MONSTRUO: LA HISTORIA DE LIZZIE BORDEN

Cada temporada de la serie ‘Monstruo’, producida por Netflix, se centra en un true crime ocurrido en Estados Unidos que por su impacto y brutalidad han conseguido pasar a formar parte de la cultura popular norteamericana. La antología comenzó con La historia de Jeffrey Dahmer, conocido como el ‘Caníbal de Milwaukee’, uno de los asesinos en serie más célebres de las últimas décadas. Después llegó el turno de La historia de los hermanos Lyle y Erik Menéndez, condenados por asesinar a sus padres, José y Kitty Menéndez, en agosto de 1989, en su mansión de Beverly Hills. Su historia sirvió a Ryan Murphy, creador de la saga, para explorar los presuntos abusos físicos y psicológicos que sufrieron durante su infancia los hermanos y que fueron esgrimidos como atenuante durante el juicio.

La tercera temporada, exploró la vida y los crímenes del asesino y profanador de tumbas de Wisconsin Ed Gein, cuya historia inspiró algunos de los personajes más célebres del cine de terror, como Norman Bates, de Psicosis, o Leatherface, de La matanza de Texas.

Y ahora llega la cuarta entrega dedicada a Lizzie Andrew Borden, también conocida como la loca del hacha, a la que interpreta Ella Beatty (hija de Warren Beatty y Annette Bening). Una señorita de la alta sociedad de Massachusetts acusada de asesinar a su padre y a su madrastra, Andrew y Abby Borden, a hachazos en su casa, situada en el número 92 de Second Street en Fall River, el 4 de agosto de 1892, durante una ola de calor.

El brutal crimen convirtió a Borden en una celebridad criminal llegando a inspirar incluso a una popular rima infantil de la época: «Lizzie Borden tomó un hacha / y le dio a su madre 40 golpes / cuando vio lo que había hecho / le dio a su padre 41».

Detenida y encarcelada como única sospechosa del doble crimen, Lizzie protagonizó uno de los procesos judiciales más célebres de su tiempo. Pero a pesar de los innumerables indicios y contradicciones de su testimonio y a que la joven tuvo un comportamiento extraño durante el juicio, un jurado popular acabó declarándola inocente por falta de pruebas y absolviéndola de los cargos. A muchos les costaba creer que una mujer de familia tan respetable pudiera llegar a cometer semejante atrocidad. Otros, en cambio, no lo tenían tan claro.

¿Fue Lizzie Borden realmente la asesina que cuenta su leyenda? Durante años, esa pregunta dio pie a toda clase de elucubraciones, indagaciones y obras artísticas, desde un famoso ballet (‘Fall River legend‘, de 1948, en el que se pintaba a Lizzie como víctima de una sociedad restrictiva) a una ópera rock (‘Lizzie the musical‘, estrenada en 2009), pasando por multitud de series y telefilmes, algunos tan populares como los protagonizados por Elizabeth Montgomery o Christina Ricci.

Pero tenía que llegar Ryan Murphy para zanjar la cuestión de la manera más burda posible.

En lugar de aprovechar el misterio sobre lo que pudo ocurrir aquella mañana de 1892, lo resuelve de inicio y, para que no quede ninguna duda sobre lo que debemos pensar, construye un panfleto moralizante, convirtiendo a Lizzie en una víctima de la crueldad de una sociedad heteropatriarcal que la oprime, la minusvalora y la desprecia, para justificar el que actuase como una peligrosa psicópata asesina.

Su padre (Charlie Hunnam) era un monstruo, su madrastra (Rebecca Hall) una arpía y los hombres son toda una recua de depredadores sexuales, un peligro para las mujeres de quienes abusan y a quienes someten a sus reglas y antojos. Toda la película está plagada de consignas de ese tipo, que resultan tan anacrónicas como alejadas de los hechos históricos en los que se inspira.

El resultado es una oscura fábula feminista de brocha gorda en la que la realidad queda subordinada a la tesis de que la presunta asesina tenía suficientes razones para hacer lo que hizo.

Y para que la cosa sea completa, Murphy nos sumerge en una atmósfera queer convirtiendo a la enésima criada de los Borden, Bridget Sullivan (Vicky Krieps) —a la que sus patrones llaman Maggie, como habían llamado a otras criadas anteriores porque les daba pereza aprenderse sus nombres—, en una especie de gurú de la emancipación femenina que lo mismo adopta un aspecto andrógino que se tiñe el pelo de colores estridentes, como muchas de las activistas del colectivo feminista y LGTBi de nuestro tiempo.

La amarga vida de Lizzie, sometida a vejaciones constantes y pretendientes desagradables, da un vuelco cuando esta mujer dotada de una especie de sabiduría ancestral, experta en toda clase de brebajes y ungüentos, llega a la casa familiar procedente de París y ambas se hacen cómplices y amigas.

La criada, que no solo deja la casa reluciente como los chorros del oro y cocina platos deliciosos, sino que ofrece sus servicios como prostituta al señor Borden y cuida de su colección de hachas a cambio de un estipendio económico adicional, parece tener las respuestas para todos los males de la jovencísima Lizzie (primera licencia narrativa, pues la Lizzie Borden original no tenía menos de 32 años cuando se sucedieron los hechos).

Es ella quien la despierta a la sexualidad, proporcionándole lo que podría ser un prototipo del actual satisfyer e incitándola a probar un artilugio para desgarrar su ímen, como si de una liturgia de liberación se tratase. Y quien le habla de Erzsébet Báthory (personaje también interpretado por Krieps) la condesa húngara del siglo XVI que, según la leyenda, bebía sangre de mujeres vírgenes y se bañaba en ella para buscar la eterna juventud. La sangre de los crímenes, la sangre menstrual, la sangre de las mujeres desvirgadas… «La sangre es poder», le dice Bridget a Lizzie desmitificando la menstruación. «Significa que ninguna semilla masculina ha sido capaz de arraigar».

Entre ambas se establece una relación lésbica que, sin embargo, no está documentada. Tampoco la implicación de Lizzie en el asesinato de Bertha Manchester, como se le atribuye en la serie. La ficción modifica también episodios de su relación con la actriz Nance O’Neil (Jessica Barden) con la que la Lizzie Borden de la vida real sí parece que mantuvo un idilio, y utiliza personajes y acontecimientos de épocas posteriores para construir una especie de genealogía femenina de la violencia, con la aparición estelar de Aileen Wuornos (a quien interpreta aquí Sarah Paulson, como ya lo hiciera Charlize Theron en la película Monster) una asesina en serie del siglo XX, que ejercía de prostituta y asesinó a varios clientes, por lo que terminó siendo condenada a la inyección letal. En la serie, Aileen es una drogadicta esquizofrénica que vive obsesionada con la figura de Lizzie, al punto de llegar a pernoctar en la casa donde tuvo lugar el asesinato de los Borden, convertida hoy en un bed and breakfast. Su presencia le sirve a Murphy para conectar al mito con una larga tradición de mujeres criminales que merecen vengarse por lo mucho que el mundo las ha maltratado y humillado.

Esa viene a ser, en resumen, la lógica de la serie. Lizzie no puede limitarse a ser una asesina. Necesita una coartada moral. Hay que explicarla, justificarla, contextualizarla, convertir su violencia en consecuencia de la violencia ajena. Murphy hace de su vida una cadena de causas y efectos: la someten, la humillan y la reprimen, hasta que despierta sexualmente, descubre su identidad y mata por derecho propio convirtiéndose en una leyenda digna de admiración.

El hacha deja de ser entonces un arma homicida y se convierte en un instrumento de emancipación.

Ocho episodios de cine gore dan para mucho y aquí hay sexo, sangre, menstruaciones, violaciones, mutilaciones, asesinatos a sangre fría, médiums, apariciones y conexiones con otros crímenes célebres. Lo que no hay es misterio.

La pregunta no era por qué mató Lizzie Borden. La pregunta era si Lizzie Borden mató. Pero Muphy ha escogido la certeza y, al hacerlo, no descubre a la figura histórica. La utiliza para intentar deslizar una moraleja sobre el patriarcado, el amor lésbico y la liberación femenina, prefabricada en el laboratorio de ingeniería social de la factoría Netflix.

Para quienes les interese saber cómo fue realmente el final de Lizzie Borden: murió de neumonía en 1927 y fue enterrada en Fall River. Su hermana mayor, Emma (Billie Lourd), con la que nunca tuvo una estrecha relación, falleció nueve días después. Después del juicio, ambas se habían mudado a una casa en el mismo pueblo que llamaron Maplecroft. Pero en 1905 las hermanas discutieron durante una fiesta que Lizzie había dado en honor a Nance O’Neil y Emma, cansada de que la reputación de su hermana hubiese lastrado su vida, abandonó la casa para siempre. Por lo que Lizzie, que ya para entonces usaba el nombre de Lizbeth A. Borden, murió atendida solo por sus criados.

Titulo original: Monster. The Lizzie Borden Story

Año: 2025

Duración: 8 episodios de 50 mins.

Dirección: Ryan Murphy, Ian Brennan, Max Winkler, Sarah Adina Smith

Guion: Ian Brennan, Ryan Murphy

Reparto: Ella Beatty, Vicky Krieps, Charlie Hunnam, Rebecca Hall, Jessica Barden, Sarah Paulson, Joey Pollari, Billie Lourd, Jayne Kimberley Bloom...

Música: Bryce Dessner

Compañías: Ryan Murphy Productions, Prospect Films.Netflix

Género: Serie de TV. Drama. Thriller. Crimen. Biográfico. Basado en hechos reales. Siglo XIX

LA LUZ QUE NO PUEDES VER

Sin haber leído la laureada novela de Anthony Doerr que da origen a su argumento, la adaptación del best seller literario “La luz que no puedes ver” resulta un ejercicio más bien simplón y previsible, plagado de bellos tópicos acerca del valor de la vida y el esfuerzo de superación, que toma como excusa un periodo negro de la historia para hacer de él una caricatura más próxima a las aventuras de Indiana Jones que a cualquiera de las excelentes películas acerca del nazismo y la resistencia francesa que se han hecho desde 1943 hasta ahora.

