EL AGENTE INVISIBLE

Desde que la vi me he estado preguntando cuál podría ser el valor diferencial de una película como “The Gray Man (El agente invisible)” frente a otras de su mismo género, como la saga de “James Bond 007” o “Misión imposible, concebidas por y para otra generación (una con algo más de sosiego y de exigencia narrativa). Y la respuesta es simple: la velocidad.

Confeccionada en el lenguaje de los videojuegos para saciar la impaciencia de un público acostumbrado a pasar las pantallas de Tik Tok con el mismo interés y concentración de quien ojea las páginas de una revista en la antesala de una consulta médica, en ella todo (que en realidad es casi nada) se sucede a toda prisa. Incluso el reel que Netflix ha creado para promocionar la que dice ser la película más cara de su factoría, en el que Ryan Goslin, uno de sus tres protagonistas (los otros dos son Chris Evans y la explosiva Ana de Armas, penúltima reencarnación de Marilyn Monroe en “Blonde”, la película que el gigante del streaming anuncia para setiembre), más que enumerar, casi vomita un listado de sus atributos como si de un challenge a contrareloj se tratara, responde a esa necesidad de cautivar y sobre todo retener la atención de las jóvenes audiencias domesticadas por las redes sociales, que imponen cada vez tiempos más cortos de reacción. De ahí que no importe tanto la solidez de su argumento, el por qué o el para qué suceden las cosas, sino lo que está pasando y estamos viendo en ese preciso instante, la fugacidad del presente y la espectacularidad del aquí y el ahora.

Porque eso es lo que nos proponen sus creadores, los hermanos Anthony y Joe Russo, bregados en la saga de los «Los Vengadores” donde Evans interpreta al Capitán América. Una espectacular, acelerada y trepidante performance a la que asistimos casi sin aliento, con continuas e interminables escenas de acción, aderezadas por un cargamento de munición y artillería pesada, temerarias luchas cuerpo a cuerpo, secuestros, persecuciones, explosiones y constantes desplazamientos geográficos (Florida, Londres, Croacia, Praga o Berlín), que justifican en parte el abultado presupuesto (200 millones de dólares invertidos en esta superproducción que pretende ser a ratos un thriller de alto calibre y que amenaza ya con convertirse en el proyecto piloto de una saga de secuelas y spin offs), sin que importe demasiado el motivo ni el propósito de semejante orgía de violencia y destrucción.

Basado en la novela homónima de Mark Greaney, el argumento de “El agente invisible” no puede ser menos original, ni estar más lleno de lugares comunes. Gosling, en clave de macizo buenorro, mascachicle y rompetechos, duro por fuera-blandito por dentro, a quien en algún momento el malo-malísimo (otro musculitos) se refiere como “el Ken” (en un guiño más que obvio a su papel como el novio de la muñeca Barbie en la versión cinematográfica dirigida por Greta Gerwig y protagonizada por Margot Robbie que está también próxima a estrenarse) es Court Gentry, un joven que cumple condena por haber asesinado a su padre maltratador, cuando es sacado de una cárcel federal y reclutado por Donald Fitzroy (Billy Bob Thornton), su supervisor, para trabajar como agente encubierto de la CIA en operaciones especiales bajo el alias “Sierra Seis”.

Años después, sin comerlo ni beberlo, se verá envuelto en una trama para asuntos internos, cuando sus superiores le ordenan asesinar a un compañero y hacerse con un misterioso pendrive que este atesora y que, para su sorpresa, contiene supuestas pruebas de la corrupción de estos, cuya naturaleza nunca llegamos a conocer.

Con una gran tolerancia al dolor físico entrenada desde la niñez, Gentry es un mercenario altamente cualificado. Pero al apropiarse de las pruebas que incriminan a su nuevo jefe, Denny Carmichael (a quien encarna sin demasiado brillo Regé-Jean Page, en su salto a Hollywood tras el arrollador éxito de su personaje en la primera temporada de “Los Bridgerton”) se convierte en el objetivo de éste y de su brazo ejecutor, Lloyd Hansen (Chris Evans) un sicario, ex agente de la agencia, carente del más mínimo escrúpulo y que no se detendrá ante nada para acabar con él.

