evento (ni, metafóricamente, de su propia vida), se marcha de la fiesta y acaba colándose en una boda, donde conoce a Eivind (Herbert Nordrum), un joven comprometido con otra mujer, pero de similar edad, con el que conecta de manera casual, iniciándose entre ambos un peligroso flirteo y juego de atracción mutua, que no conlleva sexo (por no poner los cuernos a sus respectivas parejas), pero sí un grado de intimidad tal que, a la larga, genera un enganche definitivo, sin necesidad de haber traspasado esa línea roja.

Quizá porque Eivind -que trabaja como camarero en una cafetería- es de su misma generación y opera con sus mismos códigos e inquietudes (de hecho, tampoco él quiere tener hijos), Julie –que para entonces se gana la vida como dependienta en una librería– se siente a gusto con él, ambos se divierten stalkeando a su exnovia yogui en Instagram, experimentando con drogas psicodélicas y haciendo actividades menos burguesas que las que tenía con Aksel. Pero otra vez la vida, que siempre se empeña en hacer otros planes, hará que nuestra protagonista caiga en el desasosiego al tener que ir al reencuentro con su viejo amor, en un momento especialmente delicado para ambos.

La película se toma su tiempo para hablar de temas como la nula relación que Julie tiene con su padre quien, a raíz de su separación de la madre de Julie, ha rehecho su vida y ha formado una nueva familia junto a otra mujer; o la acalorada discusión que Aksel mantiene con dos periodistas feministas, en un programa de radio, ofendidas por la misoginia de los personajes de sus cómics, algo que derivará en un interesante pero tenso debate público acerca del valor del arte y la «cultura de la cancelación» que Julie contempla atónita través de Youtube.

Y es que, pese a la forma tan abrupta en la que cortó su relación con él, con ese «yo te quiero, pero no te quiero» que deja al descubierto su incesante búsqueda del amor ideal, el dibujante siempre será alguien importante en su vida. Un apoyo incondicional, la única persona capaz de racionalizar sus miedos e intentar insuflarle un poco de autoestima, haciéndole ver lo que ella no es capaz de ver en si misma: lo mucho que vale y la extraordinaria persona que es.

Especialmente conmovedores resultan en este sentido los últimos capítulos de la película, en donde ambos se sinceran mutuamente. Sobre todo él, quien le confiesa a Julie que ha sido el gran amor de su vida y se muestra vulnerable y temeroso ante la proximidad de la muerte, sin resignarse a la desaparición física, por más que siempre se diga que el artista vive eternamente a través de su obra. En ese tiempo de descuento, el se aferra a lo material y tiende a mirar al pasado. Mientras ella no consigue proyectar su futuro.

El monólogo en el que Aksel rememora su juventud, sin internet ni smartphones, explicando la importancia que tiene para él que los objetos culturales (libros, discos, cómics, revistas) sean físicos y no solo digitales, subraya esa diferencia generacional entre ambos que el guionista finlandés Eskil Vogt aborda, no sin cierto convencionalismo. Aunque es lo suficientemente «nórdico» como para no pasarse de frenada emitiendo un juicio sumarísimo.

Lo central aquí es la vida de Julie que puede no ser «la peor persona del mundo», pero poco a poco va siendo consciente de que muchas de las decisiones que tome dañarán inevitablemente a sus seres queridos. Es el precio de vivir. Y la vida de Julie es una constante negociación consigo misma. Aun cuando tome decisiones erróneas, da la impresión de que no se arrepiente de nada. Tan solo corre hacia adelante, propulsada por la volatilidad del presente.

En este sentido, Julie no es la heroína de comedia romántica, ni un símbolo del drama moderno o una ingeniosa reinvención cinematográfica del carácter femenino. Es una mujer real, un producto de su tiempo. A lo sumo una anti-heroína estrafalaria en un Oslo melancólico de espíritu quebrantado que observa el mundo con ojos cansados pese a estar recién estrenados. Julie es una criatura que, a sus treinta años, mira al futuro desde la atalaya de una generación descreída y confusa. “Soy la persona que este mundo aburrido creó” dice en una de las tantas frases de la película que dejan claro que es una grieta más en un paisaje quebradizo.

Título original: Verdens verste menneskeaka 

Año: 2021

Duración: 121 min.

