F1: LA PELÍCULA

¿En qué se parece F1: La película a Top Gun: Maverick? Más allá de compartir el mismo director (Joseph Kosinski) y tener una superestrella global al frente del reparto (en aquella Tom Cruise, en esta Brad Pitt), ambas son exactamente lo que prometen ser: puro cine de entretenimiento. Un chute de adrenalina. Dos horas y media para contener el aliento, seguir el pulso de la competición y dejarse arrastrar por la emoción de alcanzar el podio de los campeones.

Kosinski cambia los cazas por los monoplazas y desciende del cielo al asfalto para dirigir otra película donde la técnica es el corazón del proyecto. Cámaras incrustadas en los coches, actores haciendo apariciones promocionales en los circuitos donde se disputa la Fórmula 1 y una obsesión por el punto de vista subjetivo que convierte cada curva en una centrifugadora. Cuando la película acelera, funciona. Cuando reduce la marcha para contar su historia, el motor se agripa.

Brad Pitt es Sonny Hayes, un veterano piloto con pasado traumático y una relación casi espiritual con la velocidad. La película sugiere que, en sus inicios, llegó a competir junto a grandes figuras, como el piloto brasileño Ayrton Senna, tres veces campeón del mundo, fallecido en 1994 tras impactar a 211 km/h en una curva del Autódromo Enzo e Dino Ferrari. Hayes habría estado implicado en alguno de los accidentes que se produjeron en ese circuito aquel fin de semana, arrastrando desde entonces dolorosas secuelas físicas y emocionales que, sin embargo, no han mitigado su adicción a la velocidad, por lo que, alejado por razones de causa mayor de la Fórmula 1, vive errante, enlazando competiciones menores en busca de pequeños circuitos donde le dejen conducir. Da igual la carrera o el tipo de vehículo.

Kosinski entiende que el carisma de Pitt forma parte del dispositivo narrativo y lo explota sin complejos. Su personaje apenas evoluciona, pero su presencia sostiene los tramos más previsibles del guion y aporta un aire de western tardío a un relato sobre un hombre fuera de época al que el azar concede una última oportunidad para cumplir su destino.

La relación de Pitt con la competición automovilística viene de lejos. En 2015 produjo y narró el documental de MotoGP Hitting the Apex, y un año después tuvo el honor de dar una vuelta de exhibición previa a la salida de las 24 Horas de Le Mans. También estuvo a punto de protagonizar (precisamente junto a Tom Cruise) el proyecto Go Like Hell, dirigido por el propio Kosinski, que finalmente no se llevó a cabo por problemas presupuestarios y terminó transformándose en Ford v Ferrari (Le Mans ´66) y siendo protagonizado por Matt Damon.

El guion de F1: La película está escrito por Ehren Kruger y el personaje de Hayes toma como referencia la figura del expiloto británico Martin Donnelly, cuya carrera en Fórmula 1 quedó truncada tras un grave accidente en la clasificación del circuito de Jerez en 1990. Donnelly compitió en esa categoría entre 1989 y 1990 (antes lo había hecho en F3 y F3000) y, en ese año, logró ganar 3 carreras y ser uno de los principales aspirantes al título.

El conflicto deportivo en la película es funcional y deliberadamente simple. La escudería APX GP propiedad de su viejo amigo y veterano ex piloto Rubén, al que da vida Javier Bardem, está en crisis por lo que este recibe un ultimátum de su junta de accionistas. Debe ganar o al menos lograr un buen resultado en la próxima competición de la F1, de lo contrario, serán todos despedidos. Por lo que este acude a Hayes, un piloto al que conoce bien y que conserva los viejos valores del oficio quien, tras pensárselo lo justo, acepta el reto.

Su llegada al equipo despertará el interés romántico de la brillante ingeniera de la escudería, Kate McKenna (Kerry Condon) Y los recelos de la joven promesa del equipo, Joshua Pearce (Damson Idris), un piloto novato y arrogante, que vive para la fama y el dinero de las marcas, quien siente amenazado su liderazgo y establece con él un duelo generacional que sirve como combustible dramático a la historia sin entrar en demasiadas complejidades. Porque la película no busca profundidad, sino ritmo. Cada carrera introduce un obstáculo distinto y el montaje prioriza el afán de superación.

Fuera de la pista, el drama nunca alcanza demasiada densidad. Todo está calculado para no frenar la inercia del espectáculo. Las relaciones se resuelven con rapidez, los conflictos se simplifican y el romance aparece en dosis muy medidas. Lo que limita su impacto, pero también define su identidad.

El elemento más singular es el respaldo explícito que ha recibido la película del mundo de la Fórmula 1. No solo utiliza circuitos y pilotos reales, sino que se integra en el propio ecosistema promocional de este deporte de competición, en una operación cercana a Formula 1: Drive to Survive. Esa alianza aporta a la película un aire casi documental, pero también la empuja hacia un territorio publicitario: logos, marcas y patrocinadores se acumulan hasta que, por momentos, la superproducción parece diseñada desde el propio paddock. Por no hablar de los numerosos cameos de famosos pilotos de la F1, como Fernando Alonso, Sergio Pérez, Carlos Sainz Jr., George Russell, Max Verstappen; o el de Chris Hemsworth, quien interpretó a James Hunt en Rush (2013), de Ron Howard.

Kosinski vuelve a confiar la fotografía al estupendo fotógrafo brasileño Claudio Miranda, quien ha colaborado en todas sus anteriores películas, mientras la banda sonora, producida por Hans Zimmer y su discípulo Steve Mazzaro, abre con “Whole Lotta Love” de Led Zeppelin y cierra con “Drive”, tema compuesto por Ed Sheeran expresamente para la película.

F1: La película funciona como una reliquia del blockbuster previo a los superhéroes, con el productor Jerry Bruckheimer al volante. No pretende reinventar el género ni profundizar en la psicología de sus personajes. Busca velocidad y una estrella entrada en años con el suficiente encanto, carisma y belleza física (¡qué manera de marcar abdominales! ¡qué primeros planos!) que conduzca el relato con la misma seguridad con la que su personaje toma las curvas. Puede que no deje una huella duradera, pero durante dos horas y media, el magnetismo que desprende la imagen de ese señor que está estupendo para su edad y el rugido del motor eclipsan y ensordecen cualquier posible objeción.

Título original: F1: The Movie

Año: 2025

Duración: 155 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Joseph Kosinski

Guion: Ehren Kruger. Historia: Joseph Kosinski, Ehren Kruger

Reparto: Brad Pitt, Damson Idris, Kerry Condon, Javier Bardem, Tobias Menzies, Kim Bodnia, Sarah Niles, Samson Kayo...

Música: Hans Zimmer

Fotografía: Claudio Miranda

Compañías: Apple Original Films, Monolith Pictures, Jerry Bruckheimer Films, Plan B Entertainment, Dawn Apollo, Monolith Pictures. Productor: Brad Pitt, Lewis Hamilton. Warner Bros., Apple TV

Género: Acción. Drama. F1. Coches. Automovilismo

THE LAST OF US. PRIMERA TEMPORADA

Empezaré confesando que no sé nada de videojuegos. De ahí que mi apreciación de una serie como “The Last of Us”, basada en el videojuego postapocalíptico desarrollado por Naughty Dog para PlayStation, sea la de una “turista accidental” poco familiarizada con esta clase de entretenimiento. Lo cual no me ha impedido, sin embargo, disfrutar a plenitud de su contenido.

El trabajo que el director creativo, guionista y programador Neil Druckmann (padre de la idea del juego original) y Craig Mazin (creador y coproductor de la aclamada serie “Chernobyl”) han hecho adaptando a la pantalla esta historia creada para ordenador es tan meritorio que sus muchos aciertos pueden valorarse con independencia de si uno ha tenido contacto o no, previamente, con el videojuego en cuestión que, por otro lado, goza de una nutrida legión de seguidores entre los gamers del mundo.

Emocionante, entretenida, reflexiva, conmovedora, plagada de momentos emotivos construidos a partir de una inquietante visión de lo que los seres humanos somos y de lo que podemos llegar a hacer cuando nos sentimos en peligro o alguien amenaza la vida de los seres que amamos, la coproducción de HBO y Sony ha sorprendido por su sensibilidad narrativa, más que por la espectacularidad de su puesta en escena que estaba de sobra garantizada con un presupuesto de 100 millones de dólares, que pueden parecer pocos frente al de otras superproducciones recientes, como “La casa del dragón” o “El señor de los anillos”, pero que implica un gasto de diez millones por capítulo. Lo que la convierte en una rara avis dentro del género de las series de acción, cuya línea argumental transita del miedo a la introspección. Una serie escrita con códigos muy actuales que subyuga por su relato desenfadado, contemporáneo e intimista, más centrado en tirar del hilo para averiguar quiénes son sus personajes, de dónde vienen, qué los motiva y cómo llegaron a ser lo que son, que en sobrecargar el argumento con escenas de violencia extrema, aunque como es lógico haberlas haylas al estar basada en un juego de supervivencia.

Que sus creadores hayan conseguido rodar a partir de ello una serie tan densa, compleja y hasta filosófica, no solo centrada en el fin del mundo en un sentido literal, sino en si hay razones para seguir tratando de evitarlo, es muy de agradecer. Los monstruos están ahí y los combates cuerpo a cuerpo, con armas de fuego o a cuchillo, pero la que es ya la serie más vista de HBOMax encuentra la forma de hablar también de otros asuntos. De hecho, una de las cosas que más ha sorprendido de ella -y que no ha terminado de convencer del todo al fandom del videojuego original- es que los infectados con el Cordyceps (el hongo que desencadena la hecatombe mundial, convirtiendo a las personas en criaturas mutantes y furiosas, de apariencia repulsiva, que practican el canibalismo y se mueven tan de prisa como un Velociraptor) apenas tienen una presencia residual en los nueve episodios de la primera temporada que acaba de concluir.

