BORGEN: REINO, PODER Y GLORIA

Pocas series hay dotadas de tanta autenticidad, actualidad e implacable rigor crítico, como “Borgen” (nombre con el que popularmente se conoce al palacio de Christiansborg, sede de los tres poderes del Estado, en Copenhague).

La serie del multipartidismo y de los gobiernos de coalición europeos, popularizada por Netflix, se convirtió en un fenómeno mundial tras su estreno en la televisión danesa hace diez años, ofreciendo uno de los mejores relatos de (no tan) ficción acerca del complejo sistema de funcionamiento de una democracia que pivota sobre las negociaciones y la capacidad de llegar a acuerdos entre los representantes de la voluntad popular, sus relaciones con los medios de comunicación y con la opinión pública, y una constante y aguda reflexión acerca de la naturaleza del poder y la integridad de las instituciones del Estado, valor supremo a preservar frente a los intereses particulares, complejos, inseguridades, rencillas, odios y mezquindades, de quienes están llamados a dirigirlas.

En definitiva, una obra maestra de la cultura escandinava, sobre los entresijos de la política danesa y sobre la grandeza y la miseria propias de la condición humana, a la altura de los grandes dramas shakesperianos que, como no podía ser de otra forma, aborda también el eterno dilema del “ser o no ser” del oficio periodístico, en tanto que garante de la transparencia democrática.

Parafraseando al bardo británico, ahí está reflejado todo lo que huele a podrido en Dinamarca y en cualquier otra parte del mundo, pues de su visionado se desprende que cualquiera de las sentencias que, proyectadas a modo de prólogo, sirven de leit motiv a cada episodio (maravilloso compendio de legendarias frases sobre la conquista y el ejercicio del poder, pronunciadas a lo largo de los siglos por insignes estrategas y pensadores de distinta procedencia, desde Maquiavelo hasta Kant, pasando por Séneca, Sun Tzu o Napoleón Bonaparte, entre muchos otros), son de aplicación universal y siguen plenamente vigentes.

El artífice de la idea original es Adam Price, guionista, dramaturgo y restaurador danés (quien llega a aparecer en alguno de los episodios de la serie encarnando a uno de los presentadores del primer canal de la televisión pública TV1) y ha tenido que pasar casi una década desde que “Borgen” se despidiera de su público, para que quienes la seguimos con devoción en su día pudiésemos volver a ver en acción a la astuta y resolutiva líder del centro democrático Birgitte Nyborg, interpretada por la extraordinaria actriz Sidse Babett Knudsen, en una secuela de su misma autoría, cuyo título de reminiscencias católicas (“Reino, Poder y Gloria”) es una síntesis perfecta de las motivaciones de su protagonista en esta cuarta y de momento última entrega de la serie, en la que Price escenifica el descenso de su heroína a los infiernos, elaborando un despiadado retrato de la cuestionable evolución personal y profesional de esta mujer ya de mediana edad (53 años), afectada por las alteraciones físicas y emocionales de la menopausia (los sofocos, los desarreglos de la menstruación, la excesiva sudoración que la obliga a continuos cambios de ropa, el apetito desordenado, la sed insaciable, la aparición de vello facial, la irritabilidad, el insomnio, cierto grado de desconcentración y pérdida del sentido de la realidad, incontrolados cambios de humor…), quien acusa además la soledad y el síndrome del “nido vacío” y los compensa con una insana y desproporcionada adicción al trabajo.

Tenaz, intuitiva y empática, siempre atenta a las preocupaciones y demandas de las bases de su electorado (lo que le permitió ganarse el favor de sus conciudadanos y convertirse en la primera mujer en alcanzar el codiciado puesto de Primera Ministra de Dinamarca), contra todo pronóstico, Birgitte Nyborg acaba vendiendo su alma al diablo en el cénit de su carrera, pasándose al lado oscuro cuando asume que el fin justifica los medios y empieza a traicionar sus ideales que son los valores fundacionales de su partido, para convertirse en lo que siempre combatió: una política acomodaticia, insensible y pragmática, cuyo único afán es conservar su cartera ministerial y asegurar su legado a toda costa, para tener algo con lo que llenar sus días ahora que su vida personal y familiar es inexistente.

Cegada por su propia ambición, porque «el hombre es el único animal cuyos deseos aumentan a medida que se alimentan» (Henry George), si las tres primeras entregas de la serie marcan su imparable ascenso basado en la humanidad, idealismo y honestidad del personaje, esta secuela se centra en su declive, no ya como Primera Ministra, sino como experimentada y endurecida política que ejerce como Ministra de Exteriores de su país, para exponer el riesgo de perversión al que está abocado el poderoso, cuando el control y la conservación de ese poder en sí mismo pasa a ser más importante para él o para ella que la causa a la que sirve.

Para quienes no hayan visto las anteriores tres temporadas de «Borgen» (algo recomendable, si no indispensable, para entender la trama de esta secuela), recordaremos que su historia da comienzo unos días antes de la celebración de los comicios en los que se decidirá quién será el o la nuev@ Primer@ Ministr@ de Dinamarca.

El entonces jefe del ejecutivo, Lars Hesselboe (Søren Spanning), figura clave del partido liberal, define su estrategia para renovar en el cargo al tiempo que debe lidiar con el desequilibrio emocional de su esposa quien, sintiéndose relegada por éste, decide arrasar las tiendas de lujo londinenses, en compensación por su abandono, durante una visita protocolar de la pareja presidencial a la capital del Reino Unido. Un escándalo que le cuesta el puesto al líder de los liberales por haber abonado la abultada factura con cargo a los fondos públicos, mientras su principal oponente, el arribista e inescrupuloso candidato de los laboristas daneses, Michael Laugesen (Peter Mygind) explora un acercamiento a las posturas xenófobas y de restricción de los derechos civiles de la extrema derecha representada por el Partido de la Libertad del histriónico y populista Svend Áge Saltum (Ole Thestrup), en consonancia con el nuevo escenario político europeo de comienzos de la última década, condicionado por el fenómeno migratorio y la persistente crisis financiera.

En ese contexto de creciente conflictividad y descontento social, emerge con fuerza desde el centro democrático la representante del partido de «los moderados”, Birgitte Nyborg quien, sin demasiados preámbulos, salvo un efectivo y efectista discurso pronunciado durante el debate final de los candidatos en el primer canal de la televisión pública, multiplica sus opciones de formar gobierno o, cuando menos, de condicionar el rumbo de éste, como figura clave en la futura estrategia de alianzas. Un gobierno que finalmente estará llamada a encabezar y que se asienta en políticas sensibles a cuestiones como la preservación del medio ambiente, la igualdad y la integración de los inmigrantes y que, sobre todo, aspira a equilibrar las fuerzas de izquierda y de derecha en el parlamento danés.

La noble intención de la líder de los moderados al intentar gobernar Dinamarca formando una amplia mayoría junto con la coalición progresista encabezada por Bjørn Marrot (Flemming Sørensen) del Partido Obrero y los ambiciosos Troels Höxenhaven (Lars Brygmann) y Hans Christian Thorsen (Bjarne Henriksen) del Partido Laborista, así como con otras formaciones minoritarias, como los verdes de Amir Dwian (Dar Salim), el Partido de la Solidaridad de Anne Sophie Lindenkrone (Signe Egholm Olsen) o las feministas de Pernille Madsen (Petrine Agger), es aprender a tejer alianzas y a ceder cuando sea necesario, mostrándose pragmática sin renunciar al idealismo, forjando en definitiva un nuevo estilo de liderazgo basado en valores como la transparencia, la justicia, la igualdad y la honestidad.

A su lado, su mano derecha, consejero y mentor, el incondicional Bent Sejrø (Lars Knutzon), veterano miembro del partido, siempre dispuesto a ayudarla a responder a su eterna pregunta de “¿qué opciones tengo?” y su spin doctor, Kasper Juul (Pilou Asbæk), sagaz asesor de comunicación y estratega en la sombra. El auténtico “hombre fuerte” del gabinete de Nyborg, quien alerta a Birgitte sobre las debilidades de otros partidos, vislumbra fructíferos pactos y esboza efectivas retóricas; un profesional tremendamente competente, capaz de vender la política de su jefa pero también de condicionarla, conocedor de los secretos y los trapos sucios de sus aliados y de sus oponentes, para hacer un uso conveniente de ellos llegado el caso, convencido de que “la información es poder. Quien, sin embargo, esconde un pasado traumático que lo convierte en un ser humana emocionalmente vulnerable, malogrando su tórrida relación sentimental con Katrine Fønsmark (Birgitte Hjort Sørensen), una agraciada periodista 100% vocacional, cuya carrera como presentadora de noticias va en ascenso, algo frustrada y ansiosa por no poder conciliar su vida privada con las exigencias de su profesión que se toma muy en serio.

Sus idas y venidas amorosas no solo evidencian las complejas relaciones que se dan entre la prensa y el poder político, dos mundos necesariamente interdependientes, sino también los desajustes emocionales y afectivos de un ecosistema de crueles exigencias, alterado por afinidades ideológicas, por la búsqueda de popularidad a toda costa y por las luchas intestinas entre los propios profesionales de la información, deseosos de acumular cuota de pantalla o de conseguir un ascenso en su carrera, muchas veces supeditado a sus relaciones personales con funcionarios y políticos.

Adam Price se libera de los lugares comunes a la hora de retratar los entresijos del periodismo político y lo hace poniendo en valor el profesionalismo y el compromiso con la verdad de cierta raza de periodistas, pero también sacando a la luz la realidad de un sistema de utilización mutua entre est@s y l@s polític@s.

En ese contexto, resulta paradójica aunque comprensible la relación de rivalidad y compañerismo que se establece entre la guapa Katrina y el vanidoso Ulrik Mørch (Thomas Levin), el otro presentador de informativos que se siente discriminado por su género; o la experimentada Hanne Holm (Benedikte Hansen), experimentada corresponsal y aguda editora de política internacional, cuya frialdad y visión analítica (pese a sus problemas de alcoholismo) contrastan con la efervescencia e impulsividad de la joven Katrina, con quien acaba formando un gran equipo de periodismo de investigación.

Y es que, si hay algo sobre lo que “Borgen” profundizó, mucho antes de que el #MeToo colocara el tema en la agenda pública, es sobre la llamada «sororidad» y las posibilidades de la mujer de llegar a puestos relevantes en la toma de decisiones, tanto en política como en los medios de comunicación, abordando el asunto desde un punto de vista nada panfletario ni maniqueo.

Ya en la primera temporada, Price hablaba de las relaciones, no siempre fáciles, de la primera ministra con los líderes de la oposición, pero también con los miembros (y “miembras”) de su propio gabinete y de su partido, y con los funcionarios del ministerio público, signadas por la competitividad, la colaboración o la traición, y la necesidad de fijar límites para dejar claro quién manda, estableciendo el principio de autoritas tras preguntarse ¿qué es mejor?, si ser amada o ser temida; así como con el conglomerado mediático representado en la cadena pública TV1 y sus periodistas, empezando a esbozar el que sería el tema central de la segunda entrega de la serie: el elevado coste personal y familiar que supone la exposición mediática en el ejercicio del poder político.

El rápido deterioro de su matrimonio con Phillipe Christensen (Mikael Birkkjær) padre de sus dos hijos, Laura (Freja Riemann) y Magnus (Emil Poulsen), quien se siente reducido a la condición de “hombre florero” y limitado en su propio desarrollo personal y profesional por las servidumbres del creciente protagonismo de su mujer (con quien había acordado que cada cinco años alterarían su dedicación a la familia para tener una relación saludable y sin rencores) acaba en divorcio. Una de las más dolorosas renuncias que Nyborg habrá de asumir mientras permanece al frente del ejecutivo danés. Pero no la única. De hecho vemos cómo, mientras ella construye su círculo de poder, se empieza a derrumbar la armonía de su entorno familiar. Solo que entonces no es la ambición ni la desmesura lo que juegan en su contra, sino la necesidad de ser fiel a sus convicciones, consagrada a la tarea formar y mantener un gobierno estable para su país.

