LA GRAZIA

Paolo Sorrentino vuelve a apoyarse en su actor fetiche, Toni Servillo, con quien ha contado ya en siete ocasiones, para filmar un nuevo estudio de personaje sobre una figura de poder en Italia.

La diferencia está en que, si bien en Il Divo Servillo daba vida a un personaje de la vida real, el desacreditado primer ministro italiano Giulio Andreotti, quien ocupó siete veces el cargo y acabó siendo juzgado por su presunta vinculación con la mafia; o en Silvio (y los otros) construía una sátira feroz sobre Silvio Berlusconi, a quienes retrataba con su habitual tono grandilocuente, casi operístico, salpicado de audaces pinceladas de autor y reconocibles guiños a Fellini, Scorsese y Coppola; en La Grazia, su película más madura y menos rimbombante hasta la fecha, priman la elegancia, la sensibilidad y la moderación.

El director napolitano abandona la pirotecnia visual y el barroquismo de sus anteriores trabajos (La gran belleza y La juventud) para ensayar una puesta en escena más sobria y reflexiva, cercana a la disertación filosófica sobre la justicia, la verdad, el poder, el amor y la duda, a través de un personaje de ficción, como Mariano De Santis, presidente de la República Italiana, jurista de prestigio y democristiano como Andreotti (probablemente inspirado en el actual presidente Sergio Mattarella, voz de la conciencia europeísta y antifascista), quien encara los últimos seis meses de su mandato teniendo que enfrentarse a tres dilemas morales: firmar una ley para la legalización de la eutanasia a la que su amigo y confesor, el Papa (Rufin Doh Zeyenouin), se opone; decidir la concesión de un indulto entre dos reos que han asesinado a sus respectivos cónyuges y descubrir quién fue el amante de su esposa fallecida hace ocho años. Para ella son sus primeras palabras en la película, aunque no las pronuncie en voz alta: «Aurora, te echo de menos».

Aunque no renuncia a su particular sentido del humor, ni a sus anacrónicas gamberradas: acordes tecno, perros robots, un papa negro con rastas plateadas que recorre los jardines del Vaticano en motocicleta, o la canción del rapero Cosimo Fini, conocido como Guè, que el presidente escucha con unos cascos inalámbricos en el Palazzo del Quirinale (residencia oficial de los presidentes italianos, situada en la más alta de las siete colinas de Roma) y cuya letra subida de tono acaba recitando de memoria, el tono general de la película es trascendente, conmovedor y melancólico. La política queda en segundo plano, pues lo que interesa a Sorrentino es retratar la angustia de ese estadista, un hombre recto, culto y conservador, experto en derecho penal y sumamente inteligente, acostumbrado a la racionalidad y a la certeza más allá de toda duda razonable, cuando la verdad se vuelve esquiva.

Servillo (Copa Volpi al Mejor Actor en Venecia) despliega una actuación soberbia y compone un personaje muy contenido, que se define a sí mismo como “un hombre gris y aburrido” y reconoce haber sido, como mandatario, «muy rígido y poco valiente». Cuando arriba a su vejez aflora en él un humanismo sentimental que lo convierte, para su propia sorpresa, en un hombre atravesado por las dudas. Para resolverlas, De Santis observa, escucha, calcula, y en ese proceso su autoridad se resquebraja. La tensión entre la imagen pública de hombre honesto e íntegro que proyecta y la vulnerabilidad privada de ese otro hombre, ya entrado en años, que se duerme cuando reza y lamenta que ya no sueña, sostiene el relato.

Enternece su sorpresa al enterarse de que en la calle se le conoce con el apodo de “hormigón armado”. Casi tanto como la escena del recibimiento al presidente de Portugal, cuando pregunta a su corazziere (miembro del regimiento de caballería de élite que sirve de guardia presidencial) si él se ve igual de viejo que aquel venerable anciano mientras lo observa bajar con dificultad del coche oficial, justo antes de que el cielo se nuble y se desate una tormenta de viento y lluvia que agita, como una cinta al viento, la empapada alfombra roja, que han dispuesto para su recibimiento. La manera en la que De Santis/Servillo observa al mandatario portugués rodar por el suelo azotado por la lluvia, con una mezcla de temor y compasión hacia él y seguramente hacia sí mismo, vislumbrando el futuro que le aguarda, sobrecoge y desvela la verdadera intención de la película: la de mostrar a la autoridad enfrentada a su propia decadencia final.

