MADRES PARALELAS

Aún no he comentado lo que me pareció las “Madres Paralelas” de Pe&Pe (Penélope y Pedro/Pedro y Penélope) y la verdad es que no tenía intención de hacerlo pues, como explico en la presentación de este blog, mi propósito es hablar en él únicamente de aquellas películas que me hagan sentir, esto es: que despierten en mi alguna inquietud, emoción o reflexión digna de ser compartida. Y hace ya tiempo que el repetitivo (y por ello previsible) trabajo del endiosado director manchego no consigue conmoverme lo más mínimo.

Pero, como quiera que algún entusiasta y sufrido seguidor me lo ha pedido, ahí va lo que pienso de este nuevo ejercicio de pretenciosa vacuidad, envuelto en el vistoso y colorista celofán de la ideología progre de bolsillo y esa estética cool, tan típicamente almodovarianas.

A simple vista las “Madres Paralelas” lo tiene todo para ser un peliculón. Lástima que, como de costumbre, le falten verdad y profundidad, y le sobren postureo y oportunismo.

Reivindicación de la memoria histórica, niños robados o cambiados al nacer, mestizaje, exaltación del universo femenino en la figura de una mujer independiente que concilia a duras penas su glamouroso trabajo de fotógrafa freelance para una revista de moda top top con su papel de madre soltera por voluntad propia; y las dificultades para lidiar con la culpa de otra que antepone su tardía vocación de actriz al instinto maternal, abandonando a su suerte a su hija recién parida, adolescente y depresiva para triunfar en los escenarios; y una relación lésbica que el director se saca de la chistera, por aquello de seguir siendo un icono para el colectivo LGTBI. Su guion se construye a partir de un batiburrillo de temáticas trascendentes de rabiosa actualidad que se solapan unas a otras y acaban diluyendo su efectividad argumental, quedándose en la espuma de la cerveza, para no variar.

Y es que la fórmula de Almodóvar es siempre, invariablemente, la misma. Apostarlo todo a la polémica (desde el propio cartel de la película, inicialmente censurado en las redes sociales por mostrar el pezón de una madre lactante), conocedor de la fuerza tractora que esta tiene a efectos de marketing, para ofrecer al espectador un fugaz y superficial mosaico de temas potencialmente interesantes que al final se quedan sin desarrollar, como si más que una película con inicio, nudo y desenlace, estuviese filmando un gran spot publicitario y costumbrista de todas aquellas cuestiones que generan controversia en nuestra sociedad en los convulsos y maniqueos tiempos en que nos toca vivir.

En este sentido, no se puede negar el gran olfato comercial del director manchego y de su hermano Agustín -Tinín, como le llaman en familia- quien cambió la plaza de profesor de instituto por la de productor y es quien se ocupa de los números de su productora El Deseo S.A. Juntos han perfeccionado la fórmula del éxito y convierten en oro, desde hace años, todo lo que tocan.

“Presentía que habría una frialdad respecto a la película por parte de la mitad del país por hablar en ella de la memoria histórica”, declaró Pedro ya en el estreno de “Madres Paralelas”, cebando la curiosidad del respetable durante la promoción de la película, con rotundos titulares de carácter ideológico como: “España siempre ha sido un país dividido y lo sigue siendo” o “a una parte de la derecha la película no le hace ninguna gracia, pues preferirían que no se hablara sobre el tema, pero me pareció que era más necesario que nunca recordar de dónde venimos y contrarrestar el revisionismo de la extrema derecha” refiriéndose explícitamente a Vox.

Todo lo cual podría llevarnos equivocadamente a pensar que estamos a punto de ver una película enmarcada dentro del género del cine político. Pero nada más lejos de la realidad. Ana (Milena Smit) y Janis (la cuasi-oscarizada Penélope Cruz, a quien todavía no he visto en un solo papel en el que su actuación resulte creíble) son dos mujeres -una menor de edad y otra en plena madurez- que se encuentran en medio del trabajo de parto. Ninguna de las dos planificó su embarazo, pero mientras la primera llora ante el temor de lo que se le viene encima tras haber consentido en mantener relaciones sexuales con varios hombres una misma noche sin que se sepa cuál de ellos es el padre de la criatura (de rasgos mestizos) a la que está a punto de dar a luz, la segunda está emocionada por haber logrado una de las pocas cosas que le faltaban en la vida, convertirse en madre y formar una familia, aunque sea monoparental, gracias a la relación que mantiene de forma esporádica con un hombre casado.  

Ellas aún no lo saben, pero ese encuentro casual en la planta de maternidad de un hospital acabará creando un vínculo entre ambas para siempre, pues sus hijas recién nacidas están a punto de ser intercambiadas accidentalmente mientras permanecen en la sala de observación.

Hasta aquí la sinopsis de lo que vendría a ser la primera parte de la película, cuyo planteamiento argumental, más que parecerse a una película de Costa-Gavras o de Oliver Stone, no dista en demasía de un culebrón latinoamericano, aunque con una estética mucho más pop.

