THE QUIET GIRL

La protagonista de “The Quiet Girl” bien pudiera pertenecer al universo de niños harapientos de los cuentos de Charles Dickens, salvo porque su acción no transcurre en la Inglaterra victoriana castigada por la pobreza y la hambruna que arrasó Gran Bretaña entera a mediados del siglo XIX, sino en la Irlanda rural de los años ochenta.

Aunque el desamparo y el abandono infantil sean idénticos, la primera película de ficción de Colm Bairéad se nutre de otras fuentes narrativas de inspiración más contemporáneas (concretamente de Foster, un cuento de Claire Keegan publicado en 2010 que se estudia hoy en los colegios irlandeses) y en ella subyacen otros traumas no tan lejanos, como el maltrato a miles de niñas y niños que durante años tuvo lugar por parte del Estado y de la Iglesia Católica, documentado (al menos hasta la década de los 70) por el informe de la Comisión de investigación irlandesa sobre abusos a menores recluidos en instituciones públicas regentadas por congregaciones religiosas, a las que estos pequeños delincuentes, huérfanos o niños abandonados eran enviados por los tribunales de justicia, siendo sometidos a un régimen draconiano, donde eran habituales los castigos corporales, el abuso sexual, el maltrato psicológico y las malas condiciones de vida, de alimentación, de vestido y de atención sanitaria.

Un trasfondo histórico espeluznante que según ha reconocido el propio Bairéad, le ha animado para rodar este conmovedor y sensible relato sobre la infancia y sobre cómo en ella se forja el carácter de la persona que seremos, con la clara intención de lanzar una reivindicación acerca de que cada niño o niña, independientemente de su condición familiar o económica, tiene el derecho y la necesidad de ser y de sentirse amado y de vivir en un entorno protector para convertirse en una persona de bien, noble y segura de sí misma -o, como escribía Begoña Piña en una esclarecedora entrevista con el cineasta irlandés- de que “hay que alimentar la bondad desde la infancia, porque lo contrario es nutrir de maldad el mundo”.

“Desafortunadamente, desde la fundación de nuestro Estado, no siempre hemos cumplido con la promesa de nuestra Constitución, que era cuidar a todos los niños de la nación por igual, y, particularmente, de los que habían quedado al cuidado del estado y terminaron en ciertas escuelas u otro tipo de instituciones también a cargo del estado o en conjunto con la Iglesia católica, donde se cometieron terribles abusos, que han salido a la luz a lo largo de los años. Eso es algo que como nación todavía estamos procesando. Y parte de lo que me impulsó a hacer esta película fue darle entidad, reconocer a un personaje infantil de una época en la que a los niños ni se les veía ni escuchaba”, declaraba el director y guionista de “The Quiet Girl” admitiendo cierta semejanza con su personaje protagónico. Una niña tímida, reservada y carente de afecto que ha tenido la desgracia de pertenecer a una familia numerosa, pobre y disfuncional, en la que siente ser un estorbo al pasar desapercibida para sus padres, Athair y Máthair Cháit (Michael Patrick y Kate Nic Chonaonaigh), tan atribulados por las penurias económicas, como poco empáticos y cariñosos con sus hijos. Víctima de bulling en la escuela, la pequeña Càitie quisiera ser invisible para esos padres incapaces de darle afecto, para sus hermanos y para sus compañeros de clase donde no rinde y es objeto de burlas. A sus nueve años padece una mezcla de frustración, inseguridad, desesperanza y un miedo crónico que hace que apenas se atreva a pronunciar palabra.

