BLONDE

Desgarradoramente cruda, estremecedora y excesiva, a ratos vulgar y por momentos elegante y creativa, técnicamente impecable, tan controvertida como la novela en la que se inspira (el bestseller de la cinco veces finalista al Premio Pulitzer Joyce Carol Oates) «Blonde» es una película dolorosa y extenuante que desnuda a su protagonista (física y metafóricamente) despojándola del disfraz de mito erótico para mostrarnos sus lágrimas en lugar de su eterna y sensual sonrisa. Lo que parece haber molestado a un importante sector de la crítica cinematográfica más iconoclasta que ha puesto a su director, Andrew Dominik, de vuelta y media, por mancillar la glamorosa leyenda de “la tentación rubia” de nalgas turgentes, para contarnos la triste historia del ser humano malherido que se escondía detrás del personaje, Norma Jeane Mortenson, una mujer frágil, atormentada e insegura, sumida desde la infancia en una profunda depresión por una vida de carencias afectivas y abusos hacia su persona, que el consumo excesivo de pastillas, barbitúricos y alcohol no hizo sino agravar, hasta su trágico final por una sobredosis a los 36 años.

Con la polémica servida desde mucho antes de su presentación en el último Festival de Venecia, la película ha llegado esta semana a Netflix y he de decir que a mi no me ha disgustado. Quizá porque entiendo que el reto que el director neozelandés tenía ante sí cuando decidió aceptar este proyecto (producido, entre otros, por Brad Pitt) era mayúsculo (¿cómo contar algo novedoso de quien se sabe ya casi todo?) y porque quienes insisten en despreciar su punto de vista, no pueden ignorar que la leyenda de Marilyn Monroe que ha llegado hasta nuestros días no sólo obedece a su rol de sex symbol consagrado en películas legendarias, como «Niágara» (1953), “Con faldas y a lo loco” (1959), “La tentación vive arriba” (1955) o “Los caballeros las prefieren rubias” (1953), sino que se construye y se sustenta también en el morbo que suscita la trágica biografía de la desdichada mujer que encarnó la leyenda.

A Dominik, un hombre que disfruta desmontando mitos y sacando a flote las miserias humanas, como pudimos comprobar en “El asesinato de Jesse James”, se le acusa acertadamente de un exceso de efectismo, por rodar un biopic brutal y atípico, en el que se incluyen fetos que hablan o planos subjetivos desde el interior de una vagina abierta con fórceps, así como de haber abusado del histrionismo de su protagonista, Ana de Armas (“Blade Runner 2049”, “Sin tiempo para morir” y “Puñales por la espalda”), quien es cierto que aparece hecha un mar de lágrimas en las casi tres horas que dura el (largo)metraje; así como por haber hecho una adaptación selectiva, primando aquellos pasajes de la novela de Oates más truculentos que inciden en la condición de víctima de Norma Jeane, despreciando o pasando por encima de otros más edificantes que la redimirían ante nuestros ojos como una actriz de método, poeta amateur y ávida lectora de Chejov, interesada en prepararse para ser tomada en serio en su profesión; una mujer comprometida con las grandes causas de su tiempo, como el antirracismo que la llevó a plantear al dueño de un conocido pub neoyorquino que dejara cantar allí a su buena amiga Ella Fitzgerald a cambio de que ella acudiese todas las noches al local; o su vinculación con las amistades de su entonces marido, el dramaturgo Arthur Miller (a quien interpreta en la película Adrian Brody), investigado por el FBI y llamado a declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes por simpatizar con el comunismo, que a punto estuvo de llevarla a ella misma ante el tribunal presidido por el Senador McCarthy.

Pero, si bien es cierto que “Blonde” obvia algunos de esos y otros asuntos (como las dos violaciones que la actriz sufrió con solo 12 años, cuando las crisis nerviosas de su madre la llevaron a saltar de hogar en hogar de acogida, o su primer matrimonio a los 16 años con James Dougherty, de 21) que sí aparecen en la novela original, el afán de superación de la actriz queda en mi opinión suficientemente esbozado en su decisión de viajar a Nueva York y audicionar para una obra del propio Miller, (quien acabó siendo su tercer y último marido en el periodo de su vida en el que Norma Jeane fue menos Marilyn) y a quien expresamente le manifiesta su intención de prepararse para interpretar papeles de calado en Broadway y así dejar atrás a la falsa rubia tonta de quien los directores, productores y mandamases de los estudios de Hollywood abusaron sexual y comercialmente, como queda explícito también en el filme.