Al igual que sucedía en la paradigmática “The walking dead”, el contagio se produce cuando los infectados consiguen morder a sus víctimas. Y no es la única semejanza. También están los edificios destrozados conquistados por la naturaleza que se abre paso entre las grietas del hormigón, las largas autopistas convertidas en cementerios de vehículos abandonados, la dificultad para encontrar combustible o medicinas y la alegría de hallar una lata caducada -pero aún comestible- de pasta precocinada ante la falta de alimento que llevarse a la boca… Pero, más que un show de apocalipsis zombi en el que sus protagonistas deben luchar contra otros grupos o bandas rivales como sucedía en la serie creada por Robert Kirkman, “The Last of Us” es sobre todo un relato de amor y de pérdida construido en base a distintas historias entrelazadas, en las que se tocan temas de hondo calado humano, como la confianza, el compañerismo, el dolor o la culpa.

La historia tiene lugar en una América postapocalíptica, veinte años después de la humanidad colapsara en lo que se conoce como el “Día del Brote”, cuando la expansión de ese virus fúngico letal, para el que no existe cura ni vacuna posible, diezmó a la población mundial haciendo que el ejército bombardeara indiscriminadamente las ciudades en un fallido intento de acabar con los hombres y mujeres infectados por el Codyceps. Lo que quedó en pie fueron apenas algunas ciudades convertidas en Zonas de Cuarentena (Quarantine Zones), controladas por FEDRA (la Agencia Federal de Respuesta a Desastres), un gobierno militar tan difuso en su estructura como violento y totalitario en su accionar.

Hay grupos de insumisos y rebeldes, como “Los Luciérnagas”, que se oponen a su dictadura y la clásica estructura de espías, colaboracionistas y traidores, muchos de ellos sobrevivientes de la pandemia, pero también jóvenes nacidos con posterioridad a ella, que conocen el mundo anterior solo de referencia, a través de viejos objetos –como un casette de grandes éxitos de grupos como A ha o Depeche Mode, un cómic de Mortal Kombat o un libro de chistes y juegos de palabras– reliquia de cuando existían los llamados «consumos culturales».

Dos décadas después de haber perdido a su hija Sarah (Nico Parker) por una bala perdida en medio del caos de la gran evacuación, Joel Miller (Pedro Pascal) se ha convertido en un tipo duro e insensible, un contrabandista al que solo le interesa reunir el dinero suficiente para comprar una camioneta con la que poder ir en busca de su hermano Tommy (Gabriel Luna), a quien perdió la pista hace años. A punto de emprender ese viaje en compañía de su socia (y amante) Tess (Anna Torv), ambos reciben el encargo de sacar a Ellie Williams (Bella Ramsey), una adolescente huérfana, con una personalidad un tanto díscola, de la estricta zona de exclusión, atravesar el país con ella y llevarla hasta “Los Luciérnagas”, cuya líder, Marlene (Merle Dandridge), está convencida de que esa niña de 14 años puede ser la clave para poner fin a la pandemia al ser el único ser humano inmune a la infección producida por el extraño hongo.

Aunque Ellie le recuerda a Sarah y el destino parece ofrecerle una segunda oportunidad encomendándole su protección, Joel se siente cansado y no está seguro de poder llevar a cabo la misión. Ni siquiera está seguro de que salvar al mundo valga la pena, especialmente tras la trágica muerte de Tess (Anna Torv). Pero es precisamente esta quien antes de morir le pide que proteja a Ellie y que juntos intenten buscar la cura para evitar la extinción total del género humano.

De ahí en adelante, “The Last of Us” se convertirá en una road movie. Ellie y Joel emprenden a regañadientes un viaje juntos a través de lo que queda de los Estados Unidos, ciudades vacías, semi o totalmente destruidas, ruinas de una civilización que se creía funcional, en las que la naturaleza salvaje, con su extraña belleza, parece avanzar sin control, personajes que aparecen (y desaparecen) por el camino. Juntos deberán huir de las fuerzas militares, no sucumbir ante grupos rebeldes, soportar el frío, el hambre, la enfermedad y la intemperie. En una palabra, sobrevivir.

En ese periplo por el fin del mundo que se ha vuelto un lugar inhóspito, cruel y desalmado, en donde solo se tienen el uno al otro, la adolescente y su protector irán acercándose, conociéndose, hablando de lo divino y de lo humano, hasta establecer una relación de amor incondicional y confianza mutua que se pone a prueba en situaciones límite, como su encuentro con la temible Kathleen (Melanie Lynskey) o con David (Scott Shepherd), el carismático predicador y líder de una secta caníbal que quiere abusar de Ellie. El «baby girl» de Joel cuando ambos se reencuentran al final del episodio ocho es un alivio demoledor para el alma.

Y es que esta no es definitivamente una serie de acción al uso. Quien no haya llorado con al menos uno de sus episodios no puede considerarse humano. Desde el asesinato de Sarah o el de los hermanos Henry (Lamar Johnson) y Sam (Keivonn Woodard) hasta la brutal escena inicial del episodio nueve, un flashback del nacimiento de Ellie en el que vemos a su madre (Ashley Johnson) en trabajo de parto mientras es atacada por un infectado, lo que supone que tendrá que separarse de su hija recién nacida para siempre. Pero, sobre todo, con la conmovedora historia de amor homosexual tardío entre Bill (Nick Offerman) y Frank (Murray Bartlett), dos hombres maduros que encuentran a su alma gemela en medio del apocalipsis.

Un episodio, el tercero, que podría ser en sí mismo una película, pues tiene todos los ingredientes de una tragedia romántica en la que los amantes se suicidan a la vez para permanecer juntos por toda la eternidad. La tierna escena del huerto de fresas, la copa de veneno compartida o ese zoom a través de la ventana de madera blanca abierta de par en par y cuya cortina mece una leve brisa, mientras suena la canción de Linda Ronstadt “Long Long Time”, son el marco perfecto para la melancolía. Un relato impregnado de poesía al que le sigue un no menos conmovedor episodio que funciona como precuela en la vida de Ellie, en el que se confirma como un personaje queer al contarnos su relación con Riley (Storm Reid), su primer amor y mejor amiga.

Los juegos de palabras del libro de chistes que ella le dio y que Ellie atesora, las lecciones de béisbol, las bromas con las fotos de la revista porno gay de Bill y la escena con las jirafas, otro momento sublime y de gran delicadeza, crean un universo particular compartido únicamente por padre e hija, que es lo que Joel y Ellie al final terminan siendo.

La primera temporada se cierra con un amargo diálogo entre ambos en el que se intuye que se abre un resquicio de desconfianza, pese al juramento de Joel que es recibido con un lánguido “Vale”, por parte de Ellie, quien ha decidido creerle para poder seguirle.

Lo que Ellie decide ignorar para poder ser feliz es que cuando, tras constatar que para obtener la cura que se halla en su organismo su vida tiene que ser sacrificada, Joel se resiste a permitirlo. A lo largo de estos meses de viaje, su relación con ella ha conseguido tapar el enorme vacío que le causó la muerte de su hija y ahora no está dispuesto a volver a pasar por lo mismo. Tras entregarla a “Los Luciérnagas”, se arrepiente y decide rescatarla, asesinando al cirujano que está a punto de perforarle el cráneo para extraer el antídoto que se aloja en la base de su cerebro, a toda la célula rebelde y a la mismísima Marlene, vaciando su cargador sobre todo aquel que se interponga en su camino en una escena coreografiada, sin audio, muy parecida a lo que ya vimos en la primera temporada de «The Mandalorian«, el otro gran éxito del actor chileno Pedro Pascal.

Joel salva a Ellie llevándosela anestesiada de la mesa de operaciones, pero al hacerlo impide que el mundo explore la posibilidad de encontrar una cura para la pandemia que lo asola. La pregunta que se hace -y nos hacemos- es si merece la pena un mundo que, para salvarse, sacrifica la vida de una inocente. El problema está en que Joel arrebata a Ellie la oportunidad de decidir por sí misma, mintiéndole sobre el poder sanador de su sangre. En el fondo teme que, al saber la verdad, la joven decida autoinmolarse. Joel haría cualquier cosa por conservarla a su lado, matar a sangre fría e incluso mentirle, sin que podamos culparle por ello. Al fin y al cabo, ¿qué padre (o madre) no lo haría?

Título original: The Last of Us

Año: 2023

Duración: 50 min. x episodio

País: Estados Unidos

Dirección: Craig Mazin (Creador), Neil Druckmann (Creador), Craig Mazin, Neil Druckmann, Peter Hoar, Kantemir Balagov, Ali Abbasi, Jasmila Zbanic, Jeremy Webb, Liza Johnson

Guion: Craig Mazin, Neil Druckmann. Bas. en el Videojuego de Naughty Dog

Música: Gustavo Santaolalla, Dave Fleming

Fotografía: Ksenia Sereda, Eben Bolter, Nadim Carlsen

Reparto: Pedro Pascal, Bella Ramsey, Anna Torv, Gabriel Luna, Merle Dandridge, Storm Reid, Melanie Lynskey, Scott Shepherd, John Hannah, Nico Parker...

Compañías: PlayStation Productions, Sony Naughty Dog, The Mighty Mint, Word Games. Productor: Craig Mazin, Neil Druckmann, Asad Qizilbash. Distribuidora: HBO, HBO Max

Género: Serie de TV. Drama. Ciencia ficción. Thriller. Acción. Futuro postapocalíptico. Pandemias. Videojuego

SIN NOVEDAD EN EL FRENTE

Erich Maria Remarque (1898-1970) es un escritor de culto en Alemania y su novela autobiográfica, “Sin novedad en el frente Occidental” (Im Westen nichts Neues) la más célebre de toda su producción literaria. El fuerte espíritu antibelicista que anida en la historia del soldado Paul Bäumer a su paso por las embarradas trincheras del frente occidental en Flandes es el reflejo de su propio paso por la guerra a los 19 años que le marcó profundamente. Una obra que le valió la repulsa de los nacionalsocialistas que quemaron ejemplares de su libro, considerado antipatriótico, en las piras purificadoras de la “acción contra el espíritu anti-alemán” encendidas en la Plaza de la Opera de Berlín, en 1933. Para entonces Remarque ya vivía en Estados Unidos, concretamente en California, donde cultivó la amistad de otros alemanes errantes, como Bertolt Brecht y Marlene Dietrich. Aunque su hermana pequeña, Elfriede, fue ejecutada por los nazis en 1943, acusada de «declaraciones derrotistas».

