LA CASA DEL DRAGÓN. SEGUNDA TEMPORADA

No creo que quienes han acusado a la segunda temporada de ‘La casa del dragón’ de ser un soberano aburrimiento, tengan la capacidad ni la sensibilidad para captar la sutileza de una trama que, aunque cuente con dragones en su reparto, aspira a ser mucho más que un simple remedo de “Jurassic Park”.

Contaminados por el consumo apresurado de contenidos y adictos al ritmo trepidante y la cruda violencia de la serie original, el fandom de “Juego de Tronos” se divide ante su precuela, entre los que demandan más emociones fuertes y quienes valoran su inobjetable calidad visual y su tiempo y ritmo narrativo pausados, en un intento de retratar la profundidad emocional de los personajes de esta tragedia familiar de intriga palaciega.

Y es que, si la primera historia de George R.R. Martin en ser llevada a la pantalla narraba la lucha por el poder entre las diversas casas nobles de los Siete Reinos, “La casa del dragón” se enfoca en una de ellas, la dinastía de los Targaryen, un linaje cuyos miembros mantienen relaciones conflictivas, enmarañadas y tortuosamente incestuosas, que, siglos antes, gracias a su vínculo de sangre con los dragones, consolidó su dominio sobre Westeros, asentándose en el Trono de Hierro.

Basada en la novela “Fuego y Sangre”, esta segunda serie indaga en las raíces de la brutal guerra fratricida, conocida como la “Danza de los dragones”, que a punto estuvo de exterminar de las tierras de Poniente a esta estirpe de blonda cabellera, a la que pertenecía la Daenerys de “Juego de Tronos”.

La segunda temporada retoma la historia donde la dejamos en la primera, en medio de un clima de máxima tensión, marcado por la lucha por la sucesión a la muerte del rey Viserys I. Con su primogénita, Rhaenyra Targaryen, enfrentada a su medio hermano Aegon, el usurpador, durante cuya ceremonia de coronación, Aemond, el hermano de éste, asesina a su sobrino, Lucerys Velaryon, hijo de Rhaenyra. Su gigantesca dragona, Vhagar, devoró y destrozó en pedazos al dragón de Luke, Arrax, con el joven príncipe subido en él. Un crimen que desatará la furia y las tensiones entre los Negros liderados por la primogénita de Viserys y los Verdes, aliados con Alice Hightower, “la reina viuda”, quien, malaconsejada por su padre, Otto Hightower (Rhys Ifans), “mano” del monarca fallecido, malinterpretó sus últimas palabras y les hizo creer a todos que, en su lecho de muerte, el rey cambió de opinión nombrando a su hijo Aegon heredero en lugar de a Rhaenyra, primera de su nombre, lo que dará pie a un peligroso juego de alianzas y traiciones que será el preámbulo de una guerra entre ambas facciones que se anuncia apocalíptica.

Quién se quedará al final con la corona y cuánta sangre habrá de derramarse para ello es la incógnita que sobrevuela esta segunda temporada de la serie. Las mujeres se inclinan por la negociación y el compromiso con la paz del reino, mientras los hombres están dispuestos a desatar la furia incendiaria de los dragones cuanto antes, pero los lazos entre madres e hijos, vivos y muertos, complicarán las cosas.

El desarrollo de los personajes principales marcará la evolución de la trama, especialmente el de los hijos de Alice, Aegon (Tom Glynn-Carney) quien pasa de ser un niño mimado y un príncipe petulante a asumir su papel de rey, aunque su personalidad caprichosa e inestable y los conflictos internos en su bando complicarán su liderazgo. Y Aemond (Ewan Mitchell) que destaca como su antagonista, un ser complejo y acomplejado desde que siendo niño perdiera un ojo, cuyo odio hacia su hermano y su deseo de sentarse en el trono de hierro lo empujan a tomar decisiones violentas, temerarias e imprudentes.

Mientras Rhaenyra (Emma D’Arcy) lidia aún con el luto y el duelo por la pérdida de dos de sus hijos (el pequeño Luke y el bebé que esperaba), su tío-marido Daemon (Matt Smith) decide cobrar venganza, mandando a asesinar a Aemond pero los mercenarios a sueldo, en lugar de eso, asesinan en su cuna al hijo varón del rey, casado con su hermana, la princesa Haelena. De ahí el título del primer episodio: “Un hijo por otro”. Lo que solo contribuye a sembrar más odio y deseo de revancha.

