Poco a poco, los cines empiezan a retomar su actividad tras el cese por la pandemia y, aunque aún a cuentagotas, este fin de semana han empezado a llegar a sus carteleras nuevos estrenos, como “Sueños de una escritora en Nueva York” que inauguró (con un éxito más bien discreto) la penúltima Berlinale y que no pasaría del aprobado raso, de no ser por la esmerada actuación de la jovencísima y cautivadora Sarah Margaret Qualley, hija de Andie McDowell (la desvergonzada acólita de Charles Manson que seduce a Brad Pitt en “Erase una vez en… Hollywood”) quien hace suya la película, con una sonrisa irresistible y esa mezcla de ingenuidad, optimismo e imprudencia de quien se asoma por primera vez al mundo adulto, y por la siempre imponente (aunque en este caso bastante desaprovechada) presencia de Sigourney Weaver, en un papel que (si bien menos caricaturesco) recuerda por momentos al que interpretó Meryl Streep en “El diablo viste de Prada”.
De hecho, ese es uno de los problemas que tiene la película del canadiense Philippe Falardeau: que recuerda demasiado a otras. Desde la escena inicial, con la virginal Joanna Rakoff (Qualley) arrastrando su maleta, cargada de grandes expectativas, por las calles de Greenwich Village, mientras narra con voz en off lo estimulante que le resulta la Gran Manzana como escenario para la “vida extraordinaria” a la que aspira, tiene una la sensación de estar viendo una película de Woody Allen. Una impresión que no cesa al avanzar el film, y no solo porque la historia se desarrolle en esa mítica ciudad cuyo espíritu intelectual, alternativo y bohemio Allen ha convertido en su santo y seña, sino por la fotografía, el montaje, la dirección de actores y hasta la propia historia que bien podría llevar la firma del director de “Hannah y sus hermanas”, si no fuera porque le falta ironía y le sobran metraje, monserga de autosuperación y postureo feminista.
Para mayores coincidencias, está la escena en la que el primer novio de Jo, Karl (Hamza Haq), toca al clarinete una melodía que resulta familiar para los seguidores del director (y clarinetista) neoyorquino o el ballet en el hall del Waldorf Astoria que recuerda demasiado a las coreografías de “Todos dicen I love you” o al desenlace de “Estoy pensando en dejarlo” del también neoyorquino insigne Charlie Kaufman, a cuyo cine la película de Falardeau parece rendir asimismo culto, especialmente al traer hasta un plano real los pensamientos que la protagonista tiene al leer las cartas de los seguidores de Salinger, con quienes viaja en el mismo tren e incluso llega a dialogar acerca de sus sentimientos.
Pero vayamos por partes. “Sueños de una escritora en Nueva York” está basada en “My Salinger Year”, la novela homónima de la periodista Joanna Rakoff, quien relata cómo llegó a esa ciudad, en la década de los noventa, procedente de California, con la intención de convertirse en una escritora de éxito, empleándose enseguida como asistente personal de una de las agentes literarias más veteranas y prestigiosas de la ciudad, la excéntrica y algo anticuada Margaret (Sigourney Weaver), enemiga de los ordenadores, quien tiene como uno de sus clientes más destacados a J. D. Salinger, autor de “El guardián entre el centeno” (el mismo libro que portaba Mark Chapman cuando asesinó a John Lennon en 1980) y escritor estadounidense de culto para el público adolescente y universitario en la segunda mitad del siglo XX, quien mantuvo su influencia durante décadas sin necesidad de publicar más libros ni moverse de su retiro voluntario en Cornish (Nuevo Hampshire) rehuyendo de la exposición mediática.
Como advierte Carlos Boyero en El País: “La reducida obra de J. D. Salinger es una leyenda con causa. Y su retiro de la vida pública, por misantropía o por no esperar nada bueno de ella, alimentó hasta extremos delirantes el afán de los editores por encontrar algo nuevo que llevara su firma y la perpetua y frustrada expectación de los sucesivos ejércitos de admiradores por saber algo de su eremita existencia. No publicó más libros (a lo peor no los escribió, o los quemó, o permanecen escondidos bajo siete llaves) y jamás volvió a aparecer en los medios. No hay noticias de sus relaciones privadas. Decidió que se lo tragara la tierra”.
Una leyenda no exenta de morbo que lo retrata como un personaje huraño, que aumentó su popularidad en vida y que el cineasta canadiense Philippe Falardeau se propone desmontar en su película, haciendo del solitario y misterioso escritor, cuyo rostro no llegamos a ver nunca, un ser de naturaleza amable, pero de manera un tanto gratuita, sin llegar a aportar mayores detalles o novedades sobre la desconocida vida y personalidad del artista.
