SUCCESSION. TEMPORADA FINAL

Nos hemos quedado sin “Succession”. La excepcional serie de HBO ha echado el cierre justo cuando estaba en la cima de su popularidad, por aquello de no dejar que decaiga, poniendo el punto y final justo donde había que ponerlo.

Los afanes y enredos de los hermanos Roy por hacerse con el control de la Waystar RoyCo, el gran emporio empresarial y mediático que su padre, el todopoderoso y desalmado Logan Roy (Brian Cox), supo levantar de la nada, valiéndose de todas las artimañas empresariales, corruptelas y tráfico de influencias que se requieren para tales fines, han terminado, como era previsible, en tragedia. No podía haber final feliz, tratándose de una historia inspirada en los mejores dramas shakesperianos (Rey Lear y Lady Macbeth), los mismos que, en su día, inspiraron a Orson Welles para hacer su “Ciudadano Kane”.

Genio precoz y visionario, Welles sabía que el poder y la ambición de controlarlo es un tópico universal y narrativamente atractivo por lo que, ya en 1941, se fijó en un magnate de la prensa estadounidense, William Randolph Hearst, para escribir la historia de su alter ego en la ficción, Charles Foster Kane, quien al igual que el patriarca de los Roy (llegado a América desde la vieja Escocia, como un niño de la guerra, cuando apenas contaba cuatro años de edad) entendía que amasar fortuna no basta y que encabezar un conglomerado de medios de comunicación te aseguraba un grado de influencia sobre la opinión pública y el poder político -al que ambos tratan con desdén y desprecian- que convierte a los dueños de esas grandes corporaciones en un poder fáctico que goza de total impunidad al manejar sus hilos desde la trastienda.

Es sobre esa premisa y sobre la sospecha de que “los ricos (más bien los multimillonarios) también lloran”, sobre la que Jesse Armstrong, CEO de “Succession” -como lo bautizó The New Yorker- un escritor y productor británico que llegó al proyecto tras haber escrito un guion sobre la vida de Rupert Murdoch, fundador de Fox News (el equivalente a la cadena televisiva ATN en la serie) que nunca se llegó a filmar, se propuso crear esta historia sobre una familia disfuncional y carente de escrúpulos, récord Guiness en intrigas y puñaladas traperas, con unos herederos que se disputan el legado del temido y temible páter familias (una mezcla de Murdoch, Hearst y Redstone, por la parte norteamericana y de Robert Maxwell, por la británica), quien no parece dispuesto a ceder a sus descendientes directos el control del emporio familiar. De hecho, prefiere deshacerse de él vendiéndolo a Lukas Matsson (Alexander Skarsgård), CEO de GoJo, gigante sueco del streaming que busca fusionarse con Waystar, antes que legarla a alguno de sus hijos, cuyas capacidades de liderazgo menosprecia pues, a sus ojos, carecen de su inteligencia e instinto asesino y “no son personas serias”.

El estadounidense Adam McKay, director de la sátira apocalíptica “No mires arriba” (2021), es su productor ejecutivo y dirigió el primer episodio de esta exitosa serie que vio la luz en 2018. A diferencia de Armstrong, McKay conocía a fondo los entresijos e intrigas de Wall Street desde que rodó “La gran apuesta” en 2015, una hiperventilada crónica sobre la burbuja inmobiliaria que originó la crisis financiera de 2008, película en la que actuaba un entonces desconocido Jeremy Strong (Kendall Roy). Pero, aunque habla de una familia que reside en el corazón de Manhattan, “Succession” se escribió en Londres, contando con un equipo de guionistas británico-estadounidense, lo cual explica gran parte de su irresistible encanto basado en el sarcasmo de sus diálogos afilados y feroces, especialmente en boca del políticamente incorrecto Roman Roy (Kieran Culkin), pequeño duendecillo pervertido y malvado o en la dinámica, a ratos sadomasoquista, entre el primo Greg (Nicholas Braun), dispuesto a lamerle la suela del zapato a sus parientes para medrar en la compañía y su jefe inmediato, Tom Wambsgans (Matthew Macfadyen), yerno de Logan, arquetipo del ejecutivo trepa, sin pudor ni ética, del que pronto se convierte en alumno aventajado, secuaz y asistente personal.