Esta tierra es mía” de Jean Renoir, “La mano del diablo” de Maurice Tourneur, “Calle Madeleine Nº 13” de Henry Hathaway, “Un condenado a muerte se ha escapado” de Robert Bresson, “¿Arde París?” de René Clément, “Lacombe Lucien” o más recientemente “Adiós, muchachos”, ambas de Louis Malle; o incluso la sarcástica “Malditos bastardos”, de Quentin Tarantino. La historia de la miniserie de cuatro capítulos estrenada por Netflix carece por completo de la profundidad de cualquiera de estas grandes obras, reduciendo toda la complejidad que anida en la frase de promoción de la novela: “un corazón puro puede brillar aún en la noche más oscura y en el más terrible de los tiempos” a un puro fuego de artificio.

Ese corazón del que nos habla Doerr en su historia es el de Marie-Laure LeBlanc (personaje insulsamente interpretado por la debutante Aria Mia Loberti), una joven francesa invidente que vive con su padre, Daniel LeBlanc (Mark Ruffalo) en París, cerca del Museo de Historia Natural, donde él trabaja como responsable de seguridad. Desde que era niña, Monseuir LeBlanc se ha ocupado de hacer de su hija ciega un ser humano independiente, construyendo un mundo a su medida al replicar en una maqueta a escala las calles del barrio en el que habitan, para que pudiera reconocerlas al tacto y ubicarse al recorrerlas con ayuda de su bastón, sin perder el camino a casa.

La niña cumple doce años el mismo día en que las tropas nazis entran en la ciudad de la luz y padre e hija deciden huir a la ciudad costera de Saint-Malo, donde tienen parientes, llevando consigo la que se nos dice es la joya más preciada de toda Francia, el “mar de tormentas”, un gigantesco diamante que los nazis codician, al igual que el resto de los tesoros y obras de arte que arrebataron a sus legítimos dueños.

Cuando la serie da inicio, asistimos ya al cerco de Saint-Maló por las tropas aliadas, con constantes bombardeos nocturnos, que están reduciendo la ciudad a cenizas. Los nazis están a punto de perder II Guerra Mundial y, sin embargo, resisten atrincherados junto a la población civil tras las puertas de la ciudad amurallada que custodian para que nadie entre o salga. Entre ellos está Werner Pfennig (interpretado por la estrella de «Dark», Louis Hofmann), un joven soldado, encargado de captar las retransmisiones de radio que la resistencia lleva a cabo para guiar a las tropas enemigas emitiendo mensajes cifrados por onda corta.

Huérfano de padre y madre, Werner es una especie de genio precoz, que ha crecido junto a su hermana en un orfanato de Alemania, donde destaca por sus habilidades para fabricar un rudimentario artefacto radiofónico a partir de piezas de deshecho, con el cual consigue escuchar emisoras del extranjero, especialmente una que emite desde Francia, pese a estar expresamente prohibido por las leyes del III Reich. Sus habilidades llegan a oídos de un oficial de las SS que lo recluta para su ingreso inmediato en la Academia donde se forma a las Juventudes Hitlerianas. Allí, Werner se convierte en un soldado y un operario experto en construir y reparar estos aparatos que resultan ser cruciales para la guerra.

Al igual que Marie-Laure, desde niños, ambos viven cautivados por las ondas catódicas que les permiten acceder a otro mundo menos hostil, cada vez que sintonizan en su transistor la misma frecuencia, la 13.10, en la que una voz que se hace llamar “el profesor” les instruye cada noche acerca del valor de la belleza, la cultura, la ciencia y la vida. Hay en este sentido en la serie un homenaje a este medio que fue y sigue siendo actor clave en situaciones de conflicto, capaz de crear invisibles lazos de unión entre personas que en principio no tienen nada en común, excepto su deseo de ponerse a salvo de tanto odio y miseria moral. Un medio de información y de resistencia, de extraordinario valor para quien cultiva el deseo de hallar la verdad en los hechos y no en las opiniones. Una visión muy periodística que justifica el que la novela haya sido premiada en 2015 con el Premio Pullitzer, en la categoría de Ficción.

Al servicio del ejército alemán, Werner atraviesa el corazón en guerra de Europa siendo protagonista a su pesar de las mayores atrocidades perpetradas por el ejército nazi, hasta que, en la última noche antes de la liberación de Saint-Malo, su camino se cruza con el de Marie-Laure, la voz de mujer que ahora emite desde la misma frecuencia que ambos escuchaban de niños. A quien el sargento mayor Reinhold von Rumpel (un más que sobreactuado Lars Eidinger haciendo su mejor imitación de Christoph Waltz), un oficial nazi enloquecido por su propia desgracia persigue, para que le entregue la piedra preciosa que es símbolo de toda Francia y sobre la que, según dicen, pesa una maldición que asegura vida eterna a quien la posea a cambio de la desgracia de quienes le rodeen. Daniel la trajo con ellos desde París y permanece a buen recaudo en la casa familiar que Marie recorre de memoria, sin conocer cuál es su paradero exacto. A la muerte sus familiares más cercanos, la joven ciega ahora está sola en esa casa desde cuyo ático sigue retransmitiendo ilegalmente cada noche, enviando mensajes en clave a los aliados a través de la lectura de los capítulos de “Veinte mil leguas de viaje submarino” de Julio Verne que le indica su tío Etiene (Hugh Laurie, una de las interpretaciones más convincentes, junto a la de la gran Marion Bailey que encarna a Madame Manec), ex combatiente en la primera Gran Guerra y ahora activista de la resistencia francesa, con la esperanza de que sus palabras y su voz lleguen hasta su padre que se halla en paradero desconocido tras haber sido capturado por la Gestapo.

Fiel a su costumbre de reducir a la mediocridad casi todo lo que toca, quienes han leído la novela original de Anthony Doerr aseguran que Netflix la destroza con una adaptación decepcionante, vacua y superficial, transformando todo lo trascendente y lo lírico que da valor al texto original en una trama pueril, donde lo importante es la acción y el suspense.

En general, la serie resulta forzada y poco creíble, pese a contar con un reparto con nombres de cierta relevancia que constituye sin duda su mayor atractivo, un ejercicio audiovisual inocuo e intrascendente, que se deja ver sobre todo por la espectacularidad de las imágenes con abundantes explosiones y una lograda ambientación en la Segunda Guerra Mundial, pero cuyos diálogos resultan empalagosos e indigestos, por las elevadas dosis de sensiblería que destila el guion. Una fábula simplista del bien contra el mal, donde lo que debería ser profundo se convierte en banal y lo que debería ser sutil resulta en extremo evidente.

Título original: All the Light We Cannot See

Año: 2023

Duración: 60 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Steven Knight (Creador), Shawn Levy

Guion: Steven Knight, Shawn Levy. Novela: Anthony Doerr

Reparto: Aria Mia Loberti, Louis Hoffman, Lars Eidinger, Hugh Laurie, Mark Ruffalo, Marion Bailey, Nell Sutton, Jakob Diehl...

Música: James Newton Howard

Fotografía: Tobias A. Schliessler

Compañías: 21 Laps Entertainment, Pioneer Stilking Films. 

Distribuidora: Netflix

Género: Miniserie de TV. Drama. II Guerra Mundial. Años 30. Nazismo

BANDS OF BROTHERS

A finales de la década de los 90, Tom Hanks encontró una nueva salida creativa como productor de miniseries de televisión basadas en películas que él mismo había protagonizado en el cine y que tocaban su fibra patriótica de ciudadano estadounidense. La primera fue “De la Tierra a la Luna” (1998), inspirada en «Apolo 13» (1995), que se centraba en la carrera espacial entre rusos y americanos en los años 60. Pero el éxito llegó en 2001, con “Band of Brothers”, inspirada en la oscarizada “Salvar al Soldado Ryan” (1998) de Steven Spielberg, quien terminó entusiasmándose con el proyecto y siendo productor asociado de esta secuela televisiva, originalmente concebida para HBO, que acaba de entrar en el catálogo de Netflix.

Valorada con justicia por la crítica como una de las mejores series de guerra de todos los tiempos, narra la epopeya de los soldados de una unidad del Segundo Batallón de paracaidistas de la División 506 Aerotransportada del ejército de los Estados Unidos que entró en combate contra los nazis, junto a las fuerzas aliadas, durante la Segunda Guerra Mundial, ensalzando valores como la camaradería y la nobleza de un puñado de jóvenes que estuvieron dispuestos a jugarse la vida por defender, no tanto los colores de su bandera, cuanto los valores de nuestra civilización. Pero deja ver también las profundas cicatrices físicas y emocionales que la guerra les dejó.

A lo largo de diez episodios de cerca de una hora de duración en los que hay acción, emoción, momentos entrañables y desgarradores, y un sinfín de diálogos inteligentes, acompañamos a este grupo de hombres desde su durísimo entrenamiento como soldados en el Campo de Toccoa, Georgia, bajo las órdenes del temible capitán Herbert M. Sobel (David Schwimmer), marchando al trote a diario hasta la cima del Currahee, hasta su bautismo de fuego al descender en paracaídas tras las líneas enemigas en las inmediaciones de la playa de Normandía en horas previas al Día D, teniendo que librar las contiendas más feroces -de algunas de las cuales el cine ya ha dado cuenta hasta ahora- como la Batalla de las Ardenas en Francia, el asedio en mitad del crudo invierno en el bosque nevado de Bastogne (Bélgica) o la liberación de un campo de concentración, ya en territorio alemán.

Los personajes están creados a partir de la biografía de los heroicos excombatientes de la legendaria “Compañía Easy”, quienes tuvieron la misión de cortar las vías de comunicación y reabastecimiento de los nazis durante el desembarco aliado, algunos de los cuales aún vivían al momento de rodar la serie, por lo que los vemos ofrecer su testimonio al inicio de cada capítulo. Se trata de soldados estadounidenses, pero bien podrían ser milicias de la resistencia francesa, escuadrones nazis o pelotones soviéticos avanzando hacia Berlín. Cada palabra atragantada, cada mirada vidriosa de esos veteranos de guerra es sólo un preámbulo de lo que viene a continuación.

