LA MUJER EN LA VENTANA

Hay películas que lo tienen todo para ser un éxito. Una prometedora sinopsis, una estética atractiva, un elenco de probada solvencia… y, sin embargo, pinchan en hueso. Es lo que le ha ocurrido a “La mujer de la ventana” (Netflix) por más empeño que su director, Joe Wright, haya puesto en que cada uno de sus planos (protagonizados por un reparto de lujo, encabezado por Amy Adams, Julianne Moore y Gary Oldman) nos recuerde al mejor cine de Alfred Hitchcock.

Desde el traveling inicial (“Cortina rasgada”) hasta el plano final de la escalera en picado (“Vértigo”); el chico perturbado, cuchillo en mano, apuñalando obsesivamente al inquilino (“Psicosis”) y la muy obvia escena del espionaje a los vecinos a través del teleobjetivo de una cámara fotográfica (“La ventana indiscreta”), todo en “La mujer de la ventana” pretende recordarnos al mejor cine de suspense creado por el célebre director británico y, sin embargo, la desconfianza inicial se convierte en decepción inmediata en cuanto nos percatamos de que, tras ese alarde cinéfilo, hay un desarrollo argumental bastante deplorable.

La razón no está tanto en la estética formal de la película, cuya atmósfera claustrofóbica, acorde al trastorno psicológico de su protagonista, está ciertamente bien lograda al situar la acción en un mismo escenario (un antiguo caserón de varias plantas y enormes ventanales, aunque pobremente iluminado por exigencias del guión), cuanto en el desarrollo de una historia cuya premisa inicial promete más que lo que finalmente es capaz de ofrecer.

La Dra. Anna Fox es una psicóloga infantil que sufre de agorafobia, lo que le hace insoportable poder pisar la calle, así que vive encerrada en su casa de Nueva York, la que en algún tiempo compartía con su hija y su marido (con el que la vemos hablar casi a diario), teniendo ahora inexplicablemente por toda compañía a su gato y a un misterioso inquilino, con pasado de expresidiario, que habita en el sótano.

Sus días transcurren confusos, debido a la pésima combinación de los fármacos que le receta su psicoterapeuta y el vino que consume en cantidades ingentes, mientras ve viejas películas y se dedica a espiar a sus vecinos.

Un día, mientras mira por la ventana, contempla un asesinato en el hogar de los Russell, una familia que acaba de mudarse al barrio. O al menos es lo que cree haber visto y así se lo cuenta a la policía. Sin embargo, nadie le cree.

La historia sufre entonces una deriva injustificada y poco verosímil, en la que los personajes secundarios cobran fuerza frente a la protagonista, pretendiendo convencerla de que su frágil mente enferma le ha jugado una mala pasada, cuestión que podría ser de interés y que, de hecho, en algún sentido lo es, pues gracias a ello nos enteramos de la naturaleza del verdadero trauma que arrastra la doctora (la mejor escena, a nivel estético, de todo el largometraje), si no fuera por las prisas que tiene el director en precipitarse hacia un final clarificador, demasiado torpe en ritmo y en forma.

Como suele suceder en este género, naturalmente el asesino no es quien la película sugiere de inicio, pero una vez desvelada su identidad real, de forma un tanto precipitada por las ansias del director en dejar claro que Amy Adams no estaba tan loca como parecía, sus absurdas motivaciones y salvaje comportamiento resultan tan forzados que, más que sobresalto, provocan hilaridad, siendo los diez minutos finales de la película un auténtico despropósito, con detalles más propios de una película de serie B, en donde la exageración y la truculencia rayan en el gore, llegando a salpicar de sangre la lente de la cámara, por ejemplo cuando Jane está siendo asesinada.

Nada en la película se explica de manera creíble y convincente. Ni la relación del Sr. Russell (un caricaturesco Gary Oldman) con su hijo (un exagerado Fred Hechinger, a quien solo le falta portar un enorme cartel que diga: “Mírenme, soy un psicópata”) ni con la madre biológica de este (una desenfadada Julianne Moore, cuya presencia en la película es tan fugaz como refrescante), ni el inquietante papel del inquilino expresidiario que nunca llegamos a saber realmente quién es ni cómo ni por qué ha llegado allí.