En el arranque, Sorrentino alude al artículo 87 de la Constitución italiana: «El presidente de la República es el jefe del Estado y representa la unidad de la nación» y enumera los amplios poderes que tiene el presidente italiano: promulgar leyes, nombrar funcionarios estatales, presidir el Consejo Superior de la Judicatura, conceder indultos, conmutar penas y otorgar honores… Pero, a tan solo seis meses de que finalice su mandato, las obligaciones del exjuez se han reducido hasta el punto de que uno de los compromisos en su agenda sea una entrevista con el editor de Vogue Italia sobre sus elecciones de vestuario.

Sin embargo, hay tres asuntos urgentes que esperan su firma sobre su escritorio. Uno es una ley para legalizar la eutanasia, en la que ha estado trabajando su hija Dorotea (Anna Ferzetti), una formidable experta en jurisprudencia, cuya decisión viene aplazando de manera consciente. «Si no firmo, soy un torturador. Si firmo, soy un asesino», dice De Santis, anticipando la indignación pública. Y dos peticiones de indulto: para Cristiano Arpa (Vasco Mirandola), un profesor de historia de conducta aparentemente ejemplar, muy querido en su pueblo, que asesinó a su esposa cuando esta se encontraba en una fase avanzada del Alzheimer; o para Isa Rocca (Linda Messerklinger), una joven condenada por asesinar a su marido mientras dormía por ser este un maltratador.

El nombre de Rocca fue propuesto por Ugo (Massimo Venturiello), amigo de toda la vida de Mariano, quien aspira a sucederle en la presidencia. Con total sinceridad, este informa a De Santis de que se trata de la sobrina de su actual socio, lo que le plantea un conflicto de intereses.

Jurista creyente y metódico, Mariano descubre tarde que la lógica legal resulta insuficiente cuando las decisiones afectan a la vida y la muerte de las personas y reflexiona con ingenio sobre la diferencia entre la verdad percibida de cerca y la certeza observada desde la abstracción de la ley y el Derecho.

Sorrentino introduce el contrapunto familiar y doméstico de la hija que prohíbe fumar y mantiene a dieta de pescado y quinoa a su padre -un hombre que se acerca al final de su vida, con la sensación de haber vivido de una manera demasiado rígida y anhela la ligereza de un sueño que nunca se ha podido permitir, el de flotar en un espacio ingrávido- para sugerir que la verdadera autoridad no reside en la firmeza, sino en la capacidad de flexibilizar los propios principios y aceptar la incertidumbre en la que se mueve el ser humano.

La película está salpicada de conmovedores momentos de rebeldía, en los que De Santis fuma a escondidas en la azotea del Quirinal pese a tenerlo contraindicado por tener solo un pulmón, mientras comparte confidencias con el coronel Labaro (Orlando Cinque) en las que rememora sus primeros encuentros con su amada Aurora, en el campo, a las afueras de Nápoles. Pero cualquier consuelo que pudiera encontrar en esos recuerdos o en sus afilados monólogos interiores, se ve empañado por la traición de esta cuando le fue infiel hace 40 años, una herida que claramente no ha conseguido superar. Mariano está convencido de que fue Ugo el amante de su mujer. Pero solo Coco Valori (Milvia Marigliano), su vieja amiga de la escuela y confidente de la pareja, conoce la verdad.

Con sus enormes gafas de pasta negra y sus llamativas joyas, Coco es un personaje espectacular. Una crítica de arte malhablada y lenguaraz, que procura alimentar la leyenda de que fue amante del surrealista De Chirico cuando era una jovencita de 21 años. Casi al final, protagoniza junto a Servillo una de las escenas más emotivas de la película, sin mencionar su hilarante frase final durante los créditos. Sin embargo, una de las secuencias más bellas —ejecutada con maestría por este— es la que ocurre cuando el presidente se emociona ante la transmisión en directo de un astronauta que flota en el interior de su nave espacial quien, sin saberse observado, derrama una lágrima (sin que sepamos nunca por qué) que flota igualmente en el vacío. Escena que tendrá eco después en sus responsabilidades finales y en su estado mental al abandonar el cargo, para volver dando un paseo a su residencia privada cerca de la Plaza de España, en una especie de procesión por la Via dei Condotti, la calle comercial más elegante de Roma, repleta de admiradores y turistas curiosos, con el perro policía robot encabezando el séquito de guardaespaldas que le acompañan.

