LA ULTIMA CARTA DE AMOR

Introduzca en una coctelera no más de un chorrito de “Breve encuentro”. Añada idéntica medida de “Algo para recordar”, una pizca de “Todos los días de mi vida” y unas pocas gotas de sutil aroma a “Madame Bovary” y “El amor en los tiempos del cólera”… E voilà! Tendrá como resultado un suculento aperitivo light llamado “La última carta de amor” (The Last Letter from Your Lover) que Netflix acaba de estrenar para deleite de los entusiastas de las películas románticas que cumplen con todos los tópicos del pastelón televisivo, paquete de kleenex incluido.

Copia fiel de la exitosa novela homónima de la escritora británica Jojo Moyes (autora de “Antes de ti”, protagonizada en su versión cinematográfica por Sam Claflin y Emilia Clarke), traducida a 33 idiomas con un total de 3 millones de ejemplares vendidos, esta coproducción británico-canadiense, dirigida por la también actriz Augustine Frizzell (“Never Goin`Back”), gira en torno a dos historias que transcurren en décadas distintas y que, sin embargo, se entrelazan cuando una de sus protagonistas, la avispada periodista Ellie Haworth, a quien da vida Felicity Jones ( “Una cuestión de género”, “La teoría del todo”) con gran frescura y ciertos ticks de comedia romántica, descubre de forma casual, en el transcurso de la investigación para un reportaje, unas intrigantes cartas escritas en 1965 y decide tirar del hilo hasta dar con sus protagonistas y desentrañar la historia de amor prohibido que relatan. Lo que, a su vez, le servirá de motivación para iniciar su propio romance con el encargado del archivo del diario para el que trabaja.

La destinataria de esas cartas no es otra que Jennifer Stirling, su serenísima majestad, Shailene Woodley (“Big Little Lies”), quien encarna con gran magnetismo a la perfecta mujer casada de aquellos años, elegante, discreta y sumisa, siempre a la sombra de su marido, el arrogante y a menudo ausente hombre de negocios, Laurence Stirling (Joe Alwyn). Juntos llevan lo que aparenta ser una lujosa y perfecta vida de multimillonarios sin hijos, hasta que un día reciben la visita de Anthony O’Hare (Callum Turner), un periodista del área financiera del Chronical, apuesto y divorciado, por quien la señora Starling, atrapada en el sopor de su matrimonio de conveniencia, se siente irremediablemente atraída, iniciándose entre ellos una relación clandestina que acabará en tragedia, cuando Boot (pseudónimo con el que Anthony firma sus cartas de amor a “J”) le pide escapar juntos a Nueva York para vivir su amor libremente.

Aunque Jennifer inicialmente rechaza la oferta por temor a perder su actual estatus de “señora de”, al final cambia de opinión y decide alcanzar a su amante en la estación del tren, tal como este le había propuesto. Pero se le hace tarde y la gran tormenta que arrecia esa noche propicia que sufra un accidente automovilístico en el que pierde la memoria. Oportunidad que su marido, Larry (quien al parecer está al tanto de la infidelidad de su esposa) aprovecha para recuperarla, haciéndole creer que Boot iba en el coche con ella y falleció en el acto durante el siniestro. Cuando, en realidad, este vive al otro lado del Atlántico atormentado por la idea de que su amada no acudió a su encuentro, prefiriendo la seguridad de una vida regida por los convencionalismos.

A medida que Ellie avanza en la lectura de la correspondencia entre J. y B., conocemos más de su emotiva historia de amor epistolar. Sabemos que, años después, los amantes volvieron a encontrarse de forma casual en Londres, aclarando la situación y dando rienda suelta de nuevo a la pasión, aunque tampoco huyeron juntos entonces, debido a que Jennifer tenía ya una hija de dos años, por lo que decide volver al lado de su marido y esperar el momento propicio para solicitar el divorcio sin el riesgo a perderla, como solía suceder en aquel tiempo tratándose de una mujer adúltera.

