EL BESO DE SINGAPUR

Pocos pueblos, como el británico, hay que sean lo bastante maduros para hacer mofa de su propia historia, sin mayores remilgos, pretendidos remordimientos ni aspavientos patrios, ejercitando la catarsis social mediante el humor y la ironía.

Desde los Monthy Python hasta Mr. Bean, los ingleses han sabido reírse de sí mismos, con el elegante sarcasmo y la flema que les caracteriza, ridiculizando todo lo ridiculizable, empezando por la mismísima Reina y su conflictiva prole.

Quizá por ello no resulte una gran novedad el hecho de que una serie de ficción, como “El beso de Singapur” se atreva a desacralizar a una de las instituciones más respetadas por el pueblo británico, como es su ejército, poniendo en cuestión, a la manera en que lo haría nuestro inolvidable Gila, el papel que ciertos militares y generales ineptos ejercieron, en momentos decisivos de la historia de la Commonwealth, al menospreciar la capacidad invasora del enemigo.

Las peroratas de Winston Churchill para fortalecer el espíritu y la cohesión del país y levantar la moral de sus tropas durante la II Guerra Mundial ha dejado, además de un coleccionable de frases célebres que circulan a diario en las redes sociales, la idea de una Armada británica invencible, honorable y sacrificada, siempre al servicio de los intereses del Imperio y la Corona. Pero «The Singapore Grip«, la novela de James Gordon Farrell en la que está basada la miniserie de seis capítulos que estos días puede verse en Filmin, revela que no es oro todo lo que reluce.

La historia sucede en los años 40, y se sitúa en la por entonces colonia del sudeste asiático, donde un reducido grupo de familias de la alta sociedad inglesa controlaba el próspero negocio del caucho, días antes de que Japón decidiera invadir el territorio, en lo que Winston Churchill consideró como “el peor desastre de la historia militar británica”.

Es precisamente esa frase la que se dice que inspiró a Farrell y al oscarizado guionista Christopher Hampton («Las amistades peligrosas«, «Carrington«), para hacer de «El beso de Singapur», una mordaz y, sin embargo, elevada sátira sociopolítica, cuyo título hace referencia a una práctica sexual de origen oriental, muy apreciada en occidente, al tiempo que alude al “enganche” de la población asiática local a la cultura colonialista.

A partir de ahí, nos encontramos con una despiadada farsa que refleja el declive del Imperio Británico en un tono casi caricaturesco que no deja títere con cabeza, denunciando a un tiempo la torpeza del alto mando militar y la hipocresía de la alta sociedad británica, tan estirada, prepotente y frívola, como egoísta, racista e incapaz; y las corruptelas del sistema colonial, en manos de funcionarios desaprensivos y empresarios tiranos y avariciosos, que se comportan como auténticos corsarios pues, no conformes con explotar a los nativos como mano de obra esclava, ven la oportunidad de hacer negocio aprovechando las necesidades de la guerra.

Dirigida por Tom Vaughan («Press«), “El beso de Singapur” es, en suma, una serie amena e inteligente de estructura clásica, que sería injusto catalogar de simple drama romántico, pese a que la historia pivota sobre el duelo entre dos mujeres (una inglesa y otra asiática) por el mismo hombre, pues persigue una indisimulada intención de crítica social.

No en vano está escrita por quien ya demostrara su capacidad para reflejar la podredumbre y doble moral de las clases pudientes en “Las Amistades Peligrosas”. De la pluma, siempre afilada, de Christopher Hampton emanan líneas de diálogo memorables que trazan una semblanza corrosiva de unos personajes bien interpretados por actores que encajan a la perfección con las necesidades del guion, incluido el veterano Charles Dance (el inolvidable Tywin Lannister de «Juego de Tronos» y Lord Mountbatten en «The Crown«), Oficial de la Orden del Imperio Británico y efectivo reclamo publicitario, aunque su aportación a la serie sea casi testimonial.

Dotada de una realización y una estética impecables, dignas de mención son sin duda la ambientación, decorados, vestuario y localizaciones, a la altura de las mejores series británicas, así como la banda sonora que echa mano de los ritmos de jazz, una auténtica maravilla desde los créditos iniciales.

