LA ODISEA

“La Odisea” no necesitaba otra adaptación más (ya hay un total de 35 entre las cinematográficas y las televisivas). Pero sí permite una relectura a la luz de los nuevos acontecimientos de la Historia de Occidente. Y pocos cineastas parecían más preparados para emprender este viaje que -como el célebre poema homérico- es una descomunal epopeya, que Christopher Nolan.

Resulta difícil encontrar otro realizador contemporáneo cuya obra haya girado con tanta insistencia alrededor de las mismas preguntas que formuló Homero hace tres mil años en esos veinticuatro cánticos compuestos por 12.110 versos: ¿Qué convierte a un hombre en héroe? ¿Qué precio tiene la victoria? ¿Es posible regresar a casa moral y psicológicamente indemne tras haber conocido la barbarie de la guerra?

El cineasta británico ofrece una interpretación actualizada de una de las grandes obras de la literatura universal, a partir de las obsesiones que son recurrentes en su filmografía. En su versión de «La Odisea» el tiempo vuelve a fragmentarse, a comprimirse y a ensancharse, aunque lo hace con mayor sobriedad que en Memento o Tenet. El protagonista carga con el tormento de la culpa por haber conducido a sus hombres a una muerte segura, como sucedía en Oppenheimer. Y el viaje físico acaba siendo un retorno hacia la propia identidad, igual que en Origen o Interstellar. Lo que demuestra que Nolan llevaba en realidad dos décadas dialogando con Homero.

Esta nueva conversación comienza en las tripas de “el caballo de Troya”, que deja de ser el coloso de una victoria gloriosa para convertirse en el claustrofóbico origen de una condena impuesta por los dioses.

Dentro de esa gigantesca estructura de madera que espera varada en la playa a ser descubierta y confiscada por el ejército troyano, no hay heroísmo, solo un grupo de hombres hacinados, cociéndose en su propio caldo, respirando el mismo aire viciado y rebozándose en su propia inmundicia, mientras aguardan la orden de salir a matar.

Cuando las puertas de la ciudad se abren, aparece el vengativo ejército de Agamenon, rey de Micenas que, como el monarca más poderoso de Grecia, hacía las veces de “rey de reyes”. Nolan lo representa tocado por un casco negro que le asemeja a Darth Vader, supervillano de la Guerra de las Galaxias, cuyo penacho no está hecho de crines, sino de una hilera de vértebras doradas que descienden por su nuca como si de su columna vertebral se tratara.

En ese momento, el director no celebra el ingenio militar de Odiseo, artífice de la treta que permitió vengar el rapto de Helena, mujer de Menelao (rey de Esparta y hermano de Agamenón), por Paris, príncipe de Troya. Lo que filma es el estupor del rey de Ítaca que, al contemplar la violencia desatada, cobra consciencia de lo que ha hecho y presiente que el engaño a los troyanos se cernirá sobre él y los suyos como una maldición. Más tarde confesará a su esposa Penélope que todo lo del secuestro de Helena fue solo una excusa y que Agamenón emprendió la guerra con estos por razones socioeconómicas, concretamente por el control del estrecho de los Dardanelos (el antiguo Helesponto), que conecta el mar Negro con el mar Egeo y el Mediterráneo, sirviendo de puente entre Oriente y Occidente. Es decir, por el control de sus rutas comerciales. ¿Les suena de algo?

Tragedia griega

Homero escribió un canto épico, pero Nolan lo interpreta como una tragedia griega de índole moral. La guerra apenas le interesa como espectáculo. Lo importante para él son sus consecuencias, como si quisiera responder con ello a las críticas que recibió con Oppenheimer, por haber explorado la culpa del creador de la bomba atómica, sin detenerse en el sufrimiento de las víctimas de Hiroshima y Nagasaki. Y a la vez advertirnos de los peligros que nos acechan y que pueden llevarnos al fin de nuestra civilización.

