LA BOLA NEGRA

Lo más honesto que se puede decir después de haber visto “La bola negra” es que la película funciona bastante mejor que el discurso que se ha construido alrededor de ella. Sin la etiqueta de «la primera película gay sobre la Guerra Civil» del cine español, sin la glamourosa carrera hacia los Oscar, sin la machacona invocación a Federico García Lorca como aval de su trascendencia y toda la retórica política que ha acompañado a su presentación, el segundo largometraje de Javier Calvo y Javier Ambrossi resulta más interesante de lo que su propia promoción parece dispuesta a reconocer. El espectador no necesita que le expliquen por qué debe considerarlo importante. Basta con que la película encuentre la manera de demostrarlo. Y a ratos la encuentra, aunque no siempre.

Inspirada en una obra de teatro de Alberto Conejero, quien participó directamente en su adaptación al guion, y en la obra de teatro inacabada que el poeta granadino Federico Garcia Lorca escribió para quien fuera su amante y secretario personal, los Javis han conseguido demostrar que poseen una notable capacidad para construir imágenes de cierta belleza visual y atmósferas cargadas de emoción, pero también una tendencia algo infantil a subrayarlas hasta agotar su significado. En su empeño por convertir tres historias separadas en el tiempo —1932, 1937 y 2017— en un único relato sobre el deseo, la identidad sexual y la represión, todo parece reclamar una intensidad máxima. Cada imagen aspira a convertirse en símbolo y cada sentimiento parece necesitar una explicación adicional.

El comienzo es prometedor. En una remota aldea rural, una improvisada banda de músicos y sus pintorescos habitantes esperan con el brazo en alto la llegada de los falangistas. Hay algo (o mucho) de Bienvenido, Mister Marshall en esa estampa costumbrista, en la calma que precede a la tragedia, hasta que la violencia irrumpe desde el cielo. El bombardeo indiscriminado de la aviación italiana, aliada de Franco, convierte el pueblo en una carnicería. Solo sobrevive un joven trompetista que, tras protagonizar una rocambolesca huida ‘monte a través’, se esconde entre las ruinas de una antigua iglesia, donde trepa por el torso asaeteado por flechas de una gigantesca estatua de San Sebastián, para acabar alistándose en el ejército sublevado.

El paralelismo entre el muchacho y el santo, una de las grandes representaciones de la iconografía homoerótica, resulta tan explícito que apenas deja espacio para la interpretación. Sin embargo, la imagen tiene fuerza porque en ella se condensa esa mezcla de deseo, martirio y violencia que recorre la espina dorsal de la película.

Lo mismo sucede cuando unos presos republicanos esperan su fusilamiento antes del amanecer o cuando un prisionero y su carcelero comparten un último abrazo o sus manos se rozan levemente durante el traslado. En esos momentos, la Guerra Civil deja de ser un decorado histórico y se filtra en las relaciones, en los cuerpos malheridos y en las miradas que en esta película tienen una importancia capital. Los Javis han construido una película excesiva, ambiciosa y por momentos desbordada, pero también extraordinariamente consciente de su poder visual. Antes incluso de que uno termine de ordenar sus tres historias, quedan en la memoria algunas miradas, algunos gestos, algunos cuerpos, una canción, la sucia luz de un amanecer y la sensación de que en ella el deseo siempre está a punto de ser descubierto.

Su mejor virtud está ahí: en conseguir que la historia de unos hombres que tuvieron que esconder quiénes eran no se quede en el discurso sobre la memoria histórica o la represión política, sino que se convierta en algo que se ve, se toca y se siente. Su peor defecto: no saber entender que algunas de sus imágenes hablan por sí solas y no dejarlas respirar, ahogándolas con verborrea innecesaria o con música, para subrayar su significado y el impacto emocional que se quiere conseguir. El miedo no necesita grandes discursos; basta con saber qué puede ocurrirles a quienes se desean en un mundo que considera la homosexualidad algo sucio o pecaminoso.

Como sus propios autores han reconocido, la película está plagada de referencias cinematográficas y no todas resultan igual de felices. Aparte de la ya comentada escena inicial que recuerda deliberadamente a Berlanga. aparecen otras secuencias que nos remiten a El paciente inglés o que pretenden emular a Sorrentino. Como el trávelin en el mirador de Granada que se fija en un grupo de marines que parecen modelos de un anuncio de Martini o esa otra en la que una docena de musculosos soldados falangistas juguetean desnudos en una playa y que culmina con el escupitajo en la boca del cadáver de un prisionero republicano seguido de un derroche de fuegos artificiales. Escenas que llevan el artificio demasiado lejos, erotizan la violencia fascista y ponen a la película en un plano de frivolidad innecesario.