La  añoranza por lo que pudo haber sido y no fue se convierte así en el epicentro de la trama de la película que, tras una serie de idas y venidas, acaba con Jennifer y Anthony reuniéndose a instancias de Elly, en el parque londinense en el que solían verse en secreto, para finalmente retomar su historia de amor en el ocaso de sus vidas, tras haber envejecido extrañándose mutuamente.

En suma, se trata de un romance clásico, correctamente ejecutado y bien interpretado, que sin embargo no aporta gran novedad al género, al margen de la popularidad de sus jóvenes protagonistas, en el que se echa en falta un mayor desarrollo argumental que profundice en las razones que provocaron, por ejemplo, el desgaste de la relación entre Jennifer y su marido (¿nunca lo amó o, como en la canción de la Jurado, se les rompió el amor de tanto uso o desuso?) o que confiera mayor relevancia a la historia de la periodista Elly y el archivero Rory (Nabhaan Rizwan), apenas desarrollada, que permanece en un segundo plano casi de relleno.

En su favor habrá que decir que los exteriores filmados entre Londres y la Riviera francesa, en donde transcurre la primera parte de la acción, y el exquisito diseño de maquillaje y vestuario, confieren un indudable atractivo visual y un aire retro de belleza y sofisticación, a una película más bien insulsa para románticos empedernidos.

Título original: "The Last Letter from Your Lover".

Año: 2021

Duración: 110 min.

País: Reino Unido

Dirección: Augustine Frizzell

Guión: Nick Payne, Esta Spalding. 

Música: Daniel Hart

Fotografía: George Steel

Reparto: Felicity Jones, Shailene Woodley, Callum Turner, Nabhaan Rizwan, Joe Alwyn, Ncuti Gatwa, Vilhelm Blomgren, Christian Brassington, Joakim Skarli, Ann Ogbomo, Alfredo Tavares, Manoj Anand, Xander Turian.

Productora: Blueprint Pictures y The Film Farm. 

Distribuidora: Netflix

Género: Romance. Drama romántico

MALCOLM & MARIE

Desde el brutal duelo dialéctico entre Elizabeth Taylor y Richard Burton (varias veces marido y mujer en la vida real), en “¿Quién le teme a Virginia Woolf?” (antológica adaptación de la pieza teatral de Edward Albee llevada al cine por Mike Nichols), hasta la demolición física y sentimental de “La Guerra de los Rose” (Danny DeVito), pasando por “Secretos de un matrimonio” (Ingmar Bergman), “Kramer contra Kramer” (Robert Benton), “Maridos y Mujeres” (Woody Allen), “Blue Valentine” (Derek Cianfrance), “Eyes Wide Shut” (Stanley Kubrik), “Revolutionary Road” (Sam Mendes),  o,  más recientemente, “Historia de un matrimonio” (Noah Baumbach), «State of the union» (Stephen Frears) o «Divorce» (Sharon Horgan)… hay un listado enorme de películas y series televisivas que han sabido reflejar, con increíble acierto y extrema dureza, los altibajos que puede atravesar una relación de pareja hasta su desmoronamiento definitivo y la batalla a tumba abierta que lidian sus miembros, una vez que se liberan los demonios ocultos en forma de toda clase de reproches imaginables, lanzados con la saña de quienes se conocen bien y saben exactamente cómo herirse, disparando artillería pesada a sus puntos débiles.

Cada uno de esos trabajos ha dejado escenas memorables, cargadas de tensión, crueldad y desgarro emocional, protagonizadas por actores y actrices excepcionales, que parecían haber sufrido en sus carnes el drama de la decepción y la ira descontrolada que precede a la ruptura (que no necesariamente al fin del amor), como un río salvaje que se desborda arrasando todo a su paso.