Casado con Shioban Roy (Sarah Snook), la única hija del dueño de Waystar y entrenado para permanecer a flote aún en medio de la más dura de las tempestades, el personaje de Macfadyen cobra especial relevancia ante la futura fusión, siendo quien al final consigue llevarse el gato al agua. Tom es el candidato perfecto para el futuro nuevo dueño de la compañía, que no busca un CEO competente, sino algo parecido a un perro fiel. Un personaje obediente y sin escrúpulos, capaz de todo con tal de seguir conservando su abultada nómina que le permite llevar un lujoso tren de vida sin tener que pegar sello. Tom se muestra fuerte con el débil y complaciente frente al poderoso, apostando siempre a caballo ganador. Su boda con Shiv es un braguetazo de libro. Ambos se necesitan y se utilizan mutuamente. Sabemos que no es amor, pero nunca sabremos si, detrás de ese matrimonio de conveniencia, había algo más que pudiese salvar una relación que hizo aguas desde el principio. En esta cuarta y última temporada, ella está embarazada y, a la postre, quizá sea eso lo que resulta determinante para que termine traicionando a sus hermanos cuando parecía que los tres habían dejado a un lado sus diferencias a fin de salvar el legado familiar para la siguiente generación.

El cierre de «Succession» es tan brutal como inesperado. Por primera vez vemos a un Kendall genuinamente feliz, al saberse a punto de alcanzar lo único que da sentido a su vida. En la cocina de su madre, los tres hermanos se liberan de la carga de la sucesión entronizándolo por unanimidad y, en ese momento, vuelven a vincularse desde un sentimiento fraternal. Sin embargo, la fraternidad dura poco porque, al llegar a las oficinas de WayStar, (con paredes de cristal traslúcido que todo lo muestran), Shiv advierte que Kendall, al poner los pies sobre el escritorio de su padre, se transforma en él y, haciendo volar su acuerdo por los aires, decide clavarle a su hermano mayor una daga en el corazón, negándole su apoyo ante el Consejo para impedir la fusión. Roman tampoco puede hacer las paces con la humillación que representa para él no ser el elegido. Lo que desata una violencia visceral y descarnada que los define y los deslegitima a la vista de todos. Ken pierde el control, empuja a su hermana embarazada y quiere sacarle los ojos a Roman, mientras este le lanza toda clase de improperios.

Los últimos planos de cada uno de ellos son deprimentes y elocuentes. Vemos a un Kendall muerto por dentro, que deambula como una figura fantasmagórica por un parque, seguido del guardaespaldas de su padre. Una escena similar a aquella en la que el mismo Logan camina por Central Park con el mismo hombre escoltándole , a quien le confiesa que es su verdadero y único amigo. Shiv que maniobró con Matsson a espaldas de sus hermanos para estar al frente de Waystar queda reducida a ser “la esposa del CEO”. Un destino humillante para quien ha luchado tanto por no ser descartada de la carrera por la sucesión por el hecho de ser mujer. Y Roman, tras firmar la fusión con GoJo, lo celebra tomando un martini (el trago favorito de Gerri) esbozando una sonrisa entre irónica y resignada.

La soledad es el denominador común en los tres casos. Perder la empresa es lo de menos, lo peor es que los tres se han perdido a sí mismos y a las únicas personas capaces de entender lo que sienten porque juntos crecieron y compartieron una infancia igual de solitaria, como atestigua la magnífica secuencia de los créditos iniciales, con música de Nicholas Britell. Un resumen de una niñez de lujos, de paseos en elefante, pero también de un padre severo y de una madre ausente, una infancia deficitaria de cariño de la que ya no queda más que el recuerdo melancólico que en este último capítulo sale a flote a raíz del funeral de Logan, donde los tres hermanos muestran, cada uno a su modo, lo rotos que están por dentro y el dolor que, pese a todo, les une tras la pérdida de su padre. Porque a su modo lo quieren y se quieren, con esa forma de querer abusiva y rencorosa que tiene la consanguinidad, capaz de lo peor y lo mejor, mientras el resto del mundo los observa y los juzga como lo que son, unos privilegiados «hijos de papá» a los que nadie respeta y por los que nadie siente compasión, en justa correspondencia al desprecio que ellos muestran por sus semejantes.

