LA FORTUNA

La madurez creativa del joven director prodigio de Tesis, Alejandro Amenábar, que despuntaba ya en «Ágora» y que eclosionó definitivamente en «Mientras dure la guerra«, vuelve a mostrarse en todo su esplendor en la nueva miniserie estrenada en Movistar+, donde el cineasta madrileño radicado en Hollywood, bucea de nuevo en las páginas de la Historia que tanto le han servido de inspiración, para contarnos esta vez “una de piratas”, en la que no faltan los doblones de oro y los galeones hundidos por cañones enemigos.

Aunque creamos que todo ello es cosa del pasado, la historia que Amenábar quiere contarnos es la de unos piratas modernos, apoyados por la CIA y los departamentos de Estado, con sociedades que cotizan en Bolsa y dotados de la más avanzada tecnología que les permite rastrear el fondo marino en busca de tesoros olvidados que robar, sin respetar su origen ni su legítima propiedad. Y, para ello, se mete él mismo en la piel de Álex Ventura, un joven e inexperto diplomático, amante de los documentales de Jacques Cousteau, de las arias de ópera y de los comics de TinTin (con quien tiene un evidente parecido físico), que encuentra su primer trabajo como funcionario en el anquilosado Ministerio de Cultura y se ve convertido, sin proponérselo, en el líder de una misión a lo Indiana Jones que le empujará a recuperar el tesoro submarino robado por Frank Wild (Stanley Tucci), un pirata aventurero que recorre el mundo a bordo de su nave (el Pioneer) saqueando las profundidades del mar.

Basada en el cómic de Paco Roca y Guillermo Corral, ‘El tesoro del Cisne Negro‘, la serie de Amenábar recrea el litigio legal que durante cinco años enfrentaron EE.UU. y España disputándose la propiedad del mayor tesoro submarino de la historia que una compañía norteamericana, con sede en Florida, la Odissey Marine Exploration (en la serie, la Atlantis de Georgia) extrajo, en 2007, del golfo de Cádiz, procedente de los restos de la fragata “Nuestra Señora de las Mercedes”, hundida en 1804 y rebautizada en la ficción como “La Fortuna”, uno de los tres galeones que Manuel de Godoy (protegido de Carlos IV) fletó para traer a casa todo el oro de las Indias, dos millones de monedas de oro y plata con los que el reino de España pretendía sufragar la inminente guerra con los ingleses, antes de que estos interceptaran, atacaran y hundieran las embarcaciones.

Junto a Lucía Vallarta (Ana Polvorosa), una funcionaria de armas tomar, experta en protección de Patrimonio Nacional, y Jonas Pierce (Clarke Peters), un brillante abogado norteamericano apasionado por las viejas historias de piratas y obsesionado con dar caza a Wild obligándole a entregar a los museos los tesoros robados, Álex emprenderá la aventura de su vida, a lo largo de seis capítulos trepidantes, repletos de suspense, humor, corrupción política y choque de culturas, descubriendo la importancia del amor, la amistad y el compromiso con aquello en lo que uno cree.

Rodada en cinco meses en Cádiz, Ferrol, Zaragoza, Gipuzkoa y EE. UU., contando con un gran despliegue de medios terrestres, aéreos y navales (llegando a rodar a bordo de un helicóptero y una fragata del Ejército y hasta en la sala de recepciones oficiales del Palacio de la Moncloa), todo en esta serie a la que podríamos calificar de thriller histórico y cuya manufactura y producción no pueden ser más espectaculares y ambiciosas resulta original y entretenido. Prueba de ello es la batalla naval con la que arranca el segundo episodio, rodada en el puerto de Pasajes, en la que se narra el hundimiento de “La Fortuna”, con la familia del capitán Diego de Alba (Nico Romero), encargado de la expedición, a bordo. Así como su reparto internacional de lujo, en el que se mezclan actores anglosajones de gran solvencia y talento, como los ya citados Clarke Peters y Stanley Tucci o la imponente T´Nia Miller («Years and Years«)., con actores y actrices españoles no menos talentosos, como Karra Elejalde (enorme, como es habitual, en su papel de un aguerrido Ministro de Cultura, cinéfilo y cascarrabias, que no tiene nada que perder porque en el fondo siente que estaría mejor escribiendo que perdiendo el tiempo en un “ministerio florero”), Manolo Solo (soberbio en su papel de friki ex-legionario), Blanca Portillo (agente infiltrada por las cloacas del poder), Ana Polvorosa (funcionaria “perroflauta”) o el debutante Álvaro Mel (uno de los instagramer más famosos del momento y cuyo personaje en la serie curiosamente se llama Alex, igual que el director) quien pese a lo que se ha dicho acerca de su edad e inexperiencia, se adapta perfectamente a las necesidades de su personaje, dotándolo de una pátina de ingenuidad y honestidad imprescindible para la historia que Amenábar quiere contar que no es otra que la historia de esos funcionarios anónimos, altamente concienciados con la nobleza de su misión, que se comen todos “los marrones” y permiten a los políticos colgarse las medallas.

Sobre la base de ensalzar la heroicidad, lealtad y entrega de esos trabajadores públicos y concienciar acerca de la importancia de conservar y proteger el patrimonio histórico, Amenábar va introduciendo temas de calado en el guión, como el peso de la burocracia, el escaso valor que los gobiernos conceden a la Cultura (“el petróleo español”), la superioridad con la que los empresarios y diplomáticos norteamericanos se comportan frente al Estado español manejado por políticos ignorantes, indolentes e ineptos, incapaces de organizarse de manera eficaz para proteger lo que es de todos, los prejuicios partidistas e ideológicos que contaminan y dificultan la acción conjunta, la tensión y corrupción de la diplomacia internacional, y tantos y tantos otros asuntos que va dejando caer a lo largo de una historia narrada a la manera de Spielberg, a la que no le falta acción, pero tampoco reflexión, gracias a unos diálogos magníficamente trabajados, en colaboración con Alejandro Hernández (‘El día de mañana’), entre los que destaca de forma premonitoria la rotunda frase que el Ministro pronuncia en rueda de prensa, a modo de desafío inicial: «en esta película, los piratas no van a ganar”.

Título original: La Fortuna

Año: 2021

Duración: 50 min. seis episodios

País: España

Dirección: Alejandro Amenábar

Guión: Alejandro Amenábar, Alejandro Hernández. Basado en el cómic de Paco Roca, Guillermo Corral

Música: Roque Baños

Fotografía: Alex Catalán

Reparto: Álvaro Mel, Ana Polvorosa, Stanley Tucci, Clarke Peters, T'Nia Miller, Karra Elejalde, Manolo Solo, Blanca Portillo, Pedro Casablanc, Alfonso Lara, Mari Carmen Sánchez, Juan Carlos Vellido, Duncan Pow...

Productora: Mod Producciones, Movistar+, AMC Studios. Distribuidora: Movistar+

Género: Serie de TV. Aventuras. Thriller Histórico. 

NINE PERFECT STRANGERS

Hay una frase en “Nine Perfect Strangers” (la gran apuesta de Amazon Prime Video para este verano) que resume con cierto sarcasmo lo que no pocas personas piensan, aún hoy, acerca de los problemas que llevan a otras hasta el diván del psicoanalista y es cuando Masha (Nicole Kidman), esa extraña y misteriosa mujer de origen ruso, mezcla de psicoterapeuta y de gurú celestial, que dirige Tranquillum House, le dice a su último grupo de huéspedes/pacientes: “el hombre preindustrial no se deprimía porque estaba demasiado ocupado trabajando”.

Siguiendo la estela de “Big Little Lies”, sus creadores han vuelto a contar con la actriz australiana de mirada penetrante y belleza etérea, para protagonizar la adaptación de otra de las novelas de Liane Moriarty, en la que nueve personas que no se conocen de nada coinciden en un aislado resort de lujo al que acuden ricos y famosos dispuestos a pagar una fortuna por embarcarse en un exclusivo retiro que les permita sanar de sus aflicciones y mejorar como seres humanos en tiempo récord, aunque no sin cierto sufrimiento.

A quienes ingresan en este idílico balneario, situado en un lugar apartado, con un camino de difícil acceso (ya que se supone que el aislamiento es parte esencial de la terapia de sanación), en medio de un bosque con río, catarata y aguas termales, y donde te sirven nutritivos batidos de frutas tropicales preparados al momento (quién diría que meter la cámara en un vaso de licuadora iba a dar tanto juego visual), les requisan nada más llegar sus medios de transporte y sus dispositivos móviles para cortar todo contacto con el exterior. En realidad les aíslan solo en el plano físico, pues en el plano emocional cada uno de ellos ya lidiaba previamente, en soledad, con sus propias tribulaciones sin abrirse a su entorno, al que solo dejaban ver (y padecer) las secuelas y consecuencias de sus respectivos traumas.

Se trata de nueve personajes con caracteres, profesiones y etapas vitales distintas, que se someten voluntariamente (y a ciegas) a una terapia experimental que promete ser “liberadora”, diseñada por alguien que ha conseguido «renacer» en sentido literal (tras estar clínicamente muerta) y dejar atrás su oscura vida pasada. Un “novedoso” método terapéutico que se nutre de muchas de las actuales teorías del Mindfulness: la meditación, el yoga, el regreso a la tierra, la desintoxicación a través del ayuno y la alimentación eco-orgánica y, sobre todo, el entregarse por entero y abrazar la experiencia del retiro abriendo la consciencia a la espiritualidad, para salir de ella siendo personas nuevas, sin castigarse, sin juzgarse, sin arrepentirse… Un viaje físico y espiritual de diez días, resumido en ocho episodios, durante los cuales la serie nos irá presentando a cada uno de estos clientes/pacientes que se encuentran al límite de su resistencia y que se verán abocados a poner en común las pérdidas, fracasos, frustraciones, traiciones y traumas que los lastran, para poder así desprenderse de ellos y avanzar hacia un estado emocional superior, en el que los dolores, culpas, complejos y temores que los afligen al fin desaparezcan.

“Nine perfect strangers” es, en suma, un inquietante puzzle que se construye lentamente, combinando el drama y el misterio con las constantes referencias a un estilo de vida que es tendencia, obligándonos a seguir las pistas que nos van dejando a cuenta gotas según avanza su argumento y en el que destacan las magníficas interpretaciones de los actores y actrices de reparto.

Melissa McCarthy en el papel de Francis, escritora de novela romántica, una cincuentona menopáusica, fracasada en el amor, que teme no estar a la altura de sus propias expectativas profesionales, quien es sin duda la más empática del grupo; Bobby Cannavale, quien da vida a Tony, una estrella del fútbol americano que vio apagarse su popularidad al sufrir un grave accidente en el campo y desde entonces desarrolló una fuerte dependencia al alcohol y a los fármacos que lo convierte en un ser desaliñado y malhumorado; Luke Evans (Lars), un sujeto narcisista, sospechoso y taimado, homosexual, escéptico y conflictivo, que parece decidido a reventar la terapia provocando al resto del grupo, especialmente a Regina Hall (Carmel), una mujer de mediana edad, con problemas de ira y de autoaceptación, que acude al retiro para perder peso y volver a sentirse atractiva tras la doble maternidad que la condenó a la vida doméstica; Heather (Asher Keddie), una madre atrapada en una profunda depresión desde el suicidio de su hijo adolescente que convive con su marido Napoleón (Michael Shannon) y su otra hija, Zoe (Grace Van Patten), sin soportar la idea de que estos se hayan resignado tan fácilmente a la pérdida. Y finalmente Ben (Melvin Gregg), quien tras haber ganado 22 millones de dólares en la lotería ha perdido el interés por todo cuanto posee, incluida su espectacular esposa influencer, Jessica (Samara Weaving), una joven insegura y no muy lista, para quien nada existe, si no se cuelga en Instagram.

