LA CHICA DE LA AGUJA

Las películas de asesinos en serie ofrecen un prolífico historial de relatos que van de lo truculento a lo repulsivo. Pero hay algo profundamente desgarrador y a la vez aterrador en La chica de la aguja. La sórdida película del director sueco afincado en Polonia Magnus von Horn (Gotemburgo, 1983), a partir de un guion coescrito con Line Langebek, alumbra un nuevo «cine de la crueldad» más abyecto, infrahumano y pavoroso, si cabe, que el género original.

El argumento de su historia está vagamente inspirado en uno de los casos criminales más famosos en la historia moderna de Dinamarca: el caso de Dagmar Overbye, niñera de profesión, quien fue condenada por el asesinato de nueve niños (aunque se cree que mató hasta a 25), en su mayoría bebés, en una carrera homicida que comenzó en 1913 y culminó con su arresto, en 1920.

A tal punto fue sonado su caso que la legislación danesa sobre cuidados infantiles introdujo una serie de cambios a raíz de su detención y condena. Entre ellos, la implementación de un sistema de identificación numérica para los recién nacidos, hasta ese momento inexistente.

Lo primero que von Horn quiere que veamos en la pantalla es el rostro de una mujer transformándose, deformándose, metamorfoseándose en múltiples rostros, a partir de lo cual, él y Langebek se acercan al suceso a través de los ojos de Karoline -la chica de la aguja del título- un personaje profundamente dickensiano, al que da vida Victoria Carmen Sonne (Godland), actriz que le imprime la dosis justa de fiereza, ingenuidad y desdicha.

Karoline es una desgraciada víctima de su tiempo y de sus penosas circunstancias. Costurera en una fábrica y probable viuda de guerra –no tiene noticias de su marido desde que se alistó para ir a la Gran Guerra– vive en una buhardilla insalubre, convertida por el abandono en que se encuentra en un improvisado palomar, al que tuvo que mudarse cuando la echaron de su casa por no poder pagar el alquiler. Su situación es desesperada. Apenas tiene pan que llevarse a la boca hasta que entabla una relación sentimental con (Joachim Fjelstrup) el gerente de la pequeña factoría en la que trabaja de jornalera.

Ilusionada con la posibilidad de cambiar de status por vía matrimonial al quedarse embarazada de este, sus planes se tuercen cuando su marido vuelve sorpresivamente del frente, escondiendo bajo una máscara las horribles deformidades de su rostro provocadas por una explosión, que le impiden llevar una vida medianamente normal y lo acaban convirtiendo en un fenómeno de feria para procurar ganarse la vida. Al regreso de su esposo, cargado de traumas a raíz de los horrores vividos durante la contienda, se suma el rechazo de la acaudalada familia de su amante, con el corolario de un embarazo ya no deseado.

Durante los primeros cuarenta minutos, von Horn deja claro cuál es el trasfondo social en el que transcurre la acción: una sociedad de postguerra, con enormes desigualdades de clase, donde los derechos laborales y reproductivos brillan por su ausencia y los pobres trabajan en condiciones cercanas a la explotación.

La necesaria lucha por la supervivencia de Karoline la lleva a tomar decisiones erróneas. Es una criatura salvaje, sin opciones ni preparación, que se siente como un animal acorralado. Desde esa posición, decide deshacerse del bebé que espera, practicándose un aborto ella misma con una aguja de tejer en unos baños públicos.

Es allí donde conoce a Dagmar (la veterna actriz Trine Dyrholm), una carismática mujer que dirige una agencia de adopción clandestina y ayuda a las madres a encontrar hogares de acogida para sus hijos no deseados. Ella y su hija Erena salvan a Karoline de morir desangrada y le dan la tarjeta del local de venta de golosinas que regenta como tapadera, aconsejándole que la busque cuando dé a luz, para ayudarle a entregar a su hijo o hija a una buena familia.

Dicho y hecho. Sin ningún otro sitio al que recurrir, Karoline no solo acudirá a ella para desprenderse de su bebé, al que ha dado a luz en la calle y al que ya no volverá a ver con vida, sino que le pedirá a Dagmar trabajo y alojamiento. La relación entre ambas mujeres irá mutando de un modo extraño y afianzándose hasta el descubrimiento del horror más inimaginable.

