NOLAN Y LA AGENDA WOKE DE HOLLYWOOD (A MODO DE EPÍLOGO)

El verdadero final de La Odisea apenas se parece al que Christopher Nolan ha llevado al cine.

Tras veinte años de ausencia, Odiseo recupera Ítaca y ejecuta uno a uno a los pretendientes que han ocupado su palacio. Pero su venganza no termina con la matanza de estos. Odiseo ordena que doce esclavas del palacio, acusadas de haber mantenido relaciones con los pretendientes y de haberlos ayudado durante su ausencia, limpien los cadáveres ensangrentados y después manda que sean ahorcadas una a una. El castigo continúa con Melantio, el cabrero que había traicionado a su señor es sometido a una ejecución aún más brutal: le amputan las orejas, la nariz, los genitales y finalmente las manos y los pies antes de darle muerte. Es uno de los desenlaces más violentos y despiadados de toda la literatura griega y, al mismo tiempo, uno de los más reveladores. No hay arrepentimiento, ni redención en el texto original y tampoco existe esa necesidad tan contemporánea de justificar moralmente al héroe. Homero no escribe para tranquilizar la conciencia del lector del siglo XXI.

¿Por qué ha omitido Nolan este pasaje en su película?

El director confesó hace unos días que el final original de La Odisea le parecía «demasiado sombrío y misógino» y que, por ese motivo, decidió modificarlo.

Pero lo cierto es que ese desenlace original echaría por tierra la imagen de Odiseo como hombre justo, arrepentido por haber empleado la violencia y la brutalidad en el pasado. De modo que no se trata solo de una licencia creativa. Supone algo mucho más profundo: la convicción de que un clásico necesita ser corregido antes de ser contado de nuevo. Y es aquí donde la discusión deja de ser cinematográfica para convertirse en cultural.

La cuestión no es nueva. Cada generación ha traducido a Homero. Lo novedoso es la convicción de que un clásico necesita ser “adaptado” para no herir la sensibilidad del espectador contemporáneo. Traducir consiste en actualizar un texto. Corregirlo implica asumir que el autor se equivocó.

Dicho esto. Habrá que tener en cuenta que Nolan no adapta a Homero; adapta una determinada lectura de Homero. Su principal referencia -aunque no la única, dice él- ha sido la traducción de Emily Wilson, celebrada por muchos como una actualización del poema y criticada por otros precisamente por reinterpretar algunos de sus elementos fundamentales desde categorías ideológicas contemporáneas, concretamente desde una clase de feminismo que asocia la “masculinidad” a una brutalidad innata y una tendencia a la agresión sexual ejercida contra las mujeres.

El resultado es un Odiseo distinto. Menos hijo de la Grecia arcaica que hombre del siglo XXI. Menos el héroe astuto, contradictorio y feroz del poema, y más el hombre penitente, consumido por la culpa, empeñado en expiar los pecados de la guerra. Un punto de vista que a mi personalmente me parece interesante, como dejaba claro en mi reseña de la película.

Y es que no hay nada ilegítimo en reinterpretar un clásico. Shakespeare, Joyce o Kazantzakis lo hicieron con Homero. Lo discutible comienza cuando la reinterpretación acaba sustituyendo al original y el espectador termina creyendo que el poema decía lo que, en realidad, dice su adaptador. Entre la adaptación y la enmienda hay una frontera sutil. Y la película de Nolan, brillante en muchos aspectos, la cruza deliberadamente. No solo con respecto a la omisión final, sino con determinadas decisiones de reparto que no me detendré siquiera a comentar pues saltan a la vista, de una manera bastante burda.

No es Homero quien habla, sino un creador de nuestro tiempo juzgando un poema compuesto entre finales del siglo VIII y comienzos del siglo VII a. C., con categorías morales contemporáneas. El resultado no es solo una adaptación cinematográfica; es una reescritura ética del mito.

La ejecución de las esclavas, la brutal muerte de Melantio o la implacable restauración del orden en Ítaca no pueden juzgarse como anomalías. Son precisamente las escenas que obligan al lector a entrar en un mundo cuyos valores no son los nuestros. Eliminarlas no hace a Homero más inteligible; lo hace menos Homero.

Lo que me lleva a pensar que quizá el verdadero problema no sea Homero, sino nosotros. Un poema que ha sobrevivido casi tres mil años no necesita ser absuelto por la moral del presente para seguir siendo una obra maestra. Somos nosotros quienes parecemos incapaces de aceptar que el pasado hablaba un lenguaje distinto al nuestro.

En ese momento el clásico deja de interpelarnos para convertirse en un espejo de nuestras propias certezas que en este caso, y en otros muchos, coinciden con las de la agenda woke que controla los contenidos premiados en Hollywood.