Sin heroísmos ni épica. Cruda como la guerra misma, la serie recorre los distintos perfiles psicológicos del hombre que se enfrenta a ella: la fuerza del soldado que acaba de perder a su hermano motivado por la sed de venganza, la angustia del médico que atiende a los caídos en el mismo frente de batalla, al que le falta morfina y se le amontonan los heridos, las dudas del estratega militar, la valentía y la lealtad del soldado raso hacia su superior al mando, siempre y cuando éste le demuestre fortaleza y seguridad, el miedo a volver a una vida en paz…. Cada personaje aporta su particular mirada, dando como resultado un trágico relato de las diferentes caras de la confrontación bélica, en el que la exaltación nacional queda en un segundo plano para remarcar el trauma y la degradación que la guerra supone a nivel humano, lo que nos permite centrarnos en un análisis más complejo, digno y profundo de la misma.

Pese a que la historia pivota en torno a la amistad que se forja entre Richard Winters (Damien Lewis) y Lewis Nixon (Ron Livingstone), dos jóvenes oficiales en ascenso y estrategas militares al mando de su unidad, “Bands of brothers” es un relato coral, construido sobre todo a partir de los personajes secundarios que encarnan un grupo de excelentes actores (la mayoría de ellos británicos, aunque hagan de soldados estadounidenses) entre los que se encuentran algunos de quienes hoy son figuras reconocidas, como Michael Fassbender, Tom Hardy, Dexter Fletcher,  Simon Pegg, Donnie Wahlberg, Michael Cudlitz, Scott Grimes, Neal McDonough, James Madio, Ross McCall, Matthew Settle, Frank John Hugues, Eion Bailey, Stephen Graham, Andrew Scott, James McAvoy, Ben Capla y, como curiosidad, el presentador Jimmy Fallon o Colin Hanks, el propio hijo de Tom Hanks, entre otros, quienes dan vida a los soldados de la Compañía Easy, rotándose el protagonismo de cada capítulo y generando una gran empatía con el espectador, al punto de llegar a preocuparnos la suerte de todos y cada uno de ellos, y eso es lo que dota de máxima emoción a la serie pues, antes del décimo capítulo, la mitad de estos personajes habrá muerto o habrá sido mutilado en combate, y los que sobrevivan arrastrarán profundas heridas, viendo amenazado en ocasiones su equilibrio mental.

De la historia emana un sentimiento de camaradería auténtico entre este grupo de hombres, dando especial relevancia a la preocupación de los oficiales por sus subalternos, con los que terminan estableciendo una relación paterno-filial. A fuerza de vivir al límite, con frío, hambre y el enemigo siempre al acecho, interactúan entre ellos con pequeños gestos de una gran nobleza. “La nobleza que se forja entre guerreros y hermanos de sangre”, como reza la frase shakespeariana que da título a la serie.

Y es que Tom Hanks y Steven Spielberg saben lo que se hacen. Si en “Salvar al Soldado Ryan”, un cuerpo especial del ejército estadounidense desembarcaba en Normandía con la misión de recuperar a uno de sus paracaidistas y, con ese pretexto, la película ofrecía una espectacular panorámica de la brutalidad bélica. “Band of Brothers” es un nuevo recordatorio de las vergüenzas perpetradas con impunidad durante la gran guerra europea, con una vuelta de tuerca más de introspección y autocrítica, y una factura tanto o más excepcional a nivel técnico, donde la condición humana sale reforzada a pesar de los pesares.

Aunque lo hayamos visto mil veces, resulta imposible no conmoverse en el penúltimo capítulo, en donde los miembros de la Easy descubren un campo de concentración y contemplan con horror la miseria humana desatada por la locura racial nazi. Y es que uno termina viviendo y sintiendo a través de estos personajes, de los que cuesta despedirse, mientras van cayendo irremediablemente uno a uno y los cadáveres se apelotonan en las esquinas, y las iglesias se transforman en hospitales teñidos de sangre.

En “Bands of brothers” la tierna mirada entre un soldado y una enfermera no termina en un beso con música de violines, sino en un cuerpo sepultado entre los escombros. Vivimos la alegría de las victorias aliadas y descubrimos con impotencia la barbarie. Pero también vemos a ciudadanos holandeses humillando públicamente a las mujeres de su pueblo que se habían acostado con militares nazis y a soldados americanos fusilando a prisioneros desarmados. La tesis que alienta su relato es simple. En la guerra, incluso los vencedores salen perdiendo. Todos luchan, todos sufren, todos enloquecen y todos perecen. Hasta aquellos que se libran de la muerte para vivir atormentados por el recuerdo.

Título original: Band of Brothers

Año: 2001

Duración: 705 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Stephen Ambrose (Creador), David Frankel, Mikael Salomon, David Leland, Tom Hanks, Richard Loncraine, David Nutter, Phil Alden Robinson...

Guion: Erik Jendresen, Tom Hanks, John Orloff, E. Max Frye...

Reparto: Damian Lewis, Ron Livingston, Michael Fassbender, Tom Hardy, Dexter Fletcher,  Simon Pegg, Donnie Wahlberg, Michael Cudlitz, Scott Grimes, Neal McDonough, James Madio, Ross McCall, Matthew Settle, Frank John Hugues, Eion Bailey, Stephen Graham, Andrew Scott, James McAvoy, Ben Caplan, Jimmy Fallon, Colin Hanks...

Música: Michael Kamen

Fotografía: Remi Adefarasin, Joel Ransom

Compañías: HBO, DreamWorks SKG, DreamWorks Television, Playtone. 

Productor: Steven Spielberg, Tom Hanks. 

Distribuidora: HBO

Género: Miniserie de TV. Bélico. Drama. II Guerra Mundial. Basado en hechos reales

BLONDE

Desgarradoramente cruda, estremecedora y excesiva, a ratos vulgar y por momentos elegante y creativa, técnicamente impecable, tan controvertida como la novela en la que se inspira (el bestseller de la cinco veces finalista al Premio Pulitzer Joyce Carol Oates) «Blonde» es una película dolorosa y extenuante que desnuda a su protagonista (física y metafóricamente) despojándola del disfraz de mito erótico para mostrarnos sus lágrimas en lugar de su eterna y sensual sonrisa. Lo que parece haber molestado a un importante sector de la crítica cinematográfica más iconoclasta que ha puesto a su director, Andrew Dominik, de vuelta y media, por mancillar la glamorosa leyenda de “la tentación rubia” de nalgas turgentes, para contarnos la triste historia del ser humano malherido que se escondía detrás del personaje, Norma Jeane Mortenson, una mujer frágil, atormentada e insegura, sumida desde la infancia en una profunda depresión por una vida de carencias afectivas y abusos hacia su persona, que el consumo excesivo de pastillas, barbitúricos y alcohol no hizo sino agravar, hasta su trágico final por una sobredosis a los 36 años.

Con la polémica servida desde mucho antes de su presentación en el último Festival de Venecia, la película ha llegado esta semana a Netflix y he de decir que a mi no me ha disgustado. Quizá porque entiendo que el reto que el director neozelandés tenía ante sí cuando decidió aceptar este proyecto (producido, entre otros, por Brad Pitt) era mayúsculo (¿cómo contar algo novedoso de quien se sabe ya casi todo?) y porque quienes insisten en despreciar su punto de vista, no pueden ignorar que la leyenda de Marilyn Monroe que ha llegado hasta nuestros días no sólo obedece a su rol de sex symbol consagrado en películas legendarias, como «Niágara» (1953), “Con faldas y a lo loco” (1959), “La tentación vive arriba” (1955) o “Los caballeros las prefieren rubias” (1953), sino que se construye y se sustenta también en el morbo que suscita la trágica biografía de la desdichada mujer que encarnó la leyenda.

A Dominik, un hombre que disfruta desmontando mitos y sacando a flote las miserias humanas, como pudimos comprobar en “El asesinato de Jesse James”, se le acusa acertadamente de un exceso de efectismo, por rodar un biopic brutal y atípico, en el que se incluyen fetos que hablan o planos subjetivos desde el interior de una vagina abierta con fórceps, así como de haber abusado del histrionismo de su protagonista, Ana de Armas (“Blade Runner 2049”, “Sin tiempo para morir” y “Puñales por la espalda”), quien es cierto que aparece hecha un mar de lágrimas en las casi tres horas que dura el (largo)metraje; así como por haber hecho una adaptación selectiva, primando aquellos pasajes de la novela de Oates más truculentos que inciden en la condición de víctima de Norma Jeane, despreciando o pasando por encima de otros más edificantes que la redimirían ante nuestros ojos como una actriz de método, poeta amateur y ávida lectora de Chejov, interesada en prepararse para ser tomada en serio en su profesión; una mujer comprometida con las grandes causas de su tiempo, como el antirracismo que la llevó a plantear al dueño de un conocido pub neoyorquino que dejara cantar allí a su buena amiga Ella Fitzgerald a cambio de que ella acudiese todas las noches al local; o su vinculación con las amistades de su entonces marido, el dramaturgo Arthur Miller (a quien interpreta en la película Adrian Brody), investigado por el FBI y llamado a declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes por simpatizar con el comunismo, que a punto estuvo de llevarla a ella misma ante el tribunal presidido por el Senador McCarthy.

Pero, si bien es cierto que “Blonde” obvia algunos de esos y otros asuntos (como las dos violaciones que la actriz sufrió con solo 12 años, cuando las crisis nerviosas de su madre la llevaron a saltar de hogar en hogar de acogida, o su primer matrimonio a los 16 años con James Dougherty, de 21) que sí aparecen en la novela original, el afán de superación de la actriz queda en mi opinión suficientemente esbozado en su decisión de viajar a Nueva York y audicionar para una obra del propio Miller, (quien acabó siendo su tercer y último marido en el periodo de su vida en el que Norma Jeane fue menos Marilyn) y a quien expresamente le manifiesta su intención de prepararse para interpretar papeles de calado en Broadway y así dejar atrás a la falsa rubia tonta de quien los directores, productores y mandamases de los estudios de Hollywood abusaron sexual y comercialmente, como queda explícito también en el filme.

Y es que la «Blonde» de Andrew Dominik pertenece a lo que empieza a ser ya casi un género dentro de una industria caníbal y vampírica que por primera vez se cuestiona a sí misma y es capaz de reflexionar sobre el martirio existencial de aquell@s a quienes termina por hacer picadillo.

