ESTOY PENSANDO EN DEJARLO

“Otros animales viven en el presente. Los humanos no pueden. Entonces inventaron la esperanza”, sentencia la prometedora actriz y cantante irlandesa Jessie Buckley, la mujer de los mil nombres (Lucy, Lucía, Louisa, Amy o Ames) en “Estoy pensando en dejarlo”, el último desvarío de Charlie Kaufman, rara avis del nuevo cine de autor estadounidense, a quien la crítica especializada no sabe si catalogar aún como un genio existencialista o como un pedante y repelente esnob de gafapasta.

Netflix la estrenó en 2020 sin pasar por los cines, en una apuesta bastante arriesgada para una plataforma cuyo público objetivo demanda películas de fácil consumo y, como era de esperar, tras un par de semanas en las que la curiosidad la mantuvo a flote, desapareció en las profundidades de su catálogo, donde permanece sepultada hasta hoy, bajo un océano de insulsas comedias de instituto, previsibles thrillers sobre niñeras homicidas y mediocres series sobre adelantos genéticos, sucedáneas de “Black Mirror”. Todo un hallazgo para quienes nos ponemos el traje de buzo en cada incursión al saco sin fondo del streaming, en busca de algo nutritivo de lo que alimentar nuestro espíritu, aunque a priori sea difícil de masticar y digerir, como es el caso de cada una de las películas de Kaufman, quien ocupa un lugar destacado en la memoria cinéfila gracias a los trabajos que lo consagraron como uno de los guionistas más singulares del cine indie de finales de los 90 y principios del siglo XXI: “Cómo ser John Malkovich” (1999), “Human Nature” (2001), “Adaptation (El ladrón de orquídeas) (2002) y la oscarizada “¡Olvídate de mí!” (2004) con una Kate Winslet teñida de arcoiris, y un Jim Carrey en un registro irreconocible.

En todas ellas, el director neoyorquino demostró tener un don especial y una voz personal para contar historias (aunque sus más fieles reconozcan en su obra cierta similitud con la de otros autores consagrados como David Lynch, Peter Greenaway, Luis Buñuel o Ingmar Bergman, por su tendencia a explorar el espinoso terreno del simbolismo onírico).

Su debut en la dirección con la artificiosa y desmedida “Synecdoche, New York (2008), una especie de película-jeroglífico que contó con la inestimable ayuda del desaparecido Philip Seymour Hoffman, así como su segundo intento como realizador con “Anomalisa” (2015), no causaron sin embargo el impacto de sus anteriores trabajos como guionista. Lo que le llevó a perder el interés por la dirección durante un tiempo. Pero la oportunidad de estrenar en Netflix le hizo ver las cosas de otra manera.

Así es como decidió realizar la adaptación de la novela de Iain Reid, “I’m Thinking of Ending Things”, un viaje por carretera durante una apocalíptica tormenta de nieve que se transforma en una pesadilla surrealista y ecléctica, que combina elementos de la comedia romántica, el oscuro thriller psicológico y otros géneros variopintos, como el cine negro o el musical.

Un hueso duro de roer para quienes buscan un mero entretenimiento. Una película rara, fascinante o irritante, de la que no resulta fácil seguir el hilo y que parece tener por objeto incomodar al espectador poniendo en cuestión, en tiempo real, todo lo que este cree ir descubriendo o conociendo de la historia. Lo que nos obliga a estar más atentos al detalle.

Alejada de los modelos narrativos convencionales, “Estoy pensando en dejarlo” no es, sin embargo, una película experimental en sentido estricto, aunque desprecie las leyes de la causalidad y el “realismo” como sostén de verosimilitud, el relato está dictado por el flujo de los pensamientos de la pareja protagonista, un reservorio de citas ajenas, recuerdos y reflexiones propias sobre temas filosóficos trascendentes, origen y final de toda elucubración metafísica.

El argumento inicial es el viaje de una chica (Jessie Buckley), de quien nunca llegamos a saber su nombre real, que va a conocer a los padres de su novio, Jake (Jesse Plemons), un tipo al que no quiere, con el que lleva poco tiempo saliendo y al que está pensando en dejar, pues para ella está claro que no es el hombre de su vida, pese a reconocerle algunas virtudes. Razón por la cual, esa visita de presentación a sus futuribles suegros parece un tanto inconveniente y apresurada. Más aún cuando el parte meteorológico pronostica una gran nevada para esa misma noche.

El viaje en automóvil de la pareja, en una atmósfera algo claustrofóbica y asfixiante, con la nieve arreciando en el parabrisas, ocupa los veinte minutos iniciales de la película, durante los cuales el soliloquio mental de la joven, dueña de la voz en off que narra la historia, se entrelaza con el diálogo que mantiene con su novio, sobre poesía, ciencia o filosofía, de una intensidad intelectual ciertamente inusual para dos enamorados que emprenden un viaje por carretera.  

“Puedes decir o hacer cualquier cosa, pero no puedes fingir un pensamiento”, se afirma en cierto momento. “La mayoría de la gente es otra gente y sus vidas una imitación”, se cita a Oscar Wilde en otro.

“El suyo es un viaje muerto hacia una relación muerta”, como escribía Marta Medina en El Confidencial. “De ella sabemos que es una treintañera, ilustrada, que pinta, compone poemas y reflexiona mucho y obsesivamente sobre todas las cosas. De él, que tiene conocimientos de física y de literatura, y una mirada inquietante”.

Hasta aquí podría decirse que entra todo dentro de lo normal. La clásica situación en la que una parte de la pareja está pensando en cuál es la mejor manera de decirle a la otra que ha decidido romper con ella. Pero la cosa se complica una vez arriban a casa de los excéntricos padres de Jake (Toni Collette y David Thewlis), una granja situada en medio de ninguna parte.

Lo que empieza siendo una incómoda cena, acentuada por el extraño comportamiento del matrimonio, no tarda en convertirse en una experiencia desconcertante y perturbadora para a la protagonista, cuya profesión irá mutando en cada tramo de conversación: bióloga, poeta, camarera, pintora, gerontóloga, estudiante de física cuántica… hasta hacerle (y hacernos) perder la noción de su propia identidad y/o existencia real.

Del mismo modo, la edad y el aspecto de los padres se verá alterado durante la velada. Solo Jake permanece inalterable confirmándonos que, en realidad, es el verdadero protagonista de esa pesadilla surrealista en la que estamos inmersos, donde cada habitación de la casa se convierte en un depósito de recuerdos –¿del pasado, del futuro?–, la silla de ruedas abandonada, el sótano clausurado con rasguños en la puerta, el papel pintado, la huella del cerdo devorado por los gusanos…

A partir de ese momento, la película entra de lleno en un plano simbólico. Ya no es una narración de hechos concatenados. Nada parece tener sentido y, al mismo tiempo, el sentido lo es todo. En una escena en la que el padre de Jake contempla un cuadro paisajista, supuestamente pintado por su novia, se pregunta “¿cómo puede ser un paisaje triste si no hay en él un ser humano que lo contemple?”. Del mismo modo, el director parece decirnos que lo importante no está en lo que sucede realmente, sino en cómo nos afecta y nos incumbe lo que vemos.

