ANNIVERSARY

Lo más elogioso que se puede decir de Anniversary es que se trata de una obra superficial. Los aspectos generales de su historia —e incluso algunos de los más sutiles— recuerdan al mundo distópico de “El cuento de la criada”, donde un régimen autoritario llega al poder en Estados Unidos gracias a un libro controvertido, una especie de nuevo tratado social que imponía por la fuerza una visión ideológica ultraconservadora y ultracatólica. La diferencia está en que, en Anniversary, nunca se explicita qué defiende exactamente el libro que propicia “El cambio” (The Change) político.

Escrita por Jan Komasa y Lori Rosene-Gambino, la película comienza con la celebración del 25 aniversario de bodas de Paul (Kyle Chandler), un conocido restaurador, y su esposa Ellen (Diane Lane), profesora en la Universidad de Georgetown. Durante la fiesta, su hijo, Josh (Dylan O’Brien), les presenta a su nueva pareja, Liz (Phoebe Dynevor), que resulta ser una antigua alumna de Ellen, expedientada y expulsada tras presentar una tesis que su tutora entendió que iba en contra de la democracia. Liz no parece haber perdonado a Ellen que la haya denunciado ante las autoridades académicas por aquello y habla con entusiasmo sobre el nuevo libro que está escribiendo. A partir de ahí, la película avanza un año en el tiempo para mostrarnos cómo este arrasa en las listas de ventas, convirtiéndose en un fenómeno editorial a partir del cual se organiza un movimiento social auspiciado por una gran corporación tecnológica que no terminamos de saber exactamente a qué se dedica, cuyo mensaje transforma radicalmente la vida y la relación de poder en los Estados Unidos.

En resumen, Anniversary narra el descenso de esa nación al fascismo, a través de la creciente polarización y las disputas que surgen en el seno de una familia de clase media acomodada, cuyos cinco hijos (tres chicas y un varón) han sido educados dentro de la misma ideología demócrata y progresista. Liz y Josh rompen la armonía familiar y una vez instaurado el nuevo régimen se alzan como los nuevos jefes del clan mediante la coacción, el chantaje y la delación de sus propios familiares, mientras Ellen y su hija, Anna (Madeline Brewer), una comediante mordaz y políticamente comprometida, se convierten en los rostros de la resistencia.

La película quiere ser una advertencia sobre la fragilidad de la democracia y el riesgo de caer en el autoritarismo, pero termina siendo víctima de su propia indefinición política pues, cuanto más avanza la historia, más evidente resulta que sus autores necesitan que aceptemos una transformación social y política radical que nunca se molestan realmente en explicar. Y esa carencia no es un detalle menor.

Una distopía política funciona cuando el mundo que presenta resulta reconocible, aunque sea una versión deformada del nuestro. No necesitamos que The Handmaid’s Tale o 1984 expliquen cada detalle de sus sociedades, pero sí comprender las ideas que las sostienen. El espectador debe poder identificar las tensiones del presente que han sido llevadas hasta sus últimas consecuencias. En Anniversary, en cambio, el régimen parece existir porque el guion necesita que exista.

¿Qué dice exactamente The Change? ¿Qué propone? ¿Qué resentimientos consigue canalizar? ¿Por qué millones de personas se sienten atraídas por sus ideas? ¿Qué problemas de la sociedad estadounidense consigue convertir en una causa política? La película apenas responde a ninguna de estas preguntas.

Sabemos que Liz ha escrito un libro que propone una nación supuestamente desideologizada, en la que el tradicional eje entre izquierda y derecha sea sustituido por una nueva concepción política de partido único. Sabemos que denuncia la traición de la política tradicional a sus propios ideales, habla de la desafección política y reivindica la necesidad de recuperar determinadas señas de identidad nacionales. También sabemos que el movimiento nacido alrededor de esas ideas termina convirtiéndose en un régimen autoritario. Pero entre una cosa y la otra existe un enorme agujero narrativo. Y ese agujero resulta especialmente problemático porque Anniversary pretende contar precisamente cómo una sociedad normal llega a aceptar lo que inicialmente parecía inaceptable.

La película parece querer decirnos que la democracia puede desaparecer casi sin que nos demos cuenta. Pero para que resulte convincente necesitamos observar el proceso: los pequeños compromisos, las justificaciones, las contradicciones, los miedos y las frustraciones que permiten que una población acepte progresivamente aquello que antes habría considerado intolerable. Y, en lugar de eso, Anniversary salta prácticamente de un libro a un régimen.

Es como si estuviera más interesada en enseñarnos el resultado que en mostrarnos las causas. Un problema que se hace todavía más evidente con la ideología del movimiento en el que se combinan elementos de nacionalismo, tradicionalismo, autoritarismo y populismo con una supuesta defensa de ciertos colectivos progresistas. Sobre el papel, esa contradicción podría haber sido interesantísima. La política real está llena de movimientos híbridos, alianzas inesperadas y personas que mantienen posiciones aparentemente incompatibles. Pero la película no explora esa contradicción: simplemente la presenta.

El momento en que Gemma (Flavia Watson), la asistente lesbiana de Anna, agradece a Liz que The Change le haya cambiado la vida y mejorado su relación con sus padres podría haber sido muy provocador. Podría haber servido para mostrar cómo un movimiento autoritario consigue atraer a personas que, en principio, no encajan en la imagen convencional de su electorado. Podría haber planteado preguntas incómodas sobre identidad política, libertad individual o sobre la capacidad de los movimientos populistas para apropiarse de discursos originalmente progresistas, como está sucediendo en Alemania, donde la comunidad LGTBI se identifica cada vez más con la ultraderecha.

Pero el guion no parece interesado en ninguna de esas posibilidades.

El resultado es una especie de farsa maniquea, en la que el movimiento que está destruyendo la democracia parece diseñado para que el espectador pueda reconocer inmediatamente quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Y la ironía es que una película que pretende denunciar el pensamiento político dogmático termina construyendo una realidad política igualmente esquemática.

Habla de personas incapaces de enfrentarse a una realidad que contradice sus prejuicios, pero ella misma construye una realidad política que evita enfrentarse a sus propias contradicciones.

Josh no da miedo porque sea un villano caricaturesco. Da miedo porque podemos imaginar el mecanismo psicológico que lo lleva hasta allí. El problema es que la película consigue hacer creíble a Josh mucho mejor que consigue hacer creíble al régimen que termina defendiendo.

En Anniversary el fascismo llega demasiado pronto y se explica demasiado poco. La película parece tener miedo de hablar de política. Pero el autoritarismo no aparece solo porque alguien publique un libro persuasivo. Necesita frustraciones, intereses, instituciones debilitadas, movimientos sociales, medios de comunicación, oportunismo político, miedo, resentimiento y, sobre todo, personas dispuestas a creer que la pérdida de ciertas libertades es un precio razonable a cambio de recuperar algo que sienten que han perdido.

Eso es lo verdaderamente aterrador. No que una escritora publique un libro para decir aquello que millones de personas estaban esperando escuchar.

Anniversary tenía la oportunidad de ser esa película en la que nadie se levanta una mañana y decide convertirse en fascista, sino en la que cada personaje acepta hacer una pequeña concesión porque parece lo más sensato. Una película donde la democracia no desaparece de golpe, sino que se va vaciando. Pero prefiere el atajo. Y al hacerlo, convierte una amenaza potencialmente aterradora en una distopía demasiado abstracta para resultar realmente perturbadora.

La advertencia está ahí. La intención también. Lo que falta es aquello que podría haberla convertido en una gran película política: la convicción de que para explicar cómo una democracia muere primero hay que imaginar, con cierta honestidad, por qué tantos querrían matarla.

Título original: Anniversary

Año: 2025

Duración: 112 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Jan Komasa

Guion: Jan Komasa, Lori Rosene-Gambino

Reparto: Diane Lane, Kyle Chandler, Dylan O'Brien, Madeline Brewer, Phoebe Dynevor, Zoey Deutch, Daryl McCormack, Mckenna Grace, Chloe Harris …

Música: Danny Bensi, Saunder Jurriaans

Fotografía: Piotr Sobocinski Jr.

Compañías: Chockstone Pictures, Fifth Season, Lionsgate, Nick Wechsler Productions, Anniversary US Productions

Género: Drama distópico. Thriller. Política. Familia

MR. JONES

Agnieszka Holland es una veterana directora de cine polaca que trabaja con la historia como si fuera materia viva, aún en ebullición. Nacida en Varsovia en 1948, vivió la represión posterior a la Primavera de Praga, donde estudió cine, algo que sin duda dejó huella en su mirada sobre el poder, la obediencia y la supervivencia.

Holland pertenece a esa generación de cineastas de la Europa del Este en cuyas películas se mezcla la memoria judía, la tradición católica y el activismo político antifascista, para los que la historia no es un fondo decorativo sino una fuerza que ejerce presión sobre nuestras decisiones y obliga a sus personajes a redefinirse constantemente. Los de Holland suelen moverse en zonas morales grises. Nadie es completamente inocente ni completamente culpable.

Si Europa, Europa era la historia de un adolescente judío que sobrevive haciéndose pasar por un alemán ario y acaba dentro de las Juventudes Hitlerianas y In Darkness contaba la resistencia de los judíos escondidos en las alcantarillas de Lvov; en la película Mr. Jones (coescrita con Andrea Serdaru Barbul), Holland reconstruye la historia de Gareth Jones (James Norton), el periodista de investigación galés que destapó ante la opinión pública mundial el inmenso crimen que el régimen soviético estaba perpetrando en Ucrania, bajo el régimen de Joseph Stalin, mucho antes de que George Orwell (interpretado en la película por Joseph Mawle) se atreviera a denunciarlo en Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949).

En los años 30, Orwell seguía seducido por el comunismo ruso, como buena parte de los intelectuales de salón (escritores y periodistas) de la época. Algo que la cineasta polaca decide subrayar en esta película que no pretende conmover, sino mostrar cómo se construye una mentira colectiva y qué precio paga quien decide desmontarla.

Gareth Jones no había cumplido aún los 30 años cuando fue secuestrado por unos bandidos mongoles, siendo finalmente asesinado en 1935, de tres balazos, por orden del servicio secreto del Kremlin. ¿La razón? Haberse atrevido a contar lo que vieron sus ojos. El espanto de una cifra que oscila entre los dos y los doce millones personas a las que el gobierno bolchevique dejó morir de hambre en la fértil estepa ucraniana (tierra propicia para el cultivo de cereal, la labranza y el barbecho).

Entre 1932 y 1933, mientras el Kremlin se esmeraba en fingir un régimen de prosperidad y el aparente éxito de la revolución comunista ante las potencias occidentales y sus enemigos más próximos, el Politburó ordenó confiscar las cosechas y el grano de los ucranianos, lo que desató una profunda crisis humanitaria. Mr. Jones, que había asesorado al primer ministro británico David Lloyd George (Kenneth Cranham), fue testigo de aquella barbarie, lo que hoy se conoce como Holodomor, que significa literalmente «matar de hambre», un genocidio deliberado, sin precedentes, arrojado al «agujero de la memoria» descrito por Orwell. Y se atrevió a contarla públicamente, defendiendo que “verdad solo hay una”: la que vieron sus ojos mientras vagaba por la estepa ucraniana, convertida en un desierto helado, en busca de algo con lo que engañar al estómago (así sea una corteza de árbol), mientras la burocracia estatal robaba el alimento de sus habitantes.

Jones viaja a Moscú con visado de periodista con intención de entrevistar a Stalin, como antes había hecho con Hitler, recién instalado este en el poder. Aunque advierte al gabinete de Lloyd George del peligro que supone el personaje, no es tomado demasiado en serio, ni tampoco sobre lo raro que le parecen los números de la economía del Kremlin que exhibe Stalin, quien vende la idea de que la sociedad igualitaria propiciada por el colectivismo comunista está trayendo la justicia social a la Unión Soviética.

Su intención al viajar a Moscú para hablar con el jefe del Kremlin era averiguar hasta dónde podrían confiar los británicos en que Rusia resultase un aliado de fiar, en caso de que el nazismo cumpliera su amenaza de expansión y marchara sobre Europa, como finalmente así sucedió. Pero esa entrevista nunca llegó a producirse.

A su llegada, Jones se aloja en el Hotel Metropole y, a fin de situarse sobre el terreno, se mueve entre despachos diplomáticos y corresponsales extranjeros amordazados por el Sóviet a base de sobornos, un ecosistema donde la propaganda pesa más que los hechos. Silencio administrativo, sonrisas diplomáticas, periodistas que se conforman con la versión oficial, como Walter Duranty, jefe de la corresponsalía del New York Times en Moscú, quien había ganado el Premio Pulitzer en 1932 por una serie de reportajes sobre el Plan Quinquenal de la Unión Soviética,

El personaje que interpreta Peter Sarsgaard, introduce el conflicto moral más actual, al ser un fabricante de “fake news” que prefiere mantener el acceso al poder antes que cuestionarlo. La película lo muestra como un degenerado que celebra decadentes orgías en su piso y recibe sobornos de la dictadura estalinista, a sabiendas de que el pueblo se muere de hambre. Un mercenario del periodismo que presta su pluma a la estrategia «negacionista» de la burocracia estatal rusa, para contaminar a la opinión pública occidental expandiendo la gran mentira histórica de que el sistema comunista era un éxito y, en su seno, eran posible la felicidad y la libertad generales, pese a tratarse de una sociedad empobrecida e hipervigilada, donde los ciudadanos ejercen de espías de sus propios vecinos.

Narrativamente, Mr. Jones apuesta por desmentir esa teoría a base de una acumulación de indicios y evidencias recogidas por Jones en su viaje a Ucrania. De los que tiene noticia a través de su encuentro con Ada Brooks (Vanessa Kirby), colaboradora de Duranty, quien le confirmará el asesinato a sangre fría de su común amigo y colega, el periodista estadounidense Paul Kleb (Marcin Czarnik), quien casualmente estaba investigando el origen de las riquezas de la utopía comunista. Lo que lo empujará a embarcarse en una investigación mucho más peligrosa: verificar y denunciar los rumores de una terrible hambruna que al parecer está acabando con la vida de millones de personas en Ucrania, donde su madre vivió y trabajó como maestra durante algún tiempo, condenadas a morir para abastecer de grano al Estado soviético.

Aunque ficticio, el personaje de Paul Kleb es un claro guiño a Paul Klebnikov, editor jefe de la edición rusa de Forbes, quien fue asesinado en Moscú en 2004, destacando el peligro de investigar la corrupción y las altas esferas.

La narración adquiere un tono casi documental durante el viaje de Jones a la estepa ucraniana. El recorrido en tren, la nieve y la sensación de miseria, de opresión y abandono institucional componen un drama denso, de una gran carga anímica. Imágenes duras, nada gratuitas, que trasladan un retrato humanamente desolador, en el que el llegamos a conocer cómo el hambre puede minar la dignidad del ser humano, para desembocar en una idea dura de asumir para un humanista, un liberal y un periodista de raza como el galés, que se rompe moralmente al descubrir que llegar al fondo de la verdad no garantiza que alguien quiera publicarla.

La sobriedad del epílogo remarca esa derrota parcial del periodismo frente a la maquinaria política. Si bien la propia existencia de esta película debería entenderse como una reafirmación de que la memoria existe, de que sólo hay una verdad y de que cuando vemos que llueve nadie debería poder convencernos de que hace sol, como Gareth Jones defendió hasta su muerte.

Título original: Mr. Jones

Año: 2019

Duración: 114 min.

Países: Polonia, Reino Unido, Ucrania

Dirección: Agnieszka Holland

Guion: Andrea Chalupa

Reparto: James Norton, Vanessa Kirby, Peter Sarsgaard, Joseph Mawle, Celyn Jones, Michalina Olszanska, Kenneth Cranham, Richard Elfyn, Julian Lewis Jones, Beata Poźniak

Fotografía: Tomasz Naumiuk

Música: Antoni Lazarkiewicz

Compañías: Film Produkcja, Crab Apple Films, Film.ua, Studio Orka, Polish Film Institute, Krakowskie Biuro Festiwalowe, Kinorob

Género: Drama Histórico. Thriller.
Periodismo. Años 30. Hechos reales

PEAKY BLINDERS. SINOPSIS DE LAS SEIS TEMPORADAS

Steve Night ha decidido poner fin, con su película El hombre inmortal, a la primera parte de la historia del clan de los Shelby y ya se anuncia la secuela que estará protagonizada por el actor y bailarín británico Jamie Bell (quien se estrenó en el cine siendo un niño, como protagonista de Billy Elliot, y al que hemos visto después en Skin, Rocketman y Los 4 fantásticos) que finalmente tomará el relevo de Conrad Khan y Barry Keoghan en el papel de Duke Shelby, para ponerse al frente de una nueva generación de la banda de los Peaky Blinders, que seguirá activa después de la II Guerra Mundial. A la espera de ver cómo sigue la historia de los Shelby, he decidido hacer una compilación, a modo de resumen, del argumento de las seis temporadas de la que es, y será siempre, una de mis series favoritas.

