MONSTRUO: LA HISTORIA DE LIZZIE BORDEN

Cada temporada de la serie ‘Monstruo’, producida por Netflix, se centra en un true crime ocurrido en Estados Unidos que por su impacto y brutalidad han conseguido pasar a formar parte de la cultura popular norteamericana. La antología comenzó con La historia de Jeffrey Dahmer, conocido como el ‘Caníbal de Milwaukee’, uno de los asesinos en serie más célebres de las últimas décadas. Después llegó el turno de La historia de los hermanos Lyle y Erik Menéndez, condenados por asesinar a sus padres, José y Kitty Menéndez, en agosto de 1989, en su mansión de Beverly Hills. Su historia sirvió a Ryan Murphy, creador de la saga, para explorar los presuntos abusos físicos y psicológicos que sufrieron durante su infancia los hermanos y que fueron esgrimidos como atenuante durante el juicio.

La tercera temporada, exploró la vida y los crímenes del asesino y profanador de tumbas de Wisconsin Ed Gein, cuya historia inspiró algunos de los personajes más célebres del cine de terror, como Norman Bates, de Psicosis, o Leatherface, de La matanza de Texas.

Y ahora llega la cuarta entrega dedicada a Lizzie Andrew Borden, también conocida como la loca del hacha, a la que interpreta Ella Beatty (hija de Warren Beatty y Annette Bening). Una señorita de la alta sociedad de Massachusetts acusada de asesinar a su padre y a su madrastra, Andrew y Abby Borden, a hachazos en su casa, situada en el número 92 de Second Street en Fall River, el 4 de agosto de 1892, durante una ola de calor.

El brutal crimen convirtió a Borden en una celebridad criminal llegando a inspirar incluso a una popular rima infantil de la época: «Lizzie Borden tomó un hacha / y le dio a su madre 40 golpes / cuando vio lo que había hecho / le dio a su padre 41».

Detenida y encarcelada como única sospechosa del doble crimen, Lizzie protagonizó uno de los procesos judiciales más célebres de su tiempo. Pero a pesar de los innumerables indicios y contradicciones de su testimonio y a que la joven tuvo un comportamiento extraño durante el juicio, un jurado popular acabó declarándola inocente por falta de pruebas y absolviéndola de los cargos. A muchos les costaba creer que una mujer de familia tan respetable pudiera llegar a cometer semejante atrocidad. Otros, en cambio, no lo tenían tan claro.

¿Fue Lizzie Borden realmente la asesina que cuenta su leyenda? Durante años, esa pregunta dio pie a toda clase de elucubraciones, indagaciones y obras artísticas, desde un famoso ballet (‘Fall River legend‘, de 1948, en el que se pintaba a Lizzie como víctima de una sociedad restrictiva) a una ópera rock (‘Lizzie the musical‘, estrenada en 2009), pasando por multitud de series y telefilmes, algunos tan populares como los protagonizados por Elizabeth Montgomery o Christina Ricci.

Pero tenía que llegar Ryan Murphy para zanjar la cuestión de la manera más burda posible.

En lugar de aprovechar el misterio sobre lo que pudo ocurrir aquella mañana de 1892, lo resuelve de inicio y, para que no quede ninguna duda sobre lo que debemos pensar, construye un panfleto moralizante, convirtiendo a Lizzie en una víctima de la crueldad de una sociedad heteropatriarcal que la oprime, la minusvalora y la desprecia, para justificar el que actuase como una peligrosa psicópata asesina.

Su padre (Charlie Hunnam) era un monstruo, su madrastra (Rebecca Hall) una arpía y los hombres son toda una recua de depredadores sexuales, un peligro para las mujeres de quienes abusan y a quienes someten a sus reglas y antojos. Toda la película está plagada de consignas de ese tipo, que resultan tan anacrónicas como alejadas de los hechos históricos en los que se inspira.

El resultado es una oscura fábula feminista de brocha gorda en la que la realidad queda subordinada a la tesis de que la presunta asesina tenía suficientes razones para hacer lo que hizo.

Y para que la cosa sea completa, Murphy nos sumerge en una atmósfera queer convirtiendo a la enésima criada de los Borden, Bridget Sullivan (Vicky Krieps) —a la que sus patrones llaman Maggie, como habían llamado a otras criadas anteriores porque les daba pereza aprenderse sus nombres—, en una especie de gurú de la emancipación femenina que lo mismo adopta un aspecto andrógino que se tiñe el pelo de colores estridentes, como muchas de las activistas del colectivo feminista y LGTBi de nuestro tiempo.

La amarga vida de Lizzie, sometida a vejaciones constantes y pretendientes desagradables, da un vuelco cuando esta mujer dotada de una especie de sabiduría ancestral, experta en toda clase de brebajes y ungüentos, llega a la casa familiar procedente de París y ambas se hacen cómplices y amigas.

La criada, que no solo deja la casa reluciente como los chorros del oro y cocina platos deliciosos, sino que ofrece sus servicios como prostituta al señor Borden y cuida de su colección de hachas a cambio de un estipendio económico adicional, parece tener las respuestas para todos los males de la jovencísima Lizzie (primera licencia narrativa, pues la Lizzie Borden original no tenía menos de 32 años cuando se sucedieron los hechos).

Es ella quien la despierta a la sexualidad, proporcionándole lo que podría ser un prototipo del actual satisfyer e incitándola a probar un artilugio para desgarrar su ímen, como si de una liturgia de liberación se tratase. Y quien le habla de Erzsébet Báthory (personaje también interpretado por Krieps) la condesa húngara del siglo XVI que, según la leyenda, bebía sangre de mujeres vírgenes y se bañaba en ella para buscar la eterna juventud. La sangre de los crímenes, la sangre menstrual, la sangre de las mujeres desvirgadas… «La sangre es poder», le dice Bridget a Lizzie desmitificando la menstruación. «Significa que ninguna semilla masculina ha sido capaz de arraigar».

Entre ambas se establece una relación lésbica que, sin embargo, no está documentada. Tampoco la implicación de Lizzie en el asesinato de Bertha Manchester, como se le atribuye en la serie. La ficción modifica también episodios de su relación con la actriz Nance O’Neil (Jessica Barden) con la que la Lizzie Borden de la vida real sí parece que mantuvo un idilio, y utiliza personajes y acontecimientos de épocas posteriores para construir una especie de genealogía femenina de la violencia, con la aparición estelar de Aileen Wuornos (a quien interpreta aquí Sarah Paulson, como ya lo hiciera Charlize Theron en la película Monster) una asesina en serie del siglo XX, que ejercía de prostituta y asesinó a varios clientes, por lo que terminó siendo condenada a la inyección letal. En la serie, Aileen es una drogadicta esquizofrénica que vive obsesionada con la figura de Lizzie, al punto de llegar a pernoctar en la casa donde tuvo lugar el asesinato de los Borden, convertida hoy en un bed and breakfast. Su presencia le sirve a Murphy para conectar al mito con una larga tradición de mujeres criminales que merecen vengarse por lo mucho que el mundo las ha maltratado y humillado.

Esa viene a ser, en resumen, la lógica de la serie. Lizzie no puede limitarse a ser una asesina. Necesita una coartada moral. Hay que explicarla, justificarla, contextualizarla, convertir su violencia en consecuencia de la violencia ajena. Murphy hace de su vida una cadena de causas y efectos: la someten, la humillan y la reprimen, hasta que despierta sexualmente, descubre su identidad y mata por derecho propio convirtiéndose en una leyenda digna de admiración.

El hacha deja de ser entonces un arma homicida y se convierte en un instrumento de emancipación.

Ocho episodios de cine gore dan para mucho y aquí hay sexo, sangre, menstruaciones, violaciones, mutilaciones, asesinatos a sangre fría, médiums, apariciones y conexiones con otros crímenes célebres. Lo que no hay es misterio.

La pregunta no era por qué mató Lizzie Borden. La pregunta era si Lizzie Borden mató. Pero Muphy ha escogido la certeza y, al hacerlo, no descubre a la figura histórica. La utiliza para intentar deslizar una moraleja sobre el patriarcado, el amor lésbico y la liberación femenina, prefabricada en el laboratorio de ingeniería social de la factoría Netflix.

Para quienes les interese saber cómo fue realmente el final de Lizzie Borden: murió de neumonía en 1927 y fue enterrada en Fall River. Su hermana mayor, Emma (Billie Lourd), con la que nunca tuvo una estrecha relación, falleció nueve días después. Después del juicio, ambas se habían mudado a una casa en el mismo pueblo que llamaron Maplecroft. Pero en 1905 las hermanas discutieron durante una fiesta que Lizzie había dado en honor a Nance O’Neil y Emma, cansada de que la reputación de su hermana hubiese lastrado su vida, abandonó la casa para siempre. Por lo que Lizzie, que ya para entonces usaba el nombre de Lizbeth A. Borden, murió atendida solo por sus criados.

Titulo original: Monster. The Lizzie Borden Story

Año: 2025

Duración: 8 episodios de 50 mins.

Dirección: Ryan Murphy, Ian Brennan, Max Winkler, Sarah Adina Smith

Guion: Ian Brennan, Ryan Murphy

Reparto: Ella Beatty, Vicky Krieps, Charlie Hunnam, Rebecca Hall, Jessica Barden, Sarah Paulson, Joey Pollari, Billie Lourd, Jayne Kimberley Bloom...

Música: Bryce Dessner

Compañías: Ryan Murphy Productions, Prospect Films.Netflix

Género: Serie de TV. Drama. Thriller. Crimen. Biográfico. Basado en hechos reales. Siglo XIX

LA HISTORIA DEL SONIDO

La historia del sonido, la película de Oliver Hermanus, escrita por Ben Shattuck a partir de su propio relato, tiene una preciosa historia que contar y una manera bastante poco estimulante de contarla.

Todo comienza en 1917. Lionel Worthing (Paul Mescal) un joven americano de origen humilde y extraordinario oído musical, criado por sus padres en una granja de Kentucky, recibe una beca para estudiar en el Conservatorio de Boston donde conoce a David White (Josh O´Connor), un estudiante de composición procedente de Nueva Inglaterra, cuyos origenes se adivinan bastante más acomodados ese a ser huérfano desde niño.

Cuando se conocen en un bar frecuentado por universitarios, a ambos los une su pasión por la música popular estadounidense y esa misma noche inician una relación homosexual con encuentros cada vez menos esporádicos, hasta que la guerra los separa. David se alista para ir al frente en la I Guerra Mundial y Lionel regresa a la granja familiar, junto a sus padres.

