AKELARRE

Una imagen exótica ha recorrido estos días las redes sociales. La de Aranzazu Calleja y Maite Arroitajauregi, premiadas con el Goya a la Mejor Música Original por su trabajo en la película «Akelarre«, quienes agradecían el galardón dando palmas a ritmo del cántico de las brujas. Un soniquete a escala infinita, interpretado en euskera (idioma ancestral de un pueblo de origen pagano, proscrito a lo largo de la historia por distintos «ismos», especialmente el franquismo), que consigue volver loco al juez inquisidor Rosteguy De Lancre, especie de discípulo de Torquemada encomendado por el Rey Enrique III de Navarra y IV de Francia para “purificar” la región quien, en el año 1609, recorre las tierras del Sr. de Urtubi, en busca de infieles y herejes a los que quemar en la hoguera.

Ganadora de cinco premios Goya (Mejor Música Original; Mejor Dirección Artística; Mejor Diseño de Vestuario; Mejor Maquillaje y Peluquería y Mejores Efectos Especiales) y rodada, con gran preciosismo pictórico y abundancia de claroscuros, en Navarra e Iparralde, la exitosa película del director argentino Pablo Agüero («Eva no duerme«, «77 Doronship«) tuvo al parecer su origen en su lectura del libro “La bruja” del historiador francés Jules Michelet, la obra más importante sobre las supersticiones medievales escrita hasta la fecha, donde se ofrece un pormenorizado análisis sobre rituales vinculados a ella (pacto con Satán, akelarres, misas negras) durante la Edad Media en Europa, así como en el libro ‘Tratado de brujería vasca: Descripción de la inconstancia de los malos Ángeles o Demonios‘, en el que el verdadero juez De Lancre, quien en el S. XVII recorrió el País Vasco francés interrogando a centenares de personas y condenando a decenas de mujeres a muerte por supuestos actos de brujería, relató sus propias vivencias.

Y es que, la caza de brujas (o sorginak, como decimos en euskera) no fue un cuento de viejas (pese a que su carácter mágico la asocie a la transmisión oral de una leyenda mitológica) sino un proceso real, de proporciones dantescas, que se cobró la vida de más de 60.000 personas, mayormente mujeres, durante los siglos XVI y XVII, en Europa y los Estados Unidos. Uno de los episodios más crueles y psicóticos de nuestra Historia que el cine y el teatro han abordado ya en otros títulos memorables, como “El Crisol o las Brujas de Salem” de Arthur Miller o “Las Brujas de Zugarramurdi, de Alex de la Iglesia.

Desde mediados del siglo XIV, el viejo continente se encontraba inmerso en plena crisis de fe. La peste negra había acabado con la vida de uno de cada tres habitantes, la pobreza campaba a sus anchas, el feudalismo comenzaba a declinar y el Cisma de Occidente distaba mucho de verse resuelto.

La pugna de dos Papas (uno en Roma y otro en Avignon) por el poder de la Iglesia católica entre 1378 y 1417 fue el desencadenante de un progresivo sentimiento de temor hacia los enemigos de la fe cristiana, quienes amenazaban con destruir los principales pilares de la Iglesia a través de la adoración de su principal rival y enemigo: el Demonio, también llamado Belcebú, Lucifer, El Diablo, El Maligno, Satanás. En euskera: Deabrua.

En ese contexto, Agüero y su coguionista Katell Guillou, construyen una pequeña historia, costumbrista e irreverente, acontecida en una aldea marinera, a orillas del Cantábrico, en lo que en la propia película se llama “el País de los Vascos” (“No me explico por qué en este país de los vascos hay más brujería que en cualquier otro lugar del mundo”, se pregunta De Lancre. “La gente de aquí es inconstante, como el mar”, le contesta el capellán quien, pese a hablar en lengua vasca para evangelizar a los aldeanos, utiliza el español para hablar “en cristiano”, mostrándose servil ante las autoridades).

Aprovechando que los hombres se han hecho a la mar, De Lancry y sus colaboradores arriban al pueblo habitado únicamente por mujeres ancianos y niños, en su mayoría tejedoras y campesinos, con la intención de detener y enjuiciar a seis adolescentes acusadas de haber celebrado el rito del “Sabatt”, ceremonia mágica de adoración a Lucifer (no confundir con el «Shabat» judío), durante la cual se supone que las brujas invocan al diablo en la oscuridad de los bosques, para aparearse con él.