Recriminado por Rhaenyra, Daemon la abandona y parte con su dragón Caraxes, hacia Harrenhal, con la excusa de ir a reunir un ejército de hombres para defender la causa de la reina. Pero lo cierto es que, en su fuero interno, nunca ha renunciado a ceñirse la corona que llevó su hermano Viserys.

En Harrenhal, antigua casa de Lord Larys Strong, apodado Larys el Patizambo, quien a finales del reinado de Viserys I, fue nombrado Lord Confesor y desde entonces no ha dejado de intrigar en la Corte, Daemon se enfrenta a sus propios demonios, atormentado por su ambición y por las decisiones y culpas de su pasado. Lo que hace que su personaje cobre un papel con una dimensión diferente, más introspectiva que en la primera temporada, si bien las escenas en las que aparece tienden a repetirse en contenido e intensidad, diluyendo su impacto.

En ausencia del rey consorte de Rocadragón, Rhaenyra decide poner al resto de sus hijos a salvo enviando a Joffrey al Valle y a Aegon y a Viserys (los hijos de Daemon) a Pentos, bajo la protección de Rhaena y custodiados por la flota Velaryon.

Cada vez más decidida a reclamar su derecho al trono, Rhaenyra se enfrenta a algunos miembros de su propio consejo que no creen que una mujer esté capacitada para diseñar la estrategia y ejercer el liderazgo en una guerra contra los Verdes, enviando a su tía Rhaenys (Eve Best) a detener a su ejército, comandado por Sir Criston Cole (Fabien Frankel), amante de la reina viuda y comandante en jefe de los capa blanca, quien será nombrado por Aegon II “mano del rey” en sustitución de su abuelo, fulminantemente destituido de su cargo.

Cole cabalga con sus tropas junto al hermano de Alice, Sir Gwayne Hightower (Freddie Fox), arrasando las casas de aquellos nobles que rehúsan inclinarse frente al nuevo rey y a desconocer a Rhaenyra (a quien llaman “la reina puta”) como reina.

En una de esas batallas, en Reposo del Grajo, Rhaenys muere, cuando su dragona Meleys es atacada por sorpresa por el propio Aegon y su dragón Firesun, justo antes de que Aemond intente acabar con la vida de su hermano, que queda muy malherido tras el inesperado envite de Vhagar.

El personaje de Alicent Hightower (Olivia Cooke), por su parte, también sufre una evolución singular, toda vez que se da cuenta de las terribles consecuencias que puede tener tanta furia desatada y de hasta dónde está dispuesto a llegar su hijo Aemond por hacerse con el trono, incluso a asesinar a su propio hermano. Sin embargo, su súplica por la paz no parece lógica teniendo en cuenta cuál ha sido su papel hasta ahora y lo que ha hecho para fomentar la guerra entre ambos bandos.

Lo que caracteriza a esta segunda entrega de la serie es la atmósfera de contención antes de que todo salte por los aires. Lo cual se prevé como algo cada vez más inevitable, a medida que el relato avanza incorporando nuevos personajes y subtramas, como el de Mysaria (Sonoya Mizuno) que pasa de ser una prisionera a convertirse en consejera (y algo más) de Rhaenyra o la pléyade de bastardos Targaryen que esta logra reclutar, con la esperanza de que sean capaces de montar alguno de sus dragones antes de morir calcinados, cosa que consiguen solo tres de ellos: Addam de la Quilla, uno de los dos hijos bastardos de Sir Corlys Velaryon (Steve Toussaint), viudo de Rhaenys, mejor conocido como “la Serpiente Marina”, cabeza de la Casa Velaryon y, como tal, Señor de las Mareas y Amo de Marcaderiva; Hugh Martillo, herrero de Desembarco del Rey e hijo bastardo de un hombre de Rocadragón y Ulf el Blanco, un gañán que asegura ser nieto del rey Jaehaerys y, por tanto, tío de Rhaenyra, hermano bastardo de Daemond y del rey Viserys.

