LA CASA DEL DRAGÓN. TERCERA TEMPORADA

*Este artículo contiene spoilers.

La tercera temporada de La Casa del Dragón no es perfecta: arrastra problemas de ritmo, algunos rodeos narrativos y momentos algo soporíferos, en los que la política de Poniente parece avanzar a paso de tortuga. Pero cuando deja de limitarse a discutir quién posee mayor legitimidad para sentarse en el Trono de Hierro y empieza a mostrar el precio que exige poseerlo, la precuela de Juego de Tronos vuelve a resultar fascinante.

La tercera entrega arranca con una de esas secuencias que justifican por sí solas el presupuesto de una superproducción de estas características: la batalla del Gaznate. El combate, situado en el estrecho marítimo entre Desembarco del Rey y Rocadragón, enfrenta a la flota de Corlys Velaryon con las fuerzas de la Triarquía que intentan romper el bloqueo de los Negros. Es, en esencia, una espectacular batalla naval, pero la intervención de los dragones termina convirtiendo el mar en un campo de batalla infernal.

La batalla del Gaznate coloca desde el primer episodio a las bestias aladas en el lugar que les corresponde: no como mascotas pirotécnicas, sino como armas de destrucción masiva que convierten cualquier estrategia militar en una apuesta suicida. Lo que se confirmará, más adelante, con el no menos espectacular asedio a Ladera. Barro, humo, armaduras, flechas, estandartes, caballos, fuego y acero valyrio, cuerpos descuartizados, calcinados. La toma de Ladera es una barbaridad de producción audiovisual en la que reinan la brutalidad, el terror y la confusión. De esas batallas que recuerdan que hay cosas que la televisión puede hacer a la misma escala que el cine comercial.

Pero, en mi opinión, lo mejor de La Casa del Dragón sigue estando lejos de los dragones, en un reparto de actores y actrices que hacen gala de una excepcional calidad interpretativa.

Si Juego de Tronos tenía una capacidad extraordinaria para hacer que un personaje recién llegado a la serie se volviera imprescindible para el espectador en apenas diez minutos, La Casa del Dragón es más solemne y shakesperiana, más aristocrática y cerrada sobre una misma familia que se va diezmando y degradando moralmente por las guerras dinásticas. A veces eso la hace lenta, pero también le permite estudiar con mayor precisión la evolución psicológica de un grupo humano reducido. Empezando por Matt Smith, que continúa haciendo de Daemon Targaryen el personaje más agradecido y memorable de la serie: la historia puede tener altibajos, pero cuando él aparece en pantalla todo adquiere un nuevo brillo.

Daemon puede ser arrogante, brutal, heroico, mezquino o magnánimo dentro de una misma escena y Smith consigue que ninguno de esos registros parezca impostado. Es la figura que mejor representa la naturaleza de los Targaryen: hombres y mujeres criados para considerarse seres superiores porque por sus venas corre sangre de dragón y que, sin embargo, son incapaces de gobernarse a sí mismos.

Emma D’Arcy, por su parte, sigue sosteniendo a Rhaenyra con una mezcla de fragilidad, orgullo y progresiva dureza. La reina que comenzó reclamando su derecho dinástico y prometiéndose seguir la estela de su padre, Viserys, el pacificador, acaba descubriendo que ejercer el poder exige demostrar autoridad y hacer cosas muy distintas de las que imaginaba.

Alicent Hightower (Olivia Cooke), la reina viuda, es la última pieza del triángulo protagónico inicial. Solo que cada vez queda menos de aquella mujer convencida de que el fin justifica los medios y de estar protegiendo el orden instituido y más de una doliente madre atrapada por las consecuencias de sus actos.

Junto a ellos, Steve Toussaint sigue magnífico como Corlys Velaryon, “la Serpiente Marina”, Señor de las Mareas y Amo de Marcaderiva, que actúa como “mano” de la reina Rhaenyra, ayudándola a volver a Desembarco del Rey para hacerse con el trono, hasta que tiene con ella serias desavenencias al negarse ésta a reconocer la legitimidad de sus dos hijos bastardos: Addam of Hull, (Clinton Liberty) el menor de los hermanos, quien se convierte en el nuevo jinete del dragón de Laenor Velaryon y Alyn of Hull (Abubakar Salim) marino de la flota Velaryon, que salvó la vida de su padre en la batalla del Gaznate y ocupa su lugar en el Consejo de la reina tras su captura por los Verdes.

