AL ESTE DEL EDÉN

En la novela de John Steinbeck, Cathy Ames es una criatura casi inhumana. La encarnación misma del mal.Una mujer manipuladora e infiel, capaz de abandonar a su marido y a sus hijos, nada más traerlos al mundo, para prostituirse y regentar un burdel. Algo que no ocurre en la nueva adaptación de Netflix, donde Florence Pugh desmonta al personaje en múltiples capas. Su Cathy sigue siendo temible, egoísta, ambiciosa y despiadada, pero la actriz se atreve a mirar al monstruo de cerca: no para absolverlo, sino para tratar de entenderlo. Lo que termina humanizándolo. Y ahí es donde reside el interés de esta nueva versión de ‘Al este del Edén’.

Adaptar un clásico siempre entraña el riesgo de que el respeto reverencial por la obra original termine llevándonos a componer una ilustración de lujo, la enésima versión de una historia que ya conocemos, con mejores medios y una sensibilidad adaptada a los tiempos. Pero esta miniserie de siete episodios encuentra una mirada propia.

Zoe Kazan, responsable del guion y nieta de Elia Kazan, el director de la primera y más célebre de sus adaptaciones cinematográficas protagonizada por James Dean en 1955, recupera la parte de la novela que su abuelo dejó fuera de su película centrada en el tramo final del libro y reconstruye la historia familiar de los Trask desde sus orígenes, a finales del siglo XIX, desviando el foco del personaje de Cathy. El resultado no es una simple ampliación del drama de Steinbeck, sino una revisión de sus preguntas fundamentales.

La historia arranca con una imagen difícil de olvidar: una mujer malherida y ensangrentada se arrastra por un campo de cultivo hasta una casa aislada, donde viven dos hermanos que reaccionan de maneras opuestas al verla. Se trata de la granja de los hermanos Adam (Christopher Abbott) y Charles Trask (Mike Faist). La serie retrocede entonces hasta la infancia de ambos, marcada por la severidad de un padre que los educa para ser soldados. Cada uno a su manera, se duelen de las heridas de esa instrucción militar, carente de muestras de afecto.

Hijos de distinta madre, Adam, el mayor, es un muchacho sin mayor aspiración que cultivar su rectitud y haría lo que fuera por proteger a su hermano pequeño, hijo de la mujer con la que su padre se casó al enviudar de forma prematura. Charles, en cambio, exhibe un carácter temperamental y colérico, y arrastra los celos de quien se sabe desplazado por el primogénito en el afecto paterno. Condenados a medirse entre ellos, como si la familia fuera un campo de batalla en el que el cariño y el rechazo siempre se reparten de manera desigual, la rivalidad entre ambos hermanos se reproduce una generación después, entre Aron (Joe Anders) y Cal (Joseph Zada), los hijos de Cathy. Mellizos gestados en distintas bolsas, fruto de una historia en la que se cruzan el deseo, la traición y los secretos familiares.

Y es que Steinbeck construyó su novela sobre el relato de Caín y Abel y sobre la idea de que los pecados de los padres terminan siendo reproducidos por sus descendientes.

Un universo bíblico en el que la mujer encarna la tentación y la perdición del hombre. Cathy lleva esa tradición hasta sus últimas consecuencias: abandona a sus hijos, engaña a su marido con su hermano, le dispara para escapar de él y acaba construyendo su propio reino sobre cimientos delictivos. Pero la serie se resiste a dejarla reducida a una figura demoníaca.

¿Qué hay detrás de su maldad? ¿Es una condición innata o una forma de defenderse de quienes pretendieron atarla en corto o abusaron de ella que ha terminado por devorarla?, se pregunta.

Zoe Kazan no pretende convertir a Cathy en una víctima de las circunstancias. Le basta con abrir una grieta en su personaje para que asome una posibilidad más perturbadora que la existencia del mal absoluto: que quien hace daño tenga también sus razones para ello y que sus actos puedan explicarse sin que por ello dejen de ser responsabilidad suya.

Florence Pugh es la actriz perfecta para el papel. Su interpretación se sostiene en la mirada ausente y en la frialdad de los gestos. No busca la redención de Cathy ni reclama indulgencia para ella. La humaniza, que es una operación bastante más compleja. Porque resulta sencillo condenar a un monstruo; lo difícil es reconocer que alguien puede conservar su condición humana y, al mismo tiempo, ser capaz de un nivel de crueldad tan extremo.

Aunque a veces adolece de un ritmo muy lento, la serie sobresale por su puesta en escena. Como observa Rosa Palo, en El Correo: “La luminosidad inicial se va transformando en una atmósfera sombría, casi gótica, en la que los rostros pálidos, los vestidos negros y las pequeñas gafas oscuras de la protagonista remiten al ‘Drácula’ de Francis Ford Coppola y el progresivo deterioro físico y psicológico de Cathy termina por convertirla en una presencia espectral, encerrada en una vida que ella misma ha convertido en una prisión” y atormentada por el fantasma de Charles, a quien supo reconocer como su alma gemela por compartir ambos las mismas cicatrices.

Pero sin duda uno de los personajes que más crece a lo largo de la historia es Lee, el mayordomo chino que interpreta Hoon Lee y que termina convirtiéndose en preceptor de Aron y Cal, que crecen entre las ausencias, los secretos y las rivalidades de sus padres. Lee representa otra forma de educación moral en una familia acostumbrada a pensar que los hijos se parecen a sus padres. Su teoría es que no todo lo que conforma nuestro carácter procede de la sangre. También lo forma el amor o el rechazo de quienes deciden despreciarnos o confiar en nosotros.

Y es ahí donde aparece la palabra fetiche que da sentido a la historia: timshel. Término hebreo extraído de la Biblia, que en la interpretación de Steinbeck significa “tú puedes” y expresa la posibilidad de elegir. Porque el ser humano no está predestinado por su naturaleza ni condenado a repetir los mismos errores de sus antepasados. La herencia condiciona, el pasado deja marcas y la familia puede determinar buena parte de lo que somos, pero nada de eso tiene por qué convertirse en un destino inapelable. La libertad empieza cuando dejamos de confundir las razones que explican nuestros actos con las excusas que pretenden justificarlos.

Que Zoe Kazan haya decidido contar esta historia no es casual pues ella misma ha tenido que lidiar con el pasado de su abuelo. Elia Kazan declaró contra antiguos compañeros del Partido Comunista ante el Comité de Actividades Antiamericanas durante el macartismo, un episodio que dejó una profunda huella en sus descendientes. «Mi país le falló a mi abuelo, y mi abuelo le falló a muchas otras personas», ha reconocido la propia guionista. Haber sufrido no concede una licencia para hacer sufrir a los demás, del mismo modo que conocer la historia de alguien no obliga a perdonarlo. Timshel. No elegimos las circunstancias que nos forman, pero sí tenemos responsabilidad sobre lo que hacemos a partir de ello.

Título original: East of Eden

Año: 2026

Duración: 58 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Zoe Kazan, Jeb Stuart, Garth Davis, Laure de Clermont-Tonnerre

Guion: Zoe Kazan. Bas.: John Steinbeck

Reparto: Florence Pugh, Christopher Abbott, Mike Faist, Joseph Zada, Joe Anders, Zoe Phillips, Hoon Lee, Martha Plimpton, Ciarán Hinds, Tracy Letts...

Música: Laura Karpman

Fotografía: Stuart Dryburgh, Sam Chiplin

Compañías: Anonymous Content, Endeavor Content, Fifth Season, Netflix.

Género: Serie de TV. Drama. S. XIX. Vida rural. Historia. Familia.

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