LOS ASESINOS DE LA LUNA

Un western es, por definición, una película que sitúa su acción en el lejano Oeste norteamericano y basa o contextualiza su argumento en la conflictividad que invariablemente plantea la convivencia entre vaqueros e indios, bajo el esquema moral simplista de: “los buenos y los malos” (por lo general, en ese orden), con la presencia de algunos personajes arquetípicos, como la bella y desvalida damisela en apuros que es raptada por una tribu de «pieles rojas» o el cuatrero más buscado de la región, por el que se ofrece una jugosa recompensa, quien termina siendo abatido en duelo por un cowboy de gatillo rápido y justiciero o apresado por el sheriff del condado, custodio de la ley y el orden, y máximo representante de sus fuerzas vivas.

Hablamos de un género clásico, acaso el que representa de forma más genuina a la industria cinematográfica estadounidense, pues sus historias suelen remontarse a los origenes fundacionales de la propia nación en cuestión, que tuvo lugar mediante la expansión colonizadora de vastas extensiones de territorio virgen, arrebatadas a las tribus de indios nativos por sucesivas oleadas de pioneros procedentes de Europa, movidos por la ambición y el ánimo de conquista, quienes impusieron su supremacía racial y religiosa en aquellas indómitas tierras desde el minuto uno. Una premisa que ha servido también de inspiración a Martin Scorsese, uno de los mejores directores de todos los tiempos, para atreverse a explorar por primera vez, a sus 81 años, esta narrativa cinematográfica, en su último y extraordinario trabajo que si alguna cosa viene a acreditar es que el western es un género en el que caben otros muchos.

En “Los asesinos de la luna” (“The killers of the flower moon”, su poético título original) el gran realizador italo-neoyorquino, se vale del lenguaje y la iconografía de las «películas de indios y vaqueros», como se las conoce por estos lares, para componer una sinfonía perfecta de casi tres horas y media de duración, con cameo final del propio director incluido, en la que combina casi todos los elementos que han estado presentes en su filmografía hasta ahora, dotando de un sello personal inconfundible al texto original del libro de no ficción de David Grann, ‘Los asesinos de la luna: Petróleo, dinero, homicidio y la creación del FBI’, en el que la cinta basa su argumento, en donde se cuenta un hecho que fue real: el intento de exterminio de la tribu de los Osage, asentada en las grandes llanuras del Estado de Oklahoma, que fuera víctima de una cadena de asesinatos en serie hace ahora un siglo, durante los años 20. Un suceso luctuoso que tardó mucho en ser investigado y por el que más de 60 miembros de esta tribu perdieron la vida en extrañas y brutales circunstancias, a causa de la acción criminal de un entramado de colonos que, tras ganarse la confianza de los nativos y emparentar con estos por la vía de los matrimonios mixtos, buscaban hacerse con sus tierras y con las regalías y la fortuna derivadas del petróleo que manaba de ellas, lo que hizo de la nación Osage “el pueblo indio más rico del mundo per cápita”, convirtiendo a la vez a su población autóctona en la diana de oscuras fuerzas del mal regidas por la codicia del hombre blanco.

Los Osage (especialmente las mujeres) estaban sujetos a una serie de restricciones para poder disponer de sus ingresos y gastos. En otras palabras, necesitaban de un tutor WASP (blanco, anglosajón y protestante) que velase por su patrimonio.

