Madrid. 15 de abril de 1939. El teniente Santiago Medina (Mario Casas), oficial de intendencia del ejército franquista, recibe instrucciones para organizar una cena en honor a Franco y a sus generales en el Hotel Palace de Madrid, para celebrar la victoria del bando nacional a las pocas semanas del final de la Guerra Civil española. Pero Medina tiene un problema y no es solo la falta de marisco. El gran hotel es ahora un hospital de campaña y todos los cocineros y parte del personal de sala están en la cárcel, por rojos.
Basada en La cena de los generales, del dramaturgo vallisoletano José Luis Alonso de Santos, hay algo casi insolente en que una comedia comercial española como la de Manuel Gómez Pereira, escrita con Joaquín Oristrell y Yolanda García Serrano, se atreva a situar su enredo en un momento histórico tan delicado, con Franco a punto de sentarse a cenar, y decida que lo importante no es la Historia con mayúsculas sino el caos logístico que hay detrás de servir una sopa de pescado caliente a los vencedores. La Cena parte de ese atrevimiento: convertir el final de la Guerra Civil en una comedia de intendencia, donde el problema no es ideológico sino culinario, y donde los verdaderos héroes no empuñan armas sino cucharones requisados y, en lugar de vestir uniformes, llevan delantales.
La premisa funciona porque no intenta disimular su artificio. El teniente Medina, obligado a organizar el banquete de la victoria en el Hotel Palace con sus cocineros encarcelados, se mueve en un universo que mezcla la farsa teatral, la comedia de enredo y un humor negro bastante poco acomplejado. La película no busca el chiste político directo, sino evidenciar el absurdo burocrático del régimen: oficiales que gritan órdenes imposibles, una banda de músicos femenina, marisco inexistente que aparece como por arte de magia gracias al estraperlo y presos a los que hay que vigilar para que no envenenen la comida ni intenten huir mientras salvan la velada. El franquismo aparece como una maquinaria grotesca que solo funciona cuando alguien la sabotea discretamente desde dentro.
El motor cómico de la historia está en la relación que se establece entre Medina y Genaro Palazón (Alberto San Juan), el solícito maître del Palace, dos hombres que no son exactamente disidentes, pero tampoco fanáticos del régimen, con el que colaboran cada uno a su modo, desde la obediencia castrense de Medina; a la elegante supervivencia pragmática de Genaro. Entre ambos se establece una alianza hecha de silencios cómplices, mentiras útiles, atracción sexual no resuelta y un respeto mutuo que convierte la película en algo más que un desfile de caricaturas. La comedia nace de ese equilibrio: saben que el peligro es real, pero también que la única forma de soportarlo es tomárselo con ligereza.
El reparto, en el que brillan actores y actrices de la talla de Nora Hernández, Óscar Lasarte, Elvira Mínguez, Carmen Balagué, Eva Ugarte y hasta Antonio Resines, eleva la cinta con sus apariciones. Pero eso tiene una contrapartida. En apenas hora y media, no hay margen para profundizar en todos ellos, algunos de los cuales se quedan en prometedores esbozos: por ejemplo, nos quedamos sin saber más de la rebelde Juana (Mínguez), cocinera, líder sindical y madre coraje.
La Cena nos habla de la represión que impuso Franco y también de los sentimientos de una sexualidad prohibida. En la línea de JoJo Rabbit, la película utiliza el humor para retratar un instante terrible de la historia, en el que, pese a todo, el amor, la bondad y la lealtad son capaces de abrirse paso.
San Juan convierte al maître en un aristócrata de opereta con nervios de acero, mientras Casas explota su propia imagen en una autoparodia que encaja sorprendentemente bien en el caos general. Asier Etxeandía, como antagonista hiperbólico, en el papel de José Luis Alonso Candelas, oficial de La Falange y superior de Medina, aporta a la situación una amenazante brutalidad, que es a la vez ridícula y peligrosa. Es un psicópata que no duda en sacar la pistola y asesinar a cualquiera que le contradiga. El tipo de villano que parece salido de un tebeo pero que funciona precisamente por ese exceso. Alrededor, secundarios que entran y salen como en un vodevil, manteniendo el ritmo de la chanza argumental con distintas tramas: el plan de fuga de los cocineros, la esposa dispuesta a todo con tal de medrar o la futura maternidad de la cantante… mientras se nos muestran las consecuencias de la Guerra Civil, la miseria de la ciudad y las terribles represalias del bando vencedor.
La película se permite bromas de mariquitas que encajan perfectamente en el contexto histórico, aunque hoy bordearían la incorrección política, y situaciones deliberadamente exageradas, pero lo hace con una falta de solemnidad que desactiva la sensación de oportunismo. No hay voluntad de aleccionar ni de sobrecargar la sátira con intención ideológica; lo que hay es una comedia de enredo que utiliza la dictadura como escenario del absurdo. El resultado recuerda que el humor sobre el franquismo puede surgir no solo del insulto al dictador, sino del retrato de su aparato como una torpe maquinaria sostenida por gente que intenta sobrevivir sin meterse en demasiados líos.
