AL ESTE DEL EDÉN

En la novela de John Steinbeck, Cathy Ames es una criatura casi inhumana. La encarnación misma del mal.Una mujer manipuladora e infiel, capaz de abandonar a su marido y a sus hijos, nada más traerlos al mundo, para prostituirse y regentar un burdel. Algo que no ocurre en la nueva adaptación de Netflix, donde Florence Pugh desmonta al personaje en múltiples capas. Su Cathy sigue siendo temible, egoísta, ambiciosa y despiadada, pero la actriz se atreve a mirar al monstruo de cerca: no para absolverlo, sino para tratar de entenderlo. Lo que termina humanizándolo. Y ahí es donde reside el interés de esta nueva versión de ‘Al este del Edén’.

Adaptar un clásico siempre entraña el riesgo de que el respeto reverencial por la obra original termine llevándonos a componer una ilustración de lujo, la enésima versión de una historia que ya conocemos, con mejores medios y una sensibilidad adaptada a los tiempos. Pero esta miniserie de siete episodios encuentra una mirada propia.

Zoe Kazan, responsable del guion y nieta de Elia Kazan, el director de la primera y más célebre de sus adaptaciones cinematográficas protagonizada por James Dean en 1955, recupera la parte de la novela que su abuelo dejó fuera de su película centrada en el tramo final del libro y reconstruye la historia familiar de los Trask desde sus orígenes, a finales del siglo XIX, desviando el foco del personaje de Cathy. El resultado no es una simple ampliación del drama de Steinbeck, sino una revisión de sus preguntas fundamentales.

La historia arranca con una imagen difícil de olvidar: una mujer malherida y ensangrentada se arrastra por un campo de cultivo hasta una casa aislada, donde viven dos hermanos que reaccionan de maneras opuestas al verla. Se trata de la granja de los hermanos Adam (Christopher Abbott) y Charles Trask (Mike Faist). La serie retrocede entonces hasta la infancia de ambos, marcada por la severidad de un padre que los educa para ser soldados. Cada uno a su manera, se duelen de las heridas de esa instrucción militar, carente de muestras de afecto.

Hijos de distinta madre, Adam, el mayor, es un muchacho sin mayor aspiración que cultivar su rectitud y haría lo que fuera por proteger a su hermano pequeño, hijo de la mujer con la que su padre se casó al enviudar de forma prematura. Charles, en cambio, exhibe un carácter temperamental y colérico, y arrastra los celos de quien se sabe desplazado por el primogénito en el afecto paterno. Condenados a medirse entre ellos, como si la familia fuera un campo de batalla en el que el cariño y el rechazo siempre se reparten de manera desigual, la rivalidad entre ambos hermanos se reproduce una generación después, entre Aron (Joe Anders) y Cal (Joseph Zada), los hijos de Cathy. Mellizos gestados en distintas bolsas, fruto de una historia en la que se cruzan el deseo, la traición y los secretos familiares.

Y es que Steinbeck construyó su novela sobre el relato de Caín y Abel y sobre la idea de que los pecados de los padres terminan siendo reproducidos por sus descendientes.

Un universo bíblico en el que la mujer encarna la tentación y la perdición del hombre. Cathy lleva esa tradición hasta sus últimas consecuencias: abandona a sus hijos, engaña a su marido con su hermano, le dispara para escapar de él y acaba construyendo su propio reino sobre cimientos delictivos. Pero la serie se resiste a dejarla reducida a una figura demoníaca.

¿Qué hay detrás de su maldad? ¿Es una condición innata o una forma de defenderse de quienes pretendieron atarla en corto o abusaron de ella que ha terminado por devorarla?, se pregunta.

Zoe Kazan no pretende convertir a Cathy en una víctima de las circunstancias. Le basta con abrir una grieta en su personaje para que asome una posibilidad más perturbadora que la existencia del mal absoluto: que quien hace daño tenga también sus razones para ello y que sus actos puedan explicarse sin que por ello dejen de ser responsabilidad suya.

Florence Pugh es la actriz perfecta para el papel. Su interpretación se sostiene en la mirada ausente y en la frialdad de los gestos. No busca la redención de Cathy ni reclama indulgencia para ella. La humaniza, que es una operación bastante más compleja. Porque resulta sencillo condenar a un monstruo; lo difícil es reconocer que alguien puede conservar su condición humana y, al mismo tiempo, ser capaz de un nivel de crueldad tan extremo.

Aunque a veces adolece de un ritmo muy lento, la serie sobresale por su puesta en escena. Como observa Rosa Palo, en El Correo: “La luminosidad inicial se va transformando en una atmósfera sombría, casi gótica, en la que los rostros pálidos, los vestidos negros y las pequeñas gafas oscuras de la protagonista remiten al ‘Drácula’ de Francis Ford Coppola y el progresivo deterioro físico y psicológico de Cathy termina por convertirla en una presencia espectral, encerrada en una vida que ella misma ha convertido en una prisión” y atormentada por el fantasma de Charles, a quien supo reconocer como su alma gemela por compartir ambos las mismas cicatrices.

Pero sin duda uno de los personajes que más crece a lo largo de la historia es Lee, el mayordomo chino que interpreta Hoon Lee y que termina convirtiéndose en preceptor de Aron y Cal, que crecen entre las ausencias, los secretos y las rivalidades de sus padres. Lee representa otra forma de educación moral en una familia acostumbrada a pensar que los hijos se parecen a sus padres. Su teoría es que no todo lo que conforma nuestro carácter procede de la sangre. También lo forma el amor o el rechazo de quienes deciden despreciarnos o confiar en nosotros.

Y es ahí donde aparece la palabra fetiche que da sentido a la historia: timshel. Término hebreo extraído de la Biblia, que en la interpretación de Steinbeck significa “tú puedes” y expresa la posibilidad de elegir. Porque el ser humano no está predestinado por su naturaleza ni condenado a repetir los mismos errores de sus antepasados. La herencia condiciona, el pasado deja marcas y la familia puede determinar buena parte de lo que somos, pero nada de eso tiene por qué convertirse en un destino inapelable. La libertad empieza cuando dejamos de confundir las razones que explican nuestros actos con las excusas que pretenden justificarlos.

Que Zoe Kazan haya decidido contar esta historia no es casual pues ella misma ha tenido que lidiar con el pasado de su abuelo. Elia Kazan declaró contra antiguos compañeros del Partido Comunista ante el Comité de Actividades Antiamericanas durante el macartismo, un episodio que dejó una profunda huella en sus descendientes. «Mi país le falló a mi abuelo, y mi abuelo le falló a muchas otras personas», ha reconocido la propia guionista. Haber sufrido no concede una licencia para hacer sufrir a los demás, del mismo modo que conocer la historia de alguien no obliga a perdonarlo. Timshel. No elegimos las circunstancias que nos forman, pero sí tenemos responsabilidad sobre lo que hacemos a partir de ello.

Título original: East of Eden

Año: 2026

Duración: 58 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Zoe Kazan, Jeb Stuart, Garth Davis, Laure de Clermont-Tonnerre

Guion: Zoe Kazan. Bas.: John Steinbeck

Reparto: Florence Pugh, Christopher Abbott, Mike Faist, Joseph Zada, Joe Anders, Zoe Phillips, Hoon Lee, Martha Plimpton, Ciarán Hinds, Tracy Letts...

Música: Laura Karpman

Fotografía: Stuart Dryburgh, Sam Chiplin

Compañías: Anonymous Content, Endeavor Content, Fifth Season, Netflix.

Género: Serie de TV. Drama. S. XIX. Vida rural. Historia. Familia.

CIEN AÑOS DE SOLEDAD. GRAN FINAL

En esta reseña no hay spoilers pues todo el mundo conoce ya el final de Cien años de soledad. El desenlace estaba escrito desde que Gabriel García Márquez escribiera las primeras líneas de su novela cuya historia es, en sí misma, una profecía que espera cien años para cumplirse.

