Decía Julio Cortázar que “el humor está pasando continuamente la guadaña por debajo de todos los pedestales, de todas las pedanterías, de todas las palabras con muchas mayúsculas”. En una palabra, que el humor desacraliza. Solo a través de él se pueden tratar determinados asuntos que de otra forma serían inabordables e intentar trascender viejos (y nuevos) mitos y dogmas, esquivando la furia y la censura de los más intransigentes y ortodoxos.
Laura y Alberto Caballero -creadores de series televisivas de gran éxito, como “La que se avecina” o “Aquí no hay quien viva”, en las que ya habían dado probadas muestras de saber conectar con la manera de pensar, de expresarse y de sentir del españolito medio traduciéndolas al esperpento costumbrista- lo intentan ahora aventurándose en terrenos más pantanosos al abordar, desde la comedia ligera, un tema tan manido, como socialmente espinoso, como es el de la «guerra de sexos» que, lejos de aburrir al personal, se diría que «le pone», a juzgar por la rapidez con la que su nueva serie, estrenada en Netflix el 30 de diciembre, se ha convertido en el gran bombazo de la temporada navideña, rompiendo al alza todas las previsiones de audiencia.
Centrada en el conflicto existencial que se le plantea al hombre de hoy -o más bien al machirulo de siempre- al sentirse despojado de su identidad y de los privilegios que tradicionalmente ha ejercido en razón de su género, «Machos Alfa» es una comedia de situación, ambientada en un entorno eminentemente urbano que, a través de un humor algo gamberro y más bien facilón, permite hacer una doble lectura acerca del debate abierto en canal en nuestra sociedad desde que la Cuarta Ola del Feminismo ha conseguido promover y posicionar como lo “políticamente correcto” el mantenimiento de una actitud vigilante destinada a identificar y denunciar todas aquellas conductas discriminatorias para con la mujer que, por nuestra cultura y educación, hemos normalizado a lo largo de los siglos.
Santi, Pedro, Luis y Raúl son cuatro amigos cuarentones en plena crisis de masculinidad que se enfrentan a las exigencias de la nueva era de la igualdad, en la que ser un macho alfa hace ya tiempo pasó de moda y donde términos como “micromachismo”, “heteropatriarcado”, “empoderamiento”, “techo de cristal” o “masculinidad tóxica” son ya expresiones de uso corriente que los millenials emplean con normalidad, mientras las generaciones que les preceden no terminan de metabolizar.
A través de una serie de flashbacks y pequeños gags al estilo de «Escenas de matrimonio«, la historia muestra la dinámica en la que se desenvuelven cada uno de estos cuatro «machos alfa» dentro de su entorno social y familiar.
Pedro Aguilar (Fernando Gil) es un corpulento y engreído ejecutivo con un puestazo de alta dirección en una cadena de televisión y una vida de ensueño que incluye un todoterreno de lujo, un mini y una elevada hipoteca por el casoplón con asistenta inmigrante incluida que comparte con su novia pibón, Daniela Galván (María Hervás), todo lo cual ve peligrar cuando es reemplazado en su trabajo por una mujer. “El techo de cristal se ha roto y se me ha caído encima” se lamenta atribuyendo su despido fulminante a la política de “feminismwashing” que practica la empresa, procurando ocultar su situación de desempleado a amigos y familiares y mantener la fachada de profesional exitoso, mientras Daniela (una ex azafata que ha vivido como mujer-florero desde que ella y Pedro se hicieron pareja de hecho) decide, ni corta ni perezosa, volver a la vida activa, llegando a convertirse en una influencer de éxito a base de anunciar absurdos productos de estética y dietética en las redes sociales, haciéndose cargo de los gastos de ambos. Algo humillante para el ego de Pedro que no se resigna a ser un mantenido ni a figurar como el “acompañante” de una diva.
Luis (Fele Martínez), por su parte, es un policía municipal casado y con dos hijos, cuyo matrimonio con Esther (Raquel Guerrero) se resiente desde hace años por la rutina y la escasa frecuencia con la que ambos mantienen relaciones íntimas. Aunque asisten a terapia de pareja y Luis decide seguir en secreto un tratamiento de inyecciones de testosterona, Esther se siente sexualmente insatisfecha y busca consuelo en los fornidos brazos de su joven entrenador personal iniciando una apasionada relación extramatrimonial en el gimnasio al que asiste.
El caso de Raúl (Raúl Tejón) es de manual. Los celos son el rasgo dominante de su personalidad y es sin duda el más machista y controlador de los cuatro amigos. Pese a engañar en secreto a su novia Luz (Kira Miró), una guapa y eficiente abogada matrimonialista a la que le ha estado poniendo los cuernos durante años con la mujer de su socio, se niega a aceptar su propuesta de mantener una relación abierta y, cuando al fin accede a ello por miedo a perderla, es incapaz de llevarlo a cabo por la enorme carga de prejuicios que en materia sexual cultiva.
Y finalmente está Santi (Gorka Otxoa), divorciado hace diez años y aún enamorado de su exmujer que lo abandonó por un dentista, con una hija adolescente (Paula Gallego) que se instala en su casa sin previo aviso y decide por él que ha llegado el momento de que retome su vida sexual, para lo cual le abre un perfil en Tinder gestionándole una cita con una mujer distinta cada noche que resultan ser a cuál más desastrosas (y no siempre por culpa de la parte masculina). Lo que no parece tener la menor relevancia para Álex, quien vive a su vez sus primeras relaciones íntimas de acuerdo a los códigos actuales de la pansexualidad, dado que su intención no es que su padre inicie una relación sentimental con alguna de esas mujeres (a cual más piradas), sino que conozca en sentido carnal «diez cuerpos nuevos» -uno por año de separación- como quien conquista nuevas tierras, para borrar la huella de su ex mujer que sigue siendo el amor de su vida. Lo que en sentido estricto equivaldría a una «cosificación» en toda regla.
Superados por sus propias circunstancias, quizá por influencia de su hija o por una cuestión de carácter, de los cuatro amigos, es Santi el que muestra una mentalidad más abierta y el más proclive a aceptar que andan bastante perdidos y algo desfasados en esto de relacionarse con el mal llamado “sexo opuesto”, por lo que llega a una primera conclusión errónea: la de que les vendría bien tener un amigo gay que les asesorara, para al final descubrir que ser homosexual no tiene por qué estar reñido con hacer gala de algunos de los rasgos propios de un verdadero «machirulo» desmontando así uno de los estereotipos socialmente más extendidos, el del gay delicado y sensiblero. Si bien es este nuevo amigo, reclutado en las inmediaciones del arquetípico barrio de Chueca, quien les recomienda apuntarse a un curso de “deconstrucción de la masculinidad” que les ayude a entender las nuevas reglas del juego de una sociedad donde se supone que el patriarcado ya es historia y las relaciones sexuales y amorosas experimentan un cambio radical de paradigma.
El resultado de ese intento de reeducación conductual al que Santi consigue arrastrar (no sin cierta resistencia) al resto de la cuadrilla será -como cabe esperar- bastante desigual, pues no todos progresan adecuadamente en esto de poner en práctica el nuevo manual de estilo de lo que se espera del hombre moderno ahora que los tiempos son otros. Pero curiosamente sitúa el debate en una cuestión poco abordada, como es la de que también hay quien se está sabiendo aprovechar de la confusión generalizada en materia de roles de género para explorar y explotar una lucrativa oportunidad de negocio.
En definitiva que, sin ser la serie más inteligente que se ha escrito sobre el tema, los hermanos Caballero consiguen al menos con “Machos Alfa” algo de lo que andamos escasos en un momento en el que la discrepancia de criterios se traduce en un insalvable choque de trenes en este y en otros muchos asuntos, y es que nos asomemos con sentido del humor a uno de los temas más controvertidos y que más polémica y división suscita hoy en nuestra sociedad, permitiéndonos reconocer, mediante la caricatura y la exageración, que unos y otras podemos estar sacando las cosas de quicio.
Título original: Machos alfa
Año: 2022
Duración: 10 episodios de 30 min.
País: España
Dirección: Laura Caballero (Creador), Alberto Caballero (Creador)
Guion: Laura Caballero, Alberto Caballero, Daniel Decorador, Araceli Álvarez de Sotomayor
Fotografía: Juan Luis Cabellos
Reparto: Fernando Gil, Fele Martínez, Gorka Otxoa, Raúl Tejón, Kira Miró, María Hervás, Raquel Guerrero, Paula Gallego, Karol Luna
Productora: Contubernio.
Distribuidora: Netflix
Género: Serie de TV. Comedia. Guerra de sexos
Quien aprecie las películas de Tim Burton, uno de los autores más personales y únicos de la historia del cine, estará al tanto de su gusto por las historias macabras, los ambientes lúgubres y tenebrosos y los personajes introvertidos, cuyo comportamiento escapa a la comprensión del común de los mortales. Todo lo cual tiene reflejo en su último trabajo para Netflix, “Miércoles”, una deliciosa y misteriosa serie juvenil de ocho capítulos, protagonizada por uno de los miembros de la loca Familia Addams, concretamente la hija mayor de Gómez (Luis Guzmán) y Morticia (Catherine Zeta-Jones), a quien encarna la joven actriz de origen mexicano Jenna Ortega, cuyo rostro se dio a conocer en películas y series de terror como “You” o “Scream”.
Aun compartiendo autoría con Miles Millar y Alfred Gough en la creación de este spin-off de la película de Barry Sonnenfeld, la mano y las obsesiones de Tim Burton -quien se encarga de dirigir los cuatro estupendos capítulos con los que arranca la serie, además de ser su productor ejecutivo- se dejan notar tanto en la estética gótica de la misma, como en la singularidad y el humor negro del que hace gala en todo momento su personaje principal interpretado por Ortega, que guarda evidentes similitudes con la Winona Ryder de ‘Bitelchús‘ o el Johnny Depp en ‘Charlie y la fábrica de chocolate‘, ‘Eduardo Manostijeras‘ o ‘Sleepy Hollow‘. Miércoles es una adolescente renegada, mordaz y algo muerta por dentro, decidida a escapar del determinismo familiar, cuyo inexpresivo rostro resulta tan elocuente como sus punzantes y sesudas reflexiones.
El denominador común de todos ellos se halla en su aislamiento interior, una constante en los personajes de las películas del director de origen californiano, quien en numerosas ocasiones ha contado cómo el hecho de crecer en una urbanización le llevó a desarrollar un instintivo rechazo hacia lo normativo, las etiquetas y la falsedad de las convenciones sociales.
Lo interesante en el caso de Miércoles Addams es que, lo que para ella es “la norma”, vendría a ser lo que para el resto del mundo resulta ser “anormal”, haciendo honor a la célebre frase del propio Burton de que «la locura de una persona es la realidad de otra».
Esta Miércoles de Tim Burton, fría, sarcástica y perversa, no proviene de la serie de televisión original, que se mantuvo al aire los años 1964 a 1966, en la cual la hija de la familia Addams, interpretada por la pequeña Lisa Loring, apenas tenía relevancia. Se basa más bien en el carácter dado al personaje por Christina Ricci, en las películas dirigidas por Barry Sonnenfeld, en los años 1991 y 1993, una niña larguirucha, de grandes ojos negros y cabello “como ala de cuervo a medianoche” que es expulsada del instituto por intento de homicidio tras defender a su hermano Pugsley (lsaac Ordonez), víctima de bullying, al soltar pirañas en la piscina donde nadaban sus agresores.
Miércoles es siniestra, morbosa, una chica rarita, de apariencia gótica, inadaptada, díscola y muy rebelde, dotada de una extraordinaria inteligencia e intuición y de un corrosivo sentido del humor, con grandes habilidades para la música, la escritura y la defensa personal que toca el cello, escribe novelas, resuelve misteriosos crímenes y, como todos los adolescentes a su edad, busca distanciarse de la figura paterna/materna para autoafirmarse como persona adulta e independiente. En realidad, ansía estar alejada de todo y de todos, salvo de Cosa, la mano remendada a costurones, con vida propia, que ha estado siempre con los Addams y que ejerce literalmente como la mano derecha de la protagonista, o del Tío Fétido encarnado por Fred Armisen.
Los traumas del pasado que la persiguen tienen que ver con la crueldad del mundo que la rodea y que no llega a aceptar ni a respetar su singularidad y la de los suyos, algo que la mantiene en constante alerta haciendo que desconfíe de todo y de todos e inhibiendo por completo la expresión de sus emociones. Aunque a lo largo de la serie vemos cómo el personaje evoluciona desde la insensibilidad absoluta hacia un ser que toma consciencia de sí misma, al desarrollar inesperados sentimientos de sincera amistad por su compañera de cuarto, la lobita Enid Sinclair (Emma Myers) que, muy a su pesar, llena su enlutado mundo de color (ambivalencias que, en el universo visual de Burton, sirven para crear bellas antítesis cargadas de significado); confusos y novedosos estados de atracción romántica por el guapo camarero e hijo del Sheriff, Tyler Galpin (Hunter Doohan) o por su enigmático compañero de clase Xavier Thorpe (Percy Hynes); o un profundo instinto de solidaridad con el débil, que se demuestra tanto en el instinto de protección hacia su hermano Pugsley (Isaac Ordonez) de quien cuida con devoción maternal, como en su simpatía hacia Eugene (Moosa Mostafa), un friki criador de abejas.
Y es que, al igual que ocurre con el resto de la filmografía de Burton, se trata nuevamente aquí de hacer un relato sobre el triunfo del inadaptado o, como se les llama en la propia serie, los “marginados”. Adolescentes que, como Miércoles Addams, poseen una cualidad que los distingue o una habilidad paranormal que los condena al rechazo del resto del mundo que los ve como una amenaza.
Las referencias a Edgar Allan Poe o a Mary Shelley y su criatura Frankenstein obran en este sentido y nos remiten de nuevo a las propias vivencias del director, para quien “los monstruos son malinterpretados y tienen un alma más sensible que los humanos que les rodean» (“A mí la realidad me resulta una fantasía. Yo me ponía a ver películas y me identificaba más con los monstruos por sentirme raro y diferente”, declaraba en una visita a El Hormiguero).
A semejanza del Howards End de Harry Potter, Burton, Millar y Gough crean Nevermore (Nunca Más), bautizado así por el verso de Poe. Un internado para aprendices de sirenas, vampiros, licántropos, medusas y hydes (monstruos de ojos saltones, garras afiladas y apetito insaciable al servicio de quien libere su agresividad contenida) o videntes novatas, como la hija mayor de los Addams, en el que las paredes se abren con un chasquido de dedos que suena familiar para descubrirnos el acceso a hermandades secretas y misterios añejos.
La academia, dirigida por Larissa Weems (Gwendoline Chrstie, a quien muchos recordarán como la mujer gigante de “Juego de Tronos”), en cuyo patio central hay una fuente de bronce con la escultura de la Ofelia shakesperiana ahogada y en la que “los excluidos”, personas con habilidades mágicas, se forman por expreso deseo de sus progenitores (muchos de ellos exalumnos del centro) está ubicada en un pueblo llamado Jericó, donde tuvo lugar un genocidio a manos de los primeros peregrinos o colonos «normies» que ajusticiaron y condenaron al fuego eterno a quienes consideraban brujas y hechiceros, tal y como ocurriera en 1692 en el pueblo de Salem, símbolo del violento prejuicio histórico hacia la mujer que osara actuar de forma libre y diferente.
El argumento detectivesco de la serie (en el que muchos han creído ver también semejanzas con «Stranger Things» por tratarse sus protagonistas de adolescentes con habilidad psíquicas) pivota sobre la indagación acerca de unos extraños y sanguinarios asesinatos de los que el Sheriff del condado hace responsable a los alumnos de “Nunca Más”, cuya reputación intenta a toda costa salvar su directora, dispuesta a hacer generosas donaciones a la comunidad y a la autoridad política local, para mantener la paz social.
Mientras intenta dominar el don de la videncia, Miércoles va recabando pistas que la ayuden a averiguar la autoría de los atroces crímenes que parecen provocados por una bestia feroz, al mismo tiempo que se dispone a desentrañar la causa de los conflictos que enfrentaron a algunos de los antiguos alumnos de Nevermore con los pobladores de Jericó, algunos de ellos con muchos siglos de antigüedad pero con gran impacto en la actualidad, dándole a cada episodio el suspense necesario en el proceso de averiguar quién o qué ha sido la causa de los mismos. Especialmente memorable es la escena del extravagante y arrítmico baile mientras suena el ‘Goo Goo Muck’ de The Cramps que se ha hecho viral.
En suma, una serie divertida, inteligente y original, que recupera el mejor tono y estilo de Tim Burton, con un buen background filosófico y cultural, en la que los fanáticos de “La Familia Addams” -que han visto tanto la ficción televisiva de 1964, como las míticas películas de los años 90, sus versiones de animación e incluso el musical- encontrarán múltiples referencias a la serie original, si bien “Miércoles” discurre por su propio camino creativo y argumental, como ocurre con los hijos que consiguen independizarse de sus progenitores.
