ESTOY PENSANDO EN DEJARLO

“Otros animales viven en el presente. Los humanos no pueden. Entonces inventaron la esperanza”, sentencia la prometedora actriz y cantante irlandesa Jessie Buckley, la mujer de los mil nombres (Lucy, Lucía, Louisa, Amy o Ames) en “Estoy pensando en dejarlo”, el último desvarío de Charlie Kaufman, rara avis del nuevo cine de autor estadounidense, a quien la crítica especializada no sabe si catalogar aún como un genio existencialista o como un pedante y repelente esnob de gafapasta.

Netflix la estrenó en 2020 sin pasar por los cines, en una apuesta bastante arriesgada para una plataforma cuyo público objetivo demanda películas de fácil consumo y, como era de esperar, tras un par de semanas en las que la curiosidad la mantuvo a flote, desapareció en las profundidades de su catálogo, donde permanece sepultada hasta hoy, bajo un océano de insulsas comedias de instituto, previsibles thrillers sobre niñeras homicidas y mediocres series sobre adelantos genéticos, sucedáneas de “Black Mirror”. Todo un hallazgo para quienes nos ponemos el traje de buzo en cada incursión al saco sin fondo del streaming, en busca de algo nutritivo de lo que alimentar nuestro espíritu, aunque a priori sea difícil de masticar y digerir, como es el caso de cada una de las películas de Kaufman, quien ocupa un lugar destacado en la memoria cinéfila gracias a los trabajos que lo consagraron como uno de los guionistas más singulares del cine indie de finales de los 90 y principios del siglo XXI: “Cómo ser John Malkovich” (1999), “Human Nature” (2001), “Adaptation (El ladrón de orquídeas) (2002) y la oscarizada “¡Olvídate de mí!” (2004) con una Kate Winslet teñida de arcoiris, y un Jim Carrey en un registro irreconocible.

En todas ellas, el director neoyorquino demostró tener un don especial y una voz personal para contar historias (aunque sus más fieles reconozcan en su obra cierta similitud con la de otros autores consagrados como David Lynch, Peter Greenaway, Luis Buñuel o Ingmar Bergman, por su tendencia a explorar el espinoso terreno del simbolismo onírico).

Su debut en la dirección con la artificiosa y desmedida “Synecdoche, New York (2008), una especie de película-jeroglífico que contó con la inestimable ayuda del desaparecido Philip Seymour Hoffman, así como su segundo intento como realizador con “Anomalisa” (2015), no causaron sin embargo el impacto de sus anteriores trabajos como guionista. Lo que le llevó a perder el interés por la dirección durante un tiempo. Pero la oportunidad de estrenar en Netflix le hizo ver las cosas de otra manera.

Así es como decidió realizar la adaptación de la novela de Iain Reid, “I’m Thinking of Ending Things”, un viaje por carretera durante una apocalíptica tormenta de nieve que se transforma en una pesadilla surrealista y ecléctica, que combina elementos de la comedia romántica, el oscuro thriller psicológico y otros géneros variopintos, como el cine negro o el musical.

Un hueso duro de roer para quienes buscan un mero entretenimiento. Una película rara, fascinante o irritante, de la que no resulta fácil seguir el hilo y que parece tener por objeto incomodar al espectador poniendo en cuestión, en tiempo real, todo lo que este cree ir descubriendo o conociendo de la historia. Lo que nos obliga a estar más atentos al detalle.

Alejada de los modelos narrativos convencionales, “Estoy pensando en dejarlo” no es, sin embargo, una película experimental en sentido estricto, aunque desprecie las leyes de la causalidad y el “realismo” como sostén de verosimilitud, el relato está dictado por el flujo de los pensamientos de la pareja protagonista, un reservorio de citas ajenas, recuerdos y reflexiones propias sobre temas filosóficos trascendentes, origen y final de toda elucubración metafísica.

El argumento inicial es el viaje de una chica (Jessie Buckley), de quien nunca llegamos a saber su nombre real, que va a conocer a los padres de su novio, Jake (Jesse Plemons), un tipo al que no quiere, con el que lleva poco tiempo saliendo y al que está pensando en dejar, pues para ella está claro que no es el hombre de su vida, pese a reconocerle algunas virtudes. Razón por la cual, esa visita de presentación a sus futuribles suegros parece un tanto inconveniente y apresurada. Más aún cuando el parte meteorológico pronostica una gran nevada para esa misma noche.

