UN NUEVO MUNDO

Acostumbrados a ver retratadas las penurias de la clase obrera en el cine social del director británico Ken Loach y de otros cineastas europeos, como el finlandés Aki Kaurismäki, el italiano Nanni Moretti o el francés Robert Guédiguian, resulta una interesante novedad ver una película sobre las disfunciones del mundo laboral en la que no se pone el foco en la problemática del trabajador (aunque esta se infiera de la trama, como inevitable daño colateral), sino en el elevado coste personal y familiar, y en el constante dilema ético al que se ven abocados muchos de los altos ejecutivos de las grandes corporaciones empresariales y plantas de producción industrial, sometidas a las dinámicas y exigencias deshumanizadoras de una economía de mercado globalizada, en la que los beneficios e índices de producción son siempre mejorables y el capital humano cada vez más prescindible.

Con un título que abraza la utopía, como quien se aferra a un salvavidas en medio de un naufragio moral, la francesa “Un nuevo mundo” (“Un autre monde”) nos cuenta la vida de Philippe Lesmele, Director General de una de las plantas francesas de fabricación de componentes para electrodomésticos del Grupo Elsonn, cuyo control accionarial pertenece ahora a una multinacional estadounidense que se juega los cuartos en Wall Street. Un honesto hombre de empresa, cercano a la edad de jubilación, cansado y atormentado por su propia mala conciencia, excepcionalmente interpretado por el actor Vincent Lindon (a quien los menos cinéfilos recordarán por haber engrosado la lista de amantes de Carolina de Mónaco), en la que es ya su quinta colaboración con el director galo Stéphane Brizé, y que en poco o en nada se asemeja a la caricatura de “El buen patrón”, tirano y paternalista, de Fernando León de Aranoa, más allá de que ambos directores hayan tenido la ocurrencia de fijarse en quien ejerce responsabilidades de mando.

Tras pasear su cámara por las oficinas de desempleo en “La ley de mercado” (2015) para retratar la dura realidad de un parado en la cincuentena obligado a aceptar cualquier oferta de trabajo, a cual más precarias y ruinosas; y de mostrarnos los entresijos de la lucha sindical en la fabril “En guerra” (2018), Brizé ha querido poner broche de oro a su aclamada “trilogía del mundo laboral” recurriendo nuevamente a su actor fetiche en este realista y austero largometraje en el que advierte acerca de la feroz deriva deshumanizante del capitalismo y de lo que se cuece “al más alto nivel”, en las juntas directivas de los grandes consorcios industriales o empresariales, comandados por ejecutivos de éxito a los que, para llegar a serlo, se les exige convertirse en hombres y mujeres sin alma, que no tengan el menor reparo o escrúpulo a la hora de prescindir, sobornar, chantajear y exigir de sus subalternos lealtades y comportamientos que atentan contra los más elementales principios de la integridad y la decencia, si con ello consiguen mantener contentos a sus jefes superiores y satisfacer a los avariciosos accionistas, en la confianza de que sabrán recompensarles generosamente por los servicios prestados.

Para hacer la película el propio director y su coguionista, Olivier Gorce, se entrevistaron con varios ejecutivos y mandos empresariales intermedios a los que cada vez se les hace más cuesta arriba cumplir con las instrucciones que les llegan de instancias superiores. «Ya no se les pide que piensen, solo que sigan órdenes», advertía el cineasta galo durante la promoción de la película, cuya intención ha sido «mostrar las consecuencias del trabajo de los que están considerados los tenientes primeros de sus empresas, pero que en realidad no son sino personas que se encuentran entre la espada y la pared».

Philippe Lesmele (Lindon) es uno de esos «comandantes» de la alta gerencia, cuya obediencia y lealtad a la firma se ha puesto a prueba durante años, a cambio de una sustanciosa remuneración acorde al cargo que ostenta.