Algo de eso que es lo que ha querido hacer Sam Levinson, hijo del laureado director Barry Levinson (“Rain Man” o “Good Morning Vietnam”), en “Malcolm & Marie”, una especie de bebé pandémico, concebido y escrito en seis días, y rodado en secreto durante las dos primeras semanas de confinamiento por la Covid-19, bajo estrictos protocolos de seguridad, con un equipo reducido y tan solo dos actores, dos estrellas emergentes en el firmamento hollywoodiense: la popular actriz y cantante Zendaya (y sus larguísimas piernas, que acaparan casi tantos planos como su rostro aún aniñado) y John David Washington (otro hijo de famoso, en este caso de Denzel Washington). Dos jóvenes promesas de raza negra y gran atractivo físico, intentando hacer el papel de sus vidas y parecer más profundos de lo que en realidad son. A las que, sin embargo, les falta la madurez interpretativa de los actores de método que sabían rebuscar en sus propias vivencias personales, para extraer la emoción precisa.

De ahí que el resultado de la película no sea todo lo brillante ni todo lo convincente que cabría esperar, pese a la eficaz campaña de marketing que Netflix ha orquestado para su lanzamiento.

Aunque, en honor a la verdad, no todo es culpa de Zendaya y John David, abocados a un verdadero “tour de forcé” al tener que interpretar un texto enrevesado, petulante y agotador, emanado de las neuras del propio Levinson y de su personal cabreo con la crítica cinematográfica, a la que dedica algunos de sus más ácidos comentarios a golpe de guión, cuestionando su sensibilidad y su capacidad para reconocer “el verdadero arte”, más allá de los prejuicios raciales, la corrección política y el postureo académico.

Quizá tenga algo que ver en ello el hecho de que ésta no haya tratado demasiado bien sus últimos proyectos, despachando con cierta desidia su exitosa serie Euphoria (por la que Zendaya ganó recientemente un Emmy) y su película “Assassination Nation”, ambas narrativas pesimistas sobre adolescentes problemáticos, en las que la crítica especializada detectó cierta urgencia del joven director por abordar temas de candente actualidad con un tono agresivo, de reproche hacia la sociedad, pero con un discurso inconformista algo arrogante e insípido, plagado de obviedades, sin llegar a profundizar ni aportar demasiada novedad.

Algo que se repite en «Malcolm & Marie«. No es que no tenga razón en algunos de los temas que plantea o denuncia, el problema es que, después de verla, tiene una la decepcionante sensación de que su director tiene mucho que decir sobre cosas que otros ya han dicho antes mucho mejor que él.

«¿Sabes lo perturbador que resulta que puedas compartimentar hasta tal punto de que puedas abusar de mí, mientras te comes los macarrones con queso que te he preparado?», reprocha Marie a su novio Malcolm, mientras éste engulle como un poseso el contenido de un bol de mac&cheese, al tiempo que le lanza una ráfaga de humillantes improperios, destinados a hundir su ya frágil autoestima. Frases tan insustanciales como esta, empleadas para describir un maltrato psicológico de manual, dan la medida de la futilidad de un guión que pretende ser más audaz e inteligente de lo que en realidad es.

En este sentido, podría decirse que se trata, como alguien ha escrito, de “una película ambiciosa, que desprende cierta artificiosidad en ese planteamiento de cinéma vérité algo burgués”.

Quizá en consonancia con su propio discurso de que “la autenticidad no importa, lo que importa es la perspectiva”, todo en “Malcolm & Marie” resulta poco creíble, forzado, pretencioso, artificial y superficial, empezando por la elección de rodar en blanco y negro, sin más intención ni explicación que la puramente estética, o los títulos de crédito inicial con el elegante diseño de las grandes películas del cine clásico, lo que enlaza con un par de referencias a Billy Wilder, para subrayar que las nuevas generaciones de la industria (y sobre todo de la crítica) del séptimo arte (a diferencia del propio Levinson, claro está, y de su alter ego, Malcolm) ignoran quién fue.