País: Noruega 

Dirección: Joachim Trier

Guion
: Joachim Trier, Eskil Vogt

Música: Ola Fløttum

Fotografía: Kasper Tuxen

Reparto: Renate Reinsve, Anders Danielsen Lie, Herbert Nordrum, Silje Storstein, Maria Grazia Di Meo, Hans Olav Brenner, Marianne Krogh, Vidar Sandem, Sofia Schandy Bloch, Anna Dworak, Eia Skjønsberg, Thea Stabell, Mina Elise Friesl-Stavdal...

Productora: Coproducción Noruega-Francia-Dinamarca; Oslo Pictures, Snowglobe Films, arte France Cinéma

Género: Comedia. Drama. Romance

LA ODISEA DE LOS GILES

“Según el diccionario un gil es una persona lenta, a la que le falta viveza y picardía. Aunque ya sabemos que el laburante (trabajador), un tipo honesto, gente que cumple las normas, termina siendo sinónimo de gil. Pero un día el abuso al que estamos acostumbrados los giles se convierte en una verdadera patada en los dientes y uno dice ¡basta! y se encuentra haciendo algo que nunca se hubiese imaginado capaz de hacer”.

Aunque su estreno en el cine fue hace dos años (justo antes del confinamiento), acaba de aterrizar en Netflix “La Odisea de los giles”, (Sebastián Borensztein, 2019), una deliciosa y catártica película argentina basada en la novela “La noche de la Usina” de Eduardo Sacheri (Premio Alfaguara 2016) y protagonizada por el infatigable Ricardo Darín, omnipresente en todas las producciones de éxito de su país, cuya temática se inspira en los estragos materiales y emocionales que provocó lo que se conoce como “el corralito”. Cuando, en 2001, cientos de ciudadanos vieron desvanecerse sus ahorros de toda una vida de un día para otro, debido a la quiebra del sistema bancario decretada por el gobierno de Fernando de la Rúa.

Una situación límite que afecta de lleno a los personajes principales de la historia: Fermín Perlassi (Ricardo Darín), vieja gloria del fútbol regional que ahora regenta una gasolinera junto a su entusiasta mujer, Lidia (poderosa y convincente, Verónica Llinás), y su buen amigo Antonio Fontana (Luis Brandoni), funcionario retirado, de espíritu anarquista y fiel seguidor de las enseñanzas de Bakunin, dedicado a la reparación de neumáticos, quienes acaban de reunir cierta cantidad de dinero destinada a crear una cooperativa de acopio de grano que haga reflotar la maltrecha y deprimida economía de Alsina, la pequeña localidad de la provincia de Buenos Aires en la que viven.

Tras comprometer sus propios ahorros en el proyecto, entre los tres logran convencer a algunos de sus vecinos de que hagan lo mismo, para poder comprar el terreno en el que funcionará la cooperativa, una vieja instalación agrícola en ruinas bautizada como “La Metódica”. Pero, incluso con el apoyo de la empresaria más exitosa del lugar (Carmen Largio), les falta la mitad de los 350.000 dólares que deben juntar. Así que se ven obligados a solicitar un préstamo al banco, para lo que el gerente les exige depositar lo que tienen en una cuenta.

El problema es que esto sucede en vísperas del llamado “corralito”, por lo que los sueños de estos humildes trabajadores se diluyen en el momento en el que ya no pueden acceder a sus ahorros.

Un escenario aterrador que esperemos no tener que vivir nunca, sobre todo ahora que ya no es viable tener dinero en efectivo guardado bajo el colchón y que, gracias al exceso de celo de los gobiernos y sus respectivos organismos recaudadores, empeñados en rastrear y controlar hasta el último céntimo de nuestros bienes, los ciudadanos somos cada vez más rehenes de los bancos que nos imponen sus cláusulas y comisiones abusivas. Entidades privadas que son rescatadas con dinero público a fondo perdido y que, sin embargo, cuando ocurre un colapso o debacle económica, no siempre responden por el dinero de sus ahorristas que, como en Argentina o en Grecia, queda confiscado sine die.

Como en el viejo refrán que vaticina que “al perro flaco todo son pulgas”, Fermín y Lidia intentan pedir explicaciones en su banco sin éxito y, en el viaje de regreso a casa, un fatídico accidente termina con la vida de ésta, sumiendo a Perlassi en una profunda depresión, de la que no consigue salir hasta un año después, cuando Fontana y su compadre Belaúnde (Daniel Aráoz), peronista, mecánico y jefe de la cerrada estación de tren, le ponen al corriente de lo que accidentalmente han descubierto.