TEMPORADA 1

En el Birmingham de 1919, la familia Shelby controla el negocio de las apuestas ilegales. Como muchos otros jóvenes, los tres hermanos mayores, Arthur (Paul Anderson), Thomas (Cillian Murphy) y John (Joe Cole), tuvieron que alistarse en el ejército para combatir como soldados en la Gran Guerra que duró del 28 de julio de 1914 al 11 de noviembre de 1918 y, tras cuatro largos años, regresan junto a los suyos, cargando con los traumas y las graves secuelas físicas y emocionales que la brutalidad de una experiencia extrema de combate tan prolongada les dejó.

La guerra devuelve a Inglaterra una generación de hombres rotos, afectados por todo tipo de neurosis, a los que les cuesta volver a adaptarse a la sociedad tras haberse librado milagrosamente de la muerte y pasado hambre, miedo y enfermedad, en las trincheras del frente de Flandes.

Los hermanos Shelby forman parte de esos hombres. Al volver a casa, comprueban que el negocio familiar ha estado en buenas manos, las de Polly Gray (Helen McCrory), quien ha ejercido de tía y madre de los hijos de su hermana desde que esta falleció y su padre les abandonó. En ausencia de los hombres de la familia, han sido ella y su sobrina Ada, las que han tenido que tirar del carro haciendo que la correduría de apuestas clandestina les provea de lo necesario para sobrevivir todos estos años. Pero, ahora que ellos han vuelto y deben cederles nuevamente las riendas del negocio.

Generacionalmente, le correspondería a Arthur ser el cabeza de familia, pero Thomas, el mediano, es mucho más inteligente y mejor estratega. Por lo que pronto se convierte en el auténtico jefe del clan, dejando que su hermano (mucho más bruto, violento y temperamental) sea quien ejecute sus órdenes al frente de la banda de los Peaky Blinders, cuya actividad delictiva se diversifica y amplía con el contrabando y la extorsión, multiplicando las ganancias del clan.

Todo se complica cuando, contrabandeando con alcohol y tabaco por el canal, se hacen, por error, con un cargamento de armas robadas al gobierno. Lo que provoca la llegada del inspector Chester Campbell (Sam Neill) a Small Health (un barrio de clase obrera con abundantes fundiciones y fábricas del sector siderometalúrgico, a pleno rendimiento en los años de la revolución industrial), enviado por la Corona británica a Birmingham para recuperar las armas y limpiar la ciudad de organizaciones criminales.

Pero Thomas decide no devolver el cargamento y utilizar el arsenal como moneda de cambio para negociar nuevas cuotas de poder. Lo que no sabe es que está siendo espiado por Grace Burgess (Annabelle Wallis), empleada como nueva camarera en el Pub Garrison, quien en realidad trabaja como agente infiltrada de Campbell. Un hombre reprimido y cruel que está obsesionado con ella y alberga la secreta esperanza de que sea su prometida, pese a la notable diferencia de edad que hay entre ambos.

Los hermanos Shelby hacen una visita a un campamento de gitanos romaníes, de vida nómada, con quien Thomas quiere establecer una alianza estratégica, para lo cual decide arreglar el matrimonio de su hermano John con Esme (Aimee-Ffion Edwards), una de las hijas de la familia Lee, quien aporta una energía distinta dentro del universo Shelby: más libre, más indómita, más gitana y salvaje de espíritu y menos atada a las reglas del clan.

Mientras los Shelby expanden su negocio a través del crimen organizado y Thomas manipula tanto a la policía como a otras bandas rivales, su hermana Ada (Sophie Rundle) mantiene en secreto un apasionado romance con Freddie Thorne (Iddo Goldberg), un combativo líder sindical comunista, quien sirvió como soldado la misma unidad de zapadores que estaba al mando de Thomas. Ada se queda embarazada y desafiando la ira de sus hermanos, Freddie se casa con ella. Aunque Tommy en un principio se opone a la relación, finalmente les da su bendición conmovido por el amor que ambos se profesan. Pero Freddie es arrestado por Campbell y golpeado salvajemente en prisión. Por lo que los Peaky Blinders deberán intervenir para lograr que salga en libertad.

Ada da a luz a un niño, al que le ponen de nombre Karl (en homenaje a Karl Marx) y vive con su marido y su hijo en la clandestinidad. Mientras Grace y Tommy se embarcan en un tórrido romance que hace que ella se replantee perjudicarle, por lo que acaba desairando y traicionando al inspector.

Las armas son finalmente devueltas y los Shelby consolidan su poder local. Campbell intenta vengarse sin éxito de Grace que, desenmascarada por Polly, termina desapareciendo de la vida de Tommy.

TEMPORADA 2

La segunda temporada de la serie se abre con un funeral. El de Freddie Thorne, de quien sabemos que ha muerto a causa de una enfermedad infecciosa, algo muy típico de la época. Su muerte ocurre mientras vivía escondido o huyendo de la policía por su activismo político.

Su viuda, Ada Shelby, tiene en brazos a su hijo, que ya tiene cerca de un año, y decide cambiar su nombre por el de Ada Thorne e instalarse en Londres para seguir con el legado político de su marido, lejos de la familia y sin la losa de llevar el mismo apellido de sus hermanos que ahora viven como oligarcas, entregados al crimen. Thomas está de acuerdo. Aunque seguirá brindándole protección a sabiendas de que su actividad delictiva les ha grajeado muchos enemigos y que cualquier miembro de la familia puede ser un objetivo.

Los Shelby expanden su negocio a la capital del Reino Unido, entrando en disputa con la banda de Darby Sabini (Noah Taylor), un peligroso capo italiano, por el control del territorio, y estableciendo una tensa alianza con otro mafioso de origen judío, que responde al nombre de Alfie Solomons (Tom Hardy).

A medida que asciende socialmente, gracias a la riqueza que le proporciona el negocio del contrabando, los Peaky Blinders se vuelven más violentos. Destrozan locales de alterne y practican la extorsión mafiosa.

Thomas entra en contacto con gente con algunos grupos políticos (incluidos los comunistas) y gente del IRA, instrumentalizando esos vínculos para sus propios fines de ensanchar y consolidar su imperio.

Ello abre múltiples frentes en el argumento: la guerra con los Sabini, los negocios de apuestas en los hipódromos del sur y los encargos secretos del gobierno, que utiliza a Thomas para misiones encubiertas. Condecorado en la Gran Guerra como sargento de zapadores, Churchill se pone en contacto con él a través de una serie de emisarios para solicitar su ayuda en una serie de operaciones encubiertas. No es una ayuda “oficial”, es casi un pacto tácito. El primer ministro británico ve en él algo más que un delincuente: ve a un operador político. Su idea es servirse de un criminal inteligente para misiones donde se mezclan espionaje, manipulación y violencia selectiva. Básicamente, Tommy hace el trabajo sucio que el gobierno no puede firmar.

A comienzo de la temporada hace aparición Arthur Shelby Sr. (Tommy Flanagan).el padre de los Shelby, al que daban por muerto tras haber estado ausente de la vida de sus hijos, es un jugador empedernido y un alcohólico y su regreso no es precisamente en busca de redención, sino de dinero, pues ha oído que a sus hijos les van bien las cosas. Arthur, el mayor, que ha estado siempre necesitado de una figura paterna y últimamente ha sucumbido al consumo de cocaína, se deja embaucar por su progenitor, de quien ha heredado también su adicción al alcohol. Mientras que Tommy lo repudia. Lo que generará un enfrentamiento entre los hermanos.

Pese a que ha empezado a tratar a May Carleton (Charlotte Riley), una atractiva aristócrata, preparadora y domadora de caballos, Grace aparece de nuevo en la vida de Tommy. Ha estado viviendo en los Estados Unidos, donde se ha prometido con un acaudalado empresario pero, de visita en Londres antes de su boda, contacta con él y le dice que quiere verlo, retomando la relación amorosa que habían interrumpido.

En cuanto a Polly… atraviesa una fuerte depresión debido a un trauma del pasado que ha ocultado a su familia. Hace años, tuvo dos hijos a los que entregó en adopción y ahora busca reencontrarse con ellos, pues su intuición le dice que algo malo les ha sucedido. Tommy hace averiguaciones y pronto se entera de que la hija de Polly ha muerto. Sin embargo, su hijo Michael (Finn Cole) sigue vivo y pronto se une a la familia.

La temporada se resuelve en el Derby de Epsom, donde convergen multiples tramas. Grace asiste para decirle a Tommy que espera un hijo suyo. Pero antes de hablar con ella, este debe asesinar a un militar de alto rango por encargo del gobierno. Para lo cual, utiliza como cebo a Lizzie Stark (Natasha O’Keeffe), que de vender sus servicios como prostituta al mejor postor en las calles de Small Health tras haber perdido a su esposo en la guerra, ha pasado a ser su secretaria. Los hermanos Shelby siempre habían sido sus clientes favoritos. Pero Lizzie guarda desde hace años un secreto: está perdidamente enamorada de Tommy.

Polly asesina a Campbell que aún le sigue los pasos a su sobrino y, tras cumplir la misión, Tommy es llevado por unos desconocidos hasta un descampado donde han cavado una zanja en forma de tumba y aparentemente debe de ser ejecutado, pero el primer ministro británico interviene para salvarlo.

TEMPORADA 3

Tras una elipsis temporal de varios años, la tercera temporada de la serie se abre con la boda de Thomas y Grace que ya tienen al hijo que esperaban. El imperio de los Shelby se ha consolidado y la familia ha prosperado considerablemente. Tommy empieza a coquetear en serio con la política, convirtiéndose en benefactor de la sociedad. Pero el amor de su vida, su esposa Grace, muere en un atentado dirigido a él. Lo que lo desequilibra por completo.

El jefe de los Peaky Blinders se ve envuelto en una turbia trama con un grupo de excéntricos aristócratas rusos que planean un gran robo de joyas. Se trata de la Gran Duquesa Tatiana Petrovna (Gaite Jansen), una atractiva, seductora e impredecible joven, tan peligrosa como desequilibrada, que juega con la psique de Tommy; el Gran Duque Leon Petrovich (Jan Bijvoet) y la Princesa Tatiana, supuesta descendiente de la estirpe de los Romanov, aristócratas exiliados tras la Revolución Rusa: conspiradores y traficantes con modales de salón.

Al mismo tiempo, Tommy sigue trabajando como agente encubierto para el gobierno británico en una operación compleja contra el IRA que implica sabotaje y espionaje. El antagonista principal de esta temporada es el padre John Hughes (Paddy Considine), un malvado sacerdote que manipula a Thomas y secuestra a su hijo. Es una figura con poder y está muy vinculado a las estructuras del Estado.

Alfie Solomon (Tom Hardy) le echará una mano para encontrar a su hijo y desenmascarará a los rusos que pretendían tenderle una trampa con un alijo de joyas falsas. Entre tanto, Polly conoce a Ruben Oliver (Alexander Siddig) un pintor que quiere hacerle un retrato y se convierte en su amante. Se trata de un personaje breve pero importante ya que introduce una especie de oasis emocional en la vida de Polly, al ser un artista, alguien ajeno a la brutalidad de los Shelby. Aunque su historia termina mal, ya que la atmósfera de traición alrededor de los miembros de la familia, la hace sospechar de él y acaba asesinándole. Para después descubrir con inmenso dolor y arrepentimiento que era inocente y realmente la amaba.

Pero no solo Polly se enamora esta temporada. También lo hace Arthur, quien ha estado muy perdido, enganchado a las drogas y el alcohol y está conociendo a una mujer que promete meterlo en vereda. Se trata de Linda (Kate Phillips), una mujer profundamente religiosa, vinculada a los cuáqueros que se propone sacar a Arthur del barro, la droga y la violencia, y hacer que se redima de sus pecados. Lo que choca frontalmente con los intereses del clan y de Tommy. Linda no es solo “la esposa de Arthur” (se casan al final de la temporada). Es una fuerza que intenta domesticar el caos. Cree en la salvación moral real e intenta transformar a Arthur en alguien no solo mejor sino completamente distinto. Su fe no es decorativa, es un proyecto de vida. Y Arthur es su campo de batalla

La temporada culmina con el robo de un tren y una explosión que Thomas organiza bajo presión, sin poder hacer partícipe a los suyos de las motivaciones de sus actos. Arthur, John y Polly son arrestados. Thomas los entrega a las autoridades para proteger su imperio y posteriormente logra que sean liberados. Pero todos piensan que ha sido él quien les ha delatado. Por lo que la familia se distancia y Tommy se queda solo.

TEMPORADA 4

Tras ser liberados de prisión, los Shelby se distancian. Pero una nueva amenaza los obligará a volver a reunirse: la mafia italiana vuelve por sus fueros con un nuevo capo llegado de los Estados Unidos, Luca Changretta, quien busca venganza por la muerte de su padre.

Changretta inicia una campaña para eliminar, uno a uno, a los Shelby. Arthur fue el autor del disparo que mató a su padre; pero el primero en ser acribillado a tiros es John. Su viuda, Esme, decide volver con los suyos, los Lee, a la vida nómada de los gitanos. La familia responde reorganizándose.

Polly Gray todavía no ha conseguido perdonar a Tommy por lo que les hizo. Tanto es así que está dispuesta a traicionarle. Para ello se reúne con Luca Changretta (Adrien Brody) y le pide que deje a un lado a su hijo Michael y al resto; y a cambio, ella misma le entregará a su cabeza.

Descubrimos que Tommy fue miembro del partido comunista antes de ir a la guerra. En este tiempo ha ganado influencia política y aunque sigue viendo a Grace en sus alucinaciones, busca consuelo en los brazos de la fiel Lizzie, quien le confiesa que está embarazada y el hijo que espera es suyo.

Tras acribillar a John en la puerta de su casa, Luca Changretta y sus hombres les tienden una emboscada a los Shelby que sirve para distraerlos para ir tras Michael, quien se entera de los planes de su madre pero decide encubrirla y no decirle a Tommy que planea traicionarlo.

Pronto sabremos que no hay tal traición. Todo era un plan que Polly y Tommy habían armado para derrotar a Luca Changretta, cosa que hacen, pese a haber sido traicionados una vez más por Alfie Solomons.

En medio de la gran pelea de boxeo que han organizado Tommy y Alfie, se infiltran los hombres de Changretta y aparentemente matan a Arthur Shelby. La madre del capo habla con Tommy y le dice que solo pararán su venganza si le cede todos sus negocios. Aparentemente derrotado, Tommy accede. Pero en medio de la reunión, Arthur -que no estaba muerto- reaparece y le descerraja unos cuantos tiros a Changretta que acaban con su vida. El capo es asesinado y la amenaza eliminada.

Thomas decide enviar entonces a su primo Michael a los Estados Unidos para expandir el negocio. No es solo una promoción empresarial, Thomas está gestionando el negocio con fuertes tensiones familiares y su intuición le dice que Michael no es de fiar, por lo que decide poner a prueba su lealtad. En América Michael entrará en contacto con las redes de la mafia neoyorquina, mucho más sofisticada que el navajeo callejero de Birmingham y aprende a jugar a otra escala: la de las finanzas y las inversiones, para lo cual se requieren contactos y una mente más fría.

Tommy va en busca de Alfie quien lo ha traicionado y vendido a Changretta. Él sabe que viene a matarlo y le dice que no se moleste porque tiene un cáncer terminal. Pero, aún así, Tommy le dispara.

Meses después, es elegido nuevo representante del partido laborista en la Cámara de los Comunes.

TEMPORADA 5

Ambientada tras el crack del 29, la quinta temporada de los Peaky Blinders sigue a Tommy Shelby como miembro de la Cámara de Comunes, enfrentándose al ascenso del fascismo encarnado por Oswald Mosley (Sam Claflin), quien aspira a convertirse en el líder de la Unión Británica de Fascistas en los años 30.

Oswald mantiene una relación con Diana Mitford (Amber Anderson). Al igual que el de Mosley, el personaje está basado en una figura real, la aristócrata británica amiga de Adolf Hitler. Más decidida, fanatizada, fría y estratega que su amante quien había estado casada con Bryan Guinness, heredero de la familia Guinness, pero dejó ese matrimonio para unirse a Mosley, lo que en su momento fue un escándalo de alto voltaje en la aristocracia británica. Ambos se casaron en 1936, en una ceremonia bastante simbólica y polémica que tuvo lugar en la casa de Joseph Goebbels, con la presencia nada discreta del propio Führer en persona quien acudió como invitado.