En la segunda temporada, tras el impacto de su separación y el conocimiento de que Phillipe (a quien llegó a proponerle mantener una relación “abierta” con tal de seguir juntos) sale con una atractiva y joven pediatra llamada Cecelie Toft (Mille Dinesen) que le ha caído en gracia a sus hijos, llega la enfermedad de su hija adolescente, un severo cuadro de ansiedad que obliga a su internamiento psiquiátrico en un centro privado de reconocido prestigio, precisamente cuando el parlamento debate acerca de la ampliación del presupuesto para la sanidad pública.

Acusada de incoherencia e hipocresía por no hacer uso de ella, Birgitte entiende que su rol de Primera Ministra colisiona con sus decisiones como madre, lo que hace que los medios se ceben con ella, especialmente su archienemigo Laugesen, ex candidato del partido laborista reconvertido en editor del Express, principal tabloide sensacionalista de Copenhague, especializado en difundir montajes, bulos y fake news que afectan a la vida privada de las personas. Un sujeto carente de escrúpulos y de la más mínima ética periodística quien considera que, “cuando se trata de la lucha por el poder, hay que ser un depredador para mantenerse en primera línea”, dispuesto a saltarse todas las líneas rojas (como contratar a un escort para destapar la homosexualidad de un ministro que, al saberse descubierto, acaba suicidándose o alterar la paz de un centro de salud mental infiltrando un paparazzi) para conseguir una foto de portada y un titular escandaloso que beneficie a sus rastreros propósitos.

La enfermedad de su hija Laura, de la que se siente culpable por ejercer de “madre ausente” y la imposibilidad de estar cerca de su familia cuando más la necesita o, peor aún, la sensación de que la animadversión y el odio hacia su persona que su cargo suscita perjudica a los suyos, hacen que Birgitte se vea superada por las circunstancias y decida priorizar su faceta de “madre cuidadora”, tomándose una excedencia hasta que su hija mejore, algo que jamás hasta entonces había sucedido en la historia política de Dinamarca, lo que abre un nuevo falso debate acerca de si una mujer madre de familia está capacitada o no para soportar la presión que conlleva el puesto de Primera Ministra.

Price concentra su análisis en la progresiva erosión de ciertos ideales de la protagonista, en su creciente conciencia acerca de los aspectos más ruines y crueles de la política en connivencia con los medios de comunicación, y en su crecimiento y madurez como una líder capaz de promover las negociaciones de paz entre países africanos en guerra o de manejar las desavenencias en el seno de su propio gabinete de gobierno, que sin embargo muestra su perfil más vulnerable cuando la vemos estar pendiente de los suyos. Todo lo cual la empuja a convocar elecciones anticipadas a su regreso a Borgen, sin tener la certeza de poder ganarlas.

Y así llegamos a la tercera entrega de la serie, en la que transcurridos ya dos años desde aquellos sorpresivos comicios que Nyborg finalmente no ganó, encontramos a Birgitte viajando a Hong Kong como consultora al servicio de distintas corporaciones privadas, gozando del jugoso beneficio económico que ofrecen las “puertas giratorias” tras su retiro voluntario de la política. Un envidiable estatus que le permite llevar un reloj de 40.000 coronas en la muñeca, vivir en un fastuoso y carísimo piso de alquiler en Copenhague y disfrutar de imponentes suites en sus constantes viajes por el mundo, en los que coincide con su amante Jeremy Welsh (Alastair Mackenzie), un reputado arquitecto inglés, amén de compartir más tiempo con sus hijos.

Una vida ideal, si no fuera porque Birgitte ha nacido para la política. El viraje de su partido, liderado ahora por Jacob Kruse (Jens Jacob Tychsen) (un antiguo colaborador con quien en el pasado tuvo sus más y sus menos) hacia posiciones reaccionarias que aprueban la deportación de los inmigrantes por delitos menores y cierta nostalgia por la adrenalina de la cosa pública la impulsan de nuevo a dar la batalla, intentando arrebatarle a Kruse la secretaría general de los Moderados. Cosa que no consigue por lo que, antes de rendirse, decide fundar su propio partido.

Un viaje para el que ya no cuenta con su antiguo spin doctor, Kasper Juul, cuyo personaje pasa a un notorio segundo plano –probablemente por los compromisos laborales del actor con el rodaje de “Juego de Tronos” donde interpreta el papel de Euron Greyjoy- por lo que Birgitte decide ofrecerle el puesto a su ex pareja, Katrine Fønsmark quien, tras despedirse de TV1 por sus discrepancias de criterio con el jefe de informativos de la cadena, el veterano y reputado periodista Torben Friis (Søren Malling), y después de una fugaz experiencia como corresponsal de guerra en Afganistán para el diario sensacionalista de Laugesen, en donde no duró demasiado tiempo, acepta ser la jefa de prensa del recién creado partido de Nyborg, bautizado como los “Nuevos Demócratas”. 

Por el camino, Katrine ha sido tentada por Hesselboe para ocupar el puesto de asesora de comunicación de «los liberales», algo que no cuajó pese a los privilegios del cargo y la sustanciosa remuneración prometida, por ir en contra de sus propias convicciones (“no puedo ser su asesora de comunicación, porque no quiero que sea mi Primer Ministro”) y ha tenido un hijo con Kasper, el hasta ahora amor de su vida, de quien también se ha separado. Juntos deberán ejercer su crianza compartiendo la custodia del pequeño Gustav, cuestión que no resultará fácil debido a la enorme exigencia de sus respectivos puestos de trabajo, ella como nueva spin doctor de Birgitte Nyborg y él como analista político estrella de TV1, en un espacio que comparte con Torben, abrumado por sus problemas matrimoniales, su affaire con la asistente de realización Pía Munk (Lisbeth Wulff) y el  reciente nombramiento de un nuevo CEO, Alexander Hjort (Christian Tafdrup), prepotente ejecutivo de unos treinta años que disfruta humillándole y disputándole el liderazgo frente al personal de redacción, pretendiendo imponer una lógica de creciente espectacularidad en los servicios informativos que afecta a la credibilidad de las noticias que emite la cadena pública.

La trama de la serie comienza entonces a mostrar un cambio en la política mundial, con la crisis de los partidos tradicionales y el surgimiento de nuevas fuerzas alternativas, lo que permite a Nyborg volver a realizar el camino de ascenso desde la base; así como en los medios de comunicación, susceptibles al uso de nuevas tecnologías que permiten conocer las opiniones y afinidades de la audiencia casi en tiempo real y los nuevos dictados del marketing, dispuesto a sacrificar la calidad y el rigor periodístico en favor del entretenimiento.

Adam Price pone a sus personajes a reflexionar sobre la ética y la ambición en un escenario cada vez más opaco, y en el caso de Birgitte Nyborg, a reconectarse con sus viejas aspiraciones políticas desde una posición de madurez y experiencia, justo antes de ser diagnosticada de un cáncer de mama por el que deberá tratarse con radioterapia. Un contratiempo que pretenderá llevar en secreto, hasta que los efectos del tratamiento empiezan a afectar a su agenda y a su desempeño como candidata en las elecciones anticipadas que Hesselboe ha convocado por sorpresa, abriendo un nuevo melón: el de hasta qué punto es lícito utilizar la propia enfermedad como reclamo electoral o para justificar una conducta errónea, insuficiente o inapropiada durante una contienda electoral en la que, contra todo pronóstico, los Nuevos Demócratas consiguen un resultado lo suficientemente amplio como para volver a ejercer de partido bisagra en un contexto parlamentario muy fragmentado.

A diferencia de otras de su mismo género, como “House of cards” o “El ala oeste de la Casa Blanca” (con las que guarda, por momentos, un singular parecido), lo más valioso de la serie escandinava es que, pese a sus vestiduras palaciegas, el relato nunca cede a efectismos sensibleros ni a atajos del entretenimiento, sino que consigue hacer de la comunicación política y sus vericuetos, de las tensiones entre la vida privada y el deber público de funcionarios y periodistas, y de los dilemas entre los compromisos del poder y las exigencias de su ejercicio, la clave de nuestro disfrute. Cosas del carácter nórdico.

Con gran sutileza y sin recurrir a lugares comunes, Price reproduce los entresijos de la compleja dinámica del sistema parlamentario danés. La exigencia de gestar coaliciones para formar gobierno, repartir ministerios, aprobar leyes y conseguir apoyos para las políticas que se pretenden llevar adelante. Una tarea rutinaria que, si resulta interesante para el espectador, es precisamente por sus humanas complejidades.

Sus personajes se desenvuelven a toda velocidad en ese difícil contexto y observamos cómo muchas de sus contradicciones y tensiones se nutren, en buena medida, de sus vidas privadas, de sus afectos y aspiraciones. Les vemos triunfar y también fracasar, frustrarse, desesperarse, amarse y sin embargo dejarse, o traicionarse sin rubor ni piedad, conscientes de que no siempre se puede tener todo lo que se desea ni se puede actuar en conciencia, como si la propia vida llevase implícita una cláusula de asunción de la fatalidad.

En cuanto a Birgitte Nyborg, su comportamiento político y las complejas decisiones que la vemos tomar a lo largo de las tres primeras temporadas de la serie, la diatriba de llegar a acuerdos con sus adversarios sin renunciar a sus ideales y su determinación en la construcción de un liderazgo fuerte en un entorno sexista y hostil, le supone asumir riesgos, desafíos y renuncias, como la invasión de su privacidad y las presiones de todo tipo que debe soportar, sin caer en excesivas concesiones o en contraproducentes intransigencias, lo que despierta nuestra admiración y empatía por la templanza demostrada por esta mujer de carne y hueso, decidida a cambiar el mundo a mejor, le cueste lo que le cueste.

O al menos eso creíamos hasta el estreno de “Borgen: Reino, Poder y Gloria”, cuyo argumento (de rabiosa actualidad) parte del hallazgo de petróleo en Groenlandia y de las repercusiones que su explotación por parte de una empresa canadiense participada por capital ruso y chino tendrá para el ya frágil y deteriorado ecosistema del ártico, desatándose un conflicto medioambiental y político sin precedentes, en el que no solo estará en juego el cambio climático, sino el control de los Estados Unidos (a quien Dinamarca debe lealtad como aliado de la OTAN) de una zona militarmente geoestratégica, y, en última instancia, las ansias de independencia de los groenlandeses que, aun perteneciendo formalmente a un territorio autónomo, continúan bajo el protectorado de la Corona danesa y cuya situación económica y social no es demasiado próspera.

La posición del Ministerio de Asuntos Exteriores danés, liderado por Birgitte Nyborg, es clave para dar luz verde o frenar la extracción de petróleo en Groenlandia, pese a la intención de llevar este asunto personalmente expresada por la actual primera ministra, Signe Kragh, una mujer más joven que Birgitte, con quien esta rivaliza en popularidad pese a que, en buena medida, ha seguido su estilo de gobierno.

Para neutralizarla, Nyborg decide filtrar a la prensa una información a la que ha tenido acceso de manera fortuita y que indica que Signe estaría pensando en crear un cargo de libre designación para contratar a su amigo personal Michael Laugesen como asesor de comunicación, lo que desata un pequeño escándalo mediático que impide que se lleve a cabo.