Título original: Wednesday
Año: 2022
Duración: 45 min. (8 episodios)
País: Estados Unidos
Dirección: Alfred Gough (Creador), Miles Millar (Creador), Tim Burton, James Marshall, Gandja Monteiro
Guion: Alfred Gough, Miles Millar, Kayla Alpert, April Blair, Matt Lambert.
Música: Chris Bacon, Danny Elfman
Fotografía: David Lanzenberg, Stephan Pehrsson
Reparto: Jenna Ortega, Luis Guzmán, Catherine Zeta-Jones, Riki Lindhome, Jamie McShane, Hunter Doohan, Gwendoline Christie, Emma Myers, Thora Birch, Christina Ricci...
Compañías: MGM. Distribuidora: Netflix
Género: Serie de TV. Fantástico. Comedia. Adolescencia. La familia Addams
La quinta temporada de “The Crown” llegó con cierta expectativa por la muerte de Isabel II, quien lideró el reinado más largo de la historia británica. Pero lo cierto es que esta nueva entrega no ha podido ser más decepcionante para los seguidores de la serie.
Menos mal que sus guionistas (Peter Morgan, Tom Edge y James Graham) acabaron cediendo a las presiones y colocaron una advertencia que nos recuerda que lo que vamos a ver no es un documental sino una historia de ficción inspirada en hechos reales (“Esta obra dramática ficticia cuenta la historia de la reina Isabel II y los acontecimientos políticos y personales que marcaron su reinado”, reza textualmente). De lo contrario, no se entendería que, precisamente en vísperas de la coronación del rey Carlos III, el tratamiento que se le dé a este personaje no sólo sea extremadamente indulgente sino manifiestamente apologético, buscando blanquear y ensalzar su imagen y la de su reina consorte, Camila Parker Bowles, hasta extremos sonrojantes.
Y es que ha querido la fatalidad que el estreno de esta quinta temporada de la serie que, según el desarrollo de la trama, debía centrarse en el “annus horribilis” de la Corona británica (como lo definió la propia monarca tras el devastador incendio del Castillo de Windsor, bautizando así a la más polémica y turbulenta etapa de su reinado, cuando la monarquía sufrió su mayor caída de popularidad a causa de los escándalos e infidelidades protagonizados por algunos de sus miembros y la guerra abierta con Lady Diana Spencer) coincidiera con la muerte de Isabel II, a los 96 años, y el acceso al trono de su primogénito, a los 74 años, con lo que la polémica iba a estar servida.
Sin embargo sus autores parecen haber optado por el camino más fácil, pues la manera en la que se ha procurado ofrecer una imagen moderna y reformista del nuevo regente se diría que forma parte de la estrategia de comunicación diseñada por sus propios asesores y que la misma serie desvela al mostrarnos cómo, una vez se produce el divorcio entre Carlos y Diana, la pareja contrata a un “spin doctor” (“un vende humos”, en palabras de la propia Camila) para que normalice su relación y mejore la imagen pública de la duquesa de Cornualles, haciéndola aparecer como una mujer profundamente enamorada, capaz de sacrificarlo todo (desde su matrimonio hasta su reputación) por permanecer junto al futuro rey, para quien resulta ser un soporte fundamental en su poliédrico papel de amante, amiga, consejera y confidente.
Más allá de que la legión de seguidores de Lady Di no terminen de perdonarle su traición conyugal a la llamada “reina de corazones”, al ofrecer una imagen tan favorable de Carlos III, a quien se presenta como un líder moderno, reformista y resolutivo, ansioso por ocupar el trono para poner a la monarquía al cabo de la calle, normalizando lo que hasta ese momento había sido tabú (divorcios, infidelidades…) toda vez que sus vergüenzas habían salido ya a la luz, la serie no hace sino plegarse al relato que más conviene a los intereses de quien hoy se ciñe la Corona.
Pero no es sólo en eso en lo que falla esta quinta temporada de «The Crown», cuyos actores y actrices han sido sustituidos por otros cuya apariencia y desempeño en los papeles principales distan mucho de la credibilidad de quienes los han interpretado en temporadas anteriores. Lo cual es especialmente molesto en el caso del propio Carlos, encarnado por el actor Dominic West, quien no solo no guarda ningún parecido con el original, sino que ofrece una actuación plana y anodina, así como en el de la reina Elizabeth recreada por Imelda Staunton, a la que resulta difícil dejar de ver como la Dolores Umbridge de la saga de «Harry Potter«, por más que se esmere en jugar con la gestualidad mínima para extraer del personaje de la reina el máximo posible.
No ocurre lo mismo con Elizabeth Debicki, cuyo notable parecido físico, gestual y corporal con Ladi Di resulta sorprendente, haciendo un calco perfecto de la princesa Diana, principalmente de su forma de mirar, una peculiaridad de este personaje a quien se nos presenta como una mujer desequilibrada que tiene un único conflicto: su matrimonio malogrado, lo que la lleva a victimizarse en exceso, haciendo partícipe de su desgracia a todo el que se le acerca y, muy especialmente a su hijo mayor, Guillermo, a quien por momentos llega a abrumar con sus confidencias.
Esa imagen de Diana como una mujer conflictiva, dolida y vengativa, desesperadamente necesitada de apoyo y de una figura masculina que le ofreciera el amor y la atención que le habían sido negados, pasando por alto o haciendo escasa referencia a su destacada faceta humanitaria que le grajeó el cariño y admiración de miles de seguidores en todo el mundo, tampoco es inocente y, aún a riesgo de reproducir las obsesiones que atormentaban a la propia Diana, resulta casi inevitable no ver tras ello la alargada sombra de Buckingham Palace.
En esta nueva temporada se abordan temas que generaron un gran revuelo mediático en la década de los noventa, como la escandalosa conversación sobre el “támpax” entre Carlos y Camila, interceptada por un radioaficionado de manera fortuita y convenientemente explotada por los tabloides sensacionalistas, la entrevista de Lady Di en la BBC en medio de un duro proceso de divorcio, declarando que desde el principio en su matrimonio eran tres, la vigilancia y las escuchas a las que esta creía estar sometida y las tensiones de Carlos y su madre ante el dilema de “renovarse o morir” que en opinión del sucesor natural se le presentaba a la monarquía, ofreciéndose a sí mismo como “la gran solución”. Algo en lo que la opinión pública británica no siempre estuvo de acuerdo, levantándose numerosas voces que preferían que el trono pasara directamente de manos de la reina a las de su nieto Guillermo, ante la conducta poco ejemplar del Príncipe de Gales.
El primer episodio sugiere de hecho que, impaciente por reinar, Carlos quiso forzar a su madre a abdicar con la ayuda del ex primer ministro “tory” John Major, tras publicarse una encuesta en el Sunday Times en donde se revelaba que el pueblo británico consideraba que Elizabeth II sufría el “síndrome de la Reina Victoria”, a quien sus súbditos veían como alguien obsoleto y anticuado. Un extremo que el propio Major se apresuró en desmentir en declaraciones a The Daily Mail. Según la serie, Carlos lo intentaría de nuevo con Tony Blair, una vez que los laboristas conquistasen el poder tras diez años de gobiernos conservadores. Pero a la vista está que Isabel II reinó hasta el último de sus días, pese a que en esta nueva entrega de la serie nos la presenten ya casi como una mujer anciana y derrotada, que a menudo roza el desaliento y la extenuación y que alberga la frustrante sensación de que, a pesar de sus muchos esfuerzos y décadas de entrega al mantenimiento de la institución monárquica, la pervivencia de la casa real británica puede verse amenazada por la imprudencia de sus hijos o por el propio devenir transformador de los tiempos, cuyos cambios no llega a entender aunque se ve obligada a aceptar. Tal vez por ese motivo, una de las primeras frases que pronuncia la monarca es reflejo del peso del deber sobre sus hombros y de su conciencia de lo que la historia demanda de ella como símbolo emblemático en el organigrama de poder de su país: “No quiero romper ninguna regla”.
La quinta temporada de «The Crown» aborda con todo lujo de detalle algunos episodios de la historia reciente que aún tenemos muy frescos en la memoria, como la forma en la que se gestó, mediante engaños, la llamada “entrevista del siglo” de la princesa Diana con Martin Bashir, periodista de la BBC, espoleada por la entrevista de Carlos de Inglaterra con Jonathan Dimbleby en la que su marido admitió el adulterio, y el enfrentamiento que su emisión generó entre el director de la radiotelevisión pública británica, cuya licencia se renueva cada año por orden real, y el presidente de su Consejo de Administración, un excombatiente monárquico cuya mujer era una de las primeras damas en la corte de la reina; o cómo llegó Mohamed Al Fayed a la vida de Diana y de la familia real británica.
Aunque sin duda una de las subtramas más interesantes y mejor resueltas es la que hace referencia al momento que atraviesa el matrimonio del Príncipe Felipe (interpretado en esta recta final por el gran actor Jonathan Pryce) y la reina Isabel, toda vez que llegados a la tercera edad ambos tienen una visión distinta de lo que esperan el uno del otro. Mientras la monarca se muestra muy enamorada de su marido, planteándose un viaje oficial de ambos a Egipto, como una segunda luna de miel, Felipe se resiente por las diferencias de carácter que los separan y hace responsable de su soledad a su mujer, reprochándole su falta de curiosidad intelectual y su escaso interés en seguirle el ritmo.
En realidad, el desencadenante de este conflicto conyugal no es otro que la aparición en la vida del duque de Edimburgo de una mujer treinta años más joven que él, Penny Knatchbull, también llamada lady Romsey o lady Babourne, esposa de su ahijado, Norton Knatchbull, tercer conde Mountbatten de Birmania.
Tras perder a su hija Leonora de cinco años debido a un cáncer de riñón, Penny se convirtió en la amiga inseparable de Felipe de Edimburgo, con quien compartía la afición por las carreras de carruajes. Ambos mantuvieron una íntima amistad durante los últimos años de vida de este. De hecho, era una visitante habitual en Wood Farm, la cabaña al borde de Sandringham en Norfolk, donde el marido de la reina pasó gran parte de su retiro de la vida pública, desde 2017 hasta su muerte en 2020, siendo la única persona que no era de la familia real que fue invitada a su funeral íntimo. Pero lady Romsey no solo tuvo una relación muy estrecha con el duque de Edimburgo (de quien se dice que fue la segunda mujer más importante en su vida), también la tuvo con la reina Isabel II a quien, según nos cuenta «The Crown», Felipe acaba imponiendo su presencia, llegando a pedirle que se deje ver con ella en público y la acoja como una de sus damas de compañía a fin de no levantar sospechas. Algo a lo que la reina accede teniendo que anteponer, una vez más, la estabilidad y reputación de la Corona a sus propios y más íntimos sentimientos como mujer. Tanto la conversación que el matrimonio mantiene en la suite real del hotel en el que se alojan en Egipto, como el encuentro entre Isabel II y Penny Knatchbull (Natascha McElhone) en la biblioteca del Castillo de Windsor, en el que la reina hace gala de la legendaria flema británica, ahogando sus celos e invitando a su rival a ser su acompañante en la misa de Acción de Gracias, se inscriben entre las escenas más antológicas de esta nueva entrega de la serie que, por lo demás, ofrece pocas novedades dignas de mención.
Y ello pese a que técnicamente sigue siendo una producción irreprochable y narrativamente mantiene la sobriedad y elegancia de sus entregas anteriores. Magnífica en cuanto a fotografía y exquisita en su dirección de arte. El problema está en la necesidad de estirar la trama en base a hechos que nos resultan ya demasiado conocidos o cercanos en el tiempo. Es lo que hace que esta quinta entrega sea un producto aburrido y sin alma, tan gélido como la propia corona a la que busca diseccionar.
De seguir por estos derroteros, mucho me temo que «The Crown» esté condenada a agonizar lentamente, hasta sufrir el mismo destino que su propia protagonista, tras la decisión de sus creadores de estirarla lo más posible y esta nueva actitud complaciente que busca irritar lo menos posible los ánimos del actual regente.
Título original: The Crown
Año: 2016
Duración: 60 min.
País: Reino Unido
Dirección: Peter Morgan (Creador), Stephen Daldry, Philip Martin, Julian Jarrold, Benjamin Caron, Jessica Hobbs, Alex Gabassi, May el-Toukhy
Guion: Peter Morgan, T. Edge, J. Graham
Música: Rupert Gregson-Williams, Martin Phipps, Lorne Balfe
Fotografía: Adriano Goldman, Ole Bratt
Reparto: Imelda Staunton, Jonathan Pryce, Natascha McElhone, Dominic West, Elizabeth Debicki...
Productora: Netflix, Left Bank Pictures, Sony Pictures Television International
Género: Serie de TV. Drama Histórico. Biográfico. Política. Corona británica
He querido esperar hasta el capítulo siete de la primera temporada de “La Casa del Dragón” (esperada precuela de “Juego de Tronos”) para emitir un juicio sobre ella, pues considero que una ficción de semejante envergadura debería ir siempre de menos a más, al igual que sucede con su predecesora. Y, aunque no pierdo la esperanza de que la cosa mejore en adelante, creo haber visto ya lo suficiente como para decir unas cuantas cosas acerca de ella.
En primer lugar, sobre la calidad de sus imágenes (más allá de la espectacularidad de los escenarios naturales en los que ha sido rodada) y específicamente sobre su fotografía, con cegadores contraluces y una especie de efecto neblina de los que se abusa en exceso, no sabemos si para recrear la nebulosa del tiempo, al tratarse de una historia que nos retrotrae a una era ancestral (nada menos que 200 años antes de los hechos narrados en “Game of Thrones” tuvieran lugar) o por un fallo técnico de iluminación que dificulta el visionado de muchas de sus escenas, como en el último episodio emitido por HBO “Marcaderiva”, en el que se hace difícil distinguir lo que hacen sus protagonistas en penumbras. Algo a lo que los creadores de la saga nos tienen acostumbrados. Recordemos la polémica generada por el último episodio de GoT, irónicamente titulado “La noche más larga”, donde los Stark y los Targaryen se enfrentaban a los Caminantes Blancos prácticamente a oscuras, sin que los espectadores pudieran apenas adivinar lo que estaba ocurriendo en pantalla.
En cuanto a la historia de “La Casa del Dragón” solo haré un par de consideraciones: me resulta en exceso folletinesca y me agota tanta corrección política, tanto voluntarismo inclusivista y tanta reivindicación feminista en bucle, con un argumento que gira una y otra vez sobre un mismo eje: las dificultades de que una mujer se haga con el Trono de Hierro en una sociedad patriarcal.
Adaptación de la novela “Fuego y sangre” (2018) guionizada por el propio autor de la saga, George R.R. Martin, junto con Ryan Condal y Mikel Sapochnik (quien ya fuera showrunner y director de algunos episodios de GoT), “La Casa del Dragón” se centra en las luchas intestinas dentro de la Casa Targaryen por la sucesión del rey Viserys I (Paddy Considine), elegido monarca de los Siete Reinos por los señores de Westeros.
El problema con el bueno de Viserys es que resulta demasiado amable e inofensivo y los señores de las casas de Poniente verán en ello una muestra de debilidad, acrecentada por su progresiva degradación física, a causa de una enfermedad similar a la lepra.
Viudo de su primera mujer, cuya vida se ve obligado a sacrificar para salvar al bebé que esperaban (el anhelado primogénito varón que acabará muriendo a las pocas horas de nacer, durante un parto complicado), Viserys decide que su heredera sea su hija mayor, la adolescente Rhaenyra (a quien encarna en los primeros episodios la extraña joven Milly Alcock cuya actuación resulta en general bastante plana, reemplazada en su edad adulta por Emma D’Arcy de quien puede decirse otro tanto). Lo que desata la furia de los miembros del Consejo del Rey y en especial de su tío Daemon (Matt Smith), hermano de Viserys, quien reclama su lugar en la línea sucesoria y al que veremos sobresalir en el campo de batalla como jinete de dragones.
Además de la audaz Rhaenyra en rebelión contra el patriarcado, el otro personaje femenino de interés es Alicent (Emilia Carey/Olivia Cooke), hija de Otto Hightower (Rhys Ifans), “Mano” del rey y gran conspirador de la corte. De ser la mejor amiga y confidente de Rhaenyra, Alicent pasa a ser su peor antagonista al desposarse con Viserys siguiendo las “recomendaciones” de su padre, convirtiéndose así en su madrastra y su reina, y dando a luz a dos hijos varones, Aegon (Tom Glynn-Carney) y Aemond (Ewan Mitchell), a los que la repentinamente ambiciosa Alicent desea ver en el Trono de Hierro, como corresponde a su legítimo derecho sucesorio, según la ley sálica.