En resumen, un thriller fallido, cuya producción estuvo plagada de retrasos, reescrituras del guión y filmaciones adicionales, con un elenco llamativo encabezado por la infatigable Amy Adams, cuyos esfuerzos dramáticos por mostrar la vulnerabilidad del personaje de Anna e intentar acercarnos al caos psicológico que está atravesando, se ven saboteados por la deriva de un guion que no se sostiene, que desperdicia los mejores filones de la historia (como la agorafobia que sufre la protagonista que podría haber dado mucho más juego) y que finalmente naufraga en el ridículo y la parodia haciendo de “La mujer en la ventana” una película totalmente prescindible que desmerece la marca del gran Alfred Hitchcock con la que hábilmente se le ha querido asociar por interés comercial.

Título original:"The Woman in the Window"

Año: 2021

Duración: 100 min.

País: Reino Unido

Dirección: Joe Wright

Guión: Tracy Letts. Novela: A.J. Finn

Música: Danny Elfman

Fotografía: Bruno Delbonnel

Reparto: Amy Adams, Gary Oldman, Wyatt Russell, Fred Hechinger, Julianne Moore, Anthony Mackie, Jennifer Jason Leigh, Brian Tyree Henry, Tracy Letts, Jeanine Serralles, Liza Colón-Zayas, Mariah Bozeman, Daymien Valentino

Productora: Fox 2000 Pictures, Scott Rudin Productions, TSG Entertainment, 20th Century Studios. 

Distribuidora: Netflix

Género: Intriga| Thriller psicológico

MARE OF EASTTOWN

Difícilmente podía imaginar David Lynch, cuando rodó la escena en la que el cuerpo sin vida de Laura Palmer aparecía flotando en el río, envuelto en una bolsa de plástico, que la que fuera su gran obra maestra dentro del género policíaco de suspense se convertiría en fenómeno de culto y fuente de inspiración para cientos de realizadores que, a lo largo de los treinta años posteriores a su estreno, han intentado emularla sin mayor pena ni gloria.

El último de ellos es Brad Ingelsby, creador de la serie “Mare of Easttown” de HBO, que cuenta con la invalorable baza de tener a la gran-diosa Kate Winslet como productora y actriz protagonista. Aunque, en este caso, se trata de una miniserie policíaca muy bien contada, que pese a guardar obvias semejanzas con la mítica producción del singular director norteamericano, está muy lejos de su recurrente apuesta por la pincelada surrealista.

Al igual que en “Twin Peaks”, todo sucede en una pequeña población ribereña situada entre montañas, en este caso las de Pensilvania, en la que todos sus habitantes se conocen o están emparentados. Un lugar donde casi nunca pasa nada relevante o digno de salir en las noticias y en el que nadie parece ser demasiado feliz.

Tras una breve introducción que nos adentra en los pormenores de la vida (nada fácil) de los personajes principales, la acción propiamente dicha se inicia con el hallazgo del cadáver de Erin McMeanamin (Cailee Spaeny), una joven adolescente y madre soltera, cuyo cuerpo sin vida aparece, totalmente desnudo, en el cauce del río que atraviesa los bosques de la región. La inspectora Mare Sheenan (Winslet) será la encargada de investigar el caso hasta hallar al culpable. Pero, en el proceso, deberá lidiar con sus propios demonios personales y familiares.

Marcada por el suicidio de su único hijo varón, que no logra superar y que consiguió arruinar su matrimonio, la vida de Mare tampoco es precisamente de color de rosa, teniendo que ejercer a la vez de madre (tiene otra hija adolescente bastante rebelde con la que vive en pie de guerra), de hija (su madre,  la genial Jean Smart, con quien se lleva también como el perro y el gato, se ha mudado a vivir con ella) y de abuela, al haberse tenido que hacer cargo de un niño de cuatro años, concebido por su hijo muerto con una exyonqui que ahora reclama su custodia.