En un contexto donde se critica el nepotismo y la ausencia de meritocracia, «Succession» ha conseguido mostrarnos las debilidades de estos niños mimados, solitarios y tristes, sin moral, preparación ni talento, que ocupan cargos de poder gracias a sus apellidos, destinados a perpetuar los mismos términos y condiciones del statu quo que legitima sus privilegios, abonados a narrativas neoliberales y filo fascistas. Para los Roy, “la plebe” es una masa amorfa de vasallos en potencia, servidumbre anónima, gente de quienes abusan, a quienes contratan, sobornan y despiden, sin mayor cargo de conciencia. La trama de la muerte del camarero en Italia, de la que nadie se hace responsable, sintetiza esa visión. La suya es una mirada déspota sobre un mundo que se resquebraja en la escena final donde Roman es literalmente arrollado y aplastado por un grupo de manifestantes antisistema, que lo pisotean ignorando su estatus de príncipe caprichoso.  

Y es que «Succession» es una historia de violencia, violencia física y sobre todo verbal. Una historia de traumas familiares, de abandono y abuso de poder que empieza con Connor (Alan Ruck) el primogénito, ninguneado por ser el hijo no deseado de una relación esporádica con una bailarina; a quien sigue Kendall, el atormentado hijo pródigo, enganchado a las drogas y programado desde niño para suceder al padre al frente de su imperio; Shiv, quien tiene que aprender a disputarle el poder a sus hermanos varones, casada con un hombre que juega con sus propias cartas y mantiene con ella un vínculo de interés, traiciones, desgarros emocionales y humillaciones mutuas y finalmente Roman, golpeado por su padre de niño y víctima de un complejo de Edipo.

Ninguno de ellos tiene amigos ni un refugio al que volver. Dentro de su mundo de jets privados y LandRovers negros con los cristales tintados, lo único que da sentido a sus vidas es conseguir la aprobación de Logan, ya sea mostrándose como sus leales súbditos o tratando de destruirlo, como hace Ken, quien desea que su padre lo ame, pero también anhela superarlo y, por momentos, hasta matarlo. Esa es su tragedia: el nunca será Logan y Logan siempre gana, incluso estando muerto.

El lenguaje de los Roy es el desprecio, el insulto y la humillación. A “los Kids”, como la serie denomina a este trío de tres tristes tigres, los unen los celos, la ambición, la frustración y la paradójica necesidad de buscar constantemente la legitimación del monstruo que les engendró. A medio camino entre Zeus todopoderoso y Saturno devorando a sus crías quien, durante décadas, manipuló a la opinión pública y aupó o dejó caer gobiernos a su conveniencia, el que todo lo pudo en vida, falló en su tarea más crucial: forjar un heredero digno de su trono. Sus tres hijos han vivido predestinados a correr detrás de una zanahoria que, por la lógica de su juego perverso, nunca llegarán a alcanzar. Logan los desprecia cuando se arrastran como gusanos y los aplasta si osan rebelarse. En Matsson encuentra lo que no halla en ellos: un igual.

El único que parece adecuado para sucederle es Tom que, como él mismo, tiene un origen proletario y demuestra ser un verdadero superviviente, el que más alto consigue escalar, aún a costa de vivir de rodillas que, como queda de manifiesto en la serie, es la mejor forma de reptar hasta la cima del mundo.

Hay quien ha dicho que la serie está sobrevalorada. A mi me parece una fiel crónica de nuestro tiempo.

Título original: Succession

Año: 2018

Duración: 60 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Jesse Armstrong (Creador), Adam McKay, Mark Mylod, Andrij Parekh, Adam Arkin, Miguel Arteta, S.J. Clarkson, Shari Springer Berman.