Dos años más tarde, tras la victoria de las fuerzas aliadas, Remarque fue reivindicado con honores en su país y su novela es de lectura obligada hoy en muchas escuelas de Alemania. Por lo que sorprende que hasta ahora solo existieran versiones cinematográficas de la misma en inglés. La primera de ellas, “All Quiet on the Western Front” dirigida por el estadounidense Lewis Milestone, ganó el Oscar a Mejor Película y Mejor Dirección en 1930 y es, de lejos, una de las películas de guerra más brutales de la historia. Más de medio siglo antes de que Spielberg rodara la épica escena del desembarco de Normandía en “Salvad al soldado Ryan”, Milestone ya había filmado la masacre indiscriminada, la destrucción psíquica que provocan los bombardeos, los cuerpos descuartizados por las explosiones o el carácter imprevisible de la muerte que puede llegar de cualquier lado, en cualquier momento (la escena en la que un pequeño grupo de reclutas espera en un refugio a que termine el ataque enemigo es bastante más larga e impactante en la versión de 1930 que en esta última: lo que aquí se resuelve con un temblor de cámara y un desparrame de miembros mutilados, la original lo consigue ralentizando el tempo narrativo, para mostrarnos los gestos enloquecidos de los soldados, que tartamudean o se mueven erráticamente en medio del caos).

La versión que Edward Berger ha rodado ahora para Netflix (la primera en alemán) del libro de Remarque podría enmarcarse dentro de una tendencia del cine germano a revisar febrilmente la historia para intentar redimir su oscuro papel en ella, como se desprende de las propias palabras de su director a pocos días de su estreno en la plataforma: «Dado que yo crecí en Alemania, un país en el que las historias de guerra no hablan de orgullo y honor, sino de culpa, vergüenza y responsabilidad frente a la historia, es natural que esta versión de Sin novedad en el frente sea totalmente distinta de las precedentes, hechas en Estados Unidos y en Inglaterra”, señalaba Berger tirando con bala al afirmar que, en las películas de guerra made in USA, se podía matar a un alemán, porque representan el mal. Mientras que, en las alemanas, «cada muerte es mala”.

Siete Premios Bafta y nueve nominaciones al Oscar en las categorías de: Mejor Película, Mejor Película Extranjera, Cámara, Sonido, Mejor Guion Adaptado, Música, Escenografía y Maquillaje, avalan a este largometraje y, si finalmente logra hacerse con la tan codiciada estatuilla de la Academia de Hollywood, sería sin duda un triunfo merecido. Pues estamos ante una producción cinematográfica excepcional que, aunque se permite no pocas licencias en relación al argumento original, consigue con creces su objetivo, que no es otro sino el de alertarnos del sinsentido de la guerra mostrándonos, en toda su crudeza, los horrores que causa. El hambre, la muerte y la destrucción en primer término y la absoluta degradación de la condición humana, en un plano más profundo y existencialista.

El cineasta alemán construye un formidable alegato antibelicista que duele por su realismo, no sólo a un nivel físico, al recurrir a cruentas escenas de lucha cuerpo a cuerpo, sangrientas mutilaciones y ajusticiamientos que algunos consideran rayanas en el cine gore, sino -sobre todo- a un nivel emocional, al mostrarnos cómo la guerra transforma al hombre en un ser bárbaro y primitivo, capaz de cometer cualquier atrocidad respondiendo a un instinto básico de supervivencia.

En una de sus primeras escenas vemos un campo nevado cubierto por cuerpos de soldados muertos, malheridos y mutilados. No sabemos sus nacionalidades, ni sus motivaciones; tampoco sus identidades. Son solo cuerpos inertes que tiñen de rojo la nieve. En segundos, una nueva ráfaga de balas y explosiones sacuden el lugar rematando a los que aún siguen con vida. Con una fotografía y un despliegue de efectos especiales de primer nivel, Berger hace que nos arrastremos por las trincheras embarradas, que sintamos el estallido atronador de la metralla y el olor a muerte, a podredumbre y a suciedad acechándonos, sin darnos un respiro, para hacer que nos sintamos tan angustiados y a disgusto como los propios personajes de su película. El peligro y el miedo constante se refleja en sus rostros. Especialmente en el de Paul Bäumer (interpretado por el actor austriaco Felix Kammerer), un joven de 18 años que decide alegremente ir a luchar al frente occidental junto a sus compañeros de escuela, en un arranque de entusiasmo patriótico. Para ellos la guerra es un juego, una absurda fantasía de heroicidad alimentada por la falta de información veraz sobre lo que realmente significa luchar para matar y para que no te maten. Por eso sonríen, despreocupados y felices, a la hora de alistarse. Lo hacen orgullosos y eufóricos. Están listos para pelear “por el Kaiser, por Dios y por la patria”, sin percatarse de que los uniformes que reciben son los de sus camaradas muertos. Pero los integrantes de esa ‘juventud de hierro alemana’ no conocen la terrible realidad que están a punto de enfrentar. Una realidad terrorífica y sangrienta que les golpea con fuerza nada más llegar al campo de batalla y de la que ya no podrán escapar ni vivos ni muertos.

«El joven Paul Bäumer partió entusiasmado a la guerra. Pero rápidamente comprendió que todo lo que había aprendido como niño socializado en Alemania no tenía valor alguno en el lodo de la contienda. Se transformó en una máquina de matar”, afirmaba el propio Berger explicando la transformación que sufre el personaje que, de recluta entusiasta, pasa a ser un soldado traumatizado de por vida porque “en la guerra, si uno no pierde la vida, pierde su alma”, decía.

En ese proceso de paulatina deshumanización, resultan enternecedores algunos detalles que el guion incorpora, como la soledad de los jóvenes soldados que añoran la compañía femenina, sublimada en un pañuelo fetiche, recuerdo de un apresurado escarceo con una prostituta, que es atesorado por los miembros del batallón como si de un tesoro se tratase, o una imagen de mujer en un pedazo de papel arrancado de un cartel publicitario con la que un recluta dialoga como si fuera su novia; o la relación paterno filial que se establece entre los soldados más novatos y más veteranos, como la de Paul y Stanis (Albrecht Schuch) que le enseña a robar gallinas y ocas colándose en granjas ajenas, y la sensación de desamparo y orfandad cuando este muere de manera absurda a pocas horas de declararse el final de la guerra.

Y es que, en paralelo a la historia principal, Berger abre una serie de subtramas que no existen en el libro original para contarnos, por ejemplo, la historia de Matthias Erzberger (Daniel Brühl), cuyo hijo falleció en los primeros meses de la guerra. Desde entonces, el propósito de este escritor y político alemán fue el de detener el conflicto, consciente de que cada día que pasara, la masacre seguía creciendo. Erzberger es el encargado diplomático de negociar con las potencias aliadas un armisticio digno para su país, aunque éstas fueron inflexibles exigiendo la rendición total del ejército alemán e imponiendo una serie de medidas muy severas en el Tratado de Versalles que, años más tarde, fueron la gasolina que emplearon los nazis para justificar sus acciones criminales desatando una nueva conflagración a escala mundial.

El saldo en términos de vidas humanas fue que, entre 1914 y 1918, más de 17 millones de personas murieron por la conquista de apenas unos cientos de metros en Flandes. Algo que por desgracia sigue pasando en la actualidad. Porque si existe un animal en este mundo que no para de tropezar en la misma piedra es el ser humano. Lo que hace que, para Berger, un siglo después, «el tema sea más actual que nunca, en tiempos de creciente populismo y nacionalismo”.

En una entrevista concedida a finales de enero, el cineasta alemán contaba que, cuando comenzó a versionar el libro de Remarque, lo inquietaban algunos fenómenos políticos que se estaban produciendo en Europa y en el mundo, como el avance de la extrema derecha. Ahora nuestra principal inquietud se llaman Rusia y Ucrania. «Sentí que era el momento de hacer una película que nos recordase que la situación previa a la Primera Guerra Mundial quizás no era tan diferente, que hemos vuelto a donde ya estuvimos, aunque pensáramos que esos tiempos jamás volverían”, aseguraba.

El resultado es un largometraje de impecable factura que más que una película es una advertencia, un alegato pacifista y una crítica sin paliativos a la guerra. Todo lo que en ella se muestra es cruento y brutal. No solo las muertes y la destrucción sin sentido, sino también la utilización de los soldados como carne de cañón por parte de sus superiores y de los dirigentes políticos que juegan con el destino de sus compatriotas como si fueran piezas en un tablero de ajedrez porque su intención principal es sacudir conciencias.

Título original: Im Westen nichts Neue 

Año: 2022

Duración: 147 min.

País: Alemania

Dirección: Edward Berger

Guion: Lesley Paterson, Ian Stokell, Edward Berger. Novela: Erich Maria Remarque

Música: Volker Bertelmann

Fotografía: James Friend

Reparto: Felix Kammerer, Albrecht Schuch, Aaron Hilmer, Moritz Klaus, Edin Hasanovic, Daniel Brühl, Sebastian Hülk, Adrian Grünewald, Devid Striesow, Thibault de Montalembert...

Compañías: Coproducción Alemania-Estados Unidos; Amusement Park Films, Rocket Science, Sliding Down Rainbows Entertainment. Netflix

Género: Bélico. Acción. Drama. Ejército. I Guerra Mundial. Remake. Años 1910-1919

EL AGENTE INVISIBLE

Desde que la vi me he estado preguntando cuál podría ser el valor diferencial de una película como “The Gray Man (El agente invisible)” frente a otras de su mismo género, como la saga de “James Bond 007” o “Misión imposible”, concebidas por y para otra generación (una con algo más de sosiego y de exigencia narrativa). Y la respuesta es simple: la velocidad.

