LOS ASESINOS DE LA LUNA

Un western es, por definición, una película que sitúa su acción en el lejano Oeste norteamericano y basa o contextualiza su argumento en la conflictividad que invariablemente plantea la convivencia entre vaqueros e indios, bajo el esquema moral simplista de: “los buenos y los malos” (por lo general, en ese orden), con la presencia de algunos personajes arquetípicos, como la bella y desvalida damisela en apuros que es raptada por una tribu de «pieles rojas» o el cuatrero más buscado de la región, por el que se ofrece una jugosa recompensa, quien termina siendo abatido en duelo por un cowboy de gatillo rápido y justiciero o apresado por el sheriff del condado, custodio de la ley y el orden, y máximo representante de sus fuerzas vivas.

Hablamos de un género clásico, acaso el que representa de forma más genuina a la industria cinematográfica estadounidense, pues sus historias suelen remontarse a los origenes fundacionales de la propia nación en cuestión, que tuvo lugar mediante la expansión colonizadora de vastas extensiones de territorio virgen, arrebatadas a las tribus de indios nativos por sucesivas oleadas de pioneros procedentes de Europa, movidos por la ambición y el ánimo de conquista, quienes impusieron su supremacía racial y religiosa en aquellas indómitas tierras desde el minuto uno. Una premisa que ha servido también de inspiración a Martin Scorsese, uno de los mejores directores de todos los tiempos, para atreverse a explorar por primera vez, a sus 81 años, esta narrativa cinematográfica, en su último y extraordinario trabajo que si alguna cosa viene a acreditar es que el western es un género en el que caben otros muchos.

En “Los asesinos de la luna” (“The killers of the flower moon”, su poético título original) el gran realizador italo-neoyorquino, se vale del lenguaje y la iconografía de las «películas de indios y vaqueros», como se las conoce por estos lares, para componer una sinfonía perfecta de casi tres horas y media de duración, con cameo final del propio director incluido, en la que combina casi todos los elementos que han estado presentes en su filmografía hasta ahora, dotando de un sello personal inconfundible al texto original del libro de no ficción de David Grann, ‘Los asesinos de la luna: Petróleo, dinero, homicidio y la creación del FBI’, en el que la cinta basa su argumento, en donde se cuenta un hecho que fue real: el intento de exterminio de la tribu de los Osage, asentada en las grandes llanuras del Estado de Oklahoma, que fuera víctima de una cadena de asesinatos en serie hace ahora un siglo, durante los años 20. Un suceso luctuoso que tardó mucho en ser investigado y por el que más de 60 miembros de esta tribu perdieron la vida en extrañas y brutales circunstancias, a causa de la acción criminal de un entramado de colonos que, tras ganarse la confianza de los nativos y emparentar con estos por la vía de los matrimonios mixtos, buscaban hacerse con sus tierras y con las regalías y la fortuna derivadas del petróleo que manaba de ellas, lo que hizo de la nación Osage “el pueblo indio más rico del mundo per cápita”, convirtiendo a la vez a su población autóctona en la diana de oscuras fuerzas del mal regidas por la codicia del hombre blanco.

Los Osage (especialmente las mujeres) estaban sujetos a una serie de restricciones para poder disponer de sus ingresos y gastos. En otras palabras, necesitaban de un tutor WASP (blanco, anglosajón y protestante) que velase por su patrimonio.

Estamos pues ante la gran tragedia americana, contada por Martin Scorsese. Una revisión desmitificadora de la historia fundacional de los Estados Unidos, en la que el maestro del relato y el montaje cinematográficos recurre a sus actores fetiche para encarnar a los verdugos. Robert De Niro en el papel de William King Hale, un acaudalado ranchero que vive rodeado de pozos petrolíferos, patriarca y benefactor de la comunidad aborigen, quien predica la confraternidad interracial, pero cuya beatífica sonrisa esconde varias hileras de afilados dientes criminales y Leonardo DiCaprio como su sobrino, Ernest Burkhart, un hombre de no demasiadas luces, con un carácter fácilmente manipulable, “demasiado débil o necio como para encontrar su propio eje moral” (Nando Salvà. ElPeriódico.com) y con un serio problema de alcoholismo, que acaba de regresar de la Gran Guerra y se afinca en las tierras regentadas por su tío, a cuya voluntad se somete sin cuestionamiento alguno, actuando como un peón y un esbirro a su servicio; mientras del lado de las víctimas resplandece con luz propia Lily Gladstone en el papel de Mollie Kyle, una de las cuatro hermanas de una conocida familia del antiguo pueblo osage, agraciada con un considerable patrimonio gracias a la renta petrolífera que le proporcionan las tierras de la familia quien, tras convertirse en esposa de Ernest y adoptar su apellido, comienza a ver cómo su clan se extingue de forma lenta pero inexorable, al tiempo que su propia salud empeora al empezar a ser envenenada por su propio marido a instancias de su malvado tío.