Cuando le conocemos, está en el despacho de un abogado matrimonialista discutiendo los términos del divorcio con su esposa Anne (Sandrine Kiberlain, su expareja en la vida real), quien ya no soporta vivir con un marido y un padre ausentes. Tras varias décadas de matrimonio, en los tres últimos años solo han pasado seis fines de semana juntos debido a la adicción al trabajo de Philippe, tal como le reprocha Anne en una escena de gran realismo donde la tensión, las acusaciones, el resentimiento y las lágrimas van en aumento, rubricando el fracaso de un proyecto personal y familiar en el que se embarcaron siendo una pareja de jóvenes enamorados y que parece haber naufragado a pesar de ambos, por los sacrificios que ha requerido asegurar el bienestar material de la familia.

Pero este no es el único problema al que debe hacer frente el protagonista. La oficina central del grupo, con sede en Estados Unidos, acaba de exigir una reducción de gastos en las operaciones europeas y los jefazos franceses, encabezados por la implacable y arribista Claire Bonnet-Guérin (Marie Drucker), CEO de la compañía, y su lugarteniente y correveidile -siempre tiene que haber uno- Guillaume Draux, anuncian a los directores generales la necesidad de implementar de forma urgente un nuevo plan de despidos para ser más competitivos. “Alemania ya lo ha conseguido”, les dicen en tono ejemplarizante, exigiéndoles mayor valentía y determinación para prescindir de 58 trabajadores en cada una de sus plantas. O de lo contrario, ellos mismos pueden llegar a ser sustituidos por otros a los que no les tiemble el pulso al tener que obedecer órdenes.

Algo que, de hecho, les ocurrió a muchos de los ejecutivos con los que Brizé y Gorce hablaron para escribir el guión, quienes perdieron sus puestos de trabajo pese a tener grandes capacidades intelectuales y de liderazgo y de acatar órdenes sin rechistar durante años, por atreverse a cuestionar la idoneidad o poner reparos en llevar a cabo algunas de las reformas que se les pedían.

Es la perversa (y un tanto mafiosa) lógica del neocapitalismo liberal, basado en las jerarquías de poder y en una extracción insaciable de dividendos, que hace que se comporte como un moderno Saturno que devora sin miramiento a sus hijos. Como escribía Sergi Sánchez en La Razón: “en la pirámide invertida de la voracidad laboral, los cargos intermedios, que para unos son altas esferas y para otros peones con cuentas que cuadrar, sufren tanto como los obreros de a pie, pero con un millón de euros de patrimonio”.

En este sentido, aparentemente la película trasciende el discurso clásico de la lucha de clases, para abordar la cuestión desde un punto de vista postmarxista, más transversal, en el que todos estamos atrapados en la misma tela de araña, tejida por los intereses de quienes detentan en último término el capital, que no son los empleadores ni obviamente los trabajadores, sino los accionistas que exigen cada vez mayores beneficios.

“Tanto el dueño de los medios de producción (o empresario) como el empleado (o proletario), que sólo dispone de su fuerza de trabajo, viven sujetos a un mismo mecanismo exactamente igual de alienante, nocivo y hasta subyugante. Ni tan buenos unos ni tan malos los otros. Nadie escapa a la lógica perversa del afán de consumo. Todos somos esclavos de nuestro deseo de ser amos”, dice Luis Martínez en El Mundo. La única diferencia estriba en que, en esa carrera, hay quien considera ya que todo vale y quien aún se mantiene firme en la creencia de que el fin no justifica los medios, aunque cada vez sean menos quienes se rijan por un criterio moral.

En el caso de Philippe, las cuentas no salen, tal como le hace ver su concienzudo Jefe de Operaciones (y hombre de confianza), Olivier Lefébre (Olivier Lemaire). Aunque en principio se logre reducir gastos con un ERE, prescindir de tal número de empleados, eliminando de la ecuación a los de mayor antigüedad -y experiencia- o a los de aparente menor utilidad con un baremo de rendimiento puramente contable, no sólo causará un gran conflicto sindical inminente, sino que atenta contra la calidad de la producción, amenazando con hacer insoportables las condiciones de trabajo de los demás operarios, lo que a larga terminará afectando al negocio.