Ante el inminente nacimiento de su quinto vástago, los Cháit la envían a pasar el verano al campo con lo puesto, con Eibhlín (Carrie Crowley) y Séan Cinnsealach (Andrew Bennett), unos parientes lejanos propietarios de una granja ganadera, que para la niña resultan ser unos perfectos desconocidos. “Que Dios te ayude. Si fueras mía, nunca te dejaría en una casa con extraños”, le dice Eibhlín una noche que entra a su habitación, pensando que está dormida y no pude oírla. Suena a amenaza. Cáit desconfía y nosotros también. Quizá porque, como ella misma, solo hemos visto desatención, hambre y abuso en su vida hasta ahora. ¿Qué le espera a esa niña en esa granja, conviviendo con una pareja de adultos que viven completamente solos y esconden un antiguo secreto que ha distorsionado su convivencia? Poco a poco, Càitie irá (e iremos con ella) desentrañando la madeja y, tras esa desconfianza inicial, su estancia temporal en ese nuevo entorno rural, un mundo de valores tradicionales, de cuidados y de cariño que jamás había conocido en su casa, tendrá un efecto sanador para su afligido espíritu, entumecido por la soledad y el dolor, abriendo una esperanza de redención a su futuro como ser humano.

La película promueve, en este sentido, la recuperación de un mundo perdido en el que tanto el amor que recibimos, como el que somos capaces de dar, están en la base una psicología equilibrada.

Mayoritariamente rodada en gaélico, una decisión que acentúa el carácter rural de la historia, se trata de un relato pegado a la tierra, a la tradición y las costumbres irlandesas, no exento de cierta intención alegórica que se establece de forma inmediata tratándose de un territorio castigado por la violencia de un conflicto político de carácter histórico. Que el padre de la niña, su principal maltratador -aunque no el único, entendiendo que la omisión y la desafección materna es también una forma de maltrato- hable en inglés no es casual y ahonda la brecha entre el maltratador y su víctima (¿Inglaterra e Irlanda?).

Sobre este personaje brusco y soez, un gañán incapaz de un gesto de cariño, el director proyecta una visión compasiva, la de que todos somos producto de nuestra infancia. «Si observas el carácter del padre biológico, ves que está fallando claramente en sus deberes como padre. Para mí es uno de los personajes más trágicos porque él es también producto de una infancia y lleva consigo su propio trauma. Tengo la sensación de que está perpetuando algo que le hicieron a él», explicaba.

“Buena suerte. Trata de no caerte en el fuego”, despide a Càitie, como si un mal fario le echase, al dejarla en manos de quienes van a acogerla ese verano.

Eibhlín (Carrie Crowley) es prima de su madre, pero no la veía desde que era un bebe. Y lo que aprecia al volver a verla la sobrecoge profundamente. Desnutrida, físicamente descuidada y emocionalmente agotada, la niña es un manojo de miedos, de ahí que se niegue a hablar. Un silencio que si inicialmente es la expresión de un trauma y un refugio frente al abuso y la indiferencia o al miedo a no dar la talla, su nueva familia de acogida hace que se transforme casi en una virtud asociada a la prudencia, teniendo en cuenta que “hay personas que pierden la ocasión de permanecer calladas”, como le dice Séan, quien la trata con más cariño, respeto y aceptación que su propio padre biológico, pese a su masculinidad tóxica.

Protagonizada por la pequeña debutante Catherine Clinch, cuyos ojos azules y expresión entre estupefacta y confusa consiguen transmitir el remolino de sentimientos que palpitan en su personaje capaz de comunicar afecto sin pronunciar palabra, “The Quiet Girl” se centra en la evolución de esa niña a partir del descubrimiento de una nueva forma de percibir el mundo y las relaciones humanas. Es su punto de vista el que guía en todo momento la narración: sabemos y entendemos lo que ella sabe y entiende, descubrimos lo que ella va descubriendo. Su mirada y su lenguaje corporal nos permiten sentir lo que ella siente, porque su gestualidad es lo bastante expresiva como para hacernos comprender lo que está experimentando, sin necesidad de que establezca ningún diálogo.