Para cuando da inicio la serie de Netflix, millones de lectores de todo el mundo saben ya que si “el primero de la familia murió amarrado a un árbol, al último se lo comerán las hormigas” y que, en el instante en que esto suceda, a Macondo se lo llevará el viento.

Lo único que quedaba por averiguar era si el gran capítulo final conseguiría reflejar en imágenes ese instante que marca la ruina y la destrucción de una familia, de un pueblo y de un país que alguna vez fue una utopía que llegó a cumplirse. Y la respuesta es sí.

Tal y como estaba escrito en los pergaminos del gitano alquimista Melquiades, cuando Aureliano Babilonia (el hijo bastardo nacido del malogrado amor de Meme y Mauricio Babilonia que ha crecido encerrado en la casa familiar sin que el mundo llegara a saber de su existencia) consigue consumar su amor por su tía Amaranta Úrsula, al regreso de esta de París, las hormigas devoran al hijo de ambos, el último de los Buendía nacido con cola de cerdo como presagió mama Úrsula en su lecho de muerte, y Macondo se desintegra, como un pueblo fantasma reducido a cenizas.

La serie de Netflix ha conseguido en solo dos temporadas algo que parecía imposible: mostrar un Macondo que para los lectores de la novela de García Márquez fuese reconocible, habitable, tangible desde su construcción, en su desarrollo, declive y desaparición. Pero también ha tenido que pagar el inevitable precio de traducir en imágenes una novela cuya verdadera magia estaba en las palabras, en esa manera de hacer que el tiempo se doblara sobre sí mismo para que pasado, presente y futuro parecieran estar ocurriendo a la vez.

En su capítulo final Margarita Rosa de Francisco firma una de las interpretaciones más memorables y breves de la serie, al dar vida a Fernanda del Carpio en sus últimos años de vida, cuando la mujer que llegó a la casa de los Buendía con su educación aristocrática y su beata religiosidad, se ha convertido ya en una figura espectral.  

Su Fernanda no es aquella muchacha, reina de las apariencias y sacerdotisa del decoro, que llegó a Macondo presentándose como la reina de Madagascar. Pero tampoco es exactamente una anciana derrotada. Su interpretación se traduce en algo más complejo: mostrar la persistencia de una mujer recia debajo de cuya vieja capa de armiño habitan las ruinas de sí misma. La actriz colombiana encarna la descomposición de aquella soberana intrusa que se ha pasado la vida intentando imponer orden a un mundo donde las reglas nunca fueron observadas.

Su personaje conserva algo de la altivez que la caracterizaba, devastada por el deterioro físico, la soledad y una progresiva desconexión de la realidad. Habla consigo misma, escribe cartas a su hijo amado José Arcadio (Emmanuel Restrepo) al que imagina en Roma preparándose para ser Papa en Roma y vive recluida en su universo mental, contemplando cómo desaparece la familia que intentó domesticar. Podía haber quedado reducido a la caricatura de una vieja aristócrata trastornada. Pero hay algo trágico y también una cierta dignidad en su delirio. Y sobre todo hay una precisión extraordinaria en la manera en que De Francisco se encoge, se repliega y ocupa el espacio. La mujer que pretendía gobernar la casa de los Buendía acaba convertida en una presencia casi invisible dentro de ella. Su autoridad se ha convertido en una especie de residuo físico. Su trabajo es una de esas interpretaciones en las que el envejecimiento no se representa mediante maquillaje, sino mediante una transformación completa de la corporalidad.

No es casual que la propia De Francisco haya explicado que su trabajo consistió en dar coherencia al derrumbamiento interno que Fernanda arrastra desde su juventud. Fernanda ha pasado buena parte de su vida intentando mantener a raya el caos y termina entregada a la locura, mientras Macondo se extingue.

Su personaje no busca compasión. Fernanda no termina siendo una pobre anciana a la que haya que perdonar sus manías y delirios. Conserva su severidad, su displicencia y su desprecio para con su nieto bastardo hasta el final.

Pero no es la suya la única interpretación destacable. Sobre Estefanía Piñeres, como Amaranta Úrsula, y Sebastián Osorio, como Aureliano Babilonia, recae buena parte de la responsabilidad del último tramo de la serie. Ellos son los dos únicos personajes que todavía parecen capaces de imaginar que la historia puede tomar otro rumbo. Su relación introduce una última ilusión de futuro, justo cuando la novela —y la serie— sabe que ya no queda ninguno.

Y está también Emmanuel Restrepo, en el papel de José Arcadio, el hijo predilecto de Fernanda. Un vividor, homosexual, que ha estado engañando a su madre todos estos años haciéndole creer que estaba formándose para ordenarse sacerdote y llegar a ser ministro de la Iglesia católica, cuando en realidad ha estado gastándose el dinero que le enviaba en chaperos y alcohol, entregado a una vida disoluta. El día que vuelve a Macondo, se encuentra a su madre muerta y le da un entierro indigno, cobrándose en sus restos mortales el daño que en vida le hizo. Después decide buscar un tesoro del que ella le había hablado en sus cartas y acaba topándose con su destino en la misma bañera en la que su hermana Meme y Mauricio Babilonia concibieron a su sobrino Aureliano, con el que acaba confraternizando.

Por último está el actor colombiano Jornell Ariza, en el papel Gabriel García (el propio Gabo), nieto del coronel Erineldo Márquez, cuya fugaz aparición funciona como una suerte de contrapunto simbólico a ese destino familiar trágico.

El escritor no observa desde fuera una historia que los propios Buendía son incapaces de comprender, sino que se mete en la historia como un personaje más. Los guionistas se han permitido esa y algunas licencias más para hacerlo reconocible, como que entre sus amigos más íntimos se mencionen a un tal Álvaro (Cepeda Samudio), Germán (Vargas Cantillo) y Alfonso (Fuenmayor), una trasposición literaria del círculo de amigos que García Márquez frecuentaba en Barranquilla. O que Aureliano pronuncie un sentido “Los amigos son unos hijos de puta”, cuando se despide tras anunciarle que se marcha a París donde le espera una tal Mercedes (nombre de la viuda de García Márquez) en un episodio cargado de fatalidad, justo después de la muerte de José Arcadio y de Pilar Ternera, prostituta, hechicera e intérprete de los destinos ajenos, una especie de memoria viva de Macondo y el único personaje que atraviesa la historia de principio a fin.

Su muerte marca la desaparición de uno de los últimos vínculos entre el Macondo originario y el que está a punto de ser borrado del mapa y es probablemente uno de los momentos más hermosos del gran episodio final. Pilar muere haciendo aquello que ha hecho durante toda su vida: esperar, sentada en su mecedora de bejuco, a las puertas de su paraíso: el prostíbulo que regenta. Y pide ser enterrada así: en su mecedora, en el centro de la pista de baile, entre salmos y canticos aborígenes y abalorios de putas. La mujer que pasó la vida entero proporcionando placer a los Buendía y leyendo el futuro de los demás se queda sin futuro que leer. Cuando ella desaparece, desaparece también uno de los últimos testigos del Macondo que fue.  

Netflix ha conseguido llevar Cien años de soledad a la televisión sin traicionarla de manera escandalosa. Con una manufactura que a ratos se antoja un tanto naif, ha construido un Macondo de una belleza extraordinaria y ha dejado que el viento lo arrase, exactamente como estaba previsto.

Aureliano Babilonia descifra los pergaminos escritos en sánscrito y comprende que la historia de su familia estaba escrita desde antes de que él naciera. Descubre que el presente y el pasado son la misma cosa y que ya no queda futuro porque el futuro también ha sido contado. Y entonces Macondo de desintegra. No como lo hacen los lugares en una película de catástrofes, sino lentamente, como desaparecen las cosas que dejan de ser recordadas. El último de los Buendía comprende la historia justo cuando ya no puede cambiarla. Y ahí está la verdadera tragedia de Cien años de soledad: no que sus personajes estén condenados a morir, sino que están condenados a comprender demasiado tarde por qué vinieron a este mundo y vivieron como lo hicieron.

