SIN NOVEDAD EN EL FRENTE

Erich Maria Remarque (1898-1970) es un escritor de culto en Alemania y su novela autobiográfica, “Sin novedad en el frente Occidental” (Im Westen nichts Neues) la más célebre de toda su producción literaria. El fuerte espíritu antibelicista que anida en la historia del soldado Paul Bäumer a su paso por las embarradas trincheras del frente occidental en Flandes es el reflejo de su propio paso por la guerra a los 19 años que le marcó profundamente. Una obra que le valió la repulsa de los nacionalsocialistas que quemaron ejemplares de su libro, considerado antipatriótico, en las piras purificadoras de la “acción contra el espíritu anti-alemán” encendidas en la Plaza de la Opera de Berlín, en 1933. Para entonces Remarque ya vivía en Estados Unidos, concretamente en California, donde cultivó la amistad de otros alemanes errantes, como Bertolt Brecht y Marlene Dietrich. Aunque su hermana pequeña, Elfriede, fue ejecutada por los nazis en 1943, acusada de «declaraciones derrotistas».

Dos años más tarde, tras la victoria de las fuerzas aliadas, Remarque fue reivindicado con honores en su país y su novela es de lectura obligada hoy en muchas escuelas de Alemania. Por lo que sorprende que hasta ahora solo existieran versiones cinematográficas de la misma en inglés. La primera de ellas, “All Quiet on the Western Front” dirigida por el estadounidense Lewis Milestone, ganó el Oscar a Mejor Película y Mejor Dirección en 1930 y es, de lejos, una de las películas de guerra más brutales de la historia. Más de medio siglo antes de que Spielberg rodara la épica escena del desembarco de Normandía en “Salvad al soldado Ryan”, Milestone ya había filmado la masacre indiscriminada, la destrucción psíquica que provocan los bombardeos, los cuerpos descuartizados por las explosiones o el carácter imprevisible de la muerte que puede llegar de cualquier lado, en cualquier momento (la escena en la que un pequeño grupo de reclutas espera en un refugio a que termine el ataque enemigo es bastante más larga e impactante en la versión de 1930 que en esta última: lo que aquí se resuelve con un temblor de cámara y un desparrame de miembros mutilados, la original lo consigue ralentizando el tempo narrativo, para mostrarnos los gestos enloquecidos de los soldados, que tartamudean o se mueven erráticamente en medio del caos).

La versión que Edward Berger ha rodado ahora para Netflix (la primera en alemán) del libro de Remarque podría enmarcarse dentro de una tendencia del cine germano a revisar febrilmente la historia para intentar redimir su oscuro papel en ella, como se desprende de las propias palabras de su director a pocos días de su estreno en la plataforma: «Dado que yo crecí en Alemania, un país en el que las historias de guerra no hablan de orgullo y honor, sino de culpa, vergüenza y responsabilidad frente a la historia, es natural que esta versión de Sin novedad en el frente sea totalmente distinta de las precedentes, hechas en Estados Unidos y en Inglaterra”, señalaba Berger tirando con bala al afirmar que, en las películas de guerra made in USA, se podía matar a un alemán, porque representan el mal. Mientras que, en las alemanas, «cada muerte es mala”.

Siete Premios Bafta y nueve nominaciones al Oscar en las categorías de: Mejor Película, Mejor Película Extranjera, Cámara, Sonido, Mejor Guion Adaptado, Música, Escenografía y Maquillaje, avalan a este largometraje y, si finalmente logra hacerse con la tan codiciada estatuilla de la Academia de Hollywood, sería sin duda un triunfo merecido. Pues estamos ante una producción cinematográfica excepcional que, aunque se permite no pocas licencias en relación al argumento original, consigue con creces su objetivo, que no es otro sino el de alertarnos del sinsentido de la guerra mostrándonos, en toda su crudeza, los horrores que causa. El hambre, la muerte y la destrucción en primer término y la absoluta degradación de la condición humana, en un plano más profundo y existencialista.

El cineasta alemán construye un formidable alegato antibelicista que duele por su realismo, no sólo a un nivel físico, al recurrir a cruentas escenas de lucha cuerpo a cuerpo, sangrientas mutilaciones y ajusticiamientos que algunos consideran rayanas en el cine gore, sino -sobre todo- a un nivel emocional, al mostrarnos cómo la guerra transforma al hombre en un ser bárbaro y primitivo, capaz de cometer cualquier atrocidad respondiendo a un instinto básico de supervivencia.

