THE CROWN. CUARTA TEMPORADA

Recién he terminado de ver la cuarta temporada de «The Crown», ese gran portento narrativo con el que Netflix está consiguiendo que, incluso quienes nos declaramos radicalmente republicanos, empaticemos con la familia real británica, cual si de personajes de un cuento de Dickens se tratara, presentándola como un desdichado conjunto de seres humanos, que nacen, viven y mueren como auténticos rehenes de la institución monárquica, condenados a honrarla, representarla y perpetuarla incluso por encima de sí mismos y de su propia felicidad personal.

Hace poco leí un artículo en el que se nos advertía de que no nos dejásemos engañar por los guionistas de la serie pues, aún haciendo un repaso histórico de primer nivel, extraordinariamente bien documentado, los hechos que se exponen en ella están obviamente novelados, en beneficio de que cuente con todos los ingredientes que se supone debe tener un buen drama de ficción, que es lo que al final es «The Crown», en un sentido magistral, y no una lección de Historia en sentido literal, como si la Historia que se consagra en los libros y se cuenta en las escuelas estuviese libre de interesadas interpretaciones.

En todo caso, conviene tener en cuenta la advertencia pues, si bien es verdad que la serie traza un perfil psicológico algo retorcido de los miembros de la Casa de Windsor, describiéndolos como personas atormentadas, intelectualmente limitadas y emocionalmente castradas desde la cuna, egoístas, ególatras, adorados por su pueblo y, sin embargo, tan faltos de amor, fervientes devotos de su deber para con la Corona y el mantenimiento de la tradición de la que emanan sus privilegios (aunque en ocasiones se rebelen, como el príncipe Carlos, la princesa Ana o la princesa Margarita, movidos por los impulsos del corazón); no es menos cierto que al presentarlos así, exhibiendo todas esas bajas pasiones e indeseables impulsos y atributos, curiosamente consigue dulcificarlos bajo la apariencia de ser hombres y mujeres de carne y hueso, esencialmente humanos y, como tal perfectibles, capaces de lo mejor y lo peor, con grandes defectos y no menos grandes virtudes, singularmente en el caso de la reina Isabel, siempre emocionalmente contenida, pero no totalmente insensible o incapaz de amar, implacablemente dispuesta a sacrificar la felicidad de sus seres más próximos, incluso la de sus propios hijos, por el gran sentido del deber que rige su vida, como desde bien niña le enseñaron a hacer.

Lo verdaderamente curioso de «The Crown» es que, aún haciendo un retrato nada complaciente de la monarca, acabe imponiéndose el «God save the Queen» y el personaje de la reina resulte tan absurdamente anacrónico, como simpático o entrañable.

En esta cuarta temporada, su figura se mide con la de la Primera Ministra Margaret Thatcher (la primera mujer en acceder a ese cargo en el Reino Unido) y, como era de esperar tratándose de dos mujeres con tanto poder como ego, asistimos a una auténtica «pelea de gatas» de la que Lilibeth sale victoriosa. «En el ring, la reina ha fundido a la dama de hierro», se llega a decir en uno de los capítulos, otorgándole cierta heroicidad y evidente superioridad a la soberana británica frente a una Margaret Thatcher a quien se describe, en su ascenso y caída, como una mujer poliédrica y errática, sagaz e intransigente como Primera Ministra, trabajadora infatigable, madre complaciente y consentidora (sobre todo del hijo varón, de quien habla abiertamente como “su favorito”) que acaba saliendo de Downing Street con el rabo entre las piernas tras haber cosechado una legión de enemigos en sus propias filas y una medalla al mérito en el pecho, en un último acto de condescendiente generosidad de Su Graciosa Majestad.

Comparto, en ese sentido, el análisis de Carlos Boyero de que la serie le hace un gran favor a la Corona británica, cuya imagen es evidente que sale favorecida y fortalecida de la misma. Sin embargo, no creo que sea algo premeditado ni que responda a una estrategia de marketing preconcebida desde el Palacio de Buckingham, sino simplemente el resultado de lo que el gran público ha decidido que sea digno de admiración hoy. Como el contenido y nivel de seguimiento de las redes sociales se encarga de demostrar, la imperfección humana, el presentarnos ante la audiencia en toda nuestra vulnerable esencia, adornados tanto con nuestras reales o impostadas virtudes, como con nuestros más inconfesables defectos, ridículos, absurdos, debilidades y contradicciones, es un «must» en los tiempos que corren y «The Crown» hace justamente eso con la familia real británica. Exhibirlos en toda su adorable, descarnada, temible, monstruosa y poco ejemplar humanidad.