Confeccionada en el lenguaje de los videojuegos para saciar la impaciencia de un público acostumbrado a pasar las pantallas de Tik Tok con el mismo interés y concentración de quien ojea las páginas de una revista en la antesala de una consulta médica, en ella todo (que en realidad es casi nada) se sucede a toda prisa. Incluso el reel que Netflix ha creado para promocionar la que dice ser la película más cara de su factoría, en el que Ryan Goslin, uno de sus tres protagonistas (los otros dos son Chris Evans y la explosiva Ana de Armas, penúltima reencarnación de Marilyn Monroe en “Blonde”, la película que el gigante del streaming anuncia para setiembre), más que enumerar, casi vomita un listado de sus atributos como si de un challenge a contrareloj se tratara, responde a esa necesidad de cautivar y sobre todo retener la atención de las jóvenes audiencias domesticadas por las redes sociales, que imponen cada vez tiempos más cortos de reacción. De ahí que no importe tanto la solidez de su argumento, el por qué o el para qué suceden las cosas, sino lo que está pasando y estamos viendo en ese preciso instante, la fugacidad del presente y la espectacularidad del aquí y el ahora.

Porque eso es lo que nos proponen sus creadores, los hermanos Anthony y Joe Russo, bregados en la saga de los «Los Vengadores” donde Evans interpreta al Capitán América. Una espectacular, acelerada y trepidante performance a la que asistimos casi sin aliento, con continuas e interminables escenas de acción, aderezadas por un cargamento de munición y artillería pesada, temerarias luchas cuerpo a cuerpo, secuestros, persecuciones, explosiones y constantes desplazamientos geográficos (Florida, Londres, Croacia, Praga o Berlín), que justifican en parte el abultado presupuesto (200 millones de dólares invertidos en esta superproducción que pretende ser a ratos un thriller de alto calibre y que amenaza ya con convertirse en el proyecto piloto de una saga de secuelas y spin offs), sin que importe demasiado el motivo ni el propósito de semejante orgía de violencia y destrucción.

Basado en la novela homónima de Mark Greaney, el argumento de “El agente invisible” no puede ser menos original, ni estar más lleno de lugares comunes. Gosling, en clave de macizo buenorro, mascachicle y rompetechos, duro por fuera-blandito por dentro, a quien en algún momento el malo-malísimo (otro musculitos) se refiere como “el Ken” (en un guiño más que obvio a su papel como el novio de la muñeca Barbie en la versión cinematográfica dirigida por Greta Gerwig y protagonizada por Margot Robbie que está también próxima a estrenarse) es Court Gentry, un joven que cumple condena por haber asesinado a su padre maltratador, cuando es sacado de una cárcel federal y reclutado por Donald Fitzroy (Billy Bob Thornton), su supervisor, para trabajar como agente encubierto de la CIA en operaciones especiales bajo el alias “Sierra Seis”.

Años después, sin comerlo ni beberlo, se verá envuelto en una trama para asuntos internos, cuando sus superiores le ordenan asesinar a un compañero y hacerse con un misterioso pendrive que este atesora y que, para su sorpresa, contiene supuestas pruebas de la corrupción de estos, cuya naturaleza nunca llegamos a conocer.

Con una gran tolerancia al dolor físico entrenada desde la niñez, Gentry es un mercenario altamente cualificado. Pero al apropiarse de las pruebas que incriminan a su nuevo jefe, Denny Carmichael (a quien encarna sin demasiado brillo Regé-Jean Page, en su salto a Hollywood tras el arrollador éxito de su personaje en la primera temporada de “Los Bridgerton”) se convierte en el objetivo de éste y de su brazo ejecutor, Lloyd Hansen (Chris Evans) un sicario, ex agente de la agencia, carente del más mínimo escrúpulo y que no se detendrá ante nada para acabar con él.

Pero Sierra no estará solo, la agente Dani Miranda (Ana de Armas con el peinado de “Dora la Exploradora”) le salvará el pellejo unas cuantas veces. De hecho, esta vez al contrario de lo que suele ser habitual, esa es su única función en la película que, por decirlo todo, evita el topicazo del romance entre De Armas y Goslin, no se sabe si por aquello de ser original (al menos en eso) y dejar con las ganas al personal, o porque, ya puestos a ser modernos, una pareja protagónica asexual parece ser algo más adecuado al sino de los tiempos.

Sea como fuere, si hay un personaje anodino en “El agente invisible” ese es el que interpreta la deslumbrante actriz hispana. Un personaje sin historia ni pasado, quizá concebido para cubrir la cuota femenina de la trama.

Por su parte, el Hansen de Evans es una combinación desordenada y exagerada de personajes similares que parece resumir todos los clichés del género. Como si de uno de los supervillanos de Marvel se tratara, el actor intenta construir al perfecto malvado de cómic, bigote antipático incluido. Un asesino psicópata, bastante cachas y más malo que la sarna. Cruel, irónico, siniestro e implacable, tan excesivo, narcisista y temerario que resulta poco convincente en su festiva ferocidad, como casi todo en esta superproducción de Netflix, víctima de su propia ambición, con un reparto y un presupuesto deslumbrantes, pero que adolece de un guion inconsistente, elaborado en base a personajes planos, más concentrados en mostrarse atléticos que en explicarnos la solidez de sus motivaciones.

Tan es así, que los Russo se quedan sin nada nuevo que contarnos casi en la primera media hora de película. Momento en el que deciden apretar el acelerador y hacer de la necesidad virtud, encadenando una escena de acción tras otra a un ritmo vertiginoso, conscientes de que esa sola condición (velocidad más efectismo) es suficiente para que lleguemos hasta el final.

Y ello porque, volviendo al inicio de esta reseña, en un mundo tan impaciente y tan frenético, y en una cultura tan hiperactiva como la nuestra, simplemente hemos perdido la capacidad de esperar. La velocidad ha contaminado todas las esferas de nuestra vida: nuestra forma de comer, de relacionarnos, de sanar… todo es fast, quick, rapid… hemos acelerado hasta el ocio. Las nuevas tecnologías nos han sumergido en un mundo virtual cuyos tiempos de reacción cada vez son más cortos.

Como escribía Francesc Miralles en un magnífico artículo titulado “La generación instantánea”, publicado en El País Semanal: “El reloj es el sistema operativo del capitalismo moderno porque el tiempo es oro. Somos la generación Nespresso. La gratificación ha de ser instantánea”.

En consecuencia, la juventud ya no lee ni es capaz de seguir el argumento de una película cuyo montaje siga un ritmo narrativo lógico y no sea una consecución atropellada de trepidantes y caóticas escenas de acción. La generación Nespresso. El café y la información los preferimos en cápsulas de colado instantáneo. Y, si puede ser descafeinado, mejor. Aunque pierda todo su aroma, su consistencia y su sabor. Se perdona más la inanidad que la lentitud. Cualquier cosa que se dilate nos incomoda y hace que deslicemos el dedo índice. Next. Los Russo lo saben y Netflix también.

Título original: The Gray Man

Año: 2022

Duración: 122 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Anthony Russo, Joe Russo

Guion: Joe Russo, Christopher Markus, Stephen McFeely. Novela: Mark Greaney

Música: Henry Jackman

Fotografía: Stephen F. Windon

Reparto: Ryan Gosling, Chris Evans, Ana de Armas, Billy Bob Thornton, Regé-Jean Page, Alfre Woodard, Jessica Henwick, Wagner Moura, Julia Butters, Scott Haze, Callan Mulvey, Robert Kazinsky, Deobia Oparei, Dhanush, Jimmy Jean-Louis, Dana Aliya Levinson

Productora: AGBO, Netflix, Roth Films, Roth/Kirschenbaum Films, Stillking Films. 


Género: Thriller. Acción | Espionaje

TOP GUN: MAVERICK

Un giro inesperado del azar (y algún despiste al consultar los horarios de la cartelera) hicieron que acabase viendo ayer, en la última sesión nocturna, la secuela de “Top Gun”, cosa que me había prometido a mi misma que no haría por una doble razón. En primer lugar, porque nunca he sido demasiado fan de Tom Cruise, un actor sobrevalorado, bastante narcisista y más bien justito a nivel dramático, a quien reconozco el mérito de haber sabido cultivar y conservar su tableta de abdominales y el encanto de su sonrisa de eterno galán, pese a las arrugas que pliegan ya la comisura de sus labios, así como su pericia como actor especialista, en el supuesto de ser cierta su publicitada insistencia en rodar él mismo las escenas de riesgo que caracterizan sus películas más taquilleras.

La segunda razón obedece a cierto hartazgo provocado por esta manía de Hollywood de hacer de la nostalgia un gran negocio produciendo en los últimos años un verdadero rosario de remakes, precuelas, spin off y segundas partes que, como todo el mundo sabe, nunca (o casi nunca) fueron buenas. O, al menos, no tanto como las ideas originales y originarias que cimentaron el éxito de títulos míticos. Y, si no, que se lo pregunten a los creadores de “Blade Runner 2049”, “Matrix, el regreso” o, las próximas a estrenarse, “Jurassic World Dominion” y la penúltima de “Indiana Jones 5” que promete ser más de lo mismo, pero con más artrosis y más canas.

En el caso de “Top Gun: Maverick”, secuela de uno de los grandes blockbusters de la década de los 80´s (a cuyo estreno asistí siendo adolescente pero que, como ya he dicho, no logró cautivarme debido a mi falta de feeling por su estrella principal, cuyo rostro jamás sirvió de forro a ninguna de mis carpetas escolares), sigo sin encontrarle sentido a darle continuidad a una historia que ya en su día me pareció más bien insulsa. Una película de entretenimiento (equiparable a las del universo Marvel-Avengers) con un guion endeble, que no era mucho más que una serie de videoclips ágilmente hilvanados y cuyo argumento se basaba en todos los tópicos de inspiración castrense y moralina patria estadounidense de sobra conocidos, en la que el gran héroe americano completaba su hazaña y se quedaba con la chica, la entonces explosiva rubia Kelly McGillis, con quien por lo visto no se ha contado para esta nueva entrega por razones “de peso” que, más que con su tormentosa vida posterior marcada por una violación, su adicción a las drogas y un outing a los 51 años, tienen que ver con su apariencia física actual.