Oswald y Mitford saben de las raíces gitanas de Tommy y le desprecian por ello, pero también conocen de su poder de penetración en la clase obrera e influencia política, como representante del partido laborista en la Cámara de los Comunes, por lo que le presionan para que se posicione a favor de su causa extorsionándole con el pasado como prostituta de Lizzie, con quien Thomas se ha casado y ha tenido una hija (un enlace más pragmático que romántico, casi administrativo, con una tensión emocional que nunca termina de resolverse). De hecho, Mosley dice haber sido uno de sus clientes y amenaza con desvelarlo públicamente, lo que sería todo un escándalo.

Arthur y Linda atraviesan una profunda crisis de pareja. Harta de la violencia y los excesos de su marido, a quien no ha podido alejar de sus adicciones, Linda ya no quiere “salvar» a Arthur, quiere huir de él. Desesperada, le dispara. Pero el destino interviene y Polly Gray le dispara a Linda antes de que lo mate. Linda sobrevive, pero en ese momento se rompe cualquier posibilidad de reconciliación entre ellos. Linda desaparece de la vida de Arthur que cae en picado. Sin Linda pierde ese freno moral que, aunque sin demasiado éxito, lo mantenía a flote. Y se hunde en la desesperación.

En esta temporada se produce también el regreso de Michael a Birgminham, a quien Tommy había enviado a expandir el negocio en los Estados Unidos. Vuelve casado con la ambiciosa Gina Gray (Anya Taylor-Joy), haciendo ostentación de su progreso en la vida y con una idea bastante clara: el futuro no está en las gorras con cuchilla y las apuestas, sino en transformarse en una corporación mafiosa que opere a gran escala. Gina no hace buenas migas con la familia de su marido y echa más gasolina al fuego, empujando a Michael a pensar a lo grande, incluso si ello supone confrontar directamente a Tommy. Ya no se siente un subordinado, cree ser la alternativa para el relevo generacional, soñando con ceñirse la corona del jefe de los Peaky Blinders para quien se convierte en un peligroso rival. Acaso el más peligroso de todos, al ser de su propia sangre. Es el hijo de Polly. A quien pone en un serio dilema al tener que elegir entre su hijo y su sobrino.

El tío de Gina es un fiel seguidor de las ideas fascistas de Mosley y le brinda su apoyo económico y político desde los Estados Unidos. Gina les presenta a Ada y éstos le piden que organice un encuentro para conocer a Tommy. Lo que ocurre en una cena en casa de este, a la que acuden también el tío de Gina, Jack Nelson (James Frecheville), un poderoso empresario y figura política estadounidense con conexiones algo turbias dentro del crimen organizado y Laura McKee (Charlene McKenna), una agente del IRA a la que Tommy Shelby ya conoce.

Mosley invita a Tommy a fijar posición durante el acto de presentación de su movimiento político y este idea un plan para hacerle creer que va a apoyarle, a fin de infiltrarse en el círculo de Mosley y sabotearlo desde dentro. Lo que incluye asesinarle durante el mítin, con la ayuda de los Peaky Blinders y los movimientos antifascistas que lidera la joven comunista Jessie Eden (Charlie Murphy), amiga de Ada, (el personaje está inspirado en una figura real, una sindicalista muy activa en Birmingham durante los años 30, conocida por organizar huelgas masivas y plantar cara tanto a los empresarios como a figuras como Mosley. En la serie, su relación con Tommy Shelby no es solo personal, también es un pulso ideológico: ambición empresarial frente a organización obrera).

El plan se organiza concienzudamente pero falla en el último momento debido a un chivatazo. La temporada termina con Thomas al borde del colapso mental, sospechando de todo y de todos, incapaz de identificar a quien lo ha traicionado y sintiendo que un serio peligro acecha a su familia.

TEMPORADA 6

La temporada se abre con un inesperado funeral. El de Polly Gray, quien se supone que es asesinada por el IRA. La familia busca vengarse de quien haya sido y Thomas se culpa de ello, pensando que su colaboración con el gobierno británico ha podido ser la causa. Michael también le culpa de la muerte de su madre y planea destruirlo.

Por su parte, Michael Gray -que ha vuelto con Gina a los Estados Unidos- es detenido en Detroit por fraude e irregularidades financieras a raíz del crack económico, tras meterse en negocios turbios y aguas más profundas de las que podía controlar, ha perdido buena parte del capital de la familia Shelby, emprendiendo una serie de malas inversiones. Su mujer Gina lo visita entre rejas.

Tommy decide viajar a Boston para reunirse con Gina, pero no es una visita social ni familiar. Michael está completamente enfrentado a Tommy y Gina se ha convertido en una figura clave dentro de esa facción americana del negocio, con conexiones poderosas a través de su tío, que simpatiza con el emergente fascismo europeo. Tomy necesita renegociar alianzas, medir el poder real de Gina y sus contactos y, sobre todo, anticiparse a los posibles movimientos de Michael. En realidad no va a ver a Gina sino a calibrar la situación y ver a qué peligro se enfrenta.

Lo de Polly lo destroza, pero no es la única muerte que habrá de sobrellevar. Lizzie y Tommy pierden a Ruby, su pequeña hija, a causa de una tuberculosis, una enfermedad bastante común (y peligrosa) en esa época. La niña presenta síntomas como fiebre alta, delirios y debilidad extrema, hasta que finalmente su cuerpo no resiste.

La serie envuelve su enfermedad en un halo de esoterismo. Ruby dice palabras en romaní y tiene visiones extrañas. Desesperado por la idea de perder también a su única hija, Thomas Shelby, que no ha dejado de tener alucinaciones desde que volvió de la guerra, llega a creer que su hija está maldita y entra en un estado de desesperación que desequilibra por completo su mente y le lleva a aferrarse a sus raíces cíngaras, con la esperanza de hallar una cura milagrosa que salve a su hija. Por lo que abandona a Lizzie en el hospital donde Ruby agoniza y parte a los caminos en busca de Esme. Lo que encuentra no es la cura para Ruby, sino una verdad que había ignorado hasta ahora. La existencia de un hijo ilegítimo, concebido en su juventud, una noche de feria, al acostarse con una gitana de nombre Zelda.

Las alucinaciones en su caso han ido a más y ahora es capaz de ver a Grace a todas horas. Pero su salud se deteriora y sufre fuertes dolores por lo que se mantiene a base de morfina. Tras hacerse un chequeo médico recibe un diagnóstico terminal que decide ocultar a su familia, pero Arthur descubre su secreto. Tommy sufre un tumor cerebral que será el que consiga lo que nadie hasta ahora ha podido: acabar con él. Arthur que ha vuelto con Linda y está en proceso de desintoxicación no puede asumir la noticia y cae de nuevo en el descontrol absoluto de sus adicciones.

Ni su mujer ni el resto de la familia entienden el por qué de las decisiones de Tommy, cada vez más erráticas (posteriormente, se descubrirá que el diagnóstico era parte de un complot para manipularle). Al volver junto a Lizzie al hospital, Ruby ya ha muerto, con lo que se completa su descenso a los infiernos.

Incapaz de asumir la pérdida de su hijita y la de todos los seres queridos que ha ido dejando por el camino, de cuya muerte se hace a si mismo responsable, Thomas Shelby toma la decisión de poner sus asuntos en orden antes de suicidarse y eso incluye acabar con sus enemigos, aunque sean sangre de su sangre.

Conocedor del plan de Michael para vengarse de él, se anticipa a la jugada y logra eliminarlo antes. Después, hace que el resto de la familia conozca a su hijo bastardo, Duque. Lo que colma el vaso de Lizzie quien, rota de dolor por la muerte de Ruby y la ausencia y las infidelidades de Tommy, decide abandonarle.

El pequeño Charlie (el hijo de Grace que ella ha criado como si fuera suyo) decide que quiere vivir con ella, en lugar de quedarse con su padre, que «nunca está”, le dice. Y Thomas accede pensando que es lo mejor para él. A continuación, vuela por los aires la mansión familiar donando los terrenos para construir viviendas de uso social.

Tras reunirles en una última comida familiar al aire libre, se despide de los pocos seres queridos que le quedan vivos, pidiéndole a Charlie que le pida perdón a “su madre” (Lizzie). Y le dice algo al oído a su otro hijo ilegítimo.

Después se marcha sin decirles a dónde va. Ha dispuesto una caravana con sus cosas a modo de féretro y, cuando está a punto de pegarse un tiro, escucha la voz de su hija Ruby. Al asomarse, la niña corre hacia él y le abraza pidiéndole que siga viviendo. Por lo que prende fuego al carromato y parte cabalgando a lomos del caballo blanco que pertenecía a su hija hacia no se sabe dónde.

TIERRA DE MAFIOSOS

Existen al menos dos subgéneros dentro de las películas y series de gánsteres y clanes mafiosos. Por un lado, están las clásicas sobre la “mafia” italoamericana que a menudo incurren en cierta mitificación nostálgica, como las de Scorsese o “El Padrino” de Coppola, o los “Peaky Blinders” en su versión británica y, por otro, están las nuevas ficciones que buscan una aproximación más contemporánea a las nuevas sagas del crimen organizado y sus nuevos negocios, casi siempre vinculados al narcotráfico, con una combinación de realismo y humor negro, como en “Los Soprano”, o en una línea más violenta y bizarra, como en “Ozark”, “Gomorra” y “Narcos”.

“Tierra de mafiosos” (“MobLand”) pertenece más bien a la segunda categoría y, es tal el talento que reúne, que resulta difícil no rendirse a ella. Creada por Ronan Bennett (guionista de “Public Enemies” la película de Michael Mann sobre el asaltante de bancos John Herbert Dillinger, y creador de series del género como “Chacal” o ‘Top boy‘), se trata de un show adictivo, en cuyos dos primeros episodios se aprecia la estilosa dirección de Guy Ritchie (cineasta irregular y ex marido de la cantante Madonna) y en la que estrellas de la talla de Tom Hardy, Pierce Brosnan o Helen Mirren ponen lo mejor de su registro interpretativo (que es mucho) a servicio de un drama sobre dos clanes enfrentados por el control de toda clase de negocios turbios: armas, joyas y fentanilo… la droga de moda.

La acción transcurre en Londres y tiene como nexo conductor de las distintas tramas a Harry Da Souza (Tom Hardy), un tipo duro que se ha ganado el respeto de los bajos fondos, pero sabe que no debe confiarse en que eso garantice su seguridad y la de los suyos.

El protagonista de “Venom” es el principal atractivo de esta intensa, violenta y pasada de rosca serie sobre un clan mafioso de origen irlandés. Harry es el solucionador de problemas de la familia Harrigan, cuyo patriarca, Conrad (Pierce Brosnan), lo adoptó como hijo putativo desde que compartiera cárcel con su segundo vástago. Ambos construyen una relación casi paterno-filial que pivota entre la admiración mutua y la desconfianza inevitable en el mundo del crimen.

Los Harrigan son los Corleone mezclados con los Borgia, una familia liderada por un psicópata y una lunática: Conrad y su calculadora mujer Maeve (Helen Mirren), auténtica líder del clan, una arpía que oficia de Lady Macbeth intrigando y manipulando a los suyos para preservar sus propios intereses y el buen nombre de la familia, que debe ser temido y respetado. Ambos controlan su imperio con mano de hierro, desde la propiedad familiar en los Cotswolds. Pero se trata de dos personajes shakespeareanos cuyas acciones y decisiones despiadadas no hacen más que meter a todos en líos. Y ahí está Harry, el esforzado bulldog, repartiendo golpes y pidiendo favores para lograr que los miembros del clan no se autoliquiden o no los liquiden desde afuera.

Lamentablemente, la segunda generación no parece estar a la altura: Brendan (Daniel Betts), el primogénito, es algo así como el Freddo de la familia: un inútil integral que ha sido cancelado por sus propios progenitores a causa de sus errores del pasado; mientras el segundo hijo, Kevin (Paddy Considine), sufre secuelas psicológicas por los abusos vividos en prisión y arrastra el complejo de haberse casado con Bella (Lara Pulver), una de las muchas amantes de su mujeriego padre. Su hermanastra, Seraphina (Mandeep Dhillon), concebida por Conrad fuera del matrimonio y por quien este siente debilidad, parece ser la más capaz e intenta conquistar un lugar en la familia valiéndose del favor paterno, ante el desprecio manifiesto de Maeve, quien siempre la considerará una bastarda concebida en «los meaderos» (urinarios) dublineses.

Harry es un trabajador eficiente, el consiglieri de acción y encargado de la seguridad, experto en “limpiar” la escena del crimen y en “arreglar” toda clase de tropiezos y malas decisiones de los miembros de la familia, a quienes protege de sus enemigos, sin que le tiemble el pulso. No es un héroe ni un villano, sino un profesional atrapado en una red de lealtades tóxicas, donde cada decisión le puede costar la vida.

Al comienzo de la serie, recibe el encargo de solucionar un incidente en una discoteca, en el que se ha visto envuelto el nieto de Conrad, Eddie (Anson Boon), hijo de Kevin. Un joven de temperamento incontrolable, arrogante y agresivo, adicto a la cocaína y consentido por su abuela, que le ha hecho creer que es el elegido para ocupar un día el trono de su abuelo.

Eddie apuñala a un chaval estando de fiesta con unos amigos, entre los cuales se encuentra el hijo de Richie Stevenson (Geoff Bell), capo de una banda rival, quien desaparece misteriosamente esa noche y cuyo cadáver es encontrado días después, descuartizado. Todo apunta a que ha sido obra de Eddie, por lo que una guerra está a punto de estallar entre los Harrigan y los Stevenson. La resolución del conflicto es, por supuesto, expeditiva. Y, a partir de ese momento, la tensión no parar de crecer. Lo que significa que se le acumulan los problemas a Harry. Pero ese hombre en apariencia tranquilo, de cuerpo macizo y expresión imperturbable, siempre cabizbajo, hablando entre dientes, con la mirada penetrante, se debate entre su lealtad a los Harrigan, para quienes se ha vuelto imprescindible y la que le debe a su esposa, Jan (Joanne Froggat) que insiste en hacer terapia conyugal, y a su hija, Gina.  El enigma que anida en sus motivaciones es lo que otorga a la serie su mayor intriga. ¿Tendrá que elegir entre ambos mundos? ¿es posible abandonar el crimen organizado y seguir con vida?

Con sus vendettas, sus asesinatos a sangre fría y sus peleas salvajes en viejos clubes de boxeo, sus explosiones, persecuciones y ajusticiamientos masivos, “Tierra de Mafiosos” no desprecia los arquetipos, pese a que se mueve en esa zona limítrofe entre el thriller mafioso más clásico y la aparatosidad del género en su versión británica, moderna y pop (la canción de apertura es Starburster un conocido tema de Fontaines D.C.y en su banda sonora se incluyen temas de The Prodigy, The Clash, Nick Cave &The Bad Sees, Fleetwood Mac, el The best in me de John Cash o Sympathy for the devil de The Rolling Stones).

La relación de Conrad Harrigan con sus viejos amigos del pasado a la luz de las traiciones del presente y los nuevos acuerdos por el fentanilo cuyo negocio domina Richie Stevenson (Geoff Bell) en el sur de Londres. Todo ello compone una atmósfera que se debate entre la mística de la tradición y la lealtad a los lazos de sangre y la cruda violencia del mundo en que vivimos. Aunque consigue suavizar los dilemas morales con una buena dosis de humor negro y lo que alguien ha definido como estética del “cosmopaletismo”, presente en la vulgaridad con la que los miembros de esta familia de irlandeses chiflados hacen ostentación de su posición privilegiada y se relacionan entre ellos.

Como advierte con acierto un conocido crítico argentino: “Mobland no intenta reinventar la pólvora ni elevar el género sino que usa todos sus clichés con redoble de tambores incluido. El combo no debería funcionar pero por lo general funciona. Uno preferiría un mayor grado de verosimilitud en torno a lo que sucede, pero a la vez es innegable lo divertido que resulta ver a Brosnan y a Mirren actuando como si estuvieran en el Royal Shakespeare Theatre haciendo versiones scorseseanas de Ricardo III y Lady Macbeth. Uno sabe que la serie corre en todo momento el riesgo de irse al diablo, pero a la vez tiene la confianza de que ante cualquier problema llegará Tom Hardy, mirará al piso, levantará la vista y casi sin mover un músculo te convencerá de seguir viéndola. Animate vos a decirle que no…”

Título original: MobLand

Año: 2025

Duración: 10 episodios 50 min.

