LIVING

Hay películas que no podrían ser lo que son si su protagonista fuera otro. Le ocurre a “Living”, de Oliver Hermanus, sencillo y discreto remake del “Ikiru” (Vivir), de Akira Kurosawa (una de las películas más bellas y sutiles de la historia del cine). Protagonizada por el extraordinario actor británico Bill Nighy (“Love Actually”), quien da vida al señor Williams, un viejo funcionario que dirige un pequeño departamento gubernamental consumido por el tedio de la burocracia, en la Londres de posguerra «Living» se mantiene fiel (quizá incluso en demasía) al que es uno de los más grandes clásicos del cine japonés, exhibiendo un tempo aletargado y recreándose en la belleza y la elegancia de la época en la que se sitúa su argumento que queda clara desde sus créditos iniciales, réplica exacta de los de las películas de los años cincuenta. Sólo que, en lugar de situarse en Japón, la historia ocurre en la city londinense.

Mr. Williams es un gentleman. Un caballero viudo, educado y taciturno, de aspecto pulcro y vida rutinaria, que habla poco y evita en lo posible mezclarse con sus subalternos, pese a que cada mañana toma puntualmente el mismo tren que ellos de camino al trabajo desde el extrarradio. La procesión matinal de trajes de raya diplomática, bombines y paraguas desde la estación es una de las imágenes más bellas y alegóricas de la película, similar a otras que hemos visto en otras, a la entrada de alguna fábrica o de la Bolsa de Wall Street, un rebaño impersonal de hombres y mujeres -mayormente hombres- dirigiéndose presuroso a su quehacer diario.

En la oficina del ministerio público, nuestro jefe de departamento ejecuta sus obligaciones casi en piloto automático, aplicando la ley del mínimo esfuerzo, una práctica que ha marcado impronta dentro del mismo y, a resultas de la cual, en sus escritorios se acumulan grandes pilas de expedientes sin resolver.

La incorporación al equipo de Mr. Wakeling (Alex Sharp), un joven funcionario idealista y dinámico, coincide con la solicitud presentada por un grupo de ciudadanas que intentan convertir el patio de vecindad de un viejo edificio bombardeado en un parque de recreo para los niños de la zona. Pero el señor Williams apenas presta atención al proyecto, postergándolo junto al resto de carpetas apiladas en su mesa de trabajo. Ese día debe acudir a una cita médica en la que recibe un diagnóstico terminal sin apenas pestañear. El médico le comunica que le quedan de seis a nueve meses de vida y, en ese instante, todos los remordimientos, los miedos y los asuntos pendientes de su vida entera asoman a sus ojos. Sin duda es uno de los grandes momentos de proeza actoral que el intérprete inglés ofrece en esta película que adolece hacia el final de cierto exceso de moralina cívica.

Aún en schok por la fatal noticia recibida, el señor Williams se plantea contárselo a su único hijo y a su nuera, con quienes convive, pero no encuentra ni las palabras adecuadas ni el momento oportuno, por lo que decide sacar todos sus ahorros del banco y dedicar sus últimos días a hacer lo que no ha hecho nunca: disfrutar de la vida. Para lo cual, contará con la compañía y la motivación de Margaret (Aimee Lou Wood, “Sex Education”), una de sus exempleadas, con la que se encuentra casualmente un día en la calle y de cuya vitalidad y jovialidad intentará contagiarse entablando una relación de sincera amistad que levanta sospechas por la notable diferencia de edad entre ambos, hasta encontrar un renovado propósito a los que dedicar sus últimos días: la puesta en marcha de ese proyecto de construcción de un parque de juegos infantil que había ignorado inicialmente.

Sin necesidad de una producción ostentosa ni de grandes alardes melodramáticos, Hermanus se dedica a replicar la obra de Kurosawa reguionizada por el escritor anglojaponés Kazuo Ishiguro, ganador del Premio Nobel de Literatura, mostrando la humanidad de cada personaje, para comunicar un mensaje esperanzador, solidario y bondadoso sobre la capacidad que tenemos los seres humanos de mejorar el mundo que nos ha tocado vivir, en el escaso tiempo que nos ha sido otorgado para ello. Algo que casa a la perfección con el espíritu de la época, en pleno fin de la Segunda Guerra Mundial, en la que la ciudadanía británica había dado su mejor versión alentada por su primer ministro Winston Churchill.