La triangulación entre estos tres personajes es lo que apuntala esta historia macabra, marcada por la tragedia, el choque cultural, el amor interracial, la traición y la violencia desatada, sello de la casa en las películas de Marty. Violencia que recibe aquí un tratamiento tamizado a través del humor negro, al igual que sucede en algunos de sus más célebres filmes de gánsteres (“Uno de los nuestros”, “Casino, “El Irlandés” o “Infiltrados”). Pero donde, a diferencia de aquellos, no hay familias mafiosas que respondan a códigos de honor ni simpáticos delincuentes, como sucede en “El lobo de Wall Street”, sino más bien un conjunto de seres taimados, sin ninguna clase de escrúpulo ni conciencia, movidos por la insaciable avaricia tras haber contraído la fiebre del “oro negro”, quienes no toleran bien que el gran premio de la diosa fortuna haya caído en las manos equivocadas y, como en la canción de Leonard Cohen (“todo el mundo sabe que la partida está amañada. Y si, por lo que sea, el asunto tiene visos de cambiar, hay muchos mecanismos para asegurar que el poder y el dinero sigan en manos de los de siempre”), hacen lo posible por intentar arreglarlo.

El más despreciable de estos personajes es sin duda el que interpreta De Niro que, como escribe Yago García en Cinemanía es “el payaso listo, todo en él son risas y miradas de lobo tras sus gafas redondas, mientras que a Leo, en funciones de tonto del bote, le toca aceptar órdenes con gesto de papamoscas (¡esa mandíbula!) e incluso recibir una masónica ración de azotes en el culo mientras lleva a cabo su propia versión de “Cómo matar a la propia esposa”, con Lily Gladstone en funciones de cordero sacrificial, en una estirpe de caciques sociópatas. Más que genios del mal, bufones siniestros”.

Es difícil imaginar que seres tan grotescos puedan llegar a infligir tanto daño, especialmente el personaje que encarna Di Caprio, sobresaliente en términos interpretativos, capaz de expresar a nivel corporal y gestual la condición rastrera y pusilánime de Ernest, sin que el espectador llegue a considerar su escasa inteligencia como un atenuante que justifique el haber sucumbido a la tentación del dinero, llegando a conspirar para asesinar a toda la familia de su mujer y hasta a administrarle veneno a Mollie para «irla apagando». Lo que parece ir reñido con cualquier idea del amor, por más que hacia el final de la película pretenda redimirse.

De eso va “Los asesinos de la luna”, mezcla de crónica familiar, radiografía de una época y comedia negra, en la que el director neoyorquino hace su propio juicio histórico evitando mirar a los indígenas americanos con la condescendencia con la que habitualmente nos referimos a las culturas minoritarias en peligro de extinción. Más allá de advertirnos de su vulnerabilidad, los Osage son retratados por Scorsese como personajes complejos e intuitivos, dotados de varias capas emocionales y una gran resiliencia y hondura psicológica que procede de la preservación de sus creencias ancestrales y de su rápida capacidad de adaptación a los nuevos códigos de conducta que la cultura dominante les impone, así como a los vicios a los que esta les incita.

Es en esa clave en la que ha de entenderse el personaje de Mollie Burkhar, un personaje que encarna la opresión a todo un pueblo, quien desde que su romance con Ernest (DiCaprio) da inicio, parece ser consciente de que él va tras su dinero y, sin embargo, se aventura al riesgo de dar rienda suelta a una pasión que acabará desencadenando hechos fatídicos. Así como la entrega de sus hermanas a otras relaciones tóxicas. Simbólicamente, esas mujeres vendrían a representar la identidad de la tribu Osage, qué tipo de personas eran, reflejando tanto su instintiva desconfianza, nacida de una experiencia traumática con el hombre blanco, como su buen corazón, cálido y acogedor que, en el caso de Anna Brown, la más díscola de las hermanas, se esconde tras una naturaleza indómita.