De ahí que el papel protagónico femenino, además del de la teniente Phoenix que interpreta Mónica Barbaro (imagino que introducido por aquello de que han pasado 36 años y toca ya visibilizar que también hay mujeres entre los pilotos de élite de la armada estadounidense, aunque el gesto no disipe la bruma testosterónica que impregna toda la peli), haya recaído en la actriz Jennifer Connelly, de quien se nos cuenta que es un viejo amor de juventud (Penny Benjamin), pese a que nadie recuerda que se la mencionara en la película original, quien no tiene mayor relevancia ni misión en esta nueva entrega que la de querer incondicionalmente a su protagonista absoluto, el veterano piloto Pete «Maverick» Mitchell (Cruise), quien vuelve a surcar los cielos a bordo de los aviones de combate más veloces y sofisticados del mundo, enfundado en su chupa de cuero con parches de aviador a sus 60 años, con las mismas Ray-Ban Aviator y conduciendo la Kawasaki Ninja de gran cilindrada que pilotaba en la cinta de 1986, a gran velocidad y, por cierto, siempre sin casco.

Y es que “Top Gun: Maverick” resulta ser más de lo mismo, pero con un cierto aire de decadencia, por la inevitable acción del paso del tiempo que se convierte, de hecho, en leit motiv de la propia película, en la medida en que, para Maverick los años parecen no haber transcurrido. Se siente joven, sigue siendo un soltero de oro y ostentando el rango de capitán (pues su rebeldía impidió su ascenso). De hecho, aún le gusta desafiar a sus superiores, que lo tratan ahora como a un prejubilado. “Tu tiempo ya pasó”, le dicen advirtiéndole de que los aviones del futuro estarán pilotados por drones. Sin embargo, un viejo amigo intercede por él, antes de que se ordene su retiro definitivo. Tom Iceman Kazansky, el viejo “Ice”, su antiguo rival en la academia y ahora alto mando de la armada estadounidense, personaje interpretado por Val Kilmer, afectado desde hace años por un cáncer de garganta, a quien el propio Cruise ha querido rendir homenaje en la película. Aquejado de la misma enfermedad que el actor que lo encarna, el ahora Almirante y Comandante de la Flota del Pacífico, Ice Kazansky se comunica con su viejo amigo Maverick a través de la pantalla de un ordenador y una empresa británica ha recreado la voz de Kilmer mediante inteligencia artificial para hacer audibles las pocas palabras que pronuncia en una escena cargada de emotividad.

Es él quien consigue que lo envíen de vuelta como instructor a la unidad de Top Gun, donde el Capitán Mitchell deberá entrenar a un grupo de pilotos de élite recién graduados, llamados a acometer una misión casi suicida: atacar una fábrica de armamento nuclear, con un importante alijo de uranio enriquecido, que el gran enemigo de los Estados Unidos está a punto de poner en funcionamiento en un país extranjero. Curiosamente, en ningún momento se nos dice ni se nos da indicios de qué país se trata: ¿Rusia, Corea del Norte, China…? Da igual. Lo único reseñable es que el ejército estadounidense está invariablemente llamado a salvar el mundo en una nueva y delicada misión para la que se requieren habilidades especiales.

Así que Maverick (al igual que Cruise) vuelve a sus orígenes, la academia de Top Gun, de donde salió hace tres décadas, teniendo que ganarse el respeto de una nueva generación de jóvenes aviadores que desconoce sus hazañas y se comporta de una manera tan arrogante y rebelde como él mismo en su día. Especialmente el alumno Bradley “Rooster” Bradshaw (Miles Teller), hijo de Carol Bradshaw (Meg Ryan) y de su excompañero Goose (Anthony Edwards), de cuya muerte en un trágico accidente se sigue culpando el capitán Mitchell.

«Ha llegado la hora de pasar página», escribe en su ordenador Iceman en el reencuentro con su amigo. Pero Maverick se resiste. Tom Cruise, también. Al igual que Brad Pitt en la escena del tejado en “Érase una vez… en Hollywood”, el actor y abanderado de la Cienciología ha querido aprovechar una de las últimas oportunidades que le brinda el cine de acción al que ha dedicado casi por entero su carrera para dejar claro que es un “sugar daddy”, por lo que no duda en montarse una escena al más puro estilo de “El Club de los Poetas Muertos”, en la que maestro y discípulos confraternizan, generando espíritu de equipo, en un partido de fútbol americano improvisado a orillas de la playa, lo que le ofrece a Cruise la excusa perfecta para lucir su trabajado torso desnudo, sin complejo alguno, pese a estar rodeado de otros especímenes masculinos mucho más jóvenes, pero igual de fibrosos y cachas que él, intentando demostrarnos que a sus sesenta años (retoques aparte) sigue en plena forma.

Huelga decir que la secuela está repleta de referencias a la película original, al punto de que resulta difícil entender una sin haber visto la otra. Desde el arranque (la música, la fotografía, el diseño de los títulos) la estética ochentera se impone y hay constantes (tal vez demasiados) guiños a la película dirigida por Tony Scott, quien falleció en 2012. Pero sin profundizar demasiado ni ir mucho más allá en la historia.

Dirigida por Joseph Kosinski, que ya había trabajado con Cruise en “Oblivion: El tiempo del olvido”, el productor es por expreso deseo de éste el mismo de la primera (el famoso y ultra millonario Jerry Bruckheimer) y entre los guionistas figura Christopher McQuarrie («Sospechosos habituales”, “Jack Reacher” y la saga de “Misión imposible”). Un equipo humano que ha respetado en todo momento las exigencias de la superestrella de Hollywood (y co-productor de la película), como la de que “Top Gun: Maverick” únicamente se proyecte en las grandes pantallas de cine, aunque ello haya supuesto dos años de retraso en su estreno por la pandemia o la de rodar sin imágenes generadas por ordenador, incluidas las escenas de mayor acción, que incluyen toda clase de acrobacias aéreas.

Cruise empieza volando prototipos de aviones supersónicos ultraveloces, para ponerse después a los mandos de un F-18 y terminar pilotando un F-14 Tomcat, el caza que pilotaba en la película original. A Cannes, en cambio, llegó pilotando él mismo un helicóptero. Una entrada triunfal para presentar su película por todo lo alto, con una Palma de Oro Honorífica en mano y autoerigiéndose como el gran valedor de las salas de cine frente a las plataformas de streaming.

Begoña Piña lo contaba así en el diario Público: “Allí, en la sala Debussy, ante las preguntas del periodista Didier Allouch —nadie tiene la más mínima duda de que estaban pactadas— Tom Cruise interpretó perfectamente su papel. «No tiene nada que ver escribir para el cine que para la televisión. Y yo hago películas para la gran pantalla. Hago películas para el gran público, porque yo también formo parte de él. Pertenezco al viejo Hollywood, he aprendido a bailar, a cantar, a pilotar helicópteros…» presumió en el festival, donde no perdió la oportunidad, siempre pensando en la promoción de su película, de visitar a la Patrulla Aérea francesa y, como reluciente abanderado del cine americano de las grandes superproducciones, arrebató todo el espacio que pudo al cine de autor, que hasta no hace mucho había reinado en la tierra de Cannes”.

No en vano “Top Gun” fue un enorme éxito comercial que catapultó a Tom Cruise a la categoría de estrella global y, con el tiempo, la película se fue convirtiendo en un icono generacional. Otra cosa es que el original o la secuela tengan algún valor en términos de arte cinematográfico. Cuestión esta que dependerá de lo que cada cual entienda por tal cosa. En lo que a mi respecta, siento haber perdido algo más de dos horas de mi vida viendo esta película que, incluso sin renunciar a la intención lúdica, podría haber empleado en un entretenimiento intelectualmente algo más enriquecedor.

Título original: Top Gun: Maverick 

Año: 2022

Duración: 131 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Joseph Kosinski

Guion: Ehren Kruger, Eric Singer, Christopher McQuarrie. Jim Cash, Jack Epps Jr.. Historia: Peter Craig, Justin Marks

Música: Harold Faltermeyer, Hans Zimmer, Lorne Balfe

Fotografía: Claudio Miranda

Reparto: Tom Cruise, Miles Teller, Jennifer Connelly, Jon Hamm, Glen Powell, Ed Harris, Val Kilmer, Lewis Pullman, Charles Parnell, Bashir Salahuddin, Monica Barbaro, Jay Ellis, Danny Ramirez...

Productora: Paramount Pictures, Jerry Bruckheimer Films, Skydance Productions. 

Género: Acción. Drama. Ejército. Aviones. Secuela

EL HOMBRE DEL NORTE

Aún impactada por la brutalidad y la fuerza visual de la nueva película de Robert Eggers («La Bruja«, «El Faro«), “El hombre del norte”. Fastuosa e hipnotizante superproducción, muy publicitada y con un gran presupuesto, que vi anoche y que me ha dejado pensando en cómo hemos evolucionado (o si es que no vamos acaso involucionando) desde (o hacia) aquellas sociedades primitivas, sin normas de convivencia civilizada, en las que reinaba la agresividad y la barbarie, la ignorante superchería y los rituales mágicos, con sangrientas ofrendas a primitivos e implacables dioses que reclamaban venganza dictando el cruel destino de los hombres.