Partiendo de la crítica a las macroestructuras del sistema que nos encorsetan y logran asfixiar la iniciativa individual y colectiva, con su inhumano y monótono protocolo de funcionamiento, “Living” se propone aleccionarnos sobre el arte de vivir. Y ahí es donde Ishiguro incurre en cierto exceso de buenismo y moralina heredado de la obra original, con diálogos como el que mantienen sus subordinados, en el vagón de tren, acerca de las virtudes del señor Williams, prometiendo seguir su ejemplo, una vez de que éste ha fallecido; o el que sostiene Mr. Wakeling -el joven aprendiz a quien el veterano funcionario dirige una misiva póstuma, con toda clase de bienintencionadas recomendaciones- con un Bobby (policía de calle) que le cuenta haber visto a un hombre mayor balanceándose en un columpio del parque recién construido, hablando del señor Williams como si fuese un gran héroe local.

Ishiguro dota a su historia de una conmovedora melancolía en la que el tema de la muerte está tratado con gran sutileza, incluso con pequeños toques de humor que aligeran la carga emotiva. Pero en general la película resultaría algo insulsa, casi una mala copia del original, de no contar con Bill Nighy sentando cátedra. El actor inglés hace un trabajo excepcional comunicando las complejas emociones de este hombre que tiene los días contados mediante una actuación contenida y cargada de emotividad en su justa medida, que se centra en la vulnerabilidad del personaje. Pero si he de ofrecer una valoración global de “Living” pienso que Hermanus ha desaprovechado una ocasión única para revisitar el clásico japonés aportando una visión personal, menos dulcificada y más contemporánea, de ese “canto a la vida” que nos propone Kurosawa desde el espíritu de postguerra de los años 50.

Título original: Living

Año: 2022

Duración: 102 min.

País: Reino Unido

Dirección: Oliver Hermanus

Guion: Kazuo Ishiguro, Akira Kurosawa

Música: Emilie Levienaise-Farrouch

Fotografía: Jamie Ramsay

Reparto: Bill Nighy, Aimee Lou Wood, Tom Burke, Alex Sharp, Adrian Rawlins, Hubert Burton, Oliver Chris, Michael Cochrane, Anant Varman, Zoe Boyle...

Compañías: Coproducción Reino Unido-Suecia-Japón; Ingenious, Film4 Productions, Film I Väst, Filmgate Films, Kurosawa Production Co., Number 9 Films, County Hall, Lipsync Productions. Lionsgate UK

Género: Drama.Remake. Enfermedad. Años 50

BEGINNERS

En puertas de la celebración del Orgullo Gay, Netflix decidió recuperar para su catálogo, el 15 de junio, una película del año 2010 que, una década después de su estreno, no ha perdido un ápice de vigencia, emoción y originalidad.

Se trata de “Beginners” (Los principiantes) y, aunque adolece de un ritmo expositivo un tanto lento y pausado, que la crítica se ocupó de afearle en su día, vista con la perspectiva del tiempo se da una cuenta de que son muchas más sus virtudes que sus posibles imperfecciones, empezando por la solvencia de su reparto, encabezado por el elegante Cristopher Plumer (eternamente recordado como el Baron Von Trapp de “Sonrisas y lágrimas”) y por ese gran actor que es Edwan McGregor (“Trainspotting”, “Star Wars”, “Lo imposible”, “Moulin Rouge”), dueño de un par de ojos azules que hablan con voz propia.

Junto a ellos, completan el cartel protagónico la francesa Mélanie Laurent (“Ahora me ves…”, “Malditos Bastardos”), cuya química con McGregor traspasa la pantalla y remite por momentos a la fugaz pero intensa relación, cargada de sinceridad, de Ethan Hawke y Julie Delphi, en la primera entrega de la saga de “Antes del Amanecer”; y Arthur, un pequeño y desaliñado chucho, de la raza Jack Russel, cuyos inteligentes pensamientos conocemos a través de subtítulos.

Estrenada en el Festival Internacional de Cine de Toronto, “Beginners” es el segundo largometraje de ficción del cineasta Mike Mills (“Thumbsucker”) -cuya carrera cinematográfica se inició con documentales y videoclips- por el que consiguió varios premios y nominaciones, especialmente gracias a la actuación de Plummer que aquel año ganó el BAFTA, el Globo de Oro y el Oscar como mejor actor de reparto, por su interpretación de Hal Fields. Un personaje honesto y carismático que, según explicó en su día el director, está inspirado en la figura de su propio padre.

Con un guion inteligentemente escrito y una curiosa y eficaz estructura narrativa, que intercala varias líneas temporales mediante continuos flashbacks que se asemejan a la forma en la que se estructura nuestra propia memoria, el director reflexiona sobre la vida y la muerte desde la premisa de que, en las relaciones humanas, todos somos principiantes, para hablarnos de distintos tipos de amor y de las barreras que ponemos en nuestras relaciones a fin de evitar que nos hagan daño o causarlo nosotros.