En palabras de Mariona Borrull, “tener acceso a la «biografía definitiva» de Marilyn Monroe implica mancillarse del dolor que su sonrisa perfecta nos ha permitido omitir durante tantos años”. “Físicamente nauseabunda, moralmente obscena, cuestionable incluso en algunos de sus pasajes más sensacionalistas: si nos adentramos en las casi tres horas de biografía no autorizada, aceptaremos también ser víctimas colaterales de una violencia insoportable”, escribió sobre la película, durante su estreno en el último Festival de Venecia.

En este sentido, si algo queda claro tras ver la película es que lo que muchos han calificado como la versión MeToo de la historia de Marilyn-Norma Jeane, no es sino un acto de justicia reparadora para con una mujer vulnerable que fue maltratada y abusada, no ya solo por Hollywood, sino casi desde el propio vientre materno.

Con música de Nick Cave y Warren Ellis, dos auténticos genios que, aun manteniendo su esencia sureña, pareciera que juegan a ser el compositor de cabecera de David Lynch, Angelo Baladamenti, contribuyendo a crear una atmósfera tóxica y densa, Dominik nos sumerge en los momentos más íntimos y pesadillescos de la desoladora biografía de la actriz: la dura niñez junto a su madre, Gladys (excepcional Julianne Nicholson), una enferma mental que la culpa del abandono de su amante (un padre que la repudió antes de nacer y al que nunca llego a conocer); la humillante violación en el despacho de “Mr.Z” (David Warshofsky), el poderoso Darryl F. Zanuck, jefazo de los estudios de la 20th Century Fox, quien después de eso le daría entrada en la industria; las brutales palizas de su segundo marido, Joe Di Maggio, la estrella del béisbol de los Yankees de Nueva York, un tipo muy posesivo, violento y celoso interpretado por Bobby Cannavale.

Todo lo cual compone un relato salvaje acerca de una mujer que pasó su corta vida muerta de miedo, intentando desesperadamente escapar del escrutinio público de una sociedad en aquellos años sumamente conservadora que la tachaba de tonta y de prostituta, y de su propio alter ego, un personaje que le fue impuesto para complacer la mirada lasciva de los hombres que la rodeaban y que acabó por destruirla física, moral y emocionalmente. Especialmente revelador resulta el plano de la actriz sentada en el patio de butacas observando su propia imagen en “Los caballeros las prefieren rubias” y diciendo “Yo no soy esa”, con las lágrimas rodando por sus mejillas, o cuando se justifica ante DiMaggio explicándole que «Marilyn sólo existe en la pantalla».

Con un primer acto dedicado a la infancia que adquiere tintes de película de terror cuando la cámara filma en primera persona cómo la propia madre de Norma Jean, una niña de apenas cinco o seis años (Mia McGovern), intenta ahogarla en una bañera de agua hirviendo; y un segundo tramo dedicado a su primera juventud y al menage a trois con sus amigos Cass, (Xavier Samuel) y Eddy (Evan Williams), hijos descarriados de Charlie Chaplin y Edward G. Robinson, quienes se sienten tan huérfanos y abandonados por sus famosos padres como ella… aunque Norma Jeane no renuncie nunca a buscar esa figura -la del padre ausente- en todos sus maridos y amantes, a quienes no casualmente llama «dady» sucumbiendo al complejo de Electra. Sin duda la parte más dura y difícil de digerir es la recta final de la película, donde encontramos ya a una Marilyn totalmente degradada, adormecida y desorientada por el abuso del alcohol y los barbitúricos que apenas distingue los sueños de la realidad.

Con el maquillaje corrido, sostenida en vilo por dos agentes de la CIA que la sacan arrastras de la alcoba del más «cool» y respetado de los presidentes estadounidenses, JFK (Caspar Phillipson), quien la obliga a hacerle una felación mientras habla por teléfono, antes de violarla salvajemente, Marilyn se pregunta a sí misma “¿dónde ha quedado, al final, Norma Jeane?”.

Una de las escenas más impactantes de la película, en la que la bellísima Ana de Armas, sometida a un auténtico tour-de-force al tener que desdoblarse en dos personajes tan antagónicos, pone toda la carne en el asador, al igual que lo hace durante el resto del filme, en el que su expresivo y angelical rostro se hace omnipresente teniendo que interpretar escenas de una enorme dureza emocional. Por no hablar de su gran trabajo físico y corporal, imitando los gestos, posturas y expresiones de la Monroe en escenas míticas por todos conocidas. Lo que (polémicas sobre su acento latino aparte) la convierte en favorita para hacerse con alguna estatuilla la próxima noche de los Oscar´s.

De tendencia caleidoscópica, la fotografía del canadiense Chayse Irvin es sencillamente sublime, haciendo que la icónica actriz resplandezca por igual en el elegante claroscuro del cine noir que en la intensidad del technicolor, o con el grano ligeramente saturado de una imagen de archivo falseada, cambiando a capricho de formato y de ancho de pantalla. En su estética febril, caótica y contradictoria, a ratos producto del propio estado alterado de conciencia del personaje, Dominik incorpora efectos digitales que vuelven irreconocibles a la legión de hombres que rodean a la Marilyn superstar y monstruosos a los fotógrafos que la deslumbran con sus flashes, obligándonos a sostener la mirada ante un mundo masculino aberrante e irracional.

Y es que, sin poder enmarcarse formalmente como una película feminista, tal y como indica Juan Pulgarin en The Objective, la cinta “deja en evidencia al hombre como un depredador, con más o menos tendencias violentas, pero que encuentra en el cuerpo femenino su alimento. Lo cual queda establecido desde la primera entrevista de trabajo de Norma Jeane hasta el último encuentro «amoroso» con el presidente de Estados Unidos. Norma-Marilyn pasa por ser el objeto de deseo de actores de medio pelo, deportistas, escritores y, finalmente, políticos, casi todas las profesiones que en menor o mayor medida los hombres buscan para llenar un ego maltrecho”.

Hasta que, convertida ya en despojo o en juguete roto, convencida de su propia condición fallida: como hija (aunque nunca dejó de visitar en el psiquiátrico a su madre), como esposa (tres veces divorciada) y sobre todo como madre, a causa de los abortos más o menos involuntarios que sufre a lo largo de su vida y que esta película convierte en una de las experiencias más doloras, gráficas e impactantes que se habrán visto en la gran pantalla, los últimos años de la joven actriz se reducen a un compás de espera autodestructivo, encerrada en su casa de Brentwood (California) como un animal solitario y asustadizo, sin poder distinguir las alucinaciones de la realidad, resignada ante una muerte que está ya al caer. Dominik nos propone un epílogo que se asemeja a un réquiem de silencio mortuorio, durante el cual el propio cineasta parece pedir perdón al mito de Marilyn en las palabras que supuestamente le escribe el padre ausente a Norma Jean: «Solo te he conocido en la distancia. Nunca he querido ser cruel».

Blonde. Ana de Armas as Marilyn Monroe. Cr. Netflix © 2022

Título original: Blonde

Año: 2022

Duración: 166 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Andrew Dominik

Guion: Andrew Dominik. Novela: Joyce Carol Oates

Música: Nick Cave, Warren Ellis

Fotografía: Chayse Irvin

Reparto: Ana de Armas, Bobby Cannavale, Adrien Brody, Julianne Nicholson, Evan Williams, Xavier Samuel, Caspar Phillipson, Toby Huss, Sara Paxton, Chris Lemmon, Dan Butler, Garret Dillahunt, Lucy DeVito, Mia McGovern...

Productor: Plan B Entertainment. 

Distribuidora: Netflix

Género: Biopic. Drama psicológico. Años 50-60. Cine dentro del cine

ANATOMÍA DE UN ESCÁNDALO

A años luz de la excepcional antología de la BBC que puede verse en Amazon Prime Video y que, bajo el título genérico de A very english scandal se ha dedicado a dramatizar, de forma extraordinariamente documentada, algunos de los más sonados casos de corrupción y dudosa moral que han acabado con la reputación y la carrera ascendente de destacados personajes de la política y la aristocracia británicas -como el del líder del Partido Liberal y miembro de la Cámara de los Comunes Jeremy Thorpe (Hugh Grant), caído en desgracia al destaparse la doble vida que llevaba estando casado y manteniendo a la vez una tórrida relación clandestina con un bello efebo llamado Norma Scott (Ben Whishaw) en la Inglaterra de 1961, cuando la homosexualidad era aún considerada delito; o el escandaloso divorcio de la, tan glamourosa como decadente, pareja formada por el duque y la duquesa de Argyll, Ian y Margaret Campbell (brillantemente interpretados por Claire Foy y Paul Bettany), cuya separación, en 1963, se convirtió en uno de los procesos legales más notorios y comentados del siglo XX, por ser la primera vez que se ventilaba en los juzgados un caso de consumo de drogas, chantaje y adulterio femenino, en el que sus protagonistas eran miembros destacados de la nobleza del Reino Unido- Netflix ha decidido producir su propia serie ad hoc, de ambientación y reparto igualmente ingleses, pero un tanto superficial y estereotipada, sin el atractivo de estar inspirada en hechos reales, como las dos exquisitas miniseries de la BBC a las que hemos hecho referencia.

Protagonizada por la sofisticada actriz, modelo y diseñadora de moda Sienna Miller (pareja del también británico actor Jude Law), Rupert Friend (Orgullo y Prejuicio), Naomy Scott (Lemonade Mouth) y Michelle Dockery (Downton Abbey), dirigida por S.J. Clarkson y desarrollada por Melissa James Gibson (House of cards y The americans) y el veterano David E. Kelley (Ally McBealBig little lies), “Anatomía de un escándalo” es un drama de ficción basado en la novela homónima de la periodista británica Sarah Vaughan (su tercer libro desde que en 2014 decidiera dar el salto a la literatura volcando en sus novelas todo el conocimiento adquirido durante sus años de trabajo como corresponsal política para The Guardian). Una serie con vocación de  thriller político que no llega a ser tal, donde (al igual que sucedía en The Undoing, otra de las creaciones de Kelley con la que esta guarda un singular parecido) se prima la intriga y el suspense, concebida bajo el paraguas de los preceptos del movimiento MeeToo y en la que las mentiras inherentes a la política y las rígidas convenciones de la sociedad inglesa sirven de escenario propicio para intentar poner de relieve -sin excesiva profundidad- el delicadísimo asunto del consentimiento en las relaciones sexuales y ahondar en la reflexión acerca del abuso de poder y el privilegio de las clases adineradas en la reedición ad infinitum del primitivo derecho de pernada.