No se trata de exigir realismo a una obra que se mueve deliberadamente entre la historia y la ensoñación, sino de preguntarse qué aporta cada uno de esos excesos a su narrativa. La reivindicación queer es el eje central de la película y, sin duda, una de las razones de su exuberancia. Pero su insistencia termina por resultar algo redundante.

Así lo ve Carlos F. Heredero cuando escribe que “Casi nada más empezar, un joven que más tarde se descubrirá a sí mismo como homosexual, escapa de un ataque de la aviación mussoliniana durante la Guerra Civil española, escalando los musculosos contornos físicos de un gigante San Sebastián atravesado por las flechas, esculpido en mármol entre unas ruinas del lugar. El joven, claro está, se llama Sebastián. En este nivel de obviedad redundante (por no decir sonrojante) nos instala desde el comienzo un film que se reclama poético de manera hiperbólica a lo largo de todo su metraje. Atravesado de principio a fin por una voluntad bigger than life, con ampulosidad formal desaforada, todo en “La bola negra” se quiere intenso y trascendente, monumental y desbordante, en su complicado trenzado narrativo de tres tiempos (1932, 1937 y 2017) que se hacen eco entre sí con la figura de Federico García Lorca como pretexto y bandera de una hiperexplícita reivindicación queer”.

Otros han ido aún más lejos en su crítica señalando que “el universo de los Javis parece condenado a mirarse al ombligo con solemnidad: provocación de escaparate, transgresión domesticada y una estética oscilante entre lo kitsch y lo artificioso que convierte la emoción y el dolor en simple impostura y sensiblería”.

Agus Izquierdo dice por su parte que es “una película alienadoramente solipsista. Ensimismada. Borracha de sí misma. Una brillante idea enterrada bajo un maremágnum hipertrofiado de efectismo y ampulosidad”. Aunque reconoce que, dentro del caos, del ruido y el constante subrayado, aparecen momentos evocadores.

Aun compartiendo el fondo de muchas de esas opiniones, yo destacaría que la película está mejor armada narrativamente de lo que algunas de sus imágenes más aparatosas podrían hacer pensar. Los tres planos temporales en los que se desarrollan las tres historias que cuenta se enlazan con naturalidad y elegancia y la figura de Lorca funciona como una presencia ausente que permite conectar las vidas de hombres separados por varias décadas y sometidos, de distintas maneras, a la misma imposibilidad de vivir en libertad. Pero estoy de acuerdo en que hay ocasiones en que la película parece más preocupada por dejar constancia de lo que quiere denunciar que por explorar a fondo lo que sus personajes pueden sentir.

El reparto contribuye a sostener el conjunto. Se nota que los actores hacen un esfuerzo por resultar creíbles y, en general, puede decirse que lo consiguen. Salvo por pequeños detalles que tienen que ver menos con su interpretación que con cuestiones de producción, como la depilación láser integral que deja al descubierto el desnudo de la estrella de la serie juvenil Élite, al igual que sucede con el resto de jóvenes que muestran sus musculosos y lampiños torsos en la película, algo que no creo que fuese tendencia en 1937.

Pese a su inexperiencia como actor, el cantante Guitarricadelafuente (que interpreta Nieve, el tema central de la banda sonora) logra transmitir, casi sin pronunciar palabra, el miedo, la fragilidad, la inocencia y la confusión que el joven Sebastián siente respecto a los sentimientos que despierta en él el prisionero al que le toca vigilar, que no es otro que Rafael Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeu), a quien Lorca llamaba “tres erres” por sus iniciales. Un apuesto ingeniero de minas, futbolista, actor, militante socialista y secretario de La Barraca, la compañía universitaria de teatro clásico formada en La Residencia de estudiantes de Madrid durante la Segunda República.

Hay algo que despierta una gran ternura, a medida en que el jovencísimo Sebastián toma conciencia de su propio deseo ante la contemplación del cuerpo malherido del teniente republicano.

Carlos González realiza asimismo una más que solvente interpretación como Alberto, el joven historiador que descubre sin proponérselo la vida secreta de su abuelo, custodio involuntario del guion inacabado que el malogrado escritor granadino escribió para su amante antes de ser fusilado. Su actuación es, de hecho, de las más convincentes y creíbles de la película. Junto con el de quien hace de su madre, la actriz Lola Dueñas que encarna a Teresa, una madre yonqui, consumida por los resentimientos y por el abandono que ella misma sufrió de niña de parte de su padre, cuyas razones no llega a entender hasta después de muerto.

Pero quien mejor aprovecha su tiempo en pantalla es, sin duda, Penélope Cruz metida en la piel de la deliciosa Nené, una cupletista que parece haber aprendido a sobrevivir a fuerza de descaro, consciente de que la fantasía y el arte todavía son el último reducto donde está permitido imaginar otras vidas cuando la cruda realidad se nos echa encima y nos impone sus límites. Lástima que una intuición tan sugerente quede rematada por una de esas frases redondas que los Javis parecen incapaces de ahorrarse: «El travestismo es la fantasía de la posibilidad y la guerra es todo lo contrario».

