LAS ILUSIONES PERDIDAS

Hay películas que te pillan en un momento vital idóneo o con cierta predisposición de ánimo. En mi caso ocurrió cuando fui a ver, este fin de semana, “Las ilusiones perdidas”. La elegí de entre los estrenos de la cartelera por su título evocador, ahora que la civilización empieza a dar inequívocas señales de agotamiento, y por tratarse de la adaptación cinematográfica de una de las piezas fundamentales de la gran “Comedia Humana”, esa que se representa en “el teatro del mundo, donde los peores suelen tener las mejores butacas”, como amargamente concluye su protagonista, Lucien de Rubempré.

De algún modo, tenía el íntimo presentimiento de que algo tendría que decirme la historia de ese ingenuo poeta de provincias, joven aspirante a escritor, que se desvía fatalmente de la ruta hacia sus más nobles ambiciones cuando el periodismo y las posibilidades que dicho oficio le ofrece de medrar social y económicamente se cruzan en su camino, distrayéndolo de la que debe ser la misión vital de todo artista: crear belleza, aún en medio de la podredumbre. Y, en efecto, así fue.

Estrenada en la sesión oficial de la Mostra de Venecia del pasado año -donde incomprensiblemente se fue de vacío-, la excelente película que Xavier Giannoli ha hecho a partir de la novela homónima de Honoré de Balzac, originalmente publicada en tres tomos, entre 1837 y 1843, bajo el título de «Los dos poetas», «Un gran hombre de provincias en París» y «Los sufrimientos del inventor» (los cuales forman parte, a su vez, de uno de los mayores y más ambiciosos proyectos narrativos de la historia de la literatura universal: 137 novelas e historias entrelazadas, en las que Balzac perfila, con mordaz e inmisericorde realismo, el retrato de la sociedad francesa de su tiempo, desde la caída del Imperio Napoleónico hasta el fin de la revolución liberal burguesa, que fueron viendo la luz por entregas a medida que la necesidad de dinero acuciaba al célebre escritor galo y se continuaron publicando hasta después de su muerte), acaba de ganar siete de las quince nominaciones a los Premios César (máximo galardón del cine francés), entre ellos a mejor película, mejor actor revelación (Benjamin Vospin) y mejor actor secundario (Vincent Lacoste).

Pero no son los premios lo que hace digno de admiración a este magnífico drama histórico de lujosa ambientación y cuidada puesta en escena que, dada la escasa promoción que ha recibido, seguramente pasará desapercibido para el gran público, como una película francesa de época más, con abundancia de carruajes y frufrús; sino la pericia de su director y coguionista para reeditar el monumental tríptico literario de Balzac en dos horas y media de puro deleite audiovisual, en el que los acontecimientos se suceden a buen ritmo, manteniendo la fidelidad al texto clásico, no exento de sarcasmo, al tiempo que pone en valor la intemporalidad del mensaje que, con su afilada pluma, el autor quiso trasladar, al poner de relieve las numerosas similitudes entre los entresijos de la historia que cuenta (un formidable estudio de las costumbres, vicios y preceptos sociales de la sociedad francesa de la primera mitad del siglo XIX) y las miserias propias de nuestro tiempo.

Desmesurada, elegíaca y apoteósica, tanto en su éxtasis como en su declive, la vida del joven poeta Lucien de Rubempré (Benjamin Vospin), natural de Angulema, “criatura a la vez ingenua y ambiciosa, brillante y errada”, tal como lo describe Javier Ocaña en El País, y su inexorable pérdida de la inocencia, desde el momento mismo en que se enamora a primera vista de Louise de Bargeton (Cécile De France), dama de alta cuna, casada con un terrateniente local y autoerigida en mecenas de los artistas de la región, se convierte en una feroz sátira acerca de la corrupción que impregna todos los órdenes de la vida política, personal, mediática y social de la época.

Lucien, a quien conocemos escribiendo rimas a las margaritas y trabajando como linotipista junto a sus hermanos, en una modesta imprenta heredada de su padre (de apellido Chardon, aunque el joven rapsoda prefiere utilizar la heráldica materna, que en generaciones anteriores gozó de noble abolengo) se ve envuelto en un tórrido e ilícito romance con la bella aristócrata, que le supera en edad, por lo que deciden escapar juntos a París, donde espera llegar a convertirse en un escritor de éxito. Pero, una vez allí, su amada y protectora le abandona a su suerte, temerosa de sufrir el desprecio de sus amigos y parientes de la alta sociedad, no tanto por mostrarse ante ella como una mujer adúltera, sino por exhibirse del brazo de un amante paleto, sin linaje ni fortuna, por completo desconocedor de las estrictas normas por las que esta se rige.

Contada desde una óptica premonitoria y reflexiva, con un punto de humor irreverente que la hace ser además una película divertida, el último trabajo de Giannoli («Madame Marguerite«, «La aparición«) comienza con una estética propia del romanticismo, con el protagonista tirado en la hierba con el sol colándose entre las hojas del cuaderno en el que escribe sus rimas, para dar paso enseguida a una narrativa visual mucho más preciosista y barroca que nos lleva al París de los grandes salones de baile, en los que, más que bailar, se conspira y en donde se acaban el romanticismo y el idealismo, y se pierden las ilusiones y la inocencia.

Como explica acertadamente Iñaki Ortiz Gascón, “en el París del siglo XIX, ya no hay espacio para la vieja poesía ni para los amores valientes y desmedidos. El romanticismo está ya demodé. Ha dado paso al pensamiento crítico y a su consecuencia casi inevitable, el cinismo. Es el fin de una época. Y así nos la muestra Giannoli, describiendo una ciudad efervescente, frenética, donde los carromatos atropellan a los viandantes en las grandes avenidas. Una ciudad viva, imparable, veloz. La capital del mundo, con las riquezas más obscenas a pocas calles de la pobreza extrema”.

Una voz en off omnipresente e intervencionista mantiene la historia en constante movimiento, como ya hiciera Scorsese en “La edad de la inocencia”, con una retahíla de frases brillantes que desnudan las motivaciones de sus personajes, mientras detalla el perverso proceso mediante el cual los anhelos de un alma creativa son corrompidos por las esferas del poder, tan ubicuas como eficaces a la hora de modificar afectos, opiniones y adhesiones, que se cambian como de ropa interior, por un módico precio a convenir, ya sea reputacional o contante y sonante.

El proceso de destrucción de la integridad de Lucien de Rubempré se inicia con su fichaje como articulista de uno de los muchos libelos, gacetas y periódicos de corte sensacionalista y creciente número de lectores, que proliferan en ese París de la primera mitad del s. XIX, como alternativa a la llamada “prensa seria”, y cuyos editores hacen fortuna vendiendo sus filias y fobias al mejor postor a la hora de confeccionar sus espacios de opinión y sus críticas de arte, que empiezan a convivir con los primeros anuncios publicitarios.