Ese es uno de los muchos aciertos de este filme en el que se habla del alimento del alma y el espíritu casi tanto como de la necesidad física de nutrición. “Hay un énfasis en la comida como sustento porque es una especie de metáfora”, explicaba Colm Bairéad. “Es una película sobre la nutrición emocional, pero la nutrición física es igualmente importante para un niño. Que un niño debe ser alimentado, es una cosa muy básica, pero también una realidad que a veces se nos olvida. Incluso el título de la novela, en inglés antiguo, significa nutrir o alimentar”.

El siguiente aspecto a destacar es su reposado tempo narrativo que, sin embargo, dista mucho de las dos horas y media a las que últimamente nos tienen acostumbrados ciertos directores para desarrollar su argumento. 95 minutos le bastan a Bairéad para decir lo que quiere contarnos, en parte gracias a su proverbial sentido del lenguaje cinematográfico donde todo comunica que se percibe, entre otras cosas, en la manera en la que el diseño de fotografía de Kate McCullough juega con la temperatura del color, con un predominio de los tonos grises y los colores lúgubres para retratar la frialdad, la suciedad, la miseria e infelicidad que reinan en casa de los Cháit, en contraposición con los acogedores ocres o los intensos verdes saturados de la soleada campiña irlandesa donde por fin la pequeña Càitie ha conocido el afecto y la protección.

Al finalizar la proyección, el espectador no sabrá si su vida será más triste a partir de ahora que ya conoce el amor. Pero sin duda donde la película hace pleno es precisamente en mantener abierto ese enigma hasta el minuto final y en echar mano de un recurso que se ha puesto muy de moda en el cine contemporáneo como gesto liberador (estoy pensando en “La peor persona del mundo”, cuyo cartel promocional es por cierto prácticamente idéntico, o en “Licorice Pizza”), aunque la épica del protagonista corriendo hacia su destino nos remita al cine clásico.

Sin destripar el final de la película, solo diré que dos escenas formalmente parecidas, aunque diametralmente opuestas en su significado, enmarcan la historia de “The Quiet Girl”. Al inicio, Cáit observa partir un auto. Tendría motivos para correr tras él, pero no lo hace. Al final, ve de nuevo partir un coche y siente que tiene motivos para intentar alcanzarlo. El desenlace es de esos que hacen que el cine sea un experiencia emocional única. Preparen los pañuelos.

Título original: An Cailín Ciúin

Año: 2022

Duración: 95 min.

País: Irlanda

Dirección: Colm Bairéad

Guion: Colm Bairéad. Basada en: Claire Keegan

Música: Stephen Rennicks

Fotografía: Kate McCullough

Reparto: Catherine Clinch, Carrie Crowley, Andrew Bennett, Michael Patric, Kate Nic Chonaonaigh, Carolyn Bracken, Joan Sheehy, Tara Faughnan, Neans Nic Dhonncha, Eabha Ni Chonaola

Compañías: Inscéal, Broadcasting Authority of Ireland, TG4, Fís Éireann/Screen, Screen Ireland

Género: Drama. Familia. Años 80. Infancia

HILLBILLY, UNA ELEGÍA RURAL

“Hillbilly”. Otra de las películas que se aloja en el catálogo de Netflix y de la que seguramente oiremos hablar en la noche de los Oscar, gracias a la eterna nominada Glenn Close, en la que sin lugar a dudas es una de las mejores interpretaciones de su carrera desde su sobreactuado debut como peligrosa psicópata en “Atracción Fatal”.

La vi hace ya algún tiempo pero, antes de escribir sobre ella, he querido distanciarme del contexto y de los motivos que llevaron a la crítica a destrozarla, por estar basada en un libro autobiográfico (“Hillbilly, una elegía rural: Memorias de una familia y una cultura en crisis”) emparentado con los esloganes de campaña de Donald Trump, al retratar la penosa degradación de una clase social en declive, la de los trabajadores blancos en muchas zonas de la América profunda, intentando al mismo tiempo rescatar la idea de redención del sueño americano que dibuja un país en el que todo es posible de lograr a base de esfuerzo y deseos de superación.

