THE UNDOING

A pesar del slogan con el que se presenta «The undoing«, la serie de HBO para la temporada de otoño-invierno, su final parece confirmar justo lo contrario: que a veces las cosas son exactamente lo que parecen ser, por más que nos empeñemos en buscarle cinco pies al gato intentando disimular, adornar o eludir la verdad.

Teniendo como punto de partida algo tan poco novedoso como un brutal asesinato acaecido en pleno corazón de la bella y exclusiva Manhattan, los guionistas de este thriller psicológico, tan previsible como poco memorable pese a su deslumbrante reparto interpretativo de fama mundial intentan, de manera un tanto burda y efectista, despistar al personal con la vieja táctica del cluedo. Esto es: haciendo recaer las sospechas de la autoría del atroz crimen en todos y cada uno de los personajes principales, uno por cada uno de los seis capítulos en los que se desarrolla la serie (nada que no hayan hecho antes Agatha Christie o Sir Arthur Conan Doyle, más y mejor), para finalmente confirmar las sospechas iniciales, con lo que el espectador tiene la molesta sensación de haber sido inducido a una auténtica pérdida de tiempo, cuyo desenlace nos lleva de nuevo a la casilla de salida, sin la recompensa de la sorpresa de último minuto que tanto se estila en el mejor cine de suspense.

Por no hablar de la superficialidad con la que se abordan los debates de fondo, apenas sugeridos, como el de la infidelidad conyugal o el de la desigualdad social y la forma en la que ello afecta a la acción de la Justicia. Y es que, pese a su ampulosa producción, que nos pone los dientes largos paseándonos por los áticos de superlujo de la Quinta Avenida en el Upper East Side, desde donde se divisa como una constante el sky line neoyorquino, esta adaptación de la novela “Tú ya lo sabías” de Jean Hanff Korelitz, a manos de David E. Kelley (uno de los guionistas de la exitosa “Big Little Lies”, con la que esta de Susanne Bier guarda evidentes similitudes) se queda corta en casi todo, fallando en sus intenciones en la medida en que difícilmente puede generar intriga una trama que carece de emoción y de verdad interpretativas, algo en lo que tiene bastante responsabilidad la pareja protagónica, formada por un Hugh Grant venido a menos en su rol de seductor, pese al ridículo e irritante abuso de los gestos y tics que han hecho célebre al actor británico, en contraposición al acartonamiento de la siempre etérea Nicole Kidman, pulcra, hierática y esbelta, (hay quien dice que con peluca de sofisticado rizo pelirrojo y las arrugas alisadas en postproducción con photoshop) perfecta como una muñeca de porcelana, pero tan distante que, pese a ocupar cada uno de los planos del montaje, se diría que permanece ausente de cuanto acontece y cuyos retoques faciales impiden ya cualquier atisbo de expresividad.

Poco más que añadir acerca de este divertimento menor, salvo quizá que se trata de una miniserie de apenas seis capítulos. Ideal para una larga sobremesa de domingo, especialmente si eres un incondicional de Kidman y Grant.

Título original: The Undoing

Año: 2020

País: Estados Unidos

Dirección: David E. Kelley (Creador), Susanne Bier

Guion: David E. Kelley, Jean Hanff Korelitz

Música: Evgueni Galperine, Sacha Galperine, Víctor Reyes

Fotografía: Anthony Dod Mantle

Reparto:
Nicole Kidman, Hugh Grant, Donald Sutherland, Noah Jupe, Edgar Ramirez, Ismael Cruz Cordova, Matilda De Angelis, Lily Rabe, Noma Dumezweni, Michael Devine, Jim Cleary, Fala Chen, Vedette Lim, Maria Dizzia, Jack Ronan Grindley, Lara Barbieri, Dante DiGiorgio, Frank Fernandez, Kathryn Grace, Kate Greer, Michael Iacono, Sultan H. Khane II, Billy Lake, Robert Myers, Logan Taylor, Melania Zalipsky, Victoria Zalipsky

Compañías: David E. Kelley Productions, Blossom Films, Made Up Stories, HBO.

Género: Serie de TV. Thriller. Intriga.

THE CROWN. CUARTA TEMPORADA

Recién he terminado de ver la cuarta temporada de «The Crown», ese gran portento narrativo con el que Netflix está consiguiendo que, incluso quienes nos declaramos radicalmente republicanos, empaticemos con la familia real británica, cual si de personajes de un cuento de Dickens se tratara, presentándola como un desdichado conjunto de seres humanos, que nacen, viven y mueren como auténticos rehenes de la institución monárquica, condenados a honrarla, representarla y perpetuarla incluso por encima de sí mismos y de su propia felicidad personal.

Hace poco leí un artículo en el que se nos advertía de que no nos dejásemos engañar por los guionistas de la serie pues, aún haciendo un repaso histórico de primer nivel, extraordinariamente bien documentado, los hechos que se exponen en ella están obviamente novelados, en beneficio de que cuente con todos los ingredientes que se supone debe tener un buen drama de ficción, que es lo que al final es «The Crown», en un sentido magistral, y no una lección de Historia en sentido literal, como si la Historia que se consagra en los libros y se cuenta en las escuelas estuviese libre de interesadas interpretaciones.

