En esta reseña no hay spoilers pues todo el mundo conoce ya el final de Cien años de soledad. El desenlace estaba escrito desde que Gabriel García Márquez escribiera las primeras líneas de su novela cuya historia es, en sí misma, una profecía que espera cien años para cumplirse.
Para cuando da inicio la serie de Netflix, millones de lectores de todo el mundo saben ya que si “el primero de la familia murió amarrado a un árbol, al último se lo comerán las hormigas” y que, en el instante en que esto suceda, a Macondo se lo llevará el viento.
Lo único que quedaba por averiguar era si el gran capítulo final conseguiría reflejar en imágenes ese instante que marca la ruina y la destrucción de una familia, de un pueblo y de un país que alguna vez fue una utopía que llegó a cumplirse. Y la respuesta es sí.
Tal y como estaba escrito en los pergaminos del gitano alquimista Melquiades, cuando Aureliano Babilonia (el hijo bastardo nacido del malogrado amor de Meme y Mauricio Babilonia que ha crecido encerrado en la casa familiar sin que el mundo llegara a saber de su existencia) consigue consumar su amor por su tía Amaranta Úrsula, al regreso de esta de París, las hormigas devoran al hijo de ambos, el último de los Buendía nacido con cola de cerdo como presagió mama Úrsula en su lecho de muerte, y Macondo se desintegra, como un pueblo fantasma reducido a cenizas.
La serie de Netflix ha conseguido en solo dos temporadas algo que parecía imposible: mostrar un Macondo que para los lectores de la novela de García Márquez fuese reconocible, habitable, tangible desde su construcción, en su desarrollo, declive y desaparición. Pero también ha tenido que pagar el inevitable precio de traducir en imágenes una novela cuya verdadera magia estaba en las palabras, en esa manera de hacer que el tiempo se doblara sobre sí mismo para que pasado, presente y futuro parecieran estar ocurriendo a la vez.
En su capítulo final Margarita Rosa de Francisco firma una de las interpretaciones más memorables y breves de la serie, al dar vida a Fernanda del Carpio en sus últimos años de vida, cuando la mujer que llegó a la casa de los Buendía con su educación aristocrática y su beata religiosidad, se ha convertido ya en una figura espectral.
Su Fernanda no es aquella muchacha, reina de las apariencias y sacerdotisa del decoro, que llegó a Macondo presentándose como la reina de Madagascar. Pero tampoco es exactamente una anciana derrotada. Su interpretación se traduce en algo más complejo: mostrar la persistencia de una mujer recia debajo de cuya vieja capa de armiño habitan las ruinas de sí misma. La actriz colombiana encarna la descomposición de aquella soberana intrusa que se ha pasado la vida intentando imponer orden a un mundo donde las reglas nunca fueron observadas.
Su personaje conserva algo de la altivez que la caracterizaba, devastada por el deterioro físico, la soledad y una progresiva desconexión de la realidad. Habla consigo misma, escribe cartas a su hijo amado José Arcadio (Emmanuel Restrepo) al que imagina en Roma preparándose para ser Papa en Roma y vive recluida en su universo mental, contemplando cómo desaparece la familia que intentó domesticar. Podía haber quedado reducido a la caricatura de una vieja aristócrata trastornada. Pero hay algo trágico y también una cierta dignidad en su delirio. Y sobre todo hay una precisión extraordinaria en la manera en que De Francisco se encoge, se repliega y ocupa el espacio. La mujer que pretendía gobernar la casa de los Buendía acaba convertida en una presencia casi invisible dentro de ella. Su autoridad se ha convertido en una especie de residuo físico. Su trabajo es una de esas interpretaciones en las que el envejecimiento no se representa mediante maquillaje, sino mediante una transformación completa de la corporalidad.
No es casual que la propia De Francisco haya explicado que su trabajo consistió en dar coherencia al derrumbamiento interno que Fernanda arrastra desde su juventud. Fernanda ha pasado buena parte de su vida intentando mantener a raya el caos y termina entregada a la locura, mientras Macondo se extingue.
Su personaje no busca compasión. Fernanda no termina siendo una pobre anciana a la que haya que perdonar sus manías y delirios. Conserva su severidad, su displicencia y su desprecio para con su nieto bastardo hasta el final.
Pero no es la suya la única interpretación destacable. Sobre Estefanía Piñeres, como Amaranta Úrsula, y Sebastián Osorio, como Aureliano Babilonia, recae buena parte de la responsabilidad del último tramo de la serie. Ellos son los dos únicos personajes que todavía parecen capaces de imaginar que la historia puede tomar otro rumbo. Su relación introduce una última ilusión de futuro, justo cuando la novela —y la serie— sabe que ya no queda ninguno.
Y está también Emmanuel Restrepo, en el papel de José Arcadio, el hijo predilecto de Fernanda. Un vividor, homosexual, que ha estado engañando a su madre todos estos años haciéndole creer que estaba formándose para ordenarse sacerdote y llegar a ser ministro de la Iglesia católica, cuando en realidad ha estado gastándose el dinero que le enviaba en chaperos y alcohol, entregado a una vida disoluta. El día que vuelve a Macondo, se encuentra a su madre muerta y le da un entierro indigno, cobrándose en sus restos mortales el daño que en vida le hizo. Después decide buscar un tesoro del que ella le había hablado en sus cartas y acaba topándose con su destino en la misma bañera en la que su hermana Meme y Mauricio Babilonia concibieron a su sobrino Aureliano, con el que acaba confraternizando.