“Aquí puedes comprar cualquier cosa. ¡Es el progreso!”, afirma con desfachatez digna de mejor causa el joven editor de Le Corsaire-Satan, Ètienne Lousteau (Vincent Lacoste), encargado de la instrucción del aprendiz Lucien y autor de otras sentencias no menos desvergonzadas, como: “en las filas de la prensa se necesitan amigos, igual que los generales necesitan soldados”; “si no puedes hacerles favores en un periódico, nadie te teme y, si nadie te teme, interesas poco” o “el periódico está financiado por los liberales, así que eres liberal, aunque aún no lo sabes”. Amén del curioso glosario de adjetivos equivalentes, con el que convertir una buena crítica en una mala crítica, tan ocurrente como impúdico.

Naturalmente eran otros tiempos, unos en los que el periodismo despuntaba como gran aliado (o temido opositor), cotizándose al alza sus favores por las posibilidades que ofrecía para seducir, engañar y domesticar a la opinión pública a favor o en contra de una determinada obra, personaje o corriente de pensamiento. La línea editorial de los nuevos periódicos liberales era simple: “todo lo que sea probable lo daremos por cierto”.  Y ello, en un mundo que se presumía moderno y progresista, pero que en realidad vivía anclado en un clasismo estructural y una corrupción sistémica. (¿Les suena?).

“Balzac escribe, entre muchos asuntos, sobre el determinante papel de la incipiente prensa libre. Tan libre que solo depende del dinero que la sostiene. Es decir, se informa, se opina, se censura, se miente y se ensalza en función únicamente de la capacidad de los nuevos periódicos para seguir informando, mintiendo, censurando y opinando. Un juego de poder entre monárquicos y liberales, entre la vieja aristocracia y la burguesía emergente, entre los privilegiados y los que aspiran a serlo, en el que vale todo y que, por azares de la historia, exhibe un paralelismo que asusta con el mundo que nos ocupa”, escribe Luis Martínez en El Mundo. “No se trata de volver a recordar que los clásicos son eternos, basta con caer en la cuenta de que el motor de la ambición de entonces es el mismo de ahora”.

Aquel París “librepensador” imponía sus normas y, a medida que se va a aclimatando a la ciudad y acomodando a sus nuevas circunstancias, el joven aspirante a escritor no solo va perdiendo su candidez al vender sus principios a cambio de fama y fortuna, sino que se va perdiendo a sí mismo sumergiéndose en un lodazal de inmundicia moral y libertinaje ideológico.

El otrora provinciano Lucien de Rubempré transforma incluso su apariencia física en búsqueda de una mayor distinción acorde a su nuevo estatus de renombrado articulista y aparca sus más nobles intenciones creativas, según se lo exige la sociedad parisina a la que desea pertenecer por derecho propio, a medida que afila su pluma mercenaria y la pone al servicio de ese periodismo malicioso emergente que utiliza el ingenio para ensalzar o destruir reputaciones ajenas, valiéndose de la ofensa, la insidia y la infamia, y haciéndose eco de falsos aplausos y abucheos, comprados a un público de figurantes.

“Giannoli convierte el fatídico ascenso del protagonista de su película a las alturas del negocio editorial en un grotesco espectáculo circense”, como observa Manu Yáñez. Por la redacción del periódico para el que trabaja Lucien deambula una manada de patos –en honor a las trolas que este publica y que allí se conocen como “canards” (pato en francés), predecesoras de las actuales fake news–, mientras su redactor jefe tiene por mascota a un mono de feria, a cuyo criterio se deja la elección de los libros que deben ser reseñados por encargo -como el del talentoso novelista Raoul Nathan (Xavier Dolan), una especie de némesis de Rubempré, a quien Lousteau se la tiene jurada por pertenecer al círculo social de los partidarios de la monarquía-, convirtiendo el oficio periodístico en un irresponsable y enloquecido ecosistema, favorable a todo tipo de excesos, vendettas, conchabeos y sobornos, prostitución real o metafórica, cuyas consecuencias son el envanecimiento y enriquecimiento de los nuevos críticos estrella, admirados y temidos a partes iguales, y el ascenso o la caída en desgracia de los afortunados o desdichados artistas, escritores, actores y actrices que son objeto de sus diatribas.  

La polémica se convierte en el arma más preciada de los nuevos periódicos liberales que incluso amañan discusiones ficticias entre escritores y críticos literarios carentes de escrúpulos (“no es necesario leer el libro para escribir la crítica. Es más, leerlo podría influir en el resultado”, afirman con descaro), para generar el interés de los lectores.

Según el experto de cine de la revista Fotogramas, en Le Corsaire-Satan “se celebran más fiestas que en el New York Daily Inquirer de ‘Ciudadano Kane’, aunque el grado de esperpento lleva a ‘Las ilusiones pérdidas’ hasta un lugar de delirio y cinismo más parecido al de ‘El lobo de Wall Street’”.

Y es que, Giannoli no se limita a ofrecer una visión escéptica de la prensa y, por extensión, del mundo editorial (cuyo monopolio ejerce en su película un verdulero ignorante y analfabeto, de apellido Dauriat, interpretado por el controvertido Gérard Depardieu, que se muestra mucho más interesado en el lucrativo negocio de la importación de piñas que en publicar un poemario que es incapaz de leer y mucho menos entender). Más allá del demoledor juicio que en ella se hace acerca de la deshonestidad, la frivolidad y la falta de toda moral, rigor y principios éticos de los articulistas de la época, tristemente resumido en el bautismo simbólico que el novato Lucien recibe por parte de sus colegas y del dueño del medio para el que trabaja, a modo de bienvenida (“En el nombre de la mala fe, de los falsos rumores y de la publicidad, yo te nombro periodista”), el cineasta francés se atreve a meterse con «la mano que mece la cuna», que no es otra sino las élites económicas que controlan el negocio de las empresas periodísticas, ya sean estas de signo liberal o monárquico.

“El liberalismo económico será la libertad del zorro libre en un gallinero libre”, vaticina Adoche Finot (Louis-Do de Lencquesaing), el avaricioso propietario de Le Corsaire-Satan, quien tiende una trampa al díscolo Lucien, haciéndole creer que cuenta con él para sus ambiciosos proyectos de expansión comercial del negocio. Pero, al final, quien paga manda y el poder es implacable con quien desafía su autoridad, ensañándose con aquel que se niega a colaborar en su mezquino juego de intereses y tráfico de influencias, como un peón más.