Abatido y acorralado por la presión a la que está sometido por parte de sus superiores que lo ponen en disparadero obligándole a tomar una decisión con la que él mismo no está de acuerdo y temiendo una rebelión en su plantilla, Lesmele trabaja con tesón esforzándose por encontrar una alternativa al reto planteado, para lo cual le vemos leyendo y redactando informes repletos de hojas de cálculo. Su semblante taciturno, anudándose la corbata cada mañana, haciendo ejercicio en el gimnasio, al volante de su Volvo o presenciando resignado cómo su mujer enseña a unos posibles compradores su casa, la suya es la viva imagen de la desolación, hasta que la película le ofrece una posibilidad de redención, cuando su hijo Lucas (Anthony Bajon), diagnosticado de TEA, sufre una crisis nerviosa, lo que le obliga a dejar a un lado los problemas de la oficina, para centrarse en el drama familiar.

Especialmente desconcertante y dolorosa resulta la visita que ambos padres hacen a su hijo en el hospital psiquiátrico en el que debe permanecer ingresado, donde se nos muestra al chico haciendo cálculos y elaborando gráficos de manera obsesiva, en base a medidas absurdas, como un espejo enfermizo del trabajo de su padre. O su delirio de creerse una joven promesa de la informática, a quien el mismísimo Mark Zuckerberg estaría interesado en contratar para Facebook.

Pero, curiosamente, es en ese paréntesis en el que Philippe entiende que debe atender y priorizar la salud de su hijo, donde él mismo encuentra la inspiración emocional y el respiro necesario que le permite dar con una solución que considera equitativa y beneficiosa para todas las partes implicadas y que pasa porque los altos ejecutivos de Elsonn estén dispuestos a dejar de cobrar durante un tiempo sus sustanciosas dietas y bonus, a fin de ahorrarle dinero a la empresa para que esta no tenga que despedir a más trabajadores.

La respuesta que recibe de la CEO del grupo y de los otros directores de planta pone de relieve hasta qué punto el cáncer de la ambición personal y el “sálvese quien pueda” ha llegado hasta los huesos de esta sociedad cada vez más despiadada, en la que valores como la lealtad y la generosidad, o conceptos como el éxito y la competitividad han sido convenientemente adulterados o desterrados, haciendo que el trabajo sea para muchos hoy un sucedáneo de la propia vida, convertida en una lucha enfermiza por mantenerse a flote cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

Título original: Un autre monde 

Año: 2021

Duración: 96 min.

País: Francia

Dirección: Stéphane Brizé

Guion: Stéphane Brizé, Olivier Gorce

Música: Camille Rocailleux

Fotografía: Eric Dumont

Reparto: Vincent Lindon, Sandrine Kiberlain, Anthony Bajon, Marie Drucker, Olivier Lemaire, Guillaume Draux, Christophe Rossignon, Sarah Laurent, Joyce Bibring, Olivier Beaudet, Didier Bille, Valérie Lamond, Mehdi Bouzaïda...

Productora: Nord-Ouest Films, France 3 Cinéma, Canal+, Ciné+, SofiTVciné 7, Cinéventure

Género: Drama | Trabajo/empleo

“THE ASSISTANT” Y “GLORIA BELL”

Si hay un común denominador entre los cientos de libros y películas que se han dedicado al estudio de la identidad femenina a lo largo de la historia es el que define a las mujeres como seres extraordinariamente complejos, dotados de una gran intuición y sensibilidad. Lo del pensamiento matemático y el raciocinio lógico ya es otro cantar. Un espacio injustamente vetado a la mujer y reservado al género masculino, incluso en los propios tratados científicos.