Al margen del indudable atractivo del personaje de Masha, una suerte de ser místico dotado de un gran poder de seducción al tiempo que infunde cierta desconfianza e incluso temor entre sus pacientes/huéspedes, la miniserie de Daniel E. Kelley («Big Little Lies«, «The Undoing«) se apoya en este gran reparto coral, para proponernos un triple suspense: ir conociendo la biografía de cada uno de estos personajes; saber exactamente en qué consiste ese “nuevo protocolo” del que hablan Masha y sus ayudantes, Yao (Manny Jacinto) y Delilah (Tiffany Boone) (con quienes mantiene una extraña relación, cuya naturaleza aún no llegamos a precisar) y que, a tenor de sus conversaciones, parece ser algo extremo, posiblemente hasta ilegal; y averiguar quién está detrás de las amenazas que la gurú recibe en su teléfono móvil y si tienen algo que ver con la tragedia/negligencia ocurrida tiempo atrás en ese lugar.

El misterio está servido y todo hace presagiar que el dilema que se nos plantee a futuro sea de naturaleza ética. De momento solo hemos visto los tres primeros capítulos, lo suficiente para despertar nuestro interés.

Título original: "Nine Perfect Strangers"

Año: 2021

Duración: 43 min. x 8 episodios

País: Estados Unidos 

Dirección: Jonathan Levine

Guión: David E. Kelley, John-Henry Butterworth, Samantha Strauss.
 
Novela: Liane Moriarty

Fotografía: Yves Bélanger

Reparto: Nicole Kidman, Melissa McCarthy, Michael Shannon, Luke Evans, Regina Hall, Bobby Cannavale, Samara Weaving, Asher Keddie, Manny Jacinto, Melvin Gregg, Tiffany Boone, Grace Van Patten, Hal Cumpston

Productora: Blossom Films, Made Up Stories. Distribuidora: Hulu

Género: Serie de TV. Drama | thriller

THE NEVERS

Siempre he observado cierta prevención hacia el cine fantástico o de ciencia ficción. Con gloriosas excepciones que ya se han convertido en clásicos, es difícil que una historia que trasciende los lindes de lo que humanamente es posible y juegue a fantasear con lo mágico o lo sobrenatural me toque la fibra, a no ser que tenga una intención metafórica.

Y ello a pesar de que, desde el estreno de la legendaria “Juego de Tronos” hace diez años, el género no ha hecho más que crecer y multiplicarse, con grandes superproducciones, como “The Last of Us”, “Foundation” o “El Señor de los Anillos”, y títulos menos ambiciosos, como “Carnival Row”, “The Witcher” o la más reciente y discreta “The Nevers” (HBO), cuyo argumento inesperadamente ha conseguido cautivarme.

En esencia, se trata de una serie definida por sus productores como “de aventura, acción y fantasía” que engancha desde el minuto uno, al ubicar su historia en un espacio temporal intencionalmente anacrónico, el Londres de la época victoriana, con sus enormes diferencias sociales y la violencia y conflictividad desatada en sus calles, donde misteriosamente un grupo de personas (en su mayoría mujeres, bastantes de ellas inmigrantes y algunos pocos hombres y niños), desarrollan ciertos superpoderes o habilidades extraordinarias, tras haber sido “tocados” por las partículas de luz desprendidas de un ente volador no identificado que surcó los cielos el 3 de agosto de 1896, convirtiéndose en una amenaza para el establishment, por lo que son perseguidos y socialmente marginados.

“Los elegidos” o «tocados» (como se les conoce en la serie) están liderados por Amalia True (Laura Donnelly), una viuda endurecida por la mísera vida que le ha tocado en suerte, quien además de un gran sentido práctico posee, desde aquel extraño día, el don de la videncia y una fuerza física descomunal que le permite batirse en todo tipo de peleas y refriegas, para proteger y defender a los suyos de las fuerzas brutales decididas a aniquilarlos. Para ello cuenta con la inestimable ayuda de su inseparable amiga, Penance Adair (Ann Skelly), cuya comprensión de la energía la convierte en una inventora adelantada a su tiempo, capaz de desarrollar prototipos impensables para la época, en los que podrían inspirarse muchos de los artilugios con los que hoy contamos gracias a la industria, la tecnología y la ciencia, y quien posee además una personalidad sumamente empática, dotada de gran sensibilidad y humanidad.

A ellas se unen Olivia Williams («Counterpart«) quien da vida a Lavinia Bidlow, una multimillonaria inválida que, por motivaciones aún desconocidas, se convierte en benefactora del orfanato donde se refugian “los elegios”; su dulce y torpe hermano menor Augustus “Augie” Bidlow (Tom Riley), quien es en secreto uno de ellos, dotado de vista de pájaro; y Hugo Swann, (James Norton), el rico e irreverente propietario de un antro de perversión, un joven empresario de vida disoluta que se especializa en la extorsión y la trata, abriendo locales de ocio donde “los tocados” complacen las fantasías de gente pudiente, a cambio de dinero por sus favores sexuales.

Luego están el inspector de policía Frank Mundi (Ben Chaplin), dividido entre sus obligaciones policiales y sus principios morales, quien investiga una serie de asesinatos presuntamente cometidos por una peligrosa y sanguinaria sociópata criminal llamada Maladie (Amy Manson), que también es una de “las tocadas”, dando mala prensa al colectivo; Denis O’Hare como Edmund Hague, un médico perturbado que busca descubrir la fuente de los poderes mágicos; Zackary Momoh como Horatio Cousens, el médico del orfanato con poderes curativos; Rochelle Neil como la incendiaria Annie “Bonfire” Carby… y el increíble Pip Torrens (“The Crown”), en el papel de Lord Gilbert Massen, un alto funcionario del gobierno, de naturaleza conservadora y escéptica, que lidera una cruzada contra “las elegidas”, cuyas habilidades atribuye a “anomalías biológicas debidas a la electricidad”, el gran invento que lo cambiaría todo en las postrimerías de la Revolución Industrial.

Definida por la crítica como «un X-Men moderno o un Watchmen victoriano«, más allá de tratarse de una serie entretenida y repleta de acción, los responsables de “The Nevers” y, muy especialmente Joss Whedon (“Buffy, la cazavampiros”, “Angel”), creador de la idea y guionista del primer capítulo, han querido aprovechar la fantasía para abordar problemas actuales con los que lidiamos a diario, como el racismo, el sexismo, la discriminación y la marginalidad, y la necesidad de crear una sociedad más justa e igualitaria, desarrollando la empatía, el empoderamiento y el sentido de comunidad, con diálogos que constantemente hablan de cambio, de progreso y del importante aporte de la mujer a todo ello, pese a las enormes resistencias sociales por permitir que así sea, como cuando Lord Massen, empeñado en acabar con “las elegidas”, expone su teoría de que se trata de una amenaza para la estabilidad y supervivencia del Imperio:

“Un plan magistral. Atacarnos usando a las mujeres. El corazón del imperio detenido abruptamente por los caprichos y las aspiraciones de quienes no deben tener ambiciones. Es la era del poder, del nuevo poder, los rayos equis, las ondas, la electricidad, somos la primera generación acostumbrada a lo imposible. Lo que a las mujeres les horroriza hoy, será aceptado mañana y exigido al día siguiente. Los inmigrantes, los desviados, ese es el poder que se ejerce y no por nosotros. La espada está dentro, necesitamos saber qué mano la está empuñando”.

De hecho, uno de los aspectos que resulta más inquietante de la serie y que no se llega a desvelar en su primera temporada es a qué nos estamos enfrentando realmente, cuál es la verdadera naturaleza de esa fuerza superior de la que emanan los poderes mágicos de los elegidos, así como en qué escenario temporal transcurre realmente la acción (si es que no sucede en varios planos temporales superpuestos) y cuáles son las verdaderas motivaciones de algunos de los personajes.

Preguntas y acertijos que -es de suponer- se resolverán en la segunda entrega, pese a que ya no será Joss Whedon (quien abandonó el proyecto en noviembre del año pasado, después de la polémica surgida a raíz de la filmación de “La Liga de la Justicia” cuando varios actores le acusaron por maltrato y abuso de poder en los rodajes) el encargado de resolver el enigma, sino Philippa Goslett quien se quedó a cargo del proyecto.

El principal problema al que se enfrenta, sin embargo, es la complejidad de la historia que se trae entre manos. Porque, aunque de entrada todo pueda resumirse en un grupo de seres perseguidos por una oscura organización y el odio a las minorías, “The Nevers” abarca a tantos personajes y ha abierto tantas subtramas a partir de su argumento inicial que puede resultar complejo encajarlo todo. Especialmente cuando, tras ver el episodio que sirve de epílogo a esta primera temporada y de prólogo a la segunda, es previsible que se produzca un giro radical de los acontecimientos que nos conduzca por otros derroteros ya muy vistos en otras películas y series, como «Westworld«, «Criado por lobos« o «Outlander«. Esperemos que no se desvirtúe su esencia en el ya cantado viaje a un futuro intergaláctico.

Título original: The Nevers 

Año: 2021

Duración: 58 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Joss Whedon (Creador), Philippa Goslett (Creador)

Guion: Joss Whedon, Jane Espenson, Laurie Penny, Douglas Petrie

Fotografía: Seamus McGarvey, Ben Smithard, Richie Donnelly, Kate Reid

Reparto: Laura Donnelly, Nick Frost, Olivia Williams, James Norton, Tom Riley, Ann Skelly, Ben Chaplin, Pip Torrens, Zackary Momoh, Amy Manson, Rochelle Neil, Eleanor Tomlinson, Denis O'Hare...

Productora: HBO, Mutant Enemy Productions. 

Distribuidora: HBO

Género: Serie TV. Drama. Ciencia ficción. 

SOLOS

Si existiera un premio a la serie más deprimente de la temporada, probablemente “Solos”, la antología distópica dirigida por David Weil, se llevaría este año la palma. Y quizá radique en ello su gran logro, pues tratándose de una disertación (en tono de introspección reflexiva) acerca de las vivencias más profundas, extrañas, emotivas y desgarradoras a las que se enfrenta el ser humano, y de cómo la soledad y el aislamiento nos afectan habiendo sido programados para vivir en sociedad, el resultado difícilmente podía ser otro.