Y es que la «Blonde» de Andrew Dominik pertenece a lo que empieza a ser ya casi un género dentro de una industria caníbal y vampírica que por primera vez se cuestiona a sí misma y es capaz de reflexionar sobre el martirio existencial de aquell@s a quienes termina por hacer picadillo.

En palabras de Mariona Borrull, “tener acceso a la «biografía definitiva» de Marilyn Monroe implica mancillarse del dolor que su sonrisa perfecta nos ha permitido omitir durante tantos años”. “Físicamente nauseabunda, moralmente obscena, cuestionable incluso en algunos de sus pasajes más sensacionalistas: si nos adentramos en las casi tres horas de biografía no autorizada, aceptaremos también ser víctimas colaterales de una violencia insoportable”, escribió sobre la película, durante su estreno en el último Festival de Venecia.

En este sentido, si algo queda claro tras ver la película es que lo que muchos han calificado como la versión MeToo de la historia de Marilyn-Norma Jeane, no es sino un acto de justicia reparadora para con una mujer vulnerable que fue maltratada y abusada, no ya solo por Hollywood, sino casi desde el propio vientre materno.

Con música de Nick Cave y Warren Ellis, dos auténticos genios que, aun manteniendo su esencia sureña, pareciera que juegan a ser el compositor de cabecera de David Lynch, Angelo Baladamenti, contribuyendo a crear una atmósfera tóxica y densa, Dominik nos sumerge en los momentos más íntimos y pesadillescos de la desoladora biografía de la actriz: la dura niñez junto a su madre, Gladys (excepcional Julianne Nicholson), una enferma mental que la culpa del abandono de su amante (un padre que la repudió antes de nacer y al que nunca llego a conocer); la humillante violación en el despacho de “Mr.Z” (David Warshofsky), el poderoso Darryl F. Zanuck, jefazo de los estudios de la 20th Century Fox, quien después de eso le daría entrada en la industria; las brutales palizas de su segundo marido, Joe Di Maggio, la estrella del béisbol de los Yankees de Nueva York, un tipo muy posesivo, violento y celoso interpretado por Bobby Cannavale.

Todo lo cual compone un relato salvaje acerca de una mujer que pasó su corta vida muerta de miedo, intentando desesperadamente escapar del escrutinio público de una sociedad en aquellos años sumamente conservadora que la tachaba de tonta y de prostituta, y de su propio alter ego, un personaje que le fue impuesto para complacer la mirada lasciva de los hombres que la rodeaban y que acabó por destruirla física, moral y emocionalmente. Especialmente revelador resulta el plano de la actriz sentada en el patio de butacas observando su propia imagen en “Los caballeros las prefieren rubias” y diciendo “Yo no soy esa”, con las lágrimas rodando por sus mejillas, o cuando se justifica ante DiMaggio explicándole que «Marilyn sólo existe en la pantalla».

Con un primer acto dedicado a la infancia que adquiere tintes de película de terror cuando la cámara filma en primera persona cómo la propia madre de Norma Jean, una niña de apenas cinco o seis años (Mia McGovern), intenta ahogarla en una bañera de agua hirviendo; y un segundo tramo dedicado a su primera juventud y al menage a trois con sus amigos Cass, (Xavier Samuel) y Eddy (Evan Williams), hijos descarriados de Charlie Chaplin y Edward G. Robinson, quienes se sienten tan huérfanos y abandonados por sus famosos padres como ella… aunque Norma Jeane no renuncie nunca a buscar esa figura -la del padre ausente- en todos sus maridos y amantes, a quienes no casualmente llama «dady» sucumbiendo al complejo de Electra. Sin duda la parte más dura y difícil de digerir es la recta final de la película, donde encontramos ya a una Marilyn totalmente degradada, adormecida y desorientada por el abuso del alcohol y los barbitúricos que apenas distingue los sueños de la realidad.

