LA CASA GUCCI

Hay talentos labrados con esfuerzo, cincelados a base de sudor y lágrimas, y muchas horas de dedicación, el de aquellos a los que la inspiración les pilla siempre trabajando, intentando perfeccionar su arte. Los Salieris de la música y de otras tantas disciplinas. Pero hay también personas deslumbrantes que tienen eso que algunos llaman “duende”, un talento natural que los convierte en seres potencialmente atractivos sin un gran esfuerzo aparente y que hace que todo lo que hagan, creen o digan, su propia manera de ser o de estar en el mundo, suscite interés. Llámese personalidad o carisma, se trata de un don innato con el muy pocos seres humanos han sido agraciados.

Una de esas personas es sin duda Stefani Joanne Angelina Germanotta, más conocida como Lady Gaga, cantante, compositora, productora, bailarina y diseñadora de moda no exenta de polémica (suyo es el modelito del chuletón y otras excentricidades que habitualmente la adornan), entusiasta activista en favor de la comunidad LGTB y, últimamente, para sorpresa de muchos, una convincente, prometedora y desacomplejada actriz, capaz de compartir plano con auténticas leyendas vivas de la interpretación, como Al Pacino o Jeremy Irons, y llevarse el gato al agua en la última película de Ridley Scott, valiéndose casi exclusivamente de su instinto, su honestidad y una buena dosis de ilusión de principiante enamorada del proceso creativo.

Con tan solo un largometraje en su haber (“Ha nacido una estrella”, con la que la gran diva de «Poker Face» «Bad Romance» y «Alejandro» debutó en el cine en 2018 de la mano de su director y protagonista, Bradley Cooper, donde de alguna manera se interpretaba a sí misma en el papel de una aspirante a cantante de éxito), Lady Gaga se ha convertido en una actriz revelación y ha superado con creces las expectativas depositadas en ella por el director británico y por los productores de “La Casa Gucci”, al dar vida a la temible, ambiciosa, despechada y bastante desquiciada Patrizia Reggiani, la «viuda negra» de Maurizio Gucci (nieto del fundador de la lujosa marca de moda) tras ordenar a unos sicarios su asesinato al pedirle este el divorcio para casarse con otra mujer, con la clara intención de convertirse en heredera de lo que quedaba para entonces del emporio que entre ambos se encargaron de dilapidar, desatando una guerra entre los miembros de la dinastía (todos hombres) que a punto estuvo de acabar con la firma italiana entre finales de los ochenta y principios de los años noventa.

“Encontré los movimientos de Patrizia, su impronta física, fijándome en tres animales. Al principio de su vida imaginé que se movería como un gran gato doméstico. Después, cuando tiene objetivos que conseguir, me la imaginé como un zorro cazando y, al final, cuando se siente en peligro de perderlo todo, la vi como una seductora pantera que hipnotiza a su presa antes de abalanzarse sobre ella”.

Felina, feroz, pasional y temperamental, una donna de armas tomar, capaz de cualquier cosa por retener a su macho y el estatus que el apellido de éste le proporcionaba, la Patrizia Reggiani de Lady Gaga es más bien una Lady Macbeth de sangre latina, a quien domina la ambición y para quien la familia es un medio y no un fin en sí misma, dispuesta a ganarse la confianza de los Gucci (quienes en un principio recelan de ella, intuyendo que se trata de una cazafortunas) para después traicionarla, utilizando a su marido como una marioneta para hacerse con el control del negocio familiar.

“Creo que en esa herida creada por el desprecio y la opresión sistémica que el entorno de su esposo le manifestaba estuvo la génesis de la tragedia”, ha explicado la propia Lady Gaga. “No comparto lo que hizo, pero la comprendo muy bien. Su empeño en manejar Gucci fue una forma de sobrevivir, de prosperar, de dejar atrás a la hija adoptada del dueño de una empresa de transportes con conexiones con la mafia y llegar a convertirse en alguien importante. Sentía que podía ser valiosa. Deseaba que la familia la tomase en serio. Era inteligente y pensaba que sabía lo que había que hacer para conseguir que la compañía avanzase. Pero siempre fue una intrusa en la familia, era una mujer en un mundo de hombres, por lo que, en realidad, tenía un margen de maniobra limitado. Y luego decía esas cosas: ‘Prefiero llorar en un Rolls a ser feliz en una bicicleta’. La veo como una fuerza de la naturaleza; Gucci lo tenía todo y ella lo quería todo. Viniendo de donde venía esto era lo que tenía sentido”.