Balzac no hace concesiones ni a unos ni a otros: los que corrompen a los demás son unos canallas y quienes se dejan corromper unos cretinos que sucumben una y otra vez a los mismos vicios y debilidades, consumando la traición a sí mismos.

Para Manu Yáñez, la película impresiona por el “carácter profético” de las reflexiones del autor galo, toda vez que, “en ella no solo se diseccionan con lupa hiperbólica la mercantilización de la información de tintes amarillistas, sino que se lanzan también dardos contra la corrupción política y la destrucción del criterio individual a manos de la tiranía de las modas. Un cóctel de lacras contemporáneas que ‘Las ilusiones pérdidas’ disecciona de un modo implacable e hilarante, empleando la brutalidad que se merece una realidad, la nuestra, abocada al abismo de la sinrazón”.

Pero como, según las leyes de la gravedad, «todo lo que sube tiende a bajar», y Balzac era un autor clásico con tendencia a castigar las veleidades de sus personajes, París puede ser al mismo tiempo un gran pedestal y un profundo sumidero para las aspiraciones de Rubempré, quien no logra el menor eco para su obra literaria y se dedica a despilfarrar todo el dinero que gana, junto a su amante, Coraline -la chica de los pantys rojos-. el único personaje que conserva un atisbo de honestidad y de ternura, pese a tratarse de una actriz de poca monta que se prostituye para sobrevivir. Es ella quien le recuerda a Lucien -obsesionado con la idea de recuperar el linaje perdido y poseer un título nobiliario que le abra las puertas de la alta sociedad parisina que un día le despreció- que debe volver a sus orígenes. “Nuestro mundo está podrido, debemos intentar crear belleza”, le precisa al confesarle que sufre una grave enfermedad y le queda poco tiempo de vida.

A su muerte, destrozado, arruinado y socialmente marginado, el fracasado escritor emprende el camino de regreso a Angulema, sumergiéndose en las profundas aguas del río Charente, quién sabe si para purificarse o para morir, una vez perdida toda ambición y toda esperanza.

Título original: Illusions perdues

Año:2021

Duración: 149 min.

País: Francia 

Dirección: Xavier Giannoli

Guion: Xavier Giannoli y Jacques Fieschi. 
Basado en el clásico de Honoré de Balzac

Fotografía: Christophe Beaucarne

Reparto: Benjamin Voisin, Cécile De France, Vincent Lacoste, Xavier Dolan, Salomé Dewaels, Jeanne Balibar, Gérard Depardieu, André Marcon, Louis-Do de Lencquesaing, Jean-François Stévenin, Alexis Barbosa, Arnaud de Montlivaut, Marie Cornillon...

Productora: Curiosa Films, Gaumont, Umedia, France 3 Cinéma, Ciné+, Canal+, uFund

Género: Drama Histórico. Adaptación Literatura clásica. Siglo XIX

MUNICH EN VISPERAS DE UNA GUERRA

Aunque produzca cierta desazón ver esta película a la luz de los acontecimientos actuales, “Munich en vísperas de una guerra” («The edge of war») debería ser de obligado visionado para todas aquellas personas que se sientan concernidas por la forma en la que se dirimen los conflictos en clave de política y geoestrategia internacional.

Y ello porque la Historia es un reservorio de sabiduría que merece ser consultado periódicamente -máxime ahora, cuando vuelven a sonar tambores de guerra en la vieja Europa- pues de ella no solo pueden deducirse muchas de las dificultades y resistencias (la mayoría de carácter propagandista) a las que debe enfrentarse la diplomacia en sus afanes de apaciguar los ánimos belicistas de ciertos líderes narcisistas e inescrupulosos, sino también porque permite extraer una valiosa lección acerca de las ventajas que el pragmatismo, la prudencia, la templanza y el sentido de la oportunidad de insignes mandatarios (no siempre justamente juzgados por quienes la escriben) han ofrecido al mundo civilizado, desde un punto de vista estratégico, en momentos aciagos de su historia.

Un ejemplo de ello fue el llamado Acuerdo de Munich, alcanzado in extremis por el entonces primer ministro de las islas británicas, Neville Chamberlain, y su homólogo francés, Édouard Daladier, con Adolf Hitler, apenas días antes de que el Führer cumpliera su amenaza de invadir la antigua Checoslovaquia.

Aunque los límites impuestos en dicho tratado no fueran suficientes para evitar su expansionismo feroz y a la larga el líder del III Reich diera rienda suelta a su afán de conquista provocando el estallido de la Segunda Guerra Mundial al invadir Polonia, el documento firmado por los tres dignatarios en setiembre de 1938, con la presencia de Benito Mussolini como mediador, y que habilitó al ejército nazi a avanzar sobre una pequeña zona de Checoslovaquia, como mal menor, conocida como cordillera de los Sudetes y en la que la mayoría de su población era de habla alemana, permitió a las fuerzas aliadas ganar algo de tiempo para prepararse para la contienda, logrando -si no evitar- al menos postergar el conflicto armado que estallaría finalmente un año más tarde.

Esa es la historia que se cuenta en esta entretenida película, cuyo guion está basado en el superventas homónimo escrito por el reconocido novelista Robert Harris, quien se ha hecho célebre por escribir novelas de ficción a partir de hechos históricos (especialmente de la Segunda Guerra Mundial) dando pie a adaptaciones cinematográficas de una gran factura, como “El Escritor” (“The Ghost Writer”, 2010) y “El Oficial y el Espía” (“J’accuse”, 2019), ambas dirigidas por Roman Polanski.

La traslación al cine de su última novela «Múnich”, publicada hace apenas cinco años, que lleva la firma del director alemán Christian Schwochow, no solo busca llevar a la pantalla el clima de máxima tensión que se vivió en la ciudad alemana, durante aquellos días en los que el representante del Gobierno de Su Majestad se esforzaba por alcanzar a contrarreloj un pacto con Hitler que consiguiera evitar la guerra y apaciguar el descontento de los alemanes, provocado por la crisis económica que siguió al Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial (algo que consigue mediante una historia ficcionada de diplomáticos espías que discurre en paralelo a los hechos por todos conocidos), sino que propone un punto de vista novedoso y ciertamente interesante sobre la figura del tristemente célebre Chamberlain, en una suerte de revisionismo histórico ligeramente apologético.

Con esa intención, el guion de Ben Power husmea entre las bambalinas de la Historia dejando al descubierto los tejemanejes de las altas esferas, mostrando los entresijos y hasta las tripas de los esfuerzos diplomáticos por evitar el conflicto armado, cuando el primer ministro de las islas británicas, dubitativo, pero bien intencionado, se las tiene que ver con un Hitler determinado, que aguarda el momento de hacer estallar la tormenta.