Con el maquillaje corrido, sostenida en vilo por dos agentes de la CIA que la sacan arrastras de la alcoba del más «cool» y respetado de los presidentes estadounidenses, JFK (Caspar Phillipson), quien la obliga a hacerle una felación mientras habla por teléfono, antes de violarla salvajemente, Marilyn se pregunta a sí misma “¿dónde ha quedado, al final, Norma Jeane?”.

Una de las escenas más impactantes de la película, en la que la bellísima Ana de Armas, sometida a un auténtico tour-de-force al tener que desdoblarse en dos personajes tan antagónicos, pone toda la carne en el asador, al igual que lo hace durante el resto del filme, en el que su expresivo y angelical rostro se hace omnipresente teniendo que interpretar escenas de una enorme dureza emocional. Por no hablar de su gran trabajo físico y corporal, imitando los gestos, posturas y expresiones de la Monroe en escenas míticas por todos conocidas. Lo que (polémicas sobre su acento latino aparte) la convierte en favorita para hacerse con alguna estatuilla la próxima noche de los Oscar´s.

De tendencia caleidoscópica, la fotografía del canadiense Chayse Irvin es sencillamente sublime, haciendo que la icónica actriz resplandezca por igual en el elegante claroscuro del cine noir que en la intensidad del technicolor, o con el grano ligeramente saturado de una imagen de archivo falseada, cambiando a capricho de formato y de ancho de pantalla. En su estética febril, caótica y contradictoria, a ratos producto del propio estado alterado de conciencia del personaje, Dominik incorpora efectos digitales que vuelven irreconocibles a la legión de hombres que rodean a la Marilyn superstar y monstruosos a los fotógrafos que la deslumbran con sus flashes, obligándonos a sostener la mirada ante un mundo masculino aberrante e irracional.

Y es que, sin poder enmarcarse formalmente como una película feminista, tal y como indica Juan Pulgarin en The Objective, la cinta “deja en evidencia al hombre como un depredador, con más o menos tendencias violentas, pero que encuentra en el cuerpo femenino su alimento. Lo cual queda establecido desde la primera entrevista de trabajo de Norma Jeane hasta el último encuentro «amoroso» con el presidente de Estados Unidos. Norma-Marilyn pasa por ser el objeto de deseo de actores de medio pelo, deportistas, escritores y, finalmente, políticos, casi todas las profesiones que en menor o mayor medida los hombres buscan para llenar un ego maltrecho”.

Hasta que, convertida ya en despojo o en juguete roto, convencida de su propia condición fallida: como hija (aunque nunca dejó de visitar en el psiquiátrico a su madre), como esposa (tres veces divorciada) y sobre todo como madre, a causa de los abortos más o menos involuntarios que sufre a lo largo de su vida y que esta película convierte en una de las experiencias más doloras, gráficas e impactantes que se habrán visto en la gran pantalla, los últimos años de la joven actriz se reducen a un compás de espera autodestructivo, encerrada en su casa de Brentwood (California) como un animal solitario y asustadizo, sin poder distinguir las alucinaciones de la realidad, resignada ante una muerte que está ya al caer. Dominik nos propone un epílogo que se asemeja a un réquiem de silencio mortuorio, durante el cual el propio cineasta parece pedir perdón al mito de Marilyn en las palabras que supuestamente le escribe el padre ausente a Norma Jean: «Solo te he conocido en la distancia. Nunca he querido ser cruel».

Blonde. Ana de Armas as Marilyn Monroe. Cr. Netflix © 2022

Título original: Blonde

Año: 2022

Duración: 166 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Andrew Dominik

Guion: Andrew Dominik. Novela: Joyce Carol Oates

Música: Nick Cave, Warren Ellis

Fotografía: Chayse Irvin

Reparto: Ana de Armas, Bobby Cannavale, Adrien Brody, Julianne Nicholson, Evan Williams, Xavier Samuel, Caspar Phillipson, Toby Huss, Sara Paxton, Chris Lemmon, Dan Butler, Garret Dillahunt, Lucy DeVito, Mia McGovern...