Sin responder explícitamente a aquellos reproches, el cineasta británico nos habla de las heridas que toda guerra deja en quienes la libran y en quienes la padecen. En su Odisea, cada decisión deja una cicatriz visible y cada victoria arrastra un coste humano imposible de ignorar. El recuerdo de cada isla y cada peligro al que se enfrentan Odiseo y sus soldados es un lento ajuste de cuentas de un hombre con su mala conciencia. Incluso la célebre elección entre ser arrastrado y engullido por Caribdis -un gigantesco remolino en medio del mar- o ser devorado por Escila -un monstruo encaramado a un peñasco que atrapa y devora a varios marineros cuando el barco pasa cerca- se plantea como un insoportable dilema, en el que Odiseo debe decidir cuál de sus hombres debe morir y quiénes deben seguir vivos. La bruja Circe ya le había advertido de que debía escoger el mal menor: acercarse a Escila y sacrificar a unos pocos hombres antes que perder a la tripulación entera.

Al contrario que en el poema original donde la responsabilidad individual se diluye por la influencia que tienen los dioses en las acciones de los hombres, Nolan transforma a Odiseo en un héroe moderno atormentado por la culpa, desmemoriado por un cuadro de estrés postraumático, que además de no tener claro quién es, tampoco sabe si la feroz guerra a la cual sobrevivió en realidad valió la pena. Un personaje al que un sobreactuado Matt Damon no llega a encarnar con la solvencia con que lo hizo Ralph Fiennes a las órdenes de Uberto Pasolini en The Return. Su Odiseo es un diestro arquero y un estratega brillante, pero también un hombre agotado y lleno de remordimientos, cuyo mayor desafío no consiste en derrotar cíclopes o sobrevivir al canto de las sirenas, sino en apaciguar la voz de su propia y atribulada conciencia que Nolan personifica en la diosa Atenea y reconciliarse con lo que se vio obligado a hacer para seguir con vida y volver a Ítaca, donde lo esperan desde hace años su esposa Penélope y su hijo Telémaco, de cuyo amor y respeto no cree ya ser digno al haber desafiado a los dioses, especialmente a Poseidón, dios del mar.

Los protagonistas de Nolan nunca han sido héroes clásicos, sino hombres llenos de grietas. Bruce Wayne sacrifica su vida privada en Batman para convertirse en un justiciero; Cobb no distingue los sueños de la realidad; Cooper abandona a su familia para salvar a la humanidad y Oppenheimer contempla cómo su mayor logro se convierte en su mayor condena. Su Odiseo encaja de manera natural en esa genealogía.

Un reparto espectacular

El resto del reparto acompaña la propuesta con la misma solvencia. Anne Hathaway dota a la reina Penélope de autoridad, alejándola del estereotipo de la esposa resignada y pasiva que espera a su marido tejiendo una manta funeraria, para convertirla en una gobernante que resiste el asedio de los pretendientes a su palacio donde dan buena cuenta de sus provisiones y amenazan a su hijo. Su presencia recuerda por momentos a la gran Irene Papas, lo que dota de una gravedad trágica al personaje. Robert Pattinson, por su parte, disfruta encarnando a un Antínoo venenoso, mientras Tom Holland compone un Telémaco contenido y vulnerable, muy lejos del joven héroe impulsivo que cabría esperar. A medida que avanza el relato, el hijo de Odiseo deja de ser el muchacho que espera noticias de su padre para asumir sobre sus hombros el peso del reino. Probablemente sea el trabajo más maduro de su carrera y la confirmación de que su registro dramático va mucho más allá de la saga de Spider-Man.

¡Y qué decir de los secundarios! John Leguizamo vuelve a demostrar que pocos actores poseen tanta capacidad para dignificar un personaje como el del porquero Eumeo, el único criado que permanece leal a Odiseo durante sus veinte años de ausencia. Es él quien cuida a su perro Argos, protagonista de uno de los momentos más conmovedores de la película, cuando Odiseo regresa a Itaca disfrazado de mendigo y nadie lo reconoce, salvo su viejo perro de caza que, abandonado sobre un montículo de estiércol, enfermo y cubierto de parásitos, levanta la cabeza, mueve débilmente la cola y muere por fin en paz al volver a ver a su amo. Incluso aquellos actores que tienen una aparición fugaz en la película, como Jon Bernthal que hace de Menelao; consiguen dejar huella.