Cuando vuelven a encontrarse en 1920, emprenden un viaje juntos por las zonas rurales de Maine para recoger y grabar canciones populares intentado preservar ese acervo cultural del olvido.

Acampan al raso y van de poblado en poblado y de casa en casa, escuchando a quienes las han cantado durante generaciones y las inmortalizan mediante un rudimentario sistema de grabación para que aquellas voces anónimas no se pierdan al morir sus dueños.

Entre canción y canción, nace entre ellos una relación que parece predestinada a permanecer también más en la memoria que en la vida real pues, al término de su viaje, David desaparece de la vida de Lionel sin explicación mediante.

Y aquí aparece la cuestión de la memoria frente al tiempo. La película está obsesionada con algo que ya ha desaparecido: las voces, las canciones, las comunidades que las crearon… Todo lo que vemos está condenado a convertirse en recuerdo. Incluso el título tiene algo de trampa. No es tanto la historia del sonido, sino la historia de aquello que el sonido consigue rescatar de la muerte.

Hermanus la cuenta a través de saltos temporales y convierte aquel breve periodo compartido en una especie de centro gravitatorio de la vida de Lionel que de la granja de sus padres en Kentucky viajará a Europa, conocerá otros amores con hombres y mujeres, y obtendrá el éxito y el reconocimiento desarrollando todo su talento musical. Mientras David desaparece de escena, aunque permanezca por siempre en algún lugar de su memoria.

Sobre el papel, cuesta imaginar un material más fértil para una película. Música, memoria, deseo y pérdida, dos hombres que se encuentran en una época que no está preparada para aceptar el amor entre ambos y ninguno de los dos se atreva a ponerle nombre a ese sentimiento. Y, sin embargo, La historia del sonido consigue convertir una historia potencialmente conmovedora en una experiencia emocionalmente plana.

El problema no es que sea lenta, que lo es. Y mucho. El cine puede permitirse toda la lentitud del mundo cuando cada minuto añade algo a lo que nos hace sentir. Pero aquí el tiempo pasa con una parsimonia que no genera tensión ni profundidad. Las escenas se alargan, las miradas se prolongan y los personajes guardan un plomizo silencio.

Apenas hay diálogos y los personajes rara vez explican lo que sienten. Hermanus parece fiarlo todo a la contención y Paul Mescal y Josh O’Connor aceptan el reto. Ambos actores trabajan con una precisión admirable: una mirada, un gesto, una mano que se acerca o se retira. Pero llega un momento en que la sutileza deja de ser una herramienta expresiva y se convierte en una barrera comunicativa. Porque para que el silencio diga algo tiene que haber algo que decir.

Ese es, a mi juicio, el principal problema de La historia del sonido. La película no consigue que percibamos lo que Lionel y David están sintiendo el uno por el otro y no se atreven a decirse. Nos informa de que existe una fuerte conexión entre ambos, pero no llega a hacer que la sintamos, pese a que Mescal y O’Connor están impecables. Especialmente Mescal, que construye a Lionel desde una vulnerabilidad contenida, sin victimizarlo. O’Connor, por su parte, dota a David de una ambigüedad muy atractiva: nunca termina de saberse cuánto está dispuesto a entregar y cuánto se reserva para sí mismo. Entre los dos existe química. Lo que no existe es el espacio dramático necesario para dar rienda suelta a la pasión y que esa química se transforme en emoción. Es como si actuaran con el freno de mano puesto.

La historia del sonido habla de personas que quieren salvar las voces de otros. Pero la película parece olvidar que el espectador también necesita escuchar algo. No necesariamente grandes declaraciones de amor ni escenas melodramáticas. Bastaba con dejarnos entrar un poco más en la verdad de los personajes. Que hubiera conversaciones que revelaran quiénes son esos hombres, qué desean, qué temen, qué esperan de ese breve paréntesis de tiempo que comparten. Que pudiéramos comprender no sólo que se quieren, sino qué encuentran de especial o complementario el uno en el otro y que se comunicaran entre ellos, cosa que apenas hacen.

La película tiene, eso sí, una indiscutible belleza visual. Los paisajes de Maine, la fotografía, las canciones, la textura de las grabaciones antiguas… todo está tratado con una delicadeza casi artesanal. Pero esa perfección formal termina jugando en su contra. Hermanus filma como si tuviera miedo de romper algo. Todo está demasiado medido. Demasiado limpio. Demasiado contenido y coreografiado. Y la emoción necesita a veces un poco de desorden.

Quizá por eso las canciones resultan, paradójicamente, más vivas que la propia historia de amor. Esas voces anónimas, imperfectas, tienen algo que a los taciturnos Lionel y David les falta: una espontaneidad que no parece diseñada de antemano. Cuando alguien canta, la película respira. En cambio cuando los personajes callan, tiene uno la sensación de estar contemplando algo hermoso detrás de un cristal.

El resultado final es una película de una enorme corrección y una emoción mucho más pequeña de la que prometía. Una película que sabe de qué quiere hablar, pero no termina de encontrar la manera de hacernos llegar su mensaje porque no es capaz de hacer que sintamos lo que sus personajes se supone que están sintiendo.

Irónicamente, la historia habla de las cosas que intentamos conservar. Una canción. Una voz. Una persona. Un invierno. Un amor. Todo lo que es susceptible de convertirse en un recuerdo. Y, sin embargo, fracasa estrepitosamente en su intento de dejar huella.

Título original: The History of Sound

Año: 2025

Duración: 127 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Oliver Hermanus

Guion: Ben Shattuck

Reparto: Paul Mescal, Josh O'Connor, Chris Cooper, Emma Canning, Hadley Robinson, Molly Price, Raphael Sbarge.

Fotografía: Alexander Dynan

Compañías: End Cue Production, Fat City, Closer Media, Film Four, Tango Entertainment, Storm City Films, Film i Väst, Filmgate Films. Distribuidora: Universal Pictures, Focus Features

Género: Drama romántico. Homosexualidad. Años 1910-1919. Música. I Guerra Mundial. Años 20.

CIEN AÑOS DE SOLEDAD. SEGUNDA PARTE

«Muchos años después, frente a su espejo de mano, el coronel Aureliano Buendía recorta su bigote de hombre maduro e inapelable. Con ese aspecto, decidía el destino del mundo», anuncia el narrador de «Armisticio», el episodio inicial de la segunda temporada de Cien años de soledad, adaptación de la obra cumbre de Gabriel García Márquez producida por Netflix.

A la muerte de su fundador, José Arcadio Buendía (Diego Vásquez), una frágil paz se ha instalado en Macondo bajo el mando de su primogénito (Claudio Cataño), quien sigue siendo el principal enemigo del Estado colombiano. Pero “extraviado en la soledad de su inmenso poder, [Aureliano] empezó a perder el rumbo”, dice el narrador a los espectadores.

Encerrado en un círculo rojo, sin permitir que nadie se le acerque -ni siquiera Aureliano José (Emiliano Pernía), su primer hijo bastardo concebido con Pilar Ternera (Obeida Benavides)-, asediado por las conspiraciones para acabar con su vida y repudiado por su propia familia que ya no comprende sus crueles y autoritarios métodos, el temido revolucionario acepta firmar un armisticio con el gobierno a cambio de una pensión vitalicia para sus hombres. Después intenta suicidarse sin éxito. El destino le reserva una crueldad mayor que la muerte, condenado a vivir para ver fracasar todo aquello por lo que luchó y para llorar el asesinato a sangre fría de los diecisiete hijos que engendró con diecisiete mujeres diferentes, de cuya existencia tiene conocimiento gracias a una lista elaborada por su madre, Úrsula Iguarán (Marleyda Soto), todos los cuales llevan su nombre de pila y una cruz indeleble en mitad de la frente que marcará su destino trágico.

El hombre que se levantó en armas para cambiar Colombia termina contemplando cómo la revolución liberal se deshace, cómo sus antiguos compañeros de armas mueren o traicionan sus ideales y cómo Macondo y su propia familia se entregan a aquello contra lo que él siempre combatió: el régimen conservador, el ejército y la Iglesia. No hay peor derrota para un revolucionario.

Sus sobrinos nietos, Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo (ambos interpretados por Jorge Quintero en su edad joven y Julián Román en su edad adulta), hijos de Arcadio y de Santa Sofia de la Piedad (Ana Machado), toman el relevo de la dinastía de los Buendía. Indistinguibles como dos gotas de agua, los gemelos poseen sin embargo un carácter totalmente opuesto. Mientras Aureliano es un pícaro de pueblo, al que le van la parranda, el aguardiente, el vallenato y las mujeres; José Arcadio se muestra más reservado, repudia la violencia y, durante un tiempo, se refugia en la casa del Señor donde hace las veces de monaguillo y sacristán. Hasta que conoce a Petra Cotes (Angela Cano y Lizina Alzate), una fogosa feligresa que mantendrá sin saberlo relaciones a la vez con ambos hermanos.

Un día, durante las fiestas de Carnaval, Aureliano conoce a una enigmática joven recién llegada de Bogotá, la beata Fernanda del Carpio (Laura Taylor/Carla Baratta), “la reina de Madagascar”, de cuya aristocrática belleza y altivez queda prendado al punto de ir en su búsqueda para casarse con ella, atándose de por vida a un matrimonio sin amor que traerá la tragedia a sus descendientes.

Ello no le impedirá sin embargo seguir frecuentando a Petra Cotes (Angela Cano/Lizina Alzate), a quien convierte en su concubina y con quien mantendrá una relación estable y fecunda en términos comerciales, pues cada vez que ambos hacen el amor los animales se reproducen con el mismo desenfreno.

Imbuido en un inesperado espíritu emprendedor tras descubrir los manuscritos de su abuelo y del viejo Melquíades, José Arcadio Segundo se convierte, por su parte, en el motor de la innovación de Macondo. Tras un primer intento por abrir las comunicaciones por vía fluvial que no sale demasiado bien, se empeña en construir un ferrocarril que conecte el pueblo con el mundo exterior y abra las puertas a una prosperidad que resultará ser tan falsa como efímera.

El aislamiento de Macondo se rompe y con el tren llegan los primeros gringos, el dinero y una idea de negocio que terminará teniendo un precio demasiado alto. La utopía de la remota aldea fundada por José Arcadio Buendía comienza a parecerse a cualquier otra ciudad atrapada en la maquinaria de la Historia y lo que parecía una fábula familiar adquiere desde ese momento la dimensión de una tragedia colectiva.