La película no es fácil de ver y, sin embargo, resulta hipnótica. Hay episodios de celos y engaños, que son retorcidos e intrigantes. Pero el balance general resulta desolador. La lista de desgracias y horrores que se solapan sin descanso llega a ser abrumadora. Sin embargo, resulta efectiva para las intenciones del director sueco. von Horn consigue crear un clima tan opresivo, sombrío y desprovisto de esperanza, que hace que lleguemos a comprender por qué muchos de sus personajes -los más fuertes- son seres despreciables, corrompidos por una enfermedad social generalizada, mientras los más débiles parecen criaturas sin salida.

El único consuelo de Karoline, convertida muy a su pesar en una nodriza de leches, al ser obligada por Dagmar a alargar su condición de lactante para dar de mamar a los bebés que desfilan por la confitería que regenta (incluso a su propia hija ya talludita) y poderle pagar así el techo y la comida, parece ser ir al cine a ver la última película de Asta Nielsen e intentar «dejar de sentir» ingiriendo algunas gotas éter, al que termina haciéndose adicta.

Rodada en un blanco y negro de alto contraste de enorme fuerza estética, como homenaje al cine mudo, por el director de fotografía polaco Michal Dymek (el mismo de Cold War), quien también iluminó el film anterior de von Horn (Sweat), cuando La chica de la aguja baja el telón, queda claro que el nuevo trabajo del realizador sueco está más cerca de la fábula expresionista o del cuento de hadas grotesco que del cine poético de Michael Haneke. «Quería contar la historia en el contexto del terror. Pero cuanto más intentaba desarrollar una película de terror, más drama surgía. En La chica de la aguja conocemos a una pobre mujer que vive en un desván, a un príncipe en un caballo blanco que resulta ser un cobarde, a un monstruo sin rostro pero con un corazón de oro y a una bruja en una tienda de dulces. Un cuento de hadas para adultos. Este es el estilo que hemos elegido para contar una historia que sucedió hace mucho, mucho tiempo, pero que aborda un asunto tan cercano a nosotros hoy: los no deseados y lo que vamos a hacer con ellos», ha explicado el director.

Yo diría que se trata más bien de un drama psicológico de raíz social atravesado por una sensibilidad hacia el cine de horror y una estética que redescubre el expresionismo haciéndolo algo contemporáneo. Una especie de realismo social ennegrecido que tiene una raíz muy fuerte en lo material (condiciones de vida, violencia estructural, precariedad) y que sin ser cine de terror trabaja con una inquietud constante, casi orgánica. En ese sentido, conecta con cierta tradición europea y rinde homenaje al cine de los hermanos Dardenne, aunque su relato está pasado por un filtro menos naturalista y más sombrío. No es el único homenaje al cine que rinde, también encontramos referencias explícitas a El hombre elefante de David Linch o a La salida de la fábrica de los hermanos Lumière.

Sea como sea, se trata de una película que encoge el corazón sobre mujeres desesperadas que buscan controlar el mundo que las rodea, aun sabiendo que sus opciones son limitadas. El peaje es duro pero compensa. Es cine europeo con una factura visual de gran calidad. Está en Filmin.

Título original: Pigen med nålenaka 

Año: 2024

Duración: 115 min.

País: Dinamarca

Dirección: Magnus von Horn

Guion: Line Langebek Knudsen, M. von Horn

Reparto: Victoria Carmen Sonne, Trine Dyrholm, Besir Zeciri, Joachim Fjelstrup y Ava Knox Martin

Música: Frederikke Hoffmeier

Fotografía: Michal Dymek (B&W)

Compañías: Creative Alliance, Lava Films, Nordisk Film

Género: Drama. Thriller. Adopción. Maternidad. Años 1910-1919. Basado en hechos reales.

ESTOY PENSANDO EN DEJARLO

“Otros animales viven en el presente. Los humanos no pueden. Entonces inventaron la esperanza”, sentencia la prometedora actriz y cantante irlandesa Jessie Buckley, la mujer de los mil nombres (Lucy, Lucía, Louisa, Amy o Ames) en “Estoy pensando en dejarlo”, el último desvarío de Charlie Kaufman, rara avis del nuevo cine de autor estadounidense, a quien la crítica especializada no sabe si catalogar aún como un genio existencialista o como un pedante y repelente esnob de gafapasta.

