LOS FABELMAN

A los 16 años, Steven Spielberg quiso abandonar su sueño de ser cineasta después de ver “Lawrence de Arabia” y sentir que no estaba a la altura. Una crisis de autoestima que le duró algún tiempo. Hasta que comprendió que las grandes películas (y en general cualquier expresión artística) empiezan y terminan con una única y decisiva pregunta: ¿quién soy yo? Esa es la cuestión a la que el director de “El diablo sobre ruedas” -su primer largometraje rodado a los veintipocos años- ha estado intentando dar respuesta con cada una de las míticas películas que ha realizado, dejando en ellas retazos de su propia biografía, como pequeñas pistas, miguitas de pan de un camino que algún día habrá de ser desandado e inequívoca rúbrica de su personal estilo y autoría.

La vida del “Rey Midas” del cine estadounidense no es, por tanto, del todo desconocida -existen varias biografías publicadas e incluso un documental que puede verse en HBOMax al respecto-, si bien hasta ahora había sido siempre analizada en función de su obra. Cualquiera que haya escrito, leído o pensado acerca de sus películas, en algún momento se habrá topado con el divorcio de sus padres, su difícil relación con su progenitor -mayormente ausente de la vida de sus hijos por estar siempre ensimismado con su trabajo- y la que tuvo con su amorosa e inestable madre, de quien heredó la vena artística, así como las constantes mudanzas de la familia a lo largo y ancho de los Estados Unidos, las veces que tuvo que lidiar con el antisemitismo y, sobre todo, su pasión por el cine desde que era niño y su forma de conectarse con los demás haciendo películas.

En casi todos sus films hay vestigios de todos esos temas que se han convertido ya en su sello personal, como si formaran parte de una larga terapia que empezó hace más de 50 años. La diferencia es que en “Los Fabelman” Spielberg no se anda con rodeos. No recurre a metáforas (apenas algún cambio de nombres o de situaciones concretas). Su última película es una autobiografía en toda regla, o si se prefiere un coming-of-age -género que se ha puesto de moda, centrado en el crecimiento psicológico y moral del protagonista- que abarca cronológicamente desde su infancia hasta su entrada en la industria del cine como ayudante del ayudante de dirección.

Así como Alfonso Cuarón tuvo “Roma”, Kenneth Branagh hizo “Belfast” y Alejandro Iñarritu estrenó su “Bardo” en el último Festival de Venecia, la de Spielberg es -a sus 76 años- una memoria vital de dos horas y media de duración que, curiosamente, no hace justicia a lo que ha sido el primer mandamiento de su filmografía: no aburrir, haciéndose algo lenta y repetitiva, si bien cuenta con un prólogo y un epílogo memorables, que son en sí mismos un canto de amor al cine.

De hecho, todo lo que el director de «E.T.», «Tiburón«, «Indiana Jones«, «El Imperio del Sol», «Encuentros en la tercera fase«, «Salvar al soldado Ryan«, «Atrápame si puedes«, «La Terminal«, «El color púrpura«, «Jurassic Park«, «Lincoln«, «La lista de Schindler«, «El Puente de los espías«, «Los archivos del Pentágono«, «Minority Report» o «West Side Story» es y lo que representa para la industria del séptimo arte (alguien que piensa como autor, pero también como entertainer y productor de películas inolvidables que han hecho disfrutar a varias generaciones) podría condensarse en esas dos únicas escenas, la primera y la última: cuando sus padres lo llevan por primera vez al cine a los seis años, para ver “El espectáculo más grande del mundo” de Cecil B. DeMille (uno de los títulos más taquilleros de la época y una de las obras cumbre del cine espectáculo del Hollywood clásico) y cuando consigue que John Ford le reciba cinco minutos en su oficina, tiempo suficiente para explicarle la diferencia entre ser un artista y un creador de películas, sin saber que aquel joven aspirante a cineasta iba a conseguir finalmente convertirse en ambas cosas.

En esa primera escena -doblemente iniciática- con la que arranca “Los Fabelman”, que es casi una epifanía, el niño Sammy -o Steven niño- (interpretado a esa edad por Mateo Zoryan) asiste boquiabierto a una catástrofe ferroviaria filmada en un Technicolor tan forzado que hace daño a la vista, con el consiguiente desparrame de vagones, pasajeros y animales salvajes que viajaban enjaulados. Algo que determina su vocación de forma tan prematura como decisiva. Previamente, sus padres, Burt (Paul Dano) y Mitzi (Michelle Williams), han tenido que convencerlo de entrar en una sala de cine a oscuras, pues el pequeño se resiste atemorizado por la idea de ver a “personas gigantes” en la pantalla y tener después pesadillas, para lo que utilizan argumentos complementarios que definen el hecho cinematográfico.

El padre, ingeniero electrónico, pionero en el entonces incipiente campo de la informática, le explicará qué es el cine desde un punto de vista técnico y científico, hablándole de la «persistencia retiniana» que permite que el visionado de 24 fotogramas por segundo reproduzca la imagen en movimiento; mientras su madre, una ex concertista de piano que pospuso su vocación para dedicarse al cuidado del hogar pero aún conserva intacta su pasión por la música, apela a la emoción y la magia. “Las pesadillas pasan, pero el cine son sueños que nunca se olvidan”, le tranquiliza. Una frase que explica parte de lo que el director quiere contarnos en esta película, la manera en la que este le ha ayudado a abstraerse de las situaciones más dolorosas y complicadas de la vida.

Estamos en el año 1952, cuando Spielberg tenía la misma edad que el pequeño Sammy que abre los ojos de par en par sin pestañear, conteniendo el aliento ante la catastrófica escena del choque de trenes. Tal es su impresión que, por Hanukkah, su padre le regala un reluciente tren eléctrico y decide pedirle prestada su cámara 8mm para reproducir la escena y filmar una colisión similar a pequeña escala, haciendo descarrilar el tren de juguete. La imagen del niño atónito que proyecta el cortometraje en la palma de su mano es tan potente como poética. Al igual que cuando se encierra en el armario para visionar a oscuras las películas caseras que empieza a hacer con la cámara Super 8.