En una de sus primeras escenas vemos un campo nevado cubierto por cuerpos de soldados muertos, malheridos y mutilados. No sabemos sus nacionalidades, ni sus motivaciones; tampoco sus identidades. Son solo cuerpos inertes que tiñen de rojo la nieve. En segundos, una nueva ráfaga de balas y explosiones sacuden el lugar rematando a los que aún siguen con vida. Con una fotografía y un despliegue de efectos especiales de primer nivel, Berger hace que nos arrastremos por las trincheras embarradas, que sintamos el estallido atronador de la metralla y el olor a muerte, a podredumbre y a suciedad acechándonos, sin darnos un respiro, para hacer que nos sintamos tan angustiados y a disgusto como los propios personajes de su película. El peligro y el miedo constante se refleja en sus rostros. Especialmente en el de Paul Bäumer (interpretado por el actor austriaco Felix Kammerer), un joven de 18 años que decide alegremente ir a luchar al frente occidental junto a sus compañeros de escuela, en un arranque de entusiasmo patriótico. Para ellos la guerra es un juego, una absurda fantasía de heroicidad alimentada por la falta de información veraz sobre lo que realmente significa luchar para matar y para que no te maten. Por eso sonríen, despreocupados y felices, a la hora de alistarse. Lo hacen orgullosos y eufóricos. Están listos para pelear “por el Kaiser, por Dios y por la patria”, sin percatarse de que los uniformes que reciben son los de sus camaradas muertos. Pero los integrantes de esa ‘juventud de hierro alemana’ no conocen la terrible realidad que están a punto de enfrentar. Una realidad terrorífica y sangrienta que les golpea con fuerza nada más llegar al campo de batalla y de la que ya no podrán escapar ni vivos ni muertos.

«El joven Paul Bäumer partió entusiasmado a la guerra. Pero rápidamente comprendió que todo lo que había aprendido como niño socializado en Alemania no tenía valor alguno en el lodo de la contienda. Se transformó en una máquina de matar”, afirmaba el propio Berger explicando la transformación que sufre el personaje que, de recluta entusiasta, pasa a ser un soldado traumatizado de por vida porque “en la guerra, si uno no pierde la vida, pierde su alma”, decía.

En ese proceso de paulatina deshumanización, resultan enternecedores algunos detalles que el guion incorpora, como la soledad de los jóvenes soldados que añoran la compañía femenina, sublimada en un pañuelo fetiche, recuerdo de un apresurado escarceo con una prostituta, que es atesorado por los miembros del batallón como si de un tesoro se tratase, o una imagen de mujer en un pedazo de papel arrancado de un cartel publicitario con la que un recluta dialoga como si fuera su novia; o la relación paterno filial que se establece entre los soldados más novatos y más veteranos, como la de Paul y Stanis (Albrecht Schuch) que le enseña a robar gallinas y ocas colándose en granjas ajenas, y la sensación de desamparo y orfandad cuando este muere de manera absurda a pocas horas de declararse el final de la guerra.

Y es que, en paralelo a la historia principal, Berger abre una serie de subtramas que no existen en el libro original para contarnos, por ejemplo, la historia de Matthias Erzberger (Daniel Brühl), cuyo hijo falleció en los primeros meses de la guerra. Desde entonces, el propósito de este escritor y político alemán fue el de detener el conflicto, consciente de que cada día que pasara, la masacre seguía creciendo. Erzberger es el encargado diplomático de negociar con las potencias aliadas un armisticio digno para su país, aunque éstas fueron inflexibles exigiendo la rendición total del ejército alemán e imponiendo una serie de medidas muy severas en el Tratado de Versalles que, años más tarde, fueron la gasolina que emplearon los nazis para justificar sus acciones criminales desatando una nueva conflagración a escala mundial.

El saldo en términos de vidas humanas fue que, entre 1914 y 1918, más de 17 millones de personas murieron por la conquista de apenas unos cientos de metros en Flandes. Algo que por desgracia sigue pasando en la actualidad. Porque si existe un animal en este mundo que no para de tropezar en la misma piedra es el ser humano. Lo que hace que, para Berger, un siglo después, «el tema sea más actual que nunca, en tiempos de creciente populismo y nacionalismo”.

En una entrevista concedida a finales de enero, el cineasta alemán contaba que, cuando comenzó a versionar el libro de Remarque, lo inquietaban algunos fenómenos políticos que se estaban produciendo en Europa y en el mundo, como el avance de la extrema derecha. Ahora nuestra principal inquietud se llaman Rusia y Ucrania. «Sentí que era el momento de hacer una película que nos recordase que la situación previa a la Primera Guerra Mundial quizás no era tan diferente, que hemos vuelto a donde ya estuvimos, aunque pensáramos que esos tiempos jamás volverían”, aseguraba.

El resultado es un largometraje de impecable factura que más que una película es una advertencia, un alegato pacifista y una crítica sin paliativos a la guerra. Todo lo que en ella se muestra es cruento y brutal. No solo las muertes y la destrucción sin sentido, sino también la utilización de los soldados como carne de cañón por parte de sus superiores y de los dirigentes políticos que juegan con el destino de sus compatriotas como si fueran piezas en un tablero de ajedrez porque su intención principal es sacudir conciencias.

Título original: Im Westen nichts Neue 

Año: 2022

Duración: 147 min.

País: Alemania

Dirección: Edward Berger

Guion: Lesley Paterson, Ian Stokell, Edward Berger. Novela: Erich Maria Remarque

Música: Volker Bertelmann

Fotografía: James Friend

Reparto: Felix Kammerer, Albrecht Schuch, Aaron Hilmer, Moritz Klaus, Edin Hasanovic, Daniel Brühl, Sebastian Hülk, Adrian Grünewald, Devid Striesow, Thibault de Montalembert...