Productor: Plan B Entertainment. 

Distribuidora: Netflix

Género: Biopic. Drama psicológico. Años 50-60. Cine dentro del cine

EL CALLEJON DE LAS ALMAS PERDIDAS

Desde su mismo título, “El callejón de las almas perdidas”, y más allá del deslumbrante glamour de su elenco, el último trabajo de Guillermo del Toro es una película que desprende un enorme atractivo y poder de seducción.

Inquietante, existencialista y algo barroca, incluso con un punto gore. Cine negro a todo color (gracias a la subyugante fotografía de Dan Laustsen) para recrear una atmósfera extraña, sombría y enfermiza que, por una vez, no se pone al servicio de un relato fantástico, sino que se emplea para describir la fea realidad oculta entre las bambalinas de una vieja feria ambulante -que bien podría ser una alegoría de la sociedad actual- poblada de impostores de medio pelo y de seres esperpénticos: hombres-serpiente, mujeres electrificadas, fetos embotellados, falsos adivinos y lastimosos engendros enjaulados, despojos humanos convertidos en desalmada atracción de circo.

Con la intención de contar una historia clásica de una manera contemporánea -la del ascenso y caída de un hombre que no puede escapar a su propio destino, a quien mueve únicamente la ambición- el director mexicano ha rodado una de esas películas inclasificables, y por tanto, excepcionales dentro del género en el que se encuadran (en este caso, el cine negro), para mostrarnos los entresijos de un mundo turbio y decadente que, visto desde fuera, puede parecer alegre, luminoso y colorido, pero que por dentro tiene una cara mucho más amarga. Algo que funciona como metáfora de la propia personalidad del protagonista, un farsante encantador.

En este sentido, la película es increíblemente sugerente y redonda, su argumento describe un círculo perfecto y es muy psicoanalítica, amén de desesperanzada, a imagen y semejanza de la novela homónima de William Lindsay Gresham, adaptada por primera vez al cine por Edmond Goulding, en el año 1947, bajo el título original de “Nightmare Alley”, considerada una joya del cine noir clásico.

La historia es básicamente la misma, salvo por la escena inicial añadida, en la que el joven Stanton Carlisle –antes Tyrone Power, ahora Bradley Cooper– prende fuego a su casa y al cadáver de su padre, y emprende la marcha sin rumbo fijo, en un intento por dejar atrás las heridas del pasado, convirtiéndose en uno de los muchos buscavidas de las postrimerías al crack de los años 30.

En su camino errante, nuestro hombre se topa con una feria de atracciones regentada por Clem Hoately (Willem Dafoe), un personaje cruel, siniestro y retorcido y, casi de manera accidental, acaba uniéndose a ella, trabajando primero como mozo de carga, a cambio de unos cuantos dólares y un plato de comida caliente, y muy pronto como asistente del jefe y aprendiz de adivino, tras ganarse el cariño de la vidente Zeena (Toni Collette) y de su pareja, el alcohólico Pete (David Strathairn), de quienes aprende el arte del engaño y la sugestión, lo que le abre un mundo nuevo de posibilidades a su obsesión por prosperar y convertirse en una persona de éxito.

Con su ascenso meteórico dentro de la tribu de saltimbanquis, el joven Stan representa al clásico trepa en la escala social de ese humilde microcosmos. Su ambición se hace evidente cuando, tras declararle su amor a la dulce Molly (Rooney Mara), le propone escapar juntos para montar un espectáculo destinado a un público mucho más selecto, en la gran ciudad de Nueva York, en el que él se presenta como mentalista y ella ejerce de su leal asistente, dándole las pistas previamente acordadas entre ambos, en base a un sofisticado esquema de transmisión oral en código, para engañar a la audiencia, haciéndole creer que tiene unos poderes que en realidad no posee.

Una noche aparece en su espectáculo una enigmática mujer que lo pone a prueba, desconfiando de sus dotes adivinatorias. Se trata de Lilith Ritter, una algo estereotipada (y ligeramente sobreactuada) Cate Blanchett encarnando el prototipo de rubia ultra platinada “über femme fatal”. Si bien he de decir que, parte del encanto de esta película radica precisamente en los tópicos del género que maneja con enorme acierto y elegancia.