A nosotras se nos concede, a cambio, el atributo de la inteligencia emocional, una mayor fluidez comunicativa (especialmente en la expresión de nuestros sentimientos) y memoria verbal, así como mayor velocidad y precisión perceptiva que nos permite, entre otras cosas, distinguir el rosa del fucsia o localizar un objeto o persona en medio del caos, como lo haríamos con una aguja en un pajar. Por no mencionar nuestra tendencia (algo “masoca”) a la introspección, la autoexigencia y la constante autocrítica, como derivada de una educación culpabilizante que nos sigue estigmatizando y haciendo creer que nuestras capacidades son limitadas, cuando en realidad no lo son más que las de cualquier ser mortal.

A consecuencia de todo ello, el cine y la literatura, más empeñados que nunca en seguir escarbando en el alma femenina, se topan constantemente con personajes poliédricos, mujeres “prisma” que absorben toda la luz del mundo para proyectarla de mil formas y colores diferentes sobre un sinfín de roles y parcelas de actividad. Personas valiosas, empeñadas en autoperfeccionarse y en darle un significado y una razón a sus vidas, a menudo confundidas, aturdidas o sobrepasadas por las exigencias, frustraciones, abusos y limitaciones que les impone la vida diaria.

Estos días (como sucede siempre que se acerca el 8 de marzo) las plataformas de streaming nos han obsequiado con algunos estrenos cuya temática responde a esa perspectiva de género, en los que pueden apreciarse todos estos matices y algunos más.

En concreto me he fijado en dos: la película “The Assistant” (Filmin) de Kitty Green, promocionada como “el thriller definitivo sobre el movimiento #MeeToo”, surgido a raíz del caso de Harvey Weinstein, uno de los productores más importantes de la industria de Hollywood acusado de abusar sexualmente de un buen número de actrices y aspirantes; y “Gloria Bell” (Netflix), un autoremake de la película “Gloria” (2013) del director chileno Sebastián Lelio, en la que somos testigos de los denodados intentos de una mujer divorciada, de mediana edad y con hijos adultos, por sentirse útil para los suyos y vivir la vida que le resta con intensidad.

Si en el primer caso, la protagonista femenina es una joven debutante en el mundo laboral, en el segundo se trata de una mujer ya próxima a la jubilación. Pero no es esa la única diferencia entre ambas historias.

En «The Assistant» estamos ante una película minimalista, con muy pocos diálogos y nada de música, rodada en el ambiente algo claustrofóbico, aséptico e impersonal de una oficina con escasa decoración, pobre iluminación y mobiliario gris, en donde todo transcurre durante un día en la jornada laboral de la también grisácea y algo triste Jane (una comedida y silenciosa Julia Garner, conocida por su trabajo en “Ozark”), quien ejerce de “chica para todo” en el despacho del gran depredador sexual (cuya presencia se intuye, omnipotente y omnipresente, pese a que jamás lleguemos a verlo en carne mortal).

Mucho más luminosa (gracias a la fotografía colorista de Natasha Braier), la Gloria que encarna la maravillosa Juliane Moore en «Gloria Bell» (versión angloparlante del personaje original que le valió un merecido Oso de Plata, en la Berlinale, a la actriz chilena Paula García) es una mujer de espíritu libre, expansiva, divertida, cálida, cantarina y risueña, empeñada en ponerle banda sonora ochentera a su vida y salir a quemar la pista de baile, sola o acompañada.

De algún modo, la distancia generacional entre estas dos mujeres enmarca un abanico infinito de posibilidades, perfiles, temores y vivencias femeninas, con los que las mujeres podemos identificarnos, al menos en parte, en la medida en que cada una de nosotras responde a su propia singularidad y momento vital.

Jane es una recién graduada universitaria y aspirante a productora cinematográfica que consigue aparentemente el trabajo perfecto como asistente de un poderoso ejecutivo de la industria del entretenimiento y se desvive por hacerlo de manera eficaz.

Como tantas y tantas asistentes, secretarias y becarias, su día a día consiste en ser la primera que llega (aún de madrugada) y la última que se marcha de la oficina, donde tiene que preparar café, cambiar el papel de la fotocopiadora, encargar el almuerzo, organizar viajes, atender a las exigencias del jefe y aguantar las impertinencias de su mujer, recibir y contestar sus mails y sus llamadas, recoger su ropa en la tintorería, ordenar su medicación… Permanentemente a prueba, sometida a un continuo examen en el que cualquier mínimo error puede suponer una humillante reprimenda o un despido fulminante.