Otro personaje importante en la trama es lord Corlys Velaryon, señor de Marcaderiva (interpretado por el actor británico de origen barbadense Steve Toussaint) y sus descendientes albinos de piel oscura, Laenor (Theo Nate/ John MacMillan) y Laena (Nanna Blondell), con quien sus padres intentaron que el rey se desposara al enviudar, pese a ser sólo una niña de doce años. Una elección de reparto que ha provocado algunas reacciones racistas en el fandom de la serie, que sus creadores se han apresurado a atajar citando expresamente a los movimientos #MeToo y #BlackLivesMatter en una entrevista con Jeremy Egner en el Time. “Estamos en un mundo radicalmente distinto al de hace diez años -dijeron- y tenemos que reflejar los cambios en el mundo actual”.
“En La Casa del Dragón los dragones son más grandes, más escamosos y sacan más fuego que en Juego de tronos. Y la misoginia habitual y los tropos raciales perturbadores de la primera serie se han atenuado”, observa Jeff Yang en The New York Times.
Y es que, a diferencia de GoT donde la mayoría de los personajes protagónicos eran de origen caucásico, en su precuela se impone esa “otra sensibilidad”, que da cabida a intérpretes de otras etnias, (como la asiática Sonoya Mizuno que da vida a Mysaria, la prostituta y concubina de Daemon) y cuya tercera pata, como no podía ser de otra forma, hace referencia al movimiento LGTBI. Si bien la cuestión de género que inquieta al movimiento queer, del que Emma D’Arcy (actriz que se identifica como persona no binaria) es un referente, queda de momento aparcada al asumir esta un papel (el de la princesa Rhaenyra) que responde claramente al género femenino.
Como hemos dicho, hacia mitad de temporada la serie apuesta por un cambio de intérpretes que se ajustan mejor a la edad que se supone tendrían los personajes, momento que aprovechan sus guionistas para introducir el factor de la diversidad sexual, al mostrar una relación abiertamente gay entre Laenor Velaryon (Theo Nate/ John MacMillan) y su fiel escudero, Ser Joffrey Lonmouth (Solly McLeod), quien pierde la vida de manera atroz, en una escena que recuerda mucho a aquella en la que Ser Gregor Clegane (La Montaña) le hunde los ojos y aplasta con sus propias manos el cráneo de la Víbora Roja (Oberyn Martell) en GoT, solo que esta vez la mano asesina es la de un descontrolado Ser Criston Cole (Fabien Frankel), guardia real de Rhaenyra, a quien la princesa convierte en su amante ocasionándole un gran dilema moral y uno de los pocos personajes cuyo orgullo herido y sed de venganza promete darnos momentos de gloria.
Hijo de Lord Corlys Velaryon y de la princesa Rhaenys Targaryen (Eve Best) (autora de la famosa frase de «los hombres preferirían ver el reino arder antes que ver una mujer sentada en el trono», algo que sabe por experiencia propia, ya que sería a ella y no a Viserys a quien correspondería reinar en Desembarco del Rey), pese a que su corazón y su cuerpo pertenecen a Seir Joffrey, Laenor acaba convirtiéndose en el consorte de la princesa Rhaenyra, merced a un pacto en el que ambos deciden unir sus vidas y sus casas con la esperanza de reinar juntos y vivir una relación abierta y discreta, en la que cada uno se reserva el derecho de satisfacer sus apetencias sexuales como le plazca. Cuestión que se complica cuando Rhaenyra empieza a dar a luz a los hijos bastardos de su nuevo amante, Ser Harwin Strong (Ryan Corr), sin que ninguno de ellos tenga el pelo blanco característico de los Targaryen, dando pie a toda clase de murmuraciones que ponen en cuestión la legitimidad de sus vástagos en la línea sucesoria.
De momento no ocurre mayor cosa en la serie que, si bien aparentemente conserva toda la esencia de “Juego de Tronos”: batallas, sangre, vísceras, sexo, incesto, poder y traiciones, se hace repetitiva y carece de la profundidad psicológica que mostraban las tramas y los personajes de la serie original, repleta de inteligentes reflexiones que en “La Casa del Dragón” brillan por su ausencia.
La diferencia estriba en que si “GoT” era una exhibicionista lucha de poder entre las casas de los Siete Reinos por gobernar Poniente, su precuela es una riña íntima que confronta a los miembros de una misma familia: los Targaryen, sentando las bases de una futura guerra civil que cubrirá de ríos de sangre las calles de Desembarco del Rey (como anticipan las imágenes de los créditos iniciales, en donde podemos volver a escuchar la sintonía original de “Juego de Tronos” que nos hace sentirnos de nuevo en casa).
Mientras llega el momento de la batalla final que acabará por destruir a casi toda la dinastía (recordemos que Daenerys es una de sus últimas supervivientes), sus creadores han decidido echarle mucha épica, quizá para distraernos de la escasez de subtramas y de hilos argumentales de los que tirar. De ahí que, desde el primer episodio, en el que se sacrifica a una parturienta abriéndole el vientre con una daga, hasta el anteúltimo en el que, en similares circunstancias, Laena le suplica a su dragón que la calcine al grito de “¡drakaris!”, la cosa se convierta en un festival de partos malogrados e intrigas palaciegas (Targaryen contra Targaryen), violentas justas a caballo y escenas propias del cine gore, en las que se cortan brazos, genitales y cabezas. Todo narrado de forma bastante obvia (tampoco GoT fue, en ese sentido, precisamente un ejemplo de sutileza) con abuso de montajes paralelos en busca de mayor ritmo y tensión.
Veinte millones de dólares por episodio (200 millones en total para la primera temporada) dan para un enorme despliegue de espectacularidad y sofisticados efectos visuales con dragones voladores. Lástima que, en este festival de excesos, tórridas escenas de sexo, orgías en lupanares y relaciones incestuosas, nadie haya reparado en que hay que dotar a los personajes de mayor carisma, profundidad e interés, a excepción hecha del príncipe Daemon (magnífico Matt Smith) un ser enigmático y temible, a quien todos desprecian en la corte de su hermano por su carácter violento y su vida disoluta, que sin embargo parece ser capaz de lo mejor y lo peor, fiel a su sangre y enamorado secretamente de su sobrina Rhaenyra, con quien acuerda compartir el Trono de Hierro; y de los dos grandes conspiradores de Desembarco del Rey: Otto Hightower (siempre convincente Rhys Ifans) y Larys Strong (Matthew Needham) una especie de Rasputin pegado a las faldas de la reina Alicent, por quien es capaz de asesinar incluso a su padre y a su hermano.
Los Targaryen proseguirán con su danza de fuego en la segunda temporada de “La Casa del Dragón”, después de que el primer capítulo de la serie consiguiera batir todos los récords al ser visto por 20 millones de espectadores solo en los Estados Unidos y otros tantos en el mundo. La cuestión es si conseguirá finalmente estar a la altura de las expectativas creadas.
Ojalá y la segunda temporada suponga su despegue definitivo. De momento, una serie bastante normalita, previsible y más bien aburrida, sin los brutales giros dramáticos de “Juego de Tronos” que, si no estuviera relacionada con esta, pasaría totalmente desapercibida.
Título original: House of the Dragon
Año: 2022
Duración: 60 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Ryan Condal (Creador), George R.R. Martin (Creador), Miguel Sapochnik, Clare Kilner, Geeta V. Patel, Greg Yaitanes
Guion: Ryan Condal, George R.R. Martin, Miguel Sapochnik
Música: Ramin Djawadi
Fotografía: Pepe Avila del Pino, Fabian Wagner, Alejandro Martínez
Reparto: Paddy Considine, Matt Smith, Milly Alcock, Emma D'Arcy, Rhys Ifans, Olivia Cooke, Emily Carey, Steve Toussaint, Eve Best, Fabien Frankel, Sonoya Mizuno, Ryan Corr..
Pocas series hay dotadas de tanta autenticidad, actualidad e implacable rigor crítico, como “Borgen” (nombre con el que popularmente se conoce al palacio de Christiansborg, sede de los tres poderes del Estado, en Copenhague).
La serie del multipartidismo y de los gobiernos de coalición europeos, popularizada por Netflix, se convirtió en un fenómeno mundial tras su estreno en la televisión danesa hace diez años, ofreciendo uno de los mejores relatos de (no tan) ficción acerca del complejo sistema de funcionamiento de una democracia que pivota sobre las negociaciones y la capacidad de llegar a acuerdos entre los representantes de la voluntad popular, sus relaciones con los medios de comunicación y con la opinión pública, y una constante y aguda reflexión acerca de la naturaleza del poder y la integridad de las instituciones del Estado, valor supremo a preservar frente a los intereses particulares, complejos, inseguridades, rencillas, odios y mezquindades, de quienes están llamados a dirigirlas.
En definitiva, una obra maestra de la cultura escandinava, sobre los entresijos de la política danesa y sobre la grandeza y la miseria propias de la condición humana, a la altura de los grandes dramas shakesperianos que, como no podía ser de otra forma, aborda también el eterno dilema del “ser o no ser” del oficio periodístico, en tanto que garante de la transparencia democrática.
Parafraseando al bardo británico, ahí está reflejado todo lo que huele a podrido en Dinamarca y en cualquier otra parte del mundo, pues de su visionado se desprende que cualquiera de las sentencias que, proyectadas a modo de prólogo, sirven de leit motiv a cada episodio (maravilloso compendio de legendarias frases sobre la conquista y el ejercicio del poder, pronunciadas a lo largo de los siglos por insignes estrategas y pensadores de distinta procedencia, desde Maquiavelo hasta Kant, pasando por Séneca, Sun Tzu o Napoleón Bonaparte, entre muchos otros), son de aplicación universal y siguen plenamente vigentes.
El artífice de la idea original es Adam Price, guionista, dramaturgo y restaurador danés (quien llega a aparecer en alguno de los episodios de la serie encarnando a uno de los presentadores del primer canal de la televisión pública TV1) y ha tenido que pasar casi una década desde que “Borgen” se despidiera de su público, para que quienes la seguimos con devoción en su día pudiésemos volver a ver en acción a la astuta y resolutiva líder del centro democrático Birgitte Nyborg, interpretada por la extraordinaria actriz Sidse Babett Knudsen, en una secuela de su misma autoría, cuyo título de reminiscencias católicas (“Reino, Poder y Gloria”) es una síntesis perfecta de las motivaciones de su protagonista en esta cuarta y de momento última entrega de la serie, en la que Price escenifica el descenso de su heroína a los infiernos, elaborando un despiadado retrato de la cuestionable evolución personal y profesional de esta mujer ya de mediana edad (53 años), afectada por las alteraciones físicas y emocionales de la menopausia (los sofocos, los desarreglos de la menstruación, la excesiva sudoración que la obliga a continuos cambios de ropa, el apetito desordenado, la sed insaciable, la aparición de vello facial, la irritabilidad, el insomnio, cierto grado de desconcentración y pérdida del sentido de la realidad, incontrolados cambios de humor…), quien acusa además la soledad y el síndrome del “nido vacío” y los compensa con una insana y desproporcionada adicción al trabajo.
Tenaz, intuitiva y empática, siempre atenta a las preocupaciones y demandas de las bases de su electorado (lo que le permitió ganarse el favor de sus conciudadanos y convertirse en la primera mujer en alcanzar el codiciado puesto de Primera Ministra de Dinamarca), contra todo pronóstico, Birgitte Nyborg acaba vendiendo su alma al diablo en el cénit de su carrera, pasándose al lado oscuro cuando asume que el fin justifica los medios y empieza a traicionar sus ideales que son los valores fundacionales de su partido, para convertirse en lo que siempre combatió: una política acomodaticia, insensible y pragmática, cuyo único afán es conservar su cartera ministerial y asegurar su legado a toda costa, para tener algo con lo que llenar sus días ahora que su vida personal y familiar es inexistente.
Cegada por su propia ambición, porque «el hombre es el único animal cuyos deseos aumentan a medida que se alimentan» (Henry George), si las tres primeras entregas de la serie marcan su imparable ascenso basado en la humanidad, idealismo y honestidad del personaje, esta secuela se centra en su declive, no ya como Primera Ministra, sino como experimentada y endurecida política que ejerce como Ministra de Exteriores de su país, para exponer el riesgo de perversión al que está abocado el poderoso, cuando el control y la conservación de ese poder en sí mismo pasa a ser más importante para él o para ella que la causa a la que sirve.
Para quienes no hayan visto las anteriores tres temporadas de «Borgen» (algo recomendable, si no indispensable, para entender la trama de esta secuela), recordaremos que su historia da comienzo unos días antes de la celebración de los comicios en los que se decidirá quién será el o la nuev@ Primer@ Ministr@ de Dinamarca.
El entonces jefe del ejecutivo, Lars Hesselboe (Søren Spanning), figura clave del partido liberal, define su estrategia para renovar en el cargo al tiempo que debe lidiar con el desequilibrio emocional de su esposa quien, sintiéndose relegada por éste, decide arrasar las tiendas de lujo londinenses, en compensación por su abandono, durante una visita protocolar de la pareja presidencial a la capital del Reino Unido. Un escándalo que le cuesta el puesto al líder de los liberales por haber abonado la abultada factura con cargo a los fondos públicos, mientras su principal oponente, el arribista e inescrupuloso candidato de los laboristas daneses, Michael Laugesen (Peter Mygind) explora un acercamiento a las posturas xenófobas y de restricción de los derechos civiles de la extrema derecha representada por el Partido de la Libertad del histriónico y populista Svend Áge Saltum (Ole Thestrup), en consonancia con el nuevo escenario político europeo de comienzos de la última década, condicionado por el fenómeno migratorio y la persistente crisis financiera.
En ese contexto de creciente conflictividad y descontento social, emerge con fuerza desde el centro democrático la representante del partido de «los moderados”, Birgitte Nyborg quien, sin demasiados preámbulos, salvo un efectivo y efectista discurso pronunciado durante el debate final de los candidatos en el primer canal de la televisión pública, multiplica sus opciones de formar gobierno o, cuando menos, de condicionar el rumbo de éste, como figura clave en la futura estrategia de alianzas. Un gobierno que finalmente estará llamada a encabezar y que se asienta en políticas sensibles a cuestiones como la preservación del medio ambiente, la igualdad y la integración de los inmigrantes y que, sobre todo, aspira a equilibrar las fuerzas de izquierda y de derecha en el parlamento danés.
La noble intención de la líder de los moderados al intentar gobernar Dinamarca formando una amplia mayoría junto con la coalición progresista encabezada por Bjørn Marrot (Flemming Sørensen) del Partido Obrero y los ambiciosos Troels Höxenhaven (Lars Brygmann) y Hans Christian Thorsen (Bjarne Henriksen) del Partido Laborista, así como con otras formaciones minoritarias, como los verdes de Amir Dwian (Dar Salim), el Partido de la Solidaridad de Anne Sophie Lindenkrone (Signe Egholm Olsen) o las feministas de Pernille Madsen (Petrine Agger), es aprender a tejer alianzas y a ceder cuando sea necesario, mostrándose pragmática sin renunciar al idealismo, forjando en definitiva un nuevo estilo de liderazgo basado en valores como la transparencia, la justicia, la igualdad y la honestidad.
A su lado, su mano derecha, consejero y mentor, el incondicional Bent Sejrø (Lars Knutzon), veterano miembro del partido, siempre dispuesto a ayudarla a responder a su eterna pregunta de “¿qué opciones tengo?” y su spin doctor, Kasper Juul (Pilou Asbæk), sagaz asesor de comunicación y estratega en la sombra. El auténtico “hombre fuerte” del gabinete de Nyborg, quien alerta a Birgitte sobre las debilidades de otros partidos, vislumbra fructíferos pactos y esboza efectivas retóricas; un profesional tremendamente competente, capaz de vender la política de su jefa pero también de condicionarla, conocedor de los secretos y los trapos sucios de sus aliados y de sus oponentes, para hacer un uso conveniente de ellos llegado el caso, convencido de que “la información es poder. Quien, sin embargo, esconde un pasado traumático que lo convierte en un ser humana emocionalmente vulnerable, malogrando su tórrida relación sentimental con Katrine Fønsmark (Birgitte Hjort Sørensen), una agraciada periodista 100% vocacional, cuya carrera como presentadora de noticias va en ascenso, algo frustrada y ansiosa por no poder conciliar su vida privada con las exigencias de su profesión que se toma muy en serio.
Sus idas y venidas amorosas no solo evidencian las complejas relaciones que se dan entre la prensa y el poder político, dos mundos necesariamente interdependientes, sino también los desajustes emocionales y afectivos de un ecosistema de crueles exigencias, alterado por afinidades ideológicas, por la búsqueda de popularidad a toda costa y por las luchas intestinas entre los propios profesionales de la información, deseosos de acumular cuota de pantalla o de conseguir un ascenso en su carrera, muchas veces supeditado a sus relaciones personales con funcionarios y políticos.
Adam Price se libera de los lugares comunes a la hora de retratar los entresijos del periodismo político y lo hace poniendo en valor el profesionalismo y el compromiso con la verdad de cierta raza de periodistas, pero también sacando a la luz la realidad de un sistema de utilización mutua entre est@s y l@s polític@s.