Ambos personajes femeninos introducen una humanidad que por momentos contrasta con la solemnidad del conjunto. No así el de Glenn Close, cuya fugaz aparición como una historiadora estadounidense interesada en la figura de Lorca resulta totalmente impostada, prescindible y un punto snob. Una concesión al discurso woke que parece responder más a las expectativas de la Academia de Hollywood que a las necesidades de la propia historia.

De las tres líneas narrativas, la de Carlos, el joven señorito granadino que es rechazado por “las fuerzas vivas” (curas, militares y civiles falangistas) que controlan la junta directiva del Casino de su ciudad en un sistema de votación que da su título a la película por decirse de él que anda con «rojos y maricones» es, en mi opinión, la que más flaquea. La atmósfera de lirismo onírico que los directores buscan imprimirle deriva a ratos en una estilización pretenciosa, especialmente en la escena del baile, coreografiada al milímetro, en el bar frecuentado por personajes de la peor calaña al que acude con furtiva asiduidad. El resultado es tan artificioso como absurdo. El desenlace en la nieve, sin embargo, tiene una sensibilidad poética y una belleza formal que permiten cerrar esa historia con una ambigüedad que el resto de la secuencia no siempre alcanza.

En definitiva, “La bola negra” es una película bien armada narrativamente, aunque no siempre sabe contener su afán de trascendencia. Con 159 minutazos de metraje sus directores se ven desbordados en su ambición de querer abarcar demasiadas cosas a la vez. Hay belleza y escenas que se graban en la memoria; pero también hay exceso, reiteración, metáforas de parbulario y excesiva verborrea. El propio hecho de que la película esté rodada en 35 mm. en un formato con los bordes redondeados para dar al encuadre una apariencia de postal antigua resulta es una idea bastante manida, al igual que el paso del color al blanco y negro en el flash back en donde el espíritu de Lorca se hace al fin carne mortal, a través del personaje encarnado en Alberto Cortés. No es una película fallida, pero tampoco una obra tan redonda como su aparato promocional pretende hacernos creer.

Los Javis encuentran su mejor cine cuando dejan que las imágenes respiren y los personajes existan sin convertirse en portavoces de una ideología, cuando un hombre trepa por una estatua, dos cuerpos se buscan en la oscuridad o unos presos aguardan a ser fusilados al alba. El deseo, la violencia y el miedo están ahí. Todo lo demás sobra.

Screenshot
Título original: La bola negra
Año: 2026
Duración: 159 min.
País: España
Dirección: Javier Calvo y Javier Ambrossi
Guion: Javier Calvo, Javier Ambrossi, Alberto Conejero. Bas. Obra de Teatro de Alberto Conejero y drama inacabado de Federico García Lorca.
Reparto: Guitarrica de la Fuente, Miguel Bernardeau, Carlos González, Milo Quifes, Penélope Cruz, Glenn Close, Lola Dueñas, Antonio de la Torre, Alberto Cortés, Albert Pla, Lorenzo Zurzolo, Natalia de Molina…
Fotografía: Gris Jordana
Música: Raül Refree
Compañías: Suma Content, Movistar Plus+, El Deseo, Le Pacte, Atresmedia Cine. Elastica Films, Movistar Plus+
Género: Drama. Romance. Homosexualidad. Años 30. Guerra Civil Española. Literatura. Federico García Lorca.
as

LA HISTORIA DEL SONIDO

La historia del sonido, la película de Oliver Hermanus, escrita por Ben Shattuck a partir de su propio relato, tiene una preciosa historia que contar y una manera bastante poco estimulante de contarla.

Todo comienza en 1917. Lionel Worthing (Paul Mescal) un joven americano de origen humilde y extraordinario oído musical, criado por sus padres en una granja de Kentucky, recibe una beca para estudiar en el Conservatorio de Boston donde conoce a David White (Josh O´Connor), un estudiante de composición procedente de Nueva Inglaterra, cuyos origenes se adivinan bastante más acomodados ese a ser huérfano desde niño.

Cuando se conocen en un bar frecuentado por universitarios, a ambos los une su pasión por la música popular estadounidense y esa misma noche inician una relación homosexual con encuentros cada vez menos esporádicos, hasta que la guerra los separa. David se alista para ir al frente en la I Guerra Mundial y Lionel regresa a la granja familiar, junto a sus padres.

Cuando vuelven a encontrarse en 1920, emprenden un viaje juntos por las zonas rurales de Maine para recoger y grabar canciones populares intentado preservar ese acervo cultural del olvido.

Acampan al raso y van de poblado en poblado y de casa en casa, escuchando a quienes las han cantado durante generaciones y las inmortalizan mediante un rudimentario sistema de grabación para que aquellas voces anónimas no se pierdan al morir sus dueños.