Compañías: Coproducción Alemania-Estados Unidos; Amusement Park Films, Rocket Science, Sliding Down Rainbows Entertainment. Netflix

Género: Bélico. Acción. Drama. Ejército. I Guerra Mundial. Remake. Años 1910-1919

LIVING

Hay películas que no podrían ser lo que son si su protagonista fuera otro. Le ocurre a “Living”, de Oliver Hermanus, sencillo y discreto remake del “Ikiru” (Vivir), de Akira Kurosawa (una de las películas más bellas y sutiles de la historia del cine). Protagonizada por el extraordinario actor británico Bill Nighy (“Love Actually”), quien da vida al señor Williams, un viejo funcionario que dirige un pequeño departamento gubernamental consumido por el tedio de la burocracia, en la Londres de posguerra «Living» se mantiene fiel (quizá incluso en demasía) al que es uno de los más grandes clásicos del cine japonés, exhibiendo un tempo aletargado y recreándose en la belleza y la elegancia de la época en la que se sitúa su argumento que queda clara desde sus créditos iniciales, réplica exacta de los de las películas de los años cincuenta. Sólo que, en lugar de situarse en Japón, la historia ocurre en la city londinense.

Mr. Williams es un gentleman. Un caballero viudo, educado y taciturno, de aspecto pulcro y vida rutinaria, que habla poco y evita en lo posible mezclarse con sus subalternos, pese a que cada mañana toma puntualmente el mismo tren que ellos de camino al trabajo desde el extrarradio. La procesión matinal de trajes de raya diplomática, bombines y paraguas desde la estación es una de las imágenes más bellas y alegóricas de la película, similar a otras que hemos visto en otras, a la entrada de alguna fábrica o de la Bolsa de Wall Street, un rebaño impersonal de hombres y mujeres -mayormente hombres- dirigiéndose presuroso a su quehacer diario.

En la oficina del ministerio público, nuestro jefe de departamento ejecuta sus obligaciones casi en piloto automático, aplicando la ley del mínimo esfuerzo, una práctica que ha marcado impronta dentro del mismo y, a resultas de la cual, en sus escritorios se acumulan grandes pilas de expedientes sin resolver.

La incorporación al equipo de Mr. Wakeling (Alex Sharp), un joven funcionario idealista y dinámico, coincide con la solicitud presentada por un grupo de ciudadanas que intentan convertir el patio de vecindad de un viejo edificio bombardeado en un parque de recreo para los niños de la zona. Pero el señor Williams apenas presta atención al proyecto, postergándolo junto al resto de carpetas apiladas en su mesa de trabajo. Ese día debe acudir a una cita médica en la que recibe un diagnóstico terminal sin apenas pestañear. El médico le comunica que le quedan de seis a nueve meses de vida y, en ese instante, todos los remordimientos, los miedos y los asuntos pendientes de su vida entera asoman a sus ojos. Sin duda es uno de los grandes momentos de proeza actoral que el intérprete inglés ofrece en esta película que adolece hacia el final de cierto exceso de moralina cívica.

Aún en schok por la fatal noticia recibida, el señor Williams se plantea contárselo a su único hijo y a su nuera, con quienes convive, pero no encuentra ni las palabras adecuadas ni el momento oportuno, por lo que decide sacar todos sus ahorros del banco y dedicar sus últimos días a hacer lo que no ha hecho nunca: disfrutar de la vida. Para lo cual, contará con la compañía y la motivación de Margaret (Aimee Lou Wood, “Sex Education”), una de sus exempleadas, con la que se encuentra casualmente un día en la calle y de cuya vitalidad y jovialidad intentará contagiarse entablando una relación de sincera amistad que levanta sospechas por la notable diferencia de edad entre ambos, hasta encontrar un renovado propósito a los que dedicar sus últimos días: la puesta en marcha de ese proyecto de construcción de un parque de juegos infantil que había ignorado inicialmente.

Sin necesidad de una producción ostentosa ni de grandes alardes melodramáticos, Hermanus se dedica a replicar la obra de Kurosawa reguionizada por el escritor anglojaponés Kazuo Ishiguro, ganador del Premio Nobel de Literatura, mostrando la humanidad de cada personaje, para comunicar un mensaje esperanzador, solidario y bondadoso sobre la capacidad que tenemos los seres humanos de mejorar el mundo que nos ha tocado vivir, en el escaso tiempo que nos ha sido otorgado para ello. Algo que casa a la perfección con el espíritu de la época, en pleno fin de la Segunda Guerra Mundial, en la que la ciudadanía británica había dado su mejor versión alentada por su primer ministro Winston Churchill.

Partiendo de la crítica a las macroestructuras del sistema que nos encorsetan y logran asfixiar la iniciativa individual y colectiva, con su inhumano y monótono protocolo de funcionamiento, “Living” se propone aleccionarnos sobre el arte de vivir. Y ahí es donde Ishiguro incurre en cierto exceso de buenismo y moralina heredado de la obra original, con diálogos como el que mantienen sus subordinados, en el vagón de tren, acerca de las virtudes del señor Williams, prometiendo seguir su ejemplo, una vez de que éste ha fallecido; o el que sostiene Mr. Wakeling -el joven aprendiz a quien el veterano funcionario dirige una misiva póstuma, con toda clase de bienintencionadas recomendaciones- con un Bobby (policía de calle) que le cuenta haber visto a un hombre mayor balanceándose en un columpio del parque recién construido, hablando del señor Williams como si fuese un gran héroe local.