Tras un breve encontronazo en el que Kragh le hace saber a Birgitte que está al tanto de su autoría en la filtración y que, a partir de ahora, estará sola en el espinoso asunto del petróleo (que se complica cuando su ministerio tiene conocimiento de que en el accionariado de la empresa extractora figura Mijail Gamov, un conocido criminal, próximo al Presidente Putin y miembro de la mafia rusa), Nyborg decide oponerse inicialmente a la operación, en consonancia con los preceptos fundacionales de su partido, centrados en la preservación medioambiental, y con las medidas sancionadoras de la UE frente a Rusia ante la reciente invasión de Ucrania. Paralelamente, envía a Asger Holm Kirkegaard (Mikkel Følsgaard), a recabar información sobre el terreno como embajador en funciones de su  ministerio. Información que decide no trasladar al Consejo de Ministros a petición de su homólogo estadounidense. Pero, cuestionada por el ala conservadora del gobierno por los beneficios económicos que este negocio puede reportarle a Dinamarca, y temerosa de una destitución, al hacerse de dominio público que ha estado ocultado información sensible al resto de los miembros del gabinete, cambia de postura ignorando las consecuencias medioambientales y se muestra dispuesta a conseguir el beneplácito de los Estados Unidos a la extracción de petróleo por parte de una empresa china bajo la supervisión de Dinamarca, haciendo valer su visión colonial sobre Groenlandia y enfadando a las bases de su partido que se plantean su destitución como secretaria general.

Si en las primeras temporadas «Borgen» generó interés y anticipó varios debates sobre algunas cuestiones de la Dinamarca real que después fueron abordadas en sede parlamentaria, en materias como los derechos de las personas migrantes o de las mujeres que ejercen la prostitución, permitiéndonos ver cómo es la cocina del poder en países que muchas veces se ponen como ejemplo de democracias avanzadas, la nueva no se duerme en los laureles y sube la apuesta con debates de rabiosa actualidad.

Con varias subtramas que se apoyan en la tradición y la cultura inuitas, «Borgen: Reino, Poder y Gloria» desafía la corrección política al hacer referencia, por ejemplo, a la incoherencia en la que a menudo incurren los defensores de ciertas posiciones radicales de índole feminista o ecologista. Jóvenes activistas, como el hijo de la propia Birgitte, Magnus, que muestra su disconformidad con las macrogranjas de ganado porcino secuestrando un camión lleno de cerdos que acaban siendo liberados y posteriormente atropellados en la autopista, veganos que comen ternera cuando encargan comida rápida o supuestos ecologistas que le piden el coche a mamá para llegar antes a su destino o gobiernos, como el danés, que presumen de promover una política “verde” y critican el uso de combustibles fósiles hasta que les conviene recordar que “en la calefacción de nuestras casas, la industria y los autos seguirán funcionando con nafta durante algunos años” para justificar su apoyo a la extracción de petróleo en el Ártico que generará para el país recursos millonarios.

Desde el principio, una de las principales cuestiones que «Borgen» pretende demostrar es que, no solo el Estado es un poder en sí mismo, sino también la prensa, capaz de influir y precipitar los acontecimientos en un gobierno.

A ese “cuarto poder”, independiente de los tres tradicionales (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) se suma en esta entrega un quinto con decisiva influencia en nuestros días: el de la opinión pública que se expresa a través de las RRSS y que en esta secuela afecta tanto a Birgitte como a Katrine Fønsmark, convertida en la nueva jefa de informativos de TV1 quien, a diferencia de Nyborg (superviviente experimentada que decide adaptarse a la moda del selfie y contratar a su peor enemigo entre los estertores de una mala noche de náusea y de resaca, para que la asesore con la estrategia a emplear frente a sus rivales y de paso le eche una mano con sus redes sociales) sucumbe emocionalmente a la presión de sus colegas féminas quienes no aceptan su liderazgo y socavan su autoridad en la redacción, desatando una brutal campaña de desprestigio a través de Twitter e Instagram, que la hará perder los nervios, empujándola a renunciar definitivamente a su mayor pasión que, como en el caso de Birgitte, es su profesión.

En este sentido, la serie desliza una serie de críticas a ideas que son materia de debate en el movimiento feminista, como el tópico de la solidaridad femenina demostrando que, cuando la presencia de otra mujer amenaza tu cuota de poder, esta no es más que un puro eufemismo.

Y ello porque en Borgen no hay esencialismos de género. Desde el principio percibimos los roces entre mujeres que forman parte de los distintos gobiernos de coalición. Y, en esta temporada, somos testigos de la tensión entre Birgitte Nyborg y la nueva primera ministra Signe Kragh. A Birgitte la exaspera el uso demagógico que Kragh hace del discurso feminista, por lo que le dice a su asistente: “Puso el hashtag #ElFuturoEsFemenino en nuestra foto, me utiliza para su marca”. Un comentario que es una invitación al debate real, pues dicho hashtag no es solamente una frase marketinera de la Primera Ministra para postear en sus redes sociales, refiere a un discurso feminista interesado en convencernos de que la sola presencia de más mujeres en puestos de decisión vía cuota puede cambiar las cosas a mejor, cuando por contra hay quien opina que pensar que el género del personal que administra los Estados provoca en sí mismo un cambio radical en las políticas que se llevan a cabo es, como mínimo, una ingenuidad.

Sostenerlo en 2022, cuando hace décadas que hay mujeres dentro de los gobiernos, en puestos de presunta responsabilidad, es bastante cínico. Lo que no es óbice para seguir denunciando el «techo de cristal» (mucho más presente en algunos países que en otros) y diciendo que la presencia minoritaria de mujeres en posiciones de poder que son perfectamente capaces de asumir por méritos propios (y no por una cuestión cosmética relativa a las cuotas) confirma la desigualdad real de oportunidades.

Cabe recordar, por último, volviendo a la serie que, un año después de su estreno (en 2010), una mujer llegó a ser por primera vez Primera Ministra de Dinamarca. Helle Thorning-Schmidt, quien contó en varias entrevistas que dejó de ver «Borgen» para no verse influenciada por el impacto que sus tramas generaban en la opinión pública. Un claro ejemplo de cómo el cine y el cultura sirven como tractor de las sociedades avanzadas. ¡Larga vida a Adam Price y a los creadores que nos hacen pensar!

Título original: Borgenaka 

Año: 2022

Duración: 8 episodios de 60 min.

País: Dinamarca

Dirección: Adam Price (Creador), Per Fly, Louise Friedberg, Jesper W. Nielsen, Mikkel Nørgaard, Annette K. Olesen, Mogens Hagedorn, Rumle Hammerich...

Guion: Adam Price, Jeppe Gjervig Gram, Tobias Lindholm, Maja Jul Larsen...

Música: Halfdan E, August Fenger

Fotografía: Eric Kress, Magnus Nordenhof Jønck, Lars Vestergaard, Jorgen Johansson...

Reparto: Birgitte Hjort Sørensen, Sidse Babett Knudsen, Lars Mikkelsen, Mikkel Boe Følsgaard, Søren Malling, Darren Pettie, Lucas Lynggaard Tønnesen, Peter Mygind, Magnus Millang, Johanne Louise Schmidt, Jens Albinus, Mikael Birkkjær, Özlem Saglanmak...

Productora: Coproducción Dinamarca-Reino Unido; Netflix, SAM Productions. 

Distribuidora: Netflix

Género: Serie de TV. Secuela. Drama Político.

PEAKY BLINDERS

A la espera de la película que sus creadores anuncian ya a modo de secuela, los “fucking Peaky Blinders” han bajado la persiana del pub Garrison y han dejado a su legión de seguidores sedienta de más sangre y de más whisky (irlandés, no escocés), con esa sensación de ansia y de vacío que tienen los grandes finales inconclusos.

Y es que, como explicaba Mariló García en El País al poco tiempo de su estreno en 2013, la serie original de la BBC “llegó como algo modesto, pequeño, solo para una minoría, y acabó convirtiéndose en un fenómeno mundial” gracias a Netflix que la globalizó y multiplicó su popularidad y al reconocimiento que merece todo trabajo bien realizado, hasta llegar a ser considerada la mejor serie de culto de la última década, lo que la ha hecho durar seis temporadas.

“Peaky Blinders” es una joya. Un clásico contemporáneo que no solo engancha por la calidad de su argumento y el brillante trabajo de su excepcional elenco de actores y actrices, sino por su ritmo trepidante, su impactante fotografía e impecable ambientación que abarca desde finales del siglo XIX a las tres primeras décadas del XX, y por una potente y vigorosa banda sonora con temas de Arctic Monkeys, David Bowie, Radiohead, PJ Harvey, Johnny Cash o The White Stripes, que por si fuera poco incluye la gran sintonía de apertura, «Red Right Hand» de Nick Cave and The Bad Seeds.

“No hay serie de ficción hoy en día donde se fume más -ni donde se beba más- ni donde se vista tan bien…”, escribía García, en alusión a un estilo de peinado e indumentaria que se han hecho célebres. Boinas caladas que ocultan la mirada y dejan al descubierto la nuca rapada, trajes de tres pieza de tejido grueso, relojes de bolsillo con leontina, pañuelos anudados al cuello, tirantes de botones, gemelos y botas con puntera dorada… accesorios convertidos en tendencia de moda joven gracias a la percha y el porte de un protagonista tan carismático, enigmático y elegante como Thomas Shelby, brillantemente interpretado por el actor Cillian Murphy (a quien pocos recuerdan ya como el extravagante Espantapájaros del “Batman” de Cristopher Nolan), en el que se considera el mejor papel de su carrera hasta ahora.

Steven Knight (guionista de la magnífica “Eastern Promises” (2007) de David Cronenberg, de “Las crónicas de Narnia: la travesía del viajero del alba” (2010) y de la biográfica “Spencer” (2021) de Pablo Larraín) es el creador y guionista de esta maravilla del streaming producida por una cadena de televisión que tiene por norma la perfección. Aunque, con la epopeya familiar de estos violentos gánsteres romaníes de origen irlandés, la factoría audiovisual de la TV pública inglesa haya roto moldes, alejándose de las grandes mansiones y palacios de la aristocracia y la realeza británicas, para meterse de cabeza en los húmedos y peligrosos suburbios y calles ennegrecidas por el barro y el carbón de las fábricas del corazón de una Inglaterra en plena depresión industrial, durante los años posteriores a la Gran Guerra que dejó a sus soldados física y psicológicamente rotos, sin ofrecerles más salida de futuro que la de convertirse en maleantes y criminales.

Remontándonos a los orígenes, cabe recordar que esta historia da comienzo en 1919, cuando la Primera Guerra Mundial llega a su fin y Europa se prepara para un triste y complicado proceso de reconstrucción que entonces se pensaba que correspondería a un periodo de postguerra, sin que sus traumatizados y arruinados ciudadanos pudiesen sospechar siquiera que lo que estaban viviendo era más bien un tiempo de entreguerras, dado los acontecimientos que tuvieron lugar durante el mismo y que precipitaron una segunda contienda bélica en el viejo continente de trágica repercusión mundial.

Es en esos años cuando Thomas Shelby (Cillian Murphy), sus hermanos Arthur y John, y otros chicarrones de la grisácea Birmingham, alistados como voluntarios para combatir a las órdenes del ejército británico en Francia, regresan a casa, tras haber conseguido derrotar a los tres grandes imperios que quedaban en pie.

Pese a haberles sido concedida alguna que otra medalla al mérito (caso de Thomas, con rango de Sargento Mayor, condecorado por su heroica labor como zapador, excavando túneles y trincheras), los jóvenes excombatientes comprenden amargamente que no va a haber desfiles de bienvenida para ellos, ni discursos oficiales en los que se les agradezca su patriotismo tras arriesgar la vida por su país. Por el contrario, sus vecinos los miran con recelo, debido a los traumas y trastornos psicológicos que la mayoría de ellos acarrea a resultas del horror vivido.

Lo que se encuentran a su llegada es una sociedad desesperanzada y abatida, en la que la miseria, la falta de oportunidades y la dura lucha por la supervivencia envilecen al género humano casi tanto, o más, que la propia guerra librada en el campo de batalla.

De sangre gitana y huérfanos de madre, quien se suicidó arrojándose al canal víctima de una depresión, los Shelby tampoco tienen padre (un timador de baja estofa que los abandonó para poner rumbo a las Américas, a quien da vida el actor Tommy Flanagan en una breve incursión al principio de la serie). Se trata de tres hermanos con un carácter totalmente distinto. El mayor de ellos, Arthur (Paul Anderson) es un hombre de escasas luces, paranoico y lleno de furia, llamado a ser el cabeza de familia, posición que le correspondería como primogénito pero que es incapaz de asumir dada su inestabilidad emocional. Alcohólico y drogadicto, se convierte a cambio en el fiel brazo ejecutor de las órdenes de su hermano Thommy y en el matón oficial de la familia. Mientras John (Joe Cole), el menor de los tres, es un joven impetuoso que le secunda en sus fechorías, encargándose ambos de hacer el «trabajo sucio».

