Han pasado más de dos décadas desde que Ben Affleck saltara a la fama con “El indomable Will Hunting”, en la que el malogrado Robin Williams interpretaba al mentor de un joven prodigio encarnado por Matt Damon.
Affleck coprotagonizó la película y escribió el guion con Damon, su amigo de la infancia, y juntos ganaron un Óscar. Después, interpretó a Batman en “La Liga de la Justicia”, una personificación del legendario héroe de cómic que no fue bien recibida por su fandom. Por aquellos días, Ben se encontraba lidiando su propia batalla personal contra el alcoholismo. Un archienemigo difícil de vencer que finalmente se llevó por delante su matrimonio con la actriz Jennifer Garner para regocijo de la prensa sensacionalista.
Desde entonces, Affleck ha experimentado una especie de renacimiento (ha dejado de beber y ha reavivado su romance con Jennifer López, 17 años después de dejarlo). Una estabilidad personal que se refleja -para bien- en su carrera, gracias a papeles de mayor profundidad y recorrido dramático, como el de un entrenador de baloncesto alcohólico que lamenta la pérdida de su hijo pequeño en “The Way Back” en 2020 y los dos secundarios en los que ha brillado con luz propia el año pasado: un aristócrata medieval aficionado a las orgías en “El último duelo”, de Ridley Scott, y el entrañable Tío Charlie de “The Tender Bar”, dirigida por George Clooney.
La película, que puede verse en el catálogo de Amazon Prime, ha pasado sin pena ni gloria para los miembros de la Academia de Hollywood que no han hecho mención a ella en la lista de posibles candidaturas al Oscar, sin embargo se trata de un trabajo muy cuidado, cuyo guion lleva el sello de calidad de William Monahan (“Infiltrados” de Martin Scorsese) y está basado en el libro autobiográfico del periodista J. R. Moehringer, “The Tender Bar: A Memoir” (traducido al español como “El bar de las grandes esperanzas”), quien consigue conmover al espectador a partir de una historia sencilla y algo nostálgica, de corte más bien conservador -aunque con un tono algo hípster- que podría ser la de cientos de familias estadounidenses de clase media baja.
Un barman ayuda a su hermana en la crianza de su sobrino ante la ausencia y el abandono de su verdadero padre biológico (Max Martini), conocido como “la voz”, un famoso locutor de radio alcohólico, maltratador y machista que desapareció para siempre de la vida de su hijo, desvaneciéndose en las ondas. Es ahí donde su pequeño JR (Daniel Ranieri, un niño de increíbles pestañas) le busca, intentando sintonizar su voz, que va saltando de una emisora a otra, de un condado a otro, a medida que el “padre calamidad” va encadenando despidos.
El tío Charlie, en cambio, es todo lo contrario. Trabajador, honesto, familiar y cabal. La clase de hombre que se viste por los pies y siempre está donde se le necesita. Un tipo que no pasó de la secundaria, pero al que le encanta leer, no en vano regenta un bar llamado “Dickens” (en homenaje al autor de Oliver Twist) en un barrio de Long Island, y hace lo mejor que puede intentando inculcar en su sobrino “JR” los auténticos valores de clase trabajadora, advirtiéndole de los peligros del alcohol y enseñándole a respetar a las mujeres.
La película se inicia cuando JR y su madre Dorothy Maguire (Lily Rabe) emprenden el camino de regreso al hogar materno desde Nueva York, al haberse quedado esta sin trabajo y no contar con ninguna ayuda económica por parte de su exmarido, que se niega a pasarle la pensión de alimentos.
La casa familiar de los Maguire -atiborrada siempre de primos y tíos- se convierte, de hecho, en una especie de Ítaca, el punto de retorno de todos sus miembros. Cada vez que la vida les golpea, hijos y nietos buscan refugio en casa del abuelo cascarrabias (grandioso Christopher Lloyd, el inolvidable Doc. de “Regreso al futuro”), un hombre menos duro y maleducado de lo que aparenta (pese al impúdico pedorreo en la sala de estar), que pasa de la queja y el fastidio por tener que alimentar, en sus idas y venidas, a su caótica prole; a ponerse su mejor camisa con gemelos para llevar a JR al desayuno de padres e hijos y encandilar a la maestra del colegio de su nieto con sus vastos conocimientos de historia, latín y griego.
A JR todos le preguntan qué significan sus iniciales. La respuesta es decepcionante: simplemente significan “junior” (el hijo de alguien) y, según el psicólogo infantil del centro educativo, eso ha generado un problema de identidad en el pequeño. Algo en lo que el tío Charlie (un eterno solterón, que convive con sus padres) no está de acuerdo, pues la identidad es algo que se forja, no algo que se hereda por vía genética.