Pero no son estas las únicas figuras que jugarán un papel destacado en esta última entrega de la serie. La tercera temporada incorpora personajes que podrían haber sido meros peones y, sin embargo, adquieren una presencia enorme, como Lord Ormund Hightower (James Norton), primo de Alicent, un oponente formidable para Rhaenyra, contra la que urde un macabro complot para situar en el trono a su sobrino y protegido, Daeron Targaryen (Oscar Eskinazi) el hijo menor de Alicent y Viserys, que su prima envió a Antigua y encomendó al cuidado de su familia para ponerlo a salvo. Esta separación de la corte lo mantuvo alejado de las intrigas de Desembarco del Rey, pero no de la guerra en la que tomará parte como jinete de Tessarion, la dragona azul.

Lord Ormund tiene algo de villano de Marvel, con una vanidad enfermiza y un cruel sentido del humor que lo convierten en un personaje casi caricaturesco.

Y luego está Sir Roderick Dustin (Tommy Flanagan), Roddy el Ruinoso, líder de los Lobos de Invierno leales a Rhaenyra, que viajan desde las tierras de Invernalia al sur, en manada, dispuestos a desatar una carnicería a su paso que se cobra, entre otros muchos, la vida de Sir Criston Cole (Fabien Frankel), amante de Alicent y “mano” del rey Aegon, cuya cabeza acaba portando en una pica.

Roddy el Ruinoso es uno de esos personajes que podrían ser simplemente funcionales a la trama —«los bárbaros norteños»— pero el actor que lo interpreta lo convierte en alguien con peso, autoridad y una especie de brutalidad primitiva.

Otro de los grandes aciertos de esta tercera temporada está en la evolución que experimentan los hijos de Alicent, Aegon y Aemond, quienes dejan de ser el «rey inútil» y el «hermano malo» para convertirse en dos personajes mucho más complejos y decisivos en el desenlace de la Danza de los Dragones.

Convertido en un guiñapo después de que su hermano Aemond intentara asesinarlo en Rook’s Rest: con el rostro desfigurado por el fuego, mutilado e incapacitado para volver a montar su dragón, Fuego Solar (que se supone ha muerto), el depuesto rey Aegon (Tom Glynn-Carney) huye de desembarco del Rey para no ser asesinado por los leales a Rhaenyra. Es precisamente cuando pierde la corona, el poder y buena parte de sí mismo, cuando empieza a descubrir qué significa gobernar. Su huida junto a Larys Strong, el contacto con la gente corriente y la humillación de ser tratado como un pordiosero van despojándolo de la arrogancia del muchacho irresponsable y cruel que conocimos. Lo que no le convierte en un santo —sigue siendo orgulloso y brutal—, pero aparece en él algo que antes apenas existía: conciencia. La ironía es poderosa: Aegon parece hacerse más capaz de gobernar cuanto más lejos está del Trono de Hierro, mientras Rhaenyra se va endureciendo y corrompiendo cuanto más cerca está de él.

Aemond (Ewan Mitchell), en cambio, recorre el camino contrario. Su resentimiento, nacido de un complejo de inferioridad por sentirse el hermano defectuoso, se ha transformado en astucia, ambición y una necesidad casi enfermiza de demostrar que merece lo que le ha sido negado. Haber perdido un ojo en la infancia no hizo más que alimentar su necesidad de demostrar su inteligencia y superioridad; tener a Vhagar le proporcionó el arma para hacerlo. Pero no ha sanado sus heridas. Al contrario, las ha multiplicado. Cuanto más poderoso se vuelve, más peligroso resulta para los demás y para sí mismo.

Aegon y Aemond se odian porque, en el fondo, cada uno encarna aquello que el otro cree que le falta. Aegon tiene la corona pero no la capacidad para ejercerla; Aemond tiene la capacidad, la determinación y el dragón más formidable, pero no el derecho sucesorio mientras su hermano y Rhaenyra vivan. Uno ha sido humillado por el poder; el otro se ha emborrachado de él.

Cuando finalmente vuelven a encontrarse, Aegon podría vengarse de Aemond y no lo hace. No porque haya olvidado que su hermano intentó matarlo ni porque lo haya perdonado, sino porque ya no es el mismo hombre que salió de Desembarco del Rey. Esa contención resultará decisiva de cara a la cuarta y última temporada en la que su madre, Alicent, que ha dedicado buena parte de su vida a proteger a sus vástagos, termina contemplando cómo sus dos hijos se convierten en los principales agentes de su propia destrucción.

Y si Aegon y Aemond muestran dos maneras de ser devorado por el poder cuando se nace dentro de él, Ulf el Blanco (Tom Bennett) representa qué ocurre cuando el poder cae de repente en manos de alguien que jamás estuvo preparado para ejercerlo. Ulf es uno de los bastardos de sangre Targaryen reclutados por Rhaenyra para convertirse en jinete de dragón, en concreto se le asigna el dragón Ala de Plata. Hasta entonces ha sido poco más que un borrachín de taberna, un hombre común al que nadie habría imaginado sentado sobre una de las criaturas más letales de Poniente.