La compañía bananera United Fruit & Co. es el gran agente de esa transformación. La riqueza llega deprisa y con ella la explotación de los jornaleros y el conflicto precursor de las luchas sindicales. La modernidad que debía sacar a Macondo de su aislamiento introduce una violencia desconocida. Y cuando los trabajadores se rebelan, el ejército desata una masacre asesinando a los manifestantes en una de las escenas más bellamente filmadas de la serie.  

Pero la tragedia no termina con los muertos. Lo verdaderamente siniestro sucede después cuando la matanza de varios miles de campesinos, hombres, mujeres y niños, es negada por el gobierno y los militares hasta hacerla desaparecer de la memoria colectiva. José Arcadio Segundo, único superviviente enloquece de tanto aferrarse al recuerdo de lo ocurrido que intenta transmitir a las siguientes generaciones de los Buendía, mientras Macondo continúa viviendo como si aquella sangre nunca hubiera sido derramada. El olvido se convierte así en una forma de violencia tan poderosa como el propio asesinato de los jornaleros.

Es en este punto donde la serie deja de ser simplemente la historia de una familia para convertirse en la historia de Macondo y, por extensión, la de un mundo que avanza sin remedio hacia una forma de capitalismo depredador, mientras una lluvia incesante borra las huellas de lo que un día fue. La llegada del progreso no destruye únicamente un modo de vida: altera la memoria de quienes lo soñaron de otra forma.

Y mientras Macondo se consume en la decadencia, los Buendía toman caminos opuestos: Aureliano segundo se entrega a las fiestas y los excesos y a los brazos de Petra Cotes, mientras su hermano José Arcadio pierde el juicio ligado de por vida a la tragedia de la compañía bananera. Fernanda del Carpio, educada para novicia en un claustro de monjas católicas, cuyas estrictas costumbres contrastan con las de la familia, llena la casa de imágenes de santos y vírgenes y les impone el rezo diario del rosario a sus dos hijos mayores: José Arcadio (Emmanuel Restrepo) y Renata Remedios “Meme” (Violetta Avendaño/Juanita Molina), en la esperanza de hacer de ellos un Papa y una gran concertista de clavicordio. Pero las siguientes generaciones vuelven a enamorarse de quien no deben, a perseguir lo que no pueden tener y a repetir errores que parecían enterrados con sus antepasados.

«En esta familia el tiempo no pasa, da vueltas en redondo», repite insistentemente mamá Úrsula, la matriarca de los Buendía.

Una frase que es la llave de Cien años de soledad. Porque García Márquez no escribió solo la historia de una familia. Escribió una extensa elegía donde el tiempo es cíclico y los acontecimientos se repiten igual que los nombres en la familia Buendía. Los personajes creen estar inaugurando vidas distintas pero, en realidad, llevan generaciones recorriendo el mismo camino. Cambian los rostros, cambian las circunstancias, cambia Macondo, pero las pasiones, los errores y la soledad permanecen.

Uno de los desafíos más conocidos de “Cien años de soledad” es precisamente la repetición de los nombres de sus protagonistas a lo largo de distintas generaciones, una estructura mediante la cual García Márquez construyó la idea de que la historia familiar parece condenada a repetirse. Y, si bien es cierto que la dificultad para distinguir a tantos Aurelianos y José Arcadios puede desconcertar al espectador, cabe entenderla como una consecuencia del mecanismo de la novela que la serie ha decidido conservar. No se trata tanto de saber quién es cada Aureliano como de comprender que la repetición de los nombres se convierte en una suerte de predestinación.

Sin embargo, la serie no sale completamente indemne de semejante empeño. La adaptación audiovisual debe resolver ese enorme árbol genealógico de los Buendía a través del casting, las caracterizaciones y los saltos temporales y hay momentos en los que la acumulación de personajes, se convierte en una dificultad para la concentración del espectador, del que demanda memoria, paciencia y atención, virtudes poco compatibles con la lógica del consumo rápido de las plataformas de streaming. He ahí una de las principales contradicciones de la serie que necesita que la miremos como se lee una novela, pero llega desde una plataforma diseñada para que pasemos al siguiente episodio antes de digerir el anterior.

Mientras los hombres repiten sus guerras y no cesan de perseguir el poder, el placer o una utopía de progreso y libertad, las mujeres intentan mantener la casa en pie. Son ellas quienes sostienen la memoria de la familia, mientras contemplan cómo se desmorona todo a su alrededor. Úrsula envejece viendo desfilar generaciones de familiares que parecen distintas y terminan reproduciendo el mismo patrón enloquecido. Fernanda se aferra a un orden que ya no existe. Meme desafía las normas familiares y paga un terrible precio por ello. Y Remedios “la Bella” (Daniella Reyes), hermana de los gemelos, cuya hermosura es casi una anomalía física que descoloca a quienes la rodean, asciende a los cielos en otra de las imágenes más extraordinarias de esta segunda temporada.

Remedios la Bella es quizá la criatura más extraña de Macondo: la mujer más hermosa del mundo y, al mismo tiempo, la menos consciente de su belleza. Los hombres pierden la razón al verla mientras ella parece vivir en otra dimensión, completamente ajena al deseo que produce en ellos y se pasea por la casa como vino al mundo para espanto de Fernanda. García Márquez la convierte en una fuerza de la naturaleza: no seduce, no calcula. Simplemente existe. Remedios es uno de los pocos personajes que no intenta modificar el mundo. Por eso quizá sea la única que consigue escapar de él. Su ascensión al cielo, mientras tiende las sábanas, no parece un milagro, sino el desenlace lógico de una mujer que nunca terminó de encajar en la vida terrenal.

Nada de esto necesita explicación. Como no la necesita tampoco el que la áspera y rígida tía abuela Amaranta (única hija de Úrsula) decida quedarse soltera y morir “virgen y entera” el preciso día en que acaba de tejer su propia mortaja, tras haber criado a los hijos y nietos de sus hermanos como si fueran suyos, y haber mantenido con alguno de ellos una relación casi edípica. Ni tampoco que Rebeca (Martha Hurtado), viuda de José Arcadio, siga viva, comiendo terrones de tierra para apaciguar su duelo, treinta años después del asesinato de su marido, mientras todos (incluso mamá Úrsula) se han olvidado de su existencia.

Ese es otro de los grandes aciertos de la adaptación. En Macondo los muertos pasean entre los vivos, Mauricio Babilonia (David Palacios Cortés), el amante furtivo de Meme, aparece siempre envuelto en una nube de mariposas amarillas y un aguacero puede durar cuatro años, once meses y dos días, sin que nadie se pregunte por qué. La magia forma parte de la realidad porque, en el universo de García Márquez, la realidad nunca fue únicamente aquello que podía explicarse.

La serie entiende, además, que la decadencia de Macondo debía sentirse antes de ser explicada. De ahí que el color exuberante de los comienzos va cediendo paso a un mundo más sombrío y deslavado. Macondo no muere de repente. Se va desgastando a medida que la casa se llena de ausencias, las relaciones se deterioran y el progreso que prometía abrir las puertas al futuro termina acelerando su destrucción.

Durante décadas se repitió que “Cien años de soledad” era una novela imposible de adaptar a la pantalla. Y de algún modo sigue siendo cierto. Pero la imposibilidad de reproducir la voz de García Márquez no impide a los directores de la serie trasladar fielmente su relato.

El Nobel colombiano escribió una novela para prevenir la amnesia colectiva. La verdadera tragedia de los habitantes de Macondo —ese pequeño territorio indómito con el que el escritor quiso hablarnos del mundo— no es que estén condenados a repetir la historia, sino que estén condenados a repetirla por no recordarla.

Laura Mora y Carlos Moreno han entendido que eso era lo que debían filmar. No la voz de García Márquez, que es irrepetible, sino el mecanismo secreto que hace que la novela funcione: el tiempo, la memoria, la repetición y el destino. Un siglo de amores y de guerras, de revoluciones, incestos, fantasmas y tragedias se convierte en una gigantesca rueda del tiempo que gira sobre sí misma.

Macondo cambia, pero no aprende. Los Buendía envejecen, pero los hijos vuelven a cometer los errores de sus padres aquejados de la misma locura que a ratos se muestra lúcida. La Historia avanza y, sin embargo, todo parece regresar al punto de partida. Hasta que llega el olvido. Úrsula Iguarán lo sabía desde el principio. De ahí su insistencia en advertirnos de que «El tiempo no pasa, da vueltas en redondo».

Título original: Cien años de soledad

Año: 2026

Duración 7 episodios + un episodio final especial

País: Colombia-USA

Dirección: Laura Mora y Carlos Moreno

Guion: José Rivera, Natalia Santa, Camila Brugés y María Camila Arias. Bas. novela: Gabriel García Márquez.

Reparto: Claudio Cataño, Marleyda Soto, Julián Román, Carla Baratta, Ángela Cano, Juanita Molina, Daniella Reyes, María Adelaida Puerta...

Fotografía: James Brown y Camilo Monsalve

Musica: Camilo Sanabria y Juancho Valencia

Compañías: Netflix, Dynamo Producciones.

Género: Serie de TV. Drama. Realismo mágico. Familia

PERSUASIÓN

Como un personaje pirandelliano “en busca de autor”, Dakota Johnson es una actriz en ciernes que anda a la caza de un proyecto cinematográfico solvente que consagre definitivamente su carrera y nos permita apreciar al fin, no sólo su pedigrí como hija y nieta de intérpretes de fama mundial (su abuela es Tippi Hedren, musa de Alfred Hitchcock en «Los Pájaros«, y sus padres Melanie Griffith y Don Johnson), sino su talento, caso de que lo hubiere. Pero, una vez más, ha fracasado en el intento. Y van…

Por más que la casta y soporífera “Persuasión”, estrenada esta semana en Netflix, la ayude a desprenderse del sambenito erótico de la saga de “50 Sombras de Grey” que la lanzó al estrellato y del fracaso de otros títulos igual de irrelevantes que han venido después, como “Personal Assistant”, “Bailando por la vida” o “La hija oscura, donde su actuación -eclipsada por la gran Olivia Colman- ha sido bastante poco destacable, tampoco esta vez puede decirse que la primogénita de la pareja formada por la ex de Antonio Banderas y el coprotagonista de “Miami Vice” haya dado la campanada.