Durante el tiempo en el que han estado fuera (cuatro años), su hermana Ada (Sophie Rundle) y su pequeño hermano Finn (Alfie Evans-Meese/Harry Kirton) han estado al cuidado de Elizabeth Gray, la “tía Polly” (que encarna la actriz Helen McCrory, a quien algunos recordarán como la madre de Drako Malfoy en la saga de “Harry Potter”, fallecida el año pasado a causa de un cáncer), auténtica matriarca del clan y descendiente de una estirpe reyes, con dotes para la videncia y un fuerte y resolutivo temperamento.

En ausencia de los varones de la familia, Polly se ha encargado de que los Shelby sobrevivan y se hayan hecho fuertes en su territorio gracias al negocio ilegal de las apuestas clandestinas en carreras de caballos. Pero, a la vuelta de sus sobrinos, decide hacerse a un lado, manteniéndose en un discreto segundo plano, dada su condición de mujer en un mundo de hombres, sin dejar de aportar un punto de vista alternativo cuando de asuntos familiares se trata.

A semejanza de la Carmela de “Los Soprano”, la Gemma Teller de “Sons of Anarchy”, la Skyler White de “Breaking Bad”, la Margaret Thompson de “Boardwalk Empire” o la Claire Underwood de “House of Cards”, la inteligencia y astucia de esta fémina de armas tomar, que no parece tener problema en mezclar la fe católica con el esoterismo y el ocultismo, juegan un papel clave en las actividades de la familia, cuyas decisiones se toman inicialmente de forma asamblearia. Es ella quien controla la tesorería y la contabilidad de la Shelby S.L. Pero, más allá de eso, Elizabeth Gray es el auténtico contrapeso de Thommy, cuya ambición y temeridad no conoce límites, la única que tiene el valor de enfrentarlo y de cuestionar sus iniciativas aunque, al fin y a la postre, ambos funcionen como la misma persona y compartan el mismo objetivo: diversificar, expandir, blanquear y legalizar al menos parte del negocio y seguir aumentando sus beneficios, aunque para ello tengan que sobornar y/o combatir a las fuerzas del orden y extorsionar y liquidar sin piedad a sus enemigos.

Obsesionado con salir de la miseria del barrio obrero y ascender en la escala social hasta convertir a los suyos en una de las familias más poderosas y temidas (si no respetables) de Inglaterra, la primera vez que vemos en pantalla a Thomas Shelby, en una escena que parece extraída de algún western clásico, es un jinete a lomos de un enorme corcel negro. Solo que ese pistolero a caballo, al que todo el mundo conoce (y teme) por su apellido, que monta un numerito de brujería ante la atenta mirada del vecindario, no usa sombrero de cowboy, sino una boina irlandesa convertida en arma blanca mediante unas cuchillas estratégicamente incrustadas en su visera que tienen como finalidad rajar el rostro y cegar a sus oponentes con la sangre derramada. De ahí el nombre de la banda, cuyos continuos enfrentamientos con otras pandillas rivales suelen rayar en lo más gore.

Sin llegar a ser histórica, la serie se apoya en hechos y personajes que existieron en la vida real, de los que su creador, nacido precisamente en Small Heath (uno de los arrabales de Birmingham, feudo de los “Peaky Blinders” que controlaban la calle Adderley y, por extensión, el barrio de Bordesley, a finales del siglo XIX y principios del XX, y de otros clanes mafiosos como los “Birmingham Boys”) tuvo conocimiento gracias a las leyendas de los lugareños.

Según explica Steven Knight, la peligrosa banda original estuvo activa entre 1890 y 1920 y estaba integrada por chavales de muy corta edad (incluso hay fichas policiales que confirman que tenían a niños de 12 años trabajando para ellos). Tal como sucede en la ficción, sus miembros vestían con cierta elegancia que contrastaba con la brutalidad de la que eran capaces cuando se enfrentaban a bandas rivales y no dudaban en cortar orejas, cuellos, ojos y otras partes del cuerpo. Incluso llegaron a perder parte su poder ante los “Birmingham Boys”, liderados por un hombre llamado Billy Kimber (interpretado por Charlie Creed-Miles) que llegó a ser el capo más poderoso del Londres de la época, en quien se dice que podría estar inspirado el personaje de Thomas Shelby.

Perturbado por los recuerdos de la guerra, durante las primeras temporadas vemos al cabecilla de los “Peaky Blinders” consumir opio regularmente, especialmente por las noches, cuando se enfrenta a sus peores pesadillas y alucinaciones, intentando borrar los desagradables recuerdos que le impiden conciliar el sueño. Sin embargo, su carácter indómito y combativo harán que, a diferencia de su hermano Arthur -extraviado en los laberintos del alcohol, la cocaína y la heroína- se sobreponga a sus heridas para convertirse en uno de los hombres más notorios de Inglaterra, irrumpiendo en política como representante del partido laborista en la Cámara de los Comunes, pese a su largo historial criminal y delictivo, llegando a codearse con el mismísimo Winston Churchill (Neil Maskell).

Es en ese punto donde arranca la sexta y última temporada que acaba de estrenarse, en la que los Shelby y sus asociados ya no son gente de la peor calaña que deambula por los polvorientos caminos en coloridos carromatos. Ahora visten los mejores trajes, conducen los mejores coches y viven en las mejores casas, pero para sus adversarios siguen siendo unos sucios gitanos. Especialmente para Sir Oswald Mosley (Sam Claflin), quien fuera en la vida real un militar y político inglés, profundamente clasista y antisemita, fundador de la Unión Británica de Fascistas; al igual que su amante y principal promotora, la temible y arrogante Lady Diana Midford (Amber Anderson), ex mujer del heredero de la fábrica de cerveza Guinness y del título de Barón de Moyne, Sir Bryan Walter Guinness, íntima amiga de Hitler, que estuvo presente en su boda con Mosley celebrada en Berlín.

Tras cinco temporadas anteriores en las que los miembros de la peligrosa banda de Birmingham han tenido que librar cruentas y despiadadas batallas con otros clanes de diversas etnias (judíos, chinos e italianos) ligados al hampa, enfrentándose a los más poderosos enemigos (entre los que se incluyen el IRA y la mafia rusa) por el control de sus turbios negocios que van, desde las apuestas en carreras de caballos, combates de boxeo y partidos de fútbol amañados, hasta el tráfico de armas o de alcohol y otras sustancias ilegales, como el opio; Thomas Shelby continúa buscando la horma de su zapato o, lo que es lo mismo, un enemigo al que no sea capaz de batir, como lo hiciera antes con Chester Campbell (Sam Neill, “Jurassic Park”), un policía enviado por el Rey Jorge a Birmingham para «hacer limpieza» de pandilleros, mafiosos y comunistas revolucionarios; Alfie Solomons (Tom Hardy, “Venom”, “Dunkerque”, “Mad Max: furia en la carretera”), un histriónico judío londinense, nada de fiar, que dirige su propia banda criminal dedicada a la destilería y exportación de ron; Darby Sabini (Noah Taylor, “Juego de Tronos” y “Charlie y la fábrica de chocolate”), representante de la mafia italiana (quien fuera otro de los capos más poderosos y temidos de Inglaterra); o Luca Changretta (el galardonado Adrien Brody de “El Pianista” y “Gran Hotel Budapest”), un mafioso neoyorkino obsesionado con vengar la muerte de su padre.

En la línea de “El padrino” (The Godfather, 1972), “Los Intocables de Eliot Ness” (The Untouchables, 1987) o “Érase una vez en América” (Once Upon a Time in America, 1984), la Ley del Talión (ojo por ojo) y el sagrado culto a la familia que impera en toda organización mafiosa que se precie es, como cabría esperar, el hilo conductor del devenir de esta banda delictiva a la que se van sumando nuevos miembros a medida que la muerte va alcanzando a algunos otros, en cuyo responso final se recita invariablemente el primer verso de la letra de la canción de Navidad In the Bleak Midwinter, de la escritora victoriana Christina Rossetti: “En el medio del sombrío invierno…”

Pero, más allá del drama sentimental y familiar que articula su argumento y que pivota en buena medida sobre las relaciones íntimas y amorosas de los hermanos Shelby con sus respectivas mujeres -la dulce y altruista Grace (Annabelle Wallis) y la abnegada y rehabilitada Lizzie (Natasha O’Keeffe), quien en tiempos ejerciera la prostitución, en el caso de Thommy; la puritana Linda (Kate Phillips) que intenta meter en vereda a Arthur o la zíngara Esme (Aimee-Ffion Edwards), que deserta de la familia y se echa a los caminos con sus hijos al quedarse viuda de John, todas ellas sometidas a los códigos de sumisión y de machismo que rigen ese tipo de clanes- “Peake Blinders” aborda al menos de manera tangencial algunos de los principales asuntos que marcaron época en esos años. Y ello porque la acción de desarrolla en un tiempo convulso que sirvió de caldo de cultivo a intentonas revolucionarias de distinto signo.

Si el avance del comunismo y la lucha sindical obrera, la ley seca, el crac de la bolsa de Nueva York o el incipiente discurso de reivindicación feminista son algunos de los temas sobre los que sobrevuelan las cinco primeras temporadas de esta serie coral antológica, repleta de subtramas, la sexta y última hace referencia al surgimiento y expansión del fascismo en territorio británico, en consonancia con los postulados clasistas y antisemitas del nacionalsocialismo alemán que comenzaba a tomar fuerza en Europa por aquellos años. 

Hundido por el desprecio y el abandono de los suyos, en sus últimos capítulos, el «hombre fuerte» del clan Shelby sufrirá una nueva y dura pérdida familiar tras la trágica muerte de John, la tía Polly y Aberama Gold (Aidan Gillen) e intentará redimirse completando la complicada estrategia que puso en marcha en la temporada anterior, destinada a frenar las intenciones de Mosley de convertir el imperio británico en aliado del III Reich, haciéndole creer que está dispuesto a colaborar con su causa, al prestarse a ser su enlace con Jack Nelson (James Frecheville), un poderoso capo neoyorkino que se ha ganado la confianza del Presidente Roosevelt, quien resulta ser tío de Gina Gray (Anya Taylor-Joy, Gambito de Dama), la mujer de su primo Michael (Finn Cole), que ha prometido acabar con Thommy haciéndole responsable de la muerte de su madre.

De entre las numerosas escenas de oro puro que componen esta nueva entrega cuyo visionado resulta ser un placer agridulce a sabiendas de que la historia va llegando a su fin, destaco una que, en mi opinión, refleja la brillantez e inteligencia de sus guionistas a la hora de retratar la historia con espíritu crítico para prevenir que se repita.

Convertido ya en un influyente congresista del partido laborista, Thomas Shelby se reúne con Laura McKee (Charlene McKenna), representante del IRA, a quien intenta implicar en la operación que ha puesto en marcha para engañar a Mosley. Extrañada porque el líder de los «Peaky Blinders» esté dispuesto a colaborar con el representante de la ultraderecha británica, McKee, a quien todos conocen como la «Capitana Swing», le dice a Thommy que creía que era socialista. Su elocuente respuesta es toda una editorial sobre la forma en la que los creadores de la serie entienden el juego de la política:

“Al entrar en política he visto que no hay una línea que divida a la izquierda de la derecha, sino un círculo”, dice Thommy. “Si va muy a la izquierda acabará encontrándose con alguien que ha ido muy a la derecha y llegarán al mismo lugar”, explica trazando un círculo con una huella de agua en la mesa. “Socialistas obreros, como yo; y nacionalistas obreras, como usted. El resultado: el nacionalsocialismo. Y en medio estoy yo, intentando ganarme la vida honradamente en un mundo sombrío”.  