«Se decía que Salinger era reservado, raro, peculiar, que no se podía hablar con él, pero Joanna tiene otra experiencia cada vez que le atiende al teléfono. Son conversaciones sencillas, pero como no ha leído ninguna obra suya no se siente contaminada ni condicionada. De hecho, es él (“Jerry” para los empleados de la agencia) quien la anima a no perder el tiempo y a dedicarse a escribir poesía”, explica el director de “Sueños de una escritora en NY”.
Y es que, poco a poco, Joanna se acostumbra a su nuevo trabajo, deja de escribir y se involucra a tiempo completo con la agencia, mientras su nuevo novio, Don (Douglas Booth), otro aspirante a escritor de ideas comunistas y talante algo zafio y desconsiderado, con quien comparte un destartalado y carísimo piso en alquiler, se concentra en escribir un manuscrito de novela en la que cosifica y sexualiza a la mujer, lo que sirve de excusa al cineasta canadiense para alinearse con los postulados actuales del feminismo, tan en boga desde la aparición del movimiento #MeToo en Hollywood.
Mientras Don representa el estereotipo del escritor bohemio y alternativo, tradicionalmente masculinizado, Joanna se interesa por la poesía y la literatura infantil, géneros menospreciados en los círculos intelectuales más prestigiosos.
Además de transcribir a máquina los dictados de su jefa, su labor principal consiste en leer y contestar a la ingente correspondencia que los lectores envían al esquivo autor de “Franny y Zooey” y que jamás llegará a sus manos. Si bien sus instrucciones son claras. Únicamente debe enviar una respuesta genérica diciendo que “el autor agradece su carta, pero no desea recibir correo”, se responde así a todo el mundo con la misma carta tipo en que se deja claro que el escritor no desea establecer ningún tipo de interacción con sus lectores, en consonancia con la intención de agrandar el mito de su misantropía que tan buenos resultados arroja como estrategia de venta. Sin embargo, Joanna no puede evitar empatizar con esas personas que esperan una respuesta más personal de alguien a quien admiran tanto, por lo que decide, por su cuenta y riesgo, contestar a esas misivas según su propio criterio.
En este sentido, una de las escenas más interesantes de la película es aquella en la que una joven estudiante de secundaria, lectora impenitente de Salinger, la increpa por haber tenido el atrevimiento de sermonearla por escrito o haber llegado siquiera a pensar que su opinión pudiera tener el mismo valor que la de su idolatrado autor.
«Lejos de considerar a los fans como esa masa anónima y obsesionada de la que Salinger parecía querer protegerse, la película les otorga voz e identidad propias», escribe Eulalia Sánchez en El Confidencial. «La primera carta que Joanna lee podría estar firmada por uno de las millares de jóvenes que encontraron en ‘El guardián en el centeno’ una novela que por primera vez les hablaba de cómo ellos se sentían, extraños, desencajados, incomprendidos respecto al mundo que les rodeaba. El director Philippe Falardeau encarga al también quebequés Théodore Pellerin, un joven actor de singular magnetismo, dar vida y profundidad a este fan paradigmático que solo se hace presente a través de sus cartas. Pero no reduce el impacto que generó la famosa novela a un único tipo de lector y también imagina la diversidad de personas en todo el mundo que conectaron con ‘El guardián entre el centeno’ como jamás lo habían hecho con ningún otro libro».
Lástima que la película desaproveche ese filón, utilizando a Salinger y a sus variopintos y atormentados lectores como excusa argumental, de una forma meramente anecdótica.
Falardeau prefiere concentrarse en las vivencias de Joanna, quien quiere dejar de sobrevivir para encontrar su propia voz y comenzar a vivir su sueño, para lo cual deberá soltar lastre laboral y emocionalmente (“No quiero ser una rutina” le dice a su jefa Margaret, debatiéndose entre lo que es seguro y la necesidad de renunciar a ello para perseguir algo incierto), al tiempo que realiza un homenaje al mundo editorial neoyorquino justo antes de que lo invadieran los avances tecnológicos e indaga en la relación entre el escritor y la imagen que de él tienen sus lectores, a menudo contaminada por el impacto que causa en ellos su obra, trasladando un mensaje final (a modo de moraleja) acerca de cómo no debemos de traicionar nuestros principios ni conformarnos con ser la sombra de nadie.
Demasiados tópicos para una película que no pasará a la historia y que resulta simplona y redundante.









Título original: "My Salinger Year" Año: 2020 Duración: 101 min. País: Canadá Dirección: Philippe Falardeau Guión: Philippe Falardeau Música: Martin Léon Fotografía: Sara Mishara Reparto: Sigourney Weaver, Margaret Qualley, Douglas Booth, Colm Feore, Matt Holland, Théodore Pellerin, Seána Kerslake, Jonathan Dubsky, Xiao Sun, Yanic Truesdale, Leni Parker, Romane Denis, Gavin Drea Productora: Coproducción Canadá-Irlanda; Parallel Films Género: Drama | Biográfico. Literatura.