Por si esto fuera poco, profesionalmente la inspectora Sheenan acusa el síndrome del perdedor, al no haber sido capaz de resolver la desaparición de otra joven de la región, cuya madre (de quien había sido amiga desde el instituto) la culpa de ello.

Con una imagen desaliñada y algunos kilos de más que siempre se ha preocupado de mantener a raya, Winslet construye, en plena madurez, un personaje rotundo y adolorido, el de una mujer fuerte (al menos en apariencia), con un profundo poso de amargura y frustración, exhibiendo sus mejores dotes interpretativas en su vuelta a la pantalla chica (las mismas que hace diez años le hicieron ganar el Emmy a la mejor actriz por «Mildred Pierce«, otra serie de HBO).

“Ahora que ya tengo más de 40 me interesa representar personajes reales, poco glamorosos, antes que ideales e inalcanzables”, contaba en una extensa entrevista con el sitio Brief Take quien alcanzara la eternidad y la fama meteóricas en los noventa, nada más dar el salto a Hollywood, gracias a la épica de James Cameron, interpretando a la voluptuosa Rose de “Titanic”; aquella veinteañera australiana a la que Jane Campion imaginó abducida por un gurú de la india de nombre Baba (Harvey Keitel) al que quiso entregarse en cuerpo y alma en “Holly Smoke”; la adolescente pletórica de furia y escándalo que filmó Peter Jackson en “Criaturas celestiales”; la enamoradiza Marianne Dashwood de “Sentido y Sensibilidad”, la carcelera nazi que intercambiaba literatura por sexo en “The Reader”, la Ofelia que se resistió al academicismo de Kenneth Branagh en su adaptación del “Hamlet” de Shakespeare o la temible Myrtle Dunnage en esa extrañísima combinación de spaguetti-western, comedia negra, melodrama romántico, dibujo animado, slapstick y cine social que es “The Dessmaker”… y tantas y tantas mujeres más, de distintas edades y épocas, que la han conducido hasta aquí.

Como escribe el crítico de cine de Página 12, “interpretando a Mare y su sombrío estoicismo, en una era sin proezas ni artificios, Winslet persigue los trazos de un crimen como los de su propia verdad, con esa sublime entereza, aferrada a los mundos que ha habitado, como si fueran ecos de su propia esencia…”

Para este nuevo trabajo televisivo, la actriz, de formación y origen británicos, se ha empleado a conciencia. No sólo se empeñó en aprender, con notable precisión, el acento del condado de Delaware (el “delco”), de donde es oriundo el creador de la serie, sino que no ha dudado en sacrificar su innegable belleza y utilizar su propia fisonomía para reflejar todo el impacto de la tragedia vivida por el personaje y su dependencia endogámica de la comunidad: el pelo sin teñir, el vapeado compulsivo, los hábitos de vida y de alimentación desordenados desde la muerte del hijo, la expresión dolida y la mirada melancólica ante las constantes demandas de sus vecinos, con los que se siente en deuda, culpable por no haber sabido/podido resolver la desaparición de una de los suyos.

Mare es terca, honesta, muy directa en el trato con sus semejantes y protectora de su familia y su comunidad. De hecho, uno de los pocos acontecimientos ocurridos en la localidad fue el día en el que, aun siendo adolescente, hizo que el equipo de baloncesto de su instituto ganara un torneo encestando en el último minuto. Gesta que se sigue recordando, año tras año, y que la convirtió en una especie de heroína local, mucho antes de hacerse policía, como su difunto padre, al que adoraba.

Pero, pese a ser un pilar de su comunidad, la inspectora Sheenan no es una persona muy sociable. Con un carácter de mil demonios, su cinismo y aspereza son una coraza ante los numerosos problemas que la acosan, como un divorcio que se le hace más cuesta arriba de lo que pensaba y una hija adolescente, Siobhan (Angourie Rice), con la que no consigue congeniar.

En su rutina de trabajo, persigue y detiene al hermano drogadicto de una compañera de estudios para alojarlo en un refugio y que no muera de frío, atiende al llamado de una vecina que afirma haber visto un merodeador frente a su casa mientras discute con su marido, resuelve robos menores, dirime reyertas y rencores enquistados en esa región signada por la violencia intrafamiliar y los cordones de pobreza.