Entretenida y aleccionadora, ¿alguien da más?

Título original: Yhe Singapore Grip

Año: 2020

Duración: 60 min.

País: Reino Unido

Dirección: Tom Vaughan

Guión: Christopher Hampton (Basado en la novela de J.G. Farrell)

Música: Anne Dudley

Fotografía: John Lee

Reparto: Luke Treadaway, David Morrissey, Colm Meaney, Charles Dance, Elizabeth Tan, Georgia Blizzard, Luke Newberry, Bart Edwards, Christophe Guybet, Ed Birch, Julian Wadham, Nicholas Agnew, Jane Horrocks, Richard Lumsden, Martin Wenner, Bradley Hall, Sam Cox, Joe Bannister, Tom Edden, Masa Yamaguchi, Paul Sharma, Nicola Harrison, Alfred Loh, Leigh Barwell, John Bowe, Daniel Gan, Geoffrey Giuliano, Stuart McQuarrie, Eoin O'Brien, Mark Tandy, Joseph J.U. Taylor

Productora: Mammoth Screen

Género: Serie de TV. Drama. Comedia. Romance. Colonialismo. S. XX

A LA MIERDA EL 2020

El difunto 2020 ha sido un año tan prolijo en desgracias, sobresaltos, convulsiones sociales y enredos de todo tipo que no queda más remedio que tomárselo a risa. O al menos eso es lo que han debido de pensar los dueños de Netflix que han contratado a Charlie Brooker y Annabel Jones (creadores de la distópica “Black Mirror”) para que nos expliquen los principales acontecimientos acaecidos el pasado año a través de un falso documental que es, en realidad, una exquisita, inteligente y mordaz sátira social, en la que un puñado de famosos de postín (desde Samuel L. Jackson hasta Hugh Grant, pasando por Lisa Kudrow, Tracey Ullman, Diane Morgan, Leslie Johns, Cristin Milioti, Kumail Nanjiani o Joe Keery) desgranan la actualidad reciente (especialmente en lo que a los EE.UU. afecta) con ojo crítico, intentando encontrarle la puñetera gracia.

En su relato, adoptan diferentes roles que les convierten en voces autorizadas para interpretar y juzgar los hechos que cuentan de manera cronológica: desde el devastador incendio que asoló Australia recién estrenado el mes de enero hasta la pandemia, la cuarentena y la esperada aparición de la vacuna contra el coronavirus. La cumbre del cambio climático celebrada en Ginebra, en la que Greta Thunberg abroncó a los principales líderes del mundo, el tira y afloja del Brexit, el impeachment de Trump y su polémica derrota electoral, la avanzada edad y escaso carisma de Biden (regresando de entre los muertos, “como el fantasma de un viejo mayordomo”), el auge del fascismo, la polarización social y la explosión racial y el surgimiento del movimiento Black Lives Matter tras el asesinato de George Floyd; las muertes del general Soleimani, que casi nos pone a las puertas de la III Guerra Mundial y de la juez feminista Ruth Baden. Todo está ahí. Contado como si fuera un gran meme que hace mofa de la incompetencia de quienes se supone que debían llevar el timón y conducir la nave a buen puerto, Donald Trump (y sus absurdas recomendaciones de ingerir legía para matar el virus), Boris Johnson (cuya falta de cualificación se compara a la de un calcetín) y hasta Su (tozuda) Majestad, la reina Isabel II que acaba de descubrir las ventajas de Youtube y de contratar a una community manager de cabecera.

Singularmente magistral está Hugh Grant derrochando toda su flema británica al meterse en la piel de un excéntrico, repelente y puntilloso historiador, de lengua afilada, al que se le hace difícil distinguir entre la realidad y un episodio del Señor de los Anillos o Juego de Tronos, pero no lo están menos Samuel L. Jackson en el papel de un indignado periodista de prestigio obsesionado por el color de la piel; Leslie Jones, como una psicóloga social defensora de las minorías (especialmente las mujeres y los negros), el desalmado multimillonario de las tecnológicas, Kumail Nanjiani o la increíble Lisa Kudrow (“Friends”), que empieza siendo una furibunda y cínica portavoz de la campaña de Trump y termina negándolo todo, incluyendo que alguna vez lo haya sido.