Casas demuestra que no deja de crecer como actor y Alberto San Juan está, como de costumbre, soberbio. Demostrando ser un verdadero titán del género.
La cena no pretende reinventar la comedia española, pero sí demostrar que todavía el género tiene mucho que decir. Es ligera, rápida, algo disparatada y consciente de sus propias trampas. Y, sobre todo, entiende que reírse de un momento oscuro de la historia no implica trivializarlo, sino observarlo desde el ángulo más incómodo: el de quienes, atrapados entre órdenes carentes de toda lógica, solo quieren que todo salga a pedir de boca y que nadie dispare antes del postre.
Título original: La cena
Año: 2025
Duración: 106 min.
País: España
Dirección: Manuel Gómez Pereira
Guion: Joaquín Oristrell, Yolanda García Serrano, Manuel Gómez Pereira. Obra: José Luis Alonso de Santos
Reparto: Mario Casas, Alberto San Juan, Asier Etxeandia, Nora Hernández, Óscar Lasarte, Elvira Mínguez, Carmen Balagué, Eva Ugarte, Martín Páez, Tony Agustí, Ferran Gadea, Eleazar Ortiz, Antonio Resines, Carlos Serrano, Xavi Francés, Gloria March...
Sin haber leído la laureada novela de Anthony Doerr que da origen a su argumento, la adaptación del best seller literario “La luz que no puedes ver” resulta un ejercicio más bien simplón y previsible, plagado de bellos tópicos acerca del valor de la vida y el esfuerzo de superación, que toma como excusa un periodo negro de la historia para hacer de él una caricatura más próxima a las aventuras de Indiana Jones que a cualquiera de las excelentes películas acerca del nazismo y la resistencia francesa que se han hecho desde 1943 hasta ahora.
“Esta tierra es mía” de Jean Renoir, “La mano del diablo” de Maurice Tourneur, “Calle Madeleine Nº 13” de Henry Hathaway, “Un condenado a muerte se ha escapado” de Robert Bresson, “¿Arde París?” de René Clément, “Lacombe Lucien” o más recientemente “Adiós, muchachos”, ambas de Louis Malle; o incluso la sarcástica “Malditos bastardos”, de Quentin Tarantino. La historia de la miniserie de cuatro capítulos estrenada por Netflix carece por completo de la profundidad de cualquiera de estas grandes obras, reduciendo toda la complejidad que anida en la frase de promoción de la novela: “un corazón puro puede brillar aún en la noche más oscura y en el más terrible de los tiempos” a un puro fuego de artificio.
Ese corazón del que nos habla Doerr en su historia es el de Marie-Laure LeBlanc (personaje insulsamente interpretado por la debutante Aria Mia Loberti), una joven francesa invidente que vive con su padre, Daniel LeBlanc (Mark Ruffalo) en París, cerca del Museo de Historia Natural, donde él trabaja como responsable de seguridad. Desde que era niña, Monseuir LeBlanc se ha ocupado de hacer de su hija ciega un ser humano independiente, construyendo un mundo a su medida al replicar en una maqueta a escala las calles del barrio en el que habitan, para que pudiera reconocerlas al tacto y ubicarse al recorrerlas con ayuda de su bastón, sin perder el camino a casa.
La niña cumple doce años el mismo día en que las tropas nazis entran en la ciudad de la luz y padre e hija deciden huir a la ciudad costera de Saint-Malo, donde tienen parientes, llevando consigo la que se nos dice es la joya más preciada de toda Francia, el “mar de tormentas”, un gigantesco diamante que los nazis codician, al igual que el resto de los tesoros y obras de arte que arrebataron a sus legítimos dueños.
Cuando la serie da inicio, asistimos ya al cerco de Saint-Maló por las tropas aliadas, con constantes bombardeos nocturnos, que están reduciendo la ciudad a cenizas. Los nazis están a punto de perder II Guerra Mundial y, sin embargo, resisten atrincherados junto a la población civil tras las puertas de la ciudad amurallada que custodian para que nadie entre o salga. Entre ellos está Werner Pfennig (interpretado por la estrella de «Dark», Louis Hofmann), un joven soldado, encargado de captar las retransmisiones de radio que la resistencia lleva a cabo para guiar a las tropas enemigas emitiendo mensajes cifrados por onda corta.
Huérfano de padre y madre, Werner es una especie de genio precoz, que ha crecido junto a su hermana en un orfanato de Alemania, donde destaca por sus habilidades para fabricar un rudimentario artefacto radiofónico a partir de piezas de deshecho, con el cual consigue escuchar emisoras del extranjero, especialmente una que emite desde Francia, pese a estar expresamente prohibido por las leyes del III Reich. Sus habilidades llegan a oídos de un oficial de las SS que lo recluta para su ingreso inmediato en la Academia donde se forma a las Juventudes Hitlerianas. Allí, Werner se convierte en un soldado y un operario experto en construir y reparar estos aparatos que resultan ser cruciales para la guerra.