Días después de ese primer encuentro y tras evidenciarse una poderosa química entre ambos, Stan la visita en su elegante despacho (maravilloso decorado art decó) y se entera de que se trata en realidad de una psicoanalista, entre cuyos pacientes se encuentran algunos de los hombres más poderosos y adinerados de la alta sociedad, muchos de ellos necesitados de consuelo ante la pérdida de un ser querido. Por lo que, entre ambos, deciden poner en marcha un plan delictivo que para Stan supondrá ir un paso más allá, pasando del mentalismo al espiritismo -una nueva forma de engaño, como el propio psicoanálisis o la religión-, para estafar a un peligroso magnate, valiéndose de la información que la terapeuta posee y de los más viejos trucos de sugestión y psicología aplicada.

La asociación con la terapeuta dispara las expectativas de nuestro antihéroe que crecen en cantidad y calidad: el ego y el dinero le obsesionan al punto de arriesgarlo todo -incluido el amor de Molly- en una mala apuesta que incluye la infidelidad.

Es entonces cuando se desencadena la tragedia anunciada por el tarot de Zeena (esa carta del ahorcado que funciona como oráculo de mal presagio) y vemos cómo el protagonista irá cavándose su propia tumba; enredándose cada vez más en sus mentiras, que finalmente lo llevan a la autodestrucción.

A diferencia de la versión de Goulding que, por la censura en aquellos años, no tuvo más remedio que ingeniárselas para darle un final esperanzador, la película de Del Toro es mucho más dura y descorazonadora, un descenso a los infiernos de la mente humana en toda regla, lento e implacable, hasta ese deprimente “yo nací para esto” que entre lágrimas balbucea un desahuciado Bradley Cooper en la brutal catarsis final, habiéndosenos revelado antes la verdadera naturaleza y crueldad del personaje en la descarnada escena en la que vemos la muerte de su padre. Un cierre perfecto que nos deja con la amarga certeza de que el hombre es un verdadero monstruo capaz de cometer los horrores más aberrantes.

Título original: Nightmare Alley

Año: 2021

Duración: 150 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Guillermo del Toro

Guion: Guillermo del Toro, Kim Morgan.
Bas. William Lindsay Gresham

Música: Nathan Johnson

Fotografía: Dan Laustsen

Reparto Bradley Cooper, Rooney Mara, Cate Blanchett, Toni Collette, Willem Dafoe, David Strathairn, Richard Jenkins, Mark Povinelli, Ron Perlman, Holt McCallany, Jim Beaver, Mary Steenburgen, Tim Blake Nelson…

Productora: Searchlight Pictures.
 
Distribuidora: Walt Disney Pictures

Género: Cine negro. Intriga. Drama psicológico. 

EL PODER DEL PERRO

Quienes aún no hayan podido olvidar la escena de la frágil y pálida Holly Hunter desvaneciéndose frente a un mar encabritado en las costas de Nueva Zelanda, con la falda de su adusto y recatado vestido negro desinflándose como lo haría al tomar tierra un gran globo aerostático, están de enhorabuena, pues la autora de tan poética estampa, Jane Campion, ha vuelto a imprimir toda su elegancia y sensibilidad narrativa a un nuevo trabajo cinematográfico que puede verse en Netflix y que ya suena como favorito para hacerse con el codiciado Oscar a la mejor película de este año.

Apoyándose en el sutil, aunque elocuente simbolismo de sus imágenes e inscrita en los parámetros del realismo psicológico, en “El poder del perro” sin embargo nada es lo que parece. Ni siquiera el propio género del filme, pues se trata de un drama (más bien una tragedia) disfrazado de western.