Pero si he de quedarme con algún personaje, me quedo con los que interpretan Diane Morgan y Cristin Milioti, poniendo de relieve la estulticia del ciudadano medio, alienado por “la verdad revelada” en las redes sociales y por lo que le cuenta la televisión, de cuyo influjo es incapaz de escapar, debido a su escasa preparación e inteligencia.

En definitiva, un buen divertimento para hacer memoria y echar unas risas, y un desahogo para el sentido crítico en un año frenético, peligroso, convulso y luctuoso, en el que hemos andado bastante escasos de ello.

Título original: Death to 2020

Año: 2020

Duración: 70 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Al Campbell, Alice Mathias

Guion: Charlie Brooker, Alan Connor, Jason Hazeley, Thanyia Moore

Fotografía: Jamie Cairney

Reparto: Samuel L. Jackson, Hugh Grant, Lisa Kudrow, Kumail Nanjiani, Tracey Ullman, Samson Kayo, Leslie Jones, Diane Morgan, Cristin Milioti, Joe Keery, Lily Sullivan

Productora y distribuidora: Netflix.

Género: Comedia. Coronavirus (COVID-19). Sátira. Falso documental

THE PROM

the prom

Acabo de ver esto en Netflix y siento una extraña mezcla de decepción y vergüenza ajena.

Meryl Streep, Nicole Kidman… ¿Qué necesidad? Todavía lo entiendo del histriónico y pelota James Corden, que aún debe de estar sin poderse creer el haber compartido cartel con semejantes superestrellas, a quienes a lo máximo que hubiera aspirado hasta ahora es a entrevistar en su coche. ¿Pero dos grandes divas de la actuación como ellas? Su afición y exitosa experiencia en el género de los musicales no parece ser suficiente razón para aceptar protagonizar un film tan mediocre como «The Prom» plagado de estereotipos y moralina pseudoprogre, que desaprovecha y desmerece su enorme talento.

Bajo el pretexto de reivindicar el poder del teatro y la celebridad para transformar el mundo y cambiar (a mejor) la vida de las personas (“no somos monstruos, somos perturbadores culturales”; “un entretenimiento es pasajero, una evasión es curativa”) lo que hace Ryan Murphy -autor de otros desastres cinematográficos, como ‘Recortes de mi vida‘ (2006) o ‘Come, reza, ama‘ (2010)- es pervertir y sabotear el argumento que sirvió de base a un discreto espectáculo estrenado hace un par de años en Broadway, con una adaptación penosa, plagada de tópicos y de un infantilismo conceptual y visual que atenta contra las buenas intenciones que inspiran la película, concebida como un gran musical cinematográfico y que, sin embargo, parece más una secuela de «High School Musical«.

La historia es simple: un grupo de actores teatrales narcisistas y venidos a menos, arruinados por la mala crítica, deciden relanzar su popularidad a través del activismo oportunista, para lo cual eligen al azar “una buena causa” que abanderar, que preferiblemente sea tendencia en las redes sociales. Es así como irrumpen en la reunión de padres de un instituto de Indiana -la América profunda que vota(ba) a Trump- para apoyar públicamente a una estudiante a la que se prohíbe asistir al baile de graduación, tras haberse declarado lesbiana.

A partir de esa premisa, la película desbarra de todas las maneras posibles, abusando de lo obvio de forma grotesca, como la insistencia en utilizar la paleta de colores primarios en un vestuario, maquillaje y decorados increíblemente horteras, en reiterada y manida alusión a la bandera arcoiris y a cierta estética a medio camino entre Barrio Sésamo y el Día del Orgullo Gay.