Ishiguro dota a su historia de una conmovedora melancolía en la que el tema de la muerte está tratado con gran sutileza, incluso con pequeños toques de humor que aligeran la carga emotiva. Pero en general la película resultaría algo insulsa, casi una mala copia del original, de no contar con Bill Nighy sentando cátedra. El actor inglés hace un trabajo excepcional comunicando las complejas emociones de este hombre que tiene los días contados mediante una actuación contenida y cargada de emotividad en su justa medida, que se centra en la vulnerabilidad del personaje. Pero si he de ofrecer una valoración global de “Living” pienso que Hermanus ha desaprovechado una ocasión única para revisitar el clásico japonés aportando una visión personal, menos dulcificada y más contemporánea, de ese “canto a la vida” que nos propone Kurosawa desde el espíritu de postguerra de los años 50.

Título original: Living

Año: 2022

Duración: 102 min.

País: Reino Unido

Dirección: Oliver Hermanus

Guion: Kazuo Ishiguro, Akira Kurosawa

Música: Emilie Levienaise-Farrouch

Fotografía: Jamie Ramsay

Reparto: Bill Nighy, Aimee Lou Wood, Tom Burke, Alex Sharp, Adrian Rawlins, Hubert Burton, Oliver Chris, Michael Cochrane, Anant Varman, Zoe Boyle...

Compañías: Coproducción Reino Unido-Suecia-Japón; Ingenious, Film4 Productions, Film I Väst, Filmgate Films, Kurosawa Production Co., Number 9 Films, County Hall, Lipsync Productions. Lionsgate UK

Género: Drama.Remake. Enfermedad. Años 50

CRUELLA

De la factoría Disney pueden decirse y se han dicho muchas cosas, no siempre elogiosas, referidas a su sesgo ideológico y a los modelos sociales que promueven sus clásicos animados. Sus haters son legión. Pero jamás nadie ha osado poner en duda su capacidad de entretenimiento ni su sentido del espectáculo, fruto de la mentalidad lúdica y visión comercial que distinguieron a su creador, Walt Disney, y que se ha mantenido como sello de la casa en sus casi cien años de historia.

Producto de esa eficaz e innovadora manera de hacer las cosas es “Cruella”. Una película de gran impacto visual, cuyo calculado espíritu transgresor (algunos la han descrito como “la película más anti-Disney de Disney”) y exquisito sentido de la estética precede a cualquier otra valoración que pueda hacerse referida a la, no menos notable, calidad de su argumento o de sus interpretaciones.

Y es que, si algo destaca en esta precuela sui géneris, que se inventa una efectiva y efectista motivación para el origen de la malvada protagonista de “101 dálmatas” (el legendario personaje creado hace sesenta años por Dodie Smith y a quien ya encarnara Glenn Close, desde un punto de vista más caricaturesco y menos innovador, en un primer intento de dar vida al personaje de dibujos animados en 1996), es el enorme acierto de saber combinar belleza y maldad, mediante una delirante y audaz dirección de arte que se nutre de variadas referencias, teniendo como telón de fondo el movimiento contracultural que surgió en el mundo anglosajón a mediados de los años 70.

Dirigida por Craig Gillespie (“I, Tonya”) y producida por la propia Glenn Close, Kristin Burr, Andrew Gunn, Aline Brosh MacKenna y Marc E. Platt, el nuevo live action de Disney es una amalgama casi perfecta que comprende tanto el diseño de maquillaje y vestuario (gloriosa recreación de la estética punk, a cargo de Jenny Beavan, ganadora del Oscar en 2015, por “Mad Max: Furia en la carretera”), como una enérgica banda sonora que rescata y versiona algunos de los más célebres e inolvidables temas de las mejores bandas de rock y garage rock de esa década, para ponerlos al servicio de la consecución del clímax narrativo. Desde “Should I Stay or Should I Go” de The Clash, “Come Together” en la versión de Ike y Tina Turner o el «Feeling good» de Nina Simone; hasta algunos de los grandes éxitos de bandas como Supertrump, The Doors, Bee Gees, Queen, o Sex Pistols, a la que se rinde culto también mediante el maquillaje, en una escena en la que Cruella lleva un antifaz, a modo de stencil, donde puede leerse «The Future«, escrito con la tipografía de la banda.

Y es que, aunque a veces no sepamos si se trata de copias, homenajes o préstamos, “Cruella” bebe de manera desacomplejada de diversas fuentes de inspiración. Hay escenas que parecen directamente extraídas de “El diablo viste de Prada” (2006) (incluso el personaje de la Baronesa, que interpreta de manera sublime Emma Thompson, se asemeja al de Meryl Streep) y, por más que sus creadores huyan de la comparativa, resulta imposible no asociar la triste historia de la pequeña Estela y la razón de ser de su conflictivo alter ego, con la del «Joker» (2019) y los oscuros fantasmas y dramas familiares que estaban en la génesis de su comportamiento sociópata, en esta nueva tendencia de empatizar con el villano, una vez transformado en un ser de carne y hueso, en un intento de comprender sus actos criminales apelando a las circunstancias de su pasado.