La de los Fabelman en New Jersey parece ser una vida feliz y apacible, la de una típica familia judío-americana de clase media en ascenso. Padre profesional, madre ama de casa. Michelle Williams (vulnerable y conmovedora) interpreta el papel de Mitzi como si de Doris Day se tratara. Pero detrás de esa luminosa apariencia hay un par de agujeros negros a los que su personaje se arroja con la misma impulsividad con la que persigue a un tornado en auto junto a sus tres hijos mayores o se compra un mono de feria para que la entretenga. Haber tenido que renunciar a su vocación artística para dedicarse al cuidado de los hijos es una de esas sombras que acechan su estado de ánimo, cada vez más depresivo desde la muerte de su madre, cuando la familia al completo se muda a Arizona donde Burt es contratado como ingeniero de la General Electric.

A Sammy (encarnado ya en la adolescencia por el carismático Gabriel LaBelle) lo vemos cada vez más deslumbrado por el cine, aprendiendo a narrar y a montar películas de forma autodidacta, pequeñas historias de guerra o de indios y vaqueros en las que se estrena como director de actores con sus amigos, improvisando un travelling con la cámara montada en un carricoche y creando efectos especiales rudimentarios, agujereando el negativo para recrear el estallido de un disparo o utilizando globos de tinta roja que simula ser sangre. Con sus tres hermanas menores, filma graciosos cortos familiares, en los que también aparece el bromista “tío” Bennie (Seth Rogen), el mejor amigo y colega de su padre, siempre presente en la vida de la familia.

Las cámaras se convertirán desde ese momento en una prolongación de sus ojos, las utiliza para filmar paseos, mudanzas y salidas familiares y para refugiarse en la ficción cuando la realidad se torna dolorosa e insufrible.

Para entonces, ya ha cambiado la Super 8 por una 16 mm. Y a través del visionado de una de esas pelis caseras en la moviola que le ha regalado su padre -quien sigue considerando esto del cine una afición de su hijo y no una vocación seria- el joven Spielberg descubre un día cosas en las que no había reparado y para las que no estaba preparado. Su madre está enamorada del tío Ben. Ambos viven una irresistible pasión no consumada.

Como alguna vez dijo Jean-Luc Godard, en ese momento para Sam/Steven el cine es «la verdad a 24 cuadros por segundo», pues la imagen sirve para sacar a la luz lo que hasta entonces era invisible a los ojos y que la cámara capta sin pretenderlo. Lo que desata una crisis familiar que hace que Mitzi decida finalmente pedir el divorcio cuando Burt ficha por IBM obligando a su familia a emprender una segunda mudanza hasta el norte de California.

La función del cine como revelador de verdades ocultas volverá a hacerse presente en la vida de Sammy mientras cursa la secundaria en su nuevo instituto, donde sufre el bulling de sus compañeros antisemitas, apenas compensado por la atracción que despierta en Mónica, una joven tan dispuesta a convertirlo al catolicismo como a liberar sus hormonas. A esa altura, Sammy es ya el chico que hace películas, por lo que decide filmar otra jornada al aire libre, esta vez en la playa, con sus compañeros, en la que la estrella es un chico rubio y atlético: el más fuerte, rápido y seductor del instituto. Estrenada en el baile de graduación (otro clásico del cine de adolescentes americano) la película de Sammy lo muestra como una especie de Adonis ario pese a haberse portado con él como un auténtico abusón, pero lo que el protagonista percibe no es un elogio sino una caricatura que lo denuncia como un fraude, que es como verdaderamente se siente. La cámara se convierte aquí en un espejo que refleja la vergüenza, como en los relatos de Henry James en los que la pintura tiene la propiedad de hacer que los retratados se encuentren con una cara que no quieren ver o que no quieren que los demás vean.

Se trata de una década decisiva (de 1952 a 1964) en la formación del joven Spielberg que abandona la niñez al darse cuenta de que la vida es mucho más compleja de lo que imaginaba y que la dedicación al arte tiene un precio a veces elevado, como ya le advirtiera el excéntrico tío Boris (en la breve y memorable escena concebida para el lucimiento de Judd Hirsch), cuya fugaz aparición en casa de los Fabelman será el primer contacto de Sam/Steven con este concepto. «El arte te dará coronas en el cielo y laureles en la tierra, pero también te arrancará el corazón y te dejará solo», le dice el tío al sobrino que hasta entonces había concebido el cine como juego, como técnica, como entretenimiento, como medio para relacionarse o destacarse del resto y, como testigo de la realidad, pero no como aproximación al arte.

De hecho ese ha sido -y me atrevería a asegurar que sigue siendo- el talón de Aquiles del gran Steven Spielberg. Un cineasta consagrado e incontestable, respetuoso de su historia, cuyo reconocimiento se ha asentado sin embargo siempre sobre la espectacularidad y la impecable ejecución técnica de sus películas. El suyo ha sido un trabajo tan exitoso a nivel comercial como cuestionado en su valor artístico por quienes tienen la idea de que el arte no debe ser un producto de consumo masivo. «Los Fabelman» no es desde luego su mejor película pero, como decía al principio, tanto su prólogo como su epílogo, esa escena final en la que el alter ego de Spielberg consigue que el gran maestro del western, John Ford, le conceda una breve audiencia bien valen los 150 minutos de visionado.

Interpretado por un extravagante y casi irreconocible David Lynch, el temible director del parche en el ojo le ordena que se acerque a dos pinturas que tiene colgadas en la pared y le pide que las describa. Sam le dice lo que ve en los cuadros, pero Ford lo hace callar y le recuerda que hablamos de cine, «¿dónde está el horizonte?», le interroga categórico. Sam responde que en un cuadro está arriba y en el otro abajo. A lo que el legendario director de “La Diligencia” replica: “cuando el horizonte está arriba es interesante, cuando está abajo es interesante, cuando está en el medio es una mierda insoportable”, le desea buena suerte y le pide que se largue. El joven Fabelman sale de allí exultante por haber tenido el privilegio de conocer a una leyenda viva y Spielberg lo filma de espaldas caminando por las calles del estudio en el medio del plano. Enseguida parece recordar su consejo y rectifica el plano, subiendo la cámara para que el horizonte quede debajo y el cielo ocupe más espacio por arriba. Entre las dos escenas, más que una certeza, parece expresarse una interrogante que ha perseguido al director de «Indiana Jones» desde que comenzara a hacer cine. ¿Quién de los dos está en lo cierto? ¿Por qué filmar al personaje en medio del plano mata el interés artístico y cambiar el ángulo lo revive? ¿existen reglas que puedan realmente definir lo que es y no es el arte?