En ese contexto, resulta paradójica aunque comprensible la relación de rivalidad y compañerismo que se establece entre la guapa Katrina y el vanidoso Ulrik Mørch (Thomas Levin), el otro presentador de informativos que se siente discriminado por su género; o la experimentada Hanne Holm (Benedikte Hansen), experimentada corresponsal y aguda editora de política internacional, cuya frialdad y visión analítica (pese a sus problemas de alcoholismo) contrastan con la efervescencia e impulsividad de la joven Katrina, con quien acaba formando un gran equipo de periodismo de investigación.
Y es que, si hay algo sobre lo que “Borgen” profundizó, mucho antes de que el #MeToo colocara el tema en la agenda pública, es sobre la llamada «sororidad» y las posibilidades de la mujer de llegar a puestos relevantes en la toma de decisiones, tanto en política como en los medios de comunicación, abordando el asunto desde un punto de vista nada panfletario ni maniqueo.
Ya en la primera temporada, Price hablaba de las relaciones, no siempre fáciles, de la primera ministra con los líderes de la oposición, pero también con los miembros (y “miembras”) de su propio gabinete y de su partido, y con los funcionarios del ministerio público, signadas por la competitividad, la colaboración o la traición, y la necesidad de fijar límites para dejar claro quién manda, estableciendo el principio de autoritas tras preguntarse ¿qué es mejor?, si ser amada o ser temida; así como con el conglomerado mediático representado en la cadena pública TV1 y sus periodistas, empezando a esbozar el que sería el tema central de la segunda entrega de la serie: el elevado coste personal y familiar que supone la exposición mediática en el ejercicio del poder político.
El rápido deterioro de su matrimonio con Phillipe Christensen (Mikael Birkkjær) padre de sus dos hijos, Laura (Freja Riemann) y Magnus (Emil Poulsen), quien se siente reducido a la condición de “hombre florero” y limitado en su propio desarrollo personal y profesional por las servidumbres del creciente protagonismo de su mujer (con quien había acordado que cada cinco años alterarían su dedicación a la familia para tener una relación saludable y sin rencores) acaba en divorcio. Una de las más dolorosas renuncias que Nyborg habrá de asumir mientras permanece al frente del ejecutivo danés. Pero no la única. De hecho vemos cómo, mientras ella construye su círculo de poder, se empieza a derrumbar la armonía de su entorno familiar. Solo que entonces no es la ambición ni la desmesura lo que juegan en su contra, sino la necesidad de ser fiel a sus convicciones, consagrada a la tarea formar y mantener un gobierno estable para su país.
En la segunda temporada, tras el impacto de su separación y el conocimiento de que Phillipe (a quien llegó a proponerle mantener una relación “abierta” con tal de seguir juntos) sale con una atractiva y joven pediatra llamada Cecelie Toft (Mille Dinesen) que le ha caído en gracia a sus hijos, llega la enfermedad de su hija adolescente, un severo cuadro de ansiedad que obliga a su internamiento psiquiátrico en un centro privado de reconocido prestigio, precisamente cuando el parlamento debate acerca de la ampliación del presupuesto para la sanidad pública.
Acusada de incoherencia e hipocresía por no hacer uso de ella, Birgitte entiende que su rol de Primera Ministra colisiona con sus decisiones como madre, lo que hace que los medios se ceben con ella, especialmente su archienemigo Laugesen, ex candidato del partido laborista reconvertido en editor del Express, principal tabloide sensacionalista de Copenhague, especializado en difundir montajes, bulos y fake news que afectan a la vida privada de las personas. Un sujeto carente de escrúpulos y de la más mínima ética periodística quien considera que, “cuando se trata de la lucha por el poder, hay que ser un depredador para mantenerse en primera línea”, dispuesto a saltarse todas las líneas rojas (como contratar a un escort para destapar la homosexualidad de un ministro que, al saberse descubierto, acaba suicidándose o alterar la paz de un centro de salud mental infiltrando un paparazzi) para conseguir una foto de portada y un titular escandaloso que beneficie a sus rastreros propósitos.
La enfermedad de su hija Laura, de la que se siente culpable por ejercer de “madre ausente” y la imposibilidad de estar cerca de su familia cuando más la necesita o, peor aún, la sensación de que la animadversión y el odio hacia su persona que su cargo suscita perjudica a los suyos, hacen que Birgitte se vea superada por las circunstancias y decida priorizar su faceta de “madre cuidadora”, tomándose una excedencia hasta que su hija mejore, algo que jamás hasta entonces había sucedido en la historia política de Dinamarca, lo que abre un nuevo falso debate acerca de si una mujer madre de familia está capacitada o no para soportar la presión que conlleva el puesto de Primera Ministra.
Price concentra su análisis en la progresiva erosión de ciertos ideales de la protagonista, en su creciente conciencia acerca de los aspectos más ruines y crueles de la política en connivencia con los medios de comunicación, y en su crecimiento y madurez como una líder capaz de promover las negociaciones de paz entre países africanos en guerra o de manejar las desavenencias en el seno de su propio gabinete de gobierno, que sin embargo muestra su perfil más vulnerable cuando la vemos estar pendiente de los suyos. Todo lo cual la empuja a convocar elecciones anticipadas a su regreso a Borgen, sin tener la certeza de poder ganarlas.
Y así llegamos a la tercera entrega de la serie, en la que transcurridos ya dos años desde aquellos sorpresivos comicios que Nyborg finalmente no ganó, encontramos a Birgitte viajando a Hong Kong como consultora al servicio de distintas corporaciones privadas, gozando del jugoso beneficio económico que ofrecen las “puertas giratorias” tras su retiro voluntario de la política. Un envidiable estatus que le permite llevar un reloj de 40.000 coronas en la muñeca, vivir en un fastuoso y carísimo piso de alquiler en Copenhague y disfrutar de imponentes suites en sus constantes viajes por el mundo, en los que coincide con su amante Jeremy Welsh (Alastair Mackenzie), un reputado arquitecto inglés, amén de compartir más tiempo con sus hijos.
Una vida ideal, si no fuera porque Birgitte ha nacido para la política. El viraje de su partido, liderado ahora por Jacob Kruse (Jens Jacob Tychsen) (un antiguo colaborador con quien en el pasado tuvo sus más y sus menos) hacia posiciones reaccionarias que aprueban la deportación de los inmigrantes por delitos menores y cierta nostalgia por la adrenalina de la cosa pública la impulsan de nuevo a dar la batalla, intentando arrebatarle a Kruse la secretaría general de los Moderados. Cosa que no consigue por lo que, antes de rendirse, decide fundar su propio partido.
Un viaje para el que ya no cuenta con su antiguo spin doctor, Kasper Juul, cuyo personaje pasa a un notorio segundo plano –probablemente por los compromisos laborales del actor con el rodaje de “Juego de Tronos” donde interpreta el papel de Euron Greyjoy- por lo que Birgitte decide ofrecerle el puesto a su ex pareja, Katrine Fønsmark quien, tras despedirse de TV1 por sus discrepancias de criterio con el jefe de informativos de la cadena, el veterano y reputado periodista Torben Friis (Søren Malling), y después de una fugaz experiencia como corresponsal de guerra en Afganistán para el diario sensacionalista de Laugesen, en donde no duró demasiado tiempo, acepta ser la jefa de prensa del recién creado partido de Nyborg, bautizado como los “Nuevos Demócratas”.
Por el camino, Katrine ha sido tentada por Hesselboe para ocupar el puesto de asesora de comunicación de «los liberales», algo que no cuajó pese a los privilegios del cargo y la sustanciosa remuneración prometida, por ir en contra de sus propias convicciones (“no puedo ser su asesora de comunicación, porque no quiero que sea mi Primer Ministro”) y ha tenido un hijo con Kasper, el hasta ahora amor de su vida, de quien también se ha separado. Juntos deberán ejercer su crianza compartiendo la custodia del pequeño Gustav, cuestión que no resultará fácil debido a la enorme exigencia de sus respectivos puestos de trabajo, ella como nueva spin doctor de Birgitte Nyborg y él como analista político estrella de TV1, en un espacio que comparte con Torben, abrumado por sus problemas matrimoniales, su affaire con la asistente de realización Pía Munk (Lisbeth Wulff) y el reciente nombramiento de un nuevo CEO, Alexander Hjort (Christian Tafdrup), prepotente ejecutivo de unos treinta años que disfruta humillándole y disputándole el liderazgo frente al personal de redacción, pretendiendo imponer una lógica de creciente espectacularidad en los servicios informativos que afecta a la credibilidad de las noticias que emite la cadena pública.
La trama de la serie comienza entonces a mostrar un cambio en la política mundial, con la crisis de los partidos tradicionales y el surgimiento de nuevas fuerzas alternativas, lo que permite a Nyborg volver a realizar el camino de ascenso desde la base; así como en los medios de comunicación, susceptibles al uso de nuevas tecnologías que permiten conocer las opiniones y afinidades de la audiencia casi en tiempo real y los nuevos dictados del marketing, dispuesto a sacrificar la calidad y el rigor periodístico en favor del entretenimiento.
Adam Price pone a sus personajes a reflexionar sobre la ética y la ambición en un escenario cada vez más opaco, y en el caso de Birgitte Nyborg, a reconectarse con sus viejas aspiraciones políticas desde una posición de madurez y experiencia, justo antes de ser diagnosticada de un cáncer de mama por el que deberá tratarse con radioterapia. Un contratiempo que pretenderá llevar en secreto, hasta que los efectos del tratamiento empiezan a afectar a su agenda y a su desempeño como candidata en las elecciones anticipadas que Hesselboe ha convocado por sorpresa, abriendo un nuevo melón: el de hasta qué punto es lícito utilizar la propia enfermedad como reclamo electoral o para justificar una conducta errónea, insuficiente o inapropiada durante una contienda electoral en la que, contra todo pronóstico, los Nuevos Demócratas consiguen un resultado lo suficientemente amplio como para volver a ejercer de partido bisagra en un contexto parlamentario muy fragmentado.
A diferencia de otras de su mismo género, como “House of cards” o “El ala oeste de la Casa Blanca” (con las que guarda, por momentos, un singular parecido), lo más valioso de la serie escandinava es que, pese a sus vestiduras palaciegas, el relato nunca cede a efectismos sensibleros ni a atajos del entretenimiento, sino que consigue hacer de la comunicación política y sus vericuetos, de las tensiones entre la vida privada y el deber público de funcionarios y periodistas, y de los dilemas entre los compromisos del poder y las exigencias de su ejercicio, la clave de nuestro disfrute. Cosas del carácter nórdico.
Con gran sutileza y sin recurrir a lugares comunes, Price reproduce los entresijos de la compleja dinámica del sistema parlamentario danés. La exigencia de gestar coaliciones para formar gobierno, repartir ministerios, aprobar leyes y conseguir apoyos para las políticas que se pretenden llevar adelante. Una tarea rutinaria que, si resulta interesante para el espectador, es precisamente por sus humanas complejidades.
Sus personajes se desenvuelven a toda velocidad en ese difícil contexto y observamos cómo muchas de sus contradicciones y tensiones se nutren, en buena medida, de sus vidas privadas, de sus afectos y aspiraciones. Les vemos triunfar y también fracasar, frustrarse, desesperarse, amarse y sin embargo dejarse, o traicionarse sin rubor ni piedad, conscientes de que no siempre se puede tener todo lo que se desea ni se puede actuar en conciencia, como si la propia vida llevase implícita una cláusula de asunción de la fatalidad.
En cuanto a Birgitte Nyborg, su comportamiento político y las complejas decisiones que la vemos tomar a lo largo de las tres primeras temporadas de la serie, la diatriba de llegar a acuerdos con sus adversarios sin renunciar a sus ideales y su determinación en la construcción de un liderazgo fuerte en un entorno sexista y hostil, le supone asumir riesgos, desafíos y renuncias, como la invasión de su privacidad y las presiones de todo tipo que debe soportar, sin caer en excesivas concesiones o en contraproducentes intransigencias, lo que despierta nuestra admiración y empatía por la templanza demostrada por esta mujer de carne y hueso, decidida a cambiar el mundo a mejor, le cueste lo que le cueste.
O al menos eso creíamos hasta el estreno de “Borgen: Reino, Poder y Gloria”, cuyo argumento (de rabiosa actualidad) parte del hallazgo de petróleo en Groenlandia y de las repercusiones que su explotación por parte de una empresa canadiense participada por capital ruso y chino tendrá para el ya frágil y deteriorado ecosistema del ártico, desatándose un conflicto medioambiental y político sin precedentes, en el que no solo estará en juego el cambio climático, sino el control de los Estados Unidos (a quien Dinamarca debe lealtad como aliado de la OTAN) de una zona militarmente geoestratégica, y, en última instancia, las ansias de independencia de los groenlandeses que, aun perteneciendo formalmente a un territorio autónomo, continúan bajo el protectorado de la Corona danesa y cuya situación económica y social no es demasiado próspera.
La posición del Ministerio de Asuntos Exteriores danés, liderado por Birgitte Nyborg, es clave para dar luz verde o frenar la extracción de petróleo en Groenlandia, pese a la intención de llevar este asunto personalmente expresada por la actual primera ministra, Signe Kragh, una mujer más joven que Birgitte, con quien esta rivaliza en popularidad pese a que, en buena medida, ha seguido su estilo de gobierno.
Para neutralizarla, Nyborg decide filtrar a la prensa una información a la que ha tenido acceso de manera fortuita y que indica que Signe estaría pensando en crear un cargo de libre designación para contratar a su amigo personal Michael Laugesen como asesor de comunicación, lo que desata un pequeño escándalo mediático que impide que se lleve a cabo.
Tras un breve encontronazo en el que Kragh le hace saber a Birgitte que está al tanto de su autoría en la filtración y que, a partir de ahora, estará sola en el espinoso asunto del petróleo (que se complica cuando su ministerio tiene conocimiento de que en el accionariado de la empresa extractora figura Mijail Gamov, un conocido criminal, próximo al Presidente Putin y miembro de la mafia rusa), Nyborg decide oponerse inicialmente a la operación, en consonancia con los preceptos fundacionales de su partido, centrados en la preservación medioambiental, y con las medidas sancionadoras de la UE frente a Rusia ante la reciente invasión de Ucrania. Paralelamente, envía a Asger Holm Kirkegaard (Mikkel Følsgaard), a recabar información sobre el terreno como embajador en funciones de su ministerio. Información que decide no trasladar al Consejo de Ministros a petición de su homólogo estadounidense. Pero, cuestionada por el ala conservadora del gobierno por los beneficios económicos que este negocio puede reportarle a Dinamarca, y temerosa de una destitución, al hacerse de dominio público que ha estado ocultado información sensible al resto de los miembros del gabinete, cambia de postura ignorando las consecuencias medioambientales y se muestra dispuesta a conseguir el beneplácito de los Estados Unidos a la extracción de petróleo por parte de una empresa china bajo la supervisión de Dinamarca, haciendo valer su visión colonial sobre Groenlandia y enfadando a las bases de su partido que se plantean su destitución como secretaria general.
Si en las primeras temporadas «Borgen» generó interés y anticipó varios debates sobre algunas cuestiones de la Dinamarca real que después fueron abordadas en sede parlamentaria, en materias como los derechos de las personas migrantes o de las mujeres que ejercen la prostitución, permitiéndonos ver cómo es la cocina del poder en países que muchas veces se ponen como ejemplo de democracias avanzadas, la nueva no se duerme en los laureles y sube la apuesta con debates de rabiosa actualidad.
Con varias subtramas que se apoyan en la tradición y la cultura inuitas, «Borgen: Reino, Poder y Gloria» desafía la corrección política al hacer referencia, por ejemplo, a la incoherencia en la que a menudo incurren los defensores de ciertas posiciones radicales de índole feminista o ecologista. Jóvenes activistas, como el hijo de la propia Birgitte, Magnus, que muestra su disconformidad con las macrogranjas de ganado porcino secuestrando un camión lleno de cerdos que acaban siendo liberados y posteriormente atropellados en la autopista, veganos que comen ternera cuando encargan comida rápida o supuestos ecologistas que le piden el coche a mamá para llegar antes a su destino o gobiernos, como el danés, que presumen de promover una política “verde” y critican el uso de combustibles fósiles hasta que les conviene recordar que “en la calefacción de nuestras casas, la industria y los autos seguirán funcionando con nafta durante algunos años” para justificar su apoyo a la extracción de petróleo en el Ártico que generará para el país recursos millonarios.
Desde el principio, una de las principales cuestiones que «Borgen» pretende demostrar es que, no solo el Estado es un poder en sí mismo, sino también la prensa, capaz de influir y precipitar los acontecimientos en un gobierno.
A ese “cuarto poder”, independiente de los tres tradicionales (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) se suma en esta entrega un quinto con decisiva influencia en nuestros días: el de la opinión pública que se expresa a través de las RRSS y que en esta secuela afecta tanto a Birgitte como a Katrine Fønsmark, convertida en la nueva jefa de informativos de TV1 quien, a diferencia de Nyborg (superviviente experimentada que decide adaptarse a la moda del selfie y contratar a su peor enemigo entre los estertores de una mala noche de náusea y de resaca, para que la asesore con la estrategia a emplear frente a sus rivales y de paso le eche una mano con sus redes sociales) sucumbe emocionalmente a la presión de sus colegas féminas quienes no aceptan su liderazgo y socavan su autoridad en la redacción, desatando una brutal campaña de desprestigio a través de Twitter e Instagram, que la hará perder los nervios, empujándola a renunciar definitivamente a su mayor pasión que, como en el caso de Birgitte, es su profesión.