El viaje en automóvil de la pareja, en una atmósfera algo claustrofóbica y asfixiante, con la nieve arreciando en el parabrisas, ocupa los veinte minutos iniciales de la película, durante los cuales el soliloquio mental de la joven, dueña de la voz en off que narra la historia, se entrelaza con el diálogo que mantiene con su novio, sobre poesía, ciencia o filosofía, de una intensidad intelectual ciertamente inusual para dos enamorados que emprenden un viaje por carretera.  

“Puedes decir o hacer cualquier cosa, pero no puedes fingir un pensamiento”, se afirma en cierto momento. “La mayoría de la gente es otra gente y sus vidas una imitación”, se cita a Oscar Wilde en otro.

“El suyo es un viaje muerto hacia una relación muerta”, como escribía Marta Medina en El Confidencial. “De ella sabemos que es una treintañera, ilustrada, que pinta, compone poemas y reflexiona mucho y obsesivamente sobre todas las cosas. De él, que tiene conocimientos de física y de literatura, y una mirada inquietante”.

Hasta aquí podría decirse que entra todo dentro de lo normal. La clásica situación en la que una parte de la pareja está pensando en cuál es la mejor manera de decirle a la otra que ha decidido romper con ella. Pero la cosa se complica una vez arriban a casa de los excéntricos padres de Jake (Toni Collette y David Thewlis), una granja situada en medio de ninguna parte.

Lo que empieza siendo una incómoda cena, acentuada por el extraño comportamiento del matrimonio, no tarda en convertirse en una experiencia desconcertante y perturbadora para a la protagonista, cuya profesión irá mutando en cada tramo de conversación: bióloga, poeta, camarera, pintora, gerontóloga, estudiante de física cuántica… hasta hacerle (y hacernos) perder la noción de su propia identidad y/o existencia real.

Del mismo modo, la edad y el aspecto de los padres se verá alterado durante la velada. Solo Jake permanece inalterable confirmándonos que, en realidad, es el verdadero protagonista de esa pesadilla surrealista en la que estamos inmersos, donde cada habitación de la casa se convierte en un depósito de recuerdos –¿del pasado, del futuro?–, la silla de ruedas abandonada, el sótano clausurado con rasguños en la puerta, el papel pintado, la huella del cerdo devorado por los gusanos…

A partir de ese momento, la película entra de lleno en un plano simbólico. Ya no es una narración de hechos concatenados. Nada parece tener sentido y, al mismo tiempo, el sentido lo es todo. En una escena en la que el padre de Jake contempla un cuadro paisajista, supuestamente pintado por su novia, se pregunta “¿cómo puede ser un paisaje triste si no hay en él un ser humano que lo contemple?”. Del mismo modo, el director parece decirnos que lo importante no está en lo que sucede realmente, sino en cómo nos afecta y nos incumbe lo que vemos.

“Entrar en la última película de Charlie Kaufman es una suerte de ejercicio de diván, una incisión abierta en una mente en medio de una pesadilla existencial en la que, como en todo sueño, las leyes de la física y de la coherencia interna no siempre funcionan. Los peinados, las ropas, los oficios son mutables y el tiempo es reversible (o irreversible). El espectador, el lector, el que mira un cuadro o escucha una canción suele encontrar en el asidero del significado la paz que no deja lo inconcluso, lo ambiguo, lo oscuro”, reflexionaba Medina al respecto.

Y es que, quien conozca el siempre imprevisible cine del director neoyorquino sabe de su capacidad para mezclar diversos planos de realidad y ficción, construyendo un relato críptico, sugerente y onírico, en el que el espectador llega a tener efectivamente la impresión de estar atrapado en un mal sueño, donde los elementos que lo integran sufren una alteración constante.