El capítulo final pertenece a quienes llevan encima las cicatrices del tiempo. Y ese es el mayor mérito de esta adaptación: haber entendido que Cien años de soledad no podía filmarse como una sucesión de acontecimientos extraordinarios. Había que filmar el desgaste. La casa que envejece arruinada por los cinco años de diluvio y acaba siendo invadida por la maleza. Los pocos supervivientes que se extinguen. Las pasiones que parecen nuevas pero que ya han ocurrido antes. La sensación que se crea es la de que esta última generación de los Buendía no está viviendo su vida, sino repitiendo la de quienes les precedieron.

Conviene juzgar la serie como lo que finalmente ha terminado siendo: no la traducción de la novela en imágenes, sino una interpretación de ella. Una obra que tiene que aceptar que nunca podrá competir con aquello que ocurre cuando un lector abre el libro y empieza a leer que “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía habrá de recordar aquel remoto día en que su padre lo llevó a conocer el hielo…”

Título original: Cien años de soledad

Año: 2026

Duración Episodio final

País: Colombia-USA

Dirección: Laura Mora

Guion: José Rivera, Natalia Santa, Camila Brugés y María Camila Arias. Bas. novela: Gabriel García Márquez.

Reparto: Margarita Rosa de Francisco, Sebastián Osorio, Emmanuel Restrepo, Estefanía Piñeres, Obeida Benavides, Jornell Ariza...

Voz en off de Jesús Chucho Reyes como el autor Gabriel García Márquez

Fotografía: James Brown y Camilo Monsalve

Musica: Camilo Sanabria y Juancho Valencia

Compañías: Netflix, Dynamo Producciones.

Género: Serie de TV. Drama. Realismo mágico. Familia

CIEN AÑOS DE SOLEDAD. SEGUNDA PARTE

«Muchos años después, frente a su espejo de mano, el coronel Aureliano Buendía recorta su bigote de hombre maduro e inapelable. Con ese aspecto, decidía el destino del mundo», anuncia el narrador de «Armisticio», el episodio inicial de la segunda temporada de Cien años de soledad, adaptación de la obra cumbre de Gabriel García Márquez producida por Netflix.

A la muerte de su fundador, José Arcadio Buendía (Diego Vásquez), una frágil paz se ha instalado en Macondo bajo el mando de su primogénito (Claudio Cataño), quien sigue siendo el principal enemigo del Estado colombiano. Pero “extraviado en la soledad de su inmenso poder, [Aureliano] empezó a perder el rumbo”, dice el narrador a los espectadores.

Encerrado en un círculo rojo, sin permitir que nadie se le acerque -ni siquiera Aureliano José (Emiliano Pernía), su primer hijo bastardo concebido con Pilar Ternera (Obeida Benavides)-, asediado por las conspiraciones para acabar con su vida y repudiado por su propia familia que ya no comprende sus crueles y autoritarios métodos, el temido revolucionario acepta firmar un armisticio con el gobierno a cambio de una pensión vitalicia para sus hombres. Después intenta suicidarse sin éxito. El destino le reserva una crueldad mayor que la muerte, condenado a vivir para ver fracasar todo aquello por lo que luchó y para llorar el asesinato a sangre fría de los diecisiete hijos que engendró con diecisiete mujeres diferentes, de cuya existencia tiene conocimiento gracias a una lista elaborada por su madre, Úrsula Iguarán (Marleyda Soto), todos los cuales llevan su nombre de pila y una cruz indeleble en mitad de la frente que marcará su destino trágico.

El hombre que se levantó en armas para cambiar Colombia termina contemplando cómo la revolución liberal se deshace, cómo sus antiguos compañeros de armas mueren o traicionan sus ideales y cómo Macondo y su propia familia se entregan a aquello contra lo que él siempre combatió: el régimen conservador, el ejército y la Iglesia. No hay peor derrota para un revolucionario.

Sus sobrinos nietos, Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo (ambos interpretados por Jorge Quintero en su edad joven y Julián Román en su edad adulta), hijos de Arcadio y de Santa Sofia de la Piedad (Ana Machado), toman el relevo de la dinastía de los Buendía. Indistinguibles como dos gotas de agua, los gemelos poseen sin embargo un carácter totalmente opuesto. Mientras Aureliano es un pícaro de pueblo, al que le van la parranda, el aguardiente, el vallenato y las mujeres; José Arcadio se muestra más reservado, repudia la violencia y, durante un tiempo, se refugia en la casa del Señor donde hace las veces de monaguillo y sacristán. Hasta que conoce a Petra Cotes (Angela Cano y Lizina Alzate), una fogosa feligresa que mantendrá sin saberlo relaciones a la vez con ambos hermanos.

Un día, durante las fiestas de Carnaval, Aureliano conoce a una enigmática joven recién llegada de Bogotá, la beata Fernanda del Carpio (Laura Taylor/Carla Baratta), “la reina de Madagascar”, de cuya aristocrática belleza y altivez queda prendado al punto de ir en su búsqueda para casarse con ella, atándose de por vida a un matrimonio sin amor que traerá la tragedia a sus descendientes.

Ello no le impedirá sin embargo seguir frecuentando a Petra Cotes (Angela Cano/Lizina Alzate), a quien convierte en su concubina y con quien mantendrá una relación estable y fecunda en términos comerciales, pues cada vez que ambos hacen el amor los animales se reproducen con el mismo desenfreno.

Imbuido en un inesperado espíritu emprendedor tras descubrir los manuscritos de su abuelo y del viejo Melquíades, José Arcadio Segundo se convierte, por su parte, en el motor de la innovación de Macondo. Tras un primer intento por abrir las comunicaciones por vía fluvial que no sale demasiado bien, se empeña en construir un ferrocarril que conecte el pueblo con el mundo exterior y abra las puertas a una prosperidad que resultará ser tan falsa como efímera.

El aislamiento de Macondo se rompe y con el tren llegan los primeros gringos, el dinero y una idea de negocio que terminará teniendo un precio demasiado alto. La utopía de la remota aldea fundada por José Arcadio Buendía comienza a parecerse a cualquier otra ciudad atrapada en la maquinaria de la Historia y lo que parecía una fábula familiar adquiere desde ese momento la dimensión de una tragedia colectiva.

La compañía bananera United Fruit & Co. es el gran agente de esa transformación. La riqueza llega deprisa y con ella la explotación de los jornaleros y el conflicto precursor de las luchas sindicales. La modernidad que debía sacar a Macondo de su aislamiento introduce una violencia desconocida. Y cuando los trabajadores se rebelan, el ejército desata una masacre asesinando a los manifestantes en una de las escenas más bellamente filmadas de la serie.  

Pero la tragedia no termina con los muertos. Lo verdaderamente siniestro sucede después cuando la matanza de varios miles de campesinos, hombres, mujeres y niños, es negada por el gobierno y los militares hasta hacerla desaparecer de la memoria colectiva. José Arcadio Segundo, único superviviente enloquece de tanto aferrarse al recuerdo de lo ocurrido que intenta transmitir a las siguientes generaciones de los Buendía, mientras Macondo continúa viviendo como si aquella sangre nunca hubiera sido derramada. El olvido se convierte así en una forma de violencia tan poderosa como el propio asesinato de los jornaleros.

Es en este punto donde la serie deja de ser simplemente la historia de una familia para convertirse en la historia de Macondo y, por extensión, la de un mundo que avanza sin remedio hacia una forma de capitalismo depredador, mientras una lluvia incesante borra las huellas de lo que un día fue. La llegada del progreso no destruye únicamente un modo de vida: altera la memoria de quienes lo soñaron de otra forma.

Y mientras Macondo se consume en la decadencia, los Buendía toman caminos opuestos: Aureliano segundo se entrega a las fiestas y los excesos y a los brazos de Petra Cotes, mientras su hermano José Arcadio pierde el juicio ligado de por vida a la tragedia de la compañía bananera. Fernanda del Carpio, educada para novicia en un claustro de monjas católicas, cuyas estrictas costumbres contrastan con las de la familia, llena la casa de imágenes de santos y vírgenes y les impone el rezo diario del rosario a sus dos hijos mayores: José Arcadio (Emmanuel Restrepo) y Renata Remedios “Meme” (Violetta Avendaño/Juanita Molina), en la esperanza de hacer de ellos un Papa y una gran concertista de clavicordio. Pero las siguientes generaciones vuelven a enamorarse de quien no deben, a perseguir lo que no pueden tener y a repetir errores que parecían enterrados con sus antepasados.