Introduciendo a dos personajes que nunca existieron en realidad: un diplomático inglés, Hugh Legat (George MacKay), y uno alemán, Paul von Hartmann (Jannis Niewöhner), quienes se reencuentran seis años después de estudiar juntos en Oxford y se alían para tratar de impedir que el primer ministro británico suscriba el polémico Acuerdo de Múnich, presentándole pruebas de cuáles eran los auténticos y malvados planes de expansión y exterminio de Hitler, Schwochow consigue esbozar un retrato de Chamberlain mucho más benévolo, favorecedor y menos crítico que el que suele aparecer en los libros de historia. Algo a lo que contribuye el gran trabajo de Jeremy Irons, quien lo encarna con tanta humanidad, inteligencia y corrección políticas que llega a redimir al personaje haciéndonos comprender la naturaleza de sus decisiones. En cambio, el Hitler al que da vida Ulrich Matthes no termina de resultar creíble. Su caracterización deja mucho que desear y a su interpretación le faltan fuerza y carisma.

Ambos mandatarios son el eje sobre el que se desarrolla la acción de esta cinta que, sin excesivas pretensiones creativas, pero con una sólida estructura narrativa, se sumerge en el gran acontecimiento que supuso la Conferencia de Múnich de 1938, y lo hace desde el punto de vista de los personajes secundarios, demostrando que al director le interesa tanto la historia con mayúsculas, como la de los ciudadanos de a pie que, con frecuencia, se ven arrollados por el curso de los acontecimientos.

En este caso, Hugh Legat y Paul von Hartmann, un inglés y un alemán, antiguos compañeros y amigos de universidad, cuyos destinos colisionan con la ascensión del nazismo, tendrán que decidir hasta qué punto se van a implicar para intentar torcer el rumbo de la historia o se dejarán llevar por los vientos de guerra.

La cinta funciona en este sentido como fiel retrato de una época, con un impecable diseño de producción, pero también logra mantener la intriga, cosa que tiene su mérito cuando todos sabemos cómo acabó aquello, poniendo en valor conceptos tan elevados como la amistad, el pacifismo y la responsabilidad personal, aun cuando seamos conscientes de que hay cosas que escapan a nuestro control (por mucho que inundemos las redes sociales con mensajes de #NoALaGuerra).

MacKay (conocido por su trabajo en la oscarizada «1917», de Sam Mendes) y Niewöhner se ajustan bien a sus papeles de jóvenes inconformistas en tiempos convulsos logrando que empaticemos con sus ideales, sus temores y hasta con sus errores. Especialmente en el caso del atormentado diplomático alemán, nunca lo suficientemente arrepentido de haberse dejado seducir por los cantos de sirena del nacionalsocialismo. Suya es una de las mejores, más crudas y revolucionarias frases de la película: “la esperanza es aguardar a que otro dé el paso, viviríamos muchísimo mejor sin ella”.

Munich – The Edge of War. (L to R) Jeremy Irons as Neville Chamberlain, George MacKay as Hugh Legat, in Munich – The Edge of War. Cr. Courtesy of Netflix © 2021
Título original: Munich: The Edge of War

Año: 2021

Duración: 123 min.

País: Reino Unido

Dirección: Christian Schwochow

Guion: Robert Harris, Ben Power

Música: Isobel Waller-Bridge

Fotografía: Frank Lamm

Reparto: George MacKay, Jannis Niewöhner, Jeremy Irons, Alex Jennings, Martin Wuttke, Ulrich Matthes, August Diehl, Robert Bathurst, Marc Limpach, Martin Kiefer, Sandra Hüller, Liv Lisa Fries, Pierre Bergman...

Productora: Turbine Studios, Netflix. 

Distribuidora: Netflix

Género: Thriller. Drama . Años 30. Espionaje . Nazismo . II Guerra Mundial

EL ÚLTIMO DUELO

Ha dicho el gran Carlos Boyero que, al salir de ver “El último duelo”, no podía despojarse de la sensación de estar cubierto de barro, de nieve y de sangre, tres elementos que abundan en la correctísima recreación cinematográfica que el maestro Ridley Scott ha hecho de este drama situado en la baja y oscura Edad Media, donde lo más tenebroso y mugriento no es, sin embargo, una cuestión ambiental sino moral, tan enraizada en nuestra cultura que lo que escuece realmente es comprobar que llevamos varios siglos revolcándonos en el mismo lodo.

Adaptación del libro homónimo de Eric Jager, producida y guionizada por dos de sus actores principales, Matt Damon y Ben Affleck, quienes ya habían colaborado en la elaboración del excelente guión de “El indomable Will Hunting” y a los que une una vieja y declarada amistad, la película dice estar basada en un suceso real acaecido hacia finales de 1386, aunque el punto de vista que sus creadores han querido darle reviste una innegable actualidad.

Simplificando mucho, podría decirse que va de una violación y una víctima a la que casi nadie cree y la mayoría cuestiona: la delicada Marguerite de Carrouges (Jodie Comer, resplandeciente como una Madonna de Boticelli) quien, tras ser violada por Jacques Le Gris, compañero de armas de su marido Jean, decidió denunciar el hecho, teniendo que enfrentarse al implacable (pre)juicio de un tribunal de hombres para demostrar la veracidad de su acusación.

En esencia, la historia trata pues de la verdad, que solo puede ser una, pese a los diversos relatos o las múltiples formas que existan de contarla. En este caso, al menos tres: la versión de Jean de Carrouges (Damon), escudero orgulloso y algo temerario, cuyas hazañas en batalla y su inquebrantable lealtad al rey Carlos VI de Francia le otorgan fama de buen soldado y un flamante título de caballero pese al desprecio que siente hacia él su señor feudal, Pierre d’Alencon (Affleck, de rubio platino); la de Jacques Le Gris (Adam Driver), también escudero y un gran arribista, mujeriego, de vida disoluta, protegido de d’Alencon, buen amigo de Carrouges en la guerra y feroz adversario en sus disputas por los bienes del condado; y, por último, la verdad de Marguerite de Thibouville (Comer), hija de casa noble venida a menos, convertida en la segunda esposa de Carrouges, quien se niega a guardar en secreto el atentado a su honra. Aunque su propio marido no lo ve como tal, sino como el enésimo ultraje a su honor por parte del hombre con el que siempre ha rivalizado.

“La violación nunca es un ataque a la mujer sino un delito contra la propiedad”, afirma durante el juicio el clérigo defensor del imputado Le Gris, como síntesis del sustrato moral del mundo medieval. Un mundo grisáceo en el que los hombres hegemonizan cada espacio de la vida pública y privada.

