De la factoría Disney pueden decirse y se han dicho muchas cosas, no siempre elogiosas, referidas a su sesgo ideológico y a los modelos sociales que promueven sus clásicos animados. Sus haters son legión. Pero jamás nadie ha osado poner en duda su capacidad de entretenimiento ni su sentido del espectáculo, fruto de la mentalidad lúdica y visión comercial que distinguieron a su creador, Walt Disney, y que se ha mantenido como sello de la casa en sus casi cien años de historia.
Producto de esa eficaz e innovadora manera de hacer las cosas es “Cruella”. Una película de gran impacto visual, cuyo calculado espíritu transgresor (algunos la han descrito como “la película más anti-Disney de Disney”) y exquisito sentido de la estética precede a cualquier otra valoración que pueda hacerse referida a la, no menos notable, calidad de su argumento o de sus interpretaciones.
Y es que, si algo destaca en esta precuela sui géneris, que se inventa una efectiva y efectista motivación para el origen de la malvada protagonista de “101 dálmatas” (el legendario personaje creado hace sesenta años por Dodie Smith y a quien ya encarnara Glenn Close, desde un punto de vista más caricaturesco y menos innovador, en un primer intento de dar vida al personaje de dibujos animados en 1996), es el enorme acierto de saber combinar belleza y maldad, mediante una delirante y audaz dirección de arte que se nutre de variadas referencias, teniendo como telón de fondo el movimiento contracultural que surgió en el mundo anglosajón a mediados de los años 70.
Dirigida por Craig Gillespie (“I, Tonya”) y producida por la propia Glenn Close, Kristin Burr, Andrew Gunn, Aline Brosh MacKenna y Marc E. Platt, el nuevo live action de Disney es una amalgama casi perfecta que comprende tanto el diseño de maquillaje y vestuario (gloriosa recreación de la estética punk, a cargo de Jenny Beavan, ganadora del Oscar en 2015, por “Mad Max: Furia en la carretera”), como una enérgica banda sonora que rescata y versiona algunos de los más célebres e inolvidables temas de las mejores bandas de rock y garage rock de esa década, para ponerlos al servicio de la consecución del clímax narrativo. Desde “Should I Stay or Should I Go” de The Clash, “Come Together” en la versión de Ike y Tina Turner o el «Feeling good» de Nina Simone; hasta algunos de los grandes éxitos de bandas como Supertrump, The Doors, Bee Gees, Queen, o Sex Pistols, a la que se rinde culto también mediante el maquillaje, en una escena en la que Cruella lleva un antifaz, a modo de stencil, donde puede leerse «The Future«, escrito con la tipografía de la banda.
Y es que, aunque a veces no sepamos si se trata de copias, homenajes o préstamos, “Cruella” bebe de manera desacomplejada de diversas fuentes de inspiración. Hay escenas que parecen directamente extraídas de “El diablo viste de Prada” (2006) (incluso el personaje de la Baronesa, que interpreta de manera sublime Emma Thompson, se asemeja al de Meryl Streep) y, por más que sus creadores huyan de la comparativa, resulta imposible no asociar la triste historia de la pequeña Estela y la razón de ser de su conflictivo alter ego, con la del «Joker» (2019) y los oscuros fantasmas y dramas familiares que estaban en la génesis de su comportamiento sociópata, en esta nueva tendencia de empatizar con el villano, una vez transformado en un ser de carne y hueso, en un intento de comprender sus actos criminales apelando a las circunstancias de su pasado.
Pero, más allá de la consistencia dramática de su argumento y, aunque suene paradójico, el envoltorio es sin duda el alma de esta nueva película, en la que se habla sobre todo de moda, de contracultura, de anarquía, transgresión y provocación estética, rindiendo culto a quienes lo hicieron mucho antes, como el incomparable John Galliano o la legendaria Vivienne Westwood y su célebre boutique “Sex”, grandes mitos del movimiento punk que estuvo en boga en los Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia y que impregna por completo el espíritu de “Cruella”, cuya acción se sitúa -no de manera casual- en el Londres de los años setenta.