Netflix la estrenó en 2020 sin pasar por los cines, en una apuesta bastante arriesgada para una plataforma cuyo público objetivo demanda películas de fácil consumo y, como era de esperar, tras un par de semanas en las que la curiosidad la mantuvo a flote, desapareció en las profundidades de su catálogo, donde permanece sepultada hasta hoy, bajo un océano de insulsas comedias de instituto, previsibles thrillers sobre niñeras homicidas y mediocres series sobre adelantos genéticos, sucedáneas de “Black Mirror”. Todo un hallazgo para quienes nos ponemos el traje de buzo en cada incursión al saco sin fondo del streaming, en busca de algo nutritivo de lo que alimentar nuestro espíritu, aunque a priori sea difícil de masticar y digerir, como es el caso de cada una de las películas de Kaufman, quien ocupa un lugar destacado en la memoria cinéfila gracias a los trabajos que lo consagraron como uno de los guionistas más singulares del cine indie de finales de los 90 y principios del siglo XXI: “Cómo ser John Malkovich” (1999), “Human Nature” (2001), “Adaptation (El ladrón de orquídeas) (2002) y la oscarizada “¡Olvídate de mí!” (2004) con una Kate Winslet teñida de arcoiris, y un Jim Carrey en un registro irreconocible.

En todas ellas, el director neoyorquino demostró tener un don especial y una voz personal para contar historias (aunque sus más fieles reconozcan en su obra cierta similitud con la de otros autores consagrados como David Lynch, Peter Greenaway, Luis Buñuel o Ingmar Bergman, por su tendencia a explorar el espinoso terreno del simbolismo onírico).

Su debut en la dirección con la artificiosa y desmedida “Synecdoche, New York (2008), una especie de película-jeroglífico que contó con la inestimable ayuda del desaparecido Philip Seymour Hoffman, así como su segundo intento como realizador con “Anomalisa” (2015), no causaron sin embargo el impacto de sus anteriores trabajos como guionista. Lo que le llevó a perder el interés por la dirección durante un tiempo. Pero la oportunidad de estrenar en Netflix le hizo ver las cosas de otra manera.

Así es como decidió realizar la adaptación de la novela de Iain Reid, “I’m Thinking of Ending Things”, un viaje por carretera durante una apocalíptica tormenta de nieve que se transforma en una pesadilla surrealista y ecléctica, que combina elementos de la comedia romántica, el oscuro thriller psicológico y otros géneros variopintos, como el cine negro o el musical.

Un hueso duro de roer para quienes buscan un mero entretenimiento. Una película rara, fascinante o irritante, de la que no resulta fácil seguir el hilo y que parece tener por objeto incomodar al espectador poniendo en cuestión, en tiempo real, todo lo que este cree ir descubriendo o conociendo de la historia. Lo que nos obliga a estar más atentos al detalle.

Alejada de los modelos narrativos convencionales, “Estoy pensando en dejarlo” no es, sin embargo, una película experimental en sentido estricto, aunque desprecie las leyes de la causalidad y el “realismo” como sostén de verosimilitud, el relato está dictado por el flujo de los pensamientos de la pareja protagonista, un reservorio de citas ajenas, recuerdos y reflexiones propias sobre temas filosóficos trascendentes, origen y final de toda elucubración metafísica.

El argumento inicial es el viaje de una chica (Jessie Buckley), de quien nunca llegamos a saber su nombre real, que va a conocer a los padres de su novio, Jake (Jesse Plemons), un tipo al que no quiere, con el que lleva poco tiempo saliendo y al que está pensando en dejar, pues para ella está claro que no es el hombre de su vida, pese a reconocerle algunas virtudes. Razón por la cual, esa visita de presentación a sus futuribles suegros parece un tanto inconveniente y apresurada. Más aún cuando el parte meteorológico pronostica una gran nevada para esa misma noche.

El viaje en automóvil de la pareja, en una atmósfera algo claustrofóbica y asfixiante, con la nieve arreciando en el parabrisas, ocupa los veinte minutos iniciales de la película, durante los cuales el soliloquio mental de la joven, dueña de la voz en off que narra la historia, se entrelaza con el diálogo que mantiene con su novio, sobre poesía, ciencia o filosofía, de una intensidad intelectual ciertamente inusual para dos enamorados que emprenden un viaje por carretera.  

“Puedes decir o hacer cualquier cosa, pero no puedes fingir un pensamiento”, se afirma en cierto momento. “La mayoría de la gente es otra gente y sus vidas una imitación”, se cita a Oscar Wilde en otro.

“El suyo es un viaje muerto hacia una relación muerta”, como escribía Marta Medina en El Confidencial. “De ella sabemos que es una treintañera, ilustrada, que pinta, compone poemas y reflexiona mucho y obsesivamente sobre todas las cosas. De él, que tiene conocimientos de física y de literatura, y una mirada inquietante”.