Pero, siendo esto penoso, lo peor es sin duda la manera tan superficial y hasta ñoña (“happy end” coreografiado incluido) en la que se aborda y se resuelve el que se supone es el nudo dramático -el problema de aceptación al que se enfrentan aun muchos adolescentes al “salir del armario”- que a menudo queda eclipsado por el exceso de artificio y el inevitable peso que las celebridades y sus respectivos números musicales de lucimiento tienen en el desarrollo argumental, así como por unas canciones insulsas a más no poder que, como apoyo al desarrollo de la historia, dejan mucho que desear.

En definitiva, de todo lo visto y leído acerca de ella, me quedo con las duras pero merecidas palabras que Alejandro Alegré le dedicaba en El Confidencial y que suscribo de principio a fin: “The Prom trata —entre otras cosas—de rendir homenaje a la magia del teatro, y para ello no solo recurre al descuido narrativo, la falsedad emocional, la fealdad visual y la superioridad moral, sino que además es una película tan chillona a la hora de predicar la tolerancia que llega a resultar difícilmente tolerable. En última instancia, el tratamiento que da al problema de la homofobia y el fundamentalismo es tan simplista y genérico, tan orgullosamente ajeno a los problemas reales que la comunidad LGTBI sigue sufriendo en muchos lugares, que al final acaba pareciéndose demasiado a los vanidosos actores de Broadway que la protagonizan y adoptando la misma actitud deshonesta (yo añadiría oportunista) y autocomplaciente que trata de ridiculizar”.

FICHA TÉCNICA:

Título original: The Prom

Año: 2020

Duración: 131 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Ryan Murphy

Guion: Jack Viertel (Basado en el musical de Chad Beguelin, Bob Martin)

Música: Matthew Sklar

Fotografía: Matthew Libatique
Reparto:
Meryl Streep, Nicole Kidman, James Corden, Andrew Rannells, Kerry Washington, Keegan-Michael Key, Kevin Chamberlin, Nico Greetham, Jo Ellen Pellman, Logan Riley Hassel, Ariana DeBose, Monroe Cline, Nathaniel J. Potvin, Kiara T. Romero, Briana Price, Ryan Kendrick, Tori Kostic, Jillana Laufer, Sydney Cope, Chelsea Corp, Jeni Jones, Erica Lynn, Sofia Deler, Donyea Martin, Jade Patteri, Marcus Bailey, Joe Abraham, Morgan Dudley, Annie Ruby, Matthew Moseley, David Eby, Sierra Puett, Tasha Casberg, Anna Berg, Jeffrey Lynn White Jr.

Productora: Netflix, Ryan Murphy Productions (Distribuidora: Netflix)

Género: Musical. Comedia. Drama | Homosexualidad

DEJA QUE HABLEN

Steven Soderbergh ha vuelto a hacerlo. El director que reinventara el cine hace tres décadas con ‘Sexo, mentiras y cintas de vídeo‘, se adelantara al futuro con películas como “Contagio”, se especializara en cierto cine de denuncia social con títulos como “Erin Brokovich” o “Efectos secundarios” y, finalmente, consiguiera el Oscar por ‘Traffic‘, ha iniciado un idilio con las plataformas de streaming que, en sus propias palabras, “están haciendo el cine que los estudios no quieren hacer y la gente sí quiere ver”. 

Primero fue “Laundromat, dinero sucio” (Netflix), que el autor define como “una producción de presupuesto medio para gente adulta” y cuyo argumento pivotaba sobre el escándalo del latrocinio a escala mundial que supusieron las revelaciones de los Panamá Papers y ahora este “Deja que hablen” (HBOMAX). Un relato más intimista sobre el proceso creativo de Alice Hughes, célebre escritora de edad avanzada que decide emprender una travesía transoceánica de Nueva York a Londres, a bordo del Queen Mary 2, para recibir un premio literario en compañía de su sobrino (Lucas Hedges), a quien quiere como al hijo que nunca llegó a tener, y de sus dos mejores amigas de juventud, con quienes apenas ha mantenido contacto en las últimas décadas, mientras perfila el borrador de su último libro.