“Entrar en la última película de Charlie Kaufman es una suerte de ejercicio de diván, una incisión abierta en una mente en medio de una pesadilla existencial en la que, como en todo sueño, las leyes de la física y de la coherencia interna no siempre funcionan. Los peinados, las ropas, los oficios son mutables y el tiempo es reversible (o irreversible). El espectador, el lector, el que mira un cuadro o escucha una canción suele encontrar en el asidero del significado la paz que no deja lo inconcluso, lo ambiguo, lo oscuro”, reflexionaba Medina al respecto.

Y es que, quien conozca el siempre imprevisible cine del director neoyorquino sabe de su capacidad para mezclar diversos planos de realidad y ficción, construyendo un relato críptico, sugerente y onírico, en el que el espectador llega a tener efectivamente la impresión de estar atrapado en un mal sueño, donde los elementos que lo integran sufren una alteración constante.

Cuando soñamos podemos ver a nuestros padres más jóvenes, sin que ello parezca tener importancia. No cuestionamos la incongruencia de su edad o la realidad de su mera existencia si es que han fallecido, sencillamente interactuamos con ellos con normalidad mientras permanecemos dormidos. Así es el universo narrativo de “Estoy pensando en dejarlo”. Kaufman juega a reescribir (y romper con) la gramática del cine, de manera que en un plano alguien puede estar lleno de energía y, en el siguiente, convertirse en un anciano enfermo, en plena degradación mental y física. Su reconocida capacidad para retorcer las historias y cubrirlas con varias capas de interpretación se repite en este trabajo, en el que profundiza y amplifica esa vena “metafórica”, para reflexionar sobre la soledad, el paso del tiempo, cómo nos condiciona el pasado, los traumas familiares, la identidad cultural y por supuesto, las relaciones sentimentales, en un tono siempre melancólico.

En este sentido, alguien habló de “Estoy pensando en dejarlo” como “un sublime viaje de terror existencial a un inevitable encuentro psicótico con nosotros mismos”. Una apreciación que se le ajusta bastante, aunque en mi opinión habría que añadir también que se trata de una película visualmente muy atractiva.

Jake es un hombre que no deja de pensar en el final de las cosas. Un hombre obsesionado con la muerte que se cuestiona a sí mismo. Durante la trama se evidencian su depresión, su inseguridad y la baja autoestima con la que creció y que lo llegó a convertir en un adulto introvertido, una persona tímida a la que le cuesta establecer conexión con sus semejantes.

Su interacción con su novia -real o imaginaria- es en realidad un análisis introspectivo del personaje y de su idea de lo que es una relación de pareja. Probablemente el resultado de la forma en la que experimentó el amor y el desamor en su vida, a través de una relación que no se sabe cuándo comenzó, cuánto duró o si llegó a ocurrir realmente.

Al final de esta, se entrega desnudo a la muerte y a sus demonios, en una analogía con el cerdo al que los gusanos estaban devorando vivo. Pero no sin antes experimentar un último viaje onírico, en el que vuelve al instituto para protagonizar un musical de “fin de curso” y recibir el reconocimiento de todas las personas que se cruzaron con él; siendo alabado, no por sus estudios o su profesión, sino por todo lo que consiguió descubrir a través del amor, la depresión, la ansiedad y la locura. Todos los presentes en ese auditorio le convirtieron de algún modo en la persona que fue.

Y es que, en esta tragicomedia de Charlie Kaufman que en ciertos momentos «dialoga» con el cine de los hermanos Coen, el de David Lynch o el de Woody Allen, hay también lugar para el melodrama y el artificio teatral.

En “Estoy pensando en dejarlo” como enumera Miquel Echarri en El País, hay de todo y, de lo bueno, lo mejor. “Se citan frases textuales de David Foster Wallace, se recita un discurso del matemático John Nash (en cuya vida se basa la película “Una mente maravillosa”), se comentan los primeros versos de un poema de William Wordsworth y se responde a ellos con una estrofa de la poetisa de Toronto Eva H.D. Incluso se canta uno de los temas de Oklahoma, el musical nostálgico y patriótico que nueve de cada diez estadounidenses han visto al menos un par de veces en su vida. Y en una de las escenas más elocuentes y hermosas de la película, la pareja protagonista dedica unos minutos a polemizar sobre “Una mujer bajo la influencia”, de John Cassavetes, en un diálogo asimétrico. Los argumentos de él suenan sinceros, pero torpes y poco meditados, y los de ella, pulcros, desdeñosos y precisos, siendo en realidad frases textuales de Pauline Kael, una reputada crítica de cine neoyorquina”.

Guiños intelectuales y alardes de un humor erudito, que tanto entusiasman a sus partidarios y soliviantan a sus detractores, poco aptos para el gran público de Netflix, acostumbrado a retozar en un feliz océano de palomitas y placeres culpables que, sin embargo, permiten un disfrute de la película a otro nivel.

Kaufman no ahorra referencias cinéfilas y literarias, pero lo que en principio podría parecer una caótica, caprichosa y pedante acumulación de frases lapidarias de exquisita autoría, termina dando por resultado la creación de un universo delirante donde todo es posible (como esa heladería que aparece en medio de la nada, atendida en pleno invierno por una pléyade de pin ups como sacadas de una postal de los años 40-50).

Como en “El ángel exterminador” de Buñuel, la sensación que tenemos viendo su último trabajo es la de que puede pasar cualquier cosa. “Incluso puede que nada de verdad exista«, como advertía Txema Martín (Málaga, 1982), promotor cultural y articulista de opinión en Diario Sur. «Hay terror, surrealismo y momentos tensos, de comedia negra. También citas literales a Tolstoi o a William Wordsworth y un fragmento de una película imaginaria de Robert Zemeckis. Hay física cuántica y profesiones inventadas, el discurso de ‘Una mente maravillosa‘ y una secuencia de ‘Oklahoma‘. No hay que entenderlo todo. No es necesario. Los padres del chico, que interpretan Toni Collette y David Thewlis, forman una pareja desconcertante y terrorífica, dos actuaciones míticas que van a tardar en olvidarse porque, en general, ‘Estoy pensando en dejarlo’ es una película que se te queda pegada como un impacto. Cuesta quitársela de la cabeza”. Como un mal sueño dotado de una extraña belleza.