La historia se centra en los Whitehouse, un matrimonio modélico con dos hijos pequeños, James y Sophie, quienes se conocen desde sus años de estudiantes en Oxford, donde ambos destacaban por su gran atractivo físico, además de por sus cualidades de liderazgo, que en el caso del atlético e irresistible James eran muy notables, incluso dentro del selecto club de “Los libertinos” (¿no había un nombre más obvio?) al que pertenecía y del que eran miembros los chicos de la alta sociedad londinense matriculados en la prestigiosa institución académica, quienes se sentían con tal impunidad para llevar a cabo toda clase de gamberradas dentro del campus, que no se les ocurrió mejor idea que adoptar por lema la frase: “¡Omertá para los libertinos!”.

Ha pasado tiempo de aquello y James (Rupert Friend) es ahora un destacado miembro del Gobierno británico, cuyo primer ministro (Geoffrey Streatfeild) es casualmente uno de sus mejores amigos de aquellos años. La vida parece sonreírle hasta que un periódico sensacionalista publica la noticia de que ha tenido un affaire con una de sus colaboradoras, la investigadora parlamentaria Olivia Lytton (Naomy Scott), que le acusa además de haberla violado en un ascensor de Westminster.

La acusación cae en manos de la fiscal Kate Woodcroft (Michelle Dockery) quien, por razones que se van desvelando según avanza la trama, tiene un especial interés en el caso. Y, aunque en un primer momento su esposa (Sienna Miller) le apoya, a medida que el juicio tiene lugar y se van conociendo nuevos detalles de la infidelidad y de la verdadera personalidad de James, su matrimonio se desequilibra por momentos, levantando en Sophie razonables sospechas hacia el presente y el pasado oculto de su marido.

Si bien es cierto que la historia no tiene grandes complicaciones y que, de entrada, plantea un asunto con un importante trasfondo ético y moral, que podría ser de carácter universal, cual es la impunidad y falta de valores éticos con la que actúan los herederos de las familias más adineradas, predestinados a escalar a lo más alto de la pirámide social y de la escala de mando sin mayor esfuerzo de su parte, hay algo en la serie que no funciona como es debido y que tiene que ver con la manera en la que está narrada, repleta de obviedades y de sonrojantes clichés (como la idea triunfalista que el arrogante y competitivo James intenta inculcar en sus rubios hijos de que “¡los Whitehouse siempre ganan!”, aunque para ello deban hacer trampa al Monopoly) y de una visión estereotipada del carácter y el estilo de vida de la alta sociedad británica (con nanny inmigrante, colegios de élite y vacaciones en Córcega incluidas) recurriendo insistentemente a los saltos temporales lo que, lejos de aportar grandes novedades, recuerda en demasía a los telefilmes convencionales y se regodea en lo ya sabido, alargando más de lo necesario la trama.

Pese al reclamo y la solvencia del reparto de actores y actrices principales, a quienes arropan otros tantos secundarios, todos ellos de la escuela inglesa (la mejor escuela de arte dramático del mundo), estamos ante un producto totalmente intrascendente cuyos diálogos y acciones se sienten encorsetados y poco naturales.

Como diría Laura Martin, articulista de la BBC, quien acusa a la coproducción británico-estadounidense de desconocimiento y de falta de originalidad, “son personas muy inglesas haciendo cosas que los estadounidenses creen que hacen las personas muy inglesas: hombres deambulando con bombines y pajaritas, tomando champán y bebiendo copiosas cantidades de whisky…”, drogándose como mirlos y violando doncellas vírgenes por las esquinas, por lo que resulta difícil empatizar con los personajes, incluso con la presunta víctima, de quien apenas llegamos a saber nada, excepto que estaba totalmente colada por su jefe. Para ser un personaje central, Olivia Lytton tiene muy pocos minutos de pantalla. Tan solo aparece durante el juicio para ofrecer su relato, reviviendo la traumática experiencia de la violación frente a su agresor, quien insiste en que las relaciones sexuales que mantuvieron fueron siempre consentidas. Cuestión que no parece fácil de discernir a juzgar por cómo se ven obligadas la fiscal y la letrada de la defensa (Josette Simon), a retorcer sus argumentos para demostrar que un “aquí no” es realmente un “no”. Y que no parece quedar resuelta en primera instancia.

Personalmente, si tengo que quedarme con algo positivo de esta serie, algo insulsa y nada memorable, únicamente salvaría de la quema al asesor del primer ministro, magistralmente interpretado por Joshua McGuire, un personaje bastante caricaturesco, que bien podría haber salido de “House of Cards” y que ofrece la medida exacta del cinismo y la falta de escrúpulos y empatía que se requiere para trazar una estrategia política victoriosa en Londres o en Katmandú.

Título original: Anatomy of a Scandal

Año: 2022

Duración: 45 min.

País: Reino Unido

Dirección: S.J. Clarkson

Guion: Melissa James Gibson, David E. Kelley. Libro: Sarah Vaughan

Música: Johan Söderqvist

Fotografía: Balazs Bolygo

Reparto: Sienna Miller, Rupert Friend, Michelle Dockery, Naomi Scott, Ben Radcliffe, Josette Simon, Jonathan Coy, Violet Verigo, Rita McDonald Damper, Sophie Jo Wasson, Kathryn Wilder, Missy Malek, David Olawale Ayinde...

Productora: Coproducción Reino Unido-Estados Unidos; 3dot productions, Made Up Stories, David E. Kelley Productions. 

Distribuidora: Netflix

Género: Drama. Thriller | Miniserie de TV. 

LANDSCAPERS

La serie se llama “Landscapers” (en español “¿Cómo meterse en un jardín?” que, más que una traducción del título original, es una interpretación libre de la trama) y está protagonizada por dos de los mejores actores británicos del momento: David Thewlis (conocido por su papel de Remus Lupin,​ en las películas de Harry Potter) y Olivia Colman, portentosa actriz nacida en Norfolk, quien a sus 47 años está viviendo su mejor momento profesional, tras haber sido multipremiada por su papel en La favorita y por su espléndida interpretación de la reina de Inglaterra en la serie The Crown.

De hecho, sorprende que dos profesionales de su envergadura intervengan en una pequeña producción como esta, de apenas cuatro episodios, que corre el riesgo de pasar desapercibida en el maremágnum de sonados estrenos que se programan para fin de año. Sin embargo, y dejando a un lado que Colman está casada con Ed Sinclair, uno de los creadores y guionistas de la miniserie británica que emite HBO Max, nada más empezar a verla una entiende los motivos que les llevaron a aceptar tal encomienda.

Y es que se trata de un pequeño tesoro audiovisual, con abundantes toques de humor negro y un aire algo teatral que por momentos recuerda a las películas de los años 50 y 60 en las que se recreaban algunas de las grandes obras de la dramaturgia estadounidense, como “¿Quién le teme a Virginia Woolf” (Edward Albee) o “Un tranvía llamado deseo” (Tennessee Williams).

Cuidadosamente mimada en cada uno de sus elementos, desde el guión basado en un sórdido suceso real, hasta (sobre todo) la sublime dirección de arte, con encuadres y escenarios muy estudiados que contribuyen a crear una atmósfera atormentada enfatizando el perturbado estado psicológico de la pareja protagónica, no es de extrañar que medios como The Guardian la consideren ya como una de las mejores producciones de 2021.

Landscapers” cuenta, desde la ficción (algo que nos queda claro desde el momento en el que sus creadores apuestan por derribar la cuarta pared para mostrarnos las tripas de su puesta en escena, con decorados que se desmantelan ante nuestros ojos tras el fin de cada episodio y actores haciendo de actores para simular una reconstrucción de los hechos), la escabrosa historia de Susan y Christopher Edwards, protagonistas de la crónica de sucesos en Reino Unido, acusados de asesinar a sangre fría a los padres de ella, luego de que la policía encontrara sus cuerpos enterrados en el jardín trasero de su casa en Mansfield, Nottinghamshire, con sendos disparos en el pecho.

Todavía se desconoce lo que llevó a la extraña pareja a llevar a cabo semejante atrocidad a finales de los años 90 (concretamente en 1998), aunque todo apunta a que el móvil del crimen fue económico ya que, una vez muertos, Susan y Cris (que se conocieron por mediación de una agencia matrimonial a raíz de compartir el interés por el cine clásico) se apresuraron en vaciar las cuentas del banco de los progenitores de esta, despilfarrando sus ahorros en comprar posters y autógrafos originales de las grandes estrellas de Hollywood, especialmente de Gary Cooper y de los westerns de los que, desde niña, Susan una rendida admiradora.

Durante 15 años, ambos se libraron de la cárcel y estuvieron viviendo del dinero de la venta de la casa y de la pensión de William y Patricia Wycherley que continuaron cobrando religiosamente, gracias a un minucioso trabajo de falsificación –escribieron cartas y firmaron documentos oficiales- por el que hicieron creer a todo el mundo que estos se encontraban viajando o que se habían mudado a Irlanda. Hasta un día en que empleados gubernamentales solicitaron entrevistarse con la madre de Susan, quien para aquel entonces hubiese tenido cien años, y el matrimonio decidió huir a París.

No fue sino hasta 2013, cuando Christopher, desesperado por la falta de trabajo y de dinero, llamó a su madrastra confesándole el crimen cometido 15 años atrás, lo que permitió que la policía y la justicia británicas pudiesen investigar y juzgar el caso, por el que ambos terminaron siendo condenados a 25 años de cárcel.

Una de las cosas que más sorprende es la extremada corrección con la que el matrimonio se expresa y se dirige a la policía durante el proceso de su detención, que se inicia mediante un intercambio de mails, en los que Cristopher anuncia su intención de entregarse a las autoridades británicas, solicitándoles muy educadamente la compra de dos billetes en el Eurostar para poder volver a Londres y ponerse a disposición de estas, a fin de aclarar el incómodo asunto del que, hasta el día de hoy, se declaran inocentes con pasmosa convicción.

Según la versión de ambos, Susan habría sufrido desde niña abusos sexuales por parte de su autoritario padre, sin que su madre (alcohólica) hubiese hecho nada por evitarlo, lo que le provocó cierto trastorno mental que le impedía discernir con claridad si lo que estaba viviendo era real o una de sus fantasías recurrentes.