Se podría decir que Jane es Ariadna atrapada en la cueva del minotauro, devorador de la vida y la virtud de jóvenes doncellas, a quien nadie ve, pero todos temen porque conocen de lo que es capaz.

Sin duda el principal valor de la película de Kitty Green es el de saber contárnoslo todo, sin enseñarnos nada de forma explícita.

Uno de los momentos más impactantes de “El escándalo” (Bombshell) es el que mostraba cómo Roger Ailes -el mandamás de la FOX- se propasaba con una becaria, el personaje que interpretaba Margot Robbie en la película dirigida por Jay Roach. Green huye de eso. Quizás porque no considera necesario caer en el morbo de mostrar la naturaleza obscena de unos abusos sobre los que hemos podido leer todo tipo de detalles en prensa durante los últimos años.

En su lugar, nos invita a construir el puzzle de los hechos por nosotros mismos, en base a una serie de indicios (el pendiente encontrado en el sofá, los medicamentos antiabortivos, la guapa becaria sin cualificación alguna, a la que “el jefe” manda a traer desde Boise y alojar en un hotel, nombrándola su segunda ayudante…) recogidos a través de la mirada de la joven Jane, lo bastante perspicaz para darse cuenta de que algo no va bien en la oficina y de que allí están pasando cosas que no deberían de pasar, hasta enfrentarse al dilema fundamental de la película: hacer algo al respecto o dejar hacer.

Como la heroína griega, la joven tira del hilo e intenta salir del laberinto, una vez toma conciencia del abuso al que está siendo sometida recibiendo a diario un trato degradante, pero es entonces cuando se topa con la gran muralla del sistema que opera como una fortaleza medieval de la que difícilmente se puede salir indemne, como deja claro su visita al responsable de Recursos Humanos, brillantemente interpretado por Matthew McFayden (“Succession”, “Orgullo y Prejuicio”) en una breve escena plagada de cínicas advertencias que, por desgracia, resulta demasiado habitual. “¿De verdad quieres seguir adelante con esto?” “¿Qué crees que vas a conseguir denunciando?”, “Tu problema es que estás celosa”, “Te irás acostumbrando…”, “Que suerte tienes de no ser su tipo…”

Como bien observa Fernando Vílchez en “Las cosas que nos hacen felices”, “a diferencia de otros trabajos donde también se abordaba la ley de silencio que durante décadas dio cobertura a hombres como Harvey Weinstein, “The Assistant” huye de nombres propios. Y lo hace, precisamente porque busca despersonalizar la figura de Weinstein. Al fin y al cabo, hay muchos jefes déspotas que abusan de su poder”.

En lugar de centrarse en él, prefiere hacerlo en los que le rodean. Los que sabían lo que pasaba y no hicieron nada para evitarlo. Aquellos que callaron para salvar su pellejo y su puesto de trabajo, sin que su conducta nos resulte, lamentablemente, desconocida o anómala.

Es así como la supuesta heroína acaba aceptando su destino y convirtiéndose en parte del problema. A juzgar por la escena final, en la que se aleja cabizbaja del lugar de los hechos a sabiendas de que el abuso está siendo consumado, con intención de regresar al día siguiente a su puesto de trabajo, intuimos que acabará siendo una empleada más, como la que en un ascensor le sugiere que no se preocupe demasiado porque “en esto, ellas ganan más que él”.

Quién sabe si la “Gloria Bell” de Sebastián Lelio fue en un tiempo pasado también esa Jane. Lo que sí conocemos es su postura respecto al problema de una compañera de trabajo obligada a prejubilarse con una pensión mísera, con la que se solidariza brindándole su incondicional amistad, sin poder evitar (tampoco en ese caso) que el abuso y la injusticia se impongan, ya que es algo que no está en su mano.