FICHA TECNICA 

Título original: I'm Thinking of Ending Things

Año: 2020

Duración: 134 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Charlie Kaufman

Guion: Charlie Kaufman (Basado en la novela de Iain Reid)

Música: Jay Wadley

Fotografía: Lukasz Zal

Reparto:

Jessie Buckley, Jesse Plemons, Toni Collette, David Thewlis, Guy Boyd, Colby Minifie, Jason Ralph, Abby Quinn, Teddy Coluca, Ashlyn Alessi, Hadley Robinson, Dj Nino Carta, Austin Ferris, Dannielle Rose, Brooke Elardo, Varvara Cardenas, Monica Ayres, James Glorioso Jr., Thomas Hatz, Albert Skowronski, Liggera Edmonds-Allen, Julie Chateauvert, Kamran Saliani

Productora: Likely Story (Distribuidora: Netflix)

Género: Intriga. Drama | Road Movie. Thriller psicológico. Surrealismo

EL PADRE

Hay películas que, por razones que no viene a cuento explicar aquí, te remueven hasta los cimientos, provocando un estallido de emociones encontradas: ternura, compasión, amor incondicional, melancolía, rechazo, cansancio, culpa, pena, abatimiento…

En mi caso, una de esas películas ha sido “El Padre”, adaptación al cine de la obra de teatro homónima del mismo autor, Florian Zeller, que cuenta una historia familiar por desgracia cada vez más común en el mundo occidental, donde las enfermedades neurodegenerativas han aumentado exponencialmente en el último siglo.

Se trata del drama de Anne (enorme Olivia Colman, a quien se recordará ya para siempre por su papel en “The Crown”). Una mujer divorciada, de mediana edad, que se encuentra ante el dilema moral de contratar una cuidadora o ingresar a su padre en una residencia, para poder irse a vivir a París con su nueva pareja.

Sin caer en juicios morales ni en visiones maniqueas, el dramaturgo francés hace un gran trabajo en la que es su “ópera prima” en el cine (Premio del Público en el pasado Zinemaldi y Goya a la Mejor Película Europea, con seis nominaciones a los Oscar de este año) al exponer los efectos de la enfermedad mental en toda su crudeza desde la propia visión del enfermo, pero sin olvidar la repercusión que la situación de dependencia sobrevenida tiene sobre sus familiares más cercanos.

Mediante continuas alteraciones del espacio y tiempo narrativos, repitiendo frases y situaciones, e incluso haciendo que varios actores interpreten al mismo personaje, consigue que el espectador se sienta tan desorientado y confuso como el anciano protagonista, de nombre Anthony como el gran actor galés que lo encarna (el Hopkins más colosal y con mayor variedad de registros a nivel emocional que le hayamos visto). Un octogenario que va perdiendo paulatinamente su identidad, atrapado en una especie de día de la marmota, donde las rutinas se repiten, mientras él permanece extraviado entre los pliegues de su errática memoria, un pasillo a oscuras de puertas falsas y falsos recuerdos, incapaz de reconocer ya a los seres que le rodean.

Si bien asistimos a un proceso que es gradual: el de la progresiva e inevitable pérdida de la cordura y la extinción de la personalidad, no estamos ante un argumento que se desarrolle de manera lineal. Lo que “El Padre” nos propone es más bien un bucle temporal en el que, atravesamos una y otra vez por idénticas situaciones, con la impresión de estar atrapados sin salida. Y, para remarcar esa sensación claustrofóbica, semejante a la que opera en la psique del enfermo, la acción se desarrolla casi al completo en un mismo escenario: un espacioso pero hermético piso en el que habitan personas que se quieren incondicionalmente, pero que pueden llegar a desearse la muerte en un duelo primario de supervivencia que se gesta en ese espacio tóxico y atormentado, en el que ya nada es lo que parece y sobre el que gravita el fantasma de la otra hija “ausente” (fallecida en un accidente) a la que el anciano se empeña en mantener viva en un recuerdo idealizado, estableciendo comparaciones injustas e hirientes para con Anne, que es quien cuida de él.

No menos importante e interesante que el punto de vista del enfermo, es la sensibilidad y realismo con la que Zeller y su coguionista, el gran Christopher Hampton (“Las amistades peligrosas”) abordan el exigente desafío al que se enfrentan los familiares de quienes padecen este tipo de patologías que generan una fuerte dependencia, especialmente de los hijos, quienes (ante la ausencia de los cónyuges ya fallecidos) a menudo se ven en la angustiosa tesitura de tener que elegir entre la salvación o la autoinmolación, llegándose a plantear si tienen derecho a vivir su propia vida o deben de sacrificarlo todo para ejercer de cuidadores de lo que queda de sus padres, una situación que a menudo escapa a su control y acaba engulléndolos, poniendo en riesgo su propia estabilidad mental y vital, así como las de sus propias parejas e hijos, que no siempre están dispuestos a arrimar el hombro ni son capaces de entender la gravedad de la situación.

Si normalmente resulta duro tomar conciencia de los estragos que el paso del tiempo ocasiona en nuestros progenitores a nivel físico, el drama de tener que convivir con el progresivo deterioro que generan la demencia senil o el Alzheimer hasta convertirlos en la sombra de lo que fueron, personas irreconocibles que están muy lejos de esa visión infantil en la que nuestros padres serían para siempre el último refugio de seguridad que nos queda, resulta devastador y desolador a partes iguales.

Armada de paciencia y de la mejor voluntad, Anne se ve en la obligación de tener que lidiar, entre incrédula e impotente, con los trastornos de conducta de su padre enfermo, quien a ratos puede resultar un anciano encantador y desvalido; y, en otros, revelarse como un ser tremendamente cruel y despótico. En especial con sus cuidadoras, cuya ayuda rechaza con toda clase de desplantes, más o menos agresivos, que la hija (principal diana de su sarcasmo y desprecio) intenta disculpar, avergonzada, diciendo que se trata de un “hombre de carácter”, en otro tiempo exitoso ingeniero y gran melómano, quien aún conserva el íntimo placer de escuchar arias de ópera.

Un hombre en conflicto con su propio ego, que lucha por preservar su dignidad, su orgullo y su conexión con la realidad, aunque sólo sea a través de su obsesión por conservar su reloj de pulsera, detenido en el tiempo, a quien vemos transformarse en un ser cada vez más vulnerable, en regresión infantil, hasta la gran escena final en la que la película cobra su mayor sentido y dramatismo, rindiendo un merecido homenaje a los y las cuidadores de las residencias de ancianos, dispuestos a acunarlos en su regazo maternal hasta la hora final.

En resumen, una película excelente y dolorosa, segura candidata a ganar este año más de un Oscar, que nos enfrenta a las grandes verdades de la vida, quizá la principal de ellas: que nacemos y morimos solos, como los niños que una vez fuimos; que el tiempo ejerce su acción implacable y que, precisamente por su volatilidad, la vida adquiere un valor incalculable, cuyo disfrute no podemos ni debemos dejar pasar.

FICHA TÉCNICA:

Título original: The Father

Año: 2020

Duración: 97 min.