Entre canción y canción, nace entre ellos una relación que parece predestinada a permanecer también más en la memoria que en la vida real pues, al término de su viaje, David desaparece de la vida de Lionel sin explicación mediante.

Y aquí aparece la cuestión de la memoria frente al tiempo. La película está obsesionada con algo que ya ha desaparecido: las voces, las canciones, las comunidades que las crearon… Todo lo que vemos está condenado a convertirse en recuerdo. Incluso el título tiene algo de trampa. No es tanto la historia del sonido, sino la historia de aquello que el sonido consigue rescatar de la muerte.

Hermanus la cuenta a través de saltos temporales y convierte aquel breve periodo compartido en una especie de centro gravitatorio de la vida de Lionel que de la granja de sus padres en Kentucky viajará a Europa, conocerá otros amores con hombres y mujeres, y obtendrá el éxito y el reconocimiento desarrollando todo su talento musical. Mientras David desaparece de escena, aunque permanezca por siempre en algún lugar de su memoria.

Sobre el papel, cuesta imaginar un material más fértil para una película. Música, memoria, deseo y pérdida, dos hombres que se encuentran en una época que no está preparada para aceptar el amor entre ambos y ninguno de los dos se atreva a ponerle nombre a ese sentimiento. Y, sin embargo, La historia del sonido consigue convertir una historia potencialmente conmovedora en una experiencia emocionalmente plana.

El problema no es que sea lenta, que lo es. Y mucho. El cine puede permitirse toda la lentitud del mundo cuando cada minuto añade algo a lo que nos hace sentir. Pero aquí el tiempo pasa con una parsimonia que no genera tensión ni profundidad. Las escenas se alargan, las miradas se prolongan y los personajes guardan un plomizo silencio.

Apenas hay diálogos y los personajes rara vez explican lo que sienten. Hermanus parece fiarlo todo a la contención y Paul Mescal y Josh O’Connor aceptan el reto. Ambos actores trabajan con una precisión admirable: una mirada, un gesto, una mano que se acerca o se retira. Pero llega un momento en que la sutileza deja de ser una herramienta expresiva y se convierte en una barrera comunicativa. Porque para que el silencio diga algo tiene que haber algo que decir.

Ese es, a mi juicio, el principal problema de La historia del sonido. La película no consigue que percibamos lo que Lionel y David están sintiendo el uno por el otro y no se atreven a decirse. Nos informa de que existe una fuerte conexión entre ambos, pero no llega a hacer que la sintamos, pese a que Mescal y O’Connor están impecables. Especialmente Mescal, que construye a Lionel desde una vulnerabilidad contenida, sin victimizarlo. O’Connor, por su parte, dota a David de una ambigüedad muy atractiva: nunca termina de saberse cuánto está dispuesto a entregar y cuánto se reserva para sí mismo. Entre los dos existe química. Lo que no existe es el espacio dramático necesario para dar rienda suelta a la pasión y que esa química se transforme en emoción. Es como si actuaran con el freno de mano puesto.

La historia del sonido habla de personas que quieren salvar las voces de otros. Pero la película parece olvidar que el espectador también necesita escuchar algo. No necesariamente grandes declaraciones de amor ni escenas melodramáticas. Bastaba con dejarnos entrar un poco más en la verdad de los personajes. Que hubiera conversaciones que revelaran quiénes son esos hombres, qué desean, qué temen, qué esperan de ese breve paréntesis de tiempo que comparten. Que pudiéramos comprender no sólo que se quieren, sino qué encuentran de especial o complementario el uno en el otro y que se comunicaran entre ellos, cosa que apenas hacen.

La película tiene, eso sí, una indiscutible belleza visual. Los paisajes de Maine, la fotografía, las canciones, la textura de las grabaciones antiguas… todo está tratado con una delicadeza casi artesanal. Pero esa perfección formal termina jugando en su contra. Hermanus filma como si tuviera miedo de romper algo. Todo está demasiado medido. Demasiado limpio. Demasiado contenido y coreografiado. Y la emoción necesita a veces un poco de desorden.

Quizá por eso las canciones resultan, paradójicamente, más vivas que la propia historia de amor. Esas voces anónimas, imperfectas, tienen algo que a los taciturnos Lionel y David les falta: una espontaneidad que no parece diseñada de antemano. Cuando alguien canta, la película respira. En cambio cuando los personajes callan, tiene uno la sensación de estar contemplando algo hermoso detrás de un cristal.

El resultado final es una película de una enorme corrección y una emoción mucho más pequeña de la que prometía. Una película que sabe de qué quiere hablar, pero no termina de encontrar la manera de hacernos llegar su mensaje porque no es capaz de hacer que sintamos lo que sus personajes se supone que están sintiendo.