Como en “¿Quién le teme a Virginia Woolf?”, la acción transcurre en una sola noche, en el interior de una de esas casas acristaladas, lujosas, modernas y espaciosas, con grandes galerías de enormes ventanales sin persianas ni cortinas, que permiten ver y, sobre todo, ser vistos. “Un zoo de cristal por el que pasean dos fieras heridas en constante movimiento”, como reza la sinopsis promocional. Metáfora demasiado previsible del carácter exhibicionista de la pareja protagónica, gente en busca de fama y fortuna, mediante la que el director nos anuncia de entrada su intención de despojarla de toda privacidad para desnudar su intimidad, física y emocional.

Malcolm es un guionista y director de cine, ególatra y narcisista, que está de “subidón” esa noche, pues la película que acaba de estrenar, basada parcialmente en la vida de su pareja, podría catapultar su carrera a lo más alto. Mientras Marie, modelo y ex yonqui rehabilitada, está molesta porque su novio se olvidó de darle las gracias públicamente por su contribución a la misma, culpabilizándolo de apropiarse de sus traumas pasados para hacer su película, sin haber pensado en ella para el rol protagónico, lo que desde su punto de vista le habría dado mayor autenticidad.

Durante esa madrugada de desvelo en la que la tensión e intensidad van en aumento, les veremos bailar, beber, cocinar, comer, fumar, magrearse, bañarse, miccionar y, sobre todo discutir, confrontando su ego y evidenciando que la suya es una relación tóxica de alto voltaje, si bien algo desigual, pues mientras Malcolm está sobre todo obsesionado consigo mismo y con su trabajo, intentando autoafirmarse como un cineasta que quiere hacer “arte despolitizado” y se niega a ser encasillado por su negritud. Marie es presa de sus propias frustraciones, que la hacen tener constantes e injustificados cambios de humor, debatiéndose entre el amor y el desdén. Básicamente sufre por estar atrapada en una relación en la que no se siente valorada, dando muestras de una gran vulnerabilidad al reclamar el reconocimiento y la atención de su pareja que únicamente tiene ojos y oídos para sí mismo y para lo que atañe a su trabajo.

En lugar de disfrutar de su éxito por la buena acogida que ha tenido su película, Malcolm/Levinson se adelanta a la crítica, obsesionado con la «chica blanca» que escribe de cine en LA Times, de la que habla de manera insistente, en tono implacable y con un desprecio casi visceral. Son muchos minutos dedicados a menospreciarla a ella y a su oficio por compararlo con Spike Lee, John Singleton y Barry Jenkins (tres directores negros) y no con el legendario Willy Wilder, director de “Sabrina”, “Testigo de Cargo”, “Primera Plana” o “El Apartamento”, entre otros muchos títulos consagrados en la historia del séptimo arte. Algo que, en su egocentrismo, atribuye a una actitud prejuiciosa y racista, sin considerar ni por un momento en que quizá, en cuestión de talento, (nunca mejor dicho) “no hay color”.

Título original: Malcolm & Marie

Año: 2021

Duración: 106 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Sam Levinson

Guión: Sam Levinson

Fotografía: Marcell Rév (B&W)

Reparto: Zendaya, John David Washington

Productora: Little Lamb, The Reasonable Bunch (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama. Romance | Drama romántico

LOS BRIDGERTON

He tardado en decidirme a ver la serie de moda de Netflix de la que todos hablan y que los más entusiastas definen como “una serie ligera de época (por contradictorio que eso pueda sonar) que deja a los espectadores con ganas de más”. Estoy hablando, como ya adivinarán, de “Los Bridgerton”.