Pero, más allá de la consistencia dramática de su argumento y, aunque suene paradójico, el envoltorio es sin duda el alma de esta nueva película, en la que se habla sobre todo de moda, de contracultura, de anarquía, transgresión y provocación estética, rindiendo culto a quienes lo hicieron mucho antes, como el incomparable John Galliano o la legendaria Vivienne Westwood y su célebre boutique “Sex”, grandes mitos del movimiento punk que estuvo en boga en los Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia y que impregna por completo el espíritu de “Cruella”, cuya acción se sitúa -no de manera casual- en el Londres de los años setenta.  

Desde niña, la pequeña Estela (Emma Stone) siente una pulsión natural por trasgredir las normas. Creativa y rebelde, con un talento para el diseño tan innato como su capacidad de meterse en problemas, marcada desde su nacimiento por una singularidad física (mitad del pelo blanco mitad negro) que le hace ser objeto de bulling, la pequeña vive con su madre (Emily Beecham), una mujer discreta y bondadosa que intenta hacer de ella “una persona de bien”. Sin embargo, las cosas se ponen difíciles cuando la niña es expulsada del estricto colegio privado al que acude y ambas ponen rumbo a la capital, para cumplir su sueño de convertirse en una famosa diseñadora de moda.

Catherine, la madre de Estela, decide hacer una parada a mediocamino para visitar y pedir ayuda a “una vieja amiga” que resultará ser la famosa y todopoderosa Baronesa Von Hellman (Emma Thompson), una mujer tan elegante como ególatra y desalmada, que utiliza y explota a cuantos tiene alrededor para brillar en exclusiva en el competitivo mundo de la moda, quien ofrece esa noche una de sus célebres galas para presentar una de sus exitosas colecciones.

Pero las circunstancias se tuercen y la madre de Estela fallece al caer por un acantilado acosada por los tres dálmatas de la Baronesa, por lo que la niña -que contempla la escena con horror y se culpa de su muerte- llegará finalmente huérfana a Londres, donde entablará relación con dos ladronzuelos que se convertirán en su nueva familia.

Sobreviviendo a base de pequeños hurtos y atracos de poca monta, Estela se conforma con desarrollar su vocación inventándose y cosiendo disfraces para esas peculiares “performances”, hasta que un día entra a trabajar como limpiadora en Liberty y, harta de que el encargado pase de ella sin darle la oportunidad de demostrar de lo que es capaz, permite que el espíritu anárquico y vengativo de su alter ego, Cruella -a quien había estado reprimiendo todos estos años como promesa póstuma a su difunta madre- aflore de nuevo en ella, vandalizando un escaparate, una noche en que está sola y borracha en el interior de los legendarios almacenes londinenses.

Es así como aquella niña que soñaba con el glamour, el brillo y la elegancia del mundo de la alta costura, logra penetrar en él de la mano de la Baronesa quien, sorprendida de su talento y audacia, la contrata como aprendiz, sin sospechar de quién se trata.

Pronto, Estela pasará de la admiración a la decepción con respecto a su mentora, quien no solo abusa del personal a su servicio tratándolo con un gran desprecio y arrogancia, sino que se adjudica la gloria por el trabajo y el ingenio ajenos; y de la decepción al odio, al descubrir que fue la verdadera causante de la muerte de su madre.

Desde ese momento, Estela-Cruella se enfrentará a su némesis en una guerra sin cuartel que da lugar a escenas memorables, como el gran happening de su aparición dentro de un camión de la basura, con un vestido de larga cola confeccionada con todas las creaciones de su rival o la apoteósica venganza del vestido adornado con cientos de larvas de polilla en su interior.

Cada gala, desfile o alfombra roja se convierte en un campo de batalla en el que ofrecer la mejor performance, la más rompedora versión de sí misma, con ayuda de sus leales amigos Jasper (Joel Fry) y Horacio (Paul Walter Hauser), de su antigua compañera y protegida en el colegio, Anita Darling (Kirby Howell-Baptiste), quien ahora ejerce convenientemente como reportera de moda en un periódico local que multiplica el impacto de sus apariciones y agranda su fama e influencia, hasta convertir a Cruella en un ícono punk/new wave que llega para destruir el orden establecido con su diseño innovador, y de un peculiar personaje, Artie (John McCrea), dueño de un local de ropa de segunda mano que encarna la vanguardia y la diversidad sexual, y en cuya estética algunos han querido ver un homenaje a David Bowie, quien ayuda a Cruella en el diseño y confección de su impactante indumentaria.

En total, se han confeccionado 277 extravagantes trajes para esta película, un auténtico festín visual para quienes aman la moda. Pero, frente a los que se basan en esta clase de detalles, para acusarla de ser un producto superficial, efectista y grandilocuente, es necesario poner en valor algunas de las infrecuentes virtudes que adornan a esta superproducción, cuya fórmula, para empezar, no funcionaría sin el aporte decisivo de la brutal actuación de sus dos protagonistas.

Stone y Thompson, las dos Emmas, hacen un trabajo sobresaliente, superando todas las expectativas que, en su caso, dado su probado talento y trayectoria, no podían ser sino las más exigentes.