Con un aspecto que evoluciona del de las grandes divas del cine de los años cincuenta, a medio camino entre Sophia Loren y Elizabeth Taylor, quizá menos guapa pero más salvaje y racial, con un fuerte componente sexual potenciado por esos planos en los que la Patrizia veinteañera contonea sus caderas frente a los camioneros que trabajan para su padre y se deshacen en piropos a su paso; a la horterada máxima de la Joan Collins de Dinastía, enfundada en pesadas pieles y enjoyada en exceso, a su alrededor gira la historia de esta película que, tal como la crítica se ha apresurado a señalar, no es que sea gran cosa, pero parte del mérito de durar más de dos horas y no aburrir, lo cual ya es de agradecer. Algo que no lograría de no llevar la firma de un director tan solvente como Ridley Scott, especialista en mantener la atención del espectador de principio a fin, y de no tener un reparto de actores tan “jodidamente buenos”, como ha puesto en valor el propio director británico durante la intensa promoción del film.

Un cartel de super lujo, encabezado por el histriónico Al Pacino, en una de sus últimas mejores interpretaciones, dando vida al Tío Aldo, hijo primogénito de Guccio Gucci (el hombre que fundó la dinastía en Florencia, en 1904), presidente y artífice de la expansión comercial de la firma italiana en los Estados Unidos, cuyo accionariado controla al 100% junto a su hermano Rodolfo (elegante Jeremy Irons), actor frustrado y coleccionista de arte (su nombre artístico era Maurizio D’Ancora. Se casó con la también intérprete, Sandra Ravel. Posteriormente dejó el cine y se dedicó a la empresa familiar); su estrafalario y algo pardillo hijo Paolo (Jared Leto) cuya inteligencia deja bastante que desear y su tímido sobrino Maurizio (Adam Driver), prometedor estudiante de Derecho, un hombre frío, castrado emocionalmente, víctima de la pasión que siente hacia su pérfida y arribista mujer que utiliza el sexo como arma de seducción y manipulación, hasta que un día abre los ojos y la abandona. «Maurizio queda atrapado en la telaraña de ambición de Patrizia y, como suele ocurrir en estos casos, empieza a desear lo inalcanzable. Una mansión más grande, un coche más potente, una mujer más glamurosa, más elegante, más joven o, simplemente, menos convencional», ha explicado el propio Driver, omnipresente en las películas de este año.

Al margen del argumento del film, de sobra conocido pues se trata de un sórdido escándalo familiar que ocupó las primeras páginas de los periódicos entre 1995 y 1997, cuando la verdadera Patrizia Reggiani fue acusada, juzgada y hallada culpable de ser la autora intelectual del asesinato de su exmarido que llevó a cabo con ayuda de quien era su vidente, Giuseppina “Pina” Auriemma (interpretada en el film por la actriz mexicana Salma Hayek) y dos mercenarios, siendo condenada a 29 años de cárcel, de los que cumplió solo 18 (podrían haber sido menos, pero se negó a salir de prisión porque una de las condiciones para su excarcelación era que buscase un empleo. “No he trabajado en mi vida y no voy a empezar ahora”, argumentó), la película del Ridley Scott (poseedora de una esmerada ambientación retro y una impecable banda sonora que recoge los mejores éxitos de la época) se centra en concepto de familia, tan presente en la tradición italiana y en general en la cultura latina, y que tantas películas y libros ha inspirado a lo largo de los siglos.

Si para alguien como Aldo, la familia estuvo siempre por encima de todo, al punto de perdonar a su único hijo Paolo la mayor de las traiciones que lo lleva a pasar por la cárcel y a perder cuanto poseía, con esa maravillosa y contundente frase de: “es un idiota, pero es mi idiota”; o para el propio Rodolfo, que reniega de Maurizio al saber que tiene intención de casarse con la hija de un vulgar transportista, pero finalmente le da su bendición al enterarse de que le han hecho abuelo de una niña que lleva el nombre de su difunta esposa, no puede decirse lo mismo de la siguiente generación del clan.