A partir de una historia trágica que tiene lugar en el 895 d.C. y que, con toda probabilidad, pertenece a la leyenda oral escandinava recogida en el libro «Gesta Danorum (Deeds of the Danes)», escrito en el Siglo XII por el historiador y teólogo Saxo Grammaticus, en la que, a su vez, se inspiró William Schakespeare para escribir su “Hamlet, príncipe de las tinieblas”, Eggers -director estadounidense de culto en este género que cada vez va ganando más adeptos, especialmente entre los más jóvenes- construye una película tan bizarra como esquizoide, una fábula épica y sangrienta que nos recuerda que la nórdica fue una sociedad cimentada mental y espiritualmente sobre las bases de la guerra y del ideal guerrero, una epopeya de la era vikinga en la que vemos a hombres devorando el corazón de otros hombres, mutilando sus miembros a mordiscos y rompiendo sus cráneos a cabezazo limpio, esclavizando y grabando a fuego a pueblos enteros, asesinando niños, violando mujeres y dejando salir a todos los demonios que llevan dentro con rabiosos aullidos y gruñidos, como si de perros salvajes se tratara. Comportándose, en definitiva, como auténticas bestias. Lo que parece sintonizar muy bien con las preferencias del gran público actual que, a juzgar por el éxito de taquilla que está teniendo la película desde su estreno, como en el circo romano, cada vez pide más sangre.

Aquí el príncipe de las tinieblas se llama Amleth y está encarnado por el musculoso Alexander Skarsgård («Godzilla vs. Kong«, «La leyenda de Tarzán«, «True Blood«) -actor sueco de sólidos abdominales que da muestras de saber gruñir y fruncir el ceño mirando a cámara como el mejor aunque se haga menos preguntas que el héroe shakespeariano- quien asume el papel del legítimo heredero de una región de Islandia gobernada por el Rey Aurvandil War-Raven (Ethan Hawke) y su consorte, la ambiciosa e incestuosa Reina Gudrún (Nicole Kidman).

Debido a las graves heridas sufridas por el Rey en el campo de batalla, éste prepara a su único hijo para que se convierta en su sucesor en el momento en que pase a mejor vida, sin sospechar que su hermano bastardo Fjölnir (Claes Bang) tiene planeado atentar contra su vida y la de su primogénito para hacerse con el trono y sus pertenencias, reina incluida.

Aterrorizado y traumatizado al presenciar cómo su tío decapita a su padre y rapta a su madre consumando la traición familiar, el joven Amleth (Oscar Novak) consigue escapar en una barca y, mientras rema hacia otras tierras, se hace a si mismo un juramento que repite a manera de mantra: “¡Te vengaré padre! Te salvaré, madre. Te mataré, Fjölnir”.

Lo que sigue no constituye ninguna sorpresa. Está escrito en el oráculo del destino que le va siendo revelado por diversos hechiceros y profetas: Willem Dafoe como Heimir el Loco transfigurado en calavera disecada o Björk en el papel de Seeress, una fantasmagórica y excéntrica vidente a la que han arrancado los ojos, cuya presencia en el film se debe sin duda a la gran amistad que le une a su guionista, el poeta Sjón, habiendo pertenecido ambos en su juventud al movimiento «Medusa» que se propuso introducir el surrealismo francés del Siglo XX en la escena artística islandesa de los años 80 de la que surgieron los primeros grupos musicales de los que la cantante formó parte.

Convertido en el Oso-Lobo que aúlla a la luna clamando venganza, una máquina vikinga de matar, el periplo vital del Amleth adulto que regresa a su reino años más tarde haciéndose pasar por esclavo para acabar con la vida de quienes pretendieron acabar con su dinastía, infiltrándose para ello en una granja islandesa en la que su malvado tío vive ahora con su madre, Gudrún (Kidman), y sus dos vástagos (el menor de ellos concebido después de Amleth, no tan involuntariamente como este desearía), nada tiene que envidiar a las aventuras de “Espartaco” (Stanley Kubrick, 1960) o de “Conan el Bárbaro” (John Milius, 1982). Salvo por el hecho de que Eggers eleva la apuesta, desplegando un delirante imaginario audiovisual que transforma el visionado de la película en una experiencia sensorial perturbadora y casi mística, salpimentada de fuego, acero, sangre, mugre y vísceras, una puesta en escena excesiva que nos remite por momentos al cine de Tarkovski y de Zulawski y que se complementa con una banda sonora compuesta a partir de cánticos tántricos y sonidos guturales monocordes que acentúan la incomodidad del espectador con la ferocidad de lo que está viendo.

Como escribe Daniel Farriol en Noescinetodoloquereluce: “La coreografía mitológica que desfila ante nuestros ojos aúlla como un lobo hambriento. Es difícil resistirse ante un espectáculo anfetamínico que nos lleva a un estado de éxtasis regado con hidromiel y que se alimenta de locura que proporcionan las setas alucinógenas. La violencia salpica constantemente a la pantalla con diversas decapitaciones o mutilaciones, pero Eggers es un maestro creando atmósferas siniestras de las que es imposible huir por muy malsanas que se vuelvan las explícitas imágenes. Para ello, vuelve a confiar en el fotógrafo de sus anteriores trabajos, Jarin Blaschke, que sabe gestionar a la perfección esa oscuridad latente que ensucia cada fotograma estableciendo, en determinados momentos, fugas oníricas durante la escenificación de los ritos mágicos por los que se asoma el surrealismo más vanguardista. La ambientación sonora es aquí tan importante como la imagen. Música y sonido se funden en una melodía hipnotizante, que secuestra tus pensamientos para conducirte al borde de la paranoia”.

Y es que, para su tercera película, el director estadounidense echa mano de la experiencia previa adquirida en sus dos trabajos anteriores, combinando el imaginario nigromante de “La bruja” (2015) en la que Anya Taylor-Joy persigue a una cabra satánica, con el surrealismo alucinógeno de “El faro” (2019), en donde Robert Pattinson interpreta a un farero trastornado por sus fantasías sexuales. El resultado es, como dice Farriol: “un trabajo estéticamente mayúsculo que proporciona una experiencia lisérgica y litúrgica a un espectador cada vez menos acostumbrado a toparse con raras avis que le saquen de su zona de confort”.

Aunque ello no es óbice para que la película (cuyo montaje final no ha corrido a cargo del director sino de la productora que, en vista del enorme presupuesto invertido -más de 70 millones de dólares- quería asegurarse un resultado lo más comercial posible) se permita algunas concesiones e incluya una subtrama romántica bastante forzada, en la que el amor se presenta, una vez más, como única posibilidad de redención final.  

En el caso de Amleth es una misteriosa hechicera eslava de cabellos plateados, llamada Olga del Bosque de los Abedules -de nuevo Anya Taylor-Joy («Gambito de Dama«)- quien al principio lo ayuda en sus planes esperando que, a cambio, la libere de su cautiverio (ya que ambos se conocen siendo esclavos, cuando ella le dice eso de «tu fuerza consigue romper los huesos de los hombres, pero yo tengo el ingenio para romper sus mentes») y, al final, casi lo hace desistir de su propósito de venganza ablandando su malherido corazón entre frases místicas e incomprensibles, y proponiéndole escapar juntos. Quieren los dioses desde el principio que sea una mujer quien tenga la llave de su salvación sujetándolo con el hilo eterno del amor, aunque tan noble y desconocido sentimiento para quien confiesa no haberse sentido nunca antes tan cerca de un ser humano, no lo exima de completar su sino, antes de galopar a lomos del caballo de la Valkiria que lo conduce hacia el Valhalla.

Es el deux ex machina nórdico. Una película no apta para estómagos frágiles. Tampoco esperes demasiados momentos de intriga psicológica o que inviten a la reflexión. Los diálogos son escasos (en esta película se gruñe más que se habla) y las motivaciones e intenciones de los personajes están desde el principio bastante claras (matar y descuartizar al enemigo, aunque por sus venas corra la misma sangre) permaneciendo invariables hasta el final.

Título original: The Northman

Año: 2022

Duración: 136 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Robert Eggers

Guion: Robert Eggers, Sjón Sigurdsson

Música: Robin Carolan, Sebastian Gainsborough

Fotografía: Jarin Blaschke

Reparto: Alexander Skarsgård, Nicole Kidman, Anya Taylor-Joy, Claes Bang, Ethan Hawke, Willem Dafoe, Gustav Lindh, Oscar Novak, Björk, Ralph Ineson, Kate Dickie, Murray McArthur, Ian Gerard Whyte...

Productora: Regency Television, Focus Features. 

Género: Aventuras. Acción. Drama. Vikingos. Siglo X. Venganza. Cine histórico épico

LA CASA DE PAPEL (TEMPORADA FINAL)

Impactados, emocionados hasta la lágrima, vacíos de adrenalina y con cierto mohín nostálgico, como cuando llegamos al final de la última página de un libro cuya lectura ha logrado extasiarnos, así se han (nos hemos) quedado los seguidores de “La Casa de Papel” con el brillante desenlace con el que sus creadores han decidido darla por concluida. Un cierre espectacular, vibrante, inteligente y arrollador, que ha conseguido estar a la altura de la trama, dejando sin argumentos a los agoreros que, tras los últimos giros y golpes de efecto (con bajas irreparables) lo veían ya casi imposible.

Pero, como diría Tokio en la antesala de su autoinmolación: “como en el ajedrez, hay veces en que es necesario sacrificar una pieza para ganar”.

Desde su lanzamiento en Antena 3 en el año 2017, hasta este 3 de diciembre en que Netflix le ha puesto punto y final (aunque ya se anuncia que habrá secuela con un spin-off dedicado al personaje de Berlín que interpreta Pedro Alonso), la serie creada por Alex Pina no ha dudado ni escatimado recursos para intentar sorprendernos, trazando un viaje equiparable a un rally de montaña, con curvas muy pronunciadas, algunas cuestas emocionalmente difíciles de remontar (como las trágicas muertes de Moscú o de Berlín, o las más recientes de Nairobi y Tokio) y valles quizá demasiado extensos, donde algunos han creído ver la intención de alargar la trama en demasía.

Con todo, haciendo balance, es justo decir que “La Casa de Papel” es, con mucho, la mejor serie española que se ha hecho hasta la fecha y una de las más exitosas de habla no inglesa del rey del streaming, llegando a convertirse en un fenómeno global, mucho antes de que tuviésemos noticia de “El Juego del Calamar”.