País: Reino Unido

Dirección: Florian Zeller

Guión: Florian Zeller, Christopher Hampton (Basada en obra teatral homónima de Florian Zeller)

Música: Ludovico Einaudi

Fotografía: Ben Smithard

Reparto:
Anthony Hopkins, Olivia Colman, Imogen Poots, Rufus Sewell, Olivia Williams, Mark Gatiss, Evie Wray, Ayesha Dharker

Productora:
Co-production Reino Unido-Francia; Trademark Films, Embankment Films, Film4 Productions, F Comme Film, AG Studios NYC (Distribuidora: Lionsgate )

Género: Drama | Vejez/Madurez. Enfermedad. Alzheimer. Familia

LA VIDA POR DELANTE

La primera vez que vi a Sophia Loren en una pantalla de cine, bambolear sus caderas al andar “con ese tumbao que tienen las guapas al caminar” (que diría el poeta Rubén Blades) distaba mucho de ser la diva de belleza exótica, exhuberante y voluptuosa que competía con Jane Mansfield o Marilin Monroe por el reinado de las actrices físicamente mejor dotadas de los años cincuenta. Ya no era una jovencita. 

Fue en “Una giornata particolare”, película dirigida en 1977 por Ettore Scola, en la que encarnaba el papel de Antonietta, una mujer de mediana edad, ama de su casa y mamma de seis hijos, de generoso escote y curvas aún peligrosas, pero con más pinta de oler a detergente, a orégano, a parmessano y a cebolla, que a Chanell nº 5. Pese a estar casada con un fascista fanático, o quizá por ello, Antonietta tonteaba con Gabriele (Marcello Mastroianni), un vecino locutor de radio que resultaba ser homosexual, el mismo día en el que ambos se negaban a asistir al histórico desfile en honor de la visita de Hitler a Mussolini, que tuvo lugar en Roma aquella jornada del 6 de mayo de 1938 a la que alude el título de la película.

Aquella Sofía de 43 años, mujer de temperamento mediterráneo, fuerte y pasional, de tez aceituna, labios carnosos y pómulos altos, algo ojerosa y descuidada en el arreglo personal por exigencias del guión, se ha hecho mayor. Ahora tiene exactamente el doble de edad. Y, sin embargo, sigue estando igual de espléndida y cautivadora, conservando una pátina indeleble de elegante sensualidad, pese a los surcos que el tiempo ha dibujado en su rostro y a los retoques estéticos erráticos, como cabe esperar de una leyenda tan icónica del séptimo arte.

Su reaparición en el cine, tras una década de ausencia marcada por la muerte de su marido, el productor de cine Carlo Ponti, quien fuera su gran amor, su Pigmalión y principal valedor (no así su descubridor, mérito que corresponde a Vittorio De Sica), no ha podido ser más acertada.

Y ello, no sólo por el esfuerzo que, para una estrella de su calibre y de sus años, supone rodar a estas alturas, en tiempo de pandemia y bajo el sol abrasador de la costa sur de Italia, una película más bien modesta, de bajo presupuesto, que se inscribe dentro de la corriente del realismo social (emparentada con la mejor tradición del neorrealismo italiano) y cuyo título mira al futuro con esperanza, queriendo demostrar que aún hay una vida por delante («The life ahead«) para quienes saben resistir y, sobre todo, colaborar con otros seres humanos en la lucha por la supervivencia, especialmente cuando la marginalidad y la exclusión hacen que vivir no resulte fácil; sino porque el resultado es magnífico en todos los sentidos, una pequeña joya cinematográfica de una sensibilidad y profundidad social y filosófica que a punto está de hacerla acreedora al Oscar a la mejor película de habla no inglesa y, en lo que atañe a su protagonista, la confirmación de que el carácter y “el duende” de la autenticidad (que diría Lola Flores) no se pierde con los años y nada tiene que ver con la lozanía de nuestro envoltorio mortal.

Sophia Constanza Brigida Villani Scicolone (como fue presentada en la pila bautismal) posee ese duende desde que vino al mundo en una familia humilde de Roma en 1934. Desde bien pequeña aprendió los rigores de la pobreza y supo de la importancia de ganarse la vida explotando los dones que tenía a mano: primero su físico y, más tarde, su indiscutible talento dramático (con 14 años fue elegida Princesa del Mar. A los 15, participó en el concurso de Miss Italia. Y con 16, se plantó con su madre en Roma, en los estudios de Cinecittà, para ver si le daban un papelito de relleno en “Quo Vadis”).

Abandonadas por su padre, el arquitecto Riccardo Scicolone, quien rehusó a casarse con su madre (maestra de piano y también actriz), desentendiéndose de ella y de su hermana Anna, Sophia creció en un pueblo cerca de Nápoles, en casa de su abuela materna. Eran tiempos difíciles debido a los estragos causados por la Segunda Guerra Mundial, así que montaron una taberna, frecuentada por militares estadounidenses, donde la madre tocaba el piano para sacar la vida adelante.

Algo de ese espíritu de superación familiar se recoge en esta película dirigida por Edoardo Ponti (quien ya contó con su madre en su debut cinematográfico, “Entre Extraños”, y también en el cortometraje “Voce Umana” en el que pudimos ver a la actriz por última vez, en 2014). Así que, a sus 86 años, la gran mamma de los Ponti y diva por excelencia del cine italiano no ha dudado en ponerse de nuevo a las órdenes de su hijo, para dar vida a la temperamental Madame Rosa, una anciana ex prostituta, sobreviviente del Holocausto que, una vez retirada de las calles, se gana el sustento diario cuidando de los hijos de otras compañeras del oficio, hasta un día en que sufre el asalto de un huérfano senegalés, al que llaman Momo (extraordinario debut en el cine de Ibrahima Gueye), quien le roba el bolso en plena calle.

Se trata de un joven problemático que ha sido expulsado de la escuela y al que Madame Rosa, a regañadientes, accede a acoger en su casa, a petición de su médico y buen amigo, el Dr. Cohen, encargado de la custodia del chico, para evitar así que caiga en manos de los servicios sociales, iniciándose entre ellos un vínculo afectivo creciente, hasta llegar a formar una familia poco convencional, a la que se suman otros personajes secundarios, como el de la joven prostituta que interpreta la actriz española Abril Zamora, contrapunto de luz en un drama en el que los personajes principales andan a tientas, entre las tinieblas del pasado y la marginalidad de un oscuro presente.

Rodada a orillas del mar Adriático, concretamente en Bari, capital de la región de Apulia, la película no dura más de 90 minutos. Lo suficiente para exponer, con una enorme economía de medios narrativos, esta sencilla y conmovedora historia de exclusión, integración y superación personal a través del respeto mutuo y la solidaridad. La del pequeño inmigrante a quien una leona visita en sueños (animal que simboliza el poder, la paciencia y la fe, en el Corán) hasta que reconoce en la anciana que le da cobijo una nueva figura materna a la que cuidar, querer y proteger a la recíproca, lo que le sirve de motivación para alejarse del mal camino que llevaba dedicándose a cometer pequeños hurtos y tráfico de drogas en los suburbios de la ciudad.