Aunque muy lejos de la maniática y desquiciada amante de las pieles de “101 dálmatas” (los tiempos son otros y los animalistas no verían con buenos ojos eso de sacrificar a unos inocentes perrillos para hacerse un abrigo con sus manchas), Emma Stone es, sin embargo, una perfecta Cruella de Vil. Su transformación física y emocional, al pasar de la dulce Estela a la vengativa Cruella, es tan precisa en su ejecución que confiere una nueva alma al personaje de dibujos animados. Vanidosa, salvaje, indómita, con ese punto de excentricidad y de locura que caracteriza a las grandes supervillanas, pero también con un toque depresivo, de torpeza y de ternura que la hace ser un personaje empático y la mantiene en el rol de heroína frente a su oponente (la otra Emma) que es, en este caso, la auténtica malvada.

Thompson, por su parte, brilla con luz propia y se ve que disfruta como pez en el agua en el papel de la estirada Baronesa. Altiva, displicente, mordaz y despiadada, dueña de un emporio y de un status al que no está dispuesta a renunciar, aún a costa de tener que seguir acumulando cadáveres en el armario. Su construcción del personaje es impecable, lleno de matices y sutilezas que la convierten en un ser odioso, pero sin caer en el estereotipo de la bruja de cuento. Es más una sociópata criminal. La maestra que termina siendo destronada por la aspirante.

Resumiendo, se trata de una película altamente recomendable y entretenida de principio a fin, que afronta sin remilgos la predisposición natural (y hasta genética) que algunas personas tienen hacia el talento y/o hacia la maldad, en la que, además de hablar de la familia “tradicional”, se habla de la familia “por elección”, y de dos mujeres empoderadas que rivalizan por el control de un negocio multimillonario, con una selección musical que por momentos te hace levitar, como cuando suena la evocadora “Call me Cruella” cantada por Florence + The Machine, y escenas muy bestias y nada condescendientes a nivel conceptual, como cuando Cruella, ya en posesión de su legítima identidad, decide abreviar su apellido (Hellman) dejándolo en Hell (infierno), en un adelanto de la persona en la que finalmente se convertirá.

Nada más lejos de la moralina buenista, machista y ultraconservadora de los viejos cuentos de hadas de las Princesas Disney y, sin embargo, algo me dice que el viejo (y visionario) Walt habría estado orgulloso. Renovarse o morir. El show (y el negocio) debe continuar.

Título original: "Cruella"

Año: 2021

Duración: 134 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Craig Gillespie

Guion: Dana Fox, Tony McNamara. Novela: Dodie Smith

Música: Nicholas Britell

Fotografía: Nicolas Karakatsanis

Reparto: Emma Stone, Emma Thompson, Joel Fry, Paul Walter Hauser, John McCrea, Emily Beecham, Mark Strong, Kayvan Novak, Kirby Howell-Baptiste, Jamie Demetriou, Niamh Lynch, Andrew Leung, Ed Birch

Productora: Walt Disney Pictures

Género: Moda. Precuela. Años 70. Remakes de Clásicos de Disney. 101 dálmatas

“THE ASSISTANT” Y “GLORIA BELL”

Si hay un común denominador entre los cientos de libros y películas que se han dedicado al estudio de la identidad femenina a lo largo de la historia es el que define a las mujeres como seres extraordinariamente complejos, dotados de una gran intuición y sensibilidad. Lo del pensamiento matemático y el raciocinio lógico ya es otro cantar. Un espacio injustamente vetado a la mujer y reservado al género masculino, incluso en los propios tratados científicos.

A nosotras se nos concede, a cambio, el atributo de la inteligencia emocional, una mayor fluidez comunicativa (especialmente en la expresión de nuestros sentimientos) y memoria verbal, así como mayor velocidad y precisión perceptiva que nos permite, entre otras cosas, distinguir el rosa del fucsia o localizar un objeto o persona en medio del caos, como lo haríamos con una aguja en un pajar. Por no mencionar nuestra tendencia (algo “masoca”) a la introspección, la autoexigencia y la constante autocrítica, como derivada de una educación culpabilizante que nos sigue estigmatizando y haciendo creer que nuestras capacidades son limitadas, cuando en realidad no lo son más que las de cualquier ser mortal.

A consecuencia de todo ello, el cine y la literatura, más empeñados que nunca en seguir escarbando en el alma femenina, se topan constantemente con personajes poliédricos, mujeres “prisma” que absorben toda la luz del mundo para proyectarla de mil formas y colores diferentes sobre un sinfín de roles y parcelas de actividad. Personas valiosas, empeñadas en autoperfeccionarse y en darle un significado y una razón a sus vidas, a menudo confundidas, aturdidas o sobrepasadas por las exigencias, frustraciones, abusos y limitaciones que les impone la vida diaria.

Estos días (como sucede siempre que se acerca el 8 de marzo) las plataformas de streaming nos han obsequiado con algunos estrenos cuya temática responde a esa perspectiva de género, en los que pueden apreciarse todos estos matices y algunos más.