Al igual que Marie-Laure, desde niños, ambos viven cautivados por las ondas catódicas que les permiten acceder a otro mundo menos hostil, cada vez que sintonizan en su transistor la misma frecuencia, la 13.10, en la que una voz que se hace llamar “el profesor” les instruye cada noche acerca del valor de la belleza, la cultura, la ciencia y la vida. Hay en este sentido en la serie un homenaje a este medio que fue y sigue siendo actor clave en situaciones de conflicto, capaz de crear invisibles lazos de unión entre personas que en principio no tienen nada en común, excepto su deseo de ponerse a salvo de tanto odio y miseria moral. Un medio de información y de resistencia, de extraordinario valor para quien cultiva el deseo de hallar la verdad en los hechos y no en las opiniones. Una visión muy periodística que justifica el que la novela haya sido premiada en 2015 con el Premio Pullitzer, en la categoría de Ficción.
Al servicio del ejército alemán, Werner atraviesa el corazón en guerra de Europa siendo protagonista a su pesar de las mayores atrocidades perpetradas por el ejército nazi, hasta que, en la última noche antes de la liberación de Saint-Malo, su camino se cruza con el de Marie-Laure, la voz de mujer que ahora emite desde la misma frecuencia que ambos escuchaban de niños. A quien el sargento mayor Reinhold von Rumpel (un más que sobreactuado Lars Eidinger haciendo su mejor imitación de Christoph Waltz), un oficial nazi enloquecido por su propia desgracia persigue, para que le entregue la piedra preciosa que es símbolo de toda Francia y sobre la que, según dicen, pesa una maldición que asegura vida eterna a quien la posea a cambio de la desgracia de quienes le rodeen. Daniel la trajo con ellos desde París y permanece a buen recaudo en la casa familiar que Marie recorre de memoria, sin conocer cuál es su paradero exacto. A la muerte sus familiares más cercanos, la joven ciega ahora está sola en esa casa desde cuyo ático sigue retransmitiendo ilegalmente cada noche, enviando mensajes en clave a los aliados a través de la lectura de los capítulos de “Veinte mil leguas de viaje submarino” de Julio Verne que le indica su tío Etiene (Hugh Laurie, una de las interpretaciones más convincentes, junto a la de la gran Marion Bailey que encarna a Madame Manec), ex combatiente en la primera Gran Guerra y ahora activista de la resistencia francesa, con la esperanza de que sus palabras y su voz lleguen hasta su padre que se halla en paradero desconocido tras haber sido capturado por la Gestapo.
Fiel a su costumbre de reducir a la mediocridad casi todo lo que toca, quienes han leído la novela original de Anthony Doerr aseguran que Netflix la destroza con una adaptación decepcionante, vacua y superficial, transformando todo lo trascendente y lo lírico que da valor al texto original en una trama pueril, donde lo importante es la acción y el suspense.
En general, la serie resulta forzada y poco creíble, pese a contar con un reparto con nombres de cierta relevancia que constituye sin duda su mayor atractivo, un ejercicio audiovisual inocuo e intrascendente, que se deja ver sobre todo por la espectacularidad de las imágenes con abundantes explosiones y una lograda ambientación en la Segunda Guerra Mundial, pero cuyos diálogos resultan empalagosos e indigestos, por las elevadas dosis de sensiblería que destila el guion. Una fábula simplista del bien contra el mal, donde lo que debería ser profundo se convierte en banal y lo que debería ser sutil resulta en extremo evidente.
Título original: All the Light We Cannot See
Año: 2023
Duración: 60 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Steven Knight (Creador), Shawn Levy
Guion: Steven Knight, Shawn Levy. Novela: Anthony Doerr
Reparto: Aria Mia Loberti, Louis Hoffman, Lars Eidinger, Hugh Laurie, Mark Ruffalo, Marion Bailey, Nell Sutton, Jakob Diehl...
Música: James Newton Howard
Fotografía: Tobias A. Schliessler
Compañías: 21 Laps Entertainment, Pioneer Stilking Films.
Distribuidora: Netflix
Género: Miniserie de TV. Drama. II Guerra Mundial. Años 30. Nazismo
Prometeo fue un titán castigado por los dioses a quienes desafió robándoles el fuego para entregárselo a los hombres. El todopoderoso Zeus ordenó a Hefesto que clavara su cuerpo a una roca en el monte Cáucaso, donde un águila le devoraba los lóbulos del hígado cada día, y volvían a crecerle durante la noche.
No es casualidad que Christopher Nolan arranque su monumental biopic sobre el padre de la bomba atómica, aludiendo a esta fábula de la tragedia griega de Esquilo. El mito de “Prometeo encadenado” sirvió ya de inspiración a Kai Bird y Martin Sherwin para glosar la vida del físico J. R. Oppenheimer, cuya biografía “El triunfo y la tragedia de J. Robert Oppenheimer. Prometeo americano” procuró a sus autores el premio Pulitzer y sirve ahora de cuaderno de bitácora al director británico para rodar la más larga, densa, compleja e interesante de todas sus películas. Tres horas de puro acierto cinematográfico en las que combina elementos del thriller psicológico y de la clásica serie de tribunales, y donde la fragmentación del tiempo y el montaje resultan claves para narrar uno de los capítulos más épicos y a la vez dramáticos de la carrera armamentística mundial, que supuso un punto de inflexión en la historia belicista de nuestra civilización.