Cuando soñamos podemos ver a nuestros padres más jóvenes, sin que ello parezca tener importancia. No cuestionamos la incongruencia de su edad o la realidad de su mera existencia si es que han fallecido, sencillamente interactuamos con ellos con normalidad mientras permanecemos dormidos. Así es el universo narrativo de “Estoy pensando en dejarlo”. Kaufman juega a reescribir (y romper con) la gramática del cine, de manera que en un plano alguien puede estar lleno de energía y, en el siguiente, convertirse en un anciano enfermo, en plena degradación mental y física. Su reconocida capacidad para retorcer las historias y cubrirlas con varias capas de interpretación se repite en este trabajo, en el que profundiza y amplifica esa vena “metafórica”, para reflexionar sobre la soledad, el paso del tiempo, cómo nos condiciona el pasado, los traumas familiares, la identidad cultural y por supuesto, las relaciones sentimentales, en un tono siempre melancólico.

En este sentido, alguien habló de “Estoy pensando en dejarlo” como “un sublime viaje de terror existencial a un inevitable encuentro psicótico con nosotros mismos”. Una apreciación que se le ajusta bastante, aunque en mi opinión habría que añadir también que se trata de una película visualmente muy atractiva.

Jake es un hombre que no deja de pensar en el final de las cosas. Un hombre obsesionado con la muerte que se cuestiona a sí mismo. Durante la trama se evidencian su depresión, su inseguridad y la baja autoestima con la que creció y que lo llegó a convertir en un adulto introvertido, una persona tímida a la que le cuesta establecer conexión con sus semejantes.

Su interacción con su novia -real o imaginaria- es en realidad un análisis introspectivo del personaje y de su idea de lo que es una relación de pareja. Probablemente el resultado de la forma en la que experimentó el amor y el desamor en su vida, a través de una relación que no se sabe cuándo comenzó, cuánto duró o si llegó a ocurrir realmente.

Al final de esta, se entrega desnudo a la muerte y a sus demonios, en una analogía con el cerdo al que los gusanos estaban devorando vivo. Pero no sin antes experimentar un último viaje onírico, en el que vuelve al instituto para protagonizar un musical de “fin de curso” y recibir el reconocimiento de todas las personas que se cruzaron con él; siendo alabado, no por sus estudios o su profesión, sino por todo lo que consiguió descubrir a través del amor, la depresión, la ansiedad y la locura. Todos los presentes en ese auditorio le convirtieron de algún modo en la persona que fue.

Y es que, en esta tragicomedia de Charlie Kaufman que en ciertos momentos «dialoga» con el cine de los hermanos Coen, el de David Lynch o el de Woody Allen, hay también lugar para el melodrama y el artificio teatral.

En “Estoy pensando en dejarlo” como enumera Miquel Echarri en El País, hay de todo y, de lo bueno, lo mejor. “Se citan frases textuales de David Foster Wallace, se recita un discurso del matemático John Nash (en cuya vida se basa la película “Una mente maravillosa”), se comentan los primeros versos de un poema de William Wordsworth y se responde a ellos con una estrofa de la poetisa de Toronto Eva H.D. Incluso se canta uno de los temas de Oklahoma, el musical nostálgico y patriótico que nueve de cada diez estadounidenses han visto al menos un par de veces en su vida. Y en una de las escenas más elocuentes y hermosas de la película, la pareja protagonista dedica unos minutos a polemizar sobre “Una mujer bajo la influencia”, de John Cassavetes, en un diálogo asimétrico. Los argumentos de él suenan sinceros, pero torpes y poco meditados, y los de ella, pulcros, desdeñosos y precisos, siendo en realidad frases textuales de Pauline Kael, una reputada crítica de cine neoyorquina”.

Guiños intelectuales y alardes de un humor erudito, que tanto entusiasman a sus partidarios y soliviantan a sus detractores, poco aptos para el gran público de Netflix, acostumbrado a retozar en un feliz océano de palomitas y placeres culpables que, sin embargo, permiten un disfrute de la película a otro nivel.

Kaufman no ahorra referencias cinéfilas y literarias, pero lo que en principio podría parecer una caótica, caprichosa y pedante acumulación de frases lapidarias de exquisita autoría, termina dando por resultado la creación de un universo delirante donde todo es posible (como esa heladería que aparece en medio de la nada, atendida en pleno invierno por una pléyade de pin ups como sacadas de una postal de los años 40-50).