Al parecer, poco antes de que se declarara el corralito, y a sabiendas de lo que venía debido al acceso a información privilegiada del que suelen gozar los altos directivos de las entidades financieras, el gerente del banco hizo un trato con el inescrupuloso abogado Fortunato Manzi (Andrés Parra), prestándole todos los dólares de los que este disponía, incluidos los fondos para la cooperativa y el dinero de otros ahorristas.

Para guardarlos a buen recaudo, el ambicioso Manzi manda a construir una bóveda acorazada en mitad del campo. Por lo que, entre todos, deciden trazar un plan para robar al ladrón y recuperar lo que es suyo.

Más que a un simple instinto de venganza, la incomprensión inicial por lo sucedido da paso a la rabia y al deseo catártico de hacer justicia, pues lo que se proponen estas personas con el rocambolesco plan que pergeñan, con explosiones y espionaje incluidos, al más puro estilo de Ocean’s Eleven (Steven Soderbergh, 2001) o de How to Steal a Million (William Wyler, 1966), no es enriquecerse a costa de otros (como han hecho los corruptos y especuladores que les han despojado de sus bienes), sino recuperar lo que les pertenece y castigar a los responsables. Así, se organizan en un escuadrón popular, donde falta pericia delictiva, pero sobra compañerismo y lealtad.

En definitiva, se trata de una sátira costumbrista de interés social, que combina sabiamente el drama y el humor, recuperando el viejo espíritu del anarco-colectivismo y la unión de la clase obrera (“El individuo por encima del Estado y de las instituciones. El hombre que toma las riendas de su destino…”, como explica Fontana, arengando a sus compañeros).

No en vano el descontento social, unido a una total falta de confianza en las instituciones, a la frustración, la impotencia y la incertidumbre ante una situación desesperada de presente y de futuro, es el mejor caldo de cultivo para despertar el ingenio popular.

Lo que se plantea es que hasta los «giles», tipos simples, ignorantes e incautos, trabajadores pobres pero honrados, predestinados a ser perdedores natos, una vez que lo han perdido todo, son capaces de despertar de su letargo y de unirse para trabajar conjuntamente en pro de sus intereses, lanzando una advertencia a los guardianes del sistema de cómo, a partir de una situación de profunda crisis económica y de explotación límite, cuando lo inmoral se vuelve legal y no existe manera de que la protesta ciudadana sea efectiva —ya que la queja no está institucionalizada— la reacción del colectivo social no solo puede ser imprevisible y llegar a ser temeraria, sino que tendría todo el sentido y la legitimidad que así fuera.

Título original: La odisea de los giles

Año: 2019

Duración: 116 min.

País: Argentina

Dirección: Sebastián Borensztein

Guión: Sebastián Borensztein, Eduardo Sacheri. Novela: Eduardo Sacheri

Música: Federico Jusid

Fotografía: Rodrigo Pulpeiro

Reparto: Ricardo Darín, Luis Brandoni, Chino Darín, Verónica Llinás, Daniel Aráoz, Carlos Belloso, Rita Cortese, Andrés Parra, Marco Antonio Caponi, Ailín Zaninovich, Alejandro Gigena, Guillermo Jacubowicz, Luciano Cazaux

Productora: K&S Films, Mod Producciones, Kenya Films

Género: Comedia dramática. Venganza. Comedia negra. Robos & Atracos

LAS COSAS QUE DECIMOS, LAS COSAS QUE HACEMOS

Desde su propio título “Las cosas que decimos, las cosas que hacemos” (“The Things We Say, the Things We Do”/“Les Choses qu’on dit, les choses qu’on fait”), la película de Emmanuel Mouret nos anuncia la paradoja que subyace en la pretensión misma de teorizar acerca de algo tan complejo, intangible, irracional, impredecible e inconstante como el amor romántico, a menudo confundido con el deseo y la pasión, o con algo aún peor, como el intento de elevarlo espiritualmente. Como si, para que fuese real, el amor tuviera que ser un sentimiento virtuoso y desinteresado, que antepone la felicidad del otro a la propia, renunciando al deseo de posesión del ser amado; o convertirse en platónica resignación, claudicando a las ataduras y convenciones sociales, que hacen imposible su disfrute y realización plenas sin dañar a otros.