Y es que esta tendencia no afecta únicamente a La Odisea. Hollywood lleva años tratando los clásicos como materiales que deben pasar un control de calidad ideológico antes de llegar al gran público. Los personajes ya no pueden ser moralmente contradictorios si esa contradicción choca con la sensibilidad dominante. El héroe debe arrepentirse, la violencia debe convertirse en trauma y el pasado debe parecerse, a ser posible, a nuestras convicciones presentes.

La paradoja es evidente. Hollywood presume de diversidad mientras uniformiza la memoria cultural de Occidente. Todo lo que no encaja en el canon moral del momento debe ser corregido, matizado o reeducado. El resultado no es una cultura más libre, sino una cultura más pobre.

Christopher Nolan prepara el set de rodaje con la cabeza de la estatua de Atenea que rueda por los suelos durante la guerra de Troya

EL CUENTO DE LA CRIADA

La cuarta temporada de “El Cuento de la Criada” se ha hecho esperar al final menos de lo anunciado. Solo año y medio hemos tardado los fans de la serie en volver a ver a June Osborne en acción. Nunca mejor dicho, pues la protagonista de la espeluznante distopía que la escritora canadiense Margaret Atwood concibiera en la pequeña habitación de una pensión de Berlín Este en 1984, sin sospechar que se convertiría en un revulsivo para la lucha feminista en el siglo XXI, hace ya tiempo que dejó de ser mortal, para emular a las invencibles superheroínas del universo Marvel.

June, DeFred o DeJoseph (como se la conoce a lo largo de la serie) ha pasado de ser un personaje vulnerable y empático, con cuyas agudas reflexiones narradas con voz en off muchas mujeres nos podíamos sentir identificadas, a transformarse en una especie de Rambo con faldas, una madre coraje indestructible, a la que ni una bomba de neutrógenos conseguiría detener en su intento desesperado de rescatar a su hija de las garras de Gilead, una sociedad postapocalíptica, opresiva y totalitaria, cuya constitución se basa en el fundamentalismo del Antiguo Testamento, que rinde culto al valor supremo de la maternidad y en la que las mujeres jóvenes son esclavizadas sexualmente con fines procreativos.

El problema es que, en ese proceso de empoderamiento del personaje que ha ido creando y recreando la adaptación televisiva, la original idea que inspiró la obra literaria de Atwood y que era la base argumental que tanto impacto causó en su estreno, ha ido perdiendo consistencia y credibilidad, hasta quedar reducida a simple contexto, un marco claustrofóbico de una gran belleza estética y un impactante simbolismo visual, para lucimiento de un personaje mítico, confeccionado a la medida de su actriz protagonista, Elisabeth Moss, quien incluso se ha lanzado a dirigir el tercer capítulo de esta cuarta temporada que arranca con la inverosímil recuperación de June, en tiempo récord, de una letal herida de bala con septicemia incluida, tras haber logrado liberar, en una operación kamikaze, a ochenta y seis niños y a una docena de criadas.

Controlada por “Ojos” y vigilada por “Ángeles”, recordemos (para quienes aún no hayan visto la archipremiada serie) que la república de Gilead imaginada por Atwood es una proyección distópica de los Estados Unidos de América, tras haber caído su gobierno en manos de una oligarquía patriarcal, liderada por los llamados “Comandantes”, que ha reducido el papel de la mujer en esa sociedad a tres roles, con distinta consideración social según su rango, pero idéntica sumisión: las recatadas “Esposas” (vestidas siempre de azul), asistidas por las “Marthas” (encargadas de las labores del hogar) y, en lo más bajo de la escala social, las “Criadas” (divorciadas, lesbianas, madres solteras, profesionales, universitarias o prostitutas…) mujeres jóvenes en edad de procrear, cubiertas con hábitos rojos, cuya única misión es engendrar a los hijos de los Comandantes, a los que inmediatamente después de dar a luz deben de entregar para que sean criados por sus esposas, como si fueran propios.

El totalitarismo recreado por la autora canadiense es de una crueldad inimaginable, pero su denuncia sobre el sometimiento y el control ejercido sobre las mujeres en esa sociedad de vanguardia de apariencia medieval (especialmente en lo que a su capacidad de ser libres de decidir sobre su vida sexual y su función reproductora se refiere) es tan actual que resulta inquietante.

A través de la historia de June, “El cuento de la criada” nos advierte de todo aquello que hemos conseguido y que un estado regido por un patriarcado de carácter fundamentalista nos podría arrebatar de un plumazo: trabajo, posición social, igualdad de derechos, libertad de pensamiento, capacidad de crítica… Las ideas son peligrosas para la estabilidad de Gilead, razón por la cual las Criadas son reeducadas y disciplinadas (por la siniestra sociópata conocida como la Tía Lydia) con el propósito de destruir cualquier atisbo de conciencia individual.