País: Estados Unidos-Reino Unido

Dirección: Guy Ritchie, Anthony Byrne, Lawrence Gough, Daniel Syrkin

Guion: Ronan Bennett

Reparto: Tom Hardy, Pierce Brosnan, Helen Mirren, Paddy Considine, Joanne Froggatt, Lara Pulvert, Anson Boon, Geoff Bell, Mandeep Dhillon.

Música: Ilan Eshkeri

Fotografía: Si Bell, Stephan Pehrsson, Baz Irvine, David Katznelson

Compañías: 101 Studios, MTV Entertainment Studios, MTV Studios, Showtime, Toff Guy Films. Distribuidora: Paramount+

Género: Serie de TV. Thriller. Crimen. Mafia

BORGEN: REINO, PODER Y GLORIA

Pocas series hay dotadas de tanta autenticidad, actualidad e implacable rigor crítico, como “Borgen” (nombre con el que popularmente se conoce al palacio de Christiansborg, sede de los tres poderes del Estado, en Copenhague).

La serie del multipartidismo y de los gobiernos de coalición europeos, popularizada por Netflix, se convirtió en un fenómeno mundial tras su estreno en la televisión danesa hace diez años, ofreciendo uno de los mejores relatos de (no tan) ficción acerca del complejo sistema de funcionamiento de una democracia que pivota sobre las negociaciones y la capacidad de llegar a acuerdos entre los representantes de la voluntad popular, sus relaciones con los medios de comunicación y con la opinión pública, y una constante y aguda reflexión acerca de la naturaleza del poder y la integridad de las instituciones del Estado, valor supremo a preservar frente a los intereses particulares, complejos, inseguridades, rencillas, odios y mezquindades, de quienes están llamados a dirigirlas.

En definitiva, una obra maestra de la cultura escandinava, sobre los entresijos de la política danesa y sobre la grandeza y la miseria propias de la condición humana, a la altura de los grandes dramas shakesperianos que, como no podía ser de otra forma, aborda también el eterno dilema del “ser o no ser” del oficio periodístico, en tanto que garante de la transparencia democrática.

Parafraseando al bardo británico, ahí está reflejado todo lo que huele a podrido en Dinamarca y en cualquier otra parte del mundo, pues de su visionado se desprende que cualquiera de las sentencias que, proyectadas a modo de prólogo, sirven de leit motiv a cada episodio (maravilloso compendio de legendarias frases sobre la conquista y el ejercicio del poder, pronunciadas a lo largo de los siglos por insignes estrategas y pensadores de distinta procedencia, desde Maquiavelo hasta Kant, pasando por Séneca, Sun Tzu o Napoleón Bonaparte, entre muchos otros), son de aplicación universal y siguen plenamente vigentes.

El artífice de la idea original es Adam Price, guionista, dramaturgo y restaurador danés (quien llega a aparecer en alguno de los episodios de la serie encarnando a uno de los presentadores del primer canal de la televisión pública TV1) y ha tenido que pasar casi una década desde que “Borgen” se despidiera de su público, para que quienes la seguimos con devoción en su día pudiésemos volver a ver en acción a la astuta y resolutiva líder del centro democrático Birgitte Nyborg, interpretada por la extraordinaria actriz Sidse Babett Knudsen, en una secuela de su misma autoría, cuyo título de reminiscencias católicas (“Reino, Poder y Gloria”) es una síntesis perfecta de las motivaciones de su protagonista en esta cuarta y de momento última entrega de la serie, en la que Price escenifica el descenso de su heroína a los infiernos, elaborando un despiadado retrato de la cuestionable evolución personal y profesional de esta mujer ya de mediana edad (53 años), afectada por las alteraciones físicas y emocionales de la menopausia (los sofocos, los desarreglos de la menstruación, la excesiva sudoración que la obliga a continuos cambios de ropa, el apetito desordenado, la sed insaciable, la aparición de vello facial, la irritabilidad, el insomnio, cierto grado de desconcentración y pérdida del sentido de la realidad, incontrolados cambios de humor…), quien acusa además la soledad y el síndrome del “nido vacío” y los compensa con una insana y desproporcionada adicción al trabajo.

Tenaz, intuitiva y empática, siempre atenta a las preocupaciones y demandas de las bases de su electorado (lo que le permitió ganarse el favor de sus conciudadanos y convertirse en la primera mujer en alcanzar el codiciado puesto de Primera Ministra de Dinamarca), contra todo pronóstico, Birgitte Nyborg acaba vendiendo su alma al diablo en el cénit de su carrera, pasándose al lado oscuro cuando asume que el fin justifica los medios y empieza a traicionar sus ideales que son los valores fundacionales de su partido, para convertirse en lo que siempre combatió: una política acomodaticia, insensible y pragmática, cuyo único afán es conservar su cartera ministerial y asegurar su legado a toda costa, para tener algo con lo que llenar sus días ahora que su vida personal y familiar es inexistente.

Cegada por su propia ambición, porque «el hombre es el único animal cuyos deseos aumentan a medida que se alimentan» (Henry George), si las tres primeras entregas de la serie marcan su imparable ascenso basado en la humanidad, idealismo y honestidad del personaje, esta secuela se centra en su declive, no ya como Primera Ministra, sino como experimentada y endurecida política que ejerce como Ministra de Exteriores de su país, para exponer el riesgo de perversión al que está abocado el poderoso, cuando el control y la conservación de ese poder en sí mismo pasa a ser más importante para él o para ella que la causa a la que sirve.

Para quienes no hayan visto las anteriores tres temporadas de «Borgen» (algo recomendable, si no indispensable, para entender la trama de esta secuela), recordaremos que su historia da comienzo unos días antes de la celebración de los comicios en los que se decidirá quién será el o la nuev@ Primer@ Ministr@ de Dinamarca.

El entonces jefe del ejecutivo, Lars Hesselboe (Søren Spanning), figura clave del partido liberal, define su estrategia para renovar en el cargo al tiempo que debe lidiar con el desequilibrio emocional de su esposa quien, sintiéndose relegada por éste, decide arrasar las tiendas de lujo londinenses, en compensación por su abandono, durante una visita protocolar de la pareja presidencial a la capital del Reino Unido. Un escándalo que le cuesta el puesto al líder de los liberales por haber abonado la abultada factura con cargo a los fondos públicos, mientras su principal oponente, el arribista e inescrupuloso candidato de los laboristas daneses, Michael Laugesen (Peter Mygind) explora un acercamiento a las posturas xenófobas y de restricción de los derechos civiles de la extrema derecha representada por el Partido de la Libertad del histriónico y populista Svend Áge Saltum (Ole Thestrup), en consonancia con el nuevo escenario político europeo de comienzos de la última década, condicionado por el fenómeno migratorio y la persistente crisis financiera.

En ese contexto de creciente conflictividad y descontento social, emerge con fuerza desde el centro democrático la representante del partido de «los moderados”, Birgitte Nyborg quien, sin demasiados preámbulos, salvo un efectivo y efectista discurso pronunciado durante el debate final de los candidatos en el primer canal de la televisión pública, multiplica sus opciones de formar gobierno o, cuando menos, de condicionar el rumbo de éste, como figura clave en la futura estrategia de alianzas. Un gobierno que finalmente estará llamada a encabezar y que se asienta en políticas sensibles a cuestiones como la preservación del medio ambiente, la igualdad y la integración de los inmigrantes y que, sobre todo, aspira a equilibrar las fuerzas de izquierda y de derecha en el parlamento danés.

La noble intención de la líder de los moderados al intentar gobernar Dinamarca formando una amplia mayoría junto con la coalición progresista encabezada por Bjørn Marrot (Flemming Sørensen) del Partido Obrero y los ambiciosos Troels Höxenhaven (Lars Brygmann) y Hans Christian Thorsen (Bjarne Henriksen) del Partido Laborista, así como con otras formaciones minoritarias, como los verdes de Amir Dwian (Dar Salim), el Partido de la Solidaridad de Anne Sophie Lindenkrone (Signe Egholm Olsen) o las feministas de Pernille Madsen (Petrine Agger), es aprender a tejer alianzas y a ceder cuando sea necesario, mostrándose pragmática sin renunciar al idealismo, forjando en definitiva un nuevo estilo de liderazgo basado en valores como la transparencia, la justicia, la igualdad y la honestidad.

A su lado, su mano derecha, consejero y mentor, el incondicional Bent Sejrø (Lars Knutzon), veterano miembro del partido, siempre dispuesto a ayudarla a responder a su eterna pregunta de “¿qué opciones tengo?” y su spin doctor, Kasper Juul (Pilou Asbæk), sagaz asesor de comunicación y estratega en la sombra. El auténtico “hombre fuerte” del gabinete de Nyborg, quien alerta a Birgitte sobre las debilidades de otros partidos, vislumbra fructíferos pactos y esboza efectivas retóricas; un profesional tremendamente competente, capaz de vender la política de su jefa pero también de condicionarla, conocedor de los secretos y los trapos sucios de sus aliados y de sus oponentes, para hacer un uso conveniente de ellos llegado el caso, convencido de que “la información es poder. Quien, sin embargo, esconde un pasado traumático que lo convierte en un ser humana emocionalmente vulnerable, malogrando su tórrida relación sentimental con Katrine Fønsmark (Birgitte Hjort Sørensen), una agraciada periodista 100% vocacional, cuya carrera como presentadora de noticias va en ascenso, algo frustrada y ansiosa por no poder conciliar su vida privada con las exigencias de su profesión que se toma muy en serio.

Sus idas y venidas amorosas no solo evidencian las complejas relaciones que se dan entre la prensa y el poder político, dos mundos necesariamente interdependientes, sino también los desajustes emocionales y afectivos de un ecosistema de crueles exigencias, alterado por afinidades ideológicas, por la búsqueda de popularidad a toda costa y por las luchas intestinas entre los propios profesionales de la información, deseosos de acumular cuota de pantalla o de conseguir un ascenso en su carrera, muchas veces supeditado a sus relaciones personales con funcionarios y políticos.

Adam Price se libera de los lugares comunes a la hora de retratar los entresijos del periodismo político y lo hace poniendo en valor el profesionalismo y el compromiso con la verdad de cierta raza de periodistas, pero también sacando a la luz la realidad de un sistema de utilización mutua entre est@s y l@s polític@s.

En ese contexto, resulta paradójica aunque comprensible la relación de rivalidad y compañerismo que se establece entre la guapa Katrina y el vanidoso Ulrik Mørch (Thomas Levin), el otro presentador de informativos que se siente discriminado por su género; o la experimentada Hanne Holm (Benedikte Hansen), experimentada corresponsal y aguda editora de política internacional, cuya frialdad y visión analítica (pese a sus problemas de alcoholismo) contrastan con la efervescencia e impulsividad de la joven Katrina, con quien acaba formando un gran equipo de periodismo de investigación.

Y es que, si hay algo sobre lo que “Borgen” profundizó, mucho antes de que el #MeToo colocara el tema en la agenda pública, es sobre la llamada «sororidad» y las posibilidades de la mujer de llegar a puestos relevantes en la toma de decisiones, tanto en política como en los medios de comunicación, abordando el asunto desde un punto de vista nada panfletario ni maniqueo.

Ya en la primera temporada, Price hablaba de las relaciones, no siempre fáciles, de la primera ministra con los líderes de la oposición, pero también con los miembros (y “miembras”) de su propio gabinete y de su partido, y con los funcionarios del ministerio público, signadas por la competitividad, la colaboración o la traición, y la necesidad de fijar límites para dejar claro quién manda, estableciendo el principio de autoritas tras preguntarse ¿qué es mejor?, si ser amada o ser temida; así como con el conglomerado mediático representado en la cadena pública TV1 y sus periodistas, empezando a esbozar el que sería el tema central de la segunda entrega de la serie: el elevado coste personal y familiar que supone la exposición mediática en el ejercicio del poder político.

El rápido deterioro de su matrimonio con Phillipe Christensen (Mikael Birkkjær) padre de sus dos hijos, Laura (Freja Riemann) y Magnus (Emil Poulsen), quien se siente reducido a la condición de “hombre florero” y limitado en su propio desarrollo personal y profesional por las servidumbres del creciente protagonismo de su mujer (con quien había acordado que cada cinco años alterarían su dedicación a la familia para tener una relación saludable y sin rencores) acaba en divorcio. Una de las más dolorosas renuncias que Nyborg habrá de asumir mientras permanece al frente del ejecutivo danés. Pero no la única. De hecho vemos cómo, mientras ella construye su círculo de poder, se empieza a derrumbar la armonía de su entorno familiar. Solo que entonces no es la ambición ni la desmesura lo que juegan en su contra, sino la necesidad de ser fiel a sus convicciones, consagrada a la tarea formar y mantener un gobierno estable para su país.

En la segunda temporada, tras el impacto de su separación y el conocimiento de que Phillipe (a quien llegó a proponerle mantener una relación “abierta” con tal de seguir juntos) sale con una atractiva y joven pediatra llamada Cecelie Toft (Mille Dinesen) que le ha caído en gracia a sus hijos, llega la enfermedad de su hija adolescente, un severo cuadro de ansiedad que obliga a su internamiento psiquiátrico en un centro privado de reconocido prestigio, precisamente cuando el parlamento debate acerca de la ampliación del presupuesto para la sanidad pública.

Acusada de incoherencia e hipocresía por no hacer uso de ella, Birgitte entiende que su rol de Primera Ministra colisiona con sus decisiones como madre, lo que hace que los medios se ceben con ella, especialmente su archienemigo Laugesen, ex candidato del partido laborista reconvertido en editor del Express, principal tabloide sensacionalista de Copenhague, especializado en difundir montajes, bulos y fake news que afectan a la vida privada de las personas. Un sujeto carente de escrúpulos y de la más mínima ética periodística quien considera que, “cuando se trata de la lucha por el poder, hay que ser un depredador para mantenerse en primera línea”, dispuesto a saltarse todas las líneas rojas (como contratar a un escort para destapar la homosexualidad de un ministro que, al saberse descubierto, acaba suicidándose o alterar la paz de un centro de salud mental infiltrando un paparazzi) para conseguir una foto de portada y un titular escandaloso que beneficie a sus rastreros propósitos.

La enfermedad de su hija Laura, de la que se siente culpable por ejercer de “madre ausente” y la imposibilidad de estar cerca de su familia cuando más la necesita o, peor aún, la sensación de que la animadversión y el odio hacia su persona que su cargo suscita perjudica a los suyos, hacen que Birgitte se vea superada por las circunstancias y decida priorizar su faceta de “madre cuidadora”, tomándose una excedencia hasta que su hija mejore, algo que jamás hasta entonces había sucedido en la historia política de Dinamarca, lo que abre un nuevo falso debate acerca de si una mujer madre de familia está capacitada o no para soportar la presión que conlleva el puesto de Primera Ministra.

Price concentra su análisis en la progresiva erosión de ciertos ideales de la protagonista, en su creciente conciencia acerca de los aspectos más ruines y crueles de la política en connivencia con los medios de comunicación, y en su crecimiento y madurez como una líder capaz de promover las negociaciones de paz entre países africanos en guerra o de manejar las desavenencias en el seno de su propio gabinete de gobierno, que sin embargo muestra su perfil más vulnerable cuando la vemos estar pendiente de los suyos. Todo lo cual la empuja a convocar elecciones anticipadas a su regreso a Borgen, sin tener la certeza de poder ganarlas.

Y así llegamos a la tercera entrega de la serie, en la que transcurridos ya dos años desde aquellos sorpresivos comicios que Nyborg finalmente no ganó, encontramos a Birgitte viajando a Hong Kong como consultora al servicio de distintas corporaciones privadas, gozando del jugoso beneficio económico que ofrecen las “puertas giratorias” tras su retiro voluntario de la política. Un envidiable estatus que le permite llevar un reloj de 40.000 coronas en la muñeca, vivir en un fastuoso y carísimo piso de alquiler en Copenhague y disfrutar de imponentes suites en sus constantes viajes por el mundo, en los que coincide con su amante Jeremy Welsh (Alastair Mackenzie), un reputado arquitecto inglés, amén de compartir más tiempo con sus hijos.

Una vida ideal, si no fuera porque Birgitte ha nacido para la política. El viraje de su partido, liderado ahora por Jacob Kruse (Jens Jacob Tychsen) (un antiguo colaborador con quien en el pasado tuvo sus más y sus menos) hacia posiciones reaccionarias que aprueban la deportación de los inmigrantes por delitos menores y cierta nostalgia por la adrenalina de la cosa pública la impulsan de nuevo a dar la batalla, intentando arrebatarle a Kruse la secretaría general de los Moderados. Cosa que no consigue por lo que, antes de rendirse, decide fundar su propio partido.