A través de varios saltos temporales remarcados por el cambio de fotografía del blanco y negro al color que curiosamente se emplea aquí al revés de lo que estamos acostumbrados (utilizando el blanco y negro para las secuencias más recientes y el color para los hechos más lejanos en el tiempo), la película del director de “Memento”, de “Origen”, de la trilogía de “El caballero oscuro” y sobre todo de «Dunkerque» (quizá a la que más se parece) nos cuenta el auge y caída de Julius Robert Oppenheimer, el genio estadounidense de la física nuclear que dirigió el proyecto Manhattan, desde un laboratorio creado en Los Álamos (Nuevo México), donde se fabricó la primera bomba atómica causante de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki.
Su intención es la de analizar, desde un punto de vista científico, pero sobre todo moral, filosófico, psicológico y político, tanto las dudas que atormentaron al padre del artefacto más mortífero que se hubiera creado hasta entonces, como las vicisitudes que su invención acarreó para él mismo y para la humanidad en su conjunto.
Interpretado de manera sublime por el irlandés Cillian Murphy (el célebre Tom Shelby de la serie “Peaky Blinders”), un actor de ojos azules y gélidos, bregado en la difícil hazaña de reflejar las contradicciones existenciales de sus personajes que, a menudo suelen ser seres enigmáticos de personalidades poliédricas, como el propio J. R. Oppenheimer, a quien Murphy encarna con una moderación que se adapta como un guante a este personaje carismático. Hay un par de secuencias dignas de mención en la película que aluden directamente a esta cuestión. Como cuando, durante su primer encuentro sexual y en lo que Freud calificaría de una perfecta comunión de Eros y Thánatos, su amante le hace leer al físico nuclear un verso en sánscrito del poema de Bhagavad Guitá, que resultará premonitorio: “ahora he devenido en muerte, el destructor de mundos”. O cuando, abrumado por la presión del interrogatorio al que es sometido, el científico reconoce haber sentido cierto arrepentimiento culposo por poner el arma de destrucción masiva más letal en manos de políticos y militares inescrupulosos, al entender que la carrera nuclear iniciada no iba a ser empleada solo con fines disuasorios, sino que estos utilizarían cualquier arma que la ciencia fuera capaz de proporcionarles para destruir al enemigo, aunque ello acarrease daños colaterales, como así fue.
No es esta, en cambio, la visión que Bird y Sherwin trasladan en su libro para quienes, aun siendo consciente del sufrimiento causado, Oppie no era reo de la culpa. “Aceptaba su responsabilidad, pues no hay poder sin responsabilidad. Pero él, que había detentado el poder más mortífero, nunca se sintió culpable”, escriben. Como si haber participado en la confección de la bomba solo desde un plano teórico le exonerase de las consecuencias de su utilización por parte de otros. Algo que en la película de Nolan le sugiere el propio presidente Truman (Gary Oldman) cuando, en una audiencia privada, le dice textualmente: “a nadie le importa en Hiroshima y Nagasaki quién diablos inventó la bomba, sino quién la lanzó. Y ese fui yo”, aliviando la mala conciencia del físico norteamericano.
Hijo de alemanes de primera y de segunda generación emigrados a EE. UU., educado en una elitista escuela no ortodoxa judía, como la película explica en un breve prólogo en el que repasa sus primeros años de formación en Europa, Oppenheimer fue un niño prodigio y un joven visionario obsesionado en averiguar qué ocurre cuando una estrella se apaga, a quien Bird y Sherwin describen como un “polímata” (persona con conocimientos en diversas materias científicas y humanísticas). Físico y navegante, filósofo y jinete, políglota y amante de la astronomía y de la poesía, que era capaz de leer en inglés, francés, alemán, italiano y sánscrito, el director y guionista británico nos descubre además algunos de los aspectos más íntimos de su personalidad, como que, aparte de ser culto -o quizá por ello- era un gran seductor (tuvo numerosas amantes, aun estando casado) y un fumador impenitente (fumaba cuatro cajetillas diarias y tabaco en pipa). O que era físicamente muy frágil, ya que a menudo se le olvidaba comer. Enternece ver a su colega y amigo Isidor Issac Rabi (David Krumholtz) ofrecerle un gajo de naranja envuelto en una servilleta de papel. De ahí que en el diseño de la que será su propia casa en los Alamos se le olvide incluir la cocina.
Pese a tener dos hijos con su mujer Kitty (Emily Blunt), ambos estaban emocionalmente incapacitados para cuidar de ellos. “Somos despreciables”, reconoce el mismo al pedirles a sus amigos Barbara y Haakon Chevalier que se queden por una temporada con su primogénito, cuando aún era un bebé, pues la maternidad y la paternidad les supera a ambos.