Aunque centrado en el drama de los Osage, “Los asesinos de la Luna” no solo nos aboca a la revisión de un caso tan sobrecogedor como este, silenciado por los medios de la época e investigado, tarde y mal, por un FBI aún en pañales al mando de J. Edgar Hoover (aunque en este punto el relato de Scorsese parece algo más idealizado, pues el libro de David Grann en el que se basa la película revela cómo las investigaciones de los crímenes dirigidas por el ex Ranger de Texas Tom White que encarna Jesse Plemons, estuvieron plagadas de errores y negligencias), sino que propone una oportuna y aguda reflexión acerca del devenir de la sociedad estadounidense en materia de convivencia interracial, con alusiones a la masacre de Tulsa, considerado el peor episodio de violencia racial que se haya vivido en ese país hasta ahora.

Se trata de una película-río, un relato extenso y complejo, en términos humanos e históricos, épico y a la vez íntimo, que despliega sin prisa, pero sin pausa, varios afluentes narrativos paralelos que se entrecruzan para, finalmente, confluir en un único torrente enfurecido a medida que nos acercamos al desenlace final que no puede ser más inesperado y original.

Según la revista Rolling Stone, “el director Martin Scorsese (80 años), el guionista Eric Roth (78 años), la editora Thelma Shoonmaker (83 años) y el actor Robert De Niro (80 años), nos dan una verdadera clase magistral sobre cómo hacer cine dirigida a una nueva generación caracterizada por la pereza constante, la falta de profundidad, la mentalidad de reciclador y la carencia de imaginación”.

Al estar basada en un hecho real, el misterio no consiste en llegar a saber quién comete los atroces crímenes, algo que se pone de manifiesto desde el principio, sino en ver cómo se ven afectadas las víctimas y Scorsese hace tanto hincapié en ello que quizá sea la película del director donde más empatizas con ellas y más clamas porque se haga justicia.

A lo largo de tres horas y media inagotables, contemplamos con impotencia y repugnancia cada mentira, cada asesinato despiadado, hasta la secuencia final que se nos presenta a modo de un espectáculo de radioteatro, en el que se desvela la suerte que corrieron en la vida real tanto los asesinos como las víctimas de este truecrime, en medio de un show musical con efectos sonoros. Hay incluso un cameo del propio realizador contándonos el trágico y prematuro final de Mollie Kyle. Acaso un guiño a modo de sátira para un capítulo de la historia estadounidense que nunca como hasta ahora estuvo bajo los focos.

Título original: Killers of the Flower Moon

Año: 2023

Duración: 206 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Martin Scorsese

Guion: Eric Roth, Martin Scorsese. Libro: David Grann.

Reparto: Leonardo di Caprio, Robert De Niro, Lily Gladstone, Jesse Plemons, Brendan Fraser, Louise Cancelmi, Larry Sellers, John Lithgow, Tantoo Cardinal...

Música: Robbie Robertson

Fotografía: Rodrigo Prieto

Compañías: Appian Way, Apple TV+, Imperative Entertainment, Sikelia Productions, Paramount Pictures.

Género: Western. Thriller. Drama. Truecrime. Basado en hechos reales. 

EL PODER DEL PERRO

Quienes aún no hayan podido olvidar la escena de la frágil y pálida Holly Hunter desvaneciéndose frente a un mar encabritado en las costas de Nueva Zelanda, con la falda de su adusto y recatado vestido negro desinflándose como lo haría al tomar tierra un gran globo aerostático, están de enhorabuena, pues la autora de tan poética estampa, Jane Campion, ha vuelto a imprimir toda su elegancia y sensibilidad narrativa a un nuevo trabajo cinematográfico que puede verse en Netflix y que ya suena como favorito para hacerse con el codiciado Oscar a la mejor película de este año.

Apoyándose en el sutil, aunque elocuente simbolismo de sus imágenes e inscrita en los parámetros del realismo psicológico, en “El poder del perro” sin embargo nada es lo que parece. Ni siquiera el propio género del filme, pues se trata de un drama (más bien una tragedia) disfrazado de western.