FICHA TÉCNICA:
 
Título original: The Crown (TV Series)

Año: 2016

Duración: 6 Temporadas. Episodios 60 min.

País: Reino Unido

Dirección: Peter Morgan (Creador), Stephen Daldry, Philip Martin, Julian Jarrold, Benjamin Caron

Guión: Peter Morgan, Tom Edge, James Graham

Música: Rupert Gregson-Williams

Fotografía: Adriano Goldman, Ole Bratt Birkeland

Reparto:
Claire Foy, Matt Smith, John Lithgow, Olivia Colman, Vanessa Kirby, Tobias Menzies, Josh O'Connor, Emma Corrin, Helena Bonham Carter, Gillian Anderson, Imelda Staunton, Elizabeth Debicki, Dominic West, Jonathan Pryce, Lesley Manville, Victoria Hamilton, Ben Miles, Jared Harris, Jeremy Northam, Alex Jennings, Eileen Atkins, Charles Dance, Pip Torrens, Marion Bailey, Harriet Walter, Lia Williams, Greg Wise, Harry Hadden-Paton, Andy Sanderson, Michael Culkin, Nicholas Rowe, Simon Chandler, Stephen Dillane, Clive Francis, Patrick Ryecart, Paul Sheridan, David Shields, Kate Phillips, Derek Jacobi, Geraldine Chaplin, Matthew Goode, Daniel Ings, Beau Gadsdon, Michael C. Hall, Jodi Balfour, Ben Daniels, David Rintoul, Jason Watkins, Tom Burke

Productora:
Netflix, Left Bank Pictures, Sony Pictures Television International

Género: Serie de TV. Drama | Histórico. Biográfico. Política

VIDA OCULTA

«Vienen tiempos oscuros y los hombres serán más astutos. Ya no lucharán contra la verdad. La ignorarán».

Es una de las frases con mayor carga de profundidad y aplicables a la actualidad que he podido rescatar de «Vida Oculta«, la larguísima película de Terrence Malick, («El árbol de la vida«, 2011), en la que se narra la historia del campesino Franz Jägerstätter, quien se negó a servir en el ejército alemán al ser llamado a filas para combatir en la II Guerra Mundial y a prestar juramento de fidelidad a Hitler, siendo condenado a muerte por ello y posteriormente beatificado por la Iglesia Católica, pues su objeción de conciencia estaba motivada por su férrea e inquebrantable fe en el cristianismo.

En la más pura tradición del ultracatolicismo bávaro, la película de Malick resulta tan hermosa y poética a nivel visual -con las verdes montañas austríacas y la infaltable iglesia con la bóveda de cebolla, de telón de fondo-, como excesivamente mística en la exposición de un relato que se regodea -hasta la extenuación- en el conflicto existencial y espiritual que se le plantea a este buen hombre, decidido a mantenerse fiel a sus principios -no ya para salvar el mundo, sino su propia conciencia- y cuya estoica actitud de resistencia acarrea inevitables, irreparables y dolorosas consecuencias para él mismo y para sus más allegados, su valiente y devota mujer Fani y sus tres hijas, pero también su madre, su cuñada y hasta sus propios vecinos, que antes lo consideraban uno de los suyos y acaban despreciándole por traidor a la patria.

La decisión de Franz de no colaborar con los crímenes del ejército del Reich aunque ello le cueste la vida se resume en una idea expresada por su suegro en un momento del filme: «Mejor ser víctima de una injusticia que cometerla» y viene a sumar un testimonio más a la ya nutrida lista películas de manufactura germana que, al cabo de los años transcurridos, quieren redimir el buen nombre del pueblo alemán -y austríaco- poniendo de relieve que no todo el mundo se sumó a la locura exterminadora de los nazis. Hubo valientes como Franz que no lo hicieron y cuya memoria -que ha permanecido oculta- merece ser honrada, aún a sabiendas de que un solo hombre no puede cambiar el rumbo de la historia.

Título original: A Hidden Life

Año:2018

País de origen: Alemania / Estados Unidos

Dirección y guion: Terrence Malick

Fotografía: Jörg Widmer

Reparto: August Diehl, Valerie Pachner, Michael Nyqvist, Jürgen Prochnow, Matthias Schoenaerts, Bruno Ganz, Martin Wuttke, Maria Simon, Franz Rogowski, Tobias Moretti, Ulrich Matthes, Max Mauff, Johan Leysen, Sophie Rois, Karl Markovics, Alexander Radszun, Nicholas Reinke.

Productores: Elizabeth Bentley, Dario Bergesio, Grant Hill, Josh Lanzar y Marcus Alojas. Studios de Babelsberg

Género: Cine bélico. Biográfica