Pero Sierra no estará solo, la agente Dani Miranda (Ana de Armas con el peinado de “Dora la Exploradora”) le salvará el pellejo unas cuantas veces. De hecho, esta vez al contrario de lo que suele ser habitual, esa es su única función en la película que, por decirlo todo, evita el topicazo del romance entre De Armas y Goslin, no se sabe si por aquello de ser original (al menos en eso) y dejar con las ganas al personal, o porque, ya puestos a ser modernos, una pareja protagónica asexual parece ser algo más adecuado al sino de los tiempos.

Sea como fuere, si hay un personaje anodino en “El agente invisible” ese es el que interpreta la deslumbrante actriz hispana. Un personaje sin historia ni pasado, quizá concebido para cubrir la cuota femenina de la trama.

Por su parte, el Hansen de Evans es una combinación desordenada y exagerada de personajes similares que parece resumir todos los clichés del género. Como si de uno de los supervillanos de Marvel se tratara, el actor intenta construir al perfecto malvado de cómic, bigote antipático incluido. Un asesino psicópata, bastante cachas y más malo que la sarna. Cruel, irónico, siniestro e implacable, tan excesivo, narcisista y temerario que resulta poco convincente en su festiva ferocidad, como casi todo en esta superproducción de Netflix, víctima de su propia ambición, con un reparto y un presupuesto deslumbrantes, pero que adolece de un guion inconsistente, elaborado en base a personajes planos, más concentrados en mostrarse atléticos que en explicarnos la solidez de sus motivaciones.

Tan es así, que los Russo se quedan sin nada nuevo que contarnos casi en la primera media hora de película. Momento en el que deciden apretar el acelerador y hacer de la necesidad virtud, encadenando una escena de acción tras otra a un ritmo vertiginoso, conscientes de que esa sola condición (velocidad más efectismo) es suficiente para que lleguemos hasta el final.

Y ello porque, volviendo al inicio de esta reseña, en un mundo tan impaciente y tan frenético, y en una cultura tan hiperactiva como la nuestra, simplemente hemos perdido la capacidad de esperar. La velocidad ha contaminado todas las esferas de nuestra vida: nuestra forma de comer, de relacionarnos, de sanar… todo es fast, quick, rapid… hemos acelerado hasta el ocio. Las nuevas tecnologías nos han sumergido en un mundo virtual cuyos tiempos de reacción cada vez son más cortos.

Como escribía Francesc Miralles en un magnífico artículo titulado “La generación instantánea”, publicado en El País Semanal: “El reloj es el sistema operativo del capitalismo moderno porque el tiempo es oro. Somos la generación Nespresso. La gratificación ha de ser instantánea”.

En consecuencia, la juventud ya no lee ni es capaz de seguir el argumento de una película cuyo montaje siga un ritmo narrativo lógico y no sea una consecución atropellada de trepidantes y caóticas escenas de acción. La generación Nespresso. El café y la información los preferimos en cápsulas de colado instantáneo. Y, si puede ser descafeinado, mejor. Aunque pierda todo su aroma, su consistencia y su sabor. Se perdona más la inanidad que la lentitud. Cualquier cosa que se dilate nos incomoda y hace que deslicemos el dedo índice. Next. Los Russo lo saben y Netflix también.

Título original: The Gray Man

Año: 2022

Duración: 122 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Anthony Russo, Joe Russo

Guion: Joe Russo, Christopher Markus, Stephen McFeely. Novela: Mark Greaney

Música: Henry Jackman

Fotografía: Stephen F. Windon

Reparto: Ryan Gosling, Chris Evans, Ana de Armas, Billy Bob Thornton, Regé-Jean Page, Alfre Woodard, Jessica Henwick, Wagner Moura, Julia Butters, Scott Haze, Callan Mulvey, Robert Kazinsky, Deobia Oparei, Dhanush, Jimmy Jean-Louis, Dana Aliya Levinson

Productora: AGBO, Netflix, Roth Films, Roth/Kirschenbaum Films, Stillking Films. 


Género: Thriller. Acción | Espionaje

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