Irónicamente, la historia habla de las cosas que intentamos conservar. Una canción. Una voz. Una persona. Un invierno. Un amor. Todo lo que es susceptible de convertirse en un recuerdo. Y, sin embargo, fracasa estrepitosamente en su intento de dejar huella.

Título original: The History of Sound

Año: 2025

Duración: 127 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Oliver Hermanus

Guion: Ben Shattuck

Reparto: Paul Mescal, Josh O'Connor, Chris Cooper, Emma Canning, Hadley Robinson, Molly Price, Raphael Sbarge.

Fotografía: Alexander Dynan

Compañías: End Cue Production, Fat City, Closer Media, Film Four, Tango Entertainment, Storm City Films, Film i Väst, Filmgate Films. Distribuidora: Universal Pictures, Focus Features

Género: Drama romántico. Homosexualidad. Años 1910-1919. Música. I Guerra Mundial. Años 20.

LA CENA

Madrid. 15 de abril de 1939. El teniente Santiago Medina (Mario Casas), oficial de intendencia del ejército franquista, recibe instrucciones para organizar una cena en honor a Franco y a sus generales en el Hotel Palace de Madrid, para celebrar la victoria del bando nacional a las pocas semanas del final de la Guerra Civil española. Pero Medina tiene un problema y no es solo la falta de marisco. El gran hotel es ahora un hospital de campaña y todos los cocineros y parte del personal de sala están en la cárcel, por rojos.

Basada en La cena de los generales, del dramaturgo vallisoletano José Luis Alonso de Santos, hay algo casi insolente en que una comedia comercial española como la de Manuel Gómez Pereira, escrita con Joaquín Oristrell y Yolanda García Serrano,  se atreva a situar su enredo en un momento histórico tan delicado, con Franco a punto de sentarse a cenar, y decida que lo importante no es la Historia con mayúsculas sino el caos logístico que hay detrás de servir una sopa de pescado caliente a los vencedores. La Cena parte de ese atrevimiento: convertir el final de la Guerra Civil en una comedia de intendencia, donde el problema no es ideológico sino culinario, y donde los verdaderos héroes no empuñan armas sino cucharones requisados y, en lugar de vestir uniformes, llevan delantales.

La premisa funciona porque no intenta disimular su artificio. El teniente Medina, obligado a organizar el banquete de la victoria en el Hotel Palace con sus cocineros encarcelados, se mueve en un universo que mezcla la farsa teatral, la comedia de enredo y un humor negro bastante poco acomplejado. La película no busca el chiste político directo, sino evidenciar el absurdo burocrático del régimen: oficiales que gritan órdenes imposibles, una banda de músicos femenina, marisco inexistente que aparece como por arte de magia gracias al estraperlo y presos a los que hay que vigilar para que no envenenen la comida ni intenten huir mientras salvan la velada. El franquismo aparece como una maquinaria grotesca que solo funciona cuando alguien la sabotea discretamente desde dentro.

El motor cómico de la historia está en la relación que se establece entre Medina y Genaro Palazón (Alberto San Juan), el solícito maître del Palace, dos hombres que no son exactamente disidentes, pero tampoco fanáticos del régimen, con el que colaboran cada uno a su modo, desde la obediencia castrense de Medina; a la elegante supervivencia pragmática de Genaro. Entre ambos se establece una alianza hecha de silencios cómplices, mentiras útiles, atracción sexual no resuelta y un respeto mutuo que convierte la película en algo más que un desfile de caricaturas. La comedia nace de ese equilibrio: saben que el peligro es real, pero también que la única forma de soportarlo es tomárselo con ligereza.

El reparto, en el que brillan actores y actrices de la talla de Nora Hernández, Óscar Lasarte, Elvira Mínguez, Carmen Balagué, Eva Ugarte y hasta Antonio Resines, eleva la cinta con sus apariciones. Pero eso tiene una contrapartida. En apenas hora y media, no hay margen para profundizar en todos ellos, algunos de los cuales se quedan en prometedores esbozos: por ejemplo, nos quedamos sin saber más de la rebelde Juana (Mínguez), cocinera, líder sindical y madre coraje.

La Cena nos habla de la represión que impuso Franco y también de los sentimientos de una sexualidad prohibida. En la línea de JoJo Rabbit, la película utiliza el humor para retratar un instante terrible de la historia, en el que, pese a todo, el amor, la bondad y la lealtad son capaces de abrirse paso.

San Juan convierte al maître en un aristócrata de opereta con nervios de acero, mientras Casas explota su propia imagen en una autoparodia que encaja sorprendentemente bien en el caos general. Asier Etxeandía, como antagonista hiperbólico, en el papel de José Luis Alonso Candelas, oficial de La Falange y superior de Medina, aporta a la situación una amenazante brutalidad, que es a la vez ridícula y peligrosa. Es un psicópata que no duda en sacar la pistola y asesinar a cualquiera que le contradiga. El tipo de villano que parece salido de un tebeo pero que funciona precisamente por ese exceso. Alrededor, secundarios que entran y salen como en un vodevil, manteniendo el ritmo de la chanza argumental con distintas tramas: el plan de fuga de los cocineros, la esposa dispuesta a todo con tal de medrar o la futura maternidad de la cantante… mientras se nos muestran las consecuencias de la Guerra Civil, la miseria de la ciudad y las terribles represalias del bando vencedor.