La historia en la que se inspira la película es la de JD Vance, actualmente director de una empresa de inversión en Silicon Valley, quien creció en el cinturón industrial de Middletown (Ohio), a donde su peculiar familia tuvo que mudarse desde la ciudad de Jackson (Kentucky), de donde eran originarios. De ahí el término peyorativo de “hillbillie”, con que se nombra a los habitantes de la cordillera de los Apalaches, un grupo social cada vez más empobrecido y radicalizado del país, al que pertenecen algunos de los estrafalarios especímenes a los que recientemente vimos asaltar el Capitolio de los Estados Unidos.

El resentimiento, la falta de oportunidades y una mezcla de victimismo y pesimismo autodestructivo, que los ha hecho caer en el alcoholismo y la drogadicción, así como un exagerado orgullo patrio y una fervorosa fe en Dios, han hecho de los “hillbillies” gente frustrada y agresiva, que se conforma con vivir de los subsidios del Gobierno, situándose en los márgenes de la sociedad americana.

Vance cuenta su historia a través de la de su propia y disfuncional familia, en la que, como insiste en dejar claro, priman la lealtad y el cariño, pese a padecer un serio déficit en la expresión de sus sentimientos, imponiéndose el maltrato, los gritos y los excesos verbales entre sus miembros

Mediante el emotivo recuerdo de su áspera abuela, de su abuelo borracho, de su madre drogadicta o de su padre desconocido, retrata los anhelos, las luchas, los conflictos y valores, así como la incesante búsqueda de culpables a quienes responsabilizar de su desdicha, de una comunidad en decadencia, olvidada por el sistema, que se ha ido degradando lentamente a través del tiempo y para la que, sin embargo, nos dice, aún hay una oportunidad de salvación, poniéndose a sí mismo de ejemplo.

Todo comienza cuando, a punto de convertirse en abogado, una emergencia familiar lo obliga a volver al pueblo miserable que siempre quiso olvidar. Un viaje al pasado que le permitirá cerrar viejas heridas y comprender mejor de dónde viene y quién es realmente. El hijo de Bev (Amy Adams, excepcional), quien a los trece años quedó embarazada, por lo que toda la familia tuvo que abandonar su pueblo natal estigmatizada por la vergüenza.

Empleada como enfermera en un hospital, esta empieza a automedicarse robando ansiolíticos hasta convertirse en una adicta, pasando al consumo de otras drogas ilegales hasta caer en la heroína, lo que combina con una interminable y errática lista de amantes de mala vida y peor reputación, en busca de un marido y un padre para sus dos retoños: Lindsay (Haley Bennett) y JD (Gabriel Basso), que le proporcione al fin la estabilidad que ansía.

Es la intervención de su ruda abuela, Mawmaw (Glenn Close) -víctima, en el pasado, de maltrato a manos de un marido alcohólico- quien se hace cargo de su educación, lo que permite que JD consiga escapar de ese entorno de marginalidad, violencia e ignorancia, para convertirse en lo que el pensamiento conservador americano define como “un hombre de provecho” que, tras terminar la secundaria, se alista en el Cuerpo de Marines y sirve como soldado en Irak y, gracias a un sistema de becas, consigue finalmente graduarse por la Universidad Estatal de Ohio y por la Facultad de Derecho de Yale, dejando atrás a su familia, para emprender un futuro de éxito, coronado por un matrimonio feliz, una casa con jardín en San Francisco, un par de hijos y dos perros.

Estamos pues ante lo que podría considerarse el credo del republicanismo sociocultural estadounidense, en donde los valores familiares tradicionales, siendo pilar fundamental en el desarrollo de la personalidad, están claramente supeditados al individualismo capitalista, cuya ambición no conoce límites.