Simplemente lo tiene todo. No se trata solo de una producción con abundancia de medios, localizaciones, efectos, montaje y fotografía impecables, y un cartel de increíbles y desde ya consagrados actrices y actores: Álvaro Morte (el Profesor), Úrsula Coberó (Tokio), Itziar Ituño (Lisboa), Pedro Alonso (Berlín), Alba Flores (Nairobi), Miguel Herrán (Rio), Paco Tous (Moscú), Jaime Lorente (Denver), Esther Acebo (Estocolmo), Enrique Arce (Arturo), Darko Peric (Helsinki), Roberto García Ruiz (Oslo), Hovik Keuchkerian (Bogotá), Luka Peros (Marsella), Ahikar Azkona (grande el navarrico Matías reivindicando ser rebautizado como «Pamplona», capital mundial de la jarana en sus San Fermines), Belén Cuesta (Manila), Rodrigo de la Serna (Palermo), Najwa Nimri (Inspectora Sierra), Fernando Cayo (Coronel Tamayo), Fernando Soto (Angel), José Manuel Poga (Gandía)… una serie absolutamente coral, donde todos y cada uno de los personajes constituye una pieza clave dentro del relato, basado en un guión muy bien trabajado que rebosa inteligencia, intuición y creatividad, combinando sabiamente la intriga, la acción, el romanticismo, el sarcasmo y la sensibilidad social, con una generosa dosis de crítica hacia el funcionamiento de los poderes del Estado y el sistema capitalista en general, que logra epatar de inmediato con las castigadas clases medias y desfavorecidas, que son -no lo olvidemos- mayoría hoy a nivel mundial y dotada de un ritmo trepidante que mantiene la emoción del espectador en alto, desde el minuto uno, hasta el final que acabamos de ver.

“Los momentos importantes son aquellos en los que comprendemos que ya no hay retorno”, nos anuncia la aterciopelada voz en off de Tokio, adelantándose a lo que promete ser un desenlace intenso, cargado de acción. Y lo que sigue no decepciona.

Aunque, en realidad, el equipo de guionistas que lidera Javier Gómez Santander ha tenido que exprimir ya en dos ocasiones sus neuronas para crear dos cierres de infarto para “La Casa de Papel”: el primero, al final de la segunda temporada, cuando se resuelve el atraco a la Fábrica de la Moneda y Timbre que supone la puesta de largo de la banda del Profesor, cuyos miembros son rebautizados con nombres de capitales insignes, en un guiño a los nombres en clave de la escala cromática de los asaltantes de «Reservoir Dogs» (Brown, White, Blue…), con la rocambolesca huida de la banda al completo con el botín, viviendo desde entonces como prófugos de la justicia, buscados por la Interpol. Y este segundo, que pone broche de oro (nunca mejor dicho) al robo del siglo: el gran golpe al Banco de España. Un plan cuya concepción fue muy anterior al primero, según se nos hace saber a través de una historia paralela que se desarrolla en flash back y que responde a título póstumo a las aspiraciones de Berlín, hermano mayor del Profesor, un elegante ladrón de guante blanco que hizo del latrocinio toda una filosofía de vida. Suya es la lapidaria máxima de que “La traición es inherente al amor, ya que ésta no depende de cuánto amas a alguien, sino de la magnitud del dilema que te pongan delante”, conclusión a la que llega tras haber sido traicionado por su único hijo Rafa (Patrick Criado) y su exmujer, Tatiana (Diana Gómez), dos personajes que junto a la inspectora Alicia Sierra que interpreta Najwra Nimri resultan decisivos en el desenlace final de la serie.

Aquejado de una enfermedad terminal, junto a su fiel amigo y eterno enamorado, Palermo (el argentino Rodrigo de la Serna), Berlín concibe y confecciona antes de morir el plan de lo que considera el robo perfecto y pone al tanto de los detalles a su hermano Sergio, sin sospechar que será este quien finalmente lo lleve a cabo. Pero esta vez el desafío es mayúsculo.

Hacerse con la reserva nacional de oro vaciando la bodega acorazada del Banco de España y conseguir irse de rositas, sitiados por el ejército y las fuerzas de orden público, tras librar una encarnecida batalla con un temerario cuerpo de legionarios de élite parece, en principio, una misión imposible, casi suicida. Pero los espectadores de “La Casa de Papel” han (hemos) aprendido a confiar ciegamente en los superpoderes terrenales de Sergio Marquina, casi tanto como los ladrones de su banda, quienes deciden libre y voluntariamente seguir sus instrucciones, aún a riesgo de poner sus vidas en peligro, seguros de que su admirado y querido Profesor no les dejará en la estacada. Una confianza que, por momentos, parece resquebrajarse, sin que la lealtad se vea, sin embargo, jamás traicionada, por límite que se torne la situación o grande que parezca el dilema.

Y es que, como se dice más de una vez a lo largo de la serie, más que una banda de ladrones, los hombres y mujeres de los monos rojos y las máscaras de Dalí, forman una gran familia. Y es precisamente a ese vínculo familiar al que más apela la serie en su temporada final.

“Soy un ladrón, hijo de ladrón, hermano de ladrón y espero ser algún día padre de ladrón”, se enorgullece de su condición el Profesor frente al miserable Coronel Tamayo (memorable Fernando Cayo dando vida a un personaje tan despreciable de una forma un tanto caricaturesca), al reprocharle este el querer hacerse pasar por un falso Robin Hood, cuando su verdadera intención robar la reserva nacional de oro sin importarle llevar al país a la bancarrota.

La respuesta del profesor es que “nadie puede renunciar a su verdadera naturaleza”. Pero la realidad es que, como siempre, lo tiene todo calculado. Sabe perfectamente que, una vez se dé a conocer la noticia de la sustracción de la reserva nacional, se desatará una gran crisis en los mercados financieros, la bolsa se desplomará y la deuda dejará de financiarse, dejando al país en quiebra técnica. La única manera de evitarlo es devolviendo el oro, y eso es lo que hace. El pequeño detalle es que lo que vuelve a la bóveda acorazada del Banco de España, frente a las cámaras de la prensa de medio mundo, no es exactamente lo que todos esperaban.

“O ganamos los dos o perdemos los dos”, le dice a Tamayo proponiéndole liberar a su banda y aceptar a cambio un cargamento de oro fraudulento.

A fin de cuentas, “¿qué es el oro de un país? ¿Su riqueza? No. Es una ilusión. No sirve para nada. España no paga nada con ese oro. Es un respaldo psicológico”, como explica a Palermo en uno de los muchos momentos epifánicos que tiene el personaje de Álvaro Morte en esta quinta y última temporada, confesándole su intención de llevar a cabo “el cambiazo”, sustituyendo la reserva nacional por falsos lingotes de latón bañados en oro que Tamayo no tendrá más remedio que aceptar como moneda de cambio, llegado el momento, si quiere salvar la situación.

“Piénselo bien coronel – apuntala Lisboa- esos lingotes han frenado la crisis de deuda. Si hasta tiene su gracia. No me diga que no encaja con la tradición española. ¿Qué otro país podría tener una reserva nacional de latón y seguir funcionando como una de las principales economías del mundo? La picaresca española. El Lazarillo de Tormes no lo escribieron los ingleses”.

“Va a ser usted un héroe Tamayo -insiste el Profesor- esa pequeña diferencia de metal solo será un secreto de Estado más. Pasará de presidente a presidente durante los próximos 50, 60, 70 años y, en el fondo, no pasará nada”.

Uno escucha esas palabras y entiende por qué la serie ha calado tan hondo. De hecho, ya hay quien apunta a que la primera clave de su éxito está en saber conectar con el descontento de amplias capas de la sociedad respecto de la conducta falsaria, inmoral, falta de escrúpulos y de toda ética, de quienes reinan en las “cloacas del Estado”. Ejemplos de ello hemos tenido en los noticieros de este país recientemente, como para llevarnos ahora las manos a la cabeza porque una serie “de ficción”, que se ha convertido en un fenómeno global, deje “con el culo al aire” a los promotores de la marca España, poniendo al descubierto ante el mundo las tropelías de un sistema profundamente inepto y corrupto, capaz de eso y de cosas peores. 

Algo que, por otro lado y a tenor del predicamento que ha tenido la serie a nivel mundial, no parece ser un fenómeno exclusivo de carácter local.

La mayoría de quienes se declaran fan de “La Casa de Papel” dicen encontrar similitudes con lo que ocurre en sus países o se confiesan directamente antisistema, lo que hace que desarrollen un alto grado de empatía con los atracadores, deseando que el robo llegue a buen puerto, como si de una banda de héroes justicieros se tratase.

Y ello porque, «a medida que conoces los detalles de sus historias, uno se va encariñando con los ladrones y va descubriendo que los malos no son tan malos ni los buenos son tan buenos», como explicaba a BBC Mundo el productor audiovisual Patricio Rabuffetti.

Decía Alfred Hitchcock que «la simpatía por un villano está en la base de cualquier ficción exitosa”. Y los creadores de “La Casa de Papel” se lo han tomado muy en serio, haciendo que sea mucho más fácil identificarse con los miembros de la banda del Profesor que con quienes supuestamente representan la ley y el orden, si bien la serie ofrece a algunos de estos funcionarios la posibilidad de redimirse y ponerse del lado correcto de la historia. Lo vimos con la inspectora Raquel Murillo (Lisboa), redimida por amor, y mención aparte merece en este sentido la repentina transformación que sufre en esta temporada la cruel y despiadada Alicia Sierra desencantada del sistema desde que el Coronel Tamayo decidió hacer de ella su cabeza de turco.

Recién parida, con la sensibilidad y las hormonas a flor de piel, el personaje de Najwa Nimri experimenta un complejo vuelco emotivo (por primera vez llora y ríe sinceramente, libre de las cadenas profesionales y emocionales que la reprimían) y una recuperación progresiva de confianza tras su acercamiento al personaje de Álvaro Morte, que tiene su eclosión en una escena que comparten ambos en un sofá y que resulta sencillamente hipnotizante, en una clara demostración de aquello que decía la malograda Tokio: “lo bueno de las relaciones es que acabamos olvidando cómo empezaron”.