La contraposición entre ciencia y superstición está asimismo muy presente a lo largo de esta última entrega, casi propia del realismo mágico, cuyo final abre un universo de posibilidades a esa película que el fandom de la serie espera ya con impaciencia y cuyo estreno está anunciado para 2024.

Título original: Peaky Blinders

Año: 2013-2022

Duración: 60 min.

País: Reino Unido

Dirección: Steven Knight (Creador), Colm McCarthy, Tim Mielants, Otto Bathurst, Tom Harper, David Caffrey

Guion: Steven Knight, Toby Finlay, Stephen Russell

Música: Martin Phipps

Fotografía: George Steel

Reparto: Cillian Murphy, Sam Neill, Paul Anderson, Helen McCrory, Joe Cole, Sophie Rundle, Eric Campbell, Ned Dennehy, Annabelle Wallis, Tom Hardy, Tony Pitts, Ian Peck, Adrien Brody...

Productora: BBC, Caryn Mandabach Productions. 

Distribuidora: BBC, Netflix

Género: Serie de TV. Drama. Thriller | Mafia. Años 20. Crimen. Neo-noir

INTIMIDAD

La cinematografía made in Euskadi continúa consolidándose a nivel global gracias a series como “Intimidad”, estrenada en Netflix y que, en pocos días, ha logrado posicionarse en los primeros puestos entre las preferidas por sus suscriptores.

Se trata de un trabajo de excepcional factura, en buena medida gracias a la belleza de los escenarios reales en los que ha sido rodada, 70 localizaciones entre las que se incluyen los verdes, húmedos y montañosos parajes vizcaínos, las playas de Laga, Laida y Sopelana, y la cream de la cream urbanística, tanto de la clásica como de la moderna ciudad de Bilbao (la Alhóndiga, el Guggenheim, la Torre Iberdrola, el Ayuntamiento, el Palacio Euskalduna, la sede de EiTB o de la ingeniería Idom, la Universidad de Deusto, la Biblioteca de Bidebarrieta, la Ría, Zorrozaurre, Abandoibarra…) primorosamente retratada por su director de fotografía, Javier Aguirre Erauso.

Pero, más allá del acierto estético que la serie pueda tener y que sin duda contribuye a poner en valor el atractivo turístico del territorio vizcaíno, para regocijo de la Bizkaia Film Commission, el organismo encargado de facilitar rodajes dentro del mismo, destaca el interés y actualidad de su argumento, que trasciende la problemática del derecho a la intimidad, amenazada hoy por el ciberacoso (una realidad que nadie quiere ver, hasta que le toca de cerca), para abordar otros asuntos, no menos espinosos, como la falta de ética y de escrúpulos de quienes controlan la maquinaria del poder político y empresarial, en un sistema que aún dista mucho de dejar de ser heteropatriarcal.

Con dos tramas que discurren en paralelo, la serie cuenta con ocho capítulos en los que algunos han querido ver los ecos de ciertos thrillers policíacos escandinavos, especialmente “Borgen”, por sus ramificaciones políticas, ya que cuenta la historia de Malen Zubiri (Itziar Ituño, la popular Lisboa de “La Casa de Papel”), abogada de profesión y teniente alcalde del Ayuntamiento de Bilbao. Una mujer de gran determinación y proyección pública, llamada a ser la futura alcaldesa de la capital vizcaína como principal apuesta del poderoso partido político al que representa pese a ir en su lista como independiente, hasta que la difusión pública de un vídeo suyo haciendo el amor en una playa con alguien que no es su marido y al que ha conocido a través de una app de citas, trunca sus aspiraciones de convertirse en candidata y pone su vida personal y familiar patas arriba.

Por otro lado, encontramos a Ane Uribe (Verónica Echegui). Una joven anónima que trabaja como operaria en una acería cuyos trabajadores empiezan a acosarla tras recibir en sus móviles una foto y un vídeo de carácter sexual del que es protagonista. Al principio no sabe cuál es la razón del cambio de comportamiento de sus compañeros hacia ella, pero alguien le pone sobreaviso de que esas imágenes han corrido por la fábrica como la pólvora, por lo que pide amparo a la dirección que, en lugar de abrir una investigación interna para amonestar a los culpables, hace oídos sordos y se suma al acoso al que Ane se ve sometida.

Huelga decir que la elección de estos dos personajes no es casual, como tampoco lo es la forma en la que reaccionan ante el mismo problema: la circulación de esos dos vídeos de contenido sexual dados a conocer sin su permiso, si bien cada caso tiene su especificidad y sus motivaciones. “Uno quiere acabar con la carrera política de la futura alcaldesa de la Villa -vicealcaldesa de un partido nacionalista, con un matrimonio abierto, que practica surf, canta en inglés en el karaoke y liga en Tinder-; el otro obedece más a la perversidad del llamado ‘porno de venganza’, una filtración a internet con el único propósito de joderle la vida a una expareja”, dice Oscar Belategui en El Correo.

Esa aparente disparidad entre ambas mujeres (una es una figura pública y la otra no; una se hace fuerte y planta cara a sus detractores defendiendo su derecho a vivir su vida privada como le plazca, la otra calla por vergüenza sabiéndose vulnerable; una cuenta con apoyo, la otra se ve muy sola y no soporta la presión, por lo que decide finalmente quitarse la vida) encuentra, sin embargo, su homologación en un abanico emocional que va de la rabia y el miedo, a la vergüenza y la culpabilidad, sentimientos que las dos comparten en su condición de víctimas y que les frenan a la hora de denunciar a sus acosadores.

Gracias a un guion inteligente y bien construido, escrito por Laura Sarmiento y Verónica Fernández (“Hospital central”, “Cuéntame”), ambas historias se entretejen con absoluta sororidad mediante las investigaciones de Alicia (Ana Wagener), una inspectora de la Ertzaintza (Policía Autónoma Vasca) encargada de investigar los delitos de ciberacoso, quien encarna la cara más humana de los cuerpos de seguridad y aporta a la trama su propia historia personal, pues se da la circunstancia de que Alicia es lesbiana y vive con María, quien desea ser madre por fecundación in vitro, algo para lo que Alicia no parece estar preparada.

Con gran asertividad y seriedad, las creadoras de la serie elaboran un retrato en tiempo real de la situación del machismo en nuestra sociedad, en donde los roles masculino y femenino están aún en buena medida socialmente predeterminados por la tradición, mostrando todos los vértices de un complejo prisma con múltiples aristas. Pues, si bien es cierto que la serie pone el foco en la mujer que sufre acoso (un problema transversal que trasciende a las clases sociales, la edad o la proyección pública de la víctima), en ella también se hace referencia al acoso que sufre el colectivo LGTB y hay un subrelato que tiene como protagonistas directos a los hombres. Hombres comprensivos, leales y sensibles, como el novio de Ane o el marido de Malen, que no se adaptan a lo que la sociedad exige de ellos. Frente a otros machirulos de moral abyecta que se creen con derecho a juzgar, condenar y lapidar reputacionalmente a la mujer que vive su sexualidad con legítima libertad.

Entre estos últimos, hay quien se ha quejado de que la imagen machista que en la serie se ofrece de los empresarios y políticos que “cortan el bacalao en Euskadi” resulta un tanto “zafia y caricaturesca”, al igual que el retrato que se hace de los periodistas, convertidos en jauría sedienta de morbo de manera generalizada y, aunque nunca es de recibo que paguen justos por pecadores ofreciendo una imagen tan deplorable y despreciable de la profesión en su conjunto, entiendo que la intención de sus creadoras habrá sido denunciar la mala praxis que ciertamente llevan a cabo algunos medios de comunicación ante este tipo de sucesos, así como afear la conducta de ciertos poderosos y de quienes se mofan y utilizan la situación creada por esos ataques a la intimidad para sacar provecho de ello, como el arribista Gorka, un trepa de manual que ve la ocasión para sustituir a Malen en las preferencias de su partido.

En compensación, hay otros personajes de la serie que contribuyen en positivo a la trama, como el fiel asistente Hugo (Francesco Carril) que se mantiene junto a Malen pese a las dificultades o Miren (Emma Suárez), la comisaria política que apoya su candidatura. En el pasado, ella misma sufrió acoso sexual dentro de su partido y tuvo que callar para seguir adelante con su carrera, pues en sus palabras “eran otros tiempos» en los que ser víctima era sinónimo de debilidad y causa de marginación. Lo que ofrece una esperanza de que las cosas han ido cambiando a mejor.

Con un reparto de primer nivel, entre los que hay presencia mayoritaria de actores y actrices vascos, como la propia Itziar Ituño, Verónica Echegui, Yune Nogueiras (Leire, la hija de Malen), César Sarachu (su padre, Juan Mari), Kandido Uranga, Aitor Merino, Fernando Albizu, Iñigo Aranburu… casi un centenar en total, es de justicia destacar la elegancia y la credibilidad de sus interpretaciones, singularmente el magistral trabajo de Patricia López Arnaiz, quien encarna a Bego, la hermana de Ane, empeñada en hacer justicia tras su suicidio, así como la forma en la que estos actores y actrices utilizan indistintamente y con total naturalidad, el castellano y el euskera (las dos lenguas oficiales de la Comunidad Autónoma Vasca) para comunicarse, elaborando un boceto real y nada forzado de lo que es la realidad del bilingüismo hoy en Bizkaia, siendo el euskera de uso corriente en ámbitos como las instituciones o el instituto al que acude Leire (la hija de Malen) que es el mismo donde Bego trabaja como andereño (maestra).

Y es que “Intimidad” ha procurado no dejarse nada en el tintero, sobre todo en lo que a los actuales postulados y consignas del feminismo respecta, invitando a denunciar cualquier situación de abuso de la que seamos testigos o directamente víctimas y regalando un final optimista a aquellos que creen que otro mundo es posible, al poner en valor a los que asumen ciertos riesgos personales para hacer que las cosas cambien.

Título original: Intimidad

Año: 2022

Duración: 48 min. x 8 episodios.

País: España

Dirección: Laura Sarmiento (Creador), Verónica Fernández (Creador), Jorge Torregrossa, Koldo Almandoz, Ben Gutteridge, Marta Font.

Guion: Laura Sarmiento, Verónica Fernández

Música: Aitor Etxebarria

Reparto: Emma Suárez, Itziar Ituño, Verónica Echegui, Ana Wagener, Patricia López Arnaiz, Yune Nogueiras, Daniel Barea Cabrera, Eduardo Lloveras, Miguel Garcés, Elisabeth Larena...

Productora: Txintxua Films, Netflix España. Distribuidora: Netflix España

Género: Serie de TV. Drama. Redes sociales. Thriller. Política

EL ARMA DEL ENGAÑO

“El arma del engaño” es una excelente película británica cuyo argumento empieza con una frase que resulta una obviedad y que hace referencia a que toda guerra que se precie se libra en dos campos de batalla: el de la contienda física propiamente dicha (el fuego real) y el de la contrainformación y el espionaje que pretende anticiparse a las acciones del enemigo y calibrar su fuerza destructiva real, más allá de los faroles que habitualmente se marcan los contendientes (el fuego de artificio).

“En cualquier historia de guerra está lo que se ve y lo que se esconde”, nos advierte de entrada una voz en off y, a partir de ahí, la película dirigida por John Madden (“Shakespeare enamorado”, “La deuda”, “El caso Sloane”), recrea con gran precisión narrativa y exquisita elegancia expositiva una de las más asombrosas hazañas del Servicio Secreto de Su Majestad durante la Segunda Guerra Mundial, la ‘Operation Mincemeat’, una ocurrencia novelesca, con la que las fuerzas de inteligencia británicas consiguieron engañar a los generales de Hitler, haciéndoles creer que los aliados preparaban un inminente desembarco en Grecia, cuando en realidad se proponían tomar las costas de Sicilia.