Título original: The Fabelmans

Año: 2022

Duración: 151 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Steven Spielberg

Guion: Tony Kushner, Steven Spielberg

Música: John Williams

Fotografía: Janusz Kaminski

Reparto: Michelle Williams, Paul Dano, Gabriel LaBelle, Seth Rogen, Judd Hirsch, Mateo Zoryon Francis-DeFord, Julia Butters, Jeannie Berlin, Oakes Fegley, David Lynch...

Compañías: Amblin Partners, Universal Pictures, Amblin Entertainment. 

Distribuidora: Universal Pictures

Género: Drama. Biográfico. Familia. Infancia. Adolescencia. Cine dentro del cine. Años 50-60

BLONDE

Desgarradoramente cruda, estremecedora y excesiva, a ratos vulgar y por momentos elegante y creativa, técnicamente impecable, tan controvertida como la novela en la que se inspira (el bestseller de la cinco veces finalista al Premio Pulitzer Joyce Carol Oates) «Blonde» es una película dolorosa y extenuante que desnuda a su protagonista (física y metafóricamente) despojándola del disfraz de mito erótico para mostrarnos sus lágrimas en lugar de su eterna y sensual sonrisa. Lo que parece haber molestado a un importante sector de la crítica cinematográfica más iconoclasta que ha puesto a su director, Andrew Dominik, de vuelta y media, por mancillar la glamorosa leyenda de “la tentación rubia” de nalgas turgentes, para contarnos la triste historia del ser humano malherido que se escondía detrás del personaje, Norma Jeane Mortenson, una mujer frágil, atormentada e insegura, sumida desde la infancia en una profunda depresión por una vida de carencias afectivas y abusos hacia su persona, que el consumo excesivo de pastillas, barbitúricos y alcohol no hizo sino agravar, hasta su trágico final por una sobredosis a los 36 años.

Con la polémica servida desde mucho antes de su presentación en el último Festival de Venecia, la película ha llegado esta semana a Netflix y he de decir que a mi no me ha disgustado. Quizá porque entiendo que el reto que el director neozelandés tenía ante sí cuando decidió aceptar este proyecto (producido, entre otros, por Brad Pitt) era mayúsculo (¿cómo contar algo novedoso de quien se sabe ya casi todo?) y porque quienes insisten en despreciar su punto de vista, no pueden ignorar que la leyenda de Marilyn Monroe que ha llegado hasta nuestros días no sólo obedece a su rol de sex symbol consagrado en películas legendarias, como «Niágara» (1953), “Con faldas y a lo loco” (1959), “La tentación vive arriba” (1955) o “Los caballeros las prefieren rubias” (1953), sino que se construye y se sustenta también en el morbo que suscita la trágica biografía de la desdichada mujer que encarnó la leyenda.

A Dominik, un hombre que disfruta desmontando mitos y sacando a flote las miserias humanas, como pudimos comprobar en “El asesinato de Jesse James”, se le acusa acertadamente de un exceso de efectismo, por rodar un biopic brutal y atípico, en el que se incluyen fetos que hablan o planos subjetivos desde el interior de una vagina abierta con fórceps, así como de haber abusado del histrionismo de su protagonista, Ana de Armas (“Blade Runner 2049”, “Sin tiempo para morir” y “Puñales por la espalda”), quien es cierto que aparece hecha un mar de lágrimas en las casi tres horas que dura el (largo)metraje; así como por haber hecho una adaptación selectiva, primando aquellos pasajes de la novela de Oates más truculentos que inciden en la condición de víctima de Norma Jeane, despreciando o pasando por encima de otros más edificantes que la redimirían ante nuestros ojos como una actriz de método, poeta amateur y ávida lectora de Chejov, interesada en prepararse para ser tomada en serio en su profesión; una mujer comprometida con las grandes causas de su tiempo, como el antirracismo que la llevó a plantear al dueño de un conocido pub neoyorquino que dejara cantar allí a su buena amiga Ella Fitzgerald a cambio de que ella acudiese todas las noches al local; o su vinculación con las amistades de su entonces marido, el dramaturgo Arthur Miller (a quien interpreta en la película Adrian Brody), investigado por el FBI y llamado a declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes por simpatizar con el comunismo, que a punto estuvo de llevarla a ella misma ante el tribunal presidido por el Senador McCarthy.

Pero, si bien es cierto que “Blonde” obvia algunos de esos y otros asuntos (como las dos violaciones que la actriz sufrió con solo 12 años, cuando las crisis nerviosas de su madre la llevaron a saltar de hogar en hogar de acogida, o su primer matrimonio a los 16 años con James Dougherty, de 21) que sí aparecen en la novela original, el afán de superación de la actriz queda en mi opinión suficientemente esbozado en su decisión de viajar a Nueva York y audicionar para una obra del propio Miller, (quien acabó siendo su tercer y último marido en el periodo de su vida en el que Norma Jeane fue menos Marilyn) y a quien expresamente le manifiesta su intención de prepararse para interpretar papeles de calado en Broadway y así dejar atrás a la falsa rubia tonta de quien los directores, productores y mandamases de los estudios de Hollywood abusaron sexual y comercialmente, como queda explícito también en el filme.

Y es que la «Blonde» de Andrew Dominik pertenece a lo que empieza a ser ya casi un género dentro de una industria caníbal y vampírica que por primera vez se cuestiona a sí misma y es capaz de reflexionar sobre el martirio existencial de aquell@s a quienes termina por hacer picadillo.