Por último está el actor colombiano Jornell Ariza, en el papel Gabriel García (el propio Gabo), nieto del coronel Erineldo Márquez, cuya fugaz aparición funciona como una suerte de contrapunto simbólico a ese destino familiar trágico.
El escritor no observa desde fuera una historia que los propios Buendía son incapaces de comprender, sino que se mete en la historia como un personaje más. Los guionistas se han permitido esa y algunas licencias más para hacerlo reconocible, como que entre sus amigos más íntimos se mencionen a un tal Álvaro (Cepeda Samudio), Germán (Vargas Cantillo) y Alfonso (Fuenmayor), una trasposición literaria del círculo de amigos que García Márquez frecuentaba en Barranquilla. O que Aureliano pronuncie un sentido “Los amigos son unos hijos de puta”, cuando se despide tras anunciarle que se marcha a París donde le espera una tal Mercedes (nombre de la viuda de García Márquez) en un episodio cargado de fatalidad, justo después de la muerte de José Arcadio y de Pilar Ternera, prostituta, hechicera e intérprete de los destinos ajenos, una especie de memoria viva de Macondo y el único personaje que atraviesa la historia de principio a fin.
Su muerte marca la desaparición de uno de los últimos vínculos entre el Macondo originario y el que está a punto de ser borrado del mapa y es probablemente uno de los momentos más hermosos del gran episodio final. Pilar muere haciendo aquello que ha hecho durante toda su vida: esperar, sentada en su mecedora de bejuco, a las puertas de su paraíso: el prostíbulo que regenta. Y pide ser enterrada así: en su mecedora, en el centro de la pista de baile, entre salmos y canticos aborígenes y abalorios de putas. La mujer que pasó la vida entero proporcionando placer a los Buendía y leyendo el futuro de los demás se queda sin futuro que leer. Cuando ella desaparece, desaparece también uno de los últimos testigos del Macondo que fue.
Netflix ha conseguido llevar Cien años de soledad a la televisión sin traicionarla de manera escandalosa. Con una manufactura que a ratos se antoja un tanto naif, ha construido un Macondo de una belleza extraordinaria y ha dejado que el viento lo arrase, exactamente como estaba previsto.
Aureliano Babilonia descifra los pergaminos escritos en sánscrito y comprende que la historia de su familia estaba escrita desde antes de que él naciera. Descubre que el presente y el pasado son la misma cosa y que ya no queda futuro porque el futuro también ha sido contado. Y entonces Macondo de desintegra. No como lo hacen los lugares en una película de catástrofes, sino lentamente, como desaparecen las cosas que dejan de ser recordadas. El último de los Buendía comprende la historia justo cuando ya no puede cambiarla. Y ahí está la verdadera tragedia de Cien años de soledad: no que sus personajes estén condenados a morir, sino que están condenados a comprender demasiado tarde por qué vinieron a este mundo y vivieron como lo hicieron.
El capítulo final pertenece a quienes llevan encima las cicatrices del tiempo. Y ese es el mayor mérito de esta adaptación: haber entendido que Cien años de soledad no podía filmarse como una sucesión de acontecimientos extraordinarios. Había que filmar el desgaste. La casa que envejece arruinada por los cinco años de diluvio y acaba siendo invadida por la maleza. Los pocos supervivientes que se extinguen. Las pasiones que parecen nuevas pero que ya han ocurrido antes. La sensación que se crea es la de que esta última generación de los Buendía no está viviendo su vida, sino repitiendo la de quienes les precedieron.
Conviene juzgar la serie como lo que finalmente ha terminado siendo: no la traducción de la novela en imágenes, sino una interpretación de ella. Una obra que tiene que aceptar que nunca podrá competir con aquello que ocurre cuando un lector abre el libro y empieza a leer que “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía habrá de recordar aquel remoto día en que su padre lo llevó a conocer el hielo…”




















Título original: Cien años de soledad
Año: 2026
Duración Episodio final
País: Colombia-USA
Dirección: Laura Mora
Guion: José Rivera, Natalia Santa, Camila Brugés y María Camila Arias. Bas. novela: Gabriel García Márquez.
Reparto: Margarita Rosa de Francisco, Sebastián Osorio, Emmanuel Restrepo, Estefanía Piñeres, Obeida Benavides, Jornell Ariza...
Voz en off de Jesús Chucho Reyes como el autor Gabriel García Márquez
Fotografía: James Brown y Camilo Monsalve
Musica: Camilo Sanabria y Juancho Valencia
Compañías: Netflix, Dynamo Producciones.
Género: Serie de TV. Drama. Realismo mágico. Familia








































































































































































































































































































































































































