Hasta aquí podría decirse que entra todo dentro de lo normal. La clásica situación en la que una parte de la pareja está pensando en cuál es la mejor manera de decirle a la otra que ha decidido romper con ella. Pero la cosa se complica una vez arriban a casa de los excéntricos padres de Jake (Toni Collette y David Thewlis), una granja situada en medio de ninguna parte.

Lo que empieza siendo una incómoda cena, acentuada por el extraño comportamiento del matrimonio, no tarda en convertirse en una experiencia desconcertante y perturbadora para a la protagonista, cuya profesión irá mutando en cada tramo de conversación: bióloga, poeta, camarera, pintora, gerontóloga, estudiante de física cuántica… hasta hacerle (y hacernos) perder la noción de su propia identidad y/o existencia real.

Del mismo modo, la edad y el aspecto de los padres se verá alterado durante la velada. Solo Jake permanece inalterable confirmándonos que, en realidad, es el verdadero protagonista de esa pesadilla surrealista en la que estamos inmersos, donde cada habitación de la casa se convierte en un depósito de recuerdos –¿del pasado, del futuro?–, la silla de ruedas abandonada, el sótano clausurado con rasguños en la puerta, el papel pintado, la huella del cerdo devorado por los gusanos…

A partir de ese momento, la película entra de lleno en un plano simbólico. Ya no es una narración de hechos concatenados. Nada parece tener sentido y, al mismo tiempo, el sentido lo es todo. En una escena en la que el padre de Jake contempla un cuadro paisajista, supuestamente pintado por su novia, se pregunta “¿cómo puede ser un paisaje triste si no hay en él un ser humano que lo contemple?”. Del mismo modo, el director parece decirnos que lo importante no está en lo que sucede realmente, sino en cómo nos afecta y nos incumbe lo que vemos.

“Entrar en la última película de Charlie Kaufman es una suerte de ejercicio de diván, una incisión abierta en una mente en medio de una pesadilla existencial en la que, como en todo sueño, las leyes de la física y de la coherencia interna no siempre funcionan. Los peinados, las ropas, los oficios son mutables y el tiempo es reversible (o irreversible). El espectador, el lector, el que mira un cuadro o escucha una canción suele encontrar en el asidero del significado la paz que no deja lo inconcluso, lo ambiguo, lo oscuro”, reflexionaba Medina al respecto.

Y es que, quien conozca el siempre imprevisible cine del director neoyorquino sabe de su capacidad para mezclar diversos planos de realidad y ficción, construyendo un relato críptico, sugerente y onírico, en el que el espectador llega a tener efectivamente la impresión de estar atrapado en un mal sueño, donde los elementos que lo integran sufren una alteración constante.

Cuando soñamos podemos ver a nuestros padres más jóvenes, sin que ello parezca tener importancia. No cuestionamos la incongruencia de su edad o la realidad de su mera existencia si es que han fallecido, sencillamente interactuamos con ellos con normalidad mientras permanecemos dormidos. Así es el universo narrativo de “Estoy pensando en dejarlo”. Kaufman juega a reescribir (y romper con) la gramática del cine, de manera que en un plano alguien puede estar lleno de energía y, en el siguiente, convertirse en un anciano enfermo, en plena degradación mental y física. Su reconocida capacidad para retorcer las historias y cubrirlas con varias capas de interpretación se repite en este trabajo, en el que profundiza y amplifica esa vena “metafórica”, para reflexionar sobre la soledad, el paso del tiempo, cómo nos condiciona el pasado, los traumas familiares, la identidad cultural y por supuesto, las relaciones sentimentales, en un tono siempre melancólico.

En este sentido, alguien habló de “Estoy pensando en dejarlo” como “un sublime viaje de terror existencial a un inevitable encuentro psicótico con nosotros mismos”. Una apreciación que se le ajusta bastante, aunque en mi opinión habría que añadir también que se trata de una película visualmente muy atractiva.

Jake es un hombre que no deja de pensar en el final de las cosas. Un hombre obsesionado con la muerte que se cuestiona a sí mismo. Durante la trama se evidencian su depresión, su inseguridad y la baja autoestima con la que creció y que lo llegó a convertir en un adulto introvertido, una persona tímida a la que le cuesta establecer conexión con sus semejantes.

Su interacción con su novia -real o imaginaria- es en realidad un análisis introspectivo del personaje y de su idea de lo que es una relación de pareja. Probablemente el resultado de la forma en la que experimentó el amor y el desamor en su vida, a través de una relación que no se sabe cuándo comenzó, cuánto duró o si llegó a ocurrir realmente.