Un viaje para el que ya no cuenta con su antiguo spin doctor, Kasper Juul, cuyo personaje pasa a un notorio segundo plano –probablemente por los compromisos laborales del actor con el rodaje de “Juego de Tronos” donde interpreta el papel de Euron Greyjoy- por lo que Birgitte decide ofrecerle el puesto a su ex pareja, Katrine Fønsmark quien, tras despedirse de TV1 por sus discrepancias de criterio con el jefe de informativos de la cadena, el veterano y reputado periodista Torben Friis (Søren Malling), y después de una fugaz experiencia como corresponsal de guerra en Afganistán para el diario sensacionalista de Laugesen, en donde no duró demasiado tiempo, acepta ser la jefa de prensa del recién creado partido de Nyborg, bautizado como los “Nuevos Demócratas”. 

Por el camino, Katrine ha sido tentada por Hesselboe para ocupar el puesto de asesora de comunicación de «los liberales», algo que no cuajó pese a los privilegios del cargo y la sustanciosa remuneración prometida, por ir en contra de sus propias convicciones (“no puedo ser su asesora de comunicación, porque no quiero que sea mi Primer Ministro”) y ha tenido un hijo con Kasper, el hasta ahora amor de su vida, de quien también se ha separado. Juntos deberán ejercer su crianza compartiendo la custodia del pequeño Gustav, cuestión que no resultará fácil debido a la enorme exigencia de sus respectivos puestos de trabajo, ella como nueva spin doctor de Birgitte Nyborg y él como analista político estrella de TV1, en un espacio que comparte con Torben, abrumado por sus problemas matrimoniales, su affaire con la asistente de realización Pía Munk (Lisbeth Wulff) y el  reciente nombramiento de un nuevo CEO, Alexander Hjort (Christian Tafdrup), prepotente ejecutivo de unos treinta años que disfruta humillándole y disputándole el liderazgo frente al personal de redacción, pretendiendo imponer una lógica de creciente espectacularidad en los servicios informativos que afecta a la credibilidad de las noticias que emite la cadena pública.

La trama de la serie comienza entonces a mostrar un cambio en la política mundial, con la crisis de los partidos tradicionales y el surgimiento de nuevas fuerzas alternativas, lo que permite a Nyborg volver a realizar el camino de ascenso desde la base; así como en los medios de comunicación, susceptibles al uso de nuevas tecnologías que permiten conocer las opiniones y afinidades de la audiencia casi en tiempo real y los nuevos dictados del marketing, dispuesto a sacrificar la calidad y el rigor periodístico en favor del entretenimiento.

Adam Price pone a sus personajes a reflexionar sobre la ética y la ambición en un escenario cada vez más opaco, y en el caso de Birgitte Nyborg, a reconectarse con sus viejas aspiraciones políticas desde una posición de madurez y experiencia, justo antes de ser diagnosticada de un cáncer de mama por el que deberá tratarse con radioterapia. Un contratiempo que pretenderá llevar en secreto, hasta que los efectos del tratamiento empiezan a afectar a su agenda y a su desempeño como candidata en las elecciones anticipadas que Hesselboe ha convocado por sorpresa, abriendo un nuevo melón: el de hasta qué punto es lícito utilizar la propia enfermedad como reclamo electoral o para justificar una conducta errónea, insuficiente o inapropiada durante una contienda electoral en la que, contra todo pronóstico, los Nuevos Demócratas consiguen un resultado lo suficientemente amplio como para volver a ejercer de partido bisagra en un contexto parlamentario muy fragmentado.

A diferencia de otras de su mismo género, como “House of cards” o “El ala oeste de la Casa Blanca” (con las que guarda, por momentos, un singular parecido), lo más valioso de la serie escandinava es que, pese a sus vestiduras palaciegas, el relato nunca cede a efectismos sensibleros ni a atajos del entretenimiento, sino que consigue hacer de la comunicación política y sus vericuetos, de las tensiones entre la vida privada y el deber público de funcionarios y periodistas, y de los dilemas entre los compromisos del poder y las exigencias de su ejercicio, la clave de nuestro disfrute. Cosas del carácter nórdico.

Con gran sutileza y sin recurrir a lugares comunes, Price reproduce los entresijos de la compleja dinámica del sistema parlamentario danés. La exigencia de gestar coaliciones para formar gobierno, repartir ministerios, aprobar leyes y conseguir apoyos para las políticas que se pretenden llevar adelante. Una tarea rutinaria que, si resulta interesante para el espectador, es precisamente por sus humanas complejidades.

Sus personajes se desenvuelven a toda velocidad en ese difícil contexto y observamos cómo muchas de sus contradicciones y tensiones se nutren, en buena medida, de sus vidas privadas, de sus afectos y aspiraciones. Les vemos triunfar y también fracasar, frustrarse, desesperarse, amarse y sin embargo dejarse, o traicionarse sin rubor ni piedad, conscientes de que no siempre se puede tener todo lo que se desea ni se puede actuar en conciencia, como si la propia vida llevase implícita una cláusula de asunción de la fatalidad.

En cuanto a Birgitte Nyborg, su comportamiento político y las complejas decisiones que la vemos tomar a lo largo de las tres primeras temporadas de la serie, la diatriba de llegar a acuerdos con sus adversarios sin renunciar a sus ideales y su determinación en la construcción de un liderazgo fuerte en un entorno sexista y hostil, le supone asumir riesgos, desafíos y renuncias, como la invasión de su privacidad y las presiones de todo tipo que debe soportar, sin caer en excesivas concesiones o en contraproducentes intransigencias, lo que despierta nuestra admiración y empatía por la templanza demostrada por esta mujer de carne y hueso, decidida a cambiar el mundo a mejor, le cueste lo que le cueste.

O al menos eso creíamos hasta el estreno de “Borgen: Reino, Poder y Gloria”, cuyo argumento (de rabiosa actualidad) parte del hallazgo de petróleo en Groenlandia y de las repercusiones que su explotación por parte de una empresa canadiense participada por capital ruso y chino tendrá para el ya frágil y deteriorado ecosistema del ártico, desatándose un conflicto medioambiental y político sin precedentes, en el que no solo estará en juego el cambio climático, sino el control de los Estados Unidos (a quien Dinamarca debe lealtad como aliado de la OTAN) de una zona militarmente geoestratégica, y, en última instancia, las ansias de independencia de los groenlandeses que, aun perteneciendo formalmente a un territorio autónomo, continúan bajo el protectorado de la Corona danesa y cuya situación económica y social no es demasiado próspera.

La posición del Ministerio de Asuntos Exteriores danés, liderado por Birgitte Nyborg, es clave para dar luz verde o frenar la extracción de petróleo en Groenlandia, pese a la intención de llevar este asunto personalmente expresada por la actual primera ministra, Signe Kragh, una mujer más joven que Birgitte, con quien esta rivaliza en popularidad pese a que, en buena medida, ha seguido su estilo de gobierno.

Para neutralizarla, Nyborg decide filtrar a la prensa una información a la que ha tenido acceso de manera fortuita y que indica que Signe estaría pensando en crear un cargo de libre designación para contratar a su amigo personal Michael Laugesen como asesor de comunicación, lo que desata un pequeño escándalo mediático que impide que se lleve a cabo.

Tras un breve encontronazo en el que Kragh le hace saber a Birgitte que está al tanto de su autoría en la filtración y que, a partir de ahora, estará sola en el espinoso asunto del petróleo (que se complica cuando su ministerio tiene conocimiento de que en el accionariado de la empresa extractora figura Mijail Gamov, un conocido criminal, próximo al Presidente Putin y miembro de la mafia rusa), Nyborg decide oponerse inicialmente a la operación, en consonancia con los preceptos fundacionales de su partido, centrados en la preservación medioambiental, y con las medidas sancionadoras de la UE frente a Rusia ante la reciente invasión de Ucrania. Paralelamente, envía a Asger Holm Kirkegaard (Mikkel Følsgaard), a recabar información sobre el terreno como embajador en funciones de su  ministerio. Información que decide no trasladar al Consejo de Ministros a petición de su homólogo estadounidense. Pero, cuestionada por el ala conservadora del gobierno por los beneficios económicos que este negocio puede reportarle a Dinamarca, y temerosa de una destitución, al hacerse de dominio público que ha estado ocultado información sensible al resto de los miembros del gabinete, cambia de postura ignorando las consecuencias medioambientales y se muestra dispuesta a conseguir el beneplácito de los Estados Unidos a la extracción de petróleo por parte de una empresa china bajo la supervisión de Dinamarca, haciendo valer su visión colonial sobre Groenlandia y enfadando a las bases de su partido que se plantean su destitución como secretaria general.

Si en las primeras temporadas «Borgen» generó interés y anticipó varios debates sobre algunas cuestiones de la Dinamarca real que después fueron abordadas en sede parlamentaria, en materias como los derechos de las personas migrantes o de las mujeres que ejercen la prostitución, permitiéndonos ver cómo es la cocina del poder en países que muchas veces se ponen como ejemplo de democracias avanzadas, la nueva no se duerme en los laureles y sube la apuesta con debates de rabiosa actualidad.

Con varias subtramas que se apoyan en la tradición y la cultura inuitas, «Borgen: Reino, Poder y Gloria» desafía la corrección política al hacer referencia, por ejemplo, a la incoherencia en la que a menudo incurren los defensores de ciertas posiciones radicales de índole feminista o ecologista. Jóvenes activistas, como el hijo de la propia Birgitte, Magnus, que muestra su disconformidad con las macrogranjas de ganado porcino secuestrando un camión lleno de cerdos que acaban siendo liberados y posteriormente atropellados en la autopista, veganos que comen ternera cuando encargan comida rápida o supuestos ecologistas que le piden el coche a mamá para llegar antes a su destino o gobiernos, como el danés, que presumen de promover una política “verde” y critican el uso de combustibles fósiles hasta que les conviene recordar que “en la calefacción de nuestras casas, la industria y los autos seguirán funcionando con nafta durante algunos años” para justificar su apoyo a la extracción de petróleo en el Ártico que generará para el país recursos millonarios.

Desde el principio, una de las principales cuestiones que «Borgen» pretende demostrar es que, no solo el Estado es un poder en sí mismo, sino también la prensa, capaz de influir y precipitar los acontecimientos en un gobierno.

A ese “cuarto poder”, independiente de los tres tradicionales (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) se suma en esta entrega un quinto con decisiva influencia en nuestros días: el de la opinión pública que se expresa a través de las RRSS y que en esta secuela afecta tanto a Birgitte como a Katrine Fønsmark, convertida en la nueva jefa de informativos de TV1 quien, a diferencia de Nyborg (superviviente experimentada que decide adaptarse a la moda del selfie y contratar a su peor enemigo entre los estertores de una mala noche de náusea y de resaca, para que la asesore con la estrategia a emplear frente a sus rivales y de paso le eche una mano con sus redes sociales) sucumbe emocionalmente a la presión de sus colegas féminas quienes no aceptan su liderazgo y socavan su autoridad en la redacción, desatando una brutal campaña de desprestigio a través de Twitter e Instagram, que la hará perder los nervios, empujándola a renunciar definitivamente a su mayor pasión que, como en el caso de Birgitte, es su profesión.

En este sentido, la serie desliza una serie de críticas a ideas que son materia de debate en el movimiento feminista, como el tópico de la solidaridad femenina demostrando que, cuando la presencia de otra mujer amenaza tu cuota de poder, esta no es más que un puro eufemismo.

Y ello porque en Borgen no hay esencialismos de género. Desde el principio percibimos los roces entre mujeres que forman parte de los distintos gobiernos de coalición. Y, en esta temporada, somos testigos de la tensión entre Birgitte Nyborg y la nueva primera ministra Signe Kragh. A Birgitte la exaspera el uso demagógico que Kragh hace del discurso feminista, por lo que le dice a su asistente: “Puso el hashtag #ElFuturoEsFemenino en nuestra foto, me utiliza para su marca”. Un comentario que es una invitación al debate real, pues dicho hashtag no es solamente una frase marketinera de la Primera Ministra para postear en sus redes sociales, refiere a un discurso feminista interesado en convencernos de que la sola presencia de más mujeres en puestos de decisión vía cuota puede cambiar las cosas a mejor, cuando por contra hay quien opina que pensar que el género del personal que administra los Estados provoca en sí mismo un cambio radical en las políticas que se llevan a cabo es, como mínimo, una ingenuidad.

Sostenerlo en 2022, cuando hace décadas que hay mujeres dentro de los gobiernos, en puestos de presunta responsabilidad, es bastante cínico. Lo que no es óbice para seguir denunciando el «techo de cristal» (mucho más presente en algunos países que en otros) y diciendo que la presencia minoritaria de mujeres en posiciones de poder que son perfectamente capaces de asumir por méritos propios (y no por una cuestión cosmética relativa a las cuotas) confirma la desigualdad real de oportunidades.

Cabe recordar, por último, volviendo a la serie que, un año después de su estreno (en 2010), una mujer llegó a ser por primera vez Primera Ministra de Dinamarca. Helle Thorning-Schmidt, quien contó en varias entrevistas que dejó de ver «Borgen» para no verse influenciada por el impacto que sus tramas generaban en la opinión pública. Un claro ejemplo de cómo el cine y el cultura sirven como tractor de las sociedades avanzadas. ¡Larga vida a Adam Price y a los creadores que nos hacen pensar!

Título original: Borgenaka 

Año: 2022

Duración: 8 episodios de 60 min.

País: Dinamarca

Dirección: Adam Price (Creador), Per Fly, Louise Friedberg, Jesper W. Nielsen, Mikkel Nørgaard, Annette K. Olesen, Mogens Hagedorn, Rumle Hammerich...

Guion: Adam Price, Jeppe Gjervig Gram, Tobias Lindholm, Maja Jul Larsen...

Música: Halfdan E, August Fenger

Fotografía: Eric Kress, Magnus Nordenhof Jønck, Lars Vestergaard, Jorgen Johansson...

Reparto: Birgitte Hjort Sørensen, Sidse Babett Knudsen, Lars Mikkelsen, Mikkel Boe Følsgaard, Søren Malling, Darren Pettie, Lucas Lynggaard Tønnesen, Peter Mygind, Magnus Millang, Johanne Louise Schmidt, Jens Albinus, Mikael Birkkjær, Özlem Saglanmak...

Productora: Coproducción Dinamarca-Reino Unido; Netflix, SAM Productions. 

Distribuidora: Netflix

Género: Serie de TV. Secuela. Drama Político.

PEAKY BLINDERS

A la espera de la película que sus creadores anuncian ya a modo de secuela, los “fucking Peaky Blinders” han bajado la persiana del pub Garrison y han dejado a su legión de seguidores sedienta de más sangre y de más whisky (irlandés, no escocés), con esa sensación de ansia y de vacío que tienen los grandes finales inconclusos.

Y es que, como explicaba Mariló García en El País al poco tiempo de su estreno en 2013, la serie original de la BBC “llegó como algo modesto, pequeño, solo para una minoría, y acabó convirtiéndose en un fenómeno mundial” gracias a Netflix que la globalizó y multiplicó su popularidad y al reconocimiento que merece todo trabajo bien realizado, hasta llegar a ser considerada la mejor serie de culto de la última década, lo que la ha hecho durar seis temporadas.

“Peaky Blinders” es una joya. Un clásico contemporáneo que no solo engancha por la calidad de su argumento y el brillante trabajo de su excepcional elenco de actores y actrices, sino por su ritmo trepidante, su impactante fotografía e impecable ambientación que abarca desde finales del siglo XIX a las tres primeras décadas del XX, y por una potente y vigorosa banda sonora con temas de Arctic Monkeys, David Bowie, Radiohead, PJ Harvey, Johnny Cash o The White Stripes, que por si fuera poco incluye la gran sintonía de apertura, «Red Right Hand» de Nick Cave and The Bad Seeds.

“No hay serie de ficción hoy en día donde se fume más -ni donde se beba más- ni donde se vista tan bien…”, escribía García, en alusión a un estilo de peinado e indumentaria que se han hecho célebres. Boinas caladas que ocultan la mirada y dejan al descubierto la nuca rapada, trajes de tres pieza de tejido grueso, relojes de bolsillo con leontina, pañuelos anudados al cuello, tirantes de botones, gemelos y botas con puntera dorada… accesorios convertidos en tendencia de moda joven gracias a la percha y el porte de un protagonista tan carismático, enigmático y elegante como Thomas Shelby, brillantemente interpretado por el actor Cillian Murphy (a quien pocos recuerdan ya como el extravagante Espantapájaros del “Batman” de Cristopher Nolan), en el que se considera el mejor papel de su carrera hasta ahora.