Con una situación laboral consolidada, aunque sea en un trabajo algo anodino como empleada de una empresa de seguros, divorciada hace más de diez años, dos hijos adultos, un nieto y un exmarido con quien parece guardar una relación cordial, los problemas de Gloria (Juliane Moore), a su edad, son otros. Los de una mujer que combate la soledad y el paso del tiempo, acudiendo a clases de yoga y de risoterapia, ansiosa por disfrutar de la vitalidad que aún le queda y del amor que cree haber vuelto a encontrar en un desconocido, con quien entabla conversación en la discoteca para “singles” maduros, a la que periódicamente suele acudir para hacer una de las cosas que más le gusta: bailar.

El inexpresivo Arnold (John Turturro) es un recién divorciado que ha adelgazado casi cincuenta kilos gracias a un balón gástrico, trabajó en el ejército y actualmente regenta un parque de atracciones en los que el personal se divierte disparándose con pistolas de paintball.

Ambos se enamoran bailando un tema de “Earth, Wind & Fire” y regresan a casa con algunas copas de más dando inicio a un romance que irá más allá del interés puramente sexual. Pero Arnold parece mantener una relación de dependencia algo tóxica con sus dos hijas y su exmujer, lo que le impide entregarse por completo a una nueva historia de amor. Por lo que las expectativas de Gloria pronto se ven decepcionadas.

Tras un viaje a Las Vegas que deja magulladuras literales y simbólicas, la película recurre a un par de trucos dramáticos diseñados para terminar de construir una heroína moderna, capaz de tropezar una y otra vez con las zonas erróneas propias y ajenas y, sin embargo, seguir en pie con dignidad y energías renovadas.

Julianne Moore logra en este sentido una interpretación soberbia, con momentos literalmente “gloriosos”. Su actuación libre de complejos, de pudores y prejuicios, construye un personaje sumamente seductor. El de una mujer de casi 60 años, libre de ataduras y de responsabilidades, que sólo busca ser feliz.

Y es que, más allá de la intención declarada de visibilizar a la mujer madura, con sus inquietudes e inseguridades, y darle la importancia que parece haber perdido con el creciente culto a la belleza física, lo que la película del director chileno nos recuerda es que nunca es tarde para procurar la felicidad y que, hasta la penúltima equivocación merece la pena, si en el intento hemos logrado sonreír.

FICHA TÉCNICA:


Título original: The Assistant

Año: 2019

Duración: 81 min.


País: Estados Unidos

Dirección: Kitty Green

Guión: Kitty Green

Música: Tamar-Kali Brown

Fotografía: Michael Latham


Reparto: Julia Garner, Matthew Macfadyen, Dagmara Dominczyk, Kristine Froseth, Patrick Wilson, Mackenzie Leigh, Juliana Canfield, Noah Robbins, Alexander Chaplin, Purva Bedi, Lou Martini Jr., Migs Govea, Fang Du, Daoud Heidami, Jonny Orsini, Sophie Knapp, Andrew Hsu, Devon Caraway

Productora: 3311 Productions, Cinereach, Forensic Films, Level Forward, Symbolic Exchange, Bellmer Pictures, JJ Homeward Productions (Distribuidora: Bleecker Street)

Género: Drama | Trabajo/empleo. Abusos sexuales
FICHA TÉCNICA:

Título original: Gloria Bell

Año: 2018


Duración: 102 min.


País: Estados Unidos


Dirección: Sebastián Lelio


Guión: Alice Johnson Boher (Historia: Sebastián Lelio, Gonzalo Maza)

Música: Mathew Herbert


Fotografía: Natasha Braier


Reparto: 
Julianne Moore, John Turturro, Michael Cera, Jeanne Tripplehorn, Holland Taylor, Brad Garrett, Caren Pistorius, Sean Astin, Cassi Thomson, Tyson Ritter


Productora: Co-production Estados Unidos-Chile; Filmnation Entertainment, Fabula

Género: Drama. Romance | Remake. Amistad