BUENA SUERTE, LEO GRANDE

Con el espinoso asunto de la legalización de la prostitución y su hipotética función social como telón de fondo y un par de acertadas y oportunas variantes respecto a la edad y el género de lo que tradicionalmente ha sido la parte “contratada” y la parte “contratante” en este negocio, el tercer largometraje de la directora australiana Sophie Hyde, “Buena suerte, Leo Grande”, plantea una oportuna reflexión acerca de la sexualidad femenina, actualizando conceptos y desmontando prejuicios sobre cuestiones espinosas, y por ello largamente ignoradas, como el derecho al disfrute del sexo tras el climaterio, con todos los condicionantes físicos, morales, emocionales e incluso materiales que ello implica y la reconciliación con el propio cuerpo en esa etapa de la vida que llamamos vejez, en la que las carnes se descuelgan, en un contexto social como el actual que prima la estética juvenil y los músculos tonificados.

El camino al placer como fin en sí mismo y a poder mirarse desnudo o desnuda frente al espejo sin sentir vergüenza o rechazo (como logra hacer la protagonista, en una escena que ha dado mucho que hablar), es más difícil de transitar de lo que parece y qué duda cabe de que lo es, mucho más, para la mujer que para el hombre. Pero de eso se trata esta película aclamada en el Festival de Sundance y en la Berlinale: de romper con las inhibiciones y con las convenciones sociales de épocas pasadas que todavía pesan lo suyo.

Siguiendo un esquema teatral remarcado por el hecho de que toda la acción transcurra en un mismo escenario (una impoluta, impersonal y minimalista habitación de hotel, decorada en tonos neutros, donde los protagonistas se encuentran bajo nombres falsos, parapetados tras esa coraza de autoprotección que, en las relaciones en las que están riesgo nuestras emociones o nuestra reputación, otorga el anonimato), la película cuenta la historia de Nancy Stokes, una profesora de ética jubilada que recientemente se ha quedado viuda, con cuyo difunto marido nunca llegó a disfrutar plenamente del sexo.  

Durante las varias décadas que duró su matrimonio, Nancy nunca tuvo un orgasmo, nunca dio ni recibió sexo oral, nunca experimentó una vida sexual satisfactoria más allá de una rutina tediosa llevada con católica resignación conyugal, por lo que, a sus 63 años, pese a sus muchos miedos, pudores e inseguridades, decide contratar los carísimos servicios de “Leo Grande”, un trabajador sexual, a través de una agencia de contactos, citándose con él en secreto, en esa habitación de hotel cuya claustrofóbica perfección es, a su vez, reflejo de la propia personalidad de la protagonista, planificada, esquemática y correcta (todo lo opuesto a esa experiencia sexual primitiva y plena que busca experimentar por primera vez) y que, curiosamente acaba convirtiéndose en un lugar de liberación, para darse la oportunidad de conocer y experimentar (previo pago) todo lo que en ese terreno no tuvo oportunidad de vivir en su matrimonio.

A partir de ese sencillo planteamiento, lo que Sophie Hyde y su guionista Katy Brand consiguen es magia pura, gracias a un texto muy cuidado, repleto de diálogos ingeniosos cargados de intencionalidad, con abundantes golpes de humor y situaciones propias de una comedia ligera que funcionan bien, sin restar seriedad al argumento. 

Bajo un prisma de naturalidad y sencillez, casi doméstico, la película se construye en base a los estereotipos que durante años han regido las relaciones sexuales entre hombres y mujeres y a las expectativas con las que ambos protagonistas abordan la situación, cuya falta de coincidencia queda de manifiesto cuando Nancy le confiesa a Leo: “Eres la única libertad que he tenido”, mientras éste le dice a ella: “Soy lo que tú quieras que sea”.