Pero, atrapada en sus delirios y cada vez más extraviada en la espesa niebla del pasado, Madame Rosa se desvanece al mismo ritmo que lo hacen sus recuerdos, por lo que ambos deciden encerrarse en un sótano para esconderse y protegerse de las miserias del mundo. Ella evocando sus días en el campo de concentración de Auschwitz, donde fue recluida por ser judía y Momo huyendo de las nuevas formas de segregación que sufren los inmigrantes ilegales como él. Un ramo de mimosas amarillas, una postal familiar y la leona que retorna… Todo el dolor, la rabia y la tristeza por la tragedia vivida se asoma a los ojos de ese niño de piel azabache y dientes de marfil que, sin embargo, gracias al cariño jamás antes recibido, consigue encaminarse hacia la redención social.

Título original: La vita davanti a sé 

Año: 2020

Duración: 94 min.

País: Italia

Dirección: Edoardo Ponti

Guión: Ugo Chiti, Edoardo Ponti, Fabio Natale (Libro: Romain Gary)

Música: Gabriel Yared

Fotografía: Angus Hudson

Reparto:
Sophia Loren, Ibrahima Gueye, Renato Carpentieri, Abril Zamora, Babak Karimi, Massimiliano Rossi, Francesco Cassano

Productora: Palomar (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama | Inmigración

MALCOLM & MARIE

Desde el brutal duelo dialéctico entre Elizabeth Taylor y Richard Burton (varias veces marido y mujer en la vida real), en “¿Quién le teme a Virginia Woolf?” (antológica adaptación de la pieza teatral de Edward Albee llevada al cine por Mike Nichols), hasta la demolición física y sentimental de “La Guerra de los Rose (Danny DeVito), pasando por “Secretos de un matrimonio” (Ingmar Bergman), “Kramer contra Kramer (Robert Benton), “Maridos y Mujeres (Woody Allen), “Blue Valentine” (Derek Cianfrance), “Eyes Wide Shut (Stanley Kubrik), “Revolutionary Road” (Sam Mendes),  o,  más recientemente, “Historia de un matrimonio” (Noah Baumbach), «State of the union» (Stephen Frears) o «Divorce» (Sharon Horgan)… hay un listado enorme de películas y series televisivas que han sabido reflejar, con increíble acierto y extrema dureza, los altibajos que puede atravesar una relación de pareja hasta su desmoronamiento definitivo y la batalla a tumba abierta que lidian sus miembros, una vez que se liberan los demonios ocultos en forma de toda clase de reproches imaginables, lanzados con la saña de quienes se conocen bien y saben exactamente cómo herirse, disparando artillería pesada a sus puntos débiles.

Cada uno de esos trabajos ha dejado escenas memorables, cargadas de tensión, crueldad y desgarro emocional, protagonizadas por actores y actrices excepcionales, que parecían haber sufrido en sus carnes el drama de la decepción y la ira descontrolada que precede a la ruptura (que no necesariamente al fin del amor), como un río salvaje que se desborda arrasando todo a su paso.

Algo de eso que es lo que ha querido hacer Sam Levinson, hijo del laureado director Barry Levinson (“Rain Man” o “Good Morning Vietnam”), en “Malcolm & Marie”, una especie de bebé pandémico, concebido y escrito en seis días, y rodado en secreto durante las dos primeras semanas de confinamiento por la Covid-19, bajo estrictos protocolos de seguridad, con un equipo reducido y tan solo dos actores, dos estrellas emergentes en el firmamento hollywoodiense: la popular actriz y cantante Zendaya (y sus larguísimas piernas, que acaparan casi tantos planos como su rostro aún aniñado) y John David Washington (otro hijo de famoso, en este caso de Denzel Washington). Dos jóvenes promesas de raza negra y gran atractivo físico, intentando hacer el papel de sus vidas y parecer más profundos de lo que en realidad son. A las que, sin embargo, les falta la madurez interpretativa de los actores de método que sabían rebuscar en sus propias vivencias personales, para extraer la emoción precisa.

De ahí que el resultado de la película no sea todo lo brillante ni todo lo convincente que cabría esperar, pese a la eficaz campaña de marketing que Netflix ha orquestado para su lanzamiento.

Aunque, en honor a la verdad, no todo es culpa de Zendaya y John David, abocados a un verdadero “tour de forcé” al tener que interpretar un texto enrevesado, petulante y agotador, emanado de las neuras del propio Levinson y de su personal cabreo con la crítica cinematográfica, a la que dedica algunos de sus más ácidos comentarios a golpe de guión, cuestionando su sensibilidad y su capacidad para reconocer “el verdadero arte”, más allá de los prejuicios raciales, la corrección política y el postureo académico.

Quizá tenga algo que ver en ello el hecho de que ésta no haya tratado demasiado bien sus últimos proyectos, despachando con cierta desidia su exitosa serie Euphoria (por la que Zendaya ganó recientemente un Emmy) y su película “Assassination Nation”, ambas narrativas pesimistas sobre adolescentes problemáticos, en las que la crítica especializada detectó cierta urgencia del joven director por abordar temas de candente actualidad con un tono agresivo, de reproche hacia la sociedad, pero con un discurso inconformista algo arrogante e insípido, plagado de obviedades, sin llegar a profundizar ni aportar demasiada novedad.

Algo que se repite en «Malcolm & Marie«. No es que no tenga razón en algunos de los temas que plantea o denuncia, el problema es que, después de verla, tiene una la decepcionante sensación de que su director tiene mucho que decir sobre cosas que otros ya han dicho antes mucho mejor que él.

«¿Sabes lo perturbador que resulta que puedas compartimentar hasta tal punto de que puedas abusar de mí, mientras te comes los macarrones con queso que te he preparado?», reprocha Marie a su novio Malcolm, mientras éste engulle como un poseso el contenido de un bol de mac&cheese, al tiempo que le lanza una ráfaga de humillantes improperios, destinados a hundir su ya frágil autoestima. Frases tan insustanciales como esta, empleadas para describir un maltrato psicológico de manual, dan la medida de la futilidad de un guión que pretende ser más audaz e inteligente de lo que en realidad es.

En este sentido, podría decirse que se trata, como alguien ha escrito, de “una película ambiciosa, que desprende cierta artificiosidad en ese planteamiento de cinéma vérité algo burgués”.

Quizá en consonancia con su propio discurso de que “la autenticidad no importa, lo que importa es la perspectiva”, todo en “Malcolm & Marie” resulta poco creíble, forzado, pretencioso, artificial y superficial, empezando por la elección de rodar en blanco y negro, sin más intención ni explicación que la puramente estética, o los títulos de crédito inicial con el elegante diseño de las grandes películas del cine clásico, lo que enlaza con un par de referencias a Billy Wilder, para subrayar que las nuevas generaciones de la industria (y sobre todo de la crítica) del séptimo arte (a diferencia del propio Levinson, claro está, y de su alter ego, Malcolm) ignoran quién fue.