Mención aparte merecen, en cambio, Charlize Theron en el papel de Calipso, la ninfa que retiene a Odiseo durante años en la isla de Ogigia, no ofreciéndole la inmortalidad si permanece junto a ella, como sucede en el texto homérico, sino dándole a comer flor de loto, un poderoso psicofármaco que nubla su voluntad. La seductora hija de Atlas se nos muestra aquí, no como una semidiosa, sino como una suerte de psicoanalista que ayuda a Odiseo a recordar y, a la vez, como una mujer enigmática, consciente de que ama a un hombre cuyo destino será regresar junto a su mujer y su hijo. Pese a tener una presencia magnética en las pocas escenas que comparte con Matt Damon, Nolan opta por una Calipso contenida y casi espectral, al igual que sucede en el caso de la silente Atenea que interpreta Zendaya, dos personajes más desaprovechados de lo que cabría esperar tratándose de dos actrices de su talla.

Pero si hay una actriz que se lleva la palma en esta película esa es, sin lugar a dudas, Samantha Morton que compone una Circe menos seductora que inquietante, una mujer endurecida por la guerra que reprende a Odiseo y lo obliga a enfrentarse a las consecuencias de sus actos. El episodio en el que la hechicera transforma a los soldados en cerdos es, junto con el descenso al Hades, uno de los más brillantes de la película. No tanto por su dimensión fantástica, sino por la extraordinaria densidad de unos diálogos que condensan el verdadero sentido moral del viaje.

En una entrevista reciente, la propia Morton explicaba que el director le pidió interpretar a Circe como la encarnación del trauma que la guerra deja en las mujeres. Ella es la única que se atreve a desnudar a Odiseo y a cuestionar la barbarie de “esos cerdos disfrazados de hombres”.

La Xenia

Sin llegar a convertir su película en un alegato político, Nolan desliza sutilmente unos cuantos recados. Entre ellos, recuerda que una civilización también se define por la manera en que trata a quienes llegan de fuera. Para lo cual recupera otro de los grandes principios éticos de Homero: la Xenia. Bajo la ley de Zeus, recibir al desconocido con generosidad y respeto constituía uno de los pilares de la civilización griega. Cada vez que ese principio se vulnera —ya sea en la cueva de Polifemo, en el palacio de Ítaca ocupado por los pretendientes o en la isla de Circe— el relato deja claro que no solo se quebranta una norma social, sino el propio orden moral del mundo.

Tres mil años después, ese mensaje resuena con gran vigencia en las sociedades occidentales, donde la inmigración es percibida como una amenaza, ignorando la obligación moral de brindar hospitalidad al forastero.

En el plano visual, podría decirse que «La Odisea» de Nolan devuelve el realismo al cine épico. El director insiste en rodar barcos que parecen barcos, mares bravíos que imponen respeto, infiernos brumosos con olor a salitre y el paisaje de una costa escarpada que oprime tanto al espectador como a los personajes. No hay saturación digital ni artificio innecesario. La madera cruje, las rocas desgarran y las tormentas rugen generando una auténtica sensación de peligro.

El diseño de fotografía de Hoyte van Hoytema aprovecha el formato IMAX para retratar la insignificancia del ser humano frente a la naturaleza y al poder de los dioses. Y las criaturas mitológicas también escapan del artificio tecnológico. El cíclope Polifemo (Bill Irwin), hijo de Poseidón, es una presencia primitiva y Escila y Caribdis manifestaciones del miedo y la culpa. Nolan filma esos episodios como si rodase cine de terror. Y Ludwig Göransson firma una partitura de enorme inteligencia. Frente al monumentalismo sonoro que caracterizó muchas de sus colaboraciones con Hans Zimmer, la música sabe retirarse cuando la imagen ya contiene toda la tensión necesaria.