JD Vance es quien es, gracias a la impronta que dejó en él su familia, pero también gracias a haberla sabido dejar atrás, desentendiéndose de los problemas de su atormentada madre, a quien deja egoístamente al entero cuidado de su hermana Lindsay, que -por el hecho de ser mujer- obviamente no ha corrido con la misma suerte que su hermano, debiendo resignarse a una vida mucho más precaria y carente de ambición, como empleada de un polígono comercial, y sacrificada hija, esposa y madre de familia.

Bob Hutton escribía sobre ello en la revista Jacobin: «En última instancia, su libro -el de JD Vance- ilustra el oxímoron que el capitalismo y sus defensores claman: cualquier individuo trabajador puede llegar a la cima, pero, para ello, muchos más individuos deben permanecer abajo«.

Como he mencionado al principio, la crítica ha sido implacable con la película de Ron Howard a la que, más allá del reconocimiento por las estupendas actuaciones de sus dos actrices protagonistas (Close y Adams) y del notable esfuerzo del equipo de casting, maquillaje y vestuario, por el increíble parecido físico de los actores con los personajes reales de la historia, se ha acusado de excesivo sentimentalismo y escaso rigor analítico.

En cambio, el libro en el que se basa fue todo un fenómeno de ventas entre los círculos conservadores estadounidenses. No en vano, como decía Mireia Mullor en la revista Fotogramas, estamos ante “la historia definitiva para demostrar que el capitalismo y la meritocracia funcionan. Que cualquiera puede ser lo que quiera si lo desea lo suficiente, si se esfuerza, si no se deja arrastrar por malas influencias, si deja de culpar al mundo de sus fracasos o de los obstáculos que se le presentan. El poder del individuo frente a las adversidades, su valor medido en productividad”.

Un mensaje motivador que bien podría valer para una sesión de coaching, pero que poco o nada tiene que ver con la realidad en un país de enormes desigualdades sociales, raciales, de género y culturales.

Título original: Hillbilly Elegy

Año: 2020

Duración: 116 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Ron Howard

Guión: Vanessa Taylor (Biografía J.D. Vance: “Hillbilly, una elegía rural: Memorias de una familia y una cultura en crisis”).

Música: David Fleming, Hans Zimmer

Fotografía: Maryse Alberti

Reparto:
Amy Adams, Gabriel Basso, Glenn Close, Haley Bennett, Owen Asztalos, Freida Pinto, Bo Hopkins, William Mark McCullough, Jesse C. Boyd, Deja Dee, Tierney Smith, Lucy Capri, Sunny Mabrey, Stephen Kunken, Ryan Homchick, Ed Amatrudo, Holly A. Morris, Jason Davis, Keong Sim, Ethan Levy

Productora: Imagine Entertainment, Netflix (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama | Vida rural (Norteamérica). Familia. Drogas. Años 90. Basado en hechos reales

FRAGMENTOS DE UNA MUJER

fragmentos de una mujer

“Triste, conmovedora, humana” garabateé ayer en una servilleta de papel estos adjetivos, mientras veía “Fragmentos de una mujer” en Netflix. Una película no apta para quienes soportan mal que el cine no se dedique a edulcorarnos la vida, sino a representarla en su dimensión real, no exenta de crudeza, y cuyo dilatado prólogo, filmado en un trepidante plano secuencia de una intensidad emocional que va “in crescendo”, ha merecido grandes elogios por parte de la crítica especializada, que lo ha calificado como “un espectáculo en sí mismo”.

Lástima que no suceda lo mismo con el resto del metraje.

“Lo malo de empezar una película con un tsunami es que luego bajan las aguas y solo queda un mundo devastado«, se puede leer en la revista Fotogramas. «Los primeros 30 minutos de «Fragmentos de una mujer» son ese tsunami. Un parto filmado en tiempo real que acaba en tragedia, te atropella, te arruga el corazón, te deja sin aliento. Más tarde, el trauma se ensancha y pierde su energía inicial”.