Como en “¿Quién le teme a Virginia Woolf?”, la acción transcurre en una sola noche, en el interior de una de esas casas acristaladas, lujosas, modernas y espaciosas, con grandes galerías de enormes ventanales sin persianas ni cortinas, que permiten ver y, sobre todo, ser vistos. “Un zoo de cristal por el que pasean dos fieras heridas en constante movimiento”, como reza la sinopsis promocional. Metáfora demasiado previsible del carácter exhibicionista de la pareja protagónica, gente en busca de fama y fortuna, mediante la que el director nos anuncia de entrada su intención de despojarla de toda privacidad para desnudar su intimidad, física y emocional.

Malcolm es un guionista y director de cine, ególatra y narcisista, que está de “subidón” esa noche, pues la película que acaba de estrenar, basada parcialmente en la vida de su pareja, podría catapultar su carrera a lo más alto. Mientras Marie, modelo y ex yonqui rehabilitada, está molesta porque su novio se olvidó de darle las gracias públicamente por su contribución a la misma, culpabilizándolo de apropiarse de sus traumas pasados para hacer su película, sin haber pensado en ella para el rol protagónico, lo que desde su punto de vista le habría dado mayor autenticidad.

Durante esa madrugada de desvelo en la que la tensión e intensidad van en aumento, les veremos bailar, beber, cocinar, comer, fumar, magrearse, bañarse, miccionar y, sobre todo discutir, confrontando su ego y evidenciando que la suya es una relación tóxica de alto voltaje, si bien algo desigual, pues mientras Malcolm está sobre todo obsesionado consigo mismo y con su trabajo, intentando autoafirmarse como un cineasta que quiere hacer “arte despolitizado” y se niega a ser encasillado por su negritud. Marie es presa de sus propias frustraciones, que la hacen tener constantes e injustificados cambios de humor, debatiéndose entre el amor y el desdén. Básicamente sufre por estar atrapada en una relación en la que no se siente valorada, dando muestras de una gran vulnerabilidad al reclamar el reconocimiento y la atención de su pareja que únicamente tiene ojos y oídos para sí mismo y para lo que atañe a su trabajo.

En lugar de disfrutar de su éxito por la buena acogida que ha tenido su película, Malcolm/Levinson se adelanta a la crítica, obsesionado con la «chica blanca» que escribe de cine en LA Times, de la que habla de manera insistente, en tono implacable y con un desprecio casi visceral. Son muchos minutos dedicados a menospreciarla a ella y a su oficio por compararlo con Spike Lee, John Singleton y Barry Jenkins (tres directores negros) y no con el legendario Willy Wilder, director de “Sabrina”, “Testigo de Cargo”, “Primera Plana” o “El Apartamento”, entre otros muchos títulos consagrados en la historia del séptimo arte. Algo que, en su egocentrismo, atribuye a una actitud prejuiciosa y racista, sin considerar ni por un momento en que quizá, en cuestión de talento, (nunca mejor dicho) “no hay color”.

Título original: Malcolm & Marie

Año: 2021

Duración: 106 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Sam Levinson

Guión: Sam Levinson

Fotografía: Marcell Rév (B&W)

Reparto: Zendaya, John David Washington

Productora: Little Lamb, The Reasonable Bunch (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama. Romance | Drama romántico

LOS BRIDGERTON

He tardado en decidirme a ver la serie de moda de Netflix de la que todos hablan y que los más entusiastas definen como “una serie ligera de época (por contradictorio que eso pueda sonar) que deja a los espectadores con ganas de más”. Estoy hablando, como ya adivinarán, de “Los Bridgerton”.

Confieso que la expectativa de enfrentarme a la adaptación de una -ya de por sí- edulcorada novela rosa, ambientada en la época georgiana (concretamente, durante el reinado de Jorge III y en el conocido como Período de la Regencia del por entonces Príncipe de Gales y futuro rey, Jorge IV), a manos de quien hasta no hace mucho prestaba sus servicios a la factoría Disney (la exitosa productora televisiva Shonda Rhymes, creadora de “Anatomia de Grey”) me daba cierta pereza, más por el previsible tufo a romance folletinesco, de príncipe azul y final feliz, que por el dispendio de lazos y frufrús que suele ir asociado a este tipo de producciones. Pero obviamente tales reticencias partían del prejuicio, así que siguiendo mi propia máxima de que hay que verlo todo para poder opinar, me armé de valor y me dispuse a engullir los ocho episodios de la primera temporada de una sentada.

El resultado fue el previsible, aunque debo decir que no del todo desagradable.

La serie se basa en la saga de novelas de Julia Quinn (seudónimo de Julie Pottinger, una de las escritoras románticas más populares de los Estados Unidos), y narra las aventuras y anhelos amorosos de ocho hermanos pertenecientes a una acaudalada familia de la alta sociedad británica, los herederos del Vizconde de Bridgerton, cuya hija mayor, la señorita Daphne (Phoebe Dynevor) hace su ingreso como debutante en el competitivo mercado matrimonial de la aristocrática Regencia londinense, teniendo que asistir a un sinfín de bailes y festejos, en donde las jovencitas casaderas son exhibidas casi como ganado mayor, a la espera de poder elegir al marido ideal entre sus posibles pretendientes, y así ejercer al fin el papel para el que han sido educadas, que no es otro que el de ser esposas y madres.

La juiciosa, ingenua y virginal Daphne -nombrada por la mismísima reina como “el diamante más preciado de la temporada”- espera poder casarse por amor, mientras su hermano mayor, Anthony, cabeza de familia a la muerte de su padre, se propone organizar para ella un matrimonio de conveniencia.

Es entonces cuando aparece al rescate el seductor Simon Basset, Duque de Hastings, atormentado por una infancia carente de afecto, quien lleva una vida un tanto disoluta hasta conocer a Daphne, de la que cae rendidamente enamorado.

Pero, como en todo drama romántico que se precie, surgen dificultades que los separan. En este caso, la promesa que el duque le hizo a su cruel padre en el lecho de muerte, en venganza por haberlo repudiado desde niño, y que implica su firme decisión de no casarse ni procrear, para que su linaje empiece y acabe en él. Algo que Daphne (educada para tener hijos) se tomará como alta traición.