De todo eso va esta gozosa comedia romántica, estrenada con enorme éxito en Francia (archipremiada con los César y los Lumiere), cuyo protagonista masculino Maxime (Niels Schneider) es sin duda una proyección de su propio director y guionista, disculpándose ya desde la escena inicial por aspirar a ser “un escritor de sentimientos”, algo tan poco interesante en nuestros días. A lo que su antagonista femenina, Daphné (maravillosa Camélia Jordana) le replica tranquilizadora que “eso nunca se sabe y que la mayoría de la gente que se cree interesante realmente no lo es”.

Este aspirante a escritor que se gana la vida haciendo traducciones, es primo de François (Vincent Macaigne), actual pareja de Daphné, embarazada de tres meses, quien le recibe en su casa de campo sola pues, por motivos de trabajo, François tardará unos días en volver de París. Así que ambos deciden hacer algo de turismo local y contarse sus vidas mientras le esperan. Sin pretenderlo, se irán conociendo (y enamorando) a través del relato de sus experiencias amorosas pasadas, construyendo un gran puzzle íntimo y sentimental, en el que se exploran temas como el desamor, la fidelidad, el sexo, los celos o la amistad, siempre bajo la premisa de observar sin juzgar a los protagonistas, en sus constantes contradicciones.

En este sentido, la narrativa de la película recuerda al mejor cine francés de Rohmer, Truffaut o Resnais, pero también a algunas de las mejores cintas de Woody Allen, por su habilidad para entrelazar historias y personajes de manera intencionadamente casual.

Así sabemos que Maxime estaba teniendo un affaire con una mujer casada, Victoire (Julia Piaton), sin sospechar que era la hermana de Sandra (Jenna Thiam), una antigua compañera de clase de quien ha estado siempre enamorado y con quien mantiene aún una tensión sexual no resuelta. Al reencontrarse al cabo de los años, Maxime le presenta a Sandra a su mejor amigo y compañero de piso, Gaspard (Guillaume Gouix), sin imaginar que entre ellos iba a surgir una atracción inmediata espoleada por el contraste de pareceres y caracteres, que los llevará a iniciar una tórrida relación pasional en la cual, sin saber cómo, termina siendo incluido, para acabar con el corazón hecho añicos confirmándose la máxima de que “en el amor, tres son multitud”.

Por su parte, Daphné le cuenta que estaba enamorada de David (Louis-Do de Lencquesaing), un realizador viudo, para el cual trabajaba montando sus documentales, confundiendo las señales de su interés en ella, que termina siendo meramente profesional y no sentimental como había fantaseado. Despechada, conoce a François, el primo de Maxime, y se va a la cama con él, sin intención de que su relación vaya más allá del rollo de una noche, a sabiendas de que está casado. Pero la cosa se complica cuando éste se enamora perdidamente de ella y su mujer, Louise (Èmilie Duquenne), decide dejarlo, en un gesto menos altruista de lo que inicialmente parece.

Con un ánimo más expositivo que crítico y con la dosis de humor justa, propiciada por ese cúmulo de casualidades que sirve de hilo conductor al relato, pero sin permitirse caer en el tópico de la comedia de enredo, Mouret nos va contando una historia absolutamente contemporánea acerca del mundo de las relaciones sentimentales, subrayando el tono de determinadas escenas con exquisitos fragmentos de la música de Chopin, Debussy, Mozart, Offenbach, Satie o Poulenc.

Sin ser la obra definitiva sobre el amor, que dada la complejidad del tema seguramente jamás llegará a escribirse, la película abarca un amplio catálogo de situaciones y reflexiones, en las que la idea romántica del amor que culturalmente hemos recibido (y que, como sabiamente explica uno de sus personajes, es como “una segunda piel de la que resulta imposible de deshacerse”) condiciona de manera decisiva la forma en la que nos relacionamos a ese nivel y, más aún, la forma en la que hablamos de nuestras relaciones, como si estuviésemos escribiendo la novela de nuestra propia vida a medida que la verbalizamos.

En palabras de Sergi Sánchez: “El amor nos hace personajes. Solo cuando lo contamos –es decir, cuando lo inventamos– se hace verdadero. Por eso los protagonistas de esta magnífica película explican sus historias de amor en clave de muñeca rusa infinita, sacando de la chistera tramas y subtramas para poner en escena no tanto la fragilidad de los sentimientos, sino también su inconsistencia. Queremos amar, pero nunca sabremos cómo. La teoría del deseo mimético que gravita sobre esta pandilla se traduce, gracias a la inteligencia de la propuesta de Mouret, en la repetición de gestos, dinámicas, traiciones y azares”.