Una vez más, Colman compone un personaje extraordinariamente complejo: una mujer de apariencia frágil y dócil, exquisitamente amable en el trato, cuya realidad no termina de gustarle, por lo que se refugia en el cine clásico y en su idea del amor romántico incondicional para defenderse de los horrores del mundo real, llegando a ver a su marido como una especie de Jon Wayne al que por momentos parece manipular para que se sienta obligado a protegerla y, en otros, parece sin embargo querer proteger y animar, desarrollando una actitud casi maternal para librarlo de su sentimiento de culpa.

De ahí el intercambio epistolar con Gerard Depardieu -de quien Cris era gran admirador- que la pareja llegó a fingir durante una década, siendo la propia Susan quien escribía las inspiradas cartas que ella misma enviaba a su marido con la firma del actor francés, una de las cuales ofrece quizá la clave de lo que los creadores de la serie nos quieren contar, más allá del hecho probado de que la vida supera a menudo de largo a la ficción:

“Querido Cris, como sabrás tenemos un dicho aquí en Francia –escribe el falso protagonista de Cyrano de Bergèrac-: “La vie en rose”. El significado de esta frase consiste en mirar a las estrellas en vez de a las alcantarillas para apreciar la belleza que existe en la vida, incluso cuando resulta difícil encontrarla, tal vez incluso cuando parece no estar presente. Este es el propósito de las historias y es el propósito del cine, pero sobre todo es el propósito del amor”.

No en vano la crítica destaca la destreza y sensibilidad del director de esta producción impresionante, Willi Sharpe, quien pese a abordar un argumento basado en la crónica de sucesos se aleja de cualquier enfoque amarillista, evitando caer en las típicas trampas de los telefilmes que reconstruyen crímenes reales, para centrarse en la complejidad del ser humano, lo que le permite desplegar un fecundo abanico de registros emocionales, con momentos tensos, tristes e hilarantes, e incluso secuencias llenas de ternura.

En definitiva, una excelente miniserie que se ve de una sentada, rodada con gran maestría cinematográfica y enorme talento interpretativo.

Título original: Landscapers

Año: 2021

Duración: 51 min.

País: Reino Unido

Dirección: Will Sharpe

Guión: Ed Sinclair, Will Sharpe

Música: Arthur Sharpe

Fotografía: Erik Wilson

Reparto: Olivia Colman, David Thewlis, Samuel Anderson, Felicity Montagu, Karl Johnson, Kate O'Flynn, Dipo Ola, Daniel Rigby, Jay Phelps, David Hayman, Maanuv Thiara, Nimisha Odedra

Productora: Coproducción Reino Unido-Estados Unidos; Cactus Films, Sister Pictures, South of the River Pictures. 

Distribuidora: HBO Max

Género: Miniserie de TV. Drama. True Crime.

EL CÓDIGO QUE VALÍA MILLONES

No es preciso ser experto en ingeniería informática para entender y apreciar la relevancia de los hechos que se narran en la miniserie de producción alemana “El código que valía millones”, estrenada por Netflix el 7 de octubre y que arroja luz sobre un episodio del que no es extraño que muy pocos hayamos oído hablar hasta ahora. De hecho, la historia real en la que se basa su argumento se reduce a algo tan antiguo como la eterna lucha de David contra Goliat. Solo que, a diferencia de lo que ocurre en los textos bíblicos, aquí el pez grande se come al chico.

Eso fue lo que les ocurrió a Juri Müller (Marius Ahrendt) y Carsten Schlüter, dos jóvenes berlineses que, a principios de la década de los noventa, con el muro recién derribado y Alemania del Este liberada ya del yugo soviético pero sumida en una profunda depresión económica, unen sus vidas en pos de un sueño común: hacer que la gente pueda ver el mundo desde otra perspectiva y ser capaces de sobrevolarlo y desplazarse de un lugar a otro a la velocidad del rayo, como lo haría el mismísimo Superman, pero desde la pantalla de un ordenador.

Esa idea, absolutamente innovadora para el tiempo y el lugar en el que fue concebida, precursora de la realidad virtual a la que hemos acabado acostumbrándonos, parecía imposible de llevar a cabo entonces, en un país recién unificado y aún en pañales en lo que a avances tecnológicos se refiere, pese a los denodados intentos del canciller Helmut Kolh por estimular y acelerar la I+D en el desarrollo informático, liderado por China y los Estados Unidos, y cuyos vertiginosos avances tras la aparición de internet no tardarían en cambiar para siempre nuestra vida.

Pero la noche en la que Carsten y Juri, un joven estudiante de arte obsesionado con las video instalaciones y un freake de los ordenadores, se conocieron, en uno de los muchos antros ilegales que funcionaban en las antiguas instalaciones fabriles de Alemania del Este, donde se exhibía toda clase de artilugios y de arte alternativo y experimental en su versión más salvaje y alocada, y se pinchaba música techno hasta el amanecer para que los berlineses, jubilosos y borrachos de ansias de libertad, entretuvieran su incertidumbre de futuro, todavía estaba muy lejos de la gran revolución digital que después hemos vivido.

En aquella época, los alemanes no tenían ordenador personal y la red de redes aún estaba en la incubadora. De hecho, en el mercado alemán no existían ordenadores lo suficientemente potentes para soportar el peso de memoria requerido para semejante “invento” (una especie de obra de arte global que permitiera a la gente viajar a cualquier punto del globo terráqueo en tiempo real). Su precio rondaba los cinco millones de marcos, por lo que ambos jóvenes se lanzaron a buscar apoyo financiero para hacerse con uno de esos aparatos en el que poder dar forma a su proyecto y, finalmente, lo encontraron en el todopoderoso titán de las telecomunicaciones Deutsche Telekom y en los desarrolladores del célebre Chaos Computer Club de Berlín, donde Juri ejercía ocasionalmente de hacker.

Con ellos crearon un pintoresco, apasionado y jovencísimo equipo de trabajo dispuesto a afrontar un proceso de desarrollo absolutamente caótico y naif y, después de no pocas complicaciones, lograron tener listo su proyecto, bautizado con el nombre de «Terra Visión», en el plazo de un año. Justo a tiempo para que sus patrocinadores pudieran presentarlo en la feria internacional de proyectos innovadores de Kioto (Japón) de 1994, donde cosechó gran atención mediática y un sin fin de alabanzas.

Tal fue su repercusión en el mundillo tecnológico que no tardaría en llegarles una invitación para visitar Silicon Valley, el Dorado de la nueva era inaugurada por internet, donde el célebre Brian Anderson (Lukas Loughran) ejercía de gran gurú de la cosa y adoctrinaba a sus acólitos bajo las palmeras en un parque tecnológico de dimensiones ciclópeas, donde todo eran sonrisas, juegos y máquinas de café expresso. Un paraíso empresarial, en el que el trabajo y la diversión parecían ser la misma cosa.

Juri Müller se encontraba entre los numerosos fans de Anderson, director de la empresa de fabricación de computadoras Silicon Graphics, creadora del ordenador Onyx que Schlüter y Müller utilizaron para desarrollar Terravision. Siempre lo había admirado. Sentía que hablaban el mismo idioma, que compartían los mismos ideales y trabajaban por los mismos objetivos: la auténtica globalización y democratización del conocimiento, sin discriminaciones ni fronteras. La idea de que, gracias a internet, este pudiera ser accesible para todo el mundo era increíblemente novedosa y progresista, y las empresas pioneras en el desarrollo de la red invirtieron muchos miles de millones para hacerlo posible y dar forma al nuevo mundo tal y como lo conocemos hoy.

Ese había sido siempre el sueño de Juri Müller. De hecho, estuvo tentado de aceptar la oferta de Anderson y quedarse en California para trabajar con él y hacer de Terravisión una herramienta de navegación por internet. Pero pudo más su lealtad al equipo y finalmente volvió con Carsten a Alemania, dispuestos a fundar su propio Silicon Valley (el estudio ART + CO) en el corazón de Berlín. Aunque no sin antes revelarle a Anderson el código fuente de «Terra Visión».

Así es como llegamos al año 2005, cuando Google, por que por aquel entonces era ya un gigante de las telecomunicaciones online y acababa de fichar a Anderson, lanzó Google Earth (un calco de «Terra Visión»).

Juri y Carsten se sintieron traicionados por Brian, quien se plantó en Berlín para hacerles una propuesta de colaboración por cinco millones de dólares que resultó ser una patraña para robarles la patente, como solía hacer Google con muchos pequeños “inventores”, en la confianza de que jamás se atreverían a desafiarle en los tribunales. Y el caso es que no fue sino hasta muchos años después, cuando los artífices de “Terra Visión” deciden plantarle cara a la todopoderosa corporación, argumentando que su idea sentó las bases de Google Earth, Google Maps y todos los sistemas de navegación en tiempo real, que forman parte hoy de nuestro día a día.

El propio Anderson admitió en su visita a Berlín que Terravision lo había inspirado para crear el software de Google Earth: «Si no hubiera visto Terravision, nunca podría haber creado algo así», le dijo a Juri en un arranque de etílica sinceridad. Algo que negó después ante la justicia.

De eso trata “El código que valía millones”, una ficción trepidante narrada en dos planos temporales, que culmina en una intrincada batalla judicial que se libraría en Delaware, Estados Unidos, a instancias del profesor de arte Joachim Sauter (el verdadero Carsten Schlüter), quien fue a los tribunales contra Google en el año 2014.

Robert Thalheim y Oliver Ziegenbalg, director y guionista de la serie respectivamente, le conocieron casualmente en una barbacoa y de ahí surgió la idea de filmar la historia como una ficción basada en hechos reales, cuya principal intención no es como pudiera parecer hacer justicia poética ni reconocer el mérito de los desarrolladores de «Terra Vision», sino retratar los ideales que movieron a la generación «techie» (los “nerds” del garaje), pioneros de la era digital, en los años 90, y la hicieron ser lo que es hoy: un selecto club de multimillonarios que se hicieron increíblemente ricos con internet y que actualmente sueñan con conquistar el espacio. 