En torno a estos mimbres y a una serie de peculiares personajes secundarios, entre los que destaca la rebelde y libertaria Eloise Bridgerton (quien no está dispuesta a seguir los pasos de su hermana mayor, pues tiene otros planes para su vida que no incluyen el matrimonio), se tejen una serie de subtramas en un tono más o menos sarcástico, a veces casi cómico, en las que subyace una manida crítica a los usos y costumbres de la época, especialmente en lo que a los prejuicios sociales y a la educación femenina se refiere (muy deficitaria en el terreno de las relaciones sexuales), explicitada a través de una narradora anónima (cuya voz encarna Julie Andrews) que ejerce, bajo el pseudónimo de Lady Whistledown, como misteriosa y ácida comentarista de los líos y cotilleos de la encorsetada burguesía de la época, en donde la virtud de las jovencitas casaderas compromete el honor de toda la familia, por lo que los caballeros se ven obligados a salvaguardarlo batiéndose en duelo, si hace falta.

Es verdad que la serie peca de cierta obviedad y ligereza argumental, pasando de un tema a otro de manera un tanto atropellada, sin agotar los pormenores ni entrar a profundizar en las razones que motivan a los personajes (algo que de entrada la aleja bastante de otras películas de época de culto, como “Sentido y Sensibilidad”, “Orgullo y Prejuicio” o “La edad de la inocencia”, cuyo ritmo narrativo suele ser más bien atemperado y reflexivo, casi contemplativo); así como que el relato no guarda un mínimo rigor histórico, algo de lo que ya se ha hablado y que es singularmente perceptible en la incorporación al elenco de personas de raza negra para encarnar a personajes que ostentan títulos nobiliarios, cosa que difícilmente hubiese sido posible en la Inglaterra del s. XIX

Sin embargo, tales aspectos, así como otros anacronismos intencionados, como la utilización de temas musicales modernos y bien conocidos por el público más joven (como algunos de Billie Eilish), interpretados por un coro de violines o un cuarteto de cuerda en los fastuosos bailes a los que acude la alta sociedad londinense o el vocabulario empleado por los personajes, desenfadado y actual, se ven compensados (o complementados, según se mire) por otras gracias que adornan a esta superproducción, como la abundancia de medios que hacen que destile una gran exhuberancia, belleza y colorido visual, o su atractivo elenco de actores y actrices que interpretan sus papeles con solvencia y credibilidad, sin el engolamiento propio de los intérpretes de este tipo de películas de corte clásico.

Quizá eso sea lo mejor (o lo peor) de «Los Bridgerton». Que, siendo pretendidamente un drama de época, resulta ser una propuesta novedosa, ágil y actual, lo que la hace entretenida y fácil de digerir.

Por lo demás, estoy básicamente de acuerdo con lo que de ella se ha dicho, en el sentido de que se trata de una obra menor que abusa de los tópicos de moda (feminismo, homosexualidad, integración racial…) haciendo un cóctel algo volátil de todo ello, con una gran visión comercial, y sin olvidar la guinda del que hoy es el ingrediente seguro del éxito: el morbo de unas escenas de sexo de alto voltaje que ya rulan por los principales portales de pornografía de internet.

La serie juega hábilmente esa baza del erotismo, la sensualidad y la sexualidad, abordando sin tabúes la pérdida de la inocencia y otros temas acerca de los cuales, en la época que se retrata, era impensable que una señorita virtuosa pudiera saber: como la masturbación femenina, la “marcha atrás” como método anticonceptivo y hasta lo que algunos han creído ver como una violación (solo que esta vez es ella quien abusa de él).

En este sentido, más que una “Gossip Girl” escrita por Jane Austen, como se ha dicho, creo que esta primera entrega de “Los Bridgerton” se acerca a “365 Días” o a “Cincuenta Sombras de Grey”, solo que dirigida a un público de menor edad. En suma, un producto para adolescentes con las hormonas disparadas que engancha fácilmente por su frescura y por la innegable química que existe entre sus protagonistas, Phoebe Dynevor -cuya delicada fisionomía de frágil muñeca de porcelana recuerda bastante a las heroínas de Jane Austen- y ese adonis negro, de torso musculado, que es Regé-Jean Page, cuyo imponente físico lo ha catapultado como el hombre más sexy del momento.

Título original: Bridgerton 

Año: 2020

Duración: 60 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Chris Van Dusen (Creador), Sheree Folkson, Alrick Riley, Julie Anne Robinson, Tom Verica

Guion: Chris Van Dusen, Sarah Dollard, Janet Lin, Abby McDonald, Joy C. Mitchell, Julia Quinn

Música: Kris Bowers

Fotografía: Jeff Jur, Philipp Blaubach

Reparto: Phoebe Dynevor, Regé-Jean Page, Golda Rosheuvel, Jonathan Bailey, Luke Newton, Luke Thompson, Claudia Jessie, Nicola Coughlan, Ruby Barker, Sabrina Bartlett, Ruth Gemmell, Adjoa Andoh, Polly Walker, Bessie Carter, Harriet Cains, Jason Barnett, Joanna Bobin, Kathryn Drysdale, Jessica Madsen, Ben Miller, Ruby Stokes, Molly McGlynn, Martins Imhangbe, Julian Ovenden, Ned Porteous, Joseph Macnab, Freddie Stroma, Sandra Teles, Jamie Beamish, Anand Desai-Barochia, Nikkita Chadha, Celine Abrahams, Frank Blake, Teri Ann Bobb-Baxter, Tom Christian, Michael Culkin, Amerjit Deu, Chris Fulton, Pippa Haywood, Ash Hunter, Robert Jarvis, Jonathan Jude, Marek Lichtenberg, Helene Wilson, Karishma Navekar, Paul G. Raymond, Robert Ryan, Nicholas Shaw, Alfredo Tavares

Compañias: ShondaLand y Netflix.

Género: Romance. Drama de época. S. XIX

FRAGMENTOS DE UNA MUJER

fragmentos de una mujer

“Triste, conmovedora, humana” garabateé ayer en una servilleta de papel estos adjetivos, mientras veía “Fragmentos de una mujer” en Netflix. Una película no apta para quienes soportan mal que el cine no se dedique a edulcorarnos la vida, sino a representarla en su dimensión real, no exenta de crudeza, y cuyo dilatado prólogo, filmado en un trepidante plano secuencia de una intensidad emocional que va “in crescendo”, ha merecido grandes elogios por parte de la crítica especializada, que lo ha calificado como “un espectáculo en sí mismo”.

Lástima que no suceda lo mismo con el resto del metraje.

“Lo malo de empezar una película con un tsunami es que luego bajan las aguas y solo queda un mundo devastado«, se puede leer en la revista Fotogramas. «Los primeros 30 minutos de «Fragmentos de una mujer» son ese tsunami. Un parto filmado en tiempo real que acaba en tragedia, te atropella, te arruga el corazón, te deja sin aliento. Más tarde, el trauma se ensancha y pierde su energía inicial”.

No estoy de acuerdo. Es verdad que necesariamente el ritmo narrativo se ralentiza, porque el drama del que parte el argumento es tan bestia que su desarrollo requiere de una atmósfera y un tempo agónicos que subraye el peso de la desgracia vivida. Pero vayamos por partes.