Ni Maurizio ni Paolo ni definitivamente Patrizia guardan la más mínima lealtad hacia los suyos. Al contrario, lo que vemos en la película de Ridley Scott es lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo con muchas de las dinastías más poderosas y de más rancio abolengo a lo largo de la Historia.

No hace falta remontarse hasta los Medici o los Borgia para buscar ejemplos de luchas consanguíneas y dentelladas fratricidas por acceder al trono, la guerra por la sucesión es una constante en las grandes empresas familiares hasta nuestros días (que se lo pregunten si no a los Murdoch, los Carnegie, los Hearst, los Redstone, los Sulzberger o los Trump, y eso solo en los EEUU) y lo que ha hecho que muchas de ellas acaben en manos de acaudalados y oportunistas fondos de inversión, capaces de inyectar capital en sus maltrechas cuentas, plagadas de agujeros negros e impuestos impagados; o de CEOS inescrupulosos dispuestos a morder la mano de quien les da de comer, como Domenico de Sole (Jack Huston), hombre de confianza de Rodolfo Gucci, quien ayudó a su hijo Maurizio con la reestructuración corporativa de la empresa durante su torpe tránsito al libre mercado, fichando a Tom Ford, su director creativo de 1994 a 2004, quien llegó a ser un peso pesado de la marca a la salida de la familia fundadora del cuerpo accionarial, instaurando una nueva visión de negocio muy alejada de los grandes (y costosos) estándares de calidad que hicieron de Gucci sinónimo de elegancia, una leyenda en el mundo de la moda, y de algunas de sus creaciones una valorada pieza de museo.

Título original: "House of Gucci"

Año: 2021

Duración: 157 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Ridley Scott

Guión: Roberto Bentivegna, Becky Johnson. Basada en el libro "House of Gucci: A sensational story of murder, madness, glamour and greed" de Sara Gay Forden 

Música: Harry Gregson-Williams

Fotografía: Dariusz Wolski

Reparto: Lady Gaga, Adam Driver, Al Pacino, Jeremy Irons, Jared Leto, Salma Hayek, Jack Huston, Alexia Murray, Vincent Riotta, Reeve Carney, Gaetano Bruno, Camille Cottin, Youssef Kerkour...

Productora: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), Scott Free Productions, Bron Studios

Género: Drama | Basado en hechos reales. Crimen. Moda. Años 70, 80 y 90.

CRUELLA

De la factoría Disney pueden decirse y se han dicho muchas cosas, no siempre elogiosas, referidas a su sesgo ideológico y a los modelos sociales que promueven sus clásicos animados. Sus haters son legión. Pero jamás nadie ha osado poner en duda su capacidad de entretenimiento ni su sentido del espectáculo, fruto de la mentalidad lúdica y visión comercial que distinguieron a su creador, Walt Disney, y que se ha mantenido como sello de la casa en sus casi cien años de historia.

Producto de esa eficaz e innovadora manera de hacer las cosas es “Cruella”. Una película de gran impacto visual, cuyo calculado espíritu transgresor (algunos la han descrito como “la película más anti-Disney de Disney”) y exquisito sentido de la estética precede a cualquier otra valoración que pueda hacerse referida a la, no menos notable, calidad de su argumento o de sus interpretaciones.

Y es que, si algo destaca en esta precuela sui géneris, que se inventa una efectiva y efectista motivación para el origen de la malvada protagonista de “101 dálmatas” (el legendario personaje creado hace sesenta años por Dodie Smith y a quien ya encarnara Glenn Close, desde un punto de vista más caricaturesco y menos innovador, en un primer intento de dar vida al personaje de dibujos animados en 1996), es el enorme acierto de saber combinar belleza y maldad, mediante una delirante y audaz dirección de arte que se nutre de variadas referencias, teniendo como telón de fondo el movimiento contracultural que surgió en el mundo anglosajón a mediados de los años 70.

