EL CÓDIGO QUE VALÍA MILLONES

No es preciso ser experto en ingeniería informática para entender y apreciar la relevancia de los hechos que se narran en la miniserie de producción alemana “El código que valía millones”, estrenada por Netflix el 7 de octubre y que arroja luz sobre un episodio del que no es extraño que muy pocos hayamos oído hablar hasta ahora. De hecho, la historia real en la que se basa su argumento se reduce a algo tan antiguo como la eterna lucha de David contra Goliat. Solo que, a diferencia de lo que ocurre en los textos bíblicos, aquí el pez grande se come al chico.

Eso fue lo que les ocurrió a Juri Müller (Marius Ahrendt) y Carsten Schlüter, dos jóvenes berlineses que, a principios de la década de los noventa, con el muro recién derribado y Alemania del Este liberada ya del yugo soviético pero sumida en una profunda depresión económica, unen sus vidas en pos de un sueño común: hacer que la gente pueda ver el mundo desde otra perspectiva y ser capaces de sobrevolarlo y desplazarse de un lugar a otro a la velocidad del rayo, como lo haría el mismísimo Superman, pero desde la pantalla de un ordenador.

Esa idea, absolutamente innovadora para el tiempo y el lugar en el que fue concebida, precursora de la realidad virtual a la que hemos acabado acostumbrándonos, parecía imposible de llevar a cabo entonces, en un país recién unificado y aún en pañales en lo que a avances tecnológicos se refiere, pese a los denodados intentos del canciller Helmut Kolh por estimular y acelerar la I+D en el desarrollo informático, liderado por China y los Estados Unidos, y cuyos vertiginosos avances tras la aparición de internet no tardarían en cambiar para siempre nuestra vida.

Pero la noche en la que Carsten y Juri, un joven estudiante de arte obsesionado con las video instalaciones y un freake de los ordenadores, se conocieron, en uno de los muchos antros ilegales que funcionaban en las antiguas instalaciones fabriles de Alemania del Este, donde se exhibía toda clase de artilugios y de arte alternativo y experimental en su versión más salvaje y alocada, y se pinchaba música techno hasta el amanecer para que los berlineses, jubilosos y borrachos de ansias de libertad, entretuvieran su incertidumbre de futuro, todavía estaba muy lejos de la gran revolución digital que después hemos vivido.

En aquella época, los alemanes no tenían ordenador personal y la red de redes aún estaba en la incubadora. De hecho, en el mercado alemán no existían ordenadores lo suficientemente potentes para soportar el peso de memoria requerido para semejante “invento” (una especie de obra de arte global que permitiera a la gente viajar a cualquier punto del globo terráqueo en tiempo real). Su precio rondaba los cinco millones de marcos, por lo que ambos jóvenes se lanzaron a buscar apoyo financiero para hacerse con uno de esos aparatos en el que poder dar forma a su proyecto y, finalmente, lo encontraron en el todopoderoso titán de las telecomunicaciones Deutsche Telekom y en los desarrolladores del célebre Chaos Computer Club de Berlín, donde Juri ejercía ocasionalmente de hacker.

Con ellos crearon un pintoresco, apasionado y jovencísimo equipo de trabajo dispuesto a afrontar un proceso de desarrollo absolutamente caótico y naif y, después de no pocas complicaciones, lograron tener listo su proyecto, bautizado con el nombre de «Terra Visión», en el plazo de un año. Justo a tiempo para que sus patrocinadores pudieran presentarlo en la feria internacional de proyectos innovadores de Kioto (Japón) de 1994, donde cosechó gran atención mediática y un sin fin de alabanzas.

Tal fue su repercusión en el mundillo tecnológico que no tardaría en llegarles una invitación para visitar Silicon Valley, el Dorado de la nueva era inaugurada por internet, donde el célebre Brian Anderson (Lukas Loughran) ejercía de gran gurú de la cosa y adoctrinaba a sus acólitos bajo las palmeras en un parque tecnológico de dimensiones ciclópeas, donde todo eran sonrisas, juegos y máquinas de café expresso. Un paraíso empresarial, en el que el trabajo y la diversión parecían ser la misma cosa.