«En esta familia el tiempo no pasa, da vueltas en redondo», repite insistentemente mamá Úrsula, la matriarca de los Buendía.

Una frase que es la llave de Cien años de soledad. Porque García Márquez no escribió solo la historia de una familia. Escribió una extensa elegía donde el tiempo es cíclico y los acontecimientos se repiten igual que los nombres en la familia Buendía. Los personajes creen estar inaugurando vidas distintas pero, en realidad, llevan generaciones recorriendo el mismo camino. Cambian los rostros, cambian las circunstancias, cambia Macondo, pero las pasiones, los errores y la soledad permanecen.

Uno de los desafíos más conocidos de “Cien años de soledad” es precisamente la repetición de los nombres de sus protagonistas a lo largo de distintas generaciones, una estructura mediante la cual García Márquez construyó la idea de que la historia familiar parece condenada a repetirse. Y, si bien es cierto que la dificultad para distinguir a tantos Aurelianos y José Arcadios puede desconcertar al espectador, cabe entenderla como una consecuencia del mecanismo de la novela que la serie ha decidido conservar. No se trata tanto de saber quién es cada Aureliano como de comprender que la repetición de los nombres se convierte en una suerte de predestinación.

Sin embargo, la serie no sale completamente indemne de semejante empeño. La adaptación audiovisual debe resolver ese enorme árbol genealógico de los Buendía a través del casting, las caracterizaciones y los saltos temporales y hay momentos en los que la acumulación de personajes, se convierte en una dificultad para la concentración del espectador, del que demanda memoria, paciencia y atención, virtudes poco compatibles con la lógica del consumo rápido de las plataformas de streaming. He ahí una de las principales contradicciones de la serie que necesita que la miremos como se lee una novela, pero llega desde una plataforma diseñada para que pasemos al siguiente episodio antes de digerir el anterior.

Mientras los hombres repiten sus guerras y no cesan de perseguir el poder, el placer o una utopía de progreso y libertad, las mujeres intentan mantener la casa en pie. Son ellas quienes sostienen la memoria de la familia, mientras contemplan cómo se desmorona todo a su alrededor. Úrsula envejece viendo desfilar generaciones de familiares que parecen distintas y terminan reproduciendo el mismo patrón enloquecido. Fernanda se aferra a un orden que ya no existe. Meme desafía las normas familiares y paga un terrible precio por ello. Y Remedios “la Bella” (Daniella Reyes), hermana de los gemelos, cuya hermosura es casi una anomalía física que descoloca a quienes la rodean, asciende a los cielos en otra de las imágenes más extraordinarias de esta segunda temporada.

Remedios la Bella es quizá la criatura más extraña de Macondo: la mujer más hermosa del mundo y, al mismo tiempo, la menos consciente de su belleza. Los hombres pierden la razón al verla mientras ella parece vivir en otra dimensión, completamente ajena al deseo que produce en ellos y se pasea por la casa como vino al mundo para espanto de Fernanda. García Márquez la convierte en una fuerza de la naturaleza: no seduce, no calcula. Simplemente existe. Remedios es uno de los pocos personajes que no intenta modificar el mundo. Por eso quizá sea la única que consigue escapar de él. Su ascensión al cielo, mientras tiende las sábanas, no parece un milagro, sino el desenlace lógico de una mujer que nunca terminó de encajar en la vida terrenal.

Nada de esto necesita explicación. Como no la necesita tampoco el que la áspera y rígida tía abuela Amaranta (única hija de Úrsula) decida quedarse soltera y morir “virgen y entera” el preciso día en que acaba de tejer su propia mortaja, tras haber criado a los hijos y nietos de sus hermanos como si fueran suyos, y haber mantenido con alguno de ellos una relación casi edípica. Ni tampoco que Rebeca (Martha Hurtado), viuda de José Arcadio, siga viva, comiendo terrones de tierra para apaciguar su duelo, treinta años después del asesinato de su marido, mientras todos (incluso mamá Úrsula) se han olvidado de su existencia.

Ese es otro de los grandes aciertos de la adaptación. En Macondo los muertos pasean entre los vivos, Mauricio Babilonia (David Palacios Cortés), el amante furtivo de Meme, aparece siempre envuelto en una nube de mariposas amarillas y un aguacero puede durar cuatro años, once meses y dos días, sin que nadie se pregunte por qué. La magia forma parte de la realidad porque, en el universo de García Márquez, la realidad nunca fue únicamente aquello que podía explicarse.

La serie entiende, además, que la decadencia de Macondo debía sentirse antes de ser explicada. De ahí que el color exuberante de los comienzos va cediendo paso a un mundo más sombrío y deslavado. Macondo no muere de repente. Se va desgastando a medida que la casa se llena de ausencias, las relaciones se deterioran y el progreso que prometía abrir las puertas al futuro termina acelerando su destrucción.

Durante décadas se repitió que “Cien años de soledad” era una novela imposible de adaptar a la pantalla. Y de algún modo sigue siendo cierto. Pero la imposibilidad de reproducir la voz de García Márquez no impide a los directores de la serie trasladar fielmente su relato.

El Nobel colombiano escribió una novela para prevenir la amnesia colectiva. La verdadera tragedia de los habitantes de Macondo —ese pequeño territorio indómito con el que el escritor quiso hablarnos del mundo— no es que estén condenados a repetir la historia, sino que estén condenados a repetirla por no recordarla.

Laura Mora y Carlos Moreno han entendido que eso era lo que debían filmar. No la voz de García Márquez, que es irrepetible, sino el mecanismo secreto que hace que la novela funcione: el tiempo, la memoria, la repetición y el destino. Un siglo de amores y de guerras, de revoluciones, incestos, fantasmas y tragedias se convierte en una gigantesca rueda del tiempo que gira sobre sí misma.

Macondo cambia, pero no aprende. Los Buendía envejecen, pero los hijos vuelven a cometer los errores de sus padres aquejados de la misma locura que a ratos se muestra lúcida. La Historia avanza y, sin embargo, todo parece regresar al punto de partida. Hasta que llega el olvido. Úrsula Iguarán lo sabía desde el principio. De ahí su insistencia en advertirnos de que «El tiempo no pasa, da vueltas en redondo».

Título original: Cien años de soledad

Año: 2026

Duración 7 episodios + un episodio final especial

País: Colombia-USA

Dirección: Laura Mora y Carlos Moreno

Guion: José Rivera, Natalia Santa, Camila Brugés y María Camila Arias. Bas. novela: Gabriel García Márquez.

Reparto: Claudio Cataño, Marleyda Soto, Julián Román, Carla Baratta, Ángela Cano, Juanita Molina, Daniella Reyes, María Adelaida Puerta...

Fotografía: James Brown y Camilo Monsalve

Musica: Camilo Sanabria y Juancho Valencia

Compañías: Netflix, Dynamo Producciones.

Género: Serie de TV. Drama. Realismo mágico. Familia

PEAKY BLINDERS. SINOPSIS DE LAS SEIS TEMPORADAS

Steve Night ha decidido poner fin, con su película El hombre inmortal, a la primera parte de la historia del clan de los Shelby y ya se anuncia la secuela que estará protagonizada por el actor y bailarín británico Jamie Bell (quien se estrenó en el cine siendo un niño, como protagonista de Billy Elliot, y al que hemos visto después en Skin, Rocketman y Los 4 fantásticos) que finalmente tomará el relevo de Conrad Khan y Barry Keoghan en el papel de Duke Shelby, para ponerse al frente de una nueva generación de la banda de los Peaky Blinders, que seguirá activa después de la II Guerra Mundial. A la espera de ver cómo sigue la historia de los Shelby, he decidido hacer una compilación, a modo de resumen, del argumento de las seis temporadas de la que es, y será siempre, una de mis series favoritas.