Tom Bennett consigue convertir el personaje en una figura cómica, patética y finalmente peligrosa. Ulf conserva algo que los Targaryen han perdido hace tiempo: la despreocupación de quien no tiene nada que perder. Pero cuando descubre que montar un dragón le concede un poder que puede convertirlo en señor y cambiar su posición en el mundo, la desmesura de sus aspiraciones crece al mismo ritmo que su resentimiento, al sentir que los mismos aristócratas que necesitan su sangre y su dragón siguen mirándolo como a un advenedizo. Ulf acaba demostrando que despreciar a un hombre al que acabas de entregar un arma de destrucción masiva quizá no sea la mejor idea.

Y, por último, está Helaena Targaryen (Phia Saban) quien ha dejado de ser la rarita de la familia para convertirse en una de las figuras moral y dramáticamente más poderosas de la serie. Saban interpreta a esa mujer que ha sido condenada a contraer matrimonio y procrear con su propio hermano. Una especie de figura entre angelical y espectral que parece habitar simultáneamente el mundo de los vivos y otro que solo ella puede contemplar. Sus silencios, sus visiones y sus bordados premonitorios, su relación psíquica con los animales y su manera de mirar con cierta condescendencia a quienes todavía no saben lo que va a suceder: todo en ella adquiere una dimensión sobrenatural. Su embarazo la convierte además en una amenaza para su medio hermana Rhaenyra porque el hijo que espera del rey Aegon y, por tanto, podría reclamar el trono a la muerte de este. De ahí que la reina la mantenga cautiva.

Cuando Helaena precipita su final, la serie consigue que la muerte de un personaje aparentemente secundario, se sienta a la vez como una gran pérdida y como una especie de poética liberación.

Porque La Casa del Dragón ha entendido algo que a veces parece olvidar: los dragones impresionan; las personas importan.

Otro gran ejemplo de ello es Rhaena Targaryen (Phoebe Campbell), hija de Daemon y Laena Velaryon, nieta de Corlys Velaryon y Rhaenys Targaryen, y prima de Rhaenyra, aunque su parentesco con la hija de Viserys es especialmente interesante porque Daemon -su padre- es a la vez tío y esposo de la reina, casado con esta en segundas nupcias.

La muchacha lleva demasiado tiempo sintiéndose la pariente pobre de una familia en la que tener un dragón parece casi una condición de nacimiento. Su hermana Baela tiene a Bailarina Lunar; su padre, al sanguinario Caraxes. Ella, en cambio, observa desde abajo esa aristocracia de jinetes de dragón hasta que encuentra a Robaovejas, una bestia salvaje e indómita a la que nadie parece poder controlar. Y ahí empieza el desastre.

Rhaena cree haber conseguido aquello que llevaba años deseando para demostrar su valor y, aunque descubre demasiado tarde que poseer un dragón no significa dominarlo, se aferra a Robaovejas que entra en la batalla del Gaznate como elefante en cacharrería, atacando sin distinguir amigos de enemigos, lo que provoca la muerte de su primo Jacaerys Velaryon (Harry Collett), Jace, el hijo mayor de Rhaenyra y Laenor Velaryon —aunque su paternidad biológica se atribuye a Ser Harwin Strong—prometido de su hermana y jinete de Vermax.

Su muerte marca profundamente la temporada pues la reina jura que se vengará por ella. Rhaena huye y se esconde junto a Robaovejas, consumida por la culpa.

La escena en la que Daemon encuentra a su hija escondida en una cueva, con el pelo cortado al cero, llena de rasguños y con la ropa hecha harapos, es una de las mejores de esta temporada. Porque por una vez Daemon tiene que dejar de ser príncipe, guerrero, marido o conspirador para ser padre e intenta encontrar una salida para Rhaena: le propone que marche a Pentos, como estaba previsto, o regrese ante Rhaenyra y afronte las consecuencias. Pero ella rechaza ambas posibilidades y decide permanecer escondida pagando su penitencia lejos de los suyos.

Daemon se encuentra así ante una versión de sí mismo: una hija impulsiva y orgullosa. Rhaena ha heredado de él la tendencia a actuar por cuenta propia, desafiar las órdenes y creer que puede controlar fuerzas que la superan. Pero hay una diferencia decisiva: ella siente el peso de lo que ha hecho. Daemon ha pasado buena parte de su vida huyendo de las consecuencias de sus actos. Por eso decide protegerla. Cuando regresa ante Rhaenyra, miente sobre la identidad del jinete de Robaovejas y asegura haberle dado muerte para evitar que sea entregada a la justicia. Es uno de esos momentos en los que el personaje deja ver, sin necesidad de discursos, aquello que todavía queda de humano debajo de todas sus capas de violencia.