Lo han perdido todo, incluso el nombre. Son propiedad de los hombres, por eso son rebautizadas como Defred o Dejoseph (que pertenece a Fred o a Joseph). Sólo son un recipiente para la vida, un vientre fértil para asegurar la descendencia de la oligarquía dominante, en un mundo donde la procreación es sagrada y la concepción limitada.

Ese es el contexto en el que resiste la combativa June, separada de su marido, quien consigue huir a Canadá, y de su pequeña hija Hannah, que es secuestrada y entregada a la familia de un Comandante para su crianza como un hija más de Gilead.

En esta cuarta temporada, todos sus esfuerzos se centrarán en procurar su liberación, convertida ya en una especie de guerrillera subversiva, tras haber conseguido desatar un conflicto bélico entre Gilead y su vecina Canadá, que mantiene retenidos a sus primeros amos, los Waterford, Serena (Yvonne Strahovski) y Fred (Joseph Fiennes), a la espera de juicio, acusados de crímenes contra la humanidad; mientras tiene que lidiar con la adaptación de todos esos niños rescatados que no han conocido otra realidad y no entienden el mundo de quienes creen haberlos salvado, incidiendo una vez más en lo pernicioso del adoctrinamiento.

Bruce Miller, creador de la serie, ya ha advertido de que la narración irá in crescendo en intensidad emocional y también en brutalidad (con lo que el sufrimiento está asegurado), y de que, al margen de la “sororidad” que sigue estando en la base de la serie y se sigue ensalzando, en esta temporada se abordará especialmente el papel que juegan los hombres en esa lucha femenina de liberación. Destacando que, incluso en los peores pozos de podredumbre, se encuentran buenas personas, con el sentido de la responsabilidad, la humanidad y la diligencia necesarias para jugarse el tipo por ayudar a esas mujeres que son tratadas como ganado (como el Comandante Joseph Lawrence (Bradley Whitford), ideólogo del asunto, a quien el invento se le ido de las manos, capaz de reconocer ante June que “a Gilead no le importan los niños, ni la fidelidad, ni los valores de antaño… le importa el poder”; o Nick Blaine (Max Minghella), paradigma del “no me quieras tanto y quiéreme mejor”, en la que sigue siendo una de las relaciones más complejas, más interesantes y seguramente más tóxicas de la serie) y que, solo con ellos de su parte existe esperanza de redención para una sociedad en la que, como dice June mientras es castigada por la vengativa Tía Lydia (Ann Dowd): “no hay luz ni hay rastro de Dios».

De momento, solo hemos visto tres capítulos y todo parece indicar que lo que ocurre en esta cuarta (y quizá no última) temporada de “El cuento de la criada” es que hay una revolución en marcha y que la República de Gilead está ya desmoronándose.

Ojalá y no se cumplan los peores presagios, expresados por Laura Fernández en El País, para quien “la transformación de una obra de culto en una mina de oro puede acabar, literalmente, con esa obra de culto”. 

“La batalla y la huida constante convierten esta nueva entrega en una especie de survival horror, es decir, una historia de supervivencia en un lugar devastado que tiene más que ver con The Walking Dead que con el terrorífico fundamentalismo doméstico. El canibalismo psíquico de la impecable primera temporada es aquí sobre todo fuerza bruta y explícito cliché vengativo, por completo alejado de la vanguardia que proponía Atwood, ese misterioso futuro de aspecto medieval que funcionaba a la perfección como alegoría de un presente en el que nada debía darse por supuesto”, observa en su atinada crítica, para concluir que “aunque por fuera lo parece, porque la estética es tan potente que, ante el vislumbre de cada cofia, reaparece el terror inicial; por dentro, “El cuento de la criada” hace tiempo que dejó de ser lo que era. Instalada, en tanto que éxito imprevisto, en una huida hacia delante que, curiosamente, está quedándose atrás”.

La escritora canadiense Margareth Atwood junto a la encarnación de su criatura, Elisabeth Moss, caracterizada como «la criada» June Osborne
Extracto del especial que El País dedicó a la serie de HBO
Título original: "The Handmaid's Tale"

Año: 2017

Duración: 60 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Bruce Miller (Creador)

Guión: Bruce Miller, Ilene Chaiken, Dorothy Fortenberry, Lynn Renee Maxcy...

Música: Adam Taylor

Fotografía: Colin Watkinson, Zoe White, Stuart Biddlecombe

Reparto: Elisabeth Moss, Joseph Fiennes, Max Minghella, Yvonne Strahovski, Bradley Whitford, Ann Dowd,Alexis Bledel, Jordana Blake, O.T. Fagbenle, Samira Wiley, Nina Kiri, Amanda Brugel, Edie Inksetter, Madeline Brewer...

Productora: MGM Television, Hulu

Género: Serie de TV / Drama/ Distopía / Religión / Feminismo