Dirigida por Craig Gillespie (“I, Tonya”) y producida por la propia Glenn Close, Kristin Burr, Andrew Gunn, Aline Brosh MacKenna y Marc E. Platt, el nuevo live action de Disney es una amalgama casi perfecta que comprende tanto el diseño de maquillaje y vestuario (gloriosa recreación de la estética punk, a cargo de Jenny Beavan, ganadora del Oscar en 2015, por “Mad Max: Furia en la carretera”), como una enérgica banda sonora que rescata y versiona algunos de los más célebres e inolvidables temas de las mejores bandas de rock y garage rock de esa década, para ponerlos al servicio de la consecución del clímax narrativo. Desde Should I Stay or Should I Go” de The Clash, Come Together en la versión de Ike y Tina Turner o el «Feeling good» de Nina Simone; hasta algunos de los grandes éxitos de bandas como Supertrump, The Doors, Bee Gees, Queen, o Sex Pistols, a la que se rinde culto también mediante el maquillaje, en una escena en la que Cruella lleva un antifaz, a modo de stencil, donde puede leerse «The Future«, escrito con la tipografía de la banda.

Y es que, aunque a veces no sepamos si se trata de copias, homenajes o préstamos, “Cruella” bebe de manera desacomplejada de diversas fuentes de inspiración. Hay escenas que parecen directamente extraídas de “El diablo viste de Prada” (2006) (incluso el personaje de la Baronesa, que interpreta de manera sublime Emma Thompson, se asemeja al de Meryl Streep) y, por más que sus creadores huyan de la comparativa, resulta imposible no asociar la triste historia de la pequeña Estela y la razón de ser de su conflictivo alter ego, con la del «Joker» (2019) y los oscuros fantasmas y dramas familiares que estaban en la génesis de su comportamiento sociópata, en esta nueva tendencia de empatizar con el villano, una vez transformado en un ser de carne y hueso, en un intento de comprender sus actos criminales apelando a las circunstancias de su pasado.

Pero, más allá de la consistencia dramática de su argumento y, aunque suene paradójico, el envoltorio es sin duda el alma de esta nueva película, en la que se habla sobre todo de moda, de contracultura, de anarquía, transgresión y provocación estética, rindiendo culto a quienes lo hicieron mucho antes, como el incomparable John Galliano o la legendaria Vivienne Westwood y su célebre boutique “Sex”, grandes mitos del movimiento punk que estuvo en boga en los Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia y que impregna por completo el espíritu de “Cruella”, cuya acción se sitúa -no de manera casual- en el Londres de los años setenta.  

Desde niña, la pequeña Estela (Emma Stone) siente una pulsión natural por trasgredir las normas. Creativa y rebelde, con un talento para el diseño tan innato como su capacidad de meterse en problemas, marcada desde su nacimiento por una singularidad física (mitad del pelo blanco mitad negro) que le hace ser objeto de bulling, la pequeña vive con su madre (Emily Beecham), una mujer discreta y bondadosa que intenta hacer de ella “una persona de bien”. Sin embargo, las cosas se ponen difíciles cuando la niña es expulsada del estricto colegio privado al que acude y ambas ponen rumbo a la capital, para cumplir su sueño de convertirse en una famosa diseñadora de moda.

Catherine, la madre de Estela, decide hacer una parada a mediocamino para visitar y pedir ayuda a “una vieja amiga” que resultará ser la famosa y todopoderosa Baronesa Von Hellman (Emma Thompson), una mujer tan elegante como ególatra y desalmada, que utiliza y explota a cuantos tiene alrededor para brillar en exclusiva en el competitivo mundo de la moda, quien ofrece esa noche una de sus célebres galas para presentar una de sus exitosas colecciones.

Pero las circunstancias se tuercen y la madre de Estela fallece al caer por un acantilado acosada por los tres dálmatas de la Baronesa, por lo que la niña -que contempla la escena con horror y se culpa de su muerte- llegará finalmente huérfana a Londres, donde entablará relación con dos ladronzuelos que se convertirán en su nueva familia.

Sobreviviendo a base de pequeños hurtos y atracos de poca monta, Estela se conforma con desarrollar su vocación inventándose y cosiendo disfraces para esas peculiares “performances”, hasta que un día entra a trabajar como limpiadora en Liberty y, harta de que el encargado pase de ella sin darle la oportunidad de demostrar de lo que es capaz, permite que el espíritu anárquico y vengativo de su alter ego, Cruella -a quien había estado reprimiendo todos estos años como promesa póstuma a su difunta madre- aflore de nuevo en ella, vandalizando un escaparate, una noche en que está sola y borracha en el interior de los legendarios almacenes londinenses.