Al mando de tan delicada misión está Ewen Montagu (Colin Firth) abogado y oficial de la inteligencia naval británica, cuya esposa de origen judío se ve obligada emigrar a Estados Unidos junto a sus hijos. En una de las primeras escenas de la película, vemos al Coronel Montagu leer a uno de sus vástagos una novela de misterio antes de dormir. “Los 39 escalones” de John Buchan, trepidante novela negra llevada al cine por Alfred Hitchcock, en la que un turista canadiense se ve atrapado en una intriga que requiere descifrar un código secreto. La referencia a dicho relato sitúa al espectador ante el hecho de que lo que nos disponemos a ver no es un drama bélico, sino una peli de espías, a la vez que sirve de inspiración a su protagonista para la que será su encomienda: trazar un plan sencillo y efectivo, elaborado a la vista de todos, para distraer a la maquinaria de guerra más poderosa de la época, la de la Alemania nazi.

Bautizada inicialmente en castellano como “Caballo de Troya” y luego como “Carne Picada”, por razones que tienen que ver con las peculiaridades del humor inglés, la acción se desarrolla a mediados del año 1943, cuando se había corrido la voz de que los aliados planeaban desembarcar en la isla de Sicilia y desde allí emprender su ofensiva contra el ejército alemán avanzando hacia el interior del continente europeo, cosa que era cierta por lo que, alertados ante la posibilidad de que esa filtración llegase a oídos del enemigo, los británicos deciden poner en marcha un plan de distracción que debe ser aprobado por el pragmático Winston Churchill  (Simon Russell Beale) y cuyas líneas maestras se recogen en un libro titulado “Memorando de la Trucha”, celosamente custodiado por el Comité XX -alto mando de la inteligencia militar- del que se dice que inspiró muchas de las estrategias de esa “otra guerra” paralela que se libra fuera del campo de batalla, en los humeantes sótanos del servicio secreto, y que define el rumbo de las acciones a tomar en el frente.

La “Operación Carne Picada” consistía básicamente en “lanzar un anzuelo al mar” o, lo que es lo mismo, difundir una pista falsa que hiciera creer a los nazis que el ejército aliado tenían planes de iniciar su expansión por Grecia, para facilitar y hacer más seguro su desembarco en Sicilia.

El comandante Montagu fue uno de los artífices de la idea, junto al capitán Charles Cholmondeley, magistralmente interpretado por Matthew Macfadyen (“Orgullo y Prejuicio”, “Succession”), un discreto y disciplinado estratega militar, cuyo sueño de ser aviador se vio truncado por su excesiva altura, su mala vista y sus pies planos que le impidieron luchar en el frente, como sí lo hizo su hermano menor, cuyo cuerpo sin vida espera a ser repatriado.

Más allá de la inevitable trama romántica que los convierte en rivales por el amor de una mujer, entre ambos oficiales surge una gran complicidad y admiración mutua, alimentada por su ingenio e intuición, su elevado sentido del deber y por la animadversión de sus superiores que, en el caso de Montagu, recelan de las simpatías de su hermano con los comunistas. El buen equipo que forman constituye la mejor garantía de éxito para el plan que se traen entre manos que, a grandes rasgos, consiste en hacer aparecer un cadáver flotando en las costas españolas, país que se mantuvo neutral durante la gran guerra y en el que, sin embargo, existía una nutrida red de espionaje fascista que colaboraba con los alemanes, bajo los auspicios del franquismo.

El cadáver en cuestión sería el de un alto oficial de la Armada Real, que presuntamente habría muerto ahogado en aguas del Golfo de Cádiz cuando hacía de correo portando un maletín con documentos de alto secreto en los que se habla de los falsos planes de desembarco aliado en Grecia. Pero, para llevarlo a cabo, no solo necesitan un cuerpo sin vida que lanzar al mar, sino dotarlo de una historia personal y vital que haga verosímil su propia existencia y, consecuentemente, la veracidad de los papeles que porta. Así que Montagu y Cholmondeley se ponen manos a la obra, formando un esmerado equipo de trabajo que incluye a Miss Hester Laggett, la siempre magnífica Penélope Wilson («Downtown Abbey«, «After Life«), leal asistente de Montagu e instructora del célebre “Círculo de Bletchley” -que jugó un papel esencial durante la guerra al descifrar los mensajes en clave de los nazis- y a la hermosa y joven viuda Jean Leslie (Kelly Macdonald/»No es país para viejos«), una de las secretarias del Comité XX, en quien Cholmondeley -un solterón que vive con su anciana madre- habría puesto sus ojos y que termina convirtiéndose en la novia ficticia del fiambre, al ceder una fotografía suya para que éste la lleve encima, y en el inalcanzable objeto de deseo de ambos oficiales, en el triángulo amoroso que plantea la película.

Siendo una cinta de impecable factura audiovisual, maravillosamente ambientada e interpretada por magníficos actores y actrices, con una fotografía cálida y sugerente que aprovecha cada plano para crear esa atmósfera propia de la novela negra, plagada de claroscuros, donde abundan las escenas nocturnas en las que los transeúntes alumbran sus pasos con linternas ante la ausencia de alumbrado público, sin duda lo más interesante de “El arma del engaño” es la forma en la que estos cuatro hombres y mujeres se compenetran uniendo sus conocimientos de inteligencia militar, pero también su sensibilidad, sus propias vivencias personales y su capacidad de fabulación, para construir una identidad falsa que a su vez se alimenta de los anhelos, las frustraciones y las verdades más íntimas de cada uno de los miembros del grupo de trabajo.

A la manera en la que se construyen las grandes novelas en la literatura, “Montegu y Cholmondeley trabajaron conjuntamente para crear un mundo totalmente imaginario”, afirmaba el historiador Ben Macintyre, autor del libro homónimo en la que está basado el guion de la película, en una entrevista con la BBC. Y ese mundo no es otro que la biografía del Mayor William Martin, cuyo cadáver es en realidad el de un indigente que habría muerto tras ingerir veneno para ratas. Al convertirlo en uno de los miembros de la Armada Real, el desdichado homeless, un hombre sin identidad, sin pasado y sin familia -o al menos eso pensaban al dar con él en la morgue- no solo se hizo con un nombre, un rango y una hoja militar de servicios en el ejército de SM, sino con una historia de vida, un lugar de nacimiento, una personalidad propia y una prometida que no se resignaba a dejar de esperarlo.

Montegu, Cholmondeley, Laggett y Leslie se ocuparon de llenar sus bolsillos y su billetera con una nota del gerente de su banco diciendo que estaba sobregirado; recibos de varios teatros y clubes que habitualmente solían ser un nido de espías; y, lo más conmovedor, una carta de amor y una desgastada foto de su amada ‘Pam’, en la que prometía esperarlo hasta el final de la contienda. ¡Hasta un anillo de compromiso le compraron en su afán porque el personaje resultara creíble!

“Estas eran personas que no pudieron participar en la guerra real, en el campo de batalla, ya sea porque eran demasiado altas, como Cholmondeley, estratégica e intelectualmente valiosas, como Montagu, o porque eran mujeres como Leslie; y se imaginaban a sí mismas en una especie de combate paralelo, una guerra clandestina”, explicaba Macintyre en su entrevista en la BBC.

Lo curioso del caso es que, al tener que inventar una vida para este oficial ficticio, el pequeño grupo de trabajo se inspirase en la literatura antes que en el código militar. No solo en las novelas de Buchan sino en las de Basil Thompson que, a su vez, se nutre el universo de Ian Fleming -creador del personaje de James Bond- de quien se sospecha que es el verdadero autor del “Memorando de la Trucha”. Y es que se da la circunstancia de que el joven Fleming (a quien encarna el actor John Flynn) fue asistente del Almirante James Godfrey (Jason Isaacs), oficial al mando del Comité XX y uno de los grandes escépticos del éxito de la “Operación Carne Picada”. Es su voz la que escuchamos al inicio y al final en la película a manera de narrador en off.

“Creo que no es una casualidad que algunos de los más grandes novelistas del siglo XX también fueran espías: Somerset Maugham, Graham Greene, John Buchan, John Le Carré. Porque lo que hacen en realidad los espías es crear un mundo falso y convencer a los demás de que es verdad”, decía Macintyre. Y es precisamente sobre esa idea, sobre la que pivota el guion de “El arma del engaño”, abundando en la leyenda de los grandes éxitos de la inteligencia británica, clave en las operaciones aliadas, basada en el discreto heroísmo de hombres grises de traje y corbata y abnegadas secretarias y taquígrafas, dispuestos a ofrecer su sangre, sudor y lágrimas por Inglaterra, como sintetizó Winston Churchill.

Pequeñas historias individuales y colectivas que han sido ampliamente glosadas en la literatura pues, como en varias ocasiones se dice durante la película, eran muchos -quizá demasiados- quienes aprovechaban para escribir un libro influidos por la magnitud y trascendencia del contexto histórico.

En lo que a “El arma del engaño” se refiere, el atractivo de su historia es tal que ha habido varias versiones de la misma antes de llegar a esta película. Primero fue Duff Cooper, jefe de gabinete del Primer Ministro, quien escribió ‘Operation Heartbreak’, una interpretación novelada de los hechos. Cuando se le preguntó si estaba divulgando secretos oficiales, Cooper se justificó diciendo que “Churchill contaba la historia todas las noches después de cenar”. Incluso el propio Montagu contó su versión en “El hombre que nunca existió”, novela publicada en 1953, adaptada al cine tres años más tarde por Ronald Neame, donde llegó a afirmar que la familia del difunto les dio autorización para utilizar su cuerpo, lo cual nunca ocurrió, tal y como se explicita en la cita de John Madden.

La elección de Glyndwr Michael -nombre real del hombre cuyo cadáver fue utilizado como anzuelo en el engaño- se basó en que no tenía -o al menos eso creían- una familia que reclamase su cuerpo. Su verdadera identidad no fue revelada hasta 1996, cuando el historiador Roger Morgan la halló en documentos desclasificados a partir de los cuales rastreó su historia: era un joven galés cuya única familia viva era una hermana que vivía en King’s Cross, como revela la película. Por lo que se decidió entonces grabar su verdadero nombre en la lápida del nicho en donde está enterrado en Huelva bajo una identidad falsa, ‘Mayor William Martin’, su doble fantasmal y heroico, cuya aparición flotando en aguas del Golfo de Cádiz cambió el curso de la guerra consiguiendo salvar algunas vidas.

Título original: Operation Mincemeat

Año: 2021

Duración: 128 min.

País: Reino Unido

Dirección: John Madden

Guion: Michelle Ashford. Bas.Ben Macintyre

Música: Thomas Newman

Fotografía: Sebastian Blenkov

Reparto: Colin Firth, Matthew Macfadyen, Kelly MacDonald, Penelope Wilton, Jason Isaacs, Mark Gatiss, Johnny Flynn, Hattie Morahan, Simon Russell Beale, Paul Ritter, Lorne MacFadyen, Pedro Casablanc, Markus von Lingen...

Productora: Coproducción Reino Unido-Estados Unidos; See-Saw Films, Cohen Media Group, Filmnation Entertainment, Archery Pictures. 

Distribuidora: Warner Bros.

Género: Histórico. Bélico. Drama basado en hechos reales. II Guerra Mundial. Espionaje. 

UN NUEVO MUNDO

Acostumbrados a ver retratadas las penurias de la clase obrera en el cine social del director británico Ken Loach y de otros cineastas europeos, como el finlandés Aki Kaurismäki, el italiano Nanni Moretti o el francés Robert Guédiguian, resulta una interesante novedad ver una película sobre las disfunciones del mundo laboral en la que no se pone el foco en la problemática del trabajador (aunque esta se infiera de la trama, como inevitable daño colateral), sino en el elevado coste personal y familiar, y en el constante dilema ético al que se ven abocados muchos de los altos ejecutivos de las grandes corporaciones empresariales y plantas de producción industrial, sometidas a las dinámicas y exigencias deshumanizadoras de una economía de mercado globalizada, en la que los beneficios e índices de producción son siempre mejorables y el capital humano cada vez más prescindible.