Confieso que la expectativa de enfrentarme a la adaptación de una -ya de por sí- edulcorada novela rosa, ambientada en la época georgiana (concretamente, durante el reinado de Jorge III y en el conocido como Período de la Regencia del por entonces Príncipe de Gales y futuro rey, Jorge IV), a manos de quien hasta no hace mucho prestaba sus servicios a la factoría Disney (la exitosa productora televisiva Shonda Rhymes, creadora de “Anatomia de Grey”) me daba cierta pereza, más por el previsible tufo a romance folletinesco, de príncipe azul y final feliz, que por el dispendio de lazos y frufrús que suele ir asociado a este tipo de producciones. Pero obviamente tales reticencias partían del prejuicio, así que siguiendo mi propia máxima de que hay que verlo todo para poder opinar, me armé de valor y me dispuse a engullir los ocho episodios de la primera temporada de una sentada.

El resultado fue el previsible, aunque debo decir que no del todo desagradable.

La serie se basa en la saga de novelas de Julia Quinn (seudónimo de Julie Pottinger, una de las escritoras románticas más populares de los Estados Unidos), y narra las aventuras y anhelos amorosos de ocho hermanos pertenecientes a una acaudalada familia de la alta sociedad británica, los herederos del Vizconde de Bridgerton, cuya hija mayor, la señorita Daphne (Phoebe Dynevor) hace su ingreso como debutante en el competitivo mercado matrimonial de la aristocrática Regencia londinense, teniendo que asistir a un sinfín de bailes y festejos, en donde las jovencitas casaderas son exhibidas casi como ganado mayor, a la espera de poder elegir al marido ideal entre sus posibles pretendientes, y así ejercer al fin el papel para el que han sido educadas, que no es otro que el de ser esposas y madres.

La juiciosa, ingenua y virginal Daphne -nombrada por la mismísima reina como “el diamante más preciado de la temporada”- espera poder casarse por amor, mientras su hermano mayor, Anthony, cabeza de familia a la muerte de su padre, se propone organizar para ella un matrimonio de conveniencia.

Es entonces cuando aparece al rescate el seductor Simon Basset, Duque de Hastings, atormentado por una infancia carente de afecto, quien lleva una vida un tanto disoluta hasta conocer a Daphne, de la que cae rendidamente enamorado.

Pero, como en todo drama romántico que se precie, surgen dificultades que los separan. En este caso, la promesa que el duque le hizo a su cruel padre en el lecho de muerte, en venganza por haberlo repudiado desde niño, y que implica su firme decisión de no casarse ni procrear, para que su linaje empiece y acabe en él. Algo que Daphne (educada para tener hijos) se tomará como alta traición.

En torno a estos mimbres y a una serie de peculiares personajes secundarios, entre los que destaca la rebelde y libertaria Eloise Bridgerton (quien no está dispuesta a seguir los pasos de su hermana mayor, pues tiene otros planes para su vida que no incluyen el matrimonio), se tejen una serie de subtramas en un tono más o menos sarcástico, a veces casi cómico, en las que subyace una manida crítica a los usos y costumbres de la época, especialmente en lo que a los prejuicios sociales y a la educación femenina se refiere (muy deficitaria en el terreno de las relaciones sexuales), explicitada a través de una narradora anónima (cuya voz encarna Julie Andrews) que ejerce, bajo el pseudónimo de Lady Whistledown, como misteriosa y ácida comentarista de los líos y cotilleos de la encorsetada burguesía de la época, en donde la virtud de las jovencitas casaderas compromete el honor de toda la familia, por lo que los caballeros se ven obligados a salvaguardarlo batiéndose en duelo, si hace falta.