Sin embargo, la película nunca llega a alcanzar del todo la dimensión emocional que promete. Nolan es un arquitecto cinematográfico prodigioso, pero sigue teniendo cierta dificultad para permitir que las emociones transpiren. Su precisión resulta admirable, pero a veces impide que el corazón lata con la misma fuerza que su inteligencia. Si bien eso no disminuye la importancia de su obra que reivindica algo casi revolucionario en el cine actual: la posibilidad de filmar una superproducción gigantesca sin renunciar a la dimensión cultural ni insultar la inteligencia del espectador. 

«La Odisea» quizá no sea su mejor trabajo, pero demuestra que los grandes cantos épicos nunca envejecen. Tan solo cambian de voz para hacerse las mismas preguntas. Nolan no ofrece la adaptación definitiva del poema de Homero. Pero su película demuestra que, tres mil años después, aún seguimos necesitando volver a Ítaca para entender quiénes somos.

Título original: The Odyssey

Año: 2026

Duración: 172 min.

País: Reino Unido-Estados Unidos.

Director y guion: Christopher Nolan, basado en el poema de Homero

Fotografía Hoyte Van Hoytema

Música: Ludwig Göransson

Reparto: Matt Damon, Anne Hathaway, Tom Holland, Robert Pattinson, Samantha Morton, Charlize Theron, Zendaya,John Leguizamo, Jon Bernthal, Elliot Page, Travis Scott, Mia Goth, Himesh Patel, Corey Hawkins...

Compañías: Syncopy Productions. Universal Pictures.

Género: Aventuras. Fantástico. Antigua Grecia. Mitología. Cine épico.

MA RAINEY’S BLACK BOTTOM Y DA 5 BLOODS

“Espero servir siempre a mi raza y a la industria cinematográfica. Dios los bendiga”. Ha llovido casi el diluvio universal desde que Hattie McDaniel, pronunciara estas sentidas palabras al recibir un Oscar en 1939, por su entrañable papel de Mammy en “Lo que el viento se llevó”, sin que se le permitiera asistir a la ceremonia de entrega de los premios, por ser una actriz de raza negra.

Una situación que sería impensable hoy, y no sólo porque la gala de este año vaya a ser virtual, sino porque los vientos de alivio que soplan en Hollywood tras el desalojo de Trump de la Casa Blanca (ya es casualidad que se llame así) y el poderoso influjo de las encendidas consignas de #blacklivesmater, han hecho girar las tornas justo en sentido contrario.

En honor a la verdad, la reivindicación racial se hizo presente en los célebres premios, ya desde 2016, cuando el director y activista SpikeLee, uno de los cineastas afroamericanos más influyentes (quizá el que más) de Hollywood y la actriz Jada Pinkett Smith decidieron boicotear la gala de aquel año, al saber que solo había un actor negro nominado.

Bajo el slogan de #OscarSoWhite iniciaron entonces una movilización que se quejaba de la invisibilidad de los actores de raza negra, poniendo en evidencia que, en las dos últimas ediciones, cuarenta actores habían sido nominados para ganar la preciada estatuilla y ninguno de ellos era de piel oscura.

Y a la vista está que su llamado de atención surtió efecto. Pues las sucesivas ceremonias de entrega que ha habido desde entonces han estado marcadas por la presencia y homenaje al talento de una pléyade de actores, actrices, directores, productores y demás gentes del cine de origen afroamericano. Tendencia que ha ido en aumento y que algo me dice que alcanzará su apoteósis en la gala de este año, que se perfila ya como un potente revival de la defensa de los derechos civiles de los negros y la integración racial, frente a quienes aún abanderan la supremacía blanca en USA.

Y ello por razones obvias. A la espera de conocer la lista definitiva de los nominados el 15 de marzo, no hay más que echar un vistazo a la producción cinematográfica del pasado año en aquel país, para notar que ha estado marcada por el clima de opinión generado tras el asesinato del negro George Floyd a manos de la policía blanca de Trump, suceso que desató una oleada de violentas protestas callejeras y supuso la aparición en escena de Black Lives Mater.

Bajo ese vigoroso paraguas racial reivindicativo, se cobijan dos películas que suenan muy fuerte para hacerse con algún galardón la noche de autos, ambas producidas y distribuidas por el gigante del streaming Netflix, como casi todo el cine en tiempos de la Covid.