No estoy de acuerdo. Es verdad que necesariamente el ritmo narrativo se ralentiza, porque el drama del que parte el argumento es tan bestia que su desarrollo requiere de una atmósfera y un tempo agónicos que subraye el peso de la desgracia vivida. Pero vayamos por partes.

Marta (sensacional Vanessa Kirby en su entrega a este personaje que le valió el León de Oro como Mejor actriz en el Festival de Venecia) es una embarazada primeriza a punto de dar a luz que decide, junto a su pareja, hacerlo en casa, con ayuda de una comadrona. Pero el trabajo de parto se complica y su bebé fallece en sus brazos a los pocos segundos de nacer, a causa de lo que parece ser una “muerte súbita”.

Lo que se desencadena a continuación es un durísimo proceso de duelo que afecta a la joven madre y a su pareja (Shia LaBeouf, en su versión más hipster) levantando un muro infranqueable entre ambos, como si un mal rayo hubiese partido en dos lo que antes era uno, dejando su relación hecha añicos.

El motivo de este distanciamiento es el hecho de que ambos viven y reaccionan de modo desigual ante la pérdida de su hija. Mientras él se empeña en mantener vivo su recuerdo, enredado en un bucle autodestructivo, ella se esfuerza en digerir lo sucedido, intentando racionalizarlo, sin aferrarse a nada material, ni siquiera al cuerpo sin vida de la pequeña que decide unilateralmente donar a la ciencia, en lugar de darle sepultura como desearía su controladora madre (Ellen Burstyn), empeñada en demandar a la matrona por negligencia, como si el hecho de buscar un culpable pudiese aliviar su dolor y remediar lo irremediable.

Ninguno de los personajes es capaz de rescatar al otro de las garras del sufrimiento. La película trata de eso. De cómo lidiar con el dolor, la depresión y la culpa que nos aísla de los otros y nos parte en mil pedazos la vida, haciendo saltar por los aires el amor y el equilibrio emocional, y empujándonos a actuar de forma extraña.

Unos necesitan venganza, otros evadirse a través del alcohol o del sexo; y algunos sencillamente dejar que el tiempo pase hasta sanar de sus heridas. Nada se puede hacer excepto acostumbrarse a convivir con la pena y seguir adelante.

Como el bebé de Marta, la película de Kornél Mundruczó huele a manzana, cuyas semillas la protagonista hace germinar, en una alegoría bastante obvia de la fertilidad y de la esperanza en una segunda oportunidad para su malograda maternidad.

A decir verdad, el cineasta húngaro tiene cierta tendencia a echar mano de metáforas evidentes, como la insistencia en el plano detalle (tan recurrente en el cine de autor) que muestra las delicadas manos de Vanessa Kirbi con sus uñas enlutadas por un esmalte que se va descascarillando, y que dan idea de cierta fragilidad o abandono; o el puente que no termina de construirse hasta que ya el duelo está concluido. Pero, en estos tiempos donde prima el artificio injustificado, casi se agradece que aparezca alguien que domine la técnica cinematográfica, para ponerla al servicio de la veracidad de una historia creíble de principio a fin.

Título original: Pieces of a Woman

Año: 2020

Duración: 128 min.

País: Canadá-Hungría

Dirección: Kornél Mundruczó

Guión: Kata Wéber

Música: Howard Shore

Fotografía: Benjamin Loeb

Reparto: Vanessa Kirby, Shia LaBeouf, Ellen Burstyn, Molly Parker, Iliza Shlesinger, Jimmie Fails, Domenic Di Rosa, Alain Dahan, Sarah Snook, Ben Safdie, Vanessa Smythe, Sean Tucker, Tyrone Benskin, Dusan Dukic, Noel Burton, Letitia Brookes, Leisa Reid, Joelle Jeremie

Compañías: Bron Studios, Creative Wealth Media Finance. (Productor Ejecutivo: Martin Scorsese)

Género: Drama.Familia