La película se permite bromas de mariquitas que encajan perfectamente en el contexto histórico, aunque hoy bordearían la incorrección política, y situaciones deliberadamente exageradas, pero lo hace con una falta de solemnidad que desactiva la sensación de oportunismo. No hay voluntad de aleccionar ni de sobrecargar la sátira con intención ideológica; lo que hay es una comedia de enredo que utiliza la dictadura como escenario del absurdo. El resultado recuerda que el humor sobre el franquismo puede surgir no solo del insulto al dictador, sino del retrato de su aparato como una torpe maquinaria sostenida por gente que intenta sobrevivir sin meterse en demasiados líos.

Casas demuestra que no deja de crecer como actor y Alberto San Juan está, como de costumbre, soberbio. Demostrando ser un verdadero titán del género.

La cena no pretende reinventar la comedia española, pero sí demostrar que todavía el género tiene mucho que decir. Es ligera, rápida, algo disparatada y consciente de sus propias trampas. Y, sobre todo, entiende que reírse de un momento oscuro de la historia no implica trivializarlo, sino observarlo desde el ángulo más incómodo: el de quienes, atrapados entre órdenes carentes de toda lógica, solo quieren que todo salga a pedir de boca y que nadie dispare antes del postre.

Título original: La cena

Año: 2025

Duración: 106 min.

País: España

Dirección: Manuel Gómez Pereira

Guion: Joaquín Oristrell, Yolanda García Serrano, Manuel Gómez Pereira. Obra: José Luis Alonso de Santos

Reparto: Mario Casas, Alberto San Juan, Asier Etxeandia, Nora Hernández, Óscar Lasarte, Elvira Mínguez, Carmen Balagué, Eva Ugarte, Martín Páez, Tony Agustí, Ferran Gadea, Eleazar Ortiz, Antonio Resines, Carlos Serrano, Xavi Francés, Gloria March...

Música: Anne-Sophie Versnaeyen

Fotografía: Aitor Mantxola

Compañías: Ikiru, La Terraza, Turanga , Sideral Cinema, Halley Production, RTVE, Movistar Plus+, Crea SGR

Género: Comedia. Posguerra española. Histórico. Cocina

BEGINNERS

En puertas de la celebración del Orgullo Gay, Netflix decidió recuperar para su catálogo, el 15 de junio, una película del año 2010 que, una década después de su estreno, no ha perdido un ápice de vigencia, emoción y originalidad.

Se trata de “Beginners” (Los principiantes) y, aunque adolece de un ritmo expositivo un tanto lento y pausado, que la crítica se ocupó de afearle en su día, vista con la perspectiva del tiempo se da una cuenta de que son muchas más sus virtudes que sus posibles imperfecciones, empezando por la solvencia de su reparto, encabezado por el elegante Cristopher Plumer (eternamente recordado como el Baron Von Trapp de “Sonrisas y lágrimas”) y por ese gran actor que es Edwan McGregor (“Trainspotting”, “Star Wars”, “Lo imposible”, “Moulin Rouge”), dueño de un par de ojos azules que hablan con voz propia.

Junto a ellos, completan el cartel protagónico la francesa Mélanie Laurent (“Ahora me ves…”, “Malditos Bastardos”), cuya química con McGregor traspasa la pantalla y remite por momentos a la fugaz pero intensa relación, cargada de sinceridad, de Ethan Hawke y Julie Delphi, en la primera entrega de la saga de “Antes del Amanecer”; y Arthur, un pequeño y desaliñado chucho, de la raza Jack Russel, cuyos inteligentes pensamientos conocemos a través de subtítulos.

Estrenada en el Festival Internacional de Cine de Toronto, “Beginners” es el segundo largometraje de ficción del cineasta Mike Mills (“Thumbsucker”) -cuya carrera cinematográfica se inició con documentales y videoclips- por el que consiguió varios premios y nominaciones, especialmente gracias a la actuación de Plummer que aquel año ganó el BAFTA, el Globo de Oro y el Oscar como mejor actor de reparto, por su interpretación de Hal Fields. Un personaje honesto y carismático que, según explicó en su día el director, está inspirado en la figura de su propio padre.

Con un guion inteligentemente escrito y una curiosa y eficaz estructura narrativa, que intercala varias líneas temporales mediante continuos flashbacks que se asemejan a la forma en la que se estructura nuestra propia memoria, el director reflexiona sobre la vida y la muerte desde la premisa de que, en las relaciones humanas, todos somos principiantes, para hablarnos de distintos tipos de amor y de las barreras que ponemos en nuestras relaciones a fin de evitar que nos hagan daño o causarlo nosotros.