Físico y Químico teórico, poco dotado para los procesos de laboratorio, Oppenheimer estudió en Harvard y amplió sus estudios en Cambridge (Reino Unido) donde tuvo la oportunidad de conocer al danés Niels Bohr (Kenneth Branagh) (galardonado con el Premio Nobel en 1922 por sus trabajos sobre la estructura atómica y la radiación), interesándose vivamente por sus teorías sobre la física cuántica. Tiempo después se trasladó a Gotinga (Alemania), donde apuntaló su reputación científica al publicar un celebrado artículo sobre la molécula. Allí conoció a una nueva generación de jóvenes físicos (muchos de ellos, como él, de origen judío). Y, posteriormente, siguió formándose en Zúrich (Suiza) y en Leiden (Países Bajos), donde aprendió neerlandés en seis semanas para poder impartir sus clases magistrales a los alumnos en su propio idioma. Fueron ellos quienes le bautizaron con el apodo de Oppje, en inglés americano “Oppie”, con el que fue conocido el resto de su vida.
Para entonces, Hitler no había invadido aún Polonia, pero ya se percibía el antisemitismo que diezmaría al pueblo hebreo durante la segunda guerra mundial y que haría que muchos de esos genios -empezando por el viejo Einstein- tuviesen que huir de Alemania, a riesgo de ser enviados a campos de concentración o reclutados por el III Reich para servir a sus propósitos de exterminio.
Casi de inmediato la película da un salto temporal y nos sitúa en el retorno de Oppenheimer a su país, donde Lewis Strauss (Robert Downey Jr.), abominable hombre de negocios, filántropo y ex oficial de la marina estadounidense, quien llegó a presidir la Comisión de Energía Atómica de los EE.UU. (AEC), le ofrece una cátedra y el puesto de director de departamento de Física Teórica en la Universidad de Berkeley (California), en donde conoce a otras jóvenes promesas, como Ernest Lawrence (Josh Hartnett), químico nuclear estadounidense conocido por su trabajo en la separación isotópica del uranio durante el Proyecto Manhattan y a Haakon Chevalier (Jefferson Hall), profesor asociado de lenguas romances, quien se desempeñó años después como traductor en los Juicios de Nuremberg y que, por aquel entonces, reunía fondos para el patrocinio de distintas causas de izquierda, así como a Jean Tatlock (Florence Pugh), estudiante de Medicina, su primera y más consolidada -aunque emocionalmente algo inestable- relación romántica, hasta el suicidio de esta.
Jean (una mujer que no quería que le regalasen flores) era miembro del Partido Comunista americano, aunque su activismo se limitaba a repartir octavillas en solidaridad con las huelgas de los jornaleros y a asistir a reuniones y debates clandestinos. Suficiente para quedar bajo el radar del FBI y arrastrar con ella a Oppie quien comenzó a engrosar un dossier policial que llegaría a los 7.000 folios y que finalmente resultó ser decisivo para desprestigiarle ante la opinión pública estadounidense, pese a la ilegalidad de las pruebas presentadas en su contra.
Aunque a diferencia de su mujer o de su hermano Frank (Dylan Arnold), Robert nunca militó en el Partido Comunista, Nolan sugiere que Oppenheimer empatizó con la izquierda por oposición al fascismo que, desde su punto de vista, era el real enemigo a combatir, aunque como se le oye decir en un momento del filme “EE.UU. teme más al socialismo que al fascismo”. De ahí que utilizase los canales que sus amigos comunistas le proporcionaban para enviar dinero a la causa española republicana, donde tenía varios conocidos. Y de ahí también que no dudase en enrolarse en el proyecto de creación de una bomba atómica, a propuesta de Leslie Groves (Matt Damon), ingeniero y General del Ejército de los EE.UU., quien supervisó la construcción del Pentágono y fue el alto mando a cargo del ya citado Proyecto Manhattan que tenía por objetivo la fabricación de una bomba nuclear a contrarreloj, temeroso de que los nazis pudieran desarrollar esa tecnología antes que los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, bajo la dirección de Werner Heisenberg (Matthias Schweighöfer), quien fuera uno de los referentes científicos de Oppenheimer durante su estancia en Alemania.
Fueron dos años y medio de intenso y costoso trabajo, para el que hubo que desembolsar 2.000 millones de dólares y reclutar a 130.000 empleados de distintas nacionalidades que se recluyeron, junto con sus familias, en un pueblo creado en mitad de la nada, en pleno desierto de Nuevo México (donde Oppie solía pasar sus vacaciones de niño) para albergar un proyecto de “alto secreto”. Una comunidad científica de altísima cualificación, dividida en distintos grupos de trabajo, cada uno especializado en una parte del proceso de fabricación de la bomba, en la que la información debía estar compartimentada por orden del alto mando militar, temeroso de posibles filtraciones al bando ruso, pese a que en ese entonces Rusia y los Estados Unidos eran ya aliados contra el nazismo.