Y eso que la película de Carrie Cracknell (directora de larga experiencia en el teatro británico) lo apuesta todo a su rol protagónico -rodeándola de un reparto más que anodino para su exclusivo lucimiento- y sobre todo a su belleza, con abundantes primeros planos en los que su personaje sostiene un absurdo y cansino diálogo con el espectador, recuperando la idea de romper la cuarta pared que pusieron en práctica, mucho antes y con bastante mayor acierto, otras series de gran éxito, como la estadounidense “House of Cards” o la británica “Fleabag”.

Y ese es precisamente parte del problema. Que todo en esta adaptación fallida de la novela póstuma de Jane Austen -la peor de cuantas se hayan hecho (y son bastantes) hasta la fecha, a decir de algunos críticos- resulta poco original, nada genuino, impostado, anacrónico, errático, innecesario… y, en definitiva, poco creíble.

Más que un desgarrador drama romántico de época, llamado a convertirse en un clásico de culto, como antes lo hicieran las adaptaciones de “Sentido y Sensibilidad”, “Orgullo y Prejuicio” o la más reciente versión de “Emma” protagonizada por Anya Taylor-Joy; “Persuasión” es una película desubicada en el tiempo. Una caricatura sinsorga, oportunista y extemporánea, elaborada a dictado del algoritmo, copiando de aquí y de allá lo que en otras películas o series ha dado resultado en el último lustro, como esa irritante manía de la protagonista (Dakota Johnson) de hacernos partícipes de sus pensamientos en voz alta, mirando cada tres minutos a cámara; o la estética colorista y la inclusión de un elenco «diverso» de actores y actrices de descendencia asiática o africana, rompiendo los esquemas raciales de la Gran Bretaña del siglo XIX, tendencia inaugurada en “Los Bridgerton”, que ejerce una indisimulada influencia en su concepción y desarrollo.

Como advierte Agalia Berlutti en Hipertextual: “Es evidente que Cracknell deseaba emular el brillante ingenio de la serie de Shonda Rhimes y narrar su historia utilizando la misma energía efervescente de Los Bridgerton. Pero el guion carece del encanto y de la habilidad para llevar la obra de Austen a los mismos lugares que la popular serie”, aunque ambas historias compartan el mismo espacio y tiempo de la regencia inglesa.

Si bien entre sus virtudes cabe destacar una cuidada ambientación y el preciosismo de su vestuario y localizaciones. Por desgracia, son más los defectos que convierten a “Persuasión” en un producto televisivo soso y decepcionante.

Para empezar, la historia de amor en la que se inspira y el tratamiento que se le da a la misma distan mucho de la intención que animó la obra original, publicada en 1818 a la muerte de su autora, un brillante alegato sobre los prejuicios, la exclusión social y la búsqueda de la felicidad en una época y un contexto social muy concretos, que (por la atemporalidad que le confiere la propia forma de narrar de Austen) no necesita ser reinterpretado en clave de comedia moderna, con escenas y diálogos bobalicones que suenan demasiado actuales (“él es un 10 y yo soy un 6”), y una protagonista que se refiere al amor de su vida como “su ex” o que lo mismo mira a cámara guiñando un ojo y nos habla en un tono cuasi millennial como, si en lugar de a nosotros, se dirigiera a sus miles de seguidores en Instagram; o que ahoga sus penas aferrada a una botella de vino tinto que bebe a morro, como si de una Bridget Johnes decimonónica se tratara.

La Anne Elliot (Dakota Johnson) original es una joven de su tiempo. De apariencia frágil aunque claramente más inteligente, sensible, atractiva y sagaz de lo que sus parientes suponen. Ninguneada por su padre, Sir Walter Elliot (un Richard E. Grant en plan parodia pura y dura), un viudo de vida dispendiosa que ha malgastado la fortuna familiar, viéndose obligado a mudarse de su mansión de Somerset a una casa (un poco) más modesta en Bath, y su hermana mayor Elizabeth (Yolanda Kettle); Anne va a visitar a su hermana menor, la hipocondríaca Mary Musgrove (Mia McKenna-Bruce), casada con Charles Musgrove (Ben Bailey), con quien tiene dos hijos pequeños a los que no les presta la menor atención.

A sus 27 años, a punto de caer en desgracia y convertirse en una solterona de por vida (según las convenciones de la época), la joven vive desolada por una mala decisión tomada ocho años atrás, cuando persuadida por su familia dejó pasar la oportunidad de casarse con el hombre al que amaba, un marino sin rango ni títulos llamado Frederick Wentworth (Cosmo Jarvis) al que dio calabazas por no estar a su altura en la escala social. Pero deberá elegir entre dejar atrás el pasado o escuchar al corazón y darle una segunda oportunidad al amor cuando, inesperadamente, Frederick regresa a su vida convertido en un honorable y acaudalado Capitán de la Marina Mercante que aún la ama desesperadamente aunque, dolido por su rechazo, su orgullo le impida admitirlo.

Algo frustrada por no poder reconquistar al apuesto hombre al que dejó escapar, Anne contempla la posibilidad de casarse con su primo, el acaudalado heredero William Elliot (el británico-malayo Henry Golding), quien también le resulta atractivo. Pero, como sucede siempre, el destino se confabulará para hacer que, al final, los enamorados vivan felices y coman perdices.

Esa es la (en apariencia) sencilla historia que cuenta la novela de Austen y que la adaptación de Netflix utiliza como punto de partida para construir un argumento que adolece de la profundidad y la retorcida y fina ironía que caracterizan su obra narrativa, reduciéndola a una especie de sátira social liviana y redundante, recargada de ideas-fuerza extraídas de un feminismo pasivo-agresivo en clave muy actual, en un absurdo empeño por dejar claro que la inmortal escritora británica era una mujer adelantada a su época, algo que salta a la vista con solo echar un vistazo a su producción literaria.

Mientras desprecia sus brillantes juegos de palabras, su elaborada atmósfera y su compleja mirada hacia la tradición y hacia el mundo femenino, construida sobre la premisa de la mujer que debe contraer matrimonio para evitar convertirse en una paria social y todo el dolor y frustración que en ello subyace, Cracknell y sus guionistas prefieren quedarse con la espuma de la cerveza, componiendo un tedioso, confuso, acartonado y cursi melodrama, que no pasa de ser una edulcorada historia de amor con final feliz.

Volviendo a Berlutti: “Persuasión es un drama con aires en apariencia sencillos, bajo el cual late un profundo dolor secreto. Pero la versión de Netflix despoja a la historia de su encanto, su tono agridulce y su capacidad para desconcertar.

De por sí, la historia de Anne Eliott corre el riesgo de parecer cursi a los ojos de hoy. Pero Austen la dotó de un burlón sentido del humor que ha sostenido todas sus adaptaciones en los años siguientes. Por extraño que parezca, la versión de Netflix carece de esa profundidad de origen, en una época en que la justificación para tenerla es clara.

En lugar de eso, el guion de Ron Bass y Alice Victoria Winslow llena el argumento de frases ridículas. De declaraciones de inteligencia que nadie necesita escuchar porque están implícitas y de guiños al feminismo actual, sin mayor profundidad. Si los anacronismos en Los Bridgerton o en obras superiores, como la María Antonieta de Sofía Coppola, resultaban una brillante provocación, en Persuasión son puro desperdicio”.

O, lo que es lo mismo, la versión de Netflix transforma una melancólica historia de amores perdidos durante la regencia inglesa en una vulgar comedia romántica de tono adolescente y bobalicón. En un torpe intento de vender, más que de reinterpretar la obra póstuma de Jane Austen, y persiguiendo el éxito de otras producciones -singularmente de Los Bridgerton- durante el último lustro, el gigante del streaming decide modernizar un relato que está muy por encima en sensibilidad, ironía, inteligencia y originalidad de las pretensiones de quienes firman esta errática, mediocre y superficial adaptación destinada al olvido.

Título original: Persuasion

Año: 2022

Duración: 109 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Carrie Cracknell

Guion: Ronald Bass, Alice Victoria Winslow. Novela: Jane Austen

Fotografía: Joe Anderson

Reparto: Dakota Johnson, Cosmo Jarvis, Henry Golding, Suki Waterhouse, Richard E. Grant, Lydia Rose Bewley, Edward Bluemel, Nikki Amuka-Bird, Doc Brown, Mia McKenna-Bruce, Izuka Hoyle, Yolanda Kettle, Janet Henfrey, Agni Scott, Stewart Scudamore, Sophie Brooke

Productora: Media Rights Capital (MRC).
Distribuidora: Netflix

Género: Romance | Drama de época/Adaptaciones de Jane Austen

LOS BRIDGERTON. SEGUNDA TEMPORADA

Quienes se han sentido decepcionados por la segunda temporada de “Los Bridgerton” debido a que las escenas de sexo se han visto considerablemente reducidas respecto a la primera, evidentemente ignoran que la pasión no es solo cuestión de exhibir más o menos piel en pantalla y que, a menudo, una mirada anhelante puede contener más lujuria y carga erótica que un fogoso revolcón bien coreografiado. Y esta segunda entrega de la exitosa serie de la factoría Shondaland está llena de ardientes, intensas y sostenidas miradas de deseo y de tensión sexual no resuelta entre sus dos principales protagonistas, que se atraen y sin embargo se repelen como dos polos idénticos, enredados en un amor que les parece imposible, resistiéndose a sucumbir al propio latido de su corazón que forma incluso parte de la banda sonora de la serie en esas excitantes escenas en las que sus manos se rozan y sus miradas se encuentran, enmascarando sus verdaderos sentimientos en una supuesta animadversión mutua que no es tal, a la manera del “Orgullo y Prejuicio” de Jane Austen.

Basada en el segundo libro de Julia Quinn, ‘El vizconde que me amó‘, la serie de “Los Bridgerton” continúa su curso, manteniéndose más o menos fiel a la aclamada saga de novelas románticas en la que se inspira y lo hace centrando la historia esta vez en la figura del hijo mayor, Anthony Bridgerton (notable actuación del atractivo Jonathan Bailey) quien, desde la repentina muerte de su padre, ostenta el título de Vizconde. En esta segunda entrega, conoceremos más acerca de las motivaciones y los traumas de este personaje que se vio obligado a ejercer de cabeza de familia siendo apenas un adolescente y de cómo el peso de esa responsabilidad ha configurado su carácter, hasta convertirse en un caballero altivo, competitivo y extraordinariamente exigente. Un hombre castrado emocionalmente para quien el amor y el deber están claramente disociados.