Se trata de siete capítulos monográficos, siete historias aparentemente independientes (aunque pronto descubramos que están interconectadas), cada una de ellas protagonizada por un excelente actor o actriz, de la talla de Helen Mirren, Morgan Freeman, Anne Hathaway, Uzo Aduba, Nicole Beharie, Anthony Mackie, Dan Stevens y Constance Wu, en cuyo talento interpretativo descansa el gran peso de esta nueva producción de Amazon que, como se ha dicho en alguna crítica, es mucho más que la suma de sus partes.

Casi todo el mundo coincide en señalar que “Solos” quiere recordar a “Black Mirror”, por el hecho de que, al no ser correlativos, sus episodios pueden verse por separado, y su aire futurista. Pero, si nos abstraemos del artificio tecnológico y de los escenarios algo distópicos en los que se sitúan sus historias, nos damos cuenta de que la intención de su relato no es tanto advertirnos sobre lo que nos espera, sino hablar de la esencia del ser humano y de su necesidad de conectar con el prójimo, reconociéndose en las grandes verdades que justifican su existencia.

«Solos» abarca nuestro presente y futuro poniendo de manifiesto que, incluso cuando estamos más aislados, en las circunstancias más dispares, todos estamos conectados a través de la experiencia humana.

Sin desvelar demasiado acerca de su contenido, diremos que el creador de la serie, David Weil, ha apostado por el poder de la palabra de una manera muy teatral, construyendo diálogos y monólogos de gran calado, que dejan al espectador tareas para casa, dándole mucho en qué pensar sobre temas de indudable relevancia y rabiosa actualidad a causa del coronavirus, como el miedo a vivir, lo frustrante que resulta a la larga tomar conciencia de haber perdido el presente planificando el futuro, la invisibilidad de la gente mayor o la angustia de dejar solos a nuestros seres queridos, al tener que irnos para siempre de este mundo.

Especialmente destacables son las actuaciones de Hellen Mirren, sensacional en el papel de Peg, una septuagenaria que se embarca voluntariamente en un experimento para hacer un viaje al espacio sin retorno, durante el cual charla con el cerebro informático de un transbordador como si estuviera haciéndolo con su psicoanalista, para darse cuenta de que ha perdido buena parte de su vida a causa del temor que la atenazado desde niña.

Sin duda se trata de una de las mejores interpretaciones de la serie, cargada de sinceridad y de naturalidad, entrañable y exquisitamente contenida. Pero hay otras no menos llamativas y eficaces, como la de Anne Hathaway (Leah), quien interpreta de manera muy dinámica y con ciertos toques de humor tres versiones diferentes de su personaje, una investigadora científica obsesionada con viajar en el tiempo para establecer contacto con una versión futura de sí misma; al igual que Anthony Mackie (Tom), quien también debe afrontar un duelo interpretativo consigo mismo. O Nicole Beharie, cuya Nera debe lidiar con una maternidad antinatura para la que no estaba preparada, luego de someterse a un novedoso tratamiento de fertilidad, demostrando que el instinto de protección de una madre para con sus hijos, está por encima de su propio instinto de conservación.

Pero sin duda el episodio de cierre, protagonizado por Morgan Freeman (Stuart), es el más emotivo de todos, al tratarse de un anciano enfermo de Alzheimer que necesita implantes de memoria para recuperar su pasado, sirviendo de enlace (y explicación) al resto de las historias, marcadas todas ellas por la pandemia que vivimos y la manera en la que esta afecta a nuestra necesidad de contacto físico, como se constata en el gran broche de la escena final entre Stuart y Otto (Dan Stevens), su proveedor de bases de memoria que adquiere en el mercado negro.

En definitiva, una serie para la reflexión que decepcionará a quienes únicamente vayan buscando entretenimiento y que nos dejará un sabor agridulce pues, lejos de edulcorar la realidad, la muestra en su versión más descarnada, haciendo que la experiencia de su visionado resulte, como he dicho al principio, un tanto depresiva.

Título original: Solos

Año: 2021

Duración:30 min.

País: Estados Unidos

Dirección: David Weil (Creador), Sam Taylor-Johnson, Zach Braff, Tiffany Johnson

Guión: Bekka Bowling, David Weil, Stacy Osei-Kuffour, Tori Sampson

Música: Patrick Jonsson, Martin Phipps

Fotografía: William Rexer

Reparto: Helen Mirren, Anne Hathaway, Morgan Freeman, Constance Wu, Uzo Aduba, Nicole Beharie, Anthony Mackie, Dan Stevens, Gordon Winarick

Productora: Amazon Studios. 

Distribuidora: Amazon Prime Video.

Género: Serie de TV. Drama distópico.

HALSTON

Se llamaba Roy Halston Frowick y era natural de Des Moines, capital del condado rural de Iowa. Pero el mundo entero lo conoció simplemente como Halston. Segundo hijo de un recio contable de origen noruego, que no aceptaba su homosexualidad, y una sufrida ama de casa a la que este maltrataba, física y psicológicamente, culpándola de mimarlo demasiado.

Un personaje atormentado y glamouroso, confeccionado a medida para el actor escocés Ewan McGregor, quien encarna de manera convincente al legendario diseñador estadounidense, en una miniserie de cinco episodios, producida por Ryan Murphy para Netflix, en la que se repasa su vida y obra, presentándolo como un artista amanerado y excéntrico que, habiendo conocido el rechazo desde niño, persiguió obsesivamente el éxito, la riqueza y el reconocimiento. Enormemente talentoso y creativo, inseguro y vulnerable en su esfera más íntima, exigente consigo mismo y con los que le rodearon hasta perder los papeles con gran crueldad, a causa de lo cual murió prácticamente solo, desquiciado por una serie de malas decisiones empresariales motivadas por su ambición desmedida y por una vida de excesos que acabaron con su carrera y su salud.

Cuenta Steven Gaines, en la novela en la que está basado este interesante biopic, que el pequeño Halston decoraba con plumas de gallina y otros abalorios los sombreros y tocados de su madre, a la que adoraba, sin sospechar que lo que empezó siendo una afición infantil para consolarla de las embestidas de su verdugo, se convertiría en el oficio que le haría saltar a la fama, después de que la primera dama de los Estados Unidos, Jackie Kennedy, luciera una de sus creaciones en la toma de posesión de su marido JFK.

Para entonces Halston había llegado ya a Nueva York, de la mano de la diseñadora de sombreros Lilly Daché, quien lo introdujo en el trepidante negocio de la moda, a la par que iba descubriendo la libertad y las prometedoras posibilidades que, para un espíritu transgresor como el suyo, ofrecía la Gran Manzana.

Aquel hombretón alto, delgado y bien parecido, con un aire a James Stewart y muchas ganas de comerse el mundo, feliz y algo asombrado de poder alternar en bares “solo para hombres”, con los que compartir algo más que una cerveza ya en la intimidad de su alcoba, pronto llegó a ocuparse de la colección de sombreros de Bergdorf Goodman, uno de los más prestigiosos grandes almacenes de Manhattan, que tenía entre su clientela a algunas de las más reconocidas socialités del momento.

Cuando Jackie Kennedy acudió allí, a finales de 1960, en busca de un sombrero para la inauguración del mandato de su marido, y escogió una de las creaciones de Halston, ni él mismo podía creerse que ello supondría la consagración definitiva de su marca personal. Halston pensó que ese día todos estarían pendientes de lo que dijera Kennedy y de lo que vistiera Jackie, de modo que su sombrero no podía taparle la cara ni permitir que el viento o el pelo jugaran una mala pasada a quien sería el rostro de la nueva era. Procurando darle protagonismo a la primera dama, el diseñador consiguió atraer atención sobre su diseño y así aquel diminuto sombrerito rosa, bautizado como pillbox, lanzó su carrera, considerándose hoy en día una pieza histórica.

«Los sombreros son esculturas, hacía sombreros para animar a mi madre, tuve una infancia especial», confiesa el icónico diseñador en la serie a uno de sus amantes ocasionales (negros, latinos, gente susceptible de haber sufrido el rechazo y la discriminación como él).

Desde ese momento, su popularidad fue en aumento a la par que su negocio, teniendo que reinventarse a sí mismo cuando los sombreros dejaron de usarse, a principios de la década de los setenta. Un periodo de gran precariedad económica que, sin embargo, supuso un acicate para su talento visionario, en una apuesta decidida y arriesgada por el prêt-à-porter.

Centrado en su sueño de “vestir a América”, sin dejar a un lado su admiración por la alta costura y por los grandes modistos europeos (especialmente Balenciaga), Halston perfiló una silueta minimalista para la mujer estadounidense que empezaba a incorporarse al mundo laboral, y que necesitaba un atuendo de trabajo y otro para su vida social.

Vestidos camiseros ceñidos al cuerpo con un lazo en la cintura y confeccionados con un material similar al ante pero apto para ser lavado a máquina, pantalones fluidos y trajes de corte masculino, así como los vaporosos vestidos de cuello halter (su santo y seña) y la manga murciélago, presente en sus elogiados caftanes de originales estampados… cada nueva creación que salía de sus talleres (inicialmente inspirada en el cine negro de los años 30 y 40) era un éxito de ventas. Algo que no pasó inadvertido para los buitres de la industria textil, que no pararon de revolotear sobre su cabeza hasta hacerse con la propiedad de su marca personal, obligándole a diversificar su producción en una variada gama de artículos y accesorios que llevaran su nombre y pudieran fabricarse a gran escala (perfumes, maletas de viaje, ropa masculina, el atuendo de las azafatas de Braniff Airlines, los uniformes del equipo norteamericano en las Olimpiadas de 1976, de las Girl Scouts o del Departamento de Policía de Nueva York), obligándole a asumir un ritmo y un volumen de trabajo ingente.

En aquellos años, el icónico diseñador vestía ya como una celebridad. Pelo engominado, chaqueta americana, jersey negro de cuello vuelto y sus inseparables gafas oscuras que apenas conseguían ocultar los estragos de sus excesos nocturnos. Era el modisto norteamericano emergente del momento. Lo que le lleva a ser seleccionado para representar a los Estados Unidos, junto a otros ya consagrados, como Oscar de la Renta, en una especie de duelo con diseñadores europeos que se celebra en el Palacio de Versalles y que supone su exitosa puesta de largo en la moda mundial.

A su vuelta de París, con una cuenta corriente milmillonaria, una tienda con su marca en Madison Avenue, donde recibe a sus clientes VIPS para las que sigue confeccionando a medida, y un equipo de trabajo que soporta leal y pacientemente sus excesos y su mal carácter, Halston se transforma en el rey indiscutible de la moda neoyorquina. “El primer diseñador pop star”, como se le llegó a catalogar. Su sofisticación, elegancia natural y atractivo físico le abren todas las puertas y potencian un aura de éxito a su alrededor que le hace gozar de un gran poder de seducción, tanto en hombres como en mujeres.

Es entonces cuando conoce a Víctor Hugo Rojas (Gianfranco Rodríguez), un decorador venezolano, cuyos favores sexuales comparte en un principio con su amigo Andy Warhol a cambio de dinero y a quien pronto convierte en su amante y protegido en exclusiva, estableciendo con él un vínculo de dependencia tóxica. De su mano se adentra en el descontrolado mundo de las drogas, haciéndose un consumidor habitual de cocaína y se dedica a quemar la noche, en “Studio 54”.