El peso de la educación recibida juega un papel esencial en este relato familiar, algo atormentado y melancólico, en donde Oliver (McGregor) es un hombre de unos cuarenta años, sensible aunque emocionalmente castrado, que no logra deshacerse de la influencia de su padre y de su madre, una pareja culta de profesionales creativos. Ella (Mary Page Keller), dedicada a la reforma de casas antiguas. El, curador de exposiciones en un museo de arte moderno. Ambos dotados de un poderoso carácter que ha marcado y eclipsado el de su hijo (dibujante de profesión) dificultándole desarrollar una personalidad propia.

Al igual que sucedió en la vida real con el propio padre del director, a sus 75 años el padre de Oliver decide salir del armario tras la muerte de su esposa, declarándose homosexual ante su hijo que encaja la situación con una actitud de respetuosa normalidad.

Dueño de una personalidad arrolladora y decidido a disfrutar de la vida y la clase de amor que no había podido vivir durante su juventud debido a la incomprensión y la represión de la época, al enviudar, Hal publica un anuncio en internet y se busca un novio mucho más joven que él, interpretado por Goran Visnjic (“E.R.: Urgencias”), enrolándose en el activismo por los derechos del colectivo gay. Un proceso en el que se hace acompañar por su único hijo, quien asiste entre atónito y conmovido a los últimos años de vida de su padre, diagnosticado de un cáncer terminal, mientras intenta reconstruir el puzzle de sus recuerdos de infancia, en los que sus progenitores nunca se mostraron como una pareja enamorada, lo que quizá esté en el origen de sus propias inseguridades.

La película repasa algunos hitos para el movimiento LGTBI, como el asesinato de Harvey Milk y la lectura del poema ‘Aullido’, de Allen Ginsberg. Pero, contrariamente a lo que podría imaginarse, la opción sexual del padre de Oliver no ocupa un lugar central en la trama. Se da un trato respetuoso al asunto y se incide en ello en un sentido inequívocamente reivindicativo pero, sin llegar a ser algo anecdótico, no es esto lo que marca el desarrollo de la trama -al menos no lo único- sino la forma de ser del protagonista, un hombre introvertido, marcado por la relación de y con sus padres, incapaz de mantener una relación de amor o de amistad duradera, y a quien le cuesta superar el duelo. Es su propia evolución psicológica y emocional lo que centra el relato.

Una historia cuya acción transcurre en 2003, aunque hay cierta reminiscencia nostálgica hacia los años sesenta y la Nouvelle Vague. Desde el personaje de Anna (Laurent), una actriz de aire enigmático y bohemio, con una vida trashumante (escapando del peso de la figura paterna) y dispuesta a tomar la iniciativa para conquistar a un perfecto desconocido; a la propia estética de la película –la fotografía ocre y los lapsos explicativos con la voz en off de McGregor; las cortinillas de transición en colores planos y vivos, con imágenes de monedas u otros grafismos; o la apelación a fotos de archivo para describir cómo eran las cosas en tal o cual época— pasando por algunas escenas concretas, como la del patinaje en los interiores enmoquetados de un gran hotel o las excentricidades de la madre de Oliver, siempre sola con su hijo.

Aunque la película maneja un fino sentido del humor, muy bien equilibrado, intercalado en escenas románticas muy bellas y bien rodadas, y en originales y vanguardistas recursos visuales, no conviene dejarse engañar por el tono festivo de su cartel anunciador, pues “Beginners” no es precisamente una comedia romántica al uso, sino más bien una película triste e intimista, acorde al mood de la tira de cómics que crea el protagonista (“historia de la tristeza”). Una película conmovedora y emotiva sobre el amor en todas sus formas (incluso perrunas).

Título original: Beginners

Año: 2010

Duración: 105 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Mike Mills

Guion: Mike Mills

Música: Roger Neill, Dave Palmer, Brian Reitzell

Fotografía: Kasper Tuxen

Reparto: Ewan McGregor, Christopher Plummer, Mélanie Laurent, Goran Visnjic, Lou Taylor Pucci, Jodi Long, Kai Lennox, Jessica Elder, Mary Page Keller, Keegan Boos, China Shavers, Melissa Tang

Productora: Focus Features, Olympus Pictures, Parts and Labor

Género: Drama. Romance | Familia. Enfermedad. Homosexualidad. Cine independiente USA. Comedia dramática