La historia de Robaovejas funciona, además, como una parábola de los Targaryen. Como si la serie quisiera recordarnos que esta familia ha cometido durante generaciones el mismo error: creer que porque puede montar dragones también puede dominarlos. Cuando en realidad los dragones obedecen mientras quieren obedecer. Y, cuando dejan de hacerlo, nadie está a salvo.

Quizá ahí esté la gran paradoja de esta tercera temporada. Cuanto más se extiende la guerra, la historia termina reduciéndose a padres que pierden a sus hijos, hijos que intentan demostrar su valor ante sus padres, mujeres que descubren que el poder no las protege de la pérdida y familias que se destruyen mientras siguen convencidas de estar luchando por su legítimo derecho.

En ella los dragones ya no son criaturas fascinantes. Son máquinas de matar. Los héroes no siempre llegan a tiempo, a veces llegan tarde, se equivocan o mueren. Y los supervivientes nunca salen indemnes.

Eso es lo que hace que La Casa del Dragón siga funcionando incluso cuando se atasca. Esta tercera temporada quizá no resuelva todos los problemas narrativos de la serie, pero consigue aquello para lo que parece haber sido concebida: convertir la historia de los Targaryen en una guerra de una brutalidad visual y humana extraordinaria. Aunque para contarlo tenga que arder Poniente entero.

Decidida a hacer valer su poder, en el último episodio de esta tercera entrega Rhaenyra fuerza a su “mano” en el septo para que asesine al sumo sacerdote que se niega a bendecir su reinado como legítima sucesora de su padre y revela la “Historia de Fuego y Hielo” a su último heredero, Joffrey Velaryon. Mientras la batalla de Ladera deja claro lo destructivo que puede llegar a ser un dragón sin control, pero también lo frágil que es la lealtad entre Rhaenyra y sus aliados. Después del asedio a la ciudad, no esta claro si Daeron sigue con vida, pero en su camino de regreso a Desembarco del Rey, Alicent ve mariposas volar y sabe que su hija ha muerto.

Al volver del septo, la reina es informada de que Helaena intentó escapar y encuentra su ventana abierta junto a la labor que su medio hermana ha estado tejiendo. Al verlo, se da cuenta de que es una imagen de Helaena cayendo hacia el vacío. También hay una de Rhaenyra en el trono, cubierta de sangre: un oscuro vaticinio de su futuro. Pero al cerrar la ventana con determinación, se infiere que Rhaenyra no lo acepta y está lista para luchar contra sus enemigos hasta las últimas consecuencias.

Título original: House of the Dragon
Año: 2026
Duración: 60 min. por episodio
País: Estados Unidos
Director: Ryan Condal (Creador), George R.R. Martin (Creador), Miguel Sapochnik, Clare Kilner, Geeta V. Patel, Greg Yaitanes, Alan Taylor, Andrij Parekh, Loni Peristere.
Guion: Ryan Condal, George R.R. Martin, Miguel Sapochnik, Sara Hess, Charmaine De Grate, Gabe Fonseca, Kevin Lau, Ira Parker, Eileen Shim, Ti Mikkel, David Hancock. Novela: George R.R. Martin
Reparto: Matt Smith, Emma D’Arcy, Olivia Cooke, Steve Toussaint, Rhys Ifans,
Fabien Frankel, Ewan Mitchell, Tom Glynn-Carney, Sonoya Mizuno (Mysaria 'El gusano blanco'), Harry Collett, Bethany Antonia,
Phoebe Campbell...
Fotografía: Pepe Avila del Pino, Fabian Wagner, Alejandro Martínez, Catherine Goldschmidt, Vanja Cernjul, P.J. Dillon
Música: Ramin Djawadi
Distribuidor: HBO Max
Género: Precuela. Juego de Tronos.

UN FANTASMA EN LA BATALLA

Reconocida con 4 nominaciones en la edición de los Premios Goya correspondiente a las películas del año 2025, destacando los de Mejor Actriz Principal y Mejor Guion Original, la película de Agustín Díaz Yanes, Un fantasma en la batalla, que aun puede verse en el catálogo de Netflix, reabrió un debate tan incómodo como necesario: el de cómo narrar la violencia de ETA desde la ficción, sin caer en la simplificación ni en la épica.