Thalheim y Ziegenbalg quieren mostrarnos cómo se inició todo y contar la historia de aquellos que nunca estuvieron bajo los focos en esta serie que habla de la amistad, de la lealtad, de superar los miedos y las barreras de lo aparentemente imposible y del concepto de propiedad intelectual en la era digital, consiguiendo transportarnos al Berlín inmediatamente posterior a la caída del muro y recrear su excitante atmósfera revolucionaria e innovadora.

Título original: The Billion Dollar Code

Año: 2021

Duración: 265 min.

País: Alemania

Dirección: Robert Thalheim

Guión: Oliver Ziegenbalg

Música: Uwe Bossenz, Anton K. Feist

Fotografía: Henner Besuch

Reparto: Seumas F. Sargent, Marius Ahrendt, Thomas Douglas, Michelle Glick, Yuki Iwamoto, Misel Maticevic, Clayton Nemrow, Leonard Scheicher, Harry Szovik, Christoph Tomanek, Mark Waschke, Lavinia Wilson.

Productora: Kundschafter Films, Sunny Side Up Films. Distribuidora: Netflix

Género: Miniserie de TV. Drama | Internet / Informática. 

SUPONGAMOS QUE NUEVA YORK ES UNA CIUDAD

No puede decirse que no estuviésemos advertidos. Ya desde el primer episodio de “Supongamos que Nueva York es una ciudad”, su protagonista absoluta, Fran Lebowitz (New Jersey, 1950), dice tener una opinión sobre todas las cosas y, lo que es peor, amenaza con estar dispuesta a compartirla.

Mordaz, parlanchina y desacomplejadamente snob (“Hay cierto esnobismo que veo negativo. Pero mi esnobismo no tiene nada que ver con: ‘¿Quién es tu padre? ¿Dónde estudiaste? ¿Dónde te criaste?’. Tiene que ver con: ‘¿Estás de acuerdo conmigo?”), la conocida crítica y escritora neoyorquina, considerada por algunos como una Dorothy Parker moderna desde que saltara a la fama, en los años 70, por una colección de ensayos que tituló “Metropolitan Life”, presume de no llevarse demasiado bien con sus semejantes y le confiesa a su viejo amigo Martin Scorsese su enfado con el mundo por estar “llena de opiniones” y, sin embargo, “no tener poder para cambiar nada”.

Lo que queda sobradamente demostrado a lo largo de los siete episodios de media hora de duración en los que se divide esta miniserie documental algo sui géneris producida por Netflix, en la que, como alguien ha dicho, “no sucede nada, excepto que varias personas inteligentes hablan de lo que les apetece” y que supone una impagable plataforma de presentación de la polémica escritora neoyorquina a nivel global, así como de relanzamiento de su popularidad, amén de un púlpito de oro para impartir su criterio sobre Cultura, Deporte, Feminismo, Urbanismo, Cambio Climático…

Ataviada con el vestuario masculino del que ha hecho santo y seña, Lebowitz ofrece su visión más corrosiva de cuanto sucede y le rodea, legando a la audiencia un rosario de frases lapidarias, como “el talento es lo único que está distribuido aleatoriamente entre la población. No puedes comprarlo ni heredarlo”, “Vivimos en un mundo donde aplauden el precio, no el Picasso” o “Ser mujer ha sido lo mismo desde Eva hasta hace ocho meses, cuando apareció #metoo”.

Se nota que tiene tablas. De hecho, es toda una experta en incursiones televisivas. Interpretó doce veces el papel de la Juez Janice Goldberg en la serie “Law & Order”, el mismo que retomaría años más tarde en una breve aparición en “El Lobo de Wall Street”, precisamente a las órdenes de Scorsese, quien recupera ahora algunas de sus mejores intervenciones en programas de entrevistas con Alec Baldwin, Jimmy Fallon o Spike Lee, en donde se confirma que la escritora no ha parado de disertar en público sobre lo divino y lo humano, asociándolo a Nueva York y a su íntima relación con esta ciudad que recorre a diario con su cara de pocos amigos y de la que se siente propietaria, desde que paga sus impuestos en ella.

Abiertamente lesbiana (aunque no se hable de ello en la serie) y de origen inequívocamente judío, aunque se declare atea desde los siete años, Lebowitz afirma odiar el dinero (“Siendo niña, mis padres no me educaron para saber cómo se gana”) aunque confiesa tener un problema con ello. (“Odio el dinero. Pero me encantan las cosas. Odio el dinero, pero me gustan los muebles. Lo odio, pero me gustan los automóviles. Lo odio, pero me encanta la ropa. Odiar el dinero está bien si odias las cosas, porque entonces eres el Dalai Lama”).

Por hablar de todo y de todos, habla hasta de la anunciada escasez del agua de aquí a cincuenta años (“no me importa mucho porque ya estaré muerta”) y de Andy Warhol, con quien invariablemente se la asocia desde que la contrató como columnista de la revista Interview. “Me llevo mejor con él desde que está muerto”, bromea ante una audiencia entregada, a la manera en que lo hacía en sus intervenciones en el Late Night de David Letterman, mientras el director de Taxi Driver la escucha hipnotizado y celebra con una sonora carcajada cada una de sus hilarantes ocurrencias.

Cuando se le pregunta acerca de cuáles son sus placeres culpables, Frany recurre una vez más a la ironía: “Creo que es increíble que exista una expresión como esa. Mis placeres son absolutamente benignos, lo que significa que no muere nadie”, para declararse a continuación fanática de la diversión y de las fiestas.

Precisamente fue en una de ellas donde conoció a Martin, con quien comparte el gusto por la buena conversación. Juntos hablan de cine, de cuando vio una vez a Gary Grant por la calle y de cómo solía colarse en los estrenos, para escribir después las reseñas de las películas “por tener algo divertido sobre lo que escribir”.

De las crisis creativas que ha sufrido afirma: “De pequeña me encantaba escribir. Hasta que recibí mi primer encargo para hacerlo por dinero. Pasé a odiar escribir. Solo he conocido a una escritora muy buena a la que le encantara escribir. A la mayoría de personas a las que le gusta se les da fatal”.

Pero no solo de Cultura con mayúsculas trata el documental de Scorsese sobre su brillante amiga Frany, la serie habla (y mucho) de la ciudad de NY, en donde hubo un tiempo en que Lebowitz ejerció de taxista (“un oficio en el que no aprendí nada” y donde sufrió discriminación de género), de chófer y hasta de limpiadora de casas. La escritora se queja amargamente del actual estado del transporte público, del desastre arquitectónico perpetrado a lo largo de los años y de la absurda gestión presupuestaria que se lleva a cabo en una ciudad que todos visitan y en la que solo algunos consiguen (sobre)vivir, teniendo en cuenta el prohibitivo precio de la vivienda.

Durante 26 años, vivió en The Osborne, uno de los clásicos edificios de lujo de la gran manzana. Pero, desde 2017, tiene una casa en el barrio de Chelsea de 210 metros cuadrados, que no suele mostrar y que incluye una biblioteca privada con más de 12 mil títulos (“nunca he entendido a la gente que dice que no se ve a si misma en un libro, los libros no son un espejo, son una vía de escape”).

Duramente criticada por su tendencia a la misantropía y por abanderar la resistencia a la colonización tecnológica (no tiene móvil, tablet y ordenador), Lebowitz carga contra sus conciudadanos, los transeúntes distraídos con los que tropieza a diario en las calles de Manhattan (“debo de ser la única persona que sabe a dónde va en esta ciudad”) y se refiere, en general, con cierto desprecio al ciudadano medio neoyorquino, especialmente a los millenials (“nunca pienso en ellos”), a diferencia de los niños pequeños, a quienes encuentra “más interesantes” porque “aún no están llenos de clichés, de modo son más originales, pero se le pasa bastante rápido. No saben lo que son las cosas, así que se lo inventan o hacen preguntas y generalmente no están tratando de convencerte de que saben algo que no saben”.

Sin embargo, no duda en lanzar un mensaje a los más jóvenes que vale para el resto de la audiencia que tenga a bien escuchar lo que tiene que decir: “Piensa antes de hablar. Lee antes de pensar. Una buena jugada a cualquier edad, pero sobre todo a los 17 años, cuando corres el peligro de llegar a conclusiones molestas”.

Título original: Pretend It's a City 

Año: 2021

Duración: 30 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Martin Scorsese

Guión: Martin Scorsese

Fotografía: Ellen Kuras

Reparto:
Documental, (intervenciones de: Fran Lebowitz,
Martin Scorsese, Alec Baldwin, Spike Lee, Olivia Wilde, Toni Morrison)

Productora: Netflix (Distribuidora: Netflix)

Género: Documental | Miniserie de TV

EL DESORDEN QUE DEJAS

El cine español se ha agarrado con fuerza a las plataformas digitales para vender su producto. Echando un rápido vistazo al catálogo de series esta Navidad, se puede comprobar cómo prácticamente todas ellas ofrecen uno o dos títulos de estreno de manufactura nacional. “El Cid” (Amazon Prime), “30 Monedas” (HBO), “Los favoritos de Midas” (Netflix)… Se trata, en su mayor parte, de series de consumo rápido, con pocos capítulos, que aprovechan el tirón de sus jóvenes protagonistas en trabajos precedentes y cuyas temáticas, siendo variadas, apuntan a cierta preferencia por el género de suspense, como la serie a la que me quiero referir.

Creada por Carlos Montero a partir de su propia novela, «El desorden que dejas» se nos presenta como un thriller ambientado en la Galicia rural y juega con dos planos temporales separados en el tiempo por la trágica desaparición y presunto suicidio de Viruca, una profesora de instituto admirada por sus alumnos, con quienes establece una relación tóxica de índole personal, que excede cualquier código deontológico.

Más allá del llamativo y logradísimo acento gallego de sus principales protagonistas: Inma Cuesta (“La novia”), Arón Piper (“Elite”), Roberto Enríquez (“Vis a vis”), Bárbara Lennie (“Petra”), ninguno de ellos nacido en la costa del cantábrico, hay varias cosas salvables de la serie. Especialmente seductor resulta ese juego narrativo en el que el pasado se hace presente y vemos a personajes ya fallecidos interrelacionarse con la protagonista, mientras esta intenta recomponer el puzzle de la vida de una mujer a la que no conoce de nada, pero con la que descubrirá que tiene más de una cosa en común, hasta desentrañar los verdaderos motivos de su muerte.