Amante de notable experiencia adquirida mayormente en lupanares, con artistas y mujeres de mal vivir, la última vez que le vimos quedó herido por un tórrido romance que no llegó a buen puerto y que le hizo decidir que, en adelante, iba a ceñirse a lo que se esperaba de él: cumplir con sus obligaciones familiares como patriarca de la noble casa de los Bridgerton y encontrar una esposa adecuada, digna de llevar el título de Vizcondesa. Por lo que, una vez abierto un nuevo ciclo del “mercado del matrimonio” (como los creadores de la serie han bautizado, con singular acierto, a los afanes casamenteros de la monarquía y la alta sociedad británicas en la época de la Regencia y sus estratagemas para concertar los más prósperos y ventajosos contratos matrimoniales entre sus miembros), Lord Anthony espera ansioso el momento en el que la reina de Inglaterra elija el “diamante de la temporada” para iniciar el cortejo.

Como sucede cada año, quien resulte ser la elegida para ostentar tan codiciado título, será la joven debutante a la que los solteros de la aristocracia londinense intentarán conquistar, en una especie de competición masculina por un trofeo que solo puede estar al alcance del más solvente, honorable y seductor de sus pretendientes, como ya ocurriera con su hermana Daphne (Phoebe Dynevor), convertida en gran Duquesa tras haber contraído felices nupcias con el apuesto Simon Basset, Duque de Hastings (Regé-Jean Page), la temporada pasada. Y esta no es otra que la señorita Edwina Sharma (Charithra Chandran), exótica belleza de origen indio, recién llegada a Londres en compañía de su madre Mary (Shelley Conn) y de su hermana mayor, Kate (Simone Ashley, con sus impresionantes ojos de largas pestañas y su expresiva mirada).

La mayor de las Sharma se ha esmerado en instruir a Edwina, para ser la esposa perfecta, autoimponiéndose el deber de conseguir para ella, no solo el mejor partido, sino alguien que pueda hacerla feliz y asegurar, mediante ese matrimonio, el futuro bienestar de las tres damas. Al menos ese es el plan inicial de la voluntariosa, inteligente y combativa Kate. Lo que no sospecha es que, en ese propósito, será ella misma quien se tope de bruces con el amor verdadero, debiendo rivalizar por él con su propia hermana.

Cuando Edwina es nombrada ‘Diamante de la temporada’, Anthony decide que es la mujer indicada y se propone conquistarla, pese a las objeciones de Kate, quien tras conocer las verdaderas motivaciones del Vizconde Bridgerton -a quien escucha accidentalmente decir que solo quiere cumplir con su deber de casarse, sin que ello le impida continuar con la vida disoluta que ha llevado hasta ahora y que el amor no entra para nada en sus planes- decide impedir esa unión a toda costa. Pero la atracción y la gran química que existe entre Kate y Anthony se hace evidente y sus continuas discrepancias e irritantes enfrentamientos solo consiguen acrecentarla.

La estancia de las Sharma en Aubrey Hall -la casa solariega familiar de los Bridgerton en el campo- organizada por Lady Danbury (Adjoa Andoh), quien parece entender los sentimientos de Kate mejor que ella misma, provoca una mayor cercanía entre Anthony y ésta, tras compartir una reñida partida de pall-mall, una seductora cacería y sus temores más íntimos, algunos de los cuales -como la idea de amar tan intensamente a alguien que la sola posibilidad de perder a esa persona se hace insoportable- guardan cierta relación con las flores y específicamente con los lirios. Pues ése es el aroma del jabón con el que Kate se baña y que embelesa a Anthony. Casualmente el de la flor preferida de su padre, las que se disponía a arrancar el fatídico día en el que una avispa le picó en el cuello provocándole la muerte instantánea por un shock anafiláctico, ante la desesperación de su primogénito que no pudo hacer nada por evitarlo y de su amada y embarazada esposa Violet, quien cayó en una profunda depresión que obligó a Anthony a hacerse cargo de ella y de sus hermanos.

Aunque los planes matrimoniales de Lord Bridgerton con Edwina aturden a Kate, esta no se permitiría nunca arruinar la felicidad de su hermana menor quien, ajena a lo que sucede entre ambos, consigue finalmente llevar al Vizconde al altar. Pero es en ese instante cuando los verdaderos sentimientos de Anthony y de Kate quedan accidentalmente al descubierto y el escándalo social se precipita al darse la novia a la fuga.

Lo que ocurre a partir de ese momento pertenece al terreno del spoiler y, como diría la chismosa Lady Whistledown, prefiero que lo descubra usted por si mismo, “querido lector”. Así que solo diré que el culebrón está servido (“eres la ruina de mi existencia y el objeto de todos mis deseos”). Aunque, por fortuna, más allá del inevitable toque melodramático propio de las novelas románticas de época, “Los Bridgerton” sigue ofreciéndonos un abanico de temas de interés para la reflexión, aprovechando el hecho de que se trata de un relato coral en el que cada uno de los personajes tiene gran peso específico en la trama.

Como escribe Mireia Mullor en la revista Fotogramas, “a ‘Los Bridgerton’ llegamos por el amor, el sexo y el romanticismo, pero nos quedamos porque los personajes avanzan, aprenden y presentan nuevas problemáticas”.

Coincido en que es una pena que el Duque de Hastings (el actor Regé Jean-Page, muy ocupado con sus nuevos compromisos cinematográficos como para aceptar ser un mero secundario en la serie que le ha dado la fama) se haya ido antes de poder ver cómo evolucionaba su personaje, lo que a su vez ha reducido a su esposa, Daphne, a ser un personaje secundario marcado por la ausencia de un marido que entendemos que está muy ocupado como para pasarse por Aubrey Hall para jugar al croquet.

Por suerte, el resto de la familia tiene vida propia. Por un lado tenemos a Colin Bridgerton (Luke Newton), quien aún parece no haber superado su ruptura con Marina Thompson (Ruby Barker) pese a sus emocionantes viajes alrededor del mundo. Y a sus hermanos, Benedict Bridgerton (Luke Thompson), a quien hay que seguir de cerca pues será el protagonista de la tercera temporada, probando por primera vez las hierbas alucinógenas y lidiando con sus sueños de convertirse en un gran artista, lastrados por su posición de privilegio social y económico, pese a que su talento para las bellas artes habla por sí solo. O la joven debutante Eloise Bridgerton (Claudia Jessie), la más díscola del clan, quien se rebela ante las imposiciones de la sociedad de su tiempo, devorando cada libro o panfleto que cae en sus manos y soñando con una vida en libertad, al margen del matrimonio.

En líneas generales, podría decirse que las señas de identidad que marcaron el éxito de la serie creada por Shondra Rimes se mantienen e incluso se intensifican, como la necesidad de proyectar una sociedad donde las distintas razas conviven en total armonía o la de incidir -con más tenacidad si cabe que en la anterior entrega- en el alegato feminista a favor de la igualdad y el libre albedrío, frente a las obligaciones, las limitaciones y el peso de ser mujer en una época en la que la discriminación y la subestimación de sus inquietudes y capacidades intelectuales parecían insalvables. Cuestión que es abordada en esta segunda temporada con insistencia, bajo la misma coartada de cultivar un cierto anacronismo histórico que permite a sus creadores innovadoras licencias, como el hecho de que los dos únicos desnudos de esta segunda entrega de la serie sean el de Anthony y el de su hermano Benedict, incluyendo una escena de “camisas mojadas”, en la que por una vez son las damas -y no ellos- quienes se deleitan contemplando el torso musculado del Vizconde; y esbozando el retrato de una alta sociedad londinense que, si bien ensalza el status privilegiado del varón frente a la mujer que es educada para casarse y tener hijos, está realmente liderada por un grupo de mujeres fuertes y empoderadas en distintos órdenes de la vida. Desde el puramente doméstico, donde las madres y tutoras, como Miss Violet Bridgerton (Ruth Gemmell), Miss Portia Featherington (Polly Walker) o Lady Danbury (quien sigue moviendo los hilos de la alta sociedad británica y atando en corto a la corona) ejercen una notable influencia en el destino de sus hijas e hijos; hasta el empresarial, singularmente representado aquí por dos inteligentes, audaces y emprendedoras féminas, como la jovencísima Penelope Featherington (Nicola Coughlan), quien cobra mayor relevancia si cabe tras haberse desvelado su identidad secreta como la gacetillera Lady Whistledown, y su socia y aliada, la falsa modista francesa, Madame Delacroix (Kathryn Drysdale); pasando por la propia monarquía que, no casualmente, reside también en una “supermujer”, la reina Charlotte (Golda Rosheuvel), obsesionada con descubrir la verdadera identidad de la chismosa Whistledown para poner el poder de su pluma a su servicio. Una mujer tan astuta y vanidosa, como entregada al ideal del amor romántico.

Y es que, si bien el argumento nos habla de una sociedad georgiana clasista y tradicional, opresora de los derechos de la mujer, donde se daba excesiva importancia a su honor e imagen pública, a la cuantía de su dote y al matrimonio que éstas contraían, al igual que el libro original, la serie avanza ya hacia lo que serán los inicios de la lucha feminista y de clase, por romper con ese estilo de vida. Algo que se hace especialmente evidente en el personaje de Eloise Bridgerton, quien se atreve incluso a fantasear con la idea de relacionarse sentimentalmente con un miembro de la clase obrera al que empieza a frecuentar en los barrios bajos, provocando un gran escándalo social que salpica a su familia, y en la propia Kate Sharma quien, como apunta Mullor, es “otro tipo de heroína”: “Mientras en la primera temporada Daphne Bridgerton fue la ingénue, una adolescente descubriéndose a sí misma y viviendo un despertar sexual después de una crianza demasiado puritana, Kate Sharma es una mujer de 26 años que ha aceptado que el romance le queda lejos (no tanto por edad, sino por posición social y responsabilidades familiares), ansía la independencia que ofrece el dinero y odia los límites que la sociedad de la época insiste en imponerle, ya sea a la hora de unirse a las partidas de caza de los hombres o salir a montar a caballo sola a primera hora de la mañana”.

El conflicto entre el sentido del deber y el derecho a luchar por nuestros propios sueños, sean románticos o de otra naturaleza, es la diatriba a la que se enfrentan todos estos personajes arquetípicos que, temporada a temporada, van alcanzando mayores cotas de madurez e interés, para regocijo del numeroso fandom de una de las series más vistas y recomendables de Netflix.