Y es que, más allá de la espectacularidad de las armaduras o de la ingente cantidad de sangre derramada en el fragor de la batalla o durante el propio duelo a caballo, con lanza, sable, hacha y cuchillo, entre otras armas cortantes, que llega incluso a salpicar a la cámara, lo que define y hace más interesante a “El último duelo” es la deconstrucción de los verdaderos intereses que hay detrás de la retórica del honor masculino mancillado y la constante exploración de las relaciones de poder en la Francia feudal del siglo XIV. No solo alude a las disputas territoriales, la administración de justicia o la adquisición de títulos y honores nobiliarios, sino también a la concepción de alianzas matrimoniales en clave de expansión de tierras y haciendas.

En ese contexto, más que una mujer o un ser humano, Marguerite es un activo económico, una fuente de belleza, de dote económica y de perpetuidad del linaje. Tanto ella como la yegua comprada por su marido, amo y señor, pertenecen al mismo espectro de “cosas”, objetos y accesorios del dueño de la casa. Es así como su deshonra acaba siendo una afrenta a la vanidad de Carrouges, aun habiendo sido ella la única víctima directa de la brutalidad del primario Le Gris, convencido a su vez de que esta quería entregársele y de que su resistencia solo era parte del juego de la seducción. Su atracción hacia él era evidente ¿Acaso no había reconocido ante sus amigas que era un hombre apuesto? Como le dice a la pobre Marguerite nada más abusar de ella con primitiva naturalidad: “ambos sabemos que no hemos podido evitarlo”.

Scott marca aquí una clara diferencia respecto al “Rashomon” (1950) de Akira Kurosawa (su referente directo narrativo) donde se mostraba una misma historia desde distintos puntos de vista, pero se dejaba a criterio del espectador cuál de todos ellos se ajustaba más a la realidad de los hechos. El realizador británico, en cambio, dictamina de antemano cuál es la auténtica verdad de lo ocurrido, que no es otra que la que cuenta Marguerite. Y así nos lo hace saber en los créditos de presentación. Sin embargo, la sociedad cuestiona su relato (especialmente las mujeres de su entorno). ¿Qué hiciste para provocarlo? ¿Le diste señales que él pudiera malinterpretar? Y aunque hubiese ocurrido, ¿qué necesidad había de hacerlo público y avergonzar a tu marido?

La declaración de la suegra es bastante elocuente: “¿Te crees que eres la única? Yo también fui violada, pero me callé y al día siguiente la vida continuó”. Pero la joven Marguerite no está dispuesta a guardar silencio, pues el precio de su dignidad le parece demasiado alto, aunque después al ser madre vacile y se arrepienta de su osadía en orden a sus nuevas prioridades, sabiendo que en ello le puede ir la posibilidad de ver crecer a su hijo, ya que el tribunal presidido por el Rey finalmente dictamina que el asunto habrá de dirimirse en un duelo a muerte entre el marido ultrajado y el escudero violador. Una gran orgía testosterónica a mayor gloria de Dios que es quien tendrá la última palabra sentenciando a muerte al mentiroso, en la que está en juego la vida de Marguerite pues, de ser su marido el caído en combate, deberá ser quemada viva.

Esa centralidad de Dios y de la divinidad del rey expone en este duelo final no solo la disputa entre dos egos masculinos que buscan su gracia, sino la constatación de cómo se le otorga al poder de la fuerza el valor de la verdad. Marguerite no es más que la moneda de cambio en la que se mide la valía de ambos caballeros. Ni Carrouges ni Le Gris están dispuestos a dar su brazo a torcer, aunque ella se encuentre en peligro de muerte, porque en su concepción medieval del mundo el honor de un hombre vale mucho más que la vida de cualquier mujer.

Imparable pese a su avanzada edad (84 años), Ridley Scott no ha ocultado nunca su debilidad por las protagonistas femeninas en los muchos y variados géneros cinematográficos en los que ha incursionado a lo largo de sus 40 años de labor creativa. La aguerrida comandante Ripley de «Alien, el octavo pasajero» (1979), la poderosa replicante Rachael de «Blade Runner» (1982), las desdichadas y acorraladas «Thelma y Louise» (1992) o la Elizabeth Shaw de «Prometheus» (2012) plantearon y se enfrentaron a problemas de género mucho antes de que Hollywood hubiese oído hablar de #MeToo. “Si hubieses sido hombre, qué gran emperador hubieses sido”, le dice ya Marco Aurelio a su hija Lucila en “Gladiator” (2000).

Así que no es de extrañar que, siguiendo esa tradición, el realizador británico empiece y termine su película con la imagen de Jodie Comer, cuya exquisita mezcla de fortaleza y fragilidad adquiere una dimensión descomunal en la escena del juicio, una partida de ajedrez entre caballeros en la que la dama es vapuleada y su virtud y su palabra puestas cruelmente en entredicho. Y ya hacia el final, cuando, mientras su marido es aclamado como un héroe, ella le sigue tres pasos más atrás, entre luces y sombras, invisible, casi espectral, en una escena cuya expresión de total abatimiento y resignación la sitúa en la lista de actrices merecedoras a un Oscar.

A la espera del estreno de “La casa Gucci”, película con la que dicen que Scott aspiraría a su consagración definitiva, por si su leyenda no fuera ya suficientemente grande, “El último duelo” se perfila como una de las mejores películas de este año. Si aún no la has visto, no te la puedes perder.

Título original: The Last Duel

Año: 2021

Duración: 152 min.

País: Estados Unidos 

Dirección: Ridley Scott

Guión: Ben Affleck, Matt Damon, Nicole Holofcener. Libro: Eric Jager

Música: Harry Gregson-Williams

Fotografía: Dariusz Wolski

Reparto: Matt Damon, Adam Driver, Jodie Comer, Ben Affleck, Harriet Walter, Nathaniel Parker, Marton Csokas, Sam Hazeldine, Michael McElhatton, Zeljko Ivanek, Alex Lawther, Clive Russell, William Houston.

Productora: Coproducción Estados Unidos-Reino Unido; 20th Century Studios, Scott Free Productions, Pearl Street Films, TSG Entertainment. Distribuidora: Walt Disney Pictures

Género: Drama histórico. Acción | Siglo XIV. Edad Media. 