En este sentido, la serie desliza una serie de críticas a ideas que son materia de debate en el movimiento feminista, como el tópico de la solidaridad femenina demostrando que, cuando la presencia de otra mujer amenaza tu cuota de poder, esta no es más que un puro eufemismo.
Y ello porque en Borgen no hay esencialismos de género. Desde el principio percibimos los roces entre mujeres que forman parte de los distintos gobiernos de coalición. Y, en esta temporada, somos testigos de la tensión entre Birgitte Nyborg y la nueva primera ministra Signe Kragh. A Birgitte la exaspera el uso demagógico que Kragh hace del discurso feminista, por lo que le dice a su asistente: “Puso el hashtag #ElFuturoEsFemenino en nuestra foto, me utiliza para su marca”. Un comentario que es una invitación al debate real, pues dicho hashtag no es solamente una frase marketinera de la Primera Ministra para postear en sus redes sociales, refiere a un discurso feminista interesado en convencernos de que la sola presencia de más mujeres en puestos de decisión vía cuota puede cambiar las cosas a mejor, cuando por contra hay quien opina que pensar que el género del personal que administra los Estados provoca en sí mismo un cambio radical en las políticas que se llevan a cabo es, como mínimo, una ingenuidad.
Sostenerlo en 2022, cuando hace décadas que hay mujeres dentro de los gobiernos, en puestos de presunta responsabilidad, es bastante cínico. Lo que no es óbice para seguir denunciando el «techo de cristal» (mucho más presente en algunos países que en otros) y diciendo que la presencia minoritaria de mujeres en posiciones de poder que son perfectamente capaces de asumir por méritos propios (y no por una cuestión cosmética relativa a las cuotas) confirma la desigualdad real de oportunidades.
Cabe recordar, por último, volviendo a la serie que, un año después de su estreno (en 2010), una mujer llegó a ser por primera vez Primera Ministra de Dinamarca. Helle Thorning-Schmidt, quien contó en varias entrevistas que dejó de ver «Borgen» para no verse influenciada por el impacto que sus tramas generaban en la opinión pública. Un claro ejemplo de cómo el cine y el cultura sirven como tractor de las sociedades avanzadas. ¡Larga vida a Adam Price y a los creadores que nos hacen pensar!
Título original: Borgenaka
Año: 2022
Duración: 8 episodios de 60 min.
País: Dinamarca
Dirección: Adam Price (Creador), Per Fly, Louise Friedberg, Jesper W. Nielsen, Mikkel Nørgaard, Annette K. Olesen, Mogens Hagedorn, Rumle Hammerich...
Guion: Adam Price, Jeppe Gjervig Gram, Tobias Lindholm, Maja Jul Larsen...
Música: Halfdan E, August Fenger
Fotografía: Eric Kress, Magnus Nordenhof Jønck, Lars Vestergaard, Jorgen Johansson...
Reparto: Birgitte Hjort Sørensen, Sidse Babett Knudsen, Lars Mikkelsen, Mikkel Boe Følsgaard, Søren Malling, Darren Pettie, Lucas Lynggaard Tønnesen, Peter Mygind, Magnus Millang, Johanne Louise Schmidt, Jens Albinus, Mikael Birkkjær, Özlem Saglanmak...
Productora: Coproducción Dinamarca-Reino Unido; Netflix, SAM Productions.
Distribuidora: Netflix
Género: Serie de TV. Secuela. Drama Político.
A la espera de la película que sus creadores anuncian ya a modo de secuela, los “fucking Peaky Blinders” han bajado la persiana del pub Garrison y han dejado a su legión de seguidores sedienta de más sangre y de más whisky (irlandés, no escocés), con esa sensación de ansia y de vacío que tienen los grandes finales inconclusos.
Y es que, como explicaba Mariló García en El País al poco tiempo de su estreno en 2013, la serie original de la BBC “llegó como algo modesto, pequeño, solo para una minoría, y acabó convirtiéndose en un fenómeno mundial” gracias a Netflix que la globalizó y multiplicó su popularidad y al reconocimiento que merece todo trabajo bien realizado, hasta llegar a ser considerada la mejor serie de culto de la última década, lo que la ha hecho durar seis temporadas.
“Peaky Blinders” es una joya. Un clásico contemporáneo que no solo engancha por la calidad de su argumento y el brillante trabajo de su excepcional elenco de actores y actrices, sino por su ritmo trepidante, su impactante fotografía e impecable ambientación que abarca desde finales del siglo XIX a las tres primeras décadas del XX, y por una potente y vigorosa banda sonora con temas de Arctic Monkeys, David Bowie, Radiohead, PJ Harvey, Johnny Cash o The White Stripes, que por si fuera poco incluye la gran sintonía de apertura, «Red Right Hand» de Nick Cave and The Bad Seeds.
“No hay serie de ficción hoy en día donde se fume más -ni donde se beba más- ni donde se vista tan bien…”, escribía García, en alusión a un estilo de peinado e indumentaria que se han hecho célebres. Boinas caladas que ocultan la mirada y dejan al descubierto la nuca rapada, trajes de tres pieza de tejido grueso, relojes de bolsillo con leontina, pañuelos anudados al cuello, tirantes de botones, gemelos y botas con puntera dorada… accesorios convertidos en tendencia de moda joven gracias a la percha y el porte de un protagonista tan carismático, enigmático y elegante como Thomas Shelby, brillantemente interpretado por el actor Cillian Murphy (a quien pocos recuerdan ya como el extravagante Espantapájaros del “Batman” de Cristopher Nolan), en el que se considera el mejor papel de su carrera hasta ahora.
Steven Knight (guionista de la magnífica “Eastern Promises” (2007) de David Cronenberg, de “Las crónicas de Narnia: la travesía del viajero del alba” (2010) y de la biográfica “Spencer” (2021) de Pablo Larraín) es el creador y guionista de esta maravilla del streaming producida por una cadena de televisión que tiene por norma la perfección. Aunque, con la epopeya familiar de estos violentos gánsteres romaníes de origen irlandés, la factoría audiovisual de la TV pública inglesa haya roto moldes, alejándose de las grandes mansiones y palacios de la aristocracia y la realeza británicas, para meterse de cabeza en los húmedos y peligrosos suburbios y calles ennegrecidas por el barro y el carbón de las fábricas del corazón de una Inglaterra en plena depresión industrial, durante los años posteriores a la Gran Guerra que dejó a sus soldados física y psicológicamente rotos, sin ofrecerles más salida de futuro que la de convertirse en maleantes y criminales.
Remontándonos a los orígenes, cabe recordar que esta historia da comienzo en 1919, cuando la Primera Guerra Mundial llega a su fin y Europa se prepara para un triste y complicado proceso de reconstrucción que entonces se pensaba que correspondería a un periodo de postguerra, sin que sus traumatizados y arruinados ciudadanos pudiesen sospechar siquiera que lo que estaban viviendo era más bien un tiempo de entreguerras, dado los acontecimientos que tuvieron lugar durante el mismo y que precipitaron una segunda contienda bélica en el viejo continente de trágica repercusión mundial.
Es en esos años cuando Thomas Shelby (Cillian Murphy), sus hermanos Arthur y John, y otros chicarrones de la grisácea Birmingham, alistados como voluntarios para combatir a las órdenes del ejército británico en Francia, regresan a casa, tras haber conseguido derrotar a los tres grandes imperios que quedaban en pie.
Pese a haberles sido concedida alguna que otra medalla al mérito (caso de Thomas, con rango de Sargento Mayor, condecorado por su heroica labor como zapador, excavando túneles y trincheras), los jóvenes excombatientes comprenden amargamente que no va a haber desfiles de bienvenida para ellos, ni discursos oficiales en los que se les agradezca su patriotismo tras arriesgar la vida por su país. Por el contrario, sus vecinos los miran con recelo, debido a los traumas y trastornos psicológicos que la mayoría de ellos acarrea a resultas del horror vivido.
Lo que se encuentran a su llegada es una sociedad desesperanzada y abatida, en la que la miseria, la falta de oportunidades y la dura lucha por la supervivencia envilecen al género humano casi tanto, o más, que la propia guerra librada en el campo de batalla.
De sangre gitana y huérfanos de madre, quien se suicidó arrojándose al canal víctima de una depresión, los Shelby tampoco tienen padre (un timador de baja estofa que los abandonó para poner rumbo a las Américas, a quien da vida el actor Tommy Flanagan en una breve incursión al principio de la serie). Se trata de tres hermanos con un carácter totalmente distinto. El mayor de ellos, Arthur (Paul Anderson) es un hombre de escasas luces, paranoico y lleno de furia, llamado a ser el cabeza de familia, posición que le correspondería como primogénito pero que es incapaz de asumir dada su inestabilidad emocional. Alcohólico y drogadicto, se convierte a cambio en el fiel brazo ejecutor de las órdenes de su hermano Thommy y en el matón oficial de la familia. Mientras John (Joe Cole), el menor de los tres, es un joven impetuoso que le secunda en sus fechorías, encargándose ambos de hacer el «trabajo sucio».
Durante el tiempo en el que han estado fuera (cuatro años), su hermana Ada (Sophie Rundle) y su pequeño hermano Finn (Alfie Evans-Meese/Harry Kirton) han estado al cuidado de Elizabeth Gray, la “tía Polly” (que encarna la actriz Helen McCrory, a quien algunos recordarán como la madre de Drako Malfoy en la saga de “Harry Potter”, fallecida el año pasado a causa de un cáncer), auténtica matriarca del clan y descendiente de una estirpe reyes, con dotes para la videncia y un fuerte y resolutivo temperamento.
En ausencia de los varones de la familia, Polly se ha encargado de que los Shelby sobrevivan y se hayan hecho fuertes en su territorio gracias al negocio ilegal de las apuestas clandestinas en carreras de caballos. Pero, a la vuelta de sus sobrinos, decide hacerse a un lado, manteniéndose en un discreto segundo plano, dada su condición de mujer en un mundo de hombres, sin dejar de aportar un punto de vista alternativo cuando de asuntos familiares se trata.
A semejanza de la Carmela de “Los Soprano”, la Gemma Teller de “Sons of Anarchy”, la Skyler White de “Breaking Bad”, la Margaret Thompson de “Boardwalk Empire” o la Claire Underwood de “House of Cards”, la inteligencia y astucia de esta fémina de armas tomar, que no parece tener problema en mezclar la fe católica con el esoterismo y el ocultismo, juegan un papel clave en las actividades de la familia, cuyas decisiones se toman inicialmente de forma asamblearia. Es ella quien controla la tesorería y la contabilidad de la Shelby S.L. Pero, más allá de eso, Elizabeth Gray es el auténtico contrapeso de Thommy, cuya ambición y temeridad no conoce límites, la única que tiene el valor de enfrentarlo y de cuestionar sus iniciativas aunque, al fin y a la postre, ambos funcionen como la misma persona y compartan el mismo objetivo: diversificar, expandir, blanquear y legalizar al menos parte del negocio y seguir aumentando sus beneficios, aunque para ello tengan que sobornar y/o combatir a las fuerzas del orden y extorsionar y liquidar sin piedad a sus enemigos.
Obsesionado con salir de la miseria del barrio obrero y ascender en la escala social hasta convertir a los suyos en una de las familias más poderosas y temidas (si no respetables) de Inglaterra, la primera vez que vemos en pantalla a Thomas Shelby, en una escena que parece extraída de algún western clásico, es un jinete a lomos de un enorme corcel negro. Solo que ese pistolero a caballo, al que todo el mundo conoce (y teme) por su apellido, que monta un numerito de brujería ante la atenta mirada del vecindario, no usa sombrero de cowboy, sino una boina irlandesa convertida en arma blanca mediante unas cuchillas estratégicamente incrustadas en su visera que tienen como finalidad rajar el rostro y cegar a sus oponentes con la sangre derramada. De ahí el nombre de la banda, cuyos continuos enfrentamientos con otras pandillas rivales suelen rayar en lo más gore.
Sin llegar a ser histórica, la serie se apoya en hechos y personajes que existieron en la vida real, de los que su creador, nacido precisamente en Small Heath (uno de los arrabales de Birmingham, feudo de los “Peaky Blinders” que controlaban la calle Adderley y, por extensión, el barrio de Bordesley, a finales del siglo XIX y principios del XX, y de otros clanes mafiosos como los “Birmingham Boys”) tuvo conocimiento gracias a las leyendas de los lugareños.
Según explica Steven Knight, la peligrosa banda original estuvo activa entre 1890 y 1920 y estaba integrada por chavales de muy corta edad (incluso hay fichas policiales que confirman que tenían a niños de 12 años trabajando para ellos). Tal como sucede en la ficción, sus miembros vestían con cierta elegancia que contrastaba con la brutalidad de la que eran capaces cuando se enfrentaban a bandas rivales y no dudaban en cortar orejas, cuellos, ojos y otras partes del cuerpo. Incluso llegaron a perder parte su poder ante los “Birmingham Boys”, liderados por un hombre llamado Billy Kimber (interpretado por Charlie Creed-Miles) que llegó a ser el capo más poderoso del Londres de la época, en quien se dice que podría estar inspirado el personaje de Thomas Shelby.
Perturbado por los recuerdos de la guerra, durante las primeras temporadas vemos al cabecilla de los “Peaky Blinders” consumir opio regularmente, especialmente por las noches, cuando se enfrenta a sus peores pesadillas y alucinaciones, intentando borrar los desagradables recuerdos que le impiden conciliar el sueño. Sin embargo, su carácter indómito y combativo harán que, a diferencia de su hermano Arthur -extraviado en los laberintos del alcohol, la cocaína y la heroína- se sobreponga a sus heridas para convertirse en uno de los hombres más notorios de Inglaterra, irrumpiendo en política como representante del partido laborista en la Cámara de los Comunes, pese a su largo historial criminal y delictivo, llegando a codearse con el mismísimo Winston Churchill (Neil Maskell).
Es en ese punto donde arranca la sexta y última temporada que acaba de estrenarse, en la que los Shelby y sus asociados ya no son gente de la peor calaña que deambula por los polvorientos caminos en coloridos carromatos. Ahora visten los mejores trajes, conducen los mejores coches y viven en las mejores casas, pero para sus adversarios siguen siendo unos sucios gitanos. Especialmente para Sir Oswald Mosley (Sam Claflin), quien fuera en la vida real un militar y político inglés, profundamente clasista y antisemita, fundador de la Unión Británica de Fascistas; al igual que su amante y principal promotora, la temible y arrogante Lady Diana Midford (Amber Anderson), ex mujer del heredero de la fábrica de cerveza Guinness y del título de Barón de Moyne, Sir Bryan Walter Guinness, íntima amiga de Hitler, que estuvo presente en su boda con Mosley celebrada en Berlín.
Tras cinco temporadas anteriores en las que los miembros de la peligrosa banda de Birmingham han tenido que librar cruentas y despiadadas batallas con otros clanes de diversas etnias (judíos, chinos e italianos) ligados al hampa, enfrentándose a los más poderosos enemigos (entre los que se incluyen el IRA y la mafia rusa) por el control de sus turbios negocios que van, desde las apuestas en carreras de caballos, combates de boxeo y partidos de fútbol amañados, hasta el tráfico de armas o de alcohol y otras sustancias ilegales, como el opio; Thomas Shelby continúa buscando la horma de su zapato o, lo que es lo mismo, un enemigo al que no sea capaz de batir, como lo hiciera antes con Chester Campbell (Sam Neill, “Jurassic Park”), un policía enviado por el Rey Jorge a Birmingham para «hacer limpieza» de pandilleros, mafiosos y comunistas revolucionarios; Alfie Solomons (Tom Hardy, “Venom”, “Dunkerque”, “Mad Max: furia en la carretera”), un histriónico judío londinense, nada de fiar, que dirige su propia banda criminal dedicada a la destilería y exportación de ron; Darby Sabini (Noah Taylor, “Juego de Tronos” y “Charlie y la fábrica de chocolate”), representante de la mafia italiana (quien fuera otro de los capos más poderosos y temidos de Inglaterra); o Luca Changretta (el galardonado Adrien Brody de “El Pianista” y “Gran Hotel Budapest”), un mafioso neoyorkino obsesionado con vengar la muerte de su padre.