Es así como aquella niña que soñaba con el glamour, el brillo y la elegancia del mundo de la alta costura, logra penetrar en él de la mano de la Baronesa quien, sorprendida de su talento y audacia, la contrata como aprendiz, sin sospechar de quién se trata.

Pronto, Estela pasará de la admiración a la decepción con respecto a su mentora, quien no solo abusa del personal a su servicio tratándolo con un gran desprecio y arrogancia, sino que se adjudica la gloria por el trabajo y el ingenio ajenos; y de la decepción al odio, al descubrir que fue la verdadera causante de la muerte de su madre.

Desde ese momento, Estela-Cruella se enfrentará a su némesis en una guerra sin cuartel que da lugar a escenas memorables, como el gran happening de su aparición dentro de un camión de la basura, con un vestido de larga cola confeccionada con todas las creaciones de su rival o la apoteósica venganza del vestido adornado con cientos de larvas de polilla en su interior.

Cada gala, desfile o alfombra roja se convierte en un campo de batalla en el que ofrecer la mejor performance, la más rompedora versión de sí misma, con ayuda de sus leales amigos Jasper (Joel Fry) y Horacio (Paul Walter Hauser), de su antigua compañera y protegida en el colegio, Anita Darling (Kirby Howell-Baptiste), quien ahora ejerce convenientemente como reportera de moda en un periódico local que multiplica el impacto de sus apariciones y agranda su fama e influencia, hasta convertir a Cruella en un ícono punk/new wave que llega para destruir el orden establecido con su diseño innovador, y de un peculiar personaje, Artie (John McCrea), dueño de un local de ropa de segunda mano que encarna la vanguardia y la diversidad sexual, y en cuya estética algunos han querido ver un homenaje a David Bowie, quien ayuda a Cruella en el diseño y confección de su impactante indumentaria.

En total, se han confeccionado 277 extravagantes trajes para esta película, un auténtico festín visual para quienes aman la moda. Pero, frente a los que se basan en esta clase de detalles, para acusarla de ser un producto superficial, efectista y grandilocuente, es necesario poner en valor algunas de las infrecuentes virtudes que adornan a esta superproducción, cuya fórmula, para empezar, no funcionaría sin el aporte decisivo de la brutal actuación de sus dos protagonistas.

Stone y Thompson, las dos Emmas, hacen un trabajo sobresaliente, superando todas las expectativas que, en su caso, dado su probado talento y trayectoria, no podían ser sino las más exigentes.

Aunque muy lejos de la maniática y desquiciada amante de las pieles de “101 dálmatas” (los tiempos son otros y los animalistas no verían con buenos ojos eso de sacrificar a unos inocentes perrillos para hacerse un abrigo con sus manchas), Emma Stone es, sin embargo, una perfecta Cruella de Vil. Su transformación física y emocional, al pasar de la dulce Estela a la vengativa Cruella, es tan precisa en su ejecución que confiere una nueva alma al personaje de dibujos animados. Vanidosa, salvaje, indómita, con ese punto de excentricidad y de locura que caracteriza a las grandes supervillanas, pero también con un toque depresivo, de torpeza y de ternura que la hace ser un personaje empático y la mantiene en el rol de heroína frente a su oponente (la otra Emma) que es, en este caso, la auténtica malvada.

Thompson, por su parte, brilla con luz propia y se ve que disfruta como pez en el agua en el papel de la estirada Baronesa. Altiva, displicente, mordaz y despiadada, dueña de un emporio y de un status al que no está dispuesta a renunciar, aún a costa de tener que seguir acumulando cadáveres en el armario. Su construcción del personaje es impecable, lleno de matices y sutilezas que la convierten en un ser odioso, pero sin caer en el estereotipo de la bruja de cuento. Es más una sociópata criminal. La maestra que termina siendo destronada por la aspirante.