En concreto me he fijado en dos: la película “The Assistant” (Filmin) de Kitty Green, promocionada como “el thriller definitivo sobre el movimiento #MeeToo”, surgido a raíz del caso de Harvey Weinstein, uno de los productores más importantes de la industria de Hollywood acusado de abusar sexualmente de un buen número de actrices y aspirantes; y “Gloria Bell” (Netflix), un autoremake de la película “Gloria” (2013) del director chileno Sebastián Lelio, en la que somos testigos de los denodados intentos de una mujer divorciada, de mediana edad y con hijos adultos, por sentirse útil para los suyos y vivir la vida que le resta con intensidad.

Si en el primer caso, la protagonista femenina es una joven debutante en el mundo laboral, en el segundo se trata de una mujer ya próxima a la jubilación. Pero no es esa la única diferencia entre ambas historias.

En «The Assistant» estamos ante una película minimalista, con muy pocos diálogos y nada de música, rodada en el ambiente algo claustrofóbico, aséptico e impersonal de una oficina con escasa decoración, pobre iluminación y mobiliario gris, en donde todo transcurre durante un día en la jornada laboral de la también grisácea y algo triste Jane (una comedida y silenciosa Julia Garner, conocida por su trabajo en “Ozark”), quien ejerce de “chica para todo” en el despacho del gran depredador sexual (cuya presencia se intuye, omnipotente y omnipresente, pese a que jamás lleguemos a verlo en carne mortal).

Mucho más luminosa (gracias a la fotografía colorista de Natasha Braier), la Gloria que encarna la maravillosa Juliane Moore en «Gloria Bell» (versión angloparlante del personaje original que le valió un merecido Oso de Plata, en la Berlinale, a la actriz chilena Paula García) es una mujer de espíritu libre, expansiva, divertida, cálida, cantarina y risueña, empeñada en ponerle banda sonora ochentera a su vida y salir a quemar la pista de baile, sola o acompañada.

De algún modo, la distancia generacional entre estas dos mujeres enmarca un abanico infinito de posibilidades, perfiles, temores y vivencias femeninas, con los que las mujeres podemos identificarnos, al menos en parte, en la medida en que cada una de nosotras responde a su propia singularidad y momento vital.

Jane es una recién graduada universitaria y aspirante a productora cinematográfica que consigue aparentemente el trabajo perfecto como asistente de un poderoso ejecutivo de la industria del entretenimiento y se desvive por hacerlo de manera eficaz.

Como tantas y tantas asistentes, secretarias y becarias, su día a día consiste en ser la primera que llega (aún de madrugada) y la última que se marcha de la oficina, donde tiene que preparar café, cambiar el papel de la fotocopiadora, encargar el almuerzo, organizar viajes, atender a las exigencias del jefe y aguantar las impertinencias de su mujer, recibir y contestar sus mails y sus llamadas, recoger su ropa en la tintorería, ordenar su medicación… Permanentemente a prueba, sometida a un continuo examen en el que cualquier mínimo error puede suponer una humillante reprimenda o un despido fulminante.

Se podría decir que Jane es Ariadna atrapada en la cueva del minotauro, devorador de la vida y la virtud de jóvenes doncellas, a quien nadie ve, pero todos temen porque conocen de lo que es capaz.

Sin duda el principal valor de la película de Kitty Green es el de saber contárnoslo todo, sin enseñarnos nada de forma explícita.

Uno de los momentos más impactantes de “El escándalo” (Bombshell) es el que mostraba cómo Roger Ailes -el mandamás de la FOX- se propasaba con una becaria, el personaje que interpretaba Margot Robbie en la película dirigida por Jay Roach. Green huye de eso. Quizás porque no considera necesario caer en el morbo de mostrar la naturaleza obscena de unos abusos sobre los que hemos podido leer todo tipo de detalles en prensa durante los últimos años.

En su lugar, nos invita a construir el puzzle de los hechos por nosotros mismos, en base a una serie de indicios (el pendiente encontrado en el sofá, los medicamentos antiabortivos, la guapa becaria sin cualificación alguna, a la que “el jefe” manda a traer desde Boise y alojar en un hotel, nombrándola su segunda ayudante…) recogidos a través de la mirada de la joven Jane, lo bastante perspicaz para darse cuenta de que algo no va bien en la oficina y de que allí están pasando cosas que no deberían de pasar, hasta enfrentarse al dilema fundamental de la película: hacer algo al respecto o dejar hacer.

Como la heroína griega, la joven tira del hilo e intenta salir del laberinto, una vez toma conciencia del abuso al que está siendo sometida recibiendo a diario un trato degradante, pero es entonces cuando se topa con la gran muralla del sistema que opera como una fortaleza medieval de la que difícilmente se puede salir indemne, como deja claro su visita al responsable de Recursos Humanos, brillantemente interpretado por Matthew McFayden (“Succession”, “Orgullo y Prejuicio”) en una breve escena plagada de cínicas advertencias que, por desgracia, resulta demasiado habitual. “¿De verdad quieres seguir adelante con esto?” “¿Qué crees que vas a conseguir denunciando?”, “Tu problema es que estás celosa”, “Te irás acostumbrando…”, “Que suerte tienes de no ser su tipo…”

Como bien observa Fernando Vílchez en “Las cosas que nos hacen felices”, “a diferencia de otros trabajos donde también se abordaba la ley de silencio que durante décadas dio cobertura a hombres como Harvey Weinstein, “The Assistant” huye de nombres propios. Y lo hace, precisamente porque busca despersonalizar la figura de Weinstein. Al fin y al cabo, hay muchos jefes déspotas que abusan de su poder”.