LA FORTUNA

La madurez creativa del joven director prodigio de Tesis, Alejandro Amenábar, que despuntaba ya en «Ágora» y que eclosionó definitivamente en «Mientras dure la guerra«, vuelve a mostrarse en todo su esplendor en la nueva miniserie estrenada en Movistar+, donde el cineasta madrileño radicado en Hollywood, bucea de nuevo en las páginas de la Historia que tanto le han servido de inspiración, para contarnos esta vez “una de piratas”, en la que no faltan los doblones de oro y los galeones hundidos por cañones enemigos.

Aunque creamos que todo ello es cosa del pasado, la historia que Amenábar quiere contarnos es la de unos piratas modernos, apoyados por la CIA y los departamentos de Estado, con sociedades que cotizan en Bolsa y dotados de la más avanzada tecnología que les permite rastrear el fondo marino en busca de tesoros olvidados que robar, sin respetar su origen ni su legítima propiedad. Y, para ello, se mete él mismo en la piel de Álex Ventura, un joven e inexperto diplomático, amante de los documentales de Jacques Cousteau, de las arias de ópera y de los comics de TinTin (con quien tiene un evidente parecido físico), que encuentra su primer trabajo como funcionario en el anquilosado Ministerio de Cultura y se ve convertido, sin proponérselo, en el líder de una misión a lo Indiana Jones que le empujará a recuperar el tesoro submarino robado por Frank Wild (Stanley Tucci), un pirata aventurero que recorre el mundo a bordo de su nave (el Pioneer) saqueando las profundidades del mar.

Basada en el cómic de Paco Roca y Guillermo Corral, ‘El tesoro del Cisne Negro‘, la serie de Amenábar recrea el litigio legal que durante cinco años enfrentaron EE.UU. y España disputándose la propiedad del mayor tesoro submarino de la historia que una compañía norteamericana, con sede en Florida, la Odissey Marine Exploration (en la serie, la Atlantis de Georgia) extrajo, en 2007, del golfo de Cádiz, procedente de los restos de la fragata “Nuestra Señora de las Mercedes”, hundida en 1804 y rebautizada en la ficción como “La Fortuna”, uno de los tres galeones que Manuel de Godoy (protegido de Carlos IV) fletó para traer a casa todo el oro de las Indias, dos millones de monedas de oro y plata con los que el reino de España pretendía sufragar la inminente guerra con los ingleses, antes de que estos interceptaran, atacaran y hundieran las embarcaciones.

Junto a Lucía Vallarta (Ana Polvorosa), una funcionaria de armas tomar, experta en protección de Patrimonio Nacional, y Jonas Pierce (Clarke Peters), un brillante abogado norteamericano apasionado por las viejas historias de piratas y obsesionado con dar caza a Wild obligándole a entregar a los museos los tesoros robados, Álex emprenderá la aventura de su vida, a lo largo de seis capítulos trepidantes, repletos de suspense, humor, corrupción política y choque de culturas, descubriendo la importancia del amor, la amistad y el compromiso con aquello en lo que uno cree.

Rodada en cinco meses en Cádiz, Ferrol, Zaragoza, Gipuzkoa y EE. UU., contando con un gran despliegue de medios terrestres, aéreos y navales (llegando a rodar a bordo de un helicóptero y una fragata del Ejército y hasta en la sala de recepciones oficiales del Palacio de la Moncloa), todo en esta serie a la que podríamos calificar de thriller histórico y cuya manufactura y producción no pueden ser más espectaculares y ambiciosas resulta original y entretenido. Prueba de ello es la batalla naval con la que arranca el segundo episodio, rodada en el puerto de Pasajes, en la que se narra el hundimiento de “La Fortuna”, con la familia del capitán Diego de Alba (Nico Romero), encargado de la expedición, a bordo. Así como su reparto internacional de lujo, en el que se mezclan actores anglosajones de gran solvencia y talento, como los ya citados Clarke Peters y Stanley Tucci o la imponente T´Nia Miller («Years and Years«)., con actores y actrices españoles no menos talentosos, como Karra Elejalde (enorme, como es habitual, en su papel de un aguerrido Ministro de Cultura, cinéfilo y cascarrabias, que no tiene nada que perder porque en el fondo siente que estaría mejor escribiendo que perdiendo el tiempo en un “ministerio florero”), Manolo Solo (soberbio en su papel de friki ex-legionario), Blanca Portillo (agente infiltrada por las cloacas del poder), Ana Polvorosa (funcionaria “perroflauta”) o el debutante Álvaro Mel (uno de los instagramer más famosos del momento y cuyo personaje en la serie curiosamente se llama Alex, igual que el director) quien pese a lo que se ha dicho acerca de su edad e inexperiencia, se adapta perfectamente a las necesidades de su personaje, dotándolo de una pátina de ingenuidad y honestidad imprescindible para la historia que Amenábar quiere contar que no es otra que la historia de esos funcionarios anónimos, altamente concienciados con la nobleza de su misión, que se comen todos “los marrones” y permiten a los políticos colgarse las medallas.

Sobre la base de ensalzar la heroicidad, lealtad y entrega de esos trabajadores públicos y concienciar acerca de la importancia de conservar y proteger el patrimonio histórico, Amenábar va introduciendo temas de calado en el guión, como el peso de la burocracia, el escaso valor que los gobiernos conceden a la Cultura (“el petróleo español”), la superioridad con la que los empresarios y diplomáticos norteamericanos se comportan frente al Estado español manejado por políticos ignorantes, indolentes e ineptos, incapaces de organizarse de manera eficaz para proteger lo que es de todos, los prejuicios partidistas e ideológicos que contaminan y dificultan la acción conjunta, la tensión y corrupción de la diplomacia internacional, y tantos y tantos otros asuntos que va dejando caer a lo largo de una historia narrada a la manera de Spielberg, a la que no le falta acción, pero tampoco reflexión, gracias a unos diálogos magníficamente trabajados, en colaboración con Alejandro Hernández (‘El día de mañana’), entre los que destaca de forma premonitoria la rotunda frase que el Ministro pronuncia en rueda de prensa, a modo de desafío inicial: «en esta película, los piratas no van a ganar”.

Título original: La Fortuna

Año: 2021

Duración: 50 min. seis episodios

País: España

Dirección: Alejandro Amenábar

Guión: Alejandro Amenábar, Alejandro Hernández. Basado en el cómic de Paco Roca, Guillermo Corral

Música: Roque Baños

Fotografía: Alex Catalán

Reparto: Álvaro Mel, Ana Polvorosa, Stanley Tucci, Clarke Peters, T'Nia Miller, Karra Elejalde, Manolo Solo, Blanca Portillo, Pedro Casablanc, Alfonso Lara, Mari Carmen Sánchez, Juan Carlos Vellido, Duncan Pow...

Productora: Mod Producciones, Movistar+, AMC Studios. Distribuidora: Movistar+

Género: Serie de TV. Aventuras. Thriller Histórico. 