En palabras de Mariona Borrull, “tener acceso a la «biografía definitiva» de Marilyn Monroe implica mancillarse del dolor que su sonrisa perfecta nos ha permitido omitir durante tantos años”. “Físicamente nauseabunda, moralmente obscena, cuestionable incluso en algunos de sus pasajes más sensacionalistas: si nos adentramos en las casi tres horas de biografía no autorizada, aceptaremos también ser víctimas colaterales de una violencia insoportable”, escribió sobre la película, durante su estreno en el último Festival de Venecia.

En este sentido, si algo queda claro tras ver la película es que lo que muchos han calificado como la versión MeToo de la historia de Marilyn-Norma Jeane, no es sino un acto de justicia reparadora para con una mujer vulnerable que fue maltratada y abusada, no ya solo por Hollywood, sino casi desde el propio vientre materno.

Con música de Nick Cave y Warren Ellis, dos auténticos genios que, aun manteniendo su esencia sureña, pareciera que juegan a ser el compositor de cabecera de David Lynch, Angelo Baladamenti, contribuyendo a crear una atmósfera tóxica y densa, Dominik nos sumerge en los momentos más íntimos y pesadillescos de la desoladora biografía de la actriz: la dura niñez junto a su madre, Gladys (excepcional Julianne Nicholson), una enferma mental que la culpa del abandono de su amante (un padre que la repudió antes de nacer y al que nunca llego a conocer); la humillante violación en el despacho de “Mr.Z” (David Warshofsky), el poderoso Darryl F. Zanuck, jefazo de los estudios de la 20th Century Fox, quien después de eso le daría entrada en la industria; las brutales palizas de su segundo marido, Joe Di Maggio, la estrella del béisbol de los Yankees de Nueva York, un tipo muy posesivo, violento y celoso interpretado por Bobby Cannavale.

Todo lo cual compone un relato salvaje acerca de una mujer que pasó su corta vida muerta de miedo, intentando desesperadamente escapar del escrutinio público de una sociedad en aquellos años sumamente conservadora que la tachaba de tonta y de prostituta, y de su propio alter ego, un personaje que le fue impuesto para complacer la mirada lasciva de los hombres que la rodeaban y que acabó por destruirla física, moral y emocionalmente. Especialmente revelador resulta el plano de la actriz sentada en el patio de butacas observando su propia imagen en “Los caballeros las prefieren rubias” y diciendo “Yo no soy esa”, con las lágrimas rodando por sus mejillas, o cuando se justifica ante DiMaggio explicándole que «Marilyn sólo existe en la pantalla».

Con un primer acto dedicado a la infancia que adquiere tintes de película de terror cuando la cámara filma en primera persona cómo la propia madre de Norma Jean, una niña de apenas cinco o seis años (Mia McGovern), intenta ahogarla en una bañera de agua hirviendo; y un segundo tramo dedicado a su primera juventud y al menage a trois con sus amigos Cass, (Xavier Samuel) y Eddy (Evan Williams), hijos descarriados de Charlie Chaplin y Edward G. Robinson, quienes se sienten tan huérfanos y abandonados por sus famosos padres como ella… aunque Norma Jeane no renuncie nunca a buscar esa figura -la del padre ausente- en todos sus maridos y amantes, a quienes no casualmente llama «dady» sucumbiendo al complejo de Electra. Sin duda la parte más dura y difícil de digerir es la recta final de la película, donde encontramos ya a una Marilyn totalmente degradada, adormecida y desorientada por el abuso del alcohol y los barbitúricos que apenas distingue los sueños de la realidad.

Con el maquillaje corrido, sostenida en vilo por dos agentes de la CIA que la sacan arrastras de la alcoba del más «cool» y respetado de los presidentes estadounidenses, JFK (Caspar Phillipson), quien la obliga a hacerle una felación mientras habla por teléfono, antes de violarla salvajemente, Marilyn se pregunta a sí misma “¿dónde ha quedado, al final, Norma Jeane?”.

Una de las escenas más impactantes de la película, en la que la bellísima Ana de Armas, sometida a un auténtico tour-de-force al tener que desdoblarse en dos personajes tan antagónicos, pone toda la carne en el asador, al igual que lo hace durante el resto del filme, en el que su expresivo y angelical rostro se hace omnipresente teniendo que interpretar escenas de una enorme dureza emocional. Por no hablar de su gran trabajo físico y corporal, imitando los gestos, posturas y expresiones de la Monroe en escenas míticas por todos conocidas. Lo que (polémicas sobre su acento latino aparte) la convierte en favorita para hacerse con alguna estatuilla la próxima noche de los Oscar´s.

De tendencia caleidoscópica, la fotografía del canadiense Chayse Irvin es sencillamente sublime, haciendo que la icónica actriz resplandezca por igual en el elegante claroscuro del cine noir que en la intensidad del technicolor, o con el grano ligeramente saturado de una imagen de archivo falseada, cambiando a capricho de formato y de ancho de pantalla. En su estética febril, caótica y contradictoria, a ratos producto del propio estado alterado de conciencia del personaje, Dominik incorpora efectos digitales que vuelven irreconocibles a la legión de hombres que rodean a la Marilyn superstar y monstruosos a los fotógrafos que la deslumbran con sus flashes, obligándonos a sostener la mirada ante un mundo masculino aberrante e irracional.

Y es que, sin poder enmarcarse formalmente como una película feminista, tal y como indica Juan Pulgarin en The Objective, la cinta “deja en evidencia al hombre como un depredador, con más o menos tendencias violentas, pero que encuentra en el cuerpo femenino su alimento. Lo cual queda establecido desde la primera entrevista de trabajo de Norma Jeane hasta el último encuentro «amoroso» con el presidente de Estados Unidos. Norma-Marilyn pasa por ser el objeto de deseo de actores de medio pelo, deportistas, escritores y, finalmente, políticos, casi todas las profesiones que en menor o mayor medida los hombres buscan para llenar un ego maltrecho”.