Juri Müller se encontraba entre los numerosos fans de Anderson, director de la empresa de fabricación de computadoras Silicon Graphics, creadora del ordenador Onyx que Schlüter y Müller utilizaron para desarrollar Terravision. Siempre lo había admirado. Sentía que hablaban el mismo idioma, que compartían los mismos ideales y trabajaban por los mismos objetivos: la auténtica globalización y democratización del conocimiento, sin discriminaciones ni fronteras. La idea de que, gracias a internet, este pudiera ser accesible para todo el mundo era increíblemente novedosa y progresista, y las empresas pioneras en el desarrollo de la red invirtieron muchos miles de millones para hacerlo posible y dar forma al nuevo mundo tal y como lo conocemos hoy.

Ese había sido siempre el sueño de Juri Müller. De hecho, estuvo tentado de aceptar la oferta de Anderson y quedarse en California para trabajar con él y hacer de Terravisión una herramienta de navegación por internet. Pero pudo más su lealtad al equipo y finalmente volvió con Carsten a Alemania, dispuestos a fundar su propio Silicon Valley (el estudio ART + CO) en el corazón de Berlín. Aunque no sin antes revelarle a Anderson el código fuente de «Terra Visión».

Así es como llegamos al año 2005, cuando Google, por que por aquel entonces era ya un gigante de las telecomunicaciones online y acababa de fichar a Anderson, lanzó Google Earth (un calco de «Terra Visión»).

Juri y Carsten se sintieron traicionados por Brian, quien se plantó en Berlín para hacerles una propuesta de colaboración por cinco millones de dólares que resultó ser una patraña para robarles la patente, como solía hacer Google con muchos pequeños “inventores”, en la confianza de que jamás se atreverían a desafiarle en los tribunales. Y el caso es que no fue sino hasta muchos años después, cuando los artífices de “Terra Visión” deciden plantarle cara a la todopoderosa corporación, argumentando que su idea sentó las bases de Google Earth, Google Maps y todos los sistemas de navegación en tiempo real, que forman parte hoy de nuestro día a día.

El propio Anderson admitió en su visita a Berlín que Terravision lo había inspirado para crear el software de Google Earth: «Si no hubiera visto Terravision, nunca podría haber creado algo así», le dijo a Juri en un arranque de etílica sinceridad. Algo que negó después ante la justicia.

De eso trata “El código que valía millones”, una ficción trepidante narrada en dos planos temporales, que culmina en una intrincada batalla judicial que se libraría en Delaware, Estados Unidos, a instancias del profesor de arte Joachim Sauter (el verdadero Carsten Schlüter), quien fue a los tribunales contra Google en el año 2014.

Robert Thalheim y Oliver Ziegenbalg, director y guionista de la serie respectivamente, le conocieron casualmente en una barbacoa y de ahí surgió la idea de filmar la historia como una ficción basada en hechos reales, cuya principal intención no es como pudiera parecer hacer justicia poética ni reconocer el mérito de los desarrolladores de «Terra Vision», sino retratar los ideales que movieron a la generación «techie» (los “nerds” del garaje), pioneros de la era digital, en los años 90, y la hicieron ser lo que es hoy: un selecto club de multimillonarios que se hicieron increíblemente ricos con internet y que actualmente sueñan con conquistar el espacio. 

Thalheim y Ziegenbalg quieren mostrarnos cómo se inició todo y contar la historia de aquellos que nunca estuvieron bajo los focos en esta serie que habla de la amistad, de la lealtad, de superar los miedos y las barreras de lo aparentemente imposible y del concepto de propiedad intelectual en la era digital, consiguiendo transportarnos al Berlín inmediatamente posterior a la caída del muro y recrear su excitante atmósfera revolucionaria e innovadora.

Título original: The Billion Dollar Code

Año: 2021

Duración: 265 min.

País: Alemania

Dirección: Robert Thalheim

Guión: Oliver Ziegenbalg

Música: Uwe Bossenz, Anton K. Feist

Fotografía: Henner Besuch

Reparto: Seumas F. Sargent, Marius Ahrendt, Thomas Douglas, Michelle Glick, Yuki Iwamoto, Misel Maticevic, Clayton Nemrow, Leonard Scheicher, Harry Szovik, Christoph Tomanek, Mark Waschke, Lavinia Wilson.

Productora: Kundschafter Films, Sunny Side Up Films. Distribuidora: Netflix

Género: Miniserie de TV. Drama | Internet / Informática. 

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