«Deseamos el deseo de otra persona», como explica Daphné en una conversación en la que aparece esta teoría del filósofo francés René Girard, que ella conoce por un documental que montó y que explicaría por qué, por ejemplo, una persona adúltera siente revivir su atracción por la pareja a la que ha sido infiel, cuando esta despierta el interés de un tercero.

Para el crítico de La Razón: “Deseamos porque nos desean, algo tan volátil como envidiable«. Y que ya se exponía en «Amelie» (otro título inolvidable del cine francés, de cuyo estreno se cumplen precisamente ahora veinte años), cuando Amelie Poulain (Audrey Tautou, en el mejor papel de su carrera artística), empeñada en mejorar la vida de cuantos le rodean, intenta liar a la estanquera hipocondríaca, Georgette (Isabelle Nanty) y al macarra despechado, Joseph (Dominique Pinon), haciéndoles creer que el uno está interesado en la otra, y viceversa.

Huelga decir que «Las cosas que decimos, las cosas que hacemos» está muy lejos de la genialidad narrativa y estética de la legendaria obra de Jean-Pierre Jeunet, pero es una película solvente, pausada y bien contada, pese a sus constantes saltos temporales. Una historia para amantes del ritmo reflexivo del cine francés, con un punto de ironía contemporánea.

Título original: "Les choses qu'on dit, les choses qu'on fait aka" 

Año: 2020

Duración: 122 min.

País: Francia

Dirección y Guión: Emmanuel Mouret


Fotografía: Laurent Desmet

Reparto: 
Camélia Jordana, Niels Schneider, Vincent Macaigne, Jenna Thiam, Émilie Dequenne, Guillaume Gouix, Julia Piaton, Jean-Baptiste Anoumon, Fanny Gatibelza, Claude Pommereau, Louis-Do de Lencquesaing, Milla Savarese, Lise Lomi

Productora: Moby Dick Films, Canal+, Ciné+

Género: "Dramedia" romántica

EL METODO KOMINSKY

Hay una escena en el episodio 5 (“Cerca, lejos, dondequiera que estés”) de la tercera y última temporada de “El método Kominsky” que contiene tanta emotividad, sabiduría y verdad, que casi resulta hiriente. Dolorosa, como duele todo lo que es irremediable, como los peores presagios y las certezas que nos incomodan, aunque te las encuentres en mitad del guión de una sitcom de gran éxito. Aquella serie que Netflix estrenó en 2018, sobre un actor septuagenario, cuya carrera nunca llegó a funcionar del todo, por lo que se gana la vida dando clases de interpretación, y su representante, recientemente enviudado, pesimista y cascarrabias.

La escena a la que me refiero es una en la que Sandy (portentoso Michael Douglas, en su mejor versión de sí mismo pese a su avanzada edad, o quizá gracias a ello) les explica a sus alumnos, la enorme dificultad que entraña representar lo que realmente se siente cuando se está a las puertas de la muerte. 

“Os estoy pidiendo que penséis en qué ocurre de verdad en esos últimos momentos. No me estoy refiriendo a una muerte violenta. Me refiero a cuando sabes lo que viene, cuando te has rendido por completo al truco de magia final, cuando nos vamos del todo, completamente. Me he sentado junto a la cama y he cogido las manos de amigos y seres queridos exhalando su último suspiro y os aseguro que el soliloquio dramático al final de la vida es un puro y absoluto sin sentido. Si se dice algo es interno. Casi puedes oírlo. Mantienen una conversación interna llena de incredulidad y asombro, porque su vida ha llegado a su fin. Apenas se dan cuenta de que estás ahí. Para ellos los vivos son irrelevantes. Así que, si alguna vez tenéis que interpretar una escena así, enfocadla con reverencia, consideradla sagrada, aseguraros de que reciba vuestro máximo cuidado y respeto”, aconseja el viejo profesor, con lágrimas en los ojos, a los jóvenes aspirantes a actores y actrices, sin poder contener la emoción que lo embarga. Y cualquiera que haya perdido a un ser querido en circunstancias similares, a nada que haya sido un poco observador en ese trance final, puede dar fe de que lo que dice es cierto.