Nada nuevo si tenemos en cuenta que los mundos de Campion son siempre atormentados y ambiguos, tan delicados a nivel visual como despiadados y crueles en el plano pasional y emotivo, ya sea en la inhóspita Nueva Zelanda del siglo XIX de “El piano” (1993), en mitad del desierto de “Holy Smoke” (1999) o en el Londres de “Retrato de una dama” (1996); su especialidad es la de crear atmósferas inquietantes, dominadas por reglas opresivas y asfixiantes, capaces de minar la resistencia y la estabilidad mental de sus reprimidos personajes, orillándolos peligrosamente a una opción autodestructiva.

Algo que se repite en “El poder del perro”, solo que esta vez la acción transcurre en el lejano oeste americano, más concretamente en la vieja Montana de 1925, ajena a la pujante ola de progreso que llegaba desde el Norte con el vértigo de los años locos, imponente en el esplendor salvaje de sus extensas planicies y zonas montañosas que ocultan ancestrales leyendas, secretos y maldiciones.

“La paciencia ante la adversidad es la que nos hace hombres” sentencia Phil Burbank (Benedict Cumberbatch), un ranchero de la región, propietario de una vasta extensión de tierras y ganado, educado en Yale y aficionado a la música, que vive por y para el recuerdo del autor de esas palabras grabadas en su memoria: Bronco Henry. Una especie de maestro o mentor de quien conserva su montura, que limpia y pule con devoción, manteniéndola inmaculada en honor a la gran amistad que los unió, aún muchos años después de su muerte, y que por las noches acaricia de forma furtiva, como un cuerpo que se desea.

Bronco Henry es el modelo de hombría para Phil, el patrón a seguir, quien les enseñó todo lo que se precisa saber para ser ranchero a él y a su hermano, George Burbank (Jesse Plemons), demasiado dócil y sumiso para desairar las expectativas depositadas en ellos por sus padres cuando encomendaron a sus hijos el cuidado de sus tierras, pero totalmente desafecto a las labores del campo.

Phil y George son dos personajes antagónicos, una asociación imperfecta pero fértil que consigue multiplicar el patrimonio de los Burbank, con Phil ejerciendo de macho alfa y dirigiendo con mano firme a los hombres de la hacienda, mientras George ejerce como administrador y contable.

Obedecido y admirado por sus empleados, con quienes comparte anécdotas y vivencias en exaltación de su masculinidad, un terreno en el que cree moverse seguro, Phil es el arquetipo del cowboy, un tipo rudo, machista y misógino, que se baña en el río sólo cuando la roña forma una capa gruesa sobre su cuerpo. Un hombre inteligente, de lengua viperina, que acosa a su hermano llamándole “gordo” y sometiéndolo a un constante control. Pero todo cambia cuando George, una buena persona, sensible y tolerante, que a diferencia de su hermano mayor viste siempre de traje, se enamora de una viuda llamada Rose (Kirsten Dunst), con quien decide contraer matrimonio y quien, a su vez, tiene un hijo adolescente algo afeminado, Peter (Kodi Smit-McPhee), lo que desata los celos y la homofobia de Phil, que sufre una especie de castración emocional, manteniendo a raya en todo momento sus verdaderos impulsos y pasiones.

La llegada al rancho de sus nuevos habitantes acaba con la armonía entre los dos hermanos e impone un nuevo orden familiar que Phil no acepta: la presencia de Rose como señora de la casa, las reuniones sociales con el gobernador y la curiosidad de Peter (estudiante de medicina) sobre el nuevo entorno que lo rodea, que disecciona con su bisturí de cirujano husmeando por la finca.

Campion regresa al cine tras doce años de ausencia (su última película fue la romántica “Bright Star” en 2009, tras la que decidió volcarse en las series, filmando dos temporadas de “Top of the lake”, con Nicole Kidman y Elisabeth Moss, aclamada por la crítica aunque para el gran público pasó desapercibida) para adaptar y recrear la novela homónima de Thomas Savage de 1967, desde una mirada más actual que revela los entresijos de ese mítico Lejano Oeste y los conflictos que subyacen tras ese ideal masculino de conquista y progreso, una labor deconstructiva que profundiza, una vez más, en los rigores psicológicos del costumbrismo.