En la línea de “El padrino” (The Godfather, 1972), “Los Intocables de Eliot Ness” (The Untouchables, 1987) o “Érase una vez en América” (Once Upon a Time in America, 1984), la Ley del Talión (ojo por ojo) y el sagrado culto a la familia que impera en toda organización mafiosa que se precie es, como cabría esperar, el hilo conductor del devenir de esta banda delictiva a la que se van sumando nuevos miembros a medida que la muerte va alcanzando a algunos otros, en cuyo responso final se recita invariablemente el primer verso de la letra de la canción de Navidad In the Bleak Midwinter, de la escritora victoriana Christina Rossetti: “En el medio del sombrío invierno…”
Pero, más allá del drama sentimental y familiar que articula su argumento y que pivota en buena medida sobre las relaciones íntimas y amorosas de los hermanos Shelby con sus respectivas mujeres -la dulce y altruista Grace (Annabelle Wallis) y la abnegada y rehabilitada Lizzie (Natasha O’Keeffe), quien en tiempos ejerciera la prostitución, en el caso de Thommy; la puritana Linda (Kate Phillips) que intenta meter en vereda a Arthur o la zíngara Esme (Aimee-Ffion Edwards), que deserta de la familia y se echa a los caminos con sus hijos al quedarse viuda de John, todas ellas sometidas a los códigos de sumisión y de machismo que rigen ese tipo de clanes- “Peake Blinders” aborda al menos de manera tangencial algunos de los principales asuntos que marcaron época en esos años. Y ello porque la acción de desarrolla en un tiempo convulso que sirvió de caldo de cultivo a intentonas revolucionarias de distinto signo.
Si el avance del comunismo y la lucha sindical obrera, la ley seca, el crac de la bolsa de Nueva York o el incipiente discurso de reivindicación feminista son algunos de los temas sobre los que sobrevuelan las cinco primeras temporadas de esta serie coral antológica, repleta de subtramas, la sexta y última hace referencia al surgimiento y expansión del fascismo en territorio británico, en consonancia con los postulados clasistas y antisemitas del nacionalsocialismo alemán que comenzaba a tomar fuerza en Europa por aquellos años.
Hundido por el desprecio y el abandono de los suyos, en sus últimos capítulos, el «hombre fuerte» del clan Shelby sufrirá una nueva y dura pérdida familiar tras la trágica muerte de John, la tía Polly y Aberama Gold (Aidan Gillen) e intentará redimirse completando la complicada estrategia que puso en marcha en la temporada anterior, destinada a frenar las intenciones de Mosley de convertir el imperio británico en aliado del III Reich, haciéndole creer que está dispuesto a colaborar con su causa, al prestarse a ser su enlace con Jack Nelson (James Frecheville), un poderoso capo neoyorkino que se ha ganado la confianza del Presidente Roosevelt, quien resulta ser tío de Gina Gray (Anya Taylor-Joy, Gambito de Dama), la mujer de su primo Michael (Finn Cole), que ha prometido acabar con Thommy haciéndole responsable de la muerte de su madre.
De entre las numerosas escenas de oro puro que componen esta nueva entrega cuyo visionado resulta ser un placer agridulce a sabiendas de que la historia va llegando a su fin, destaco una que, en mi opinión, refleja la brillantez e inteligencia de sus guionistas a la hora de retratar la historia con espíritu crítico para prevenir que se repita.
Convertido ya en un influyente congresista del partido laborista, Thomas Shelby se reúne con Laura McKee (Charlene McKenna), representante del IRA, a quien intenta implicar en la operación que ha puesto en marcha para engañar a Mosley. Extrañada porque el líder de los «Peaky Blinders» esté dispuesto a colaborar con el representante de la ultraderecha británica, McKee, a quien todos conocen como la «Capitana Swing», le dice a Thommy que creía que era socialista. Su elocuente respuesta es toda una editorial sobre la forma en la que los creadores de la serie entienden el juego de la política:
“Al entrar en política he visto que no hay una línea que divida a la izquierda de la derecha, sino un círculo”, dice Thommy. “Si va muy a la izquierda acabará encontrándose con alguien que ha ido muy a la derecha y llegarán al mismo lugar”, explica trazando un círculo con una huella de agua en la mesa. “Socialistas obreros, como yo; y nacionalistas obreras, como usted. El resultado: el nacionalsocialismo. Y en medio estoy yo, intentando ganarme la vida honradamente en un mundo sombrío”.
La contraposición entre ciencia y superstición está asimismo muy presente a lo largo de esta última entrega, casi propia del realismo mágico, cuyo final abre un universo de posibilidades a esa película que el fandom de la serie espera ya con impaciencia y cuyo estreno está anunciado para 2024.
Título original: Peaky Blinders
Año: 2013-2022
Duración: 60 min.
País: Reino Unido
Dirección: Steven Knight (Creador), Colm McCarthy, Tim Mielants, Otto Bathurst, Tom Harper, David Caffrey
Guion: Steven Knight, Toby Finlay, Stephen Russell
Música: Martin Phipps
Fotografía: George Steel
Reparto: Cillian Murphy, Sam Neill, Paul Anderson, Helen McCrory, Joe Cole, Sophie Rundle, Eric Campbell, Ned Dennehy, Annabelle Wallis, Tom Hardy, Tony Pitts, Ian Peck, Adrien Brody...
Productora: BBC, Caryn Mandabach Productions.
Distribuidora: BBC, Netflix
Género: Serie de TV. Drama. Thriller | Mafia. Años 20. Crimen. Neo-noir
La cinematografía made in Euskadi continúa consolidándose a nivel global gracias a series como “Intimidad”, estrenada en Netflix y que, en pocos días, ha logrado posicionarse en los primeros puestos entre las preferidas por sus suscriptores.
Se trata de un trabajo de excepcional factura, en buena medida gracias a la belleza de los escenarios reales en los que ha sido rodada, 70 localizaciones entre las que se incluyen los verdes, húmedos y montañosos parajes vizcaínos, las playas de Laga, Laida y Sopelana, y la cream de la cream urbanística, tanto de la clásica como de la moderna ciudad de Bilbao (la Alhóndiga, el Guggenheim, la Torre Iberdrola, el Ayuntamiento, el Palacio Euskalduna, la sede de EiTB o de la ingeniería Idom, la Universidad de Deusto, la Biblioteca de Bidebarrieta, la Ría, Zorrozaurre, Abandoibarra…) primorosamente retratada por su director de fotografía, Javier Aguirre Erauso.
Pero, más allá del acierto estético que la serie pueda tener y que sin duda contribuye a poner en valor el atractivo turístico del territorio vizcaíno, para regocijo de la Bizkaia Film Commission, el organismo encargado de facilitar rodajes dentro del mismo, destaca el interés y actualidad de su argumento, que trasciende la problemática del derecho a la intimidad, amenazada hoy por el ciberacoso (una realidad que nadie quiere ver, hasta que le toca de cerca), para abordar otros asuntos, no menos espinosos, como la falta de ética y de escrúpulos de quienes controlan la maquinaria del poder político y empresarial, en un sistema que aún dista mucho de dejar de ser heteropatriarcal.
Con dos tramas que discurren en paralelo, la serie cuenta con ocho capítulos en los que algunos han querido ver los ecos de ciertos thrillers policíacos escandinavos, especialmente “Borgen”, por sus ramificaciones políticas, ya que cuenta la historia de Malen Zubiri (Itziar Ituño, la popular Lisboa de “La Casa de Papel”), abogada de profesión y teniente alcalde del Ayuntamiento de Bilbao. Una mujer de gran determinación y proyección pública, llamada a ser la futura alcaldesa de la capital vizcaína como principal apuesta del poderoso partido político al que representa pese a ir en su lista como independiente, hasta que la difusión pública de un vídeo suyo haciendo el amor en una playa con alguien que no es su marido y al que ha conocido a través de una app de citas, trunca sus aspiraciones de convertirse en candidata y pone su vida personal y familiar patas arriba.
Por otro lado, encontramos a Ane Uribe (Verónica Echegui). Una joven anónima que trabaja como operaria en una acería cuyos trabajadores empiezan a acosarla tras recibir en sus móviles una foto y un vídeo de carácter sexual del que es protagonista. Al principio no sabe cuál es la razón del cambio de comportamiento de sus compañeros hacia ella, pero alguien le pone sobreaviso de que esas imágenes han corrido por la fábrica como la pólvora, por lo que pide amparo a la dirección que, en lugar de abrir una investigación interna para amonestar a los culpables, hace oídos sordos y se suma al acoso al que Ane se ve sometida.
Huelga decir que la elección de estos dos personajes no es casual, como tampoco lo es la forma en la que reaccionan ante el mismo problema: la circulación de esos dos vídeos de contenido sexual dados a conocer sin su permiso, si bien cada caso tiene su especificidad y sus motivaciones. “Uno quiere acabar con la carrera política de la futura alcaldesa de la Villa -vicealcaldesa de un partido nacionalista, con un matrimonio abierto, que practica surf, canta en inglés en el karaoke y liga en Tinder-; el otro obedece más a la perversidad del llamado ‘porno de venganza’, una filtración a internet con el único propósito de joderle la vida a una expareja”, dice Oscar Belategui en El Correo.
Esa aparente disparidad entre ambas mujeres (una es una figura pública y la otra no; una se hace fuerte y planta cara a sus detractores defendiendo su derecho a vivir su vida privada como le plazca, la otra calla por vergüenza sabiéndose vulnerable; una cuenta con apoyo, la otra se ve muy sola y no soporta la presión, por lo que decide finalmente quitarse la vida) encuentra, sin embargo, su homologación en un abanico emocional que va de la rabia y el miedo, a la vergüenza y la culpabilidad, sentimientos que las dos comparten en su condición de víctimas y que les frenan a la hora de denunciar a sus acosadores.
Gracias a un guion inteligente y bien construido, escrito por Laura Sarmiento y Verónica Fernández (“Hospital central”, “Cuéntame”), ambas historias se entretejen con absoluta sororidad mediante las investigaciones de Alicia (Ana Wagener), una inspectora de la Ertzaintza (Policía Autónoma Vasca) encargada de investigar los delitos de ciberacoso, quien encarna la cara más humana de los cuerpos de seguridad y aporta a la trama su propia historia personal, pues se da la circunstancia de que Alicia es lesbiana y vive con María, quien desea ser madre por fecundación in vitro, algo para lo que Alicia no parece estar preparada.
Con gran asertividad y seriedad, las creadoras de la serie elaboran un retrato en tiempo real de la situación del machismo en nuestra sociedad, en donde los roles masculino y femenino están aún en buena medida socialmente predeterminados por la tradición, mostrando todos los vértices de un complejo prisma con múltiples aristas. Pues, si bien es cierto que la serie pone el foco en la mujer que sufre acoso (un problema transversal que trasciende a las clases sociales, la edad o la proyección pública de la víctima), en ella también se hace referencia al acoso que sufre el colectivo LGTB y hay un subrelato que tiene como protagonistas directos a los hombres. Hombres comprensivos, leales y sensibles, como el novio de Ane o el marido de Malen, que no se adaptan a lo que la sociedad exige de ellos. Frente a otros machirulos de moral abyecta que se creen con derecho a juzgar, condenar y lapidar reputacionalmente a la mujer que vive su sexualidad con legítima libertad.
Entre estos últimos, hay quien se ha quejado de que la imagen machista que en la serie se ofrece de los empresarios y políticos que “cortan el bacalao en Euskadi” resulta un tanto “zafia y caricaturesca”, al igual que el retrato que se hace de los periodistas, convertidos en jauría sedienta de morbo de manera generalizada y, aunque nunca es de recibo que paguen justos por pecadores ofreciendo una imagen tan deplorable y despreciable de la profesión en su conjunto, entiendo que la intención de sus creadoras habrá sido denunciar la mala praxis que ciertamente llevan a cabo algunos medios de comunicación ante este tipo de sucesos, así como afear la conducta de ciertos poderosos y de quienes se mofan y utilizan la situación creada por esos ataques a la intimidad para sacar provecho de ello, como el arribista Gorka, un trepa de manual que ve la ocasión para sustituir a Malen en las preferencias de su partido.
En compensación, hay otros personajes de la serie que contribuyen en positivo a la trama, como el fiel asistente Hugo (Francesco Carril) que se mantiene junto a Malen pese a las dificultades o Miren (Emma Suárez), la comisaria política que apoya su candidatura. En el pasado, ella misma sufrió acoso sexual dentro de su partido y tuvo que callar para seguir adelante con su carrera, pues en sus palabras “eran otros tiempos» en los que ser víctima era sinónimo de debilidad y causa de marginación. Lo que ofrece una esperanza de que las cosas han ido cambiando a mejor.
Con un reparto de primer nivel, entre los que hay presencia mayoritaria de actores y actrices vascos, como la propia Itziar Ituño, Verónica Echegui, Yune Nogueiras (Leire, la hija de Malen), César Sarachu (su padre, Juan Mari), Kandido Uranga, Aitor Merino, Fernando Albizu, Iñigo Aranburu… casi un centenar en total, es de justicia destacar la elegancia y la credibilidad de sus interpretaciones, singularmente el magistral trabajo de Patricia López Arnaiz, quien encarna a Bego, la hermana de Ane, empeñada en hacer justicia tras su suicidio, así como la forma en la que estos actores y actrices utilizan indistintamente y con total naturalidad, el castellano y el euskera (las dos lenguas oficiales de la Comunidad Autónoma Vasca) para comunicarse, elaborando un boceto real y nada forzado de lo que es la realidad del bilingüismo hoy en Bizkaia, siendo el euskera de uso corriente en ámbitos como las instituciones o el instituto al que acude Leire (la hija de Malen) que es el mismo donde Bego trabaja como andereño (maestra).
Y es que “Intimidad” ha procurado no dejarse nada en el tintero, sobre todo en lo que a los actuales postulados y consignas del feminismo respecta, invitando a denunciar cualquier situación de abuso de la que seamos testigos o directamente víctimas y regalando un final optimista a aquellos que creen que otro mundo es posible, al poner en valor a los que asumen ciertos riesgos personales para hacer que las cosas cambien.
Título original: Intimidad
Año: 2022
Duración: 48 min. x 8 episodios.
País: España
Dirección: Laura Sarmiento (Creador), Verónica Fernández (Creador), Jorge Torregrossa, Koldo Almandoz, Ben Gutteridge, Marta Font.
Guion: Laura Sarmiento, Verónica Fernández
Música: Aitor Etxebarria
Reparto: Emma Suárez, Itziar Ituño, Verónica Echegui, Ana Wagener, Patricia López Arnaiz, Yune Nogueiras, Daniel Barea Cabrera, Eduardo Lloveras, Miguel Garcés, Elisabeth Larena...
Productora: Txintxua Films, Netflix España. Distribuidora: Netflix España
Género: Serie de TV. Drama. Redes sociales. Thriller. Política
Quienes se han sentido decepcionados por la segunda temporada de “Los Bridgerton” debido a que las escenas de sexo se han visto considerablemente reducidas respecto a la primera, evidentemente ignoran que la pasión no es solo cuestión de exhibir más o menos piel en pantalla y que, a menudo, una mirada anhelante puede contener más lujuria y carga erótica que un fogoso revolcón bien coreografiado. Y esta segunda entrega de la exitosa serie de la factoría Shondaland está llena de ardientes, intensas y sostenidas miradas de deseo y de tensión sexual no resuelta entre sus dos principales protagonistas, que se atraen y sin embargo se repelen como dos polos idénticos, enredados en un amor que les parece imposible, resistiéndose a sucumbir al propio latido de su corazón que forma incluso parte de la banda sonora de la serie en esas excitantes escenas en las que sus manos se rozan y sus miradas se encuentran, enmascarando sus verdaderos sentimientos en una supuesta animadversión mutua que no es tal, a la manera del “Orgullo y Prejuicio” de Jane Austen.
Basada en el segundo libro de Julia Quinn, ‘El vizconde que me amó‘, la serie de “Los Bridgerton” continúa su curso, manteniéndose más o menos fiel a la aclamada saga de novelas románticas en la que se inspira y lo hace centrando la historia esta vez en la figura del hijo mayor, Anthony Bridgerton (notable actuación del atractivo Jonathan Bailey) quien, desde la repentina muerte de su padre, ostenta el título de Vizconde. En esta segunda entrega, conoceremos más acerca de las motivaciones y los traumas de este personaje que se vio obligado a ejercer de cabeza de familia siendo apenas un adolescente y de cómo el peso de esa responsabilidad ha configurado su carácter, hasta convertirse en un caballero altivo, competitivo y extraordinariamente exigente. Un hombre castrado emocionalmente para quien el amor y el deber están claramente disociados.
Amante de notable experiencia adquirida mayormente en lupanares, con artistas y mujeres de mal vivir, la última vez que le vimos quedó herido por un tórrido romance que no llegó a buen puerto y que le hizo decidir que, en adelante, iba a ceñirse a lo que se esperaba de él: cumplir con sus obligaciones familiares como patriarca de la noble casa de los Bridgerton y encontrar una esposa adecuada, digna de llevar el título de Vizcondesa. Por lo que, una vez abierto un nuevo ciclo del “mercado del matrimonio” (como los creadores de la serie han bautizado, con singular acierto, a los afanes casamenteros de la monarquía y la alta sociedad británicas en la época de la Regencia y sus estratagemas para concertar los más prósperos y ventajosos contratos matrimoniales entre sus miembros), Lord Anthony espera ansioso el momento en el que la reina de Inglaterra elija el “diamante de la temporada” para iniciar el cortejo.