Estamos pues ante la gran tragedia americana, contada por Martin Scorsese. Una revisión desmitificadora de la historia fundacional de los Estados Unidos, en la que el maestro del relato y el montaje cinematográficos recurre a sus actores fetiche para encarnar a los verdugos. Robert De Niro en el papel de William King Hale, un acaudalado ranchero que vive rodeado de pozos petrolíferos, patriarca y benefactor de la comunidad aborigen, quien predica la confraternidad interracial, pero cuya beatífica sonrisa esconde varias hileras de afilados dientes criminales y Leonardo DiCaprio como su sobrino, Ernest Burkhart, un hombre de no demasiadas luces, con un carácter fácilmente manipulable, “demasiado débil o necio como para encontrar su propio eje moral” (Nando Salvà. ElPeriódico.com) y con un serio problema de alcoholismo, que acaba de regresar de la Gran Guerra y se afinca en las tierras regentadas por su tío, a cuya voluntad se somete sin cuestionamiento alguno, actuando como un peón y un esbirro a su servicio; mientras del lado de las víctimas resplandece con luz propia Lily Gladstone en el papel de Mollie Kyle, una de las cuatro hermanas de una conocida familia del antiguo pueblo osage, agraciada con un considerable patrimonio gracias a la renta petrolífera que le proporcionan las tierras de la familia quien, tras convertirse en esposa de Ernest y adoptar su apellido, comienza a ver cómo su clan se extingue de forma lenta pero inexorable, al tiempo que su propia salud empeora al empezar a ser envenenada por su propio marido a instancias de su malvado tío.

La triangulación entre estos tres personajes es lo que apuntala esta historia macabra, marcada por la tragedia, el choque cultural, el amor interracial, la traición y la violencia desatada, sello de la casa en las películas de Marty. Violencia que recibe aquí un tratamiento tamizado a través del humor negro, al igual que sucede en algunos de sus más célebres filmes de gánsteres (“Uno de los nuestros”, “Casino, “El Irlandés” o “Infiltrados”). Pero donde, a diferencia de aquellos, no hay familias mafiosas que respondan a códigos de honor ni simpáticos delincuentes, como sucede en “El lobo de Wall Street”, sino más bien un conjunto de seres taimados, sin ninguna clase de escrúpulo ni conciencia, movidos por la insaciable avaricia tras haber contraído la fiebre del “oro negro”, quienes no toleran bien que el gran premio de la diosa fortuna haya caído en las manos equivocadas y, como en la canción de Leonard Cohen (“todo el mundo sabe que la partida está amañada. Y si, por lo que sea, el asunto tiene visos de cambiar, hay muchos mecanismos para asegurar que el poder y el dinero sigan en manos de los de siempre”), hacen lo posible por intentar arreglarlo.

El más despreciable de estos personajes es sin duda el que interpreta De Niro que, como escribe Yago García en Cinemanía es “el payaso listo, todo en él son risas y miradas de lobo tras sus gafas redondas, mientras que a Leo, en funciones de tonto del bote, le toca aceptar órdenes con gesto de papamoscas (¡esa mandíbula!) e incluso recibir una masónica ración de azotes en el culo mientras lleva a cabo su propia versión de “Cómo matar a la propia esposa”, con Lily Gladstone en funciones de cordero sacrificial, en una estirpe de caciques sociópatas. Más que genios del mal, bufones siniestros”.

Es difícil imaginar que seres tan grotescos puedan llegar a infligir tanto daño, especialmente el personaje que encarna Di Caprio, sobresaliente en términos interpretativos, capaz de expresar a nivel corporal y gestual la condición rastrera y pusilánime de Ernest, sin que el espectador llegue a considerar su escasa inteligencia como un atenuante que justifique el haber sucumbido a la tentación del dinero, llegando a conspirar para asesinar a toda la familia de su mujer y hasta a administrarle veneno a Mollie para «irla apagando». Lo que parece ir reñido con cualquier idea del amor, por más que hacia el final de la película pretenda redimirse.

De eso va “Los asesinos de la luna”, mezcla de crónica familiar, radiografía de una época y comedia negra, en la que el director neoyorquino hace su propio juicio histórico evitando mirar a los indígenas americanos con la condescendencia con la que habitualmente nos referimos a las culturas minoritarias en peligro de extinción. Más allá de advertirnos de su vulnerabilidad, los Osage son retratados por Scorsese como personajes complejos e intuitivos, dotados de varias capas emocionales y una gran resiliencia y hondura psicológica que procede de la preservación de sus creencias ancestrales y de su rápida capacidad de adaptación a los nuevos códigos de conducta que la cultura dominante les impone, así como a los vicios a los que esta les incita.