Es verdad que la serie peca de cierta obviedad y ligereza argumental, pasando de un tema a otro de manera un tanto atropellada, sin agotar los pormenores ni entrar a profundizar en las razones que motivan a los personajes (algo que de entrada la aleja bastante de otras películas de época de culto, como “Sentido y Sensibilidad”, “Orgullo y Prejuicio” o “La edad de la inocencia”, cuyo ritmo narrativo suele ser más bien atemperado y reflexivo, casi contemplativo); así como que el relato no guarda un mínimo rigor histórico, algo de lo que ya se ha hablado y que es singularmente perceptible en la incorporación al elenco de personas de raza negra para encarnar a personajes que ostentan títulos nobiliarios, cosa que difícilmente hubiese sido posible en la Inglaterra del s. XIX

Sin embargo, tales aspectos, así como otros anacronismos intencionados, como la utilización de temas musicales modernos y bien conocidos por el público más joven (como algunos de Billie Eilish), interpretados por un coro de violines o un cuarteto de cuerda en los fastuosos bailes a los que acude la alta sociedad londinense o el vocabulario empleado por los personajes, desenfadado y actual, se ven compensados (o complementados, según se mire) por otras gracias que adornan a esta superproducción, como la abundancia de medios que hacen que destile una gran exhuberancia, belleza y colorido visual, o su atractivo elenco de actores y actrices que interpretan sus papeles con solvencia y credibilidad, sin el engolamiento propio de los intérpretes de este tipo de películas de corte clásico.

Quizá eso sea lo mejor (o lo peor) de «Los Bridgerton». Que, siendo pretendidamente un drama de época, resulta ser una propuesta novedosa, ágil y actual, lo que la hace entretenida y fácil de digerir.

Por lo demás, estoy básicamente de acuerdo con lo que de ella se ha dicho, en el sentido de que se trata de una obra menor que abusa de los tópicos de moda (feminismo, homosexualidad, integración racial…) haciendo un cóctel algo volátil de todo ello, con una gran visión comercial, y sin olvidar la guinda del que hoy es el ingrediente seguro del éxito: el morbo de unas escenas de sexo de alto voltaje que ya rulan por los principales portales de pornografía de internet.

La serie juega hábilmente esa baza del erotismo, la sensualidad y la sexualidad, abordando sin tabúes la pérdida de la inocencia y otros temas acerca de los cuales, en la época que se retrata, era impensable que una señorita virtuosa pudiera saber: como la masturbación femenina, la “marcha atrás” como método anticonceptivo y hasta lo que algunos han creído ver como una violación (solo que esta vez es ella quien abusa de él).

En este sentido, más que una “Gossip Girl” escrita por Jane Austen, como se ha dicho, creo que esta primera entrega de “Los Bridgerton” se acerca a “365 Días” o a “Cincuenta Sombras de Grey”, solo que dirigida a un público de menor edad. En suma, un producto para adolescentes con las hormonas disparadas que engancha fácilmente por su frescura y por la innegable química que existe entre sus protagonistas, Phoebe Dynevor -cuya delicada fisionomía de frágil muñeca de porcelana recuerda bastante a las heroínas de Jane Austen- y ese adonis negro, de torso musculado, que es Regé-Jean Page, cuyo imponente físico lo ha catapultado como el hombre más sexy del momento.

Título original: Bridgerton 

Año: 2020

Duración: 60 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Chris Van Dusen (Creador), Sheree Folkson, Alrick Riley, Julie Anne Robinson, Tom Verica

Guion: Chris Van Dusen, Sarah Dollard, Janet Lin, Abby McDonald, Joy C. Mitchell, Julia Quinn

Música: Kris Bowers

Fotografía: Jeff Jur, Philipp Blaubach

Reparto: Phoebe Dynevor, Regé-Jean Page, Golda Rosheuvel, Jonathan Bailey, Luke Newton, Luke Thompson, Claudia Jessie, Nicola Coughlan, Ruby Barker, Sabrina Bartlett, Ruth Gemmell, Adjoa Andoh, Polly Walker, Bessie Carter, Harriet Cains, Jason Barnett, Joanna Bobin, Kathryn Drysdale, Jessica Madsen, Ben Miller, Ruby Stokes, Molly McGlynn, Martins Imhangbe, Julian Ovenden, Ned Porteous, Joseph Macnab, Freddie Stroma, Sandra Teles, Jamie Beamish, Anand Desai-Barochia, Nikkita Chadha, Celine Abrahams, Frank Blake, Teri Ann Bobb-Baxter, Tom Christian, Michael Culkin, Amerjit Deu, Chris Fulton, Pippa Haywood, Ash Hunter, Robert Jarvis, Jonathan Jude, Marek Lichtenberg, Helene Wilson, Karishma Navekar, Paul G. Raymond, Robert Ryan, Nicholas Shaw, Alfredo Tavares