Es en ello donde radica la grandeza de esta serie, en su enorme acierto al abordar, con naturalidad y familiaridad, la naturaleza y la inevitabilidad de la vejez y de la muerte (dos temas espinosos, para una sociedad apuntalada en el culto a la belleza, la juventud y el hedonismo), consiguiendo un difícil y perfecto equilibrio entre el dramatismo y el sentido del humor al retratar el ocaso de la existencia humana en toda su dimensión tragicómica, gracias en buena medida al sarcasmo de sus guionistas (que trasciende con mucho los chistes de viagras y próstatas, sin renunciar a ellos) y a la maestría de un elenco encabezado por actores y actrices veteranos, quienes fueran en otro tiempo grandes celebridades de Hollywood.

No lo tenía fácil Chuck Lorre, su creador, (artífice de otros éxitos televisivos como “The Big Bang Theory” y “Dos hombres y medio”) para escribir el colofón de una ficción tan inteligente, como exigente, sin contar con la que había sido, en las dos temporadas anteriores, una de sus piezas clave. La ausencia de Alan Arkin (el malhumorado representante de actores, Norman Newlander), quien se descabalgó de la producción al finalizar la segunda temporada, amenazaba con dar al traste con la esencia de la serie, pues “El método Kominsky” descansaba sobre todo en la singular y entrañable relación de esa especie de “Extraña Pareja”, a lo Matthau y Lemmon, que componía su prestigiosa dupla protagonista, Michael Douglas y Alan Arkin. El agente y el actor reciclado en profesor. Sin Newlander no hay Kominsky.

Sin embargo, la necesidad de matar a Norman en la ficción, para justificar la ausencia de Arkin en el show, ha terminado siendo el acicate ideal para encontrar el cierre perfecto y darle un final lógico a una serie que no merecía otra cosa más que una digna despedida, después de haber obtenido dos merecidos Globos de Oro, uno de ellos a la mejor comedia en su primera temporada.

Casi inevitablemente, esta tercera y última temporada de “El Método Kominsky” va sobre la muerte. De hecho, se inicia con las palabras de Sandy durante el peculiar funeral de su inseparable amigo Norman (un judío muy poco ortodoxo) y acaba con la de su primera ex esposa, la Dra. Roz Volander (una irreconocible Kathleen Turner, otrora sex simbol del cine estadounidense, gracias a su trabajo en películas como “El cartero siempre llama dos veces”, “Fuego en el cuerpo”, con quien Douglas mantiene una química especial tras haber coprotagonizado varios éxitos a lo largo de sus respectivas carreras, como «La guerra de los Rose« o «La joya del Nilo«). Destacada activista de Médicos Sin Fronteras y madre de Mindy (Sarah Baker), Roz decide regresar junto a su ex marido y su única hija, para ayudarla a organizar su boda, sin contarle que sufre una leucemia en estado muy avanzado.

Sin dejar a un lado la comedia presente en ciertas situaciones hilarantes que tienen que ver con el papel de albacea de la cuantiosa herencia que Norman le deja a su hija Phoebe (Lisa Edelstein), una ex yonqui rehabilitada, y a su nieto (Haley Joel Osment), miembro de la Iglesia de la Cienciología, y que Sandy debe administrar con mano férrea para evitar que la malgasten; con su fortuito revolcón con una escort rusa que tiene un perro cuyo nombre (Irving) es igual al segundo nombre de su amigo, lo que interpreta como una señal de su reencarnación en perro; o con las desavenencias que surgen por la gran diferencia de edad entre Mindy y su novio Martin (Paul Reiser), sometido por una madre metomentodo y bocazas… esta tercera y última temporada de la serie que, como anteriores ocasiones en las que pudimos ver a Jay Leno o Dany Devito, incluye cameos de lujo con actores o directores que se interpretan a sí mismos, como Morgan Freeman o Barry Levinson, habla sobre todo de emociones, de reconciliaciones y despedidas, de cómo dos personas que no funcionaron como pareja pueden reencontrarse y acompañarse en el final de sus vidas, recuperando la complicidad, la admiración, la confianza y el cariño que una vez se tuvieron; y de cómo nunca es tarde para que los sueños se cumplan.

Especialmente conmovedora es la escena en la que Sandy llora frente al cartel de la película sobre “El viejo y el mar” que ha conseguido protagonizar, bajo la dirección de Barry Levinson, siendo casi un actor octogenario y que finalmente logra reflotar su carrera, detenida en el tiempo desde aquella vez en que consiguió ganar un premio Tony siendo aún una joven promesa, justo antes de la bajada final del telón.