El filme recuerda, inevitablemente, a La infiltrada de Arantxa Echevarría, estrenada un año antes, con la que comparte la misma base argumental, aunque Díaz Yanes (Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, Sin noticias de Dios) apuesta por un tratamiento más sobrio y introspectivo. La violencia aparece en su película más sugerida que mostrada y no hay en ella heroicidad ni redención, ni tampoco una caricaturización de “los malos” que, en la de Echevarria, funciona a modo de desahogo social y anticipa un juicio moral. Tan solo la constatación de una realidad: la de un país que durante años convivió con el miedo y la fractura.

Díaz Yanes se adentra en un terreno aún espinoso, con la serenidad de quien sabe que la memoria histórica es un espacio para entender y en la medida de lo posible rectificar, para no volver a repetir los mismos errores del pasado.

Su película está inspirada en la que fue la mayor operación encubierta contra ETA, en el contexto histórico, político y social de los años 90 y los 2000. Ariadna Gil ofrece una interpretación monumental como María Soledad Iparraguirre Guenechea (aleas Anboto) una de las ex dirigentes de la banda terrorista que mayor temor y respeto impuso dentro de la organización, quien puso voz al fin de ETA en 2018 y acaba de salir de prisión en régimen de semilibertad tras cumplir 22 años de los 400 de condena que se le impusieron, por más de una docena de asesinatos, entre ellos el de Miguel Ángel Blanco.

Frente a ella, Susana Abaitua encarna a Amaia, nombre ficticio de una joven guardia civil infiltrada en el Comando Donosti, quien durante aquellos años del plomo permaneció más de una década trabajando como agente encubierta dentro de la organización con el objetivo de localizar los zulos que los etarras tenían escondidos en el sur de Francia, un papel lleno de tensión y vulnerabilidad. Dos mujeres y dos actrices «de armas tomar». Entre ambas se establece un duelo interpretativo que sostiene toda la tensión dramática de la película.

En una de las escenas más potentes, otra mujer, la actriz Iraia Elías —en el papel de Begoña, responsable de los comandos legales de ETA— duda un instante antes de aprobar el asesinato del joven concejal del PP, cuyo secuestro y asesinato se produce, según se sugiere, en represalia por la liberación del funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, quien permaneció 532 días secuestrado en un zulo por la banda terrorista. Ese titubeo, apenas un gesto, basta para resumir la tragedia colectiva que la película retrata: la conciencia que despierta demasiado tarde, el horror que ya no se puede desandar. La contradicción entre la fe en la causa del independentismo vasco y la sombra de la duda moral por los métodos empleados para defender unas determinadas ideas políticas, las de la llamada izquierda abertzale, para la que el fin justificó siempre los medios.

Un fantasma en la batalla se suma así a una corriente de cine español que se atreve a mirar de frente a su pasado reciente. Lejos de cualquier morbo o justificación, la película asume que revisitar el terror es también una forma de comprender el presente y de dar testimonio del compromiso y la entrega de los agentes vinculados en la lucha contra ETA, especialmente los que se jugaron la vida conviviendo con los terroristas, por intentar conseguir un bien mayor: el restablecimiento de la paz. Agustín Díaz Yanes, su director, se esmera en lograr una representación fidedigna del contexto histórico, mostrando imágenes reales de archivo en un guiño documental, que pretende ser un reconocimiento a la auténtica lucha social, política, legal y policial, de los cuerpos de seguridad del Estado implicados en aquella Operación Santuario que desarticuló decenas de zulos de ETA en Iparralde (el País Vasco francés) en 2004, a las puertas del ocaso de la banda.

Serena, austera y moralmente incisiva, la cinta no busca el aplauso fácil. Busca, más bien, que el espectador salga del cine con una pregunta: la de ¿cómo se convive hoy con los fantasmas de la historia cuando todavía deambulan entre nosotros como muertos vivientes?

Título original: Un fantasma en la batalla

Año: 2025

Duración: 108 min.

País: España

Dirección y Guion: Agustín Díaz Yanes

Reparto: Susana Abaitua, Andrés Gertrudix, Iraia Elías, Raúl Arévalo, Ariadna Gil, Almagro San Miguel, Mikel Losada...

Música: Arnau Bataller

Fotografía: Paco Femenía

Compañías: Basoilarraren Filmak. J.A. Bayona, Belén Atienza, Sandra Hermida. Netflix, TriPictures

Género: Thriller. Intriga. Terrorismo. Policíaco. Política. ETA. Años 90. Infiltrados

BAJO CERO

“Bajo cero” me ha dejado fría. Y no precisamente por la sensación térmica, sino porque lo que supuestamente iba a ser el mejor thriller de acción de este año, protagonizado por dos Titanes del arte dramático, como Javier Gutiérrez y Karra Elejalde, se ha quedado (y nunca mejor dicho, considerando la cantidad de cargadores que se vacían durante los 106 minutos que dura la película) en un delirante y rocambolesco fuego de artificio.