Compañias: ShondaLand y Netflix.

Género: Romance. Drama de época. S. XIX

RIFKIN´S FESTIVAL

Quien vaya a ver “Rifkin´s Festival”, la última película de Woody Allen rodada en Donostia, esperando encontrarse con alguna novedad, no sólo va a salir decepcionado, sino que probablemente empezará a hablar del “ocaso” del genio, como he leído en alguna crítica malévola, haciendo alusión a que son ya 84 años y bla bla bla…

No es mi caso. Pese a haber visto -y coleccionado- toda su filmografía, encuentro fascinante la fidelidad del director neoyorquino por recrearse, una y otra vez, en sus propias obsesiones, las que le han hecho ser quien es y llegar hasta donde ha llegado.

En esta película está de nuevo todo ese universo: la erosión que el tiempo provoca en el matrimonio, la infidelidad, la hipocondría, el falso compromiso transformador de la industria cultural y cinematográfica actual frente a las grandes preguntas existenciales que debe hacerse un verdadero intelectual, la crítica al judaísmo y al catolicismo, la ausencia de fe, el miedo a parecer pedante, a ser un fracasado, a no resultar demasiado brillante o ingenioso, ni demasiado atractivo, guapo o apasionado, la necesidad de hacer balance y encontrarse a sí mismo una vez llegados a una edad respetable… y todo ello envuelto para regalo por el director de fotografía Vittorio Storaro que baña la playa de la Concha y sus alrededores de bucólicos ocres y sutiles amarillos de postal, para que la acción trascurra en un eterno atardecer otoñal.

No creo que sea la mejor película de Woody Allen, de hecho he de confesar que hay situaciones de la trama que me chirrían, como todo lo relacionado con la historia personal de la cardióloga que interpreta Elena Anaya, demasiado bohemia para resultar creíble.

En general, no termino de ver a los personajes ni a los actores españoles integrados en el casting, algo que ya me paso con «Vicky, Cristina, Barcelona«. Los encuentro excesivamente caricaturescos.

De la película me quedo con el divertido homenaje que Allen dedica a los grandes cineastas europeos que son objeto de su devoción: Fellini, Bergman, Buñuel, Truffaut… al fin y al cabo, ellos también tenían sus propias obsesiones y complejos.

Título original: "Rifkin's Festival"

Año: 2020

Duración: 92 min.

País: Estados Unidos-España-Italia

Dirección: Woody Allen

Guion: Woody Allen

Música: Stephane Wrembel

Fotografía: Vittorio Storaro

Reparto: Wallace Shawn, Gina Gershon, Elena Anaya, Louis Garrel, Christoph Waltz, Sergi López, Richard Kind, Nathalie Poza, Douglas McGrath, Steve Guttenberg, Enrique Arce, Tammy Blanchard, Damian Chapa, Georgina Amorós, Yan Tual, Bobby Slayton, Andrea Trepat, Ben Temple, Luz Cipriota, Karina Kolokolchykova, Elena Sanz, Carmen Salta, Manu Fullola, Isabel García Lorca, Ken Appledorn, Rick Zingale, Godeliv Van den Brandt, Natalia Dicenta, Stephanie Figueira, Nick Devlin, Yuri D. Brown, John Sehil

Compañias: Gravier Productions, Mediapro, Wildside

Género: Comedia romántica. Cine dentro del cine.