En lugar de centrarse en él, prefiere hacerlo en los que le rodean. Los que sabían lo que pasaba y no hicieron nada para evitarlo. Aquellos que callaron para salvar su pellejo y su puesto de trabajo, sin que su conducta nos resulte, lamentablemente, desconocida o anómala.

Es así como la supuesta heroína acaba aceptando su destino y convirtiéndose en parte del problema. A juzgar por la escena final, en la que se aleja cabizbaja del lugar de los hechos a sabiendas de que el abuso está siendo consumado, con intención de regresar al día siguiente a su puesto de trabajo, intuimos que acabará siendo una empleada más, como la que en un ascensor le sugiere que no se preocupe demasiado porque “en esto, ellas ganan más que él”.

Quién sabe si la “Gloria Bell” de Sebastián Lelio fue en un tiempo pasado también esa Jane. Lo que sí conocemos es su postura respecto al problema de una compañera de trabajo obligada a prejubilarse con una pensión mísera, con la que se solidariza brindándole su incondicional amistad, sin poder evitar (tampoco en ese caso) que el abuso y la injusticia se impongan, ya que es algo que no está en su mano.

Con una situación laboral consolidada, aunque sea en un trabajo algo anodino como empleada de una empresa de seguros, divorciada hace más de diez años, dos hijos adultos, un nieto y un exmarido con quien parece guardar una relación cordial, los problemas de Gloria (Juliane Moore), a su edad, son otros. Los de una mujer que combate la soledad y el paso del tiempo, acudiendo a clases de yoga y de risoterapia, ansiosa por disfrutar de la vitalidad que aún le queda y del amor que cree haber vuelto a encontrar en un desconocido, con quien entabla conversación en la discoteca para “singles” maduros, a la que periódicamente suele acudir para hacer una de las cosas que más le gusta: bailar.

El inexpresivo Arnold (John Turturro) es un recién divorciado que ha adelgazado casi cincuenta kilos gracias a un balón gástrico, trabajó en el ejército y actualmente regenta un parque de atracciones en los que el personal se divierte disparándose con pistolas de paintball.

Ambos se enamoran bailando un tema de “Earth, Wind & Fire” y regresan a casa con algunas copas de más dando inicio a un romance que irá más allá del interés puramente sexual. Pero Arnold parece mantener una relación de dependencia algo tóxica con sus dos hijas y su exmujer, lo que le impide entregarse por completo a una nueva historia de amor. Por lo que las expectativas de Gloria pronto se ven decepcionadas.

Tras un viaje a Las Vegas que deja magulladuras literales y simbólicas, la película recurre a un par de trucos dramáticos diseñados para terminar de construir una heroína moderna, capaz de tropezar una y otra vez con las zonas erróneas propias y ajenas y, sin embargo, seguir en pie con dignidad y energías renovadas.

Julianne Moore logra en este sentido una interpretación soberbia, con momentos literalmente “gloriosos”. Su actuación libre de complejos, de pudores y prejuicios, construye un personaje sumamente seductor. El de una mujer de casi 60 años, libre de ataduras y de responsabilidades, que sólo busca ser feliz.

Y es que, más allá de la intención declarada de visibilizar a la mujer madura, con sus inquietudes e inseguridades, y darle la importancia que parece haber perdido con el creciente culto a la belleza física, lo que la película del director chileno nos recuerda es que nunca es tarde para procurar la felicidad y que, hasta la penúltima equivocación merece la pena, si en el intento hemos logrado sonreír.

FICHA TÉCNICA:


Título original: The Assistant

Año: 2019

Duración: 81 min.


País: Estados Unidos

Dirección: Kitty Green

Guión: Kitty Green

Música: Tamar-Kali Brown

Fotografía: Michael Latham


Reparto: Julia Garner, Matthew Macfadyen, Dagmara Dominczyk, Kristine Froseth, Patrick Wilson, Mackenzie Leigh, Juliana Canfield, Noah Robbins, Alexander Chaplin, Purva Bedi, Lou Martini Jr., Migs Govea, Fang Du, Daoud Heidami, Jonny Orsini, Sophie Knapp, Andrew Hsu, Devon Caraway

Productora: 3311 Productions, Cinereach, Forensic Films, Level Forward, Symbolic Exchange, Bellmer Pictures, JJ Homeward Productions (Distribuidora: Bleecker Street)

Género: Drama | Trabajo/empleo. Abusos sexuales
FICHA TÉCNICA:

Título original: Gloria Bell

Año: 2018


Duración: 102 min.


País: Estados Unidos


Dirección: Sebastián Lelio


Guión: Alice Johnson Boher (Historia: Sebastián Lelio, Gonzalo Maza)

Música: Mathew Herbert


Fotografía: Natasha Braier


Reparto: 
Julianne Moore, John Turturro, Michael Cera, Jeanne Tripplehorn, Holland Taylor, Brad Garrett, Caren Pistorius, Sean Astin, Cassi Thomson, Tyson Ritter


Productora: Co-production Estados Unidos-Chile; Filmnation Entertainment, Fabula

Género: Drama. Romance | Remake. Amistad