No debemos de perder de vista que, lo que para el chico se trata de un trámite rutinario, del que ha hecho su forma de vida, para Nancy supone una situación anómala, un acto de valentía del que íntimamente no termina de estar muy convencida. De ahí que Leo aborde sus encuentros con la profesionalidad propia de un actor que se sabe objeto de deseo y catalizador de fantasías no resueltas, distanciándose de lo que para él no es más que un juego de rol, un personaje inventado en el marco de una transacción comercial que nada tiene que ver con su propia vida; mientras Nancy, en cambio, se empeñe en dotarlos de una pátina de realidad, hablando sin parar, ofreciendo detalles de su propia vida íntima y familiar, e intentando escarbar en la verdadera historia e identidad de Leo en un intento, más o menos consciente, de establecer un vínculo emocional entre ambos, para poder perdonarse a sí misma por contratar los servicios de un prostituto y tener intimidad con alguien a quien no conoce de nada. Algo que, en su fuero interno, sigue siendo una conducta vergonzosa y reprobable. Lo que inmediatamente nos lleva a la pregunta retórica de si sentiría la misma culpa o vergüenza un hombre que contrata los servicios de una chica de compañía o si se comportaría de la misma manera.

Haciendo gala de su excelente tempo cómico y de su gran carisma en pantalla, la oscarizada Emma Thompson vuelve a estar sobresaliente en el que quizá sea su mejor protagónico en toda su dilatada y prestigiosa carrera como actriz dramática. Mientras su compañero de reparto, el irlandés Daryl McCormack, salido de las canteras de la popular serie ‘Peaky Blinders’, no lo está menos en su encarnación del sexy y enigmático Leo Grande, produciéndose una curiosa química entre ambos, no necesariamente de carácter sexual, sino más bien maternofilial.

Como escribe Marta Nebot, en el Diario Público: “lo mejor es verla pelear con sus prejuicios; cómo ve en el joven a su hijo, cómo se siente monstruosa, cómo se pone a cuidarlo por la neurosis de las cuidadoras compulsivas”. Y, finalmente, cómo consigue librarse de ellos transformando su mirada sobre sí misma y sobre el mundo en una mirada más comprensiva y permisiva, y menos compasiva o represiva.

Y es que, al margen de la subtrama familiar (algo forzada) que tiene que ver con Nancy y su relación con sus hijos o con Leo y su madre que lo repudia por dedicarse a la prostitución, la progresión de la película está claramente marcada por la evolución del personaje femenino que llega a relajarse y a reinventarse a sí misma, pasando de la culpa al disfrute y a la valoración del placer como fuente de autoestima y motivación, a medida que adquiere conciencia de su propia libertad de acción y aprende a no juzgar.

Nancy se descubre a sí misma a través de los ojos de Leo, primer hombre que ve en ella a una mujer graciosa, deseable y fascinante y, curiosamente, es solo una vez que lo consigue, cuando puede llegar al clímax del placer sin precisar ayuda de nadie, por sí misma.

Pero, como he dicho al principio, “Buena suerte, Leo Grande” no es solo una película sobre sexo y liberación femenina tras la menopausia, también explora la estigmatización y precariedad del trabajo sexual, aunque en ese sentido es quizá donde el guion de la película se sienta más impostada o se quede más en la superficie, limitándose a esbozar algunos interrogantes que están de rabiosa actualidad en la agenda pública de algunos países europeos, como si es lícito cobrar por satisfacer las necesidades físicas de otros, si existen diferencias entre el modo en que se valora el trabajo sexual femenino y el masculino o si debería ser este un servicio público sufragado por las instituciones. Preguntas que quedan para el debate y la reflexión del espectador, una vez que desaparezcan los créditos de pantalla.

Título original: Good Luck to You, Leo Grande

Año: 2022

Duración: 97 min.

País: Reino Unido

Dirección: Sophie Hyde


Guion: Katy Brand

Música: Stephen Rennicks

Fotografía: Bryan Mason

Reparto: Emma Thompson, Daryl McCormack, Isabella Laughland, Charlotte Ware, Carina Lopes, Les Mabaleka, Lennie Beare

Productora: Genesius Pictures, Cornerstone Films, Align, Searchlight Pictures. Distribuidora: Movistar Plus 

Género: Comedia dramática | Prostitución. Sexualidad

DEJA QUE HABLEN

Steven Soderbergh ha vuelto a hacerlo. El director que reinventara el cine hace tres décadas con Sexo, mentiras y cintas de vídeo‘, se adelantara al futuro con películas como “Contagio”, se especializara en cierto cine de denuncia social con títulos como “Erin Brokovich” o “Efectos secundarios” y, finalmente, consiguiera el Oscar por ‘Traffic‘, ha iniciado un idilio con las plataformas de streaming que, en sus propias palabras, “están haciendo el cine que los estudios no quieren hacer y la gente sí quiere ver”. 