En la saga Targaryen son los dragones quienes eligen a sus jinetes, y en este caso, serán el dragón plateado Bruma, montado por Laenor Velaryon hasta su muerte; el centenario Vermithor que fuera la montura del rey Jaeherys I mientras ocupó el Trono de Hierro antes que Viserys y Ala de Plata montado por Alysanne Targaryen, reina y hermana del rey Jaehaerys I, quienes elegirán a estos tres plebeyos por cuyas venas corre también sangre albina, sumándose así al ejército de dragones de los Negros que, junto a la propia Rhaenyra y su dragón Syrax, más joven que Vhagar y Caraxes, pero no menos feroz; Vermax, el dragón de su único hijo vivo, Jacaerys; y Danzarina Lunar, la bestia que monta Lady Baela, hija de Laena Velaryon y Daemon Targaryen, constituyen sus principales bazas para ganar a los Verdes. A expensas de la incorporación de un dragón de origen indómito y desconocido, que deambula por las inmediaciones de Roca Dragón, descubierto por Rhaena Targaryen.

Hay dos dragones más que podrían unirse, por su parte, al ejército de los verdes: Dreamfire, destinado a ser montado por la princesa Helaena que, de momento, se niega a participar en la contienda; y Tessarion, el dragón del príncipe Daeron Targaryen, cuarto hijo del rey Viserys I y la reina Alicent, de quien de momento solo se sabe que fue enviado de  niño a Antigua, donde se ha convertido en un joven educado y respetable.

Todo está listo para que los ejércitos y las bestias se enfrenten desatando la destrucción total. Pero, conscientes de ello (en lo que podría ser una perfecta alegoría a la amenaza de una guerra nuclear en nuestros días), nadie toma la iniciativa. Los personajes observan el devenir de los acontecimientos para tener una posición lo más ventajosa posible cuando la guerra se haga realidad. La precuela de “Juego de Tronos” elige no acelerar la guerra; y se enfoca en mostrarnos los pasos previos, las fuerzas que se suman, las expectativas de los aliados. Y los intentos de Rhaenyra y Alicent de detener el baño de sangre.

Las palabras que la princesa Helaena, la sensitiva hija de Alicent y Viserys, dedica a su hermano Aemond, vaticinándole su propia muerte (“Tú estás muerto. Fuiste tragado por el ojo de los dioses y nunca más te volverán a ver”) y la escena del sueño profético de Daemond (donde se ve a una mujer que bien podría ser Daenerys jugando con sus tres dragones) son un presagio del terrible futuro que aguarda al linaje Targaryen y un preámbulo de lo que veremos en “Juego de Tronos”. “Estoy destinado a servirte hasta el final de nuestra historia”, hinca la rodilla Daemon ante Rhaenyra, reconociéndola como su única reina. “Tú y yo tendremos que morir para que un niño sentado en una silla de madera reine”.

A mi me ha gustado. Veremos cómo continúa.

Título original: House of the Dragon

Año: 2022

Duración: 60 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Ryan Condal (Creador), George R.R. Martin (Creador), Miguel Sapochnik, Clare Kilner, Geeta V. Patel, Greg Yaitanes, Alan Taylor, Andrij Parekh, Loni Peristere

Reparto: Matt Smith, Olivia Cooke, Emma D’Arcy, Eve Best, Steve Toussaint, Fabien Frankel, Ewan Mitchell, Tom Glynn-Carney,
Sonoya Mizuno, Rhys Ifans, Harry Collett...

Música: Ramin Djawadi
Fotografía: Pepe Avila del Pino, Fabian Wagner, Alejandro Martínez, Catherine Goldschmidt, Vanja Cernjul, P.J. Dillon

Compañías: HBO, 1:26 Pictures.
Género: Serie de TV. Aventuras. Drama. Fantasía medieval. Dragones. Spin-off. Precuela

AKELARRE

Una imagen exótica ha recorrido estos días las redes sociales. La de Aranzazu Calleja y Maite Arroitajauregi, premiadas con el Goya a la Mejor Música Original por su trabajo en la película «Akelarre«, quienes agradecían el galardón dando palmas a ritmo del cántico de las brujas. Un soniquete a escala infinita, interpretado en euskera (idioma ancestral de un pueblo de origen pagano, proscrito a lo largo de la historia por distintos «ismos», especialmente el franquismo), que consigue volver loco al juez inquisidor Rosteguy De Lancre, especie de discípulo de Torquemada encomendado por el Rey Enrique III de Navarra y IV de Francia para “purificar” la región quien, en el año 1609, recorre las tierras del Sr. de Urtubi, en busca de infieles y herejes a los que quemar en la hoguera.