“El artefacto”, como se referían a ella los agentes implicados en su creación, fue finalmente explosionado en la mañana del 16 de julio de 1945 en un páramo al que los colonizadores españoles llamaron Jornada del Muerto, a cien kilómetros al noroeste de Álamo Gordo. Bautizada en clave por el propio Oppie, con el nombre de Trinity, en alusión a un poema de John Donne, “Golpea mi corazón, Dios trino”, la prueba resultó ser todo un éxito, aunque no estuvo exenta de incertidumbre y contratiempos, no solo porque horas antes de la detonación se desencadenara una gran tormenta sobre el lugar, sino por la duda razonable de que la explosión de una bomba de 16 kilotones, con una intensidad mayor a mil relámpagos, pudiese desatar una reacción en cadena que incendiara la atmósfera y acabase con toda forma de vida en la tierra. En otras palabras, de que su estallido fuese el fin del mundo. Asunto que fue descartado por el grupo de científicos a la luz de sus propios cálculos matemáticos, al que sin embargo Nolan no renuncia en su película, a fin de crear una mayor tensión narrativa, resolviéndolo con singular acierto en la trepidante secuencia sin sonido de la deflagración en la que la película alcanza su clímax y a la que precede una inquietante conversación entre Oppenheimer y el General Groves, donde el científico le explica al militar que los cálculos de George Kistiakowski (Trond Fausa Aurvåg) profesor ucraniano-estadounidense encargado de las cargas y los estudios de implosión de la bomba, arrojaron inicialmente como resultado que su detonación produciría una reacción en cadena imparable en la atmósfera que destruiría todo el planeta, pero que nuevos cálculos redujeron ese riesgo a un índice “cercano a cero”, sin llegar a ser el cero absoluto.
El temor a lo que pudiera suceder cuando la bomba estallase se condensa tan eficazmente en esos instantes de silencio absoluto, (desde que se aprieta el detonador rojo y una luz cegadora se apodera del encuadre hasta que un enorme estruendo desralentiza la imagen de la explosión y estremece las arenas del desierto de Nuevo México) que hacen que el espectador contenga el aliento, pese a conocer de antemano el desenlace histórico.
Lo que ocurrió después de Trinity es lo que ocurre siempre. El genio perdió el control de su obra teniendo que ceder los derechos de explotación a quienes financiaron el proyecto y no dudaron en emplear la bomba atómica de forma indiscriminada contra la población civil, para sus fines nada altruistas.
Inicialmente agasajado y vitoreado por la proeza científica, Oppenheimer que, como todos los genios, tenía multiples altibajos emocionales (como cuando inyectó cianuro en la manzana que debía comerse su profesor en venganza por no permitirle asistir a un seminario) y era esclavo de su propio ego, incurrió en el pecado de la soberbia al maltratar a algunos de sus colegas, especialmente a Edward Teller (Benny Safdie), controvertido físico de origen húngaro. Una especie de prima dona con una personalidad plagada de excentricidades, pero poseedor de una mente brillante, obsesionado con la fabricación de la bomba de hidrógeno; así como al menospreciar a influyentes militares y políticos, especialmente a Lewis Strauss, un hombre vanidoso, acomplejado y rencoroso, a quien osó ridiculizar en público durante una disertación científica sobre los isótopos, con lo que cavó su tumba profesional y social con sus propias manos.
Strauss guardó el amargo recuerdo de aquella afrenta durante años y, en cuanto tuvo oportunidad, conspiró contra él en la sombra que, en sus propias palabras, “es donde mejor se mueven los políticos”.
Para entonces, el senador McCarthy ya había desatado una caza de brujas contra todo aquel que fuera susceptible de ser acusado de filocomunista y la oposición de Oppie a la fabricación de la bomba termonuclear (Bomba H), mil veces más destructiva que la atómica, en pleno comienzo de la Guerra Fría contra la URSS, fue la excusa perfecta para abrirle una investigación que tenía por objeto, no tanto su condena y expatriación, sino la degradación de su imagen pública, al denegársele la certificación Q que da acceso a las investigaciones atómicas de alto secreto.
Científicos agraviados por Oppenheimer aprovecharon la ocasión para ajustar cuentas con él, prestándose a servir de informadores o testigos de la acusación durante su humillante interrogatorio, que tuvo lugar durante veintiséis sesiones a puerta cerrada, ante un tribunal de funcionarios de tres al cuarto, en el oscuro cuartucho de un ministerio, y que estuvo centrado en tratar de demostrar su vinculación con los servicios de espionaje soviéticos a partir de una conversación informal grabada por el FBI mediante micrófonos ocultos instalados sin autorización judicial en casa de su amigo Chevalier, en la que este le comentó que otro científico involucrado en el proyecto llamado George Eltenton (Guy Burnet) había sido contactado por Peter Ivanov, agente soviético con estatus diplomático, prestándose a trasladar información sobre los avances de la bomba a los rusos, entonces aliados en la lucha contra Hitler.
Sometido a un gran estrés, Oppie acabó desmoronándose, incurriendo en una serie de contradicciones, por lo que finalmente le fueron denegadas sus credenciales de seguridad con el consiguiente castigo reputacional, el rechazo de gran parte de la comunidad científica y el escarnio ante la opinión pública estadounidense que le tachó de mentiroso. Nunca fue llevado ante un tribunal penal ordinario bajo una acusación formal de espionaje, pues sus inquisidores sabían que las “pruebas” habían sido obtenidas ilegalmente y que un eventual juicio acabaría en absolución. De hecho, ocho años después y tal como le advirtiera su viejo amigo Einstein que sucedería en su breve encuentro junto al lago (el brillante “macguffin” que cierra la película), el honor y la figura de Oppenheimer fueron resarcidos por el presidente Kennedy que no pudo entregarle el premio Enrico Fermi a su valía científica, pues fue asesinado diez días antes de la celebración del acto de homenaje, recibiendo la medalla de manos de Lyndon Johnson ante una audiencia en la que se dieron cita sus más leales amigos y enemigos.