Y eso que la situación límite de la que parte la historia: el asalto a un furgón blindado durante un traslado de presos de máxima peligrosidad, mientras rueda por desérticas carreteras secundarias en medio de una gélida noche de niebla cerrada, no puede ser más prometedora. De hecho, los primeros quince minutos de arranque de la película consiguen mantener la intriga preservando el anonimato del asaltante, cuya identidad y verdaderas intenciones solo conoce uno de los reos que viaja en el furgón policial. Pero, presa de la precipitación, el guionista descubre demasiado pronto sus cartas, a partir de lo cual, el desarrollo de la acción se pasa tanto de vueltas que descuida lo esencial: hacer que lo que nos están contando parezca creíble.

No dudo de que Lluis Quílez tuviese las más nobles y elevadas intenciones al concebir este trabajo que ha presentado como un llamado a la reflexión sobre la justicia, la venganza y el sentido del deber de un servidor público, en este caso un policía, enfrentado a un dilema moral que hace un guiño a la actualidad al recordarnos casos como el de Marta del Castillo. Pero su ejecución peca de un exceso de efectismo sanguinario (tiroteos, mutilaciones, muertes brutales y desangramientos), incurriendo en errores de bulto e incongruencias argumentales que restan efectividad al argumento y que no pasan desapercibidos para un espectador mínimamente despierto, como el que estos días se molestaba en publicar la una lista con algunos de los gazapos de la película, en un foro de internet:

“- Un furgón con presos peligrosos que desaparece toda una noche sin que nadie intente localizarlo, cuando se supone que estos vehículos deben estar dotados de un GPS que permite su búsqueda y localización, en caso de extraviarse. ¿Es que nadie se da cuenta de que algo sucede cuando no llega a tiempo o se desvía de su ruta?

– En la carreteras secundarias por donde circula el furgón no se cruzan ni con un solo vehículo en toda la noche.

– El asaltante utiliza una escopeta de cartuchos que dispara balas.

– Un policía que porta una pistola sin cargador de recambio.

– El coche de policía que iba delante del furgón tiene un accidente y nadie llama por radio de la central para ver qué ha pasado.

– El furgón se hunde por las ruedas traseras en un lago congelado y en el habitáculo interior lo que aparece inundado es la cabina del conductor.

– Furgón totalmente sumergido y en el interior espacios sin inundar.

– Policía recibe varios disparos a pocos metros del furgón, su compañero (quien se supone es un agente experimentado), comprueba que está muerto pero, de repente revive, como un caminante de “Walking Dead” y, en vez de esperar refuerzos o ir a un hospital, se va malherido detrás del autocar secuestrado, conduciendo un vehículo a toda velocidad.

– Un yonqui que aguanta la respiración bajo el agua helada, como un profesional de la inmersión, sin temor a morir de una hipotermia, cuando los yonquis sólo miran por ellos y rara vez se sacrifican por los demás…”

Y así podríamos seguir a nada que nos pongamos quisquillosos.

Menos mal que las eficaces actuaciones de sus protagonistas (especialmente la de Karra Elejalde, entregado a su papel de “vengador justiciero muy a su pesar” e impecable en cada nuevo registro interpretativo que aborda. Menos brillante, aunque siempre correcto está, en cambio, Javier Gutiérrez, a quien esta vez no me termino de creer del todo), incluso la de los actores de reparto encabezados por Luis Callejo y Patrick Criado, Édgar Vitorino, Florin Opritescu, Miquel Gelabert Bordoy y Andrés Gertrúdix, un grupo de criminales peligrosos, cada uno con una personalidad y un prontuario delictivo diferenciado, soportan el peso de la película que avanza a toda prisa, cuesta abajo y sin frenos, hacia un desenlace final en el que los más optimistas han querido ver alguna reminiscencia de títulos tan brillantes como “Seven”, pero que en realidad resulta bastante más plano de lo que hubiese sido deseable, en su afán de dejar sentada una moraleja socialmente aleccionadora.

Título original: Bajocero

Año: 2021

Duración: 106 min.

País: España

Dirección: Lluís Quílez

Guión: Fernando Navarro, Lluís Quílez

Música: Zacarías M. de la Riva


Fotografía: Isaac Vila

Reparto: Javier Gutiérrez, Karra Elejalde, Luis Callejo, Patrick Criado, Andrés Gertrudix, Isak Férriz, Miquel Gelabert, Édgar Vittorino, Florín Opritescu, Ángel Solo, Àlex Monner, Sebastián Haro

Compañías: Morena Films, Amorós Producciones, Televisión Española (TVE), ICIC (Distribuidora: Netflix)

Género: Thriller. Intriga | Policíaco.