Es en esa clave en la que ha de entenderse el personaje de Mollie Burkhar, un personaje que encarna la opresión a todo un pueblo, quien desde que su romance con Ernest (DiCaprio) da inicio, parece ser consciente de que él va tras su dinero y, sin embargo, se aventura al riesgo de dar rienda suelta a una pasión que acabará desencadenando hechos fatídicos. Así como la entrega de sus hermanas a otras relaciones tóxicas. Simbólicamente, esas mujeres vendrían a representar la identidad de la tribu Osage, qué tipo de personas eran, reflejando tanto su instintiva desconfianza, nacida de una experiencia traumática con el hombre blanco, como su buen corazón, cálido y acogedor que, en el caso de Anna Brown, la más díscola de las hermanas, se esconde tras una naturaleza indómita.

Aunque centrado en el drama de los Osage, “Los asesinos de la Luna” no solo nos aboca a la revisión de un caso tan sobrecogedor como este, silenciado por los medios de la época e investigado, tarde y mal, por un FBI aún en pañales al mando de J. Edgar Hoover (aunque en este punto el relato de Scorsese parece algo más idealizado, pues el libro de David Grann en el que se basa la película revela cómo las investigaciones de los crímenes dirigidas por el ex Ranger de Texas Tom White que encarna Jesse Plemons, estuvieron plagadas de errores y negligencias), sino que propone una oportuna y aguda reflexión acerca del devenir de la sociedad estadounidense en materia de convivencia interracial, con alusiones a la masacre de Tulsa, considerado el peor episodio de violencia racial que se haya vivido en ese país hasta ahora.

Se trata de una película-río, un relato extenso y complejo, en términos humanos e históricos, épico y a la vez íntimo, que despliega sin prisa, pero sin pausa, varios afluentes narrativos paralelos que se entrecruzan para, finalmente, confluir en un único torrente enfurecido a medida que nos acercamos al desenlace final que no puede ser más inesperado y original.

Según la revista Rolling Stone, “el director Martin Scorsese (80 años), el guionista Eric Roth (78 años), la editora Thelma Shoonmaker (83 años) y el actor Robert De Niro (80 años), nos dan una verdadera clase magistral sobre cómo hacer cine dirigida a una nueva generación caracterizada por la pereza constante, la falta de profundidad, la mentalidad de reciclador y la carencia de imaginación”.

Al estar basada en un hecho real, el misterio no consiste en llegar a saber quién comete los atroces crímenes, algo que se pone de manifiesto desde el principio, sino en ver cómo se ven afectadas las víctimas y Scorsese hace tanto hincapié en ello que quizá sea la película del director donde más empatizas con ellas y más clamas porque se haga justicia.

A lo largo de tres horas y media inagotables, contemplamos con impotencia y repugnancia cada mentira, cada asesinato despiadado, hasta la secuencia final que se nos presenta a modo de un espectáculo de radioteatro, en el que se desvela la suerte que corrieron en la vida real tanto los asesinos como las víctimas de este truecrime, en medio de un show musical con efectos sonoros. Hay incluso un cameo del propio realizador contándonos el trágico y prematuro final de Mollie Kyle. Acaso un guiño a modo de sátira para un capítulo de la historia estadounidense que nunca como hasta ahora estuvo bajo los focos.

Título original: Killers of the Flower Moon

Año: 2023

Duración: 206 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Martin Scorsese

Guion: Eric Roth, Martin Scorsese. Libro: David Grann.

Reparto: Leonardo di Caprio, Robert De Niro, Lily Gladstone, Jesse Plemons, Brendan Fraser, Louise Cancelmi, Larry Sellers, John Lithgow, Tantoo Cardinal...