Hasta aquí la historia que Nolan ha querido contarnos en su película, valiéndose del buen hacer de un equipo multidisciplinar en el que destacan la dirección de fotografía de Hoyte van Hoytema y la sobrecogedora banda sonora a cargo de Ludwig Göransson, así como el sublime elenco de actores y actrices que arropan a Murphy, en el que destacan infinidad de estrellas consagradas como las que ya hemos mencionado y algunas otras como Jack Quaid, Rami Malek, Tom Conti en el papel de Einstein, Casey Affleck, Jason Clarke como el implacable fiscal encargado de la acusación, Matthew Modine, Louise Lombard o Dane DeHaan, encargados de dar vida a algunas de las mentes mas brillantes del siglo XX.
Por ponerle un pero, se confirma que el director y guionista británico sigue siendo un pésimo escritor de personajes femeninos. El de Florence Pugh, la amante atormentada que tiene un par de apariciones de alto voltaje erótico, resulta residual e inconsistente en la medida en la que nunca llegamos a saber qué es lo que la atormenta y aunque Emily Blunt borde el suyo de mujer de carácter, con varios matrimonios fracasados y una evidente adicción al alcohol a sus espaldas, su papel también carece de desarrollo e importancia, más allá del soporte moral que supone para su marido en las escasas escenas en las que interviene.
Título original: Oppenheimer
Año: 2023
Duración: 180 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Christopher Nolan
Guion: Christopher Nolan. Bas. Kai Bird, Martin J. Sherwin.
Reparto: Cillian Murphy, Emily Blunt, Matt Damon, Florence Pugh, Robert Downey Jr.,
Rami Malek, Benny Safdie, Michael Angarano,
Josh Hartnett, Kenneth Branagh, Dane DeHaan,
Dylan Arnold, David Krumholtz, Alden Ehrenreich, Matthew Modine, Jack Quaid,
David Dastmalchian, Jason Clarke, Josh Peck, Devon Bostick, Alex Wolff, Tony Goldwyn, Scott Grimes, Josh Zuckerman, James D'Arcy,
Matthias Schweighöfer, Christopher Denham,
David Rysdahl, Guy Burnet, Danny Deferrari,
Louise Lombard, Gary Oldman, Casey Affleck
Tom Conti...
Música: Ludwig Göransson
Fotografía: Hoyte van Hoytema
Compañías: Universal Pictures, Atlas Entertainment, Syncopy Production, Gadget Films. Distribuidora: Universal Pictures
Género: Drama Biográfico. Thriller. Años 40. Histórico. Holocausto nuclear.
Las buenas películas tienen la peculiaridad de permanecer en la retina y andar rondando nuestros pensamientos, aún mucho después de que haya desaparecido de la pantalla hasta la última línea de los créditos finales.
Es lo que sucede con «Mank«, una película rodada en blanco y negro, a la usanza del viejo celuloide, pero con cámaras digitales, añadiendo algo de suciedad y rayas a la imagen para darle ese toque vintage, que destaca en el catálogo de Netflix por no tener nada que ver con lo que uno esperaría encontrar en una plataforma de streaming de las llamadas palomiteras.
Siendo a priori una apuesta muy poco comercial, el último trabajo de David Fincher (nominado al Óscar a mejor director por “El curioso caso de Benjamin Button”, en 2008 y “La red social”, en 2010) es de esas películas con intención de trascender, no solo porque cuenta con una manufactura cinematográfica que aspira a estar a la altura del mejor cine clásico de los 40´s y 50´s (y, muy especialmente, de la película que es su objeto de estudio), sino por la historia que cuenta, que no es otra que la que obsesionaba a su difunto padre, el escritor Jack Fincher, la de la consagración y casi simultáneo descenso a los infiernos del célebre periodista, crítico teatral y guionista de la Metro Goldwyn Mayer, Herman J. Mankiewicz, recordado por su humor cínico y algo temerario (fue capaz de bromear sobre el trasero de Jack Warner en su presencia, siendo este uno de los más poderosos e irascibles productores de Hollywood), su genialidad y su notorio alcoholismo, cuyo mayor éxito había sido producir alguno de los trabajos de los Hermanos Marx, hasta que recibe el encargo de escribir el guion de una película para Orson Welles, por entonces “niño prodigio” del cine neoyorquino, haciendo de “negro” para él.
Así nació “Ciudadano Kane” (considerada una de las mejores, si no la mejor película que hasta ahora se haya hecho, que aún hoy sirve de ejemplo en las escuelas de cinematografía de todo el mundo y cuya autoría compartieron, a regañadientes, el propio Mankiewicz y su director y protagonista, Orson Welles, recibiendo un Óscar al mejor guion original, en 1941). Y es que, finalmente, el bueno de Mank decidió renunciar al dinero, pero no a la gloria de figurar como (co)autor del que, sin duda, fue el mejor trabajo de su carrera como escritor y guionista. Un argumento que, según nos cuenta David Fincher en su pelicula, Mankiewicz alumbró en tiempo récord, aislado del mundo, mientras se encontraba convaleciente de un accidente automovilístico que le dejó temporalmente inmovilizado.
