Las buenas películas tienen la peculiaridad de permanecer en la retina y andar rondando nuestros pensamientos, aún mucho después de que haya desaparecido de la pantalla hasta la última línea de los créditos finales.
Es lo que sucede con «Mank«, una película rodada en blanco y negro, a la usanza del viejo celuloide, pero con cámaras digitales, añadiendo algo de suciedad y rayas a la imagen para darle ese toque vintage, que destaca en el catálogo de Netflix por no tener nada que ver con lo que uno esperaría encontrar en una plataforma de streaming de las llamadas palomiteras.
Siendo a priori una apuesta muy poco comercial, el último trabajo de David Fincher (nominado al Óscar a mejor director por “El curioso caso de Benjamin Button”, en 2008 y “La red social”, en 2010) es de esas películas con intención de trascender, no solo porque cuenta con una manufactura cinematográfica que aspira a estar a la altura del mejor cine clásico de los 40´s y 50´s (y, muy especialmente, de la película que es su objeto de estudio), sino por la historia que cuenta, que no es otra que la que obsesionaba a su difunto padre, el escritor Jack Fincher, la de la consagración y casi simultáneo descenso a los infiernos del célebre periodista, crítico teatral y guionista de la Metro Goldwyn Mayer, Herman J. Mankiewicz, recordado por su humor cínico y algo temerario (fue capaz de bromear sobre el trasero de Jack Warner en su presencia, siendo este uno de los más poderosos e irascibles productores de Hollywood), su genialidad y su notorio alcoholismo, cuyo mayor éxito había sido producir alguno de los trabajos de los Hermanos Marx, hasta que recibe el encargo de escribir el guion de una película para Orson Welles, por entonces “niño prodigio” del cine neoyorquino, haciendo de “negro” para él.
Así nació “Ciudadano Kane” (considerada una de las mejores, si no la mejor película que hasta ahora se haya hecho, que aún hoy sirve de ejemplo en las escuelas de cinematografía de todo el mundo y cuya autoría compartieron, a regañadientes, el propio Mankiewicz y su director y protagonista, Orson Welles, recibiendo un Óscar al mejor guion original, en 1941). Y es que, finalmente, el bueno de Mank decidió renunciar al dinero, pero no a la gloria de figurar como (co)autor del que, sin duda, fue el mejor trabajo de su carrera como escritor y guionista. Un argumento que, según nos cuenta David Fincher en su pelicula, Mankiewicz alumbró en tiempo récord, aislado del mundo, mientras se encontraba convaleciente de un accidente automovilístico que le dejó temporalmente inmovilizado.
El consagrado director de títulos tan memorables como “Alien” (1993), “Seven” (1995) o “El Club de la Lucha” (1999), además de tener un papel decisivo en la creación de exitosas series de televisión como “Mindhunter” o “House of Cards”, ambas de Netflix, utiliza como mera excusa argumental la ya legendaria polémica en torno a la verdadera autoría de “Ciudadano Kane” para hablarnos de un conflicto de mucho mayor interés humano y social: el que se le plantea a un hombre íntegro, un intelectual dotado de conciencia y de una lengua tan afilada como su pluma, con cierta tendencia a decir en todo momento lo que piensa, al desafiar con ello a quien era, por aquel entonces, el mandamás de la industria de Hollywood y prácticamente el dueño del país entero, como queda de manifiesto en la maravillosa escena en la que su amante, la explosiva pin-up Marion Davies (Amanda Seyfried no puede estar más convincente en su tierno papel de bobalicona actriz rubia platino, eterna aspirante a un rol protagónico que la consagre) confiesa, algo borracha e imprudente: “una vez, oí a papi ayudar a seleccionar el gabinete del presidente como el reparto de una película…”.
Ese “papi” no es otro que el todopoderoso magnate de la prensa: William Randolph Hearst (magníficamente bien interpretado por el actor británico Charles Dance, últimamente omnipresente en las series de streaming), siempre rodeado de una corte de aduladores comandada por su fiel escudero, el empresario cinematográfico y destacado miembro del partido republicano, Louis B. Mayer (Arliss Howard), igualmente magistral en su papel de redomado hipócrita, especialmente en la escena en la que pide sacrificios a los trabajadores de sus estudios, hasta salir de la recesión económica.
En ese ecosistema de Hollywood, rodeado de lujo, excesos y excentricidades, que Truman Capote definió tan bien como “la hoguera de las vanidades”, sobrevive a duras penas nuestro guionista charlatán, permitiéndose el lujo de discrepar en voz alta, como cuando establece la diferencia entre el socialismo y el comunismo (“el primero es el justo reparto de la riqueza, mientras el segundo reparte la pobreza”) ante los amigos de Hearst, una audiencia indignada (gran retrato de la clase pudiente de origen judío estadounidense que condena y se escandaliza por los crímenes del nazismo, al mismo tiempo que manifiesta su repulsión y rechazo hacia el comunismo bolchevique) que únicamente lo tolera como se tolera al bufón de la Corte, mientras al rey le haga gracia.
Algo que deja de ocurrir una noche aciaga en la que, estando como una cuba, Mank se pasa de la raya en una de sus cínicas alocuciones (emocionante Gary Oldman, en el que probablemente sea uno de los mejores monólogos que ha interpretado en el cine), recordándole a Hearst su pasado y comparándolo con una especie de Quijote moderno que, al igual que exige ahora que hagan otros, traicionó sus propios ideales por afán de poder.
Es así como Mank se convierte en un “apestado” (“estoy quemado” le confiesa a su hermano Joseph L. Mankiewicz), en castigo por haber olvidado la principal enseñanza de “la parábola del mono y el organillero” que, en esencia, viene a decir que los bufones de la corte deben callarse sus opiniones políticas, especialmente si son contrarias a los intereses de quien les da de comer.
Es evidente que Mankiewicz era uno de esos seres, dotado de enorme sensibilidad y talento, cuyo sentido de la integridad y la justicia le jugó malas pasadas a lo largo de toda su vida, predisponiéndolo al autosabotaje (formado en la escuela de cine de Berlín, se dice que estuvo involucrado en la resistencia al nazismo y que el mismísimo Goebbles llego a prohibir la exhibición en Alemania de las películas que llevaran su nombre en los créditos).
“Me he convertido en una rata en una trampa que he fabricado yo mismo, una trampa que voy reparando siempre que empieza a abrirse una brecha por donde escapar”, dicen que dijo cuando ya era un árbol caído. Una frase que sirve de broche final a la película de Fincher y que resume fielmente la esencia de cuanto en ella se expresa.












Título original: Mank
Año: 2020
Duración: 132 min.
País: Estados Unidos
Dirección: David Fincher
Guión: Jack Fincher
Música: Trent Reznor, Atticus Ross
Fotografía: Erik Messerschmidt (B&W)
Reparto: Gary Oldman, Amanda Seyfried, Arliss Howard, Charles Dance, Tom Burke, Lily Collins, Tuppence Middleton, Tom Pelphrey, Ferdinand Kingsley, Jamie McShane, Joseph Cross, Sam Troughton, Toby Leonard Moore, Leven Rambin, Madison West, Adam Shapiro, Monika Gossmann, Paul Fox, Jessie Cohen, Amie Farrell, Alex Leontev, Stewart Skelton, Craig Robert Young, Derek Petropolis, Jaclyn Bethany, Arlo Mertz
Productora: Netflix
Género: Drama. Biográfico. Años 30-40. Cine dentro del cine