LA PRINCESA ESPAÑOLA

No le ha gustado mucho a cierta prensa española el retrato que la serie británica, «The Spanish Princess«, que se emite en HBO, hace de Catalina de Aragón, la hija menor de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, Infanta de España y Reina de Inglaterra gracias a su unión matrimonial con Enrique VIII, llevada a cabo mediante dispensa papal, en segundas nupcias, al enviudar esta de su hermano Arturo, Príncipe de Gales y primer heredero al trono, fallecido a los cinco meses de casarse con Catalina, con quien había estado prometida desde los tres años, como parte de la estrategia de alianzas de sus progenitores para aislar a Francia.

De ella han criticado, sobre todo, supuestas imprecisiones históricas y el “sacrificio de ciertos personajes y hechos en aras de la licencia narrativa, más propia de un culebrón o drama romántico”. Pero, de haberlas, son en mi opinión “peccata minuta” respecto al retrato global que en la serie se hace de la propia (sin)razón de ser que ha inspirado y sostenido a la institución monárquica a lo largo de la Historia (sucesión dinástica y derecho divino) y de las miserias e intrigas de la Corte, a través del relato de una vida que realmente fue de telenovela.

Sospecho que el descontento procede más bien del hecho de que «La princesa española» desacraliza la regia figura de Catalina presentándola en toda su contradictoria y poliédrica humanidad y, sobre todo, desafía la leyenda hagiográfica de sus padres, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, a quienes retrata como dos verdaderos canallas, capaces de cualquier atrocidad (como poner en marcha la Inquisición con la expulsión de los judíos y herejes de España, para satisfacer el fanatismo de la muy católica reina Isabel) o traicionar a su propia estirpe (como hizo el rey Fernando encerrando a su primogénita y heredera al trono, Juana “la Loca”, en Tordesillas) para satisfacer su propia ambición de poder.

Digna hija de su madre, Catalina se nos presenta desde el primer capítulo de la serie, como una mujer testaruda, convencida de tener un destino trazado por voluntad de Dios y determinada a hacer lo que fuera preciso porque ese destino se cumpla, incluso mentir acerca de su virginidad al enviudar, asegurando que el matrimonio con Arturo no llegó a consumarse para poder casarse en segundas nupcias con quien realmente fuera el amor de su vida, Enrique VIII, y así ser reina Inglaterra, algo a lo que siempre creyó estar predestinada.

Lo cierto es que Catalina no solo llegó a ser reina, sino también una de las soberanas más queridas por el pueblo inglés. El mismísimo William Shakespeare habló de ella como “la Reina de todas las reinas y modelo de majestad femenina”. Y ello, a pesar de haber sido una mujer atormentada por la culpa y por el hecho de no haber podido darle un hijo varón al rey, quien la repudió y humilló públicamente por ello, expulsándola de la Corte para casarse con Ana Bolena (otra gran maltratada de la Historia).

Es verdad que “The Spanish Princess” la presenta como una esposa amantísima, incapaz de traicionar a su marido, a quien consiente toda clase de infidelidades y ultrajes, debido a su férreo sentido de la lealtad a la Corona y el deber conyugal, pero sería injusto decir que se queda en ello, pues el retrato que se hace de Catalina es el de un personaje mucho más sólido y complejo que, ya en 1507, actuó como embajadora de la Corte Española en Inglaterra, convirtiéndose así en la primera mujer embajadora de la historia europea.

Católica hasta el fanatismo, como su propia madre, pero con un corazón menos severo, dispuesta a cuidar y proteger a quienes le eran fieles y a mostrar piedad con quienes no lo eran, durante los años en los que reinó junto a Enrique VIII (en su propia ensoñación de Camelot) Catalina se convirtió en una inesperada e influyente figura política, llegando incluso a ser reina regente durante varios viajes del rey a Francia, y teniendo que lidiar con la incursión escocesa en Inglaterra que desembocó en la batalla de Flodden Field. Para la mitología queda la historia de que viajó embarazada y equipada con armadura a arengar a las tropas antes de la célebre contienda, que en la serie se exagera bastante ubicándola en el propio campo de batalla.

“The Spanish Princess” (tercera entrega de una trilogía basada en los libros de Philippa Gregory, cuyas protagonistas son mujeres jóvenes que suben al trono, en un clima complicado, tanto en la corte como en el país) habla de esa mujer fuerte a pesar de su juventud (murió a los 49 años), excepcionalmente preparada para su época, ducha en las artes de la política y el dominio de varias lenguas que pasó un infierno personal y moral al intentar infructuosamente satisfacer las exigencias de la Iglesia y la Corona y darle un heredero al rey, como era su deseo.

Tras la muerte súbita de su primer hijo y los muchos abortos que le sucedieron y que Enrique VIII atribuyó a una maldición divina por haberse casado con la mujer de su hermano, Catalina engendró una hija, María I de Inglaterra a quien al principio rechazó por no ser el esperado varón y, ya fuera de la Corte, educó para ser la primera mujer que reinase por derecho propio en Inglaterra.

Así era Catalina. Mecenas del humanismo renacentista y amiga de los grandes eruditos como Erasmo de Róterdam y Tomás Moro, el controvertido libro “De institutione feminae christianae” de Juan Luis Vives, que afirmaba que las mujeres tienen derecho a una educación, fue encargado y dedicado a ella. Tal fue la impresión que causó que, incluso su enemigo Thomas Cromwell, dijo de ella que «si no fuera por su sexo, podría haber desafiado a todos los héroes de la historia«.

No sé si será su mejor biopic, pero me quedo con el desagravio que la serie hace de su figura y su contribución histórica, poniendo en valor la determinación, la fuerza y la inteligencia femeninas en un contexto y una época donde ser mujer era mucho más difícil que ahora.