Primero fue “Laundromat, dinero sucio” (Netflix), que el autor define como “una producción de presupuesto medio para gente adulta” y cuyo argumento pivotaba sobre el escándalo del latrocinio a escala mundial que supusieron las revelaciones de los Panamá Papers y ahora este “Deja que hablen” (HBOMAX). Un relato más intimista sobre el proceso creativo de Alice Hughes, célebre escritora de edad avanzada que decide emprender una travesía transoceánica de Nueva York a Londres, a bordo del Queen Mary 2, para recibir un premio literario en compañía de su sobrino (Lucas Hedges), a quien quiere como al hijo que nunca llegó a tener, y de sus dos mejores amigas de juventud, con quienes apenas ha mantenido contacto en las últimas décadas, mientras perfila el borrador de su último libro.

No creo equivocarme al decir que el gran acierto de esta película rodada cámara en mano (mientras los pasajeros reales del crucero hacían de figurantes), estriba en la elección de sus protagonistas. Y no me refiero solo al sello de garantía que da contar (una vez más) con la grandiosa Meryl Streep (¿se puede estar más sublime y tener una voz más seductora, a los 70 años?) como cabeza de cartel. Sino al exquisito reparto que la acompaña, en el que destacan muy especialmente la oscarizada Dianne Wiest (musa de Woody Allen) y la legendaria Candice Bergen.

Ver a estas tres damas de la actuación juntas, en plena madurez interpretativa, representar con tantísima dignidad, elegancia y carácter los papeles que se les han asignado, resulta enormemente gratificante para quienes aún amamos el cine que cuida de la calidad de los diálogos, más que la de los efectos especiales. Especialmente si tenemos en cuenta que buena parte de la película ha sido rodada sin guión.

“Nos daban un resumen de una situación y sabíamos dónde teníamos que terminar. Pero no nos decían cómo llegar allí”, ha explicado divertida Streep en las entrevistas de promoción de la película. Partiendo de un conocimiento exhaustivo de la historia que el director quería contar, así como de la personalidad y la biografía de los personajes, las actrices tenían que decidir qué iban a decir y cómo hacerlo. Una experiencia de improvisación que tanto Bergen como Wiest calificaron de “aterradora” y que consigue, a la vista está, un resultado excelente, como no podía ser de otra forma tratándose de intérpretes de tanto talento.

La lealtad familiar, la amistad, el compromiso, la cultura como entretenimiento o como elevación del espíritu y la traición, son algunos de los grandes temas que toca esta pequeña historia con vocación de trascendencia, nacida de la inquietud de un director que sigue creyendo que el cine puede (y debe) ser la voz que alerte a nuestra conciencia.

Título original: Let Them All Talk

Año: 2020

Duración: 113 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Steven Soderbergh

Guion: Deborah Eisenberg

Música: Thomas Newman

Fotografía: Steven Soderbergh

Reparto: Meryl Streep, Dianne Wiest, Candice Bergen, Lucas Hedges, Gemma Chan, Saskia Larsen, Pete Meads, Christopher Fitzgerald, Mary Catherine Garrison, Elna Baker, Samia Finnerty, Fred Hechinger, David Siegel, David Shepard, Stephanie Phippen, Dominic Crisonino, Mike Doyle, John Douglas Thompson, Daniel Algrant, Barbara Rickard, Haydn Rickard, Andrea Kaiser, Al Gwilt

Compañías: Extension 765, HBO, Warner Bros., LS Productions. HBO Max.

Género: Comedia dramática. Road Movie. Literatura