TEMPORADA 1

En el Birmingham de 1919, la familia Shelby controla el negocio de las apuestas ilegales. Como muchos otros jóvenes, los tres hermanos mayores, Arthur (Paul Anderson), Thomas (Cillian Murphy) y John (Joe Cole), tuvieron que alistarse en el ejército para combatir como soldados en la Gran Guerra que duró del 28 de julio de 1914 al 11 de noviembre de 1918 y, tras cuatro largos años, regresan junto a los suyos, cargando con los traumas y las graves secuelas físicas y emocionales que la brutalidad de una experiencia extrema de combate tan prolongada les dejó.

La guerra devuelve a Inglaterra una generación de hombres rotos, afectados por todo tipo de neurosis, a los que les cuesta volver a adaptarse a la sociedad tras haberse librado milagrosamente de la muerte y pasado hambre, miedo y enfermedad, en las trincheras del frente de Flandes.

Los hermanos Shelby forman parte de esos hombres. Al volver a casa, comprueban que el negocio familiar ha estado en buenas manos, las de Polly Gray (Helen McCrory), quien ha ejercido de tía y madre de los hijos de su hermana desde que esta falleció y su padre les abandonó. En ausencia de los hombres de la familia, han sido ella y su sobrina Ada, las que han tenido que tirar del carro haciendo que la correduría de apuestas clandestina les provea de lo necesario para sobrevivir todos estos años. Pero, ahora que ellos han vuelto y deben cederles nuevamente las riendas del negocio.

Generacionalmente, le correspondería a Arthur ser el cabeza de familia, pero Thomas, el mediano, es mucho más inteligente y mejor estratega. Por lo que pronto se convierte en el auténtico jefe del clan, dejando que su hermano (mucho más bruto, violento y temperamental) sea quien ejecute sus órdenes al frente de la banda de los Peaky Blinders, cuya actividad delictiva se diversifica y amplía con el contrabando y la extorsión, multiplicando las ganancias del clan.

Todo se complica cuando, contrabandeando con alcohol y tabaco por el canal, se hacen, por error, con un cargamento de armas robadas al gobierno. Lo que provoca la llegada del inspector Chester Campbell (Sam Neill) a Small Health (un barrio de clase obrera con abundantes fundiciones y fábricas del sector siderometalúrgico, a pleno rendimiento en los años de la revolución industrial), enviado por la Corona británica a Birmingham para recuperar las armas y limpiar la ciudad de organizaciones criminales.

Pero Thomas decide no devolver el cargamento y utilizar el arsenal como moneda de cambio para negociar nuevas cuotas de poder. Lo que no sabe es que está siendo espiado por Grace Burgess (Annabelle Wallis), empleada como nueva camarera en el Pub Garrison, quien en realidad trabaja como agente infiltrada de Campbell. Un hombre reprimido y cruel que está obsesionado con ella y alberga la secreta esperanza de que sea su prometida, pese a la notable diferencia de edad que hay entre ambos.

Los hermanos Shelby hacen una visita a un campamento de gitanos romaníes, de vida nómada, con quien Thomas quiere establecer una alianza estratégica, para lo cual decide arreglar el matrimonio de su hermano John con Esme (Aimee-Ffion Edwards), una de las hijas de la familia Lee, quien aporta una energía distinta dentro del universo Shelby: más libre, más indómita, más gitana y salvaje de espíritu y menos atada a las reglas del clan.

Mientras los Shelby expanden su negocio a través del crimen organizado y Thomas manipula tanto a la policía como a otras bandas rivales, su hermana Ada (Sophie Rundle) mantiene en secreto un apasionado romance con Freddie Thorne (Iddo Goldberg), un combativo líder sindical comunista, quien sirvió como soldado la misma unidad de zapadores que estaba al mando de Thomas. Ada se queda embarazada y desafiando la ira de sus hermanos, Freddie se casa con ella. Aunque Tommy en un principio se opone a la relación, finalmente les da su bendición conmovido por el amor que ambos se profesan. Pero Freddie es arrestado por Campbell y golpeado salvajemente en prisión. Por lo que los Peaky Blinders deberán intervenir para lograr que salga en libertad.

Ada da a luz a un niño, al que le ponen de nombre Karl (en homenaje a Karl Marx) y vive con su marido y su hijo en la clandestinidad. Mientras Grace y Tommy se embarcan en un tórrido romance que hace que ella se replantee perjudicarle, por lo que acaba desairando y traicionando al inspector.

Las armas son finalmente devueltas y los Shelby consolidan su poder local. Campbell intenta vengarse sin éxito de Grace que, desenmascarada por Polly, termina desapareciendo de la vida de Tommy.

TEMPORADA 2

La segunda temporada de la serie se abre con un funeral. El de Freddie Thorne, de quien sabemos que ha muerto a causa de una enfermedad infecciosa, algo muy típico de la época. Su muerte ocurre mientras vivía escondido o huyendo de la policía por su activismo político.

Su viuda, Ada Shelby, tiene en brazos a su hijo, que ya tiene cerca de un año, y decide cambiar su nombre por el de Ada Thorne e instalarse en Londres para seguir con el legado político de su marido, lejos de la familia y sin la losa de llevar el mismo apellido de sus hermanos que ahora viven como oligarcas, entregados al crimen. Thomas está de acuerdo. Aunque seguirá brindándole protección a sabiendas de que su actividad delictiva les ha grajeado muchos enemigos y que cualquier miembro de la familia puede ser un objetivo.

Los Shelby expanden su negocio a la capital del Reino Unido, entrando en disputa con la banda de Darby Sabini (Noah Taylor), un peligroso capo italiano, por el control del territorio, y estableciendo una tensa alianza con otro mafioso de origen judío, que responde al nombre de Alfie Solomons (Tom Hardy).

A medida que asciende socialmente, gracias a la riqueza que le proporciona el negocio del contrabando, los Peaky Blinders se vuelven más violentos. Destrozan locales de alterne y practican la extorsión mafiosa.

Thomas entra en contacto con gente con algunos grupos políticos (incluidos los comunistas) y gente del IRA, instrumentalizando esos vínculos para sus propios fines de ensanchar y consolidar su imperio.

Ello abre múltiples frentes en el argumento: la guerra con los Sabini, los negocios de apuestas en los hipódromos del sur y los encargos secretos del gobierno, que utiliza a Thomas para misiones encubiertas. Condecorado en la Gran Guerra como sargento de zapadores, Churchill se pone en contacto con él a través de una serie de emisarios para solicitar su ayuda en una serie de operaciones encubiertas. No es una ayuda “oficial”, es casi un pacto tácito. El primer ministro británico ve en él algo más que un delincuente: ve a un operador político. Su idea es servirse de un criminal inteligente para misiones donde se mezclan espionaje, manipulación y violencia selectiva. Básicamente, Tommy hace el trabajo sucio que el gobierno no puede firmar.

A comienzo de la temporada hace aparición Arthur Shelby Sr. (Tommy Flanagan).el padre de los Shelby, al que daban por muerto tras haber estado ausente de la vida de sus hijos, es un jugador empedernido y un alcohólico y su regreso no es precisamente en busca de redención, sino de dinero, pues ha oído que a sus hijos les van bien las cosas. Arthur, el mayor, que ha estado siempre necesitado de una figura paterna y últimamente ha sucumbido al consumo de cocaína, se deja embaucar por su progenitor, de quien ha heredado también su adicción al alcohol. Mientras que Tommy lo repudia. Lo que generará un enfrentamiento entre los hermanos.

Pese a que ha empezado a tratar a May Carleton (Charlotte Riley), una atractiva aristócrata, preparadora y domadora de caballos, Grace aparece de nuevo en la vida de Tommy. Ha estado viviendo en los Estados Unidos, donde se ha prometido con un acaudalado empresario pero, de visita en Londres antes de su boda, contacta con él y le dice que quiere verlo, retomando la relación amorosa que habían interrumpido.