Steven Knight (guionista de la magnífica “Eastern Promises” (2007) de David Cronenberg, de “Las crónicas de Narnia: la travesía del viajero del alba” (2010) y de la biográfica “Spencer” (2021) de Pablo Larraín) es el creador y guionista de esta maravilla del streaming producida por una cadena de televisión que tiene por norma la perfección. Aunque, con la epopeya familiar de estos violentos gánsteres romaníes de origen irlandés, la factoría audiovisual de la TV pública inglesa haya roto moldes, alejándose de las grandes mansiones y palacios de la aristocracia y la realeza británicas, para meterse de cabeza en los húmedos y peligrosos suburbios y calles ennegrecidas por el barro y el carbón de las fábricas del corazón de una Inglaterra en plena depresión industrial, durante los años posteriores a la Gran Guerra que dejó a sus soldados física y psicológicamente rotos, sin ofrecerles más salida de futuro que la de convertirse en maleantes y criminales.

Remontándonos a los orígenes, cabe recordar que esta historia da comienzo en 1919, cuando la Primera Guerra Mundial llega a su fin y Europa se prepara para un triste y complicado proceso de reconstrucción que entonces se pensaba que correspondería a un periodo de postguerra, sin que sus traumatizados y arruinados ciudadanos pudiesen sospechar siquiera que lo que estaban viviendo era más bien un tiempo de entreguerras, dado los acontecimientos que tuvieron lugar durante el mismo y que precipitaron una segunda contienda bélica en el viejo continente de trágica repercusión mundial.

Es en esos años cuando Thomas Shelby (Cillian Murphy), sus hermanos Arthur y John, y otros chicarrones de la grisácea Birmingham, alistados como voluntarios para combatir a las órdenes del ejército británico en Francia, regresan a casa, tras haber conseguido derrotar a los tres grandes imperios que quedaban en pie.

Pese a haberles sido concedida alguna que otra medalla al mérito (caso de Thomas, con rango de Sargento Mayor, condecorado por su heroica labor como zapador, excavando túneles y trincheras), los jóvenes excombatientes comprenden amargamente que no va a haber desfiles de bienvenida para ellos, ni discursos oficiales en los que se les agradezca su patriotismo tras arriesgar la vida por su país. Por el contrario, sus vecinos los miran con recelo, debido a los traumas y trastornos psicológicos que la mayoría de ellos acarrea a resultas del horror vivido.

Lo que se encuentran a su llegada es una sociedad desesperanzada y abatida, en la que la miseria, la falta de oportunidades y la dura lucha por la supervivencia envilecen al género humano casi tanto, o más, que la propia guerra librada en el campo de batalla.

De sangre gitana y huérfanos de madre, quien se suicidó arrojándose al canal víctima de una depresión, los Shelby tampoco tienen padre (un timador de baja estofa que los abandonó para poner rumbo a las Américas, a quien da vida el actor Tommy Flanagan en una breve incursión al principio de la serie). Se trata de tres hermanos con un carácter totalmente distinto. El mayor de ellos, Arthur (Paul Anderson) es un hombre de escasas luces, paranoico y lleno de furia, llamado a ser el cabeza de familia, posición que le correspondería como primogénito pero que es incapaz de asumir dada su inestabilidad emocional. Alcohólico y drogadicto, se convierte a cambio en el fiel brazo ejecutor de las órdenes de su hermano Thommy y en el matón oficial de la familia. Mientras John (Joe Cole), el menor de los tres, es un joven impetuoso que le secunda en sus fechorías, encargándose ambos de hacer el «trabajo sucio».

Durante el tiempo en el que han estado fuera (cuatro años), su hermana Ada (Sophie Rundle) y su pequeño hermano Finn (Alfie Evans-Meese/Harry Kirton) han estado al cuidado de Elizabeth Gray, la “tía Polly” (que encarna la actriz Helen McCrory, a quien algunos recordarán como la madre de Drako Malfoy en la saga de “Harry Potter”, fallecida el año pasado a causa de un cáncer), auténtica matriarca del clan y descendiente de una estirpe reyes, con dotes para la videncia y un fuerte y resolutivo temperamento.

En ausencia de los varones de la familia, Polly se ha encargado de que los Shelby sobrevivan y se hayan hecho fuertes en su territorio gracias al negocio ilegal de las apuestas clandestinas en carreras de caballos. Pero, a la vuelta de sus sobrinos, decide hacerse a un lado, manteniéndose en un discreto segundo plano, dada su condición de mujer en un mundo de hombres, sin dejar de aportar un punto de vista alternativo cuando de asuntos familiares se trata.

A semejanza de la Carmela de “Los Soprano”, la Gemma Teller de “Sons of Anarchy”, la Skyler White de “Breaking Bad”, la Margaret Thompson de “Boardwalk Empire” o la Claire Underwood de “House of Cards”, la inteligencia y astucia de esta fémina de armas tomar, que no parece tener problema en mezclar la fe católica con el esoterismo y el ocultismo, juegan un papel clave en las actividades de la familia, cuyas decisiones se toman inicialmente de forma asamblearia. Es ella quien controla la tesorería y la contabilidad de la Shelby S.L. Pero, más allá de eso, Elizabeth Gray es el auténtico contrapeso de Thommy, cuya ambición y temeridad no conoce límites, la única que tiene el valor de enfrentarlo y de cuestionar sus iniciativas aunque, al fin y a la postre, ambos funcionen como la misma persona y compartan el mismo objetivo: diversificar, expandir, blanquear y legalizar al menos parte del negocio y seguir aumentando sus beneficios, aunque para ello tengan que sobornar y/o combatir a las fuerzas del orden y extorsionar y liquidar sin piedad a sus enemigos.

Obsesionado con salir de la miseria del barrio obrero y ascender en la escala social hasta convertir a los suyos en una de las familias más poderosas y temidas (si no respetables) de Inglaterra, la primera vez que vemos en pantalla a Thomas Shelby, en una escena que parece extraída de algún western clásico, es un jinete a lomos de un enorme corcel negro. Solo que ese pistolero a caballo, al que todo el mundo conoce (y teme) por su apellido, que monta un numerito de brujería ante la atenta mirada del vecindario, no usa sombrero de cowboy, sino una boina irlandesa convertida en arma blanca mediante unas cuchillas estratégicamente incrustadas en su visera que tienen como finalidad rajar el rostro y cegar a sus oponentes con la sangre derramada. De ahí el nombre de la banda, cuyos continuos enfrentamientos con otras pandillas rivales suelen rayar en lo más gore.

Sin llegar a ser histórica, la serie se apoya en hechos y personajes que existieron en la vida real, de los que su creador, nacido precisamente en Small Heath (uno de los arrabales de Birmingham, feudo de los “Peaky Blinders” que controlaban la calle Adderley y, por extensión, el barrio de Bordesley, a finales del siglo XIX y principios del XX, y de otros clanes mafiosos como los “Birmingham Boys”) tuvo conocimiento gracias a las leyendas de los lugareños.

Según explica Steven Knight, la peligrosa banda original estuvo activa entre 1890 y 1920 y estaba integrada por chavales de muy corta edad (incluso hay fichas policiales que confirman que tenían a niños de 12 años trabajando para ellos). Tal como sucede en la ficción, sus miembros vestían con cierta elegancia que contrastaba con la brutalidad de la que eran capaces cuando se enfrentaban a bandas rivales y no dudaban en cortar orejas, cuellos, ojos y otras partes del cuerpo. Incluso llegaron a perder parte su poder ante los “Birmingham Boys”, liderados por un hombre llamado Billy Kimber (interpretado por Charlie Creed-Miles) que llegó a ser el capo más poderoso del Londres de la época, en quien se dice que podría estar inspirado el personaje de Thomas Shelby.

Perturbado por los recuerdos de la guerra, durante las primeras temporadas vemos al cabecilla de los “Peaky Blinders” consumir opio regularmente, especialmente por las noches, cuando se enfrenta a sus peores pesadillas y alucinaciones, intentando borrar los desagradables recuerdos que le impiden conciliar el sueño. Sin embargo, su carácter indómito y combativo harán que, a diferencia de su hermano Arthur -extraviado en los laberintos del alcohol, la cocaína y la heroína- se sobreponga a sus heridas para convertirse en uno de los hombres más notorios de Inglaterra, irrumpiendo en política como representante del partido laborista en la Cámara de los Comunes, pese a su largo historial criminal y delictivo, llegando a codearse con el mismísimo Winston Churchill (Neil Maskell).

Es en ese punto donde arranca la sexta y última temporada que acaba de estrenarse, en la que los Shelby y sus asociados ya no son gente de la peor calaña que deambula por los polvorientos caminos en coloridos carromatos. Ahora visten los mejores trajes, conducen los mejores coches y viven en las mejores casas, pero para sus adversarios siguen siendo unos sucios gitanos. Especialmente para Sir Oswald Mosley (Sam Claflin), quien fuera en la vida real un militar y político inglés, profundamente clasista y antisemita, fundador de la Unión Británica de Fascistas; al igual que su amante y principal promotora, la temible y arrogante Lady Diana Midford (Amber Anderson), ex mujer del heredero de la fábrica de cerveza Guinness y del título de Barón de Moyne, Sir Bryan Walter Guinness, íntima amiga de Hitler, que estuvo presente en su boda con Mosley celebrada en Berlín.

Tras cinco temporadas anteriores en las que los miembros de la peligrosa banda de Birmingham han tenido que librar cruentas y despiadadas batallas con otros clanes de diversas etnias (judíos, chinos e italianos) ligados al hampa, enfrentándose a los más poderosos enemigos (entre los que se incluyen el IRA y la mafia rusa) por el control de sus turbios negocios que van, desde las apuestas en carreras de caballos, combates de boxeo y partidos de fútbol amañados, hasta el tráfico de armas o de alcohol y otras sustancias ilegales, como el opio; Thomas Shelby continúa buscando la horma de su zapato o, lo que es lo mismo, un enemigo al que no sea capaz de batir, como lo hiciera antes con Chester Campbell (Sam Neill, “Jurassic Park”), un policía enviado por el Rey Jorge a Birmingham para «hacer limpieza» de pandilleros, mafiosos y comunistas revolucionarios; Alfie Solomons (Tom Hardy, “Venom”, “Dunkerque”, “Mad Max: furia en la carretera”), un histriónico judío londinense, nada de fiar, que dirige su propia banda criminal dedicada a la destilería y exportación de ron; Darby Sabini (Noah Taylor, “Juego de Tronos” y “Charlie y la fábrica de chocolate”), representante de la mafia italiana (quien fuera otro de los capos más poderosos y temidos de Inglaterra); o Luca Changretta (el galardonado Adrien Brody de “El Pianista” y “Gran Hotel Budapest”), un mafioso neoyorkino obsesionado con vengar la muerte de su padre.

En la línea de “El padrino” (The Godfather, 1972), “Los Intocables de Eliot Ness” (The Untouchables, 1987) o “Érase una vez en América” (Once Upon a Time in America, 1984), la Ley del Talión (ojo por ojo) y el sagrado culto a la familia que impera en toda organización mafiosa que se precie es, como cabría esperar, el hilo conductor del devenir de esta banda delictiva a la que se van sumando nuevos miembros a medida que la muerte va alcanzando a algunos otros, en cuyo responso final se recita invariablemente el primer verso de la letra de la canción de Navidad In the Bleak Midwinter, de la escritora victoriana Christina Rossetti: “En el medio del sombrío invierno…”

Pero, más allá del drama sentimental y familiar que articula su argumento y que pivota en buena medida sobre las relaciones íntimas y amorosas de los hermanos Shelby con sus respectivas mujeres -la dulce y altruista Grace (Annabelle Wallis) y la abnegada y rehabilitada Lizzie (Natasha O’Keeffe), quien en tiempos ejerciera la prostitución, en el caso de Thommy; la puritana Linda (Kate Phillips) que intenta meter en vereda a Arthur o la zíngara Esme (Aimee-Ffion Edwards), que deserta de la familia y se echa a los caminos con sus hijos al quedarse viuda de John, todas ellas sometidas a los códigos de sumisión y de machismo que rigen ese tipo de clanes- “Peake Blinders” aborda al menos de manera tangencial algunos de los principales asuntos que marcaron época en esos años. Y ello porque la acción de desarrolla en un tiempo convulso que sirvió de caldo de cultivo a intentonas revolucionarias de distinto signo.

Si el avance del comunismo y la lucha sindical obrera, la ley seca, el crac de la bolsa de Nueva York o el incipiente discurso de reivindicación feminista son algunos de los temas sobre los que sobrevuelan las cinco primeras temporadas de esta serie coral antológica, repleta de subtramas, la sexta y última hace referencia al surgimiento y expansión del fascismo en territorio británico, en consonancia con los postulados clasistas y antisemitas del nacionalsocialismo alemán que comenzaba a tomar fuerza en Europa por aquellos años. 

Hundido por el desprecio y el abandono de los suyos, en sus últimos capítulos, el «hombre fuerte» del clan Shelby sufrirá una nueva y dura pérdida familiar tras la trágica muerte de John, la tía Polly y Aberama Gold (Aidan Gillen) e intentará redimirse completando la complicada estrategia que puso en marcha en la temporada anterior, destinada a frenar las intenciones de Mosley de convertir el imperio británico en aliado del III Reich, haciéndole creer que está dispuesto a colaborar con su causa, al prestarse a ser su enlace con Jack Nelson (James Frecheville), un poderoso capo neoyorkino que se ha ganado la confianza del Presidente Roosevelt, quien resulta ser tío de Gina Gray (Anya Taylor-Joy, Gambito de Dama), la mujer de su primo Michael (Finn Cole), que ha prometido acabar con Thommy haciéndole responsable de la muerte de su madre.

De entre las numerosas escenas de oro puro que componen esta nueva entrega cuyo visionado resulta ser un placer agridulce a sabiendas de que la historia va llegando a su fin, destaco una que, en mi opinión, refleja la brillantez e inteligencia de sus guionistas a la hora de retratar la historia con espíritu crítico para prevenir que se repita.

Convertido ya en un influyente congresista del partido laborista, Thomas Shelby se reúne con Laura McKee (Charlene McKenna), representante del IRA, a quien intenta implicar en la operación que ha puesto en marcha para engañar a Mosley. Extrañada porque el líder de los «Peaky Blinders» esté dispuesto a colaborar con el representante de la ultraderecha británica, McKee, a quien todos conocen como la «Capitana Swing», le dice a Thommy que creía que era socialista. Su elocuente respuesta es toda una editorial sobre la forma en la que los creadores de la serie entienden el juego de la política:

“Al entrar en política he visto que no hay una línea que divida a la izquierda de la derecha, sino un círculo”, dice Thommy. “Si va muy a la izquierda acabará encontrándose con alguien que ha ido muy a la derecha y llegarán al mismo lugar”, explica trazando un círculo con una huella de agua en la mesa. “Socialistas obreros, como yo; y nacionalistas obreras, como usted. El resultado: el nacionalsocialismo. Y en medio estoy yo, intentando ganarme la vida honradamente en un mundo sombrío”.  

La contraposición entre ciencia y superstición está asimismo muy presente a lo largo de esta última entrega, casi propia del realismo mágico, cuyo final abre un universo de posibilidades a esa película que el fandom de la serie espera ya con impaciencia y cuyo estreno está anunciado para 2024.

Título original: Peaky Blinders

Año: 2013-2022

Duración: 60 min.

País: Reino Unido

Dirección: Steven Knight (Creador), Colm McCarthy, Tim Mielants, Otto Bathurst, Tom Harper, David Caffrey

Guion: Steven Knight, Toby Finlay, Stephen Russell

Música: Martin Phipps

Fotografía: George Steel

Reparto: Cillian Murphy, Sam Neill, Paul Anderson, Helen McCrory, Joe Cole, Sophie Rundle, Eric Campbell, Ned Dennehy, Annabelle Wallis, Tom Hardy, Tony Pitts, Ian Peck, Adrien Brody...

Productora: BBC, Caryn Mandabach Productions. 

Distribuidora: BBC, Netflix

Género: Serie de TV. Drama. Thriller | Mafia. Años 20. Crimen. Neo-noir

EL CALLEJON DE LAS ALMAS PERDIDAS

Desde su mismo título, “El callejón de las almas perdidas”, y más allá del deslumbrante glamour de su elenco, el último trabajo de Guillermo del Toro es una película que desprende un enorme atractivo y poder de seducción.