Título original: The Spanish Princess

Año: 2019

Duración: 55 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Emma Frost (Creador), Matthew Graham (Creador), Birgitte Stærmose, Stephen Woolfenden, Lisa Clarke, Daina Reid

Guion: Philippa Gregory, Emma Frost, Matthew Graham, Helen Childress, Nicki Renna, Andrea Thornton

Música: Chris Egan, Samuel Sim

Fotografía: Maja Zamojda, Stefan Ciupek

Reparto:Charlotte Hope, Richard Pepper, Aaron Cobham, Elliot Cowan, Stuart McNeil, Alicia Borrachero, Ruairi O'Connor, Jordan Renzo, Oliver Rix, Nick Barber, Nadia Parkes, Alan Mckenna, Harriet Walter, Morgan Jones, David Kirkbride, Bradley Birkholz, Fra Fee, Laura Carmichael, Philip Cumbus, Georgie Henley, Angus Imrie, Alexandra Moen, Luka Peros, Rachael Evelyn, Rosalind Whelan, Mark Schneider, Philip Andrew, Tom Bennett, Daniel Cerqueira, Alba Galocha

Compañías: All3 Media, New Pictures, Playground Entertainment, Netflix

Género: Serie de TV. Drama Histórico

THE CROWN. CUARTA TEMPORADA

Recién he terminado de ver la cuarta temporada de «The Crown», ese gran portento narrativo con el que Netflix está consiguiendo que, incluso quienes nos declaramos radicalmente republicanos, empaticemos con la familia real británica, cual si de personajes de un cuento de Dickens se tratara, presentándola como un desdichado conjunto de seres humanos, que nacen, viven y mueren como auténticos rehenes de la institución monárquica, condenados a honrarla, representarla y perpetuarla incluso por encima de sí mismos y de su propia felicidad personal.

Hace poco leí un artículo en el que se nos advertía de que no nos dejásemos engañar por los guionistas de la serie pues, aún haciendo un repaso histórico de primer nivel, extraordinariamente bien documentado, los hechos que se exponen en ella están obviamente novelados, en beneficio de que cuente con todos los ingredientes que se supone debe tener un buen drama de ficción, que es lo que al final es «The Crown», en un sentido magistral, y no una lección de Historia en sentido literal, como si la Historia que se consagra en los libros y se cuenta en las escuelas estuviese libre de interesadas interpretaciones.

En todo caso, conviene tener en cuenta la advertencia pues, si bien es verdad que la serie traza un perfil psicológico algo retorcido de los miembros de la Casa de Windsor, describiéndolos como personas atormentadas, intelectualmente limitadas y emocionalmente castradas desde la cuna, egoístas, ególatras, adorados por su pueblo y, sin embargo, tan faltos de amor, fervientes devotos de su deber para con la Corona y el mantenimiento de la tradición de la que emanan sus privilegios (aunque en ocasiones se rebelen, como el príncipe Carlos, la princesa Ana o la princesa Margarita, movidos por los impulsos del corazón); no es menos cierto que al presentarlos así, exhibiendo todas esas bajas pasiones e indeseables impulsos y atributos, curiosamente consigue dulcificarlos bajo la apariencia de ser hombres y mujeres de carne y hueso, esencialmente humanos y, como tal perfectibles, capaces de lo mejor y lo peor, con grandes defectos y no menos grandes virtudes, singularmente en el caso de la reina Isabel, siempre emocionalmente contenida, pero no totalmente insensible o incapaz de amar, implacablemente dispuesta a sacrificar la felicidad de sus seres más próximos, incluso la de sus propios hijos, por el gran sentido del deber que rige su vida, como desde bien niña le enseñaron a hacer.

Lo verdaderamente curioso de «The Crown» es que, aún haciendo un retrato nada complaciente de la monarca, acabe imponiéndose el «God save the Queen» y el personaje de la reina resulte tan absurdamente anacrónico, como simpático o entrañable.

En esta cuarta temporada, su figura se mide con la de la Primera Ministra Margaret Thatcher (la primera mujer en acceder a ese cargo en el Reino Unido) y, como era de esperar tratándose de dos mujeres con tanto poder como ego, asistimos a una auténtica «pelea de gatas» de la que Lilibeth sale victoriosa. «En el ring, la reina ha fundido a la dama de hierro», se llega a decir en uno de los capítulos, otorgándole cierta heroicidad y evidente superioridad a la soberana británica frente a una Margaret Thatcher a quien se describe, en su ascenso y caída, como una mujer poliédrica y errática, sagaz e intransigente como Primera Ministra, trabajadora infatigable, madre complaciente y consentidora (sobre todo del hijo varón, de quien habla abiertamente como “su favorito”) que acaba saliendo de Downing Street con el rabo entre las piernas tras haber cosechado una legión de enemigos en sus propias filas y una medalla al mérito en el pecho, en un último acto de condescendiente generosidad de Su Graciosa Majestad.

Comparto, en ese sentido, el análisis de Carlos Boyero de que la serie le hace un gran favor a la Corona británica, cuya imagen es evidente que sale favorecida y fortalecida de la misma. Sin embargo, no creo que sea algo premeditado ni que responda a una estrategia de marketing preconcebida desde el Palacio de Buckingham, sino simplemente el resultado de lo que el gran público ha decidido que sea digno de admiración hoy. Como el contenido y nivel de seguimiento de las redes sociales se encarga de demostrar, la imperfección humana, el presentarnos ante la audiencia en toda nuestra vulnerable esencia, adornados tanto con nuestras reales o impostadas virtudes, como con nuestros más inconfesables defectos, ridículos, absurdos, debilidades y contradicciones, es un «must» en los tiempos que corren y «The Crown» hace justamente eso con la familia real británica. Exhibirlos en toda su adorable, descarnada, temible, monstruosa y poco ejemplar humanidad.

FICHA TÉCNICA:
 
Título original: The Crown (TV Series)

Año: 2016

Duración: 6 Temporadas. Episodios 60 min.

País: Reino Unido

Dirección: Peter Morgan (Creador), Stephen Daldry, Philip Martin, Julian Jarrold, Benjamin Caron

Guión: Peter Morgan, Tom Edge, James Graham

Música: Rupert Gregson-Williams

Fotografía: Adriano Goldman, Ole Bratt Birkeland

Reparto:
Claire Foy, Matt Smith, John Lithgow, Olivia Colman, Vanessa Kirby, Tobias Menzies, Josh O'Connor, Emma Corrin, Helena Bonham Carter, Gillian Anderson, Imelda Staunton, Elizabeth Debicki, Dominic West, Jonathan Pryce, Lesley Manville, Victoria Hamilton, Ben Miles, Jared Harris, Jeremy Northam, Alex Jennings, Eileen Atkins, Charles Dance, Pip Torrens, Marion Bailey, Harriet Walter, Lia Williams, Greg Wise, Harry Hadden-Paton, Andy Sanderson, Michael Culkin, Nicholas Rowe, Simon Chandler, Stephen Dillane, Clive Francis, Patrick Ryecart, Paul Sheridan, David Shields, Kate Phillips, Derek Jacobi, Geraldine Chaplin, Matthew Goode, Daniel Ings, Beau Gadsdon, Michael C. Hall, Jodi Balfour, Ben Daniels, David Rintoul, Jason Watkins, Tom Burke

Productora:
Netflix, Left Bank Pictures, Sony Pictures Television International

Género: Serie de TV. Drama | Histórico. Biográfico. Política