El peso de la educación recibida juega un papel esencial en este relato familiar, algo atormentado y melancólico, en donde Oliver (McGregor) es un hombre de unos cuarenta años, sensible aunque emocionalmente castrado, que no logra deshacerse de la influencia de su padre y de su madre, una pareja culta de profesionales creativos. Ella (Mary Page Keller), dedicada a la reforma de casas antiguas. El, curador de exposiciones en un museo de arte moderno. Ambos dotados de un poderoso carácter que ha marcado y eclipsado el de su hijo (dibujante de profesión) dificultándole desarrollar una personalidad propia.

Al igual que sucedió en la vida real con el propio padre del director, a sus 75 años el padre de Oliver decide salir del armario tras la muerte de su esposa, declarándose homosexual ante su hijo que encaja la situación con una actitud de respetuosa normalidad.

Dueño de una personalidad arrolladora y decidido a disfrutar de la vida y la clase de amor que no había podido vivir durante su juventud debido a la incomprensión y la represión de la época, al enviudar, Hal publica un anuncio en internet y se busca un novio mucho más joven que él, interpretado por Goran Visnjic (“E.R.: Urgencias”), enrolándose en el activismo por los derechos del colectivo gay. Un proceso en el que se hace acompañar por su único hijo, quien asiste entre atónito y conmovido a los últimos años de vida de su padre, diagnosticado de un cáncer terminal, mientras intenta reconstruir el puzzle de sus recuerdos de infancia, en los que sus progenitores nunca se mostraron como una pareja enamorada, lo que quizá esté en el origen de sus propias inseguridades.

La película repasa algunos hitos para el movimiento LGTBI, como el asesinato de Harvey Milk y la lectura del poema ‘Aullido’, de Allen Ginsberg. Pero, contrariamente a lo que podría imaginarse, la opción sexual del padre de Oliver no ocupa un lugar central en la trama. Se da un trato respetuoso al asunto y se incide en ello en un sentido inequívocamente reivindicativo pero, sin llegar a ser algo anecdótico, no es esto lo que marca el desarrollo de la trama -al menos no lo único- sino la forma de ser del protagonista, un hombre introvertido, marcado por la relación de y con sus padres, incapaz de mantener una relación de amor o de amistad duradera, y a quien le cuesta superar el duelo. Es su propia evolución psicológica y emocional lo que centra el relato.

Una historia cuya acción transcurre en 2003, aunque hay cierta reminiscencia nostálgica hacia los años sesenta y la Nouvelle Vague. Desde el personaje de Anna (Laurent), una actriz de aire enigmático y bohemio, con una vida trashumante (escapando del peso de la figura paterna) y dispuesta a tomar la iniciativa para conquistar a un perfecto desconocido; a la propia estética de la película –la fotografía ocre y los lapsos explicativos con la voz en off de McGregor; las cortinillas de transición en colores planos y vivos, con imágenes de monedas u otros grafismos; o la apelación a fotos de archivo para describir cómo eran las cosas en tal o cual época— pasando por algunas escenas concretas, como la del patinaje en los interiores enmoquetados de un gran hotel o las excentricidades de la madre de Oliver, siempre sola con su hijo.

Aunque la película maneja un fino sentido del humor, muy bien equilibrado, intercalado en escenas románticas muy bellas y bien rodadas, y en originales y vanguardistas recursos visuales, no conviene dejarse engañar por el tono festivo de su cartel anunciador, pues “Beginners” no es precisamente una comedia romántica al uso, sino más bien una película triste e intimista, acorde al mood de la tira de cómics que crea el protagonista (“historia de la tristeza”). Una película conmovedora y emotiva sobre el amor en todas sus formas (incluso perrunas).

Título original: Beginners

Año: 2010

Duración: 105 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Mike Mills

Guion: Mike Mills

Música: Roger Neill, Dave Palmer, Brian Reitzell

Fotografía: Kasper Tuxen

Reparto: Ewan McGregor, Christopher Plummer, Mélanie Laurent, Goran Visnjic, Lou Taylor Pucci, Jodi Long, Kai Lennox, Jessica Elder, Mary Page Keller, Keegan Boos, China Shavers, Melissa Tang

Productora: Focus Features, Olympus Pictures, Parts and Labor

Género: Drama. Romance | Familia. Enfermedad. Homosexualidad. Cine independiente USA. Comedia dramática

THE PROM

the prom

Acabo de ver esto en Netflix y siento una extraña mezcla de decepción y vergüenza ajena.