Música: Robbie Robertson

Fotografía: Rodrigo Prieto

Compañías: Appian Way, Apple TV+, Imperative Entertainment, Sikelia Productions, Paramount Pictures.

Género: Western. Thriller. Drama. Truecrime. Basado en hechos reales. 

LANDSCAPERS

La serie se llama “Landscapers” (en español “¿Cómo meterse en un jardín?” que, más que una traducción del título original, es una interpretación libre de la trama) y está protagonizada por dos de los mejores actores británicos del momento: David Thewlis (conocido por su papel de Remus Lupin,​ en las películas de Harry Potter) y Olivia Colman, portentosa actriz nacida en Norfolk, quien a sus 47 años está viviendo su mejor momento profesional, tras haber sido multipremiada por su papel en La favorita y por su espléndida interpretación de la reina de Inglaterra en la serie The Crown.

De hecho, sorprende que dos profesionales de su envergadura intervengan en una pequeña producción como esta, de apenas cuatro episodios, que corre el riesgo de pasar desapercibida en el maremágnum de sonados estrenos que se programan para fin de año. Sin embargo, y dejando a un lado que Colman está casada con Ed Sinclair, uno de los creadores y guionistas de la miniserie británica que emite HBO Max, nada más empezar a verla una entiende los motivos que les llevaron a aceptar tal encomienda.

Y es que se trata de un pequeño tesoro audiovisual, con abundantes toques de humor negro y un aire algo teatral que por momentos recuerda a las películas de los años 50 y 60 en las que se recreaban algunas de las grandes obras de la dramaturgia estadounidense, como “¿Quién le teme a Virginia Woolf” (Edward Albee) o “Un tranvía llamado deseo” (Tennessee Williams).

Cuidadosamente mimada en cada uno de sus elementos, desde el guión basado en un sórdido suceso real, hasta (sobre todo) la sublime dirección de arte, con encuadres y escenarios muy estudiados que contribuyen a crear una atmósfera atormentada enfatizando el perturbado estado psicológico de la pareja protagónica, no es de extrañar que medios como The Guardian la consideren ya como una de las mejores producciones de 2021.

Landscapers” cuenta, desde la ficción (algo que nos queda claro desde el momento en el que sus creadores apuestan por derribar la cuarta pared para mostrarnos las tripas de su puesta en escena, con decorados que se desmantelan ante nuestros ojos tras el fin de cada episodio y actores haciendo de actores para simular una reconstrucción de los hechos), la escabrosa historia de Susan y Christopher Edwards, protagonistas de la crónica de sucesos en Reino Unido, acusados de asesinar a sangre fría a los padres de ella, luego de que la policía encontrara sus cuerpos enterrados en el jardín trasero de su casa en Mansfield, Nottinghamshire, con sendos disparos en el pecho.

Todavía se desconoce lo que llevó a la extraña pareja a llevar a cabo semejante atrocidad a finales de los años 90 (concretamente en 1998), aunque todo apunta a que el móvil del crimen fue económico ya que, una vez muertos, Susan y Cris (que se conocieron por mediación de una agencia matrimonial a raíz de compartir el interés por el cine clásico) se apresuraron en vaciar las cuentas del banco de los progenitores de esta, despilfarrando sus ahorros en comprar posters y autógrafos originales de las grandes estrellas de Hollywood, especialmente de Gary Cooper y de los westerns de los que, desde niña, Susan una rendida admiradora.

Durante 15 años, ambos se libraron de la cárcel y estuvieron viviendo del dinero de la venta de la casa y de la pensión de William y Patricia Wycherley que continuaron cobrando religiosamente, gracias a un minucioso trabajo de falsificación –escribieron cartas y firmaron documentos oficiales- por el que hicieron creer a todo el mundo que estos se encontraban viajando o que se habían mudado a Irlanda. Hasta un día en que empleados gubernamentales solicitaron entrevistarse con la madre de Susan, quien para aquel entonces hubiese tenido cien años, y el matrimonio decidió huir a París.