Es una “looser”, como la mayoría de los habitantes de Easttown. Un lugar dejado de la mano de Dios, con demasiadas adolescentes embarazadas sin acabar los estudios, mucha droga en circulación y una violencia social contenida a punto de estallar.

El hecho de que un crimen tan horrible se haya cometido en uno de esos pueblos pequeños en donde se conoce todo el mundo, como en la “Twin Peaks” de David Lynch, contribuye a que la investigación transcurra en una atmósfera opresiva, ya que siempre habrá un sospechoso o testigo que tenga lazos afectivos con Mare (como su exmarido o su propia hija, a quienes no duda en llamar a declarar en comisaría, por haber tenido contacto con la víctima antes de ser asesinada), por lo que interrogarles le puede granjear la enemistad de sus vecinos, familiares o amigos.

Un recurso narrativo habitual en estos casos es la llegada de un forastero que sirve de excusa para sacar a la luz todas las interioridades del pueblo. Si en “Twin Peaks”, ese personaje era el agente federal Dale Cooper (una especie de alter ego del propio Lynch), en “Mare of Easttown” es el inspector Colin Zabel (Evan Peters), enviado por el condado para ayudar en las pesquisas a Mare, quien al principio lo ve como un rival, pero que termina siendo su contrapunto en los interrogatorios, en donde hacen de “poli bueno-poli malo”.

No es el único visitante que llega de fuera. Luego está Richard Ryan (Guy Edward Pearce), el apuesto escritor y profesor universitario, con quien la detective tiene sexo tras conocerse de forma casual en un bar. Una relación algo improvisada que le sirve de válvula de escape recordándole sus propias necesidades como mujer y que aún no está claro hasta dónde puede llegar.

A punto de alcanzar ya el ecuador de la emisión (vamos por el episodio tres de siete en total) “Mare of Easttown” es una de esas series  que enganchan pues no sabes que nueva sorpresa o giro de guion te depara. Un título con el que HBO pretende seguir la estela de “Big Little Lies” o “The Undoing”, intrigas policiales que sirven de excusa para hacer el retrato de un grupo social, con sus privilegios y sus desventajas. Todos sus episodios están dirigidos por el veterano Craig Zobel (“Westworld” o “The Leftovers”). Una apuesta de calidad para una plataforma de streaming (HBO) que, desde el final de “Juego de Tronos”, anda necesitada de grandes éxitos de audiencia.

Título original: "Mare of Easttown"

Año: 2021

Duración: 43 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Craig Zobel

Guión: Brad Ingelsby

Fotografía: Ben Richardson

Reparto: Kate Winslet, Sosie Bacon, David Denman, Guy Pearce, Neal Huff, Cameron Mann, James McArdle, Ben Miles, Patrick Murney, Julianne Nicholson, Evan Peters, Angourie Rice, Jean Smart...

Productora: HBO, Mayhem Pictures, wiip studios. Distribuidora: HBO

Género: Serie de TV. Drama. Intriga. Crimen

BAJO CERO

“Bajo cero” me ha dejado fría. Y no precisamente por la sensación térmica, sino porque lo que supuestamente iba a ser el mejor thriller de acción de este año, protagonizado por dos Titanes del arte dramático, como Javier Gutiérrez y Karra Elejalde, se ha quedado (y nunca mejor dicho, considerando la cantidad de cargadores que se vacían durante los 106 minutos que dura la película) en un delirante y rocambolesco fuego de artificio.

Y eso que la situación límite de la que parte la historia: el asalto a un furgón blindado durante un traslado de presos de máxima peligrosidad, mientras rueda por desérticas carreteras secundarias en medio de una gélida noche de niebla cerrada, no puede ser más prometedora. De hecho, los primeros quince minutos de arranque de la película consiguen mantener la intriga preservando el anonimato del asaltante, cuya identidad y verdaderas intenciones solo conoce uno de los reos que viaja en el furgón policial. Pero, presa de la precipitación, el guionista descubre demasiado pronto sus cartas, a partir de lo cual, el desarrollo de la acción se pasa tanto de vueltas que descuida lo esencial: hacer que lo que nos están contando parezca creíble.