Meryl Streep, Nicole Kidman… ¿Qué necesidad? Todavía lo entiendo del histriónico y pelota James Corden, que aún debe de estar sin poderse creer el haber compartido cartel con semejantes superestrellas, a quienes a lo máximo que hubiera aspirado hasta ahora es a entrevistar en su coche. ¿Pero dos grandes divas de la actuación como ellas? Su afición y exitosa experiencia en el género de los musicales no parece ser suficiente razón para aceptar protagonizar un film tan mediocre como «The Prom» plagado de estereotipos y moralina pseudoprogre, que desaprovecha y desmerece su enorme talento.

Bajo el pretexto de reivindicar el poder del teatro y la celebridad para transformar el mundo y cambiar (a mejor) la vida de las personas (“no somos monstruos, somos perturbadores culturales”; “un entretenimiento es pasajero, una evasión es curativa”) lo que hace Ryan Murphy -autor de otros desastres cinematográficos, como ‘Recortes de mi vida‘ (2006) o ‘Come, reza, ama‘ (2010)- es pervertir y sabotear el argumento que sirvió de base a un discreto espectáculo estrenado hace un par de años en Broadway, con una adaptación penosa, plagada de tópicos y de un infantilismo conceptual y visual que atenta contra las buenas intenciones que inspiran la película, concebida como un gran musical cinematográfico y que, sin embargo, parece más una secuela de «High School Musical«.

La historia es simple: un grupo de actores teatrales narcisistas y venidos a menos, arruinados por la mala crítica, deciden relanzar su popularidad a través del activismo oportunista, para lo cual eligen al azar “una buena causa” que abanderar, que preferiblemente sea tendencia en las redes sociales. Es así como irrumpen en la reunión de padres de un instituto de Indiana -la América profunda que vota(ba) a Trump- para apoyar públicamente a una estudiante a la que se prohíbe asistir al baile de graduación, tras haberse declarado lesbiana.

A partir de esa premisa, la película desbarra de todas las maneras posibles, abusando de lo obvio de forma grotesca, como la insistencia en utilizar la paleta de colores primarios en un vestuario, maquillaje y decorados increíblemente horteras, en reiterada y manida alusión a la bandera arcoiris y a cierta estética a medio camino entre Barrio Sésamo y el Día del Orgullo Gay.

Pero, siendo esto penoso, lo peor es sin duda la manera tan superficial y hasta ñoña (“happy end” coreografiado incluido) en la que se aborda y se resuelve el que se supone es el nudo dramático -el problema de aceptación al que se enfrentan aun muchos adolescentes al “salir del armario”- que a menudo queda eclipsado por el exceso de artificio y el inevitable peso que las celebridades y sus respectivos números musicales de lucimiento tienen en el desarrollo argumental, así como por unas canciones insulsas a más no poder que, como apoyo al desarrollo de la historia, dejan mucho que desear.

En definitiva, de todo lo visto y leído acerca de ella, me quedo con las duras pero merecidas palabras que Alejandro Alegré le dedicaba en El Confidencial y que suscribo de principio a fin: “The Prom trata —entre otras cosas—de rendir homenaje a la magia del teatro, y para ello no solo recurre al descuido narrativo, la falsedad emocional, la fealdad visual y la superioridad moral, sino que además es una película tan chillona a la hora de predicar la tolerancia que llega a resultar difícilmente tolerable. En última instancia, el tratamiento que da al problema de la homofobia y el fundamentalismo es tan simplista y genérico, tan orgullosamente ajeno a los problemas reales que la comunidad LGTBI sigue sufriendo en muchos lugares, que al final acaba pareciéndose demasiado a los vanidosos actores de Broadway que la protagonizan y adoptando la misma actitud deshonesta (yo añadiría oportunista) y autocomplaciente que trata de ridiculizar”.

FICHA TÉCNICA:

Título original: The Prom

Año: 2020

Duración: 131 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Ryan Murphy

Guion: Jack Viertel (Basado en el musical de Chad Beguelin, Bob Martin)

Música: Matthew Sklar

Fotografía: Matthew Libatique
Reparto:
Meryl Streep, Nicole Kidman, James Corden, Andrew Rannells, Kerry Washington, Keegan-Michael Key, Kevin Chamberlin, Nico Greetham, Jo Ellen Pellman, Logan Riley Hassel, Ariana DeBose, Monroe Cline, Nathaniel J. Potvin, Kiara T. Romero, Briana Price, Ryan Kendrick, Tori Kostic, Jillana Laufer, Sydney Cope, Chelsea Corp, Jeni Jones, Erica Lynn, Sofia Deler, Donyea Martin, Jade Patteri, Marcus Bailey, Joe Abraham, Morgan Dudley, Annie Ruby, Matthew Moseley, David Eby, Sierra Puett, Tasha Casberg, Anna Berg, Jeffrey Lynn White Jr.

Productora: Netflix, Ryan Murphy Productions (Distribuidora: Netflix)

Género: Musical. Comedia. Drama | Homosexualidad