Hasta que, convertida ya en despojo o en juguete roto, convencida de su propia condición fallida: como hija (aunque nunca dejó de visitar en el psiquiátrico a su madre), como esposa (tres veces divorciada) y sobre todo como madre, a causa de los abortos más o menos involuntarios que sufre a lo largo de su vida y que esta película convierte en una de las experiencias más doloras, gráficas e impactantes que se habrán visto en la gran pantalla, los últimos años de la joven actriz se reducen a un compás de espera autodestructivo, encerrada en su casa de Brentwood (California) como un animal solitario y asustadizo, sin poder distinguir las alucinaciones de la realidad, resignada ante una muerte que está ya al caer. Dominik nos propone un epílogo que se asemeja a un réquiem de silencio mortuorio, durante el cual el propio cineasta parece pedir perdón al mito de Marilyn en las palabras que supuestamente le escribe el padre ausente a Norma Jean: «Solo te he conocido en la distancia. Nunca he querido ser cruel».

Blonde. Ana de Armas as Marilyn Monroe. Cr. Netflix © 2022

Título original: Blonde

Año: 2022

Duración: 166 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Andrew Dominik

Guion: Andrew Dominik. Novela: Joyce Carol Oates

Música: Nick Cave, Warren Ellis

Fotografía: Chayse Irvin

Reparto: Ana de Armas, Bobby Cannavale, Adrien Brody, Julianne Nicholson, Evan Williams, Xavier Samuel, Caspar Phillipson, Toby Huss, Sara Paxton, Chris Lemmon, Dan Butler, Garret Dillahunt, Lucy DeVito, Mia McGovern...

Productor: Plan B Entertainment. 

Distribuidora: Netflix

Género: Biopic. Drama psicológico. Años 50-60. Cine dentro del cine

THE DUKE

De vez en cuando sucede que el buen cine se inspira en diminutas historias de grandes personas que pueblan las crónicas periodísticas de épocas pretéritas y surgen así pequeños milagros narrativos, como “The Duke”. Una película modesta, estrenada fuera de competición en el Festival de Cine de Venecia en 2020 y que acaba de incorporarse al catálogo de Movistar+, en la que se recrea, en clave de parodia, uno de los robos de arte más audaces que el mundo jamás haya visto: el robo de un cuadro de la época tardía goyesca sustraído de la National Gallery de Londres, en 1961, por Kempton Bunton (Jim Broadbent), un ciudadano anónimo de Newcastle, perteneciente a la aguerrida, orgullosa e inquebrantable clase obrera británica, quien decidió utilizar el altavoz mediático que le proporcionó el proceso judicial al que tuvo que hacer frente a raíz del sonado suceso (siendo el primer y único robo de la historia de la pinacoteca londinense hasta ahora), para lanzar un alegato social a favor de la eliminación de la tasa que grababa por aquel entonces el acceso a la señal de la BBC para todo aquel que tuviera un aparato de televisión en casa.

Dirigida por Roger Michell (autor de otros trabajos sobresalientes, como “Notting Hill” o “Morning Glory”), The Duke es un largometraje cargado de idealismo que transita por los viejos valores del discurso anarquista y que pretende reconciliarnos con el género humano al esgrimir argumentos tan bienintencionados, como que “hay bondad y maldad en todos los seres humanos” o que nos necesitamos los unos a los otros. “Yo no soy yo sin usted”, le explica Kempton a su abogado defensor (Matthew Goode), desde el estrado. “Es usted quien me hace ser yo y soy yo quien le hace ser usted”. A lo que el letrado concluye que “La humanidad es un proyecto colectivo”.

Y es que la rocambolesca y pintoresca historia de esta especie de Robin Hood del proletariado, al que algunos podrían considerar un héroe de la clase obrera, mientras otros pensarán de él que era un completo chiflado, es la de un hombre del pueblo, más bien ingenuo, excéntrico y bonachón, acostumbrado a entrar y salir de prisión por sus pequeños actos de protesta contra un sistema público que castiga singularmente a las clases populares. En este caso, a los ex veteranos de guerra jubilados que no disponen de una pensión en condiciones para hacer frente al citado cánon que regulaba entonces el acceso a los contenidos que se emitían por la televisión pública, condenándolos a una vida en soledad y sin entretenimiento.

El bueno de Kempton se mete en problemas con la autoridad al negarse a pagar el canon televisivo —un delito castigado con 13 días de prisión—para desesperación de su sufrida e irascible esposa, Dorothy (la camaleónica Helen Mirren) y, a partir de ahí se envuelve en esa bandera y decide recoger firmas para solicitar la eliminación de dicha licencia. Una cruzada en la que involucra a Jackie (Fionn Whitehead), el hijo menor de ambos, quien ha heredado esa bis bonachona y rebelde de su padre, así como el espíritu de sacrificio de su madre, un ama de casa temperamental que encarna la honestidad y rectitud de la clase trabajadora, quien se ve obligada a servir en casa de un concejal para llevar el pan a su mesa, mientras su marido -un taxista ocasional que habla demasiado, aspirante a dramaturgo y apasionado activista, antes de que dicha palabra se hiciera popular- encadena despidos y rechazos a su producción literaria, entregado como está a la defensa de las “grandes causas”.

El cuadro robado es el retrato del Duque de Wellington, obra de Francisco de Goya, y Kempton envía notas al Gobierno británico para pedir un rescate por él (140.000 libras) que espera poder donar a la beneficencia para pagar las licencias de televisión de los excombatientes retirados. Pero la aventura se complica y el plan de este anciano, culto y un revolucionario, se desmorona cuando su otro hijo, Kenny (Jack Bandeira), un delincuente de baja estofa y su pareja, Pammy (Charlotte Spencer), llegan de visita y descubren el valioso lienzo escondido en el falso fondo de un armario, amenazando con contarlo a las autoridades si Kempton no accede a compartir el rescate con ellos, a partes iguales.

En un gesto de inocencia que resulta conmovedor, nuestro hombre decide entonces devolver el cuadro a su sitio y, ni corto ni perezoso, se presenta con este bajo el brazo en la National Gallery, de donde pasa directamente a prisión.