Como en “El ángel exterminador” de Buñuel, la sensación que tenemos viendo su último trabajo es la de que puede pasar cualquier cosa. “Incluso puede que nada de verdad exista«, como advertía Txema Martín (Málaga, 1982), promotor cultural y articulista de opinión en Diario Sur. «Hay terror, surrealismo y momentos tensos, de comedia negra. También citas literales a Tolstoi o a William Wordsworth y un fragmento de una película imaginaria de Robert Zemeckis. Hay física cuántica y profesiones inventadas, el discurso de ‘Una mente maravillosa‘ y una secuencia de ‘Oklahoma‘. No hay que entenderlo todo. No es necesario. Los padres del chico, que interpretan Toni Collette y David Thewlis, forman una pareja desconcertante y terrorífica, dos actuaciones míticas que van a tardar en olvidarse porque, en general, ‘Estoy pensando en dejarlo’ es una película que se te queda pegada como un impacto. Cuesta quitársela de la cabeza”. Como un mal sueño dotado de una extraña belleza.

FICHA TECNICA 

Título original: I'm Thinking of Ending Things

Año: 2020

Duración: 134 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Charlie Kaufman

Guion: Charlie Kaufman (Basado en la novela de Iain Reid)

Música: Jay Wadley

Fotografía: Lukasz Zal

Reparto:

Jessie Buckley, Jesse Plemons, Toni Collette, David Thewlis, Guy Boyd, Colby Minifie, Jason Ralph, Abby Quinn, Teddy Coluca, Ashlyn Alessi, Hadley Robinson, Dj Nino Carta, Austin Ferris, Dannielle Rose, Brooke Elardo, Varvara Cardenas, Monica Ayres, James Glorioso Jr., Thomas Hatz, Albert Skowronski, Liggera Edmonds-Allen, Julie Chateauvert, Kamran Saliani

Productora: Likely Story (Distribuidora: Netflix)

Género: Intriga. Drama | Road Movie. Thriller psicológico. Surrealismo

EL CIELO DE MEDIANOCHE

Se llama Caoilinn Springall, tiene 8 años y es la protagonista absoluta de «Cielo de medianoche«, la última película dirigida y protagonizada por el oscarizado George Clooney, que se ha estrenado esta Navidad en Netflix. Lo cual tiene doble mérito, si tenemos en cuenta que el personaje que interpreta apenas articula palabra en las dos horas (eternas) que dura el largometraje, rodado en las gélidas tierras de Islandia. Más concretamente, en el descomunal glaciar Vatnajökull, el tercero mayor del mundo, con unos 8.000 kilómetros cuadrados y hasta uno de espesor, que ha servido de escenario de otras producciones cinematográficas, como “Muere otro día” (Lee Tamahori, 2002), “Batman Begins” (Christopher Nolan, 2005) o las secuencias de “Más allá del Muro” de “Juego de tronos” (David Benioff y D. B. Weiss, 2011-2019).

El caso es que la pequeña Caoilinn se planta frente a la cámara con esos enormes ojos del color de las profundidades del océano y no necesita hablar para conquistar nuestro corazón. Tan grande es el magnetismo que irradia su angelical rostro que incluso consigue que pasemos por alto el no saber quién es ni qué demonios hace ahí, interrogantes esenciales para entender el sentido de la cinta y que solo serán despejadas, en una cabriola argumental, al final de la misma.

Sin desvelar nada ni incurrir en spoilers, diremos que se trata de un drama postapocalíptico y a la vez de una aventura espacial, basado en la novela “Good Morning, Midnight”, de Lily Brooks-Dalton y que relata los afanes de Augustine Lofthouse, experto astrónomo destacado en una base del Ártico quien, después de que un misterioso cataclismo asole la Tierra, intenta contactar con una nave espacial enviada hace años a explorar el espacio exterior, en busca de otro planeta que la especie humana pudiese colonizar, para avisar a sus tripulantes de que no regresen y den media vuelta, pues la Tierra ya no es un lugar habitable.

