BEAU TIENE MIEDO

“Beau tiene miedo” no es un psico thriller ni una película de terror en sentido estricto. Tampoco es un trabajo cinematográfico emparentado con la obra de Buñuel, Lynch o Fellini, como su director, Ari Aster, ha pretendido hacernos creer. Le faltan muchas millas de recorrido para eso. Más bien parece una broma que se hace demasiado pesada. La broma de un niñato que se ha consagrado como uno de los mayores “vende humos” de Hollywood desde que sorprendiera, en 2018, con “Hereditary” y al año siguiente, experimentara una vez más con el terror en “Midsommar” un ritual expiatorio de radiantes colores, tan críptico como para dividir a la crítica y la audiencia, al igual que consigue hacer en este último despropósito creativo que, a diferencia de sus trabajos anteriores, carece del atractivo del misterio.

En su lugar, Aster naufraga en el “terror existencialista”. Tres horas de infumable comedia del horror que parecen no tener fin y que hacen que los espectadores huyan de las salas de cine a mitad de película, cansados de que les tomen el pelo.

Y es que resulta muy difícil descifrar qué clase de desorden mental puede impulsar a un cineasta a rodar semejante desbarajuste pesadillesco. Una homérica odisea que se anuncia como una metáfora sobre la opresión y el abuso matriarcal y que su director malogra casi desde el primer minuto, incurriendo en un burdo y exagerado efectismo, para acentuar la sensación de delirio que padece su personaje principal (Joaquin Phoenix en su registro más histriónico, alelado e insufrible), atrapado en un mundo hostil que podría o no ser real, una experiencia inmersiva y sin sentido como la propia enfermedad mental, que consigue que andemos a ciegas, totalmente perdidos, los 180 minutos que dura la tortura audiovisual, intentando armar un puzle en el que, o faltan, o más bien sobran, demasiadas piezas.

Decidido a reinventar el surrealismo, el director neoyorquino, de 36 años, que cursó estudios de Arte y Diseño en la Universidad de Santa Fe, empieza su película con una perturbadora y traumática visión del parto, desde el punto de vista del aún nonato. Es Beau llegando a este mundo, en el que, desde el primer minuto del nacimiento, es obligado a llorar mediante el empleo de la violencia y no por puro instinto. A partir de lo cual, estará predestinado a ser víctima del maltrato. Primera analogía que se cae de madura.

Acto seguido, le vemos ya convertido en un hombre de unos 40 años que padece una grave esquizofrenia paranoide, acude a terapia y vive -o más bien sobrevive- a base de los tranquilizantes que le receta su enigmático y sonriente psiquiatra. Avecindado en un edificio en pésimas condiciones de habitabilidad, en el centro de un barrio multicultural, donde la violencia, la miseria y la degradación moral campan a sus anchas y llegan al punto de encontrarte cadáveres abandonados sobre la calzada y asesinos enajenados que se pasean desnudos, cuchillo en mano, profiriendo amenazas y juramentos a los viandantes ante la indolencia de los cuerpos policiales, Beau es un ser solitario y víctima del pánico, un ciudadano que se siente amenazado por ese entorno que recuerda a los mundos demenciales de Terry Gilliam y evita salir de casa para no tener que enfrentarse con tal variedad de peligrosas tribus urbanas. Sólo se comunica con el mundo exterior a través de su teléfono móvil y su ordenador.

Durante la primera hora y media de la película, Aster juega con la prometedora idea de ese individuo frágil y temeroso que está a punto de iniciar un tortuoso trayecto hacia la expiación de un trauma que viene de la infancia. O al menos, eso intenta. La víspera de emprender el viaje para visitar a su controladora y sobreprotectora madre, se queda dormido y pierde el avión. Lo que desencadena una disparatada cadena de acontecimientos que se suceden de manera inexplicable e inexplicada, con abundancia de momentos gore, que incluyen apuñalamientos, explosiones, cabezas aplastadas, agujas, cuchillos, escrotos gigantes, penes en erección y arañas venenosas.

Es entonces cuando empezamos a perdernos en los laberintos paranoides del personaje o del director, que ya no sabemos si de lo que quiere hablarnos es de la obsesión y la manipulación emocional de una madre castradora que ha convertido a su hijo en un pusilánime, sin voluntad ni capacidad de decisión y agobiado por la culpa, o de las ciento y un mil situaciones disparatadas que se le presentan a este en su trayecto, real o imaginario.

Atropellado accidentalmente por una extraña pareja que vive el duelo de un hijo muerto en combate, Beau acaba durmiendo en la habitación decorada de rosa de una adolescente drogadicta y autodestructiva, en una casa donde además vive en acogida un marine enajenado e igualmente sobremedicado que prestó sus servicios en la Venezuela comunista durante una presunta invasión militar, de donde escapa para asistir al funeral de su madre que, según le anuncia una voz que nunca llegamos a conocer, ha muerto en extrañas circunstancias, decapitada por una lámpara de araña que se desprendió del techo.

En su huida, atraviesa un bosque en el que se encuentra a un grupo de teatro ambulante que interpreta una obra que se parece mucho a su propia vida, en la que sale a relucir su complejo de Edipo y la mentira en la que se crió respecto a la muerte de su padre. Un camino de losas amarillas, parecido al del Mago de Oz, lo lleva de vuelta a casa, donde finalmente descubrimos que su madre en realidad no ha muerto y que es una especie de “bruja del este”, un personaje envillanado y poco creíble, que el director decide plantear de una manera tan caricaturesca que resulta narrativamente ofensiva. Los demás personajes no gozan de mejor suerte, siendo meros esbozos de una proyección imaginaria del personaje sin ninguna razón de ser aparente. Así descubrimos a su gemelo encadenado en un ático junto a un enorme falo y una gran bolsa testicular (proyección egocéntrica y grotesca de su propia tragedy porn) que sin venir a cuento es apuñalado de forma salvaje por un comando guerrillero que aparece de la nada, en lo que alguien ha querido interpretar como la rabia contenida o la parte más agresiva de su personalidad deseosa de matar al padre ausente. Porque, a lo que teme Beau, no es a los monstruos o las criaturas que habitan en esquinas polvorientas. Es a la lucidez, la autoconciencia y la búsqueda de su propia identidad, a medida que avanza torpemente por un camino cada vez más siniestro.

Ni la fotografía, ni las actuaciones, ni la música, ni los incomprensibles diálogos, ni la edición (el montaje es una calamidad) consiguen salvar los muebles de esta historia que comienza con el grito de un bebé horrorizado y culmina dejando docenas de cabos sueltos. Una metáfora demasiado predecible y un amasijo de símbolos inexplicables acerca de la maternidad, la desesperación y el miedo, para justificar tres horas de algo que se puede explicar en diez minutos con mucho mayor acierto y menor aspaviento.

Título original: Beau Is Afraid

Año: 2023

Duración: 179 min.

País: Canadá

Dirección: Ari Aster

Guion: Ari Aster

Música: The Haxan Cloak

Fotografía: Pawel Pogorzelski

Reparto: Joaquin Phoenix, Nathan Lane, Amy Ryan, Kylie Rogers, Armen Nahapetian, Parker Posey, Patti LuPone, Stephen Henderson, Michael Gandolfini, Zoe Lister Jones, ver 8 más

Compañías: Coproducción Canadá-Finlandia-Estados Unidos; A24, Square Peg, IPR.VC, Access Industries. Distribuidora: A24

Género: Drama Familiar. Comedia del horror. Drama psicológico.

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