Desde niña, la pequeña Estela (Emma Stone) siente una pulsión natural por trasgredir las normas. Creativa y rebelde, con un talento para el diseño tan innato como su capacidad de meterse en problemas, marcada desde su nacimiento por una singularidad física (mitad del pelo blanco mitad negro) que le hace ser objeto de bulling, la pequeña vive con su madre (Emily Beecham), una mujer discreta y bondadosa que intenta hacer de ella “una persona de bien”. Sin embargo, las cosas se ponen difíciles cuando la niña es expulsada del estricto colegio privado al que acude y ambas ponen rumbo a la capital, para cumplir su sueño de convertirse en una famosa diseñadora de moda.
Catherine, la madre de Estela, decide hacer una parada a mediocamino para visitar y pedir ayuda a “una vieja amiga” que resultará ser la famosa y todopoderosa Baronesa Von Hellman (Emma Thompson), una mujer tan elegante como ególatra y desalmada, que utiliza y explota a cuantos tiene alrededor para brillar en exclusiva en el competitivo mundo de la moda, quien ofrece esa noche una de sus célebres galas para presentar una de sus exitosas colecciones.
Pero las circunstancias se tuercen y la madre de Estela fallece al caer por un acantilado acosada por los tres dálmatas de la Baronesa, por lo que la niña -que contempla la escena con horror y se culpa de su muerte- llegará finalmente huérfana a Londres, donde entablará relación con dos ladronzuelos que se convertirán en su nueva familia.
Sobreviviendo a base de pequeños hurtos y atracos de poca monta, Estela se conforma con desarrollar su vocación inventándose y cosiendo disfraces para esas peculiares “performances”, hasta que un día entra a trabajar como limpiadora en Liberty y, harta de que el encargado pase de ella sin darle la oportunidad de demostrar de lo que es capaz, permite que el espíritu anárquico y vengativo de su alter ego, Cruella -a quien había estado reprimiendo todos estos años como promesa póstuma a su difunta madre- aflore de nuevo en ella, vandalizando un escaparate, una noche en que está sola y borracha en el interior de los legendarios almacenes londinenses.
Es así como aquella niña que soñaba con el glamour, el brillo y la elegancia del mundo de la alta costura, logra penetrar en él de la mano de la Baronesa quien, sorprendida de su talento y audacia, la contrata como aprendiz, sin sospechar de quién se trata.
Pronto, Estela pasará de la admiración a la decepción con respecto a su mentora, quien no solo abusa del personal a su servicio tratándolo con un gran desprecio y arrogancia, sino que se adjudica la gloria por el trabajo y el ingenio ajenos; y de la decepción al odio, al descubrir que fue la verdadera causante de la muerte de su madre.
Desde ese momento, Estela-Cruella se enfrentará a su némesis en una guerra sin cuartel que da lugar a escenas memorables, como el gran happening de su aparición dentro de un camión de la basura, con un vestido de larga cola confeccionada con todas las creaciones de su rival o la apoteósica venganza del vestido adornado con cientos de larvas de polilla en su interior.
Cada gala, desfile o alfombra roja se convierte en un campo de batalla en el que ofrecer la mejor performance, la más rompedora versión de sí misma, con ayuda de sus leales amigos Jasper (Joel Fry) y Horacio (Paul Walter Hauser), de su antigua compañera y protegida en el colegio, Anita Darling (Kirby Howell-Baptiste), quien ahora ejerce convenientemente como reportera de moda en un periódico local que multiplica el impacto de sus apariciones y agranda su fama e influencia, hasta convertir a Cruella en un ícono punk/new wave que llega para destruir el orden establecido con su diseño innovador, y de un peculiar personaje, Artie (John McCrea), dueño de un local de ropa de segunda mano que encarna la vanguardia y la diversidad sexual, y en cuya estética algunos han querido ver un homenaje a David Bowie, quien ayuda a Cruella en el diseño y confección de su impactante indumentaria.