Sus referentes resultan obvios: el cine de John Ford (la figura de Phil con su sombrero de vaquero recortada a contraluz bajo el sol del cálido atardecer recuerda al Ethan Edwards de “Centauros del Desierto” (1956)). Pero también recoge la carga homoerótica que se oculta tras la violencia de “Río Rojo” de Howard Hawks (1948) o de la más reciente “Brokeback Mountain” (2005), desde la perspectiva de la virilidad en conflicto en ese ambiente rústico, árido y tradicionalista, en el que solo los pacientes son capaces de sobrevivir.

Campion retrata ese mundo con la magistral elegancia que le caracteriza, exhibiendo en cada plano la cadencia de un tiempo que transcurre lentamente mientras se acumulan los deseos, temores y frustraciones de sus personajes, haciendo aflorar una tensión subterránea que va en aumento a medida que transcurre el relato, cuyo ritmo creciente es subrayado y reforzado por la intensa banda sonora de Jonny Greenwood, dejando que la historia discurra por un cauce donde las emociones internas de los personajes marcan la trayectoria hasta el clímax del desenlace final.

Emociones que sus cuatro actores logran transmitir con idéntica sutileza y credibilidad, desde Benedict Cumberbatch en el que probablemente sea su mejor trabajo hasta la fecha, atravesándonos con su intensa mirada cargada de rabia, celos y frustración; hasta Kirsten Dunst, la esposa alcohólica de George, cuyo tormento no es solo el estigma por el suicidio de su marido sino el peso de la soledad por vivir en un mundo de hombres donde no parece haber cabida para una mujer. El desprecio y la hostilidad que Phil ejerce sobre Rose es una carga emocional tan pesada que el rancho se convierte en una cárcel para ella, haciendo que pierda el control y se de a la bebida.

“¿Qué clase de hombre sería si no ayudara a mi madre?”, se pregunta Peter mientras diseña pequeñas flores de papel para la tumba de su padre. «¿Qué clase de hombre hay que ser para sobrevivir?» Estas son las grandes cuestiones con las que arranca la película y que apenas quedan resueltas.

Pero “El poder del perro” es mucho más que su historia. Es poesía cinematográfica visual y auditiva. El soniquete de una pianola, la melodía amenazante de un silbido, el sonido de las cuerdas del banjo, el chocar de espuelas, el mugido del ganado, el rugir del viento, el crepitar del fuego, el crujido del cuero al tejer con él una cuerda, el tacto de la crin del caballo o el baño de Phil con el cuerpo desnudo cubierto de barro que se diluye en el agua clara de un arroyo bendecido por la luz del sol que se cuela por entre las ramas de los árboles… la película es un constante bombardeo sensual y sensorial, que contribuye a crear esa atmósfera hipnótica, casi onírica, de una belleza extraña, tan tensa como erótica y enigmática que nos mantiene alerta y cuyo carácter imprevisible está ligado a las asperezas topográficas del desierto de Montana donde transcurre la acción.

Y es que Jane Campion siempre fue una directora con una inteligencia y delicadeza naturales, pero “El poder del perro” confirma su notable capacidad para dejar al descubierto sentimientos reprimidos y pasiones silenciadas sin necesidad de desnudarlos de una manera explícita. La suya es esa mirada de los que ven más allá de las apariencias, como Bronco Henry, capaz de ver lo que solo unos pocos elegidos consiguen percibir entre los pliegues de una montaña.

Título original: "The Power of the Dog"

Año: 2021

Duración: 128 min.

País: Coproducción Australia-Reino Unido-Nueva Zelanda.

Dirección:Jane Campion

Guión: Jane Campion. Basado en la novela de Thomas Savage

Música: Jonny Greenwood

Fotografía: Ari Wegner

Reparto: Benedict Cumberbatch, Jesse Plemons, Kirsten Dunst, Kodi Smit-McPhee, Thomasin McKenzie, Frances Conroy, Keith Carradine, Peter Carroll, Adam Beach, Karl Willetts, Geneviève Lemon, Yvette Parsons, Tatum Warren-Ngata...

Productora: See-Saw Films, Max Films Productions, BBC Films, Brightstar Films, Max Films, Cross City Films.