Nada nuevo si tenemos en cuenta que los mundos de Campion son siempre atormentados y ambiguos, tan delicados a nivel visual como despiadados y crueles en el plano pasional y emotivo, ya sea en la inhóspita Nueva Zelanda del siglo XIX de “El piano (1993), en mitad del desierto de “Holy Smoke” (1999) o en el Londres de “Retrato de una dama” (1996); su especialidad es la de crear atmósferas inquietantes, dominadas por reglas opresivas y asfixiantes, capaces de minar la resistencia y la estabilidad mental de sus reprimidos personajes, orillándolos peligrosamente a una opción autodestructiva.

Algo que se repite en “El poder del perro”, solo que esta vez la acción transcurre en el lejano oeste americano, más concretamente en la vieja Montana de 1925, ajena a la pujante ola de progreso que llegaba desde el Norte con el vértigo de los años locos, imponente en el esplendor salvaje de sus extensas planicies y zonas montañosas que ocultan ancestrales leyendas, secretos y maldiciones.

La paciencia ante la adversidad es la que nos hace hombres” sentencia Phil Burbank (Benedict Cumberbatch), un ranchero de la región, propietario de una vasta extensión de tierras y ganado, educado en Yale y aficionado a la música, que vive por y para el recuerdo del autor de esas palabras grabadas en su memoria: Bronco Henry. Una especie de maestro o mentor de quien conserva su montura, que limpia y pule con devoción, manteniéndola inmaculada en honor a la gran amistad que los unió, aún muchos años después de su muerte, y que por las noches acaricia de forma furtiva, como un cuerpo que se desea.

Bronco Henry es el modelo de hombría para Phil, el patrón a seguir, quien les enseñó todo lo que se precisa saber para ser ranchero a él y a su hermano, George Burbank (Jesse Plemons), demasiado dócil y sumiso para desairar las expectativas depositadas en ellos por sus padres cuando encomendaron a sus hijos el cuidado de sus tierras, pero totalmente desafecto a las labores del campo.

Phil y George son dos personajes antagónicos, una asociación imperfecta pero fértil que consigue multiplicar el patrimonio de los Burbank, con Phil ejerciendo de macho alfa y dirigiendo con mano firme a los hombres de la hacienda, mientras George ejerce como administrador y contable.

Obedecido y admirado por sus empleados, con quienes comparte anécdotas y vivencias en exaltación de su masculinidad, un terreno en el que cree moverse seguro, Phil es el arquetipo del cowboy, un tipo rudo, machista y misógino, que se baña en el río sólo cuando la roña forma una capa gruesa sobre su cuerpo. Un hombre inteligente, de lengua viperina, que acosa a su hermano llamándole “gordo” y sometiéndolo a un constante control. Pero todo cambia cuando George, una buena persona, sensible y tolerante, que a diferencia de su hermano mayor viste siempre de traje, se enamora de una viuda llamada Rose (Kirsten Dunst), con quien decide contraer matrimonio y quien, a su vez, tiene un hijo adolescente algo afeminado, Peter (Kodi Smit-McPhee), lo que desata los celos y la homofobia de Phil, que sufre una especie de castración emocional, manteniendo a raya en todo momento sus verdaderos impulsos y pasiones.

La llegada al rancho de sus nuevos habitantes acaba con la armonía entre los dos hermanos e impone un nuevo orden familiar que Phil no acepta: la presencia de Rose como señora de la casa, las reuniones sociales con el gobernador y la curiosidad de Peter (estudiante de medicina) sobre el nuevo entorno que lo rodea, que disecciona con su bisturí de cirujano husmeando por la finca.

Campion regresa al cine tras doce años de ausencia (su última película fue la romántica “Bright Star” en 2009, tras la que decidió volcarse en las series, filmando dos temporadas de “Top of the lake”, con Nicole Kidman y Elisabeth Moss, aclamada por la crítica aunque para el gran público pasó desapercibida) para adaptar y recrear la novela homónima de Thomas Savage de 1967, desde una mirada más actual que revela los entresijos de ese mítico Lejano Oeste y los conflictos que subyacen tras ese ideal masculino de conquista y progreso, una labor deconstructiva que profundiza, una vez más, en los rigores psicológicos del costumbrismo.