Como ha señalado el propio director, Mariano De Santis es una rara avis dentro de la sociedad y la política actuales. Un mandatario de los que ya no quedan que descubre demasiado tarde que el poder no resuelve las dudas esenciales. Solo al abandonarlo, ligero de cargas, alcanza ese estado de “Grazia” al que alude el título, que le permite hacer realidad el sueño de ingravidez que tanto anhela.

Título original: La Grazia 

Año: 2025

Duración: 133 min.

País: Italia

Dirección y Guion: Paolo Sorrentino

Reparto: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque, Massimo Venturiello, Milvia Marigliano, Giuseppe Gaiani, Giovanna Guida, Alessia Giuliani, Roberto Zibetti, Vasco Mirandola, Linda Messerklinger, Rufin Doh Zeyenouin.

Fotografía: Daria D'Antonio

Compañías: Fremantle, The Apartment, Numero 10, PiperFilm

Género: Drama. Comedia. Política

SUCCESSION. TEMPORADA FINAL

Nos hemos quedado sin “Succession”. La excepcional serie de HBO ha echado el cierre justo cuando estaba en la cima de su popularidad, por aquello de no dejar que decaiga, poniendo el punto y final justo donde había que ponerlo.

Los afanes y enredos de los hermanos Roy por hacerse con el control de la Waystar RoyCo, el gran emporio empresarial y mediático que su padre, el todopoderoso y desalmado Logan Roy (Brian Cox), supo levantar de la nada, valiéndose de todas las artimañas empresariales, corruptelas y tráfico de influencias que se requieren para tales fines, han terminado, como era previsible, en tragedia. No podía haber final feliz, tratándose de una historia inspirada en los mejores dramas shakesperianos (Rey Lear y Lady Macbeth), los mismos que, en su día, inspiraron a Orson Welles para hacer su “Ciudadano Kane”.

Genio precoz y visionario, Welles sabía que el poder y la ambición de controlarlo es un tópico universal y narrativamente atractivo por lo que, ya en 1941, se fijó en un magnate de la prensa estadounidense, William Randolph Hearst, para escribir la historia de su alter ego en la ficción, Charles Foster Kane, quien al igual que el patriarca de los Roy (llegado a América desde la vieja Escocia, como un niño de la guerra, cuando apenas contaba cuatro años de edad) entendía que amasar fortuna no basta y que encabezar un conglomerado de medios de comunicación te aseguraba un grado de influencia sobre la opinión pública y el poder político -al que ambos tratan con desdén y desprecian- que convierte a los dueños de esas grandes corporaciones en un poder fáctico que goza de total impunidad al manejar sus hilos desde la trastienda.

Es sobre esa premisa y sobre la sospecha de que “los ricos (más bien los multimillonarios) también lloran”, sobre la que Jesse Armstrong, CEO de “Succession” -como lo bautizó The New Yorker- un escritor y productor británico que llegó al proyecto tras haber escrito un guion sobre la vida de Rupert Murdoch, fundador de Fox News (el equivalente a la cadena televisiva ATN en la serie) que nunca se llegó a filmar, se propuso crear esta historia sobre una familia disfuncional y carente de escrúpulos, récord Guiness en intrigas y puñaladas traperas, con unos herederos que se disputan el legado del temido y temible páter familias (una mezcla de Murdoch, Hearst y Redstone, por la parte norteamericana y de Robert Maxwell, por la británica), quien no parece dispuesto a ceder a sus descendientes directos el control del emporio familiar. De hecho, prefiere deshacerse de él vendiéndolo a Lukas Matsson (Alexander Skarsgård), CEO de GoJo, gigante sueco del streaming que busca fusionarse con Waystar, antes que legarla a alguno de sus hijos, cuyas capacidades de liderazgo menosprecia pues, a sus ojos, carecen de su inteligencia e instinto asesino y “no son personas serias”.

El estadounidense Adam McKay, director de la sátira apocalíptica “No mires arriba” (2021), es su productor ejecutivo y dirigió el primer episodio de esta exitosa serie que vio la luz en 2018. A diferencia de Armstrong, McKay conocía a fondo los entresijos e intrigas de Wall Street desde que rodó “La gran apuesta” en 2015, una hiperventilada crónica sobre la burbuja inmobiliaria que originó la crisis financiera de 2008, película en la que actuaba un entonces desconocido Jeremy Strong (Kendall Roy). Pero, aunque habla de una familia que reside en el corazón de Manhattan, “Succession” se escribió en Londres, contando con un equipo de guionistas británico-estadounidense, lo cual explica gran parte de su irresistible encanto basado en el sarcasmo de sus diálogos afilados y feroces, especialmente en boca del políticamente incorrecto Roman Roy (Kieran Culkin), pequeño duendecillo pervertido y malvado o en la dinámica, a ratos sadomasoquista, entre el primo Greg (Nicholas Braun), dispuesto a lamerle la suela del zapato a sus parientes para medrar en la compañía y su jefe inmediato, Tom Wambsgans (Matthew Macfadyen), yerno de Logan, arquetipo del ejecutivo trepa, sin pudor ni ética, del que pronto se convierte en alumno aventajado, secuaz y asistente personal.