Amigo personal de Yves Saint Laurent y de Liza Minnelli (magníficamente representada en la serie por Krysta Rodríguez), su única familia (la persona a la que llama para trinchar su primer pavo en Acción de Gracias), alguien fundamental en la vida del diseñador y de quien recibe un apoyo incondicional hasta el fin de sus días;  Halston vistió a grandes estrellas del cine, como Elizabeth Taylor, Silvana Mangano, Lauren Bacall, Bianca Jagger, así como a admiradas socialités, como Diane von Furstenberg, Katharine Graham, Babe Paley o Marisa Berenson y apadrinó a algunas de las mejores supermodelos de los años ´70, como la temperamental Elsa Peretti (su musa italiana), la después actriz Anjélica Huston, Pat Cleveland o Alva Chinn, a las que se conocía como las “Halstonettes” cuando participaban en sus desfiles.

Pero la decisión de quienes se habían hecho con la propiedad de su marca (sinónimo de lujo, estatus, fama y erotismo), de fusionarse con un grupo empresarial más fuerte que exige su colaboración con los almacenes J.C.Penney (competencia directa de Bergdorf Goodman, la casa de moda que lo vio nacer), disminuye su presencia e influencia a mediados de los 80, tras la aparición de nuevos creadores, como Calvin Klein y Donna Karan.

“Ya no soy una persona, soy una marca”, dice el Halston de ficción en el tercer episodio de la serie, como si el sueño de toda una vida se hubiese transformado en pesadilla. “Nos dan un nombre, solo uno. Es lo único que tenemos mientras estamos vivos. Y lo único que dejamos cuando morimos. No valoré el mío lo suficiente. Lo vendí barato. No lo pensé dos veces”, confiesa amargamente hacia el final, convertido ya en un patético remedo de sí mismo, tras haberse rendido a los cantos de sirena de la industria de la moda que condiciona y exprime su talento obligándole a firmar una última línea de ropa ‘low cost’, Halston III, que fue muy mal recibida.

Acosado por las exigencias de sus nuevos “dueños”, con sus capacidades muy mermadas por sus adicciones y tras ser diagnosticado como enfermo de SIDA, Halston decide finalmente dimitir y mudarse a San Francisco, no sin antes firmar un último trabajo, a modo de epitafio para la posteridad, el diseño de vestuario de “Perséfone”, a petición de su amiga, la exigente coreógrafa de ballet contemporáneo Martha Graham, que resulta ser todo un éxito para la crítica (cuyo veredicto final, como a todos los artistas, le importaba más de lo que era capaz de confesar) que aplaude la novedosa e ingeniosa incorporación en los diseños del tejido de elastano, metáfora de las cadenas invisibles que, aunque nos creamos libres, inevitablemente nos frenan y nos lastran.

En 1988, la enfermedad de Halston se complica deviniendo en un sarcoma de Kaposi que, finalmente, acaba con su vida el 26 de marzo de 1990, a los 57 años. Una vida intensa, más exitosa que feliz, que dio mucha tela para cortar en esta miniserie de Netflix que brilla sobre todo por su esmerada ambientación y por la excelente interpretación de algunos de sus protagonistas, empezando por el carismático Ewan McGregor (jamás nadie dio una calada al cigarro con tanta elegancia y sensualidad).

Título original: "Halston"

Año: 2021

País: Estados Unidos

Dirección: Ryan Murphy, Dan Minahan

Guión: Tim Pinckney, Sharr White, Kristina Woo, Ian Brennan. 

Basada en la novela "Simply Halston" de Steven Gaines

Fotografía: Tim Ives, William Rexer

Reparto: Ewan McGregor, Krysta Rodriguez, Rory Culkin, Rebecca Dayan, David Pittu, Sullivan Jones, Gian Franco Rodríguez, Mary Beth Peil, Molly Jobe, Deya Danielle Drake, Eric T. Miller, Maxim Swinton, Juri Henley-Cohn...

Productora: Ryan Murphy Productions. 

Distribuidora: Netflix

Género: Serie de TV. Drama. Biopic. Moda. Años 70

EL METODO KOMINSKY

Hay una escena en el episodio 5 (“Cerca, lejos, dondequiera que estés”) de la tercera y última temporada de “El método Kominsky” que contiene tanta emotividad, sabiduría y verdad, que casi resulta hiriente. Dolorosa, como duele todo lo que es irremediable, como los peores presagios y las certezas que nos incomodan, aunque te las encuentres en mitad del guión de una sitcom de gran éxito. Aquella serie que Netflix estrenó en 2018, sobre un actor septuagenario, cuya carrera nunca llegó a funcionar del todo, por lo que se gana la vida dando clases de interpretación, y su representante, recientemente enviudado, pesimista y cascarrabias.

La escena a la que me refiero es una en la que Sandy (portentoso Michael Douglas, en su mejor versión de sí mismo pese a su avanzada edad, o quizá gracias a ello) les explica a sus alumnos, la enorme dificultad que entraña representar lo que realmente se siente cuando se está a las puertas de la muerte. 

“Os estoy pidiendo que penséis en qué ocurre de verdad en esos últimos momentos. No me estoy refiriendo a una muerte violenta. Me refiero a cuando sabes lo que viene, cuando te has rendido por completo al truco de magia final, cuando nos vamos del todo, completamente. Me he sentado junto a la cama y he cogido las manos de amigos y seres queridos exhalando su último suspiro y os aseguro que el soliloquio dramático al final de la vida es un puro y absoluto sin sentido. Si se dice algo es interno. Casi puedes oírlo. Mantienen una conversación interna llena de incredulidad y asombro, porque su vida ha llegado a su fin. Apenas se dan cuenta de que estás ahí. Para ellos los vivos son irrelevantes. Así que, si alguna vez tenéis que interpretar una escena así, enfocadla con reverencia, consideradla sagrada, aseguraros de que reciba vuestro máximo cuidado y respeto”, aconseja el viejo profesor, con lágrimas en los ojos, a los jóvenes aspirantes a actores y actrices, sin poder contener la emoción que lo embarga. Y cualquiera que haya perdido a un ser querido en circunstancias similares, a nada que haya sido un poco observador en ese trance final, puede dar fe de que lo que dice es cierto.

Es en ello donde radica la grandeza de esta serie, en su enorme acierto al abordar, con naturalidad y familiaridad, la naturaleza y la inevitabilidad de la vejez y de la muerte (dos temas espinosos, para una sociedad apuntalada en el culto a la belleza, la juventud y el hedonismo), consiguiendo un difícil y perfecto equilibrio entre el dramatismo y el sentido del humor al retratar el ocaso de la existencia humana en toda su dimensión tragicómica, gracias en buena medida al sarcasmo de sus guionistas (que trasciende con mucho los chistes de viagras y próstatas, sin renunciar a ellos) y a la maestría de un elenco encabezado por actores y actrices veteranos, quienes fueran en otro tiempo grandes celebridades de Hollywood.

No lo tenía fácil Chuck Lorre, su creador, (artífice de otros éxitos televisivos como “The Big Bang Theory” y “Dos hombres y medio”) para escribir el colofón de una ficción tan inteligente, como exigente, sin contar con la que había sido, en las dos temporadas anteriores, una de sus piezas clave. La ausencia de Alan Arkin (el malhumorado representante de actores, Norman Newlander), quien se descabalgó de la producción al finalizar la segunda temporada, amenazaba con dar al traste con la esencia de la serie, pues “El método Kominsky” descansaba sobre todo en la singular y entrañable relación de esa especie de “Extraña Pareja”, a lo Matthau y Lemmon, que componía su prestigiosa dupla protagonista, Michael Douglas y Alan Arkin. El agente y el actor reciclado en profesor. Sin Newlander no hay Kominsky.

Sin embargo, la necesidad de matar a Norman en la ficción, para justificar la ausencia de Arkin en el show, ha terminado siendo el acicate ideal para encontrar el cierre perfecto y darle un final lógico a una serie que no merecía otra cosa más que una digna despedida, después de haber obtenido dos merecidos Globos de Oro, uno de ellos a la mejor comedia en su primera temporada.

Casi inevitablemente, esta tercera y última temporada de “El Método Kominsky” va sobre la muerte. De hecho, se inicia con las palabras de Sandy durante el peculiar funeral de su inseparable amigo Norman (un judío muy poco ortodoxo) y acaba con la de su primera ex esposa, la Dra. Roz Volander (una irreconocible Kathleen Turner, otrora sex simbol del cine estadounidense, gracias a su trabajo en películas como “El cartero siempre llama dos veces”, “Fuego en el cuerpo”, con quien Douglas mantiene una química especial tras haber coprotagonizado varios éxitos a lo largo de sus respectivas carreras, como «La guerra de los Rose« o «La joya del Nilo«). Destacada activista de Médicos Sin Fronteras y madre de Mindy (Sarah Baker), Roz decide regresar junto a su ex marido y su única hija, para ayudarla a organizar su boda, sin contarle que sufre una leucemia en estado muy avanzado.

Sin dejar a un lado la comedia presente en ciertas situaciones hilarantes que tienen que ver con el papel de albacea de la cuantiosa herencia que Norman le deja a su hija Phoebe (Lisa Edelstein), una ex yonqui rehabilitada, y a su nieto (Haley Joel Osment), miembro de la Iglesia de la Cienciología, y que Sandy debe administrar con mano férrea para evitar que la malgasten; con su fortuito revolcón con una escort rusa que tiene un perro cuyo nombre (Irving) es igual al segundo nombre de su amigo, lo que interpreta como una señal de su reencarnación en perro; o con las desavenencias que surgen por la gran diferencia de edad entre Mindy y su novio Martin (Paul Reiser), sometido por una madre metomentodo y bocazas… esta tercera y última temporada de la serie que, como anteriores ocasiones en las que pudimos ver a Jay Leno o Dany Devito, incluye cameos de lujo con actores o directores que se interpretan a sí mismos, como Morgan Freeman o Barry Levinson, habla sobre todo de emociones, de reconciliaciones y despedidas, de cómo dos personas que no funcionaron como pareja pueden reencontrarse y acompañarse en el final de sus vidas, recuperando la complicidad, la admiración, la confianza y el cariño que una vez se tuvieron; y de cómo nunca es tarde para que los sueños se cumplan.

Especialmente conmovedora es la escena en la que Sandy llora frente al cartel de la película sobre “El viejo y el mar” que ha conseguido protagonizar, bajo la dirección de Barry Levinson, siendo casi un actor octogenario y que finalmente logra reflotar su carrera, detenida en el tiempo desde aquella vez en que consiguió ganar un premio Tony siendo aún una joven promesa, justo antes de la bajada final del telón.

Como era de esperar, “El método Kominsky” se despide haciendo un paralelismo entre el final de la vida del actor y el de la propia serie. Una muerte digna, en ambos casos. Una despedida elegante y discreta para una serie ocurrente, sensible y honesta, en la que se cuentan muchas verdades sobre la vida que nos espera cuando lleguemos a viejos. Si es que llegamos. Si no lo habéis hecho ya, tenéis que verla. Está en Netflix.