Precisamente en ese camino de forjar su verdadera identidad, tendrá el pequeño JR en su tío un gran maestro que le introduce en lo que, en los años 70, se podía denominar orgullosamente como “la ciencia masculina”, sin que le sacaran a uno cantares por machista: “consigue un trabajo, ten tu propio auto, no guardes nunca tu dinero en el bolsillo frontal de tu camisa, mantén siempre una reserva escondida en tu billetera y no te la bebas, nunca pidas el mejor whisky de la casa: ese es el principio del fin. Y nunca, bajo ninguna circunstancia, pegues a una mujer, aunque te apuñale con unas tijeras”.
Un concepto algo trasnochado -aunque bienintencionado-, genuinamente americano, de la hombría marcada por la responsabilidad, según el cual, un verdadero hombre construye su reino con sus propias manos (sea este una mansión de diez habitaciones o un bar al que van los borrachos del lugar) cuida de su familia y preserva su libertad para hacer las cosas que le definen, como ir a los bolos, jugar al béisbol y beber entre amigos.
En el bar del tío Charlie, JR crece como la gran esperanza blanca de la manada. El cachorro que se curte entre los más duros de su especie, la clase trabajadora blanca encarnada en un grupo de simpáticos parroquianos que cada tarde se reúne para intercambiar vivencias y chanzas, extraídas de la sabiduría del proletariado. Todo muy costumbrista.
Pero no es eso lo único que le enseña el tío Charlie a JR. El hermano de su madre acaba siendo un gran aliado para su sobrino a la hora de definir su verdadera vocación, sembrando en él la afición por las letras, desde sus tiernos once años.
Su madre, en cambio, quiere que vaya a Yale y se convierta en abogado. Pero, llegado el momento, el tío Charlie solo le ayuda en lo primero, corriendo con los gastos de la inscripción a la prueba de acceso que le dará acceso a una beca (algo que, con su mísero sueldo de secretaria de 30 dólares diarios, Dorothy no podría permitirse), mientras anima a su sobrino a cultivar su don y hacerse escritor.
El ingreso a Yale abre una nueva etapa de descubrimiento y crecimiento para JR, la de la juventud, cuando el personaje (ya encarnado por Tye Sheridan) conoce a su primer amor: una chica (Briana Middleton) de “baja clase media acomodada” -pues “los verdaderos ricos son invisibles”, como dice el tío Charlie- con quien se estrena en las artes amatorias, aunque pronto comprende que ese amor es imposible.
Para intentar ser digno de ella, el chico consigue trabajo como copista y se postula para un puesto de periodista en The New York Times. Pero sufre un doble rechazo -sentimental y profesional- que lo sume en una profunda decepción, haciéndole emprender el camino de vuelta a la casa familiar y al bar Dickens, donde el tío Charlie estará siempre esperándolo como un faro inamovible, un ancla capaz de sostener cualquier navío en medio de la peor tormenta, en espera de que brille nuevamente el sol para salir a navegar.
En su octava película, el siempre elegante George Clooney viene a romper una lanza a favor del viejo sueño americano, conquistando al público con la esperanzadora -y quizá algo ingenua- idea de que nadie está condenado de antemano a vivir un destino miserable, por más difíciles que sean las circunstancias de su nacimiento y crianza, y de que la carencia que supone para un hijo la figura de un padre ausente puede ser sustituida con creces por la seguridad y el amor incondicional que ofrecen un abuelo o un tío capaces de transmitir los auténticos valores de la familia americana: decencia, honestidad y deseo de superación a través del trabajo. O al menos los que el cine clásico de Hollywood nos ha vendido como tal.
En este sentido, «The Tender Bar» resulta una película con sabor añejo, amable y correctísima, un relato sentimental sobre la iniciación a la vida y a la masculinidad, no exento de moraleja y de ciertos tics de la cultura heteropatriarcal que contempla a las mujeres, o bien como seres frágiles, a las que un buen hombre debe saber cuidar y proteger (el caso de la madre) o como auténticas arpías capaces de jugar con los sentimientos de un muchacho utilizándolo como un mero pasatiempo sexual (la novia), subrayando el salto generacional.
Aunque Sheridan interpreta al joven aspirante a escritor con una medida precisión—ni muy expresivo, ni muy frío, apenas anhelante, casi siempre confundido, como suele ser propio de la juventud—quien realmente se lleva el gato al agua en esta cinta es Ben Affleck que compone un personaje carismático, entrañable y decisivo, un ser -este sí- insustituible para su sobrino, como todas las personas que nos inspiran y nos marcan para bien a lo largo de nuestra vida.
















Título original: The Tender Bar Año: 2021 Duración: 104 min. País: Estados Unidos Dirección: George Clooney Guion: William Monahan. Libro: J.R. Moehringer Música: Dara Taylor Fotografía: Martin Ruhe Reparto: Tye Sheridan, Ben Affleck, Lily Rabe, Daniel Ranieri, Christopher Lloyd, Max Martini, Briana Middleton, Rhenzy Feliz, Max Casella, Matthew Delamater, Sondra James, Ivan Leung, Alissa Bourne Productora: Smoke House Pictures, Big Indie Pictures. Distribuidora: Amazon Studios Género: Drama | Años 70. Años 80