Título original: Bridgerton 2

Año: 2022

Duración: 60 min. x 8 episodios

País: Estados Unidos

Dirección: Chris Van Dusen (Creador), Tricia Brock, Alex Pillai, Tom Verica

Guion: Chris Van Dusen. Historia: Geetika Lizardi. Novela: Julia Quinn

Música: Kris Bowers

Fotografía: Jeff Jur

Reparto: Jonathan Bailey, Simone Ashley, Phoebe Dynevor, Nicola Coughlan, Claudia Jessie, Polly Walker, Luke Thompson, Ruth Gemmell, Charithra Chandran, Adjoa Andoh, Rupert Evans, Golda Rosheuvel, Kathryn Drysdale...

Productora: ShondaLand, Netflix. 

Género: Serie de TV. De época. Siglo XIX. Drama romántico

LAS ILUSIONES PERDIDAS

Hay películas que te pillan en un momento vital idóneo o con cierta predisposición de ánimo. En mi caso ocurrió cuando fui a ver, este fin de semana, “Las ilusiones perdidas”. La elegí de entre los estrenos de la cartelera por su título evocador, ahora que la civilización empieza a dar inequívocas señales de agotamiento, y por tratarse de la adaptación cinematográfica de una de las piezas fundamentales de la gran “Comedia Humana”, esa que se representa en “el teatro del mundo, donde los peores suelen tener las mejores butacas”, como amargamente concluye su protagonista, Lucien de Rubempré.

De algún modo, tenía el íntimo presentimiento de que algo tendría que decirme la historia de ese ingenuo poeta de provincias, joven aspirante a escritor, que se desvía fatalmente de la ruta hacia sus más nobles ambiciones cuando el periodismo y las posibilidades que dicho oficio le ofrece de medrar social y económicamente se cruzan en su camino, distrayéndolo de la que debe ser la misión vital de todo artista: crear belleza, aún en medio de la podredumbre. Y, en efecto, así fue.

Estrenada en la sesión oficial de la Mostra de Venecia del pasado año -donde incomprensiblemente se fue de vacío-, la excelente película que Xavier Giannoli ha hecho a partir de la novela homónima de Honoré de Balzac, originalmente publicada en tres tomos, entre 1837 y 1843, bajo el título de «Los dos poetas», «Un gran hombre de provincias en París» y «Los sufrimientos del inventor» (los cuales forman parte, a su vez, de uno de los mayores y más ambiciosos proyectos narrativos de la historia de la literatura universal: 137 novelas e historias entrelazadas, en las que Balzac perfila, con mordaz e inmisericorde realismo, el retrato de la sociedad francesa de su tiempo, desde la caída del Imperio Napoleónico hasta el fin de la revolución liberal burguesa, que fueron viendo la luz por entregas a medida que la necesidad de dinero acuciaba al célebre escritor galo y se continuaron publicando hasta después de su muerte), acaba de ganar siete de las quince nominaciones a los Premios César (máximo galardón del cine francés), entre ellos a mejor película, mejor actor revelación (Benjamin Vospin) y mejor actor secundario (Vincent Lacoste).

Pero no son los premios lo que hace digno de admiración a este magnífico drama histórico de lujosa ambientación y cuidada puesta en escena que, dada la escasa promoción que ha recibido, seguramente pasará desapercibido para el gran público, como una película francesa de época más, con abundancia de carruajes y frufrús; sino la pericia de su director y coguionista para reeditar el monumental tríptico literario de Balzac en dos horas y media de puro deleite audiovisual, en el que los acontecimientos se suceden a buen ritmo, manteniendo la fidelidad al texto clásico, no exento de sarcasmo, al tiempo que pone en valor la intemporalidad del mensaje que, con su afilada pluma, el autor quiso trasladar, al poner de relieve las numerosas similitudes entre los entresijos de la historia que cuenta (un formidable estudio de las costumbres, vicios y preceptos sociales de la sociedad francesa de la primera mitad del siglo XIX) y las miserias propias de nuestro tiempo.

Desmesurada, elegíaca y apoteósica, tanto en su éxtasis como en su declive, la vida del joven poeta Lucien de Rubempré (Benjamin Vospin), natural de Angulema, “criatura a la vez ingenua y ambiciosa, brillante y errada”, tal como lo describe Javier Ocaña en El País, y su inexorable pérdida de la inocencia, desde el momento mismo en que se enamora a primera vista de Louise de Bargeton (Cécile De France), dama de alta cuna, casada con un terrateniente local y autoerigida en mecenas de los artistas de la región, se convierte en una feroz sátira acerca de la corrupción que impregna todos los órdenes de la vida política, personal, mediática y social de la época.

Lucien, a quien conocemos escribiendo rimas a las margaritas y trabajando como linotipista junto a sus hermanos, en una modesta imprenta heredada de su padre (de apellido Chardon, aunque el joven rapsoda prefiere utilizar la heráldica materna, que en generaciones anteriores gozó de noble abolengo) se ve envuelto en un tórrido e ilícito romance con la bella aristócrata, que le supera en edad, por lo que deciden escapar juntos a París, donde espera llegar a convertirse en un escritor de éxito. Pero, una vez allí, su amada y protectora le abandona a su suerte, temerosa de sufrir el desprecio de sus amigos y parientes de la alta sociedad, no tanto por mostrarse ante ella como una mujer adúltera, sino por exhibirse del brazo de un amante paleto, sin linaje ni fortuna, por completo desconocedor de las estrictas normas por las que esta se rige.

Contada desde una óptica premonitoria y reflexiva, con un punto de humor irreverente que la hace ser además una película divertida, el último trabajo de Giannoli («Madame Marguerite«, «La aparición«) comienza con una estética propia del romanticismo, con el protagonista tirado en la hierba con el sol colándose entre las hojas del cuaderno en el que escribe sus rimas, para dar paso enseguida a una narrativa visual mucho más preciosista y barroca que nos lleva al París de los grandes salones de baile, en los que, más que bailar, se conspira y en donde se acaban el romanticismo y el idealismo, y se pierden las ilusiones y la inocencia.

Como explica acertadamente Iñaki Ortiz Gascón, “en el París del siglo XIX, ya no hay espacio para la vieja poesía ni para los amores valientes y desmedidos. El romanticismo está ya demodé. Ha dado paso al pensamiento crítico y a su consecuencia casi inevitable, el cinismo. Es el fin de una época. Y así nos la muestra Giannoli, describiendo una ciudad efervescente, frenética, donde los carromatos atropellan a los viandantes en las grandes avenidas. Una ciudad viva, imparable, veloz. La capital del mundo, con las riquezas más obscenas a pocas calles de la pobreza extrema”.

Una voz en off omnipresente e intervencionista mantiene la historia en constante movimiento, como ya hiciera Scorsese en La edad de la inocencia”, con una retahíla de frases brillantes que desnudan las motivaciones de sus personajes, mientras detalla el perverso proceso mediante el cual los anhelos de un alma creativa son corrompidos por las esferas del poder, tan ubicuas como eficaces a la hora de modificar afectos, opiniones y adhesiones, que se cambian como de ropa interior, por un módico precio a convenir, ya sea reputacional o contante y sonante.

El proceso de destrucción de la integridad de Lucien de Rubempré se inicia con su fichaje como articulista de uno de los muchos libelos, gacetas y periódicos de corte sensacionalista y creciente número de lectores, que proliferan en ese París de la primera mitad del s. XIX, como alternativa a la llamada “prensa seria”, y cuyos editores hacen fortuna vendiendo sus filias y fobias al mejor postor a la hora de confeccionar sus espacios de opinión y sus críticas de arte, que empiezan a convivir con los primeros anuncios publicitarios.

“Aquí puedes comprar cualquier cosa. ¡Es el progreso!”, afirma con desfachatez digna de mejor causa el joven editor de Le Corsaire-Satan, Ètienne Lousteau (Vincent Lacoste), encargado de la instrucción del aprendiz Lucien y autor de otras sentencias no menos desvergonzadas, como: “en las filas de la prensa se necesitan amigos, igual que los generales necesitan soldados”; “si no puedes hacerles favores en un periódico, nadie te teme y, si nadie te teme, interesas poco” o “el periódico está financiado por los liberales, así que eres liberal, aunque aún no lo sabes”. Amén del curioso glosario de adjetivos equivalentes, con el que convertir una buena crítica en una mala crítica, tan ocurrente como impúdico.

Naturalmente eran otros tiempos, unos en los que el periodismo despuntaba como gran aliado (o temido opositor), cotizándose al alza sus favores por las posibilidades que ofrecía para seducir, engañar y domesticar a la opinión pública a favor o en contra de una determinada obra, personaje o corriente de pensamiento. La línea editorial de los nuevos periódicos liberales era simple: “todo lo que sea probable lo daremos por cierto”.  Y ello, en un mundo que se presumía moderno y progresista, pero que en realidad vivía anclado en un clasismo estructural y una corrupción sistémica. (¿Les suena?).

“Balzac escribe, entre muchos asuntos, sobre el determinante papel de la incipiente prensa libre. Tan libre que solo depende del dinero que la sostiene. Es decir, se informa, se opina, se censura, se miente y se ensalza en función únicamente de la capacidad de los nuevos periódicos para seguir informando, mintiendo, censurando y opinando. Un juego de poder entre monárquicos y liberales, entre la vieja aristocracia y la burguesía emergente, entre los privilegiados y los que aspiran a serlo, en el que vale todo y que, por azares de la historia, exhibe un paralelismo que asusta con el mundo que nos ocupa”, escribe Luis Martínez en El Mundo. “No se trata de volver a recordar que los clásicos son eternos, basta con caer en la cuenta de que el motor de la ambición de entonces es el mismo de ahora”.

Aquel París “librepensador” imponía sus normas y, a medida que se va a aclimatando a la ciudad y acomodando a sus nuevas circunstancias, el joven aspirante a escritor no solo va perdiendo su candidez al vender sus principios a cambio de fama y fortuna, sino que se va perdiendo a sí mismo sumergiéndose en un lodazal de inmundicia moral y libertinaje ideológico.

El otrora provinciano Lucien de Rubempré transforma incluso su apariencia física en búsqueda de una mayor distinción acorde a su nuevo estatus de renombrado articulista y aparca sus más nobles intenciones creativas, según se lo exige la sociedad parisina a la que desea pertenecer por derecho propio, a medida que afila su pluma mercenaria y la pone al servicio de ese periodismo malicioso emergente que utiliza el ingenio para ensalzar o destruir reputaciones ajenas, valiéndose de la ofensa, la insidia y la infamia, y haciéndose eco de falsos aplausos y abucheos, comprados a un público de figurantes.