Como sucede cada año, quien resulte ser la elegida para ostentar tan codiciado título, será la joven debutante a la que los solteros de la aristocracia londinense intentarán conquistar, en una especie de competición masculina por un trofeo que solo puede estar al alcance del más solvente, honorable y seductor de sus pretendientes, como ya ocurriera con su hermana Daphne (Phoebe Dynevor), convertida en gran Duquesa tras haber contraído felices nupcias con el apuesto Simon Basset, Duque de Hastings (Regé-Jean Page), la temporada pasada. Y esta no es otra que la señorita Edwina Sharma (Charithra Chandran), exótica belleza de origen indio, recién llegada a Londres en compañía de su madre Mary (Shelley Conn) y de su hermana mayor, Kate (Simone Ashley, con sus impresionantes ojos de largas pestañas y su expresiva mirada).
La mayor de las Sharma se ha esmerado en instruir a Edwina, para ser la esposa perfecta, autoimponiéndose el deber de conseguir para ella, no solo el mejor partido, sino alguien que pueda hacerla feliz y asegurar, mediante ese matrimonio, el futuro bienestar de las tres damas. Al menos ese es el plan inicial de la voluntariosa, inteligente y combativa Kate. Lo que no sospecha es que, en ese propósito, será ella misma quien se tope de bruces con el amor verdadero, debiendo rivalizar por él con su propia hermana.
Cuando Edwina es nombrada ‘Diamante de la temporada’, Anthony decide que es la mujer indicada y se propone conquistarla, pese a las objeciones de Kate, quien tras conocer las verdaderas motivaciones del Vizconde Bridgerton -a quien escucha accidentalmente decir que solo quiere cumplir con su deber de casarse, sin que ello le impida continuar con la vida disoluta que ha llevado hasta ahora y que el amor no entra para nada en sus planes- decide impedir esa unión a toda costa. Pero la atracción y la gran química que existe entre Kate y Anthony se hace evidente y sus continuas discrepancias e irritantes enfrentamientos solo consiguen acrecentarla.
La estancia de las Sharma en Aubrey Hall -la casa solariega familiar de los Bridgerton en el campo- organizada por Lady Danbury (Adjoa Andoh), quien parece entender los sentimientos de Kate mejor que ella misma, provoca una mayor cercanía entre Anthony y ésta, tras compartir una reñida partida de pall-mall, una seductora cacería y sus temores más íntimos, algunos de los cuales -como la idea de amar tan intensamente a alguien que la sola posibilidad de perder a esa persona se hace insoportable- guardan cierta relación con las flores y específicamente con los lirios. Pues ése es el aroma del jabón con el que Kate se baña y que embelesa a Anthony. Casualmente el de la flor preferida de su padre, las que se disponía a arrancar el fatídico día en el que una avispa le picó en el cuello provocándole la muerte instantánea por un shock anafiláctico, ante la desesperación de su primogénito que no pudo hacer nada por evitarlo y de su amada y embarazada esposa Violet, quien cayó en una profunda depresión que obligó a Anthony a hacerse cargo de ella y de sus hermanos.
Aunque los planes matrimoniales de Lord Bridgerton con Edwina aturden a Kate, esta no se permitiría nunca arruinar la felicidad de su hermana menor quien, ajena a lo que sucede entre ambos, consigue finalmente llevar al Vizconde al altar. Pero es en ese instante cuando los verdaderos sentimientos de Anthony y de Kate quedan accidentalmente al descubierto y el escándalo social se precipita al darse la novia a la fuga.
Lo que ocurre a partir de ese momento pertenece al terreno del spoiler y, como diría la chismosa Lady Whistledown, prefiero que lo descubra usted por si mismo, “querido lector”. Así que solo diré que el culebrón está servido (“eres la ruina de mi existencia y el objeto de todos mis deseos”). Aunque, por fortuna, más allá del inevitable toque melodramático propio de las novelas románticas de época, “Los Bridgerton” sigue ofreciéndonos un abanico de temas de interés para la reflexión, aprovechando el hecho de que se trata de un relato coral en el que cada uno de los personajes tiene gran peso específico en la trama.
Como escribe Mireia Mullor en la revista Fotogramas, “a ‘Los Bridgerton’ llegamos por el amor, el sexo y el romanticismo, pero nos quedamos porque los personajes avanzan, aprenden y presentan nuevas problemáticas”.
Coincido en que es una pena que el Duque de Hastings (el actor Regé Jean-Page, muy ocupado con sus nuevos compromisos cinematográficos como para aceptar ser un mero secundario en la serie que le ha dado la fama) se haya ido antes de poder ver cómo evolucionaba su personaje, lo que a su vez ha reducido a su esposa, Daphne, a ser un personaje secundario marcado por la ausencia de un marido que entendemos que está muy ocupado como para pasarse por Aubrey Hall para jugar al croquet.
Por suerte, el resto de la familia tiene vida propia. Por un lado tenemos a Colin Bridgerton (Luke Newton), quien aún parece no haber superado su ruptura con Marina Thompson (Ruby Barker) pese a sus emocionantes viajes alrededor del mundo. Y a sus hermanos, Benedict Bridgerton (Luke Thompson), a quien hay que seguir de cerca pues será el protagonista de la tercera temporada, probando por primera vez las hierbas alucinógenas y lidiando con sus sueños de convertirse en un gran artista, lastrados por su posición de privilegio social y económico, pese a que su talento para las bellas artes habla por sí solo. O la joven debutante Eloise Bridgerton (Claudia Jessie), la más díscola del clan, quien se rebela ante las imposiciones de la sociedad de su tiempo, devorando cada libro o panfleto que cae en sus manos y soñando con una vida en libertad, al margen del matrimonio.
En líneas generales, podría decirse que las señas de identidad que marcaron el éxito de la serie creada por Shondra Rimes se mantienen e incluso se intensifican, como la necesidad de proyectar una sociedad donde las distintas razas conviven en total armonía o la de incidir -con más tenacidad si cabe que en la anterior entrega- en el alegato feminista a favor de la igualdad y el libre albedrío, frente a las obligaciones, las limitaciones y el peso de ser mujer en una época en la que la discriminación y la subestimación de sus inquietudes y capacidades intelectuales parecían insalvables. Cuestión que es abordada en esta segunda temporada con insistencia, bajo la misma coartada de cultivar un cierto anacronismo histórico que permite a sus creadores innovadoras licencias, como el hecho de que los dos únicos desnudos de esta segunda entrega de la serie sean el de Anthony y el de su hermano Benedict, incluyendo una escena de “camisas mojadas”, en la que por una vez son las damas -y no ellos- quienes se deleitan contemplando el torso musculado del Vizconde; y esbozando el retrato de una alta sociedad londinense que, si bien ensalza el status privilegiado del varón frente a la mujer que es educada para casarse y tener hijos, está realmente liderada por un grupo de mujeres fuertes y empoderadas en distintos órdenes de la vida. Desde el puramente doméstico, donde las madres y tutoras, como Miss Violet Bridgerton (Ruth Gemmell), Miss Portia Featherington (Polly Walker) o Lady Danbury (quien sigue moviendo los hilos de la alta sociedad británica y atando en corto a la corona) ejercen una notable influencia en el destino de sus hijas e hijos; hasta el empresarial, singularmente representado aquí por dos inteligentes, audaces y emprendedoras féminas, como la jovencísima Penelope Featherington (Nicola Coughlan), quien cobra mayor relevancia si cabe tras haberse desvelado su identidad secreta como la gacetillera Lady Whistledown, y su socia y aliada, la falsa modista francesa, Madame Delacroix (Kathryn Drysdale); pasando por la propia monarquía que, no casualmente, reside también en una “supermujer”, la reina Charlotte (Golda Rosheuvel), obsesionada con descubrir la verdadera identidad de la chismosa Whistledown para poner el poder de su pluma a su servicio. Una mujer tan astuta y vanidosa, como entregada al ideal del amor romántico.
Y es que, si bien el argumento nos habla de una sociedad georgiana clasista y tradicional, opresora de los derechos de la mujer, donde se daba excesiva importancia a su honor e imagen pública, a la cuantía de su dote y al matrimonio que éstas contraían, al igual que el libro original, la serie avanza ya hacia lo que serán los inicios de la lucha feminista y de clase, por romper con ese estilo de vida. Algo que se hace especialmente evidente en el personaje de Eloise Bridgerton, quien se atreve incluso a fantasear con la idea de relacionarse sentimentalmente con un miembro de la clase obrera al que empieza a frecuentar en los barrios bajos, provocando un gran escándalo social que salpica a su familia, y en la propia Kate Sharma quien, como apunta Mullor, es “otro tipo de heroína”: “Mientras en la primera temporada Daphne Bridgerton fue la ingénue, una adolescente descubriéndose a sí misma y viviendo un despertar sexual después de una crianza demasiado puritana, Kate Sharma es una mujer de 26 años que ha aceptado que el romance le queda lejos (no tanto por edad, sino por posición social y responsabilidades familiares), ansía la independencia que ofrece el dinero y odia los límites que la sociedad de la época insiste en imponerle, ya sea a la hora de unirse a las partidas de caza de los hombres o salir a montar a caballo sola a primera hora de la mañana”.
El conflicto entre el sentido del deber y el derecho a luchar por nuestros propios sueños, sean románticos o de otra naturaleza, es la diatriba a la que se enfrentan todos estos personajes arquetípicos que, temporada a temporada, van alcanzando mayores cotas de madurez e interés, para regocijo del numeroso fandom de una de las series más vistas y recomendables de Netflix.
Título original: Bridgerton 2
Año: 2022
Duración: 60 min. x 8 episodios
País: Estados Unidos
Dirección: Chris Van Dusen (Creador), Tricia Brock, Alex Pillai, Tom Verica
Guion: Chris Van Dusen. Historia: Geetika Lizardi. Novela: Julia Quinn
Música: Kris Bowers
Fotografía: Jeff Jur
Reparto: Jonathan Bailey, Simone Ashley, Phoebe Dynevor, Nicola Coughlan, Claudia Jessie, Polly Walker, Luke Thompson, Ruth Gemmell, Charithra Chandran, Adjoa Andoh, Rupert Evans, Golda Rosheuvel, Kathryn Drysdale...
Productora: ShondaLand, Netflix.
Género: Serie de TV. De época. Siglo XIX. Drama romántico
Impactados, emocionados hasta la lágrima, vacíos de adrenalina y con cierto mohín nostálgico, como cuando llegamos al final de la última página de un libro cuya lectura ha logrado extasiarnos, así se han (nos hemos) quedado los seguidores de “La Casa de Papel” con el brillante desenlace con el que sus creadores han decidido darla por concluida. Un cierre espectacular, vibrante, inteligente y arrollador, que ha conseguido estar a la altura de la trama, dejando sin argumentos a los agoreros que, tras los últimos giros y golpes de efecto (con bajas irreparables) lo veían ya casi imposible.
Pero, como diría Tokio en la antesala de su autoinmolación: “como en el ajedrez, hay veces en que es necesario sacrificar una pieza para ganar”.
Desde su lanzamiento en Antena 3 en el año 2017, hasta este 3 de diciembre en que Netflix le ha puesto punto y final (aunque ya se anuncia que habrá secuela con un spin-off dedicado al personaje de Berlín que interpreta Pedro Alonso), la serie creada por Alex Pina no ha dudado ni escatimado recursos para intentar sorprendernos, trazando un viaje equiparable a un rally de montaña, con curvas muy pronunciadas, algunas cuestas emocionalmente difíciles de remontar (como las trágicas muertes de Moscú o de Berlín, o las más recientes de Nairobi y Tokio) y valles quizá demasiado extensos, donde algunos han creído ver la intención de alargar la trama en demasía.
Con todo, haciendo balance, es justo decir que “La Casa de Papel” es, con mucho, la mejor serie española que se ha hecho hasta la fecha y una de las más exitosas de habla no inglesa del rey del streaming, llegando a convertirse en un fenómeno global, mucho antes de que tuviésemos noticia de“El Juego del Calamar”.
Simplemente lo tiene todo. No se trata solo de una producción con abundancia de medios, localizaciones, efectos, montaje y fotografía impecables, y un cartel de increíbles y desde ya consagrados actrices y actores: Álvaro Morte (el Profesor), Úrsula Coberó (Tokio), Itziar Ituño (Lisboa), Pedro Alonso (Berlín), Alba Flores (Nairobi), Miguel Herrán (Rio), Paco Tous (Moscú), Jaime Lorente (Denver), Esther Acebo (Estocolmo), Enrique Arce (Arturo), Darko Peric (Helsinki), Roberto García Ruiz (Oslo), Hovik Keuchkerian (Bogotá), Luka Peros (Marsella), Ahikar Azkona (grande el navarrico Matías reivindicando ser rebautizado como «Pamplona», capital mundial de la jarana en sus San Fermines), Belén Cuesta (Manila), Rodrigo de la Serna (Palermo), Najwa Nimri (Inspectora Sierra), Fernando Cayo (Coronel Tamayo), Fernando Soto (Angel), José Manuel Poga (Gandía)… una serie absolutamente coral, donde todos y cada uno de los personajes constituye una pieza clave dentro del relato, basado en un guión muy bien trabajado que rebosa inteligencia, intuición y creatividad, combinando sabiamente la intriga, la acción, el romanticismo, el sarcasmo y la sensibilidad social, con una generosa dosis de crítica hacia el funcionamiento de los poderes del Estado y el sistema capitalista en general, que logra epatar de inmediato con las castigadas clases medias y desfavorecidas, que son -no lo olvidemos- mayoría hoy a nivel mundial y dotada de un ritmo trepidante que mantiene la emoción del espectador en alto, desde el minuto uno, hasta el final que acabamos de ver.
“Los momentos importantes son aquellos en los que comprendemos que ya no hay retorno”, nos anuncia la aterciopelada voz en off de Tokio, adelantándose a lo que promete ser un desenlace intenso, cargado de acción. Y lo que sigue no decepciona.
Aunque, en realidad, el equipo de guionistas que lidera Javier Gómez Santander ha tenido que exprimir ya en dos ocasiones sus neuronas para crear dos cierres de infarto para “La Casa de Papel”: el primero, al final de la segunda temporada, cuando se resuelve el atraco a la Fábrica de la Moneda y Timbre que supone la puesta de largo de la banda del Profesor, cuyos miembros son rebautizados con nombres de capitales insignes, en un guiño a los nombres en clave de la escala cromática de los asaltantes de «Reservoir Dogs» (Brown, White, Blue…), con la rocambolesca huida de la banda al completo con el botín, viviendo desde entonces como prófugos de la justicia, buscados por la Interpol. Y este segundo, que pone broche de oro (nunca mejor dicho) al robo del siglo: el gran golpe al Banco de España. Un plan cuya concepción fue muy anterior al primero, según se nos hace saber a través de una historia paralela que se desarrolla en flash back y que responde a título póstumo a las aspiraciones de Berlín, hermano mayor del Profesor, un elegante ladrón de guante blanco que hizo del latrocinio toda una filosofía de vida. Suya es la lapidaria máxima de que “La traición es inherente al amor, ya que ésta no depende de cuánto amas a alguien, sino de la magnitud del dilema que te pongan delante”, conclusión a la que llega tras haber sido traicionado por su único hijo Rafa (Patrick Criado) y su exmujer, Tatiana (Diana Gómez), dos personajes que junto a la inspectora Alicia Sierra que interpreta Najwra Nimri resultan decisivos en el desenlace final de la serie.
Aquejado de una enfermedad terminal, junto a su fiel amigo y eterno enamorado, Palermo (el argentino Rodrigo de la Serna), Berlín concibe y confecciona antes de morir el plan de lo que considera el robo perfecto y pone al tanto de los detalles a su hermano Sergio, sin sospechar que será este quien finalmente lo lleve a cabo. Pero esta vez el desafío es mayúsculo.
Hacerse con la reserva nacional de oro vaciando la bodega acorazada del Banco de España y conseguir irse de rositas, sitiados por el ejército y las fuerzas de orden público, tras librar una encarnecida batalla con un temerario cuerpo de legionarios de élite parece, en principio, una misión imposible, casi suicida. Pero los espectadores de “La Casa de Papel” han (hemos) aprendido a confiar ciegamente en los superpoderes terrenales de Sergio Marquina, casi tanto como los ladrones de su banda, quienes deciden libre y voluntariamente seguir sus instrucciones, aún a riesgo de poner sus vidas en peligro, seguros de que su admirado y querido Profesor no les dejará en la estacada. Una confianza que, por momentos, parece resquebrajarse, sin que la lealtad se vea, sin embargo, jamás traicionada, por límite que se torne la situación o grande que parezca el dilema.
Y es que, como se dice más de una vez a lo largo de la serie, más que una banda de ladrones, los hombres y mujeres de los monos rojos y las máscaras de Dalí, forman una gran familia. Y es precisamente a ese vínculo familiar al que más apela la serie en su temporada final.