Adornado por jugosos diálogos que hacen honor al fino sarcasmo y flema británicas, y una esmerada ambientación que recrea a la perfección la época en la que se sucedieron los hechos (a principios de la década de los 60) rescatando algunas imágenes de archivo que nos sitúan en aquellos años, la película recuerda, por momentos, a las mejores comedias de Woody Allen, con un montaje muy dinámico, acompasado por las melódicas notas de jazz de George Fenton, y el uso puntual de la pantalla partida en los momentos de transición, al estilo de la saga original de «Ocean’s Eleven» y de algunas otras películas de los atracos más grandes de la historia, llenas del encanto de la vieja escuela, como “La pantera rosa”.

No contaré el desenlace de esta pequeña sátira social que contiene hacia el final un giro inesperado, para no haceros spoiler. Tan solo añadiré que merece la pena verla, aunque solo sea por asistir a la conmovedora actuación de esos dos monstruos de la interpretación que son Broadbent (acostumbrado a encarnar algunos de los personajes secundarios más entrañables del séptimo arte, en películas como «Harry Potter y el misterio del príncipe«, «El bebé de Bridget Jones«, «Moulin Rouge» o «Brooklin«) y la gran Mirren («The Queen«, «Calígula«, «La gran mentira«…) cuya química entre ambos es absolutamente deslumbrante y en cuyas espaldas recae el mayor peso de este divertido, hilarante y adorable sainete, contado con la sutileza y eficacia que caracterizan al excepcional cine británico que viene haciendo en la última década.

Título original: The Duke

Año: 2020

Duración: 96 min.

País: Reino Unido

Dirección: Roger Michell

Guion: Richard Bean, Clive Coleman

Música: George Fenton

Fotografía: Mike Eley

Reparto: Jim Broadbent, Helen Mirren, Fionn Whitehead, Matthew Goode, Aimee Kelly, Craig Conway, Simon Hubbard, Jack Bandeira, Heather Craney, Ray Burnet, Ashley Kumar, Charlie Richmond, Robert Jarvis...

Productora: Neon Films, Pathé, Screen Yorkshire, Great Bison Productions, Ingenious Media

Género: Comedia. Drama | Basado en hechos reales. Años 60

BELFAST

No suele ser habitual que una película supere con mucho mis expectativas. Sin embargo, en el caso de “Belfast”, una cinta que venía avalada por varias nominaciones y premios, como el reconocimiento del público del Festival de Cine de Toronto y el Globo de Oro al mejor guion, y que suena ya en todas las quinielas de los Oscar de este año, debo decir que no solo me ha parecido magnífica a nivel de ejecución y técnica cinematográficas, sino que ha logrado conmoverme con su narrativa y su propuesta estética. Algo que muy pocas películas actuales consiguen.

Escrita y dirigida por Sir Kenneth Branagh, quien ya había conquistado los teatros británicos mucho antes de dar el salto a Hollywood para empezar a forjarse una respetable reputación como actor y director de cine que apuntala ahora con las hermosas imágenes de “Belfast”, sin duda se trata de su trabajo más personal, tras haber destacado sobre todo por trasladar a la gran pantalla algunos de los grandes clásicos shakespearianos: “Enrique V” (por la que fue nominado al Óscar como mejor director y mejor actor, en 1989), “Otelo” (1995) y “Hamlet” (nominada al Óscar al mejor guion adaptado, en 1996); así como por otras adaptaciones cinematográficas de obras no menos célebres que las del bardo inglés, como el clásico cuento de “La Cenicienta” (2015), o las aventuras del personaje de Agatha Christie, Hércules Poirot, en “Asesinato en el Orient Express” (2017) o “Muerte en el Nilo” (2022) estrenada este año.

A excepción quizá de “Los amigos de Peter” (1992), aquella extraña película en la que seis amigos graduados en Cambridge se reúnen en la mansión de uno de ellos para despedir el año y recordar el pasado, en “Belfast” Branagh decide por primera vez hablar de si mismo y de su infancia, de lo que humanamente supusieron para él aquellos años de la niñez en su ciudad natal, que pasó de ser su hogar y su patio de recreo, a convertirse en un lugar convulso, peligroso y hostil, forzando la mudanza de su familia a Londres a finales de los años sesenta, periodo histórico conocido como “The Troubles”, cuando la capital de Irlanda del Norte empezaba a ser azotada por los primeros latigazos de un conflicto armado que provocó un gran número de muertes durante la segunda mitad del siglo XX, extendiéndose hacia la República de Irlanda y el Reino Unido.

El cineasta dedica esta película autobiográfica “a los que se quedaron, a los que se perdieron -por culpa de la violencia sectaria- y a los que -como él y su familia- decidieron marcharse” ante el creciente acoso del fanatismo y el odio entre católicos y protestantes. Un conflicto interétnico latente que, antes de derivar en guerra civil, estalló en altercados callejeros, lanzamiento de bombas molotov y saqueos.

Ese es el agitado contexto que sirve de telón de fondo a la trama de “Belfast” y que no pretende ser abordado desde una sesuda perspectiva crítica o de análisis político. Lo que Branagh nos ofrece es mucho más modesto y sutil. Una mirada íntima y subjetiva, acaso idealizada, tamizada por la memoria selectiva, como todos los recuerdos que proceden de la infancia.

La película comienza con unos planos panorámicos en color, que bien podrían pertenecer a un video promocional turístico de la ciudad de Belfast en la actualidad, con la banda sonora de Van Morrison (nativo, como Branagh, de la capital de Irlanda del Norte) omnipresente como hilo musical. La cámara se pasea por los grafitis y demás manifestaciones de la cultura urbana hasta detenerse en un mural a cuyas espaldas la postal pierde color. Hemos viajado del presente a 1969 y la acción de sitúa en una calle de Belfast donde conviven católicos y protestantes.

Es la calle en la que vive Buddy (Jude Hill), un niño irlandés de nueve años que pertenece a una familia protestante de clase obrera. A partir de ese momento, el director y guionista reduce el mundo a su escala y se centra en recrear -no sin cierta nostalgia- la rutina familiar y escolar de ese niño de los años sesenta, que es él.