EL DESORDEN QUE DEJAS

El cine español se ha agarrado con fuerza a las plataformas digitales para vender su producto. Echando un rápido vistazo al catálogo de series esta Navidad, se puede comprobar cómo prácticamente todas ellas ofrecen uno o dos títulos de estreno de manufactura nacional. “El Cid” (Amazon Prime), “30 Monedas” (HBO), “Los favoritos de Midas” (Netflix)… Se trata, en su mayor parte, de series de consumo rápido, con pocos capítulos, que aprovechan el tirón de sus jóvenes protagonistas en trabajos precedentes y cuyas temáticas, siendo variadas, apuntan a cierta preferencia por el género de suspense, como la serie a la que me quiero referir.

Creada por Carlos Montero a partir de su propia novela, «El desorden que dejas» se nos presenta como un thriller ambientado en la Galicia rural y juega con dos planos temporales separados en el tiempo por la trágica desaparición y presunto suicidio de Viruca, una profesora de instituto admirada por sus alumnos, con quienes establece una relación tóxica de índole personal, que excede cualquier código deontológico.

Más allá del llamativo y logradísimo acento gallego de sus principales protagonistas: Inma Cuesta (“La novia”), Arón Piper (“Elite”), Roberto Enríquez (“Vis a vis”), Bárbara Lennie (“Petra”), ninguno de ellos nacido en la costa del cantábrico, hay varias cosas salvables de la serie. Especialmente seductor resulta ese juego narrativo en el que el pasado se hace presente y vemos a personajes ya fallecidos interrelacionarse con la protagonista, mientras esta intenta recomponer el puzzle de la vida de una mujer a la que no conoce de nada, pero con la que descubrirá que tiene más de una cosa en común, hasta desentrañar los verdaderos motivos de su muerte.

Y es que hay algo de realismo mágico a la gallega en los sueños de Raquel (Inma Cuesta) con su madre muerta y en las visiones que tiene de Viruca. Poco a poco, irá desentrañando un retorcido misterio que sacará a la luz la doble vida de la profesora fallecida, a la vez que terminará desenterrando los secretos más siniestros de algunos de los habitantes de ese apacible pueblo llamado Novariz.

Muy notables son las actuaciones de los tres chavales del elenco, Arón Piper (Iago), Roque Ruiz (Roi) y, en menor medida, Isabel Garrido (Nerea), tres adolescentes problemáticos, explorando sus propios límites e intentando expiar sus traumas infantiles. Así como la de las dos protagonistas, Inma Cuesta (la naturalidad personificada) y Bárbara Lennie (Viruca, un personaje que gana en complejidad a medida que vamos descubriendo detalles de su vida algo turbia).

Sin embargo, creo que el guión incurre en cierta exageración y en una abundancia de tópicos que reducen el argumento a algo poco creíble y desmerecen el resultado final, como el hecho de que una simple profesora de instituto, acosada por sus alumnos, se calce el uniforme de agente del CSI y lleve a cabo una investigación exhaustiva, a partir de una simple sospecha, poniendo en peligro su propia vida al seguir como un sabueso todas y cada una de las pistas que le conducen a los verdaderos motivos de la muerte de su predecesora en la cátedra de literatura o que acabe inevitablemente enrollándose con el ex marido de la profesora muerta, en una escena cuyo detonante es algo tan manido como que llega a su casa una noche empapada por la lluvia y debe cambiarse de ropa.

No es cuestión aquí de hacer spoiler, mucho menos tratándose de una serie de suspense, por lo que me limitaré a decir que ésa es en esencia la trama de “El desorden que dejas”, sobre la que se van liberando diferentes subtramas que terminan confluyendo en lo que se pretende sea un gran final. Lástima que, para cuando este se acerca, resulte ya todo demasiado previsible.

A pesar de ello, la serie se deja ver y puede tener su público. No es un enrevesado rompecabezas con giros inesperados que nos saquen los ojos de sus órbitas y nos descoyunten la mandíbula, pero tampoco incurre en demasiadas excentricidades ni defrauda las más altas expectativas. Se trata más bien de un trabajo discreto que apuesta por la sobriedad y que tiene a su favor la excelente elección de su localización en tierras gallegas, sin cuya atmósfera húmeda y sobrenatural, no podría funcional igual. Un thriller de manual. Fácil de digerir y fácil de olvidar.

Título original: El desorden que dejas

Año: 2020

Duración: 50 min.