No fue sino hasta 2013, cuando Christopher, desesperado por la falta de trabajo y de dinero, llamó a su madrastra confesándole el crimen cometido 15 años atrás, lo que permitió que la policía y la justicia británicas pudiesen investigar y juzgar el caso, por el que ambos terminaron siendo condenados a 25 años de cárcel.

Una de las cosas que más sorprende es la extremada corrección con la que el matrimonio se expresa y se dirige a la policía durante el proceso de su detención, que se inicia mediante un intercambio de mails, en los que Cristopher anuncia su intención de entregarse a las autoridades británicas, solicitándoles muy educadamente la compra de dos billetes en el Eurostar para poder volver a Londres y ponerse a disposición de estas, a fin de aclarar el incómodo asunto del que, hasta el día de hoy, se declaran inocentes con pasmosa convicción.

Según la versión de ambos, Susan habría sufrido desde niña abusos sexuales por parte de su autoritario padre, sin que su madre (alcohólica) hubiese hecho nada por evitarlo, lo que le provocó cierto trastorno mental que le impedía discernir con claridad si lo que estaba viviendo era real o una de sus fantasías recurrentes.

Una vez más, Colman compone un personaje extraordinariamente complejo: una mujer de apariencia frágil y dócil, exquisitamente amable en el trato, cuya realidad no termina de gustarle, por lo que se refugia en el cine clásico y en su idea del amor romántico incondicional para defenderse de los horrores del mundo real, llegando a ver a su marido como una especie de Jon Wayne al que por momentos parece manipular para que se sienta obligado a protegerla y, en otros, parece sin embargo querer proteger y animar, desarrollando una actitud casi maternal para librarlo de su sentimiento de culpa.

De ahí el intercambio epistolar con Gerard Depardieu -de quien Cris era gran admirador- que la pareja llegó a fingir durante una década, siendo la propia Susan quien escribía las inspiradas cartas que ella misma enviaba a su marido con la firma del actor francés, una de las cuales ofrece quizá la clave de lo que los creadores de la serie nos quieren contar, más allá del hecho probado de que la vida supera a menudo de largo a la ficción:

“Querido Cris, como sabrás tenemos un dicho aquí en Francia –escribe el falso protagonista de Cyrano de Bergèrac-: “La vie en rose”. El significado de esta frase consiste en mirar a las estrellas en vez de a las alcantarillas para apreciar la belleza que existe en la vida, incluso cuando resulta difícil encontrarla, tal vez incluso cuando parece no estar presente. Este es el propósito de las historias y es el propósito del cine, pero sobre todo es el propósito del amor”.

No en vano la crítica destaca la destreza y sensibilidad del director de esta producción impresionante, Willi Sharpe, quien pese a abordar un argumento basado en la crónica de sucesos se aleja de cualquier enfoque amarillista, evitando caer en las típicas trampas de los telefilmes que reconstruyen crímenes reales, para centrarse en la complejidad del ser humano, lo que le permite desplegar un fecundo abanico de registros emocionales, con momentos tensos, tristes e hilarantes, e incluso secuencias llenas de ternura.

En definitiva, una excelente miniserie que se ve de una sentada, rodada con gran maestría cinematográfica y enorme talento interpretativo.

Título original: Landscapers

Año: 2021

Duración: 51 min.

País: Reino Unido

Dirección: Will Sharpe

Guión: Ed Sinclair, Will Sharpe

Música: Arthur Sharpe

Fotografía: Erik Wilson

Reparto: Olivia Colman, David Thewlis, Samuel Anderson, Felicity Montagu, Karl Johnson, Kate O'Flynn, Dipo Ola, Daniel Rigby, Jay Phelps, David Hayman, Maanuv Thiara, Nimisha Odedra

Productora: Coproducción Reino Unido-Estados Unidos; Cactus Films, Sister Pictures, South of the River Pictures. 

Distribuidora: HBO Max

Género: Miniserie de TV. Drama. True Crime.