En cuanto a Polly… atraviesa una fuerte depresión debido a un trauma del pasado que ha ocultado a su familia. Hace años, tuvo dos hijos a los que entregó en adopción y ahora busca reencontrarse con ellos, pues su intuición le dice que algo malo les ha sucedido. Tommy hace averiguaciones y pronto se entera de que la hija de Polly ha muerto. Sin embargo, su hijo Michael (Finn Cole) sigue vivo y pronto se une a la familia.

La temporada se resuelve en el Derby de Epsom, donde convergen multiples tramas. Grace asiste para decirle a Tommy que espera un hijo suyo. Pero antes de hablar con ella, este debe asesinar a un militar de alto rango por encargo del gobierno. Para lo cual, utiliza como cebo a Lizzie Stark (Natasha O’Keeffe), que de vender sus servicios como prostituta al mejor postor en las calles de Small Health tras haber perdido a su esposo en la guerra, ha pasado a ser su secretaria. Los hermanos Shelby siempre habían sido sus clientes favoritos. Pero Lizzie guarda desde hace años un secreto: está perdidamente enamorada de Tommy.

Polly asesina a Campbell que aún le sigue los pasos a su sobrino y, tras cumplir la misión, Tommy es llevado por unos desconocidos hasta un descampado donde han cavado una zanja en forma de tumba y aparentemente debe de ser ejecutado, pero el primer ministro británico interviene para salvarlo.

TEMPORADA 3

Tras una elipsis temporal de varios años, la tercera temporada de la serie se abre con la boda de Thomas y Grace que ya tienen al hijo que esperaban. El imperio de los Shelby se ha consolidado y la familia ha prosperado considerablemente. Tommy empieza a coquetear en serio con la política, convirtiéndose en benefactor de la sociedad. Pero el amor de su vida, su esposa Grace, muere en un atentado dirigido a él. Lo que lo desequilibra por completo.

El jefe de los Peaky Blinders se ve envuelto en una turbia trama con un grupo de excéntricos aristócratas rusos que planean un gran robo de joyas. Se trata de la Gran Duquesa Tatiana Petrovna (Gaite Jansen), una atractiva, seductora e impredecible joven, tan peligrosa como desequilibrada, que juega con la psique de Tommy; el Gran Duque Leon Petrovich (Jan Bijvoet) y la Princesa Tatiana, supuesta descendiente de la estirpe de los Romanov, aristócratas exiliados tras la Revolución Rusa: conspiradores y traficantes con modales de salón.

Al mismo tiempo, Tommy sigue trabajando como agente encubierto para el gobierno británico en una operación compleja contra el IRA que implica sabotaje y espionaje. El antagonista principal de esta temporada es el padre John Hughes (Paddy Considine), un malvado sacerdote que manipula a Thomas y secuestra a su hijo. Es una figura con poder y está muy vinculado a las estructuras del Estado.

Alfie Solomon (Tom Hardy) le echará una mano para encontrar a su hijo y desenmascarará a los rusos que pretendían tenderle una trampa con un alijo de joyas falsas. Entre tanto, Polly conoce a Ruben Oliver (Alexander Siddig) un pintor que quiere hacerle un retrato y se convierte en su amante. Se trata de un personaje breve pero importante ya que introduce una especie de oasis emocional en la vida de Polly, al ser un artista, alguien ajeno a la brutalidad de los Shelby. Aunque su historia termina mal, ya que la atmósfera de traición alrededor de los miembros de la familia, la hace sospechar de él y acaba asesinándole. Para después descubrir con inmenso dolor y arrepentimiento que era inocente y realmente la amaba.

Pero no solo Polly se enamora esta temporada. También lo hace Arthur, quien ha estado muy perdido, enganchado a las drogas y el alcohol y está conociendo a una mujer que promete meterlo en vereda. Se trata de Linda (Kate Phillips), una mujer profundamente religiosa, vinculada a los cuáqueros que se propone sacar a Arthur del barro, la droga y la violencia, y hacer que se redima de sus pecados. Lo que choca frontalmente con los intereses del clan y de Tommy. Linda no es solo “la esposa de Arthur” (se casan al final de la temporada). Es una fuerza que intenta domesticar el caos. Cree en la salvación moral real e intenta transformar a Arthur en alguien no solo mejor sino completamente distinto. Su fe no es decorativa, es un proyecto de vida. Y Arthur es su campo de batalla

La temporada culmina con el robo de un tren y una explosión que Thomas organiza bajo presión, sin poder hacer partícipe a los suyos de las motivaciones de sus actos. Arthur, John y Polly son arrestados. Thomas los entrega a las autoridades para proteger su imperio y posteriormente logra que sean liberados. Pero todos piensan que ha sido él quien les ha delatado. Por lo que la familia se distancia y Tommy se queda solo.

TEMPORADA 4

Tras ser liberados de prisión, los Shelby se distancian. Pero una nueva amenaza los obligará a volver a reunirse: la mafia italiana vuelve por sus fueros con un nuevo capo llegado de los Estados Unidos, Luca Changretta, quien busca venganza por la muerte de su padre.

Changretta inicia una campaña para eliminar, uno a uno, a los Shelby. Arthur fue el autor del disparo que mató a su padre; pero el primero en ser acribillado a tiros es John. Su viuda, Esme, decide volver con los suyos, los Lee, a la vida nómada de los gitanos. La familia responde reorganizándose.

Polly Gray todavía no ha conseguido perdonar a Tommy por lo que les hizo. Tanto es así que está dispuesta a traicionarle. Para ello se reúne con Luca Changretta (Adrien Brody) y le pide que deje a un lado a su hijo Michael y al resto; y a cambio, ella misma le entregará a su cabeza.

Descubrimos que Tommy fue miembro del partido comunista antes de ir a la guerra. En este tiempo ha ganado influencia política y aunque sigue viendo a Grace en sus alucinaciones, busca consuelo en los brazos de la fiel Lizzie, quien le confiesa que está embarazada y el hijo que espera es suyo.

Tras acribillar a John en la puerta de su casa, Luca Changretta y sus hombres les tienden una emboscada a los Shelby que sirve para distraerlos para ir tras Michael, quien se entera de los planes de su madre pero decide encubrirla y no decirle a Tommy que planea traicionarlo.

Pronto sabremos que no hay tal traición. Todo era un plan que Polly y Tommy habían armado para derrotar a Luca Changretta, cosa que hacen, pese a haber sido traicionados una vez más por Alfie Solomons.

En medio de la gran pelea de boxeo que han organizado Tommy y Alfie, se infiltran los hombres de Changretta y aparentemente matan a Arthur Shelby. La madre del capo habla con Tommy y le dice que solo pararán su venganza si le cede todos sus negocios. Aparentemente derrotado, Tommy accede. Pero en medio de la reunión, Arthur -que no estaba muerto- reaparece y le descerraja unos cuantos tiros a Changretta que acaban con su vida. El capo es asesinado y la amenaza eliminada.

Thomas decide enviar entonces a su primo Michael a los Estados Unidos para expandir el negocio. No es solo una promoción empresarial, Thomas está gestionando el negocio con fuertes tensiones familiares y su intuición le dice que Michael no es de fiar, por lo que decide poner a prueba su lealtad. En América Michael entrará en contacto con las redes de la mafia neoyorquina, mucho más sofisticada que el navajeo callejero de Birmingham y aprende a jugar a otra escala: la de las finanzas y las inversiones, para lo cual se requieren contactos y una mente más fría.

Tommy va en busca de Alfie quien lo ha traicionado y vendido a Changretta. Él sabe que viene a matarlo y le dice que no se moleste porque tiene un cáncer terminal. Pero, aún así, Tommy le dispara.

Meses después, es elegido nuevo representante del partido laborista en la Cámara de los Comunes.