No dudo de que Lluis Quílez tuviese las más nobles y elevadas intenciones al concebir este trabajo que ha presentado como un llamado a la reflexión sobre la justicia, la venganza y el sentido del deber de un servidor público, en este caso un policía, enfrentado a un dilema moral que hace un guiño a la actualidad al recordarnos casos como el de Marta del Castillo. Pero su ejecución peca de un exceso de efectismo sanguinario (tiroteos, mutilaciones, muertes brutales y desangramientos), incurriendo en errores de bulto e incongruencias argumentales que restan efectividad al argumento y que no pasan desapercibidos para un espectador mínimamente despierto, como el que estos días se molestaba en publicar la una lista con algunos de los gazapos de la película, en un foro de internet:

“- Un furgón con presos peligrosos que desaparece toda una noche sin que nadie intente localizarlo, cuando se supone que estos vehículos deben estar dotados de un GPS que permite su búsqueda y localización, en caso de extraviarse. ¿Es que nadie se da cuenta de que algo sucede cuando no llega a tiempo o se desvía de su ruta?

– En la carreteras secundarias por donde circula el furgón no se cruzan ni con un solo vehículo en toda la noche.

– El asaltante utiliza una escopeta de cartuchos que dispara balas.

– Un policía que porta una pistola sin cargador de recambio.

– El coche de policía que iba delante del furgón tiene un accidente y nadie llama por radio de la central para ver qué ha pasado.

– El furgón se hunde por las ruedas traseras en un lago congelado y en el habitáculo interior lo que aparece inundado es la cabina del conductor.

– Furgón totalmente sumergido y en el interior espacios sin inundar.

– Policía recibe varios disparos a pocos metros del furgón, su compañero (quien se supone es un agente experimentado), comprueba que está muerto pero, de repente revive, como un caminante de “Walking Dead” y, en vez de esperar refuerzos o ir a un hospital, se va malherido detrás del autocar secuestrado, conduciendo un vehículo a toda velocidad.

– Un yonqui que aguanta la respiración bajo el agua helada, como un profesional de la inmersión, sin temor a morir de una hipotermia, cuando los yonquis sólo miran por ellos y rara vez se sacrifican por los demás…”

Y así podríamos seguir a nada que nos pongamos quisquillosos.

Menos mal que las eficaces actuaciones de sus protagonistas (especialmente la de Karra Elejalde, entregado a su papel de “vengador justiciero muy a su pesar” e impecable en cada nuevo registro interpretativo que aborda. Menos brillante, aunque siempre correcto está, en cambio, Javier Gutiérrez, a quien esta vez no me termino de creer del todo), incluso la de los actores de reparto encabezados por Luis Callejo y Patrick Criado, Édgar Vitorino, Florin Opritescu, Miquel Gelabert Bordoy y Andrés Gertrúdix, un grupo de criminales peligrosos, cada uno con una personalidad y un prontuario delictivo diferenciado, soportan el peso de la película que avanza a toda prisa, cuesta abajo y sin frenos, hacia un desenlace final en el que los más optimistas han querido ver alguna reminiscencia de títulos tan brillantes como “Seven”, pero que en realidad resulta bastante más plano de lo que hubiese sido deseable, en su afán de dejar sentada una moraleja socialmente aleccionadora.

Título original: Bajocero

Año: 2021

Duración: 106 min.

País: España

Dirección: Lluís Quílez

Guión: Fernando Navarro, Lluís Quílez

Música: Zacarías M. de la Riva


Fotografía: Isaac Vila

Reparto: Javier Gutiérrez, Karra Elejalde, Luis Callejo, Patrick Criado, Andrés Gertrudix, Isak Férriz, Miquel Gelabert, Édgar Vittorino, Florín Opritescu, Ángel Solo, Àlex Monner, Sebastián Haro

Compañías: Morena Films, Amorós Producciones, Televisión Española (TVE), ICIC (Distribuidora: Netflix)

Género: Thriller. Intriga | Policíaco.