Hablo de «Da 5 bloods» (último trabajo de Spike Lee) y de «Ma Rainey’s Black Bottom«. Dos producciones que, aun abordando temáticas distintas, hablan el mismo idioma.

En el primer caso, se trata de una oda a la amistad y la lealtad entre hermanos de raza y de armas, protagonizada por un grupo de veteranos de guerra negros que lucharon juntos en Vietnam, sin que su sacrificio se viera después recompensado por una sociedad que los sigue discriminando por el color de su piel.

Paul (Delroy Lindo, uno de los posibles candidatos a una nominación), Otis (Clarke Peters), Eddie (Norm Lewis) y Melvin (Isiah Whitlock Jr.) vuelven a Saigón, cuarenta años después, para buscar los restos del líder de su escuadrón, Norman (memorable, Chadwick Boseman), una especie de Malcom X caído en combate, y recuperar de paso un tesoro en lingotes de oro que escondieron en la selva, decididos a repartírselo en compensación a los servicios prestados al Tío Sam.

Al margen de los delirios tragicómicos que desata la fiebre del oro en sus pintorescos protagonistas (psicológicamente devastados por la experiencia bélica) y que motivan la trepidante acción de la película, Spike Lee vuelve a utilizar su obra cinematográfica para honrar a su raza y rendir un homenaje a algunos de sus referentes más representativos, como Mohamed Ali o Areta Franklin, a quienes se nombra casi a modo de sagrada invocación, así como a otros héroes negros menos conocidos para el gran público, como Milton Olive, un soldado que, a los 18 años, sacrificó su vida para salvar a su escuadrón, al saltar sobre una granada activa sofocando con su cuerpo la explosión; o Crispus Attucks, probablemente un esclavo fugitivo de procedencia africana, de quien poco se sabe, a excepción de que fue el primer mártir de la Revolución Americana, asesinado durante la Masacre de Boston.

A ellos se refiere el malogrado Norman, cuando decide esconder el tesoro encontrado de manera fortuita durante la contienda, a modo de indemnización, lanzando la siguiente soflama: “Nosotros fuimos los primeros en morir por nuestra bandera. Hemos muerto por el país desde el principio, esperando que nos dieran el sitio que nos corresponde, pero lo que nos dieron fue una patada el culo. Nuestro país nos lo debe. Nosotros lo creamos. Embarguemos este oro por todos los soldados negros que nunca volvieron a casa, los hermanos negros de nuestra madre África, llevados a Jamestown (Virginia), en 1619. Le daremos este oro a nuestra gente”.

No será la única. Spike Lee se hace cargo de la rabia de su gente en un momento histórico especialmente convulso, comparándola con la de aquel en el que se produjo el asesinato de Martin Luther King, e intenta contenerla, con un diálogo que parece dirigido a quienes, tras el asesinato de Floyd, daban rienda suelta a su ira en las calles de Estados Unidos y de medio mundo.

La escena tiene lugar cuando los cinco soldados se enteran, en plena selva, del asesinato del Dr. King: “Los negros son solo el 11% de la población estadounidense, pero entre las tropas de Vietnam sois el 32%. Soldados negros. ¿Es justo servir al país, más que los blancos que os han enviado aquí?”, emponzoña la locutora de la radio oficial de Saigón, intentado minar la moral de la tropa enemiga.

“Los putos blancos se han pasado. La biblia dice ojo por ojo y diente por diente. Hay que matar a algún blanco, nuestros hermanos están quemando cosas en casa”, vociferan Paul, Otis, Eddie y Melvin, presos de la indignación. A lo que su mesiánico jefe de batallón (o el propio Spike Lee) contesta, intentando apaciguar los ánimos: “Estáis hablando del Dr. King. Un hombre de paz. Yo estoy igual de cabreado. Tenemos derecho a estarlo, pero somos hermanos. Que no usen nuestra rabia contra nosotros. Nosotros la controlamos. Lo que queréis hacer ahora no va a cambiar nada. Así que dejad esa rabia. Es una orden”.