Al final de esta, se entrega desnudo a la muerte y a sus demonios, en una analogía con el cerdo al que los gusanos estaban devorando vivo. Pero no sin antes experimentar un último viaje onírico, en el que vuelve al instituto para protagonizar un musical de “fin de curso” y recibir el reconocimiento de todas las personas que se cruzaron con él; siendo alabado, no por sus estudios o su profesión, sino por todo lo que consiguió descubrir a través del amor, la depresión, la ansiedad y la locura. Todos los presentes en ese auditorio le convirtieron de algún modo en la persona que fue.

Y es que, en esta tragicomedia de Charlie Kaufman que en ciertos momentos «dialoga» con el cine de los hermanos Coen, el de David Lynch o el de Woody Allen, hay también lugar para el melodrama y el artificio teatral.

En “Estoy pensando en dejarlo” como enumera Miquel Echarri en El País, hay de todo y, de lo bueno, lo mejor. “Se citan frases textuales de David Foster Wallace, se recita un discurso del matemático John Nash (en cuya vida se basa la película “Una mente maravillosa”), se comentan los primeros versos de un poema de William Wordsworth y se responde a ellos con una estrofa de la poetisa de Toronto Eva H.D. Incluso se canta uno de los temas de Oklahoma, el musical nostálgico y patriótico que nueve de cada diez estadounidenses han visto al menos un par de veces en su vida. Y en una de las escenas más elocuentes y hermosas de la película, la pareja protagonista dedica unos minutos a polemizar sobre “Una mujer bajo la influencia”, de John Cassavetes, en un diálogo asimétrico. Los argumentos de él suenan sinceros, pero torpes y poco meditados, y los de ella, pulcros, desdeñosos y precisos, siendo en realidad frases textuales de Pauline Kael, una reputada crítica de cine neoyorquina”.

Guiños intelectuales y alardes de un humor erudito, que tanto entusiasman a sus partidarios y soliviantan a sus detractores, poco aptos para el gran público de Netflix, acostumbrado a retozar en un feliz océano de palomitas y placeres culpables que, sin embargo, permiten un disfrute de la película a otro nivel.

Kaufman no ahorra referencias cinéfilas y literarias, pero lo que en principio podría parecer una caótica, caprichosa y pedante acumulación de frases lapidarias de exquisita autoría, termina dando por resultado la creación de un universo delirante donde todo es posible (como esa heladería que aparece en medio de la nada, atendida en pleno invierno por una pléyade de pin ups como sacadas de una postal de los años 40-50).

Como en “El ángel exterminador” de Buñuel, la sensación que tenemos viendo su último trabajo es la de que puede pasar cualquier cosa. “Incluso puede que nada de verdad exista«, como advertía Txema Martín (Málaga, 1982), promotor cultural y articulista de opinión en Diario Sur. «Hay terror, surrealismo y momentos tensos, de comedia negra. También citas literales a Tolstoi o a William Wordsworth y un fragmento de una película imaginaria de Robert Zemeckis. Hay física cuántica y profesiones inventadas, el discurso de ‘Una mente maravillosa‘ y una secuencia de ‘Oklahoma‘. No hay que entenderlo todo. No es necesario. Los padres del chico, que interpretan Toni Collette y David Thewlis, forman una pareja desconcertante y terrorífica, dos actuaciones míticas que van a tardar en olvidarse porque, en general, ‘Estoy pensando en dejarlo’ es una película que se te queda pegada como un impacto. Cuesta quitársela de la cabeza”. Como un mal sueño dotado de una extraña belleza.

FICHA TECNICA 

Título original: I'm Thinking of Ending Things

Año: 2020

Duración: 134 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Charlie Kaufman

Guion: Charlie Kaufman (Basado en la novela de Iain Reid)

Música: Jay Wadley

Fotografía: Lukasz Zal

Reparto:

Jessie Buckley, Jesse Plemons, Toni Collette, David Thewlis, Guy Boyd, Colby Minifie, Jason Ralph, Abby Quinn, Teddy Coluca, Ashlyn Alessi, Hadley Robinson, Dj Nino Carta, Austin Ferris, Dannielle Rose, Brooke Elardo, Varvara Cardenas, Monica Ayres, James Glorioso Jr., Thomas Hatz, Albert Skowronski, Liggera Edmonds-Allen, Julie Chateauvert, Kamran Saliani

Productora: Likely Story (Distribuidora: Netflix)

Género: Intriga. Drama | Road Movie. Thriller psicológico. Surrealismo