Resumiendo, se trata de una película altamente recomendable y entretenida de principio a fin, que afronta sin remilgos la predisposición natural (y hasta genética) que algunas personas tienen hacia el talento y/o hacia la maldad, en la que, además de hablar de la familia “tradicional”, se habla de la familia “por elección”, y de dos mujeres empoderadas que rivalizan por el control de un negocio multimillonario, con una selección musical que por momentos te hace levitar, como cuando suena la evocadora “Call me Cruella” cantada por Florence + The Machine, y escenas muy bestias y nada condescendientes a nivel conceptual, como cuando Cruella, ya en posesión de su legítima identidad, decide abreviar su apellido (Hellman) dejándolo en Hell (infierno), en un adelanto de la persona en la que finalmente se convertirá.

Nada más lejos de la moralina buenista, machista y ultraconservadora de los viejos cuentos de hadas de las Princesas Disney y, sin embargo, algo me dice que el viejo (y visionario) Walt habría estado orgulloso. Renovarse o morir. El show (y el negocio) debe continuar.

Título original: "Cruella"

Año: 2021

Duración: 134 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Craig Gillespie

Guion: Dana Fox, Tony McNamara. Novela: Dodie Smith

Música: Nicholas Britell

Fotografía: Nicolas Karakatsanis

Reparto: Emma Stone, Emma Thompson, Joel Fry, Paul Walter Hauser, John McCrea, Emily Beecham, Mark Strong, Kayvan Novak, Kirby Howell-Baptiste, Jamie Demetriou, Niamh Lynch, Andrew Leung, Ed Birch

Productora: Walt Disney Pictures

Género: Moda. Precuela. Años 70. Remakes de Clásicos de Disney. 101 dálmatas

HALSTON

Se llamaba Roy Halston Frowick y era natural de Des Moines, capital del condado rural de Iowa. Pero el mundo entero lo conoció simplemente como Halston. Segundo hijo de un recio contable de origen noruego, que no aceptaba su homosexualidad, y una sufrida ama de casa a la que este maltrataba, física y psicológicamente, culpándola de mimarlo demasiado.

Un personaje atormentado y glamouroso, confeccionado a medida para el actor escocés Ewan McGregor, quien encarna de manera convincente al legendario diseñador estadounidense, en una miniserie de cinco episodios, producida por Ryan Murphy para Netflix, en la que se repasa su vida y obra, presentándolo como un artista amanerado y excéntrico que, habiendo conocido el rechazo desde niño, persiguió obsesivamente el éxito, la riqueza y el reconocimiento. Enormemente talentoso y creativo, inseguro y vulnerable en su esfera más íntima, exigente consigo mismo y con los que le rodearon hasta perder los papeles con gran crueldad, a causa de lo cual murió prácticamente solo, desquiciado por una serie de malas decisiones empresariales motivadas por su ambición desmedida y por una vida de excesos que acabaron con su carrera y su salud.

Cuenta Steven Gaines, en la novela en la que está basado este interesante biopic, que el pequeño Halston decoraba con plumas de gallina y otros abalorios los sombreros y tocados de su madre, a la que adoraba, sin sospechar que lo que empezó siendo una afición infantil para consolarla de las embestidas de su verdugo, se convertiría en el oficio que le haría saltar a la fama, después de que la primera dama de los Estados Unidos, Jackie Kennedy, luciera una de sus creaciones en la toma de posesión de su marido JFK.

Para entonces Halston había llegado ya a Nueva York, de la mano de la diseñadora de sombreros Lilly Daché, quien lo introdujo en el trepidante negocio de la moda, a la par que iba descubriendo la libertad y las prometedoras posibilidades que, para un espíritu transgresor como el suyo, ofrecía la Gran Manzana.

Aquel hombretón alto, delgado y bien parecido, con un aire a James Stewart y muchas ganas de comerse el mundo, feliz y algo asombrado de poder alternar en bares “solo para hombres”, con los que compartir algo más que una cerveza ya en la intimidad de su alcoba, pronto llegó a ocuparse de la colección de sombreros de Bergdorf Goodman, uno de los más prestigiosos grandes almacenes de Manhattan, que tenía entre su clientela a algunas de las más reconocidas socialités del momento.