TEMPORADA 5

Ambientada tras el crack del 29, la quinta temporada de los Peaky Blinders sigue a Tommy Shelby como miembro de la Cámara de Comunes, enfrentándose al ascenso del fascismo encarnado por Oswald Mosley (Sam Claflin), quien aspira a convertirse en el líder de la Unión Británica de Fascistas en los años 30.

Oswald mantiene una relación con Diana Mitford (Amber Anderson). Al igual que el de Mosley, el personaje está basado en una figura real, la aristócrata británica amiga de Adolf Hitler. Más decidida, fanatizada, fría y estratega que su amante quien había estado casada con Bryan Guinness, heredero de la familia Guinness, pero dejó ese matrimonio para unirse a Mosley, lo que en su momento fue un escándalo de alto voltaje en la aristocracia británica. Ambos se casaron en 1936, en una ceremonia bastante simbólica y polémica que tuvo lugar en la casa de Joseph Goebbels, con la presencia nada discreta del propio Führer en persona quien acudió como invitado.

Oswald y Mitford saben de las raíces gitanas de Tommy y le desprecian por ello, pero también conocen de su poder de penetración en la clase obrera e influencia política, como representante del partido laborista en la Cámara de los Comunes, por lo que le presionan para que se posicione a favor de su causa extorsionándole con el pasado como prostituta de Lizzie, con quien Thomas se ha casado y ha tenido una hija (un enlace más pragmático que romántico, casi administrativo, con una tensión emocional que nunca termina de resolverse). De hecho, Mosley dice haber sido uno de sus clientes y amenaza con desvelarlo públicamente, lo que sería todo un escándalo.

Arthur y Linda atraviesan una profunda crisis de pareja. Harta de la violencia y los excesos de su marido, a quien no ha podido alejar de sus adicciones, Linda ya no quiere “salvar» a Arthur, quiere huir de él. Desesperada, le dispara. Pero el destino interviene y Polly Gray le dispara a Linda antes de que lo mate. Linda sobrevive, pero en ese momento se rompe cualquier posibilidad de reconciliación entre ellos. Linda desaparece de la vida de Arthur que cae en picado. Sin Linda pierde ese freno moral que, aunque sin demasiado éxito, lo mantenía a flote. Y se hunde en la desesperación.

En esta temporada se produce también el regreso de Michael a Birgminham, a quien Tommy había enviado a expandir el negocio en los Estados Unidos. Vuelve casado con la ambiciosa Gina Gray (Anya Taylor-Joy), haciendo ostentación de su progreso en la vida y con una idea bastante clara: el futuro no está en las gorras con cuchilla y las apuestas, sino en transformarse en una corporación mafiosa que opere a gran escala. Gina no hace buenas migas con la familia de su marido y echa más gasolina al fuego, empujando a Michael a pensar a lo grande, incluso si ello supone confrontar directamente a Tommy. Ya no se siente un subordinado, cree ser la alternativa para el relevo generacional, soñando con ceñirse la corona del jefe de los Peaky Blinders para quien se convierte en un peligroso rival. Acaso el más peligroso de todos, al ser de su propia sangre. Es el hijo de Polly. A quien pone en un serio dilema al tener que elegir entre su hijo y su sobrino.

El tío de Gina es un fiel seguidor de las ideas fascistas de Mosley y le brinda su apoyo económico y político desde los Estados Unidos. Gina les presenta a Ada y éstos le piden que organice un encuentro para conocer a Tommy. Lo que ocurre en una cena en casa de este, a la que acuden también el tío de Gina, Jack Nelson (James Frecheville), un poderoso empresario y figura política estadounidense con conexiones algo turbias dentro del crimen organizado y Laura McKee (Charlene McKenna), una agente del IRA a la que Tommy Shelby ya conoce.

Mosley invita a Tommy a fijar posición durante el acto de presentación de su movimiento político y este idea un plan para hacerle creer que va a apoyarle, a fin de infiltrarse en el círculo de Mosley y sabotearlo desde dentro. Lo que incluye asesinarle durante el mítin, con la ayuda de los Peaky Blinders y los movimientos antifascistas que lidera la joven comunista Jessie Eden (Charlie Murphy), amiga de Ada, (el personaje está inspirado en una figura real, una sindicalista muy activa en Birmingham durante los años 30, conocida por organizar huelgas masivas y plantar cara tanto a los empresarios como a figuras como Mosley. En la serie, su relación con Tommy Shelby no es solo personal, también es un pulso ideológico: ambición empresarial frente a organización obrera).

El plan se organiza concienzudamente pero falla en el último momento debido a un chivatazo. La temporada termina con Thomas al borde del colapso mental, sospechando de todo y de todos, incapaz de identificar a quien lo ha traicionado y sintiendo que un serio peligro acecha a su familia.

TEMPORADA 6

La temporada se abre con un inesperado funeral. El de Polly Gray, quien se supone que es asesinada por el IRA. La familia busca vengarse de quien haya sido y Thomas se culpa de ello, pensando que su colaboración con el gobierno británico ha podido ser la causa. Michael también le culpa de la muerte de su madre y planea destruirlo.

Por su parte, Michael Gray -que ha vuelto con Gina a los Estados Unidos- es detenido en Detroit por fraude e irregularidades financieras a raíz del crack económico, tras meterse en negocios turbios y aguas más profundas de las que podía controlar, ha perdido buena parte del capital de la familia Shelby, emprendiendo una serie de malas inversiones. Su mujer Gina lo visita entre rejas.

Tommy decide viajar a Boston para reunirse con Gina, pero no es una visita social ni familiar. Michael está completamente enfrentado a Tommy y Gina se ha convertido en una figura clave dentro de esa facción americana del negocio, con conexiones poderosas a través de su tío, que simpatiza con el emergente fascismo europeo. Tomy necesita renegociar alianzas, medir el poder real de Gina y sus contactos y, sobre todo, anticiparse a los posibles movimientos de Michael. En realidad no va a ver a Gina sino a calibrar la situación y ver a qué peligro se enfrenta.

Lo de Polly lo destroza, pero no es la única muerte que habrá de sobrellevar. Lizzie y Tommy pierden a Ruby, su pequeña hija, a causa de una tuberculosis, una enfermedad bastante común (y peligrosa) en esa época. La niña presenta síntomas como fiebre alta, delirios y debilidad extrema, hasta que finalmente su cuerpo no resiste.

La serie envuelve su enfermedad en un halo de esoterismo. Ruby dice palabras en romaní y tiene visiones extrañas. Desesperado por la idea de perder también a su única hija, Thomas Shelby, que no ha dejado de tener alucinaciones desde que volvió de la guerra, llega a creer que su hija está maldita y entra en un estado de desesperación que desequilibra por completo su mente y le lleva a aferrarse a sus raíces cíngaras, con la esperanza de hallar una cura milagrosa que salve a su hija. Por lo que abandona a Lizzie en el hospital donde Ruby agoniza y parte a los caminos en busca de Esme. Lo que encuentra no es la cura para Ruby, sino una verdad que había ignorado hasta ahora. La existencia de un hijo ilegítimo, concebido en su juventud, una noche de feria, al acostarse con una gitana de nombre Zelda.

Las alucinaciones en su caso han ido a más y ahora es capaz de ver a Grace a todas horas. Pero su salud se deteriora y sufre fuertes dolores por lo que se mantiene a base de morfina. Tras hacerse un chequeo médico recibe un diagnóstico terminal que decide ocultar a su familia, pero Arthur descubre su secreto. Tommy sufre un tumor cerebral que será el que consiga lo que nadie hasta ahora ha podido: acabar con él. Arthur que ha vuelto con Linda y está en proceso de desintoxicación no puede asumir la noticia y cae de nuevo en el descontrol absoluto de sus adicciones.

Ni su mujer ni el resto de la familia entienden el por qué de las decisiones de Tommy, cada vez más erráticas (posteriormente, se descubrirá que el diagnóstico era parte de un complot para manipularle). Al volver junto a Lizzie al hospital, Ruby ya ha muerto, con lo que se completa su descenso a los infiernos.