Los juegos con los amigos en la calle (sin importar la religión que profesan); su primer amor por la chica más lista de la clase; las travesuras y gamberradas para las que lo recluta la “malota” del barrio; los apocalípticos sermones del Pastor en la misa de domingo; la veneración por sus abuelos (Ciarán Hinds y Judy Dench), una entrañable pareja de ancianos; la ausencia de su padre (el Jamie Dornan de la saga de “Cincuenta sombras de Grey”), a quien solo puede ver cada dos semanas porque trabaja como empleado de la construcción en Inglaterra; la protección y crianza a cargo de su madre (Caitriona Balfe, Money Monster” y “Outlander), agobiada por las deudas con el fisco; las discusiones de la pareja derivadas de la separación física y las dificultades económicas y, finalmente, la inestabilidad política que, si bien está presente a lo largo de toda la película, no opaca los momentos de felicidad de Buddy, como la que le proporciona recibir los regalos de navidad (algunos de los juguetes más codiciados de la época) y esas visitas al cine, para ver Solo ante el peligro o Chitty Chitty Bang Bang”. Un ejercicio de gran evasión en familia que permite al director mostrar la ingenuidad de los espectadores de la época, cuando en el cine todavía se podía gritar, aplaudir y cantar.

En medio de esa estampa costumbrista, el conflicto social es un tsunami que inunda la acción en momentos puntuales. Sabemos de él a través de la mirada del niño o de las conversaciones de los adultos que este escucha accidentalmente y sólo vemos los sucesos a los que él asiste. Se hace presente cuando afecta de alguna forma a la vida de Buddy. Lo cual supone una manera de abordar la denuncia política con una gran sensibilidad, que anima a preservar la alegría de vivir propia de la infancia, a través de cuyos ojos está contada la historia.

Buddy y su familia son testigos de un enfrentamiento que marcará el destino de su nación durante varias décadas, pero pese al acoso y las amenazas de quienes les exigen tomar partido ante la creciente hostilidad reinante, el clan se mantiene unido y decide seguir con su vida. Aunque con ello desafíen a su propia religión.  Ellos representan la cordura y la tolerancia frente al sectarismo y la sinrazón.

“No importa si es católica, judía o budista, si es una persona buena y honesta, siempre será bienvenida”, le dice su padre a Buddy cuando este le pregunta si tiene futuro su amor por la chica del pupitre de al lado, que resulta ser católica. Lo cual es toda una declaración de principios, brillante en su sencillez y en la simplicidad con que se expresa, aunque algunos insistan en ver cierta tendencia al exceso de teatralidad en algunas escenas de introspección de la película, en su mayoría protagonizadas por Caitriona Balfe, quien sale claramente beneficiada de la atención que le presta el director, embriagado por la ensoñación masculina hacia la figura materna.

El recurso de un escudo de juguete que Buddy se hace con la tapa de un cubo de basura y que sirve a su madre como real escudo protector frente a las piedras lanzadas por los alborotadores, va en esa línea de ensalzar su papel de “madre coraje”, con una inocencia no por calculada menos conseguida, en una escena de ritmo trepidante.

Y es que Branagh ha compuesto con mimo cada plano extraído de sus recuerdos infantiles, tomando nota de la mejor tradición cinematográfica de Bergman, de Buñuel, de Fellini, de Hitchcock, de Orson Welles y hasta de Steven Spielberg, con largos planos-secuencia en escenas de gran dinamismo, pronunciados contrapicados y primeros planos de gran fuerza dramática subrayada por la profundidad de campo y por una fotografía impecable, en nítido blanco y negro, obra de Haris Zambarloukos, su colaborador habitual, que confiere una gran potencia expresiva a encuadres de primorosa factura, que a veces parecen inspirados en el fotoperiodismo, como extraídos de las páginas de un viejo diario, con los antidisturbios desplegados en milimétrica formación, dispuestos a contener las algaradas callejeras. O los breves momentos en que el blanco y negro cede paso al color, haciendo una distinción entre lo que sucede en el cine y en la imaginación del pequeño Buddy, y lo que acontece en la vida real.

Todo ello hace que Belfast sea una película emotiva y visualmente hermosa, cuyo acabado estético es sin duda su mayor reclamo, a la par que consigue dejar claro que se trata de una fabulación, la idealización de una época de la vida y de unos sucesos trágicos ya por fortuna superados, felizmente deformados por la memoria.

Título original: Belfast

Año: 2021

Duración: 98 min.

País: Reino Unido

Dirección: Kenneth Branagh

Guion: Kenneth Branagh

Música: Van Morrison

Fotografía: Haris Zambarloukos

Reparto: Jude Hill, Caitriona Balfe, Jamie Dornan, Judi Dench, Ciarán Hinds, Lewis McAskie, Lara McDonnell, Gerard Horan, Turlough Convery, Sid Sagar, Josie Walker, Chris McCurry, Colin Morgan...

Productora: TKBC. 

Distribuidora: Focus Features

Género: Drama | Años 60. Infancia. Familia

EL DIABLO A TODAS HORAS

De las muchas cruentas y brutales escenas que alberga una película en apariencia modesta como “El diablo a todas horas”, estrenada en Netflix el año pasado, hay dos en particular que consiguen ponerme el vello de punta. Cuando Willard Russell (Bill Skarsgård), desesperado por salvar a su mujer enferma de cáncer, sacrifica al perro de la familia clavando su cadáver en una cruz, como si de una ofrenda bíblica se tratase, obligando a su pequeño e inconsolable hijo, Arvin (Banks Repeta) a rezar de rodillas ante semejante horror; y aquella en la que Roy Laferty, un falso y perturbado profeta (escalofriante Harry Melling vaciando sobre su rostro un bote lleno de arañas), le exige a Dios que resucite a su esposa (Mia Wasikowska), tras haberle clavado un destornillador en el cuello en prueba de su fe. Sin que, en ninguno de los dos casos, sus plegarias sean atendidas.