Cuando Jackie Kennedy acudió allí, a finales de 1960, en busca de un sombrero para la inauguración del mandato de su marido, y escogió una de las creaciones de Halston, ni él mismo podía creerse que ello supondría la consagración definitiva de su marca personal. Halston pensó que ese día todos estarían pendientes de lo que dijera Kennedy y de lo que vistiera Jackie, de modo que su sombrero no podía taparle la cara ni permitir que el viento o el pelo jugaran una mala pasada a quien sería el rostro de la nueva era. Procurando darle protagonismo a la primera dama, el diseñador consiguió atraer atención sobre su diseño y así aquel diminuto sombrerito rosa, bautizado como pillbox, lanzó su carrera, considerándose hoy en día una pieza histórica.

«Los sombreros son esculturas, hacía sombreros para animar a mi madre, tuve una infancia especial», confiesa el icónico diseñador en la serie a uno de sus amantes ocasionales (negros, latinos, gente susceptible de haber sufrido el rechazo y la discriminación como él).

Desde ese momento, su popularidad fue en aumento a la par que su negocio, teniendo que reinventarse a sí mismo cuando los sombreros dejaron de usarse, a principios de la década de los setenta. Un periodo de gran precariedad económica que, sin embargo, supuso un acicate para su talento visionario, en una apuesta decidida y arriesgada por el prêt-à-porter.

Centrado en su sueño de “vestir a América”, sin dejar a un lado su admiración por la alta costura y por los grandes modistos europeos (especialmente Balenciaga), Halston perfiló una silueta minimalista para la mujer estadounidense que empezaba a incorporarse al mundo laboral, y que necesitaba un atuendo de trabajo y otro para su vida social.

Vestidos camiseros ceñidos al cuerpo con un lazo en la cintura y confeccionados con un material similar al ante pero apto para ser lavado a máquina, pantalones fluidos y trajes de corte masculino, así como los vaporosos vestidos de cuello halter (su santo y seña) y la manga murciélago, presente en sus elogiados caftanes de originales estampados… cada nueva creación que salía de sus talleres (inicialmente inspirada en el cine negro de los años 30 y 40) era un éxito de ventas. Algo que no pasó inadvertido para los buitres de la industria textil, que no pararon de revolotear sobre su cabeza hasta hacerse con la propiedad de su marca personal, obligándole a diversificar su producción en una variada gama de artículos y accesorios que llevaran su nombre y pudieran fabricarse a gran escala (perfumes, maletas de viaje, ropa masculina, el atuendo de las azafatas de Braniff Airlines, los uniformes del equipo norteamericano en las Olimpiadas de 1976, de las Girl Scouts o del Departamento de Policía de Nueva York), obligándole a asumir un ritmo y un volumen de trabajo ingente.

En aquellos años, el icónico diseñador vestía ya como una celebridad. Pelo engominado, chaqueta americana, jersey negro de cuello vuelto y sus inseparables gafas oscuras que apenas conseguían ocultar los estragos de sus excesos nocturnos. Era el modisto norteamericano emergente del momento. Lo que le lleva a ser seleccionado para representar a los Estados Unidos, junto a otros ya consagrados, como Oscar de la Renta, en una especie de duelo con diseñadores europeos que se celebra en el Palacio de Versalles y que supone su exitosa puesta de largo en la moda mundial.

A su vuelta de París, con una cuenta corriente milmillonaria, una tienda con su marca en Madison Avenue, donde recibe a sus clientes VIPS para las que sigue confeccionando a medida, y un equipo de trabajo que soporta leal y pacientemente sus excesos y su mal carácter, Halston se transforma en el rey indiscutible de la moda neoyorquina. “El primer diseñador pop star”, como se le llegó a catalogar. Su sofisticación, elegancia natural y atractivo físico le abren todas las puertas y potencian un aura de éxito a su alrededor que le hace gozar de un gran poder de seducción, tanto en hombres como en mujeres.

Es entonces cuando conoce a Víctor Hugo Rojas (Gianfranco Rodríguez), un decorador venezolano, cuyos favores sexuales comparte en un principio con su amigo Andy Warhol a cambio de dinero y a quien pronto convierte en su amante y protegido en exclusiva, estableciendo con él un vínculo de dependencia tóxica. De su mano se adentra en el descontrolado mundo de las drogas, haciéndose un consumidor habitual de cocaína y se dedica a quemar la noche, en “Studio 54”.