Título original: "The Kominsky Method" 

Año: 2018-2021

Duración: 25 min por cap.

País: Estados Unidos 

Dirección: Chuck Lorre (Creador), Andy Tennant, Beth McCarthy-Miller, Donald Petrie.

Guion: Chuck Lorre

Música: Jeff Cardoni

Fotografía: Anette Haellmigk

Reparto: Michael Douglas, Alan Arkin, Sarah Baker, Nancy Travis, Jenna Lyng, Casey Thomas Brown, Jane Seymour, Kathleen Turner, Ashleigh LaThrop, Melissa Tang, Emily Osment, Graham Rogers, Susan Sullivan, David Astone, Lisa Edelstein.  

Productora: Chuck Lorre Productions, Netflix, Warner Bros. Television. 

Género: Serie de TV. Vejez/Madurez. Amistad. Comedia dramática

MARE OF EASTTOWN

Difícilmente podía imaginar David Lynch, cuando rodó la escena en la que el cuerpo sin vida de Laura Palmer aparecía flotando en el río, envuelto en una bolsa de plástico, que la que fuera su gran obra maestra dentro del género policíaco de suspense se convertiría en fenómeno de culto y fuente de inspiración para cientos de realizadores que, a lo largo de los treinta años posteriores a su estreno, han intentado emularla sin mayor pena ni gloria.

El último de ellos es Brad Ingelsby, creador de la serie “Mare of Easttown” de HBO, que cuenta con la invalorable baza de tener a la gran-diosa Kate Winslet como productora y actriz protagonista. Aunque, en este caso, se trata de una miniserie policíaca muy bien contada, que pese a guardar obvias semejanzas con la mítica producción del singular director norteamericano, está muy lejos de su recurrente apuesta por la pincelada surrealista.

Al igual que en “Twin Peaks”, todo sucede en una pequeña población ribereña situada entre montañas, en este caso las de Pensilvania, en la que todos sus habitantes se conocen o están emparentados. Un lugar donde casi nunca pasa nada relevante o digno de salir en las noticias y en el que nadie parece ser demasiado feliz.

Tras una breve introducción que nos adentra en los pormenores de la vida (nada fácil) de los personajes principales, la acción propiamente dicha se inicia con el hallazgo del cadáver de Erin McMeanamin (Cailee Spaeny), una joven adolescente y madre soltera, cuyo cuerpo sin vida aparece, totalmente desnudo, en el cauce del río que atraviesa los bosques de la región. La inspectora Mare Sheenan (Winslet) será la encargada de investigar el caso hasta hallar al culpable. Pero, en el proceso, deberá lidiar con sus propios demonios personales y familiares.

Marcada por el suicidio de su único hijo varón, que no logra superar y que consiguió arruinar su matrimonio, la vida de Mare tampoco es precisamente de color de rosa, teniendo que ejercer a la vez de madre (tiene otra hija adolescente bastante rebelde con la que vive en pie de guerra), de hija (su madre,  la genial Jean Smart, con quien se lleva también como el perro y el gato, se ha mudado a vivir con ella) y de abuela, al haberse tenido que hacer cargo de un niño de cuatro años, concebido por su hijo muerto con una exyonqui que ahora reclama su custodia.

Por si esto fuera poco, profesionalmente la inspectora Sheenan acusa el síndrome del perdedor, al no haber sido capaz de resolver la desaparición de otra joven de la región, cuya madre (de quien había sido amiga desde el instituto) la culpa de ello.

Con una imagen desaliñada y algunos kilos de más que siempre se ha preocupado de mantener a raya, Winslet construye, en plena madurez, un personaje rotundo y adolorido, el de una mujer fuerte (al menos en apariencia), con un profundo poso de amargura y frustración, exhibiendo sus mejores dotes interpretativas en su vuelta a la pantalla chica (las mismas que hace diez años le hicieron ganar el Emmy a la mejor actriz por «Mildred Pierce«, otra serie de HBO).

“Ahora que ya tengo más de 40 me interesa representar personajes reales, poco glamorosos, antes que ideales e inalcanzables”, contaba en una extensa entrevista con el sitio Brief Take quien alcanzara la eternidad y la fama meteóricas en los noventa, nada más dar el salto a Hollywood, gracias a la épica de James Cameron, interpretando a la voluptuosa Rose de “Titanic”; aquella veinteañera australiana a la que Jane Campion imaginó abducida por un gurú de la india de nombre Baba (Harvey Keitel) al que quiso entregarse en cuerpo y alma en “Holly Smoke”; la adolescente pletórica de furia y escándalo que filmó Peter Jackson en “Criaturas celestiales”; la enamoradiza Marianne Dashwood de “Sentido y Sensibilidad”, la carcelera nazi que intercambiaba literatura por sexo en “The Reader”, la Ofelia que se resistió al academicismo de Kenneth Branagh en su adaptación del “Hamlet” de Shakespeare o la temible Myrtle Dunnage en esa extrañísima combinación de spaguetti-western, comedia negra, melodrama romántico, dibujo animado, slapstick y cine social que es “The Dessmaker”… y tantas y tantas mujeres más, de distintas edades y épocas, que la han conducido hasta aquí.

Como escribe el crítico de cine de Página 12, “interpretando a Mare y su sombrío estoicismo, en una era sin proezas ni artificios, Winslet persigue los trazos de un crimen como los de su propia verdad, con esa sublime entereza, aferrada a los mundos que ha habitado, como si fueran ecos de su propia esencia…”

Para este nuevo trabajo televisivo, la actriz, de formación y origen británicos, se ha empleado a conciencia. No sólo se empeñó en aprender, con notable precisión, el acento del condado de Delaware (el “delco”), de donde es oriundo el creador de la serie, sino que no ha dudado en sacrificar su innegable belleza y utilizar su propia fisonomía para reflejar todo el impacto de la tragedia vivida por el personaje y su dependencia endogámica de la comunidad: el pelo sin teñir, el vapeado compulsivo, los hábitos de vida y de alimentación desordenados desde la muerte del hijo, la expresión dolida y la mirada melancólica ante las constantes demandas de sus vecinos, con los que se siente en deuda, culpable por no haber sabido/podido resolver la desaparición de una de los suyos.

Mare es terca, honesta, muy directa en el trato con sus semejantes y protectora de su familia y su comunidad. De hecho, uno de los pocos acontecimientos ocurridos en la localidad fue el día en el que, aun siendo adolescente, hizo que el equipo de baloncesto de su instituto ganara un torneo encestando en el último minuto. Gesta que se sigue recordando, año tras año, y que la convirtió en una especie de heroína local, mucho antes de hacerse policía, como su difunto padre, al que adoraba.

Pero, pese a ser un pilar de su comunidad, la inspectora Sheenan no es una persona muy sociable. Con un carácter de mil demonios, su cinismo y aspereza son una coraza ante los numerosos problemas que la acosan, como un divorcio que se le hace más cuesta arriba de lo que pensaba y una hija adolescente, Siobhan (Angourie Rice), con la que no consigue congeniar.

En su rutina de trabajo, persigue y detiene al hermano drogadicto de una compañera de estudios para alojarlo en un refugio y que no muera de frío, atiende al llamado de una vecina que afirma haber visto un merodeador frente a su casa mientras discute con su marido, resuelve robos menores, dirime reyertas y rencores enquistados en esa región signada por la violencia intrafamiliar y los cordones de pobreza.

Es una “looser”, como la mayoría de los habitantes de Easttown. Un lugar dejado de la mano de Dios, con demasiadas adolescentes embarazadas sin acabar los estudios, mucha droga en circulación y una violencia social contenida a punto de estallar.

El hecho de que un crimen tan horrible se haya cometido en uno de esos pueblos pequeños en donde se conoce todo el mundo, como en la “Twin Peaks” de David Lynch, contribuye a que la investigación transcurra en una atmósfera opresiva, ya que siempre habrá un sospechoso o testigo que tenga lazos afectivos con Mare (como su exmarido o su propia hija, a quienes no duda en llamar a declarar en comisaría, por haber tenido contacto con la víctima antes de ser asesinada), por lo que interrogarles le puede granjear la enemistad de sus vecinos, familiares o amigos.

Un recurso narrativo habitual en estos casos es la llegada de un forastero que sirve de excusa para sacar a la luz todas las interioridades del pueblo. Si en “Twin Peaks”, ese personaje era el agente federal Dale Cooper (una especie de alter ego del propio Lynch), en “Mare of Easttown” es el inspector Colin Zabel (Evan Peters), enviado por el condado para ayudar en las pesquisas a Mare, quien al principio lo ve como un rival, pero que termina siendo su contrapunto en los interrogatorios, en donde hacen de “poli bueno-poli malo”.

No es el único visitante que llega de fuera. Luego está Richard Ryan (Guy Edward Pearce), el apuesto escritor y profesor universitario, con quien la detective tiene sexo tras conocerse de forma casual en un bar. Una relación algo improvisada que le sirve de válvula de escape recordándole sus propias necesidades como mujer y que aún no está claro hasta dónde puede llegar.

A punto de alcanzar ya el ecuador de la emisión (vamos por el episodio tres de siete en total) “Mare of Easttown” es una de esas series  que enganchan pues no sabes que nueva sorpresa o giro de guion te depara. Un título con el que HBO pretende seguir la estela de “Big Little Lies” o “The Undoing”, intrigas policiales que sirven de excusa para hacer el retrato de un grupo social, con sus privilegios y sus desventajas. Todos sus episodios están dirigidos por el veterano Craig Zobel (“Westworld” o “The Leftovers”). Una apuesta de calidad para una plataforma de streaming (HBO) que, desde el final de “Juego de Tronos”, anda necesitada de grandes éxitos de audiencia.

Título original: "Mare of Easttown"

Año: 2021

Duración: 43 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Craig Zobel

Guión: Brad Ingelsby

Fotografía: Ben Richardson

Reparto: Kate Winslet, Sosie Bacon, David Denman, Guy Pearce, Neal Huff, Cameron Mann, James McArdle, Ben Miles, Patrick Murney, Julianne Nicholson, Evan Peters, Angourie Rice, Jean Smart...

Productora: HBO, Mayhem Pictures, wiip studios. Distribuidora: HBO

Género: Serie de TV. Drama. Intriga. Crimen

EL CUENTO DE LA CRIADA

La cuarta temporada de “El Cuento de la Criada” se ha hecho esperar al final menos de lo anunciado. Solo año y medio hemos tardado los fans de la serie en volver a ver a June Osborne en acción. Nunca mejor dicho, pues la protagonista de la espeluznante distopía que la escritora canadiense Margaret Atwood concibiera en la pequeña habitación de una pensión de Berlín Este en 1984, sin sospechar que se convertiría en un revulsivo para la lucha feminista en el siglo XXI, hace ya tiempo que dejó de ser mortal, para emular a las invencibles superheroínas del universo Marvel.