Ganadora de cinco premios Goya (Mejor Música Original; Mejor Dirección Artística; Mejor Diseño de Vestuario; Mejor Maquillaje y Peluquería y Mejores Efectos Especiales) y rodada, con gran preciosismo pictórico y abundancia de claroscuros, en Navarra e Iparralde, la exitosa película del director argentino Pablo Agüero («Eva no duerme«, «77 Doronship«) tuvo al parecer su origen en su lectura del libro “La bruja” del historiador francés Jules Michelet, la obra más importante sobre las supersticiones medievales escrita hasta la fecha, donde se ofrece un pormenorizado análisis sobre rituales vinculados a ella (pacto con Satán, akelarres, misas negras) durante la Edad Media en Europa, así como en el libro ‘Tratado de brujería vasca: Descripción de la inconstancia de los malos Ángeles o Demonios‘, en el que el verdadero juez De Lancre, quien en el S. XVII recorrió el País Vasco francés interrogando a centenares de personas y condenando a decenas de mujeres a muerte por supuestos actos de brujería, relató sus propias vivencias.

Y es que, la caza de brujas (o sorginak, como decimos en euskera) no fue un cuento de viejas (pese a que su carácter mágico la asocie a la transmisión oral de una leyenda mitológica) sino un proceso real, de proporciones dantescas, que se cobró la vida de más de 60.000 personas, mayormente mujeres, durante los siglos XVI y XVII, en Europa y los Estados Unidos. Uno de los episodios más crueles y psicóticos de nuestra Historia que el cine y el teatro han abordado ya en otros títulos memorables, como “El Crisol o las Brujas de Salem” de Arthur Miller o “Las Brujas de Zugarramurdi, de Alex de la Iglesia.

Desde mediados del siglo XIV, el viejo continente se encontraba inmerso en plena crisis de fe. La peste negra había acabado con la vida de uno de cada tres habitantes, la pobreza campaba a sus anchas, el feudalismo comenzaba a declinar y el Cisma de Occidente distaba mucho de verse resuelto.

La pugna de dos Papas (uno en Roma y otro en Avignon) por el poder de la Iglesia católica entre 1378 y 1417 fue el desencadenante de un progresivo sentimiento de temor hacia los enemigos de la fe cristiana, quienes amenazaban con destruir los principales pilares de la Iglesia a través de la adoración de su principal rival y enemigo: el Demonio, también llamado Belcebú, Lucifer, El Diablo, El Maligno, Satanás. En euskera: Deabrua.

En ese contexto, Agüero y su coguionista Katell Guillou, construyen una pequeña historia, costumbrista e irreverente, acontecida en una aldea marinera, a orillas del Cantábrico, en lo que en la propia película se llama “el País de los Vascos” (“No me explico por qué en este país de los vascos hay más brujería que en cualquier otro lugar del mundo”, se pregunta De Lancre. “La gente de aquí es inconstante, como el mar”, le contesta el capellán quien, pese a hablar en lengua vasca para evangelizar a los aldeanos, utiliza el español para hablar “en cristiano”, mostrándose servil ante las autoridades).

Aprovechando que los hombres se han hecho a la mar, De Lancry y sus colaboradores arriban al pueblo habitado únicamente por mujeres ancianos y niños, en su mayoría tejedoras y campesinos, con la intención de detener y enjuiciar a seis adolescentes acusadas de haber celebrado el rito del “Sabatt”, ceremonia mágica de adoración a Lucifer (no confundir con el «Shabat» judío), durante la cual se supone que las brujas invocan al diablo en la oscuridad de los bosques, para aparearse con él.

En realidad, lo que Ana Ibarguren y sus amigas: María Ibarguren, Maider Aguirre, Olaia Isasi, Oneka Arbizu y la pequeña Katalin han hecho no pasa de ser una travesura adolescente: celebrar una fiesta en el bosque, beber sidra, fumar hierba y consumir alguna seta alucinógena, bailando y riendo hasta el amanecer, tal y como haría cualquier joven de hoy en ausencia de sus padres. Pero la ignorancia, el fanatismo, la superchería y la lascivia de sus inquisidores, decididos a calificar de demoníaca cualquier conducta que escapase de la puritana e implacable moral católica en aquellos años, las condena de antemano, no sin antes someterlas a una brutal tortura psicológica y física, durante un proceso demencial, en el que De Lancry, en un giro de los acontecimientos que obedece a cierta justicia poética, termina siendo realmente “embrujado” por los encantos de Ana que se autoinculpa diciendo ser la única bruja e inicia un relato inventado sobre cómo hechizó al resto, para salvar de las torturas y de la hoguera a sus amigas, y sobre una supuesta posesión diabólica, en medio de un sabbat imaginario que adorna con todo lujo de detalles eróticos y cierta irreverencia valleinclanesca (el burro vestido de cura, la cabra vestida como el gran Sr. de Urtubi, el cerdo con atuendo de juez…), con intención de excitar la mente calenturienta de su inquisidor, para así ganar tiempo y retrasar la ejecución, hasta que los hombres regresen de la mar.