Casado con Shioban Roy (Sarah Snook), la única hija del dueño de Waystar y entrenado para permanecer a flote aún en medio de la más dura de las tempestades, el personaje de Macfadyen cobra especial relevancia ante la futura fusión, siendo quien al final consigue llevarse el gato al agua. Tom es el candidato perfecto para el futuro nuevo dueño de la compañía, que no busca un CEO competente, sino algo parecido a un perro fiel. Un personaje obediente y sin escrúpulos, capaz de todo con tal de seguir conservando su abultada nómina que le permite llevar un lujoso tren de vida sin tener que pegar sello. Tom se muestra fuerte con el débil y complaciente frente al poderoso, apostando siempre a caballo ganador. Su boda con Shiv es un braguetazo de libro. Ambos se necesitan y se utilizan mutuamente. Sabemos que no es amor, pero nunca sabremos si, detrás de ese matrimonio de conveniencia, había algo más que pudiese salvar una relación que hizo aguas desde el principio. En esta cuarta y última temporada, ella está embarazada y, a la postre, quizá sea eso lo que resulta determinante para que termine traicionando a sus hermanos cuando parecía que los tres habían dejado a un lado sus diferencias a fin de salvar el legado familiar para la siguiente generación.

El cierre de «Succession» es tan brutal como inesperado. Por primera vez vemos a un Kendall genuinamente feliz, al saberse a punto de alcanzar lo único que da sentido a su vida. En la cocina de su madre, los tres hermanos se liberan de la carga de la sucesión entronizándolo por unanimidad y, en ese momento, vuelven a vincularse desde un sentimiento fraternal. Sin embargo, la fraternidad dura poco porque, al llegar a las oficinas de WayStar, (con paredes de cristal traslúcido que todo lo muestran), Shiv advierte que Kendall, al poner los pies sobre el escritorio de su padre, se transforma en él y, haciendo volar su acuerdo por los aires, decide clavarle a su hermano mayor una daga en el corazón, negándole su apoyo ante el Consejo para impedir la fusión. Roman tampoco puede hacer las paces con la humillación que representa para él no ser el elegido. Lo que desata una violencia visceral y descarnada que los define y los deslegitima a la vista de todos. Ken pierde el control, empuja a su hermana embarazada y quiere sacarle los ojos a Roman, mientras este le lanza toda clase de improperios.

Los últimos planos de cada uno de ellos son deprimentes y elocuentes. Vemos a un Kendall muerto por dentro, que deambula como una figura fantasmagórica por un parque, seguido del guardaespaldas de su padre. Una escena similar a aquella en la que el mismo Logan camina por Central Park con el mismo hombre escoltándole , a quien le confiesa que es su verdadero y único amigo. Shiv que maniobró con Matsson a espaldas de sus hermanos para estar al frente de Waystar queda reducida a ser “la esposa del CEO”. Un destino humillante para quien ha luchado tanto por no ser descartada de la carrera por la sucesión por el hecho de ser mujer. Y Roman, tras firmar la fusión con GoJo, lo celebra tomando un martini (el trago favorito de Gerri) esbozando una sonrisa entre irónica y resignada.

La soledad es el denominador común en los tres casos. Perder la empresa es lo de menos, lo peor es que los tres se han perdido a sí mismos y a las únicas personas capaces de entender lo que sienten porque juntos crecieron y compartieron una infancia igual de solitaria, como atestigua la magnífica secuencia de los créditos iniciales, con música de Nicholas Britell. Un resumen de una niñez de lujos, de paseos en elefante, pero también de un padre severo y de una madre ausente, una infancia deficitaria de cariño de la que ya no queda más que el recuerdo melancólico que en este último capítulo sale a flote a raíz del funeral de Logan, donde los tres hermanos muestran, cada uno a su modo, lo rotos que están por dentro y el dolor que, pese a todo, les une tras la pérdida de su padre. Porque a su modo lo quieren y se quieren, con esa forma de querer abusiva y rencorosa que tiene la consanguinidad, capaz de lo peor y lo mejor, mientras el resto del mundo los observa y los juzga como lo que son, unos privilegiados «hijos de papá» a los que nadie respeta y por los que nadie siente compasión, en justa correspondencia al desprecio que ellos muestran por sus semejantes.