Título original: "La casa de papel"

Año: 2017

Duración: 70 min.

País: España

Dirección: Álex Pina (Creador), Jesús Colmenar, Miguel Ángel Vivas, Alex Rodrigo, Alejandro Bazzano, Koldo Serra, Javier Quintas, Albert Pintó

Guión: Álex Pina, Javier Gómez Santander, David Barrocal, Esther Martínez Lobato...

Música: Iván M. Lacámara, Manel Santisteban.

Fotografía: Miguel Ángel Amoedo, David Azcano, Sergi Bartrolí, Mike Valentine
Reparto: Álvaro Morte, Úrsula Corberó, Itziar Ituño, Alba Flores, Paco Tous, Najwa Nimri, Pedro Alonso, Miguel Herrán, Jaime Lorente, Esther Acebo, Hovik Keuchkerian, Rodrigo de la Serna, Enrique Arce...

Productora: Vancouver Media, Atresmedia Televisión. Distribuidora: Netflix. 

Género: Serie de TV. Thriller. Intriga. Acción | Robos & Atracos.

EL ÚLTIMO DUELO

Ha dicho el gran Carlos Boyero que, al salir de ver “El último duelo”, no podía despojarse de la sensación de estar cubierto de barro, de nieve y de sangre, tres elementos que abundan en la correctísima recreación cinematográfica que el maestro Ridley Scott ha hecho de este drama situado en la baja y oscura Edad Media, donde lo más tenebroso y mugriento no es, sin embargo, una cuestión ambiental sino moral, tan enraizada en nuestra cultura que lo que escuece realmente es comprobar que llevamos varios siglos revolcándonos en el mismo lodo.

Adaptación del libro homónimo de Eric Jager, producida y guionizada por dos de sus actores principales, Matt Damon y Ben Affleck, quienes ya habían colaborado en la elaboración del excelente guión de “El indomable Will Hunting” y a los que une una vieja y declarada amistad, la película dice estar basada en un suceso real acaecido hacia finales de 1386, aunque el punto de vista que sus creadores han querido darle reviste una innegable actualidad.

Simplificando mucho, podría decirse que va de una violación y una víctima a la que casi nadie cree y la mayoría cuestiona: la delicada Marguerite de Carrouges (Jodie Comer, resplandeciente como una Madonna de Boticelli) quien, tras ser violada por Jacques Le Gris, compañero de armas de su marido Jean, decidió denunciar el hecho, teniendo que enfrentarse al implacable (pre)juicio de un tribunal de hombres para demostrar la veracidad de su acusación.

En esencia, la historia trata pues de la verdad, que solo puede ser una, pese a los diversos relatos o las múltiples formas que existan de contarla. En este caso, al menos tres: la versión de Jean de Carrouges (Damon), escudero orgulloso y algo temerario, cuyas hazañas en batalla y su inquebrantable lealtad al rey Carlos VI de Francia le otorgan fama de buen soldado y un flamante título de caballero pese al desprecio que siente hacia él su señor feudal, Pierre d’Alencon (Affleck, de rubio platino); la de Jacques Le Gris (Adam Driver), también escudero y un gran arribista, mujeriego, de vida disoluta, protegido de d’Alencon, buen amigo de Carrouges en la guerra y feroz adversario en sus disputas por los bienes del condado; y, por último, la verdad de Marguerite de Thibouville (Comer), hija de casa noble venida a menos, convertida en la segunda esposa de Carrouges, quien se niega a guardar en secreto el atentado a su honra. Aunque su propio marido no lo ve como tal, sino como el enésimo ultraje a su honor por parte del hombre con el que siempre ha rivalizado.

“La violación nunca es un ataque a la mujer sino un delito contra la propiedad”, afirma durante el juicio el clérigo defensor del imputado Le Gris, como síntesis del sustrato moral del mundo medieval. Un mundo grisáceo en el que los hombres hegemonizan cada espacio de la vida pública y privada.

Y es que, más allá de la espectacularidad de las armaduras o de la ingente cantidad de sangre derramada en el fragor de la batalla o durante el propio duelo a caballo, con lanza, sable, hacha y cuchillo, entre otras armas cortantes, que llega incluso a salpicar a la cámara, lo que define y hace más interesante a “El último duelo” es la deconstrucción de los verdaderos intereses que hay detrás de la retórica del honor masculino mancillado y la constante exploración de las relaciones de poder en la Francia feudal del siglo XIV. No solo alude a las disputas territoriales, la administración de justicia o la adquisición de títulos y honores nobiliarios, sino también a la concepción de alianzas matrimoniales en clave de expansión de tierras y haciendas.

En ese contexto, más que una mujer o un ser humano, Marguerite es un activo económico, una fuente de belleza, de dote económica y de perpetuidad del linaje. Tanto ella como la yegua comprada por su marido, amo y señor, pertenecen al mismo espectro de “cosas”, objetos y accesorios del dueño de la casa. Es así como su deshonra acaba siendo una afrenta a la vanidad de Carrouges, aun habiendo sido ella la única víctima directa de la brutalidad del primario Le Gris, convencido a su vez de que esta quería entregársele y de que su resistencia solo era parte del juego de la seducción. Su atracción hacia él era evidente ¿Acaso no había reconocido ante sus amigas que era un hombre apuesto? Como le dice a la pobre Marguerite nada más abusar de ella con primitiva naturalidad: “ambos sabemos que no hemos podido evitarlo”.

Scott marca aquí una clara diferencia respecto al “Rashomon” (1950) de Akira Kurosawa (su referente directo narrativo) donde se mostraba una misma historia desde distintos puntos de vista, pero se dejaba a criterio del espectador cuál de todos ellos se ajustaba más a la realidad de los hechos. El realizador británico, en cambio, dictamina de antemano cuál es la auténtica verdad de lo ocurrido, que no es otra que la que cuenta Marguerite. Y así nos lo hace saber en los créditos de presentación. Sin embargo, la sociedad cuestiona su relato (especialmente las mujeres de su entorno). ¿Qué hiciste para provocarlo? ¿Le diste señales que él pudiera malinterpretar? Y aunque hubiese ocurrido, ¿qué necesidad había de hacerlo público y avergonzar a tu marido?

La declaración de la suegra es bastante elocuente: “¿Te crees que eres la única? Yo también fui violada, pero me callé y al día siguiente la vida continuó”. Pero la joven Marguerite no está dispuesta a guardar silencio, pues el precio de su dignidad le parece demasiado alto, aunque después al ser madre vacile y se arrepienta de su osadía en orden a sus nuevas prioridades, sabiendo que en ello le puede ir la posibilidad de ver crecer a su hijo, ya que el tribunal presidido por el Rey finalmente dictamina que el asunto habrá de dirimirse en un duelo a muerte entre el marido ultrajado y el escudero violador. Una gran orgía testosterónica a mayor gloria de Dios que es quien tendrá la última palabra sentenciando a muerte al mentiroso, en la que está en juego la vida de Marguerite pues, de ser su marido el caído en combate, deberá ser quemada viva.

Esa centralidad de Dios y de la divinidad del rey expone en este duelo final no solo la disputa entre dos egos masculinos que buscan su gracia, sino la constatación de cómo se le otorga al poder de la fuerza el valor de la verdad. Marguerite no es más que la moneda de cambio en la que se mide la valía de ambos caballeros. Ni Carrouges ni Le Gris están dispuestos a dar su brazo a torcer, aunque ella se encuentre en peligro de muerte, porque en su concepción medieval del mundo el honor de un hombre vale mucho más que la vida de cualquier mujer.

Imparable pese a su avanzada edad (84 años), Ridley Scott no ha ocultado nunca su debilidad por las protagonistas femeninas en los muchos y variados géneros cinematográficos en los que ha incursionado a lo largo de sus 40 años de labor creativa. La aguerrida comandante Ripley de «Alien, el octavo pasajero» (1979), la poderosa replicante Rachael de «Blade Runner» (1982), las desdichadas y acorraladas «Thelma y Louise» (1992) o la Elizabeth Shaw de «Prometheus» (2012) plantearon y se enfrentaron a problemas de género mucho antes de que Hollywood hubiese oído hablar de #MeToo. “Si hubieses sido hombre, qué gran emperador hubieses sido”, le dice ya Marco Aurelio a su hija Lucila en “Gladiator” (2000).

Así que no es de extrañar que, siguiendo esa tradición, el realizador británico empiece y termine su película con la imagen de Jodie Comer, cuya exquisita mezcla de fortaleza y fragilidad adquiere una dimensión descomunal en la escena del juicio, una partida de ajedrez entre caballeros en la que la dama es vapuleada y su virtud y su palabra puestas cruelmente en entredicho. Y ya hacia el final, cuando, mientras su marido es aclamado como un héroe, ella le sigue tres pasos más atrás, entre luces y sombras, invisible, casi espectral, en una escena cuya expresión de total abatimiento y resignación la sitúa en la lista de actrices merecedoras a un Oscar.

A la espera del estreno de “La casa Gucci”, película con la que dicen que Scott aspiraría a su consagración definitiva, por si su leyenda no fuera ya suficientemente grande, “El último duelo” se perfila como una de las mejores películas de este año. Si aún no la has visto, no te la puedes perder.

Título original: The Last Duel

Año: 2021

Duración: 152 min.

País: Estados Unidos 

Dirección: Ridley Scott

Guión: Ben Affleck, Matt Damon, Nicole Holofcener. Libro: Eric Jager

Música: Harry Gregson-Williams

Fotografía: Dariusz Wolski

Reparto: Matt Damon, Adam Driver, Jodie Comer, Ben Affleck, Harriet Walter, Nathaniel Parker, Marton Csokas, Sam Hazeldine, Michael McElhatton, Zeljko Ivanek, Alex Lawther, Clive Russell, William Houston.

Productora: Coproducción Estados Unidos-Reino Unido; 20th Century Studios, Scott Free Productions, Pearl Street Films, TSG Entertainment. Distribuidora: Walt Disney Pictures

Género: Drama histórico. Acción | Siglo XIV. Edad Media.