Amigo personal de Yves Saint Laurent y de Liza Minnelli (magníficamente representada en la serie por Krysta Rodríguez), su única familia (la persona a la que llama para trinchar su primer pavo en Acción de Gracias), alguien fundamental en la vida del diseñador y de quien recibe un apoyo incondicional hasta el fin de sus días;  Halston vistió a grandes estrellas del cine, como Elizabeth Taylor, Silvana Mangano, Lauren Bacall, Bianca Jagger, así como a admiradas socialités, como Diane von Furstenberg, Katharine Graham, Babe Paley o Marisa Berenson y apadrinó a algunas de las mejores supermodelos de los años ´70, como la temperamental Elsa Peretti (su musa italiana), la después actriz Anjélica Huston, Pat Cleveland o Alva Chinn, a las que se conocía como las “Halstonettes” cuando participaban en sus desfiles.

Pero la decisión de quienes se habían hecho con la propiedad de su marca (sinónimo de lujo, estatus, fama y erotismo), de fusionarse con un grupo empresarial más fuerte que exige su colaboración con los almacenes J.C.Penney (competencia directa de Bergdorf Goodman, la casa de moda que lo vio nacer), disminuye su presencia e influencia a mediados de los 80, tras la aparición de nuevos creadores, como Calvin Klein y Donna Karan.

“Ya no soy una persona, soy una marca”, dice el Halston de ficción en el tercer episodio de la serie, como si el sueño de toda una vida se hubiese transformado en pesadilla. “Nos dan un nombre, solo uno. Es lo único que tenemos mientras estamos vivos. Y lo único que dejamos cuando morimos. No valoré el mío lo suficiente. Lo vendí barato. No lo pensé dos veces”, confiesa amargamente hacia el final, convertido ya en un patético remedo de sí mismo, tras haberse rendido a los cantos de sirena de la industria de la moda que condiciona y exprime su talento obligándole a firmar una última línea de ropa ‘low cost’, Halston III, que fue muy mal recibida.

Acosado por las exigencias de sus nuevos “dueños”, con sus capacidades muy mermadas por sus adicciones y tras ser diagnosticado como enfermo de SIDA, Halston decide finalmente dimitir y mudarse a San Francisco, no sin antes firmar un último trabajo, a modo de epitafio para la posteridad, el diseño de vestuario de “Perséfone”, a petición de su amiga, la exigente coreógrafa de ballet contemporáneo Martha Graham, que resulta ser todo un éxito para la crítica (cuyo veredicto final, como a todos los artistas, le importaba más de lo que era capaz de confesar) que aplaude la novedosa e ingeniosa incorporación en los diseños del tejido de elastano, metáfora de las cadenas invisibles que, aunque nos creamos libres, inevitablemente nos frenan y nos lastran.

En 1988, la enfermedad de Halston se complica deviniendo en un sarcoma de Kaposi que, finalmente, acaba con su vida el 26 de marzo de 1990, a los 57 años. Una vida intensa, más exitosa que feliz, que dio mucha tela para cortar en esta miniserie de Netflix que brilla sobre todo por su esmerada ambientación y por la excelente interpretación de algunos de sus protagonistas, empezando por el carismático Ewan McGregor (jamás nadie dio una calada al cigarro con tanta elegancia y sensualidad).

Título original: "Halston"

Año: 2021

País: Estados Unidos

Dirección: Ryan Murphy, Dan Minahan

Guión: Tim Pinckney, Sharr White, Kristina Woo, Ian Brennan. 

Basada en la novela "Simply Halston" de Steven Gaines

Fotografía: Tim Ives, William Rexer

Reparto: Ewan McGregor, Krysta Rodriguez, Rory Culkin, Rebecca Dayan, David Pittu, Sullivan Jones, Gian Franco Rodríguez, Mary Beth Peil, Molly Jobe, Deya Danielle Drake, Eric T. Miller, Maxim Swinton, Juri Henley-Cohn...

Productora: Ryan Murphy Productions. 

Distribuidora: Netflix

Género: Serie de TV. Drama. Biopic. Moda. Años 70