Guion: Jesse Armstrong, Susan Soon He Stanton, Georgia Pritchett, Jon Brown...

Música: Nicholas Britell

Fotografía: Andrij Parekh, Patrick Capone, Chris Norr.

Compañías: Gary Sanchez Productions, Hyperobject Industries. HBO

Género: Serie de TV. Drama Familiar. Poder. Negocios

BEAU TIENE MIEDO

“Beau tiene miedo” no es un psico thriller ni una película de terror en sentido estricto. Tampoco es un trabajo cinematográfico emparentado con la obra de Buñuel, Lynch o Fellini, como su director, Ari Aster, ha pretendido hacernos creer. Le faltan muchas millas de recorrido para eso. Más bien parece una broma que se hace demasiado pesada. La broma de un niñato que se ha consagrado como uno de los mayores “vende humos” de Hollywood desde que sorprendiera, en 2018, con “Hereditary” y al año siguiente, experimentara una vez más con el terror en “Midsommar” un ritual expiatorio de radiantes colores, tan críptico como para dividir a la crítica y la audiencia, al igual que consigue hacer en este último despropósito creativo que, a diferencia de sus trabajos anteriores, carece del atractivo del misterio.

En su lugar, Aster naufraga en el “terror existencialista”. Tres horas de infumable comedia del horror que parecen no tener fin y que hacen que los espectadores huyan de las salas de cine a mitad de película, cansados de que les tomen el pelo.

Y es que resulta muy difícil descifrar qué clase de desorden mental puede impulsar a un cineasta a rodar semejante desbarajuste pesadillesco. Una homérica odisea que se anuncia como una metáfora sobre la opresión y el abuso matriarcal y que su director malogra casi desde el primer minuto, incurriendo en un burdo y exagerado efectismo, para acentuar la sensación de delirio que padece su personaje principal (Joaquin Phoenix en su registro más histriónico, alelado e insufrible), atrapado en un mundo hostil que podría o no ser real, una experiencia inmersiva y sin sentido como la propia enfermedad mental, que consigue que andemos a ciegas, totalmente perdidos, los 180 minutos que dura la tortura audiovisual, intentando armar un puzle en el que, o faltan, o más bien sobran, demasiadas piezas.

Decidido a reinventar el surrealismo, el director neoyorquino, de 36 años, que cursó estudios de Arte y Diseño en la Universidad de Santa Fe, empieza su película con una perturbadora y traumática visión del parto, desde el punto de vista del aún nonato. Es Beau llegando a este mundo, en el que, desde el primer minuto del nacimiento, es obligado a llorar mediante el empleo de la violencia y no por puro instinto. A partir de lo cual, estará predestinado a ser víctima del maltrato. Primera analogía que se cae de madura.

Acto seguido, le vemos ya convertido en un hombre de unos 40 años que padece una grave esquizofrenia paranoide, acude a terapia y vive -o más bien sobrevive- a base de los tranquilizantes que le receta su enigmático y sonriente psiquiatra. Avecindado en un edificio en pésimas condiciones de habitabilidad, en el centro de un barrio multicultural, donde la violencia, la miseria y la degradación moral campan a sus anchas y llegan al punto de encontrarte cadáveres abandonados sobre la calzada y asesinos enajenados que se pasean desnudos, cuchillo en mano, profiriendo amenazas y juramentos a los viandantes ante la indolencia de los cuerpos policiales, Beau es un ser solitario y víctima del pánico, un ciudadano que se siente amenazado por ese entorno que recuerda a los mundos demenciales de Terry Gilliam y evita salir de casa para no tener que enfrentarse con tal variedad de peligrosas tribus urbanas. Sólo se comunica con el mundo exterior a través de su teléfono móvil y su ordenador.