Como era de esperar, “El método Kominsky” se despide haciendo un paralelismo entre el final de la vida del actor y el de la propia serie. Una muerte digna, en ambos casos. Una despedida elegante y discreta para una serie ocurrente, sensible y honesta, en la que se cuentan muchas verdades sobre la vida que nos espera cuando lleguemos a viejos. Si es que llegamos. Si no lo habéis hecho ya, tenéis que verla. Está en Netflix.

Título original: "The Kominsky Method" 

Año: 2018-2021

Duración: 25 min por cap.

País: Estados Unidos 

Dirección: Chuck Lorre (Creador), Andy Tennant, Beth McCarthy-Miller, Donald Petrie.

Guion: Chuck Lorre

Música: Jeff Cardoni

Fotografía: Anette Haellmigk

Reparto: Michael Douglas, Alan Arkin, Sarah Baker, Nancy Travis, Jenna Lyng, Casey Thomas Brown, Jane Seymour, Kathleen Turner, Ashleigh LaThrop, Melissa Tang, Emily Osment, Graham Rogers, Susan Sullivan, David Astone, Lisa Edelstein.  

Productora: Chuck Lorre Productions, Netflix, Warner Bros. Television. 

Género: Serie de TV. Vejez/Madurez. Amistad. Comedia dramática

DEJA QUE HABLEN

Steven Soderbergh ha vuelto a hacerlo. El director que reinventara el cine hace tres décadas con ‘Sexo, mentiras y cintas de vídeo‘, se adelantara al futuro con películas como “Contagio”, se especializara en cierto cine de denuncia social con títulos como “Erin Brokovich” o “Efectos secundarios” y, finalmente, consiguiera el Oscar por ‘Traffic‘, ha iniciado un idilio con las plataformas de streaming que, en sus propias palabras, “están haciendo el cine que los estudios no quieren hacer y la gente sí quiere ver”. 

Primero fue “Laundromat, dinero sucio” (Netflix), que el autor define como “una producción de presupuesto medio para gente adulta” y cuyo argumento pivotaba sobre el escándalo del latrocinio a escala mundial que supusieron las revelaciones de los Panamá Papers y ahora este “Deja que hablen” (HBOMAX). Un relato más intimista sobre el proceso creativo de Alice Hughes, célebre escritora de edad avanzada que decide emprender una travesía transoceánica de Nueva York a Londres, a bordo del Queen Mary 2, para recibir un premio literario en compañía de su sobrino (Lucas Hedges), a quien quiere como al hijo que nunca llegó a tener, y de sus dos mejores amigas de juventud, con quienes apenas ha mantenido contacto en las últimas décadas, mientras perfila el borrador de su último libro.

No creo equivocarme al decir que el gran acierto de esta película rodada cámara en mano (mientras los pasajeros reales del crucero hacían de figurantes), estriba en la elección de sus protagonistas. Y no me refiero solo al sello de garantía que da contar (una vez más) con la grandiosa Meryl Streep (¿se puede estar más sublime y tener una voz más seductora, a los 70 años?) como cabeza de cartel. Sino al exquisito reparto que la acompaña, en el que destacan muy especialmente la oscarizada Dianne Wiest (musa de Woody Allen) y la legendaria Candice Bergen.

Ver a estas tres damas de la actuación juntas, en plena madurez interpretativa, representar con tantísima dignidad, elegancia y carácter los papeles que se les han asignado, resulta enormemente gratificante para quienes aún amamos el cine que cuida de la calidad de los diálogos, más que la de los efectos especiales. Especialmente si tenemos en cuenta que buena parte de la película ha sido rodada sin guión.

“Nos daban un resumen de una situación y sabíamos dónde teníamos que terminar. Pero no nos decían cómo llegar allí”, ha explicado divertida Streep en las entrevistas de promoción de la película. Partiendo de un conocimiento exhaustivo de la historia que el director quería contar, así como de la personalidad y la biografía de los personajes, las actrices tenían que decidir qué iban a decir y cómo hacerlo. Una experiencia de improvisación que tanto Bergen como Wiest calificaron de “aterradora” y que consigue, a la vista está, un resultado excelente, como no podía ser de otra forma tratándose de intérpretes de tanto talento.