País: España

Dirección: Carlos Montero (Creador), Carlos Montero, Silvia Quer, Roger Gual

Guión: Carlos Montero, Javier Holgado, Andrés Seara (Novela: Carlos Montero)

Música: Lucio Godoy, Ricardo Curto (Canción: Xoel López)

Fotografía: Isaac Vila

Reparto: Inma Cuesta, Bárbara Lennie, Tamar Novas, Arón Piper, Roberto Enríquez, Roque Ruíz, Isabel Garrido, Federico Pérez, Susana Dans, Alfonso Agra, Xosé A. Touriñán, Abril Zamora, Xavier Estévez, María Tasende, Camila Bossa, María Costas, Mela Casal, César Cambeiro

Productora: Vaca Films. Netflix España.

Género: Serie de TV. Intriga. Thriller. Drama Colegios. Enseñanza

THE UNDOING

A pesar del slogan con el que se presenta «The undoing«, la serie de HBO para la temporada de otoño-invierno, su final parece confirmar justo lo contrario: que a veces las cosas son exactamente lo que parecen ser, por más que nos empeñemos en buscarle cinco pies al gato intentando disimular, adornar o eludir la verdad.

Teniendo como punto de partida algo tan poco novedoso como un brutal asesinato acaecido en pleno corazón de la bella y exclusiva Manhattan, los guionistas de este thriller psicológico, tan previsible como poco memorable pese a su deslumbrante reparto interpretativo de fama mundial intentan, de manera un tanto burda y efectista, despistar al personal con la vieja táctica del cluedo. Esto es: haciendo recaer las sospechas de la autoría del atroz crimen en todos y cada uno de los personajes principales, uno por cada uno de los seis capítulos en los que se desarrolla la serie (nada que no hayan hecho antes Agatha Christie o Sir Arthur Conan Doyle, más y mejor), para finalmente confirmar las sospechas iniciales, con lo que el espectador tiene la molesta sensación de haber sido inducido a una auténtica pérdida de tiempo, cuyo desenlace nos lleva de nuevo a la casilla de salida, sin la recompensa de la sorpresa de último minuto que tanto se estila en el mejor cine de suspense.

Por no hablar de la superficialidad con la que se abordan los debates de fondo, apenas sugeridos, como el de la infidelidad conyugal o el de la desigualdad social y la forma en la que ello afecta a la acción de la Justicia. Y es que, pese a su ampulosa producción, que nos pone los dientes largos paseándonos por los áticos de superlujo de la Quinta Avenida en el Upper East Side, desde donde se divisa como una constante el sky line neoyorquino, esta adaptación de la novela “Tú ya lo sabías” de Jean Hanff Korelitz, a manos de David E. Kelley (uno de los guionistas de la exitosa “Big Little Lies”, con la que esta de Susanne Bier guarda evidentes similitudes) se queda corta en casi todo, fallando en sus intenciones en la medida en que difícilmente puede generar intriga una trama que carece de emoción y de verdad interpretativas, algo en lo que tiene bastante responsabilidad la pareja protagónica, formada por un Hugh Grant venido a menos en su rol de seductor, pese al ridículo e irritante abuso de los gestos y tics que han hecho célebre al actor británico, en contraposición al acartonamiento de la siempre etérea Nicole Kidman, pulcra, hierática y esbelta, (hay quien dice que con peluca de sofisticado rizo pelirrojo y las arrugas alisadas en postproducción con photoshop) perfecta como una muñeca de porcelana, pero tan distante que, pese a ocupar cada uno de los planos del montaje, se diría que permanece ausente de cuanto acontece y cuyos retoques faciales impiden ya cualquier atisbo de expresividad.

Poco más que añadir acerca de este divertimento menor, salvo quizá que se trata de una miniserie de apenas seis capítulos. Ideal para una larga sobremesa de domingo, especialmente si eres un incondicional de Kidman y Grant.

Título original: The Undoing

Año: 2020

País: Estados Unidos

Dirección: David E. Kelley (Creador), Susanne Bier

Guion: David E. Kelley, Jean Hanff Korelitz

Música: Evgueni Galperine, Sacha Galperine, Víctor Reyes

Fotografía: Anthony Dod Mantle

Reparto:
Nicole Kidman, Hugh Grant, Donald Sutherland, Noah Jupe, Edgar Ramirez, Ismael Cruz Cordova, Matilda De Angelis, Lily Rabe, Noma Dumezweni, Michael Devine, Jim Cleary, Fala Chen, Vedette Lim, Maria Dizzia, Jack Ronan Grindley, Lara Barbieri, Dante DiGiorgio, Frank Fernandez, Kathryn Grace, Kate Greer, Michael Iacono, Sultan H. Khane II, Billy Lake, Robert Myers, Logan Taylor, Melania Zalipsky, Victoria Zalipsky

Compañías: David E. Kelley Productions, Blossom Films, Made Up Stories, HBO.

Género: Serie de TV. Thriller. Intriga.