En total, se han confeccionado 277 extravagantes trajes para esta película, un auténtico festín visual para quienes aman la moda. Pero, frente a los que se basan en esta clase de detalles, para acusarla de ser un producto superficial, efectista y grandilocuente, es necesario poner en valor algunas de las infrecuentes virtudes que adornan a esta superproducción, cuya fórmula, para empezar, no funcionaría sin el aporte decisivo de la brutal actuación de sus dos protagonistas.
Stone y Thompson, las dos Emmas, hacen un trabajo sobresaliente, superando todas las expectativas que, en su caso, dado su probado talento y trayectoria, no podían ser sino las más exigentes.
Aunque muy lejos de la maniática y desquiciada amante de las pieles de “101 dálmatas” (los tiempos son otros y los animalistas no verían con buenos ojos eso de sacrificar a unos inocentes perrillos para hacerse un abrigo con sus manchas), Emma Stone es, sin embargo, una perfecta Cruella de Vil. Su transformación física y emocional, al pasar de la dulce Estela a la vengativa Cruella, es tan precisa en su ejecución que confiere una nueva alma al personaje de dibujos animados. Vanidosa, salvaje, indómita, con ese punto de excentricidad y de locura que caracteriza a las grandes supervillanas, pero también con un toque depresivo, de torpeza y de ternura que la hace ser un personaje empático y la mantiene en el rol de heroína frente a su oponente (la otra Emma) que es, en este caso, la auténtica malvada.
Thompson, por su parte, brilla con luz propia y se ve que disfruta como pez en el agua en el papel de la estirada Baronesa. Altiva, displicente, mordaz y despiadada, dueña de un emporio y de un status al que no está dispuesta a renunciar, aún a costa de tener que seguir acumulando cadáveres en el armario. Su construcción del personaje es impecable, lleno de matices y sutilezas que la convierten en un ser odioso, pero sin caer en el estereotipo de la bruja de cuento. Es más una sociópata criminal. La maestra que termina siendo destronada por la aspirante.
Resumiendo, se trata de una película altamente recomendable y entretenida de principio a fin, que afronta sin remilgos la predisposición natural (y hasta genética) que algunas personas tienen hacia el talento y/o hacia la maldad, en la que, además de hablar de la familia “tradicional”, se habla de la familia “por elección”, y de dos mujeres empoderadas que rivalizan por el control de un negocio multimillonario, con una selección musical que por momentos te hace levitar, como cuando suena la evocadora “Call me Cruella” cantada por Florence + The Machine, y escenas muy bestias y nada condescendientes a nivel conceptual, como cuando Cruella, ya en posesión de su legítima identidad, decide abreviar su apellido (Hellman) dejándolo en Hell (infierno), en un adelanto de la persona en la que finalmente se convertirá.
Nada más lejos de la moralina buenista, machista y ultraconservadora de los viejos cuentos de hadas de las Princesas Disney y, sin embargo, algo me dice que el viejo (y visionario) Walt habría estado orgulloso. Renovarse o morir. El show (y el negocio) debe continuar.














Título original: "Cruella" Año: 2021 Duración: 134 min. País: Estados Unidos Dirección: Craig Gillespie Guion: Dana Fox, Tony McNamara. Novela: Dodie Smith Música: Nicholas Britell Fotografía: Nicolas Karakatsanis Reparto: Emma Stone, Emma Thompson, Joel Fry, Paul Walter Hauser, John McCrea, Emily Beecham, Mark Strong, Kayvan Novak, Kirby Howell-Baptiste, Jamie Demetriou, Niamh Lynch, Andrew Leung, Ed Birch Productora: Walt Disney Pictures Género: Moda. Precuela. Años 70. Remakes de Clásicos de Disney. 101 dálmatas