June, DeFred o DeJoseph (como se la conoce a lo largo de la serie) ha pasado de ser un personaje vulnerable y empático, con cuyas agudas reflexiones narradas con voz en off muchas mujeres nos podíamos sentir identificadas, a transformarse en una especie de Rambo con faldas, una madre coraje indestructible, a la que ni una bomba de neutrógenos conseguiría detener en su intento desesperado de rescatar a su hija de las garras de Gilead, una sociedad postapocalíptica, opresiva y totalitaria, cuya constitución se basa en el fundamentalismo del Antiguo Testamento, que rinde culto al valor supremo de la maternidad y en la que las mujeres jóvenes son esclavizadas sexualmente con fines procreativos.

El problema es que, en ese proceso de empoderamiento del personaje que ha ido creando y recreando la adaptación televisiva, la original idea que inspiró la obra literaria de Atwood y que era la base argumental que tanto impacto causó en su estreno, ha ido perdiendo consistencia y credibilidad, hasta quedar reducida a simple contexto, un marco claustrofóbico de una gran belleza estética y un impactante simbolismo visual, para lucimiento de un personaje mítico, confeccionado a la medida de su actriz protagonista, Elisabeth Moss, quien incluso se ha lanzado a dirigir el tercer capítulo de esta cuarta temporada que arranca con la inverosímil recuperación de June, en tiempo récord, de una letal herida de bala con septicemia incluida, tras haber logrado liberar, en una operación kamikaze, a ochenta y seis niños y a una docena de criadas.

Controlada por “Ojos” y vigilada por “Ángeles”, recordemos (para quienes aún no hayan visto la archipremiada serie) que la república de Gilead imaginada por Atwood es una proyección distópica de los Estados Unidos de América, tras haber caído su gobierno en manos de una oligarquía patriarcal, liderada por los llamados “Comandantes”, que ha reducido el papel de la mujer en esa sociedad a tres roles, con distinta consideración social según su rango, pero idéntica sumisión: las recatadas “Esposas” (vestidas siempre de azul), asistidas por las “Marthas” (encargadas de las labores del hogar) y, en lo más bajo de la escala social, las “Criadas” (divorciadas, lesbianas, madres solteras, profesionales, universitarias o prostitutas…) mujeres jóvenes en edad de procrear, cubiertas con hábitos rojos, cuya única misión es engendrar a los hijos de los Comandantes, a los que inmediatamente después de dar a luz deben de entregar para que sean criados por sus esposas, como si fueran propios.

El totalitarismo recreado por la autora canadiense es de una crueldad inimaginable, pero su denuncia sobre el sometimiento y el control ejercido sobre las mujeres en esa sociedad de vanguardia de apariencia medieval (especialmente en lo que a su capacidad de ser libres de decidir sobre su vida sexual y su función reproductora se refiere) es tan actual que resulta inquietante.

A través de la historia de June, “El cuento de la criada” nos advierte de todo aquello que hemos conseguido y que un estado regido por un patriarcado de carácter fundamentalista nos podría arrebatar de un plumazo: trabajo, posición social, igualdad de derechos, libertad de pensamiento, capacidad de crítica… Las ideas son peligrosas para la estabilidad de Gilead, razón por la cual las Criadas son reeducadas y disciplinadas (por la siniestra sociópata conocida como la Tía Lydia) con el propósito de destruir cualquier atisbo de conciencia individual.

Lo han perdido todo, incluso el nombre. Son propiedad de los hombres, por eso son rebautizadas como Defred o Dejoseph (que pertenece a Fred o a Joseph). Sólo son un recipiente para la vida, un vientre fértil para asegurar la descendencia de la oligarquía dominante, en un mundo donde la procreación es sagrada y la concepción limitada.

Ese es el contexto en el que resiste la combativa June, separada de su marido, quien consigue huir a Canadá, y de su pequeña hija Hannah, que es secuestrada y entregada a la familia de un Comandante para su crianza como un hija más de Gilead.

En esta cuarta temporada, todos sus esfuerzos se centrarán en procurar su liberación, convertida ya en una especie de guerrillera subversiva, tras haber conseguido desatar un conflicto bélico entre Gilead y su vecina Canadá, que mantiene retenidos a sus primeros amos, los Waterford, Serena (Yvonne Strahovski) y Fred (Joseph Fiennes), a la espera de juicio, acusados de crímenes contra la humanidad; mientras tiene que lidiar con la adaptación de todos esos niños rescatados que no han conocido otra realidad y no entienden el mundo de quienes creen haberlos salvado, incidiendo una vez más en lo pernicioso del adoctrinamiento.

Bruce Miller, creador de la serie, ya ha advertido de que la narración irá in crescendo en intensidad emocional y también en brutalidad (con lo que el sufrimiento está asegurado), y de que, al margen de la “sororidad” que sigue estando en la base de la serie y se sigue ensalzando, en esta temporada se abordará especialmente el papel que juegan los hombres en esa lucha femenina de liberación. Destacando que, incluso en los peores pozos de podredumbre, se encuentran buenas personas, con el sentido de la responsabilidad, la humanidad y la diligencia necesarias para jugarse el tipo por ayudar a esas mujeres que son tratadas como ganado (como el Comandante Joseph Lawrence (Bradley Whitford), ideólogo del asunto, a quien el invento se le ido de las manos, capaz de reconocer ante June que “a Gilead no le importan los niños, ni la fidelidad, ni los valores de antaño… le importa el poder”; o Nick Blaine (Max Minghella), paradigma del “no me quieras tanto y quiéreme mejor”, en la que sigue siendo una de las relaciones más complejas, más interesantes y seguramente más tóxicas de la serie) y que, solo con ellos de su parte existe esperanza de redención para una sociedad en la que, como dice June mientras es castigada por la vengativa Tía Lydia (Ann Dowd): “no hay luz ni hay rastro de Dios».

De momento, solo hemos visto tres capítulos y todo parece indicar que lo que ocurre en esta cuarta (y quizá no última) temporada de “El cuento de la criada” es que hay una revolución en marcha y que la República de Gilead está ya desmoronándose.

Ojalá y no se cumplan los peores presagios, expresados por Laura Fernández en El País, para quien “la transformación de una obra de culto en una mina de oro puede acabar, literalmente, con esa obra de culto”. 

“La batalla y la huida constante convierten esta nueva entrega en una especie de survival horror, es decir, una historia de supervivencia en un lugar devastado que tiene más que ver con The Walking Dead que con el terrorífico fundamentalismo doméstico. El canibalismo psíquico de la impecable primera temporada es aquí sobre todo fuerza bruta y explícito cliché vengativo, por completo alejado de la vanguardia que proponía Atwood, ese misterioso futuro de aspecto medieval que funcionaba a la perfección como alegoría de un presente en el que nada debía darse por supuesto”, observa en su atinada crítica, para concluir que “aunque por fuera lo parece, porque la estética es tan potente que, ante el vislumbre de cada cofia, reaparece el terror inicial; por dentro, “El cuento de la criada” hace tiempo que dejó de ser lo que era. Instalada, en tanto que éxito imprevisto, en una huida hacia delante que, curiosamente, está quedándose atrás”.

La escritora canadiense Margareth Atwood junto a la encarnación de su criatura, Elisabeth Moss, caracterizada como «la criada» June Osborne
Extracto del especial que El País dedicó a la serie de HBO
Título original: "The Handmaid's Tale"

Año: 2017

Duración: 60 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Bruce Miller (Creador)

Guión: Bruce Miller, Ilene Chaiken, Dorothy Fortenberry, Lynn Renee Maxcy...

Música: Adam Taylor

Fotografía: Colin Watkinson, Zoe White, Stuart Biddlecombe

Reparto: Elisabeth Moss, Joseph Fiennes, Max Minghella, Yvonne Strahovski, Bradley Whitford, Ann Dowd,Alexis Bledel, Jordana Blake, O.T. Fagbenle, Samira Wiley, Nina Kiri, Amanda Brugel, Edie Inksetter, Madeline Brewer...

Productora: MGM Television, Hulu

Género: Serie de TV / Drama/ Distopía / Religión / Feminismo

AFTER LIFE, FLEABAG, STATE OF THE UNION Y LIFE

Hay algo conmovedor y digno de análisis en el hecho de que, frente a tanta superproducción estadounidense, con abundancia de efectos especiales cada vez más sofisticados, protagonizada por poderosos superhéroes y empoderadas superheroínas, hechiceros justicieros, salvajes vikingos o androides asesinos, un puñado de modestas miniseries, que versan sobre gente corriente y su manera de lidiar con los problemas cotidianos, coseche tan buenos resultados en las plataformas de streaming.

Es el caso de “After Life” (Netflix), “Fleabag” (Amazon), “State of the Union” (HBO) o “Life” (Filmin). Cuatro series que no solo comparten el sello de calidad del mejor cine inglés, sino también la preocupación por hablar del ser humano y de los temas que le conciernen, los pequeños y grandes conflictos derivados de la existencia, la supervivencia y la convivencia: el éxito y el fracaso, el amor y el desamor, las relaciones de amistad y de trabajo, familiares y de pareja; el sexo y la procreación, la maternidad y la paternidad, la separación, la madurez, la vejez, la enfermedad y la muerte, el dolor de la pérdida… tratándolos con exquisita naturalidad, una pizca de sarcasmo y toneladas de inteligencia y empatía.

A punto de estrenar su tercera temporada, por abrumadora petición de la audiencia, “After Life” es una de esas series que navega entre el realismo, el nihilismo y la esperanza. Un inspirador y sensible viaje por las mil formas de lidiar con el dolor a través del drama de su protagonista, Tony Johnson, un huraño y caricaturesco personaje que trabaja como reportero en un periódico local de distribución gratuita en Tambury, el pequeño pueblo donde vive volcado en agredir a sus vecinos y colegas luego de que Lisa, su esposa, muriera de cáncer de mama, como si castigando al mundo consiguiera procesar su duelo.

Ganador de tres Globos de Oro, dos Emmy y siete premios BAFTA por su actuación en más de 16 filmes y series televisivas de gran éxito, como la versión británica de “The Office” (2001), “Louie” (2009), “El show de Ricky Gervais” (2010) o “Derek” (2013), con su imperturbable sentido del humor negro rayano en la crueldad, el actor, director y comediante Ricky Gervais, el más cínico y mordaz de los monologuistas británicos de stand-up (algunos de cuyos mejores fragmentos pueden verse en YouTube), es el creador de esta compasiva y melancólica serie, en la que da vida a su alter ego, un hombre que atraviesa por una profunda depresión que lo hace incapaz de ver las ventajas de seguir vivo cuando se ha perdido para siempre al ser amado, al tiempo que le ofrece la coartada perfecta para sentirse en el derecho de obrar sin represiones sociales ni filtros morales, arrojando sobre el prójimo toda su ira, su frustración y malestar.

“El mundo es una mierda y ya nada me importa. A partir de ahora voy a decir lo que me venga en gana”, advierte con su cara de pocos amigos, sus dientes torcidos y su barba de tres días en la primera temporada de la serie y, en sus seis episodios -de menos de media hora-, se dedica a maltratar e insultar a quien se cruza en su camino. Ya sea el cartero gorrón (Joe Wilkinson) o el compañero de escuela que le hace “bulling” a su pequeño sobrino. Nadie lo suficientemente molesto, complaciente, piadoso o hipócrita está a salvo de su brutal displicencia.