“Giannoli convierte el fatídico ascenso del protagonista de su película a las alturas del negocio editorial en un grotesco espectáculo circense”, como observa Manu Yáñez. Por la redacción del periódico para el que trabaja Lucien deambula una manada de patos –en honor a las trolas que este publica y que allí se conocen como “canards” (pato en francés), predecesoras de las actuales fake news–, mientras su redactor jefe tiene por mascota a un mono de feria, a cuyo criterio se deja la elección de los libros que deben ser reseñados por encargo -como el del talentoso novelista Raoul Nathan (Xavier Dolan), una especie de némesis de Rubempré, a quien Lousteau se la tiene jurada por pertenecer al círculo social de los partidarios de la monarquía-, convirtiendo el oficio periodístico en un irresponsable y enloquecido ecosistema, favorable a todo tipo de excesos, vendettas, conchabeos y sobornos, prostitución real o metafórica, cuyas consecuencias son el envanecimiento y enriquecimiento de los nuevos críticos estrella, admirados y temidos a partes iguales, y el ascenso o la caída en desgracia de los afortunados o desdichados artistas, escritores, actores y actrices que son objeto de sus diatribas.  

La polémica se convierte en el arma más preciada de los nuevos periódicos liberales que incluso amañan discusiones ficticias entre escritores y críticos literarios carentes de escrúpulos (“no es necesario leer el libro para escribir la crítica. Es más, leerlo podría influir en el resultado”, afirman con descaro), para generar el interés de los lectores.

Según el experto de cine de la revista Fotogramas, en Le Corsaire-Satan “se celebran más fiestas que en el New York Daily Inquirer de ‘Ciudadano Kane’, aunque el grado de esperpento lleva a ‘Las ilusiones pérdidas’ hasta un lugar de delirio y cinismo más parecido al de ‘El lobo de Wall Street’”.

Y es que, Giannoli no se limita a ofrecer una visión escéptica de la prensa y, por extensión, del mundo editorial (cuyo monopolio ejerce en su película un verdulero ignorante y analfabeto, de apellido Dauriat, interpretado por el controvertido Gérard Depardieu, que se muestra mucho más interesado en el lucrativo negocio de la importación de piñas que en publicar un poemario que es incapaz de leer y mucho menos entender). Más allá del demoledor juicio que en ella se hace acerca de la deshonestidad, la frivolidad y la falta de toda moral, rigor y principios éticos de los articulistas de la época, tristemente resumido en el bautismo simbólico que el novato Lucien recibe por parte de sus colegas y del dueño del medio para el que trabaja, a modo de bienvenida (“En el nombre de la mala fe, de los falsos rumores y de la publicidad, yo te nombro periodista”), el cineasta francés se atreve a meterse con «la mano que mece la cuna», que no es otra sino las élites económicas que controlan el negocio de las empresas periodísticas, ya sean estas de signo liberal o monárquico.

“El liberalismo económico será la libertad del zorro libre en un gallinero libre”, vaticina Adoche Finot (Louis-Do de Lencquesaing), el avaricioso propietario de Le Corsaire-Satan, quien tiende una trampa al díscolo Lucien, haciéndole creer que cuenta con él para sus ambiciosos proyectos de expansión comercial del negocio. Pero, al final, quien paga manda y el poder es implacable con quien desafía su autoridad, ensañándose con aquel que se niega a colaborar en su mezquino juego de intereses y tráfico de influencias, como un peón más.

Balzac no hace concesiones ni a unos ni a otros: los que corrompen a los demás son unos canallas y quienes se dejan corromper unos cretinos que sucumben una y otra vez a los mismos vicios y debilidades, consumando la traición a sí mismos.

Para Manu Yáñez, la película impresiona por el “carácter profético” de las reflexiones del autor galo, toda vez que, “en ella no solo se diseccionan con lupa hiperbólica la mercantilización de la información de tintes amarillistas, sino que se lanzan también dardos contra la corrupción política y la destrucción del criterio individual a manos de la tiranía de las modas. Un cóctel de lacras contemporáneas que ‘Las ilusiones pérdidas’ disecciona de un modo implacable e hilarante, empleando la brutalidad que se merece una realidad, la nuestra, abocada al abismo de la sinrazón”.

Pero como, según las leyes de la gravedad, «todo lo que sube tiende a bajar», y Balzac era un autor clásico con tendencia a castigar las veleidades de sus personajes, París puede ser al mismo tiempo un gran pedestal y un profundo sumidero para las aspiraciones de Rubempré, quien no logra el menor eco para su obra literaria y se dedica a despilfarrar todo el dinero que gana, junto a su amante, Coraline -la chica de los pantys rojos-. el único personaje que conserva un atisbo de honestidad y de ternura, pese a tratarse de una actriz de poca monta que se prostituye para sobrevivir. Es ella quien le recuerda a Lucien -obsesionado con la idea de recuperar el linaje perdido y poseer un título nobiliario que le abra las puertas de la alta sociedad parisina que un día le despreció- que debe volver a sus orígenes. “Nuestro mundo está podrido, debemos intentar crear belleza”, le precisa al confesarle que sufre una grave enfermedad y le queda poco tiempo de vida.

A su muerte, destrozado, arruinado y socialmente marginado, el fracasado escritor emprende el camino de regreso a Angulema, sumergiéndose en las profundas aguas del río Charente, quién sabe si para purificarse o para morir, una vez perdida toda ambición y toda esperanza.

Título original: Illusions perdues

Año:2021

Duración: 149 min.

País: Francia 

Dirección: Xavier Giannoli

Guion: Xavier Giannoli y Jacques Fieschi. 
Basado en el clásico de Honoré de Balzac

Fotografía: Christophe Beaucarne

Reparto: Benjamin Voisin, Cécile De France, Vincent Lacoste, Xavier Dolan, Salomé Dewaels, Jeanne Balibar, Gérard Depardieu, André Marcon, Louis-Do de Lencquesaing, Jean-François Stévenin, Alexis Barbosa, Arnaud de Montlivaut, Marie Cornillon...

Productora: Curiosa Films, Gaumont, Umedia, France 3 Cinéma, Ciné+, Canal+, uFund

Género: Drama Histórico. Adaptación Literatura clásica. Siglo XIX

LOS BRIDGERTON

He tardado en decidirme a ver la serie de moda de Netflix de la que todos hablan y que los más entusiastas definen como “una serie ligera de época (por contradictorio que eso pueda sonar) que deja a los espectadores con ganas de más”. Estoy hablando, como ya adivinarán, de “Los Bridgerton”.

Confieso que la expectativa de enfrentarme a la adaptación de una -ya de por sí- edulcorada novela rosa, ambientada en la época georgiana (concretamente, durante el reinado de Jorge III y en el conocido como Período de la Regencia del por entonces Príncipe de Gales y futuro rey, Jorge IV), a manos de quien hasta no hace mucho prestaba sus servicios a la factoría Disney (la exitosa productora televisiva Shonda Rhymes, creadora de “Anatomia de Grey”) me daba cierta pereza, más por el previsible tufo a romance folletinesco, de príncipe azul y final feliz, que por el dispendio de lazos y frufrús que suele ir asociado a este tipo de producciones. Pero obviamente tales reticencias partían del prejuicio, así que siguiendo mi propia máxima de que hay que verlo todo para poder opinar, me armé de valor y me dispuse a engullir los ocho episodios de la primera temporada de una sentada.

El resultado fue el previsible, aunque debo decir que no del todo desagradable.

La serie se basa en la saga de novelas de Julia Quinn (seudónimo de Julie Pottinger, una de las escritoras románticas más populares de los Estados Unidos), y narra las aventuras y anhelos amorosos de ocho hermanos pertenecientes a una acaudalada familia de la alta sociedad británica, los herederos del Vizconde de Bridgerton, cuya hija mayor, la señorita Daphne (Phoebe Dynevor) hace su ingreso como debutante en el competitivo mercado matrimonial de la aristocrática Regencia londinense, teniendo que asistir a un sinfín de bailes y festejos, en donde las jovencitas casaderas son exhibidas casi como ganado mayor, a la espera de poder elegir al marido ideal entre sus posibles pretendientes, y así ejercer al fin el papel para el que han sido educadas, que no es otro que el de ser esposas y madres.

La juiciosa, ingenua y virginal Daphne -nombrada por la mismísima reina como “el diamante más preciado de la temporada”- espera poder casarse por amor, mientras su hermano mayor, Anthony, cabeza de familia a la muerte de su padre, se propone organizar para ella un matrimonio de conveniencia.

Es entonces cuando aparece al rescate el seductor Simon Basset, Duque de Hastings, atormentado por una infancia carente de afecto, quien lleva una vida un tanto disoluta hasta conocer a Daphne, de la que cae rendidamente enamorado.

Pero, como en todo drama romántico que se precie, surgen dificultades que los separan. En este caso, la promesa que el duque le hizo a su cruel padre en el lecho de muerte, en venganza por haberlo repudiado desde niño, y que implica su firme decisión de no casarse ni procrear, para que su linaje empiece y acabe en él. Algo que Daphne (educada para tener hijos) se tomará como alta traición.

En torno a estos mimbres y a una serie de peculiares personajes secundarios, entre los que destaca la rebelde y libertaria Eloise Bridgerton (quien no está dispuesta a seguir los pasos de su hermana mayor, pues tiene otros planes para su vida que no incluyen el matrimonio), se tejen una serie de subtramas en un tono más o menos sarcástico, a veces casi cómico, en las que subyace una manida crítica a los usos y costumbres de la época, especialmente en lo que a los prejuicios sociales y a la educación femenina se refiere (muy deficitaria en el terreno de las relaciones sexuales), explicitada a través de una narradora anónima (cuya voz encarna Julie Andrews) que ejerce, bajo el pseudónimo de Lady Whistledown, como misteriosa y ácida comentarista de los líos y cotilleos de la encorsetada burguesía de la época, en donde la virtud de las jovencitas casaderas compromete el honor de toda la familia, por lo que los caballeros se ven obligados a salvaguardarlo batiéndose en duelo, si hace falta.