No creo equivocarme al decir que el gran acierto de esta película rodada cámara en mano (mientras los pasajeros reales del crucero hacían de figurantes), estriba en la elección de sus protagonistas. Y no me refiero solo al sello de garantía que da contar (una vez más) con la grandiosa Meryl Streep (¿se puede estar más sublime y tener una voz más seductora, a los 70 años?) como cabeza de cartel. Sino al exquisito reparto que la acompaña, en el que destacan muy especialmente la oscarizada Dianne Wiest (musa de Woody Allen) y la legendaria Candice Bergen.

Ver a estas tres damas de la actuación juntas, en plena madurez interpretativa, representar con tantísima dignidad, elegancia y carácter los papeles que se les han asignado, resulta enormemente gratificante para quienes aún amamos el cine que cuida de la calidad de los diálogos, más que la de los efectos especiales. Especialmente si tenemos en cuenta que buena parte de la película ha sido rodada sin guión.

“Nos daban un resumen de una situación y sabíamos dónde teníamos que terminar. Pero no nos decían cómo llegar allí”, ha explicado divertida Streep en las entrevistas de promoción de la película. Partiendo de un conocimiento exhaustivo de la historia que el director quería contar, así como de la personalidad y la biografía de los personajes, las actrices tenían que decidir qué iban a decir y cómo hacerlo. Una experiencia de improvisación que tanto Bergen como Wiest calificaron de “aterradora” y que consigue, a la vista está, un resultado excelente, como no podía ser de otra forma tratándose de intérpretes de tanto talento.

La lealtad familiar, la amistad, el compromiso, la cultura como entretenimiento o como elevación del espíritu y la traición, son algunos de los grandes temas que toca esta pequeña historia con vocación de trascendencia, nacida de la inquietud de un director que sigue creyendo que el cine puede (y debe) ser la voz que alerte a nuestra conciencia.

Título original: Let Them All Talk

Año: 2020

Duración: 113 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Steven Soderbergh

Guion: Deborah Eisenberg

Música: Thomas Newman

Fotografía: Steven Soderbergh

Reparto: Meryl Streep, Dianne Wiest, Candice Bergen, Lucas Hedges, Gemma Chan, Saskia Larsen, Pete Meads, Christopher Fitzgerald, Mary Catherine Garrison, Elna Baker, Samia Finnerty, Fred Hechinger, David Siegel, David Shepard, Stephanie Phippen, Dominic Crisonino, Mike Doyle, John Douglas Thompson, Daniel Algrant, Barbara Rickard, Haydn Rickard, Andrea Kaiser, Al Gwilt

Compañías: Extension 765, HBO, Warner Bros., LS Productions. HBO Max.

Género: Comedia dramática. Road Movie. Literatura

AMOR Y ANARQUÍA

Quien todavía piense que ver, entender o apreciar una serie o producción sueca (en especial tratándose de una comedia ligera y no de la solemnidad existencialista de autores consagrados, como Ingmar Bergman) supone un desafío para una cultura tan en las antípodas como la nuestra, debe ver «Amor y anarquía» de Lisa Langseth, en Netflix pues, teniendo ese algo peculiar que la hace ser un producto original del genio escandinavo, se trata de una comedia romántica para nada típica, que sin embargo aborda una temática de vocación inequívocamente actual y universalista (la de una mujer de mediana edad que tiene una aventura con un yogurín porque su matrimonio está sexualmente estancado y aborrece la rutina), aderezándola y contextualizándola con una serie de problemas que son tendencia, como la digitalización del negocio editorial a punto de ser colonizado por las plataformas de streaming, el conflicto entre el ser y el deber ser y la complejidad de las relaciones de pareja, encorsetadas por los convencionalismos. No es Bergman, pero a mí me ha gustado.

FICHA TÉCNICA:

Título original: Kärlek & Anarki (TV Series)aka 

Año: 2020

Duración: 25 min.

País: Suecia

Dirección: Lisa Langseth

Guión: Lisa Langseth, Alex Haridi

Reparto: Ida Engvoll, Björn Mosten, Reine Brynolfsson, Björn Kjellman, Johannes Kuhnke, Gizem Erdogan, Erdogan Gizem, Olivia Castanho

Productora: FLX (Distribuidora: Netflix)

Género: Serie de TV. Comedia. Romance