Rostegy la escucha hipnotizado, reviviendo “el éxtasis” de Santa Teresa y sintiéndose irremediablemente atraído por la sensualidad de la joven, aunque atribuye dicha atracción a sus habilidades de bruja y a la propia intervención del Maligno, por lo que su interés por ella es equiparable al miedo que le inspira, tal y como advierte la anciana Sra. de Lara, quien (nunca mejor dicho) sabe más por vieja que por diabla: “Los hombres temen a las mujeres que no les temen”.

He ahí la idea fuerza de esta historia, en la que el peso de la interpretación recae en Amaia Aberasturi (Ana) y Àlex Brendemühl (De Lancry), si bien es de destacar la intervención de Garazi Urkola, Irati Saez de Urabain, Jone Laspiur, Lorea Ibarra y Yune Nogueiras, un puñado de actrices inmensas, todas ellas debutantes, bilingües (capaces de utilizar en la misma escena el español y el euskera indistintamente) y desbordantes de espontaneidad.

La belleza y la capacidad de seducción femeninas, ancestralmente demonizadas por el catolicismo clerical que las responsabiliza nada menos que del pecado original, se convierten en el centro de la película de Agüero, decidido a ponerlas en valor en defensa propia y a reivindicar la astucia femenina frente a la ignorancia del fanatismo religioso y el machismo opresor imperantes en la edad media que tienen su réplica hasta nuestros días.

Poco sabían las mujeres que habitaban el País de los Vascos en el siglo XVI y XVII de reivindicaciones feministas. Sin embargo, hoy la figura de aquellas “brujas” es reivindicada desde el feminismo y «somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar» se ha convertido en un lema repetido en las marchas por los derechos de la mujer. Su audacia e irreverencia frente al hombre/inquisidor las convierte en pioneras de la lucha por la liberación femenina hasta sus últimas consecuencias, como evidencia el gran final alegórico de “Akelarre” que, salvando las distancias espaciotemporales, me ha recordado y provocado la misma emoción que el de “Telma&Louise”. Al fin y al cabo, la sociedad siempre ha tenido miedo de las mujeres que vuelan, ya sea por brujas o por libres.

El director argentino se ha centrado en esa idea de que “el origen del mal es la mujer” y encuentra paralelismos en la actualidad: “Porque una mujer se viste de una manera o está sonriendo se dice que está provocando, como si su alegría, su despreocupación o su belleza fueran un crimen”.

“No hay nada tan peligroso como una mujer que baila”, dice Agüero. “Para ellas es su arma. Su manera de rebelarse es la alegría. Lo lúgubre está en la mirada del otro, que transforma la libertad sexual y de pensamiento en algo oscuro. Y eso sigue vigente, la culpabilización y la condena de la libertad femenina”.

Por eso “Akelarre” nos invita a seguir disfrutando de la vida y a no quedarnos quietas, a ejercer con alegría la resistencia, sin renunciar a lo que somos ni avergonzarnos de cómo somos. Como escribía Diego Brodersen, en Página 12: “Si el baile de una mujer es lo más peligroso que hay sobre la tierra, habrá que seguir bailando. Incluso después de que las llamas se extingan”.

Título original: Akelarre

Año: 2020

Duración: 90 min.

País: España-Argentina-Francia

Dirección: Pablo Agüero

Guión: Pablo Agüero, Katell Guillou

Música: Maite Arrotajauregi, Aránzazu Calleja

Fotografía: Javier Agirre Erauso

Reparto: Amaia Aberasturi, Àlex Brendemühl, Daniel Fanego, Jone Laspiur, Daniel Chamorro, Iñigo de la Iglesia, Yune Nogueiras, Elena Uriz, Asier Oruesagasti, Garazi Urkola, Irati Saez de Urabain, Lorea Ibarra

Compañías: Sorgin Films, Tita Productions, Kowalski Films, Lamia Producciones, La Fidèle Production

Género: Drama | Siglo XVII. Brujería