Es verdad que la serie peca de cierta obviedad y ligereza argumental, pasando de un tema a otro de manera un tanto atropellada, sin agotar los pormenores ni entrar a profundizar en las razones que motivan a los personajes (algo que de entrada la aleja bastante de otras películas de época de culto, como “Sentido y Sensibilidad”, “Orgullo y Prejuicio” o “La edad de la inocencia”, cuyo ritmo narrativo suele ser más bien atemperado y reflexivo, casi contemplativo); así como que el relato no guarda un mínimo rigor histórico, algo de lo que ya se ha hablado y que es singularmente perceptible en la incorporación al elenco de personas de raza negra para encarnar a personajes que ostentan títulos nobiliarios, cosa que difícilmente hubiese sido posible en la Inglaterra del s. XIX

Sin embargo, tales aspectos, así como otros anacronismos intencionados, como la utilización de temas musicales modernos y bien conocidos por el público más joven (como algunos de Billie Eilish), interpretados por un coro de violines o un cuarteto de cuerda en los fastuosos bailes a los que acude la alta sociedad londinense o el vocabulario empleado por los personajes, desenfadado y actual, se ven compensados (o complementados, según se mire) por otras gracias que adornan a esta superproducción, como la abundancia de medios que hacen que destile una gran exhuberancia, belleza y colorido visual, o su atractivo elenco de actores y actrices que interpretan sus papeles con solvencia y credibilidad, sin el engolamiento propio de los intérpretes de este tipo de películas de corte clásico.

Quizá eso sea lo mejor (o lo peor) de «Los Bridgerton». Que, siendo pretendidamente un drama de época, resulta ser una propuesta novedosa, ágil y actual, lo que la hace entretenida y fácil de digerir.

Por lo demás, estoy básicamente de acuerdo con lo que de ella se ha dicho, en el sentido de que se trata de una obra menor que abusa de los tópicos de moda (feminismo, homosexualidad, integración racial…) haciendo un cóctel algo volátil de todo ello, con una gran visión comercial, y sin olvidar la guinda del que hoy es el ingrediente seguro del éxito: el morbo de unas escenas de sexo de alto voltaje que ya rulan por los principales portales de pornografía de internet.

La serie juega hábilmente esa baza del erotismo, la sensualidad y la sexualidad, abordando sin tabúes la pérdida de la inocencia y otros temas acerca de los cuales, en la época que se retrata, era impensable que una señorita virtuosa pudiera saber: como la masturbación femenina, la “marcha atrás” como método anticonceptivo y hasta lo que algunos han creído ver como una violación (solo que esta vez es ella quien abusa de él).

En este sentido, más que una “Gossip Girl” escrita por Jane Austen, como se ha dicho, creo que esta primera entrega de “Los Bridgerton” se acerca a “365 Días” o a “Cincuenta Sombras de Grey”, solo que dirigida a un público de menor edad. En suma, un producto para adolescentes con las hormonas disparadas que engancha fácilmente por su frescura y por la innegable química que existe entre sus protagonistas, Phoebe Dynevor -cuya delicada fisionomía de frágil muñeca de porcelana recuerda bastante a las heroínas de Jane Austen- y ese adonis negro, de torso musculado, que es Regé-Jean Page, cuyo imponente físico lo ha catapultado como el hombre más sexy del momento.

Título original: Bridgerton 

Año: 2020

Duración: 60 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Chris Van Dusen (Creador), Sheree Folkson, Alrick Riley, Julie Anne Robinson, Tom Verica

Guion: Chris Van Dusen, Sarah Dollard, Janet Lin, Abby McDonald, Joy C. Mitchell, Julia Quinn

Música: Kris Bowers

Fotografía: Jeff Jur, Philipp Blaubach

Reparto: Phoebe Dynevor, Regé-Jean Page, Golda Rosheuvel, Jonathan Bailey, Luke Newton, Luke Thompson, Claudia Jessie, Nicola Coughlan, Ruby Barker, Sabrina Bartlett, Ruth Gemmell, Adjoa Andoh, Polly Walker, Bessie Carter, Harriet Cains, Jason Barnett, Joanna Bobin, Kathryn Drysdale, Jessica Madsen, Ben Miller, Ruby Stokes, Molly McGlynn, Martins Imhangbe, Julian Ovenden, Ned Porteous, Joseph Macnab, Freddie Stroma, Sandra Teles, Jamie Beamish, Anand Desai-Barochia, Nikkita Chadha, Celine Abrahams, Frank Blake, Teri Ann Bobb-Baxter, Tom Christian, Michael Culkin, Amerjit Deu, Chris Fulton, Pippa Haywood, Ash Hunter, Robert Jarvis, Jonathan Jude, Marek Lichtenberg, Helene Wilson, Karishma Navekar, Paul G. Raymond, Robert Ryan, Nicholas Shaw, Alfredo Tavares

Compañias: ShondaLand y Netflix.

Género: Romance. Drama de época. S. XIX

THE CROWN. CUARTA TEMPORADA

Recién he terminado de ver la cuarta temporada de «The Crown», ese gran portento narrativo con el que Netflix está consiguiendo que, incluso quienes nos declaramos radicalmente republicanos, empaticemos con la familia real británica, cual si de personajes de un cuento de Dickens se tratara, presentándola como un desdichado conjunto de seres humanos, que nacen, viven y mueren como auténticos rehenes de la institución monárquica, condenados a honrarla, representarla y perpetuarla incluso por encima de sí mismos y de su propia felicidad personal.

Hace poco leí un artículo en el que se nos advertía de que no nos dejásemos engañar por los guionistas de la serie pues, aún haciendo un repaso histórico de primer nivel, extraordinariamente bien documentado, los hechos que se exponen en ella están obviamente novelados, en beneficio de que cuente con todos los ingredientes que se supone debe tener un buen drama de ficción, que es lo que al final es «The Crown», en un sentido magistral, y no una lección de Historia en sentido literal, como si la Historia que se consagra en los libros y se cuenta en las escuelas estuviese libre de interesadas interpretaciones.

En todo caso, conviene tener en cuenta la advertencia pues, si bien es verdad que la serie traza un perfil psicológico algo retorcido de los miembros de la Casa de Windsor, describiéndolos como personas atormentadas, intelectualmente limitadas y emocionalmente castradas desde la cuna, egoístas, ególatras, adorados por su pueblo y, sin embargo, tan faltos de amor, fervientes devotos de su deber para con la Corona y el mantenimiento de la tradición de la que emanan sus privilegios (aunque en ocasiones se rebelen, como el príncipe Carlos, la princesa Ana o la princesa Margarita, movidos por los impulsos del corazón); no es menos cierto que al presentarlos así, exhibiendo todas esas bajas pasiones e indeseables impulsos y atributos, curiosamente consigue dulcificarlos bajo la apariencia de ser hombres y mujeres de carne y hueso, esencialmente humanos y, como tal perfectibles, capaces de lo mejor y lo peor, con grandes defectos y no menos grandes virtudes, singularmente en el caso de la reina Isabel, siempre emocionalmente contenida, pero no totalmente insensible o incapaz de amar, implacablemente dispuesta a sacrificar la felicidad de sus seres más próximos, incluso la de sus propios hijos, por el gran sentido del deber que rige su vida, como desde bien niña le enseñaron a hacer.

Lo verdaderamente curioso de «The Crown» es que, aún haciendo un retrato nada complaciente de la monarca, acabe imponiéndose el «God save the Queen» y el personaje de la reina resulte tan absurdamente anacrónico, como simpático o entrañable.

En esta cuarta temporada, su figura se mide con la de la Primera Ministra Margaret Thatcher (la primera mujer en acceder a ese cargo en el Reino Unido) y, como era de esperar tratándose de dos mujeres con tanto poder como ego, asistimos a una auténtica «pelea de gatas» de la que Lilibeth sale victoriosa. «En el ring, la reina ha fundido a la dama de hierro», se llega a decir en uno de los capítulos, otorgándole cierta heroicidad y evidente superioridad a la soberana británica frente a una Margaret Thatcher a quien se describe, en su ascenso y caída, como una mujer poliédrica y errática, sagaz e intransigente como Primera Ministra, trabajadora infatigable, madre complaciente y consentidora (sobre todo del hijo varón, de quien habla abiertamente como “su favorito”) que acaba saliendo de Downing Street con el rabo entre las piernas tras haber cosechado una legión de enemigos en sus propias filas y una medalla al mérito en el pecho, en un último acto de condescendiente generosidad de Su Graciosa Majestad.

Comparto, en ese sentido, el análisis de Carlos Boyero de que la serie le hace un gran favor a la Corona británica, cuya imagen es evidente que sale favorecida y fortalecida de la misma. Sin embargo, no creo que sea algo premeditado ni que responda a una estrategia de marketing preconcebida desde el Palacio de Buckingham, sino simplemente el resultado de lo que el gran público ha decidido que sea digno de admiración hoy. Como el contenido y nivel de seguimiento de las redes sociales se encarga de demostrar, la imperfección humana, el presentarnos ante la audiencia en toda nuestra vulnerable esencia, adornados tanto con nuestras reales o impostadas virtudes, como con nuestros más inconfesables defectos, ridículos, absurdos, debilidades y contradicciones, es un «must» en los tiempos que corren y «The Crown» hace justamente eso con la familia real británica. Exhibirlos en toda su adorable, descarnada, temible, monstruosa y poco ejemplar humanidad.

FICHA TÉCNICA:
 
Título original: The Crown (TV Series)

Año: 2016

Duración: 6 Temporadas. Episodios 60 min.

País: Reino Unido

Dirección: Peter Morgan (Creador), Stephen Daldry, Philip Martin, Julian Jarrold, Benjamin Caron

Guión: Peter Morgan, Tom Edge, James Graham

Música: Rupert Gregson-Williams

Fotografía: Adriano Goldman, Ole Bratt Birkeland

Reparto:
Claire Foy, Matt Smith, John Lithgow, Olivia Colman, Vanessa Kirby, Tobias Menzies, Josh O'Connor, Emma Corrin, Helena Bonham Carter, Gillian Anderson, Imelda Staunton, Elizabeth Debicki, Dominic West, Jonathan Pryce, Lesley Manville, Victoria Hamilton, Ben Miles, Jared Harris, Jeremy Northam, Alex Jennings, Eileen Atkins, Charles Dance, Pip Torrens, Marion Bailey, Harriet Walter, Lia Williams, Greg Wise, Harry Hadden-Paton, Andy Sanderson, Michael Culkin, Nicholas Rowe, Simon Chandler, Stephen Dillane, Clive Francis, Patrick Ryecart, Paul Sheridan, David Shields, Kate Phillips, Derek Jacobi, Geraldine Chaplin, Matthew Goode, Daniel Ings, Beau Gadsdon, Michael C. Hall, Jodi Balfour, Ben Daniels, David Rintoul, Jason Watkins, Tom Burke

Productora:
Netflix, Left Bank Pictures, Sony Pictures Television International

Género: Serie de TV. Drama | Histórico. Biográfico. Política