THE UNDOING

A pesar del slogan con el que se presenta «The undoing«, la serie de HBO para la temporada de otoño-invierno, su final parece confirmar justo lo contrario: que a veces las cosas son exactamente lo que parecen ser, por más que nos empeñemos en buscarle cinco pies al gato intentando disimular, adornar o eludir la verdad.

Teniendo como punto de partida algo tan poco novedoso como un brutal asesinato acaecido en pleno corazón de la bella y exclusiva Manhattan, los guionistas de este thriller psicológico, tan previsible como poco memorable pese a su deslumbrante reparto interpretativo de fama mundial intentan, de manera un tanto burda y efectista, despistar al personal con la vieja táctica del cluedo. Esto es: haciendo recaer las sospechas de la autoría del atroz crimen en todos y cada uno de los personajes principales, uno por cada uno de los seis capítulos en los que se desarrolla la serie (nada que no hayan hecho antes Agatha Christie o Sir Arthur Conan Doyle, más y mejor), para finalmente confirmar las sospechas iniciales, con lo que el espectador tiene la molesta sensación de haber sido inducido a una auténtica pérdida de tiempo, cuyo desenlace nos lleva de nuevo a la casilla de salida, sin la recompensa de la sorpresa de último minuto que tanto se estila en el mejor cine de suspense.

Por no hablar de la superficialidad con la que se abordan los debates de fondo, apenas sugeridos, como el de la infidelidad conyugal o el de la desigualdad social y la forma en la que ello afecta a la acción de la Justicia. Y es que, pese a su ampulosa producción, que nos pone los dientes largos paseándonos por los áticos de superlujo de la Quinta Avenida en el Upper East Side, desde donde se divisa como una constante el sky line neoyorquino, esta adaptación de la novela “Tú ya lo sabías” de Jean Hanff Korelitz, a manos de David E. Kelley (uno de los guionistas de la exitosa “Big Little Lies”, con la que esta de Susanne Bier guarda evidentes similitudes) se queda corta en casi todo, fallando en sus intenciones en la medida en que difícilmente puede generar intriga una trama que carece de emoción y de verdad interpretativas, algo en lo que tiene bastante responsabilidad la pareja protagónica, formada por un Hugh Grant venido a menos en su rol de seductor, pese al ridículo e irritante abuso de los gestos y tics que han hecho célebre al actor británico, en contraposición al acartonamiento de la siempre etérea Nicole Kidman, pulcra, hierática y esbelta, (hay quien dice que con peluca de sofisticado rizo pelirrojo y las arrugas alisadas en postproducción con photoshop) perfecta como una muñeca de porcelana, pero tan distante que, pese a ocupar cada uno de los planos del montaje, se diría que permanece ausente de cuanto acontece y cuyos retoques faciales impiden ya cualquier atisbo de expresividad.

Poco más que añadir acerca de este divertimento menor, salvo quizá que se trata de una miniserie de apenas seis capítulos. Ideal para una larga sobremesa de domingo, especialmente si eres un incondicional de Kidman y Grant.

Título original: The Undoing

Año: 2020

País: Estados Unidos

Dirección: David E. Kelley (Creador), Susanne Bier

Guion: David E. Kelley, Jean Hanff Korelitz

Música: Evgueni Galperine, Sacha Galperine, Víctor Reyes

Fotografía: Anthony Dod Mantle

Reparto:
Nicole Kidman, Hugh Grant, Donald Sutherland, Noah Jupe, Edgar Ramirez, Ismael Cruz Cordova, Matilda De Angelis, Lily Rabe, Noma Dumezweni, Michael Devine, Jim Cleary, Fala Chen, Vedette Lim, Maria Dizzia, Jack Ronan Grindley, Lara Barbieri, Dante DiGiorgio, Frank Fernandez, Kathryn Grace, Kate Greer, Michael Iacono, Sultan H. Khane II, Billy Lake, Robert Myers, Logan Taylor, Melania Zalipsky, Victoria Zalipsky

Compañías: David E. Kelley Productions, Blossom Films, Made Up Stories, HBO.

Género: Serie de TV. Thriller. Intriga.