Sus referentes resultan obvios: el cine de John Ford (la figura de Phil con su sombrero de vaquero recortada a contraluz bajo el sol del cálido atardecer recuerda al Ethan Edwards de “Centauros del Desierto” (1956)). Pero también recoge la carga homoerótica que se oculta tras la violencia de “Río Rojo” de Howard Hawks (1948) o de la más reciente Brokeback Mountain (2005), desde la perspectiva de la virilidad en conflicto en ese ambiente rústico, árido y tradicionalista, en el que solo los pacientes son capaces de sobrevivir.

Campion retrata ese mundo con la magistral elegancia que le caracteriza, exhibiendo en cada plano la cadencia de un tiempo que transcurre lentamente mientras se acumulan los deseos, temores y frustraciones de sus personajes, haciendo aflorar una tensión subterránea que va en aumento a medida que transcurre el relato, cuyo ritmo creciente es subrayado y reforzado por la intensa banda sonora de Jonny Greenwood, dejando que la historia discurra por un cauce donde las emociones internas de los personajes marcan la trayectoria hasta el clímax del desenlace final.

Emociones que sus cuatro actores logran transmitir con idéntica sutileza y credibilidad, desde Benedict Cumberbatch en el que probablemente sea su mejor trabajo hasta la fecha, atravesándonos con su intensa mirada cargada de rabia, celos y frustración; hasta Kirsten Dunst, la esposa alcohólica de George, cuyo tormento no es solo el estigma por el suicidio de su marido sino el peso de la soledad por vivir en un mundo de hombres donde no parece haber cabida para una mujer. El desprecio y la hostilidad que Phil ejerce sobre Rose es una carga emocional tan pesada que el rancho se convierte en una cárcel para ella, haciendo que pierda el control y se de a la bebida.

“¿Qué clase de hombre sería si no ayudara a mi madre?”, se pregunta Peter mientras diseña pequeñas flores de papel para la tumba de su padre. «¿Qué clase de hombre hay que ser para sobrevivir?» Estas son las grandes cuestiones con las que arranca la película y que apenas quedan resueltas.

Pero “El poder del perro” es mucho más que su historia. Es poesía cinematográfica visual y auditiva. El soniquete de una pianola, la melodía amenazante de un silbido, el sonido de las cuerdas del banjo, el chocar de espuelas, el mugido del ganado, el rugir del viento, el crepitar del fuego, el crujido del cuero al tejer con él una cuerda, el tacto de la crin del caballo o el baño de Phil con el cuerpo desnudo cubierto de barro que se diluye en el agua clara de un arroyo bendecido por la luz del sol que se cuela por entre las ramas de los árboles… la película es un constante bombardeo sensual y sensorial, que contribuye a crear esa atmósfera hipnótica, casi onírica, de una belleza extraña, tan tensa como erótica y enigmática que nos mantiene alerta y cuyo carácter imprevisible está ligado a las asperezas topográficas del desierto de Montana donde transcurre la acción.

Y es que Jane Campion siempre fue una directora con una inteligencia y delicadeza naturales, pero “El poder del perro” confirma su notable capacidad para dejar al descubierto sentimientos reprimidos y pasiones silenciadas sin necesidad de desnudarlos de una manera explícita. La suya es esa mirada de los que ven más allá de las apariencias, como Bronco Henry, capaz de ver lo que solo unos pocos elegidos consiguen percibir entre los pliegues de una montaña.

Título original: "The Power of the Dog"

Año: 2021

Duración: 128 min.

País: Coproducción Australia-Reino Unido-Nueva Zelanda.

Dirección:Jane Campion

Guión: Jane Campion. Basado en la novela de Thomas Savage

Música: Jonny Greenwood

Fotografía: Ari Wegner

Reparto: Benedict Cumberbatch, Jesse Plemons, Kirsten Dunst, Kodi Smit-McPhee, Thomasin McKenzie, Frances Conroy, Keith Carradine, Peter Carroll, Adam Beach, Karl Willetts, Geneviève Lemon, Yvette Parsons, Tatum Warren-Ngata...

Productora: See-Saw Films, Max Films Productions, BBC Films, Brightstar Films, Max Films, Cross City Films.

Distribuidora: Netflix

Género: Western. Drama psicológico