La lealtad familiar, la amistad, el compromiso, la cultura como entretenimiento o como elevación del espíritu y la traición, son algunos de los grandes temas que toca esta pequeña historia con vocación de trascendencia, nacida de la inquietud de un director que sigue creyendo que el cine puede (y debe) ser la voz que alerte a nuestra conciencia.

Título original: Let Them All Talk

Año: 2020

Duración: 113 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Steven Soderbergh

Guion: Deborah Eisenberg

Música: Thomas Newman

Fotografía: Steven Soderbergh

Reparto: Meryl Streep, Dianne Wiest, Candice Bergen, Lucas Hedges, Gemma Chan, Saskia Larsen, Pete Meads, Christopher Fitzgerald, Mary Catherine Garrison, Elna Baker, Samia Finnerty, Fred Hechinger, David Siegel, David Shepard, Stephanie Phippen, Dominic Crisonino, Mike Doyle, John Douglas Thompson, Daniel Algrant, Barbara Rickard, Haydn Rickard, Andrea Kaiser, Al Gwilt

Compañías: Extension 765, HBO, Warner Bros., LS Productions. HBO Max.

Género: Comedia dramática. Road Movie. Literatura

RIFKIN´S FESTIVAL

Quien vaya a ver “Rifkin´s Festival”, la última película de Woody Allen rodada en Donostia, esperando encontrarse con alguna novedad, no sólo va a salir decepcionado, sino que probablemente empezará a hablar del “ocaso” del genio, como he leído en alguna crítica malévola, haciendo alusión a que son ya 84 años y bla bla bla…

No es mi caso. Pese a haber visto -y coleccionado- toda su filmografía, encuentro fascinante la fidelidad del director neoyorquino por recrearse, una y otra vez, en sus propias obsesiones, las que le han hecho ser quien es y llegar hasta donde ha llegado.

En esta película está de nuevo todo ese universo: la erosión que el tiempo provoca en el matrimonio, la infidelidad, la hipocondría, el falso compromiso transformador de la industria cultural y cinematográfica actual frente a las grandes preguntas existenciales que debe hacerse un verdadero intelectual, la crítica al judaísmo y al catolicismo, la ausencia de fe, el miedo a parecer pedante, a ser un fracasado, a no resultar demasiado brillante o ingenioso, ni demasiado atractivo, guapo o apasionado, la necesidad de hacer balance y encontrarse a sí mismo una vez llegados a una edad respetable… y todo ello envuelto para regalo por el director de fotografía Vittorio Storaro que baña la playa de la Concha y sus alrededores de bucólicos ocres y sutiles amarillos de postal, para que la acción trascurra en un eterno atardecer otoñal.

No creo que sea la mejor película de Woody Allen, de hecho he de confesar que hay situaciones de la trama que me chirrían, como todo lo relacionado con la historia personal de la cardióloga que interpreta Elena Anaya, demasiado bohemia para resultar creíble.

En general, no termino de ver a los personajes ni a los actores españoles integrados en el casting, algo que ya me paso con «Vicky, Cristina, Barcelona«. Los encuentro excesivamente caricaturescos.

De la película me quedo con el divertido homenaje que Allen dedica a los grandes cineastas europeos que son objeto de su devoción: Fellini, Bergman, Buñuel, Truffaut… al fin y al cabo, ellos también tenían sus propias obsesiones y complejos.

Título original: "Rifkin's Festival"

Año: 2020

Duración: 92 min.

País: Estados Unidos-España-Italia

Dirección: Woody Allen

Guion: Woody Allen

Música: Stephane Wrembel

Fotografía: Vittorio Storaro

Reparto: Wallace Shawn, Gina Gershon, Elena Anaya, Louis Garrel, Christoph Waltz, Sergi López, Richard Kind, Nathalie Poza, Douglas McGrath, Steve Guttenberg, Enrique Arce, Tammy Blanchard, Damian Chapa, Georgina Amorós, Yan Tual, Bobby Slayton, Andrea Trepat, Ben Temple, Luz Cipriota, Karina Kolokolchykova, Elena Sanz, Carmen Salta, Manu Fullola, Isabel García Lorca, Ken Appledorn, Rick Zingale, Godeliv Van den Brandt, Natalia Dicenta, Stephanie Figueira, Nick Devlin, Yuri D. Brown, John Sehil

Compañias: Gravier Productions, Mediapro, Wildside

Género: Comedia romántica. Cine dentro del cine.