Enganchado a las cintas de video que le dejó grabadas su mujer (Kerry Godliman) a modo de guía práctica para seguir viviendo, Tony abraza su nueva personalidad como un superpoder. Mientras ella le anima a través de la pantalla a rehacer su vida diciéndole: “eres gracioso, eres alegre, le haces bien a las personas…”, él encuentra una nueva forma de vengarse por su infortunio: haciendo sentir miserables a los demás. Las consecuencias de sus actos no le importan (al menos, en apariencia), mostrándose como un personaje tan fascinante, como cruel e insoportable, obsesionado con la idea de acabar con su vida y su sufrimiento.

Lo único que frena sus ganas de morir son su perra Brandy y su padre (David Bradley), enfermo de Alzheimer, a quien visita a diario en la residencia donde vive, esperando encontrar alguna respuesta coherente que justifique seguir respirando.

A medio camino entre la charlotada de Los Tres Chiflados y el humor satírico de los Monty Python, Ricky Gervais consigue sacarle chispas a una trama tan simple como cotidiana, introduciendo una galería de personajes estrafalarios, como Bryan (David Earl) el vecino psicótico, el heroinómano repartidor de periódicos o el psicoterapeuta machista, adicto a la cocaína y al sexo (magistralmente interpretado por Paul Kaye) quienes, además de quitar hierro al drama de Tony, convirtiendo la tragedia en tragicomedia, contribuyen a la transformación que se produce en el personaje de la primera a la segunda temporada.

Y ello gracias a la paciencia y el afecto de su círculo más próximo de parientes y colegas de trabajo: su cuñado, Matt (Tony Basden), director de “La Gaceta de Tambury”, donde le toca cubrir historias tan hilarantes y absurdas como la de un niño que nació con el bigote de Hitler o un viejo que recibió cinco veces la misma tarjeta de cumpleaños; Lenny, el fotógrafo glotón (Tony Way) que siempre le acompaña; Kath, la vendedora de espacios publicitarios (Diane Morgan) o Sandy, la becaria (Mandeep Dhillon) y de otros magníficos personajes secundarios, como Anne (Pennelope Wilton), la viuda que charla a diario con su marido muerto desde un banco del cementerio y la prostituta Daphne (Roisin Conaty), de las que se hace amigo; o Emma, la enfermera de la residencia de ancianos por la que empieza a sentirse repentinamente atraído. Una galería de adorables perdedores que se transforman en un team de super héroes quienes, de algún modo y casi a su pesar, logran salvarle de sí mismo, de su desafección individualista y su regodeo en el dolor.

Con su ayuda, el gran misántropo conseguirá profundizar en sus propias contradicciones, emprendiendo un viaje catártico que le permitirá exorcizar la rabia y reaprender la ternura, la empatía y el amor, hasta recuperar su equilibrio emocional.

Más allá de su leyenda irreverente e iconoclasta, Ricky Gervais demuestra ser en el fondo un optimista irreductible, al ofrecer así a su personaje un camino de redención. Como el propio título de la serie preconiza, el mensaje que subyace parece ser el de que «siempre que hay un antes puede haber un después» y que algunas cosas (como la muerte) son más grandes que nosotros, por lo que no vale la pena cuestionarlas ni intentar entenderlas, sino simplemente aprender a vivir con ellas.

Lo que nos lleva a la siguiente serie, creada asimismo por su actriz protagonista, la exitosa guionista Phoebe Waller-Bridge, y que comienza también con una muerte trágica, en este caso la de la mejor amiga de “Fleabag” (cuyo nombre da título a la serie), una mujer de 30 años que pasa por una crisis vital debido a que la felicidad se le vuelve esquiva (tampoco es que la persiga, pero se intuye que no ha llegado a sentirla y que le gustaría conocerla).

En alguna parte leí que no hay nada más refrescante que un personaje femenino desastroso en medio de tanta ejemplaridad y Fleabag es, sin duda, la reina del caos existencial.

Huérfana de madre y dueña de un bar que naufraga en un barrio de Londres, se lleva mal con su única hermana, Claire (Sian Clifford), que está casada con un marido alcohólico, y con la nueva pareja de su padre, que interpreta la gran Olivia Colman. Su presentación al espectador (rompiendo de forma recurrente la cuarta pared, a la manera en que lo hacían los Underwood en “House of cards”), después de una noche de folleteo casual con un tipo que se despide de ella agradeciéndole el haberle dejado practicar sexo anal, representa un desafío y una advertencia previa a todo aquel que pretenda realizar un juicio moral sobre sus actos, aún a sabiendas de que de todas formas serán catalogados como los de una desvergonzada, una especie de rebelde sin causa o una ninfómana que decide tener sexo con todo aquel que se le plante por delante, en lugar de madurar y de llevar una vida ordenada y responsable.

Transgresora, alocada y muy divertida (mucho más temeraria y bastante menos moñas que la patética Bridget Jones) cuenta su protagonista y creadora que la serie empezó como un monólogo de 10 minutos para teatro (formato del que conserva esa apelación constante al espectador), el de una desorientada treintañera, con una gran incapacidad para darse consejos a sí misma, aunque directa y elocuente en el relato pormenorizado de sus andanzas, desobediente y contraria a la falsa cortesía y la convivencia pasivo-agresiva típicas de la sociedad inglesa pero que, debido al peso de la educación sentimental recibida, no puede evitar vivir “como si alguien la estuviese observando”, cayendo en la trampa de la tristeza generada por un sentimiento aprendido de frustración y de culpa.

Tras lamentarse por no ser lo suficientemente feminista, la serie se sumerge en lo que para muchas mujeres adultas significa ese ejercicio de voluntarismo transgresor y esa sensación íntima de fracaso que acarrea el darse cuenta de que el mundo se encargó de destruir las expectativas sobre el amor romántico que tenían a los veinte, acumulando relaciones erráticas con parejas mediocres que en nada se parecen al esperado príncipe azul y atesorando la amistad, como algo indispensable aunque insuficiente como sucedáneo, según el lugar común por el cual las mujeres somos las más interesadas en construir y sostener compromisos y vínculos afectivos duraderos que, si todo va bien, desembocan en el matrimonio y la maternidad como una especie de premio a nuestra perseverancia y virtud.

El personaje de Phoebe Waller-Bridge se rebela contra ello, desafía los convencionalismos y reivindica el libre albedrío para el género femenino, pero no deja de reconocer la huella indeleble de la educación sentimental, cultural y religiosa recibida. En este sentido, son brillantes las conversaciones de Fleabag con una psicoanalista y una empresaria exitosa (Fiona Shaw y Kristin Scott Thomas, dos joyas de la corona británicas) y su apasionado escarceo con un sacerdote católico (Andrew Scott) durante la segunda temporada, que se inicia con una apasionado magreo en un confesionario, abundando en esa actitud irreverente y autoparódica del personaje que constituye el mayor atractivo de la serie.

Menos tórrida y definitivamente menos cómica, aunque no exenta de la dosis justa de sarcasmo, es “State of the Union”, la serie dirigida por Stephen Frears (“Amistades peligrosas”, “Mi hermosa lavandería”), creada y escrita por Nick Hornby (“Fuera de juego”, “Alta fidelidad”), en la que Rosamund Pike y Chris O´Dowd encarnan a Louise y Tom, un matrimonio que, tras demasiado tiempo en crisis, decide ponerse en manos de una terapeuta de pareja a la que acude una vez por semana.

Durante los 10 minutos previos a entrar en cada una de las diez sesiones contratadas, mientras se toman una copa juntos (de cerveza él, vino blanco ella), siempre en la misma mesa del mismo pub, situado enfrente de la consulta (sutil alegoría de la rutina en la que finalmente se convierte el matrimonio), ambos realizan un pormenorizado repaso a su relación antes de darla por concluida, como una autopsia preventiva practicada antes de que el muerto expire, conversando -entre escépticos, decepcionados y avergonzados- acerca de los motivos que los han llevado hasta allí.

Con un planteamiento de arranque así de sencillo, un par de actores entregados entre los que existe una indudable química y un trabajo de guión descomunal, capaz de generar diálogos de una gran envergadura y naturalidad, a veces doloridos y otras hirientes, pero siempre creíbles, en los que subyace una base de cariño y de sólida amistad, y la voluntad unánime de salvar eso que tienen entre manos aunque lleve muerto demasiado tiempo, Hornby consigue que conozcamos y empaticemos con este joven matrimonio, que sepamos cómo son, qué piensa y qué siente cada uno de sus miembros, en esos escasos diez minutos que abarca -en tiempo real- cada episodio.

Lo que comienza como algo banal (“¿Qué tal los niños?” “Hoy estás muy guapa”, la típica charla para entretener la espera), termina dando paso a una inteligente disertación acerca de lo que mantiene vivo a un matrimonio y lo que acaba con él.

Nada más comenzar sabemos de la infidelidad de ella, precedida de una sensación de abandono ante la prolongada falta de relaciones sexuales en la pareja. Pues, como indica Louise en su descargo, eso no es más que el síntoma, la manifestación de un problema mayor que se concreta en una serie de preguntas: ¿cuándo y por qué dejaron de tener sexo?, ¿cómo es su relación como padres?, ¿cómo afecta el que Tom, crítico musical, sea un parado de larga duración?

El amor, el dolor, la rutina, la culpa, la decepción, los celos, la indiferencia, la entrega… “State of the Union” no necesita efectos especiales para enganchar al espectador. Se consume en diez pequeñas píldoras de realidad y se centra en la pérdida de la pasión, en las necesidades, resquemores y temores que no nos atrevemos a expresar en voz alta y que el otro es incapaz de percibir. En definitiva, en la verdad de las relaciones de pareja que, como las flores más delicadas, se marchitan con el tiempo, sin el abono, el riego y los debidos cuidados.

Menos mal que nunca es tarde si la solución es buena. Algo que experimentan también los personajes de “Life”, miniserie de la BBC, recién estrenada en Filmin, con seis episodios de una hora de duración y un reparto coral de magníficos actores, que surge como spin off de la serie “Doctor Foster” (BBC, 2015-2017), recuperando a uno de sus personajes, Anna Baker (Victoria Hamilton), pero que puede seguirse perfectamente sin necesidad de haber visto aquella.

Creada por Mike Bartlett (“Press”), “Life” expone la problemática de cuatro personas en edades y momentos diferentes de la vida, avecindados en una antigua casa victoriana de Manchester reformada y dividida por apartamentos, cuyos caseros son el matrimonio de Gail (Alison Steadman, en su mejor momento interpretativo) y Henry Reynolds (Peter Davison), una pareja de ancianos cuya relación se complica cuando aparece en escena una vieja amiga de la universidad de Gale, quien le hace notar lo mal que la trata siempre su marido, subestimándola y ridiculizándola en público, eclipsándola y haciendo constantes bromas sobre su persona, un maltrato psicológico que hasta entonces había normalizado y que en su 70 cumpleaños decide no seguir soportando, justo cuando a él le diagnostican un cáncer de páncreas dándole un pronóstico de seis meses de vida.