Y es que hay algo de realismo mágico a la gallega en los sueños de Raquel (Inma Cuesta) con su madre muerta y en las visiones que tiene de Viruca. Poco a poco, irá desentrañando un retorcido misterio que sacará a la luz la doble vida de la profesora fallecida, a la vez que terminará desenterrando los secretos más siniestros de algunos de los habitantes de ese apacible pueblo llamado Novariz.

Muy notables son las actuaciones de los tres chavales del elenco, Arón Piper (Iago), Roque Ruiz (Roi) y, en menor medida, Isabel Garrido (Nerea), tres adolescentes problemáticos, explorando sus propios límites e intentando expiar sus traumas infantiles. Así como la de las dos protagonistas, Inma Cuesta (la naturalidad personificada) y Bárbara Lennie (Viruca, un personaje que gana en complejidad a medida que vamos descubriendo detalles de su vida algo turbia).

Sin embargo, creo que el guión incurre en cierta exageración y en una abundancia de tópicos que reducen el argumento a algo poco creíble y desmerecen el resultado final, como el hecho de que una simple profesora de instituto, acosada por sus alumnos, se calce el uniforme de agente del CSI y lleve a cabo una investigación exhaustiva, a partir de una simple sospecha, poniendo en peligro su propia vida al seguir como un sabueso todas y cada una de las pistas que le conducen a los verdaderos motivos de la muerte de su predecesora en la cátedra de literatura o que acabe inevitablemente enrollándose con el ex marido de la profesora muerta, en una escena cuyo detonante es algo tan manido como que llega a su casa una noche empapada por la lluvia y debe cambiarse de ropa.

No es cuestión aquí de hacer spoiler, mucho menos tratándose de una serie de suspense, por lo que me limitaré a decir que ésa es en esencia la trama de “El desorden que dejas”, sobre la que se van liberando diferentes subtramas que terminan confluyendo en lo que se pretende sea un gran final. Lástima que, para cuando este se acerca, resulte ya todo demasiado previsible.

A pesar de ello, la serie se deja ver y puede tener su público. No es un enrevesado rompecabezas con giros inesperados que nos saquen los ojos de sus órbitas y nos descoyunten la mandíbula, pero tampoco incurre en demasiadas excentricidades ni defrauda las más altas expectativas. Se trata más bien de un trabajo discreto que apuesta por la sobriedad y que tiene a su favor la excelente elección de su localización en tierras gallegas, sin cuya atmósfera húmeda y sobrenatural, no podría funcional igual. Un thriller de manual. Fácil de digerir y fácil de olvidar.

Título original: El desorden que dejas

Año: 2020

Duración: 50 min.

País: España

Dirección: Carlos Montero (Creador), Carlos Montero, Silvia Quer, Roger Gual

Guión: Carlos Montero, Javier Holgado, Andrés Seara (Novela: Carlos Montero)

Música: Lucio Godoy, Ricardo Curto (Canción: Xoel López)

Fotografía: Isaac Vila

Reparto: Inma Cuesta, Bárbara Lennie, Tamar Novas, Arón Piper, Roberto Enríquez, Roque Ruíz, Isabel Garrido, Federico Pérez, Susana Dans, Alfonso Agra, Xosé A. Touriñán, Abril Zamora, Xavier Estévez, María Tasende, Camila Bossa, María Costas, Mela Casal, César Cambeiro

Productora: Vaca Films. Netflix España.

Género: Serie de TV. Intriga. Thriller. Drama Colegios. Enseñanza

LA PRINCESA ESPAÑOLA

No le ha gustado mucho a cierta prensa española el retrato que la serie británica, «The Spanish Princess«, que se emite en HBO, hace de Catalina de Aragón, la hija menor de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, Infanta de España y Reina de Inglaterra gracias a su unión matrimonial con Enrique VIII, llevada a cabo mediante dispensa papal, en segundas nupcias, al enviudar esta de su hermano Arturo, Príncipe de Gales y primer heredero al trono, fallecido a los cinco meses de casarse con Catalina, con quien había estado prometida desde los tres años, como parte de la estrategia de alianzas de sus progenitores para aislar a Francia.

De ella han criticado, sobre todo, supuestas imprecisiones históricas y el “sacrificio de ciertos personajes y hechos en aras de la licencia narrativa, más propia de un culebrón o drama romántico”. Pero, de haberlas, son en mi opinión “peccata minuta” respecto al retrato global que en la serie se hace de la propia (sin)razón de ser que ha inspirado y sostenido a la institución monárquica a lo largo de la Historia (sucesión dinástica y derecho divino) y de las miserias e intrigas de la Corte, a través del relato de una vida que realmente fue de telenovela.

Sospecho que el descontento procede más bien del hecho de que «La princesa española» desacraliza la regia figura de Catalina presentándola en toda su contradictoria y poliédrica humanidad y, sobre todo, desafía la leyenda hagiográfica de sus padres, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, a quienes retrata como dos verdaderos canallas, capaces de cualquier atrocidad (como poner en marcha la Inquisición con la expulsión de los judíos y herejes de España, para satisfacer el fanatismo de la muy católica reina Isabel) o traicionar a su propia estirpe (como hizo el rey Fernando encerrando a su primogénita y heredera al trono, Juana “la Loca”, en Tordesillas) para satisfacer su propia ambición de poder.

Digna hija de su madre, Catalina se nos presenta desde el primer capítulo de la serie, como una mujer testaruda, convencida de tener un destino trazado por voluntad de Dios y determinada a hacer lo que fuera preciso porque ese destino se cumpla, incluso mentir acerca de su virginidad al enviudar, asegurando que el matrimonio con Arturo no llegó a consumarse para poder casarse en segundas nupcias con quien realmente fuera el amor de su vida, Enrique VIII, y así ser reina Inglaterra, algo a lo que siempre creyó estar predestinada.

Lo cierto es que Catalina no solo llegó a ser reina, sino también una de las soberanas más queridas por el pueblo inglés. El mismísimo William Shakespeare habló de ella como “la Reina de todas las reinas y modelo de majestad femenina”. Y ello, a pesar de haber sido una mujer atormentada por la culpa y por el hecho de no haber podido darle un hijo varón al rey, quien la repudió y humilló públicamente por ello, expulsándola de la Corte para casarse con Ana Bolena (otra gran maltratada de la Historia).

Es verdad que “The Spanish Princess” la presenta como una esposa amantísima, incapaz de traicionar a su marido, a quien consiente toda clase de infidelidades y ultrajes, debido a su férreo sentido de la lealtad a la Corona y el deber conyugal, pero sería injusto decir que se queda en ello, pues el retrato que se hace de Catalina es el de un personaje mucho más sólido y complejo que, ya en 1507, actuó como embajadora de la Corte Española en Inglaterra, convirtiéndose así en la primera mujer embajadora de la historia europea.

Católica hasta el fanatismo, como su propia madre, pero con un corazón menos severo, dispuesta a cuidar y proteger a quienes le eran fieles y a mostrar piedad con quienes no lo eran, durante los años en los que reinó junto a Enrique VIII (en su propia ensoñación de Camelot) Catalina se convirtió en una inesperada e influyente figura política, llegando incluso a ser reina regente durante varios viajes del rey a Francia, y teniendo que lidiar con la incursión escocesa en Inglaterra que desembocó en la batalla de Flodden Field. Para la mitología queda la historia de que viajó embarazada y equipada con armadura a arengar a las tropas antes de la célebre contienda, que en la serie se exagera bastante ubicándola en el propio campo de batalla.

The Spanish Princess” (tercera entrega de una trilogía basada en los libros de Philippa Gregory, cuyas protagonistas son mujeres jóvenes que suben al trono, en un clima complicado, tanto en la corte como en el país) habla de esa mujer fuerte a pesar de su juventud (murió a los 49 años), excepcionalmente preparada para su época, ducha en las artes de la política y el dominio de varias lenguas que pasó un infierno personal y moral al intentar infructuosamente satisfacer las exigencias de la Iglesia y la Corona y darle un heredero al rey, como era su deseo.

Tras la muerte súbita de su primer hijo y los muchos abortos que le sucedieron y que Enrique VIII atribuyó a una maldición divina por haberse casado con la mujer de su hermano, Catalina engendró una hija, María I de Inglaterra a quien al principio rechazó por no ser el esperado varón y, ya fuera de la Corte, educó para ser la primera mujer que reinase por derecho propio en Inglaterra.

Así era Catalina. Mecenas del humanismo renacentista y amiga de los grandes eruditos como Erasmo de Róterdam y Tomás Moro, el controvertido libro “De institutione feminae christianae” de Juan Luis Vives, que afirmaba que las mujeres tienen derecho a una educación, fue encargado y dedicado a ella. Tal fue la impresión que causó que, incluso su enemigo Thomas Cromwell, dijo de ella que «si no fuera por su sexo, podría haber desafiado a todos los héroes de la historia«.

No sé si será su mejor biopic, pero me quedo con el desagravio que la serie hace de su figura y su contribución histórica, poniendo en valor la determinación, la fuerza y la inteligencia femeninas en un contexto y una época donde ser mujer era mucho más difícil que ahora.

Título original: The Spanish Princess

Año: 2019

Duración: 55 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Emma Frost (Creador), Matthew Graham (Creador), Birgitte Stærmose, Stephen Woolfenden, Lisa Clarke, Daina Reid

Guion: Philippa Gregory, Emma Frost, Matthew Graham, Helen Childress, Nicki Renna, Andrea Thornton

Música: Chris Egan, Samuel Sim

Fotografía: Maja Zamojda, Stefan Ciupek

Reparto:Charlotte Hope, Richard Pepper, Aaron Cobham, Elliot Cowan, Stuart McNeil, Alicia Borrachero, Ruairi O'Connor, Jordan Renzo, Oliver Rix, Nick Barber, Nadia Parkes, Alan Mckenna, Harriet Walter, Morgan Jones, David Kirkbride, Bradley Birkholz, Fra Fee, Laura Carmichael, Philip Cumbus, Georgie Henley, Angus Imrie, Alexandra Moen, Luka Peros, Rachael Evelyn, Rosalind Whelan, Mark Schneider, Philip Andrew, Tom Bennett, Daniel Cerqueira, Alba Galocha

Compañías: All3 Media, New Pictures, Playground Entertainment, Netflix

Género: Serie de TV. Drama Histórico