Inquietante, existencialista y algo barroca, incluso con un punto gore. Cine negro a todo color (gracias a la subyugante fotografía de Dan Laustsen) para recrear una atmósfera extraña, sombría y enfermiza que, por una vez, no se pone al servicio de un relato fantástico, sino que se emplea para describir la fea realidad oculta entre las bambalinas de una vieja feria ambulante -que bien podría ser una alegoría de la sociedad actual- poblada de impostores de medio pelo y de seres esperpénticos: hombres-serpiente, mujeres electrificadas, fetos embotellados, falsos adivinos y lastimosos engendros enjaulados, despojos humanos convertidos en desalmada atracción de circo.

Con la intención de contar una historia clásica de una manera contemporánea -la del ascenso y caída de un hombre que no puede escapar a su propio destino, a quien mueve únicamente la ambición- el director mexicano ha rodado una de esas películas inclasificables, y por tanto, excepcionales dentro del género en el que se encuadran (en este caso, el cine negro), para mostrarnos los entresijos de un mundo turbio y decadente que, visto desde fuera, puede parecer alegre, luminoso y colorido, pero que por dentro tiene una cara mucho más amarga. Algo que funciona como metáfora de la propia personalidad del protagonista, un farsante encantador.

En este sentido, la película es increíblemente sugerente y redonda, su argumento describe un círculo perfecto y es muy psicoanalítica, amén de desesperanzada, a imagen y semejanza de la novela homónima de William Lindsay Gresham, adaptada por primera vez al cine por Edmond Goulding, en el año 1947, bajo el título original de “Nightmare Alley”, considerada una joya del cine noir clásico.

La historia es básicamente la misma, salvo por la escena inicial añadida, en la que el joven Stanton Carlisle –antes Tyrone Power, ahora Bradley Cooper– prende fuego a su casa y al cadáver de su padre, y emprende la marcha sin rumbo fijo, en un intento por dejar atrás las heridas del pasado, convirtiéndose en uno de los muchos buscavidas de las postrimerías al crack de los años 30.

En su camino errante, nuestro hombre se topa con una feria de atracciones regentada por Clem Hoately (Willem Dafoe), un personaje cruel, siniestro y retorcido y, casi de manera accidental, acaba uniéndose a ella, trabajando primero como mozo de carga, a cambio de unos cuantos dólares y un plato de comida caliente, y muy pronto como asistente del jefe y aprendiz de adivino, tras ganarse el cariño de la vidente Zeena (Toni Collette) y de su pareja, el alcohólico Pete (David Strathairn), de quienes aprende el arte del engaño y la sugestión, lo que le abre un mundo nuevo de posibilidades a su obsesión por prosperar y convertirse en una persona de éxito.

Con su ascenso meteórico dentro de la tribu de saltimbanquis, el joven Stan representa al clásico trepa en la escala social de ese humilde microcosmos. Su ambición se hace evidente cuando, tras declararle su amor a la dulce Molly (Rooney Mara), le propone escapar juntos para montar un espectáculo destinado a un público mucho más selecto, en la gran ciudad de Nueva York, en el que él se presenta como mentalista y ella ejerce de su leal asistente, dándole las pistas previamente acordadas entre ambos, en base a un sofisticado esquema de transmisión oral en código, para engañar a la audiencia, haciéndole creer que tiene unos poderes que en realidad no posee.

Una noche aparece en su espectáculo una enigmática mujer que lo pone a prueba, desconfiando de sus dotes adivinatorias. Se trata de Lilith Ritter, una algo estereotipada (y ligeramente sobreactuada) Cate Blanchett encarnando el prototipo de rubia ultra platinada “über femme fatal”. Si bien he de decir que, parte del encanto de esta película radica precisamente en los tópicos del género que maneja con enorme acierto y elegancia.

Días después de ese primer encuentro y tras evidenciarse una poderosa química entre ambos, Stan la visita en su elegante despacho (maravilloso decorado art decó) y se entera de que se trata en realidad de una psicoanalista, entre cuyos pacientes se encuentran algunos de los hombres más poderosos y adinerados de la alta sociedad, muchos de ellos necesitados de consuelo ante la pérdida de un ser querido. Por lo que, entre ambos, deciden poner en marcha un plan delictivo que para Stan supondrá ir un paso más allá, pasando del mentalismo al espiritismo -una nueva forma de engaño, como el propio psicoanálisis o la religión-, para estafar a un peligroso magnate, valiéndose de la información que la terapeuta posee y de los más viejos trucos de sugestión y psicología aplicada.

La asociación con la terapeuta dispara las expectativas de nuestro antihéroe que crecen en cantidad y calidad: el ego y el dinero le obsesionan al punto de arriesgarlo todo -incluido el amor de Molly- en una mala apuesta que incluye la infidelidad.

Es entonces cuando se desencadena la tragedia anunciada por el tarot de Zeena (esa carta del ahorcado que funciona como oráculo de mal presagio) y vemos cómo el protagonista irá cavándose su propia tumba; enredándose cada vez más en sus mentiras, que finalmente lo llevan a la autodestrucción.

A diferencia de la versión de Goulding que, por la censura en aquellos años, no tuvo más remedio que ingeniárselas para darle un final esperanzador, la película de Del Toro es mucho más dura y descorazonadora, un descenso a los infiernos de la mente humana en toda regla, lento e implacable, hasta ese deprimente “yo nací para esto” que entre lágrimas balbucea un desahuciado Bradley Cooper en la brutal catarsis final, habiéndosenos revelado antes la verdadera naturaleza y crueldad del personaje en la descarnada escena en la que vemos la muerte de su padre. Un cierre perfecto que nos deja con la amarga certeza de que el hombre es un verdadero monstruo capaz de cometer los horrores más aberrantes.

Título original: Nightmare Alley

Año: 2021

Duración: 150 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Guillermo del Toro

Guion: Guillermo del Toro, Kim Morgan.
Bas. William Lindsay Gresham

Música: Nathan Johnson

Fotografía: Dan Laustsen

Reparto Bradley Cooper, Rooney Mara, Cate Blanchett, Toni Collette, Willem Dafoe, David Strathairn, Richard Jenkins, Mark Povinelli, Ron Perlman, Holt McCallany, Jim Beaver, Mary Steenburgen, Tim Blake Nelson…

Productora: Searchlight Pictures.
 
Distribuidora: Walt Disney Pictures

Género: Cine negro. Intriga. Drama psicológico. 

MUNICH EN VISPERAS DE UNA GUERRA

Aunque produzca cierta desazón ver esta película a la luz de los acontecimientos actuales, “Munich en vísperas de una guerra” («The edge of war») debería ser de obligado visionado para todas aquellas personas que se sientan concernidas por la forma en la que se dirimen los conflictos en clave de política y geoestrategia internacional.

Y ello porque la Historia es un reservorio de sabiduría que merece ser consultado periódicamente -máxime ahora, cuando vuelven a sonar tambores de guerra en la vieja Europa- pues de ella no solo pueden deducirse muchas de las dificultades y resistencias (la mayoría de carácter propagandista) a las que debe enfrentarse la diplomacia en sus afanes de apaciguar los ánimos belicistas de ciertos líderes narcisistas e inescrupulosos, sino también porque permite extraer una valiosa lección acerca de las ventajas que el pragmatismo, la prudencia, la templanza y el sentido de la oportunidad de insignes mandatarios (no siempre justamente juzgados por quienes la escriben) han ofrecido al mundo civilizado, desde un punto de vista estratégico, en momentos aciagos de su historia.

Un ejemplo de ello fue el llamado Acuerdo de Munich, alcanzado in extremis por el entonces primer ministro de las islas británicas, Neville Chamberlain, y su homólogo francés, Édouard Daladier, con Adolf Hitler, apenas días antes de que el Führer cumpliera su amenaza de invadir la antigua Checoslovaquia.

Aunque los límites impuestos en dicho tratado no fueran suficientes para evitar su expansionismo feroz y a la larga el líder del III Reich diera rienda suelta a su afán de conquista provocando el estallido de la Segunda Guerra Mundial al invadir Polonia, el documento firmado por los tres dignatarios en setiembre de 1938, con la presencia de Benito Mussolini como mediador, y que habilitó al ejército nazi a avanzar sobre una pequeña zona de Checoslovaquia, como mal menor, conocida como cordillera de los Sudetes y en la que la mayoría de su población era de habla alemana, permitió a las fuerzas aliadas ganar algo de tiempo para prepararse para la contienda, logrando -si no evitar- al menos postergar el conflicto armado que estallaría finalmente un año más tarde.

Esa es la historia que se cuenta en esta entretenida película, cuyo guion está basado en el superventas homónimo escrito por el reconocido novelista Robert Harris, quien se ha hecho célebre por escribir novelas de ficción a partir de hechos históricos (especialmente de la Segunda Guerra Mundial) dando pie a adaptaciones cinematográficas de una gran factura, como “El Escritor” (“The Ghost Writer”, 2010) y “El Oficial y el Espía” (“J’accuse”, 2019), ambas dirigidas por Roman Polanski.

La traslación al cine de su última novela «Múnich”, publicada hace apenas cinco años, que lleva la firma del director alemán Christian Schwochow, no solo busca llevar a la pantalla el clima de máxima tensión que se vivió en la ciudad alemana, durante aquellos días en los que el representante del Gobierno de Su Majestad se esforzaba por alcanzar a contrarreloj un pacto con Hitler que consiguiera evitar la guerra y apaciguar el descontento de los alemanes, provocado por la crisis económica que siguió al Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial (algo que consigue mediante una historia ficcionada de diplomáticos espías que discurre en paralelo a los hechos por todos conocidos), sino que propone un punto de vista novedoso y ciertamente interesante sobre la figura del tristemente célebre Chamberlain, en una suerte de revisionismo histórico ligeramente apologético.

Con esa intención, el guion de Ben Power husmea entre las bambalinas de la Historia dejando al descubierto los tejemanejes de las altas esferas, mostrando los entresijos y hasta las tripas de los esfuerzos diplomáticos por evitar el conflicto armado, cuando el primer ministro de las islas británicas, dubitativo, pero bien intencionado, se las tiene que ver con un Hitler determinado, que aguarda el momento de hacer estallar la tormenta.

Introduciendo a dos personajes que nunca existieron en realidad: un diplomático inglés, Hugh Legat (George MacKay), y uno alemán, Paul von Hartmann (Jannis Niewöhner), quienes se reencuentran seis años después de estudiar juntos en Oxford y se alían para tratar de impedir que el primer ministro británico suscriba el polémico Acuerdo de Múnich, presentándole pruebas de cuáles eran los auténticos y malvados planes de expansión y exterminio de Hitler, Schwochow consigue esbozar un retrato de Chamberlain mucho más benévolo, favorecedor y menos crítico que el que suele aparecer en los libros de historia. Algo a lo que contribuye el gran trabajo de Jeremy Irons, quien lo encarna con tanta humanidad, inteligencia y corrección políticas que llega a redimir al personaje haciéndonos comprender la naturaleza de sus decisiones. En cambio, el Hitler al que da vida Ulrich Matthes no termina de resultar creíble. Su caracterización deja mucho que desear y a su interpretación le faltan fuerza y carisma.

Ambos mandatarios son el eje sobre el que se desarrolla la acción de esta cinta que, sin excesivas pretensiones creativas, pero con una sólida estructura narrativa, se sumerge en el gran acontecimiento que supuso la Conferencia de Múnich de 1938, y lo hace desde el punto de vista de los personajes secundarios, demostrando que al director le interesa tanto la historia con mayúsculas, como la de los ciudadanos de a pie que, con frecuencia, se ven arrollados por el curso de los acontecimientos.

En este caso, Hugh Legat y Paul von Hartmann, un inglés y un alemán, antiguos compañeros y amigos de universidad, cuyos destinos colisionan con la ascensión del nazismo, tendrán que decidir hasta qué punto se van a implicar para intentar torcer el rumbo de la historia o se dejarán llevar por los vientos de guerra.

La cinta funciona en este sentido como fiel retrato de una época, con un impecable diseño de producción, pero también logra mantener la intriga, cosa que tiene su mérito cuando todos sabemos cómo acabó aquello, poniendo en valor conceptos tan elevados como la amistad, el pacifismo y la responsabilidad personal, aun cuando seamos conscientes de que hay cosas que escapan a nuestro control (por mucho que inundemos las redes sociales con mensajes de #NoALaGuerra).

MacKay (conocido por su trabajo en la oscarizada «1917», de Sam Mendes) y Niewöhner se ajustan bien a sus papeles de jóvenes inconformistas en tiempos convulsos logrando que empaticemos con sus ideales, sus temores y hasta con sus errores. Especialmente en el caso del atormentado diplomático alemán, nunca lo suficientemente arrepentido de haberse dejado seducir por los cantos de sirena del nacionalsocialismo. Suya es una de las mejores, más crudas y revolucionarias frases de la película: “la esperanza es aguardar a que otro dé el paso, viviríamos muchísimo mejor sin ella”.

Munich – The Edge of War. (L to R) Jeremy Irons as Neville Chamberlain, George MacKay as Hugh Legat, in Munich – The Edge of War. Cr. Courtesy of Netflix © 2021
Título original: Munich: The Edge of War

Año: 2021

Duración: 123 min.

País: Reino Unido

Dirección: Christian Schwochow

Guion: Robert Harris, Ben Power

Música: Isobel Waller-Bridge

Fotografía: Frank Lamm

Reparto: George MacKay, Jannis Niewöhner, Jeremy Irons, Alex Jennings, Martin Wuttke, Ulrich Matthes, August Diehl, Robert Bathurst, Marc Limpach, Martin Kiefer, Sandra Hüller, Liv Lisa Fries, Pierre Bergman...

Productora: Turbine Studios, Netflix. 

Distribuidora: Netflix

Género: Thriller. Drama . Años 30. Espionaje . Nazismo . II Guerra Mundial

LA CASA DE PAPEL (TEMPORADA FINAL)

Impactados, emocionados hasta la lágrima, vacíos de adrenalina y con cierto mohín nostálgico, como cuando llegamos al final de la última página de un libro cuya lectura ha logrado extasiarnos, así se han (nos hemos) quedado los seguidores de “La Casa de Papel” con el brillante desenlace con el que sus creadores han decidido darla por concluida. Un cierre espectacular, vibrante, inteligente y arrollador, que ha conseguido estar a la altura de la trama, dejando sin argumentos a los agoreros que, tras los últimos giros y golpes de efecto (con bajas irreparables) lo veían ya casi imposible.

Pero, como diría Tokio en la antesala de su autoinmolación: “como en el ajedrez, hay veces en que es necesario sacrificar una pieza para ganar”.

Desde su lanzamiento en Antena 3 en el año 2017, hasta este 3 de diciembre en que Netflix le ha puesto punto y final (aunque ya se anuncia que habrá secuela con un spin-off dedicado al personaje de Berlín que interpreta Pedro Alonso), la serie creada por Alex Pina no ha dudado ni escatimado recursos para intentar sorprendernos, trazando un viaje equiparable a un rally de montaña, con curvas muy pronunciadas, algunas cuestas emocionalmente difíciles de remontar (como las trágicas muertes de Moscú o de Berlín, o las más recientes de Nairobi y Tokio) y valles quizá demasiado extensos, donde algunos han creído ver la intención de alargar la trama en demasía.

Con todo, haciendo balance, es justo decir que “La Casa de Papel” es, con mucho, la mejor serie española que se ha hecho hasta la fecha y una de las más exitosas de habla no inglesa del rey del streaming, llegando a convertirse en un fenómeno global, mucho antes de que tuviésemos noticia de “El Juego del Calamar”.

Simplemente lo tiene todo. No se trata solo de una producción con abundancia de medios, localizaciones, efectos, montaje y fotografía impecables, y un cartel de increíbles y desde ya consagrados actrices y actores: Álvaro Morte (el Profesor), Úrsula Coberó (Tokio), Itziar Ituño (Lisboa), Pedro Alonso (Berlín), Alba Flores (Nairobi), Miguel Herrán (Rio), Paco Tous (Moscú), Jaime Lorente (Denver), Esther Acebo (Estocolmo), Enrique Arce (Arturo), Darko Peric (Helsinki), Roberto García Ruiz (Oslo), Hovik Keuchkerian (Bogotá), Luka Peros (Marsella), Ahikar Azkona (grande el navarrico Matías reivindicando ser rebautizado como «Pamplona», capital mundial de la jarana en sus San Fermines), Belén Cuesta (Manila), Rodrigo de la Serna (Palermo), Najwa Nimri (Inspectora Sierra), Fernando Cayo (Coronel Tamayo), Fernando Soto (Angel), José Manuel Poga (Gandía)… una serie absolutamente coral, donde todos y cada uno de los personajes constituye una pieza clave dentro del relato, basado en un guión muy bien trabajado que rebosa inteligencia, intuición y creatividad, combinando sabiamente la intriga, la acción, el romanticismo, el sarcasmo y la sensibilidad social, con una generosa dosis de crítica hacia el funcionamiento de los poderes del Estado y el sistema capitalista en general, que logra epatar de inmediato con las castigadas clases medias y desfavorecidas, que son -no lo olvidemos- mayoría hoy a nivel mundial y dotada de un ritmo trepidante que mantiene la emoción del espectador en alto, desde el minuto uno, hasta el final que acabamos de ver.