En el piso de arriba, vive un matrimonio más joven, el del profesor universitario David (Adrian Lester) y su misteriosa mujer, la escritora Kelly Aston (Rachael Stirling), del que no se puede contar gran cosa sin hacer spoiler, excepto que su idílica relación se pondrá a prueba al descubrir él una infidelidad de la mujer que creía perfecta.

Por último, la planta baja la ocupan, por un lado, Belle Stone (Victoria Hamilton), una profesora de pilates alcohólica y divorciada, a la que le atormenta no ser demasiado divertida y cuya vida da un vuelco cuando debe hacerse cargo de su sobrina de 16 años, Maya (Erin Kellyman), cuya su madre esquizofrénica (la hermana pequeña de Bell) ha intentado quitarse la vida; y por otro, Hannah Taylor (Melissa Johns, actriz que ha luchado por dar visibilidad a su discapacidad física), embarazada de su primera hija, mientras su prometido Liam y Andy, el padre biológico de la niña (Calvin Demba), que es fruto de un lío de una noche, se esfuerzan en normalizar la situación, disputándose en secreto su amor.

Profundamente emotiva y bien trabajada a nivel de diálogos, intercalando momentos dramáticos, con escenas de humor, cabe destacar, una vez más, la naturalidad con la que los protagonistas de estas cuatro tramas, sutilmente entrelazadas, abordan las distintas situaciones que les ha tocado lidiar en la vida, sin caer en la caricatura ni en el sentimentalismo barato, haciendo que el espectador empatice y se sienta identificado a muchos niveles con ellos.

Cada uno de los personajes vive un instante decisivo, un momento disruptivo al que debe enfrentarse a su manera, porque como se apunta a modo de moraleja: “la vida es demasiado corta para desperdiciarla”. Especialmente Hannah, empeñada en darle normalidad al hecho de que su hija tenga dos padres, una decisión vital que intenta que sea aceptada y consensuada por los dos hombres que comparten su vida, sin querer reconocer lo que realmente le dicta el corazón. Y Gael, decidida a recuperar el tiempo perdido, aunque tenga que ponerse el mundo por montera y acabar con un matrimonio de cincuenta años, en el que se sentía anulada. O Belle, uno de los personajes de mayor profundidad psicológica, incapaz de cortar los lazos de dependencia afectiva que la unen a su exmarido, hasta que comprende que su sobrina adolescente y su hermana enferma necesitan ser su máxima prioridad.

Como su propio título sugiere, ver esta serie (o cualquiera de las otras aquí reseñadas) es contemplar la vida y las relaciones familiares y de pareja con los ojos de hoy en día, sin prejuicios morales ni convenciones atávicas, con todo su encanto y en toda su humana complejidad sentimental. Un género en el que la producción audiovisual británica se ha especializado, cosechando gran aceptación. Porque la vida, al final, no es más que las cosas que (nos) suceden.

La vida de Tony Johnson se convierte en un infierno al perder a su esposa Lisa
Fleabag es una treintañera insatisfecha que se resiste a acatar las normas que la sociedad dicta para las mujeres
Durante diez días, Louise y Tom se encuentran en el mismo pub, diez minutos antes de acudir a la consulta con su terapeuta de pareja
Algunas escenas de la serie «LIfe» cuya acción se ubica en una antigua y señorial casa victoriana de Manchester
Título original: "After Life"

Año: 2019

Duración: 30 min.cap. 2 Temporadas.

País: Reino Unido

Dirección: Ricky Gervais 

Guión: Ricky Gervais

Música: Andy Burrows

Fotografía: Martin Hawkins

Reparto: Ricky Gervais, Jo Hartley, Tony Way, Ashley Jensen, Tom Basden, David Bradley, Roisin Conaty, Mandeep Dhillon, Kerry Godliman, Paul Kaye, Diane Morgan, Joe Wilkinson, Penelope Wilton, ver 7 más

Productora/Distribuidora: Netflix.

Género: Serie de TV. Comedia dramática
Título original: "Fleabag"

Año: 2016

Duración: 27 min./cap. 2 Temporadas

País: Reino Unido

Dirección: Phoebe Waller-Bridge (Creador), Harry Bradbeer, Tim Kirkby

Guión: Phoebe Waller-Bridge (Obra: Phoebe Waller-Bridge)

Música: Isobel Waller-Bridge

Fotografía: Tony Miller, Laurie Rose

Reparto: Phoebe Waller-Bridge, Sian Clifford, Olivia Colman, Andrew Scott, Brett Gelman, Bill Paterson, Jenny Rainsford, Ben Aldridge, Jamie Demetriou, Hugh Skinner, Sarah Daykin, Hugh Dennis, Olivia Gray...

Productora: Two Brothers Pictures (Distribuidora: Amazon Prime Video)

Género: Serie de TV. Comedia negra
Título original: "State of the Union"

Año: 2019

Duración: 10 capítulos de 10 min.

País: Reino Unido 

Dirección: Stephen Frears

Guión: Nick Hornby

Música: Roger Eno

Fotografía: Mike Eley

Reparto: Chris O'Dowd, Rosamund Pike, Jitendra Rai, Aisling Bea, Janet Amsden, Laura Cubbitt, Elliot Levey, Jeff Rawle, Sope Dirisu

Productora: See-Saw Films (Distribuidora: Sundance Channel)

Género: Serie de TV
Título original: "Life"

Año: 2020

Duración: 6 cap. de 60 min.

País: Reino Unido

Dirección: Kate Hewitt

Guión: Mike Bartlett

Música: Guy Garvey, Peter Jobson, Paul Saunderson

Fotografía: Dirk Nel, Ben Magahy

Reparto: Saira Choudhry, Peter Davison, Calvin Demba, Victoria Hamilton, Joshua James, Melissa Johns, Erin Kellyman, Adrian Lester, Alison Steadman, Rachael Stirling, Kate Ashfield, Robyn Cara, Susannah Fielding...

Productora: BBC One, Drama Republic

Género: Miniserie de TV. Drama 

EL BESO DE SINGAPUR

Pocos pueblos, como el británico, hay que sean lo bastante maduros para hacer mofa de su propia historia, sin mayores remilgos, pretendidos remordimientos ni aspavientos patrios, ejercitando la catarsis social mediante el humor y la ironía.

Desde los Monthy Python hasta Mr. Bean, los ingleses han sabido reírse de sí mismos, con el elegante sarcasmo y la flema que les caracteriza, ridiculizando todo lo ridiculizable, empezando por la mismísima Reina y su conflictiva prole.

Quizá por ello no resulte una gran novedad el hecho de que una serie de ficción, como “El beso de Singapur” se atreva a desacralizar a una de las instituciones más respetadas por el pueblo británico, como es su ejército, poniendo en cuestión, a la manera en que lo haría nuestro inolvidable Gila, el papel que ciertos militares y generales ineptos ejercieron, en momentos decisivos de la historia de la Commonwealth, al menospreciar la capacidad invasora del enemigo.

Las peroratas de Winston Churchill para fortalecer el espíritu y la cohesión del país y levantar la moral de sus tropas durante la II Guerra Mundial ha dejado, además de un coleccionable de frases célebres que circulan a diario en las redes sociales, la idea de una Armada británica invencible, honorable y sacrificada, siempre al servicio de los intereses del Imperio y la Corona. Pero «The Singapore Grip«, la novela de James Gordon Farrell en la que está basada la miniserie de seis capítulos que estos días puede verse en Filmin, revela que no es oro todo lo que reluce.

La historia sucede en los años 40, y se sitúa en la por entonces colonia del sudeste asiático, donde un reducido grupo de familias de la alta sociedad inglesa controlaba el próspero negocio del caucho, días antes de que Japón decidiera invadir el territorio, en lo que Winston Churchill consideró como “el peor desastre de la historia militar británica”.

Es precisamente esa frase la que se dice que inspiró a Farrell y al oscarizado guionista Christopher Hampton («Las amistades peligrosas«, «Carrington«), para hacer de «El beso de Singapur», una mordaz y, sin embargo, elevada sátira sociopolítica, cuyo título hace referencia a una práctica sexual de origen oriental, muy apreciada en occidente, al tiempo que alude al “enganche” de la población asiática local a la cultura colonialista.

A partir de ahí, nos encontramos con una despiadada farsa que refleja el declive del Imperio Británico en un tono casi caricaturesco que no deja títere con cabeza, denunciando a un tiempo la torpeza del alto mando militar y la hipocresía de la alta sociedad británica, tan estirada, prepotente y frívola, como egoísta, racista e incapaz; y las corruptelas del sistema colonial, en manos de funcionarios desaprensivos y empresarios tiranos y avariciosos, que se comportan como auténticos corsarios pues, no conformes con explotar a los nativos como mano de obra esclava, ven la oportunidad de hacer negocio aprovechando las necesidades de la guerra.

Dirigida por Tom Vaughan («Press«), “El beso de Singapur” es, en suma, una serie amena e inteligente de estructura clásica, que sería injusto catalogar de simple drama romántico, pese a que la historia pivota sobre el duelo entre dos mujeres (una inglesa y otra asiática) por el mismo hombre, pues persigue una indisimulada intención de crítica social.

No en vano está escrita por quien ya demostrara su capacidad para reflejar la podredumbre y doble moral de las clases pudientes en “Las Amistades Peligrosas”. De la pluma, siempre afilada, de Christopher Hampton emanan líneas de diálogo memorables que trazan una semblanza corrosiva de unos personajes bien interpretados por actores que encajan a la perfección con las necesidades del guion, incluido el veterano Charles Dance (el inolvidable Tywin Lannister de «Juego de Tronos» y Lord Mountbatten en «The Crown«), Oficial de la Orden del Imperio Británico y efectivo reclamo publicitario, aunque su aportación a la serie sea casi testimonial.

Dotada de una realización y una estética impecables, dignas de mención son sin duda la ambientación, decorados, vestuario y localizaciones, a la altura de las mejores series británicas, así como la banda sonora que echa mano de los ritmos de jazz, una auténtica maravilla desde los créditos iniciales.

Entretenida y aleccionadora, ¿alguien da más?

Título original: Yhe Singapore Grip

Año: 2020

Duración: 60 min.

País: Reino Unido

Dirección: Tom Vaughan

Guión: Christopher Hampton (Basado en la novela de J.G. Farrell)

Música: Anne Dudley

Fotografía: John Lee

Reparto: Luke Treadaway, David Morrissey, Colm Meaney, Charles Dance, Elizabeth Tan, Georgia Blizzard, Luke Newberry, Bart Edwards, Christophe Guybet, Ed Birch, Julian Wadham, Nicholas Agnew, Jane Horrocks, Richard Lumsden, Martin Wenner, Bradley Hall, Sam Cox, Joe Bannister, Tom Edden, Masa Yamaguchi, Paul Sharma, Nicola Harrison, Alfred Loh, Leigh Barwell, John Bowe, Daniel Gan, Geoffrey Giuliano, Stuart McQuarrie, Eoin O'Brien, Mark Tandy, Joseph J.U. Taylor

Productora: Mammoth Screen

Género: Serie de TV. Drama. Comedia. Romance. Colonialismo. S. XX