Es en esa parte de la trama donde aparece Teresa (Aitana Sánchez Gijón, descomunal en su monólogo de “Doña Rosita La Soltera”, con diferencia lo mejor de la película), quien interpreta el papel de la madre de Ana, una mujer divorciada y sofisticada («no sé por qué las actrices no podemos tener pinta de pijas«) que, entrada ya en la cincuentena, se propone lanzar su carrera como actriz, aunque le vaya en ello la relación con su hija, a la que Janis acoge en su casa, al tener conocimiento del intercambio de bebés y saber que ha cuidado de su hija biológica hasta la muerte del bebé que, según esta le cuenta, se produjo de forma súbita.  

Si el cine del director manchego ha estado poblado en su mayoría de mujeres, cabe destacar que el universo de “Madres paralelas” es eminentemente femenino. De hecho, el género masculino es casi inexistente en la película, excepto por la irrelevante figura de Arturo (Israel Elejalde) el amante casual que actúa a modo de donante de semen para que Janis realice su sueño de convertirse en madre, quien es además el antropólogo forense al que esta pide ayuda para exhumar los restos de su bisabuelo de la fosa común en la que supone que están enterrados.

Como era de esperar, el director vuelve a contar con  algunas de las actrices omnipresentes en su filmografía, como Rossy de Palma y Julieta Serrano, aunque en su favor habrá que decir que en «Madres Paralelas» las chicas Almodóvar ya no son aquellas criaturas melodramáticas, extravagantes y desmesuradas que sufren por el amor de un hombre, sino mujeres llenas de aristas y complejidades, en busca de autoafirmación e independencia, apoyándose las unas en las otras (aunque ello suponga tener que pagar a otra mujer para que realice las labores domésticas y cuide de tus hijos, en ausencia de una pareja masculina -o femenina- y ante la imposibilidad de conciliar), haciendo gala de una sororidad máxima. Todo muy en consonancia con el discurso feminista del que la izquierda de este país ha hecho su santo y seña, como si le perteneciera en exclusiva.

Y es que “Madres paralelas” quiere ser, ante todo, una película intensa, en la que la comedia está prácticamente ausente salvo por mínimos diálogos que tienden al absurdo.

A partir de ese universo femenino, Almodóvar se recrea en los rituales de sobra conocidos que constituyen su marca personal: la cocina casera, los sabores tradicionales, la nostalgia por los lazos familiares y por el pueblo de origen. La protagonista Janis (Penélope Cruz) es una chica urbanita, independiente y realizada laboralmente que, sin embargo, arrastra una pena heredada de sus antepasados, concretamente de su abuela que fue quien la crió a la muerte de su madre (también madre soltera, de quien sabemos que vestía como una hippie y escuchaba a Janis Joplin, de ahí el nombre de la protagonista) y a quien desea honrar encontrando los restos de su padre (el bisabuelo de Janis) uno de los tantos republicanos que fueron fusilados en la Guerra Civil.

Es entonces cuando la película da un giro de 360 grados y lo que en un primer momento se nos presenta como una subtrama -la reconstrucción de la memoria histórica- se apodera por completo del relato, relegando el tema de la maternidad a un segundo plano. Pero tampoco ahí Almodóvar entra a matar.

Es verdad que el desenlace de “Madres Paralelas”, con Janis (de nuevo embarazada) y sus familiares y amigos del pueblo asistiendo de manera coral al descubrimiento de los cadáveres en la fosa común, tiene algo del final de La lista de Schindler”, en el que Steven Spielberg ponía a desfilar a los sobrevivientes del Holocausto frente a la tumba de su salvador, pero a diferencia de aquella escena cargada de emoción y de verdad histórica, este nos deja fríos, con la percepción de ser un final sin alma, excesivamente coreografiado.

Por concluir haciéndome eco de las palabras de Kiko Vega, en Espinof, quien la define como una película “forzada en sus reivindicaciones, autoparódica de manera no demasiado voluntaria, sexualmente robotizada y teledirigida, y con una extraña intensidad para la historia que está contando”. Esta historia de madres y destinos cruzados, empeñada en batir el récord de pronunciar las palabras «memoria histórica», termina por ser poco menos que “una tortilla sin cebolla” o, alternativamente, una cebolla con muchas capas, pero sin corazón.

Título original: Madres paralelas

Año: 2021

Duración: 123 min.

País: España

Dirección: Pedro Almodóvar

Guion: Pedro Almodóvar

Música: Alberto Iglesias

Fotografía: José Luis Alcaine

Reparto: Penélope Cruz, Milena Smit, Israel Elejalde, Aitana Sánchez-Gijón, Rossy de Palma, Julieta Serrano, Adelfa Calvo, Ainhoa Santamaría, Daniela Santiago, Julio Manrique, Inma Ochoa, Trinidad Iglesias, Carmen Flores.

Productora: Remotamente Films, El Deseo, RTVE. 

Distribuidora: Netflix

Género: Melodrama. Memoria Histórica. Maternidad.

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