Una rabia a la que sí sucumbirá, en cambio, el personaje que interpreta el mismo actor, Chadwick Boseman (casi seguro merecedor de un Oscar a título póstumo, pues esta fue la última película que rodó antes de su fallecimiento el pasado año, a causa de un cáncer colorrectal), en “Ma Rainey’s Black Bottom”, la impactante película producida por otro actor negro dispuesto a reivindicar su orgullo de raza, Denzel Washington, que retrata la vida de la conocida como “madre del blues”, laureada por la crítica.

Basada en la obra teatral homónima de August Wilson, la historia está ambientada en el Chicago de finales de los años veinte y transcurre durante la tensa y sofocante sesión de grabación de un disco de Ma Rainey (poderosa e irreverente, Viola David, toda una fuerza de la naturaleza con su maquillaje languideciente, sus pechos colganderos y sus kilos de más), junto a su banda de músicos (todos negros), en la que Boseman interpreta a un trompetista atormentado por el pasado y psicológicamente marcado por el atroz asesinato de sus padres a manos del KuKluxKlan, ante sus ojos, siendo apenas un niño.

Seguramente se trata de una de las películas mejor actuadas del pasado año, como ha dicho la revista Vanity Fair y un cierre perfecto para la carrera de un artista que se fue demasiado pronto. De hecho, “Ma Rainey. La madre del Blues” es ya, sobre todo, la última película de Chadwick Boseman, probablemente la más oscura de cuantas hizo, pero también la mejor, en la que demuestra todo su potencial. Desde su encantador descaro, “levantándole” la novia a su intimidante jefa, hasta sus descontrolados ataques de furia, todo en él rezuma verdad.

Más allá de ser “un tributo a una leyenda del blues y a la cultura afroamericana en general”, como dijo de ella Rotten Tomatoes, se trata de un drama emotivo, indignante y desgarrador, que tiene la evidente intención de conmover y mover a la reflexión al espectador mediante diálogos de gran calado, como cuando Glynn Turman, el pianista de la banda, pronuncia un monólogo sobrecogedor sobre las injusticias cotidianas sufridas por los negros en los años veinte (que no distan mucho de las sufridas en décadas anteriores y aún en el siglo posterior) para concluir amargamente que “los negros son las sobras en el guiso de la vida”.

Título original: Ma Rainey's Black Bottom

Año: 2020

Duración: 94 min.

País: Estados Unidos

Dirección: George C. Wolfe

Guión: Rubén Santiago-Hudson (Obra de teatro de August Wilson )

Música: Branford Marsalis

Fotografía: Tobias A. Schliessler

Reparto: Viola Davis, Chadwick Boseman, Glynn Turman, Colman Domingo, Joshua Harto, Taylour Paige, Jonny Coyne, Jeremy Shamos, Michael Potts, Scott Matheny, Dusan Brown, Phil Nardozzi, Daniel Johnson, Roger Petan, Ron L. Haynes, William Kania, Gregory Bromfield, Jordan Rhone, DaJuan Rippy, Antonio Fierro, Tony Amen, Shane McNair, Jacob Wright, Chris McCail, Malik Abdul Khaaliq, Sierra Stewart, Patrick Raffaele, Brent Feitl, Eric Sharpe, Remington Sinclair

Compañias: Netflix (Productor: Denzel Washington) (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama. Biográfico. Música. Racismo. Años 20
Título original: Da 5 Bloods

Año: 2020

Duración: 154 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Spike Lee

Guión: Spike Lee, Kevin Willmott, Danny Bilson, Paul De Meo

Música: Terence Blanchard

Fotografía: Newton Thomas Sigel

Reparto: Delroy Lindo, Clarke Peters, Norm Lewis, Isiah Whitlock Jr., Chadwick Boseman, Jonathan Majors, Jean Reno, Mélanie Thierry, Paul Walter Hauser, Veronica Ngo, Jasper Pääkkönen, Rick Shuster, Mav Kang, Alexander Winters, Devin Rumer, Casey Clark, Lê Y Lan, Andrey Kasushkin, Sandy Huong Pham, Lam Nguyen

Compañías: 40 Acres & A Mule Filmworks (Distribuidora: Netflix)

Género: Bélico. Guerra de Vietnam