El consagrado director de títulos tan memorables como “Alien” (1993), “Seven” (1995) o “El Club de la Lucha” (1999), además de tener un papel decisivo en la creación de exitosas series de televisión como “Mindhunter” o “House of Cards”, ambas de Netflix, utiliza como mera excusa argumental la ya legendaria polémica en torno a la verdadera autoría de “Ciudadano Kane” para hablarnos de un conflicto de mucho mayor interés humano y social: el que se le plantea a un hombre íntegro, un intelectual dotado de conciencia y de una lengua tan afilada como su pluma, con cierta tendencia a decir en todo momento lo que piensa, al desafiar con ello a quien era, por aquel entonces, el mandamás de la industria de Hollywood y prácticamente el dueño del país entero, como queda de manifiesto en la maravillosa escena en la que su amante, la explosiva pin-up Marion Davies (Amanda Seyfried no puede estar más convincente en su tierno papel de bobalicona actriz rubia platino, eterna aspirante a un rol protagónico que la consagre) confiesa, algo borracha e imprudente: “una vez, oí a papi ayudar a seleccionar el gabinete del presidente como el reparto de una película…”.
Ese “papi” no es otro que el todopoderoso magnate de la prensa: William Randolph Hearst (magníficamente bien interpretado por el actor británico Charles Dance, últimamente omnipresente en las series de streaming), siempre rodeado de una corte de aduladores comandada por su fiel escudero, el empresario cinematográfico y destacado miembro del partido republicano, Louis B. Mayer (Arliss Howard), igualmente magistral en su papel de redomado hipócrita, especialmente en la escena en la que pide sacrificios a los trabajadores de sus estudios, hasta salir de la recesión económica.
En ese ecosistema de Hollywood, rodeado de lujo, excesos y excentricidades, que Truman Capote definió tan bien como “la hoguera de las vanidades”, sobrevive a duras penas nuestro guionista charlatán, permitiéndose el lujo de discrepar en voz alta, como cuando establece la diferencia entre el socialismo y el comunismo (“el primero es el justo reparto de la riqueza, mientras el segundo reparte la pobreza”) ante los amigos de Hearst, una audiencia indignada (gran retrato de la clase pudiente de origen judío estadounidense que condena y se escandaliza por los crímenes del nazismo, al mismo tiempo que manifiesta su repulsión y rechazo hacia el comunismo bolchevique) que únicamente lo tolera como se tolera al bufón de la Corte, mientras al rey le haga gracia.
Algo que deja de ocurrir una noche aciaga en la que, estando como una cuba, Mank se pasa de la raya en una de sus cínicas alocuciones (emocionante Gary Oldman, en el que probablemente sea uno de los mejores monólogos que ha interpretado en el cine), recordándole a Hearst su pasado y comparándolo con una especie de Quijote moderno que, al igual que exige ahora que hagan otros, traicionó sus propios ideales por afán de poder.
Es así como Mank se convierte en un “apestado” (“estoy quemado” le confiesa a su hermano Joseph L. Mankiewicz), en castigo por haber olvidado la principal enseñanza de “la parábola del mono y el organillero” que, en esencia, viene a decir que los bufones de la corte deben callarse sus opiniones políticas, especialmente si son contrarias a los intereses de quien les da de comer.
Es evidente que Mankiewicz era uno de esos seres, dotado de enorme sensibilidad y talento, cuyo sentido de la integridad y la justicia le jugó malas pasadas a lo largo de toda su vida, predisponiéndolo al autosabotaje (formado en la escuela de cine de Berlín, se dice que estuvo involucrado en la resistencia al nazismo y que el mismísimo Goebbles llego a prohibir la exhibición en Alemania de las películas que llevaran su nombre en los créditos).
“Me he convertido en una rata en una trampa que he fabricado yo mismo, una trampa que voy reparando siempre que empieza a abrirse una brecha por donde escapar”, dicen que dijo cuando ya era un árbol caído. Una frase que sirve de broche final a la película de Fincher y que resume fielmente la esencia de cuanto en ella se expresa.
Título original: Mank
Año: 2020
Duración: 132 min.
País: Estados Unidos
Dirección: David Fincher
Guión: Jack Fincher
Música: Trent Reznor, Atticus Ross
Fotografía: Erik Messerschmidt (B&W)
Reparto: Gary Oldman, Amanda Seyfried, Arliss Howard, Charles Dance, Tom Burke, Lily Collins, Tuppence Middleton, Tom Pelphrey, Ferdinand Kingsley, Jamie McShane, Joseph Cross, Sam Troughton, Toby Leonard Moore, Leven Rambin, Madison West, Adam Shapiro, Monika Gossmann, Paul Fox, Jessie Cohen, Amie Farrell, Alex Leontev, Stewart Skelton, Craig Robert Young, Derek Petropolis, Jaclyn Bethany, Arlo Mertz
Productora: Netflix
Género: Drama. Biográfico. Años 30-40. Cine dentro del cine