Con un título que abraza la utopía, como quien se aferra a un salvavidas en medio de un naufragio moral, la francesa “Un nuevo mundo” (“Un autre monde”) nos cuenta la vida de Philippe Lesmele, Director General de una de las plantas francesas de fabricación de componentes para electrodomésticos del Grupo Elsonn, cuyo control accionarial pertenece ahora a una multinacional estadounidense que se juega los cuartos en Wall Street. Un honesto hombre de empresa, cercano a la edad de jubilación, cansado y atormentado por su propia mala conciencia, excepcionalmente interpretado por el actor Vincent Lindon (a quien los menos cinéfilos recordarán por haber engrosado la lista de amantes de Carolina de Mónaco), en la que es ya su quinta colaboración con el director galo Stéphane Brizé, y que en poco o en nada se asemeja a la caricatura de “El buen patrón”, tirano y paternalista, de Fernando León de Aranoa, más allá de que ambos directores hayan tenido la ocurrencia de fijarse en quien ejerce responsabilidades de mando.

Tras pasear su cámara por las oficinas de desempleo en “La ley de mercado” (2015) para retratar la dura realidad de un parado en la cincuentena obligado a aceptar cualquier oferta de trabajo, a cual más precarias y ruinosas; y de mostrarnos los entresijos de la lucha sindical en la fabril “En guerra” (2018), Brizé ha querido poner broche de oro a su aclamada “trilogía del mundo laboral” recurriendo nuevamente a su actor fetiche en este realista y austero largometraje en el que advierte acerca de la feroz deriva deshumanizante del capitalismo y de lo que se cuece “al más alto nivel”, en las juntas directivas de los grandes consorcios industriales o empresariales, comandados por ejecutivos de éxito a los que, para llegar a serlo, se les exige convertirse en hombres y mujeres sin alma, que no tengan el menor reparo o escrúpulo a la hora de prescindir, sobornar, chantajear y exigir de sus subalternos lealtades y comportamientos que atentan contra los más elementales principios de la integridad y la decencia, si con ello consiguen mantener contentos a sus jefes superiores y satisfacer a los avariciosos accionistas, en la confianza de que sabrán recompensarles generosamente por los servicios prestados.

Para hacer la película el propio director y su coguionista, Olivier Gorce, se entrevistaron con varios ejecutivos y mandos empresariales intermedios a los que cada vez se les hace más cuesta arriba cumplir con las instrucciones que les llegan de instancias superiores. «Ya no se les pide que piensen, solo que sigan órdenes», advertía el cineasta galo durante la promoción de la película, cuya intención ha sido «mostrar las consecuencias del trabajo de los que están considerados los tenientes primeros de sus empresas, pero que en realidad no son sino personas que se encuentran entre la espada y la pared».

Philippe Lesmele (Lindon) es uno de esos «comandantes» de la alta gerencia, cuya obediencia y lealtad a la firma se ha puesto a prueba durante años, a cambio de una sustanciosa remuneración acorde al cargo que ostenta.

Cuando le conocemos, está en el despacho de un abogado matrimonialista discutiendo los términos del divorcio con su esposa Anne (Sandrine Kiberlain, su expareja en la vida real), quien ya no soporta vivir con un marido y un padre ausentes. Tras varias décadas de matrimonio, en los tres últimos años solo han pasado seis fines de semana juntos debido a la adicción al trabajo de Philippe, tal como le reprocha Anne en una escena de gran realismo donde la tensión, las acusaciones, el resentimiento y las lágrimas van en aumento, rubricando el fracaso de un proyecto personal y familiar en el que se embarcaron siendo una pareja de jóvenes enamorados y que parece haber naufragado a pesar de ambos, por los sacrificios que ha requerido asegurar el bienestar material de la familia.

Pero este no es el único problema al que debe hacer frente el protagonista. La oficina central del grupo, con sede en Estados Unidos, acaba de exigir una reducción de gastos en las operaciones europeas y los jefazos franceses, encabezados por la implacable y arribista Claire Bonnet-Guérin (Marie Drucker), CEO de la compañía, y su lugarteniente y correveidile -siempre tiene que haber uno- Guillaume Draux, anuncian a los directores generales la necesidad de implementar de forma urgente un nuevo plan de despidos para ser más competitivos. “Alemania ya lo ha conseguido”, les dicen en tono ejemplarizante, exigiéndoles mayor valentía y determinación para prescindir de 58 trabajadores en cada una de sus plantas. O de lo contrario, ellos mismos pueden llegar a ser sustituidos por otros a los que no les tiemble el pulso al tener que obedecer órdenes.

Algo que, de hecho, les ocurrió a muchos de los ejecutivos con los que Brizé y Gorce hablaron para escribir el guión, quienes perdieron sus puestos de trabajo pese a tener grandes capacidades intelectuales y de liderazgo y de acatar órdenes sin rechistar durante años, por atreverse a cuestionar la idoneidad o poner reparos en llevar a cabo algunas de las reformas que se les pedían.

Es la perversa (y un tanto mafiosa) lógica del neocapitalismo liberal, basado en las jerarquías de poder y en una extracción insaciable de dividendos, que hace que se comporte como un moderno Saturno que devora sin miramiento a sus hijos. Como escribía Sergi Sánchez en La Razón: “en la pirámide invertida de la voracidad laboral, los cargos intermedios, que para unos son altas esferas y para otros peones con cuentas que cuadrar, sufren tanto como los obreros de a pie, pero con un millón de euros de patrimonio”.

En este sentido, aparentemente la película trasciende el discurso clásico de la lucha de clases, para abordar la cuestión desde un punto de vista postmarxista, más transversal, en el que todos estamos atrapados en la misma tela de araña, tejida por los intereses de quienes detentan en último término el capital, que no son los empleadores ni obviamente los trabajadores, sino los accionistas que exigen cada vez mayores beneficios.

“Tanto el dueño de los medios de producción (o empresario) como el empleado (o proletario), que sólo dispone de su fuerza de trabajo, viven sujetos a un mismo mecanismo exactamente igual de alienante, nocivo y hasta subyugante. Ni tan buenos unos ni tan malos los otros. Nadie escapa a la lógica perversa del afán de consumo. Todos somos esclavos de nuestro deseo de ser amos”, dice Luis Martínez en El Mundo. La única diferencia estriba en que, en esa carrera, hay quien considera ya que todo vale y quien aún se mantiene firme en la creencia de que el fin no justifica los medios, aunque cada vez sean menos quienes se rijan por un criterio moral.

En el caso de Philippe, las cuentas no salen, tal como le hace ver su concienzudo Jefe de Operaciones (y hombre de confianza), Olivier Lefébre (Olivier Lemaire). Aunque en principio se logre reducir gastos con un ERE, prescindir de tal número de empleados, eliminando de la ecuación a los de mayor antigüedad -y experiencia- o a los de aparente menor utilidad con un baremo de rendimiento puramente contable, no sólo causará un gran conflicto sindical inminente, sino que atenta contra la calidad de la producción, amenazando con hacer insoportables las condiciones de trabajo de los demás operarios, lo que a larga terminará afectando al negocio.

Abatido y acorralado por la presión a la que está sometido por parte de sus superiores que lo ponen en disparadero obligándole a tomar una decisión con la que él mismo no está de acuerdo y temiendo una rebelión en su plantilla, Lesmele trabaja con tesón esforzándose por encontrar una alternativa al reto planteado, para lo cual le vemos leyendo y redactando informes repletos de hojas de cálculo. Su semblante taciturno, anudándose la corbata cada mañana, haciendo ejercicio en el gimnasio, al volante de su Volvo o presenciando resignado cómo su mujer enseña a unos posibles compradores su casa, la suya es la viva imagen de la desolación, hasta que la película le ofrece una posibilidad de redención, cuando su hijo Lucas (Anthony Bajon), diagnosticado de TEA, sufre una crisis nerviosa, lo que le obliga a dejar a un lado los problemas de la oficina, para centrarse en el drama familiar.

Especialmente desconcertante y dolorosa resulta la visita que ambos padres hacen a su hijo en el hospital psiquiátrico en el que debe permanecer ingresado, donde se nos muestra al chico haciendo cálculos y elaborando gráficos de manera obsesiva, en base a medidas absurdas, como un espejo enfermizo del trabajo de su padre. O su delirio de creerse una joven promesa de la informática, a quien el mismísimo Mark Zuckerberg estaría interesado en contratar para Facebook.

Pero, curiosamente, es en ese paréntesis en el que Philippe entiende que debe atender y priorizar la salud de su hijo, donde él mismo encuentra la inspiración emocional y el respiro necesario que le permite dar con una solución que considera equitativa y beneficiosa para todas las partes implicadas y que pasa porque los altos ejecutivos de Elsonn estén dispuestos a dejar de cobrar durante un tiempo sus sustanciosas dietas y bonus, a fin de ahorrarle dinero a la empresa para que esta no tenga que despedir a más trabajadores.

La respuesta que recibe de la CEO del grupo y de los otros directores de planta pone de relieve hasta qué punto el cáncer de la ambición personal y el “sálvese quien pueda” ha llegado hasta los huesos de esta sociedad cada vez más despiadada, en la que valores como la lealtad y la generosidad, o conceptos como el éxito y la competitividad han sido convenientemente adulterados o desterrados, haciendo que el trabajo sea para muchos hoy un sucedáneo de la propia vida, convertida en una lucha enfermiza por mantenerse a flote cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

Título original: Un autre monde 

Año: 2021

Duración: 96 min.

País: Francia

Dirección: Stéphane Brizé

Guion: Stéphane Brizé, Olivier Gorce

Música: Camille Rocailleux

Fotografía: Eric Dumont

Reparto: Vincent Lindon, Sandrine Kiberlain, Anthony Bajon, Marie Drucker, Olivier Lemaire, Guillaume Draux, Christophe Rossignon, Sarah Laurent, Joyce Bibring, Olivier Beaudet, Didier Bille, Valérie Lamond, Mehdi Bouzaïda...

Productora: Nord-Ouest Films, France 3 Cinéma, Canal+, Ciné+, SofiTVciné 7, Cinéventure

Género: Drama | Trabajo/empleo

MUNICH EN VISPERAS DE UNA GUERRA

Aunque produzca cierta desazón ver esta película a la luz de los acontecimientos actuales, “Munich en vísperas de una guerra” («The edge of war») debería ser de obligado visionado para todas aquellas personas que se sientan concernidas por la forma en la que se dirimen los conflictos en clave de política y geoestrategia internacional.

Y ello porque la Historia es un reservorio de sabiduría que merece ser consultado periódicamente -máxime ahora, cuando vuelven a sonar tambores de guerra en la vieja Europa- pues de ella no solo pueden deducirse muchas de las dificultades y resistencias (la mayoría de carácter propagandista) a las que debe enfrentarse la diplomacia en sus afanes de apaciguar los ánimos belicistas de ciertos líderes narcisistas e inescrupulosos, sino también porque permite extraer una valiosa lección acerca de las ventajas que el pragmatismo, la prudencia, la templanza y el sentido de la oportunidad de insignes mandatarios (no siempre justamente juzgados por quienes la escriben) han ofrecido al mundo civilizado, desde un punto de vista estratégico, en momentos aciagos de su historia.

Un ejemplo de ello fue el llamado Acuerdo de Munich, alcanzado in extremis por el entonces primer ministro de las islas británicas, Neville Chamberlain, y su homólogo francés, Édouard Daladier, con Adolf Hitler, apenas días antes de que el Führer cumpliera su amenaza de invadir la antigua Checoslovaquia.