En realidad, lo que Ana Ibarguren y sus amigas: María Ibarguren, Maider Aguirre, Olaia Isasi, Oneka Arbizu y la pequeña Katalin han hecho no pasa de ser una travesura adolescente: celebrar una fiesta en el bosque, beber sidra, fumar hierba y consumir alguna seta alucinógena, bailando y riendo hasta el amanecer, tal y como haría cualquier joven de hoy en ausencia de sus padres. Pero la ignorancia, el fanatismo, la superchería y la lascivia de sus inquisidores, decididos a calificar de demoníaca cualquier conducta que escapase de la puritana e implacable moral católica en aquellos años, las condena de antemano, no sin antes someterlas a una brutal tortura psicológica y física, durante un proceso demencial, en el que De Lancry, en un giro de los acontecimientos que obedece a cierta justicia poética, termina siendo realmente “embrujado” por los encantos de Ana que se autoinculpa diciendo ser la única bruja e inicia un relato inventado sobre cómo hechizó al resto, para salvar de las torturas y de la hoguera a sus amigas, y sobre una supuesta posesión diabólica, en medio de un sabbat imaginario que adorna con todo lujo de detalles eróticos y cierta irreverencia valleinclanesca (el burro vestido de cura, la cabra vestida como el gran Sr. de Urtubi, el cerdo con atuendo de juez…), con intención de excitar la mente calenturienta de su inquisidor, para así ganar tiempo y retrasar la ejecución, hasta que los hombres regresen de la mar.

Rostegy la escucha hipnotizado, reviviendo “el éxtasis” de Santa Teresa y sintiéndose irremediablemente atraído por la sensualidad de la joven, aunque atribuye dicha atracción a sus habilidades de bruja y a la propia intervención del Maligno, por lo que su interés por ella es equiparable al miedo que le inspira, tal y como advierte la anciana Sra. de Lara, quien (nunca mejor dicho) sabe más por vieja que por diabla: “Los hombres temen a las mujeres que no les temen”.

He ahí la idea fuerza de esta historia, en la que el peso de la interpretación recae en Amaia Aberasturi (Ana) y Àlex Brendemühl (De Lancry), si bien es de destacar la intervención de Garazi Urkola, Irati Saez de Urabain, Jone Laspiur, Lorea Ibarra y Yune Nogueiras, un puñado de actrices inmensas, todas ellas debutantes, bilingües (capaces de utilizar en la misma escena el español y el euskera indistintamente) y desbordantes de espontaneidad.

La belleza y la capacidad de seducción femeninas, ancestralmente demonizadas por el catolicismo clerical que las responsabiliza nada menos que del pecado original, se convierten en el centro de la película de Agüero, decidido a ponerlas en valor en defensa propia y a reivindicar la astucia femenina frente a la ignorancia del fanatismo religioso y el machismo opresor imperantes en la edad media que tienen su réplica hasta nuestros días.

Poco sabían las mujeres que habitaban el País de los Vascos en el siglo XVI y XVII de reivindicaciones feministas. Sin embargo, hoy la figura de aquellas “brujas” es reivindicada desde el feminismo y «somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar» se ha convertido en un lema repetido en las marchas por los derechos de la mujer. Su audacia e irreverencia frente al hombre/inquisidor las convierte en pioneras de la lucha por la liberación femenina hasta sus últimas consecuencias, como evidencia el gran final alegórico de “Akelarre” que, salvando las distancias espaciotemporales, me ha recordado y provocado la misma emoción que el de “Telma&Louise”. Al fin y al cabo, la sociedad siempre ha tenido miedo de las mujeres que vuelan, ya sea por brujas o por libres.

El director argentino se ha centrado en esa idea de que “el origen del mal es la mujer” y encuentra paralelismos en la actualidad: “Porque una mujer se viste de una manera o está sonriendo se dice que está provocando, como si su alegría, su despreocupación o su belleza fueran un crimen”.

“No hay nada tan peligroso como una mujer que baila”, dice Agüero. “Para ellas es su arma. Su manera de rebelarse es la alegría. Lo lúgubre está en la mirada del otro, que transforma la libertad sexual y de pensamiento en algo oscuro. Y eso sigue vigente, la culpabilización y la condena de la libertad femenina”.

Por eso “Akelarre” nos invita a seguir disfrutando de la vida y a no quedarnos quietas, a ejercer con alegría la resistencia, sin renunciar a lo que somos ni avergonzarnos de cómo somos. Como escribía Diego Brodersen, en Página 12: “Si el baile de una mujer es lo más peligroso que hay sobre la tierra, habrá que seguir bailando. Incluso después de que las llamas se extingan”.

Título original: Akelarre

Año: 2020

Duración: 90 min.

País: España-Argentina-Francia

Dirección: Pablo Agüero

Guión: Pablo Agüero, Katell Guillou

Música: Maite Arrotajauregi, Aránzazu Calleja

Fotografía: Javier Agirre Erauso

Reparto: Amaia Aberasturi, Àlex Brendemühl, Daniel Fanego, Jone Laspiur, Daniel Chamorro, Iñigo de la Iglesia, Yune Nogueiras, Elena Uriz, Asier Oruesagasti, Garazi Urkola, Irati Saez de Urabain, Lorea Ibarra

Compañías: Sorgin Films, Tita Productions, Kowalski Films, Lamia Producciones, La Fidèle Production

Género: Drama | Siglo XVII. Brujería

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