“Soy un ladrón, hijo de ladrón, hermano de ladrón y espero ser algún día padre de ladrón”, se enorgullece de su condición el Profesor frente al miserable Coronel Tamayo (memorable Fernando Cayo dando vida a un personaje tan despreciable de una forma un tanto caricaturesca), al reprocharle este el querer hacerse pasar por un falso Robin Hood, cuando su verdadera intención robar la reserva nacional de oro sin importarle llevar al país a la bancarrota.
La respuesta del profesor es que “nadie puede renunciar a su verdadera naturaleza”. Pero la realidad es que, como siempre, lo tiene todo calculado. Sabe perfectamente que, una vez se dé a conocer la noticia de la sustracción de la reserva nacional, se desatará una gran crisis en los mercados financieros, la bolsa se desplomará y la deuda dejará de financiarse, dejando al país en quiebra técnica. La única manera de evitarlo es devolviendo el oro, y eso es lo que hace. El pequeño detalle es que lo que vuelve a la bóveda acorazada del Banco de España, frente a las cámaras de la prensa de medio mundo, no es exactamente lo que todos esperaban.
“O ganamos los dos o perdemos los dos”, le dice a Tamayo proponiéndole liberar a su banda y aceptar a cambio un cargamento de oro fraudulento.
A fin de cuentas, “¿qué es el oro de un país? ¿Su riqueza? No. Es una ilusión. No sirve para nada. España no paga nada con ese oro. Es un respaldo psicológico”, como explica a Palermo en uno de los muchos momentos epifánicos que tiene el personaje de Álvaro Morte en esta quinta y última temporada, confesándole su intención de llevar a cabo “el cambiazo”, sustituyendo la reserva nacional por falsos lingotes de latón bañados en oro que Tamayo no tendrá más remedio que aceptar como moneda de cambio, llegado el momento, si quiere salvar la situación.
“Piénselo bien coronel – apuntala Lisboa- esos lingotes han frenado la crisis de deuda. Si hasta tiene su gracia. No me diga que no encaja con la tradición española. ¿Qué otro país podría tener una reserva nacional de latón y seguir funcionando como una de las principales economías del mundo? La picaresca española. El Lazarillo de Tormes no lo escribieron los ingleses”.
“Va a ser usted un héroe Tamayo -insiste el Profesor- esa pequeña diferencia de metal solo será un secreto de Estadomás. Pasará de presidente a presidente durante los próximos 50, 60, 70 años y, en el fondo, no pasará nada”.
Uno escucha esas palabras y entiende por qué la serie ha calado tan hondo. De hecho, ya hay quien apunta a que la primera clave de su éxito está en saber conectar con el descontento de amplias capas de la sociedad respecto de la conducta falsaria, inmoral, falta de escrúpulos y de toda ética, de quienes reinan en las “cloacas del Estado”. Ejemplos de ello hemos tenido en los noticieros de este país recientemente, como para llevarnos ahora las manos a la cabeza porque una serie “de ficción”, que se ha convertido en un fenómeno global, deje “con el culo al aire” a los promotores de la marca España, poniendo al descubierto ante el mundo las tropelías de un sistema profundamente inepto y corrupto, capaz de eso y de cosas peores.
Algo que, por otro lado y a tenor del predicamento que ha tenido la serie a nivel mundial, no parece ser un fenómeno exclusivo de carácter local.
La mayoría de quienes se declaran fan de “La Casa de Papel” dicen encontrar similitudes con lo que ocurre en sus países o se confiesan directamente antisistema, lo que hace que desarrollen un alto grado de empatía con los atracadores, deseando que el robo llegue a buen puerto, como si de una banda de héroes justicieros se tratase.
Y ello porque, «a medida que conoces los detalles de sus historias, uno se va encariñando con los ladrones y va descubriendo que los malos no son tan malos ni los buenos son tan buenos», como explicaba a BBC Mundo el productor audiovisual Patricio Rabuffetti.
Decía Alfred Hitchcock que «la simpatía por un villano está en la base de cualquier ficción exitosa”. Y los creadores de “La Casa de Papel” se lo han tomado muy en serio, haciendo que sea mucho más fácil identificarse con los miembros de la banda del Profesor que con quienes supuestamente representan la ley y el orden, si bien la serie ofrece a algunos de estos funcionarios la posibilidad de redimirse y ponerse del lado correcto de la historia. Lo vimos con la inspectora Raquel Murillo (Lisboa), redimida por amor, y mención aparte merece en este sentido la repentina transformación que sufre en esta temporada la cruel y despiadada Alicia Sierra desencantada del sistema desde que el Coronel Tamayo decidió hacer de ella su cabeza de turco.
Recién parida, con la sensibilidad y las hormonas a flor de piel, el personaje de Najwa Nimri experimenta un complejo vuelco emotivo (por primera vez llora y ríe sinceramente, libre de las cadenas profesionales y emocionales que la reprimían) y una recuperación progresiva de confianza tras su acercamiento al personaje de Álvaro Morte, que tiene su eclosión en una escena que comparten ambos en un sofá y que resulta sencillamente hipnotizante, en una clara demostración de aquello que decía la malograda Tokio: “lo bueno de las relaciones es que acabamos olvidando cómo empezaron”.
Título original: "La casa de papel"
Año: 2017
Duración: 70 min.
País: España
Dirección: Álex Pina (Creador), Jesús Colmenar, Miguel Ángel Vivas, Alex Rodrigo, Alejandro Bazzano, Koldo Serra, Javier Quintas, Albert Pintó
Guión: Álex Pina, Javier Gómez Santander, David Barrocal, Esther Martínez Lobato...
Música: Iván M. Lacámara, Manel Santisteban.
Fotografía: Miguel Ángel Amoedo, David Azcano, Sergi Bartrolí, Mike Valentine
Reparto: Álvaro Morte, Úrsula Corberó, Itziar Ituño, Alba Flores, Paco Tous, Najwa Nimri, Pedro Alonso, Miguel Herrán, Jaime Lorente, Esther Acebo, Hovik Keuchkerian, Rodrigo de la Serna, Enrique Arce...
Productora: Vancouver Media, Atresmedia Televisión. Distribuidora: Netflix.
Género: Serie de TV. Thriller. Intriga. Acción | Robos & Atracos.
Es más que probable que “La Rueda del Tiempo” (The wheel of time), no consiga desbancar a la ya legendaria “Juego de Tronos” en las preferencias del gran público seriéfilo, pero tan ambiciosa promoción ha surtido el “efecto llamada” deseado y su estreno esta semana en Amazon Prime Video ha causado gran expectación.
En lo que a mi respecta, después de haber visto los tres primeros capítulos, debo decir que, más allá de su abundancia de efectos especiales y medios técnicos que la convierten en una superproducción de primer nivel, la epopeya de Jeff Bezos (en la que tiene una participación estelar el actor español Álvaro Morte, el inolvidable Profesor de “La Casa de Papel”) presenta un punto de vista interesante (aunque algo oportunista), centrado en la reivindicación del “girl power”, con diálogos trascendentes a ratos y un argumento capaz de enganchar, aún a alguien como yo, no demasiado amiga de las historias fantásticas por más épica feminista que les echen.
Basada en la exitosa saga de novelas escrita por el estadounidense James Oliver Rigney, Jr. bajo el seudónimo de Robert Jordan, que abarca la friolera de catorce volúmenes (además de una precuela y un libro a manera de epílogo escrito por la viuda del autor, a la muerte de éste), “La Rueda del Tiempo” va de trolls, de hobbits, de brujas con anillos mágicos, pócimas curalotodo y dragones que escupen fuego, de seres mitológicos y profecías apocalípticas. Pero, sobre todo, va de mujeres. Mujeres poderosas, justas e independientes que encuentran su principal fortaleza en la hermandad, trenzadas nada más salir de la adolescencia como símbolo de unión y sororidad (“Esta trenza te recordará que formas parte de nosotras y nosotras parte de ti”, le dice la zahorí Nynaeve al’Meara (Zoë Robins) a la joven Egwene (la australiana Madeleine Madden), en una especie de ceremonia de iniciación para ser una aprendiz mística. “Ser mujer es sentirte siempre sola pero nunca estarlo. Cuando la oscuridad te rodee y no vislumbres la luz, coge tu trenza y piensa que todas resistimos antes que tú y resistimos contigo”).
La acción se desarrolla en un mundo sin nombre, donde la magia se conoce como “el Poder Único” que otorga a quien lo posee la facultad de controlar los cuatro elementos: tierra, fuego, agua y viento. Suficiente para contrarrestar y vencer a cualquier enemigo. Se dice que hace muchos años, tanto hombres como mujeres podían hacer uso de este tipo de magia, pero los hombres perdieron ese poder y ahora pertenece solamente a las mujeres. De hecho, si algún hombre fuera aún capaz de ello, es perseguido y castigado hasta la muerte.
Más que parecerse a “Juego de Tronos”, a mi me parece una mezcla de la saga de “El señor de los anillos” de J.R. Tolkien (de la que bebe en muchos aspectos, como la clásica lucha entre el bien y el mal, planteada de forma simbólica como el choque entre la luz y las sombras) y el mundo mágico de “The Witcher” o de “Harry Potter”, solo que aquí “El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado»” no tiene ni ojos ni fosas nasales y se hace llamar “El Oscuro”.
En realidad, la historia es bastante convencional. Tras un gran cataclismo provocado por la arrogancia masculina que durante siglos detentó de manera hegemónica el Poder Único, el mundo quedó destruido y a merced de las fuerzas del mal. A manera de presentación, se nos dice que entonces “los océanos hirvieron, las montañas fueron engullidas y las ciudades acabaron arrasadas”, en lo que podría ser una alegoría del poder destructivo de las guerras contemporáneas y que “tan solo quedaron las mujeres para recoger los pedazos”. Frase que, por razones obvias, me recordó al ingrato papel de las mujeres alemanas que, tras la caída de Berlín en la II Guerra Mundial, fueron quienes asumieron la ardua e ingrata tarea de desescombrar la ciudad arrasada por las bombas ante la ausencia de sus maridos, novios, padres o hijos varones, arrestados por el ejército aliado o caídos en el frente de batalla.
Pasado el tiempo, ese mundo no identificado ni precisado en el mapa del que nos habla “La Rueda del Tiempo” se enfrenta a una nueva amenaza de destrucción inminente y, como es habitual en estos casos, solo un ser de carácter mesiánico puede salvar a la humanidad o hundirla para siempre en la oscuridad infinita. Se trata de un niño o una niña (he aquí la novedad) venid@ al mundo hace unos veinte años bajo el signo de «El Dragón Renacido» (catalizador del gran poder mágico), cuya identidad se desconoce y que se encuentra en paradero desconocido. Encontrarlo, identificarlo y mantenerlo a salvo del acecho de «El Oscuro» que aspira reclutarlo para su ejército del mal, corresponderá a Moiraine Damodred (la polifacética Rosamund Piker), una Aes Sedai, cuyo significado en “la lengua antigua” es «Siervos de Todos». Una poderosa hermandad de hechiceras, entrenadas en la mítica Torre Blanca -centro de poder de la organización- que aconseja al gobierno y supervisa todo lo relacionado con la magia, ya que se trata de mujeres con atributos sobrenaturales cuya misión en la tierra parece estar predestinada a hallar y proteger al “elegido” a fin de evitar que, tras el suceso conocido como el Desmembramiento del Mundo que acabó con la civilización anterior (conocida como la Era de Leyenda) pueda volver a producirse algo semejante y mantener bajo control a los hombres afectados por la corrupción del Saidin (parte masculina de la Fuerza Vital del universo. La femenina es Saidar) que puedan encauzar el Poder Único hacia el Oscuro.
Pero Moiraine no viaja sola. Lo hace escoltada por Lan Mondragoran (Daniel Henney), único superviviente de la civilización perdida de Malkier, su silencioso y leal guardián y protector, emocionalmente vinculado a su señora.
Juntos llegan al poblado de “Dos ríos”, donde Moraine cree que puede estar el auténtico Dragón Renacido, aunque no está segura de cuál de los jóvenes de esa edad que habitan en la aldea puede ser el auténtico. Mientras intenta averiguarlo, el poblado es atacado por una horda de temibles criaturas parecidas a los orcos, llamadas trollocs, y ambos huyen del lugar con los cuatro posibles candidatos a salvar el mundo (todo un muestrario racial que anticipa el crisol de culturas en el que el mundo está abocado a convertirse): los jóvenes Rand Al’Thor (Josha Stradowski), granjero y pastor de ovejas que vive con su padre (Michael Mcelhatton, Roose Bolton en “Juego de Tronos”), un hábil guerrero de una gran y profunda sabiduría ancestral que conecta con principios del budismo, el taoísmo o el hinduísmo (“¿Cuánto tiempo tarda la rueda del tiempo en devolver a este mundo el espíritu de alguien?«, le pregunta el hijo. “Ojalá lo supiera, pero debe de haber un motivo por el que nadie recuerda sus vidas anteriores. En nuestra mano solo está sacarle partido a la vida que se nos ha dado y consolarnos con ella. Porque, ocurra lo que ocurra, pese al dolor, el desamor o incluso la muerte, la rueda sigue girando siempre. Y, cuando volvamos a intentarlo, tratemos de hacerlo mejor que en la vida anterior”); Perrin Aybara (Marcus Ruterford) un joven fuerte y de gran envergadura física, que trabaja como aprendiz de herrero; el pícaro y charlatán Mat Cauthon (Barney Harris), una especie de buscavidas de familia desestructurada; y Egwene (Madeleine Madden), la talentosa hija del posadero, quien en ese momento se debate entre sacrificar su relación con Rand, de quien es novia, para convertirse en una zahorí como su amiga Nynaeve (especie de curandera, capaz de escuchar el viento y hacer predicciones, que se sienta por derecho propio en el consejo de la aldea) o renunciar a sus dones mágicos para ser su futura esposa y madre de sus hijos.
Y es que, como han dicho sus productores, las mujeres de “La Rueda del Tiempo” pueden vivir con hombres, pueden sobrevivir sin ellos y son tratadas por estos como iguales, lo que contrasta con otras series como la medieval “Juego de tronos”, donde las mujeres eran presentadas como mercancía intercambiable o, si eran fuertes y dominantes, como intrigantes, vengativas y peligrosas (Cersei), turbias y traicioneras (Melisandre), o asesinas enloquecidas por el ansia de poder (Daenerys).
No es la única diferencia entre ambas series. Una de las más comentadas ha sido la utilización de la violencia, el sexo explícito o el incesto que en la saga de George R. R. Martin era un recurso tan efectista como recurrente y, en esta, de momento, no parece ser su primera apuesta, aunque ello no es óbice para que existan escenas sanguinarias y cruentas, como las protagonizadas por el investigador de los llamados “capas blancas”, una especie de psicópata inquisidor que se complace en interrogar, mutilar y quemar vivas a las Aes Sedai, para mantener al mundo a salvo de su magia.
Para los amantes del género “La Rueda del Tiempo” era una de las grandes sagas fantásticas que faltaban por ser adaptadas al cine o la televisión y promete ser la serie de este tipo más cara hasta la fecha (cada episodio ha costado 10 millones, más que los de las cinco primeras temporadas de “Juego de Tronos”).
Rodada mayoritariamente en Praga, aunque también en España, concretamente en el Alcázar de Segovia, presume de una fotografía y calidad de imagen inmejorables, al retratar tanto bosques fantasmagóricos, como paisajes áridos y rocosos, como si de una estampa del National Geographic se tratase. Lo que la hace ser una apuesta segura para un espectador que busca entretenimiento de calidad.
Pero adaptar el contenido de catorce libros no es tarea fácil, especialmente tratándose de una saga de culto tan extensa y de tan enorme complejidad, que ha sido seguida por millones de lectores en todo el mundo. A mi, que no he leído los libros, me resulta entretenida, aunque de momento no ha conseguido subyugarme como “Juego de Tronos”, en la que encuentro una mayor profundidad a la hora de abordar asuntos de calado, como la lucha por el Poder. Veremos cómo es tratada por el siempre exigente fandom.
Título original: The Wheel of Time
Año:2021
Duración:60 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Rafe Judkins, Uta Briesewitz, Salli Richardson-Whitfield, Wayne Yip, Sanaa Hamri
Guión: Rafe Judkins, Michael Clarkson, Amanda Kate Shuman, Paul Clarkson...
Música: Lorne Balfe
Fotografía: David Moxness, David Luther
Reparto: Rosamund Pike, Kae Alexander, Naana Agyei Ampadu, Hammed Animashaun, Pasha Bocarie, Priyanka Bose, Lolita Chakrabarti, Darren Clarke, Maria Doyle Kennedy, Kate Fleetwood, Peter Franzén, Jennifer Cheon, Stuart Graham...
Productora: Sony Pictures Television, Amazon Studios, Little Island Productions, Radar Pictures, Red Eagle Entertainment.
Distribuidora: Amazon Prime Video
Género: Serie de TV. Fantástica. Aventuras. Fantasía medieval