Haciendo analogía del propio desarrollo de la película, creo que Clooney parte del acierto, pero se pierde en mitad de la tormenta. La premisa que la inspira resulta interesante y cobra una actualidad inusitada, en la medida en que enlaza con las predicciones de gente tan cualificada como Stephen Hawking (quien ya advirtió de que la especie humana tendría que buscar pronto una alternativa para su supervivencia, pues el planeta Tierra no podría dar mucho más de sí, teniendo en cuenta la irresponsable actitud de quienes lo habitan) e intenta recrear las expediciones a otros planetas que ya están llevando a cabo la NASA y otros, anticipándose a esos malos augurios.

A partir de ello, se construye esta historia cuyo desarrollo argumental, sin embargo, deja demasiados cabos sueltos. Así, por ejemplo, nunca llegamos a saber a dónde huyen los desesperados pobladores de la base del Ártico, dejando a Augustine en la más absoluta soledad nada más empezar la historia ni qué ha sido exactamente lo que ha hecho que el aire en la tierra se vuelva irrespirable (¿una hecatombe nuclear? ¿Un escape de uranio enriquecido?) o si ello es la causa de que el personaje que interpreta Clooney padezca una enfermedad terminal (¿cáncer?) que le obliga a hacerse transfusiones de sangre a diario y a tomar una medicación que le provoca nauseas (¿quimioterapia?).

Por si esto fuera poco, el periplo que emprende el científico hacia el Lago Hazel, en busca de una mejor señal para comunicarse con los exploradores del espacio, se parece en demasía al de otros filmes, como “El Renacido” de Leo Di Caprio y se excede, en tiempo y forma, al intentar recrear la crudeza de las condiciones meteorológicas, con escasos destellos de emoción y belleza visual, en momentos como el acecho de los lobos y la inmersión en el agua helada al romperse la placa de hielo a sus pies o la inquietante imagen de las gotas de sangre de un astronauta herido flotando en un espacio ingrávido, de un frío y peculiar aliento lírico; pasando de puntillas por lo realmente importante a nivel argumental que es la relación de Augustine con esa misteriosa niña, llamada Iris, que le acompaña como una sombra silenciosa.

Básicamente estoy de acuerdo con quienes han dicho que en “El Cielo a medianoche” conviven en realidad dos películas potencialmente interesantes, pero cuyo atractivo no termina de despegar en ninguno de los dos casos y que sus diferencias, de hecho, en vez de complementarse, se anulan parcialmente hasta coincidir en un nexo común algo arbitrario.

Ciertamente, el espectador tiene la sensación de estar haciendo zapping entre lo que sucede en la tierra y los apuros técnicos a los que se enfrentan los viajeros de la estación espacial Ether, cuyo equipo de astronautas intenta volver a casa portando la buena nueva de que existe una luna habitable en Saturno, sin saber muy bien qué tiene que ver una historia con la otra. Aunque no creo que el esfuerzo sea enteramente desdeñable por todo lo ya expuesto y porque George Clooney tiene a estas alturas el suficiente olfato, experiencia y talento, para saber reunir a un staf protagónico de primer nivel, con él mismo y la gran Felicity Jones (en su momento de mayor popularidad tras protagonizar “La Teoria del Todo”, precisamente un biopic sobre la vida del visionario científico Stephen Hawking, y “Una cuestión de género”) a la cabeza y ese portentoso diamante en bruto que es Caoilinn Springall. Merece la pena soportar las casi dos horas de marcha en la nieve, solo por ver lo que tiene que decir sin apenas pronunciar palabra.

Título original: The Midnight Sky 

Año: 2020

Duración: 118 min.

País: Estados Unidos

Dirección: George Clooney

Guión: Mark L. Smith (Basado en la novela de Lily Brooks-Dalton)

Música: Alexandre Desplat

Fotografía: Martin Ruhe

Reparto: George Clooney, Felicity Jones, David Oyelowo, Demian Bichir, Kyle Chandler, Tiffany Boone, Caoilinn Springall, Ethan Peck, Lilja Nótt Þórarinsdóttir, Tia Bannon, Sophie Rundle, Tim Russ, Miriam Shor, Jill Buchanan, Kishore Bhatt, Bharat Mistri, Natasha Jenssen, Olivia Noyce, Edan Hayhurst, Atli Oskar Fjalarsson, Grant Crookes

Compañías: Anonymous Content, Netflix, Syndicate Entertainment, Smoke House Pictures, Truenorth Productions

Genero: Fantástico. Apocalíptico