Marta (sensacional Vanessa Kirby en su entrega a este personaje que le valió el León de Oro como Mejor actriz en el Festival de Venecia) es una embarazada primeriza a punto de dar a luz que decide, junto a su pareja, hacerlo en casa, con ayuda de una comadrona. Pero el trabajo de parto se complica y su bebé fallece en sus brazos a los pocos segundos de nacer, a causa de lo que parece ser una “muerte súbita”.

Lo que se desencadena a continuación es un durísimo proceso de duelo que afecta a la joven madre y a su pareja (Shia LaBeouf, en su versión más hipster) levantando un muro infranqueable entre ambos, como si un mal rayo hubiese partido en dos lo que antes era uno, dejando su relación hecha añicos.

El motivo de este distanciamiento es el hecho de que ambos viven y reaccionan de modo desigual ante la pérdida de su hija. Mientras él se empeña en mantener vivo su recuerdo, enredado en un bucle autodestructivo, ella se esfuerza en digerir lo sucedido, intentando racionalizarlo, sin aferrarse a nada material, ni siquiera al cuerpo sin vida de la pequeña que decide unilateralmente donar a la ciencia, en lugar de darle sepultura como desearía su controladora madre (Ellen Burstyn), empeñada en demandar a la matrona por negligencia, como si el hecho de buscar un culpable pudiese aliviar su dolor y remediar lo irremediable.

Ninguno de los personajes es capaz de rescatar al otro de las garras del sufrimiento. La película trata de eso. De cómo lidiar con el dolor, la depresión y la culpa que nos aísla de los otros y nos parte en mil pedazos la vida, haciendo saltar por los aires el amor y el equilibrio emocional, y empujándonos a actuar de forma extraña.

Unos necesitan venganza, otros evadirse a través del alcohol o del sexo; y algunos sencillamente dejar que el tiempo pase hasta sanar de sus heridas. Nada se puede hacer excepto acostumbrarse a convivir con la pena y seguir adelante.

Como el bebé de Marta, la película de Kornél Mundruczó huele a manzana, cuyas semillas la protagonista hace germinar, en una alegoría bastante obvia de la fertilidad y de la esperanza en una segunda oportunidad para su malograda maternidad.

A decir verdad, el cineasta húngaro tiene cierta tendencia a echar mano de metáforas evidentes, como la insistencia en el plano detalle (tan recurrente en el cine de autor) que muestra las delicadas manos de Vanessa Kirbi con sus uñas enlutadas por un esmalte que se va descascarillando, y que dan idea de cierta fragilidad o abandono; o el puente que no termina de construirse hasta que ya el duelo está concluido. Pero, en estos tiempos donde prima el artificio injustificado, casi se agradece que aparezca alguien que domine la técnica cinematográfica, para ponerla al servicio de la veracidad de una historia creíble de principio a fin.

Título original: Pieces of a Woman

Año: 2020

Duración: 128 min.

País: Canadá-Hungría

Dirección: Kornél Mundruczó

Guión: Kata Wéber

Música: Howard Shore

Fotografía: Benjamin Loeb

Reparto: Vanessa Kirby, Shia LaBeouf, Ellen Burstyn, Molly Parker, Iliza Shlesinger, Jimmie Fails, Domenic Di Rosa, Alain Dahan, Sarah Snook, Ben Safdie, Vanessa Smythe, Sean Tucker, Tyrone Benskin, Dusan Dukic, Noel Burton, Letitia Brookes, Leisa Reid, Joelle Jeremie

Compañías: Bron Studios, Creative Wealth Media Finance. (Productor Ejecutivo: Martin Scorsese)

Género: Drama.Familia

RIFKIN´S FESTIVAL

Quien vaya a ver “Rifkin´s Festival”, la última película de Woody Allen rodada en Donostia, esperando encontrarse con alguna novedad, no sólo va a salir decepcionado, sino que probablemente empezará a hablar del “ocaso” del genio, como he leído en alguna crítica malévola, haciendo alusión a que son ya 84 años y bla bla bla…

No es mi caso. Pese a haber visto -y coleccionado- toda su filmografía, encuentro fascinante la fidelidad del director neoyorquino por recrearse, una y otra vez, en sus propias obsesiones, las que le han hecho ser quien es y llegar hasta donde ha llegado.

En esta película está de nuevo todo ese universo: la erosión que el tiempo provoca en el matrimonio, la infidelidad, la hipocondría, el falso compromiso transformador de la industria cultural y cinematográfica actual frente a las grandes preguntas existenciales que debe hacerse un verdadero intelectual, la crítica al judaísmo y al catolicismo, la ausencia de fe, el miedo a parecer pedante, a ser un fracasado, a no resultar demasiado brillante o ingenioso, ni demasiado atractivo, guapo o apasionado, la necesidad de hacer balance y encontrarse a sí mismo una vez llegados a una edad respetable… y todo ello envuelto para regalo por el director de fotografía Vittorio Storaro que baña la playa de la Concha y sus alrededores de bucólicos ocres y sutiles amarillos de postal, para que la acción trascurra en un eterno atardecer otoñal.

No creo que sea la mejor película de Woody Allen, de hecho he de confesar que hay situaciones de la trama que me chirrían, como todo lo relacionado con la historia personal de la cardióloga que interpreta Elena Anaya, demasiado bohemia para resultar creíble.

En general, no termino de ver a los personajes ni a los actores españoles integrados en el casting, algo que ya me paso con «Vicky, Cristina, Barcelona«. Los encuentro excesivamente caricaturescos.

De la película me quedo con el divertido homenaje que Allen dedica a los grandes cineastas europeos que son objeto de su devoción: Fellini, Bergman, Buñuel, Truffaut… al fin y al cabo, ellos también tenían sus propias obsesiones y complejos.

Título original: "Rifkin's Festival"

Año: 2020

Duración: 92 min.

País: Estados Unidos-España-Italia

Dirección: Woody Allen

Guion: Woody Allen

Música: Stephane Wrembel

Fotografía: Vittorio Storaro

Reparto: Wallace Shawn, Gina Gershon, Elena Anaya, Louis Garrel, Christoph Waltz, Sergi López, Richard Kind, Nathalie Poza, Douglas McGrath, Steve Guttenberg, Enrique Arce, Tammy Blanchard, Damian Chapa, Georgina Amorós, Yan Tual, Bobby Slayton, Andrea Trepat, Ben Temple, Luz Cipriota, Karina Kolokolchykova, Elena Sanz, Carmen Salta, Manu Fullola, Isabel García Lorca, Ken Appledorn, Rick Zingale, Godeliv Van den Brandt, Natalia Dicenta, Stephanie Figueira, Nick Devlin, Yuri D. Brown, John Sehil

Compañias: Gravier Productions, Mediapro, Wildside

Género: Comedia romántica. Cine dentro del cine.