Durante la primera hora y media de la película, Aster juega con la prometedora idea de ese individuo frágil y temeroso que está a punto de iniciar un tortuoso trayecto hacia la expiación de un trauma que viene de la infancia. O al menos, eso intenta. La víspera de emprender el viaje para visitar a su controladora y sobreprotectora madre, se queda dormido y pierde el avión. Lo que desencadena una disparatada cadena de acontecimientos que se suceden de manera inexplicable e inexplicada, con abundancia de momentos gore, que incluyen apuñalamientos, explosiones, cabezas aplastadas, agujas, cuchillos, escrotos gigantes, penes en erección y arañas venenosas.

Es entonces cuando empezamos a perdernos en los laberintos paranoides del personaje o del director, que ya no sabemos si de lo que quiere hablarnos es de la obsesión y la manipulación emocional de una madre castradora que ha convertido a su hijo en un pusilánime, sin voluntad ni capacidad de decisión y agobiado por la culpa, o de las ciento y un mil situaciones disparatadas que se le presentan a este en su trayecto, real o imaginario.

Atropellado accidentalmente por una extraña pareja que vive el duelo de un hijo muerto en combate, Beau acaba durmiendo en la habitación decorada de rosa de una adolescente drogadicta y autodestructiva, en una casa donde además vive en acogida un marine enajenado e igualmente sobremedicado que prestó sus servicios en la Venezuela comunista durante una presunta invasión militar, de donde escapa para asistir al funeral de su madre que, según le anuncia una voz que nunca llegamos a conocer, ha muerto en extrañas circunstancias, decapitada por una lámpara de araña que se desprendió del techo.

En su huida, atraviesa un bosque en el que se encuentra a un grupo de teatro ambulante que interpreta una obra que se parece mucho a su propia vida, en la que sale a relucir su complejo de Edipo y la mentira en la que se crió respecto a la muerte de su padre. Un camino de losas amarillas, parecido al del Mago de Oz, lo lleva de vuelta a casa, donde finalmente descubrimos que su madre en realidad no ha muerto y que es una especie de “bruja del este”, un personaje envillanado y poco creíble, que el director decide plantear de una manera tan caricaturesca que resulta narrativamente ofensiva. Los demás personajes no gozan de mejor suerte, siendo meros esbozos de una proyección imaginaria del personaje sin ninguna razón de ser aparente. Así descubrimos a su gemelo encadenado en un ático junto a un enorme falo y una gran bolsa testicular (proyección egocéntrica y grotesca de su propia tragedy porn) que sin venir a cuento es apuñalado de forma salvaje por un comando guerrillero que aparece de la nada, en lo que alguien ha querido interpretar como la rabia contenida o la parte más agresiva de su personalidad deseosa de matar al padre ausente. Porque, a lo que teme Beau, no es a los monstruos o las criaturas que habitan en esquinas polvorientas. Es a la lucidez, la autoconciencia y la búsqueda de su propia identidad, a medida que avanza torpemente por un camino cada vez más siniestro.

Ni la fotografía, ni las actuaciones, ni la música, ni los incomprensibles diálogos, ni la edición (el montaje es una calamidad) consiguen salvar los muebles de esta historia que comienza con el grito de un bebé horrorizado y culmina dejando docenas de cabos sueltos. Una metáfora demasiado predecible y un amasijo de símbolos inexplicables acerca de la maternidad, la desesperación y el miedo, para justificar tres horas de algo que se puede explicar en diez minutos con mucho mayor acierto y menor aspaviento.

Título original: Beau Is Afraid

Año: 2023

Duración: 179 min.

País: Canadá

Dirección: Ari Aster

Guion: Ari Aster

Música: The Haxan Cloak

Fotografía: Pawel Pogorzelski

Reparto: Joaquin Phoenix, Nathan Lane, Amy Ryan, Kylie Rogers, Armen Nahapetian, Parker Posey, Patti LuPone, Stephen Henderson, Michael Gandolfini, Zoe Lister Jones, ver 8 más

Compañías: Coproducción Canadá-Finlandia-Estados Unidos; A24, Square Peg, IPR.VC, Access Industries. Distribuidora: A24

Género: Drama Familiar. Comedia del horror. Drama psicológico.