Aunque los límites impuestos en dicho tratado no fueran suficientes para evitar su expansionismo feroz y a la larga el líder del III Reich diera rienda suelta a su afán de conquista provocando el estallido de la Segunda Guerra Mundial al invadir Polonia, el documento firmado por los tres dignatarios en setiembre de 1938, con la presencia de Benito Mussolini como mediador, y que habilitó al ejército nazi a avanzar sobre una pequeña zona de Checoslovaquia, como mal menor, conocida como cordillera de los Sudetes y en la que la mayoría de su población era de habla alemana, permitió a las fuerzas aliadas ganar algo de tiempo para prepararse para la contienda, logrando -si no evitar- al menos postergar el conflicto armado que estallaría finalmente un año más tarde.

Esa es la historia que se cuenta en esta entretenida película, cuyo guion está basado en el superventas homónimo escrito por el reconocido novelista Robert Harris, quien se ha hecho célebre por escribir novelas de ficción a partir de hechos históricos (especialmente de la Segunda Guerra Mundial) dando pie a adaptaciones cinematográficas de una gran factura, como “El Escritor” (“The Ghost Writer”, 2010) y “El Oficial y el Espía” (“J’accuse”, 2019), ambas dirigidas por Roman Polanski.

La traslación al cine de su última novela «Múnich”, publicada hace apenas cinco años, que lleva la firma del director alemán Christian Schwochow, no solo busca llevar a la pantalla el clima de máxima tensión que se vivió en la ciudad alemana, durante aquellos días en los que el representante del Gobierno de Su Majestad se esforzaba por alcanzar a contrarreloj un pacto con Hitler que consiguiera evitar la guerra y apaciguar el descontento de los alemanes, provocado por la crisis económica que siguió al Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial (algo que consigue mediante una historia ficcionada de diplomáticos espías que discurre en paralelo a los hechos por todos conocidos), sino que propone un punto de vista novedoso y ciertamente interesante sobre la figura del tristemente célebre Chamberlain, en una suerte de revisionismo histórico ligeramente apologético.

Con esa intención, el guion de Ben Power husmea entre las bambalinas de la Historia dejando al descubierto los tejemanejes de las altas esferas, mostrando los entresijos y hasta las tripas de los esfuerzos diplomáticos por evitar el conflicto armado, cuando el primer ministro de las islas británicas, dubitativo, pero bien intencionado, se las tiene que ver con un Hitler determinado, que aguarda el momento de hacer estallar la tormenta.

Introduciendo a dos personajes que nunca existieron en realidad: un diplomático inglés, Hugh Legat (George MacKay), y uno alemán, Paul von Hartmann (Jannis Niewöhner), quienes se reencuentran seis años después de estudiar juntos en Oxford y se alían para tratar de impedir que el primer ministro británico suscriba el polémico Acuerdo de Múnich, presentándole pruebas de cuáles eran los auténticos y malvados planes de expansión y exterminio de Hitler, Schwochow consigue esbozar un retrato de Chamberlain mucho más benévolo, favorecedor y menos crítico que el que suele aparecer en los libros de historia. Algo a lo que contribuye el gran trabajo de Jeremy Irons, quien lo encarna con tanta humanidad, inteligencia y corrección políticas que llega a redimir al personaje haciéndonos comprender la naturaleza de sus decisiones. En cambio, el Hitler al que da vida Ulrich Matthes no termina de resultar creíble. Su caracterización deja mucho que desear y a su interpretación le faltan fuerza y carisma.

Ambos mandatarios son el eje sobre el que se desarrolla la acción de esta cinta que, sin excesivas pretensiones creativas, pero con una sólida estructura narrativa, se sumerge en el gran acontecimiento que supuso la Conferencia de Múnich de 1938, y lo hace desde el punto de vista de los personajes secundarios, demostrando que al director le interesa tanto la historia con mayúsculas, como la de los ciudadanos de a pie que, con frecuencia, se ven arrollados por el curso de los acontecimientos.

En este caso, Hugh Legat y Paul von Hartmann, un inglés y un alemán, antiguos compañeros y amigos de universidad, cuyos destinos colisionan con la ascensión del nazismo, tendrán que decidir hasta qué punto se van a implicar para intentar torcer el rumbo de la historia o se dejarán llevar por los vientos de guerra.

La cinta funciona en este sentido como fiel retrato de una época, con un impecable diseño de producción, pero también logra mantener la intriga, cosa que tiene su mérito cuando todos sabemos cómo acabó aquello, poniendo en valor conceptos tan elevados como la amistad, el pacifismo y la responsabilidad personal, aun cuando seamos conscientes de que hay cosas que escapan a nuestro control (por mucho que inundemos las redes sociales con mensajes de #NoALaGuerra).

MacKay (conocido por su trabajo en la oscarizada «1917», de Sam Mendes) y Niewöhner se ajustan bien a sus papeles de jóvenes inconformistas en tiempos convulsos logrando que empaticemos con sus ideales, sus temores y hasta con sus errores. Especialmente en el caso del atormentado diplomático alemán, nunca lo suficientemente arrepentido de haberse dejado seducir por los cantos de sirena del nacionalsocialismo. Suya es una de las mejores, más crudas y revolucionarias frases de la película: “la esperanza es aguardar a que otro dé el paso, viviríamos muchísimo mejor sin ella”.

Munich – The Edge of War. (L to R) Jeremy Irons as Neville Chamberlain, George MacKay as Hugh Legat, in Munich – The Edge of War. Cr. Courtesy of Netflix © 2021
Título original: Munich: The Edge of War

Año: 2021

Duración: 123 min.

País: Reino Unido

Dirección: Christian Schwochow

Guion: Robert Harris, Ben Power

Música: Isobel Waller-Bridge

Fotografía: Frank Lamm

Reparto: George MacKay, Jannis Niewöhner, Jeremy Irons, Alex Jennings, Martin Wuttke, Ulrich Matthes, August Diehl, Robert Bathurst, Marc Limpach, Martin Kiefer, Sandra Hüller, Liv Lisa Fries, Pierre Bergman...

Productora: Turbine Studios, Netflix. 

Distribuidora: Netflix

Género: Thriller. Drama . Años 30. Espionaje . Nazismo . II Guerra Mundial

THE CROWN. CUARTA TEMPORADA

Recién he terminado de ver la cuarta temporada de «The Crown», ese gran portento narrativo con el que Netflix está consiguiendo que, incluso quienes nos declaramos radicalmente republicanos, empaticemos con la familia real británica, cual si de personajes de un cuento de Dickens se tratara, presentándola como un desdichado conjunto de seres humanos, que nacen, viven y mueren como auténticos rehenes de la institución monárquica, condenados a honrarla, representarla y perpetuarla incluso por encima de sí mismos y de su propia felicidad personal.

Hace poco leí un artículo en el que se nos advertía de que no nos dejásemos engañar por los guionistas de la serie pues, aún haciendo un repaso histórico de primer nivel, extraordinariamente bien documentado, los hechos que se exponen en ella están obviamente novelados, en beneficio de que cuente con todos los ingredientes que se supone debe tener un buen drama de ficción, que es lo que al final es «The Crown», en un sentido magistral, y no una lección de Historia en sentido literal, como si la Historia que se consagra en los libros y se cuenta en las escuelas estuviese libre de interesadas interpretaciones.

En todo caso, conviene tener en cuenta la advertencia pues, si bien es verdad que la serie traza un perfil psicológico algo retorcido de los miembros de la Casa de Windsor, describiéndolos como personas atormentadas, intelectualmente limitadas y emocionalmente castradas desde la cuna, egoístas, ególatras, adorados por su pueblo y, sin embargo, tan faltos de amor, fervientes devotos de su deber para con la Corona y el mantenimiento de la tradición de la que emanan sus privilegios (aunque en ocasiones se rebelen, como el príncipe Carlos, la princesa Ana o la princesa Margarita, movidos por los impulsos del corazón); no es menos cierto que al presentarlos así, exhibiendo todas esas bajas pasiones e indeseables impulsos y atributos, curiosamente consigue dulcificarlos bajo la apariencia de ser hombres y mujeres de carne y hueso, esencialmente humanos y, como tal perfectibles, capaces de lo mejor y lo peor, con grandes defectos y no menos grandes virtudes, singularmente en el caso de la reina Isabel, siempre emocionalmente contenida, pero no totalmente insensible o incapaz de amar, implacablemente dispuesta a sacrificar la felicidad de sus seres más próximos, incluso la de sus propios hijos, por el gran sentido del deber que rige su vida, como desde bien niña le enseñaron a hacer.

Lo verdaderamente curioso de «The Crown» es que, aún haciendo un retrato nada complaciente de la monarca, acabe imponiéndose el «God save the Queen» y el personaje de la reina resulte tan absurdamente anacrónico, como simpático o entrañable.

En esta cuarta temporada, su figura se mide con la de la Primera Ministra Margaret Thatcher (la primera mujer en acceder a ese cargo en el Reino Unido) y, como era de esperar tratándose de dos mujeres con tanto poder como ego, asistimos a una auténtica «pelea de gatas» de la que Lilibeth sale victoriosa. «En el ring, la reina ha fundido a la dama de hierro», se llega a decir en uno de los capítulos, otorgándole cierta heroicidad y evidente superioridad a la soberana británica frente a una Margaret Thatcher a quien se describe, en su ascenso y caída, como una mujer poliédrica y errática, sagaz e intransigente como Primera Ministra, trabajadora infatigable, madre complaciente y consentidora (sobre todo del hijo varón, de quien habla abiertamente como “su favorito”) que acaba saliendo de Downing Street con el rabo entre las piernas tras haber cosechado una legión de enemigos en sus propias filas y una medalla al mérito en el pecho, en un último acto de condescendiente generosidad de Su Graciosa Majestad.

Comparto, en ese sentido, el análisis de Carlos Boyero de que la serie le hace un gran favor a la Corona británica, cuya imagen es evidente que sale favorecida y fortalecida de la misma. Sin embargo, no creo que sea algo premeditado ni que responda a una estrategia de marketing preconcebida desde el Palacio de Buckingham, sino simplemente el resultado de lo que el gran público ha decidido que sea digno de admiración hoy. Como el contenido y nivel de seguimiento de las redes sociales se encarga de demostrar, la imperfección humana, el presentarnos ante la audiencia en toda nuestra vulnerable esencia, adornados tanto con nuestras reales o impostadas virtudes, como con nuestros más inconfesables defectos, ridículos, absurdos, debilidades y contradicciones, es un «must» en los tiempos que corren y «The Crown» hace justamente eso con la familia real británica. Exhibirlos en toda su adorable, descarnada, temible, monstruosa y poco ejemplar humanidad.

FICHA TÉCNICA:
 
Título original: The Crown (TV Series)

Año: 2016

Duración: 6 Temporadas. Episodios 60 min.

País: Reino Unido

Dirección: Peter Morgan (Creador), Stephen Daldry, Philip Martin, Julian Jarrold, Benjamin Caron

Guión: Peter Morgan, Tom Edge, James Graham

Música: Rupert Gregson-Williams

Fotografía: Adriano Goldman, Ole Bratt Birkeland

Reparto:
Claire Foy, Matt Smith, John Lithgow, Olivia Colman, Vanessa Kirby, Tobias Menzies, Josh O'Connor, Emma Corrin, Helena Bonham Carter, Gillian Anderson, Imelda Staunton, Elizabeth Debicki, Dominic West, Jonathan Pryce, Lesley Manville, Victoria Hamilton, Ben Miles, Jared Harris, Jeremy Northam, Alex Jennings, Eileen Atkins, Charles Dance, Pip Torrens, Marion Bailey, Harriet Walter, Lia Williams, Greg Wise, Harry Hadden-Paton, Andy Sanderson, Michael Culkin, Nicholas Rowe, Simon Chandler, Stephen Dillane, Clive Francis, Patrick Ryecart, Paul Sheridan, David Shields, Kate Phillips, Derek Jacobi, Geraldine Chaplin, Matthew Goode, Daniel Ings, Beau Gadsdon, Michael C. Hall, Jodi Balfour, Ben Daniels, David Rintoul, Jason Watkins, Tom Burke

Productora:
Netflix, Left Bank Pictures, Sony Pictures Television International

Género: Serie de TV. Drama | Histórico. Biográfico. Política