“Los momentos importantes son aquellos en los que comprendemos que ya no hay retorno”, nos anuncia la aterciopelada voz en off de Tokio, adelantándose a lo que promete ser un desenlace intenso, cargado de acción. Y lo que sigue no decepciona.

Aunque, en realidad, el equipo de guionistas que lidera Javier Gómez Santander ha tenido que exprimir ya en dos ocasiones sus neuronas para crear dos cierres de infarto para “La Casa de Papel”: el primero, al final de la segunda temporada, cuando se resuelve el atraco a la Fábrica de la Moneda y Timbre que supone la puesta de largo de la banda del Profesor, cuyos miembros son rebautizados con nombres de capitales insignes, en un guiño a los nombres en clave de la escala cromática de los asaltantes de «Reservoir Dogs» (Brown, White, Blue…), con la rocambolesca huida de la banda al completo con el botín, viviendo desde entonces como prófugos de la justicia, buscados por la Interpol. Y este segundo, que pone broche de oro (nunca mejor dicho) al robo del siglo: el gran golpe al Banco de España. Un plan cuya concepción fue muy anterior al primero, según se nos hace saber a través de una historia paralela que se desarrolla en flash back y que responde a título póstumo a las aspiraciones de Berlín, hermano mayor del Profesor, un elegante ladrón de guante blanco que hizo del latrocinio toda una filosofía de vida. Suya es la lapidaria máxima de que “La traición es inherente al amor, ya que ésta no depende de cuánto amas a alguien, sino de la magnitud del dilema que te pongan delante”, conclusión a la que llega tras haber sido traicionado por su único hijo Rafa (Patrick Criado) y su exmujer, Tatiana (Diana Gómez), dos personajes que junto a la inspectora Alicia Sierra que interpreta Najwra Nimri resultan decisivos en el desenlace final de la serie.

Aquejado de una enfermedad terminal, junto a su fiel amigo y eterno enamorado, Palermo (el argentino Rodrigo de la Serna), Berlín concibe y confecciona antes de morir el plan de lo que considera el robo perfecto y pone al tanto de los detalles a su hermano Sergio, sin sospechar que será este quien finalmente lo lleve a cabo. Pero esta vez el desafío es mayúsculo.

Hacerse con la reserva nacional de oro vaciando la bodega acorazada del Banco de España y conseguir irse de rositas, sitiados por el ejército y las fuerzas de orden público, tras librar una encarnecida batalla con un temerario cuerpo de legionarios de élite parece, en principio, una misión imposible, casi suicida. Pero los espectadores de “La Casa de Papel” han (hemos) aprendido a confiar ciegamente en los superpoderes terrenales de Sergio Marquina, casi tanto como los ladrones de su banda, quienes deciden libre y voluntariamente seguir sus instrucciones, aún a riesgo de poner sus vidas en peligro, seguros de que su admirado y querido Profesor no les dejará en la estacada. Una confianza que, por momentos, parece resquebrajarse, sin que la lealtad se vea, sin embargo, jamás traicionada, por límite que se torne la situación o grande que parezca el dilema.

Y es que, como se dice más de una vez a lo largo de la serie, más que una banda de ladrones, los hombres y mujeres de los monos rojos y las máscaras de Dalí, forman una gran familia. Y es precisamente a ese vínculo familiar al que más apela la serie en su temporada final.

“Soy un ladrón, hijo de ladrón, hermano de ladrón y espero ser algún día padre de ladrón”, se enorgullece de su condición el Profesor frente al miserable Coronel Tamayo (memorable Fernando Cayo dando vida a un personaje tan despreciable de una forma un tanto caricaturesca), al reprocharle este el querer hacerse pasar por un falso Robin Hood, cuando su verdadera intención robar la reserva nacional de oro sin importarle llevar al país a la bancarrota.

La respuesta del profesor es que “nadie puede renunciar a su verdadera naturaleza”. Pero la realidad es que, como siempre, lo tiene todo calculado. Sabe perfectamente que, una vez se dé a conocer la noticia de la sustracción de la reserva nacional, se desatará una gran crisis en los mercados financieros, la bolsa se desplomará y la deuda dejará de financiarse, dejando al país en quiebra técnica. La única manera de evitarlo es devolviendo el oro, y eso es lo que hace. El pequeño detalle es que lo que vuelve a la bóveda acorazada del Banco de España, frente a las cámaras de la prensa de medio mundo, no es exactamente lo que todos esperaban.

“O ganamos los dos o perdemos los dos”, le dice a Tamayo proponiéndole liberar a su banda y aceptar a cambio un cargamento de oro fraudulento.

A fin de cuentas, “¿qué es el oro de un país? ¿Su riqueza? No. Es una ilusión. No sirve para nada. España no paga nada con ese oro. Es un respaldo psicológico”, como explica a Palermo en uno de los muchos momentos epifánicos que tiene el personaje de Álvaro Morte en esta quinta y última temporada, confesándole su intención de llevar a cabo “el cambiazo”, sustituyendo la reserva nacional por falsos lingotes de latón bañados en oro que Tamayo no tendrá más remedio que aceptar como moneda de cambio, llegado el momento, si quiere salvar la situación.

“Piénselo bien coronel – apuntala Lisboa- esos lingotes han frenado la crisis de deuda. Si hasta tiene su gracia. No me diga que no encaja con la tradición española. ¿Qué otro país podría tener una reserva nacional de latón y seguir funcionando como una de las principales economías del mundo? La picaresca española. El Lazarillo de Tormes no lo escribieron los ingleses”.

“Va a ser usted un héroe Tamayo -insiste el Profesor- esa pequeña diferencia de metal solo será un secreto de Estado más. Pasará de presidente a presidente durante los próximos 50, 60, 70 años y, en el fondo, no pasará nada”.

Uno escucha esas palabras y entiende por qué la serie ha calado tan hondo. De hecho, ya hay quien apunta a que la primera clave de su éxito está en saber conectar con el descontento de amplias capas de la sociedad respecto de la conducta falsaria, inmoral, falta de escrúpulos y de toda ética, de quienes reinan en las “cloacas del Estado”. Ejemplos de ello hemos tenido en los noticieros de este país recientemente, como para llevarnos ahora las manos a la cabeza porque una serie “de ficción”, que se ha convertido en un fenómeno global, deje “con el culo al aire” a los promotores de la marca España, poniendo al descubierto ante el mundo las tropelías de un sistema profundamente inepto y corrupto, capaz de eso y de cosas peores. 

Algo que, por otro lado y a tenor del predicamento que ha tenido la serie a nivel mundial, no parece ser un fenómeno exclusivo de carácter local.

La mayoría de quienes se declaran fan de “La Casa de Papel” dicen encontrar similitudes con lo que ocurre en sus países o se confiesan directamente antisistema, lo que hace que desarrollen un alto grado de empatía con los atracadores, deseando que el robo llegue a buen puerto, como si de una banda de héroes justicieros se tratase.

Y ello porque, «a medida que conoces los detalles de sus historias, uno se va encariñando con los ladrones y va descubriendo que los malos no son tan malos ni los buenos son tan buenos», como explicaba a BBC Mundo el productor audiovisual Patricio Rabuffetti.

Decía Alfred Hitchcock que «la simpatía por un villano está en la base de cualquier ficción exitosa”. Y los creadores de “La Casa de Papel” se lo han tomado muy en serio, haciendo que sea mucho más fácil identificarse con los miembros de la banda del Profesor que con quienes supuestamente representan la ley y el orden, si bien la serie ofrece a algunos de estos funcionarios la posibilidad de redimirse y ponerse del lado correcto de la historia. Lo vimos con la inspectora Raquel Murillo (Lisboa), redimida por amor, y mención aparte merece en este sentido la repentina transformación que sufre en esta temporada la cruel y despiadada Alicia Sierra desencantada del sistema desde que el Coronel Tamayo decidió hacer de ella su cabeza de turco.

Recién parida, con la sensibilidad y las hormonas a flor de piel, el personaje de Najwa Nimri experimenta un complejo vuelco emotivo (por primera vez llora y ríe sinceramente, libre de las cadenas profesionales y emocionales que la reprimían) y una recuperación progresiva de confianza tras su acercamiento al personaje de Álvaro Morte, que tiene su eclosión en una escena que comparten ambos en un sofá y que resulta sencillamente hipnotizante, en una clara demostración de aquello que decía la malograda Tokio: “lo bueno de las relaciones es que acabamos olvidando cómo empezaron”.

Título original: "La casa de papel"

Año: 2017

Duración: 70 min.

País: España

Dirección: Álex Pina (Creador), Jesús Colmenar, Miguel Ángel Vivas, Alex Rodrigo, Alejandro Bazzano, Koldo Serra, Javier Quintas, Albert Pintó

Guión: Álex Pina, Javier Gómez Santander, David Barrocal, Esther Martínez Lobato...

Música: Iván M. Lacámara, Manel Santisteban.

Fotografía: Miguel Ángel Amoedo, David Azcano, Sergi Bartrolí, Mike Valentine
Reparto: Álvaro Morte, Úrsula Corberó, Itziar Ituño, Alba Flores, Paco Tous, Najwa Nimri, Pedro Alonso, Miguel Herrán, Jaime Lorente, Esther Acebo, Hovik Keuchkerian, Rodrigo de la Serna, Enrique Arce...

Productora: Vancouver Media, Atresmedia Televisión. Distribuidora: Netflix. 

Género: Serie de TV. Thriller. Intriga. Acción | Robos & Atracos.

NINE PERFECT STRANGERS

Hay una frase en “Nine Perfect Strangers” (la gran apuesta de Amazon Prime Video para este verano) que resume con cierto sarcasmo lo que no pocas personas piensan, aún hoy, acerca de los problemas que llevan a otras hasta el diván del psicoanalista y es cuando Masha (Nicole Kidman), esa extraña y misteriosa mujer de origen ruso, mezcla de psicoterapeuta y de gurú celestial, que dirige Tranquillum House, le dice a su último grupo de huéspedes/pacientes: “el hombre preindustrial no se deprimía porque estaba demasiado ocupado trabajando”.

Siguiendo la estela de “Big Little Lies”, sus creadores han vuelto a contar con la actriz australiana de mirada penetrante y belleza etérea, para protagonizar la adaptación de otra de las novelas de Liane Moriarty, en la que nueve personas que no se conocen de nada coinciden en un aislado resort de lujo al que acuden ricos y famosos dispuestos a pagar una fortuna por embarcarse en un exclusivo retiro que les permita sanar de sus aflicciones y mejorar como seres humanos en tiempo récord, aunque no sin cierto sufrimiento.

A quienes ingresan en este idílico balneario, situado en un lugar apartado, con un camino de difícil acceso (ya que se supone que el aislamiento es parte esencial de la terapia de sanación), en medio de un bosque con río, catarata y aguas termales, y donde te sirven nutritivos batidos de frutas tropicales preparados al momento (quién diría que meter la cámara en un vaso de licuadora iba a dar tanto juego visual), les requisan nada más llegar sus medios de transporte y sus dispositivos móviles para cortar todo contacto con el exterior. En realidad les aíslan solo en el plano físico, pues en el plano emocional cada uno de ellos ya lidiaba previamente, en soledad, con sus propias tribulaciones sin abrirse a su entorno, al que solo dejaban ver (y padecer) las secuelas y consecuencias de sus respectivos traumas.

Se trata de nueve personajes con caracteres, profesiones y etapas vitales distintas, que se someten voluntariamente (y a ciegas) a una terapia experimental que promete ser “liberadora”, diseñada por alguien que ha conseguido «renacer» en sentido literal (tras estar clínicamente muerta) y dejar atrás su oscura vida pasada. Un “novedoso” método terapéutico que se nutre de muchas de las actuales teorías del Mindfulness: la meditación, el yoga, el regreso a la tierra, la desintoxicación a través del ayuno y la alimentación eco-orgánica y, sobre todo, el entregarse por entero y abrazar la experiencia del retiro abriendo la consciencia a la espiritualidad, para salir de ella siendo personas nuevas, sin castigarse, sin juzgarse, sin arrepentirse… Un viaje físico y espiritual de diez días, resumido en ocho episodios, durante los cuales la serie nos irá presentando a cada uno de estos clientes/pacientes que se encuentran al límite de su resistencia y que se verán abocados a poner en común las pérdidas, fracasos, frustraciones, traiciones y traumas que los lastran, para poder así desprenderse de ellos y avanzar hacia un estado emocional superior, en el que los dolores, culpas, complejos y temores que los afligen al fin desaparezcan.

“Nine perfect strangers” es, en suma, un inquietante puzzle que se construye lentamente, combinando el drama y el misterio con las constantes referencias a un estilo de vida que es tendencia, obligándonos a seguir las pistas que nos van dejando a cuenta gotas según avanza su argumento y en el que destacan las magníficas interpretaciones de los actores y actrices de reparto.

Melissa McCarthy en el papel de Francis, escritora de novela romántica, una cincuentona menopáusica, fracasada en el amor, que teme no estar a la altura de sus propias expectativas profesionales, quien es sin duda la más empática del grupo; Bobby Cannavale, quien da vida a Tony, una estrella del fútbol americano que vio apagarse su popularidad al sufrir un grave accidente en el campo y desde entonces desarrolló una fuerte dependencia al alcohol y a los fármacos que lo convierte en un ser desaliñado y malhumorado; Luke Evans (Lars), un sujeto narcisista, sospechoso y taimado, homosexual, escéptico y conflictivo, que parece decidido a reventar la terapia provocando al resto del grupo, especialmente a Regina Hall (Carmel), una mujer de mediana edad, con problemas de ira y de autoaceptación, que acude al retiro para perder peso y volver a sentirse atractiva tras la doble maternidad que la condenó a la vida doméstica; Heather (Asher Keddie), una madre atrapada en una profunda depresión desde el suicidio de su hijo adolescente que convive con su marido Napoleón (Michael Shannon) y su otra hija, Zoe (Grace Van Patten), sin soportar la idea de que estos se hayan resignado tan fácilmente a la pérdida. Y finalmente Ben (Melvin Gregg), quien tras haber ganado 22 millones de dólares en la lotería ha perdido el interés por todo cuanto posee, incluida su espectacular esposa influencer, Jessica (Samara Weaving), una joven insegura y no muy lista, para quien nada existe, si no se cuelga en Instagram.

Al margen del indudable atractivo del personaje de Masha, una suerte de ser místico dotado de un gran poder de seducción al tiempo que infunde cierta desconfianza e incluso temor entre sus pacientes/huéspedes, la miniserie de Daniel E. Kelley («Big Little Lies«, «The Undoing«) se apoya en este gran reparto coral, para proponernos un triple suspense: ir conociendo la biografía de cada uno de estos personajes; saber exactamente en qué consiste ese “nuevo protocolo” del que hablan Masha y sus ayudantes, Yao (Manny Jacinto) y Delilah (Tiffany Boone) (con quienes mantiene una extraña relación, cuya naturaleza aún no llegamos a precisar) y que, a tenor de sus conversaciones, parece ser algo extremo, posiblemente hasta ilegal; y averiguar quién está detrás de las amenazas que la gurú recibe en su teléfono móvil y si tienen algo que ver con la tragedia/negligencia ocurrida tiempo atrás en ese lugar.

El misterio está servido y todo hace presagiar que el dilema que se nos plantee a futuro sea de naturaleza ética. De momento solo hemos visto los tres primeros capítulos, lo suficiente para despertar nuestro interés.

Título original: "Nine Perfect Strangers"

Año: 2021

Duración: 43 min. x 8 episodios

País: Estados Unidos 

Dirección: Jonathan Levine

Guión: David E. Kelley, John-Henry Butterworth, Samantha Strauss.
 
Novela: Liane Moriarty

Fotografía: Yves Bélanger

Reparto: Nicole Kidman, Melissa McCarthy, Michael Shannon, Luke Evans, Regina Hall, Bobby Cannavale, Samara Weaving, Asher Keddie, Manny Jacinto, Melvin Gregg, Tiffany Boone, Grace Van Patten, Hal Cumpston

Productora: Blossom Films, Made Up Stories. Distribuidora: Hulu

Género: Serie de TV. Drama | thriller