Incapaz de asumir la pérdida de su hijita y la de todos los seres queridos que ha ido dejando por el camino, de cuya muerte se hace a si mismo responsable, Thomas Shelby toma la decisión de poner sus asuntos en orden antes de suicidarse y eso incluye acabar con sus enemigos, aunque sean sangre de su sangre.

Conocedor del plan de Michael para vengarse de él, se anticipa a la jugada y logra eliminarlo antes. Después, hace que el resto de la familia conozca a su hijo bastardo, Duque. Lo que colma el vaso de Lizzie quien, rota de dolor por la muerte de Ruby y la ausencia y las infidelidades de Tommy, decide abandonarle.

El pequeño Charlie (el hijo de Grace que ella ha criado como si fuera suyo) decide que quiere vivir con ella, en lugar de quedarse con su padre, que «nunca está”, le dice. Y Thomas accede pensando que es lo mejor para él. A continuación, vuela por los aires la mansión familiar donando los terrenos para construir viviendas de uso social.

Tras reunirles en una última comida familiar al aire libre, se despide de los pocos seres queridos que le quedan vivos, pidiéndole a Charlie que le pida perdón a “su madre” (Lizzie). Y le dice algo al oído a su otro hijo ilegítimo.

Después se marcha sin decirles a dónde va. Ha dispuesto una caravana con sus cosas a modo de féretro y, cuando está a punto de pegarse un tiro, escucha la voz de su hija Ruby. Al asomarse, la niña corre hacia él y le abraza pidiéndole que siga viviendo. Por lo que prende fuego al carromato y parte cabalgando a lomos del caballo blanco que pertenecía a su hija hacia no se sabe dónde.

EL CIELO DE MEDIANOCHE

Se llama Caoilinn Springall, tiene 8 años y es la protagonista absoluta de «Cielo de medianoche«, la última película dirigida y protagonizada por el oscarizado George Clooney, que se ha estrenado esta Navidad en Netflix. Lo cual tiene doble mérito, si tenemos en cuenta que el personaje que interpreta apenas articula palabra en las dos horas (eternas) que dura el largometraje, rodado en las gélidas tierras de Islandia. Más concretamente, en el descomunal glaciar Vatnajökull, el tercero mayor del mundo, con unos 8.000 kilómetros cuadrados y hasta uno de espesor, que ha servido de escenario de otras producciones cinematográficas, como “Muere otro día” (Lee Tamahori, 2002), “Batman Begins” (Christopher Nolan, 2005) o las secuencias de “Más allá del Muro” de “Juego de tronos” (David Benioff y D. B. Weiss, 2011-2019).

El caso es que la pequeña Caoilinn se planta frente a la cámara con esos enormes ojos del color de las profundidades del océano y no necesita hablar para conquistar nuestro corazón. Tan grande es el magnetismo que irradia su angelical rostro que incluso consigue que pasemos por alto el no saber quién es ni qué demonios hace ahí, interrogantes esenciales para entender el sentido de la cinta y que solo serán despejadas, en una cabriola argumental, al final de la misma.

Sin desvelar nada ni incurrir en spoilers, diremos que se trata de un drama postapocalíptico y a la vez de una aventura espacial, basado en la novela “Good Morning, Midnight”, de Lily Brooks-Dalton y que relata los afanes de Augustine Lofthouse, experto astrónomo destacado en una base del Ártico quien, después de que un misterioso cataclismo asole la Tierra, intenta contactar con una nave espacial enviada hace años a explorar el espacio exterior, en busca de otro planeta que la especie humana pudiese colonizar, para avisar a sus tripulantes de que no regresen y den media vuelta, pues la Tierra ya no es un lugar habitable.

Haciendo analogía del propio desarrollo de la película, creo que Clooney parte del acierto, pero se pierde en mitad de la tormenta. La premisa que la inspira resulta interesante y cobra una actualidad inusitada, en la medida en que enlaza con las predicciones de gente tan cualificada como Stephen Hawking (quien ya advirtió de que la especie humana tendría que buscar pronto una alternativa para su supervivencia, pues el planeta Tierra no podría dar mucho más de sí, teniendo en cuenta la irresponsable actitud de quienes lo habitan) e intenta recrear las expediciones a otros planetas que ya están llevando a cabo la NASA y otros, anticipándose a esos malos augurios.

A partir de ello, se construye esta historia cuyo desarrollo argumental, sin embargo, deja demasiados cabos sueltos. Así, por ejemplo, nunca llegamos a saber a dónde huyen los desesperados pobladores de la base del Ártico, dejando a Augustine en la más absoluta soledad nada más empezar la historia ni qué ha sido exactamente lo que ha hecho que el aire en la tierra se vuelva irrespirable (¿una hecatombe nuclear? ¿Un escape de uranio enriquecido?) o si ello es la causa de que el personaje que interpreta Clooney padezca una enfermedad terminal (¿cáncer?) que le obliga a hacerse transfusiones de sangre a diario y a tomar una medicación que le provoca nauseas (¿quimioterapia?).

Por si esto fuera poco, el periplo que emprende el científico hacia el Lago Hazel, en busca de una mejor señal para comunicarse con los exploradores del espacio, se parece en demasía al de otros filmes, como “El Renacido” de Leo Di Caprio y se excede, en tiempo y forma, al intentar recrear la crudeza de las condiciones meteorológicas, con escasos destellos de emoción y belleza visual, en momentos como el acecho de los lobos y la inmersión en el agua helada al romperse la placa de hielo a sus pies o la inquietante imagen de las gotas de sangre de un astronauta herido flotando en un espacio ingrávido, de un frío y peculiar aliento lírico; pasando de puntillas por lo realmente importante a nivel argumental que es la relación de Augustine con esa misteriosa niña, llamada Iris, que le acompaña como una sombra silenciosa.

Básicamente estoy de acuerdo con quienes han dicho que en “El Cielo a medianoche” conviven en realidad dos películas potencialmente interesantes, pero cuyo atractivo no termina de despegar en ninguno de los dos casos y que sus diferencias, de hecho, en vez de complementarse, se anulan parcialmente hasta coincidir en un nexo común algo arbitrario.

Ciertamente, el espectador tiene la sensación de estar haciendo zapping entre lo que sucede en la tierra y los apuros técnicos a los que se enfrentan los viajeros de la estación espacial Ether, cuyo equipo de astronautas intenta volver a casa portando la buena nueva de que existe una luna habitable en Saturno, sin saber muy bien qué tiene que ver una historia con la otra. Aunque no creo que el esfuerzo sea enteramente desdeñable por todo lo ya expuesto y porque George Clooney tiene a estas alturas el suficiente olfato, experiencia y talento, para saber reunir a un staf protagónico de primer nivel, con él mismo y la gran Felicity Jones (en su momento de mayor popularidad tras protagonizar “La Teoria del Todo”, precisamente un biopic sobre la vida del visionario científico Stephen Hawking, y “Una cuestión de género”) a la cabeza y ese portentoso diamante en bruto que es Caoilinn Springall. Merece la pena soportar las casi dos horas de marcha en la nieve, solo por ver lo que tiene que decir sin apenas pronunciar palabra.

Título original: The Midnight Sky 

Año: 2020

Duración: 118 min.

País: Estados Unidos

Dirección: George Clooney

Guión: Mark L. Smith (Basado en la novela de Lily Brooks-Dalton)

Música: Alexandre Desplat

Fotografía: Martin Ruhe

Reparto: George Clooney, Felicity Jones, David Oyelowo, Demian Bichir, Kyle Chandler, Tiffany Boone, Caoilinn Springall, Ethan Peck, Lilja Nótt Þórarinsdóttir, Tia Bannon, Sophie Rundle, Tim Russ, Miriam Shor, Jill Buchanan, Kishore Bhatt, Bharat Mistri, Natasha Jenssen, Olivia Noyce, Edan Hayhurst, Atli Oskar Fjalarsson, Grant Crookes

Compañías: Anonymous Content, Netflix, Syndicate Entertainment, Smoke House Pictures, Truenorth Productions

Genero: Fantástico. Apocalíptico