En todo caso, conviene tener en cuenta la advertencia pues, si bien es verdad que la serie traza un perfil psicológico algo retorcido de los miembros de la Casa de Windsor, describiéndolos como personas atormentadas, intelectualmente limitadas y emocionalmente castradas desde la cuna, egoístas, ególatras, adorados por su pueblo y, sin embargo, tan faltos de amor, fervientes devotos de su deber para con la Corona y el mantenimiento de la tradición de la que emanan sus privilegios (aunque en ocasiones se rebelen, como el príncipe Carlos, la princesa Ana o la princesa Margarita, movidos por los impulsos del corazón); no es menos cierto que al presentarlos así, exhibiendo todas esas bajas pasiones e indeseables impulsos y atributos, curiosamente consigue dulcificarlos bajo la apariencia de ser hombres y mujeres de carne y hueso, esencialmente humanos y, como tal perfectibles, capaces de lo mejor y lo peor, con grandes defectos y no menos grandes virtudes, singularmente en el caso de la reina Isabel, siempre emocionalmente contenida, pero no totalmente insensible o incapaz de amar, implacablemente dispuesta a sacrificar la felicidad de sus seres más próximos, incluso la de sus propios hijos, por el gran sentido del deber que rige su vida, como desde bien niña le enseñaron a hacer.

Lo verdaderamente curioso de «The Crown» es que, aún haciendo un retrato nada complaciente de la monarca, acabe imponiéndose el «God save the Queen» y el personaje de la reina resulte tan absurdamente anacrónico, como simpático o entrañable.

En esta cuarta temporada, su figura se mide con la de la Primera Ministra Margaret Thatcher (la primera mujer en acceder a ese cargo en el Reino Unido) y, como era de esperar tratándose de dos mujeres con tanto poder como ego, asistimos a una auténtica «pelea de gatas» de la que Lilibeth sale victoriosa. «En el ring, la reina ha fundido a la dama de hierro», se llega a decir en uno de los capítulos, otorgándole cierta heroicidad y evidente superioridad a la soberana británica frente a una Margaret Thatcher a quien se describe, en su ascenso y caída, como una mujer poliédrica y errática, sagaz e intransigente como Primera Ministra, trabajadora infatigable, madre complaciente y consentidora (sobre todo del hijo varón, de quien habla abiertamente como “su favorito”) que acaba saliendo de Downing Street con el rabo entre las piernas tras haber cosechado una legión de enemigos en sus propias filas y una medalla al mérito en el pecho, en un último acto de condescendiente generosidad de Su Graciosa Majestad.

Comparto, en ese sentido, el análisis de Carlos Boyero de que la serie le hace un gran favor a la Corona británica, cuya imagen es evidente que sale favorecida y fortalecida de la misma. Sin embargo, no creo que sea algo premeditado ni que responda a una estrategia de marketing preconcebida desde el Palacio de Buckingham, sino simplemente el resultado de lo que el gran público ha decidido que sea digno de admiración hoy. Como el contenido y nivel de seguimiento de las redes sociales se encarga de demostrar, la imperfección humana, el presentarnos ante la audiencia en toda nuestra vulnerable esencia, adornados tanto con nuestras reales o impostadas virtudes, como con nuestros más inconfesables defectos, ridículos, absurdos, debilidades y contradicciones, es un «must» en los tiempos que corren y «The Crown» hace justamente eso con la familia real británica. Exhibirlos en toda su adorable, descarnada, temible, monstruosa y poco ejemplar humanidad.

FICHA TÉCNICA:
 
Título original: The Crown (TV Series)

Año: 2016

Duración: 6 Temporadas. Episodios 60 min.

País: Reino Unido

Dirección: Peter Morgan (Creador), Stephen Daldry, Philip Martin, Julian Jarrold, Benjamin Caron

Guión: Peter Morgan, Tom Edge, James Graham

Música: Rupert Gregson-Williams

Fotografía: Adriano Goldman, Ole Bratt Birkeland

Reparto:
Claire Foy, Matt Smith, John Lithgow, Olivia Colman, Vanessa Kirby, Tobias Menzies, Josh O'Connor, Emma Corrin, Helena Bonham Carter, Gillian Anderson, Imelda Staunton, Elizabeth Debicki, Dominic West, Jonathan Pryce, Lesley Manville, Victoria Hamilton, Ben Miles, Jared Harris, Jeremy Northam, Alex Jennings, Eileen Atkins, Charles Dance, Pip Torrens, Marion Bailey, Harriet Walter, Lia Williams, Greg Wise, Harry Hadden-Paton, Andy Sanderson, Michael Culkin, Nicholas Rowe, Simon Chandler, Stephen Dillane, Clive Francis, Patrick Ryecart, Paul Sheridan, David Shields, Kate Phillips, Derek Jacobi, Geraldine Chaplin, Matthew Goode, Daniel Ings, Beau Gadsdon, Michael C. Hall, Jodi Balfour, Ben Daniels, David Rintoul, Jason Watkins, Tom Burke

Productora:
Netflix, Left Bank Pictures, Sony Pictures Television International

Género: Serie de TV. Drama | Histórico. Biográfico. Política