Y es que, si hay algo que sobrevuela el argumento de esta película, que roza el paroxismo intentando abordar el espinoso asunto del fanatismo religioso que reina en la América profunda, donde el mensaje de las Sagradas Escrituras es tomado al pie de la letra, es la creencia en un Dios que permanece en silencio. El Dios exigente y vengativo del Antiguo Testamento. Un Ser tan todopoderoso como ausente. Impasible mientras la humanidad sucumbe, presa de la ignorancia y de sus bajas pasiones, dando rienda suelta a una crueldad que le viene de serie, como un imperdonable defecto de fábrica.

Pese a lo que pueda sugerir su título, “El diablo a todas horas” no es una película de terror, aunque se cometan crímenes horrendos, ni hay ninguna posesión o presencia maligna que impulse a los personajes a cometer toda clase de monstruosas y sanguinarias atrocidades. La maldad, nos dice Donald Ray Pollock, autor de la novela negra en la que se basó el realizador neoyorquino Antonio Campos para hacer el guión, corre por las venas de los protagonistas de las historias que se entrelazan en su argumento. Gente humilde, sin educación ni cultura, los lugareños de dos poblados de Ohio (Knockemstiff) y Virginia (Coal Creek), embaucados desde su más tierna infancia por toda clase de charlatanes, pastores y falsos predicadores, que hacen buena la advertencia de Karl Marx de que “la religión es el opio del pueblo” y, en ocasiones, puede ser algo incluso peor, generando una serie de traumas psicológicos irreparables que están en el origen de la destrucción de muchas vidas.

Con una compleja estructura temporal que va de la Segunda Guerra Mundial al conflicto de Vietnam, dice la crítica especializada que la película de Antonio Campos es “una película sombría, mezcla de film noir (cine negro) y gótico sureño”. Un subgénero, principalmente desarrollado en los Estados Unidos, en el que aparecen elementos sobrenaturales que, a diferencia de la novela gótica, no se usan para crear suspense, sino para describir cuestiones sociales y culturales propias de los estados rurales del sur. Algunos escritores que han cultivado este género en la literatura son William Faulkner, Tennessee Williams o Truman Capote en su laureada novela “A sangre fría”, en la que narra un brutal asesinato que sacudió la tranquila vida de Holcomb, un pueblecito de Kansas, en 1959.

En el caso de “El diablo a todas horas”, es la voz de off del propio Donald Ray Pollock, autor de la novela homónima publicada en el año 2011, la que nos guía a través del relato, como una especie de oráculo que marca el sino trágico que persigue a varias generaciones de una misma familia y a otros personajes de su entorno, una comunidad de psicópatas, asesinos y abusones en la que reina la depravación moral y anida la simiente de la sed de venganza y el “ojo por ojo” de la Ley del Talión.

De hecho, “esperar el momento adecuado para devolver el golpe” es lo primero que su padre le enseña a Arvin Russell (Tom Holland), hijo de un exsoldado (Bill Skarsgård) y una camarera (Haley Bennett), quien desde muy niño será testigo y víctima de ese universo enrarecido, dominado por la violencia, donde se irán sucediendo una serie de desgraciados acontecimientos (bulling, suicidios, asesinatos a sangre fría, abusos sexuales, cadáveres descuartizados y enterrados…) que, al afectar a los suyos y arrasar con sus vidas, no le dejarán más remedio que empuñar el arma que heredó de su padre (la misma con la que Hitler -encarnación del mal por excelencia- se voló la tapa de los sesos en su búnker, según la leyenda) para convertirse en justiciero, siendo la lealtad a la familia la única redención posible.

Un siempre sobreactuado Robert Pattinson (el de la saga de “Crepúsculo”) que sin embargo resulta creíble como el farisáico, depravado y narcisista Reverendo Preston, un joven y apuesto pastor recién llegado al poblado que seduce y abusa de sus feligresas menores de edad, entre ellas la inocente Lenora (Eliza Scanlen) -a quien Marvin quiere y protege como si fuera su hermana de sangre- dejándola embarazada; Riley Keough y Jason Clarke, como Charlotte y Carl, una pareja de asesinos en serie que se dedica a recoger autoestopistas, para asesinarlos y mutilar sus miembros mientras se hacen fotos pornográficas; Mia Wasikowska, como Hellen Haton Laferty, la madre biológica de Lenora, asesinada y descuartizada en el bosque por su marido; y Sebastián Stan, en el papel de un policía corrupto que aspira a presentarse a las elecciones para sheriff del condado, completan el espectacular reparto de esta película maltratada por la crítica, en la que destacan sus magníficas interpretaciones.

Como pasa a menudo, la versión cinematográfica no ha cubierto las expectativas de quienes habían leído antes la aclamada novela de Pollock. En concreto, se le achaca cierto efectismo gore y se ha dicho que, pese a la longitud de su metraje (134 minutos), carece del sosiego necesario para ahondar en la complejidad psicológica de sus trastornados personajes. Quizá por no ser mi caso, a mi me ha gustado. No será la película definitiva sobre la Gran Tragedia Americana, pero sirve para hacerse una idea.

FICHA TECNICA:

Título original: The Devil All the Time

Año: 2020

Duración: 134 min.

País: Estados Unidos
 
Dirección: Antonio Campos

Guion: Antonio Campos, Paulo Campos (Basada en la novela homónima de Donald Roy Pollock)

Música: Danny Bensi, Saunder Jurriaans

Fotografía: Lol Crawley

Reparto:
Tom Holland, Bill Skarsgård, Jason Clarke, Sebastian Stan, Robert Pattinson, Eliza Scanlen, Mia Wasikowska, Riley Keough, Haley Bennett, Mia Goth, Tracy Letts, Gregory Kelly, Gabriel Ebert, Emma Coulter, Harry Melling, Douglas Hodge, Lucy Faust, Drew Starkey, Kristin Griffith

Productora: BorderLine Films, Ninestory Pictures (Distribuidora: Netflix)

Género: Thriller. Drama | Drama sureño. Vida rural (Norteamérica). Asesinos en serie. Años 60. Años 50. Crimen. Religión. Historias cruzadas