Distribuidora: Netflix

Género: Western. Drama psicológico

NOTICIAS DEL GRAN MUNDO

“Noticias del Gran Mundo” es la belleza, la sensibilidad y la conciencia civil y moral hecha película. Y eso, tratándose de un western de corte clásico, en donde los vaqueros y colonos eran siempre los buenos y los indios los malos, es una rareza maravillosa que denota que algo ha cambiado, después de todo, en la mentalidad de un país que nuevamente se debate entre volver a las atrocidades del pasado o apostar por la civilización y el progreso.

La historia nos retrotrae al final de la Guerra de Secesión (1861-1865), cuando la población de los EE.UU., sensiblemente diezmada por las atrocidades de la contienda, debe acometer lo que se conoce como la Era de la Reconstrucción Americana (1863-1877), para restaurar la unidad patria, fortalecer el gobierno presidido entonces por el moderado republicano Abraham Lincoln y otorgar derechos civiles a los 4 millones de esclavos que fueron liberados en todo el país.

Una tarea ingente y nada sencilla, dado el caótico estado de ruina y devastación en el que quedó el territorio nacional tras cuatro largos años de enfrentamiento armado entre sus compatriotas. Se calcula que casi 750.000 personas perdieron la vida a consecuencia de los brutales combates (asesinatos, violaciones y saqueos incluidos) entre el Norte y el Sur (más que el número de muertes militares en todas las demás guerras libradas por el ejército estadounidense hasta la Guerra de Vietnam), las poblaciones indígenas perdieron sus asentamientos deambulando sin rumbo y gran parte de la infraestructura fue destruida, especialmente los sistemas de transporte, por lo que el país quedó física y moralmente fracturado, sin que la victoria de los yankees frente a los confederados consiguiese reconciliar a ambos bandos si no, antes bien, echar más leña al fuego avivando las llamas del odio y la división entre quienes se mantuvieron en el norte leales a la Unión y los habitantes de los estados esclavistas del sur, que hoy sabemos que jamás se resignaron a perder sus privilegios frente a las llamadas “minorías étnicas” que, a través de los años, para su desesperación, se han ido haciendo mayoritarias.

“Y de aquellos polvos, estos lodos” parece pensar el británico Paul Greengrass (director de “El capitán Phillips”, otra de mis películas favoritas protagonizadas por el bueno de Tom Hanks, a quien a estas alturas he abandonado ya toda esperanza de ver alguna vez haciendo un papel que no sea el de ciudadano americano ejemplar, buen vecino, amante esposo y modélico padre de familia, en definitiva: el de una buena persona, que es lo que dicen quienes le conocen que en realidad es, además de un actor como la copa de un pino).

De ahí el interés que director y protagonista (ambos activos partidarios de la campaña de Biden frente a Trump) tenían por establecer un alegórico paralelismo entre el contexto histórico en el que se desarrolla la película y el momento actual que se vive en los EE.UU., precisamente ahora, cuando vuelven a sonar los tambores de guerra, y los ánimos parecen igual de exaltados y las posiciones no menos enfrentadas que entonces, entre quienes defienden la igualdad de derechos y libertades y la no discriminación racial, y los nostálgicos de la supremacía blanca, partidarios del “Make America great again” y de la supresión de los controles del Estado, al que ven como un ente opresor.

Como bien apunta Pedro Moral en Cinemanía, en consonancia con el espíritu del nuevo inquilino de la Casa Blanca: “Greengrass y Hanks quieren que EE.UU. deje de arder por los cuatro costados, su intención es luchar contra la polarización salvaje que amenaza su nación y, por eso, vuelven al género fundacional que ayudó a forjar el mito del país más poderoso del mundo”, que no es otro que el western en su más pura esencia, inmortalizada en las grandes películas de John Ford.

Echando mano del argumento del libro de la escritora Paulette Jiles, “News of the World”, en el que se cuenta el peligroso viaje del Capitán Jefferson Kyle Kidd, un veterano de la Guerra de Secesión que antiguamente había sido linotipista en una imprenta en San Antonio (Texas) y que, una vez acabada la contienda, se gana la vida viajando de ciudad en ciudad, para leerle las noticias del periódico a sus habitantes: pequeños comerciantes, campesinos, mineros… familias enteras de colonos que no saben leer o no tienen tiempo para ello, a cambio de unos pocos centavos (emociona ver cómo se prepara para la ocasión, vistiendo sus mejores galas, y cómo, valiéndose de una lupa de aumento, lee con fruición, poniendo énfasis en ciertas palabras, haciendo pausas dramáticas para generar suspenso, como si de una performance teatral se tratara, a la manera de un maestro de ceremonias, de los antiguos bardos, rapsodas y trovadores, encargados de transmitir las historias y leyendas de sus pueblos mediante la tradición oral; o de los predicadores y agitadores de mentes, pródigos en proclamas que inciten a la reflexión y/o a la acción) «Noticias del Gran Mundo» pretende ser una película esperanzadora, a la vez que un oportuno llamado de atención a una sociedad orillada de nuevo al borde del precipicio al que algunos la han querido conducir.