En un contexto donde se critica el nepotismo y la ausencia de meritocracia, «Succession» ha conseguido mostrarnos las debilidades de estos niños mimados, solitarios y tristes, sin moral, preparación ni talento, que ocupan cargos de poder gracias a sus apellidos, destinados a perpetuar los mismos términos y condiciones del statu quo que legitima sus privilegios, abonados a narrativas neoliberales y filo fascistas. Para los Roy, “la plebe” es una masa amorfa de vasallos en potencia, servidumbre anónima, gente de quienes abusan, a quienes contratan, sobornan y despiden, sin mayor cargo de conciencia. La trama de la muerte del camarero en Italia, de la que nadie se hace responsable, sintetiza esa visión. La suya es una mirada déspota sobre un mundo que se resquebraja en la escena final donde Roman es literalmente arrollado y aplastado por un grupo de manifestantes antisistema, que lo pisotean ignorando su estatus de príncipe caprichoso.  

Y es que «Succession» es una historia de violencia, violencia física y sobre todo verbal. Una historia de traumas familiares, de abandono y abuso de poder que empieza con Connor (Alan Ruck) el primogénito, ninguneado por ser el hijo no deseado de una relación esporádica con una bailarina; a quien sigue Kendall, el atormentado hijo pródigo, enganchado a las drogas y programado desde niño para suceder al padre al frente de su imperio; Shiv, quien tiene que aprender a disputarle el poder a sus hermanos varones, casada con un hombre que juega con sus propias cartas y mantiene con ella un vínculo de interés, traiciones, desgarros emocionales y humillaciones mutuas y finalmente Roman, golpeado por su padre de niño y víctima de un complejo de Edipo.

Ninguno de ellos tiene amigos ni un refugio al que volver. Dentro de su mundo de jets privados y LandRovers negros con los cristales tintados, lo único que da sentido a sus vidas es conseguir la aprobación de Logan, ya sea mostrándose como sus leales súbditos o tratando de destruirlo, como hace Ken, quien desea que su padre lo ame, pero también anhela superarlo y, por momentos, hasta matarlo. Esa es su tragedia: el nunca será Logan y Logan siempre gana, incluso estando muerto.

El lenguaje de los Roy es el desprecio, el insulto y la humillación. A “los Kids”, como la serie denomina a este trío de tres tristes tigres, los unen los celos, la ambición, la frustración y la paradójica necesidad de buscar constantemente la legitimación del monstruo que les engendró. A medio camino entre Zeus todopoderoso y Saturno devorando a sus crías quien, durante décadas, manipuló a la opinión pública y aupó o dejó caer gobiernos a su conveniencia, el que todo lo pudo en vida, falló en su tarea más crucial: forjar un heredero digno de su trono. Sus tres hijos han vivido predestinados a correr detrás de una zanahoria que, por la lógica de su juego perverso, nunca llegarán a alcanzar. Logan los desprecia cuando se arrastran como gusanos y los aplasta si osan rebelarse. En Matsson encuentra lo que no halla en ellos: un igual.

El único que parece adecuado para sucederle es Tom que, como él mismo, tiene un origen proletario y demuestra ser un verdadero superviviente, el que más alto consigue escalar, aún a costa de vivir de rodillas que, como queda de manifiesto en la serie, es la mejor forma de reptar hasta la cima del mundo.

Hay quien ha dicho que la serie está sobrevalorada. A mi me parece una fiel crónica de nuestro tiempo.

Título original: Succession

Año: 2018

Duración: 60 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Jesse Armstrong (Creador), Adam McKay, Mark Mylod, Andrij Parekh, Adam Arkin, Miguel Arteta, S.J. Clarkson, Shari Springer Berman.

Guion: Jesse Armstrong, Susan Soon He Stanton, Georgia Pritchett, Jon Brown...

Música: Nicholas Britell

Fotografía: Andrij Parekh, Patrick Capone, Chris Norr.

Compañías: Gary Sanchez Productions, Hyperobject Industries. HBO

Género: Serie de TV. Drama Familiar. Poder. Negocios