Haciendo gala de un extraordinario valor para su avanzada edad, el Capitán Kidd, un hombre pacífico de mirada amable, que ha entendido después de rendirse frente a los yankees que “en algún momento habrá que dejar de pelear” y cuya conducta se rige por un elevado sentido del deber y la moral, emprenderá un peligroso viaje de 400 millas, de Norte a Sur de los EE.UU., un país que está empezando a construir su identidad nacional aunque aún sigue siendo un territorio salvaje e indómito, para devolver a su familia a una pequeña huérfana de diez años (Helena Zengel) que no habla una sola palabra de inglés, pues fue raptada y criada por la tribu india Kiowa cuando, siendo casi un bebé, tuvo que ver como sus padres morían salvajemente asesinados, y en cuyos papeles dice que fue bautizada originalmente como Johanna Leonberger, de donde se deduce su pertenencia a una colonia de inmigrantes alemanes que viven cerca de San Antonio (Texas).

Desde su encuentro fortuito y a través del viaje que ambos emprenden por el desértico y salvaje oeste a bordo de una destartalada carreta y sorteando todo tipo de riesgos: traficantes de mujeres, un pueblo de granjeros dominado por un autoritario y despreciable criminal, tormentas de arena y saqueadores, asistimos a un emocionante proceso de conocimiento y reconocimiento mutuo, de integración étnica y generacional, entre la rubísima niña que ha crecido en estado semisalvaje, sin los modales de la civilización occidental pero con la sabiduría ancestral del pueblo indígena americano que se niega a olvidar su pasado pues está en la base de su tradición (un problema que el personaje de Hanks ventila en una sola frase: “los colonos matan a los indios por sus tierras y los indios matan a los colonos para recuperarlas”) y el Capitán Kidd, partidario del progreso y de seguir adelante en línea recta, olvidando las atrocidades vividas y construyendo nuevos recuerdos que nos ayuden a superar el afán de venganza que anida en el dolor.

Y es que, al igual que “La diligencia” de John Ford, el western de Greengrass no deja de ser una road movie. Una película en la que el viaje geográfico marca los cambios interiores de los personajes.

Pasado y futuro. Un anciano solitario y una pequeña con toda la vida por delante que deciden ir de la mano haciendo un nuevo camino al andar.

Nuestros traumas, parecen decirnos Greengrass y Hanks, no son algo que podamos olvidar simplemente con pasar página y pretender que nunca sucedió lo que nos pasó, pero sí podemos decidir qué historias queremos seguir contándonos, para construir un nuevo relato que nos ayude a seguir avanzando.

Título original: News of the World

Año: 2020

Duración: 118 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Paul Greengrass

Guión: Paul Greengrass, Luke Davies (Basado en la novela de Paulette Jiles)

Música: James Newton Howard

Fotografía: Dariusz Wolski

Reparto: Tom Hanks, Helena Zengel, Neil Sandilands, Elizabeth Marvel, Ray McKinnon, Mare Winningham, Bill Camp, Chukwudi Iwuji, Thomas Francis Murphy, Michael Angelo Covino, Fred Hechinger, Annacheska Brown, Christopher Hagen, Michelle Campbell, Stafford Douglas, Stephanie Hill, Clint Obenchain, Winsome Brown, J. Nathan Simmons, Cynthia Casaus, Francheska Bardacke, William Sterchi, David Hight, Brenden Wedner, Randy Ritsema, Bob Knowlton, Cheo Tapia.

Productora: Playtone, Pretty Pictures, Universal Pictures, Perfec World Pictures Co (Distribuidora: Universal Pictures, Netflix)

Género: Western. Drama. Road Movie.